La  Cacería - Robert Kisk - E-Book

La Cacería E-Book

Robert Kisk

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  • Herausgeber: Noe
  • Kategorie: Krimi
  • Sprache: Spanisch
Beschreibung

Pido casi rogando al Dr. Austin encargado del departamento de arqueología que si encuentra esta carta la tome con toda la seriedad existente del peligro abominable que pulula bajo tierra. Os relato todo en estas hojas, y pido que por ningún motivo se atraviese esa puerta, porque si lograsen abrirla de nuevo, sería el fin de la civilización como la conocemos.

Historias de terror, suspenso y misterio.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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La

Cacería

Cuentos de Terror

Robert Kisk

Copyright © Edición original

2022 por Robert Kisk.

Todos los derechos estánreservados

Contenido

Contenido

Prólogo

El Secreto

El descubrimiento

La ciega

 

 

 

A nadie le gusta un payaso a medianoche. – Stephen King

Prólogo

Pido casi rogando al Dr. Austin encargado del departamento de arqueología que si encuentra esta carta la tome con toda la seriedad existente del peligro abominable que pulula bajo tierra. Os relato todo en estas hojas, y pido que por ningún motivo se atraviese esa puerta, porque si lograsen abrirla de nuevo, sería el fin de la civilización como la conocemos.

Descubre las aterradoras historias de terror que te llevarán a sentir miedo y suspenso mientras lees cada una de sus siniestras líneas en la oscuridad.

El Secreto

 

Esto es algo que nunca he contado a nadie, y eso que, ya han pasado muchos años y aun sigo despertándome a media noche con pesadillas y empapado de sudor. Y es que, muchas veces quise contarle a abue Benny para desahogar mi alma cuando tenía doce años. Sin embargo, me contuve porque abue Adam era muy duro conmigo, y solía decir siempre: “los hombres no deben tener miedo de nada, si tienes miedo, mereces unos latigazos”. Por tanto, aquello que vi lo guardo conmigo como una tumba. Y es que la locura misma me embarga noche tras noche solo imaginar todavía eso que vi.

Y lógicamente transcurrió el tiempo… y a causa de lo que pasó después, mis sueños se fueron. Aquella generación hizo su vida más yo no pude, me quedé postrado en este monasterio abandonado en las montañas, reacio a volver a la sociedad por miedo a eso que todos al final temen; ser juzgados y rechazados.

 

 

Se acercaba el invierno de 1943, y como la mayoría sabe, Alemania ya estaba en plena guerra con todos. Mi hermano y yo, naturalmente vivíamos con nuestros abuelos en los límites de Núremberg cerca del bosque checo. Había pocas casas, a lo mucho unas diez a lo largo de un kilómetro de espeso monte. Lógicamente no había radio en aquel lugar, por consecuencia, mis abuelos se enteraron del conflicto bélico cuando el señor Vacky trajo en una ocasión un periódico, pero sinceramente viviendo inmersos en los bosques; no nos afectó en principio la guerra-.

 

- Harold ¡Cuántas veces te he dicho que no dejes las herramientas tiradas ahí! -refunfuñó Adam el viejo abuelo que no rebasaba los sesenta y cinco años. Harold volteó apenado hacia donde estaba su espigado abuelo cerca del horno de barro donde solían preparar los asados.

- Lo siento abue, lo que pasa…

- Calla bobo, basta de excusas, podría tropezar tu abuela y ya sabes, que pasaría… Harold agachó la cabeza como sabiendo a que castigo se refería su abuelo con: “ya sabes lo que pasaría”. Caminó hacia donde estaban las herramientas que lo componían una filosa hacha rudimentaria ya mohosa por el tiempo, algunas guadañas y un cuchillo mediano, todas en la misma condición. E inmediatamente se dirigió a guardarlos a un pequeño granero al otro lado de la casa en la parte trasera.

 

Para el pequeño Harold la vida era buena más allá de la dureza continua de su abuelo un ex teniente de la milicia alemana de 1914. El favorito de él era mi hermano Rayh de 14 años que era diestro en todo lo que le gustaba a él. Además, el sueño de mi hermano era igual; alistarse en el ejército una vez terminara la guerra y seguir los pasos exitosos de mi abuelo que lastimosamente había dejado la milicia por un accidente mortal en una emboscada que le hizo perder un brazo-.

 

-Tía Benny lo siento… no quise dejar esos cuchillos ahí con eso que tienes problemas para mirar, y si hubieras caído hubiera yo… -Susurró lamentándose en voz baja el pequeño Harold a un lado de la mesa de piedra donde la avejentada mujer intentaba darle forma a la harina.

-Basta nieto no seas llorón, ¡anda! no es nada, no hagamos una tormenta en un vaso de agua. ¡Ve! llévale agua a tu abue que ya casi he amasado el pan y pronto estará listo para meterlo al horno-.

 

 

 

Una mañana, mi tío me mandó hacia las montañas a vigilar las siete ovejas lecheras que teníamos y que solían pastar cerca de las llanuras montañosas. Era por lo regular común hacer esa tarea de mi hermano mayor, no sé, pero casi nunca le acompañaba. Era yo como Isaac hijo de rebeca que era más hogareño, y mi hermano como Esaú más de campo.

Ese día mi hermano estaba enfermo de una fiebre atroz y no pudo ir, mi abuelo no solía adentrarse ya a las montañas por problemas de su espalda, no soportaba demasiado tiempo en pie, así que como el hombre disponible de la casa me mandaron a mí. Conocía bien el lugar de esas montañas, pero no me sentía a gusto caminar por los bosques adentrada la tarde, ya saben, cuándo el sol se oculta las sombras aparecen. Uno inconscientemente comienza a percibir que lo miran desde los recodos y desde entre la vegetación como si de unas miradas asesinas se tratasen, solo esperando el momento que te distraes para abalanzarse sobre ti.

Aquella tarde era otra tarde más me decía en mis adentros, las ovejas estarían por ahí esperándome para llevarlas cerca del río y de nuevo a las montañas, “todo sería fácil”.

Cuando llegué por fin luego de casi una hora y media de camino; noté rápidamente que algo no estaba bien. Donde solían estar siempre las ovejas era una llanura en forma de plato donde había vegetación abundante especialmente de garbotas unas hierbas espinosas favoritas de las ovejas, y por lo regular nunca se iban más allá de la colina, por lo que esa tarde se me hizo demasiado extraño al momento de llegar. No obstante, en mis adentros pensé: “mmm, bueno quizás andan de vagas, yo también andaría si comiera lo mismo todos los días”. Y es que en casa casi siempre abue hacia lo mismo; leche de cabra, quesos y frijoles.