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Como su contemporáneo, compatriota y también semita Arthur Schnitzler, Bettauer agitó, saliéndose de los cauces de la formalidad y la normalidad, a la sociedad de la Viena finisecular y de entreguerras, provocando más de una indignación entre la clase militar y los estamentos bien pensantes. Y no se podrá negar que tuvo una gran clarividencia: la que le llevó a lanzar a una sociedad marcada por el antisemitismo avisos que se pasaron por alto y que le llevó a identificar, ya en 1922, el peligro de pasado mañana, es decir, el de 1933, en su novela La ciudad sin judíos. Una novela de pasado mañana. La más inofensiva de las acciones en el contexto de la persecución antisemita, la expulsión/deportación, que vendría años después, se hacía fábula premonitoria, es decir, vida literaria en el relato novelístico de Hugo Bettauer.
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Seitenzahl: 330
Veröffentlichungsjahr: 2016
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HUGO BETTAUER
La ciudad sin judíos
Una novela de pasado mañana
Edición y traducción deMiguel Ángel Vega Cernuda
INTRODUCCIÓN
Hugo Bettauer, profeta a su pesar
«El caso (literario) Bettauer»: un escritor redivivo
«El caso (criminal) Bettauer»: una biografía agitada y una muerte violenta
Los contextos de La ciudad sin judíos
Un profeta retrospectivo o las ciudades sin judíos
El antisemitismo vienés de principios del siglo XX
La ciudad sin judíos. Una novela de pasado mañana: entre utopía y distopía
La escritura bettaueriana
La recepción de Bettauer y la fortuna desafortunada de La ciudad sin judíos
Filmografía bettaueriana
La presente traducción. contextos y procedimientos: la relación Austria-España a través de la traducción. El traductor entre el autor y el lector
Bibliografía
LA CIUDAD SIN JUDÍOS
Primera parte
Capítulo 1. La Ley Antijudía
Capítulo 2. Herr Schneuzel y su yerno
Capítulo 3. Antes del cierre
Capítulo 4. Un disparo en el lago
Capítulo 5. Entre chicas
Capítulo 6. El doctor Schwertfeger
Capítulo 7. En un domicilio burgués de Viena
Capítulo 8. «¡Amados cristianos!»
Segunda parte
Capítulo 1. A Leo Strakosch, París, rue Foch 22
Capítulo 2. El loden se pone de moda
Capítulo 3. El viejo camarero
Capítulo 4. Una hazaña demasiado grande
Capítulo 5. Henry Dufresne
Capítulo 6. El fin de la Ley de Protección del Inquilino
Capítulo 7. La empresa Zwickerl se va a la quiebra
Capítulo 8. Las deliciosas y «dulces muchachas»
Capítulo 9. El fin de los cruzgamadas
Capítulo 10. Un veraneo barato
Capítulo 11. Un excitante discurso
Capítulo 12. La Asociación de Cristianos Auténticos
Capítulo 13. Unas tristes Navidades
Capítulo 14. Un excitante discurso
Capítulo 15. Herr Laberl cambia de chaqueta
Capítulo 16. «¡Abajo el Gobierno!»
Capítulo 17. Preparativos
Capítulo 18. Elecciones anticipadas
Capítulo 19. Una borrachera de fatales consecuencias
Capítulo 20. Derogación de la Ley Antijudía
Capítulo 21. «Mi querido judío»
CRÉDITOS
Et scandalizabantur in eo Iesus autem dixit eis non est propheta sine honore nisi in patria sua et in domo sua. (Y se escandalizaban de él, sin embargo, Jesús les dijo: No hay profeta sin honor a no ser en su patria).
(Mateo, 13, 57)
Es ist die Masse allein, in der der Mensch von seiner Berührungsfurcht erlöst werden kann. (Solo en el interior de la masa, el hombre se libera de su temor al contacto).
(Masse und Macht, ELIAS CANETTI)
Die Dichtung der Zukunft wird etwas von der Prose der Zeitung haben, nicht von ihrem falschen Ethos, sondern von ihrer prosaischsten Prosa. (La literatura del futuro tendrá algo de la prosa periodística, no de su falso ethos, sino algo de su más prosaica prosa).
(ROBERT MUSIL)
Cuando hay demasiados indicios de que un hecho no es verdadero, debe empezarse a creer que es verdadero.
(ENRIQUE JARDIEL PONCELA)
Murray G. Hall, profesor vienés de origen americano1, ya hace años realizó un estudio pionero, pero definitivo, sobre lo que en los años 20 —«locos» los llamaron y fueron más que eso— fue uno de los «casos» más sonados —y no solo desde el punto de la opinión pública— en la entonces recién inaugurada, pequeña y empequeñecida República Austriaca: «El caso Bettauer, un capítulo olvidado, por no decir desdeñado, de la historia literaria contemporánea de Austria»2 (Murray G. Hall, 1971). A pesar de este statement—no justificativo, por supuesto, sino más bien acusador por parte de Murray G. Hall—, el escritor austriaco Hugo Bettauer hizo méritos sobrados para que los historiadores de la literatura y la crítica social no le hubieran dejado caer en el olvido. El crítico americano resumía de manera paradigmática lo que había sido el «caso», que embutía en el contexto de un caso más general, el de literatura austriaca de los años veinte. La preterición de la literatura austriaca de la época y, con ella, de nuestro autor, tenía como fundamento el hecho de que
[la literatura de la Primera República] —con excepción de la ya canonizada por parte de la ciencia literaria— es inmanente al sistema político de partidos, lo que la hace tabú, teniendo en cuenta sobre todo que todavía ni siquiera se ha logrado un enfrentamiento ecuánime con la historia de la primera República Austriaca. Es más, ocuparse de esta literatura provoca ya el reproche de partidismo.
Y tiene sobrada razón el crítico americano: el reproche procede tanto por parte de la izquierda como de la derecha3. En todo caso, dos méritos no se le pueden negar al semita vienés Hugo Bettauer: primero, el haber sido de los primeros que desde la literatura fustigó a la banda de los Hackenkreuzler, los cruzgamadas, recién nacidos y, segundo, el haber sido, junto al ministro alemán Walter Rathenau, otro judío, una de las primeras víctimas oficiales (oficialidad juicio mediante4) de la brutal violencia que durante una veintena de años iba a ejercer en Centro Europa la bestia, primero marrón y después negra en la primera mitad del siglo XX. Y aunque solo fuera por esas dos causas merecería ser recordado con mayor intensidad... y mayor respeto. Por supuesto, también en la Historia de la Literatura. Cabe pensar que sus denuncias, certeras, y sus críticas, feroces, tocaron bajo la línea de flotación a una sociedad que, con banderas rojas, negras o azules, navegaba hacia la catástrofe final de Auschwitz e Hiroshima. ¿Qué tendrían sus relatos, construidos con una funcionalidad que los acerca al neo-objetivismo5 del momento, la neue Sachlichkeit weimariana, para haber provocado la reacción asesina por parte de la horda nacionalsocialista, en 1925, año de su asesinato, todavía en trance de formación? Quizá mucho de verdad, aquella verdad que desde el realismo y el naturalismo y su «superación» (Hermann Bahr dixit6) en el relato impresionista, habían perseguido las letras europeas que derivaban, superándola, de la mímesis aristotélica. Aquella verdad de la que el gran escéptico Jardiel Poncela (¿cuándo se le traducirá por encargo de nuestras autoridades a las lenguas de cultura?) afirmaba que siempre es inverosímil.
Por otro lado, a Bettauer se le atribuido una cierta flojera estilística, que en parte es evidente. Pero permítase una alusión a un crítico de altura para motivar una reflexión al respecto. Eco ha descrito («Apocalípticos e integrados»7) en términos duales las diferentes actitudes de la moderna crítica cultural (crítica culta/crítica popular) abogando por una ruptura de los muros del canon:
El superhombre que opone el rechazo y el silencio a la banalidad imperante, nutrido por la desconfianza total en cualquier acción que pueda modificar el orden de las cosas [...] Se vislumbra ya, sin embargo, que la reproducción en serie, y el hecho de que los clientes aumentasen en número y se ampliasen en cuanto a rango social, tendían una red de condiciones capaces de caracterizar a fondo estos librillos, y de crear un género propio con particular sentido de lo trágico, de lo heroico, de lo moral, de lo sagrado, de lo ridículo, adecuados al gusto y al ethos de un «consumidor medio», medio entre los bajos. Difundiendo entre el pueblo las normas de una moral oficial, esta literatura realizó una obra de pacificación y de control, favoreció la eclosión del humor y procuró en definitiva material de evasión. A fin de cuentas, sin embargo, sostuvo la existencia de una categoría popular de «literatos», y contribuyó a la alfabetización de su público.
Siguiendo la línea crítica del perspicaz y brillante autor italiano, cabe decir que la historiografía literaria no debería caer en el gusto aristocrático que censura Eco al considerar exclusivamente a los grandes formalizadores de la expresión, los highbrows de la literatura que Dwight Macdonald proponía en su fenomenología de la cultura como ejemplares canónicos. También debería considerar a aquellos autores que a través de su escritura, más o menos marginal, se hicieron un hueco en el llamado masscult: evidentemente Bettauer no es un Goethe, lo mismo que el neo-objetivista Max Beckmann no es, desde el punto de vista de la consideración crítica, el romanticón Caspar David Friedrich, al menos de momento. Quizá sí lo sea cuando los gustos, la perspectiva y la ideología artística cambien. Todos los intentos de definir y describir lo literario, desde los formalistas y estructuralistas hasta los sociológicos, pasando por la antigua retórica «ayudamemoria» (expresión de R. Barthes), han resultado incompletos y están llamados a integrarse y sintetizarse, dejando un amplio espacio a lo aproximativo. Con relación a Bettauer, la perspectiva y la ideología parecen estar cambiando, pues, aunque su novelística no se corresponde con la escritura/lectura formalmente desautomatizada8 que pedía Shklovski como condición de lo literario, sí que es una literatura para concienciar (es decir, el prodesse horaciano) más que para agradar (el delectare). ¿Y no se ha dicho que los escritores son conciencia de la sociedad? Bettauer en ciertos aspectos lo fue y esta se lo pagó callándole. No solo físicamente, también críticamente. Quizá, miedo al espejo de una época que evidentemente no tenía motivos para el narcisismo.
Es innegable que Bettauer en sus opiniones, actitudes, proclamas y propuestas fue extremoso, maniqueo, fanático incluso, y que por eso tal vez las tiradas de las obras en las que las expresaba fueron multitudinarias. Y en sus formas expresivas demasiado directo, es decir, fácil. Lo cual posiblemente lo pudiera enmarcar en la clase macdonaldiana del masscult. Pero, en definitiva, el masscult, ¿es cultura o no? Las letrillas de Góngora, ¿no son masscult? ¿Tendrá razón Eco al hablar de los conceptos «fetiche» de la alta cultura? Porque cultura de masas fueron en su época las producciones de un Georg Grosz, un Bertolt Brecht, un Egon Schiele o un Heinrich Vogeler. Y antes, las prédicas de un Girolamo Savonarola, un Juan Calvino o un Giordano Bruno. Entonces, ¿por qué la crítica cultural ha pasado mayormente por alto o, mejor, ha ignorado la personalidad de Bettauer... y su ineficaz eficacia social en la Viena de los años 20?
En efecto, nuestro autor parece haber sufrido una perversa conspiración de silencio: de haber sido en vida un escritor de éxitos populares que vendía por decenas de miles los ejemplares de sus novelas, pasó a no figurar, durante más de medio siglo, en ninguno de los manuales alemanes de historia literaria. Botones de muestra: historias clásicas de la literatura de expresión alemana (Fritz Martini9, Otto Mann10, Elisabeth Frenzel11, Wolfgang Beutin12, Georg Lukács13, por ejemplo) han omitido cualquier alusión al personaje. Concebidas estas historias desde una perspectiva canónica (sea en sentido ideológico, sea en sentido expresivo), es normal que semejantes mausoleos de obras no admitan las que provienen de outsiders de la sociedad y de las letras. Por lo demás, como antaño no admitieron las de Donatien Alphonse François... de Sade, malhadado marqués de Sade, un sí es no es perverso por lo demás. Siendo Bettauer ciudadano austriaco y autor de novelas que editaba en Austria, la revista especializada Modern Austrian Literature, fundada hace medio siglo para estudiar la figura y las obras de Arthur Schnitzler, que ampliaría más tarde su espectro temático a todos los ítems referidos a la literatura austriaca, y que ha dedicado en sus ediciones cuatrimestrales espacio crítico a todo lo que se movía en la literatura austriaca (de H. Bahr, H. von Hofmannsthal o R. Müller a E. Jellinek y P. Turrini pasando por Ö. von Horváth o F. Kafka) no ha dedicado ni artículo ni recensión alguna a Hugo Bettauer. Incluso una historia supuestamente aggiornata de la literatura austriaca, la que publica Camden House (2006) en Nueva York, no dedica en el apartado Austrian Prose Fiction14 mención alguna a nuestro autor. Extraño e incomprensible. Y otra prestigiosa revista austriaca de crítica literaria, fundada en 1966, Literatur und Kritik, que aparece cinco veces al año, no registra ni siquiera el nombre de nuestro escritor. Una tesis doctoral dedicada al estudio de una de las editoriales en las que publicó Bettauer, la Anzengruber Verlag15, omite cualquier alusión a nuestro autor a pesar de la tirada que alcanzó la obra publicada en esa editora. De manera chocante, también una monografía dedicada a la literatura austriaca «olvidada» (C. Otawa, 2013), olvida precisamente mencionar el nombre de Bettauer.
Finalmente, siendo Bettauer un escritor de obras bastante filmografiadas16, revistas dedicadas a la literatura austriaca filmada pasan mayormente por alto las filmaciones o Verfilmungen que sufrió o gozó la obra de nuestro autor17 y que hicieron época en una Viena que daba al mundo del cinematógrafo algunos de los mayores genios de lo que más tarde sería la meca del cine, Hollywood: F. Lang, M. Curtis, G. W. Pabst, P. Lorre, B. Wilder y muchos otros. ¿Fue, es conspiración, casualidad, silencio justificado? ¿Fue, es por su condición judía? ¿Es por su categoría de piedra de escándalo? ¿Por ser la suya literatura trivial quizá? En este último caso, ¿querría decir que su asesino era un representante, reactivo por supuesto, de la alta cultura en cuyo nombre utilizaba la violencia e intentaba eliminar la baja cultura que Bettauer representaba? Como su contemporáneo, compatriota y también semita Arthur Schnitzler, Bettauer agitó, saliéndose de los cauces de la formalidad y la normalidad, la sociedad en la que le tocó vivir, la de la Viena finisecular y de entreguerras, provocando más de una indignación entre la clase militar y los estamentos bien pensantes. Kloakentier (rata de alcantarilla) y Asphaltliterat fueron calificativos que le dedicó, ya difunto el autor, la prensa filonazi. Y todavía un periódico actual, el TAZ berlinés, le tildaba hace unos años con ocasión de la aparición de una de sus novelas —irónicamente y como puro ejercicio de sensacionalismo periodístico, por supuesto— de Kuppler y Pornograph, es decir, de celestino y pornógrafo. Con ello aludía al hecho de que en el periódico por él fundado, Er&Sie (Él&Ella), adelantado de la liberación sexual (quizá por conveniencias, entre otras económicas, pero en todo caso con intenciones liberadoras), ya se proponían a los lectores los contactos sexuales18. Incluso la crítica proveniente de plumas filosemitas le ha negado representatividad. Una historia del judaísmo vienés, publicada en Tel Aviv (Gold, 1966), no considera la proyección internacional de nuestro autor. Verdad es que la imagen del judío que transmitió, muy estereotipada, tampoco era muy favorable.
Tampoco se podrá negar que tuvo una gran clarividencia: la que le llevó a lanzar a una sociedad marcada por el antisemitismo avisos que se pasaron por alto y que además logró identificar, ya en 1922, el peligro de pasado mañana, es decir, el de 1933: La ciudad sin judíos. Una novela de pasado mañana. La más inofensiva de las acciones en el contexto de la persecución antisemita, la expulsión/deportación, que vendría años después, se hacía fábula premonitoria, es decir, vida literaria en el relato novelístico de Hugo Bettauer. Esa previsión, la que antecede a la profecía, fue la que no consiguieron tener los políticos weimarianos o vieneses, enredados en una imposible conquista del poder19. Muchos de ellos pagarían más tarde con su vida el desprecio por un aviso premonitorio que entonces quizá se pensara exagerado.
Cuando, en 1925, Bettauer, por judío, pornógrafo y outsider, cae abatido por las balas de un activista filonazi, antes de que el movimiento de las camisas pardas, más tarde negras, tuviera su símbolo de la fe nacionalsocialista, a saber, el Mein Kampf, los nefastos y reales cuatro jinetes del apocalipsis (A. Hitler, H. Himmler, H. Goering y J. Goebbels)no han perfilado todavía la trayectoria de su cabalgata. Y él, un periodista judío, hijo de un corredor de bolsa judío (típica y corriente personalidad profesional en la Viena cacania), cual profeta vetero-testamentario ya preveía, en nebulosa lontananza, sin quererlo y a título de jocosidad de escritor, la catástrofe que provocaría el odio antisemita. Claro que, como buen profeta judío, también él se equivocó en sus profecías, mejor dicho, previsiones: lo que en La ciudad sin judíos es un happy end (los judíos son llamados de nuevo a la ciudad, étnicamente limpia, para que otra vez la ensucien con su sentido práctico, crematístico y depravado), el futuro real que sobrevino sobre Viena y sobre toda Europa lo convertiría en puro y terrible sarcasmo. Por suerte, las balas disparadas por el odio antisemita y que acabaron con su vida le evitaron pechar con cualquiera de las variantes de aniquilación del Holocausto (la escalera de la muerte de Mauthausen o las duchas gaseantes de Auschwitz, por ejemplo), a la que le habría condenado su procedencia. El hijo que Bettauer tuvo de su primer matrimonio moriría en los años más duros del malhadado régimen. Y a pesar de que él concibiera su novela como pura sátira (así subtitulaba su obra el autor), la historia, es decir, la realidad la convirtió en tragedia.
Su categoría de víctima y sus dotes, más que proféticas, de previsión son datos que deberían hacer figurar a Hugo Bettauer en un puesto privilegiado en el interior de una historia social de la literatura europea de entreguerras. Por eso hoy en día, muchos críticos oficialistas se apuntan, por puro oportunismo, a la reivindicación de este autor hasta ahora maldito. Como afirma Ralph Leonard en una semblanza del escritor en el TAZ berlinés (23.1.2013): «Hoy el librepensador vienés, asesinado en 1925, experimenta un renacimiento sorprendente»20. En ella se señala, puro amarillismo periodístico, que luchó a favor de la interrupción del embarazo y por los derechos de la mujer, aunque se reconoce que sus obras no son obras maestras. Quizá, a la inversa, habría que reivindicar su minimalismo literario y poner entre paréntesis, los de la duda, sus servicios sociales, que, en todo caso, no todos fueron de buena ley.
Los testimonios documentales acerca de la vida de Bettauer son relativamente escasos: todavía está por redactarse una biografía fidedigna que, manejando la múltiple documentación que produjo su personalidad y que ya ha sido aportada por Murray Hall, dejara constancia de uno de los currículos más interesantes que se desarrollaron en torno a la Jahrhundertwende por excelencia, es decir, el fin de siglo del XIX-XX, en el ámbito de la cultura germánica. Y eso que el suyo fue un decurso que en todo caso serviría de base argumental a cualquiera de sus novelas.
Nacer en el interior de una familia judía en la llamada Monarquía Dual suponía enfrentar una trayectoria vital problemática, aunque, como en el caso de Hugo Bettauer, lo hiciera en el seno de una familia acomodada. El judío cacanio21, es decir, súbdito o ciudadano (según las gafas que lleve el crítico) del Imperio Austro-húngaro, se encontraba situado ante una bifurcación inicial en la que se veía obligado a elegir entre la asimilación o el integrismo. Según las circunstancias, por supuesto. La primera opción, si era «bien nacido», de buena cuna, le obligaba a un mimetismo con un entorno marcado por una hostilidad declarada al semita, hostilidad fundamentada en una de las actitudes y actividades más extendidas de la sociedad judía, a saber, la actividad económica acumulativa de unos capitales que le permitían medrar en el interior del entorno financiero. La segunda opción, el integrismo, cuando a uno lo habían nacido en el suburbio de Praga o en los guetos de la Galitzia, suponía la reclusión en una tradición opresora y a la defensiva tras el kaftán, los rizos, la kipá, el talit (chal) y los tefilín (filacterias), que, por cierto, no le libraban de las asechanzas de la sociedad que críticos de la cultura (el mismo Bettauer por ejemplo) denominan «cristiana», aunque de esto último tuviera poco.
Bettauer tuvo la suerte de nacer (como Maximilian Hugo Betthauer22) en el interior del «establecimiento» judeo-cacanio, en la ciudad balnearia de Baden, próxima a Viena. Corría el año 1872 y en Austria-Hungría se había entrado, a pesar del crack de 187323, en una época de prosperidad material aceptable y de desarrollo cultural absoluto. Es la llamada, también en Austria, «época de los fundadores» (Gründerzeit). En esa su condición de hijo bien, Bettauer visitó una de las mejores instituciones educativas de la ciudad: el Franz-Josef-Institut de Viena, donde compartió aula con el que después sería el genio de la sátira vienesa: Karl Kraus. Era la Viena en la que se educaban o prosperaban literariamente un Arthur Schnitzler24, un Hermann Bahr o un Hugo von Hofmannsthal; en el ámbito de las artes plásticas, toda la pléyade de arquitectos, pintores y escultores del fin de siglo vienés (Otto Wagner, Olbrich, Loos, Hoffmann, Klimt, Schiele, etc.); en la música se asistía a la época dorada de lo que podíamos llamar la segunda escuela vienesa, en la que aparecen, aparte de los ya consagrados J. Brahms, R. Strauss, etc., nuevos valores como A. Schönberg y A. Berg, por no mencionar tanto la edad de oro (J. Strauss, C. Zeller, C. Millöcker) como la de plata (F. Lehàr, I. Kalman) de la opereta vienesa. Finalmente, en el terreno de las ciencias un Th. Billroth, introductor de la resección gástrica en la cirugía, un S. Freud, formulador de la psicología profunda, o un V. Kaplan, inventor de la turbina, abrían nuevos cauces al conocimiento y a la técnica. Y en el pensamiento, el empiriocriticismo de Mach alternaría con el pensamiento lógico- matemático de Wittgenstein y del círculo filosófico de Viena: todo un siglo de oro de la cultura europea, el de la época francisco-josefina y la siguiente.
En todo caso, Bettauer no parece haberse visto afectado o contagiado por este ambiente de afición cultural y esteticismo, ni se le registra tampoco como habitué de los numerosos cafés (el Central y el Griensteidl, sobre todo) en los que el grupo Jung-Wien (la Joven Viena estaba compuesta básicamente por Hermann Bahr, Richard Beer-Hofmann, Peter Altenberg y Arthur Schnitzler) y sucesores (Hugo von Hofmannsthal, S. Zweig o Alfred Polgar, por ejemplo) velaban sus armas literarias. Como se sabe, en aquellos momentos el punto de referencia y reunión del escritor que, como condición para su visión literaria del mundo, necesitaba «estar solo» en compañía, según formulación del mencionado A. Polgar (Die Theorie des Café Central, 1920), eran los cafés literarios, mal denominados Literatenkaffee. Pero Bettauer más bien parece haber seguido la trayectoria de un selfmade man, un tanto aventurero, que llegaría a la literatura por casualidad. En este contexto hay que situar su adolescente escapada, propiamente una huida, de la casa familiar, escapada que acaba con él en Alejandría, ciudad de la que se le repatriaría de nuevo a Viena.
Niño díscolo, se convierte por necesidades del guión al cristianismo en su variante protestante25: lo exigía la carrera militar que quería emprender y de la que pronto, tras unos meses como recluta del Ejército Imperial en Tirol, desertaría por problemas de disciplina. También pronto heredará la fortuna paterna, lo que le daría ocasión para intentar una vida de giróvago. Emigra a Suiza y más tarde a Estados Unidos, donde no consigue echar pie, tras perder su fortuna durante el viaje. Allí, tras adquirir la nacionalidad americana, pulsa los ambientes neoyorquinos que después utilizará en sus novelas. Regresa, ya casado, a Berlín, donde emprende una vida de bohemia que mantiene gracias a su dedicación al periodismo de investigación. Tras el suicidio del director del Hoftheater, actual Deutsches Theater, por una acusación de nuestro reportero, tendrá que abandonar la capital, pasando a Múnich, donde trabajará en el célebre cabaret Die Elfscharfrichter (Los once verdugos), y a Hamburgo, donde conoce a una adolescente de dieciséis años, con la que se casará tras emigrar de nuevo a Nueva York. Allí comienza su actividad como novelista por entregas y de género policíaco (Krimi en alemán)mayormente, para la emigración alemana, muy numerosa por cierto en la ciudad, que ya había consolidado su crecimiento urbanístico y económico: Im Banne von New York(Bajo el encanto de Nueva York), 1907; Im Kampf ums Glück(En la lucha por la suerte), 1907, reimpresión en 1926; Auf heißem Boden(Sobre suelo ardiente), 1907; Im Schatten des Todes(A la sombra de la muerte), 1907, reimpresión en 1925; Aus den Tiefen der Weltstadt (Desde las profundidades de la metrópoli), 1907, son los títulos de su época neoyorquina.
En 1909, cuando ya ha prescrito su condición de prófugo del ejército cacanio, regresa a Viena, donde pasaría por la redacción de varias de las más afamadas cabeceras del, entonces, brillante periodismo vienés: Morgen,Neue Freie Presse, etc. Esta última despertaría más tarde las iras de Karl Kraus: contra ella el gran y mordaz crítico dirigió su artillería verbal desde su revista Die Fackel. Precisamente de la Neue Freie Presse sería despedido Bettauer por su reacción violenta al sentirse maltratado por la dirección. El corpus delicti: una máquina de escribir deteriorada que se le había asignado y que él no consideraba digna de su valía.
Al estallar la Gran Guerra intenta alistarse en el ejército imperial, pero es rechazado en atención a su ciudadanía americana. Después de la guerra ejerce de corresponsal de periódicos americanos hasta que de nuevo se dedica al periodismo de investigación, fundando una editorial que publicará varias revistas que, por el tono de sus denuncias y por la inmoralidad de sus opiniones, pronto atrae la hostilidad de la burguesía bien pensante. Es una época en la que, en parte, se derrumba el brillante periodismo vienés de la Preguerra, pero la capital austriaca seguía siendo una olla a presión donde cocían las más diversas tendencias ideológicas que buscaban su medio. Incluso en 1920 se registraba una cabecera que abiertamente se confesaba sionista: Die jüdische Zeitung. Es en este agitado mundo del periodismo donde Bettauer retoma su actividad novelística que nuevamente aparece, como era preceptivo en un periodista, por entregas.
En 1919, mientras actúa como antena local de asociaciones internacionales que socorrían a la necesitada población vienesa y escribe en las redacciones de nuevas cabeceras (Tag, Der Abend, Die Stunde), ve la luz pública su primera novela de la serie europea: Faustrecht(Derecho del más fuerte, que, en forma de libro, aparecería en 1922). A esta le sigue una nutrida serie de ellas hasta totalizar catorce, lo que da un indicio acerca de la manera de trabajar, digamos, funcional de nuestro autor: Hemmungslos, 1920 (Sin trabas, reimpresión en 1988, 2009, 2011, 2013); Bobbie auf der Fährte, 1921 (Tras la pista de Bobbie, reimpresión en 1926 y 2012); Die drei Ehestunden der Elizabeth Lehndorff, 1921 (Las tres horas del matrimonio de Elizabeth Lehndorf); Der Frauenmörder, 1922 (El asesino de mujeres, reimpresión en 2008 y 2012); Der Herr auf der Galgenleiter, 1922 (El señor en la escalera del patíbulo, reimpresión 2014); Das blaue Mal, 1922 (La marca azul, reimpresión 2012); Die Stadt ohne Juden, 1922 (reimpresión en 1988, 1996 y 2013); Der Kampf um Wien, 1922/1923 (La lucha por Viena, nueva edición en 1926, reimpresión en 2011); Die lustigen Weiber von Wien, 1924 (Las alegres comadres de Viena); Gekurbeltes Schicksal, 1924 (Vuelta del destino);Die freudlose Gasse, 1924 (La calle sin alegría, reimpresión en 1988, 2011; Das entfesselte Wien, 1924 (La Viena liberada); Die schönste Frau der Welt, 1824 (La mujer más bella del mundo);Memoiren eines Hochstaplers, 1924 (Memoria de un estafador). También escribió dos obras dramáticas, una de ellas la versión teatral de La ciudad sin judíos. De no haber sido interrumpida su biografía por las balas del fanatismo, quizá nos habríamos encontrado con el más prolífico de los autores alemanes del siglo XX. ¿Era tal vez una narrativa por necesidad interior, por encargo o pro pane lucrando? Aunque así fuera, ¿qué autor ha prescindido del rendimiento económico de su esfuerzo mental o creativo?
Resulta un extraño fenómeno de recepción, atípica sin duda, el hecho de que tras un intervalo de ochenta años y con un intento fallido de revival en la década de los 80, Bettauer haya experimentado en los últimos años tal cantidad de reimpresiones de las ediciones antiguas de sus obras. ¿Mejor perspectiva histórico-crítica? ¿Cambio de paradigma crítico? ¿Prevalencia de los integrados sobre los apocalípticos? ¿Quizá fuera de aplicación en su caso, más que una teoría del lector implícito, una teoría del lector imprevisto o insospechado?
Tras esta serie de novelas, algunas policíacas, pero todas de gran carga crítica, con desviaciones a la caricatura social, la gota que colmará el vaso de la hostilidad pública será la edición de la revista de divulgación sexual Er&Sie (febrero de 1924) que sería, después de cinco ediciones, suprimida por la autoridad, acuñándose ya entonces el término «caso Bettauer», caso que coincidía cronológicamente con el que en Berlín otro semita, el también vienés Arthur Schnitzler, conmovía la segunda sociedad weimariana, la de la República, se entiende: el caso La ronda26. En el de Bettauer, el caso acabó en asesinato.
Con anterioridad a la aparición de la mencionada revista, ya la división de opiniones acerca de su persona había llevado a los concejales de uno y otro bando, es decir, a representantes conservadores y socialistas de la municipalidad vienesa, a enfrentarse llegando a las manos, extremo que obviamente hizo que el ambiente de hostilidad se caldeara. El propio Canciller Federal de la República (entonces lo era en realidad el prelado, teólogo y economista Ignaz Seipel27), se expresaría acerca del mismo. Por si fuera poco, en la agria disputa medial, tampoco los socialistas se atrevieron a echarle un capote al autor, ya que el alcalde socialista de Viena, Karl Seitz (1923-1934, del SDAPÖ), pareció desentenderse de la defensa del encausado tirando balones fuera: sería el público de derechas quien provocaba la enorme demanda del semanario, pues los votantes de izquierda no tendrían dinero para comprarla. Como se ve, pura farfulla política.
Algunas de las portadas de publicaciones de Hugo Bettauer.
El atentado que el canciller Ignaz Seipel sufriría en 1924 se atribuyó, por supuesto, a los manejos de nuestro periodista- novelista, quien, a su vez, pronto sufriría el suyo. Tras la prohibición de la revista Er&Sie, Bettauer editaría una nueva publicación bajo el título Bettauers Wochenschrift. Probleme des Lebens(El Semanario de Bettauer. Problemas de la vida) y que, con una temática semejante (prostitución, aborto, etc.), consiguió más ediciones que la anterior, alcanzando cifras impresionantes de impresión: 60.000 ejemplares. Por si fuera poco, el autor estableció en su despacho una especie de consulta, de coachingante litteram que, en una sociedad que renunciaba al confesor y para la que el psicoanalista resultaba, quizá, un lujo, se iría convirtiendo poco a poco en primera necesidad. Todo ello llevaría a la acción, ¿espontánea?, de un protésico dental de veintiún años, Otto Rothstok, quien perpetraría contra él un atentado en su despacho de la Lange Gasse vienesa (Distrito VII), donde Bettauer mantenía, como hemos dicho, su consulta acerca de los problemas de la vida. De resultas del mismo, Bettauer moriría dieciséis días después28.
Dado que el joven asesino, próximo al NSDAP (aunque había anunciado su salida del partido poco antes de cometer el asesinato, quizá solo como coartada para el partido), habría obrado impulsado por conciencia moral con el objetivo de librar a su generación de la corrupción, a pesar de haber sido juzgado culpable, solo sería condenado a reclusión en el manicomio vienés del Steinhof (lujoso nosocomio, desde el punto de vista revolucionario de la psiquiatría tradicional, diseñado en su arquitectura por el precursor del modernismo vienés Otto Wagner y al que, por cierto, Bettauer manda a uno de sus personajes de la novela) y saldría libre a los pocos años, en parte gracias a una acción de activistas nazis que reunieron el dinero para adelantarle la liberación. Más tarde, el asesino haría carrera en el partido de las camisas pardas y, ya tras la Guerra Mundial, se confesaría abiertamente antisemita y no se arrepentiría de haber realizado el atentado. En propia opinión, no habría intentado matar a Bettauer, sino solo disparar, auslösen. Sutil distinción, digna de un avezado político.
Posiblemente habría que poner en relación este hecho luctuoso marcado por el odio con un ambiente social en el que, tras la guerra, la juventud, en fórmula de Horváth, estaba de espaldas a los auténticos valores morales: Jugend ohne Gott (= Juventud sin Dios) tituló este austro-apátrida su novela sobre una juventud que ante la carencia o ausencia de otras prédicas, pronto abrazaría las de los campos de trabajo de la Hitlerjugend. Este y otros casos semejantes hablan en contra de esa actual imagen idealizada, próxima a la efebocracia, que santifica las acciones emprendidas en nombre de la espontaneidad, evidente, y, supuesta, sinceridad juveniles.
La Guerra del 14-18 supuso una ruptura radical en el decurso de la moderna historia europea y, sobre todo, de la austriaca. Tres cuadros monárquicos desaparecen del marco político europeo y dan lugar a sendas convulsas repúblicas que serán germen de males futuros: la Rusia leninista, la Alemania weimariana y la Austria postcacania. El grupo de regiones centroeuropeas de habla alemana —hasta entonces territorios patrimoniales de la Casa de Austria (los llamados Kronländer) y cabeza de un mosaico de pueblos que englobaba más de cincuenta millones de habitantes, casi medio millón de kilómetros cuadrados y una docena de lenguas y etnias— se vio reducido a su mínima expresión por obra y gracia de tres factores de orden diverso, pero que en cierto momento convergieron aunando causalidades: la dinámica política que había movido a Europa desde Napoleón, a saber, el imperialismo y el nacionalismo; el correspondiente conflicto de intereses que esa dinámica provocó y el surgimiento de las masas como sujeto político en el desarrollo social. Todos a una dieron al traste con tres monarquías europeas que no eran ni peores ni mejores cuadros políticos que los restantes, pero que tanto en la paz armada, como en la guerra tuvieron la poca habilidad de granjearse mayores enemistades y una mayor antipatía hacia su imagen mundial. Durante toda la paz armada (1871-1914)29, las clases dirigentes del Continente —llamáranse Leopoldo II de Bélgica, carnicero de su imperio congoleño y émulo de los caucheros amazónicos; George Clemenceau, tozudo belicista cuando de revanchas se trataba; Georg von Schönerer30, precursor de las ideas pangermanistas del cabo bohemio A. Hitler; los Chamberlain, Josef y Austen, feroces proteccionistas del comercio británico; Winston Churchill, valedor empedernido de la razón de Estado (en el hundimiento del Lusitania, por ejemplo31); G. Andrassy, defensor a ultranza de la soberanía húngara; T. G. Massarik, uno de los desintegradores de la Monarquía Dual; G. D’Annunzio, fantoche patriotero dentro y fuera de la poesía— habían exhibido, a lo largo y ancho del mismo, un idéntico y desvergonzado comportamiento regido por intereses no solo creados sino también reconocidos —llamáranse materias primas, ferrocarriles, zonas de influencia comercial o ejercicio autónomo del poder y la gobernanza— y la más bellaca e inmoral de las actitudes frente a los pueblos que representaban y que mayormente manejaban a su beneplácito. Ententes, alianzas y pactos de no agresión eran engañifas y señuelos para una opinión pública que demandaba conciencia de seguridad y protección. El gran conocedor de la arqueología asiria Guillermo de Hohenzollern, alias Guillermo II («gran asiriólogo» le hacía llamar, con la máxima de las sornas, K. Kraus en Los últimos días de la humanidad), había hecho caso omiso de las mínimas nociones de antropología francesa, una de cuyas manifestaciones culturales es la testarudez y la resistencia al son de La Marsellesa, y había decidido un ataque por sorpresa a la República sin consideración a la neutralidad belga. Por su parte, el enano Saboya, Víctor Manuel III, rey de Italia, inicialmente neutral, había metido en guerra —con la colaboración de una de las «conciencias morales» de mayor predicamento en la Italia del giolittismo32, Gabriele D’Annunzio— al pueblo italiano, si bien, es verdad, a cambio de la promesa aliada de poder incorporar Dalmacia, Trieste y Rijeka a un sueño panitalianista premussoliniano. Los jerarcas del paneslavismo bohemio (Beneš sobre todo) estaban empeñados en escalar un poder a costa de la destrucción de un ordenamiento estatal en el que los eslavos del norte iban consiguiendo avances sociales y reconocimiento cultural. Los socialistas franceses, a pesar de la oposición de Jean Jaurès, vendían su pacifismo en el altar de un anti-germanismo que iba a sacrificar a millones de franceses en el Marne y Verdún. Todos, protagonistas y figurantes en el complejo fenómeno bélico y postbélico, de Sarajevo a Versalles, desempeñaron un papel en el peor teatro del mundo marcado por la inmoralidad, la ambición política, la traición y la bellaquería. No es de extrañar que la caída de los Imperios Centrales supusiera la desintegración moral de sus sociedades, toda vez que sobre ellas se impuso la ley del vencedor: vae victis. Aterra solo pensar en la miopía que suponía el imponer, no al gobierno supuestamente responsable de la guerra, el alemán, sino a las futuras generaciones alemanas, una deuda de guerra que habría hipotecado para siempre su futuro: hasta 2010 habría tenido que estar pagando deuda de guerra la Alemania posbélica de acuerdo con Versalles. Los retornados de la cautividad, los miles de inválidos que regresaban a las grandes ciudades (Berlín y Viena) o los cientos de miles de desempleados a los que las reparaciones de guerra dejaban en la calle, eran fácil pasto de las ideologías extremas de uno y otro signo. La aplicación de los tratados de Versalles, de Rapallo o de Saint-Germain, convertiría a aquel mundo seguro de antaño, que más tarde evocaría Zweig en El mundo de ayer (1942),en una añoranza, pues le sucedió un mundo en el que la situación dominante era precisamente la contraria: la de la inseguridad ante el futuro. La carestía de la vida y el encarecimiento terrible de la vivienda (que continuó la iniciada antes de la guerra33) y las galopantes devaluaciones e inflaciones, en proporciones geométricas, hacían inútil cualquier proyecto de superación económica, lo que ampliaba el descontento social que favorecía la aparición de cualquier iluminado o mesías. Hitler fue buen ejemplo de ello. Los pueblos de hoy día, en trance de crisis continua y continuada, deberían aprender del pasado para no repetirlo. Claro que esperar cosa semejante es pedir peras al olmo o ir a la mar por naranjas.
En Austria, las secuelas de la guerra tuvieron una gran impronta en la población y dieron como resultado un ambiente moral, social y político convulso y agitado que en parte quedará reflejado, visto desde la ironía, en las novelas de Bettauer, sobre todo en la que aquí tratamos y en Der Kampf um Wien. Desórdenes, tumultos, atentados, asaltos a edificios públicos —el del Palacio de Justicia en 192734— se alternaban con la construcción de los Wohnhöfe —el Karl-Marx-Hof, llamada la Ringstrasse del proletariado, una «solución habitacional» en serio que albergaba a 5.000 de inquilinos en un espacio de 150.000 metros cuadrados, es buen ejemplo de ellos—, el surgimiento del «austrofascismo», el llamado Ständestaat35, los enfrentamientos armados de los paramilitares de uno y otro signo —la Heimwehr, conservadora, y el Schutzbund, socialista— y la intensa vida cultural de la Viena postcacania, donde se daban cita un Kraus, un Schnitzler, un Broch, un Strauss (Richard), un Kokoschka o un A. Berg. Se trataba de cuestionar las premisas ideológicas y comportamentales de lo que Zweig llamaría, añorante, «el mundo de ayer». Irrumpía la incorporación de la mujer al mundo laboral y universitario, se abría paso en la opinión pública y en el arte la homosexualidad femenina —Christa Winsloe & Leontine Sagan y sus Muchachas en uniforme, la liberada Tamara Lempicka o la revista berlinesa Die Freundin, entre otras, son testimonio del aserto—y, además entraba una nueva generación de escritores —y de artistas— que, conviviendo con los clásicos de la Wiener Schule (A. Schnitzler, H. von Hofmannsthal, H. Bahr, S. Zweig o R. Auernheimer, etc.), trataban de superar los planteamientos y horizontes sociales de un ejercicio literario poco comprometido con el nuevo estado de cosas: A. Polgar, F. K. Ginzkey, Ö. von Horváth, R. Musil, J. Roth, H. Broch o H. von Doderer.
La trama de episodios sociales y políticos que se encubren bajo el argumento de la novela de Bettauer pertenece a los momentos iniciales de la conflictiva primera República Austriaca, que se da su constitución el 1 de octubre de 1920 y que hace vigente un sistema bicameral así como el principio federalista. El periodo que sigue hasta 1922, año de la aparición de La ciudad sin judíos, está marcado por múltiples desórdenes sociales, fluctuaciones en el cambio de la moneda recién creada —la corona—, la inestabilidad política que lleva a repetidas dimisiones de los cancilleres (Mayr, Schober, etc.), los intentos del exemperador Carlos de Habsburgo de retomar el poder, una inflación galopante (en 1922, la corona llegaría a cambiarse en la proporción de 300 a 1 frente al franco suizo), recortes en los gastos públicos que llevarían a una drástica reducción de empleo público (100.000 hasta 1924), el ingreso de Austria en la Sociedad de Naciones y un enfrentamiento acerbo entre socialcristianos y socialistas. Tal es el contexto en el que se desenvuelve la acción de esta utopía distópica.
En efecto, la novela de Bettauer es antitética, paradójica, contradictoria in terminis, pues siendo novela (stricto sensu solo se podría relatar lo, supuesta o realmente, ya acaecido; el pretérito es el tiempo propio del relato, salvo voluntad estilística en contra) el autor la proyecta hacia el futuro (= utopía en su variante de distopía: una novela de pasado mañana) sin crear con ello imágenes futuristas sino totalmente actuales y realistas. La crítica ha llegado a decir que la realidad se esforzaba en seguir las ficciones bettauerianas
