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Febrero de 2020. Entre los resabios del estallido social, la crisis política y la naciente pandemia, la abogada Isidora García recibe una notificación que da vuelta su mundo y revive episodios de su pasado, que ha tardado años en superar. Así, se ve enfrentada a dolorosos recuerdos de su adolescencia, aquejada por acoso escolar, problemas de autoestima, trastornos alimentarios y un abuso sexual que marcó su vida, por parte de la persona que ahora busca ponerse en contacto con ella. Lo que Isidora no sabe, es que esos fantasmas que aún la acechan, tienen el poder de amenazar lo que ha construido y pondrán a prueba su firmeza y sus convicciones. La audacia nos habla desde la intimidad, de una historia que es la historia de muchas mujeres, una historia deinseguridades, de presiones, de abusos, de silencio. Una historia sobre lo que estamos dispuestos a hacer y tolerar con tal de agradar a los demás, pero también de cómo podemos levantarnos y encontrar nuestro lugar en el mundo, a la vez que se forman nuestras ideas.
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Seitenzahl: 137
Veröffentlichungsjahr: 2023
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La audacia © 2023, Yasmin Gray ISBN Impreso: 978-956-406-194-8 ISBN Digital: 978-956-406-283-9 Primera edición: Agosto 2023 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.
Trayecto Editorial Editora: Constanza Cariola Diseño portada y diagramación: David Cabrera Corrales Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chilewww.trayecto.cl +56 2 2929 4925
Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile
“¿Cómo se hace para hablar de la condición humana cuando se es mujer?”
Paula Bonet, La anguila
“¿Todo el que tiene una ideología política,entonces, hace un pacto con el diablo?”
Pablo Ortúzar, El precio de la noche
Estaba pensando en qué hacer luego de terminada la bitácora de aquel viernes. Me tincaba la idea de ir al outlet de la librería Antártica de la Plaza de Armas.
Arturo trajo agua mineral en su mochila. Agarré mi botella, la abrí con desesperación y me la llevé a la boca. Era mediodía del primer viernes de febrero y como solía ser en aquel mes, el calor no daba tregua. Y era aún más insoportable en aquel sitio donde casi no había árboles ni pasto. Estábamos parados frente a una multitud que presenciaba la inauguración del nuevo CESFAM de aquella comuna periférica de Santiago, a la cual mi jefe le cabía representar como diputado.
La inauguración fue bastante tranquila, algo que nos alivió, porque desde octubre los ánimos estaban más que caldeados. Después del corte de cinta, mi jefe conversó con algunas personas: funcionarios municipales y dirigentes vecinales que se acercaron a él pidiéndole favores personales o que por favor hiciera algo contra la ola de vandalismo que recorría el país desde el dieciocho de octubre. Hablaban de negocios saqueados, de empleos perdidos, de las dos estaciones de metro de la comuna que habían quedado inutilizadas, a causa de atentados incendiarios. Esto había convertido la rutina de gran parte de la población en una odisea, por las dificultades que conllevaba no contar con aquel medio de transporte.
Uno de los grandes problemas de mi jefe era que le costaba poner límites y eso implicaba que, entre otras consecuencias, podía dejar que las charlas improvisadas durasen muchísimo. Arturo y yo mirábamos la hora a cada rato con preocupación: en cuarenta minutos teníamos una reunión con el subsecretario de Transportes y debíamos llegar al centro, al edificio del ministerio en cuestión.
Lo miramos con alivio cuando se acercó a nosotros para enfilar camino al auto. Carlos, el chofer, mataba la espera leyendo Las Últimas Noticias y escuchando la radio.
—Don Patricio, estaba escuchando la radio Bío-Bío y dicen que está la escoba frente a La Moneda, porque para variar hay revoltosos. Parece que esta vez es por lo que pasa en la Araucanía.
—Aj, por la cresta. ¿Nos iremos por la autopista, entonces, Carlos? Isi, por favor avísale al jefe de gabinete del subsecretario que puede que lleguemos un poco atrasados por el jaleo frente a La Moneda.
Busqué mi teléfono en la cartera negra de cuero que mi mamá me había regalado para la última Navidad. Abrí WhatsApp, tecleé el nombre que necesitaba y empecé a escribir el mensaje que mi jefe había solicitado. Vi que este presentaba los tickets azules que indicaban que había sido leído y el consiguiente “escribiendo” del interlocutor, cuya respuesta resultó ser un escueto “OK”. Estaba por anunciarle la respuesta a mi jefe, cuando una vibración sacudió mi teléfono. Era una notificación de Facebook. En específico, el logo que indicaba una nueva solicitud de amistad. Lo pinché y leí el nombre: A. P. J.
Pensé que no era verdad. Que, gracias al calor, estaba alucinando. Que no podía ser cierto. Volví a leer: A. P. J.
—Pato, hablé con Müller algo al respecto de lo que le vamos a plantear ahora, así que está informado —anunció Arturo y se volvió hacia el asiento trasero, donde estábamos yo y mi jefe—. Isi, ¿estás bien? Te veo un poco pálida.
De lo que se habló en la reunión, me acuerdo a borrones y frases en el aire. Desde que llegamos al edificio del ministerio, caminé y actué en piloto automático. Por suerte, la reunión no fue tan larga, duró unos veinte minutos, los que sentí como si fueran veinte horas. Traté de poner atención, pero me fue imposible. Sé que hablaron sobre la petición de más buses para suplir los tramos siniestrados del metro en las comunas a las que mi jefe representaba y de la acusación constitucional en tramitación contra Hernán Elizondo, el ministro del Interior, pero no me acuerdo del detalle. También recuerdo brevemente la conversación que oí al pasar, de unas funcionarias, a las que ubicaba porque militaban en el mismo partido que yo. Hablaban sobre el caso de Catalina Soto, la chica que se suicidó luego de haber sido violada y cuyo caso se volvió viral en redes sociales. “¿Cachaste que salió una declaración del desgraciado de Bórquez en Instagram, diciendo que no la violó?” “Hueón maldito, que se pudra en la cárcel”. Ese caso se sintió, de pronto, más cercano.
En lo único que pensaba era en que A., por algún motivo que en ese momento no alcanzaba a entender, me estaba buscando. Y que me había encontrado. Porque de seguro ya debía haber googleado mi nombre y le habría aparecido en la nómina de asesores parlamentarios adscritos a cierto partido del oficialismo. Sabía, entonces, cuánto me pagaban por ser asesora jurídica del diputado Patricio Correa. Y sabía los nombres de quienes trabajan conmigo, no solo como asesores de Patricio, sino también en la Fundación, donde figuraba como autora de informes relativos a proyectos de ley. También probablemente sabía que atendía causas particulares en una oficina que compartía con dos socios y excompañeros de universidad. En nuestra página web se señalaba la dirección de ésta, ubicada a pocas cuadras del palacio que alberga a la Corte Suprema y a la Corte de Apelaciones de Santiago.
Después de la reunión, Arturo me volvió a preguntar si me sentía bien.
—La verdad es que no. Me duele mucho la cabeza.
—Voy a hablar con Pato. Le voy a decir que mejor te dé la tarde libre. No te preocupes por la defensa de Elizondo, ya has avanzado harto y hay más gente de la Fundación trabajando ahí.
Llegué a mi departamento —que en realidad es de mis padres, pero eso da lo mismo— un poco antes de las dos de la tarde. Cuando cerré la puerta, no sabía si quería dormir o llorar. Tenía que comer algo, era la hora de almuerzo y mi última comida había sido el desayuno de café con leche y pan con palta que engullí a toda carrera a las siete de la mañana. Tenía también que cambiar la arena de la Julieta. Pero me sentía incapaz de cualquier cosa que involucrara un esfuerzo físico, aun cuando consistiera únicamente en pinchar una app de delivery, seleccionar un restaurante y un plato, y luego pararme a recibir mi pedido.
Me tendí sobre la cama, boca abajo, mientras pensaba qué iba a hacer. Sentía el pecho insoportablemente apretado y mi respiración se había tornado agitada. En ese momento recordé que la Vero estaba de vacaciones desde ayer y que estaría en Santiago hasta la próxima semana, así que, haciendo uso de las escasas fuerzas que percibía tener, le mandé un mensaje: “Vero ven a mi depa porfa, me siento muy mal”.
La Vero es una de mis grandes amigas y vive en un edificio que está a dos cuadras del mío. Nos conocemos hace unos quince años, cuando entré a militar al partido estando aún en la universidad. Hemos vivido de todo, juntas: carretes, desilusiones amorosas, vacaciones, elecciones, escandalillos políticos. Es una de las personas que tienen la llave de mi departamento.
Llegó a los diez minutos de haberle enviado el mensaje. Me encontró aún tirada en la cama, boca abajo, cual muñeca de trapo. La Julieta la siguió hasta la pieza, maullando frenéticamente. A su modo gatuno, presentía que me pasaba algo.
—Bueno, niñas, les contaré cuándo y cómo fue que todo en Chile se empezó a ir a la mierda.
El profesor Parada estaba hablando del gobierno de Allende, del golpe militar y de todo lo que ya sabemos que vino después con Pinochet. De lo polarizado que estaba Chile, de la pobreza, de la violencia que pregonaban los unos y los otros, los muertos, los desaparecidos y los exiliados. Y mientras yo me esforzaba por poner atención en la clase, una pregunta resonaba en mi cabeza: ¿cuándo y cómo fue que todo en mi vida se empezó a ir a la mierda?
A mis recuerdos venía la víspera de mediados de junio del año pasado. Ese sábado en que asistí por primera vez a una discotheque, con dieciséis años. Fui con el que en ese entonces era mi grupo de amigas, a una fiesta que organizaba el centro de alumnos del colegio de hombres vecino, el San Enrique. Para varias de nosotras era la primera vez en una disco, ya fuera porque antes de los dieciséis años no nos daban permiso o porque no nos interesaba ir. Pero justo la fiesta la organizaba un muchacho que era objeto de interés de una de mis amigas. Se habían conocido el año pasado en la feria interescolar que se hacía todos los años en la ciudad y ella no paraba de hablar de él. Teníamos que ir.
Me acuerdo de que me puse una polera celeste, una de mis favoritas, unos jeans y zapatillas. Mis amigas jugaron a hacerse peinados especiales. De maquillaje, casi nada, aún éramos niñas.
No había pasado mucho tiempo desde que nos habíamos unido a la fiesta, cuando se me acercó un chiquillo.
—¿Quieres bailar? —me preguntó y yo asentí, sonriendo— ¿Cómo te llamai?
—Isidora, ¿y tú?
—Oscar.
Me contó que tenía diecisiete años y que iba en cuarto medio, en el mentado colegio de hombres. Seguimos bailando. Al cabo de unas seis canciones, me invitó a tomar una bebida y a sentarnos para conversar un rato.
—Oye, ¿y qué quieres estudiar? —le pregunté.
—No sé bien todavía. ¿Y tú?, ¿tienes alguna idea?
—Me encantaría estudiar Cine o Arte.
En aquella época yo soñaba mucho. Quería dar rienda suelta a la creatividad que bailaba en mi cabeza, pero que, por alguna razón, no se atrevía a salir. Y cada vez que hablaba con mis papás al respecto, hacían como que les conmovían mis ideas, pero no me volvían a tocar el tema. Pero Oscar era distinto. De enfrentarme a las personalidades rígidas de un padre médico y de una madre profesora, y de amigas que prestaban poca o nula atención cuando hablaba de lo que me gustaba —películas, libros—, de pronto estaba frente a alguien que me escuchaba con interés. Y no solo eso, me dijo que también le atraía saber sobre historia y política.
—Si te gusta leer, debes ser inteligente, entonces —comentó—. ¿Qué fue lo último que leíste?
—La casa de los espíritus, de Isabel Allende.
—¡Ah! No lo he leído, pero es bueno, parece. Ahora estoy tratando de leer Cien años de soledad, porque tengo que leerlo para Castellano, pero lo encuentro enredado. Voy en la mitad y todavía no lo entiendo.
Cuando nos sentamos, nos situamos a unos treinta centímetros de distancia. No me di cuenta, en medio de la conversación, de que esa distancia se estaba acortando, hasta que empezó a hacerme cariño en el pelo.
—¿No te molesta? —me preguntó y le dije que no—. Eres bonita. Tienes ojos muy lindos.
Si bien no era la primera vez que un hombre de mi edad me halagaba, especialmente por mis ojos verdes —herencia de mi madre y abuela—, algo me pasaba, porque, en ese momento, estaba sintiendo una especie de electricidad extraña.
Pensaba en que si José Luis, el chico con quien había salido hacía unos meses y quien me había dado mi primer beso, también me había dicho algo parecido —y por algo se había fijado en mí—, eso quería decir que lo que solían decirme mis compañeras sobre mi apariencia no era tan cierto. Que tenía un trasero muy grande. Que debería bajar de peso para verme mejor. Que mis brazos eran muy peludos. Que mis cejas eran muy gruesas y que debería afinarlas.
Los labios de Oscar se fueron acercando a los míos, pero cuando estuvieron a punto de toparse, yo corrí la cara. Dentro de unos minutos volvió a intentarlo y esta vez sí correspondí a su deseo. El beso siguió su curso con entusiasmo por parte de él, y con adrenalina por parte mía. Nunca se me pasó por la cabeza que lo que estaba compartiendo con aquel pseudodesconocido era algo malo. Mucho menos si confirmaba algo que para mí era bueno: que mi aspecto físico no era desagradable a los hombres, sino que, al contrario. Y en el mareo que me trajo esa satisfacción interna, no me percaté de que mis amigas y compañeras presentes en la fiesta me estaban observando, primero con curiosidad y después con reprobación.
Los besos duraron unos quince o veinte minutos, tiempo corto, pero no menos significativo. En esos minutos me volvió a decir que me encontraba linda. Se separó de mí para ir al baño. En el momento en que se alejó, llegaron dos de mis amigas.
—Isidora, nos vamos —anunció una de ellas, tomándome del brazo.
Quise protestar, pero no fui capaz. El tono frío y seco en que me dijeron que nos íbamos, me llegó como una señal de que algo malo estaba pasando y que era mejor hacer caso. Era como el tono que usaba mi mamá cuando me decía que teníamos que irnos, luego de ir a jugar a las casas de mis amiguitas, pero mucho más severo. No alcancé a despedirme de Oscar como hubiera querido.
Salimos de la disco.
—¿Qué pasó? —pregunté en medio de mi desconcierto.
—¿De verdad no sabes qué pasó? ¡Pasó que te pusiste un cartel delante de todo el San Enrique! ¡Todos están hablando de ti! —exclamó quien en ese momento era, se suponía, una de mis mejores amigas.
—Pero… ¿cómo? ¿por qué?
—¡Por lo fácil que fuiste!
Fácil. Esa misma palabra que usaban mis amigas en voz baja para hablar de conocidas del colegio que tenían, según lo que se contaba, mala reputación. Fácil. F-Á-C-I-L. Un beso me había añadido, de golpe y porrazo, a esa categoría, que significaba atraer sobre mí cuchicheos y miradas despectivas. ¿Cómo era posible, si solo era un beso?
Cuando llegamos a la casa de mi amiga, donde después de la fiesta me quedaría a dormir junto con varias compañeras más, nadie me dirigió la palabra. Al día siguiente, llamé a mi mamá para que me fuera a buscar más temprano de lo acordado. No le dije lo que había sucedido en la fiesta, sino que me dolía la guata. Me sentía confundida y triste. No entendía nada.
El lunes, cuando volví al colegio, mis amigas me saludaron, pero me trataron con frialdad. Prácticamente no me hablaron en toda la jornada. Con el correr de los días, supe qué era lo que se estaba diciendo exactamente sobre mí: que el contacto con Oscar no se había limitado a los besos, sino que también me había dejado acariciar de manera, digamos, “impúdica”. Que quienes estaban en la fiesta habían visto cómo pasaba sus manos por todo mi cuerpo sin que yo lo detuviera. Me horroricé, me indigné y lloré a gritos, porque nada estaba más alejado de la realidad. Si eso hubiera pasado, yo lo hubiera detenido. La posibilidad de que no me acordara, no existía, tanto por mi buena memoria como también porque yo en ese entonces no bebía alcohol. ¿Quién inventó esa mentira? ¿Fue resultado de alguien que vio mal o de alguien que deliberadamente quiso hacerme daño? ¿Acaso era otra niña la que esa noche y en esa disco en penumbras, también de polera celeste y jeans, hizo lo que me imputaron —nada que reprocharle a ella, en todo caso—, y la confundieron conmigo?
Más allá de constatar penosamente que las que eran mis amigas creyeron el chisme y no me dieron posibilidad de explicarles lo que realmente había pasado, jamás pude saber a ciencia cierta quién o quiénes, y con qué fin dejaron mi reputación por el suelo.
