La caída del Primer Ministro - Relato erótico - Alexandra Södergran - E-Book

La caída del Primer Ministro - Relato erótico E-Book

Alexandra Södergran

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Beschreibung

El Primer Ministro ha caído en una crisis y ya no le importa lo que le suceda. Todo en su vida parece no tener sentido. Mia es una joven prostituta. Una noche, ella y su chulo Dragan están cenando en el mismo restaurante que el Primer Ministro. Tiempo atrás, Mia había conocido al Primer Ministro, pero había pasado tanto desde entonces; un mundo distinto, una situación totalmente diferente. Esta noche fatídica terminará en algo que ninguno de ellos podría haber imaginado. Una aventura erótica que cambiará sus vidas y a ellos mismos para siempre. Su viaje sexual de redescubrimiento comienza en un restaurante...

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Seitenzahl: 36

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Alexandra Södergran

La caída del Primer Ministro

LUST

The Prime Minister is Going Down

Original title: Statsministern faller

Translated by: LUST Copyright © 2015, 2020 Alexandra Södergran and LUST, an imprint of SAGA, Copenhagen All rights reserved ISBN: 9788726322385

E-book edition, 2019 Format: EPUB 2.0

All rights reserved. No part of this publication may be reproduced, stored in a retrieval system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

La caída del Primer Ministro

Se oía el trajinar de cubiertos y vajillas, y un murmullo constante de voces susurrantes a lo largo de la extensa mesa de banquete. Los hombres y mujeres sentados allí estaban sobrios, serios y completamente absortos en la discusión. Excepto el Primer Ministro, por supuesto. Él estaba cansado. Giraba la copa de vino en la mano. Cualquiera podría intuir que la causa de la melancolía del Primer Ministro era el esfuerzo, el trabajo duro o quizá la responsabilidad que conllevaba ese tipo de trabajo. Especialmente en ese momento, en medio de una crisis financiera. Pero para el Primer Ministro, la causa no era por la crisis financiera. Toda esa charla le parecía tan insignificante como la tormenta de nieve fuera de la ventana del restaurante. Su crisis tenía una raíz totalmente diferente.

Había tenido sueños y visiones. Se suponía que debía construir un país fabuloso, asistir a reuniones y saludar a personas importantes, ser un modelo a seguir, alguien a quien admirar. Diablos, se suponía que debía ser el hombre al que otras personas citaran, debería haber libros sobre sus ideas y pensamientos. Naturalmente, esos libros estarían llenos de anécdotas que describirían la vida extraordinaria que debería estar viviendo. De alguna manera sería una estrella, un poco de todo lo que siempre había querido ser: famoso, popular y amado por todos. Pero al mismo tiempo quería algo más que el mero estatus de celebridad superficial, quería algo más que una fachada. Sus grandes pensamientos y visiones deberían ayudar a la gente.

Tomó un gran trago de su tercera copa de vino e intentó silenciar la voz de su auto decepción. Se sentía un idealista, un idiota.

No estaba sobrecargado de trabajo. Lo que le pesaba era la vida misma. Lo único que sentía agobiante era tener que simular estar involucrado, comprometido y apasionado por las cosas que realmente no le importaban. La política le parecía carente de significado. De todos modos, en algún momento todo se volvería una parte de la misma vieja maquinaria. Y lo que lo asustaba, lo que realmente temía, era que no lograba ver una salida. Sentía como que nadie lo entendía.

Ahogó el último trago de vino y llenó la copa nuevamente, luego asintió con la cabeza para simular que estaba participando en la conversación. Oscarsson frunció el ceño y se le formó una gran arruga entre las cejas. El Primer Ministro sintió la mirada. Se puso de pie y fue al baño.

Debajo de las suaves alfombras persas, el piso de madera crujía y se arqueaba. Se podía escuchar la música clásica del banquete; cinco enormes arañas colgaban del techo y reflejaban un brillo cálido de color amarillo sobre las mesas y los invitados. Era un restaurante elegante, reservado para celebridades o personas con excelentes conexiones.

Dragan estaba orgulloso de estar sentado ahí. Estaba más que orgulloso. A su manera, sutil y especial, estaba cantando loas. Como gánster, chulo y traficante de drogas conocido tenía que hacerlo todo con moderación y no mostrar mucha emoción. Tenía que ser como James Bond o Don Corleone: tranquilo, encantador y afable. Así es como Dragan prefería verse a sí mismo. Especialmente ahora que había llegado a entornos que no le eran familiares,  escenarios que no acababa de controlar.

Mia se sentó frente a él, deslumbrante, en un nuevo vestido rojo. Para esta ocasión especial, se había hecho maquillar por una estilista y se había peinado en un salón elegante. Así era justamente como Dragan la quería. Mia era una belleza natural, cualquiera podía notarlo, pero Dragan la quería perfecta y, en ese momento, era como una estrella de cine.

Sin ser por el hecho de que estaba obsesionada con la servilleta doblada sobre su plato. La levantaba y desplegaba. La golpeaba como un gato con su pata. Luego comenzó a soplarla. Toda esta situación hizo que Dragan comenzara a transpirar.