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Daniela está convencida de que en aquella casa, aislada en medio de la autopista, vive una bruja. De modo que decide cruzar la autopista para poder conocerla. Pero está equivocada, es una moira. ¿Y eso qué es? Si quieres descubrirlo adéntrate en esta historia que acerca a los más jóvenes la mitología griega a través de la aventura en la que su protagonista se ve obligada a madurar y a afrontar su destino.
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Seitenzahl: 74
Veröffentlichungsjahr: 2022
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La casa de la Moira
Sergio Sánchez Benítez
Ilustraciones de María Montes Sueiro
Bululú
Para Kasia
1. Desde las Cuatro Torres
Desde la azotea de la Torre Norte aquella casa feota y antigua parecía una mosca sucia y peluda atrapada en una tela de araña. Podríamos haberla llamado de mil formas diferentes –el chalé siniestro, el castillo maldito, el hogar del horror–, pero los niños del barrio la llamábamos, sencillamente, la casa de la bruja. En su interior, como en la atracción de feria, vivía –entre telarañas y rodeada de murciélagos, sapos y culebras, suponíamos nosotros– una extraña señora sobre la que se contaban mil y una historias, a cual más espantosa. Esa señora, claro, era la bruja, y aunque solo la veíamos de lejos nos daba a todos muchísimo, pero que muchísimo miedo.
La casa de la bruja debió de ser blanca en otro tiempo, pero el paso del tiempo y la contaminación la habían teñido de un gris plomizo. Su aspecto te metía el miedo en el cuerpo nada más verla. En especial, los días de tormenta, cuando las nubes tenían el mismo color que los muros de la casa maldita. Sobre su tejado medio hundido, se alzaba una chimenea enorme y un pararrayos en forma de espantapájaros. Las ventanas no tenían cristales y, para que no entrara el viento ni el agua de la lluvia, su misteriosa habitante había tapado los vanos con trozos de cartón y bolsas de plástico. El conjunto parecía un pastel de dos pisos que se hubiese aplastado contra el suelo y estuviese a punto de derrumbarse del todo.
La casa estaba rodeada por una parcela de tierra no muy extensa, donde la bruja había plantado un pequeño huerto. A veces la veíamos trabajar allí, con una pamela enorme y medio rota en la cabeza y unas gafotas negras, recolectando tomates y zanahorias. Algunas gallinas y un par de conejos correteaban en libertad alrededor de la casa.
La parcela, con la casa en medio, era una isla, pero en lugar de mar estaba rodeada de autopistas. Entre la civilización de hormigón y aquella casa embrujada se interponían los cuatro carriles de la autopista X-40 y, por la parte de atrás, los ocho carriles de la X-30 la abrazaban hasta dejarla sin respiración. En aquel océano de asfalto, se oían los bufidos de ballena de los camiones, el mar encrespado de las motocicletas que rugían al batir contra acantilados de aire contaminado y el zumbido sordo del oleaje de los coches que nunca cesaban de pasar.
¿Cómo salía la bruja de aquella isla? A los niños del barrio la respuesta nos parecía muy sencilla: volando a lomos de su escoba mágica. ¿Acaso no era una bruja? Y como nunca la habíamos visto por el barrio, pensábamos que volaba muy lejos, quizá a algún país lejano para hacer sus compras, ir al médico y raptar algún niño para comérselo en la merienda. Algún día, pensaba yo, su escoba se quedaría sin gasolina o simplemente le daría pereza surcar los cielos, entonces cruzaría la carretera e iría a por nosotros.
Como nuestros padres nos habían prohibido terminantemente acercarnos a aquella casa tenebrosa, eso aumentaba el misterio. No era más que una de esas prohibiciones un poco absurdas típicas de los adultos, que a base de prohibir se creen más poderosos e importantes. No hacía falta prohibirnos nada porque la bruja nos daba un miedo atroz. Y, además, estaban las autopistas que rodeaban la casa. Había que estar bastante loca y correr tan rápido como la luz para cruzar la carretera y llegar a la casa sin que te atropellara un coche. Y, sin embargo, tengo que reconocer que aquella casa nos fascinaba. Y a mí, en especial, todo lo que tenía que ver con la bruja me atraía mucho, diría incluso que me tenía embrujada. Me pasé muchas tardes observando la casa desde el borde de la autopista e, incluso, llegué a espiar a la bruja con los prismáticos de Manolito, el hijo del policía, para intentar descubrir qué hacía dentro de su casa, aunque nunca llegué a descubrirlo.
¿Y quién era la bruja?, te estarás preguntando. No sabíamos mucho de ella, porque nunca la habíamos visto de cerca. Ya te he dicho que la bruja no cruzaba nunca la autopista para venir a nuestro barrio. Y nosotros nunca habíamos estado en sus dominios. Quizá por eso pensábamos que era una bruja: porque era una desconocida e, incluso, a los pocos que habíamos logrado verla de lejos, su figura pequeñita y regordeta nos daba pánico.
Pero un día superé mis miedos y la conocí. También me metí en unos líos muy peligrosos. De todo eso, y algunas cosas más que irás descubriendo, va esta historia.
2. Las galletas de Alba
Era un día de invierno, sábado para más señas, y hacía bastante frío. Mi madre me había dado permiso para ir a vender papeletas con mi amiga Alba. Mis padres andaban bastante mal de dinero y si quería irme de fin de curso a la playa, además de aprobar todo en junio, algo que estaba chupado porque siempre he sido bastante empollona, tendría que vender bastantes papeletas. Y esto último era más difícil, por no decir imposible, porque en realidad no dependía de mí y, por lo general, en el barrio todo el mundo estaba bastante pelado de dinero.
Abrígate y no salgas de las Cuatro Torres, me gritó mi madre desde el sofá. Mis padres se levantaban muy temprano para ir a trabajar de lunes a viernes y luego se pasaban los fines de semana tumbados en el sofá recuperándose del cansancio.
Grité Sííí, mamááá, y cerré de un portazo. Después me anudé la bufanda muy fuerte, porque me gusta sentir el calor picajoso de la lana en mi garganta, y empecé a correr escaleras abajo. Tenía tantas ganas de estar en la calle que no podía esperar al ascensor. Además, aquel cacharro, que a veces se estremecía y vibraba como si estuviera a punto de estornudar, me daba bastante más miedo que la bruja piruja de la casa encantada.
Bajé los siete pisos en un tiempo récord y aún me quedaron fuerzas para ir corriendo desde mi torre, la Norte, hasta la Sur, donde vivía Alba.
Apreté con todas mis fuerzas el botón del 15º A, que a veces se atrancaba, y no lo solté hasta que una voz rugió por el telefonillo:
–¿Quién es?
A juzgar por su tono de voz, el padre de Alba estaba bastante enfadado.
–Soy Daniela. ¿Se puede poner Alba?
El padre de Alba respondió con unos gruñidos que no logré descifrar y al poco rato oí a Alba.
–¿Qué quieres, Daniela? Menudo rebote se han pillado mis padres. Otra vez les has despertado de la siesta. Te he dicho muchas veces que no llames así.
–Es verdad, pero siempre se me olvida. ¿Bajas?
–Ahora no puedo, estoy terminando los deberes. Sube y me esperas un rato mientras acabo los ejercicios de Lengua.
–Está bien, ahora subo.
Alba vivía en el piso decimoquinto y el ascensor estaba estropeado, pero no me importó, porque tenía muchas ganas de verla.
Alba era la niña con menos imaginación del mundo. Mientras yo me dedicaba a soñar con unicornios y palacios con estanques mágicos, Alba miraba, tocaba, olía todo lo que tenía a su alrededor. No sabes lo que te pierdes cuando estás en las nubes, me decía, allí no hay helados ni chuches. ¡Ni siquiera una porción de pizza! Y cuando éramos unas niñas pequeñas y jugábamos a hacer pasteles de tierra en el parque, ella siempre me advertía enfadada: “Eso no se come, no es un pastel de verdad”. Y se cogía unas rabietas terribles. Imaginar no era su fuerte.
Pero, en fin, aunque no nos pareciéramos en nada, o quizás precisamente por eso, de todas mis amigas Alba era mi Más, mi Mejor Amiga para Siempre, como solíamos decir entonces. Y aquella tarde de sábado tenía tantas ganas de verla que empecé subiendo los escalones de dos en dos, pero, en el quinto piso, ya no podía con mi alma y tenía que pararme en los descansillos para recobrar el resuello. Llegué a casa de Alba con la lengua fuera.
–¡Cuánto has tardado! –me soltó Alba a modo de saludo–. Me ha dado tiempo a acabar los deberes. Venga, vamos a la calle.
–Espera... –le dije intentando recuperar el aliento–. ¿Podrías darme antes un vaso de agua? No he parado de correr desde que salí de casa.
–Anda, pasa, tengo algo mejor. Mi madre y yo hemos hecho unas galletas buenísimas.
Alba quería ser cocinera de mayor y aquellas galletas con pepitas de chocolate estaban para chuparse los dedos. Me zampé cinco o seis y dos buenos vasos de leche.
Cuando salimos de la casa de Alba, el ascensor seguía sin funcionar, pero me dio igual porque las galletas me habían dado más fuerza que un bote de espinacas a Popeye.
