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La lucha por la independencia y el peso de las expectativas familiares convergen en esta joya del naturalismo que retrata la vida de una mujer atrapada en las sombras de la clase media. A través de diálogos afilados, se revela la tensión entre el honor aparente y las aspiraciones personales en un entorno que castiga la autenticidad. La obra resuena como un eco de rebeldía silenciosa frente a la rigidez de las estructuras sociales decimonónicas.
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Veröffentlichungsjahr: 2026
AÚN ardía el quinqué de petróleo, pero con qué Tufo tan apestoso y negro! Para alimentar la carbonizada y exprimida mecha, quedaban sólo, en el fondo del recipiente, unas cuantas gotas de aceite mineral, envueltas en impurezas y residuos. La torcida, sedienta, se las chupaba á toda prisa.
Renegando de la luz maldita, subiéndola á cada momento, cual si, á falta de combustible, pudiese mantenerse del aire, las dos hermanas trabajaban con ardor. En medio del silencio de las altas horas nocturnas, se oía distintamente el choque metálico de las tijeras, el rechinar de la aguja picando la seda y tropezando contra el dedal, el crujido de la tela á cada movimiento de la mano. ¡Qué lástima que se apagase el quinqué! Estaban en lo mejor de la faena; mas la luz, que no gastaba miramientos, parpadeó, y con media docena de bufidos y chisporroteos avisó que no tardaría en cerrar su turbia pupila. La hermana menor levantó la cabeza, respirando, y escupiendo para soltar una hebra de seda que tenía enredada entre los dientes.
—Dolores?
—Qué?—murmuró la mayor, sin interrumpir la costura.
—Que nos quedamos á oscuras, chica.
—Si no me das otra noticia...
—Pero es que yo á oscuras no coso. ¿Hay petróleo?
—Ni miaja.
—¿Cabos de vela?
—Tampoco. ¡Echa cabos!
—Pues entonces, ¿qué haces ahí, tonta? Á dormir. Á mí ya me duele el cuerpo de estar doblada.
Suspiró Dolores, y el quinqué, suspirando también estertorosamente, dió principio á su rápida agonía. Apenas tuvieron tiempo las costureras de echar la labor sobre un sofá inmediato, cubriéndola con un lienzo: tal fué de pronta la muerte de aquella angustiada luz. Al quedar en tinieblas, el primer movimiento de las dos muchachas fué soltar la risa. ¿Acertarían con la cama? Á tientas y con las manos extendidas avanzaron en busca de sus lechos, tropezándose en mitad del camino, lo cual las puso de mejor humor si cabe.
—Ahora no te equivoques y por acostarte en la cama te acuestes en el sofá—exclamó Dolores.
—Mujer... lo peor será si cojo la almohada para los piés.
Se percibía ruido de corchetes desabrochados, resbale de sayas, música de enaguas con almidón: le siguió la estrepitosa caída del calzado, y el gemido de los jergones bajo el peso del cuerpo. De una de las camas salió también un rumor confuso, como de voz que mascullaba muy bajito oraciones diferentes. La otra cama no chistó, dando motivo á una interpelación de la rezadora.
—Concha?
—Eh?
—¿No rezas hoy, ó qué te pasa?
—Mujer... tengo más gana de dormir que de rezar.
—Vaya que un credo y una salve, no te privarán el sueño.
Concha obedeció, y después del rezo dió varias vueltas en la cama, lo mismo que si alguna inquietud la desvelase. Volvió su hermana á interrogarla. ¿Qué tenía?
—No tengo sueño. Me he despabilado.
—Pues mañana ya sabes que hay que madrugar.
—Madrugar! ¿Tú qué hora piensas que es?
—Qué sé yo... ¿Las dos y media?
—Las cuatro, chica. En el reloj de la Intendencia las acabo de oir.
—¡Tú estás loca!
—Sí, sí, descuídate... Las cuatro.
—Ea, pues chitito y á dormir.
Callaron ambas, pero la excitación de la afanosa vigilia producía su efecto, y aunque rendidas y deseosas de sueño, no podían conciliarlo. Era el instante en que se piensa en todo, recordando lo pasado, evocando con terror ó ilusión lo futuro. Mientras los ojos ven en la sombra abrirse un círculo de lívida luz, una especie de foco trémulo y oscilante, verde, violado y amarillo, la imaginación exaltada acumula cuidados y memorias, un tropel de deseos, esperanzas, dolores muertos que renacen, figuras y escenas ya borradas que vuelven á tomar cuerpo al calor de leve fiebrecilla.
Dolores, la mayor, cavilaba. Tenía doce años más que su hermana, y contaba apenas trece cuando quedaron huérfanas. Se veía tan chiquilla aún, calentando el biberón por la mañanita, antes de salir para el taller donde trabajaba, y metiendo el pezón artificial, tibio y blando, en la boca del pobre angelito, para que no llorase. Los domingos era dichosa, porque podía tener en brazos todo el día á la nené. Por fin, el rollo de carne con patas echaba á andar, y Dolores, hecha ya una mujer, un tanto relevada de sus tempranas obligaciones maternales, empezaba á dejarse tentar, alguna vez qué otra, á ir á los bailes de los Circos. En Carnaval asistía á tres seguidos, con flores en el pelo y guantes prestados. Después... un episodio que Dolores no quería recordar, pero cuyos menores detalles tenía grabados, como en bronce, allá en no sé qué rincones del cerebro donde habita la memoria de las cosas tristes... Unos amoríos breves, la seducción, la deshonra, el desengaño... Historia vulgar y tremenda. La enfermedad trajo de la mano la miseria; el fruto de las entrañas de Dolores, mal nutrido por una leche escasa y pobre, languideció y sucumbió pronto, dejando contagiada á la niña de cuatro años, á Concha, con la horrible tos ferina, tos que arrancaba de sus tiernos pulmones estrías de sangre. No tuvo Dolores tiempo de llorar á su hijo: era preciso cuidar á su hermana, hacerla mudar de aires en seguida... Y no poseía un céntimo, y había empeñado hasta sus botas de salir á la calle y su único mantón. No olvidaría, no, la tarde en que á cuerpo, tiritando de frío, entró en la iglesia de San Efrén, á rezar una salve á la Virgen del Amparo. Al lado del camarín clareaba la reja de un confesonario: tras de la reja un sacerdote. Arrodillada, con inexplicable consuelo, refirió todas sus cuitas. Al otro día la visitaban dos socias de san Vicente de Paul: al final de la semana le daban bonos de pan, chocolate y carne: de allí á medio mes le colocaban á Concha en casa de una lechera que vivía á dos leguas, en una aldehuela alegre y sana: al mes y medio, la niña regresaba robustecida, curada de su tos y acostumbrada á comerse una libra de pan de maíz en un cuartillo de leche. Dolores la adoraba: ya no tenía más pensamiento que aquella criatura. Anhelaba borrar lo pasado y proteger á Concha. Aborrecía á los hombres: que no la hablasen de bailes ni de jaleos. Confesábase primero cada mes, luégo cada domingo. Ya no necesitaba el socorro de los paúles, y se había apresurado á decírselo, redimiéndose, no sin cierto vanidoso contentamiento, de una protección que el artesano laborioso juzga siempre humillante, por lo que trasciende á limosna. Mas le restaba el auxilio moral, la recomendación de las socias, que jamás la consintió carecer de trabajo. Prefería las casas al taller, porque en las cocinas le permitían dar de comer á Concha, y aun le rogaban que la llevase, enamorados de la hermosura y despejo de la rapaza. Así que ésta fué creciendo y pudo coser también, se hizo preciso mudar de sistema y volver á los talleres: no era fácil que en las casas facilitasen labor á dos modistas á un tiempo, y antes se dejaría Dolores cortar una mano, que apartarse una pulgada de su chiquilla, alta ya y formada, tentadora como el fruto que empieza á madurar. ¡Eso sí que no! Para desgraciada bastaba ella: á Concha que no la tocase ni el aire: corría de su cuenta defenderla con dientes y uñas. Todo cuidado era poco en aquella ciudad de Marineda, donde chicos del comercio, calaveras y señoritos ociosos no pensaban más que en seguir la pista á las muchachas guapas. Temía Dolores, en particular, á los señoritos: ¿por qué no se dedicaban á las de su clase? ¡Tanta señorita sin novio, y las artesanas obsequiadas, perseguidas, cazadas como perdices! Mirando lo que sucedía, era cosa de temblar: ¡cuántas chicas preciosas, que serían buenas si no hubiesen encontrado con un pícaro, y que se veían perdidas, desgraciadas para siempre! Unas, teniendo que mantener dos y tres criaturas; otras, descendiendo poco á poco desde el primer desliz hasta caer en la vida airada... Daba compasión. ¡Y el lujo! Eso, eso era lo que ponía á Dolores fuera de sí. ¡Bailes, chaquetas de terciopelo, disfraces en Carnaval, bolitas de á cuatro duros! ¡Muchachas que ganaban una peseta y cinco reales diarios, dígame usted por Dios de dónde lo han de sacar! Ya se sabe: teniendo un oficio de día y otro de noche. ¡Malvadas!
No eran tales soliloquios nuevos en Dolores, sino tan antiguos como las inquietudes respecto á su hermana; mas lo curioso del caso fué que, sin que un solo día dejase de hacer semejantes reflexiones, á medida que Concha se desarrollaba y empezaba á celebrarse su linda presencia, despertábase en la hermana mayor esa vanidad característica de las madres, y á costa de privaciones y escaseces la emperejilaba y componía, para que no quedase por bajo de las demás, y por el delito de mantenerse honrada, no pareciese la puerca Cenicienta. Con este motivo sufrió Dolores alguna fuerte reprimenda de su confesor, jesuíta sagaz, que le decía:—Si tú misma fomentas en la chiquilla la presunción ¿cómo quieres que no te dé á la hora menos pensada un disgusto? Pónla de hábito, anda. ¿No has aprendido en tu cabeza?
¡De hábito! Dolores lo usaba hacía muchos años, desde su desgracia: pero... cubrir con aquella estameña burda el gentil cuerpo de Concha! Prefirió confesarse menos, y se retrajo algo de sus devociones, á fin de no ser reñida por su inocente vanidad maternal. Redobló, eso sí, la vigilancia, y se hizo centinela asiduo, infatigable, alerta siempre. Concha era fácil de guardar: no quería salir sola: á los bailes, á los temibles bailes, prefería el teatro, su única afición. Tomaban dos entradas de cazuela, y la niña, colgada de la barandilla, gozaba lo indecible. Al regresar á casa, se sabía de memoria trozos de verso, fragmentos de escenas. Semejante gusto no parecía peligroso: mas el diablo la enreda, y he aquí cómo vino á resultar alarmante. Dolores conservaba una casa, donde cosía desde tiempo inmemorial, y cuya dueña era cuñada del vice-presidente del Casino de Industriales, la sociedad más floreciente y numerosa de Marineda. Acababa esta sociedad de organizar una sección de declamación, dirigida por un ex-actor, y menudeaban en el teatrillo del Casino funciones de aficionados. La parte masculina no estaba del todo mal, ni faltaban aprendices; en cambio las mujeres escaseaban. Al saber las disposiciones dramáticas de Concha, tramóse en casa del vice-presidente un pequeño complot; comprometieron á Dolores, que no pudo desenredarse, y su hermana hubo de tomar parte en algunas piececillas.
Nuevo disgusto con el confesor, que censuró agriamente la debilidad de Dolores. Esta, bajando la cabeza, reconoció toda su culpa. En efecto, con el tal teatro se había introducido en la existencia de las dos hermanas un elemento de desorden: se trasnochaba, se pasaban las horas muertas discurriendo trajes y adornos: Concha no pensaba más que en estudiar y ensayar su papel; á los ensayos, por supuesto, la acompañaba Dolores, cosida á sus enaguas; con todo, era muy arduo vigilar, en la confusión de entradas y salidas al vestuario y escenario. Prueba de ello fué que una noche, al regresar á su casa, Concha sacó del bolsillo un papel blanco dobladito, y echándolo en el regazo de la hermana, le dijo desenfadadamente:
—Mira eso.
Dolores lo cogió palideciendo, con dedos ávidos. Era una declaración amorosa, y al través de las frases, tomadas indudablemente de algún libro de fórmulas epistolario-amatorias, de los volcanes que ardían en el corazón, las amorosas llamas y otras simplezas por el estilo, percibió Dolores así como un olor de honradez, que se exhalaba de la gruesa letra, del tosco papel y sobre todo del párrafo final, que contenía una proposición de casamiento y una afirmación de limpios y sanos propósitos. Respiró. Al menos, no era un señorito, sino un artesano, un igual suyo, resuelto á casarse. ¡Casar á Concha, ante el cura, con un hombre de bien, era el ensueño de Dolores! Creyó no obstante que su dignidad le imponía el deber de enojarse un poco, y de exclamar:
—¿Y cuándo te han dado este papelito, vamos á ver?
—Hoy... Cuando pasé al cuarto para vestirme, allí detrás de la decoración me lo dió.
—¡Valiente papamoscas! ¿Y tú, qué dices?
—Mujer... ¿y qué he de decir? Si me pide que le conteste, le diré que hable contigo antes.
—Eso es, eso es, las cosas derechitas—murmuró Dolores del todo satisfecha.
Y así sucedió. Dolores no cabía en sí de júbilo. Fué á contar al confesor el caso, y le ponderó las prendas del mozo, un chico honrado, formal, ebanista, que tardaría en casarse lo que tardase en poder establecer por cuenta propia un almacén de muebles. Nadie le conocía una querida: ni jugador, ni borracho. Vivía con su madre, muy viejecita. En fin, sin duda la Virgen del Amparo había oído las oraciones de Dolores. Otras andaban tras de los señoritos, de los empleaditos, de los dependientes de comercio: ¿y para qué? Para salir engañadas, como había salido ella.—Cada oveja con su pareja, hija, confirmó tranquilamente el Padre.—¿Sólo que... á pesar de todas las bondades del novio... conviene no descuidarse, eh? Tu obligación es no perderlos de vista, hasta que tengan encima las bendiciones.
¡Buena falta le hacía á Dolores el encargo! ¡Perderlos de vista! Nunca estuvo más adherida á su hermana. Los novios se veían al salir del taller; él las acompañaba hasta su casa. Veíanse también en el Casino, los días de función ó ensayos, sólo brevísimos instantes, pues Dolores no quería dar que hablar allí. ¡La gente es tan maliciosa! Dando una vuelta en su cama, Dolores pensaba en el día de la boda, el día de la tranquilidad completa, porque desde entonces las dos hermanas coserían en su propia casa, poniendo un tallercito modesto. ¿Cuándo llegaría tan apetecido instante?
Mientras la hermana mayor soñaba en bodas agenas, la presunta novia estaba á dos mil leguas de acordarse de semejante suceso. La juventud suele vivir sólo en lo presente, ó al menos en lo futuro inmediato. ¡Casarse! ¡Bah! Claro que se casaría: ¿pero qué prisa corría eso? El caso era lo que se le preparaba para mañana, mejor dicho para hoy, pues ya no distaba mucho el amanecer. ¡Era fatalidad que, justamente durante la época más ahogada de costura, cuando se acercaban los carnavales, los bailes, los trajes, para las mascaradas y comparsas, y no podía ella faltar del taller donde desempeñaba las importantes funciones de aparejadora, se le ocurriese al Casino de Industriales dar una gran función de teatro, para redimir á un socio de la suerte de quinto! Y se ponía en escena una obra de Ayala, Consuelo, muy famosa según decía don Manuel Gormaz, el director de la sección; y á ella le había tocado en el reparto el principal papel, cosa que no dejó de lisonjearla, porque añadía el señor Gormaz, que era obra de prueba, digna de una artista... ¡Artista! ¡qué bien le sonaba á Concha el nombre! Ser artista era pertenecer á una clase aristocrática, superior á la humilde condición de costurera... ¡Artista! En los días de beneficio de las actrices, Concha había leído versos de esos que se arrojan desde las galerías, impresos en papeluchos azules y amarillos, donde tras del epígrafe «á la eminente artista Fulana» ó «á la célebre artista Mengana» venía una serie de calificativos y epítetos, entrelazados como guirnaldas de flores, y se las llamaba huríes, ruiseñores, ángeles y otras mil cosas así. ¡Una artista! Concha repetía en voz baja, cuando estaba sola, la fascinadora palabreja.
¿Cómo saldría ella de aquel apuro? ¿Se cortaría? ¿Se le olvidarían los versos? Jamás le había sucedido tal cosa; es verdad que al pisar el escenario le latía el corazón muy de prisa; pero luégo recobraba todo su aplomo. Sólo que aquella función era diferente de las demás: tratábase de una comedia en tres actos, y ella nunca pasó de sainetes y piececillas en uno; además, como el beneficiado era hijo de un portero de la intendencia, el intendente, persona sociable y bien quista en Marineda, había repartido las localidades todas entre lo más lucido del vecindario, y se susurraba que la función estaría brillante: lleno completo. En fin, un compromiso gravísimo. ¡Y los trajes! Para Consuelo se precisaban tres diferentes, elegantes todos: el del último acto, descotado y con cola. ¡Qué de mañas, ardides y cálculos representaba la conquista de esos trajes! Vamos, á no ser por la señorita del intendente, tan franca y tan amable, no acertaba Concha cómo se las habría compuesto. Afortunadamente la señorita fué su providencia: desde zapatos blancos de raso hasta flores artificiales y brazaletes, todo se lo prestó. Cierto que eran cosas bastante usadas, y hubo que refrescar, lavar, planchar, alargar ó encoger... Y aún no estaba terminada la faena, y quedaba un día solo, y no podía faltar al taller, ni al ensayo general... ¡Imposible que alcanzase el tiempo para todo! Si el maldito quinqué no se hubiese apagado, ya tendría listo el traje! ¡Cuánto iban á apretar las uñas al día siguiente! ¿Amanecería pronto? Cavilando así, sintió Concha un estremecimiento de frío y se arropó. Se unieron involuntariamente sus párpados y con indecible bienestar se quedó dormida.
Apenas comenzaba á saborear el dulce reposo, la sacudieron y zamarrearon sin misericordia. La fría luz del alba se colaba por las rendijas de los ventanillos, y Dolores, de bata ya, con una toquilla de estambre muy enrollada al cuello, se disponía á enristrar la aguja, y tocaba diana para que la ayudasen. Concha entreabrió los ojos, borracha de sueño, de ese sueño de la primera mocedad, tan parecido al de la niñez en su intensidad reparadora. Fué preciso repetir la sacudida: entonces, de no muy buen talante, echó fuera una pierna para calzarse las babuchas.
Tentadora ocasión de describir, en tan indiscreto minuto, á la futura Consuelo, cuando sus carnes tibias conservan aún la suave morbidez del sueño, y la breve camisa descubre mucha parte de su gallarda escultura. Los brazos blancos y puros, los piés rosados por la frialdad del piso, los senos recogidos y breves como capullos de flor, hacen honesta por extremo aquella semi-desnudez juvenil, que la claridad del amanecer baña con delicados matices opalinos. Remata el cuerpo una cara oval, sanamente pálida, algo pecosa hacia el contorno de las mejillas; el pelo, rubio como la harina tostada, nace copioso en la nuca y frente, y desciende en patillas ondeantes hasta cerca del lóbulo de la oreja: entre los labios gruesos y cortos brilla como un relámpago la nitidez de la dentadura. Los ojos, aunque hinchados de dormir, no encubren que son garzos y candorosos todavía.
Para despejarse, necesitó Concha pasar agua fría por la cara. Dolores entretanto abría las maderas, aseaba un poco el cuartito abohardillado, y encendía en la cocinilla próxima seis carbones para calentar el puchero de cascarilla y la correspondiente leche. En un santiamén se desayunaron. Concha, bien despierta ya, consagraba toda su atención á los trajes. Al lado de la ventana, sobre el quebrado sofá, lleno de hernias de crín que se salía, reposaban las galas de la noche. Concha se acercó á la fiel aliada de la modista, la máquina, que dada de aceite, limpia, con su carrete enarbolado, con la mesilla reluciente de barniz, aguardaba lo mismo que un centinela, arma al brazo, las órdenes de su jefe. Dolores se aproximó también, exclamando:
—Tú á los volantes y yo al cuerpo.
Salió el famoso vestido de baile. Era de seda azul bajo, algo verdoso ya y por muchas partes salseado; pero merced á la buena idea de Concha, de velarlo con infinitos volantes de tarlatana del mismo color, parecería nuevecito de allí á poco. La cadencia de la máquina se interrumpía á cada volante, y el vestido giraba, giraba, como una peonza, todo hueco, y cada vez más vaporoso. Al cabo brotó la falda fresquita, soplada como un buñuelo, y fué á ocupar su puesto en el sofá al lado de otros pingos también remozados y disfrazados hábilmente, con recogidos, lazos y encajes. Dolores pegaba al cuerpo el último corchete y orlaba de tul blanco las cortas manguitas. Terminado lo grueso de la labor, empezaron mil menudencias, mil accesorios. Pendían de una cuerda, tendida de un lado á otro de la pared, dos guantes blancos, largos, muy tiesos, con las puntas de los dedos amarillentas y arrugadas; y mientras Concha los soplaba con ardor para despegar aquellas malditas puntas, que delataban el paso ineficaz de la bencina, Dolores, por medio de una plancha caliente, estiraba varios cintajos lácios como tripas de pollo, dedicándose después á frotar con miga de pan los zapatos de raso, y á pegar con goma una varilla del abanico. Las cosas que iban estando dispuestas, pasaban á una cesta, cuidadosamente colocadas; de pronto Concha se dió una palmada en la frente.
—¿Qué te pasa?
—¡Las medias! Que se nos olvidaban las medias!
—¿Qué más da? Llévalas blancas.
—¡Mujer... son tan cursis! ¿Tienes agua caliente?
—La pondré á calentar.
—Anda, que se lavan y se secan pronto... á la noche están sequitas.
En tanto que Dolores jabonaba el par de medias azules, Concha, cosiendo el dedo de un guante, preguntaba á sí misma en voz alta:
—¿Tendrán que hacer esto las cómicas el día que representen?
—No, mujer...—murmuró Dolores.—Esas lo tienen todo arreglado.
—Dichosas ellas. Á mí me venía bien ahora repasar el papel.
—Pues no te descuides, que pasa ya de las ocho y media. ¡Cuándo se acabarán estos jaleos de teatro! me duele la cabeza ya, de discurrir para refrescar vejestorios.
Quedábales aún algo por hacer, pero el tiempo urgía, y el taller aguardaba. Convinieron en que, á la hora en que Concha fuese al ensayo, Dolores volvería á casa, terminaría todo y llevaría la cesta al Casino, donde Concha aguardaría ya para vestirse. Por excepción, una vez nada más: que eso de dejar sola á Concha, no estaba en el programa.
—Mujer, no hay remedio—exclamó Concha.—Desde el taller al Casino, no me saldrá ningún perro rabioso.
—No me dan á mí cuidado los perros de cuatro patas, sino los de dos—murmuró Dolores guiñando un ojo.—Con que mucho juicio, ¿eh? Si sale Ramón á acompañarte, le dices que se vuelva á su casa ó que te espere en el Casino.
—Bien, bien.
¡Bastante pensaba Concha en Ramón! Todo el día en el taller estuvo repasando su papel mentalmente. Don Manuel Gormaz le había encargado tanto que se fijase y que tuviese alma en algunas escenas! Tener alma... ¿sería gritar mucho? No, porque se reirían de ella... ¿Sería pronunciar recalcando, como la que hacía de graciosa? No, eso tampoco... Procuraba recordar las inflexiones de la actriz que había representado Consuelo el año anterior, en el Teatro Grande... Lástima no acordarse punto por punto! ¡Si ella supiese que, con el tiempo, le tocaría representar ese papel! Mientras arreglaba los pliegues de una sobrefalda, ó sacaba un patrón por el figurín, Concha repetía entre dientes las redondillas de Ayala, bien agenas de ser pronunciadas en semejante sitio.
Al salir del taller, se separaron las dos hermanas, tomando cada una en opuesta dirección. Iba Concha distraída, andando rápidamente, cuando alguien emparejó con ella.
—¡María Santísima... qué susto me has dado!
El novio se sonrió afablemente, no sin mirar á todos lados, convenciéndose por fin de que Concha iba sola, hecho singular y extraordinario. Manifestó su admiración, diciendo:
—¿Y Dolores? ¿Qué milagro es éste?
—No pudo hoy acompañarme... Tenía que acabar de alistar unas cosas. Viene después.
No puso Ramón cara compungida al oir la nueva, y siguió andando al lado de Concha por la calle Mayor, donde algunos comercios empezaban ya á encender su alumbrado. Concha se volvió de pronto toda alarmada.
—Mira, vete, vete... No me acordaba ya... No puedes acompañarme hoy.
—¿Por qué, chica?
—Porque voy sola... No me hizo otro encargo Dolores.
—¡Vaya con la ocurrencia!—exclamó él súbitamente enojado, deteniéndose ante un escaparate en que brillaba ya el gas.—¡Pues me gusta! ¡Sólo eso faltaba! No seas tonta; yo te acompaño. ¿Qué necesidad hay de que se lo cuentes á tu hermana?
Concha le miraba con sorpresa, viéndole de levita. Era una levita negra arrugada y floja en los sobacos, que caía mal, amén de relucir demasiado, conociéndosele las dobleces de las prendas guardadas mucho tiempo en cajones; no obstante, la negrura del paño y la blancura de la pechera limpia realzaban la varonil presencia de Ramón, mocetón arrogante y guapo, aunque tosco: de ancho pecho, oscura barba, pelo rizoso y grandes y vigorosas manos. Concha se sonrió.
—¿Por qué vienes tan elegante?
—¿No sabes que tengo que cantar en el Orfeón? Ayer toda la noche hemos estado ensayando la Barcarola nueva.
Ella bajó la cabeza, dándose por convencida; de repente volvió á ocurrírsele lo que diría Dolores.
—Anda, lárgate, que no tengo gana de fiestas... No quiero oir sermones por causa tuya.
—¿Quieres que me vaya? Corriente—pronunció él con despecho—pero también es mucha ridiculez... Seis meses que somos novios, y aún no hemos podido hablar en paz y en gracia de Dios un cuarto de hora.
Díjolo con tal rabia, que Concha, cediendo á un movimiento compasivo, le llamó.
—Bueno, ven... Pero no hay que contarlo ¿eh? Silencio.
Siguieron su camino, él satisfecho ya, ella un tanto envanecida, allá en el fondo del alma, por llevar de acompañante á su novio, un novio de levita que podía confundirse con un señorito. Callaban, preocupados por la misma novedad de la situación, y sin despegar los labios salieron de la calle Mayor al paseo público, á la sazón desierto. Hacía frío. Los árboles sin hojas y las farolas apagadas se perfilaban sobre el gris ceniza del crepúsculo invernal; un pilluelo pasó corriendo, dando un empujón á Concha, que llamó á su acompañante.
—¡Ramón! ¿tú qué tienes?
En efecto, parecía pensativo. Con voz algo dura, contestó:
—No tengo nada.
—Nada, ¿y vas ahí que pareces un mochuelo? ¿Después de que te dan gusto, llevas ese gesto?
—No tengo obligación de estar hoy tan contento como tú.
—¿Y yo por qué he de estar contenta hoy?
—Porque vas á lucirte, á ponerte muy maja y muy bonita para salir á las tablas.
Echóse á reir la muchacha.
—No te rías—articuló él con acento opaco...—Haz el favor de no reirte, que yo no hablo de broma.
—Pero hombre... no me he de reir! Te enfadas porque me presentaré en las tablas muy compuesta... ¿Pues no vas tú también con el fondo del baúl encima? Vamos—añadió viendo la fisonomía contraída de Ramón—no seas majadero; ya sabes que trabajo por compromiso con el Vice-presidente y por complacer al señor de Gormaz... Buenos apuros me ha costado la tal función: hace tres noches que no duermo casi... Maldito el chiste que...
—Sí, sí, dices eso, pero otra te queda... Si no te gustase no irías allí de muestra, no irías.
—¿Tienes gana de armarla hoy? Pues para eso, pude venir sola.
—No—replicó él con más blandura—no te digo nada, Dios me libre, haz lo que quieras; pero tengo que advertirte una cosita, eso sí: no te parezca mal.
—Vamos á ver qué sale después de tanto aparato.
—Cuando nos casemos...
—De aquí allá!
—Cuando nos casemos—reiteró con firmeza el mozo—yo no consiento que vuelvas á representar, aunque se empeñe Dios del cielo... ¿Te has enterado?
—Bien... De aquí á que suceda eso...
—¿El qué?
—Lo del casamiento.
—Yo me entiendo... Cuando menos se piensa... En fin, vé acostumbrándote á la idea, por si acaso. No me gusta á mí, ni á ningún hombre blanco, queriendo á una mujer como te quiero á ti, oir que dicen en las butacas estupideces y barbaridades... al lado de uno mismo, con la poca crianza que tienen esos brutos de señoritos, Dios me perdone...
—¿Y qué dicen?—preguntó curiosamente Concha.
—Mil desvergüenzas... Que si tienes buen éste, y buen aquél, y... Calla, calla, que yo paso las de san Patricio... Un día hago un disparate.
Concha, muy colorada, bajaba la cabeza; por fin articuló entre enojada y vergonzosa:
—¿Y á ti qué te importa lo que digan? Déjalos, hombre.
—De otra ya pueden decir pestes... Pero de ti... que te quiero tanto como á mi madre!
Lo pronunció con tal fuego y sinceridad, que á pesar suyo la modista se sintió conmovida y le miró dulce y amorosamente. Entraban en el jardín público, que seguía al paseo, y en el cual la oscuridad era mayor, y completa la soledad y el silencio, á menos que una ráfaga de vientecillo marino sacudiese los siempre verdes egonibus haciéndoles murmurar cosas tristes. Concha se apoyó en el brazo de su novio. Al hacerlo, su codo tropezó con algo que abultaba debajo de la levita.
—¿Qué llevas aquí?—preguntó.
—Nada.
—¿Cómo nada, y sobresale que parece un mollete de pan?
—Mujer... si no es cosa que te importe.
—Á ver, á ver?
De mala gana se desabrochó él y sacó un objeto elíptico de hojas de laurel engomadas, muy tiesas, y rematado en unas largas cintas blancas con flequillo de oro al extremo. Á pesar de la oscuridad, aún quedaba suficiente crepúsculo para que distinguiese Concha que era una corona.
—¿Y esto?—preguntó afanosamente, entre turbada y alegre.
—Ya lo veo.
—Una corona... ¿Para quién?
—¿Para quién ha de ser?
—¿Para mí? ¡Qué loco! ¿Y no me reñías antes por representar?
—Una cosa es una cosa, y otra es otra... Me dió rabia ver que en el beneficio del mes pasado le echaron una corona monstruo á esa tonta de Rosalía Cañales, y á ti porque tenías un papel más corto te conformaron con un ramito de mala muerte... Y pensé para mí: no, pues como represente otra vez, no se queda sin corona mi Concha del mar... No me hace gracia que tú quedes deslucida... Ahí tienes.
—Te lo agradezco... te lo agradezco mucho!—articuló cariñosamente ella, afirmándose más en el brazo que la sostenía.
Él la contempló con ansia, y después miró alrededor. Ni un alma en el jardín.
—¿Concha?
—¿Eh?
—¿Me quieres?
—Sí, hombre, sí.
—¿Te enfadas si te pido una cosa?
—¿Qué?
—Dame un beso.
Soltó Concha el brazo y se hizo atrás. Parecíale que el rumorcillo de los arbustos y el manso gotear de la fuente eran ecos de la voz de Dolores... Y tapándose la cara con las manos y retrocediendo, gritó alborotada:
—Eso no... Eso no... Estate quieto.
—No, si no quieres no... No grites, que pensarán que te mato...
Volvió á darle el brazo, en el cual ella se sostuvo con recelo, pero al verle triste y con la cabeza baja, se aproximó nuevamente. Una invencible curiosidad de virgen la impulsaba á desear la caricia que había rehusado. Estaban próximos ya á salir del jardín, y á corta distancia de él, comos unos cien pasos, resplandecía el iluminado portal del Casino. Inclinó un poco la frente sobre el hombro de Ramón, y éste, con arranque súbito y brioso, desprendió el brazo para rodearle la cintura, y la besó en la mejilla, con toda su fuerza, devorándola el cutis. Concha sintió una ola de caliente sangre que henchía sus venas, y percibió al mismo tiempo, con extraña lucidez, un olorcillo á alcanfor y pimienta, que debía proceder de la levita guardada hacía tiempo.
Apresuradamente salieron del jardín, él radiante, ella aturdida y cabizbaja. ¡Si Dolores lo supiera! Las manos se le habían puesto frías, y una conmoción singular le imponía silencio. Su novio le parecía ahora, sin saber por qué, más amable y á la vez temible. Le miraba á hurtadillas, cual si no le hubiese visto bien antes. Como se aproximasen mucho al Casino, Ramón se inclinó hacia ella, y ella retrocedió instintivamente.
—Mira, Concha, mañana puede que tenga una gran noticia que darte...
—¿Qué?
—No, por ahora nada... Por eso no quería hablar, hasta llegar aquí... mañana te diré... Oye, antes que se me olvide: ¿dices que tienes que salir hoy escotada?
—Sí, hombre... En el último acto.
—Pues cuidado cómo te arreglas... El cuerpo altito... no quiero que nadie se divierta á cuenta mía.
—¡Jesús!—exclamó la modista.
Y diez pasos antes de llegar al portal, soltó el brazo de Ramón y echó á andar rápidamente, murmurando:
—Hasta luégo.
Penetró en el edificio. El recinto del teatro se hallaba todavía á oscuras, y en los pasillos, el conserje barría con afán las puntas de cigarro y los fragmentos de papel. En el escenario ardía un quinqué puesto sobre una consola, y dos ó tres candilejas, prevenidas para alumbrar el ensayo. Concha se adelantaba medio á tientas por el final del corredor, cuando un hombre le salió al encuentro, muy apresurado y afectuoso, y le dijo cogiéndole ambas manos y estrujándoselas en expresivo apretón:
—Hola, Conchita, hola... Bien venida, hija mía... ¿Qué tal? ¿Se ha repasado? ¿Hemos olvidado el papel? Por aquí, no tropiece Vd... Eso es... Ya estamos.
—El papel me parece que lo he de saber, señor de Gormaz—afirmó Concha, quitándose el mantón y el manto al entrar en el escenario. Hola, chicas—añadió saludando á dos mujeres que, sentadas en un sofá, repasaban en voz baja, con un rollo de papeles en la mano.
—Abur—le contestaron no muy cordialmente las interpeladas.
Gormaz, previa una fricción que hizo chascar sus palmas, se dirigió á las repantigadas actrices:
—Repasen, eso es, un poquito, mientras no vienen los caballeros... Siempre son los últimos.
Y llamando aparte á Concha, arrimándola á un bastidor donde no alcanzaba la luz de las candilejas, cuchicheó con misterio:
—¡Hoy hay que esmerarse, Conchita! ¡que esmerarse mucho! ¿No sabe Vd. lo que pasa?
—¿Que va á venir mucha gente?
—La gente... ¡bah! No; es que en cuanto ha sabido Juanito Estrella que dirijo yo esta función, como hoy no la tienen en el teatro, á pesar de que también ensayan, me ha escrito que vendría y... ¡ya ve Vd.! ¡Va usted á representar delante de un gran actor, una gloria nacional! ¡émulo de Romea y de Latorre!
Concha sintió un poco de recelo al oirlo, y al mismo tiempo, sin darse cuenta del por qué, la noticia le fué grata. Conocía de vista á Estrella, al director de la compañía que actuaba en el Teatro Grande; había oído mil veces hablar de su fama: lo cierto es que tenía un modo de representar que á ella, sin entender gran cosa, le parecía prodigioso: ¡qué bien sabía hacer que lloraba! ¡qué divinamente se fingía moribundo y muerto! ¡qué expresión en aquella cara! Representar delante de él... ¡Qué vergüenza!
Esto último fué lo que manifestó en alta voz. Gormaz la riñó, tosiendo como siempre que se acaloraba.
—No se me vaya Vd. á cortar, hija... Por lo mismo que Estrella es inteligente, es indulgente: él también empezó así, de aficionado, en teatrillos y en liceos, cuando era estudiante, hasta que se aficionó y dejó la carrera para dedicarse á la profesión artística... ¡Ejeeem! Con que ya ve Vd... Ea, que ya llegan: á ver cómo salimos del ensayo.
Arrastró casi á Concha al lado de la consola y del quinqué: en efecto, ya se agitaban allí dos ó tres sombras masculinas, charlando con las desdeñosas actrices Rosalía Cañales y Julia Marqué. Al ver á Concha, los hombres la saludaron galantemente, en especial el beneficiado, encargado del papel de Fernando, y que se creía comprometido por el texto del drama á mostrarse insinuante y tierno con ella. Todo el grupo rodeó apresuradamente á Gormaz, el cual extendiendo las manos á un lado y á otro trataba de restablecer el orden.
—¿Don Manolo, empezamos?
—¿Don Manolo, qué se hace?
—¡Ensayar, señores... bruuum!... si Vds. quieren: y ya saben lo que les he advertido: en los ensayos no hay que derrochar voz. Piano, pianísimo.
El apuntador comenzó á decir, sin entonación ni transiciones, el papel de cada uno, que los actores repetían paseándose con las manos en los bolsillos ó columpiándose en la silla. Las actrices, más cohibidas, no se atrevían, al recitar, á moverse del sofá, ni á descoser los brazos del cuerpo. Gormaz las tomó de la mano, suavemente.
—Hijas, accionen Vds. un poco...
—¿Lo mismo que después? ¿Como si ya fuese la representación?
—No tanto, no tanto! Un poco: si la escena ha de ser de pié, no se dejen Vds. ahí quietas... Y Vds., caballeros, no alcen tanto la voz; si ahora no hay público que atienda! Eso... á ese diapasón. Ya verán Vds. cómo después hay que decirles que se esfuercen, porque no les oirá ni el cuello de la camisa... Ejeemm! Háganse cargo de que ahora no deben malgastar sus fuerzas: matizar, pero bajito... Eh... chss! caballero López, ¿á quién le cuenta Vd. eso? ¿á la puerta ó á esta señorita?
Todo el mundo se rió. Gormaz en los ensayos se ponía nervioso, sudando, tosiendo de fatiga, pasándose á cada rato el pañuelo por la calva frente y por los turbios ojos. Quisiera él calentar aquellos cuerpos inertes, sutilizar aquellas mentes torpes, encender aquellas tardas y perezosas sangres con el fuego y la lumbre del entusiasmo artístico. Sólo que á la media hora de predicar, de espolear, de comunicar impulso, de serlo todo á un tiempo, galán, dama, barba y gracioso, de dar á éste el modelo de la expresión patética y al otro el de la indignación y al de acá el de la ironía y al de acullá el del desdén, su rostro se amorataba, el asma le subía en ronquidos y borborigmos á la laringe, se inyectaban sus pupilas, y, medio muerto, se dejaba caer en una butaca, diciendo: «Bruumm... Sigan Vds... sigan.» Cada cual seguía entonces yéndose por dónde le daba la gana.
Frisaba Gormaz en los sesenta; era coetáneo de Romea, pero más joven, y pertenecía á aquella falange de actores, ya casi extinguida, que amaba el arte y se preciaba de entender de letras; que se asociaba á la gloria de Hartzembusch y Zorrilla por la interpretación entusiasta de sus dramas, y que tras de cantar todo el verano, como la cigarra, ha concluído como ella, muriéndose de hambre y frío, porque la vejez del actor español es penosa cuanto alegre su vagabunda mocedad. La última etapa de Gormaz, inservible ya para las tablas, fué organizar aquella sección en el Casino de Industriales. Todo el mundo le quería bien allí, por su afable carácter y su vida arreglada y modesta, pues Gormaz no tenía nada de bohemio y sus costumbres podían pasar al través del más delgado tamiz de censura.
