La casa de la costa - Laura Alonso - E-Book

La casa de la costa E-Book

Laura Alonso

0,0

Beschreibung

Una misión secreta. Una casa perdida entre la niebla del norte. Un pasado que regresa con la fuerza de una tormenta. Pablo, un agente de élite acostumbrado a obedecer sin preguntar, recibe un encargo que cambiará su vida para siempre: investigar la desaparición de un influyente empresario vinculado a una poderosa multinacional eléctrica. Pero nada en la costa es lo que parece. Las paredes de la mansión esconden verdades inconfesables, alianzas rotas y una historia familiar marcada por la ambición, la venganza y el poder. Entre la acción, la intriga y las emociones más intensas, La casa de la costa nos sumerge en un thriller absorbente donde cada paso puede ser el último, y donde la línea que separa el bien del mal se borra con el primer trueno.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 238

Veröffentlichungsjahr: 2026

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.


Ähnliche


Índice

Capítulo 1

LA TORMENTA DEL PASTOR

Capítulo 2

LA CALMA TRAS LA TORMENTA

Capítulo 3

UNA REACCIÓN REBUSCADA E INMEDIATA

Capítulo 4

UNA INFANCIA DOLOROSA

Capítulo 5

SU LEGADO, NÚCLEO DE CONFLICTOS

Capítulo 6

POSIBLE DESENLACE DE LA HISTORIA

Capítulo 7

ENCARIÑAMIENTO NO AUTORIZADO

Capítulo 8

LA VENGANZA, SIEMPRE EN PLATO FRÍO

Capítulo 9

EL VÉRTICE DE UNA REVOLUCIÓN

Capítulo 10

LA SOLUCIÓN A LA PREPARACIÓN FALTANTE

Capítulo 11

LA INTERVENCIÓN TANTO DESEADA

Capítulo 12

PASAR PÁGINA

Capítulo 13

MISMO EVENTO, DIFERENTES JUICIOS

Capítulo 14

“ARBÚSTRICOS 2.0”

Hitos

Tapa

Índice

© 2025 Laura Alonso Martínez

La casa de la costa

D.L.: BI 01249-2025

ISBN papel: 978-84-685-9331-9

ISBN ebook: 978-84-685-9330-2

Deposito legal: M-26513-2025

Impreso en España

Editado por Bubok Publishing S.L.

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)

Capítulo 1

LA TORMENTA DEL PASTOR

La muerte prematura

El cielo oscuro. Ninguna estrella. Una niebla abundante. Una carretera solitaria. Una noche fría. La pareja se dirigía hacia la costa. Un trueno resonó en el horizonte. Otro aún más próximo. Y el último en Guadalupe.

Antes de su luna de miel, que terminó siendo una verdadera tragedia, la pareja formada por Jaime y Guadalupe disfrutaba de su estancia en una casa en la costa. La casa se encontraba en el norte del país, en una zona apodada “El sendero de la divinidad”. Estos habían elegido ese lugar para hacer de su luna de miel una experiencia inolvidable, llena de nuevos paisajes y emociones. El camino hacia la propiedad no era nada fácil. Para acceder a ella, era necesario pasar por un largo sendero contiguo a un acantilado. En él se desprendían rocas al mínimo movimiento. Esto asustó a Guadalupe en un primer momento, pero Jaime logró convencerla; ignorando que esto causaría la prematura muerte de su amada, “no pasará nada” le decía. Tras pasar este sendero empinado, se daba al pico de una montaña. En este se encontraba un edificio blanco rodeado de absoluta naturaleza. La casa de los sueños: dos pisos, ventanas de suelo a techo, unas vistas espectaculares, un jardín bien cuidado de un verde cautivador y una piscina infinita. El sueño más profundo de esta pareja.

Un 3 de junio cuyo año les es imposible recordar, llegaron a su destino. Viajaron en un coche eléctrico que alquilaron en la entrada del aeropuerto más cercano. Durante el viaje, cantaron las canciones más populares, idealizaron las actividades que iban a hacer durante su estancia, crearon nuevos planes y organizaron sus cortas vacaciones, más cortas de lo esperado. Esa misma tarde, tras desempacar la totalidad de sus pertenencias, fueron a explorar. Lo que no se esperaban era que esa sería su última exploración.

Entonces, sin coger ningún equipo en caso de emergencia y dando por hecho que se trataba de un lugar seguro, se adentraron en el bosque.

Anochecía. Pero los dos pensaron que todavía les quedaban algunas horas de luz solar. Se equivocaban. Un error que les costaría su vida. Hasta que el cielo no fuese de un negro carbón, no se les ocurrió volver a la mansión.

—Me da que tenemos que volver ya…—dijo Jaime con la voz grave, asustado.

La oscuridad de la naturaleza le intimidaba, le hacía sentir que no pertenecía a ese lugar, que era como un extraño en una casa ajena.

—A mí me da que no, todavía no hemos visitado todo esto —añadió Guadalupe—. Además, tampoco es tan tarde, no me seas miedica1.

Un trueno resonó a lo lejos.

—¿Qué ha sido eso?

—Un trueno, ¿qué va a ser? —se burló la chica.

Otro trueno resonó, esta vez más cerca.

—Creo que estar a la intemperie a estas horas no es seguro… —declaró Jaime aún más nervioso.

Sin embargo, Guadalupe no tuvo tiempo de responder. Le atravesó otro.

De repente, aullidos de animales dirigiéndose en la dirección de Jaime empezaron a escucharse: cada vez estaban más cerca. Ante esta reacción por parte de los animales, Jaime, todavía sin haber procesado que Guadalupe acababa de fallecer por su exposición a una breve descarga eléctrica, corrió hacia la casa. El hombre lamentó enormemente no haber practicado carrera de senderos en su juventud, los animales lo alcanzaron y destrozaron su cuerpo. Sus ojos azul cielo ya no resaltaban de su cuerpo, sino que se habían despegado de él.

El pastor

—Así me gusta, Asesino —dijo el pastor que había ordenado la muerte de Jaime al macho alfa de su manada de perros—. Estoy muy orgulloso de ti.

Tras haber pronunciado estas palabras, el pastor se giró y siguió con su ruta acompañado de su bastón desgastado. El hombre de mediana edad se dirigía a la casa en la que la pareja se había alojado. En su cara no tan arrugada se podía distinguir un sentimiento de culpabilidad, pero al mismo tiempo, de satisfacción. Portaba una larga capa de color marrón cobrizo que combinaba con su generoso cabello desnutrido. Andaba a un paso lento, nadie le esperaba, el lugar estaba desierto, una vez las dos personas en el área anuladas.

Al llegar al edificio, sacó un manojo de llaves del bolsillo derecho de su pantalón, lo colocó en su mano derecha y busco la llave correspondiente a la cerradura de la puerta blindada de la mansión. Al encontrarla, la miró con curiosidad y, de un fuerte empujón, derrumbó la puerta sin utilizarla en absoluto.

Entró en la casa, se dirigió al salón, buscó en la estantería repleta de libros uno en concreto. Lo encontró, lo abrió y dentro de este encontró una pistola. La empuñó apuntándose a la altura de su cabeza.

—Ya no tenemos nada que hacer aquí, ya podemos volver, Asesino; antes de que llegue Pablo.

Una vez dicho esto, presionó el gatillo. La luz se apagó.

Desapareció dejando una humarada detrás.

La investigación

Seguidamente, un hombre se presentó en la entrada de la casa. Este poseía unos ojos verdes que contrastaban con el moreno de su tez, una melena despeinada de color marrón claro, una mandíbula marcada que despuntaba de su cuello y unos hombros ensanchados. Además, vestía un traje clásico de un solo botón azul marino.

—He llegado tarde —recriminó mirando la pistola utilizada por el pastor tirada en el suelo del salón, decepcionado—. Menudo cobarde, no me planta cara ni con un kilo de oro.

Por lo tanto, al reconocer que la persona que estaba buscando había huido, decidió salir de la estancia en búsqueda de la pareja que, por lo que suponía, había sido asesinada por el pastor. Entonces, tras decidir las etapas siguientes de su búsqueda, salió de la casa modernista y encaminó el sendero empinado. En la mitad de su ruta encontró el cuerpo, destrozado, de Jaime en el intento de escape de las bestias del pastor. “Ya sé por qué has venido aquí, pastor” pensaba el chico, suponía que su adversario había cometido esa infracción para obtener una información confidencial, y no se equivocaba.

Jaime era CEO, director ejecutivo de una multinacional especializada en la producción de electricidad, pero lo que más resaltaba de su figura era su poder económico. En efecto, este movía millones. El pastor siempre había sido una persona egoísta, ciega por el dinero y muy astuta. Pablo y el pastor, cuyo nombre no quiere pronunciar, habían sido enemigos desde hacía mucho tiempo. Los dos chicos se formaron en un colegio de protección civil desde una muy temprana edad y, aunque sea difícil de creer, eran mejores amigos. La enemistad surgió en la adolescencia, durante la cual los dos tuvieron que tomar decisiones muy difíciles que acabaron distanciándoles: por un lado, Pablo decidió especializarse en la defensa civil del ejército terrestre; y por otro, el pastor optó por unirse a la fuerza aérea, cuyo objetivo final era vengarse del ejército terrestre por decepcionarles en una ocasión.

Siguió con su ruta hasta llegar hasta el cuerpo de Guadalupe. Al encontrarla noqueada en el suelo por la potencia eléctrica, meditó que su contrincante podría haber utilizado el poder de Jaime contra ellos, utilizando la energía eléctrica manejada por el hombre.

Su corta expedición ya había llegado a su fin.

En definitiva, lo único que necesitaba era verificar si la pareja aún seguía con vida, porque una sola vida de las dos podría causar un riesgo mundial en la humanidad.

Seguidamente, volvió a la casa de la costa para refugiarse, ya estaba amaneciendo y necesitaba planear el día siguiente. Al llegar, encontró una furgoneta negra aparcada en la entrada, se quedó totalmente desconcertado; técnicamente, él tendría que ser la única persona en ese lugar, ausentado de personas por el grado de discreción y, sobre todo, peligrosidad. No obstante, estas personas debían ser unas personas especializadas que controlaban el campo, pudiendo ser un posible riesgo para Pablo basándose en sus investigaciones o hasta aprovechándose de él. La furgoneta en cuestión era blindada y contaba con siete plazas. Tras constatar este número de plazas, cargó en su arma corta los cartuchos correspondientes: uno para cada una.

Los hombres de negro

Pablo tenía que tomar una decisión táctica extremadamente importante en el desarrollo de su investigación. Sabía que unos individuos le habían seguido o llegado ahí gracias a sus propias investigaciones… y eso era inadmisible. Él tenía dos opciones: o bien realizaba una intervención de asalto, o una de limpieza. La primera consistía en una maniobra rápida, para sorprenderles con su presencia, a consta de disminuir la integridad personal en caso de conflicto armado. La segunda trataba de una búsqueda y la neutralización de los objetivos, a consta de perder la iniciativa de sorpresa aumentando la seguridad personal.

El policía se decantó por la primera propuesta, le parecía más atrevida.

Acto seguido, se acercó a la puerta de la entrada, una puerta modernista abatible con cristal, derrumbada por el pastor anteriormente. En ella se podía apreciar una marca, la había dejado posiblemente el pastor para indicar el territorio ya examinado, trabajada con la ayuda de un hierro de marca, que utilizaba el ganadero para marcar a sus animales. Se trataba del monograma de la cabeza de un perro, de un pastor alemán. “Asesino…” especuló el policía antes de penetrarse en la casa ocupada.

Sin mayor dilación, el hombre, con una pistola de siete cartuchos empuñada en la mano derecha, vestido de traje y con unos zapatos de charol muy apropiados a la situación, entró en la vivienda.

Al introducirse, pasando la puerta derrumbada, fue sorprendido por cinco individuos en el salón; faltaban dos, pero no le dio mayor importancia. Parecía que estaban buscando algún objeto preciso. No obstante, no tuvo tiempo de examinar el lugar: el más corpulento de entre ellos se abalanzó sobre él portando un cuchillo en la mano. Como reacción inmediata, le apuntó y presionó el gatillo con su dedo índice. Dos disparos al pecho y uno a la cabeza, tal y como lo tenía interiorizado de su entrenamiento. El más corpulento ya no era una amenaza letal. Pablo se centró ahora en el segundo, que se encontraba a su derecha, dos disparos al pecho y uno a la cabeza, noqueado. “Vamos al tercero” formuló con voz seria. Un disparo en el pecho y… se había quedado sin balas. Procedió a lanzarle el arma corta a la cara, dejándole desorientado; aprovechó ese desconcierto para acercarse a él y proporcionarle un puñetazo en la boca del estómago, seguido de uno en la parte derecha de la cara. El tercer hombre acabó retorciéndose en el suelo. Un grito se escuchó de pronto a lo lejos, pero Pablo, concentrado en la neutralización de estos cinco cuerpos, no le impidió seguir con su trabajo.

—¡No! —gritó una mujer en la lejanía—. ¿Qué haces?

Tras entender que una figura femenina recriminaba sus actos, se giró para hablar seriamente con ella. El giro iba a ser acompañado de un puñetazo, pero al reconocerla, se calmó de inmediato.

—¡Pablo! —exclamó la mujer sorprendida.

Se trataba de una mujer joven que contaba con unos cabellos largos rubios recogidos en un moño y unos ojos de un color azul turquesa. Ella portaba un uniforme negro, muy similar al de los escoltas, con hombreras de coronel, era el mando del grupo. Detrás de ella aparecieron tres personas, sus operativos. Sus operantes eran dos hombres de una altura descomunal con gafas de sol opacas y una mujer que vestía de la misma manera.

—¿Quiénes sois vosotros? —preguntó Pablo interesado en el colectivo que acompañaba a la mujer.

—¿Número profesional? —cuestionó el primero de ellos, esquivando la pregunta inicial.

—Mi número profesional es el 1239, pero todavía no habéis contestado mi pregunta —respondió Pablo gravemente.

—Somos los PNEB.

—¿Y eso qué significa? Paquitos que Normalizan el Escape de Blancos —añadió Pablo con aire irónico, burlándose de su competencia directa.

—No, Profesionales en la Neutralización y Extracción de Blancos —informó el segundo hombre.

—Bueno, lo mismo.

Pablo ya no era apreciado por el grupo. Sin embargo, el colectivo necesitaba su ayuda para concluir su investigación, se veían obligados a tener que convivir con él.

—¿Dónde está Guadalupe? —cuestionó la mujer rubia para averiguar si Pablo había llegado a alguna conclusión con sus sondeos.

—¿Dices la “isleña”? —indicó Pablo para situarse en sus mismas coordenadas.

—¿Cómo la “isleña”? —preguntó la mujer desconcertada.

—La “de Formentera”.

—No es de Formentera, nació en el norte del país —informó.

—Creo que no me has entendido bien, he dicho la “deforme entera” —explicó Pablo, insultando sus deformidades físicas después del rayo que la había atravesado ese mismo día.

—Nunca cambias Pablo, eres único… —concluyó la joven, vencida por el grado de ignorancia de su amigo.

—Ya te acabarás acostumbrando, Patricia.

De pronto, un impulso electromagnético provocado por una tormenta solar dio en el techo de la casa.

La tormenta eléctrica

—¿Qué ha sido eso? —intervino la joven, preocupada.

—Seguramente se haya caído una teja… —explicó uno de los profesionales en la neutralización y extracción de blancos en campo abierto.

—Eso ha sido una descarga atmosférica —rectificó Pablo.

Se trataba de una tormenta eléctrica provocada por las descargas atmosféricas, una de sus principales causas. Una descarga atmosférica ocasiona una descarga eléctrica intensa que puede provocar graves lesiones tanto en objetos como seres vivos o hasta la muerte, como en el caso de Guadalupe. Guadalupe se encontraba al aire libre durante una de ellas, convirtiéndose así en un objetivo para los rayos. Ellos transitaban por una vía pecuaria, una ruta tradicional usada por el ganado para desplazarse, rodeada de plena naturaleza. Consistía en un bosque templado, caracterizado por su clima equilibrado que facilitaba el asentamiento humano y por temperaturas moderadas; esto hacía que la flora y la fauna fueran muy diversificadas además de cegar a la pareja con su belleza. Que fuese elegida ella y no Jaime tenía una simple explicación: durante la tormenta eléctrica, ella se aferró a uno de los árboles más elevados del bosque, aumentando así la conducción de la electricidad: los árboles contienen agua y savia, dos conductores.

—Bueno, voy a salir a verificar… —concluyó uno de ellos tras una mirada penetrante de su mando.

—No salgas, si sales de esta casa es muy probable que un rayo te alcance —indicó Pablo.

—Entendido.

—Vamos a cerrar todas las ventanas de este hogar, después bajaremos las cortinas y desconectaremos todos los dispositivos electrónicos. Cuando terminemos, nos reuniremos en el salón y nos quedaremos aquí hasta la calma después de la tormenta. ¿Entendido? —dijo Pablo, tomando la figura de líder del colectivo de personas.

—Entendido —dijeron todos al unísono.

Por lo tanto, tras indicar lo dicho, se encargaron de cerrar todas las ventanas y bajar todas las persianas. Se trataba de un trabajo de gran dificultad ya que la casa, orientada al sur, contaba con un alto número de ventanas: lo consiguieron trabajando en equipo.

No obstante, una vez reunidos en el salón, comunicaron que cada uno se había percatado de algo muy diferente.

—Chicos, no era una tormenta eléctrica. Yo he cerrado los ventanales de la habitación principal y he visto un tornado —comentó la única integrante femenina preocupada.

—Pues yo he visto una inundación desde el baño… —añadió uno de los operativos.

—No puede ser, ¡yo he visto sequías en la ventana del salón! —reveló otro de ellos.

—¡Yo he visto lluvias torrenciales desde la habitación de invitados! —exclamó el tercero.

—Y yo incendios en la cocina —detalló finalmente Pablo.

Antes de que reinase el pánico en la casa de la costa, Pablo intentó buscar una explicación. Él descartaba una opción: no podían estar mintiéndole, estaban demasiado asustados. Por lo tanto, les pidió que mantuvieran la calma para que pudiesen aclararse todos juntos. Al parecer, mientras bajaban las cortinas, se percataron de que no solamente se trataba de una tormenta eléctrica.

—A ver —dijo solemnemente—, vamos a sentarnos todos en el suelo, en círculo, y vamos a intentar llegar a una explicación —los cinco se sentaron en el suelo del salón, precisamente en una zona libre de muebles—. Vamos a estudiar la localización de cada una de estas habitaciones en la casa. Para empezar —se levantó para coger un papel y un bolígrafo de la mesa de comedor del salón—, la habitación principal está orientada al sur, tornados al sur —consecuentemente, trazó en el papel verjurado un plano de la casa, un rectángulo—. Después, el baño al oeste, inundaciones en el oeste; el salón al norte, sequías en el norte; la habitación de invitados al este, lluvias torrenciales en el este y; finalmente, la cocina al sureste, incendios en el sureste.

Se trataba de un punto de reunión de diferentes fenómenos meteorológicos: tornados en el sur, inundaciones en el oeste, sequías en el norte, lluvias torrenciales en el este y, por último, incendios en el sureste.

El ascenso

—Tengo la tarjeta, jefe —le comentó a su jefe.

Él se encontraba en la oficina del departamento de seguridad aérea, un lugar espaciado contando con una mesa central de cinco asientos y numerosos cuadrados. Un hombre corpulento que vestía un traje granate le respondió:

—Muy bien, acabas de ascender por ello, ahora eres agente primero.

Esa tarjeta le daba acceso a la totalidad del circuito eléctrico del planeta tierra.

La tensión

Tras retirar los cuerpos de los tres oficiales que habían atacado en primer lugar a Pablo y habían recibido una panadera de golpes descomunal, el estado de la casa volvía a ser heterogéneo. Los cinco miembros se encontraban encerrados en la casa de la costa, no podían salir a causa, además de la tormenta eléctrica, del resto de fenómenos naturales que habían descubierto, cada uno en un polo de la casa. Los tres guardias estaban sentados en la mesa principal del comedor, jugando a las cartas: se intentaban distraer para, de esta manera, no pensar en la situación; pero no era suficiente, era imposible no pensar en su entorno. Por lo demás, el ambiente social tampoco era favorable, los tres oficiales no podían ni ver a Pablo después de haber sido humillados de ese modo. Sin embargo, la mujer entabló conversación con él:

—¿Qué hacemos Pablo? —preguntó el mando a Pablo con mucha curiosidad, sentada en uno de los sofás de la casa, dudando del desenlace de la tragedia.

Su nerviosismo era visible ya que no cesaba de tocar las mangas de su traje.

—No lo sé —respondió Pablo inquieto rascándose la barbilla, caminando de lado a lado en el suelo de mármol.

Por un lado, Patricia, fija en uno de los sofás de tres plazas que contaba la casa de la costa, intentaba disculparse por el error que había cometido hacía años. Pablo, del otro lado del salón, trataba de mantenerse impermeable; su error le había afectado enormemente.

—¿Sabes cuándo saldremos de aquí? —cuestionó Patricia con el fin de relajarse.

—No —respondió Pablo secamente, evitando hablar con ella aun sabiendo que su pregunta no estaba destinada a ser cerrada.

Una persona así no merecía perdón.

—Hace bastante que no nos vemos… —empezó la mujer, ignorando la respuesta monosílaba anterior.

—Ya lo sé, y es mucho mejor así —afirmó Pablo.

—No puedo creer que seas tan rencoroso… podríamos formar un equipo y juntar nuestras investigaciones…—propuso Patricia, entusiasmada—. Tengo hombres que trabajan para mí, nos servirían de gran ayuda…

—Yo trabajo en solitario —contestó el hombre gravemente, mirando hacia el alto ventanal cerrado del balcón que le impedía escaparse de ese lugar.

La sonrisa de Patricia se evaporó de su faz. Esta inesperada contestación dejó a todos los habitantes de la casa como estatuas. Una tensión, inicialmente invisible, había vuelto a salir a la luz.

La impotencia

No habían pasado ni un par de horas y la comida se había convertido en una necesidad en la casa de la costa: esta era indispensable. Por lo tanto, los inquilinos decidieron buscar alimentos por el lugar, asignaron ese rol al hombre y a la mujer oficiales; quienes obedecieron las consignas dadas por su jefa. Al marcharse del salón, el operativo restante rompió el silencio:

—¿No tenéis hambre? ¡Necesito jamar2algo ya! —exclamó sin respeto alguno, cegado por el hambre.

—Perdone, ¿usted a quién se supone que se está dirigiendo así? —contestó rotundamente el mando, Patricia, desorientada por el comportamiento inadecuado de su agente.

El oficial se levantó de la mesa en la que había estado jugando a las cartas con sus otros dos compañeros, tirando todas sus fichas a su paso, y se acercó a ella rápidamente, encarándose. La mujer se levantó del sofá en el que estaba sentada inmediatamente. Pablo que, aparentemente leía un periódico, observaba discretamente lo que estaba ocurriendo desde el sillón. El hombre, al estar cerca de ella, no mantuvo una distancia de cortesía3y rompió su burbuja interpersonal. Ante esta reacción por parte de él, Patricia permaneció firme, demostrando seguridad.

—¡Te estoy hablando a ti! —gritó el oficial, alterado.

No tuvo ninguna respuesta, ella solamente se mantenía delante de él, mirándole fijamente. Pablo se veía interesado por la sutil respuesta no verbal de la chica.

—Relájese caballero —mandó Patricia calmadamente, sin romper el contacto visual, se trataba de una orden taxativa.

El hombre se calmó al instante, no había sido consciente hasta ahora de que ella era su jefa y que debía maniobrar bajo sus órdenes. Entonces, el hombre dio un paso hacia atrás para volver a su sitio.

—La conversación todavía no ha acabado —indicó la mujer, dándole a entender que su desproporcional reacción ante la falta de comida iba a tener notables consecuencias—Como vuelva a tener un brote de estas características, será señalado en su expediente laboral. Así que, para evitar lo dicho, le recomendaría volver a sentarse, procurar no dirigirse a mi persona de esa manera y tratarme de “usted”. ¿Entendido?

El oficial asintió con la cabeza. Pablo atisbaba la situación con sonrisa de medio lado, mostrando una leve diversión.

—Repito: ¿entendido? —reiteró Patricia, con la vista clavada en él.

—Entendido —contestó el operativo, con la mirada hundida en el suelo de mármol de la vivienda, revelando un sentimiento de inferioridad.

—Y ahora, si no le importa, ¿podría volver a su sitio? —indicó ella echando una leve mirada en su silla.

Patricia miró de reojo a Pablo, advirtiendo que este tenía sus ojos clavados en ella. El policía asintió la cabeza tenuemente, ella supo que su actuación había sido aprobada por el mismo. Aun así, el chico miró al operativo con desprecio por su falta de experiencia y luego deslizó su mirada hacia la mujer, dándole a entender que había cometido un error eligiéndolos.

Los más brillantes

De pronto, los dos oficiales que habían ido a buscar comida entraron por la puerta principal del salón con las manos vacías. En sus caras se podía distinguir un sentimiento de culpabilidad.

—Y bien, ¿habéis encontrado algo? —preguntó Patricia, impaciente.

—Siento comunicarles estas noticias, pero no hemos encontrado absolutamente nada —apuntó la mujer decepcionada con el fruto de su pequeña misión.

Patricia miró al otro oficial, indicándole que también debía comunicar lo que habían averiguado durante todo ese tiempo.

—Efectivamente, hemos buscado por todas partes, pero lo único que hemos encontrado ha sido la puerta de un bunker en el suelo que nos da acceso al sótano embede4a la comida que buscábamos —dijo el otro oficial cuya voz intimidaba.

La jefa y el policía los miraron intrigados, querían más explicaciones acerca de la supuesta puerta que conducía al bunker de la casa.

—Bueno, no es exactamente una puerta —retomó la mujer—. Es una pequeña rendija que nos lleva al bunker de la casa. Pero he intentado entrar y no cabo.

—Dirígenos a ella por favor —contestó Patricia respetuosamente, sin corregir la conjugación errónea del único verbo irregular del presente indicativo del verbo “caber” de su agente.

—Por eso trabajo solo, por favor… —susurró Pablo con cara de asombro levantándose del sillón.

Entonces, los cinco se encaminaron hacia la puerta que daba acceso al sótano; los tres operativos iban delante en forma piramidal, abriendo el camino por los pasillos de la casa, mientras que Patricia y Pablo iban en paralelo.

—Crees que vamos a encontrar algo? —consultó Patricia al policía.

—No lo tengo tan claro… y menos acompañados de estos tres… habrás elegido seguramente los tres lapiceros más afilados del estuche —choteó Pablo, agotado de aguantar a tales.

La pronunciación errónea del término “en vez de” y la conjugación respectiva a “cabo” le habían quebrantado los oídos.

En ese momento, uno de los oficiales se giró para verificar si todos estaban en sus posiciones, Pablo le respondió con una sonrisa y se giró satisfecho para seguir con su travesía.

—Tampoco seas así, dales una oportunidad —comentó Patricia.

—Como te la di a ti en su día y mira como terminó—concluyó el hombre, impermeable a sus argumentos; ella le advirtió con desgana.

—Ya estamos —interrumpió uno de los agentes.

Habían llegado a un vestíbulo de gran tamaño, vacío, totalmente vacío. Las paredes blancas eran altas, muy altas. Lo único visible en él era una rendija pequeña, algo oscura, en el suelo.

—Esto es —indicó la mujer oficial—. Se supone que, si la abrimos, nos lleva al bunker de la casa. Pero no os puedo asegurar que el bunker tenga munición.

—Vale, yo bajaré —decidió Pablo tras estudiar la zona.

Patricia no se molestó en negárselo, sabía que cuando Pablo decidía algo, no era nada fácil hacerle cambiar de opinión; tal y como hizo la última vez.

—Necesitaré una cuerda para subir —informó el policía, levantando la pesada rejilla pultruida.

—Víctor, tráenos una cuerda de la bolsa de combate que está en el salón —indicó Patricia—. A poder ser, la que está enroscada.

Víctor, uno de los guardias, regresó al salón. Mientras tanto, Pablo se introdujo en el interior del pequeño túnel y bajo ágilmente con la ayuda de sus manos y pies, la serie de entrenamientos que practicaba a diario se lo permitían. Patricia le observaba al otro lado del pasadizo subterráneo, aterrada. Finalmente, Pablo, con las manos mugrientas de la suciedad que adornaba las paredes, logró llegar al suelo. “¡He tocado suelo!” gritó, con el fin de advertir a sus compañeros que este no era tan profundo como se lo esperaban.

Al inspeccionar la zona, se percató de que se trataba de una habitación cuadrada de un blanco recién pintado, a su vez, vacía. Lo que en esta destacaba era un sobre de papel verjurado posicionado en la parte central de la estancia.

—¿Pablo? —consultó Patricia preocupada—. ¿Estás bien? —no obtuvo respuesta alguna.

Pablo se acercó a él, se agachó para alcanzarlo, lo cogió y lo abrió delicadamente sin dañarlo. Sacó una carta con un mensaje escrito en tinta azul oscura y lo leyó para sí.

En ella ponía:

Buenas noches Pablo,

Me has decepcionado esta vez llegando tan tarde, así que me ha dado tiempo hasta de dejarte un mensaje escrito. Lo único que te quería decir es que has caído en mi trampa de lleno. ¡Felicidades!

Pablo 0 – David 1

En ese momento, se escuchó un grito en la lejanía; la carta se deslizó de las manos de Pablo.

—¡Chicos! —exclamó Pablo, totalmente desorientado—. ¿Estáis todos bien?

Algunos disparos de revólver fueron distinguidos por el policía en la planta superior, seguidos de un fuerte grito de hombre. Los asaltadores utilizaban armas cortas de fuego hasta que otra figura entró en la habitación gritando “¡Apartaros todos!”, acompañado de una ametralladora. Patricia cayó por la rendija que conducía al bunker, pero Pablo, renunciando a quedarse sin ella, logró recogerla en sus brazos milagrosamente sin que se lesionase por la caída.

Un silencio reinó en la casa de la costa durante un corto período de tiempo hasta que unos pasos en sentido a la salida se escucharon desde el bunker.

Patricia y Pablo, cuyas caras estaban blancas como la harina por el susto, se sentaron en el suelo para conversar sobre todo lo que acababa de ocurrir.

—¿Qué ha pasado ahí arriba? —preguntó Pablo, intrigado por todo el alboroto causado que él no había sido capaz de presenciar.