La duda del cabo Holmes - Carlos Laredo Verdejo - E-Book

La duda del cabo Holmes E-Book

Carlos Laredo Verdejo

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Beschreibung

El lector es un espectador privilegiado del asesinato de una mujer, en Cee, Costa de la Muerte gallega. Un crimen minuciosamente preparado durante meses por su autor. El cabo primero José Souto, jefe del puesto de la Guardia Civil de Corcubión, descubre el cadáver e inicia la investigación. Todos los indicios conducen al exmarido de la víctima, un antiguo compañero de colegio del cabo Souto: el móvil, las circunstancias que rodean el crimen y la ausencia de cualquier otro sospechoso. Pero una coartada suficientemente sólida y la ausencia de pruebas concluyentes impiden al cabo Souto acusar formalmente al autor. La undécima novela de la serie del "cabo Holmes" basa su esquema narrativo en la duda razonable que planea como un fantasma sobre la debilidad de las pruebas. Un interesante juicio, que describe con todo detalle el procedimiento judicial, los testimonios de los testigos, la composición del jurado y los alegatos finales de la acusación particular, el fiscal y el abogado defensor, reconducen la trama y el resultado de la investigación hacia un final inesperado y definitivo. Y, como siempre, los personajes que rodean al cabo Souto: su mujer, el millonario y excéntrico detective madrileño, Julio César Santos y su bella novia Marimar, la gastro-nomía gallega, los paisajes de la Costa de la Muerte, un toque de humor y una prosa cuidada y precisa para contar una historia verosímil y apasionante.

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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Vuelven las aventuras de la serie «El cabo Holmes»

 

El cabo José Souto investiga la muerte de una mujer en Cee. Todo apunta al exmarido, un antiguo compañero de colegio del cabo Souto. Pero una coartada suficientemente sólida y la ausencia de pruebas impiden al cabo Souto acusar formalmente al autor.

Las dudas del cabo Holmes

un caso del cabo Holmes

Carlos Laredo

Índice de contenido
Las dudas del cabo Holmes
EL CRIMEN
Capítulo I
LA INVESTIGACIÓN
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
EL JUICIO
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Epílogo
Notas

EL CRIMEN

Capítulo I

Fue a primeros de septiembre, en Portonovo, localidad turística y marinera situada en la orilla norte de la hermosa Ría de Pontevedra, cuando los veraneantes empezaban ya a regresar a sus lugares de origen y el pueblo volvía a ser un lugar apacible, en el que se podía aparcar, se podía pasear y se podía ir a comer o a cenar a los restaurantes del puerto sin tener que soportar el incordio de miles de turistas que iban y venían por todas partes como hormigas incansables y feroces. Fue entonces cuando Julián Cabana Rubio concibió la idea de asesinar a su exmujer.

Cabana tenía cuarenta y dos años, era un hombre de estatura media, más alto que bajo, de tez morena y abundante pelo negro, complexión fuerte y carácter tranquilo pero firme. Se acababa de divorciar de Carmen Barreiro Canosa, una mujer atractiva de su misma edad, de familia acomodada de Corcubión y con la que se llevaba mal desde que se casaron, seis años antes. El divorcio fue amargo y tormentoso. Ninguno de los dos hizo el menor esfuerzo por llegar a una negociación amistosa. Ella le reprochaba menosprecio, abandono frecuente del hogar e infidelidad sistemática. Él le reprochaba carácter insoportable, constante agresividad y celos enfermizos. Afortunadamente para ambos, no tenían hijos. El problema se resolvió tras seis meses de separación legal y la sentencia definitiva, un año después.

Según el convenio regulador fijado por la sentencia, Cabana debía abonar a su exmujer, con carácter indefinido, una pensión compensatoria de cinco mil euros al mes, cederle el uso y disfrute del domicilio familiar, un magnífico piso de su propiedad, de ciento ochenta metros cuadrados en el centro de Cee, así como del mobiliario y el ajuar doméstico. Él tuvo que alquilar un piso en Corcubión, donde tenía sus oficinas.

Julián Cabana no recurrió la sentencia, a pesar de considerar abusivas las condiciones del convenio, porque estaba harto de Carmen Barreiro, quería recuperar su libertad y dormir tranquilo por las noches. Aunque Cabana pudiera considerarse un hombre rico, le fastidiaba pagar aquella cantidad de dinero a su exmujer, que era hija única de una familia adinerada, y sobre todo tener que cederle el uso de su piso en el centro del pueblo, cuando su madre, viuda, vivía sola en una casa grande, donde podría vivir cómodamente. En resumen, Cabana deseaba acabar con aquel incordio y sus gravosas consecuencias de una vez para siempre y de forma drástica. Dado que no había ninguna posibilidad de negociación, el hombre llegó a la conclusión de que solo había un modo de conseguirlo: matándola.

Julián Cabana era el propietario de una empresa de transportes internacionales muy rentable, Cabana TIR, que disfrutaba, además, de la concesión de una línea de autobuses interurbanos, Autos Cabana, en la comarca de las Rías Bajas. La había heredado de su padre y logró, a pesar del divorcio, conservar intacta su propiedad.

Cabana tenía una casa en Portonovo, en el camino de Seame, muy cerca de la playa de Canelas. Un lugar privilegiado que también formaba parte de la herencia de sus padres, por lo que su mujer, a pesar de haberlo intentado, no consiguió arrebatársela. Aquella casa de aldea, reformada posteriormente, era su refugio de verano y fue allí, precisamente, donde empezó a planear el asesinato de Carmen Barreiro. Cabana no era el tipo de persona que toma decisiones precipitadas. Sabía perfectamente que asesinar a alguien era arriesgado, especialmente teniendo en cuenta que él sería el primer sospechoso al disponer de un móvil que mucha gente podría considerar evidente. Eso, en primer lugar. En segundo, porque el jefe del puesto de la Guardia Civil de Corcubión, el cabo primero José Souto, antiguo compañero suyo de clase en el instituto, era un investigador tenaz e inteligente y tenía fama de no haber dejado nunca sin solucionar ninguno de los casos de los que se había ocupado. No en vano sus amigos y sus compañeros de la Guardia Civil se referían a él amistosamente como «el cabo Holmes». Cabana sabía que ser amigo suyo no iba a librarlo de ser investigado como cualquier otro sospechoso.

Pero Cabana no tenía prisa. Estaba dispuesto a preparar el asesinato de su ex con tranquilidad. En los atardeceres del final del verano, sentado en su terraza frente a la playa de Canelas, sobre el espectacular estuario del río Lérez, donde la Ría de Pontevedra se abre al Atlántico, Julián Cabana analizaba los detalles y las diversas posibilidades de cometer impunemente su crimen.

Las primeras cuestiones que se planteó fueron: dónde, cuándo y cómo llevarlo a cabo.

Y las primeras respuestas, quizá aún provisionales, como si estuviera preparando el índice de materias de un estudio técnico o esbozando el borrador de un proyecto, fueron: ¿dónde?, en el piso de Cee, donde vivía su exmujer; ¿cuándo?, al inicio de la primavera, durante la Convención Nacional de Carroceros de Ourense, a la que él tendría que asistir para asegurarse una coartada; ¿cómo?, de un disparo a quemarropa, que debería parecer producido accidentalmente durante un atraco al piso por parte de algún ladrón violento.

Ese sería el escenario del crimen, el programa de su actuación. Porque había decidido no correr el riesgo de encargar el asesinato a un tercero. Resultaba demasiado complicado, peligroso y sin duda caro. No deseaba, por otra parte, correr el riesgo de verse sometido algún día a un eventual chantaje, a la imprevisible indiscreción de un sicario drogadicto o borracho que se fuera de la lengua en la barra de un bar delante de algún listillo del hampa, al que se le ocurriera sacar provecho de su confesión. No hay nadie más fiable que uno mismo, pensó. Nadie que inspire más confianza. Nadie más que pueda garantizar la discreción absoluta. Y si algún día, para liberarse del peso de su conciencia o por jactarse de su supuesta hombría, cometiera el error de hablar más de la cuenta, solo él mismo sería responsable de su propia estupidez y tendría que asumir las consecuencias.

El primer problema técnico o material al que debía hacer frente era conseguir un arma. Una pistola. Cualquier otra forma de matar a su exmujer, como por estrangulamiento, con un cuchillo o golpeándola con un objeto contundente, exigía una acción demasiado violenta para él y aumentaba las posibilidades de fallar y de dejar rastro. El asesinato perfecto exigía rapidez y precisión. Simular un robo podría ser una buena idea. Llegar al piso razonablemente disfrazado, llamar a la puerta, disparar sin darle tiempo a abrir la boca, darse media vuelta y desaparecer. Ni una palabra, ni una posibilidad de forcejeo. Claro que eso sería muy extraño. No se mata a la gente sin un motivo. Aunque fuera lo más práctico y seguro, tendría que simular un robo.

Julián Cabana comprendió que, para simular un robo en el domicilio de su exmujer, sería necesario entrar antes o después en el piso, revolverlo todo, romper cosas y robar algo. El riesgo era mayor, pero también lo era la posibilidad de alejar las sospechas o distraer a los investigadores si disponía de una buena coartada. Un crimen así porque así, sin motivo aparente, sería demasiado sospechoso y evidente, por mucha coartada de la que dispusiera. El acoso de los investigadores sería duro y el riesgo de cometer un error, muy elevado. En cualquier caso, necesitaba disponer de un arma.

Sus primeras averiguaciones lo llevaron a descubrir que un arma se podía comprar de muchas maneras. Algunas, incluso legales. Un arma corta era más difícil de comprar legalmente que una escopeta o un rifle de caza. Había que hacerse socio de un club de tiro, por ejemplo, y pasar ciertos trámites, como obtener un certificado psicotécnico, entre otros. Incómodo y sospechoso si, poco después, su exmujer moría de un disparo. De todas formas, aunque dispusiera legalmente de una pistola, no podría utilizarla impunemente para cometer un crimen, porque la policía científica era perfectamente capaz de identificar el arma con la que se ha matado a alguien, solo con disponer de la bala o el casquillo o incluso por el tipo de herida. De modo que no servía de nada hacerse socio de ningún club ni obtener la licencia por otros medios. Tendría que hacerlo con un arma ilegal.

Comprar un arma ilegal en España era posible, pero resultaba algo caro y muy peligroso. Se vería obligado a moverse en ambientes delictivos, tratar con gente indeseable y nada fiable o frecuentar los mercados de la droga. Todo ello dejaba un rastro que la Guardia Civil podría seguir y lo dejaría a merced de soplones, testigos o confidentes de la policía. Por eso, era mejor comprarla en el extranjero. Andorra, por ejemplo, era un sitio donde podía adquirirse un arma, aunque tampoco era del todo seguro. Había oído decir que existía la posibilidad de que el propio vendedor facilitara a la policía española de fronteras los datos del comprador en cuanto este salía de la tienda. De modo que, al regresar a España, uno podía encontrarse con la desagradable sorpresa de que su coche fuera registrado de arriba abajo en la aduana. Claro que se podía volver a España dando un rodeo por Francia y tentar la suerte más tarde en algún otro paso fronterizo alejado o unos días después o en otro coche. Seguramente podía hacerse, pero constaría en los archivos de la Guardia Civil que esa persona había comprado un arma en Andorra. Un hecho difícil de justificar en caso de verse sometido a una investigación criminal. Por eso, Julián Cabana decidió buscar otro método.

Cuando se toma una decisión criminal de ese calibre, cuyas consecuencias pueden ser especialmente graves, es recomendable no tener ninguna prisa. Cabana no la tenía. Si hacía falta esperar seis meses o un año, esperaría. Fue lo que hizo. Esperar, reflexionar, calcular detenidamente los pros y los contras de cada idea que se le ocurría y de cada decisión que tomaba.

* * * * * * *

En Navidad, se fue de vacaciones una semana a los Estados Unidos. A Miami, Florida. Había oído que allí era mucho más fácil adquirir una pistola que en otros estados. Y lo era. El mismo día de su llegada, entabló cierta relación con un camarero del hotel, que era gallego. De Lugo. Este le presentó a un compatriota, también de Lugo, dueño de un bar restaurante adonde iba todas las noches, al acabar su turno en el hotel. Un hombre algo mayor que él, se llamaba Marcelino Couceiro, llevaba en Miami más de veinte años y conservaba su acento gallego como si nunca hubiera salido de su tierra. Cabana fue a comer a su restaurante varios días seguidos, porque había vinos españoles, no era caro y el ambiente era muy animado. El típico restaurante de emigrantes, en el que se reunían muchos españoles, sobre todo, gallegos. La cocina era mala, lo que en Estados Unidos no es importante para tener éxito. Cocina española hecha por una cocinera poco experta y con materias primas que no tenían nada que ver con las genuinas. El resultado eran paellas, fabadas o cocidos que habrían obligado a cerrar a cualquier restaurante que se atreviera a servirlos en España a la semana de abrir sus puertas. Pero el restaurante de Couceiro, que se llamaba Casa Marcelino, estaba siempre lleno y había mucho ambiente gracias a su decoración patriotera, la generosidad con la que se servían las bebidas, los vinos españoles y una clientela nostálgica.

Al tercer día, Marcelino Couceiro se sentó a la mesa de Cabana, cuando este estaba terminando de comer. Tomaron café y una copa juntos y charlaron sobre Galicia durante largo rato. En un momento que le pareció oportuno, Julián Cabana le dijo a su paisano que le gustaría comprarse una pistola en Estados Unidos, pero que no sabía dónde comprarla sin que lo timaran. Tampoco sabía, si la compraba, cómo podría pasarla a España. Marcelino Couceiro, se echó a reír y le dijo que eso era muy fácil.

—Yo tengo varias pistolas—le dijo—. Aquí todo el mundo las tiene. Si quieres te vendo una de las mías. Así no tienes que ir a buscarla a ninguna tienda, donde te cobrarán como a turista y tendrás que presentar el pasaporte y todos esos rollos.

Cabana se quedó muy sorprendido y le dijo que no sabía cómo agradecérselo. Le sorprendió sobre todo que no le preguntara para qué quería un arma. Pensó que allí debía de ser normal comprarlas por el simple capricho de tenerlas.

—¿Cuánto pensabas gastarte? —le preguntó Couceiro.

—Pues, no lo sé, la verdad —le dijo Cabana—. No tengo ni idea de lo que puede costar.

—Vamos a ver —le dijo Marcelino Couceiro—. Quinientos dólares, ¿te parecería bien? En la tienda te costará mucho más.

Cabana trató de disimular su satisfacción porque había pensado que le iba a costar bastante más, aunque la verdad es que en cualquier tienda especializada le costaría bastante menos de lo que le pedía Couceiro. Aún no había tenido tiempo de reaccionar, cuando Couceiro se echó hacia atrás en la silla y le dijo:

—Por quinientos dólares te vendo una M9 Beretta de nueve milímetros que nunca he usado. Nuevecita del todo, aunque sea un modelo de hace unos años. Pero, si te parece mucho —hizo un gesto amistoso y le dio una palmada en un hombro diciendo—, venga, te la dejo en cuatro cincuenta.

—No, no —dijo Cabana, que no entendía de armas y solo le sonaba lo de Beretta por las películas de James Bond—. Me parece bien lo que me pides. Quinientos. Aunque, claro, cuatro cincuenta es mejor.

—Trato hecho —dijo Couceiro extendiéndole la mano—. No voy a discutir con un paisano.

—El problema —dijo Cabana después de estrechársela— es que no sé cómo voy a pasarla. No suelen mirar las maletas en Barajas, pero si miran y la encuentran, la cagué. En España es un delito, como sabes.

—Ya lo sé —dijo muy seguro Couceiro—. Bueno, no te preocupes. Hay un sistema bastante seguro. La Beretta, descargada, no llega al kilo. Se desmonta y se envía por piezas en dos paquetes postales como libros, por correo certificado. La mitad que más pesa, en uno. Un mes después, lo que queda y un cargador con su munición, en otro. En el remite se pone la dirección de una librería. Y se declara por un valor de cinco dólares; por esa cantidad no paga aduana ni despierta sospechas. Así le mandé hace dos años una a mi hermano, en Lugo. Le llegó perfectamente. Incluso si la policía descubriera el envío, ¿qué te iba a hacer? Media pistola, no es un arma de fuego —se echó a reír—. Pero no te preocupes. Yo te mando los dos paquetes por separado y los recibirás sin problemas.

—¿Me harías ese favor? —le preguntó Cabana.

—¡Claro! Con mucho gusto. ¿Tienes prisa?

—No. Ninguna.

—Pues dame una dirección y te mando el primer paquete en cuanto me digas. Es mejor distanciarlos uno de otro para evitar suspicacias aduaneras.

Julián Cabana le pidió que hiciera el envío por UPS o SEUR, mejor que por Correos. Le apuntó en un papel la dirección de la cochera de los autobuses de su empresa en Santiago y le dio el nombre del encargado porque no quería que el envío se hiciera al suyo. Toda precaución era poca. Le pagó quinientos dólares en billetes de cien, cincuenta más de lo acordado, para cubrir los gastos de envío, y Couceiro se los metió en el bolsillo sin mirarlos.

—Ven a mi despacho —le dijo— y te la enseño.

Tenía una oficina al fondo del restaurante, con un despacho pequeño, atiborrado de fotos y recuerdos de Galicia. Reproducciones de hórreos, de carros de vacas, muñecos con trajes regionales, cacharros de cerámica, un servicio de queimada de barro, una sella, una gaita y otros objetos, grandes y pequeños, que solo tenían en común ser de un gusto más que dudoso. Todo aquello entremezclado con banderas de barras y estrellas y fotos de chicas con unas tetas descomunales. Couceiro se acercó a un armario demasiado grande para un cuarto tan pequeño, abrió la puerta, que estaba cerrada con llave, y se volvió hacia Cabana, que miraba con la boca abierta. Había una colección de armas propia de una comisaría.

—¿Qué te parece? —le dijo con evidente satisfacción—. Esto es América, paisano, aquí tener armas es una señal de patriotismo. Así se defiende la democracia, dicen.

—Pero ¿no es peligroso? —preguntó tímidamente Cabana.

—Lo peligroso es no tenerlas.

* * * * * * *

Cuatro días después, Julián Cabana volvía relajado y moreno a Corcubión, vía Barajas y Santiago. Primer problema resuelto. Solo tenía que avisar a Antonio Sobrado, el encargado del taller y las cocheras, para que cuando le llegaran dos paquetes con libros de Estados Unidos a su nombre, los aceptara, pagara lo que fuera, si había que pagar, y se los guardara sin abrir. El primer paquete llegó una semana después por UPS. La parte principal de la pistola venía dentro de una caja de puros de madera del tamaño de un libro normal. Venía con unos documentos en inglés y un manual de instrucciones y mantenimiento del arma. Veinticuatro días después, llegó lo que faltaba y un cargador con quince balas. Julián Cabana envió por correo ordinario, en un sobre sin remite, una carta a modo de acuse de recibo a su paisano de Miami. «Los libros llegaron perfectamente, muchas gracias», decía en la carta, además de algunas frases de cortesía. Firma ilegible. La echó en un buzón de Santiago y se frotó las manos. Ninguna pista sobre su persona. Nadie podría demostrar nunca que Julián Cabana hubiera comprado un arma de fuego durante sus vacaciones en Miami.

No dejar cabos sueltos. Muy importante.

El paso siguiente era preparar una coartada. Ya había decidido que lo haría durante la Convención Anual de Carroceros de Autobuses, que tenía lugar en Ourense la segunda semana de marzo y duraba dos días. Su plan consistía en ir, solo o con Antonio Sobrado, que solía acompañarlo todos los años a la convención. Durante una de las noches, Cabana iría a Cee, haría lo que tenía que hacer y volvería al hotel. De Ourense a Cee había unos ciento sesenta kilómetros. Se evitaba la ciudad de Santiago yendo por la autopista y la circunvalación hasta Bertamiráns y, después, en dirección Cee-Corcubión y Finisterre, por una carretera buena y rápida. En condiciones normales y yendo deprisa, unas dos horas. Más media hora de margen para cometer el crimen. Entre cuatro horas y media y cinco horas en total. Era factible. Salir a la una de la madrugada y estar de vuelta a las seis.

Solo le faltaba preparar, uno a uno, los detalles.

Su casa de Portonovo, donde pasaba los fines de semana, tenía un gran porche con vistas a la ría. Sentado en su butaca de mimbre con un mullido cojín, una botella de albariño y medio queso de Arzúa en taquitos, Francisco Cabana abrió su cuaderno de notas y empezó a plasmar las ideas que le pasaban por la cabeza, con anotaciones desordenadas hechas a lápiz. Anotaba cualquier cosa, la leía, después analizaba los fallos y los inconvenientes. Tachaba lo escrito. Se detenía a pensar, bebía un trago de albariño, pinchaba un taco de queso con un palillo y volvía a hacer otra anotación. Así, un día atrás otro.

Primer problema: el desplazamiento nocturno de ida y vuelta. Le preocupaba el hecho de necesitar cinco horas. Era demasiado tiempo y demasiado justo. Tras darle muchas vueltas al problema, pensó que la única solución era acortar el recorrido. Si, en vez de tener que ir desde Ourense a Cee, lo hiciera desde Santiago, por ejemplo, todo sería más fácil. Desde allí hasta Cee se tardaba menos de una hora. No era mala idea. La primera noche, en vez de pasarla en Ourense, podía pasarla en Santiago. Antonio Sobrado vivía allí con su madre. El plan sería quedar con Antonio por la noche, cenar con él y salir temprano al día siguiente, los dos juntos, para llegar a Ourense antes de las diez de la mañana, hora de la inauguración de la convención. Si iba a Cee a las dos de la madrugada, podría estar de vuelta a las cuatro y cuarto o cuatro y media. Eso le dejaría incluso tiempo para dormir unas horas. Mucho mejor.

Segundo problema: el coche. Pensó que necesitaría un segundo coche en Santiago, cerca del hotel, para salir discretamente por la noche, ir a buscarlo, hacer el viaje de ida y vuelta, aparcarlo de nuevo por allí cerca y entrar en el hotel andando. Al día siguiente, Antonio y él saldrían del garaje a las nueve de la mañana en dirección a Ourense en su propio coche. De ese modo se garantizaba con un margen razonable de credibilidad, que no había salido del hotel en toda la noche. Al menos en coche. Había una cámara de seguridad que filmaba el interior del garaje, además de la cámara de la barrera que filmaba las matrículas al entrar y salir.

Pensó en dos posibilidades. Una, robar un coche y dejarlo cerca del hotel. Otra, utilizar un coche alquilado. Robar un coche tenía sus ventajas. Era práctico y cómodo. Podría ir a Santiago a media tarde. Registrarse en el hotel y salir a dar una vuelta. Tomar un taxi al otro extremo de la ciudad, robar el coche y dejarlo aparcado cerca del hotel con una matrícula falsa. Tenía placas de matrícula en el taller de mantenimiento de los autobuses y no le costaba nada coger dos, imprimir un número y llevárselas en una bolsa. Pegarlas con doble adhesivo en el coche robado y despegarlas al abandonarlo. A la vuelta, no tendría que preocuparse más del coche; podía abandonarlo en cualquier sitio y olvidarse de él. Solo debía ser cuidadoso y no dejar huellas. Llevaba más de veinte años trabajando con vehículos de todo tipo y, por eso, robar un coche no suponía un problema técnico insalvable para él. Solo debía temer los imponderables.

Alquilar un coche, tampoco suponía en principio ningún problema. O sí. Pensó que, si esa forma de procurarse una coartada se le había ocurrido a él, también podría ocurrírsele a José Souto, el «cabo Holmes». Por lo tanto, tendría que alquilar el coche en un lugar al que Souto no tuviera acceso. Como Portugal. Quizá Oporto o Lisboa. Ir a buscarlo y devolverlo luego en una localidad próxima a la frontera, como Bragança o Viana do Castelo. Dejarlo en Santiago unos días, antes de devolverlo. Pagar en metálico. Incluso estudiar la posibilidad de alquilarlo con un permiso de conducir falso o robado. Requería reflexión, pero era igualmente viable y seguro. Aunque complicado y fastidioso. Además de los imponderables: un accidente en carretera, un control rutinario de la policía de tráfico. Posibilidades remotas, pero reales. Tendría que asumirlas, en cualquier caso. Como uno asume que puede tocarle el gordo de la lotería y por eso juega, por muy improbable que sea. En su caso, esperaba que no.

Cuando estaba dándole vueltas al problema del vehículo, se le encendió una bombilla en el cerebro, como en un cómic. Tenía una moto. La tenía allí, en el garaje de su casa de Portonovo y podía utilizarla. Una Suzuki Gixxer 250 de carretera que se había comprado hacía poco. Un capricho caro que se había permitido para compensar las tribulaciones del penoso proceso de su divorcio. Julián no era un chalado de las motos. Simplemente le gustaba darse una vuelta de vez en cuando. Su Suzuki 250 nueva alcanzaba los 200 km/h en llano, tenía una autonomía de cuatrocientos kilómetros y era agradable de conducir. No era muy llamativa. Casi nadie en Corcubión sabía que la tenía porque nunca la había llevado allí. Solo algunos amigos. Ideal para un viaje discreto. Podía ir el fin de semana anterior a Santiago. Dejarla guardada en un garaje que no estuviera lejos del hotel y volver en tren o en taxi. Usarla para el viaje nocturno a Cee. Volver a guardarla a la vuelta y recogerla un par de días después. Su moto era gris oscuro. Pintaría de rojo el depósito y el guardabarros con una pintura fácilmente lavable, para confundir a posibles testigos. No necesitaba nada más.

Un problema menos.

Por último, pensó en cómo acceder a su antiguo domicilio, del que conservaba las llaves. La del portal, serviría, pero Cabana no sabía si Carmen habría cambiado o no la cerradura de la vivienda, el primero derecha. Necesitaba comprobarlo. Porque, si llegaba a las dos o tres de la madrugada y tocaba el timbre, era probable que ella no abriera sin comprobar antes quién llamaba a aquellas horas o que no abriera en absoluto. Reflexionó al respecto y le pareció fácil hacer una comprobación. Carmen Barreiro vivía sola en el piso. Julián Cabana no tendría ningún problema en aparcar cerca del edificio, unos días antes de la fecha prevista, y esperar a que saliera. Después, le bastaba con entrar en el portal con su llave y probar con la otra en la cerradura de la vivienda. Si funcionaba, problema resuelto. Si no, habría que pensar en otra forma de entrar. Tenía tiempo.

El arma, una vez utilizada, la tiraría al mar. Llevaría guantes en todo momento. Se cubriría la cabeza con una media, como si fuera a atracar un banco, por si casualmente alguien lo viera entrar o salir. La media evitaría, además, la caída de algún pelo por el que pudieran identificarlo. Quizá una peluca, una barba postiza y una ropa que lo hiciera parecer más gordo. Detalles de menor importancia, que pensaba dejar para cuando todo estuviera a punto.

Su cuaderno perdía hojas. Tiraba todas aquellas en las que había hecho anotaciones sobre ideas poco viables. Solo iban quedando aquellas en las que figuraban anotaciones con una síntesis de las ideas prácticas, los elementos clave, los detalles importantes. Ladrillos con los que, uno a uno, pensaba levantar el edificio de su acto criminal. Una construcción sólida, estable y sin fisuras. Repasaba sus anotaciones lentamente. Se detenía a reflexionar sobre cada una de ellas en busca de fallos, de posibles olvidos o descuidos. «Si yo fuera Pepe Souto, ¿qué buscaría?», se preguntaba. Y volvía a analizar, paso a paso, todos sus movimientos, sus previsiones y las posibilidades de fracasar.

Cuando se cansaba, cerraba el cuaderno, lo metía en un bolsillo y se iba a dormir. Revisando cada día las anotaciones del anterior, descubrió algunos fallos. Por ejemplo, que no disponía de silenciador y no tenía ni idea de dónde conseguir uno ni si era posible aplicarlo a su Beretta. Tendría que pensar algo al respecto. Si solo se tratara de abrir la puerta, disparar y salir corriendo, no era indispensable. Pero si quería, después de disparar, hacer que pareciera un robo en el piso, necesitaba cierto tiempo para desordenar el dormitorio y causar algún destrozo. El disparo despertaría a los vecinos y alguno podría salir a mirar o llamar a la policía. En cuyo caso, la huida sería más arriesgada.

Tendría que encontrar alguna solución.

LA INVESTIGACIÓN

Capítulo II

Julián Cabana tenía seis meses por delante y se lo tomó con calma. El verano dio paso al otoño. Tras quince días seguidos en Portonovo, empezó a ir solamente los fines de semana. En varias ocasiones utilizó su moto para hacer tranquilamente el recorrido que una noche tendría que hacer con un horario estricto. De Santiago a Cee, ida y vuelta. Lo hizo de día y de noche. Cronometró los tiempos. Tomó notas. Buscó y encontró un garaje de barrio en Santiago donde pensó que podía dejar la moto, cerca del hotel Obradoiro, en el que pensaba alojarse. Fue varias veces al mismo hotel, días después, para comprobar cómo funcionaba a partir de las doce de la noche y las posibilidades que había de salir a pie de noche y regresar de madrugada sin ser visto. El conserje, Florencio, permanecía toda la noche despierto, en teoría. De hecho, sobre las doce y media o la una, cerraba la puerta exterior de entrada, se metía en un despacho situado detrás del mostrador de la recepción y se instalaba cómodamente en una butaca de la oficina donde descansaba y, probablemente, se dormía vestido. Los clientes que llegaban tarde tocaban el timbre si necesitaban algo, y él salía a atenderlos. Los que ya estaban registrados tenían la tarjeta llave de la habitación, con la que también se abría la puerta de la calle, y no necesitaban despertarlo. Era exactamente lo que Cabana estaba buscando.

Durante el mes de febrero, dedicó varias horas a observar los hábitos nocturnos de su exmujer. Carmen Barreiro no salía de noche más que los viernes y los sábados. Lo hacía con sus dos amigas íntimas de siempre, que él conocía muy bien. Los días de semana, cuando salía, llegaba a casa sobre las diez, y las luces del piso se apagaban entre las once y media y las doce. De modo que cualquier día de la semana serviría. La convención de Ourense comenzaba un martes.

A medida que la fecha se acercaba y con la reserva del hotel ya hecha, Julián Cabana repasaba meticulosamente los detalles todas las noches, revisaba sus notas, contaba las cosas que necesitaba e imaginaba cada uno de los pasos que tendría que dar para llevar a cabo su macabro plan. Cuatro días antes, el viernes por la tarde, se fue a pasar el fin de semana a Portonovo, como de costumbre. Por la mañana del sábado, fue a Vigo y compró en una tienda de disfraces una barba postiza. También se compró una cazadora oscura, un gorro marinero de lana, unas zapatillas deportivas baratas y una mochila de motero. Pensaba tirarlo todo después. Le puso a la moto la matrícula falsa que había impreso en su taller de Santiago hacía tiempo, la pegó sobre la otra con cinta adhesiva de doble cara, de forma que fuera fácil despegarla en caso de emergencia. Pintó el depósito y el parachoques delantero de rojo con una pintura acrílica que se quitaba con agua. Se colocó la barba postiza que había comprado en Vigo y se fue en la moto a Santiago. La dejó en el Garaje Lucas, el que había visto anteriormente, donde dio un nombre falso, Manuel Fernández, al hombre que lo atendió, un joven marroquí, y pagó por adelantado una semana. Al bajarse de la moto, simuló un leve cojeo. Una precaución suplementaria para el improbable caso de que alguna vez el del garaje fuera interrogado. Volvió a Cee en un taxi.

La víspera de su viaje oficial a Santiago y Ourense, que debía ser también la del crimen, hizo la maleta para dos días y guardó en la mochila varios pares de guantes de látex, las zapatillas, el gorro, la barba postiza, la pistola cargada, un trapo para limpiar eventuales huellas, un par de bolsas de basura y un rollo de cinta americana, por si acaso. Dejó la mochila junto al maletín de viaje y la funda con su traje de repuesto. Después, sacó del bolsillo su cuaderno de notas y lo tiró a la chimenea del salón. Se quedó mirando cómo se consumía hasta que no quedó ni rastro de él entre las cenizas y los troncos al rojo vivo. Las anotaciones definitivas permanecían grabadas en su memoria, después de tantas horas repasándolas una y otra vez. Ya no las necesitaba y solo eran una peligrosa prueba de su larga premeditación. No había nada más que pensar. Había llegado la hora de actuar.

* * * * * * *

El martes quince de marzo, se levantó a las ocho y media y fue a su oficina a las nueve y media, como todos los días. A media tarde, le dijo a su secretaria que se iba a dormir a Santiago porque no quería madrugar al día siguiente.

—Seguramente llamaré a Sobrado para cenar con él —le dijo al despedirse.

Se fue a su casa, cogió la maleta, la cazadora y la mochila y lo guardó todo en el maletero del coche, un Audi 4 blanco. Llegó a Santiago de Compostela sobre las siete y media. Aparcó en el garaje del hotel. Fue a su habitación, se tumbó un rato vestido encima de la cama y a las ocho llamó a Antonio Sobrado para ir juntos a cenar. Sobrado, que era soltero y vivía con su madre, aceptó encantado de cenar con su jefe. Quedaron en verse a las nueve en un bar de la rúa do Franco.

Sobre las once y media de la noche, Cabana y Sobrado se despidieron.

—Pasa a buscarme por el hotel a las nueve —le dijo Cabana—, iremos en mi coche.

—¿Nos quedamos a dormir en Ourense? —preguntó Sobrado.

—No —contestó Cabana—. Me fastidia andar cambiando de hotel. Nos volvemos por la tarde y pasado mañana vamos otra vez en coche. Ahora, con la autopista, se tarda menos de una hora.

Antonio Sobrado se fue a su casa y Julián Cabana fue dando un paseo hasta el hotel. Se entretuvo un rato charlando con el conserje y, antes de subir a su habitación, le pidió que lo despertara a las ocho. Fue al ascensor, pulsó el botón de su piso y miró cómo la vista de la recepción se estrechaba a medida que la puerta se deslizaba hasta cerrarse del todo. Era como si se corriera el telón, después del primer acto del drama. La puerta se abrió de nuevo ante el pasillo del segundo piso. Una vez en su cuarto, miró el reloj y se cambió de ropa. Dejó la chaqueta del traje colgada en el armario, se quitó la corbata, la camisa y los pantalones, que dejó sobre el respaldo de una silla. Sacó su ropa nocturna. Una camisa oscura, unos vaqueros azul marino, un jersey negro y las zapatillas deportivas. Comprobó una vez más que todo lo que iba a necesitar estuviera en la mochila, la dejó en el suelo y encendió la televisión. Después, se echó sobre la cama y vio una película de espías que ponían en la primera cadena.

La película terminó a la una y veinte. Julián Cabana empezó a ponerse nervioso y no quiso esperar más. Se echó la mochila a la espalda, dejó el móvil apagado encima de la mesilla de noche y salió al pasillo. Miró a un lado y a otro y bajó por las escaleras. Llegó a la recepción y no vio a nadie. El conserje ya se había retirado a su cuarto, detrás del mostrador. La puerta del despacho estaba entornada, casi cerrada. No se oía ningún ruido. Cruzó rápidamente el hall y salió por la puerta de cristal que daba a la calle. La puerta se cerró sola y silenciosamente detrás de él. Tardó en llegar al Garaje Lucas menos de cinco minutos. Se detuvo en una esquina y se puso la barba postiza. Era un garaje pequeño y poco iluminado, situado en el semisótano de una casa de vecinos, junto a un taller mecánico. Disponía de unas quince plazas. Cabana entró cojeando, como la vez anterior, cuando dejó la moto. En un rincón, había una cabina acristalada en la que dormitaba el vigilante. Un hombre de aspecto marroquí, muy delgado, vestido con un mono azul, que se limitó a hacerle un saludo con la mano a Julián cuando lo despertó el ruido del encendido eléctrico de la moto. Julián correspondió, se puso el casco y los guantes, se subió la cremallera de la cazadora y salió despacio por la rampa. Se dirigió hacia la autopista en dirección noroeste y después siguió por la circunvalación de Negreira hacia Cee y Finisterre, por una carretera que se sabía de memoria. Circulaba un poco por encima de la velocidad máxima permitida, aunque en los tramos de población limitados a cincuenta kilómetros por hora, frenaba y respetaba el límite casi escrupulosamente. Lo último que deseaba era ser detectado por un radar de tráfico, a pesar de llevar matrícula falsa. Unos minutos después de las dos y media de la madrugada entraba por la avenida de Fisterra hacia el centro de Cee. Aparcó la moto a treinta metros de lo que había sido su casa, en la esquina oscura de una pequeña calle adyacente. Sentado aún en la moto, con el motor apagado, se quitó la mochila. Sacó la pistola y la guardó en el bolsillo de la cazadora, con las llaves del piso. Tomó la decisión de no ponerse el gorro. Pensó que lo más seguro era no quitarse el casco. Una decisión improvisada que le pareció acertada. No sería la única, pues las cosas no siempre ocurren como uno las planea. Los imponderables. Se quitó los guantes de cuero que llevaba y se puso unos negros de látex, bien ajustados. Se volvió a colocar la mochila y se bajó de la moto. Miró a uno y otro lado. No había nadie en la calle ni luz en ninguna de las ventanas de la fachada de su casa. Echó a andar simulando un ligero cojeo, por si alguien lo veía. A las dos menos veinte, abría la puerta del portal. Subió por las escaleras hasta el primer piso y se quedó quieto escuchando. No se oía ningún ruido, ni música o voces de algún programa de televisión. Todo el mundo dormía. Introdujo la llave en la cerradura, la giró, dio dos vueltas completas y la puerta se abrió suavemente, sin un chirrido, como si la acabaran de engrasar. Respiró profundamente.

Julián Cabana había vivido dos años de soltero en aquel piso, que seguía siendo de su propiedad, y otros seis de casado. Lo conocía perfectamente y era capaz de avanzar prácticamente a oscuras hasta el dormitorio principal. De todas formas, encendió la minilinterna que llevaba en su llavero para no correr el riego de tropezar con algo que estuviera fuera de su sitio. Se desplazaba despacio, paso a paso, evitando hasta los chasquidos de las articulaciones de los tobillos, que de noche parecen estadillos. Gracias a sus zapatillas deportivas, sus pasos eran silenciosos sobre la moqueta del pasillo. Llegó al dormitorio. La puerta estaba entornada. Se detuvo y escuchó la respiración profunda de su mujer, apenas un suave ronquido, que le era familiar. Volvió a respirar hondo, antes de improvisar de nuevo.

Abrió la puerta de golpe y encendió la luz. Carmen Barreiro se despertó, abrió los ojos y tardó un par de segundos en darse cuenta de dónde estaba y qué estaba pasando. Apenas tuvo tiempo de iniciar lo que hubiera sido un grito de espanto. Julián Cabana se acercó de un salto a la cama y le dio un fortísimo golpe en la cabeza con la pistola que blandía en la mano derecha. Un golpe con el lateral del arma, que la alcanzó entre la frente y la sien izquierda. La mujer cayó sin sentido sobre la cama. No había tenido tiempo de incorporarse del todo. Cabana la miró. Parecía dormida, tendida sobre su hombro derecho. No se entretuvo. Abrió el cajón de la mesilla de noche y lo dejó caer al suelo. Sabía que allí solo había algunas medicinas. Abrió dos cofres colocados sobre el cubre radiador y la cómoda y sacó todas las joyas que contenían. No eran joyas de enorme valor, aunque sí había unas cuantas pulseras y pendientes de oro y algunas sortijas y broches. Se metió todo en un bolsillo. Fue al armario ropero, donde sabía que ella guardaba dinero y otras joyas de más valor. Revolvió todo un poco aquí y allá, tiró cosas al suelo para que pareciera que habían estado buscando y se llevó el dinero en metálico y las joyas que su exmujer conservaba en una caja de metal oculta bajo una pila de camisones. Sabía que estaban allí. Después, se volvió a mirar. Carmen seguía inmóvil, tumbada sobre la cama, con los ojos semi cerrados. La herida de la cabeza sangraba ligeramente. Se quedó quieto mirándola y sin pensar en nada. Solo mirándola. Pasó medio minuto o quizá algo más, se acercó. Cogió la almohada y se la puso encima de la cabeza, miró a su alrededor y vio una toquilla de lana. La cogió y la lio alrededor de la pistola. Se puso de rodillas encima de la cama. Apretó la pistola contra almohada encima de la cabeza de la mujer y disparó. El disparó produjo una detonación muy fuerte, pero en cierto modo apagada por la mantilla y la almohada. No le pareció que fuera algo tan escandaloso como para alarmar al vecindario. Apartó la almohada y comprobó que el orificio de entrada de la bala estaba a un lado de la frente, en el arranque del cabello, muy cerca de donde había recibido el primer golpe. Por debajo de la cabeza, la sangre empezaba a fluir lentamente. Carmen Barreiro estaba muerta, sin duda. Cabana respiró hondo por tercera vez. No reaccionó ante el asesinato que acababa de cometer. No se emocionó ni sintió miedo o repulsión. Sentía la indiferencia de los sueños. Llevaba demasiado tiempo pensando en aquel momento y cuando ocurrió, su mente se quedó bloqueada y se centró únicamente en los pasos que debía dar a continuación para evitar ser descubierto algún día. El horror del crimen, el desastre moral, la visión de la que había sido su mujer, muerta sobre la cama en la que habían hecho el amor tantas veces y se habían dicho palabras dulces mientras se abrazaban y compartían el placer, nada de aquello parecía afectarlo. Había planeado hacerlo y lo había hecho. Como un sicario.

Su único temor en aquel momento fue que el ruido del disparo lo delatara. Pero enseguida pensó que si alguien se había despertado por la detonación y pensara que podía tratarse de un disparo, tardaría un tiempo en levantarse, se detendría a escuchar para ver si se oía algo más, quizá se asomaría a la ventana o saldría a mirar al descansillo de la escalera y, si decidía llamar a la Guardia Civil, tardaría unos minutos en hacerlo, en dar explicaciones y responder a las preguntas del agente de guardia. El cuartel de la Guardia Civil de Corcubión estaba a un par de kilómetros. Entre unas cosas y otras, los guardias, en el caso de que decidieran darse una vuelta por allí para ver qué había pasado, tardarían por lo menos diez minutos en llegar. Esperó dos o tres minutos a que todo estuviera de nuevo en calma antes de irse tranquilamente. Salió del dormitorio. Encendió la luz del pasillo y la del recibidor en un gesto mecánico, como cuando vivía allí. No tenía prisa. Tenía tiempo de sobra para salir al rellano dejando la puerta cerrada simplemente con el resbalón, bajar a la calle, ir hasta la esquina donde había dejado la moto, arrancar y marcharse por donde había llegado, antes de que la Guardia Civil pudiera llegar, si es que llegaba.

Cruzó la calle cojeando. Si alguien lo veía desde una ventana o en la calle, daría una descripción sesgada de su figura y dificultaría una hipotética identificación. Ni siquiera se había quitado el casco. Pero el hecho fue que nadie reaccionó. Varias personas oyeron el disparo y se despertaron, como declararían más adelante, pero a ninguna se le ocurrió levantarse y salir a la escalera para ver qué había pasado. Eran las tres menos cuarto de la madrugada. A esa hora, si alguien se despierta por un ruido inhabitual, puede pensar que ha sido un tubo de escape, un petardo, un portazo o simplemente un sueño. Julián Cabana arrancó la moto y volvió hacia Santiago por el mismo camino por el que había llegado. A la altura de la pequeña localidad de Insua, pasado Negreira, se detuvo junto a la barandilla del puente sobre el río Tambre, que allí es profundo y discurre entre una espesa maleza. Se bajó de la moto y arrojó a sus aguas oscuras la pistola y las llaves del piso. Después de dudar durante unos segundos, tiró también las joyas que llevaba en el bolsillo. Su valor no justificaba el riesgo de que la Guardia Civil las encontrara en su poder algún día. En el fondo del Tambre, no era razonable que pudieran encontrarse nunca, a no ser que el río que forma la Ría de Muros y Noya se secara. A las tres y media pasadas, aparcaba la moto en el garaje de Santiago. El vigilante DE ASPECTO marroquí apenas levantó la cabeza cuando oyó entrar a Cabana. Él se bajó, dejó el casco sujeto con la cadena antirrobo, saludó al guarda con la mano y se fue cojeando por la rampa. Cerca del garaje, vio un contenedor de basura, se acercó y se quitó la mochila. Sacó la barba postiza y se la guardó en un bolsillo, pues la iba a necesitar cuando fuera a buscar la moto. Después, arrojó la mochila al interior del contenedor como quien se libera de un pesado e incómodo fardo. Continuó con las manos en los bolsillos y se sintió aliviado de un enorme peso. Al llegar al hotel, miró su reloj. Eran las cuatro y cinco. Nadie a la vista. Abrió la puerta de cristal con su tarjera, pasó por el hall sin ver a nadie y subió por las escaleras. Entró en su habitación y fue al cuarto de baño, después se desnudó y se acostó. Había llevado a término su plan y aún le quedaban casi cuatro horas de sueño. Las ideas empezaron a amontonarse en su cabeza, que hacía un ruido interior como el de un motor eléctrico. Pero el agotamiento fue superior a los fantasmas de su mente. Pronto se quedó profundamente dormido. Hasta que el insistente sonido del teléfono de su mesilla de noche lo despertó.

—Buenos días, señor Cabana, son las ocho.

La voz del conserje sonó como si no hubiera pasado nada. Como si el cliente, plácidamente dormido, tuviera que despertarse para bajar a desayunar como los demás huéspedes en un día como otro cualquiera. Fue lo que hizo Julián Cabana. Se levantó, se duchó, se afeitó, se vistió de traje y corbata, bajó a desayunar y esperó a Antonio Sobrado, que apareció a las nueve menos cinco y se acercó a su mesa.

—¿Quieres un café? —le preguntó Cabana.

—No, gracias, jefe. Ya he desayunado.

—Pues vámonos.

* * * * * * *

A las ocho y media de la tarde del día siguiente, el cabo primero y jefe del puesto de la Guardia Civil de Corcubión, José Souto, recogió los papeles de su despacho, dio algunas instrucciones al agente Aurelio Taboada, que se quedaba de guardia, y se dispuso a irse a su casa. Una antigua casa de aldea restaurada y reconvertida en casa de turismo rural, que regentaba su mujer Lolita Doeste. El cabo Souto había heredado aquella bonita propiedad con sus tierras de una hermana de su padre, Carmen Souto, por lo que habían decidido ponerle «Doña Carmen» al establecimiento hotelero.

En el preciso momento en el que salía de su despacho, sonó su teléfono fijo. Volvió hacia la mesa y descolgó.

—Diga.

—Cabo —dijo la voz del guardia de puerta—, hay una señora que desea verlo a usted, dice que es muy importante. Está muy nerviosa.

—Bien —dijo el cabo Souto—, que me espere ahí, ahora voy.

Colgó y fue hacia la puerta de entrada. La señora era una mujer de su edad a la que conocía. Se llamaba Chelo Novoa. Estaba, en efecto, muy nerviosa. Él se acercó, la saludó, le puso cariñosamente una mano en el hombro y le preguntó con un gesto amable y tranquilizador:

—Hola, Chelo, ¿qué pasa?

—Estoy muy preocupada, Pepe —dijo ella.

—¿Por qué? Cuéntame.

—Verás —continuó Chelo—, ayer estuve hasta las diez de la noche con mi amiga Carmen Barreiro, ya sabes quién es, no?

—Sí, claro que sé quién es.

—Quedamos en ir esta mañana al mercado juntas. La llamé a las once y no me contestó, ni en su casa ni en el móvil. La llamé cinco veces durante la mañana y siguió sin contestar. Fui a su casa y llamé a la puerta varias veces, nada de nada. Por la tarde la volví a llamar. Imposible, no lo coge. Llamé a su madre, a ver si sabía algo, me dijo que no había hablado con ella desde el domingo pasado. Mira, Pepe, no quiero parecer una histérica, pero sabes que somos íntimas amigas, nos vemos todos los días y no tiene sentido que así, de pronto, deje de dar señales de vida. Me ha entrado miedo de que le haya pasado algo, un ataque al corazón, una caída o algo así. Vive sola desde que se divorció de Julián, como sabes, y no hay ninguna razón para que de la noche a la mañana desaparezca sin avisar ni a su madre ni a mí ni a ninguna de sus amigas. No sé qué hacer. ¿No podría la Guardia Civil entrar en el piso y ver si le ha pasado algo?

—¿Has preguntado a algún vecino si la ha visto entrar o salir?