La Farsante - Emil Cerda - E-Book

La Farsante E-Book

Emil Cerda

0,0

Beschreibung

La Farsante es un libro de ficción, misterio y erotismo, publicado el 4 de enero de 2022, por el escritor dominicano Emil Cerda. Relata la historia del escritor cuando tuvo un idilio con la ex-prostituta y escritora, Alondra García. Hasta el día de hoy no se ha verificado los hechos de dicha obra, haciendo que para todos los que la lean, sea un verdadero enigma. Este libro tiene muchos misterios de los cuales ni el mismo autor ha hablado públicamente y de los cuales los lectores aún desean saber la verdad. El único mensaje que pudieron descifrar es el que el mismo libro deja saber, pero después han habido muchas teorías acerca de los otros secretos de ésta.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 219

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



La Farsante

Emil Cerda

AVISO LEGAL

Título: La Marca.

Escritor: Emil Cerda.

© 2022 Emil Cerda/Kilig News.

Todos los derechos reservados.

Escritor: Emil Cerda.

Datos de contacto: ([email protected]).

ISBN: 979-8795796888. Edición 1.

Santo Domingo, República Dominicana.

Dedicado a la mujer que me ayudó a entender que síse puede amar, aun padeciendo de odio crónico.

Prefacio

Siempre he dicho que todo lo que el ser humano pueba lograr, es porque está al alcance de su finita consciencia. El mundo paralelo a nosotros, el invisible, no puede verse, porque simplemente tenemos ojos humanos, no espirituales. Si fuera lo contrario, estuviéramos más asustados aún.

Este libro no se trata auto-sustentar por sí mismo, una redundancia necesaria, así como para entender crucifijos debe haber primero pistas.

En estos veinte años de mi existencia humana, no he podido comprender más la manera insólita de amar, que es abandonando lo que en verdad amas para seguir a Cristo. Duele, pero al final, siempre asegurarás tu salvación, aunque el mundo esté en tu contra.

Espero que este libro te deje algunos sabores amargos y dulces, pero que sobre todo, entiendas que sos importante ante Dios.Ya nada importa, absolutamente nada, sino seguirle a Él.

Disfruta esta obra, y que Dios te bendiga.

I

Miércoles 13 de enero, 2016

Ensanche la Fe, calle Ortega & Gasset, esquina San Martín3: 00., A. M.

Estaba caminando rumbo a mi morada junto con Wilber y Gabriel, en la acera de alguna calle del Ensanche la Fe, mi antiguo barrio, quien me contempló yaciendo en mi concepción. Creo que estudiar Psicología Evolutiva me sirvió de algo, ¿no? Se apartaron de mí, y se fueron por la calle San Martín.

Estábamos en la casa de una amiga de Gabriel, como era año nuevo, amanecimos en su domicilio, empero decidimos retornar a casa en plena madrugada.

— Mierda, ¿de nuevo? —digo, sulfurado, al notar al instante cómo cae el semi-casquillo de pachuché en el estrato.

Me detengo mirando dicho efímero cigarro como por tres segundos, a lo que, por su vez, escucho la voz de una tipa que se va acercando a mi entorno.

—Si quieres te regalo uno, rubio —me dice, con uno entre sus dedos, haciendo énfasis en la mano que porta dicho tabaco pequeño.

—No —me niego—, no, con uno ya basta —prosigo.

—Ah —suspira y alza sus cejas, ojos y boca, denotando un "qué típico"—, supongo que eres de esos que se conforman con una sola cosa, a los que con el “simple” hecho de existir, con eso... se sienten vastos.

No le respondo; sólo que no me interesa hablar, dado que estoy enardecido de hastío. La ignoro y, camino, retomando la aventura hacia mi domicilio. Casi ya terminando la acera de dicha vía, mi coclea corresponde al rol de ser vigía y retorna el habla de aquella fémina.

—Cuidado, Emil —apenas se alcanza a oír de ella.

Freno de tope, y me cuestiono: “¿Cómo diablos ella sabe mi etiqueta? Es primera vez que nos topamos, ¿y ya sabe mi nombre? ¿Me secuestrarán? Por cierto, ¿cómo es que me grita estando todo esto ya solitario? Si vienen pandilleros sabrán que estamos por estos sitios, y nos darán un ultimátum”.

Cuando retrocedo mi sentido visual, no hace visible a la hembra que antes me ofreció para fumar. Es difícil, y creo que soy uno de tan pocos, me explico: luces encendidas, no sé qué hora es, pero según mi presentimiento, tal vez sean las dos de la mañana. Interiorizo mis manos en mi abrigo de cuello de león, para así asentir el gélido de esta zona. Es hora de doblar por la calle Peña Batlle, porque sinceramente, quiero sentir más confianza; no pretendo continuar por la Mauricio Báez, tengo que cortar y hacer de trocha para así palpar la Ramón Cáceres, próxima a mi destino.

No he escuchado ningún transporte terrestre cerca de mí aún. Estoy por la calle Arturo Logroño, cercana a la escuela Fidel Ferrer y, a la compañía Mejía Arcalá. Subo por dicha acera de la compañía, para así doblar y estar en la Ramón Cáceres. De paso, veo en la esquina de la acera que me queda al frente, en la compañía de dulces, El Puma, la misma chiquilla, con sus tacones pronunciados, y su extrema jeta de "inocente". Bueno, así la noto.

—No preguntaré cómo diablos sabes mi nombre, ni menos mucho te interpelaré por qué me rastreas. Sé que soy irresistible, y de que aunque tenga quince años, las maduras me consideran el “Fruto Prohibido”, un “Playboy” ; si ese es tu caso —sonrío, empero, me quedo atónito, ya que la perdí de vista.

“¿A dónde se fue?”, pienso. Además de que no sirvió de nada de que ella me diera la dirección de la Iglesia de Dios la Treinta y Tres, dado que me perdí de ruta.

—Creo que deberías dejar de ser un poco narcisista, pequeño “Playboy” —cuando me dice eso, se echa a mofarse de mí, estando detrás.

—¿Podrías —pregunto, haciendo un poco de bruxismo, y volteo a donde ella— dejar de aparecer y reaparecer delante de mí?

—Na —se opone, con su cráneo todo bello, haciendo el barbarismo de la palabra no.

—Está bien. Mucho gusto —extiendo mi mano—, no te diré mi nombre ya que al parecer te lo sabes, ¿grandulona? —me pregunto en voz alta, mirando para arriba—, en la esquina te vi chaparra, sin embargo, de cerca, eres más grande de lo que visualizas, ¿cuántas primaveras tienes?

—¿Mi edad? —Se acerca, como para susurrarme—. ¡Ja! Créeme, tengo eones, sería yo más que una tastatarabuela para ti. Ah —me aprieta la mano, por fin, esa mamagüebo—, mi nombre es F...

—¿F...?

—Alondra García. —Arrastra sus ojos abajo, dudosa, tratando de inventar algo—. Me conocen por Güinni.

—Comprendo, ¿cómo es que te llamas? —le digo, poniendo mi cara de sarcasmo, y bajo mi efigie justo en línea recta a la de ella—, ¿Güinni?

—Sí, así me dicen algunos.

—¿Quiénes?

—Eh... ¿mis choznos que tengo de ángeles?

—Oh, ¿estás casada?

—No —se niega, haciendo gestos de disgusto—, ¡ni loca! Nosotros los án... no-nosotros los ánglicos no podemos tener bebés. O eso creo —añade, arazcándose la cabeza, en torno a una duda.

—¿Ánglicos? —sonrío, sorprendido—, ¡guao! ¡¡Eres de Inglaterra!! Con razón eres tan —la inspecciono de abajo a arriba, y me dio cuenta de que tiene bastante trasero, un traje de cuero de color rojo, muy adherido a su piel, que le hace notar su tremenda panocha; subo y me topo con unos enormes senos, ¿pero qué enormes! No, esto era lo contrario: se veían redondos, grandes y volubles; y me topo con su rostro, mirándome sonriendo, soflamada—, tan... —Me quedo mirando su boca, y trago saliva— morena, aunque eres de piel negra. ¿Por qué no podéis tener hijos?

—Mmmm, pues... no sé, después de mi expulsión del Cielo...

—¿Del Cielo!

—¡Sí! —sonríe falsamente—, así se llamaba el lugar a donde viví.

—Ah.

—No, nunca he visto un bebé de mi tipo, ni lo veré.

—Está bien. Ahora, ¿me dirás por qué me persigues y sabes mi nombre, Güinni?

—No te perseguí.

—Ah, ¿sí? —le pregunto, acercándome más.

—Sí —afirma.

Entre nuestra precoz charla anónima, aparece un Honda Civic negro, que se estaciona al lado de ella.

—Lo siento, tengo que partir —me dice, dejando mi mano tumbada en el aire, yéndose al carro que mantenía sus vidrios negros subidos.

Se marchan.

—¿Es en serio? —grito, mirando arriba, echándole la culpa a Yo Soy por no dejarme singar a la tipa; aunque no puedo presumir mucho, tengo quince años.

Me quedo flechado por el inmenso regalo que el suelo me deja. ¡Es su número! Camino prontamente a mi techo, porque sinceramente no soporto más cansancio.

En la mañana que sigue, en mi trabajo de tintero, tomo el primer cagapuntas que veo. No dejo de pensar en Güinni; una utopía más que extraoficial de todos nosotros: el placer es tan macabro que cuando terminas con él, te sigue tentando.

—Emil, ¿no pretendes hacer nada? —me lo dice con una voz extenuante.

—No se preocupe, yo me encargo —le digo, para que me suelte en banda.

—Eso espero, ya que la última vez...

—La última vez —lo interrumpo, a ese maldito a'queroso— fue la última, no obstante, hay alguien que se llama: continuará. Usté sabe de eso, jefe.

Sólo vi cómo tragó en seco ese mamagüebo, digo, ¡verdad!, esta es una obra del maldito Emil Cerda, debe haber tecnisismo para que los periodistas no comenten "en contra" del realismo sucio; felacionista, ahora sí.

Preparo los embalses que están en la mesa a la derecha, entre tanto observatorio, distingo entre la penumbra de un folder amarillo, lo que viene siendo el filo de la tarjeta que contenía el número de Güinni, sin embargo, se habían borrado las cifras, ¡e incluso el bendito nombre de Alondra! Esto tiene que ser una broma de Natacha Rodríguez, la secretaria más fastidiosa de toda esta maldita franquicia. Las otras veinticuatro horas se la pasó murmurando con el jefe, y eso la ciñe de la primera sospechosa; le sigo los pasos a ver qué encuentro.

Me aproximo a su despacho, me percato de que no hay muros en la costa, y dejo que mis manos caigan en todo el espacio tangible, a lo que llamamos escritorio. Inicio revisando, no obstante, las gavetas están cerradas, cada una, con llave, y al parecer, con un cifrado distinto.

—A ver, ¿qué se supone que tengo que hacer para abrir todo esto, la habilidad de Daredevil o un Alohomora? —me cuestiono, ya que por lo que veo no podré abrir ninguno de estos cajones.

—Sí, no te preocupes, aunque creo que el jefe tiene una cosa enorme, Nancy

—alcanzo a escuchar a Natacha, hablar entre dientes, mientras se acerca a su despacho.

“¡Mierda!, ¿dónde me escondo?”, es lo único que me llega a la mente. Veo una mesa rectangular que me inspira confianza para refugiarme en ella sin ser visto.

—¡Sí, de veras!, estábamos en su casa y preparó una cena espectacular, con rosas, velones...

“¿Natacha está saliendo con el jefe? Bueno, qué notición”.

—Y cuando se terminó me llevó a su recamara, y...

Me impresiono de tal buenas nuevas y, sin querer, me doy duro con la mesa, con mi estúpida cabeza, haciendo ruido.

—Espera —le dice a Nancy por teléfono, y soma su cabeza hacia el escritorio color caoba, con esperanza de encontrar al Hada de los Dientes.

Chicos, no sé vosotros, pero preferiría estar desnudo. Los aeróbicos me sirvieron, dado que parecía como Spiderman con diarrea. Mi pierna derecha está encima de mi brazo izquierdo, y la diestra, rosando el periné. No me había sentido auto-violado en toda mi puta existencia.

—No, nada —seguía su conversación abrupta—, pensaba haber escuchado algo en mi oficina. ¿Sí...?, ¿segura?, ¿segurísima? —decía contenta, mientras rebotaban sus tetas y decía el nombre de mi jefe.

Toma un documento sellado en azul con el logo de la empresa, MyMillionGames (la tuya, por si me la mentaste), y se marcha. Me desenvuelvo de mi conflicto conmigo mismo.

—Lindo sillón —digo, al notar el sillón principal de la oficina de Natacha—, lo tomaré un rato. —Cuando intento sentarme en él, noto el número cero— ¿El cero, por qué?, Señor, ¿esta es la señal para poder sacarme la loto?

Siento que alguien está detrás de mi anatomía, por lo que, retrocede mi posición hacia donde mi sistema nervioso simpático me avisó. No noto nada, pero me aproximo a la ventana, y observo a lo lejos el número uno que está en un edificio bastante alto y, una chica pintando dicha cifra.

—Señor, van dos números, en verdad estás muy desesperado de que salga de esta olla —expreso, al ya saber dos números corridos, que al parecer, Dios o la suerte, quisieron darme.

Apunto esas dos cifras en mi diario, y salgo de la oficina de la correveidile de Natacha. Cierro lentamente, mientras sostengo el pomo con mi mano derecha, de la puerta de su oficina, mirando a los lados a ver si hay muros en la costa o no.

—Señor, dos números no son suficientes, ¿ahora qué sigue, cuáles serán los otros números que me darás? —digo, hablando con Dios, mientras camino a mi escritorio.

Me siento y, enciendo el monitor por que dejé apagado. ¡¡No es posible!! Es el número cero, ¿por qué otra vez? Bueno, la suerte y Dios están conmigo, no puedo perder los números a partir de ahora. Vuelvo y escribo el número en mi diario. ¡Ya son tres! ¿A paso de tortuga? ¡¡No lo creo!!

Suena mi celular.

— Emil, klk, dime a ver, papá.

—Hey, Richard, klk, dime to'.

— Na', papá, aquí que hablé con Gabriel, Wilber, Erick y Ariel para ir pa' lazona hoy. ¿Te apuntas?

—Mmmmm. ¿A qué hora?

— ¡Cómo que a qué hora, maldito loco? Tú sabe' que nosotros salimo' despuésde la' doce de la noche.

“Tengo mucho que no me divierto, me lo merezco”, pienso.

— Tató, ¿en la casa del Gabo nos encontramos?

— Clarinete, mi loco, ademá' te conviene porque irá tú sabes quién.

—Oye eso, ¿tú crees que cuando salgo, es para las mujeres?

— Sé que no, pero tienes que disfrutar tu juventud, loco, tú no puedes pensarasí siempre, en la depre', solo, como si te hediera la vida. ¿Recuerdas lo queme dijiste sobre las liebres?

—Sí. Si las liebres son cojas, los monstruos de gilas serán los reyes.

— Exacto. Hablamo', papá, que tengo que hacer un videojuego.

—Está bien.

Sentado en mi escritorio, ya quedándome siete minutos para irme de mi trabajo para terminar por hoy, abro el navegador y coloco en la url: google.com.do, y pongo lo siguiente:

“¿En Inglaterra hay más personas blancas, que de color?”.

Sí, sé qué están pensando, lo puse para así ver el muestreo de las personas de color y blancas, y saber cuáles predominan más para asegurarme de que esa tal Alondra, no me haya dicho mentiras. No puedo creer cómo soy tan insensato de perder su número telefónico. Tiene buen cuerpo, no obstante, no es para tanto; de qué vale la harina, si no hay aceite; de qué vale el cuerpo, si no hay alma; de qué vale el dinero, si no hay valor. Cosas así me hacen pensar de forma estrambótica la existencia tan relevante del ser humano dentro de este universo, y en este planeta.

Sigo concentrado en mi monitor, cuando siento pasos detrás de mí y, cuando volteo la mirada, llego a contemplar a una chica con pelo negro, alta, con tacones, culona, caminando prontamente a la puerta de salida de la oficina principal de los empleados. No logro ver su rostro dado que está caminando a modo contrario de mí, y estoy sentado aún.

—¡Oye! —le grito.

No reacciona, sino que abre la puerta; se detiene por tres segundos, mientras la sostiene, dobla un poco su efigie, haciendo notar un poco su boca y, sonríe, y sigue caminando, dejando cerrar la puerta.

—¡Oh! Ella cree que porque tiene un chin de culo, hay que lamberle. ¿Qué e' lo que ella se cree? Yo también 'toy bueno.

Me enfada la gente que tiene narcisismo, ¿cuál es la necesidad? Todos somos únicos, y no necesitamos reemplazos; no somos mejores que otros. Alguien no es mejor que alguien.

Antes de regresar a la ergonomía anterior en la que estaba adherida mi anatomía, me percato del número uno que se acaba de formar por algunos papeles envueltos; creo que son los que utilizan los empleados para lanzarlos al zafacón después de que no sirven para una información venidera. Mi cerebro reacciona y, lo anota en el diario. ¡Ya son cuatro números! Empero, se repiten los números, no sé por qué. “¿Tengo que intercambiarlos o qué?”, es lo primero que me llega al órgano más protegido de todo el cuerpo.

0101

Evidentemente estas cifras no son para la lotería, tal vez sea parte de un meta-mensaje, lástima que no sé sobre esteganografía. Se repiten recíprocamente.

Esto no tiene sentido, no sé para qué los utilizaré si no son coherentes.

Apuntaré cualquier número que me aparezca, porque a la verdad, de vivir en la incertidumbre como antes, prefiero la motivación sobre la lujuria.

—Es hora de ir a casa —me digo, recostando mi espalda de la silla, sin haber alguna persona en el despacho.

Arreglo mi posición de empleado, repongo todo lo descompuesto en el escritorio y, me paro de la silla. Me inclino al monitor, controlo mi ratón hasta el menú Inicio, luego, clic izquierdo y presiono la opción “Apagar”. Sonrío, tomo mi saco que estaba encima de mi silla, me lo adhiero a mí; y, en un inhalar y exhalar de nariz, Natacha entra con el jefe, en una completa guerra de quién se quita el uniforme primero. Pegados están sus labios, podría decir que es un asco, empero, no puedo culparlos por mi voto a ser un eunuco. Me escondo rápidamente en el escritorio del Sr. Recóndito, que se encuentra al lado del mío.

—Mira cómo me pones a esto —le dice mi jefe a Natacha, dejándose desabrochar los botones de su camisa.

—Estamos por esto desde hace mucho, Carlos. —Natacha le quita la camisa, pone su mano izquierda en el pecho de Carlos, lo tienta aproximándose a su boca y, después, retirándose de ésta.

—Con que jugando sucio, ¿no?

—Tú me enseñaste eso —le informa, poniendo su mano derecha sobre la cremallera del pantalón de Carlos, haciendo movimientos de abajo hacia arriba, acariciando su aparato reproductor.

“¿Entonces esto es porno en vivo?”, me lamento.

—Qué tal si te amenazo con números —le sugiere Natacha.

—¿Ajá? Tus probabilidades de salir de aquí se vuelven cero.

—Y el que me hace el toto palpitar es solamente uno, que es usted —le aclara la loca esa.

Las líneas del escritorio del Sr. Recóndito me convirtieron en soslayo, la dicha es que no puedo ver bien, así no padezco de momento de hipertensión arterial o de voyeurismo.

Los zapatos de Carlos vuelan, los sostenes de Natacha se aprovechan y caen encima de la cara de Carlos, la besuquea y pone sus dos manos en las dos tetas de Natacha. Las lame, y saca un efímero gemido visceral:

— Te lo quiero meter.

No me sorprende, “campeón”, cinco minutos ahí y aún no ha concretado el sexo coital, yo no resistiría mucho. ¡¡Eres mi ídolo!! Natacha se arrodilla en una posición de noventa grados, mientras que Carlos se vuelve a poner sobre sus pies; ella quita la correa, y baja la cremallera; abre los ojos más de la cuenta, sorprendida, como si viera por vez primera un Diglett.

—Lo tienes súper grande —le comenta Natacha, mordiendo sus labios, y sobando el calzoncillo de Carlos con su mano derecha.

Lo aprieta y, saca una sonrisa.

En estos momentos quisiera desviar la mirada a otra parte, pero el ser humano es tan masoquista, que sabe que le asusta las películas de terror, pero aún así sigue en la sala del cine.

Saca el güebo de Carlos, y coloca su fauce en éste. Inicia una felación merecedora de un mardito aplauso. Pero qué arte, qué cosa, qué caraoque. Aplausos para esta succionadora de hijos. No lo sé, pero quisiera ser Carlos ahora mismo. Carlos coloca sus dos manos en la cabeza de Natacha, y la aprieta para adentro, haciendo alusión de esos apretones que dan los actores porno cuando se lo están mamando. Veo que la pobre se rinde, porque la noto sin aire. Pobrecita.

Esto no es posible, es una broma. “¿Estoy teniendo una erección!”, pienso, indignado, pero a la vez cachondo.

Natacha demuestra sus habilidades con las manos, con la lengua y con la boca, o sea, que en verdad es graduada de secretaria ejecutiva. Aquí les mencionaré algunas funciones de cualquier secretaria, en cualquier empresa.

1. Manejar información estrictamente confidencial, en cuanto concierne a su jefe o encargado. Y créanme, que con esta felación, está tragando y chupando demasiada “información”.

2. Atender visitas. Andrés no la ha visitado aún, pero sé que en medio de estos veintiocho días él lo hará.

3. Archivar documentos. Este secreto quedará entre Natacha, Nancy y Carlos... bueno, conmigo también.

4. Percatarse de la tramitación de expedientes.

Para ser un/a buen/a secretario/a, debe haber participación activa en los expedientes que entran y salen de una oficina, tanto de Recursos Humanos, como de Administración. No sé por qué dije esta última si no aporta nada con el acto majativo que ocurre en este preciso momento.

Esto y más hace el papel de un secretario o secretaria en una empresa; no digo más porque tengo que concentrarme en cada posición que están haciendo.

Creo que la actual es el misionero, es decir, él encima de ella y ella en línea recta, acostada.

Se escuchan pasos desde afuera del despacho principal, esto hace que ambos se asusten, y corran hacia el baño de hombres. Pero miren quién es, no es más que el conserje Plácido, creo que me salvó la campana, ¡gracias por haber venido!

—Pero ven acá, hay un bajo como a ñema —saca al aire Plácido, sosteniendo su escoba de caoba.

Emil, detente, no te rías. ¡Cómo que un bajo a ñema? Aguanto la risa tapándome la boca. Él continúa derecho, y me pasa por el lado como si no existiera, aunque claro, estoy escondido; si quiero que me encuentre, debo salir, ¿no?

Ya que Plácido se fue y, aquellos dos tortolos están singando en el baño, es hora de culminar con mi paciencia e irme de este lugar. Hoy me llamarán el “Aguanta gorro”. Es una buena etiqueta para un adolescente temprano.

No me cuestiono por qué seguí allí después de todo; estoy divisando la calle Cero con Cero. No es lo mismo luchar por venganza, que por una causa; es una pena que el ser humano mismo se centre en la ira cuando la riqueza de la tranquilidad está presente. Estoy buscando la respuesta a esa frase que acabo de inventar, ya que de por sí no tiene peso alguno si no hay responsabilidad.

—Hoy no hubieron números ni alusiones a éstos, creo que es mejor establecerme donde siempre.

“¿Qué no hubieron números”, pienso detenidamente. Creo que en la conversación ferozmente de Natacha y Carlos, llegué a escuchar un cero y un uno, si no me equivoco.

¡¡Efectivamente!! Lo recuerdo tácitamente. Apunto los números cero y uno, en mi libreta. “¿Faltan más?”, sigo pensando. ¡Sí! Mi memoria a largo plazo está trabajando perfectamente. La calle Cero con Cero da alusión a dos ceros repetidos. Tengo que apuntarlos también. Abro mi libreta y anoto los números ya antes mencionados, en su orden correspondiente.

01010100

Son ocho cifras de números en total. Quiero descifrar qué me quiere dejar dicho. Cierro mi libreta y me dirijo a mi domicilio. Me quito toda prenda que se haya adherido a mi piel, también, sin más prisa, quito los zapatos de las palmas de mis pies; no obstante, subo la cabeza, y se queda flechada mi mirada en el reflejo del espejo.

Suena mi celular.

— ¿Emil? —me pregunta una chica de la cual no reconozco su voz.

—¿Ajá?, ¿quién me habla? —le respondo.

— ¿Cómo que quién te habla, ¡estúpido!? Soy yo, Denise.

—¡Ah! —me sorprendo, y sigo con la conversación—, Denise, “esa” Denise.

— ¿Acaso tienes otra amiga que se llame así?

—No, no, tranquila. Qué pasa.

— Sal, estoy afuera de tu casa, salgamos.

—¿Qué! Vine ahora mismo de mi trabajo; lo que tengas que decirme, dímelo ahora.

— Sal, te dije —me contesta, con un tono muy agresivo.

Cuelgo, termino de volver a ponerme los zapatos, y me aproximo a mi puerta.

La abro.

—¿Qué quieres? —le pregunto, notando que está despalda, con su celular en la mano.

—Ven, cierra la puerta.

—Estoy cansado, Denise, dime qué diablos quieres.

—Qué me sigas, y punto. Sólo cierra la boca.

—¿Me regalarás un helado de fresa?

—Tú únicamente sígueme.

Siguiéndola, a no sé dónde, noto y me rio, de que ella trata de estar a la par conmigo, ya que camino muy rápido.

— Coño, loco, camina al'paso.

—Yo siempre camino así, así que acostúmbrate.

—Ya me falta el aire —dice, agarrándose de mi mano izquierda.

Se sostiene de mi brazo izquierdo, entrelaza sus dedos con los míos y, de un tris, se voltea, y me dice:

—Quiero presentarte a una amiga.

—¿Para eso fue que me trajiste aquí, no era más fácil decírmelo en mi casa?

—Es que casi no sales, eres todo un antisocial, Emil.

—Asocial, mejor dicho —le confirmo.

—En fin, quiero que vayas conmigo; es un burdel.

—¿Qué! Espera, ¡qué? ¿Casa Teresita?

—Sí —asienta con la cabeza.

—No, ¿tú me ves cara a mí de ir a lugares de esos?

—No, pero quiero que la conozcas.

—O sea, ¿tu amiga es una prostituta?

—Me debes un favor, Sebastián, así que no me falles.

Me quedo paralizado mediante tal proposición. No sé cómo reaccionar. Es cierto que le debo un favor, ¿pero es correcto pagárselo yendo a ese lugar?

¿No es mejor hacer otra cosa que sí pueda beneficiarle?

—Está bien —me entrego a su manifiesto, como todo estúpido.

—Te acompañaré a tu casa, nos iremos a las doce de la noche.

—¿Es hoy? Denise, deja el juego.

—Sí, es hoy. Y te callas —me amenaza.

2 horas más tarde...

Estamos en mi recamara, yo sentado frente a mi laptop, y Denise chateando por su celular. Pongo la música del ex-grupo kpop (mi favorito) Fiestar, You'rePitiful, en YouTube, a lo que Denise dice:

—Faltan treinta minutos para irnos. —Coloca sus manos cruzadas, en mi pecho, estando detrás de mí.

—Estoy ampliando una novela corta que estoy escribiendo, Denise.

Me voltea la cara, y coloca su dedo indice debajo de mi barbilla, dejando su dedo pulgar encima de ésta. Me mira, sonriendo levemente; ella siendo ecologista, me planta un beso.

—Quiero mamártelo —me dice después de tal acto visceral.

Se agacha a mi pantalón, en postura de noventa grados, desabrochando mi cremallera. Quita velozmente mi bóxer y, sin más preámbulos, mete su boca en mi güebo.