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La doctora Sarah Gilmour estaba haciendo una sustitución en Windrush Sidings, un lugar que guardaba muchos recuerdos para ella. El pueblo estaba celebrando su ciento cincuenta aniversario, y Tony Kemp había vuelto para las fiestas. Once años atrás había sido el gran amor de la vida de Sarah... ¡y aún seguía siéndolo! Pero una inesperada muerte complicó las cosas y, como oficial de policía, Tony era el único que podía ayudar a resolver el misterio.
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Seitenzahl: 213
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2000 Meredith Webber
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Juntos de nuevo, n.º 1169- mayo 2021
Título original: Marry Me
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1375-575-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
VAS a ir a la fiesta de los McMurray esta noche?
Sarah volvió la cabeza y miró a su amiga Emmie North mientras seguía lavándose las manos. Emmie ya era enfermera en el pequeño hospital de Windrush Sidings doce años atrás, cuando Sarah, acompañada de su hija Lucy, fue al pueblo por primera vez para ocupar su puesto de médico residente.
Por entonces, Lucy era un excitable diablillo de siete años ajeno a los temores y preocupaciones de su madre respecto a cómo aceptaría aquella pequeña comunidad a una mujer médico y, además, madre soltera.
Fue el primer trabajo de Sarah fuera de la ciudad, y la primera vez que tuvo que responsabilizarse de un hospital. Emmie fue su guía y amiga.
Sarah había regresado para hacer una sustitución de cuatro semanas y Emmie seguía allí, aún dedicada a esas mismas labores.
¡Y aún tratando de organizar la vida privada de Sarah!
—¿Y bien? —insistió Emmie.
—No sé, Em —dijo Sarah—. Ha sido una semana muy ajetreada. Necesito una noche tranquila.
—Pero es la fiesta que inaugura las celebraciones del fin de semana. Todo el mundo estará allí.
«Todo el mundo, excepto yo», pensó Sarah, pero no lo dijo, porque sabía que Emmie seguiría presionándola si le daba un «no» rotundo por respuesta.
—Puede que Lucy llegue a tiempo para asistir a la fiesta —dijo Emmie—. Si es así, seguro que querrá ir.
Sarah sonrió al pensar en su hija.
—Solo si James va —recordó a su amiga.
—Oh, así que eso sigue adelante.
—No creo que siga en el sentido en que piensas. Lucy siempre ha adorado a James, aunque asegura que lo que siente por él es amistad, nada más. Una amistad que empezó aquí mismo y y que es algo especial.
—James era tan bueno con ella cuando era pequeña… —dijo Emmie—. ¿Recuerdas cuando Lucy empezó el colegio y tuvo una pelea con un niño que le quitó su manzana? James la acompañó al hospital. Lucy llevaba el uniforme destrozado, una trenza deshecha y más suciedad en el rostro que en la suela de los zapatos. Sin embargo, James la trató como si fuera una princesa.
Sarah asintió sonriente.
—Lucy me dijo que debería estar muy orgullosa de ella porque había ganado la pelea. Casi lo había olvidado.
—Eso es porque has tratado de borrar Windrush Sidings de tu mente. No es bueno cerrarse así. Se pierden muchos recuerdos buenos junto con los malos.
Sarah sonrió a la mujer que era una de sus mejores amigas. Desde que se fue no habían dejado de mantenerse en contacto.
—De acuerdo, de acuerdo. Pero ahora estoy de vuelta y dispuesta a revisar algunos buenos recuerdos. Aunque volver esta semana en concreto ha sido un bautismo de fuego. El pueblo se ha vuelto loco con la celebración de su ciento cincuenta aniversario. He tenido que coser y dar más puntos que si fuera una costurera.
—Eso es porque aquí casi nunca sucede nada… excepto inundaciones, incendios y sequías. A lo largo de los años hemos sufrido una buena dosis de desastres naturales, pero ahora el pueblo está excitado porque por fin atrae la atención por un buen motivo. Merece la pena celebrar el haber sobrevivido ciento cincuenta años en un territorio tan duro como el nuestro.
Los ojos de Emmie reflejaron el amor que sentía por su pueblo y su entusiasmo por las celebraciones que se avecinaban.
—De manera que no seas aguafiestas y pásate por la fiesta —continuó—. Así tendrás la oportunidad de ver a Alana de dama de honor del pueblo. Puede que haya necesitado años para conseguir que Stewart le regalara el anillo de bodas, pero seguro que se metió en su cama incluso antes de que la pobre Anna se enfriara en su tumba —Emmie se interrumpió en seco. Luego murmuró—. Lo siento mucho. Ha sido muy poco delicado por mi parte sacar a relucir a Anna.
—Alguien tenía que hacerlo en algún momento —dijo Sarah—. Ha pasado mucho tiempo, Emmie, y he madurado.
Se volvió de nuevo hacia el lavabo para aclararse las manos, esperando que su afirmación fuera cierta.
—Voy a ver qué tal está Toddy. Si se encuentra bien, lo enviaré a casa —dijo Emmie, centrándose de nuevo en el trabajo.
—No. Tú ve a prepararte para la fiesta. Yo me ocuparé de Toddy y de los demás pacientes. Me temo que Bessie Sinclair está muy delicada.
—Creo que lo que la mantiene viva es su tenacidad por asistir a las festividades —dijo Emmie—. Si muere, su hermana Nell será entrevistada como la residente más antigua de Sidings, y solo tiene dos años menos que Bessie, que tiene ciento dos. Siempre han estado peleadas, ¡y a Bessie le mortificaría dar esa oportunidad a su hermana! —se encaminó hacia la puerta de la consulta, pero antes de salir se volvió de nuevo hacia Sarah—. ¿Te veré en la fiesta?
—Probablemente, al menos, si nadie más se electrocuta colgando luces para las celebraciones, o se amputa un dedo cortando ramas de eucaliptos para decorar el exterior de las tiendas, o se quema mientras prepara las barbacoas para mañana.
Emmie sonrió.
—Ha sido una primera semana muy ajetreada, desde luego. Pero no te preocupes; en unos días, todo regresará a la normalidad y Windrush volverá a dormir otros cincuenta años. ¿Crees que llegarás a la celebración del doscientos aniversario?
—Tal y como me siento en estos momentos, creo que Bessie y Nell tendrán más posibilidades que yo de lograrlo.
Emmie se fue y dejó a Sarah pensando en lo que ella misma acababa de decir. Aunque estaba realmente cansada, no era exactamente la ajetreada semana lo que había afectado a su equilibrio. Una inquietante sensación se había apoderado de ella desde que había llegado allí para enfrentarse a sus fantasmas.
—Me alegra volver a tenerte por aquí —dijo Toddy cuando Sarah fue a verlo. Toddy había agarrado accidentalmente un cable de la luz mientras colgaba las luces para las fiestas fuera de su hotel.
—A mí me alegra aún más tenerte a ti aquí —bromeó Sarah. Toddy había tenido suerte, porque su esposa, que conocía su imprudencia con la electricidad, se colocó junto al cuadro de la luz mientras él trabajaba y lo desconectó de inmediato. Aparte de tres dedos quemados, estaba en buen estado—. Pero haz el favor de dejarte de imprudencias a partir de ahora.
—Ya no hay tiempo para más imprudencias —aseguró Toddy—. Las fiestas empiezan esta noche.
—¿Vas a ir a casa de los McMurray? Pensaba que estarías demasiado ocupado en el pub.
—Ahí es donde estará la verdadera fiesta. En el pub. Me gustaría mucho que vinieras. Conocerías a gente más auténtica que en Craigmoor. No es que Stewart sea mal tipo, pero esa Alana… ¡menudos aires se da! Se diría que… —se interrumpió bruscamente, pero no antes de que Sarah acabara mentalmente la frase por él.
—Me pensaré lo de la fiesta en el pub —dijo, sonriente—, aunque después de la noche que he pasado con el bebé de Shelley Smith, me temo que estoy demasiado cansada como para salir.
—Pero supongo que tendrás que comer —le recordó Toddy—. La cena corre a cuenta de la casa —se levantó y ofreció su mano a Sarah, que la estrechó cálidamente—. Y muchas gracias por todo, doctora.
Sarah lo observó mientras se alejaba, pensando que la actitud de pacientes como Toddy era lo que más le gustaba de los hospitales que había en las pequeñas poblaciones.
Salió de la sala de urgencias y se encaminó hacia la sala general, dividida en una sección para los hombres y otra para las mujeres por un amplio pasillo y el cuarto de las enfermeras.
—Llegaré al lunes —aseguró Bessie Sinclair cuando Sarah se detuvo ante su cama.
—Estoy segura de ello.
—Ven a verme por la mañana para hablarme de la fiesta de esta noche —dijo Bessie, en un tono de voz bastante fuerte—. Yo solo voy a asistir al desfile. En la carroza del hospital, no en una cama como esta, por supuesto. Han hecho un gran trono para mí.
—Será estupendo —dijo Sarah.
El desfile, que tendría lugar el lunes, era la culminación de las festividades del fin de semana. Sarah se enteró a principios de semana de que estaban construyendo una carroza, porque se quedó de pronto sin personal en el hospital y tuvo que ocuparse hasta de llevarles las cuñas a los enfermos. Por algún motivo, los organizadores habían optado por un tema acuático, y habían convertido un coche viejo en un enorme cisne negro con el «trono» de Bessie instalado en su pecho, bajo un cuello curvo y un brillante pico rojo.
Frente al trono había una plataforma de aspecto frágil y pintada de azul sobre la que iría todo el personal del hospital que no estuviera de servicio. Sarah se había excusado de asistir diciendo que sería más conveniente que estuviera disponible en tierra.
Habló con la enfermera a cargo para que la avisara de inmediato si Bessie mostraba alguna dificultad respiratoria y, tras visitar a Shelley y a su bebé en maternidad, cruzó el patio trasero del hospital y se encaminó hacia la casita en que tenía su hogar temporal.
Pensó en las dos invitaciones que tenía para aquella tarde, la fiesta y la comida en el pub.
Mientras entraba en la casa, comprendió que debía asistir a ambas o a ninguna. Sería el único modo de no ofender a nadie.
—¡Sorpresa! Pensábamos que ya no venías.
Lucy, que acababa de cumplir diecinueve años y rebosaba salud y vitalidad, saltó del asiento que ocupaba en la cocina y abrazó a su madre. Sarah le devolvió el abrazo cariñosamente.
—¿Pensábamos? —repitió, y entonces vio por encima del hombro de su hija a James, que se hallaba junto al fregadero, mirándolas con expresión tímida.
—Lo de sorprenderte ha sido idea de Lucy —dijo James rápidamente, y Sarah sonrió. Decidió que le gustaba James McMurray cuando este tenía nueve años, y su afecto por él no había hecho más que crecer desde entonces—. Yo habría preferido ir al hospital a saludarte de un modo menos dramático —añadió el joven.
—¡Y eso que eres un dramaturgo! —se burló Lucy, pero con un matiz de ternura en la voz totalmente nuevo para su madre.
Sarah sintió que su corazón latía más deprisa.
¿Habría tomado una nueva dimensión la amistad entre Lucy y James?
—Acaban de elegirlo finalista del Premio Anual de Jóvenes Dramaturgos, y una compañía de teatro de Sidney ha comprado su segunda obra, la que leíste.
—¡Una compañía de teatro! Estoy realmente impresionada —dijo Sarah, y felicitó al joven con otro cariñoso abrazo—. No sabía si pensabas venir para las celebraciones —dijo.
—No iba a venir, pero de pronto han empezado a pasarme cosas buenas y he decidido que, al menos, debía intentar hacer las paces con mi padre.
Sarah le dedicó una cálida sonrisa.
—Es la madurez la que habla a través de ti, James —dijo, tan orgullosa de él como lo habría estado de Lucy en las mismas circunstancias—. Me alegro mucho.
—No te alegres demasiado —le advirtió James—. No me siento muy optimista al respecto y solo soy una parte de la ecuación. Dudo que las cosas vayan a arreglarse del todo, porque no tengo intención de ocuparme de Craigmoor, y papá nunca aceptará que un McMurray rehuya su destino como protector de sus sagrados acres de terreno.
—Al menos vas a intentar arreglar las cosas entre vosotros —dijo Sarah con suavidad, y volvió a abrazar a James antes de volverse de nuevo hacia Lucy.
—¿Qué tal van tus estudios? ¿Has ido por casa últimamente?
Lucy miró a James antes de contestar.
—Fuimos el fin de semana pasado, pero solo un día. Nadamos, comprobamos que todo estaba bien, comimos con los abuelos y volvimos a Armidale. Los abuelos te mandan besos.
A Sarah no se le pasó por alto el significado del «fuimos», pero decidió dejarlo de lado y preguntar por sus padres, la casa y el jardín. Compró la pequeña casa junto al mar en Coffs Harbour cuando Lucy decidió que quería ir a un internado. La decisión de Lucy se basó en el hecho de que James, con quien no había dejado de escribirse desde que se fueron de Windrush Sidings, había sido enviado a la fuerza a un internado para chicos que tenía otro para chicas en la misma población.
Sarah trató de convencerla para que desistiera, aunque acabó pensando que el internado podía dar a su hija más estabilidad de la que ella podía ofrecerle con sus irregulares horarios en el hospital. De manera que los períodos de vacaciones acabaron siendo algo especial. Sarah empezó a hacer sustituciones para poder estar con su hija. Y, bastante a menudo, también con James.
James empezó a acompañar a Lucy a la casa de la playa durante los fines de semana, porque la suya estaba demasiado lejos, y gradualmente se convirtió en un visitante habitual durante el verano.
—James, será mejor que vayas a enfrentarte con los dragones en su guarida. Y averigua si les parece bien que me quede a pasar la noche —las órdenes de Lucy interrumpieron los pensamientos de Sarah—. Supongo que vas a la fiesta de esta noche en Craigmor, ¿no? Podemos pasar un rato juntas mientras te preparas. Después, me iré contigo.
Sarah sonrió. Lucy había nacido con el gen de la organización hiperdesarrollado, y empezó a organizar la vida de Sarah casi en cuanto pudo hablar.
—Aún no había decidido si iba a ir o no.
—Irás —dijo James—. Será más cómodo hacerlo que discutir con tu hija. Hace años que aprendí eso.
Había cariño en su voz, pero, ¿había algo más? Sarah sintió un estremecimiento de temor, y rogó en silencio para que su hija no de sufrira a causa del amor.
Pero sabía que sus ruegos no servirían para nada. El sufrimiento era necesario para alcanzar la condición de mujer.
—De acuerdo —asintió—. Pero no me quedaré mucho rato. Si voy a la fiesta, también tendré que pasar por el pub, o quedaré muy mal.
—Yo sé muy bien a cuál de las dos fiestas preferiría ir —el tono de voz de James fue melancólico.
—¡Tonterías! —dijo Lucy, y lo empujó con suavidad hacia la puerta—. Si puede decirse algo bueno de Alana es que sabe cocinar, así que la comida de tu casa será estupenda.
James besó a Sarah en la mejilla.
—Hasta luego —y después salió de la casa con el paso lento y pesado de un hombre condenado.
—¿Lo has presionado tú para que se reconcilie con su padre? —preguntó Sarah a Lucy mientras James se alejaba en su coche.
—¿Yo? —Lucy parecía realmente asombrada por la pregunta de su madre—. ¡Mamá! ¿Cómo se te ha ocurrido pensar tal cosa?
—Porque te conozco —contestó Sarah, y lamentó de inmediato la firmeza de su tono al ver que el brillo de la expresión de su hija se apagaba.
—¿Crees que he hecho mal animándolo a ver a su familia? ¿Debería haberme quedado al margen? Cuando volvió a Armidale se encontró con una invitación para la fiesta y una nota de su padre pidiéndole que intentara venir. Es la primera comunicación personal que tiene de su padre desde que cumplió los veintiún años en febrero pasado.
Sarah pensó en las familias divididas y en su reciente experiencia en otro pequeño pueblo y decidió tranquilizar de inmediato a su hija.
—Hiciste bien animándolo a venir —dijo, y sonrió al ver que los ojos de Lucy volvían a brillar.
—Bien —replicó la «señorita organización»—. Y ahora, ve a vestirte o no llegaremos a tiempo.
Sarah optó por un sencillo vestido negro. Con un collar de perlas resultaría lo suficientemente elegante para la fiesta de los McMurray, y sin él también resultaría lo suficientemente informal como para acudir al pub.
Tras un intento frustrado de hacerse un moño alto, Sarah decidió llevar el pelo suelto. Se lo cepilló vigorosamente hasta que su tono rojizo dorado brilló como la seda contra su piel pálida y el negro de su vestido.
—Parece que tienes dieciséis años —le dijo Lucy.
—Me conformaría con que pareciera que tengo veintiséis. ¿Has hecho tu equipaje para pasar la noche? ¿Estás lista?
—¿Lista? ¡Pero si llevo horas esperándote!
Lucy se colgó una pequeña mochila de un hombro y pasó su brazo libre en torno a la cintura de su madre.
Sarah sintió un arrebato de amor muy fuerte por su hija.
—Cuánto me alegro de tenerte aquí, Lucy… ¡aunque no hayas venido precisamente por verme!
Lucy abrió la puerta del coche y luego se volvió hacia su madre con expresión vacilante.
—Las cosas han cambiado últimamente entre James y yo, mamá, pero no somos amantes, ya sabes.
Sarah ocupó el asiento del conductor.
—¿Y esos cambios te preocupan? —preguntó, mirando a su única hija con ansiedad.
—Yo los estoy orquestando, mamá —dijo Lucy, tan juvenilmente segura de sí misma que Sarah sintió una punzada de temor. Pero su hija volvió a hablar sin darle tiempo a reaccionar—. Ya sabes que no tengo ningún orgullo en lo concerniente a James. Acabemos siendo amantes o no, siempre seré su amiga, y él necesita una amiga esta noche —tras hacer una pausa, añadió—. El resto es problema mío, mamá. No te preocupes por mí.
Sarah puso el coche en marcha y esperó a que Lucy estuviera sentada a su lado para contestar.
—Me gustaría poder elegir cuándo preocuparme por ti y cuando no, pero las cosas no funcionan así, hija. Todo lo que puedo hacer es sufrir en silencio… bueno, casi en silencio.
—Te aseguro que estaré bien, mamá.
Cuando cruzaron las verjas de Craigmoor y en su estómago empezaron a revolotear mariposas a causa de la inquietud, Sarah pensó que le habría gustado tener al menos la mitad de la seguridad en sí misma de su hija. Mientras aparcaba el coche en el espacioso sendero de grava que había ante la mansión de los McMurray, su mente se llenó de recuerdos.
—Bien, vayamos a presentar nuestros respetos a la nobleza local —dijo Lucy. Su entusiasmo traicionó la ansiedad que sentía por volver a estar con James, pero como era demasiado joven como para recordar el drama de la muerte de la madre de James y había pasado sus vacaciones en Craigmor varias veces, el lugar estaba libre de fantasmas para ella.
Sin excusas para retrasar lo inevitable, Sarah salió del coche y acompañó a su hija hacia la entrada de la casa.
El sonido de la música y de las voces de los invitados llegaba a través de dos amplias puertas acristaladas que daban a una galería cubierta con una pérgola.
Con el estómago atenazado por los nervios, Sarah subió las escaleras que daban a la galería. Había algunos invitados fuera, disfrutando del fresco de la noche, pero la mayoría estaba dentro, en un gran salón que ocupaba la parte delantera de la casa.
Por encima de las cabezas de los invitados Sarah distinguió al anfitrión, Stewart McMurray. Este la saludó con un asentimiento de cabeza, pero, dado que estaba rodeado de invitados, Sarah dedujo que no iba a poder acercarse a saludarla.
En ese momento, y con evidente júbilo, Lucy exclamó:
—¡Tío Tom! —y salió corriendo hacia Stewart y los invitados que lo rodeaban. Hacia un invitado en particular.
Las rodillas de Sarah, que ya habían sufrido suficientes emociones por un día, estuvieron a punto de doblarse cuando una oscura cabeza se volvió hacia Lucy, y luego hacia la puerta, donde estaba ella.
Captó un destello plateado en el brillo negro de su pelo cuando inclinó levemente la cabeza al reconocer su presencia, solo un segundo antes de que Lucy se lanzara en los brazos del único hombre que Sarah no esperaba volver a ver.
Pero lo cierto era que siempre había alimentado una esperanza subconsciente de volver a verlo. Había soñado con reencontrarse con él como amigos. Lo había echado de menos, y recientemente, cuando los acontecimientos le habían hecho recordar lo que habían tenido y perdido, incluso se planteó la posibilidad de ponerse en contacto con él.
Pero volver a verlo así, de forma tan inesperada…
Y en Craigmoor, donde su amor estalló con tal fuerza que Sarah llegó a preguntarse si alguna vez llegaría a recuperarse de la impresión.
Era demasiado.
—¿Necesitas una bebida?
Sarah se volvió y vio que James estaba a su lado, con una comprensiva sonrisa en sus ojos.
—Si esto ha sido cosa de Lucy… —empezó Sarah, y se alegró al ver que James negaba de inmediato con la cabeza.
—Esta vez no —aseguró—, pero seguro que se está preguntando por qué no se le habrá ocurrido organizarlo. Hace un par de años que no vemos a Tony, desde que se trasladó a la ciudad, aunque Lucy no ha dejado de escribirse con él todo este tiempo.
James acompañó a Sarah hacia una barra instalada al final del salón.
—Al parecer, hace poco que lo han elegido como enlace entre el departamento de policía y el jefe de la policía estatal, que no es otro que Ned Burrows, el parlamentario local de Windrush. Ned está aquí como representante oficial para las celebraciones y ha traído consigo todo un séquito. Según Tony, solo está aquí para cubrir las espaldas a su jefe. Si te sirve de algún consuelo, creo que papá se quedó tan desconcertado al verlo como tú.
Sarah agradeció las explicaciones de James, porque, aunque confusas, le dieron tiempo para recuperar la compostura. Pero cuando el joven le entregó una copa de vino blanco frío, captó en su mirada un destello de ansiedad.
—Estoy bien —aseguró Sarah rápidamente—. Bueno, casi bien. Si alguna vez escribes una obra de teatro sobre mujeres de mediana edad, no olvides que pueden tener una reacción física tan intensa como cualquier adolescente ante un hombre atractivo.
—¿En serio?
Sarah sonrió. Una de las muchas cosas buenas de James era que, por banal que fuera la conversación que se estuviera manteniendo, siempre se mostraba realmente interesado en ella. Era como si almacenara las palabras y las frases en su mente para utilizarlas después en sus obras de teatro.
—En serio —afirmó—. Se me han debilitado las rodillas, el estómago se me ha encogido y mi corazón se ha puesto a latir como loco. Reacciones instantáneas al ver a un hombre al que en otra época creí amar.
—¿Creíste amar? —repitió James—. Estabas loca por él, y él por ti. Aunque yo solo era un niño, podía sentir la magia que había en el aire cada vez que estabais juntos.
—Eras un chico muy dulce, y ahora eres un hombre joven encantador —dijo Sarah, y besó a James en la mejilla—. Pero fuera lo que fuese lo que hubo entre Tony y yo, hace tiempo que acabó.
—Entonces, ¿por qué ha reaccionado tu cuerpo de ese modo?
—Por la fuerza de la costumbre, nada más —replicó Sarah—. Así solía reaccionar hace años cada vez que lo veía. Achácalo a una temprana programación, como la de los perros de Paulov.
—Pues más vale que no empieces a jadear —advirtió James, porque creo que Tony se acerca hacia aquí. Lo está haciendo educadamente, deteniéndose a charlar con unos y con otros, pero avanza hacia ti.
Sarah cerró los ojos y rogó para que se la tragara la tierra. Cuando los abrió, se vio obligada a admitir que James tenía razón. La oscura cabeza de Tony estaba mucho más cerca de ellos. Lo suficiente como para distinguir su curtido rostro, de nariz alargada, fuerte mandíbula y altos pómulos, y para ver con claridad donde había rozado el tiempo sus sienes con aquellos distinguidos destellos plateados.
Lo suficientemente cerca como para escuchar su voz profunda y resonante.
—¡Sarah! —los ojos grises de Tony, transparentes como el agua, se detuvieron en el rostro de Sarah, luego descendieron hacia su cuerpo y volvieron a ascender hacia su rostro.
Ella asintió levemente con la cabeza, esperando que él no notara lo nerviosa que estaba… ni los esfuerzos que estaba haciendo por no arrojarse entre sus brazos.
—Tony.
—Tienes muy buen aspecto.
La voz de Tony pronunció aquellas palabras, pero sus ojos estaban diciendo otras cosas, haciendo a Sarah aún más consciente de su presencia, obligándola a recordar cómo fueron las cosas entre ellos en otra época.
—La política tampoco te está sentando nada mal a ti —dijo Sarah al darse cuenta de que era su turno de decir algo.
Cuando Tony dio un paso hacia ella, Sarah se dio cuenta de que James se había ido discretamente. La cercanía hizo que su tensión creciera, y fue a apartarse, pero su espalda topó con la barra del bar.
Miró a Tony, excitada pero también temerosa, pues no quería volver a perder el control que le había costado tantos años recuperar. ¿Podría Tony percibir el deseo que aún sentía por él?
—Ahora no puedo quedarme a charlar contigo. Tengo que quedarme junto a mi jefe. ¿Dónde estás alojada?
Parecía tan centrado, tan poco afectado por la vorágine de emociones contra las que estaba luchando ella… Sarah hizo un esfuerzo supremo por recuperar el control.
—Me alojo en la casita del hospital. No he venido por la fiesta. Estoy trabajando.
—¿En el hospital?
