La importancia de llamarse Ernesto - Oscar Wilde - E-Book

La importancia de llamarse Ernesto E-Book

Oscar Wilde

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Escrita por el gran escritor irlandés Oscar Wilde, "La importancia de llamarse Ernesto" se entrenó en 1895, con un subtítulo clarificador: “comedia banal para gente muy seria” y con un triunfo arrollador desde el principio. Se dijo de ella que Inglaterra nunca había reído tanto con una comedia. Fue, además, uno de los éxitos mas importantes de este autor que, educado en el ambiente culto y literario de sus progenitores, consiguió abrirse muchas puertas en su entorno, tanto por su carácter equívoco como por su simpatía. 
"La importancia de llamarse Ernesto" es un obra de excelente trama cómica que fluye entre los sutiles diálogos de sus escenas y el relato de los hechos lleno de agudeza y frescura. Estos son los grandes valores que han hecho de esta composición una de las más representadas y aplaudidas del mundo. Toda la obra es un gran juego de acciones y lenguaje, aprovechando los dobles sentidos de las palabras y las significaciones sociales de los términos, la puesta en escena fue todo un éxito que se vio empañado por el escándalo propio de una sociedad puritana y cruel, deseosa de ver caer al hombre que se había atrevido a cuestionar las bases y principios de esa misma sociedad. 

"La importancia de llamarse Ernesto" relata la historia de dos hombres que fingen llamarse Ernesto, esto lo hacen con el fin de casarse con dos mujeres que fantasean con casarse algún día con alguien llamado Ernesto. 
Lo que no saben estos hombres es que al adoptar esta falsa personalidad, esto los conllevará a un sin fin de problemas enredados los cuales tendrán que resolver. Pero al final no todo es malo, ellos descubrirán La importancia de llamarse Ernesto.

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Tabla de contenidos

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

Personajes

Primer acto

Segundo acto

Tercer acto

Estreno y reparto original

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO

Oscar Wilde

Personajes

J OHN W ORTHING, J. P.

A LGERNON M ONCRIEFF.

E L R EVERENDO CANÓNIGO C ASULLA, D. D.

M ERRIMAN, mayordomo.

L ANE, criado.

L ADY B RACKNELL.

L A H ONORABLE G UNDELINDA F AIRFAX.

C ECILIA C ARDEW.

M ISS P RISM, institutriz.

Primer acto

Decoración: Saloncito íntimo en el piso de Algernon, en Half-Moon-Street. La habitación está lujosa y artísticamente amueblado. Óyese un piano en el cuarto contiguo. L ANE está preparando sobre la mesa el servicio para el té de la tarde, y después que cesa la música entra A LGERNON.

A LGERNON.— ¿Ha oído usted lo que estaba tocando, Lane?

L ANE.— No creí que fuese de buena educación escuchar, señor.

A LGERNON.— Lo siento por usted, entonces. No toco correctamente —todo el mundo puede tocar correctamente—, pero toco con una expresión admirable. En lo que al piano se refiere, el sentimiento es mi fuerte. Guardo la ciencia para la Vida.

L ANE.— Sí, señor.

A LGERNON.— Y, hablando de la ciencia de la Vida, ¿ha hecho usted cortar los sandwiches de pepino para lady Bracknell?

L ANE.— Sí, señor. ( Los presenta sobre una bandeja.)

A LGERNON.— ( Los examina, coge dos y se sienta en el sofá.) ¡Oh!… Y a propósito, Lane: he visto en su libro de cuentas que el jueves por la noche, cuando lord Shoreman y míster Worthing cenaron conmigo, anotó usted ocho botellas de champagne de consumo.

L ANE.— Sí, señor; ocho botellas y cuarto.

A LGERNON.— ¿Por qué será que en una casa de soltero son, invariablemente, los criados los que se beben el champagne? Lo pregunto simplemente a título de información.

L ANE.— Yo lo atribuyo a la calidad superior del vino, señor. He observado con frecuencia que en las casas de los hombres casados rara vez es de primer orden el champagne.

A LGERNON.— ¡Dios mío! ¿Tan desmoralizador es el matrimonio?

L ANE.— Yo creo que es un estado muy agradable, señor. Tengo de él poquísima experiencia, hasta ahora. No he estado casado, más que una vez. Fue a causa de una mala inteligencia entre una muchacha y yo.

A LGERNON.— ( Lánguidamente.) No sé si me interesa mucho su vida familiar, Lane.

L ANE.— No, señor; no es un tema muy interesante. Yo nunca pienso en ella.

A LGERNON.— Es naturalísimo y no lo dudo. Nada más, Lane; gracias.

L ANE.— Gracias, señor ( Sale L ANE.)

A LGERNON.— Las ideas de Lane sobre el matrimonio parecen algo relajadas. Realmente, si las clases inferiores no dan buen ejemplo, ¿para qué sirven en este mundo? Como clases, parece que no tienen en absoluto sentido de responsabilidad moral. ( Entra L ANE.)

L ANE.— Míster Ernesto Worthing. ( Entra John. sale L ANE.)

A LGERNON.— ¿Cómo estás, mi querido Ernesto? ¿Qué te trae a la ciudad?

J OHN.— ¡Oh, la diversión, la diversión! ¿Qué otra cosa trae a la gente? ¡Ya te veo comiendo como de costumbre, Algy!

A LGERNON.— ( Severamente.) Creo que es costumbre en la buena sociedad tomar un ligero refrigerio a las cinco. ¿Dónde has estado desde el jueves pasado?

J OHN.— ( Sentándose en el sofá.) En el campo.

A LGERNON.— ¿Y qué haces enterrado allí?

J OHN.— ( Quitándose los guantes.) Cuando está uno en la ciudad, se divierte uno solo. Cuando está uno en el campo, divierte a los demás. Lo cual es extraordinariamente aburrido.

A LGERNON.— ¿Y quiénes son esas gentes a las que diviertes?

J OHN.— ( Con tono ligero) ¡Oh! Vecinos, vecinos.

A LGERNON.— ¿Has encontrado vecinos agradables en tu tierra del Shropshire?

J OHN.— ¡Perfectamente molestos! No hablo nunca con ninguno de ellos.

A LGERNON.— ¡De qué modo más enorme debes divertirles! ( Se levanta y coge un «sandwich».) A propósito, ¿el Shropshire es tu tierra, verdad?

J OHN.— ¿Eh? ¿El Shropshire? Sí, claro, es. ¡Hola! ¿Por qué todas esas tazas? ¿Por qué esos sandwiches de pepino? ¿Por qué ese loco derroche en un hombre tan joven? ¿Quién va a venir a tomar el té?

A LGERNON.— ¡Oh! Solamente mi tía Augusta y Gundelinda.

J OHN.— ¡Qué encanto! ¡Perfectamente!

A LGERNON.— Sí, está muy bien; pero temo que a tía Augusta no le agrade mucho que estés aquí.

J OHN.— ¿Puedo preguntar por qué?

A LGERNON.— Chico, tu manera de flirtear con Gundelinda es perfectamente ignominiosa. Es casi tan inicua como la manera de flirtear Gundelinda contigo.

J OHN.— Estoy enamorado de Gundelinda. He venido a Londres expresamente para declararme a ella.

A LGERNON.— Yo creí que habías venido a divertirte… A esto lo llamo yo venir a negocios.

J OHN.— ¡Qué poco romántico eres!

A LGERNON.— Realmente, no veo nada romántico en una declaración. Es muy romántico estar enamorado. Pero no hay nada romántico en una declaración definitiva. ¡Toma! Como que pueden decirle a uno que sí. Yo creo que así sucede, generalmente. Y entonces, ¡se acabó todo apasionamiento! La verdadera esencia del romanticismo es la incertidumbre. Si alguna vez me caso, haré todo lo posible por olvidar el suceso.

J OHN.— Eso no lo dudo, mi querido Algy. El Tribunal de Divorcio fue inventado especialmente para la gente que tiene la memoria, tan extraordinariamente constituida.

A LGERNON.— ¡Oh, es inútil hacer reflexiones sobre este tema! Los divorcios se elaboran en el cielo… ( J ACK alarga la mano para coger un «sandwich». A LGERNON se interpone en el acto.) Hazme el favor de no tocar los sandwiches de pepino. Están preparados especialmente para tía Augusta. ( Coge uno y se lo come.)

J OHN.— ¡Bueno, pues tú te los comes todo el tiempo!

A LGERNON.— Eso es completamente distinto. Es mi tía. ( Coge el plato de debajo.) Ten un poco de pan con manteca. El pan con manteca es para Gundelinda. Gundelinda está destinada al pan con manteca.

J OHN.— ( Aproximándose a la mesa y sirviéndose él mismo.) Y este pan y esta manteca son igualmente buenos.

A LGERNON.— Bien, mi querido amigo; pero no es necesario que comas así como si fueras a engullírtelo todo. Te conduces como si estuvieras casado ya con ella. No lo estás aún, ni creo que lo estés jamás.

J OHN.— ¿Por qué dices eso?

A LGERNON.— Pues bien: en primer lugar, las muchachas no se casan nunca con los hombres con quienes flirtean. No lo consideran decente.

J OHN.— ¡Oh, qué tontería!

A LGERNON.— No lo es. Es una gran verdad. Eso explica el número extraordinario de solteros que se ven por todas partes. En segundo lugar, yo no doy mi consentimiento.

J OHN.— ¡Tu consentimiento!

A LGERNON.— Mi querido amigo, Gundelinda es prima hermana mía. Y antes de permitir que te cases con ella tendrás que aclararme por completo la cuestión de Cecilia. ( Toca el timbre.)

J OHN.— ¡Cecilia! ¿Qué quieres decir? ¿Qué quiere decir eso de Cecilia, Algy? No conozco a nadie que se llame Cecilia. ( Entra L ANE.)

A LGERNON.— Traiga la pitillera que se dejó míster Worthing en el salón de fumar la última vez que cenó aquí.

L ANE.— Bien, señor. ( Sale L ANE.)

J OHN.— ¿Eso quiere decir que te has guardado todo ese tiempo mi pitillera? Podías haber tenido la bondad de comunicármelo. He estado escribiendo furiosas cartas a Scotland Yard sobre esto. Estaba a punto de ofrecer una espléndida gratificación.

A LGERNON.— Muy bien; te ruego que la ofrezcas. Casualmente, estoy más a la cuarta pregunta que de costumbre.

J OHN.— No hay que ofrecer ya una espléndida gratificación, puesto que se ha encontrado la cosa.

(Entra L ANE con la pitillera sobre una bandeja. A LGERNON la coge inmediatamente. Sale L ANE.)

A LGERNON.— Me veo precisado a decirte que me parece eso un poco roñoso en ti, Ernesto. ( Abre la pitillera y la examina.) Sin embargo, no importa, porque ahora que veo la inscripción de la parte de dentro descubro que el objeto no es tuyo, después de todo.

J OHN.— Claro que es mío. ( Dirigiéndose hacia él.) Me lo has visto cien veces y no tienes ningún derecho a leer lo que hay escrito dentro. Es una cosa indigna de un caballero leer una pitillera particular.

A LGERNON.— ¡Oh! Es absurdo tener una regla rigurosa e invariable sobre lo que debe y no debe leerse. Más de la mitad de la cultura moderna depende de lo que no debería leerse.

J OHN.— Es un hecho del que estoy perfectamente enterado, y no me propongo discutir sobre la cultura moderna. No es un tema para hablar en privado. Yo necesito simplemente recuperar mi pitillera.

A LGERNON.— Sí; pero esta pitillera no es tuya. Esta pitillera es un regalo de alguien que se llama Cecilia, y tú has dicho que no conocías a nadie de ese nombre.

J OHN.— Bueno, ya que insistes en saberlo: ocurre que Cecilia es mi tía.

A LGERNON.— ¡Tu tía!

J OHN.— Sí. Y además, una señora vieja encantadora. Vive en Tunbridge Wells. Y ahora devuélveme eso, Algy.

A LGERNON.— ( Refugiándose detrás del sofá.) ¿Pero por qué se llama a sí misma «la pequeña Cecilia», si es tía tuya y si vive en Tunbridge Wells? ( Leyendo.) «De parte de la pequeña Cecilia, con su más tierno amor».