La isla del Tesoro - Robert Louis Stevenson - E-Book

La isla del Tesoro E-Book

Robert Louis Stevenson

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El protagonista de este magnífico libro es un niño, Jim Hawkins. Su emocionante aventura comienza el día en que un viejo marinero con la cara marcada por un sablazo llega a la posada de su padre. El cofre que transporta el desconocido contiene un extraño mapa que Jim descubrirá por casualidad. A partir de este momento, nuestro joven protagonista emprenderá un arriesgado viaje en busca del tesoro del temido capitán Flint. Disfruta de esta edición única con prólogo de Fernando Savater y cuidadosamente ilustrada por Jordi Vila Delclòs.

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Seitenzahl: 368

Veröffentlichungsjahr: 2014

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Robert L. Stevenson

La isla del Tesoro

Ilustraciones de Jordi Vila Delclòs

Prólogo de Fernando Savater

Traducción de María Durante

Índice

Prólogo: La isla vagabunda

Nomenclatura de la goleta

Mapa de la isla del Tesoro

Parte primera: El viejo bucanero

I. El viejo lobo de mar en la posada del Almirante Benbow

II. Perro Negro aparece y desaparece

III. La marca negra

IV. El baúl

V. La muerte del ciego

VI. Los papeles del capitán

Parte segunda: El cocinero del barco

VII. Mi viaje a Bristol

VIII. En la taberna El Catalejo

IX. Pólvora y armas

X. El viaje

XI. Lo que oí desde el tonel de manzanas

XII. Consejo de guerra

Parte tercera. Mi aventura en tierra

XIII. Así comenzó mi aventura en tierra

XIV. El primer golpe

XV. El hombre de la isla

Parte cuarta. La empalizada

XVI. De cómo abandonaron el barco

XVII. El último viaje del esquife

XVIII. Cómo terminó nuestro primer día de lucha

XIX. La guarnición del fortín

XX. La embajada de Silver

XXI. El ataque

Parte quinta. Mi aventura en el mar

XXII. De cómo empezó mi aventura en el mar

XXIII. La resaca

XXIV. La travesía del coraclo

XXV. Arrío la bandera negra

XXVI. Israel Hands

XXVII. «¡Doblones de a ocho!»

Parte sexta. El capitán Silver

XXVIII. En el campamento enemigo

XXIX. Otra vez la marca negra

XXX. Palabra de honor

XXXI. En busca del tesoro: la señal de Flint

XXXII. En busca del tesoro: la voz entre los árboles

XXXIII. La caída de un cabecilla

XXXIV. Y último

Cuaderno de bocetos

Créditos

PRÓLOGO

La isla vagabunda

Llegamos a Braemar, en las Tierras Altas de Escocia, a mediados de junio, pero la temperatura era peor que otoñal incluso para un donostiarra. Me abroché el impermeable hasta el cuello y empecé a echar de menos el lluvioso Londres que habíamos dejado atrás, lo que ya es decir. Preguntamos la dirección a un viandante y en mi torpe inglés añadí algo ineficazmente aclaratorio sobre «la casa donde vivió Stevenson». El tipo —un sesentón grandote y rojizo que se paseaba en camisa con un perro, este al menos bastante lanudo— nos orientó, mientras descartaba algo gruñonamente que ningún Stevenson viviera en las cercanías. Luego, más curioso que amable, inquirió de dónde veníamos. ¿De España? Bueno, allí siempre hace sol, ¿no? Pues no podíamos quejarnos, también en Braemar habíamos tenido suerte con el tiempo: el verano estaba siendo agradable. Tirité de gratitud y seguimos el rumbo indicado.

Llegamos a la casa buscada: dos plantas, grisácea pero no fea, al menos vintage. Sobre el dintel de la puerta principal, una inscripción casi funeraria informaba de que allí pasaron Robert Louis Stevenson y su familia los meses del verano de 1881, o sea ciento treinta años antes de nuestra visita. Era el sitio que buscábamos para el rodaje de uno de nuestros programas de televisión Lugares con genio, en los que recorrimos la geografía vital y creativa de los grandes escritores. Y aquella casa de la nublada Braemar era sin duda importante porque allí, ese verano de hace casi siglo y medio, nació La isla del Tesoro. Según cuentan, también entonces fue el verano frío y lluvioso, aunque quizá —de haber tenido ocasión de vivirlo— el nativo que hace poco nos informó no lo hubiera considerado realmente desapacible… En cualquier caso, a mal tiempo buena cara… ¡y mejor literatura!

Robert Louis Stevenson tenía treinta años y pasaba esas semanas de verano «a la escocesa» con cinco familiares, entre los cuales estaba su padre, su mujer Fanny y su hijastro en la primera adolescencia, Lloyd Osbourne. Si hubiesen disfrutado de sol a raudales y temperaturas cálidas, el muchacho se habría pasado las jornadas al aire libre. Pero como rara vez escampaba, tuvo que entretenerse dibujando y coloreando con su caja de acuarelas. Y cierto día lo que pintó fue el contorno de una isla… Entonces, por encima de su hombro, asomó su padrastro, como siempre con más ilusión juvenil que cualquier joven, y empezó a poner nombres en el mapa mudo. Colina del Catalejo, isla del Esqueleto, monte Trinquete, ensenada… y tres misteriosas cruces rojas que emocionaron al muchacho. Para rematar, en el ángulo superior derecho, escribió: «La isla del Tesoro». «¡Oye —exclamó el chico, ya entregado al mágico juego—, con esto podría hacerse una historia!». Para que vean: y todo por culpa de (¡o gracias a!) un tiempo de perros.

La que fue residencia veraniega de los Stevenson aquel remoto año no es hoy un museo, desde luego, sino una casa particular. Cuando llamamos a la puerta, la dueña —una amable señora de mediana edad— salía precisamente a hacer sus compras. Pero las aplazó para acompañarnos en una breve visita por el interior. Salvo la disposición de las habitaciones mismas, acogedoras y discretas (cosy, por decirlo con una de las palabras más sincera y ampliamente veneradas de la lengua inglesa), ningún rastro efectivo podía quedar allí de la breve estancia de la familia Stevenson. Y sin embargo… sí, algo permanecía inmutable o al menos yo lo quise así en mi afán fetichista de recuperar las horas sagradas y perdidas. ¡Las ventanas! Por esas mismas ventanas había contemplado Robert Louis Stevenson colinas verdes y lluvia brusca o mansa, así como la bruma desgarrada brevemente por accesos pálidos de sol. También por las ventanas, desde fuera, pudo verse al niño entusiasmado bebiendo la imaginación del joven escritor que le apadrinaba, y a este aprovechando la luz incierta de los crepúsculos para componer los quince primeros capítulos del relato perdurable (hasta la aparición en la isla de Ben Gunn, el exilado forzoso que lo poseía todo sin disfrutar de nada). Allí también su padre, un abuelo convertido por la ilusión en hermano de su nieto putativo, añadió ideas al relato que crecía entre ellos: el inventario completo del cofre del viejo Billy Bones, el barril de manzanas desde cuyo precario escondite Jim Hawkins conoció la conspiración de Silver y el nombre del barco de Flint que atemorizaba los mares, el Walrus. El adolescente Lloyd Osbourne solo aportó una exigencia, que –fuera de la madre de Jim— no hubiese más mujeres en el cuento de sobresalto y emoción viril. Esas mismas ventanas lo vieron todo y a través de ellas llegaba la inspiración de los hálitos de Escocia, tan lejanos del Caribe…

¿No es curioso? El joven Stevenson en Braemar, al norte de la isla septentrional en que nació, inventó otra isla en el Sur (o situó allí la isla diseñada por su ahijado) donde nunca llovía, el clima era cálido y se podía dormir al raso. También había un tesoro, pero eso quizá es lo de menos, porque tesoros hay en todas partes y lo importante es aprender a buscarlos y a merecerlos: esa es la lección que se trajo Jim Hawkins en el viaje de regreso a casa. Años después, un Robert Louis Stevenson mayor, aunque no viejo (porque el advocatus iuventutis nunca conoció la ancianidad y hasta escribió con razón que todos los hombres mueren jóvenes), se trasladó a las lejanas islas del Pacífico Sur y desde una de ellas, que hoy alberga su tumba, escribió algunos relatos evocando las tierras húmedas y nubladas de su vida anterior: la isla a la que nunca volvió. Inventó así una isla irrecuperable y obvia que va y viene, una isla de soles y sombras, donde siempre llueve y siempre reina la bonanza, la isla del escalofrío y del hogar, la que nunca perdemos, la que no sabemos dónde está. Uno de sus lectores, J. M. Barrie, la llamó «la isla de Nunca Jamás». Está trillada por los anhelos y sembrada por la imaginación. Hacia ella partimos cuando somos aún demasiado jóvenes para saber lo que dejamos atrás, y a ella volvemos irremediablemente quizá cuando ya es tarde para recobrar nada y solo nos queda un último tesoro por desenterrar: la nostalgia.

FERNANDO SAVATER

Robert L. Stevenson

La isla del Tesoro

Para S. L. O., caballero norteamericano, de acuerdo con cuyo gusto clásico se ha concebido el siguiente relato; ahora, en agradecimiento por las muchas horas que disfrutamos juntos, se lo dedica con los mejores deseos su afecto amigo

EL AUTOR

Al comprador indeciso

Si de los marineros los cuentos y tonadas,

tormentas y aventuras, calmas y marejadas,

las islas, las goletas, piratas abandonados,

feroces bucaneros, tesoros enterrados;

si los relatos de otrora

a la vieja usanza contados

deleitan como a mí antaño

a los chicos listos de ahora…

¡Que así sea y adelante! Mas, de lo contrario,

si el cuento ya no apasiona al joven sabio,

si sus viejas emociones en un baúl ha guardado

con Kingston, con Ballantyne el osado

o con Cooper1, el del bosque y los lagos,

¡que así sea también! Y que a este autor

y a sus piratas entonces a la tumba bajen

en la que tantos escritores y sus creaciones yacen.

1 Kingston, Ballantyne y Cooper son escritores de lengua inglesa famosos por sus novelas de aventuras.

PARTE PRIMERA

El viejo bucanero

CAPÍTULO I

El viejo lobo de mar en la posada del Almirante Benbow

El caballero Trelawney, el doctor Livesey y los demás gentileshombres me han pedido que relate los pormenores de lo que aconteció en la isla del Tesoro, del principio al fin y sin omitir nada excepto la posición de la isla, y ello por la sencilla razón de que parte del tesoro sigue enterrado allí; cojo, pues, la pluma en el año de gracia de 17... y me remonto a la época en que mi padre regentaba la posada del Almirante Benbow, y el viejo lobo de mar con la cara tostada y marcada con un chirlo de sable vino a hospedarse bajo nuestro techo.

Lo recuerdo como si fuera ayer: llegó caminando pesadamente a la puerta de la posada, con el baúl detrás en una carretilla; era un hombre alto, fuerte, corpulento, de piel morena; una coleta negra embreada le caía sobre la espalda de su sucia casaca azul; tenía las manos encallecidas y agrietadas, y las uñas negras y rotas; y aquel chirlo de sable, de un blanco sucio y lívido, que le cruzaba la mejilla. Recuerdo que se volvió a contemplar la ensenada y se puso a silbar ensimismado; después rompió a cantar aquella vieja tonada marinera que tantas veces le oiríamos luego:

Quince hombres sobre el baúl del muerto...

¡Yujujú, y una botella de ron!

con aquella aguda y cascada voz de viejo que parecía haberse modulado y quebrado al son de los espeques del cabrestante. Luego llamó a la puerta con un palo parecido a un bichero que llevaba en la mano, y cuando mi padre apareció pidió a voces un vaso de ron. Se lo sirvieron; lo bebió lentamente, saboreándolo como buen catador, mientras se volvía a mirar ora el acantilado ora el letrero de nuestra posada. Al cabo dijo:

—Buena ensenada, esta; y la taberna no está mal situada. ¿Muchos clientes, compadre?

Mi padre le contestó que no, que muy pocos, y que era una lástima.

—Entonces, este camarote me conviene —repuso él. Y luego, dirigiéndose al hombre que empujaba la carretilla, le gritó—: ¡Eh, mozo! Acosta a este lado y descarga el baúl. Me quedaré aquí una temporada —después añadió—: Soy un hombre sencillo. No necesito más que ron y huevos con tocino, y el mirador de ahí arriba para ver pasar los barcos. ¿Que cómo me tenéis que llamar? Llamadme capitán. Ya veo lo que estáis pensando…, ahí va —y arrojó sobre el umbral de la puerta tres o cuatro monedas de oro y declaró, orgulloso como un comandante—: Ya me diréis cuando se haya acabado.

Y, de hecho, por muy mala que fuera su ropa, por muy vulgarmente que hablara, no tenía en absoluto el aspecto de un simple marinero del castillo de proa2; parecía más bien un oficial o un capitán acostumbrado a dar órdenes o latigazos. El hombre que empujaba la carretilla nos dijo que se había bajado de la diligencia aquella misma mañana delante del Royal George, y había preguntado qué posadas había por la costa; supongo que cuando se enteró de que la nuestra era recomendable y, al decir de la gente, solitaria, la eligió entre las demás para hospedarse en ella. Eso es todo lo que conseguimos saber de nuestro huésped.

Era por lo general un hombre muy callado. Se pasaba el día merodeando por la ensenada o por el acantilado, con un catalejo de latón; al anochecer se sentaba en un rincón de la sala, junto a la chimenea, y bebía ponche muy cargado. La mayor parte de las veces no contestaba cuando se le dirigía la palabra; se limitaba a levantar la vista, lanzando una mirada hostil, y a resoplar por la nariz como una sirena de barco; mi familia y la gente que frecuentaba la posada no tardamos en darnos cuenta de que era mejor no meterse con él. Todos los días, cuando regresaba de su paseo, preguntaba si había pasado por el camino algún marinero. Al principio pensamos que su interés se debía a que echaba de menos la compañía de gentes de su oficio, pero al cabo comprendimos que lo que quería era precisamente evitarla. Cuando un marinero se hospedaba en el Almirante Benbow (como sucedía a veces cuando alguno bajaba de Bristol por la carretera de la costa), lo observaba a través de la cortina de la puerta antes de entrar en la sala; y siempre estaba más callado que un muerto cuando había un marinero delante. Para mí, al menos, el asunto no encerraba ningún secreto pues, hasta cierto punto, compartía su preocupación. En cierta ocasión me había llamado aparte, prometiéndome una moneda de plata de cuatro peniques el primer día de cada mes a cambio de «estar ojo avizor por si divisaba a un marinero con una sola pierna» y de avisarle en el mismísimo momento en que apareciera. Bastante a menudo, cuando a primeros de mes iba a verle y a pedirle mi paga, se limitaba a resoplar por la nariz mirándome con desprecio; pero antes de que acabara la semana se ve que se lo pensaba mejor y me daba la moneda, repitiéndome las instrucciones de que estuviera atento al «marinero con una sola pierna».

Excuso deciros que este personaje me obsesionaba en sueños. En las noches de tormenta, cuando el viento sacudía las cuatro esquinas de la casa y las olas azotaban la ensenada y el acantilado, lo veía bajo mil formas y con mil expresiones diabólicas. A veces tenía la pierna cortada a la altura de la rodilla, otras, a la de la cadera; en ocasiones era un ser monstruoso con una pierna que le salía del centro del cuerpo. La peor de las pesadillas era verlo saltar y correr y perseguirme por montes y barrancos. Con tan abominables fantasías, bien cara me salía la paga del mes.

Pero aunque la idea del marinero con una sola pierna me tenía aterrorizado, el capitán me daba mucho menos miedo a mí que a las demás personas que lo trataban. Había noches en las que bebía más ponche de la cuenta y se le subía a la cabeza; cuando esto sucedía, a veces se sentaba y se ponía a cantar viejas tonadas marineras, terribles y obscenas, sin respetar a nadie; pero otras veces invitaba a una ronda y obligaba a todos los presentes, que temblaban atemorizados, a escuchar sus relatos o a corearle las canciones. A menudo sentí que la casa se estremecía con aquel «¡Yujujú, y una botella de ron!»; y todos los presentes se unían fingiendo entusiasmo, pero más muertos de miedo que otra cosa, y cantando a cual más fuerte para no llamar la atención. Y es que, en aquellos arrebatos, era el compañero más tirano que jamás ha existido: golpeaba la mesa con la mano para imponer silencio, se enfurecía si alguien le hacía una pregunta o, a veces, si no le hacían ninguna, porque estimaba que los parroquianos no estaban atentos a su relato. Y tampoco dejaba que nadie se marchara de la posada hasta que, borracho como una cuba y muerto de sueño, se iba a la cama dando tumbos.

Pero lo que más miedo le daba a la gente eran las historias que contaba, horribles relatos de ahorcados y de condenados a la tabla3, de tempestades en alta mar, de las islas de las Tortugas, de fieras hazañas y de salvajes lugares del Caribe. A juzgar por sus palabras, debió de pasarse la vida entre algunos de los hombres más malvados que Dios permitió que surcaran los mares. El lenguaje que utilizaba para contarnos estas cosas chocaba a la sencilla gente de nuestra tierra tanto como los horrores que describía. Mi padre decía continuamente que nos iba a arruinar el negocio, porque los clientes no tardarían en dejar de acudir a un sitio donde los tiranizaban y humillaban y del que luego se iban para meterse en la cama temblando. Pero a mí me parece que su presencia nos favoreció. De momento la gente se asustaba, pero luego, cuando pensaban en estas cosas, en el fondo les gustaban; ponían un grano de emoción en su monótona vida rural; y había incluso un grupo de jóvenes que decían que lo admiraban y lo llamaban «auténtico lobo de mar», «marinero de ley» y cosas por el estilo, y que sostenían eran tipos como él los que habían dado a Inglaterra su fama en la mar.

Es verdad que, hasta cierto punto, casi nos arruina; permaneció en la posada semana tras semana y mes tras mes, y del dinero inicial ya no quedaba nada, pero mi padre nunca tuvo el coraje de reclamarle más. Si alguna vez se lo mencionaba, el capitán resoplaba con tantas fuerzas que parecía que rugía, y clavaba la mirada en mi pobre padre con tal intensidad que este se marchaba de la habitación. Lo he visto retorcerse las manos tras estos desaires y estoy seguro de que el disgusto y el terror en los que vivía aceleraron en gran medida su prematura y desgraciada muerte.

Durante todo el tiempo que vivió en casa, el capitán no se mudó de ropa; solo le compró unas medias al buhonero. Se le soltó una parte del ala del sombrero y, a partir de ese día, la dejó colgando a pesar de lo incómodo que era cuando soplaba el viento. Recuerdo el aspecto de su casaca, que remendaba él mismo arriba en su habitación y que, al final, era toda ella un puro remiendo. Nunca escribió ni recibió cartas y nunca habló con nadie más que con los vecinos, y, con estos, la mayoría de las veces solo cuando estaba borracho de ron. En cuanto al baúl, ninguno de nosotros lo vimos jamás abierto.

Solo se enfadó una vez, y fue casi al final, cuando la enfermedad que se llevó a mi pobre padre a la tumba ya estaba muy avanzada. El doctor Livesey vino una tarde a última hora a ver al enfermo, aceptó un refrigerio que mi madre le ofreció y luego pasó a la sala a fumarse una pipa mientras le traían el caballo de la aldea, ya que nosotros no teníamos cuadra en la vieja posada de Benbow. Yo le seguí a la sala y recuerdo que me llamó la atención el contraste entre el aspecto del doctor, pulcro y aseado, con la peluca empolvada, blanca como la nieve, los ojos negros y brillantes y sus buenos modales, y el de los rústicos aldeanos y, sobre todo, el de aquel espantapájaros, sucio, burdo y acabado, que era nuestro pirata, sentado y harto de ron, con los brazos encima de la mesa. De repente, él (me refiero al capitán) comenzó a tararear su eterna cantinela:

Quince hombres sobre el baúl del muerto...

¡Yujujú, y una botella de ron!

Belcebú y la bebida acabaron con su vida...

¡Yujujú, y una botella de ron!

Al principio me imaginaba que el «baúl del muerto» sería idéntico al cofre que tenía arriba en la habitación, y esta idea se mezclaba en mis pesadillas con la del marinero cojo. Pero por aquel entonces ya no hacíamos demasiado caso de la canción; aquella noche no era nueva para nadie más que para el doctor Livesey, y observé que a él no le hacía ninguna gracia, pues levantó la vista un instante, muy irritado, antes de seguir conversando con el viejo Taylor, el jardinero, sobre un nuevo remedio para el reúma. Entre tanto, el capitán se fue animando al son de su propia música, y al cabo golpeó la mesa con la mano, de aquella manera que todos sabíamos que quería decir: silencio. En seguida enmudecieron todas las voces, menos la del doctor Livesey, el cual prosiguió como si tal cosa, en tono claro y sosegado, dando fuertes caladas a su pipa entre frase y frase. El capitán se le quedó mirando un rato, volvió a golpear la mesa con la mano, le miró todavía más furioso y al fin soltó un estentóreo y grosero juramento y dijo:

—¡Silencio ahí en el entrepuente!

—¿Es a mí, caballero? —preguntó el médico.

Y cuando el rufián le contestó, con otra blasfemia, que así era, el doctor le replicó:

—Os voy a decir una cosa, caballero: si seguís bebiendo ron, el mundo se verá pronto libre de un indeseable bellaco.

El viejo se enfureció sobremanera. Se puso en pie de un brinco, sacó y abrió una de esas navajas de muelle que suelen llevar los marineros y, sopesándola en la palma de la mano, amenazó con dejar clavado en la pared al médico.

Este ni pestañeó. Se dirigió de nuevo a él, como anteriormente, hablándole por encima del hombro y en el mismo tono de voz, bastante alto, para que todos los presentes pudieran oírle, pero sin alterarse lo más mínimo:

—Si no guardáis inmediatamente esa navaja en el bolsillo, os aseguro por mi honor que os ahorcarán en la próxima audiencia que se celebre.

Luego hubo un enfrentamiento de miradas entre ellos; pero el capitán acabó por claudicar, se guardó la navaja y volvió a sentarse, como perro apaleado.

—Y ahora, caballero, que ya sé que hay un pájaro como vos en mi jurisdicción —prosiguió el doctor—, tened por seguro que no os perderé de vista ni de día ni de noche. Además de médico, soy magistrado y, a la más mínima queja que tenga contra vos, aunque no sea más que por una grosería como la de esta noche, tomaré las medidas pertinentes para que os detengan y os expulsen de estas tierras. Y aquí paz y después gloria.

Al poco trajeron a la puerta de la posada el caballo del doctor Livesey y este se marchó; y el capitán nos dio tregua aquella noche y muchas otras después.

2 En el castillo de proa iban los marineros rasos. La oficialía gobernaba el barco desde el alcázar de popa.

3 Castigo que los piratas, principalmente los del Caribe en el siglo xvii, solían imponer a sus prisioneros obligándolos a caminar con los ojos vendados por una tabla de madera atravesada sobre la borda de la nave hasta que caían al agua y eran pasto de los tiburones.

CAPÍTULO II

Perro Negro aparece y desaparece

Poco después de esta escena se produjo el primero de los misteriosos acontecimientos que acabaron por librarnos del capitán, aunque no, como veréis, de sus asuntos. Aquel invierno fue muy crudo, con muchas heladas y vientos huracanados; en seguida nos dimos cuenta de que no era muy probable que mi pobre padre llegara a la primavera. Cada día estaba más desmejorado, y mi madre y yo tuvimos que hacernos cargo de la posada, cosa que nos daba tanto quehacer que poco tiempo nos quedaba para prestarle atención a nuestro desagradable huésped.

Fue una mañana de enero, muy temprano, una mañana de un frío helador; la ensenada estaba gris de escarcha, las olas lamían suavemente las rocas y el sol estaba todavía bajo y apenas acariciaba las cumbres y se reflejaba levemente sobre el mar. El capitán se había levantado más temprano que de costumbre y se había dirigido hacia la playa, con el machete balanceándose bajo los amplios faldones de su vieja casaca azul, el catalejo de latón bajo el brazo y el sombrero en el cogote. Recuerdo el vaho de su aliento suspendido tras él como si fuera una estela de humo mientras se alejaba, y lo último que le oí cuando giró tras la gran peña fue una especie de gruñido de indignación, como si todavía estuviera dándole vueltas en la cabeza al percance con el doctor Livesey.

El caso es que mi madre estaba arriba con mi padre y yo poniendo la mesa para que el capitán almorzara a su regreso, cuando se abrió la puerta de la sala y entró en ella un hombre al que no había visto jamás. Era un tipo pálido y seboso al que le faltaban dos dedos de la mano izquierda; aunque llevaba sable, no tenía aspecto de pendenciero. Yo seguía ojo avizor a cualquier marinero, cojo o no, y recuerdo que este me intrigó. No parecía del gremio, aunque algo en él olía a mar.

Le pregunté en qué podía servirle y me contestó que se tomaría un vaso de ron; pero cuando me disponía a salir de la habitación para ir a buscárselo se sentó en la mesa y me hizo señas de que me acercara. Me quedé parado donde estaba, con la bayeta en la mano.

—Ven acá, hijo, acércate —me dijo.

Yo di un paso hacia él.

—¿Es esta la mesa de mi compadre Bill? —preguntó mirando de soslayo.

Le contesté que no conocía a su compadre Bill, y que la mesa era la de un hombre que se hospedaba en nuestra casa al que llamábamos capitán.

—Bueno —replicó el otro—, seguro que a mi compadre Bill le gusta que le llamen capitán. Tiene un chirlo en la mejilla y es la mar de simpático, sobre todo cuando está borracho, el bueno de mi compadre. Supongamos, y solo es un suponer, que tu capitán tiene un chirlo en la mejilla; y supongamos, si te parece, que es en la mejilla derecha. ¡Ajajá! Ya te lo decía yo. O sea que mi compadre Bill está en esta casa, ¿no?

Le dije que había salido a dar un paseo.

—¿Por dónde, hijo? ¿Hacia dónde se fue?

Cuando le indiqué la peña y le dije que el capitán seguramente regresaría, y sin mucha tardanza, y contesté a unas cuantas preguntas más, dijo:

—¡Cáspita! Esto le va a alegrar a mi compadre Bill como un vaso de ron.

La cara que puso mientras pronunciaba estas palabras no era ciertamente de alegría, y mis buenas razones tuve para pensar que, aun suponiendo que lo dijera en serio, el forastero se equivocaba. Pero no era asunto de mi incumbencia, me dije para mis adentros; y, además, ¿qué podía hacer yo? El forastero se quedó merodeando por la sala, cerca de la puerta, acechando desde un rincón como gato a la caza de un ratón. En un momento dado salí hasta la carretera; el otro, inmediatamente, me llamó y, como no le obedecí todo lo presto que le habría gustado, la expresión de su sebosa cara se transformó horriblemente; el forastero me ordenó que entrara con una blasfemia que me hizo estremecer. En cuanto estuve dentro volvió a su actitud anterior, entre aduladora y sarcástica, me dio unas palmaditas en el hombro y me dijo que era un buen chico y que le había caído muy bien.

—Yo también tengo un hijo; os parecéis como dos gotas de agua y estoy muy orgulloso de él —añadió—. Pero lo más importante para los muchachos es la disciplina, hijo, la disciplina. Si hubieras navegado con Bill, no habrías esperado a que te dijera las cosas dos veces, te lo aseguro. Así es como se las gastaba Bill, y todos los que navegaban con él. Pero mira, ahí viene mi compadre Bill con el catalejo bajo el brazo; qué chusco. Tú y yo vamos a volver a la sala, hijo, y nos pondremos detrás de la puerta, y le daremos una sorpresita a Bill; qué chusco es.

Y diciendo esto, el forastero volvió a entrar en la sala conmigo y me colocó detrás de él en el rincón, de tal manera que ambos quedábamos ocultos tras la puerta abierta. Yo estaba muy inquieto y asustado, como os podéis imaginar, y mi temor creció al ver que el forastero estaba igual de asustado. Desembarazó la empuñadura del machete y comprobó que la hoja corría dentro de la vaina; y mientras estuvimos aguardando no hacía más que tragar saliva, como si tuviera lo que se suele llamar un nudo en la garganta.

Al fin entró el capitán, cerró la puerta de golpe, sin mirar ni a un lado ni a otro, y cruzó la habitación dirigiéndose directamente a donde le aguardaba el almuerzo.

—Bill —dijo el forastero con una voz que me pareció que pretendía ser fuerte y segura.

El capitán giró sobre sus talones y nos miró de frente. Se le mudó la color y hasta la nariz se le puso lívida; tenía el aspecto de un hombre que está viendo una aparición, o incluso el diablo o algo peor, si es que existe; y os juro que me dio pena verlo de repente tan envejecido y enfermo.

—Vamos, Bill, ya sabes quién soy, ¿o acaso te has olvidado de tu viejo camarada de tripulación? —dijo el forastero.

El capitán pegó un respingo y exclamó:

—¡Perro Negro!

—¿Y quién si no? —replicó el otro, un poco más tranquilo—. Perro Negro el de siempre, que ha venido a ver a su viejo compadre Bill a la posada del Almirante Benbow. ¡Ay, Bill, Bill! ¡Cuánto ha llovido para nosotros desde que perdí los dos garfios! —añadió alzando su mano mutilada.

—Está bien —dijo el capitán—, me has localizado. Aquí estoy. Ahora habla, ¿qué quieres?

—No has cambiado, Bill —replicó Perro Negro—. Siempre vas al grano, Billy. Que este buen muchacho me traiga un vaso de ron, al que tanto me aficioné; y, si te parece, nos sentamos y hablamos claro, como viejos camaradas.

Cuando volví con el ron ya se habían sentado, cada uno a un lado de la mesa del capitán. Perro Negro, más cerca de la puerta, sentado de lado, como para controlar al mismo tiempo a su viejo camarada y, al menos eso me pareció a mí, el camino de retirada.

Me indicó que me fuera y que dejase la puerta abierta de par en par.

—No me gustan las cerraduras, hijo —dijo.

Los dejé a solas y me retiré detrás de la barra.

Aunque desde luego hice todo lo que pude por escuchar, durante un largo rato no conseguí oír más que un farfulleo; pero al cabo las voces subieron de tono y pude captar una o dos palabras, principalmente juramentos proferidos por el capitán.

—No, no, no, no; ¡ya basta! —gritó una vez.

Y luego:

—¡Si hay que acabar en la horca, acabaremos todos!

De repente se oyó un tiberio de palabrotas y otros ruidos; la silla y la mesa volaron patas arriba y siguió un entrechocar de metales, luego un grito de dolor y, al momento, vi a Perro Negro en plena huida y al capitán en ardiente persecución, ambos blandiendo los machetes y el primero con el hombro izquierdo ensangrentado. En el umbral de la puerta, el capitán le dirigió al fugitivo un último y tremendo mandoble, que seguramente lo habría cortado en dos por el espinazo de no haber ido a dar primero con nuestro gran letrero del Almirante Benbow. Aún hoy se puede ver el tajo que hizo en la parte inferior del marco.

Aquella estocada fue la última del lance. Cuando llegó al camino, Perro Negro, a pesar de su herida, puso pies en polvorosa y desapareció por detrás del cerro en un santiamén. El capitán, por su parte, se quedó mirando fijamente el letrero como un poseso. Luego se pasó la mano por delante de los ojos varias veces y por fin volvió a entrar en la posada y dijo:

—¡Jim, ron!

Al hablar se tambaleó ligeramente y se tuvo que sostener apoyándose con una mano en la pared.

—¿Estáis herido? —le pregunté.

—¡Ron! —repitió—. He de marcharme de aquí. ¡Ron! ¡Ron!

Corrí a buscar la bebida, pero estaba muy nervioso por todo lo que había sucedido y rompí un vaso y se me atoró la espita de la barrica; cuando andaba enredado con todo esto, oí que algo muy pesado se caía en la sala y acudí corriendo: allí estaba el capitán, tendido cuan largo era en el suelo. En aquel mismísimo momento, mi madre, alarmada por los gritos y el ruido de la lucha, bajó a toda prisa las escaleras para acudir en mi ayuda. Entre ambos le levantamos la cabeza. Respiraba pesada y entrecortadamente, y tenía los ojos cerrados y el rostro de un color espantoso.

—¡Ay, Dios mío, qué desgracia nos ha caído encima! —exclamó mi madre—. ¡Y con lo enfermo que está tu pobre padre!

Entre tanto no teníamos ni idea qué hacer para socorrer al capitán, ni otro pensamiento que el de que había sido herido de muerte en la refriega. Traje el ron y traté de hacérselo tragar; pero tenía los dientes apretados y las mandíbulas como si fueran de hierro. Fue un alivio para nosotros que, en aquel momento, se abriera la puerta y entrara el doctor Livesey, que venía a visitar a mi padre.

—¡Ay, doctor, no sabemos qué hacer! —exclamamos—. ¿Dónde estará herido?

—¿Herido? ¡Paparruchas! —replicó el doctor—. Está tan herido como cualquiera de nosotros. Este hombre ha sufrido una apoplejía; ya se lo tenía advertido. Y ahora, señora Hawkins, id arriba junto a vuestro marido y, si es posible, que no se entere de nada de esto. Por lo que a mí respecta, he de poner todos los medios a mi alcance para salvar la vida triplemente inútil de este individuo; y tú, Jim, tráeme una jofaina.

Cuando volví con la jofaina, el doctor ya le había rasgado la manga al capitán, dejando al descubierto su gran brazo sarmentoso, que mostraba varios tatuajes. En el antebrazo podía leerse, escrito en letra muy clara: «La suerte me sonríe», «Viento de bonanza» y «El amor de Billy Bones». Cerca del hombro llevaba el dibujo de una horca con un ahorcado, representado, a mi entender, con mucho realismo.

—¡Profético! —dijo el doctor, pasando el dedo por encima del dibujo—. Y ahora, maese Billy Bones, si es que ese es vuestro nombre, vamos a ver de qué color tenéis la sangre. Jim, ¿te da miedo la sangre?

—No, señor —le contesté.

—Muy bien —dijo el doctor—; entonces sostén la jofaina.

Y diciendo estas palabras, cogió la lanceta y le abrió una vena.

Le sacamos mucha sangre al capitán antes de que este abriera los ojos y lanzase una turbia mirada a su alrededor. Primero reconoció al doctor y frunció elocuentemente el entrecejo; luego, sus ojos se detuvieron en mí y pareció algo aliviado. Pero de repente se le mudó la color e intentó ponerse en pie al tiempo que gritaba:

—¿Dónde está Perro Negro?

—Aquí no hay más perro que vuestro perro genio —le contestó el médico—. Habéis estado bebiendo ron y habéis sufrido una apoplejía, exactamente como os vaticiné; por mi parte y muy en contra de mi voluntad, os he sacado por los pelos de la tumba. Y ahora, señor Bones…

—Ese no es mi nombre —lo interrumpió el otro.

—Me tiene sin cuidado —replicó el doctor—. Es el nombre de un bucanero que conozco, y os lo aplico para abreviar. Lo que tengo que deciros es lo siguiente: un vaso de ron no conseguirá mataros. Pero, si bebéis uno, se os antojará otro, y otro más. Y me apuesto la peluca a que, si continuáis por ese camino, no tardaréis en morir. ¿Me entendéis? En morir y en convertiros en polvo, como dice la Biblia. Ahora, haced un esfuerzo; por esta vez os ayudaré a subir a la cama.

Entre los dos y no sin grandes dificultades conseguimos subirlo por las escaleras y tumbarlo en la cama; dejó caer la cabeza en la almohada, como si se fuera a desmayar.

—Ahora, fijaos bien en lo que os digo, que quiero tener la conciencia tranquila —dijo el doctor—: para vos la palabra ron significa muerte.

Y con estas, me cogió del brazo y me llevó con él a ver a mi padre.

—No tiene nada —me dijo en cuanto cerró la puerta—. Le he sacado suficiente sangre como para apaciguarlo durante una temporada; seguramente no podrá levantarse hasta dentro de una semana, y eso es lo que os conviene tanto a él como a vosotros. Pero, si sufre otro ataque, no saldrá del paso.

CAPÍTULO III

La marca negra

Aeso de mediodía me llegué a la puerta del capitán con unas bebidas frescas y su medicina. Estaba tumbado prácticamente como lo habíamos dejado, aunque un poco más incorporado, y parecía a la vez débil y excitado.

—Jim, eres la única persona que vale la pena aquí —me dijo—, y sabes que siempre me he portado bien contigo. Ni un solo mes he dejado de darte tu moneda de plata. Y ahora ya ves, compadre, aquí estoy, hecho una piltrafa y abandonado por todos; Jim, muchacho, ¿a que me vas a traer un vasito de ron?

—El doctor… —empecé a decir.

Pero me interrumpió maldiciendo al médico con voz débil, aunque con toda su alma, y dijo:

—Los médicos son todos unos papanatas; y este de aquí, digo yo, ¿qué sabrá él de marineros? Yo he estado en lugares donde hacía tanto calor como en el infierno, y donde mis compañeros caían como chinches por culpa de la fiebre amarilla, y donde los terremotos sacudían la maldita tierra como si fuera el mar… ¿Qué sabrá el doctor ése de mundos como aquellos? Yo me mantenía a base de ron, te lo aseguro; el ron y yo éramos como uña y carne, como marido y mujer; y si ahora no puedo tener mi racioncita de ron, soy como un viejo cascarón varado. Jim, mi sangre recaerá sobre ti, y sobre ese matasanos…

Siguió un buen rato blasfemando. Luego continuó en tono suplicante:

—Mira, Jim, cómo me tiembla la mano. No puedo tenerla quieta, no puedo. En todo el maldito día no he bebido ni una gota. Ese médico es un necio, te lo digo yo. Si no bebo un trago de ron, Jim, me pondré a delirar; acabo de tener alucinaciones: he visto al viejo Flint en ese rincón, detrás de ti. Tan claro como el agua que lo he visto. Y, ¡ay!, si me pongo a delirar, puedo ser más malo que Caín, que soy hombre que ha vivido muy malos tragos. Hasta el médico dijo que un vaso no me haría daño. Te daré una guinea de oro a cambio de un trago, Jim.

Se iba poniendo cada vez más alterado y me preocupaba que lo oyera mi padre, que aquel día estaba muy alicaído y necesitaba descansar; además, me tranquilizaban las palabras del médico, que el capitán me acababa de recordar, y me ofendió que quisiera sobornarme. Así que le dije:

—No quiero dinero alguno si no es el que le debéis a mi padre. Os traeré un vaso y nada más.

Cuando se lo llevé, lo agarró con ansia y se lo bebió de un trago.

—Bueno, bueno, esto ya está mejor, desde luego —murmuró el capitán—. Y ahora, muchacho, cuéntame: ¿dijo el doctor cuánto tiempo tendría que quedarme en este viejo camarote?

—Al menos una semana —le contesté.

—¡Rayos y truenos! —exclamó—. ¡Una semana! ¡Ni hablar! De aquí a entonces ya me habrían dado la marca negra. Esos canallas quieren descubrirme, maldita sea; esos canallas que no son capaces de conservar lo que tienen y quieren echarle el guante a lo de los demás. Y digo yo: ¿es así como se comporta un marinero decente? Yo siempre he sido ahorrador. Nunca malgasté mis perras ni las perdí; y volveré a darles esquinazo. No les tengo miedo, compadre; largaré las velas antes que ellos, y volveré a engañarlos.

Según decía todo aquello, se levantó de la cama con gran dificultad, agarrándose a mi hombro con tanta fuerza que apenas pude reprimir un grito, y moviendo las piernas como si fueran de plomo. Sus palabras, muy enérgicas en su contenido, contrastaban tristemente con la debilidad con que eran pronunciadas. Cuando consiguió sentarse al borde de la cama, hizo una pausa y luego murmuró:

—Ese médico me ha matado. Me zumban los oídos. Ayúdame a recostarme.

Antes de que pudiera echarle una mano, había vuelto a caer tumbado en la posición anterior y así se quedó durante un rato en silencio.

Al cabo, dijo:

—Jim, ¿te acuerdas de ese marinero que viste hoy?

—¿Perro Negro? —le pregunté.

—¡Ay, Perro Negro! —exclamó—. Ese sí que es un canalla. Pero aún los hay peores. Si no me las apaño para largarme como sea y me entregan la marca negra..., fíjate bien en lo que te digo, lo que andan buscando es mi viejo baúl; tú coge un caballo, podrás, ¿verdad? O sea, que coges un caballo y vas a..., sí, qué remedio..., a ese maldito matasanos y le dices que llame a cubierta a toda la marinería4..., a los magistrados y gente por el estilo que les echará el guante a bordo del Almirante Benbow..., a toda la vieja tripulación de Flint, chicos y grandes, todo lo que queda de ella. Yo era segundo de a bordo, era el segundo oficial del viejo Flint y soy el único que conoce el lugar. Me lo dio en Savannah cuando yacía moribundo, talmente como yo ahora si me fuera a morir, ¿entiendes? Pero tú no píes a no ser que me entreguen la marca negra, o que vuelvas a ver a Perro Negro, o a un marinero con una sola pierna, Jim, sobre todo a este.

—Pero ¿qué es la marca negra, capitán? —le pregunté.

—Es un aviso, muchacho. Ya te lo diré si me la entregan. Tú sigue ojo avizor, Jim, y a fe mía que iremos a medias, palabra de honor.

Siguió delirando un rato más, con la voz cada vez más apagada. Poco después de que le diera la medicina, que se tomó como si fuera un niño, comentando: «Si hay un marinero que necesite medicinas, ése soy yo», cayó por fin en un pesado sueño, como si hubiera perdido el conocimiento, y así lo dejé. No sé lo que habría hecho si las cosas hubiesen salido bien. Lo más seguro es que le hubiera contado todo al doctor; pues tenía un miedo cerval a que el capitán se arrepintiera de sus confesiones y acabara conmigo. Pero el caso es que mi pobre padre murió bastante de repente aquella misma noche, y todo lo demás pasó a segundo plano. Nuestro comprensible dolor, las visitas de los vecinos, los preparativos del funeral y todo el trabajo de la posada que había que seguir haciendo entre una cosa y otra me tuvieron tan ocupado que apenas tuve tiempo de acordarme del capitán, y mucho menos del miedo que le tenía.