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En cuanto entra a una habitación de hotel en París, Bárbara, una mujer extranjera que huye de una dictadura, vacila entre responder o no una llamada telefónica. La voz que escucha a través de la bocina es de un hombre absolutamente desconocido que sabe todo acerca de ella y que parece vigilarla. ¿Podrá confiar en este misterioso sujeto que le revela que ha planeado todo para por fin encontrarse y salvarle la vida a ella y a su amenazado novio, Martín? Lo que sigue es una apasionante novela de espías donde los protagonistas son manipulados por fuerzas poderosas que operan en las sombras y los lectores deben decidir por sí mismos qué es verdad y qué es mentira en este laberinto de intrigas y lealtades.
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Seitenzahl: 163
Veröffentlichungsjahr: 2024
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COLECCIÓN POPULAR
908
KONFIDENZ
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, 2023 [Primera edición en libro electrónico, 2024]
Distribución mundial
La primera edición de esta obra se publicó por Editorial Planeta en 1994
D. R. © 2023, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14110 Ciudad de México
Comentarios: [email protected] Tel.: 55-5227-4672
Diseño de portada: Laura Esponda Aguilar
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio, sin la anuencia por escrito del titular de los derechos.
ISBN 978-607-16-8048-8 (rústico)ISBN 978-607-16-8173-7 (ePub)ISBN 978-607-16-8186-7 (mobi)
Impreso en México • Printed in Mexico
Este libro es para ANGÉLICA.Ella sabe por qué.
Soy un mentiroso que siempre dice la verdad.
JEAN COCTEAU
Todavía no se ha dicho la última palabra.
BERTOLT BRECHT
Apenas la mujer entra en la habitación 242, suena el teléfono.
Ella no atiende de inmediato. Se queda en el umbral, con la maleta en una mano y la llave en la otra, examinando la habitación vacía, como si esperase que otra persona apareciera desde la nada y contestara.
El teléfono sigue sonando.
Veo a la mujer dudar otro instante. Luego, súbitamente apurada, deja caer la maleta, cruza la habitación y levanta el receptor. Antes de que pueda hablar, oye la voz de un hombre.
—¿Barbara?
Es una voz que la mujer no conoce.
—¿Quién es?
—Un amigo de Martin.
—Qué alivio. Me estaba empezando a preocupar. Como Martin no me esperaba en el…
—Pero el chofer estaba allí.
—Sí, pero no traía ningún mensaje de Martin. Traté de preguntarle pero parecía mudo. Y la verdad…
—¿La verdad?
—Me pareció un poco extraño que Martin me mandara un auto. No es exactamente su estilo.
—El auto lo mandé yo, Barbara.
—No debió haberse molestado. Los tiempos no están para este tipo de gastos.
—Es cierto. Pero importaba asegurarse de que no tuviera problemas al llegar, Barbara. Ya su salida debe haber sido un poco… difícil.
—No fue fácil.
—Pero lo logró sin problemas.
—Mi padre tiene conexiones.
—¿Así que podrá volver sin inconvenientes?
—¿Por qué voy a tener inconvenientes?
—Hay gente que tiene inconvenientes.
—No es mi caso.
—Me alegro por usted de que así sea. Siempre es bueno poder volver al propio país.
—¿Usted es de allá también?
—¿No se nota por mi acento?
—Las apariencias engañan. ¿Es o no?
—Ya no.
—Martin no me dijo que tuviera un…
—¿Un qué?
—Un amigo como usted.
—¿Recibió muchas cartas de él?
—Muchas.
—¿Y en ninguna?
—No.
—Mejor. Que él no me mencionara, digo. Tenía otras cosas que escribirle, ¿no?
—No creo que eso venga al caso. Más bien me gustaría saber dónde está Martin ahora.
—No pudo llegar hoy a París.
—¿Dónde está?
—Viene en camino.
—¿Y le pidió a usted que se encargara de mí?
—No exactamente.
—Entonces por qué usted… ¿Cuándo va a llegar él?
—Tan pronto como pueda.
—Mire, señor… Perdone, pero creo que no me dijo su nombre.
—Puede llamarme Leon.
—¿Significa que usted no se llama Leon?
—¿Importa mucho cómo se llame alguien? Aquí en Francia me dicen Leon.
—Mire, señor Leon, yo…
—Leon nomás. Nada de señor, se lo ruego.
Ella no le contesta de inmediato. Tiene la sensación de que alguien la está mirando. Se da vuelta. Por la puerta entreabierta, una mucama la mira fijamente mientras simula hacer la limpieza del corredor.
—¿Me espera un momento?
Va hasta la puerta. La mucama no se inmuta. Sigue frotando una mesa que hay en el corredor y sigue también mirando a la mujer. Barbara no le dice nada. Entra la maleta y cierra la puerta.
—¿Leon?
—¿Pasa algo?
—Una mucama me estaba mirando por la puerta.
—¿Por la cerradura?
—La puerta, la había dejado entreabierta cuando…
—Son muy intrusas estas francesas. No les haga caso. Nos odian.
—No sé qué hago en este hotel, cuando Martin tiene un departamento.
—¿Se sorprendió cuando el chofer la dejó en el hotel?
—Es algo… extravagante, ¿sabe? Pero pensé que Martin, para reencontrarse conmigo… Usted sabe.
—Sí. Un buen lugar para encuentros románticos.
—Claro que un romance necesita dos personas. Y, como Martin no está… Lo que yo quisiera es irme al departamento, el de Martin, digo, y esperarlo ahí.
—¿Conoce la dirección?
—En realidad, no. Él prefirió que le escribiera a una casilla postal, me decía que…
—Que en el edificio podrían robar la correspondencia, ¿no?
—Sí, eso me escribió, en efecto. Pero sé que queda en la Rue des Canettes, el departamento. Claro que usted, que parece saber tanto acerca de él, tiene que conocer…
—¿Y si Martin ya no viviera ahí?
—Él no me dijo que se hubiera mudado.
—Mudarse no es la palabra que yo utilizaría.
Ella espera un momento. Desde una iglesia cercana empiezan a sonar campanadas y, entre una y otra, se oye la agitada respiración de las alas de una paloma contra la ventana de la pieza. Finalmente, ella habla:
—Mire, Leon, no necesita seguir disimulando conmigo.
Algo parece cambiar en la voz del hombre.
—No entiendo a qué se refiere.
—Le pasó algo, ¿no es cierto?
—¿A quién?
—A Martin.
—Oh.
—No necesita disimular más. Sé que le pasó algo. Por eso vine. Si no, jamás hubiese… No me gusta dejar a los…
—Sí. Martin me contó que usted trabaja con niños. ¿Trajo algunas copias de las fotos?
—Algunas. ¿Por qué me lo pregunta?
—Por nada. Me hubiera gustado ver lo que ellos ven. La ciudad, por ejemplo, tal como la ven ellos.
—Son muy talentosos. Ojalá puedan seguir estos días por su cuenta hasta que yo…
—Estoy seguro de que van a arreglárselas perfectamente sin su presencia.
—No, no. Me necesitan. Pero, cuando recibí esa nota tan urgente de Martin, pensé que era…
—Vida o muerte.
—Sí. Eso fue lo que me escribió: un asunto de vida o muerte. ¿Está enfermo? ¿Tuvo un accidente?
—Martin está bien. Se lo prometo.
—No es cierto. Se encuentra en peligro.
—¿Qué tipo de peligro?
—Vivimos tiempos peligrosos, Leon. ¿No le parece?
—Puede ser peor. Si se declara la guerra.
—Entonces, Martin…
—Yo prefiero decir que Martin está… necesitado; necesita ayuda. Y, si no lo ayudamos, puede que esté, efectivamente, en peligro. Pero todavía no.
—¿Ayudamos? ¿Quiénes?
—Nosotros. Usted y yo. No creo que Martin tenga a alguien más en el mundo que lo pueda ayudar.
—Perdóneme, Leon, pero esto no puede seguir así.
—¿Qué cosa?
—Esta conversación. Necesito verlo para poder… Estoy en la habitación 2…
—242. Lo sé. Fui yo quien se encargó de la reserva en el hotel. Y también el que le mandó el pasaje.
—El pasaje me lo mandó Martin.
—Le puedo asegurar que fui yo.
—¿Quién es usted?
—Ya le dije. Un amigo de Martin. Alguien en quien puede confiar.
—¿Y por qué estamos hablando así, entonces? A menos que… ¿Usted me ha visto? ¿Sabe quién soy yo, cómo soy?
—La conozco.
—Cuando llegué sentí que había alguien más, alguien más que me estaba mirando. Tal vez más de una persona.
—¿Más de una persona?
—Vigilando. ¿Era usted?
—No le voy a mentir. Era yo.
—¿Y por qué no se…?
—Antes de presentarme quiero que tenga tiempo de conocerme un poco mejor. Que entienda que, para salvar a Martin…
—¡Salvarlo! Pero usted dijo que no estaba en…
—Dije que todavía no. Pero, si usted no coopera, algo terrible puede pasar. Corrijo: definitivamente pasará algo terrible. Hay gente que… Pero de eso hablaremos más tarde.
—Martin nunca se ha metido en… problemas. Nunca.
—La noto excesivamente nerviosa, Barbara. Quiero que deshaga sus maletas. En el baño encontrará su perfume preferido, el jabón que le gusta, todo lo que requiere. Dése una ducha, cámbiese de ropa y la llamaré en… digamos media hora más.
—No, no. Cuénteme ahora.
—En media hora más.
—Espere. No cuelgue, no cuelgue. ¿Cómo puedo saber que me volverá a llamar, cómo puedo tener confianza en…?
—Ha escuchado mi voz, ¿no? Usted sabe de estas cosas. ¿Hay algo en mi voz que indique que podría yo hacerle daño?
—No.
—¿Lo dice de veras?
—Sí. Es una voz… especial.
—No sabe cuánto me alegra oír eso. Llamaré en media hora más.
Un clic y luego el largo, tenaz zumbido de la señal de marcar. Veo a la mujer quedarse un largo rato así, con el receptor en la oreja. Después cuelga y deja que sus ojos se paseen por la habitación 242. Está tan vacía como antes.
(Creo que alguien espía a esa mujer y a ese hombre. O, más bien: trata de espiarlos. Creo que otra persona, que no soy yo, trata de escuchar, vigila. Alguien que tiene planes. Es un hombre. Es lo único que sé por ahora: que es un hombre y que no se trata de mí.
No estoy inventando esta historia. La estoy descubriendo, paso a paso, igual que un lector, quizás una lectora, y no a la manera de alguien que sabe de antemano lo que va a pasar y puede determinar el curso de los acontecimientos a su antojo. Como si ese hombre y esa mujer existieran en forma independiente de mi imaginación, como si hubieran existido —sí, ¿pero dónde?—, aun si yo no estuviese transcribiendo este texto que ese hombre y esa mujer ya escribieron con sus cuerpos. Por eso, a veces, todo fluye como si fuera imposible equivocarme, como si yo fuese el mero intermediario casual de esa pareja lejana, apenas su secretario.
Aunque yo no esté inventando quiénes son, o por qué él la trajo a París, de todas maneras terminaré siendo responsable de lo que va a pasarles. Así que cada palabra que registro tiene que ser la palabra exacta, lo que dijo ese hombre a esa mujer, la respuesta de ella. Como si esto fuera un documento, y yo un historiador o un redactor remoto.
No estoy solo en esta tarea. Aquí es cuando siento la presencia de alguien más. Cuando me preguntoqué se dijeron de veras ese hombre y esa mujer, como si sus voces estuviesen sofocadas. Es entonces queestoy seguro de que existe otra persona. Alguienque no sabe de mi existencia pero que, como yo, los vigila para adivinar sus palabras, para saber quiénes son y qué van a hacer.
De él, como dije, no sé nada. Ni siquiera tengo la certeza de que exista. Pero sí sé que, de existir, ese hombre no tiene interés en escribir esta historia. Tiene otros planes.)
Casi antes de que el teléfono suene, ella levanta el auricular.
—¿Barbara?
—Sí.
—¿Está cómoda?
—¿Le importa mucho?
—Bastante. Prefiero que no esté parada.
—¿Cómo sabe que estoy parada?
—Si se recostara en la cama, estaría mejor.
—No tengo la menor intención de recostarme en la cama.
—Por favor, Barbara. Sabe que le hará bien recostarse. Siempre que no arrugue su vestido azul. Está mejor así, ¿no?
—¿Cómo sabe de mi vestido azul?
—¿Cree que alguien me lo contó?
—¿Martin? Pero él jamás se fija en…
—¿Me va a negar que su color preferido es el azul?
—¿Puede esperar un momento?
La mujer se para, va hasta la ventana y mira hacia afuera. En la vereda de enfrente, a la altura del segundo piso, hay una tarima de construcción. Cuando ella llegó al hotel, hace menos de una hora, una cuadrilla de obreros estaba trabajando ruidosamente en la reparación de un edificio. Ya no están. Deben haberse tomado un descanso. Ella cierra con energía las cortinas. La habitación 242 se oscurece. Un rayo de luz, delgado, casi inexistente, se filtra entre las cortinas. No la veo encender la lámpara. Sí retomar el auricular. Antes de hablar, sin embargo, vuelve a recostarse contra las almohadas. A su lado, veo una cámara fotográfica.
—¿Y por qué le importa tanto el color de mi vestido?
—Siempre importa saber cómo está vestida la persona con quien uno habla.
—Usted sabe cómo estoy vestida y yo, en cambio, ni siquiera conozco su nombre, su verdadero nombre.
—Desafortunadamente no puedo decírselo, por ahora.
—¿Pero me podrá decir su edad?
—Depende.
—¿De qué depende?
—La mayoría cuenta su edad a partir del día de su nacimiento. Yo no. Yo de veras comencé a existir más tarde.
Ella no dice nada. Él espera. Después pregunta:
—¿No quiere saber cuántos años más tarde?
—Si quiere contármelo…
—Doce. Algo especial me pasó a los doce años.
—¿Qué le pasó?
—Creo que usted sabe un par de cosas acerca de los niños que tienen esa edad.
—¿Por qué me lo dice?
—Como los niños con los que usted trabaja tienen casi todos doce años, pensé que entendería que hay cosas especiales que pueden pasarle a uno a esa edad.
De nuevo los dos quedan callados, ella esperando que él tome la iniciativa, él simplemente esperando.
Nuevamente es él quien interrumpe el silencio.
—¿Le molesta que le haga una pregunta?
—¿Por qué habría de molestarme?
—No quiero que se ofenda.
—No me ofendo fácilmente.
—Entonces dígame una cosa: cuando Martin le decía que era la mujer de sus sueños, ¿usted qué sentía?
De repente, desde afuera, retorna el ruido de martillos. Los obreros de la construcción han vuelto a su trabajo. Ella espera un instante más, escuchando atentamente, y luego dice:
—Martin nunca me…
—Por favor, Barbara. Los dos sabemos que Martin le dijo esa frase, y puede que otros hombres también. La mujer de mis sueños. Todos los hombres apelan a esa frase con alguna mujer. Como cuando dicen: Te comería, mi amor, o a otros hombres: Hermano, ahí mismo me la hubiera devorado. Una triste metáfora digestiva para el sexo. Pero es mentira. Sonidos muertos. Los pobres no saben lo que es soñar de veras con una mujer. Barbara, ¿me está escuchando?
Ella no dice nada. Parece estar esperando que él siga, pero la voz de él calla. Ella juega con el lente de la cámara, moviéndolo lentamente de ida y vuelta. Después de un largo rato, él dice:
—¿Barbara?
—Sí.
—¿Le pasa algo?
—Sí.
—¿Qué le pasa?
—Tengo miedo.
—No debería tener miedo.
—Escuche, Leon, o como quiera que se llame: la verdad es que me encuentro en una situación… delicada. No hablo francés, y mi único contacto en este país es un hombre que dice ser amigo de Martin sin dar ni una sola prueba, sin que se haya dignado mostrarme su cara ni me haya dicho su verdadero nombre. Si no fuera porque Martin me pidió que viniera de urgencia, volvería a mi país mañana mismo. Pero él me pidió que…
—Que no le avisara a nadie. Que dijera a todo el mundo que se iba a Roma. Sé exactamente lo que decía el mensaje de Martin.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque leí esa carta. He leído todas las cartas.
—¿Todas?
—Todas.
—¿Y se puede saber con qué derecho?
—Estoy a cargo de él. Es lo que hacen los encargados en estos casos.
—No comprendo.
—¿Qué es lo que no comprende?
—Eso de que usted esté a cargo de…
—Por favor, Barbara. No necesita disimular conmigo.
—No estoy disimulando.
—Hace bien en hacerse la que no sabe. Aunque saber, lo que se dice realmente saber, claro que no. Pero Martin mismo me comentó que usted sospechaba que él no estaba aquí estudiando arquitectura, sino metido en… Usted sabe.
—No sé de qué me está hablando.
—Vamos, Barbara. ¿Acaso no le preguntó a Martin, antes de que viajara hacia aquí, si él no venía a… otra cosa? Ésas fueron sus palabras exactas: “Barbara me preguntó si yo venía a Francia a otra cosa”. Y, enfermo de vergüenza, Martin tuvo que mentirle. Eso fue nuestra culpa. Quiero que sepa que él le habría contado todo, pero estaba expresamente prohibido que sus padres o su novia o sus amigos supieran realmente a qué venía Martin.
—¿Y a qué venía, entonces?
—Usted lo sabe.
—Falso.
—¿Qué es falso?
—Yo jamás le pregunté a Martin si venía a Francia a… otra cosa. Nunca hablamos de eso.
—¿De qué?
—De política.
—¿Y de la guerra?
—No va a haber guerra.
—Sí que va a haber guerra.
—Con Martin tratábamos de no hablar de esas cosas. De política.
—¿Entonces por qué me dijo Martin que usted le mencionó sus sospechas antes de que él partiera?
—Sería para impresionarlo, para que usted no creyera que él quería casarse con una mujer hostil a sus ideales, a lo que… Ésta es una conversación absurda. Si fuera cierto lo que usted dice acerca de Martin, no lo estaría divulgando así, por teléfono, a una persona desconocida.
—Primero, quiero que sepa que usted no es para mí lo que yo llamaría una desconocida. Y que le tengo toda la confianza del mundo. Y que…
—No sabe cuánto se lo agradezco.
—Por favor. El sarcasmo no le favorece.
—¿Martin le dijo también eso de mí?
—Y segundo: ese hotel se precia de garantizar la privacidad de sus huéspedes. Nadie nos puede escuchar.
—No le creo.
—Sabemos hacer bien nuestras cosas. Para que se tranquilice del todo, le diré que soy el único en París que sabe el nombre verdadero de Martin. Los demás lo conocen como Hans.
—¿Hans?
—Su nombre de guerra.
—Esta conversación se está volviendo peligrosa.
—Extraño. Martin me había dicho que usted era una mujer sin miedo. Lo que está haciendo con esos niños, por ejemplo, por mucho que cuente con la protección de su padre… Darles libertad para sacar esas fotos en el clima paranoico que actualmente existe en… Martin me dijo que los peligros le gustan, que a veces toma riesgos innecesarios simplemente para ver si es capaz de afrontarlos sin alterar el ritmo de su corazón.
—Él no pudo haber… Martin jamás hablaría de mí con un extraño, jamás contaría cosas tan íntimas.
—Martin me contó todo acerca de usted, Barbara.
—¿Qué le contó?
—Cosas suyas. De su vida.
—¿De mi cuerpo?
—Sí.
—¿Qué le contó de mi cuerpo?
—Sus pechos.
—Martin jamás pudo haber dicho…
—Usted nunca usa sostén. Le gusta sentir el roce de la blusa contra sus pezones. Pero más le gusta sentir el viento. Estar sin blusa, cuando puede.
—¿Qué más le contó?
—El calor de sus pechos. Como si siempre acabasen de estar al sol.
—¿Qué más?
—Sobre su clítoris. Que no le gusta que los dedos de un hombre le toquen el clítoris.
—Hijo de puta.
Ella deja el teléfono y va hasta el otro extremo de la habitación. Busca su rostro en el espejo, enfrenta sus ojos, respira profundamente y vuelve a la cama y levanta el auricular.
—Necesito hablar… Necesito hablar ahora mismo con Martin.
—No lo culpe, Barbara. Nosotros lo forzamos a hacerlo. A él y a los demás. Por su propia seguridad. Me lo contó a mí porque Willy…
—¿Quién es Willy?
—El encargado originalmente de recibir a Martin en París. Es mi mejor amigo. ¡Qué precaria la existencia humana!, ¿no? Un triste estafilococo huérfano que no entra en el pulmón de Willy, y yo no sabría hoy ni el nombre de Martin, y usted no estaría en París, y él no tendría quien lo salvara… Pero Willy fue hospitalizado de urgencia en el Hôpital Marmottan la misma mañana en que Martin… Por eso fue que Wolf…
—Sin duda otro nombre de guerra, ¿no?
—Vivimos tiempos de guerra. Wolf me había citado de urgencia, porque en un par de horas más llegaría un tal Hans desde nuestro país. Tuve que recibirlo, aunque ya me habían tocado los dos anteriores y tenía mucho trabajo ya programado. Casi tanto como cuando vivía en…
—¿Qué tipo de trabajo?
—Allá trabajaba en un periódico.
—¿Cuál?
—Lo cerraron hace seis años. Dudo que usted lo haya conocido. Era muy joven cuando lo…
—Mi escuela estaba frente a un periódico.
—No me gusta hablar de eso, Barbara.
—Entiendo. ¿Y qué hace aquí?
