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El fin del mundo fue de un verde intenso, majestuoso, como si la realidad entera se transformara en esmeralda. Daniel lo vio llegar desde la ventana del salón abrazado a Sherlock, su gato. Pensó en lo hermoso que era solo un instante antes de que la explosión le tirara la fachada encima. Luego, cuando se despertó, llegaron las medusas, el polvo, los incendios, los remolinos de lluvia... y los fantasmas.
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Seitenzahl: 438
Veröffentlichungsjahr: 2023
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A mi padre,
DE ENTRADA, EL FIN
El fin del mundo fue de un verde intenso, majestuoso, como si la realidad entera se transformara en esmeralda.
Lo vi llegar desde la ventana del salón, abrazado a Sherlock, mi gato. Recuerdo que pensé: «Qué hermoso es, qué hermoso...», solo un instante antes de que la explosión me tirara la fachada encima. Fue una experiencia inolvidable.
Aquel día fatídico, 15 de agosto del 2031 para más señas, no podía haber empezado peor. Papá estaba enfermo, con fiebre y náuseas; mamá lloraba sin parar y los noticiarios de emergencia anunciaban un ataque inminente a gran escala sobre nuestro país. Por lo visto, el enemigo y sus aliados tenían armas nuevas con las que jugar: bombas I las llamaban, bombas irradiadas. Sus efectos eran devastadores: destrozaban los campos electromagnéticos, envenenaban el aire y hacían arder la sangre en las venas, todo a un tiempo. Desde esos mismos noticiarios se instaba a la población a conservar la calma, aseguraban que nuestra red defensiva era lo bastante fuerte como para aguantar el ataque, aunque entraba dentro de lo posible que algún proyectil consiguiera atravesarla. Por eso se rogaba a la ciudadanía que acudiera al refugio más cercano en cuanto oyeran las sirenas.
Como es obvio, aquel ataque no iba a quedar sin respuesta. Nuestro país también contaba con nuevo armamento que probar: las bombas de pulso; recibían ese nombre porque al estallar emitían una pulsación que provocaba un infarto cerebral a todo ser vivo en cincuenta kilómetros a la redonda. Era una tecnología tan terrible que solo nos decidimos a usarla cuando todo se redujo a un cruel todo o nada. Y es que la guerra había alcanzado su momento álgido, el punto donde ningún conflicto bélico había llegado hasta entonces: varias naciones con poder suficiente para devastar el mundo pretendían borrar de la faz de la Tierra a sus adversarios, y si para conseguirlo tenían que sacrificar parte del planeta, que así fuera.
Nosotros, los civiles, llevábamos meses viviendo con un nudo permanente en la garganta. Era raro el día en que no escucháramos las alarmas antiaéreas, era raro el día en que no tuviéramos que bajar a los refugios antes de que las sombras de los aviones se nos echaran encima como aves de presa siniestras. Las horas que pasábamos apretujados en aquel lugar se hacían eternas. El búnker subterráneo olía a sudor y miedo, a desesperación. Allí abajo, uno se sentía enterrado en vida.
Aquel 15 de agosto, las sirenas comenzaron a sonar a las cinco y cuarto de la tarde. Los misiles venían a por nosotros. Mis padres querían salir de casa cuanto antes. Papá estaba pálido y sudoroso, casi parecía un fantasma. Yo insistía en llevarnos a Sherlock; no quería dejarlo atrás, no esta vez. Me había pasado el día intentando meterlo en el transportín, pero lo único que había conseguido eran varios arañazos. El muy idiota tenía demasiado miedo y yo estaba histérico porque tenía más miedo que él. Llegaban las bombas y lo único en que podía pensar era en mi gato.
Había encontrado a Sherlock en un callejón dos años antes, rodeado de gatitos muertos, sus hermanos de camada. Por lo visto, su madre se había olvidado de ellos nada más dar a luz y se había ido con la música a otra parte. Sherlock fue el único que sobrevivió. Y se aferró a la vida con fuerza, vaya que sí. El muy canalla no quería morirse: piaba (porque aquello no era maullar), de forma exagerada, exigiendo atención, alimento y cuidado inmediato, y lo hacía con tal ardor que lo escuché sin problemas al pasar frente al callejón. Allí lo encontré, un pedacito de vida entre cadáveres, con unos pulmones demasiado pequeños para el ruido que metía.
Lo envolví en mi jersey y me lo llevé a casa. Le di biberón durante días, una toma cada tres horas, y lo ayudé a hacer sus necesidades frotando sus partes con una gasa de algodón. No pensé que fuera a sobrevivir. Era muy poca cosa, una criatura frágil y despeinada, con los ojos cerrados y más aspecto de rata que de gato. Pero salió adelante. Contra todo pronóstico, Sherlock vivió para convertirse en un hermoso gato común blanco y negro, con un círculo perfecto de pelaje oscuro alrededor del ojo derecho que le daba aspecto de contemplar el mundo a través de una lupa (de ahí su nombre).
Las sirenas seguían con su aullido demencial. Desistí de meter a Sherlock en el transportín cuando mis padres amenazaron con sacarme de casa a rastras. Mamá estaba al borde de un ataque de nervios; papá, cada vez más débil. En cuanto salí por la puerta sentí un dolor intenso en el pecho, una arcada vital que me humedeció los ojos y me dejó sin aliento. Vivíamos en el octavo y, siguiendo los consejos de los cursillos de evacuación, evitamos los ascensores y bajamos por las escaleras a toda la velocidad que nos permitían las piernas, que no era mucha debido al estado de papá.
El resto de vecinos del bloque se habían marchado ya, muchos ni siquiera se habían molestado en cerrar las puertas de sus viviendas. El día era gris y presagiaba tormenta, las nubes tenían pinta de sudario, de tapa de ataúd, de muerte al acecho; aquel cielo no era un cielo de agosto, era un cielo salido del profundo invierno.
Las calles eran un hervidero de gente a la carrera. Vi escaparates rotos y coches volcados, vi peleas y a un niño perdido que no paraba de llorar y llamar a su madre. Pero lo que más me impactó fue el cadáver de un hombre tirado en mitad de la acera, aferrado todavía a una maleta negra que parecía llena hasta los topes. Fue ese cuerpo lo que me hizo comprender que no había vuelta atrás, que lo que iba a suceder era definitivo.
El refugio no estaba lejos, quedaba a menos de cinco minutos de mi casa, junto a uno de los grandes parques de la ciudad. Había un gentío considerable intentando entrar, más que de costumbre. En otras ocasiones, a la entrada del refugio se disponía una pequeña barrera con soldados al cargo, pero ahora nadie controlaba el acceso. Era un sálvese quien pueda. El miedo se respiraba en el aire, casi se podía masticar. El tétrico sonido de las sirenas antiaéreas resultaba desquiciante.
«Vais a morir. Vais a morir todos», parecían decir.
Perdí de vista a mis padres entre la riada de gente ansiosa por encontrar refugio. Intenté acelerar el paso y, justo entonces, choqué contra la espalda de un hombre que se me cruzó en el camino. Giré a medias en un intento de conservar el equilibrio y, al hacerlo, quedé frente a frente con una chiquilla pelirroja que llevaba una gata blanca contra el pecho. Ver a ese animal fue superior a mis fuerzas. Me di la vuelta, desesperado, y descubrí a mis padres un poco más adelante. Mamá me miraba agitada mientras sostenía a mi padre. Le hice un gesto para que continuaran y en ese gesto iba implícita la mentira de que yo los seguiría. En cuanto mi madre apartó la mirada, eché a correr en sentido opuesto a la muchedumbre, abriéndome paso a golpes y empujones. Volvía a casa. Era mi gato, ¿vale? Se llamaba Sherlock y le había dado el biberón cuando era pequeño. Me negaba a dejarlo allí, muerto de miedo.
En cuanto me alejé del refugio, me di cuenta de que la ciudad se había quedado vacía. Las calles que pisaba no parecían las mismas que unos minutos antes. Hasta el aire era diferente. Había algo espectral en aquel abandono. El aullido de las sirenas era terrible, demoledor. Tenía ganas de gritar fuerte para tapar aquel sonido espantoso con mi voz.
Subí las escaleras del edificio de tres en tres. Tuve un acceso de pánico en el séptimo piso. ¿Qué estaba haciendo? ¿Me había vuelto loco? Sacudí la cabeza y busqué las llaves de casa mientras salvaba el último tramo de peldaños.
Abrí la puerta y entré atropellado. Sherlock, que siempre venía a mi encuentro cuando volvía a casa, no lo hizo esta vez, aunque lo escuché maullar desde el salón.
Fui en su busca. Las sirenas lo aterrorizaban; en cuanto las oía, se metía tras el sofá, en su refugio particular. El gato no iba a salir mientras la alarma continuara, así que la única alternativa que me quedaba era tirar del sofá y cogerlo a las bravas. Me disponía a hacerlo cuando se hizo el silencio, de un modo tan brusco que fue como si acabara de quedarme sordo. El mundo entró en pausa, y yo con él.
Hice lo posible por tranquilizarme. Cuanto más nervioso me pusiera, más nervioso estaría el gato. Fui a la cocina y cogí el último cartón de leche que quedaba en la nevera. Llené a rebosar su escudilla, la llevé al salón y la coloqué junto al sofá. Me senté a esperar.
Aguardé rodeado de aquella quietud lúgubre. Tenía miedo y unas ganas tremendas de llorar. Lo único que quería era salvar a mi gato. Salvarlo era más importante que salvarme yo. Llamé de nuevo a Sherlock, con la voz quebrada, a punto de perder la esperanza. Un segundo después, un hocico rosado asomó reticente entre la pared y el sofá. Se oyó un maullido que casi era una pregunta.
–Todo está bien, bicho –le mentí mientras le tendía la mano–. Todo va bien y yo no tengo miedo y no hay bombas a punto de caernos encima. ¿Te apetece que vayamos a dar una vuelta? He encontrado una gata que se muere por conocerte. ¿Te vienes?
El gato salió de su refugió, ignoró la leche y vino directo hacia mí, maullando sin parar. Creo que en cierto modo estaba tan preocupado por mí como yo lo estaba por él. Dio un cabezazo contra mi muslo, saltó a mi regazo y se puso a ronronear mientras me miraba con sus enormes ojos verdes. Sherlock no era un gato que se dejara coger: en cuanto lo intentabas, se revolvía como un demonio. Pero cuando aquella vez lo tomé en brazos, no intentó escapar: se quedó quieto, a la expectativa.
Fue en ese momento cuando me di cuenta de que el silencio ya no era tal: se escuchaba un zumbido creciente, un zumbido de insecto si hubiera insectos del tamaño de aviones. Me levanté despacio con Sherlock en brazos, encarado hacia la ventana del salón. Desde allí tenía una vista espléndida de la ciudad. La huella de la guerra se veía por todas partes, había fachadas calcinadas y escombreras por doquier. Los edificios se extendían ante mis ojos formando un mosaico sucio y deshecho.
Nada se movía. Todo estaba en calma. Todo a excepción de ese zumbido que ganaba en intensidad a cada segundo que pasaba. De repente se le unió otro. Y un tercero. Llegaban los misiles. Las nubes aceleraron en las alturas, como si quisieran escapar de lo que se avecinaba. Pero no había escapatoria posible. Ni lugar donde esconderse.
El zumbido se convirtió en un verdadero rugir cuando llegó el primer misil. Era enorme, de un color gris reluciente. Vino desde el norte, dejando una estela blanquecina a su paso. Lo vi perderse entre los edificios, incongruente y monstruoso como solo lo definitivo puede serlo. La ciudad tembló cuando se produjo el impacto y yo estreché con más fuerza a Sherlock contra mi pecho.
Durante un instante no pasó nada. Luego, tras la línea de edificios brotó un hongo de humo blanco con su cumbre rodeada de luz difusa, una luz blanquecina que poco a poco se fue volviendo esmeralda. El aire alrededor se llenó de relámpagos, de energía a un instante de desencadenarse. Y entonces llegó la segunda explosión y el mundo entero se tiñó de verde. Las casas, las nubes, el sol, mi reflejo en el cristal, los nuevos proyectiles que ya llegaban... Todo era verde.
Los edificios tras los que había caído el misil se derrumbaron, en silencio, despacio. Las ruinas del primero en venirse abajo todavía no habían tocado el suelo cuando aquella ola de energía se nos echó encima. La fachada del salón cayó sobre Sherlock y sobre mí y nos mató a los dos. El gato que no quería morir murió en mis brazos.
Me llamo Daniel y tengo dieciséis años. Hace más de un siglo que tengo dieciséis años. Morí, como tantos otros, el 15 de agosto del 2031, el mismo día en que llegó a su fin el viejo mundo y comenzó el nuevo. Esta es mi historia, la historia de la ciudad muerta; la historia de Raquel y Beltrán; la historia del rey Cráneo y del fantasma esmeralda, de Emma, de la vuelta del hombre y de cómo morí por segunda vez.
Bienvenidos.
PRIMERA PARTE
LA DERIVA
Morir es desconcertante. Al trauma que supone el final de la existencia hay que unirle el del comienzo del tránsito; así se llama el periodo de tiempo que transcurre entre el momento en que uno muere y el instante en que su alma, su esencia, su energía interna o como se te antoje llamarlo se extingue, evapora, sigue su camino más allá del velo o lo que quiera que pase después. Por norma general, el tránsito suele ser rápido, casi instantáneo, pero a veces no llega a completarse y el alma queda a la deriva. Es entonces cuando surgen los fantasmas; son, somos entidades condenadas a permanecer en el mundo de los vivos aunque ya no pertenezcamos a él.
Los segundos posteriores a mi muerte fueron caos puro. El mundo se convirtió en un borrón de oscuridad, de estruendos y llamaradas. Sentí un calor intenso, infernal, como si alguien vertiera acero hirviendo dentro de mis huesos. Un dolor inimaginable me retorció por dentro y por fuera. Así comenzó la que debía ser mi despedida de este plano: mi alma se desgajó de mi cadáver y entró en tránsito.
Una rasgadura blanca se abrió de un lado a otro del salón; luego, esa brecha se dividió en dos y sus ramales en tres al tiempo que aparecían nuevas grietas. Pronto una telaraña vibrante lo cubrió todo, como si la realidad fuera de cristal y alguien le hubiera sacudido un buen puñetazo. Intuí sombras al otro lado de las grietas y, aunque no pude distinguir de qué se trataba, algo en su forma me resultó familiar. Cuando parecía que la red de rasgaduras iba a venirse abajo para revelar qué había al otro lado, la realidad se recompuso, la telaraña desapareció y el mundo se rearmó otra vez ante mis ojos. Pero ni el mundo ni yo éramos los mismos.
Por un segundo llegué a pensar que había sobrevivido a la explosión y al derrumbe. No tardé en darme cuenta del error. A mis pies yacía mi cadáver. No había mucho que ver. Lo único que asomaba entre los escombros era parte de mi brazo derecho. Fui a cubrirme la boca para sofocar un gemido y no sentí el tacto de mi rostro. Solo un leve crepitar, una especie de burbujeo casi eléctrico. Era tan sólido como un brazo de niebla, tan real como un sueño el segundo antes de olvidarlo. Entonces comprendí lo que había sucedido: me había convertido en fantasma.
Trastabillé entre las ruinas, más allá del asombro. Un espíritu, un espectro... Eso era. Contemplé las palmas de mis manos y comprobé que podía ver a través de ellas. Caí de rodillas. Fui consciente del suelo bajo mi cuerpo, sentí su firmeza, su solidez, pero de manera lejana, como si mis terminaciones nerviosas estuvieran adormiladas. Quise llorar, pero no pude. No tenía lágrimas. Ni sangre. Ni venas por las que esta pudiera circular. Ni siquiera respiraba. Era una parodia de la vida, una caricatura de lo que había sido.
Estuve cerca de perder la razón. A muchos fantasmas les pasa: no soportan la tensión que implica morir y sus mentes colapsan. Se transforman entonces en criaturas desquiciadas, en verdaderos monstruos. Son la clase de espectros que encantan los lugares donde han fallecido o que se dedican a acechar a los vivos. Quién sabe, tal vez ese habría sido mi destino. Pero entonces escuché un maullido.
Era Sherlock. Era él: mi gato.
Se oía lejos, a una distancia que estaba más allá de la medida. Presté atención, asombrado. El maullido se repitió y esta vez, por paradójico que suene, lo escuché lejos y cerca a un tiempo. De repente sentí una presión mínima contra mi muslo, un contacto suave que de tan liviano parecía no existir. Tuve la impresión de que el gato me rondaba. Me senté en el suelo y Sherlock buscó en el acto acomodo sobre mis piernas. No podía verlo, pero estaba allí, enroscado en mi regazo. Ronroneaba.
Cerré los ojos y me centré en ese sonido, en ese oleaje mullido que iba y venía. Sherlock estaba conmigo y su sola presencia bastó para tranquilizarme. Intenté acariciarlo, sin esperanzas de conseguir nada, y aunque no noté la suavidad de su pelaje con la intensidad de costumbre, logré intuirla. El ronroneo aumentó de nivel.
Poco a poco, varios pensamientos coherentes se abrieron paso por el delirio de sinsentidos de mi cabeza. Había muerto, pero de alguna forma, de algún modo, continuaba existiendo. Sin dejar de acariciar a Sherlock, presté atención por primera vez al mundo que me rodeaba.
El edificio continuaba en pie, aunque la onda expansiva de la explosión se había llevado toda la fachada por delante. El viento soplaba enloquecido y los relámpagos verdes copaban todavía el cielo. Llovía, era una lluvia intensa y rápida, formada de goterones enormes que dejaban un rastro de humo al caer. Resultaba imposible discernir si era de día o de noche. Las tinieblas habían doblegado el mundo, todo eran sombras, nubes negras, lluvia y relámpagos. De cuando en cuando se oían derrumbes. Los edificios continuaban cayendo allí fuera y su desplome sonaba como el reverberar de una bestia tremenda, de un coloso que masticara peñascos.
Y de pronto, en mitad de la tormenta, apareció una medusa.
Llegó volando. Era bulbosa, del tamaño de mi cabeza, y parecía hecha de resplandores y destellos. Se impulsaba en el aire con los tentáculos que emergían de su cuerpo. Giró y danzó ante la fachada destrozada y, con un movimiento fluido, entró a lo que quedaba de salón. Allí prosiguió con su baile.
Yo la miraba pasmado, preguntándome qué sería aquello. La medusa se aproximó a mí, se detuvo a un metro de distancia y luego salió disparada de regreso a la oscuridad y la lluvia. Acto seguido volvió a aparecer y se me acercó otra vez, para alejarse después. Quería que la siguiera. Tal vez, me dije, así funcionaban las cosas: tal vez al morir no venía a recogerte un esqueleto con guadaña, sino aquella criatura espectral. Aun así, me costaba decidirme. La medusa repitió por tercera vez la maniobra de acercarse y alejarse, pero en esta ocasión no volvió a aparecer. Sentí una punzada de temor: ¿y si había perdido mi oportunidad?
Aguardé unos minutos por si regresaba, pero no lo hizo. Me incorporé despacio, provocando que Sherlock saltara de mi regazo, y me acerqué hasta el punto donde la fachada y el suelo se habían venido abajo. Me asomé afuera y la ciudad se desplegó otra vez ante mí. Tuve un acceso de vértigo que no tenía nada que ver con la altura. Los misiles se habían llevado por delante la mitad de los edificios, y la otra mitad apenas se mantenía en pie.
La ciudad, como yo, ya no era la misma: las bombas la habían cambiado.
Entre las ruinas se distinguían altas fumarolas de humo oscuro y el brillo de varios incendios. Todo era devastación. Atónito, paseé los ojos por aquel paisaje. Mientras miraba, un edificio cercano se vino abajo, envuelto en una nube de polvo y remolinos de lluvia. No tenía corazón que se me encogiera en el pecho, pero noté algo similar, una sensación de vacío repentino, de angustia más allá de la angustia. Aquella ciudad había sido mi hogar y ahora era poco más que una montonera de ruinas.
A través del cortinaje de lluvia, vislumbré un movimiento rápido en la distancia. Al principio los tomé por relámpagos, pero no era así: eran fantasmas. Un grupo de ellos, cerca de una veintena, sobrevolaban los edificios arruinados en dirección este. Me los quedé mirando, perplejo otra vez. Parecían proyectiles forjados en humo, retales de nube que por capricho del azar habían adoptado forma humana. Distinguí más espectros volando por toda la ciudad, algunos en solitario, otros en grupo. Varios pasaron cerca de mi edificio. Eran siete, marchaban a baja altura y no volaban solos: los guiaba una medusa idéntica a la que acababa de visitarme. Mi sospecha de que esos seres eran una especie de pastores de espectros ganó enteros al ver aquello.
Me asomé todavía más al vacío. Esos fantasmas volaban. ¿Podría hacerlo yo?, me pregunté. Mis pies continuaban pegados al piso, seguía sintiendo esa vibración mínima, adormilada, como el rescoldo de un calambre. Di un paso al frente para salir del resguardo del edificio y quedé suspendido a ocho pisos de altura. Por un momento me pudo el vértigo, perdí el equilibrio y caí, pero no durante mucho tiempo. Conseguí frenarme a la altura de la quinta planta. Di media vuelta y, con el impulso del giro, me desplacé metro y medio. Podía moverme así, como si estuviera nadando. Me propulsé hacia arriba y salí disparado más allá de las azoteas. Descendí en picado, me estabilicé y ascendí otra vez, envuelto en la tormenta.
¡Volaba!
Me detuve bajo el manto de nubes que cubría el cielo. Por primera vez me di cuenta de la cantidad de fantasmas que abarrotaban la ciudad. Unos pocos parecían volar sin rumbo, pero la gran mayoría se dirigía hacia el este; allí se estaba produciendo una gran aglomeración de espectros. Había cientos. Miles. Adoptaban la apariencia de un torbellino vivo sobre lo que quedaba de las edificaciones, un rebullir inquieto de siluetas. Al ver tal número de fantasmas me pregunté si no habría quedado nadie vivo en toda la ciudad. ¿Y los refugios? ¿Acaso no habían servido de nada? Y llegó la pregunta inevitable: ¿Habrían sobrevivido mis padres?
Dispuesto a averiguarlo, volé en dirección al búnker donde se habían refugiado. Descendí hasta marchar casi a ras de suelo. Todo relucía con un resplandor espectral, una luz casi líquida que otorgaba al paisaje un toque submarino, como si nos encontráramos a mucha profundidad bajo el mar. Enfilé la avenida que conducía al parque del refugio. Había atravesado aquella misma calle unas horas atrás, antes de que la locura se desencadenara, pero ni siquiera parecía ya la misma calle. La destrucción había cambiado el paisaje por completo. Parecía otro mundo. Y, de hecho, lo era. El mundo de los muertos. Las fachadas estaban ennegrecidas, dos edificios habían caído y se habían convertido en montoneras de escombros.
Comprendí que mis padres habían muerto en cuanto vi el gran número de espectros que se aglomeraban a las puertas del refugio, con expresiones que iban del horror al desconcierto. Varios atravesaron los portones, espantados por el nuevo mundo que se abría a sus ojos. Una medusa los aguardaba allí, haciendo cabriolas en el aire para llamar su atención. Me detuve en seco. No había esperanza. Toda la ciudad había muerto. La destrucción era total, absoluta. Por unos instantes estuve tentado de acercarme al refugio, pero la idea de encontrarme con mis padres convertidos en fantasmas me resultó abrumadora. Di la espalda al lugar y me alejé, abatido. No pisaba el suelo, me deslizaba por el aire, con los pies a solo unos centímetros del pavimento.
La calle estaba desierta, nada se movía. Había cadáveres en las aceras, muchos cadáveres. El fantasma de una mujer me salió al paso, aullando desesperada. Tenía los ojos abiertos como platos y sacudía los brazos sobre su cabeza como si intentara espantar cosas que solo ella pudiera ver. La seguí con la mirada hasta que atravesó la pared de uno de los pocos edificios que seguían en pie en aquella zona. Continué mi camino, deslizándome en el aire. Estaba muerto, pero al menos no estaba loco. De momento.
Al doblar la esquina siguiente me topé con otro fantasma. Era el espectro de una chica de unos catorce años. Estaba sentada en mitad de la carretera, con las piernas cruzadas y una expresión parecida a la de la mujer que acababa de encontrarme. No dejaba de mecerse hacia delante y hacia atrás. Su pelo, largo y negro, caía alrededor de su rostro como un cortinaje lacio. Vestía una blusa de color amarillo chillón con un estampado de soles y abejas sonrientes, una prenda horripilante que no pegaba nada con la falda roja que llevaba. Toda su vestimenta era un atentado contra el buen gusto. Le faltaba un zapato, el izquierdo, y el calcetín al descubierto tenía un agujero enorme en el talón. Estaba sentada junto a un cadáver tendido bocarriba, con los brazos extendidos en el suelo como si alguien lo hubiera crucificado en el pavimento. Era ella misma. No se veía ninguna herida; simplemente estaba allí, muerta. Me percaté de que al cuerpo también le faltaba el zapato izquierdo. No sé qué fue lo que me motivó a descender hasta ella.
–Esto no está pasando, no puede estar pasando –decía con voz trémula, desgastada, como si llevara horas repitiendo lo mismo–. Es un sueño, una pesadilla... Tiene que serlo. ¡¿Cómo va a ser verdad?!
Me acerqué todavía más. Supongo que quería consolarla; era poco probable que un gato invisible hiciera por ella lo que Sherlock había hecho por mí. Dio un respingo cuando notó mi presencia y me miró, sobresaltada.
–Hola –la saludé. Intenté sonreír, pero creo que me salió una mueca–. Perdona, no quería asustarte.
–Es un sueño –me comunicó muy segura de sí misma. Al parecer había tomado la decisión de que nada de lo que estaba sucediendo era real. Una manera como cualquier otra de afrontar los acontecimientos. Mucho más sana, a mi entender, que ir por ahí pegando alaridos–. No sé si debería hablar contigo. No eres real, ¿sabes? Cuando despierte, dejarás de existir.
–Pues me siento real –dije–. Bueno, no es cierto del todo. Me siento real, pero de otra manera.
Me acuclillé ante ella. Nuestros rostros quedaron casi a la misma altura, separados por su cadáver. Era guapa, a pesar del peinado desastroso que llevaba, la ropa horrible y la tristeza de sus ojos. Eran enormes, de un marrón claro nada común.
–Soy Daniel –me presenté–. ¿Tú cómo te llamas?
Me miró con el ceño fruncido y mordiéndose el labio inferior. Parecía sopesar si contestarme o no, como si hablar conmigo pudiera poner en tela de juicio su teoría de que todo era un sueño.
–Me llamo Emma, Emma García Laureano. Y estoy soñando –recalcó ese punto con energía. Comprendí que no sería buena idea contradecirla.
–Sí, lo sé. Oye, ¿te importaría soñarme un poco más alto? –le pregunté mientras me incorporaba–. Siempre he tenido complejo de bajito.
–Puedo intentarlo –accedió. Parecía más tranquila, al menos había dejado de mecerse–, pero no prometo nada. No es de esos sueños en los que puedes hacer lo que te dé la gana, ¿sabes? Es un sueño muy raro. Llevo un buen rato intentando despertar y no puedo.
Un movimiento rápido entrevisto por el rabillo del ojo me hizo alzar la vista. Allí arriba bailaba otra medusa: esta era de un color azul brillante, un poco más grande que la primera que había visto; las hilachas que le hacían de tentáculos se movían despacio en el aire.
–Es la tercera que viene, no me dejan en paz –afirmó Emma–. ¿Sabes qué son?
–No tengo ni idea, pero tiene pinta de querer que la sigamos. Mientras venía hacia aquí he visto un montón de fantasmas yendo tras una de ellas. Tal vez debiéramos hacer lo mismo.
–Fantasmas –murmuró la chica. Bajó la vista hacia su cadáver al tiempo que apretaba los puños con fuerza–. Eso somos, ¿verdad? Fantasmas.
–Me temo que sí.
Guardó silencio. Pensé que se estaba enfrentando a la realidad, pero no era así.
–Qué sueño más raro –repitió al cabo de un momento–. Mi amiga Sonia dice que no puedes soñar que te mueres porque, justo antes de morirte, vas y te despiertas. Pero a mí no me ha pasado eso. –Señaló en dirección al cadáver con un golpe leve de barbilla–. Me separé de mi padre cuando íbamos al refugio y de pronto todo se volvió verde. Sentí que ardía por dentro, que me quemaba. Vaya mal rato... –Alzó la vista para mirarme–. ¿Sabes que puedo ver a través de ti? –preguntó–. Eres transparente.
–Tú también. –La medusa seguía con su ir y venir, invitándonos a seguirla. Temí que fuera a perder la paciencia y marcharse, como la otra–. Emma, oye: creo que deberíamos ir con ella. Tenemos que enterarnos de qué va este sueño, ¿no te parece?
–Yo... –Miró a la medusa, dubitativa, y luego fijo la vista otra vez en su cadáver–. ¿Estará bien? –me preguntó muy seria–. Mi cuerpo, digo. ¿Estará bien si lo dejo aquí tirado? Nadie se lo llevará ni nada, ¿verdad?
–No creo, ¿para qué lo querrían? –contesté–. Además, recuerda que es solo un sueño.
–Ya lo sé, ya lo sé... Pero es que no quiero perderlo; a lo mejor lo necesito para despertarme.
–Quédate si quieres. Luego vuelvo y te cuento qué ha pasado con la medusa.
–¡No! –se apresuró a exclamar. La idea de quedarse sola otra vez no parecía hacerle gracia–. Iré contigo, pero luego me acompañarás otra vez aquí, ¿de acuerdo?
Se lo prometí y ella sonrió, satisfecha. En cierto modo tuve la impresión de estar recogiendo otro gato de la calle. Emma, además, tenía cierto aspecto felino; tal vez fueran sus ojos, o su forma de moverse, o la manera en que sobresalían sus orejas entre el caos disparatado de su pelo.
Le costó poco dominar los rudimentos del vuelo. Es sencillo aprenderlos cuando apenas pesas más que el viento. Volamos por las calles en ruinas detrás de la medusa, que de cuando en cuando giraba sobre sí misma, como si quisiera comprobar que no la perdíamos. Emma y yo avanzábamos deprisa, el uno junto al otro, sin hablar, impresionados por la devastación que nos rodeaba.
A medida que nos adentrábamos en la ciudad, la presencia de fantasmas era cada vez mayor. La medusa nos condujo hasta un grupo que volaba hacia el este, encabezado por otra de sus congéneres. Una vez nos unimos a ellos, nuestra guía cambió de rumbo y desapareció tras lo que quedaba de una hilera de edificios, en busca, supuse, de más espectros a los que escoltar. En los rostros de los fantasmas que nos acompañaban se veía ansiedad y confusión. Y miedo. Todos acabábamos de vivir una experiencia extrema, y se notaba. Muchos no paraban de balbucear, otros miraban horrorizados a un lado y otro, como si no reconocieran el mundo que los rodeaba o esperaran un ataque inminente. Muy pocos hablaban.
–Ay, Dios; ay, Dios; ay, Dios; ay, Dios; ay, que nos hemos muerto; ay, que nos han matado... –decía una anciana que volaba a nuestro lado. Nos miró, sacudió la cabeza con pesadumbre y cambió de cantinela–: Tan jóvenes, ay, tan jóvenes... Nadie debería morirse tan joven.
Emma y yo nos alejamos de ella con mucha rapidez y poca discreción.
Tardé poco en darme cuenta de hacia dónde nos conducía la nueva medusa: al estadio de fútbol de la ciudad. Estaba muy cerca de un polígono industrial, en medio de una zona inmensa de aparcamientos que se quedaba pequeña los días de partido. La guerra y las bombas habían respetado el lugar y permanecía intacto, aunque cubierto de polvo y mugre. Y a pesar de ello, el campo de fútbol temblaba como si estuviera a punto de venirse abajo; era un temblor extraño, de imagen mal sintonizada. Comprendí que no era más que un efecto óptico fruto de contemplar el estadio a través de capas y capas de fantasmas que no paraban de moverse.
De pronto escuché a mi alrededor un sinfín de exclamaciones de asombro.
–¿Qué es eso? –preguntaba alguien a voz en grito–. ¿¡Qué es eso!? ¡¿Qué diablos es eso?!
Aparté la vista del estadio para mirar en la dirección en que todos lo hacían. Los nubarrones que cubrían el sur de la ciudad se estaban abriendo y un ser gigantesco, de más de treinta metros de longitud, los atravesaba con una lentitud asombrosa. Era descomunal, un zepelín vivo de color rosa pálido, con una cabeza en forma de bala de cañón en la que se abría un único ojo triangular, tan grande que ocupaba la mitad de su rostro. Planeaba gracias a dos pares de alas que parecían de pergamino. El par principal era enorme; el secundario, situado cerca de la cola, era mucho más pequeño. La criatura era transparente y el interior de su cuerpo estaba repleto de estallidos de colores, chispazos repentinos y centelleos.
El revuelo entre los fantasmas fue considerable; hasta los que estaban en el estadio se giraron en la dirección de aquella cosa. El leviatán emitió un sonido curioso, un bramido suave, dulce, impropio de algo de tamaño semejante. Dio la impresión de que estaba cantando.
–Es... precioso... –murmuró Emma. Parecía a punto de echarse a llorar. Me miró conmocionada. No supe qué decir. Aquel monstruo me había vuelto a romper los esquemas–. No es un sueño, Daniel. Vaya mierda... No es un sueño –anunció, y rompió a reír. La risa de Emma parecía de cristal–. No tengo tanta imaginación. Esto está pasando de verdad. Estamos muertos, somos fantasmas y hay monstruos que cantan en el cielo.
La criatura desapareció entre los nubarrones con la misma majestuosidad con que había aparecido. Durante unos instantes alcanzamos a vislumbrar los resplandores de su interior a través de las nubes; luego se hizo otra vez la oscuridad.
Seguimos nuestro camino. El estadio ya estaba cerca, rodeado de un remolino de fantasmas. Los que no habían podido apiñarse en las gradas las sobrevolaban, como si hubieran colocado sobre la estructura varios anillos de asientos invisibles. Era espectacular ver tal cantidad de espectros. La ciudad tenía más de cuatrocientos mil habitantes, y daba la impresión de que la mayoría se había dado cita allí. Emma y yo nos unimos a aquel caos, volando juntos.
El espíritu de un hombre de mediana edad gritaba suspendido en las alturas:
–¡Bienvenidos, pajaritos! –decía. Las únicas prendas que llevaba eran una bata de hospital de color verde abierta por detrás y una mascarilla del mismo color–. ¡Buscad un lugar donde posaros! ¡En nada llegará la reina Domeca y os explicará la situación! ¡Tened paciencia! ¡Tened un poco de paciencia!
Emma me miró con una ceja enarcada.
–¿La reina Domeca? –preguntó–. ¿Los fantasmas tienen reina?
Me encogí de hombros. Hasta hacía unas horas ignoraba que los fantasmas existieran, así que poco podía decir sobre su sistema de gobierno. Emma y yo permanecimos indecisos unos instantes, sin saber bien qué hacer ni adónde ir. El fantasma de un joven moreno, con la cara picada de viruela, se acercó a nosotros.
–Colocaos en las gradas, muchachos –nos pidió. Llevaba un camisón que parecía hecho de esparto, y unas alpargatas tan viejas que daban la impresión de ser un par de ratas muertas. Era evidente que estaba muy al tanto de lo que pasaba–. Si os arremolináis todos sobre el campo, los de atrás no podrán ver bien a la reina cuando llegue.
–Pero ¿qué pasa? –quise saber–. ¿Por qué nos habéis traído aquí?
–¿Nos vais a llevar a algún sitio? –preguntó una mujer. Miró al chico, ansiosa–. ¿Al Cielo?
–La reina os lo explicará todo, no os preocupéis –contestó con una sonrisa. Tenía los dientes ennegrecidos y le faltaba más de una pieza–. Por eso os hemos traído aquí. Domeca quiere hablaros. –Señaló hacia otra zona del campo con la cabeza–. Perdonadme, pero tengo que irme. Hay que seguir organizando esto. –Justo cuando se marchaba, se giró de nuevo hacia nosotros–. Oíd, siento mucho lo que ha pasado, pero estad tranquilos, ¿vale? –nos dijo–. Lo peor ya ha pasado. Estáis aquí y estáis bien. Quedaos con eso.
–¿Estamos bien? –pregunté yo, asombrado–. Pero ¿qué dices, tío? ¡Estamos muertos!
–Bueno, sí, es una manera de verlo... –Y se alejó cruzando el aire, aunque aún tuvo tiempo de gritarnos–: ¡Sobre el graderío! ¡Volad sobre el graderío!
Le obedecimos. Emma y yo nos dirigimos a la grada más próxima, con intención de situarnos allí. De camino distinguí a varios fantasmas muy peculiares sobrevolando el terreno de juego. Sus vestimentas no tenían nada que ver con las nuestras; los de la mayoría eran rústicas, anticuadas. Vi a una mujer ataviada con una saya marrón claro, con cintas escarlata a la cintura; otra, entrada en carnes, llevaba puesto un hábito de monja; un hombre enorme volaba de aquí para allá sin que pareciera incomodarle la armadura imponente en la que estaba metido. Eran muertos antiguos, espectros de otras épocas, comprendí... Se aproximaban a los nuevos fantasmas cada vez que alguno se adentraba en el terreno de juego y lo invitaban amablemente a salir de allí, como habían hecho antes con nosotros.
La tormenta arreciaba y los relámpagos parecían querer derribar los cielos. A medida que pasaba el tiempo, la impaciencia en las gradas fue en aumento. La multitud ya no guardaba silencio: hablaban unos con otros, unos murmurando, otros a voces, a gritos... Un hombre de gran papada exigía explicaciones mientras gesticulaba con violencia. El mismo chico que nos había pedido que fuéramos a la zona de gradas le rogó que se calmara: la reina Domeca, le aseguró, estaba a punto de aparecer y explicarlo todo. Una niña lloraba sin cesar mientras un hombre intentaba consolarla. Junto a nosotros, dos mujeres discutían sobre lo que estaba sucediendo. Una decía que Dios nos había castigado por nuestros pecados y que ahora los ángeles bajarían de los cielos para juzgarnos a todos; la otra le replicaba diciendo que eso eran necedades, que lo que había sucedido no tenía que ver con dios alguno sino con el hombre.
Y por fin llegó la reina.
Domeca vino desde el norte. Apareció entre el humo que surgía del incendio que consumía aquella parte de la ciudad. A simple vista, no resultaba demasiado impresionante: era bajita y tan delgada que parecía a punto de desaparecer dentro de su ajado vestido negro. Su nariz aguileña resaltaba como una flecha clavada en una cara repleta de arrugas.
Su llegada trajo de inmediato el silencio a las gradas. Todos fuimos conscientes de que, a pesar de las apariencias, estábamos ante un personaje importante. No iba sola: la acompañaban otros dos fantasmas; uno era un hombrecillo vestido de negro que llevaba un bombín, pantalones de pana y chaqué, y que miraba a su alrededor con el rostro desencajado, como si la situación lo sobrepasara. Tenía aspecto de médico y un bigote castaño diminuto. Su otro acompañante era un hombre inmenso que vestía un elegante traje negro; calvo y con los ojos de un azul deslumbrante, llevaba un cinturón del que colgaba una espada sin vaina. Y la espada estaba en llamas. Los tres pasaron muy cerca de donde estábamos, de camino al centro del terreno de juego.
–Son demasiados –escuchamos murmurar al hombrecillo del bombín–. ¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible? No debería haber tantos...
Los tres alcanzaron el centro del estadio. Quedaron allí, suspendidos a más de diez metros de altura. La anciana Domeca paseó la mirada por la multitud que atestaba las gradas. El hombre del bombín miraba a izquierda y derecha, como un pájaro asustado, mientras el sujeto de la espada permanecía inmóvil, con la mano apoyada en la empuñadura del arma y una expresión de autoridad tremenda.
La reina Domeca comenzó a hablar:
–¡Bienvenidos! –Su voz resonó igual que un trueno. No le hacía falta gritar para que sus palabras llegaran hasta el último de nosotros–. Bienvenidos, hermanos, bienvenidos todos –repitió–. Es un día aciago este, un día que no creí que mis ojos fueran a contemplar jamás. Tanta muerte, tanta destrucción... –Sacudió la cabeza, compungida–. Estáis muertos; supongo que a estas alturas serán pocos los que ignoren ese hecho. Sí, todos los aquí presentes estáis muertos: vuestros corazones han dado su último latido y vuestros pulmones exhalado el último aliento... Estáis tan muertos como yo. Oh, sí, sé que es difícil de creer aquí dónde me veis, tan guapa y lozana, pero llevo muerta más de ochocientos años. Quién lo iba a decir, ¿verdad?
»Morí aquí, en esta ciudad, que por aquel entonces no era más que tres casuchas en lo alto de una colina. Morí de fiebres, las mismas que acabaron con mi marido y mis dos hijos. Pero no los busquéis, porque no los vais a encontrar: ellos murieron la muerte verdadera. Cuando les llegó la hora, sus almas siguieron su camino más allá del velo, no como las nuestras... Las nuestras quedaron atrapadas aquí, a la deriva. –Hizo un gesto extraño, un movimiento tosco de cabeza en dirección hacia nada en concreto–. Algunos ven en esto una condena, una maldición. Quiero que sepáis una cosa: no lo es.
»No, no lo es en absoluto. La deriva es una segunda oportunidad, una segunda vida más allá de la vida. Es necesario que tengáis eso claro, que lo tengáis muy claro. Os hemos convocado aquí porque sabemos lo fácil que es ceder al desaliento. No dejéis que vuestra muerte os derrote, no dejéis que os lastre, por favor... No cedáis a la tristeza ni a la rabia o estaréis perdidos.
»Esto no es un final. Es el principio, un principio deslumbrante, lleno de posibilidades. Aunque ahora mismo os parezca imposible, todavía os quedan muchas maravillas que contemplar, aún os queda mucho, muchísimo, por vivir. Sí, me habéis oído bien: ¡vivir!
De nuevo se escucharon interjecciones de sorpresa y asombro. Algo surgía entre las nubes sobre el estadio. La oscuridad dejaba paso a una nueva criatura que descendía de los cielos arropada por los relámpagos, un ser parecido al que acabábamos de ver. Era de color pizarra y superaba con creces el tamaño del primero. Montado en su lomo iba un nuevo fantasma: una mujer pelirroja con un soberbio vestido de noche de color negro y dorado. A su alrededor orbitaban las medusas que nos habían conducido hasta allí. Había cientos de ellas. Parecían perlas relucientes diseminadas en lo alto.
La reina Domeca abrió los brazos al tiempo que la criatura bramaba sobre la ciudad arruinada.
–¡No es el final! –Su voz impresionante rompió contra el estadio, contra las gradas repletas de fantasmas–. ¡No es el final! ¡Porque es ahora cuando empieza! ¡Es ahora cuando arranca!
Miré alrededor. Todos los fantasmas contemplaban a la reina espectro con expresiones que iban del asombro al éxtasis. Vi esperanza en sus rostros, vi expectación y alegría; vi, por paradójico que suene, ganas de vivir. Junto a mí, Emma sonreía como una niña deslumbrada por un truco de magia asombroso.
–¡Aparcad la tristeza, hermanos, y celebrad la muerte que no es muerte! –gritaba la reina–. ¡Celebrad esta vida tras la vida! ¡Celebrad la deriva!
Me esforcé por integrarme en aquella ceremonia, en aquel grito de euforia dado tras la muerte. Intenté contagiarme del entusiasmo que recorría el graderío. No lo conseguí.
Solo sentí vacío. Estaba muerto, y ni aquel espectro ni aquella bestia colosal iban a cambiar eso.
UN SIGLO DESPUÉS
Los fantasmas no necesitamos dormir; lo que hacemos es entrar en trance, en una suerte de meditación profunda que nos desconecta del mundo y de la realidad. Cerramos los ojos y nos dejamos ir. A veces nos perdemos en nuestros recuerdos, en lo que fue, y nos dedicamos a revivir episodios de los tiempos en que estuvimos vivos. En otras ocasiones, simplemente soñamos. Esa solía ser mi vía de escape habitual. En mis sueños era un héroe capaz de llevar a cabo hazañas prodigiosas; en mis sueños podía ser un espadachín fabuloso, un ladrón de guante blanco, un atleta perfecto, todo lo que se me antojara... En mis sueños siempre estaba vivo.
Pero había veces en que ni los sueños ni los recuerdos bastaban. Entonces me limitaba a no existir, a no pensar... A no ser. El vacío puede resultar muy consolador.
Llevaba días sumido en una calma absoluta, sumergido en la nada. Había perdido la noción del tiempo y no tenía más marco de referencia que la oscuridad que me rodeaba. Aquello era justo lo que necesitaba: la ausencia total, hasta de mí mismo. De pronto, la negrura se pobló de estrellas. Aparecieron una tras otra, horadando el vacío como insectos diminutos llegados de ninguna parte. Intenté ignorarlas, decidido a no perder la concentración y mantenerme firme en la no existencia. En la distancia, muy muy lejana, comenzó a oírse una voz que fui incapaz de reconocer. Y con cada una de sus palabras, las estrellas brillaban más y más fuerte, como si fueran ellas las que hablaran:
–Eh, Daniel. Eh, eh, eh. Despierta, Dani, despierta. Venga, despiértate.
Durante un rato logré ignorar aquella llamada y continué siendo nada, un vacío enterrado en lo profundo de la inconsciencia. Pero la voz no tenía intención de ceder. De hecho, se oía cada vez más cerca:
–Daniel, despierta, tío. Ya está bien, ¿no? ¡Venga, despierta de una vez!
Muy a mi pesar, entreabrí un ojo al mundo real, el izquierdo en concreto. La luz exterior estaba tiznada de ocres y rojos. Anochecía y las nubes se desplazaban deprisa en el cielo, como si quisieran dejar atrás cuanto antes la ciudad en ruinas. Todavía tenía estrellas prendidas en la mirada, pero estas ya se estaban apagando, se iban quedando lejos.
Emma estaba frente a mí, inclinada de tal modo que nuestras caras casi se rozaban. Iba vestida con su eterna blusa de color amarillo chillón y su falda roja. Hacía un siglo que llevaba la misma ropa, de igual modo que hacía un siglo que yo llevaba mi camisa de cuadros verdes y negros, mis vaqueros y mis deportivas grises. La ropa con la que uno muere queda grabada para siempre en la impronta del fantasma y es la que lo acompañará hasta el fin de los tiempos o hasta que, de un modo u otro, termine su deriva. Hay excepciones, claro. Existen fantasmas capaces de alterar su aspecto físico y, entre ellos, hay algunos que cambian de indumentaria con la misma frecuencia con que lo hacían en vida.
A mí nunca me ha importado demasiado la ropa que llevo, ni estando vivo ni estando muerto; a Emma, en cambio, sí. El día en que murió se vistió con lo primero que encontró en el armario. Solía repetir que, de haber sabido lo que iba a pasar, habría escogido algo más bonito. Y conjuntado. «Mírame, si parezco una bandera», solía decir.
–Dani, arriba; arriba, Dani. ¡Despierta!
–Estoy despierto, Emma –le informé mientras abría mi otro ojo. Mi voz sonó ronca y espectral, una verdadera voz de ultratumba–. ¿Qué pasa?
Emma nunca me dejaba descansar mucho tiempo. Tenía miedo de que me fuera demasiado lejos, a algún lugar del que no pudiera regresar. Yo ya había coqueteado en más de una ocasión con el olvido y por eso mantenía una vigilancia extrema sobre mí, a veces hasta exagerada. La última vez me había despertado apenas dos días después de que cerrara los ojos, y reconozco que me sentó bastante mal. Hubo gritos, insultos y un intento de bofetada por su parte que atravesó con limpieza mi mejilla.
–Me habías dicho que no te despertara, lo sé, lo sé... –dijo un tanto acobardada, temerosa tal vez de mi reacción–. Y te juro que no pensaba hacerlo, pero es que los Erráticos están en la ciudad y solo van a actuar esta noche. Imaginé que te daría rabia perdértelos... –Me miró a los ojos y sonrió–. No te has enfadado, ¿verdad?
–No, claro que no –me apresuré a contestar–. Tienes razón: no me habría gustado perdérmelos.
Los Erráticos eran un grupo de espectros que recorrían sin cesar el continente; un simpático aquelarre de fantasmas con inquietudes artísticas y talentos singulares que contaba en sus filas con ilusionistas, poetas, actores y cantantes. Habían transcurrido más de dos años desde su última visita, demasiado tiempo. Verlos siempre era un placer, y además solían traernos noticias de lo que ocurría más allá de nuestras fronteras. Por norma general no paraban mucho en la ciudad, dos noches a lo sumo. Estaban siempre en movimiento, siempre actuando. Eso, decían, hacía que se sintieran vivos.
–¿Cuánto tiempo he dormido? –pregunté a mi amiga.
–Dos semanas y tres días y medio –contestó Emma, y añadió en un susurro–: Pensé que no ibas a volver.
Nunca me había dejado dormir tanto tiempo; por lo visto, mi enfado de la vez anterior había hecho más mella de lo que pensaba. Me sentí culpable.
–No volverá a pasar –dije–. No voy a dejarme ir otra vez. –La mirada de Emma fue muy elocuente: no me creía. Y no podía culparla. Ni siquiera yo estaba convencido de mi sinceridad. Decidí hacer una concesión con la que intentar convencerla. A ella y a mí mismo–: Mira, vamos a hacer un trato: a partir de ahora tienes permiso para despertarme si no vuelvo en dos semanas. ¿Te parece bien?
Su rostro se iluminó.
–¡Sería fantástico! –dijo con una sonrisa enorme. Sonreí a mi vez. La perspectiva de ver a los Erráticos me había puesto de buen humor–. Tenemos un trato. Dos semanas entonces. Y no podrás enfadarte cuando te despierte.
–Por supuesto que no. Te doy mi palabra: si no, que me muera aquí mismo.
–Idiota.
Me incorporé despacio. Me sentía frágil, más incorpóreo que de costumbre, como si estuviera a punto de deshilvanarme y deshacerme en el viento. Estábamos en la azotea de uno de los edificios más altos de la ciudad, cerca del bloque de apartamentos donde había vivido, donde había muerto. En cuanto recuperé la vertical, noté un roce contra la pierna seguido de un cabeceo leve y familiar; y aunque no vi nada, intuí la presencia de Sherlock.
A pesar de los años transcurridos, mi gato seguía conmigo. No lo había vuelto a ver desde entonces, pero ahí estaba, tan real como yo, tan invisible a mi vista como los fantasmas lo son a los ojos de los vivos. Rodolfo, el espectro ridículo del bombín, aseguraba que la realidad es igual que una gran cebolla, un sinfín de capas y capas superpuestas; los seres vivos ocuparían una de ellas, una de las exteriores, mientras nosotros los fantasmas estaríamos situados en otra diferente, adyacente a la suya. Según Rodolfo, los espectros de los animales habitarían otra franja de la realidad, tan pegada a la nuestra que, aunque no podamos verlos, sí podemos percibirlos.
Me acuclillé con la mano tendida y, al cabo de unos instantes, sentí la cabeza de Sherlock contra la palma de la mano.
–¿Cuánto falta para la actuación? –le pregunté a Emma mientras acariciaba la barbilla de un gato que apenas estaba allí.
–Todavía tenemos tiempo. Es en el estadio a medianoche, como siempre. –Emma flotaba a unos diez centímetros del suelo, lo que nos igualó en estatura una vez me incorporé de nuevo–. Pero antes quiero enseñarte algo.
–¿Enseñarme algo? –Fruncí el ceño–. ¿El qué?
–Luego. Primero, lo primero: tendrás un hambre bárbara después de haber dormido tanto, ¿verdad?
–Verdad –confirmé.
Estaba hambriento. Por extraño que parezca, los espectros comemos. Tenemos que alimentarnos, aunque no necesitamos hacerlo con tanta frecuencia como cuando estábamos vivos. Si pasa mucho tiempo sin que lo hagamos, suceden cosas muy desagradables. Yo lo sabía muy bien. Y Emma también. Era a eso a lo que nos referíamos con el olvido y con «dejarse ir».
Emma volvió a sonreírme, asintió con la cabeza y echó a volar tras gritarme un entusiasta «¡Sígueme!». La obedecí.
La ciudad había cambiado poco durante el último siglo, las calles seguían sembradas de cascotes, vehículos oxidados y esqueletos. El color casi había desaparecido del paisaje. Todo eran negros y grises, polvo y ceniza... Los parques, jardines y arboledas que habían sobrevivido a los misiles y a los incendios habían perecido durante el largo invierno que siguió a las bombas. Las fachadas de los edificios que continuaban en pie estaban descoloridas; la lluvia ácida y la nieve negra se habían encargado de erosionarlas y oscurecerlas. El mundo entero se había convertido en una postal en escala de grises.