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¿A qué huele la guerra? A acre y polvo, pero también a rosas rojas y gardenias blancas. Cuando la aspirante a periodista Emma Keane consigue entrevistar a la legendaria perfumista Madame Angéline De Cadieux, cree estar ante la oportunidad de su vida. No imagina que su relato sacará a la luz secretos enterrados durante décadas, algunos inquietantemente ligados a su propia familia. A través de los recuerdos de la perfumista, Emma viaja al París de 1940, una ciudad ocupada donde el miedo gobierna las calles. Angéline se llamaba entonces Tiena, y tiene que huir y convertirse en otra persona para sobrevivir. Un encuentro con la Resistencia francesa le abre la puerta a una nueva vida, pero el pasado nunca desaparece. Mientras la guerra avanza y París sigue bajo el poder de los nazis, viejas heridas, amores prohibidos y decisiones imposibles amenazan con salir a la luz. Algunos secretos, como los perfumes, dejan huella para siempre.
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Seitenzahl: 567
Veröffentlichungsjahr: 2026
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A las valientes almas judías y gitanas que murieron en el Holocausto, y a todos aquellos que sobrevivieron. Nunca seréis olvidados.
La Casa Doujan en París es famosa por sus perfumes únicos que embrujan a quien los lleva. Como un perfume puede componerse de muchos ingredientes distintos, solo he incluido las notas dominantes de salida, corazón y fondo para daros a «oler mentalmente» la fragancia. Merci.
Nueva York, 2003
Emma
Perfume:
Mystère D’Amour
Mandarina toscana, mimosa, almizcle de hibisco
Inclino la cabeza cuando madame de Cadieux, la grande dame del perfume francés, hace su entrada en el Gran Salón de Baile del Waldorf. Se detiene bajo una lámpara de araña de cristal; los mechones encendidos de su cabello enmarcan un rostro hermoso, tan impecable como la perla de una reina. Apostaría a que pactó con el diablo para tener una piel tan tersa a su edad. Dios, debe de tener ochenta años.
Me mantengo a distancia, observando a esta mujer con detalle y tomando notas en mi cuaderno de reportera. Es más alta de lo que imaginaba, delgada como una única rosa, con ese je ne sais quoi de las francesas que te hace sentir tan insulsa como un ratón de iglesia. La barbilla erguida, la espalda recta, los gestos elegantes de la mano dicen que no le importa lo que piensen los demás. Angéline de Cadieux atrae toda la atención incluso cuando no habla. Sus labios son rojo París, los párpados ahumados con un velo oscuro. Ninguna joya.
Me acerco un poco más y percibo un soplo de la estela que deja tras de sí, un perfume sutil pero inolvidable: absoluto de rosa, pimienta, lavanda.
Su seña de identidad.
Naomie’sDream.
Creado en París en 1941 para la Casa Doujan.
Sonrío al recordar una noche de verano, cuando tenía dieciséis años y mi cita me regaló un frasco de Naomie’sDream. Estaba obsesionada con impresionarle con mi increíble talento olfativo, recitando los ingredientes de carrerilla. Más tarde, en la universidad, vendí fragancias en grandes almacenes, aunque me arrepiento de no haber ido a París a aprender el arte del perfume. Daría lo que fuera por estudiar con madame de Cadieux. Ver a la leyenda en persona mezclando esencias.
Con un vestido blanco de georgette de seda y mangas largas de estilo Julieta, no esboza jamás una sonrisa. Como si posara para un cuadro de Renoir. Muero por saber qué mueve a esta mujer. Por conseguir una entrevista con ella para ver si logra destapar esta extraña adicción mía a desentrañar los secretos de los aromas. Conocer qué la impulsa me permitirá entenderme a mí misma.
Y ayudar a mi madre a encontrar sus raíces.
Mi abuela fue una presa política, una polaca que murió en Dachau al final de la guerra… Madame estuvo allí encarcelada entre 1944 y 1945. ¿Se conocieron? Menuda historia sería esa.
Cuando a mamá le diagnosticaron cáncer de pulmón el año pasado, intentó conseguir más información sobre su familia biológica en esas páginas web de «encuentra a tus parientes», pero no logró nada. Sé que se sintió decepcionada, y me encantaría verla sonreír si descubriera algo sobre su madre. Por eso siempre he sentido debilidad por las historias de supervivientes como la de madame.
Sus ojos se mueven en todas direcciones, escrutando la multitud con precisión, la nariz contrayéndose como si el aroma colectivo le resultara desagradable. Solo puedo imaginar lo que habrá olido en su vida. Amor, odio…, guerra. Hay un aura de peligro a su alrededor, una existencia repleta de momentos al límite, dificultades y emoción, según lo que averigüé en los archivos de la cadena. Es conocida en el mundo del perfume como una premièrenez, nariz. Cuesta creer que esta mujer sobreviviera a dos campos de concentración nazis —Auschwitz y Dachau— y alcanzara la cima del negocio de las fragancias en una época en que las creadoras eran ignoradas, cuando no directamente vetadas.
Mi jefe, TheodoreGranger, montó en cólera cuando irrumpí en su despacho y le dije que quería hacer un reportaje sobre la legendaria diosa del perfume al enterarme de que había volado desde París para recibir un homenaje de una prestigiosa organización benéfica de LongIsland por su labor con los «niños olvidados de la guerra». Conseguí una invitación para cubrir el acto para WJJR-TV Canal 6 Noticias prometiéndole a Granger que aceptaría cualquier encargo aburrido que me echara encima durante los próximos seis meses si me dejaba seguir mi corazonada.
Tenía que cubrirlo.
Hace dos años, cuando participé en un proyecto sobre el Holocausto haciendo reportajes de interés humano en residencias de ancianos, oí hablar de una mujer alemana que había sobrevivido a Dachau. Fui a entrevistarla, pero el personal me dijo que aquella mujer delgada y solitaria «no estaba del todo aquí»; que se negaba a cortarse la larga trenza gris que llevaba enrollada en la cabeza, y que se hacía llamar Luise, aunque su nombre era Gretchen. Cuando le pregunté si conocía a una presa política polaca que había tenido un bebé en el campo en 1944, empezó a estremecerse, encogiendo los hombros, girando la cabeza en ángulos extraños. «No», insistió; y después no dejó de parlotear sobre un bebé secreto nacido de una prisionera francesa en un campo cerca de Dachau. Una mujer de París, una señorita rubia que hacía perfumes.
Creo que madame es esa francesa.
Llámalo instinto de reportera, pero soy fan de madame de Cadieux desde los quince, cuando olí por primera vez Angéline, el perfume que lleva su nombre. Mimosa española, nardo y almizcle. He adorado el arte del perfume desde niña, cuando me empapaba con el dulce aroma de jazmín de mi abuela hasta apestar. Ella compraba litros de aquella esencia en el economato militar. Volvía loca a mi madre coleccionando frasquitos de muestra en los mostradores de cosmética e intentando descubrir sus ingredientes florales y especiados. Después pasé a otra cosa al descubrir que tenía olfato para las noticias, aunque todavía me emociono cuando aspiro un perfume exótico que estimula mi cerebro para desentrañar su misterio fragante.
Pero nada resulta tan fascinante como madame en persona.
¿Qué ocurrió con su bebé? Quiero saberlo. ¿Quién era el padre? No pienso salir del Waldorf sin plantearle la cuestión a madame de Cadieux.
Satisfecha de haber captado todas las miradas, madame cruza el salón deslizándose, el largo vestido blanco de seda flotando tras ella como una nube, una mujer esbelta con una gracia eterna en cada movimiento, rasgos que envidio. Desde niña he saltado de cabeza a las situaciones y he hecho preguntas después. Esa vena alocada me convierte en una reportera de armas tomar.
La fijo en mi punto de mira, mi cámara pisándome los talones mientras me abro paso para arrancarle una entrevista rápida a la famosa parfumeuse para las noticias de las once. Se mueve deprisa para su edad, esquivando a los admiradores que intentan llamar su atención. Acelero el paso, zigzagueando entre los asistentes engalanados y charlatanes, sudando ya a chorros.
—Hank, enfoca a madame de Cadieux al fondo —le digo—, cuando haga la entradilla.
—Hecho, nena.
Pongo los ojos en blanco.
—No soy tu nena. ¿Entendido?
—Sí, señora.
Se ríe, pero hace lo que le digo. ¿Dónde habrá encontrado Granger a este tipo? Cómo no, tenía que encasquetarme a un imbécil para recordarme que acabe la historia rápido y vuelva a cubrir «noticias de verdad».
Paso de su comentario y cambio al modo «Aquí EmmaKeane, informando desde el legendario WaldorfAstoria…» esperando que Hank esté grabando mientras hago la presentación; luego saldré a por la entrevista para demostrarle a mi jefe que no estoy loca. Me abro paso entre la multitud que contempla a madame cuando…
Un momento, ¿esa no es BrookeHansen, del NYC Sun?
¿Qué hace aquí?
Hace un par de años entrevistó a madame sobre los sintéticos en perfumería. Lo que en realidad buscaba era una confesión sobre la guerra.
Cuando madame de Cadieux se negó a hablar de sus experiencias durante la contienda, Brooke estampó la historia en la portada del tabloide con el titular: «Perfumes falsos de una nariz falsa». La acusó de inventarse su paso por Auschwitz porque la francesa se negó a mostrarle un tatuaje con número de prisionera en el brazo. Brooke escribió que nunca lo tuvo.
También insinuó que madame colaboró con los alemanes durante la guerra.
Jamás me creí una palabra y la historia acabó enterrada. Imagino que los inversores neoyorquinos que compraron la Casa Doujan tuvieron algo que ver. Me sorprende la desfachatez de la rubia al presentarse aquí. Perdió el trabajo y no volvió a ejercer hasta que la contrató un tercer tabloide de mala muerte especializado en basura.
Estudio sus movimientos. Se comporta con cautela… intentando mimetizarse con las fans risueñas que rodean a la parfumeuse francesa. Aprieto el paso para lograr la entrevista cuando…
¡Ostras! Casi se me cae el micrófono cuando un hombre alto y guapísimo, con traje gris de seda, pasa corriendo a mi lado con el móvil en la oreja y se dirige hacia las mujeres embelesadas.
Niego con la cabeza. Es esa clase de hombre. Nunca tiene suficientes números de teléfono en su agenda. O es un actor en paro deseoso de caerle bien a Brooke —si es que alguien le puede caer bien— y salir en las fotos. Sea lo que sea, no va a fastidiar mi entrevista.
—Eh, usted, señor Traje Gris. Estoy trabajando.
Se da la vuelta de golpe y me encuentro con la mirada de un apuesto moreno con pura masculinidad Bond.
—¿Se dirige a mí? —replica en tono de desaprobación con un acento irlandés sexy, los brazos cruzados y un desdén por cualquiera que se cruce en su camino tan evidente que noto cómo se me tiñen las mejillas.
—Casi me atropella.
—Usted se me echó encima —insiste, aunque ni una arruga estropea su elegante traje de seda—. Claro que, siendo periodista —añade, leyendo mi acreditación—, suelen entregarse a un comportamiento temerario e irresponsable.
—No sé cómo harán las cosas en Dublín —le replico, muy consciente de que su masculinidad arrolladora haría desfallecer a cualquier otra mujer—, pero aquí en Nueva York un caballero dice «disculpe».
—¿Y quién ha dicho que yo sea un caballero? —contraataca, quitándome importancia como si la culpable fuera yo.
¿Por qué siempre me topo con los playboys taciturnos? No es que tenga tiempo para hombres con mi horario de locos. De vez en cuando me lanzo, pero nunca acaba bien.
Cuando me vuelvo, el galán irlandés ha desaparecido. Y también las fans.
Mejor. Esta entrevista es más importante que darle una lección al señor Traje Gris. Cuando le propuse a Granger la historia del bebé secreto de madame de Cadieux, me dijo que necesitaba pruebas concluyentes para una fábula tan inverosímil. El rumor decía que la francesa abandonó a su hijo y escapó del campo. Escribir sobre ella era casi imposible: nunca he estado en París ni frecuento los mismos círculos sociales que la famosa parfumeuse. En su lugar, escribí un bonito artículo para el periódico local sobre la valiente mujer de la residencia que sobrevivió a la guerra y escapó a América, dándole un cierre antes de morir.
Me giro. Maldición, esos minutos discutiendo con el irlandés me han salido caros. Madame de Cadieux se me escapa… Ni hablar, después de haber llegado tan lejos.
—Según leí en antiguos periódicos de París de después de la guerra —empiezo, adelantándome a los otros periodistas y poniendo mi mejor sonrisa para cámara—, usted es una mujer con secretos, madame de Cadieux.
Ignora mi pregunta.
—¿Habla francés, mademoiselle?
—Con el traductor en línea.
Risas del público curioso por ver qué ocurre. Madame de Cadieux frunce el ceño. Mi chascarrillo no le sienta bien. Se aleja a toda prisa. Deduzco que no le gustan las entrevistas televisivas, así que envío a Hank a por un café y pruebo otro enfoque.
Apelo a su ego.
—Creó un perfume extraordinario durante la guerra, madame —empiezo, hablándole en voz baja, aparte de la multitud—, que no se ha vuelto a producir desde entonces.
—¿Qué sabe de ese perfume, mademoiselle? —pregunta, impresionada.
—Que lo llamó Le Courage.
Sus ojos se encienden.
—Habla usted de un momento oscuro de la historia de Francia, mademoiselle.
—Por eso su perfume fue una sensación. Usted dio esperanza a las mujeres cuando nadie más podía hacerlo.
Sus párpados tiemblan. Sí, me escucha…, recuerda.
Llega el momento culminante. Cito de memoria un artículo sobre el perfume, cada palabra con el efecto que busco.
—Un perfume con corazón, madame de Cadieux, que evocaba las mañanas de manzanos en flor cuando el mundo estaba en paz. Noches picantes, exóticas, cuando el hada verde danzaba alrededor de los amantes en ritmos embriagadores, envolviendo a quien lo llevaba en una lenta y ardiente pasión… —Hago una pausa para imaginar París en guerra y la locura de no saber si ese día sería el último—. Y la ferviente pureza del lirio francés, impávido ante la presencia de los ocupantes, símbolo de esperanza para cada mujer que esperaba el regreso de su hombre.
—Me impresiona, mademoiselle. —Me mira con los ojos muy abiertos, como si le hubiera traído el Santo Grial del perfume—. Bien. Le concederé la entrevista… la próxima vez que venga a Nueva York.
Nunca viene a Estados Unidos.
—Su marca está en boga ahora, madame, con la publicidad que le ha dado este premio. —Recorro con la mirada el salón abarrotado. Necesito mantener la conversación con ella en un tono discreto, así que la conduzco hacia un rincón oscuro. Para mi sorpresa, no protesta—. Haga la entrevista conmigo sobre un tema del que nunca ha hablado: los años de guerra en la Casa Doujan y cómo se convirtió en la diva del perfume. —Suelto las palabras de un tirón antes de perder el valor—. Le garantizo que las ventas de su línea de perfumes se dispararán.
Me echa «esa» mirada.
—Le diré a mi publicista que le envíe un dosier de prensa. Tiene todo lo que necesita para escribir un artículo.
—¿De veras, madame? —la desafío—. ¿Cómo puedo escribir sobre madame de Cadieux si no la conozco, si no me meto en su cabeza?
—¿Y por qué querría hacer eso? —pregunta, curiosa.
—Porque yo no estuve allí, madame. No viví con racionamiento; no temblé cada vez que oía un golpe en la puerta, preguntándome si era la Gestapo; no olí el hedor de los muertos en los campos; no lloré con los vivos… No temí que me dispararan por robar una miga de pan. Pero usted sí. Y metiéndome en su cabeza —repito con énfasis— podré crear para mis espectadores una experiencia tan poderosa como cualquier recuerdo.
—No soy la única mujer que sobrevivió a los campos, señorita, somos cientos, miles. ¿Por qué iba a importarle yo a nadie?
—Porque tiene que contar su relato, madame, entero. Usted vivió un tiempo extraordinario de la historia y nadie tiene idea del papel que desempeñó.
—Nadie quiere leer sobre la pena y el dolor de una anciana, mademoiselle —insiste—. La tortura y denigración a manos de los nazis no «molan», como dicen ustedes.
—Se equivoca. Mis lectores tienen hambre de emociones sinceras, sentidas, no de risas enlatadas.
Me mira desconcertada.
—¿Cómo dice?
—No importa; lo que importa es que deje de esconderse detrás de esa máscara de glamur que ha creado y se desmelene. Se lo debe a usted misma… y a ellos. —No sé por qué lo digo, pero la tristeza persistente en sus ojos me alerta de que he tocado algo.
—¿Quién me creería si dijera la verdad?
—Yo.
Me dedica una sonrisa sombría.
—No se rinde usted, ¿verdad?
—No —respondo sin avergonzarme.
Piensa un instante y luego asiente.
—De acuerdo.
Suelto el aire que había estado conteniendo.
—¿Cuándo podemos empezar?
Agita su mano enguantada y espero ver polvo de hadas en el aire.
—Mañana.
—¿Aquí en el hotel? —pregunto, rezando para que Granger me apruebe los gastos de las comidas lujosas que me costará impresionar a madame.
—No… Saldremos de aventuras.
Exhalo.
—Podemos ir a City Island. Conozco un restaurante de pescado estupendo junto al agua…
Levanta la mano para detenerme.
—Me acompañará en mi vuelo de regreso a París, mademoiselle. Salimos a las ocho en punto.
Esbozo una sonrisa débil.
—¿Es broma, verdad?
Ella, una gran sonrisa.
—En el Concorde, por supuesto.
Lanzo un silbido bajo. Esto no es en absoluto lo que esperaba. Un viaje de ida y vuelta a París en el avión supersónico cuesta más de tres meses de sueldo. Tiene que estar tomándome el pelo.
—No puedo ir a París, madame. Tengo trabajo aquí, plazos que cumplir…
Tengo varias historias importantes en ciernes, pero todas palidecen ante la oportunidad de conocer a esta mujer, averiguar si el rumor del bebé secreto es cierto, además de perseguir mi sueño con los perfumes…, pero, sobre todo, ayudar a mi madre a descubrir lo que su madre pasó en los campos para traerla al mundo.
Madame de Cadieux frunce el ceño.
—¿Tiene pasaporte?
—Sí.
Lo saqué por trabajo, nunca lo he usado.
—Entonces puede venir.
—Tengo que pedir permiso a mi jefe —admito, confiando en que me dirá que sí y me liaré la manta a la cabeza. Le pediré a Granger un anticipo de mi salario—. Es algo particular para enviar reporteros a Europa.
Sobre todo después de rechazar de plano mi historia original sobre madame de Cadieux.
—Será mi invitada. Yo me encargaré de sus gastos.
¿Ha dicho su invitada? Miro alrededor, preguntándome si su generosa oferta es un montaje publicitario, pero el público se ha dispersado y nadie nos presta atención. Están demasiado ocupados apurando la «última llamada» del champán gratis. Estoy a punto de soltar un «sí» rotundo a su oferta, pero mis antenas de reportera escéptica se alzan.
Ella interpreta mi vacilación como debilidad.
—Ya veo. No tiene usted el valor de ponerse en mi lugar; ver los horrores que yo he visto, sufrir el dolor de la pérdida, una pérdida insoportable, y aun así creer tanto en una misma que no te rindes porque no puedes. Haría cualquier cosa por vivir un día más.
Aprieto los dientes.
—Soy más parecida a usted de lo que cree, madame.
Me sostiene la mirada. Algo en mis ojos ha debido decirle que yo también tengo secretos y eso la intriga.
Me pregunta:
—¿Desea usted la entrevista o no?
—Sí, sí, quiero la entrevista.
¿A quién le importa perder el trabajo si no cumplo los plazos? El reloj corre. No tendré otra oportunidad así.
—Bon. ¿Cuál es su nombre, mademoiselle?
—Emma. EmmaKeane.
—Ahora veremos de qué está hecha, mademoiselle. —Me mira de arriba abajo y su nariz se contrae—. Aunque tengo poca fe en lo que vamos a encontrar.
Angéline
Exhalo y los mechones de pelo postizo me flotan alrededor del rostro mientras miro el espejo ovalado. Qué ganas tenía de volver a la habitación del hotel y quitarme los zapatos. Malditas extensiones, me tiran del cuero cabelludo, me pican… ¿Cómo aguanta la gente estas cosas? Mi asistente, Henri-Justin, insistió en que el glamur impresiona a los medios estadounidenses, así que Marie se pasó horas maquillándome (¿desde cuándo el lápiz rojo me hace los labios tan finos?). Frustrada, me lo quito. He estado desconectada desde que me quedé sola. Durante años he vivido aislada, presentando un misterio digno de los perfumes que creo, pero se ha convertido en una coraza, una forma de vida.
Y no pienso cambiar.
Después de esta noche volveré a mi château en París, a mi jardín, mis libros. Mis perfumes. Me muero de ganas. Los pies me matan. Rojos e hinchados tras estar aprisionados en unos tacones de satén blanco, pero no dejé que el dolor me frenara, cualquier cosa por mantener la apariencia de empresaria exitosa con la energía de una mujer con la mitad de años.
Cuesta recordar que una vez corrí más rápido que la Gestapo.
Y ahora he aceptado tontamente hacer una entrevista sobre aquella época de mi vida. Me hierve la sangre, recordándome por qué nunca hablo de esos días. ¿Por qué sacarlo ahora? No me queda nadie, no tengo familia. En vez de sentirme valiente por haber sobrevivido, sufro una irritación punzante porque tantos otros no lo hicieron. Cómo burlé a la muerte usando mi ingenio.
No confío en nadie.
No se puede evitar cuando se ha caminado descalza por el infierno. Me sentí como una impostora antes, pavoneándome por el famoso hotel como una estrella de cine cuando no soy nada de eso. Soy una chica descarada de sangre romaní que se atrevió a soñar en un mundo que nos despreciaba y después intentó destruirnos. Nunca retrocedí ante la adversidad: me crie en ella. Era joven, estaba llena de fuego y construí un imperio del perfume. Ese éxito es lo que me trajo aquí a Nueva York, para rendir homenaje a los niños olvidados de todas las guerras y añadir el nombre Doujan a esta causa importante.
Mi manera de rendir tributo a los que perdí durante la guerra. Nadie sabe más de esa pérdida que yo.
Enderezo la espalda, pero la mujer que me devuelve la mirada en el tocador está muy alejada de la muchacha obstinada que fui durante la guerra, aquella que luchó contra los nazis y creó Le Courage.
Adivinad, malditos boches,* sigo aquí.
Y, merde, no voy a disculparme por quien soy.
¿Por qué todos tienen tanta fascinación por aquella época de mi vida? Esta noche he rechazado numerosas peticiones de entrevistas de reporteros hurgando en la mugre.
Hasta que esa periodista americana insistente me ha pillado desprevenida.
¿Cómo se me ocurre concederle una entrevista a EmmaKeane? No debe de tener más de veintitantos, quizá treinta. Cabello rubio con mechas y piel muy clara, pero fueron sus ojos los que me atrajeron. Una extraña mezcla de azul y avellana.
Como los de mamá.
Una dulzura entrañable me recorre el cuerpo al pensar en mi madre, pero me da miedo abrazarla. Lo atribuyo a las ensoñaciones de una anciana que se permite recordar en secreto, y a demasiado champán.
Durante treinta años no pude hablar de ello, ni siquiera con quienes estaban cerca de mí.
Tiritando, siento la determinación de no dejar que mademoiselleKeane se ponga demasiado curiosa durante nuestra entrevista; me recuerda por qué me tomo a los periodistas con calma y nunca entro en lo personal con ellos después de mi encuentro con aquella periodista… BrookeHansen. Me duele la cabeza al pensar en ella. Cuando esa reportera asquerosa me engañó para que le diera una entrevista, esperaba simpatía, compasión, pero su extraña curiosidad por ver el tatuaje de prisionera en mi antebrazo izquierdo me dio una sensación diferente. Para ella yo solo era un monstruo de feria al que observar con la boca abierta. Me hizo sentir barata, usada, así que fingí no entender cuando me pidió que le enseñara la serie de números.
Jamás lo haré. Eso sería exponer mi alma. Y mi pasado.
El número tatuado en mi brazo izquierdo empieza por una z de zigeuner.
Gitana.
No he olvidado sus preguntas hirientes sobre el tiempo que estuve en los campos.
He tenido un déjà vu cuando he creído verla antes en la multitud, pero he debido de equivocarme. Me he puesto enseguida a hablar con la reportera más cercana para evitarla, pero me he metido en otro jardín peor.
MademoiselleKeane me ha tocado la fibra al sacar a relucir el perfume Le Courage, pellizcando mi memoria con las palabras que yo misma escribí cuando lo lanzamos de una forma nunca vista.
¿No eras tú así de joven e insolente cuando escalabas peldaños?
¿No te recuerda a ti misma?
Ah, mais oui, claro que sí. Su figura alta y esbelta, esa graciosa inclinación de la cabeza, los dedos largos como los míos, incluso esa sonrisa ladeada y traviesa. Hacía mucho que no pensaba en aquellos años de juventud en los que mi alma ardía de romanticismo y pasión por Francia…, cuando quería ayudar a las parisinas a mantener la cabeza erguida y sentirse orgullosas de ser francesas, pese a lo que nos hicieran los alemanes. No debemos olvidar jamás.
Así que asegúrate de que no se olvide. Cuenta tu historia a la chica.
No, no puedo. Soy demasiado vieja para atravesar de nuevo el dolor, la angustia de los años de guerra. Llamaré a la cadena de televisión, le diré que he cambiado de opinión…
¿Y luego qué? ¿Te quedas en ese viejo château compadeciéndote de ti misma?
Es una reportera. No puedo confiar en ella.
Mejor ella que la Hansen esa.
Alors, ¿qué hacer? He pensado escribir unas memorias centradas en los años de la guerra: dejarlo todo por escrito, desde la alegría de amar a un hombre bueno y fuerte hasta los momentos horribles y sádicos que viví a manos de los ocupantes durante la contienda y que aún me roban el sueño.
No podría afrontarlo sola.
¿Me atrevo a correr el riesgo con esta chica?
¿Tengo otra opción? Puedo pasar el resto de mi vida deseando haberme atrevido a abrir viejas heridas… o hacerlo.
En el fondo de mi corazón, siempre he creído que algún día encontraré a la hija que me arrebataron antes de que fuera demasiado tarde. Un pensamiento caprichoso, pero al que me aferro. Es mi secreto. Todos, incluso el hombre al que amé durante casi cincuenta años, aceptaron mi versión de que la niña murió en Dachau. Nunca encontré rastro alguno de ella, aunque lo intenté en secreto. Quizá al poner por escrito la verdad de mi vida con esta reportera inquisitiva, alguien lo lea y me dé las respuestas que busco.
Sintiéndome más en paz con mi decisión impulsiva, llamo a Henri-Justin y le informo de que mademoiselleEmmaKeane nos acompañará de regreso a París. Le oigo reírse. Piensa que he perdido la cabeza, pero hay algo en esta chica que me pincha el corazón, y me recuerda que tengo asuntos pendientes con mi pasado.
Hace años guardé ese pasado en una urna de cristal que aún está por romper para poder hablar de ello.
Ahora lo haré.
Hasta entonces, he aprendido a abrazar lo que soy: una mujer de cierta edad para la que cuenta más la ilusión que crea con maquillaje y peinado que la realidad de una vida bien vivida. A partir de mañana dejaré a un lado a la madame pelirroja conocida como Angéline de Cadieux y me reconciliaré con la joven que fui entonces.
Una chica de largo cabello rubio y temperamento de fuego.
Una gitana llamada Tiena.
Espero no arrepentirme.
* Término francésque significa ‘asno’, utilizada para designar a los militares nazis alemanes desde la Primera Guerra Mundial
Chamboise-sur-Marly, Francia, agosto de 1940
Tiena
Perfume:
Un Bel Jour
Rosa dulce, lila, cítricos, musgo amaderado
Un hombre extraño nos sigue. A mamá y a mí. Su olor y su atuendo me dicen que no es francés. Gabardina negra con un cinturón de cuero bien ceñido. Sombrero calado sobre el rostro bien afeitado. Un hedor penetrante, a lejía, y un fuerte tufo a tabaco flotan hasta mis fosas nasales y se intensifican cuanto más se nos acerca.
Me da escalofríos.
He oído historias sobre hombres así alrededor de la fogata encendida por la noche, con mi padrastro, Zegul, vomitando jerga en francés y romaní sobre esas odiosas criaturas que paran a nuestro pueblo y nos piden los papeles. Cartillas antropométricas que nos obligan a llevar encima, con páginas y páginas de rasgos físicos y visados estampados con tinta azul para tenernos controlados.
Somos lo que ellos llaman «gitanos».
Zigeuner.
Cuando esos hombres chasquean los dedos, alguien desaparece. Eso es lo que me asusta. Rezo para que no sea ese su objetivo en este día de verano, caluroso e insufrible. Un día en que el calor parece hacer que todo huela, incluso los adoquines gris monja que se clavan en las suelas finas de mis botas de montar. Agito la falda de varias capas y el aroma de jazmín y rosa intenta animarme, pero la vida ya no es la misma desde que los boches violaron la tierra que mi clan ha llamado hogar durante cientos de años.
La bella Francia.
Somos nómadas, viajeros del clan Litaro, y nos hemos convertido en blanco de los bastardos nazis que han devastado el país. Nunca olvidaré la larga hilera de gente, jóvenes y viejos, clamando en la carretera del sur de París, huyendo de la ciudad a pie empujando carretillas cargadas con sus pertenencias, en automóviles y en bicicleta, mientras nosotros enganchábamos nuestros carros y caballos y nos quedábamos para combatir. Amamos Francia, aunque nos prohíban movernos a voluntad y acampar, obligándonos a escondernos. Luchamos contra los alemanes, aunque la policía francesa nos persiga, con sus guantes blancos manchados por la derrota como gatos heridos con zarpas ensangrentadas, echándonos la culpa a nosotros por los ocupantes.
¿Nosotros? Somos una pequeña caravana… Cinco, seis carros… Cuatro, cinco familias según la temporada… Aunque hay quienes proclaman que no pertenecemos a ningún sitio.
Alzan el puño y nos llaman gitanos.
Me echo por encima del hombro mi melena hasta la cintura y me niego a dejar que sus insultos me afecten. Mi pequeño clan es un orgulloso pueblo de músicos y tratantes de caballos. Mamá me enseñó que descendemos de romaníes que trabajaron en la restauración de châteaux y casas solariegas y en la finca de un rey de Francia: un escándalo entonces. Cómo mis antepasados rompieron el linaje y fueron arrojados al exilio por hallar pasión entre la realeza. A menudo otros clanes de sangre gitana pura, como los Sinti, nos rechazan cuando ven mi pelo claro y los ojos azules de mamá. Ella dice que debemos sentirnos orgullosas, que tenemos un don especial para curar y un corazón compasivo, y que esa es la medicina más importante.
Algo que aprendí junto a una olla de pétalos de rosa. Tenía ocho años, mejillas redondas, el pelo del color de la gardenia blanca, y tanta curiosidad. Al aspirar los pétalos que flotaban en el agua templada, me quedé hipnotizada por aquellas flores burbujeantes, rosas, rojas y anaranjadas, que despedían los aromas más deliciosos.
Rosa dulce, afrutada, incluso clavo.
Mamá dijo que nunca había conocido a nadie que oliera como yo salvo a su madre. Me sentí tan orgullosa que pasé tres días recogiendo pétalos de rosa en los jardines del château.
—Déjalos hervir a fuego lento, Tiena —me dijo mamá—, para regalar a tu curiosa nariz el placer que busca, hija mía.
De puntillas, removía los pétalos en la olla. Ya era una chica mayor… Papá me subía a su caballo negro y me dejaba llevar las riendas aunque los pies no me llegaran a los estribos.
Mamá le dijo a papá que yo no tenía edad para montar sola. Él se rio y dijo que podía hacer cualquier cosa que me propusiera porque era romaní.
Levanté la olla llena de pétalos y agua caliente del fogón de nuestro vardo —carromato— con las dos manos. Uf, pesaba mucho… Uy, la bota se me resbaló del taburete.
—¡Mamá, ven rápido, vite! —grité, tambaleándome.
No pude sujetar el asa…
¡Pum!
Se me cayó… Pétalos y agua de rosas salpicándolo todo. A mí. Al suelo limpio de mamá.
—¡Tiena!
Mamá entró corriendo en el carromato, con los ojos azules oscuros como la medianoche. Me alzó en brazos y me miró la cara, las manos.
—Mi niña… ¿Te has hecho daño?
Negué con la cabeza.
—Mi agua de rosas, mamá… ¡Se ha perdido!
Me quedé mirando los pétalos desparramados por el fogón y el suelo. Todos brillantes, empapados.
—Recogeremos más pétalos, Tiena, te lo prometo. —Luego me abrazó y se echó a reír.
Nunca he olvidado aquel día… El amor que encontré arropada en los brazos de mi madre… Las lágrimas bajándole por las mejillas al ver que no me había hecho daño. No me riñó, sino que mostró compasión por mi sueño. Claro que me hizo recoger el estropicio. Nuestro carromato olió a rosas preciosas durante días.
Ahora esos recuerdos están en peligro.
Lanzo una mirada recelosa por encima del hombro.
Sigue ahí.
Escribiendo en lo que parece un periódico.
Tengo un mal presentimiento. No me asustan los jóvenes curiosos que se asoman a mi blusa blanca de escote bajo y luego intentan agarrarme la cintura ceñida con un corpiño de terciopelo negro cuando bailo en la calle por unos francos mientras mamá canta y toca el violín. Sé lo que pasa por sus cabezas, pero este hombre que nos sigue me da escalofríos. No trama nada bueno.
¿Qué quiere de nosotras?
Dos mujeres romaníes que hacen sus recados en un día bochornoso en este pueblo con calles empedradas y tejados en pendiente. Mamá, con sus trenzas negras veteadas de plata cayéndole por la espalda, un pañuelo rojo y dorado atado a la cabeza, sus pendientes dorados y la pulsera de monedas de bronce antiguas tintineando, los dedos adornados con anillos viejos, entre ellos su favorito. Un anillo heráldico de granate y zafiro que le regaló papá.
Y yo, con mi melena rubia y larga atrapando la luz como un halo perdido.
Mi cabello es salvaje y rizado y siempre se me mete en los ojos, así que me lo recojo y lo sujeto con un pasador plateado que fue de mi abuela, luego de mi madre y ahora es mío. Una horquilla de adorno que, dice mamá, perteneció a una «reina de Francia», y luego me guiña un ojo. Le encanta tomarme el pelo con que descendemos de aristócratas, pero sé que mi grand-mère la cambió por dos gallinas a un buhonero y quién sabe de dónde la sacó él. Nunca salgo sin ella porque yo no llevo pañuelo. Solo lo llevan las mujeres casadas.
Alors, esas miradas curiosas suelen divertirme y las aprovecho para ganarme a la gente del pueblo, impregnando de perfume mi pañuelo de algodón y agitándolo ante ellos, persuadiéndoles para que se pongan una gota en las muñecas… y luego me compren un frasquito de perfume.
A este hombre no.
Noto el peligro; huele tan real como el hedor acre de flores muertas. Mamá también percibe que algo pasa. Gira la cabeza a izquierda y derecha, y sus ojos azules brillan con un toque de avellana que ensombrece su profundidad.
Hace sonar la pulsera de su muñeca, como suele cuando está nerviosa. Una costumbre. Cree que el tintineo de esas viejas monedas de bronce ahuyenta la energía negativa.
«¿Me he fijado en algún caballero apuesto?», preguntan sus ojos. No. Mi corazón no está en venta, ni mi cuerpo. No tengo tiempo para el romance. Tengo ambiciones. Grandes ambiciones de estudiar el arte del perfume en París, pero jamás dejaría a mamá. Preferiría morir.
Aunque últimamente sale a menudo el tema de mi boda. Mamá se casó a los quince con el «viajero» salvaje e impetuoso de Inglaterra al que amaba, un exsoldado alto y rubio que le robó el corazón con sus historias de cómo la Gran Guerra le arrancó el alma y de cómo mi madre se la devolvió. A los dieciocho ya había perdido dos bebés y estaba embarazada de mí.
Y aquí estoy, sin siquiera rozar el amor. A diferencia de mi amiga Hannah. Desde que besó al hijo mayor de los Simms se cree especial. Yo tengo mejores cosas que hacer que atarme a un chico al que no amo, se me revuelven las tripas de pensarlo.
Según mamá, cuando conozca al hombre adecuado sentiré algo especial. «¿Cómo lo sabré?», le pregunto. Ella sonríe y hace tintinear su pulsera. «Lo sabrás cuando el corazón te galope como si bailaras en una nube. Y, cuando eso ocurra —le gusta añadir—, la vie est bonne…, la vida es buena, n’est-ce pas?».
Aun así, los ancianos me sermonean con que es mala suerte no unirme a un hombre y bendecir a la tribu con un niño pronto. Yo quiero usar esta nariz que Dios me dio y crear perfumes hermosos, dar esperanza a las mujeres que veo arrastrarse por la vida con delantales sucios y el pelo revuelto, bebés en la cadera y manchas de carbón en las mejillas. Que sepan que son guapas y lo valiosas que son para sus familias… Como mamá. Le encanta la fragancia que hice para ella con rosa, jacinto, lavanda…, jengibre y…, le faltan notas, especias que aún no tengo, pero las conseguiré. Tengo tiempo de sobra.
Solo tengo diecisiete…, virgen por elección. No volveré a hablar del tema.
Aunque no es raro que los hombres romaníes de otros clanes rapten a una chica mientras duerme, por eso mamá me enseñó la puerta oculta detrás del cajón del fondo del carro, una puerta que ella usaba para escabullirse y verse con papá antes de casarse.
No me la juego. Llevo una navaja celta de punta afilada que me regaló papá, metida en una vaina y sujeta al sostén junto al tirante, fácil de agarrar con la otra mano si necesito defenderme. Mamá dice que no me preocupe, que mi olfato me avisa cuando hay lío, que tengo un don raro.
Puedo detectar cientos de olores.
Mezclar esencias en perfumes aromáticos y hermosos. No tengo formación, lo admito, y eso me limita a la hora de definir la parte técnica de lo que hago. Mamá dice que lo compenso con mi capacidad innata para crear fragancias florales y afrutadas solo por el olfato.
De algún modo, algún día, seré parfumeuse.
Intento apartar el miedo al hombre que nos sigue e inhalo la singularidad de esta aldea del valle del Loira, un lugar donde las palomas arrullan un pasado glorioso no olvidado, con pechos grises y blancos hinchados de orgullo pese a los feos uniformes verdes que las apartan de una patada cuando bajan a picotear migas sueltas. Un lugar donde hemos venido a vender a los comercios nuestros aceites, nuestras esencias y los perfumes que creé, embelesando a las señoras y haciendo que encarguen frascos de las maravillosas fragancias. Desde que papá murió, hace tres años, mamá y yo nos mantenemos con nuestros aceites curativos, como el de pétalos de rosa para frotar en las plantas de los pies y aliviar el dolor de cabeza fuerte.
No como mi holgazán padrastro, que juega a las cartas cuando no trafica con caballos. Del coñac de la mañana al brandi de la noche, sus ojos negros e inyectados en sangre desean a mi madre. Ella agradece verlo caer borracho en el catre, ciñéndose el chal sobre el pecho, tapando los moratones de los brazos, con la mente tranquila por esa noche. Cuando le pregunto por qué lo aguanta, insiste en que tenía que seguir la tradición del clan Litaro y casarse con él después de que mataran a mi padre.
—Una mujer sola con una hija no entra dentro de nuestras costumbres, Tiena —me repite cada vez que le pregunto, evitando mi mirada.
Sé que mi padrastro la golpea, pero ella se niega a dejarlo. Sostengo que nos iría bien sin él, que ganaríamos suficiente con mis perfumes. Le suplico a mamá que huya de esa vida terrible con un hombre tan cruel como cualquier boche, pero no me escucha.
Acelero el paso, con miedo de las pisadas fuertes que nos recortan distancia, sin que el hombre intente disimular la persecución. Cada nervio de mis pies arde al golpear con fuerza los adoquines. Su muestra notoria de intenciones y arrogancia no deja lugar a dudas: es de la Gestapo. Debe de habernos seguido hasta el pueblo mientras yo, tonta de mí, tenía la cabeza en vender perfume y no en cuidar de mamá.
Está en todas partes.
Detrás, fumando. Luego vigilándonos desde un portal… Escribiendo otra vez en su periódico, después doblando la esquina y esperándonos al otro lado. Mamá también se fija, y sus preciosos ojos azules me dicen que no paremos, que no mostremos miedo.
Avanzamos del brazo por la calle, mirando a nuestras espaldas y cantando una cancioncilla que me enseñó. El sol de verano me enciende las mejillas de escarlata, la blusa blanca se me pega a la piel.
Llegamos al mercado de flores hacia el mediodía, en la villa medieval, después de alojar a nuestros caballos —Zeus, mi brioso semental negro, y la yegua alazana de mamá, Faithful Mary— en un establo elegante de la finca señorial al final de la carretera. Mamá conoce desde hace años a monsieurDu Monde, el mozo de cuadra, desde que salvó a su esposa con sus dotes de curandera cuando la mujer enfermó. Es buen amigo de mi gente, comercia y compra caballos con nosotros y nunca le falta una sonrisa para ella, aunque esta vez nos dijo que no nos demoráramos en el pueblo…, que era demasiado peligroso con «esos nazis» por ahí, y por eso la convencí de tomar un atajo hacia el establo, un túnel que pasa bajo las letrinas hasta la carretera y entra en el bosque.
Rezo para que nuestros caballos estén descansados y listos para montar.
Mi clan pasa por aquí cada pocos meses, acampa en las afueras de la finca mientras mamá y yo vamos solas al pueblo. Los demás están demasiado asustados; temen que los culpen de algo que no han hecho.
Giro un poco. El hombre de la Gestapo nos está dando alcance; se baja el ala del sombrero y resopla como cansado del juego. Correr es mi primer impulso, pero a mamá no le resulta fácil, con su espalda dándole problemas de nuevo tras estar encorvada anoche llenando viales de esencias para vender hoy.
Ahora ya es tarde.
El alemán se me pone a la altura y, con un tono notablemente suave pero inquisitivo, dice:
—¿Son gitanas, mademoiselle?
El policía secreto me mira de arriba abajo con curiosidad. Sonrío a mi pesar. Por muchas veces que los boches me sometan a este simulacro de interrogatorio, me divierte cómo fingen no saber las respuestas antes de que yo las dé.
—Somos romaníes, monsieur —respondo, la cabeza alta—. Soy Tiena Cordova y esta es mi madre, Naomie.
Le aprieto la mano a mamá. No hago ademán de sacar la cartilla de identidad, guardada en el corpiño junto con mi navaja celta, sujeta al tirante del sostén. Rezo para que mi respuesta le baste.
Me equivoco, terriblemente.
—Vengan conmigo, mademoiselle. Las dos —dice con la arrogancia de quien no concibe que le rebatan una orden.
—No hemos hecho nada, monsieur —protesto—. Somos vendedoras de perfume. —Me agarra del brazo izquierdo y, por un instante, se queda mirando la cicatriz dentada de mi antebrazo. Roja, la carne tierna. Me estremezco, pero me niego a mostrar debilidad delante de él. No me avergüenza admitir que me defendí cuando mi padrastro me cortó con una botella rota hace quince días al intentar salvar a mamá de su furia ebria—. ¿Adónde nos lleva?
—Ya lo sabrá. —Se le tensa la cara, los ojos, antinaturalmente oscuros y siniestros—. Ahora cállese o le cierro esa boquita con el puño.
Nos agarra del pelo, primero a mí y luego a mamá, y nos arrastra de vuelta a la plaza mayor, donde hay un coche negro, cuadrado, aparcado; nos empuja al asiento trasero. Mamá y yo nos abrazamos, demasiado aturdidas para hablar. Escapar es imposible cuando él se instala delante, en el lado del acompañante. El conductor hace rugir el motor y arranca mientras el hombre de la Gestapo saca su periódico y tararea una cancioncilla alegre. Lo veo sonreír y garabatear letras en un crucigrama; su tarareo satisfecho al dar con la palabra correcta me retumba en los oídos más fuerte que una campana de difuntos.
Tengo miedo de él.
—Zeus no está en venta, monsieur.
Me planto frente al oficial alemán que me mira con desprecio y me inspecciona como si fuera una esclava puesta en subasta. Un hombre de complexión algo huesuda que llena el uniforme nazi con más pompa que corpulencia; los hombros acolchados y cuadrados le dan aspecto de triángulo invertido. Cabello rubio salpicado de canas, mejillas enrojecidas por el sol y un reguero de sudor cuando se quita la gorra y se seca la cara con el dorso de la mano enguantada. Se toma su tiempo con la «inspección», refunfuñando en alemán al hombre de la Gestapo que nos dejó en la puerta del establo y luego salió disparado, seguramente para acosar a alguien más que no encaje en su perfil ario.
No importa. Surge un problema mayor.
El comandante nazi nos esperaba, con el pie derecho apoyado en el gran guardabarros de su Mercedes descapotable, golpeando con la fusta en la mano enguantada. Me dedicó una sonrisa hosca y luego nos obligó a entrar en el establo, donde empezó a pasearse arriba y abajo por el suelo cubierto de paja. Mascullaba que Herr Reichsmarschall Göring se alegraría de su última apropiación de la cultura francesa. Conozco este tipo de hombres. Se dan aires de importancia por codearse con los poderosos. Como mi padrastro, Zegul. Un grandullón que se regocija con las autoridades locales allá donde acampamos, sobornándolas con una botella de coñac y un discurso para que nos dejen en paz. Este hombre usa el brazalete con la esvástica para infundir miedo. No me impresiona. Un rayo de sol, agudo, que entra por la ventana alta del pajar le arroja un foco teatral a su triste figura. El aire caliente y pegajoso satura el establo; el olor a caballos lo domina todo. Aparta de una patada una horca que le estorba y luego hace una mueca de asco.
Sus palabras salen rápidas, sombrías y perturbadoras.
—Tengo intención de comprar sus caballos. —El oficial señala a Zeus, que resopla y sacude la cabeza en su cuadra—. El semental negro para las carreras… —Agita la mano con desgana, apenas reparando en Faithful Mary, que mastica avena—. Y la yegua alazana, que ya no se tiene, al matadero.
—No…, no puede…, por favor —jadea mamá, llevándose la mano a la garganta.
Para ella es un acto imperdonable. Ayudó a traer al mundo a la mansa yegua… La yegua es un signo sagrado de vida para esta mujer que enterró a dos bebés antes de que yo naciera y ya no puede concebir.
Yo, en cambio, respondo con una valentía inexplicable, más necia que sensata, porque aún no se me llevan los demonios con el boche.
—Nuestros caballos no están en venta, monsieur. Los guardamos aquí mientras hacemos recados en el pueblo.
—Mientras se dedican a robar carteras —escupe.
—Me ofende, monsieur. —Lo miro con desprecio y lo demuestro sacando la barbilla—. Somos gente temerosa de Dios, no ladrones.
—¿Son gitanos?
—Sí…
Esboza una mueca de desprecio.
—La ley, mademoiselle, no permite a los gitanos tener caballos.
Saco pecho.
—No conozco esa ley, monsieur.
—Ustedes y los suyos deberían divertirse mientras puedan. El Führer tiene planes. Pronto limpiaremos este país de porquería como sus amigos gitanos. De judíos también. —Escupe en el suelo para enfatizar la amenaza.
—No le creo.
—¿No? —Sus ojos recorren mi cuerpo con esa mirada de superioridad que me revuelve el estómago—. Si coopera, mademoiselle, puedo conseguir librarle de una situación tan desagradable.
—Prefiero morir… —Doy un paso al frente. Palabras valientes, creyendo que el bien derrota al mal nazi.
—Por favor, monsieur —interrumpe mamá, manteniéndose serena, sabiendo que es mejor no cuestionar el poder de un oficial alemán—. Le ruego que nos permita conservar a Faithful Mary para volver al campamento.
—No, mamá, no podemos dejar que se lleve a Zeus o lo habremos perdido todo. —He aprendido que hombres como él fanfarronean, pero si les demuestras que no eres una mujer indefensa tienes más opciones—. Le repito, monsieur, que mi caballo no está en venta. Nos vamos ya.
Me vuelvo, pero el comandante me agarra del brazo y me aprieta fuerte. Me encojo del dolor.
—Qué lástima que mademoiselle sea tan terca. —Sonríe, y contrae la nariz cuando mi aroma domina el hedor insoportable del lugar—. No he visto mejor ejemplar desde que llegué de Berlín. —Me respira al oído y tiemblo. La doble intención de sus palabras no se me escapa. Ni a mamá. Ella hace tintinear las pulseras y se muerde el labio. Le arrancaría los ojos si la prudencia no le impidiera cometer el mismo error que yo.
—Suélteme, monsieur —digo—, me hace daño.
—No tenga tanta prisa, mademoiselle; le pagaré por el semental.
—No quiero su dinero.
Alza una ceja.
—No le ofrezco dinero, sino el honor de servir a un oficial del Reich. —Me suelta y hace chasquear los talones—. Comandante Ernst von Risinger, a su servicio.
—Claro, qué tonta soy —divago, con las manos en las caderas—. El Reich no negocia con nadie; coge lo que quiere sin importar quién sale herido.
—Prefiero llamarlo intercambio cultural. —Me rodea, golpeándose el muslo con la fusta—. MonsieurDu Monde no mencionó que la dueña del semental fuera una potra tan briosa, o habría enviado antes a HerrGeller a buscarla.
—No se atreverá a tocar a mi hija. —Mamá acude en mi defensa. Ya no puede contener la emoción que la desborda—. Es pura, demasiado buena para alguien como usted.
—¿Es gitana y virgen, madame? —Se me acerca y me entran arcadas. Huele a cerveza tibia y a sudor de ramera—. Creía que no existía tal criatura mítica.
Me trago una réplica venenosa, pero ese segundo me sale caro. Avanza hacia mí, relamiéndose los labios.
—Es mi deber examinarla para salvaguardar la moral del pueblo francés.
—No me toque, cerdo nazi asqueroso.
Saco la navaja de dentro de la blusa blanca y arremeto contra el alemán con un barrido de brazo hacia la cara. El muy bastardo es zorro viejo. Se agacha y me tira la navaja de un manotazo, pero consigo hacerle sangre rajándole el pómulo con la hoja afilada. Me maldice en alemán; la raya roja rezuma y le chorrea por la barbilla rasurada. Se limpia con el dorso del guante y mira la mancha, incrédulo de que pueda sangrar; el brillo de sus ojos es tan salvaje como el de un jabalí incapaz de frenarse cuando embiste a su presa.
He ido demasiado lejos.
—Pagará su insolencia, mademoiselle. —Saca la Luger de la cartuchera y me apunta directo al corazón, la mano firme, el pulso seguro—. Con su vida. Primero la haré suplicar. De rodillas.
—No.
No puedo dejar que me dispare.
Jamás imaginé enfrentar a un nazi con un arma apuntándome, pero el instinto me dice que su sentimiento de superioridad nace de llevar ese uniforme, no de lo que tiene dentro. Es un recadero de algún pez gordo alemán que quiere demostrarse algo. Si muestro debilidad, apretará el gatillo sin titubear. Quiere jugar, exhibir su poder sobre mí. Luego presumirá de cómo me doblegó.
Entonces juguemos.
Cruzo los brazos sobre el pecho, la barbilla alta.
—Le daré una última oportunidad,mademoiselle. —Amartilla el arma.
—No me inclinaré ante usted ni ante ningún nazi.
Respira con fuerza, se excita. Bon. Si logro que la lujuria venza a su ego, podré derribarlo con una patada certera en la entrepierna. Es lo que hago con mi padrastro cuando se me echa encima, me agarra un pecho y me planta un beso baboso.
No conté con mamá.
—Por favor, monsieur, tenga piedad. Es una niña inocente —grita mamá, juntando las manos en súplica.
—¡Corre, mamá, vete!
—No, Tiena, deja que ayude al comandante. —Se arranca el pañuelo e intenta curarle la herida, pero él le suelta una patada con la bota negra. Ella trastabilla, llevándose las manos al vientre.
—¡Cómo se atreve a hacerle daño a mi madre!
La rabia de verlo tocar a mi madre aplasta mi miedo. Tengo que coger algo, lo que sea, para lanzárselo. Una herradura suelta. Una horca. Incluso la maldita paja.
—Se acabó el tiempo, mademoiselle.
Me apunta. Mamá entra en pánico.
—No, no a mi Tiena… ¡Maldito canalla!
Sus palabras afiladas lo sobresaltan y él se vuelve, la mira, y todo sucede tan deprisa que no alcanzo a comprender cómo los segundos siguientes ponen en marcha lo más horrible que puedo concebir.
Gritando a voz en cuello en alemán, el comandante dispara…
Pero no antes de que mamá se arroje delante del nazi.
Y recibe la bala destinada a mí.
Concorde, 2003
Emma
Perfume:
Naomie’sDream
Absoluto de rosa, pimienta, lavanda
Sentada en mi asiento al fondo del reactor, con la boca abierta y el corazón desbocado, jadeo, esperando a que madame de Cadieux me cuente qué pasó después de que el comandante nazi disparara a su madre.
En lugar de eso, mira al frente. En silencio.
He leído su biografía y en ninguna parte se mencionan sus raíces romaníes. Ahora sé por qué.
Es demasiado doloroso para ella.
No lo soporto. Estoy en ascuas, muriéndome por saber qué viene después sin desvelar que ella es la clave para entender mi talento con los aromas y saber más de mi abuela polaca. El suspense me mata. Este terreno es desconocido para mí: una mujer obsesionada con su privacidad y con una perspectiva de la vida mucho más profunda de la que yo podría soñar; un choque generacional que pone a prueba mi habilidad para encontrar un punto en común con ella.
Por fin, dice con voz serena:
—Seguiré con mi historia después de que disfrutemos de un café especial, mademoiselle.
Se recuesta en el mullido asiento.
—Por favor, madame —la insto, todavía impresionada por lo que me ha contado, con los huesos temblándome y el cuerpo entero en modo pánico—. No me deje en vilo como si nos fuéramos a publicidad.
Sonríe.
—Encuentro refrescante su sentido del humor americano, mademoiselle, pero primero el café, y después tendrá su respuesta.
Hace sonar el timbre y la azafata aparece enseguida con una cafetera plateada, humeante, y las tazas de porcelana más delicadas, blancas, con el emblema de la aerolínea grabado en pan de oro. Juro que madame inhala el tentador aroma del café como si así calmara su dolor. Estudio su expresión rígida, los labios apretados, los ojos cerrados. Estoy a su lado, lo bastante cerca como para notar el cambio de ánimo, como si se obligara a no llorar, algo que, me da la impresión, considera una debilidad.
Reconozco una sonrisa forzada cuando la veo. Sus labios rojos están cuarteados como arcilla seca y en sus ojos, donde antes relucían motas verdes y castañas, habita una tristeza negrísima. Sufre al revivir aquel día. Sí, presume de entereza, pero entonces era una adolescente. Ni siquiera la habían besado. A los diecisiete yo estaba deslumbrante en el campamento de animadoras, escribía columnas sarcásticas para el periódico del instituto y salía con el guapo capitán del equipo de natación con cuerpo de un dios de bronce (las chicas nunca olvidamos el primer beso).
Me llega un aroma delicioso de café; mi cerebro detecta cada ingrediente… Canela, menta y anís… Mmm… También huelo el grano de tueste oscuro de la isla de Bali.
Me callo. ¿Para qué revelar mi secreto?
Mientras tanto, no aguanto la tensión que se ha instalado entre nosotras como un té frío, así que divago sobre historias que he cubierto para romper el hielo. Estrellas de cine comportándose mal, políticos comportándose peor.
—Pues estoy entrevistando a un actor de primera que me está tirando los tejos en un restaurante italiano cuando aparece su ex y le vacía un cuenco de espaguetis en la cabeza.
—Mais non! —Por fin se le escapa una sonrisa auténtica.
—Mais si —le replico—. Con albóndigas.
Se ríe y yo sigo alimentándola con cotilleos de famosos ególatras para apartar su mente de la pena. Le gusta reír. Me parece una mujer que ya no lo hace mucho, y eso me anima a seguir con historias graciosas.
—Luego conseguí una entrevista bomba con una estrella del rock —prosigo entusiasmada—, que quiso quedar en un sitio de comida rápida.
Me lanza esa «mirada».
—Excusez-moi?
—Ya sabe…, hamburguesas y patatas fritas.
—Pommes frites.
—Sí, Pommes frites… Se las metía en la boca sin parar cada vez que le preguntaba algo, así que le hice escribir las respuestas en servilletas cutres. Tenía los dedos demasiado grasientos para mandarme un SMS.
—¿Un… SMS?
—Un mensaje en el móvil… Esto.
Tecleo «Bonjour, madame de Cadieux» en la pantalla de mi teléfono y se lo enseño.
Frunce la nariz.
—Bah, es como abrir un frasco de perfume precioso y no oler nada. No tiene corazón.
Asiento. Tiene razón.
Seguimos varios minutos de charla y bromas sobre muchas cosas, desde dónde hacen las patatas más crujientes —¿París o Nueva York?— a la decadencia de la civilización moderna si los mensajes siguen ganando terreno. Durante todo el rato, oigo en la cabeza una banda sonora animada de éxitos del pop vintage, en serio. Y entonces caigo: estoy hablando de patatas y mensajitos con la grande dame del perfume como si fuéramos íntimas.
¿Estoy loca?
Debo de parecerle impulsiva y superficial. Que lo soy, o no habría llegado hasta aquí. Ser chica en el mundo de las noticias es duro y sé que estoy aquí gracias a las mujeres valientes que me precedieron en los años setenta y ochenta. Todavía me tengo que enfrentar al síndrome del «cariño» («Tráeme un latte, cariño, que voy contrarreloj». Como si yo no), pero mi jefe, Granger, es de los buenos. Duro pero justo. Me fichó como reportera de calle en WJJR News aquí, en Nueva York, tras hacer prácticas con él y pasar por una emisora pequeña de Nueva Jersey.
En los cuatro años siguientes aprendí la mecánica del oficio: que en el vocabulario de una reportera no existe el «no» y que no hay que correr con tacones detrás de un congresista escurridizo (ahora llevo zapatillas o bailarinas). El resto fue sencillo: llegar a tiempo a la retransmisión en directo, notas preparadas, pintalabios sin manchar los dientes y fiarte de tu instinto, siempre.
Trabajo duro, consiguiendo entrevistas importantes y cubriendo actuaciones policiales, incluida la unidad de víctimas especiales. Lo que lo convenció para traerme a Nueva York fue una serie de reportajes de interés social que hice sobre el día a día en la ciudad tras el 11-S. Latidos de Emma. Entrevisté a supervivientes, a sus familias y a la gente de la calle.
Llevar la batalla en la sangre es cosa mía. El padre de mi madre fue capitán del Ejército de Estados Unidos y sirvió en Europa durante la Segunda Guerra Mundial: él y mi abuela disfrutaron de cincuenta y tres años de matrimonio hasta que ella sufrió una caída y murió por complicaciones. El abuelo se pierde mucho últimamente, algo que pone a prueba la paciencia de mi madre. Judy ElizabethKeane, de soltera O’Flaherty, fue enfermera del Ejército y conoció a mi padre, Terence «Capitán Terry» Keane, cuando lo hirieron en Vietnam. Él trabaja con veteranos heridos después de una carrera como profesor de matemáticas.
Nadie entiende de dónde me viene el olfato para las noticias. Ni para el perfume.
