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Navarra, año 718. Un monstruo anda suelto por el valle de Goñi. Apenas sale del bosque. Por la noche los perros ladran, y cuando el viento sopla del oeste, trae consigo un murmullo de cadenas chirriantes. Todos en el valle saben lo que ese sonido significa: el monstruo de las cadenas anda cerca. No sé qué versión has escuchado acerca de la leyenda de Aralar. Para asegurarme de que no te han engañado, voy a ser yo mismo el que te la cuente. Mi nombre es Miguel, y esta historia es tan real como la vida misma. Así que prepárate para una aventura de caballeros, espadas y dragones.
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Seitenzahl: 312
Veröffentlichungsjahr: 2025
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La leyenda de Aralar
Ramón Díaz Perfecto
EDICIONES RIALP
MADRID
© 2025 byRamón Díaz Perfecto
© 2025 by EDICIONES RIALP, S. A.,
Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid
www.rialp.com
© Ilustraciones de Guillermo Altarriba
Preimpresión: produccioneditorial.com
ISBN (edición impresa): 978-84-321-7176-5
ISBN (edición digital): 978-84-321-7177-2
ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-7178-9
ISNI: 0000 0001 0725 313X
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
A mi familia.
ADVERTENCIA:
Esta historia está basada en hechos reales. Y si no te lo crees, peor para ti, porque es así. Bueno, puede que haya exagerado un detalle o dos, pero era para darle un poco de emoción al relato.
El monstruo de las cadenas
Hogar
Sueños
Goñi
Preparativos
Armas
La cueva
La Cascada
Leche
Persecución
Enfado
Cepo
El peregrino
Castigo
Estatuas
Trampas
Lobos
Monstruo
Perdón
Planes
Fiebre
Sigilo
Infiltrados
Rescate
Huida
Ayuda
Encierro
Regreso
Represalias
Boda
La guarida
Pecado
Epílogo Cuatro meses después
Agradecimientos
Cubierta
Portada
Créditos
Dedicatoria
Comenzar a leer
Agradecimientos
Notas
«No menospreciéis a uno de estos pequeños, porque os aseguro que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre celestial».
Mt 18,10
En mi valle vive un monstruo. Apenas sale del bosque, pero de vez en cuando le entra hambre y se come alguna de las ovejas que andan pastando por los prados. Por la noche los perros ladran y, cuando el viento sopla del oeste, trae consigo un murmullo de cadenas chirriantes. Admito que nunca he visto al monstruo, pero Íñigo, uno de mis dos mejores amigos, asegura que se lo encontró una vez. Estaba tan tranquilo tirado en un claro, cuidando del rebaño de su padre, cuando su perro empezó a ladrar a unos arbustos. Íñigo preguntó si había alguien ahí, pero nadie respondió. Volvió a preguntar, y entonces escuchó un ruido de cadenas. Todos en el valle de Goñi sabemos lo que ese ruido significa. Íñigo, que normalmente es muy valiente, salió corriendo como un conejo. Todo sucedió tan rápido que ni siquiera pudo fijarse en la cara del monstruo, pero sí logró verle una pata. Tenía pies de hombre, pero sus uñas eran largas como ramas y negras como el hollín. Ese día aparecieron tres ovejas muertas. Y como esa, podría contarte otras mil historias.
Tras esta pequeña introducción, tal vez pensarás que a ninguna madre se le habría ocurrido dejar a sus hijos alejarse demasiado de casa. Y resulta que tienes razón. El problema es que los hijos no siempre obedecen a sus madres…
—¡Que quede claro que esta es la última vez que te hago caso! —exclamó Beñat.
Y me lanzó un zapato empapado de barro en toda la boca.
—¿Un poco de lluvia y ya te quieres volver? —le respondí mientras le devolvía el ataque—. Estas tormentas ya me las conozco. En diez minutos habrá clareado.
La verdad era que ya había pasado una media hora y el agua seguía cayendo a cántaros. Mi amigo y yo estábamos perdidos en el bosque, calados hasta los huesos y con un frío que congelaba los mocos. Suerte que habíamos encontrado un refugio de montaña. Aunque, más que un refugio, aquel lugar no eran más que cuatro piedras puestas una encima de otra.
—Puedes estar tranquilo —dije con mucha seguridad—. Al monstruo de las cadenas no le gustan estos bosques. Por aquí solo hay jabalís, y él prefiere las presas fáciles.
—No se me ocurre presa más fácil que dos niños perdidos en medio del monte.
—¡No estamos perdidos! Sé exactamente dónde nos encontramos. Esos picos que se ven entre las nubes son la sierra de Andía… Tal vez. Bueno, da igual. El caso es que si seguimos este camino llegaremos hasta… —bajé los brazos, resignado—. De acuerdo. Estamos perdidos.
—Si seguimos ese camino, el único sitio al que vamos a llegar es al cementerio de los niños muertos por perderse en medio de una tormenta —sentenció mi amigo.
Como ves, a Beñat lo que le gusta es quedarse en casa. No es que sea un vago, pero sí un poco pasota. Su padre es el herrero del pueblo, y de él ha heredado unas manos que parecen sartenes. Con ellas es capaz de doblar una barra de hierro sin despeinarse, y con dos o tres martillazos puede transformar un rastrillo en una espada. De tanto tiempo que pasa junto al horno de fundición se le ha quedado la cara negra de hollín, como al Olentzero, y tiene tanto pelo en el cuerpo que, a cierta distancia, se le confunde fácilmente con un oso de tamaño mediano. Por lo general, a una persona de semejantes características lo que le gusta es estar tranquilo en su casa, dando martillazos y comiendo queso, y no salir en medio de una tormenta a los bosques de Aralar en busca de un jabato vivo, que era lo que pretendíamos en esos momentos.
—¡Mira! —exclamó Beñat, señalando un rincón del refugio—, parece que alguien ha estado aquí.
Al acercarme comprobé que había un saco lleno de botes de mermelada. Beñat destapó una y la sorbió como si fuera un flan.
—Está rica. ¿Quién la habrá traído hasta aquí?
Yo también la probé. No estaba nada mal.
—Será de algún pastor —se me ocurrió—. Suelen dejar provisiones en los refugios.
—Esto no es un refugio, sino un dolmen.
Arqueé una ceja.
—¿Un qué?
—Antes de convertirse al cristianismo, nuestros antepasados tenían otra religión —dijo Beñat, mientras destapaba su segundo bote—. Estas cosas eran una especie de templos en los que hacían ofrendas a los dioses, o algo así. Me lo dijo mi padre.
Volví a echar una mirada rápida a mi alrededor. Efectivamente, no parecía un lugar pensado para echar la noche. La lluvia se colaba por todas partes y apenas protegía del viento.
—Entonces —pregunté—, ¿tú qué piensas que hacen aquí estas mermeladas?
—He escuchado que algunos pastores hacen ofrendas al monstruo de las cadenas. Así lo aplacan para que no se coma sus ovejas.
—Pues al pastor que haya pensado esta ofrenda habrá que darle un premio. A un monstruo que come tres ovejas para cenar no creo que le guste demasiado la mermelada de fresa.
Beñat se encogió de hombros. La verdad era que no sabíamos casi nada acerca del monstruo de las cadenas. Los mayores decían que no siempre había habitado en nuestro valle, y que cuando ellos eran jóvenes, podían pasearse por los bosques sin miedo a ser devorados.
Por suerte, al cabo de unos minutos la tormenta se convirtió en un simple txirimiri.
—Vamos —dijo Beñat—, encontremos a esa familia de jabalís y volvamos a casa, que ya me está entrando hambre.
—No va a ser nada fácil dar con el rastro en medio de esta niebla.
—Eso déjamelo a mí.
Dicho y hecho, se tumbó sobre el barro y comenzó a olisquear como si fuera un perro de caza. Ya ves que mi amigo es bastante rupestre. Si los jabalís pueden oler un gusano debajo de una piedra, Beñat es capaz de detectar una hormiga. Al cabo de un minuto de intenso olfateo, se puso en pie, se restregó el barro de los morros y comenzó a andar en una dirección bastante aleatoria.
—Por allá —dijo, con toda la seguridad del mundo.
Y como no hay nada más digno de confianza que las narices de Beñat, para allá que nos fuimos. Caminamos un buen rato en silencio por hayedos y castañares, pendiente arriba, pendiente abajo. El agua caía sin parar y los pies se nos hundían en el lodo. Estábamos tan mojados que ya no nos importaba. Beñat iba unos metros por delante. De vez en cuando se paraba a olisquear un árbol o una piedra, como hacen los perros cuando otro perro ha echado un pis delante de ellos. De pronto, se paró en un lugar del bosque exactamente igual a todos los que habíamos dejado atrás.
—Este es el sitio —dijo, mirando a su alrededor—, ¿tienes todo el material?
Me apresuré a abrir mi mochila y saqué un montón de cuerdas. Beñat empezó a preparar lazos con una habilidad asombrosa para sus dedos de morcilla. Observé cómo lo hacía y me puse a imitarle. Después de asegurar los lazos a unos troncos y desperdigarlos por el camino, los cubrimos con hojas.
—El jabato que meta aquí su pata está perdido. Cuanto más se revuelva, más se apretará el nudo. Solo se puede deshacer cortándolo.
Acto seguido, esparció un bote lleno de estofado de verdura alrededor de las trampas. A juzgar por el olor, aquel debía llevar por lo menos una semana en la mochila de Beñat.
—Mi padre dice que también les gusta la chistorra, pero me parecía cruel, así que vamos a probar a atraerlos con el estofado.
—¿Y si cortan el lazo a mordiscos? —pregunté.
—Ya lo he intentado y no es nada fácil.
Miré a mi amigo tratando de deducir si iba en serio.
—Tenía que asegurarme de que eran resistentes —respondió, sacando un trozo de cuerda de su bolsillo, claramente mordisqueado, y no precisamente por un jabato—. Si mis cálculos son correctos, una cría de jabalí necesitará el doble de tiempo que yo en hacerlo, es decir, una media hora. Antes de que eso suceda, nos la habremos llevado.
Satisfechos de nuestro trabajo, trepamos a un castaño y nos acomodamos sobre unas ramas gruesas que pendían sobre el camino. El otoño acababa de empezar, por lo que todavía tenían suficientes hojas para camuflarnos. Había llegado la parte más aburrida del plan: esperar.
—Íñigo se va a morir de envidia cuando traigamos ese jabato —dije, frotándome las manos.
—Y nosotros de estrangulamiento. Como el alcalde se entere de que hemos sido nosotros los que hemos echado a perder su maravillosa fiesta, nos ahorcará en la plaza del pueblo.
—Con esa actitud dan ganas de irse contigo al fin del mundo.
—Se llama realismo, y es la única manera que tengo de sobrevivir siendo vuestro amigo.
Tal vez te estarás preguntando por qué queríamos cazar un jabato. Y si no te lo preguntabas, te respondo igualmente. Dentro de cuatro días estaba a punto de suceder la mayor catástrofe en la historia de nuestro pequeño valle. El alcalde Dosbigotes, un retaco gordinflón y con cara de pocos amigos, iba a casarse con nuestra gran señora, doña Constanza de Butrón. El problema no era simplemente que, al lado de una mujer tan guapa, el alcalde pareciera un piojo zarrapastroso, que también. ¡Lo realmente preocupante era que doña Constanza ya estaba casada! Suena raro, pero enseguida entenderás cómo es esto posible.
Hará unos siete años las hordas musulmanas invadieron la península Ibérica. Como buen caballero cristiano que era, nuestro señor Teodosio —el verdadero esposo de Constanza— partió a la guerra para defender su patria. Fue entonces cuando, aprovechando su ausencia, Dosbigotes y sus mercenarios godos aparecieron en el valle, asesinaron a los padres de Teodosio, y se instalaron en su castillo de Gazteluzar.
Como te puedes imaginar, nadie en el valle de Goñi estaba dispuesto a aceptar las órdenes de semejante usurpador. Sus primeros meses de gobierno fueron un caos. Hubo revueltas y algún que otro muerto. Los mercenarios de Dosbigotes encarcelaron a más de cincuenta de los nuestros y quemaron sus granjas.
Pero, por suerte, en Navarra no solo hay navarros, sino que también hay navarras. De no haber sido por doña Constanza, a base de tanta guerra el alcalde se habría quedado sin gente a la que gobernar. Nuestra señora nos pidió que esperáramos al regreso de Teodosio, que él se encargaría de echar a los godos, y que, mientras tanto, lo mejor para todos sería obedecer. Y como todos en el valle queríamos mucho a Constanza, así lo hicimos.
Pero pasaron los meses y Teodosio no regresó. Las noticias del sur fueron cada vez más preocupantes: las huestes de Tarik avanzaban imparables hacia los Pirineos; los ejércitos cristianos habían sido masacrados. Y ni una noticia de nuestro señor. La gente comenzó a dudar: «Habrá muerto, como todos los demás», decían impacientes. Solo Constanza mantenía la fe, quien cada día subía a lo más alto de la torre de Gazteluzar y ponía la mirada en el horizonte, esperando el regreso de su amado.
La semana pasada, el alcalde Dosbigotes decidió dar el golpe definitivo: casarse con Constanza, pensando que así le respetaremos y dejaremos de organizar revueltas. Ha declarado que, o ella acepta casarse, o mandará pasar a cuchillo a un hijo de cada familia del pueblo, estilo Herodes, de quien probablemente sea un gran admirador.
Dentro de cuatro días iba a suceder la mayor catástrofe en la historia de nuestro pequeño valle y mis amigos y yo nos sentíamos en la obligación de hacer todo lo posible por impedirlo. Como, por ejemplo, soltar un jabato embadurnado de grasa durante la boda con la esperanza de arruinar la fiesta.
Al cabo de unos minutos de espera silenciosa bajo la lluvia, Beñat dijo:
—Oye, Miguel, ¿alguna vez te has preguntado por qué hacemos este tipo de cosas?
—¿A qué te refieres?
—A lo del jabato. Quiero decir: basta con que uno de los tres diga: «A que no te atreves a…», para que los otros dos nos lancemos como idiotas. ¿Por qué será?
Me encogí de hombros. Nunca me lo había planteado en serio.
—Supongo que porque somos navarros… Y porque somos hombres.
Beñat asintió.
—Ya, claro. Tiene sentido… De todas formas, con el hambre que tengo, puede que me coma al bicho antes de llegar a casa.
—¡Ni se te ocurra! Lo necesitamos para la boda.
De pronto, mi amigo se puso tenso:
—Silencio, algo se aproxima.
Yo solo escuchaba el murmullo de la llovizna, pero Beñat había percibido algo. Al cabo de un minuto, oí un crujir de hojas. Crucé una mirada de emoción con mi amigo: una procesión de cuatro jabatos, encabezados por su madre, se aproximaba felizmente hacia nuestra trampa de estofado. Contuve la respiración para hacer el menor ruido posible. Sin previo aviso, mamá jabalí se detuvo en seco. Se encontraba a escasos palmos del primer lazo. Uno de los jabatillos hizo amago de acercarse al festín de zanahorias caducadas, pero la madre le lanzó una mirada fulminante y se quedó clavado en el suelo. Mi corazón se aceleró. A pesar del frío, estaba sudando. «Vamos —suspiré para mis adentros—, ¡toma el dichoso estofado!». Pero nada. Mamá jabalí bordeó el camino, evitando el nido mortal de trampas, y los cuatro jabatos la siguieron sin rechistar. Volví a mirar a Beñat por el rabillo del ojo. Estaba igual de tenso que yo. ¿¡Cómo se habían podido dar cuenta!? Pero claro, unos bichos capaces de oler un gusano debajo de una roca tenían que haber percibido el olor de dos humanos a escasos tres metros sobre sus cabezas. Entonces sucedió algo que no pude creer. Beñat, que en realidad era más bestia que los propios jabalís, profirió un grito de guerra y saltó desde su rama:
—¡San Miguel y a por ellos!
Cayó sobre el último animal de la procesión y rodaron juntos por la hojarasca. Antes de que el pobre bicho supiera qué estaba pasando, Beñat lo agarró por la barriga y lo elevó sobre su cabeza como si fuera un trofeo de guerra.
—¡Te tengo! ¡Eres mío! —gritó exaltado.
Ya ves que no exagero cuando digo que mi amigo es un bestia. Cualquiera que lo hubiera visto zarandeando al pobre animal por encima de su cabeza lo habría confundido con una especie de cavernícola descerebrado. Su plan había salido muy bien hasta ahora, pero claramente no había pensado en la segunda parte. Mamá jabalí se dio la vuelta y apretó los dientes con furia:
—Oh, no… —suspiró mi amigo.
Mamá jabalí arrastró una pata sobre el suelo, emitió un gruñido y comenzó a correr en dirección al secuestrador. Yo tenía que hacer algo. Tampoco es que sea un intelectual, así que opté por lo primero que me vino a la cabeza: imité el grito de guerra de mi amigo y me dejé caer sobre el lomo de mamá jabalí. El bicho comenzó a saltar y a revolcarse como un toro bravo, pero yo estaba más agarrado que una garrapata:
—¡Corre, Beñat, que yo la distraigo!
—¿Pero estás loco? ¡Te va a matar!
—¡Gracias por la información! ¡Vamos! ¡No creo que aguante mucho más!
Efectivamente, mamá jabalí giró bruscamente y salí despedido contra un arbusto. Miré a mi amigo, asentimos, y empezamos a correr. Atravesamos matorrales, pisamos charcos y bordeamos árboles. A nuestras espaldas escuchábamos los gruñidos histéricos de mamá jabalí, convertida en demonio sediento de sangre. No tardamos en darnos cuenta de que lo único que le interesaba era el jabato, así que cuando Beñat estaba a punto de ser alcanzado, me lo pasó como si fuera una pelota. Lo agarré en el aire y al instante mamá jabalí clavó sus ojos en mí.
—¡Tenemos que volver al dolmen! —grité, mientras devolvía el jabato a Beñat con un lanzamiento perfecto. El pobre bicho debía estar mareadísimo, y aun así se las ingenió para morderme el brazo.
—¡Está demasiado lejos! —gritó Beñat, que otra vez iba a ser alcanzado por la madre y me devolvió al jabato.
—¡Entonces, ¿qué propones?! —y jabato que voló.
—¡No lo sé! —y jabato que volvió a volar.
Nada hay más fuerte que el amor de una madre, y nosotros lo estábamos demostrando. Corríamos saltando troncos muertos y haciendo todos los quiebres posibles; empezábamos a agotarnos, pero mamá jabalí seguía igual de fresca. De todas formas, el que peor lo estaba pasando era el jabato convertido en pelota vasca. El muy desgraciado llevaba un mareo encima que no se le iba a ir en un mes. De pronto, sentí los colmillos de mamá jabalí en el trasero. Pegué un acelerón que casi me hizo perder de vista a Beñat.
—¡Sígueme! —gritó mi compañero—. ¡Me parece que hay una zona de rocas por aquí cerca!
Hice un cambio de dirección tan brusco, que mamá jabalí se resbaló sobre el barro y se estampó contra un árbol. En vez de detenerla, el árbol se partió en dos y la jabalina continuó su carrera como si nada.
Acabábamos de llegar a una zona de grandes pedruscos. El suelo era rocoso, cubierto de matas de robles y carrascos que se enredaban con los pies. La niebla no permitía ver demasiado lejos, pero intuía que nos encontrábamos sobre lo alto de alguna colina. Lancé el jabato a Beñat, que acababa de trepar a una roca. Por desgracia, mamá jabalí resultó ser una gran escaladora y le siguió como una cabra montesa. Fue entonces cuando atisbé lo que parecía ser la entrada a una cueva bastante profunda. Se me ocurrió una idea.
—¡Por aquí! —grité a mi amigo, que ya tenía las fauces de la jabalina en los talones.
Beñat me siguió a toda prisa. Entramos en la cueva saltando de roca en roca. El túnel fue estrechándose hasta que tuvimos que avanzar agachados. En un momento, escuchamos un gruñido de desesperación a nuestras espaldas. Mamá jabalí se había quedado trabada unos metros más atrás y se revolvía furiosa sin poder avanzar ni retroceder.
Beñat y yo nos miramos el uno al otro, luego miramos a nuestra presa y empezamos a reírnos. Enseguida tuvimos que parar por falta de aire. Estuvimos jadeando como vacas moribundas durante un par de minutos largos. Cuando más o menos nos hubimos recuperado, Beñat sostuvo al jabato en alto:
—¡¿Quién como yo?! —exclamó, orgulloso de su hazaña.
Y el eco de su voz se propagó hacia el interior de la gruta. El pobre jabato, no sé si por sed de venganza o por mareo, decidió vomitarle en la cara, pero mi amigo estaba tan emocionado que no le importó demasiado. Entonces me dio la impresión de que los gruñidos de la madre se hacían más intensos. Al darme la vuelta, comprobé con horror que estaba abriéndose paso a través de la hendidura.
—¿¡Qué hacemos ahora!? —preguntó Beñat.
Miré arriba y abajo. No había manera de salir de esa cueva sin ser despedazados por la jabalina.
—Hacia dentro —sentencié, y tomé el jabato de las manos de mi amigo.
—¿Dentro de la cueva? ¡No sabemos lo que puede haber ahí!
—¿Y qué alternativa nos queda?
Beñat me miró con cara de resignación, pero sabía que tenía razón. Además, mamá jabalí estaba a punto de lograr su propósito.
—¡De acuerdo! ¡Vamos!
Nos adentramos a toda prisa hacia el interior de la montaña, pero enseguida tuvimos que aminorar la marcha porque no se veía una castaña. A los pocos segundos caminábamos prácticamente a ciegas. Lo único que nos motivaba a seguir eran los gruñidos a nuestras espaldas. Con cuidado de no tropezar, y siempre con una mano en la pared, seguimos avanzando tan rápido como pudimos. Yo tenía la impresión de que el túnel no hacía más que bajar. La temperatura subía a cada paso, y empecé a percibir un tufillo a azufre en el aire. Por suerte, el jabato se había agotado y ya no intentaba morderme.
—¡Si seguimos bajando vamos a llegar al infierno! —dijo Beñat.
—Tal vez deberíamos quedarnos quietos. Con lo oscuro que está, la jabalina pasará sin darse cuenta.
—Olvídalo. Nos olerá.
En la distancia se escuchaban los gruñidos de la madre, cada vez más cercanos.
—¡Aquí! —exclamó de pronto Beñat—. ¡Creo que he encontrado un camino que sube!
Me dejé guiar por su voz. Por fin el terreno comenzaba a ascender y se entreveían haces de luz en la distancia.
—Rápido, ¡la madre se acerca! —gritó Beñat.
El techo del túnel fue abriéndose sobre nuestras cabezas. Nos encontrábamos en el fondo de un estrecho cañón. La lluvia y la luz se filtraban a través de los matorrales de lo alto. Entonces, un berrido a mis espaldas hizo que me diera un vuelco el corazón. ¡La madre estaba a punto de alcanzarnos! Y, para colmo, el jabato se despertó y me hincó sus dientecillos en el brazo.
—¡Ya estamos! —gritó Beñat—. Un poco más…
La abertura hacia la que nos dirigíamos era una estrecha ranura entre dos altas paredes de roca. Agarré al jabato y lo lancé con todas mis fuerzas hacia Beñat. Apreté los dientes y obligué a mis estúpidas piernas a moverse más rápido. Sentía la respiración de la madre en la nuca:
—¡San Miguel, no me dejes morir aquí! —grité, con el corazón en la garganta.
Quedando solo un par metros para llegar a la salida, salté de cabeza y aterricé de lleno sobre un charco. Esperé hundido en el barro, como si así pudiera hacerme invisible a los ojos de la jabalina. Cuando me atreví a levantar la mirada, me topé con el rostro radiante de Beñat.
—¡Lo hemos logrado! —exclamó.
Por segunda vez, la madre se había quedado atrapada entre las rocas de la salida. Esta vez no nos detuvimos a saborear la victoria, sino que empezamos a alejarnos a todo correr. Ya llevábamos unos cuantos metros cuando escuchamos un gran rugido. Me pareció demasiado potente para provenir de una jabalina. Súbitamente, el suelo comenzó a temblar bajo nuestros pies. Me di la vuelta y vi que la madre gruñía con toda su alma.
—¡Está furiosa! —exclamó Beñat.
—No… Está aterrorizada.
Queríamos correr, pero la curiosidad nos tenía paralizados. En ese momento, como por arte de magia, la madre desapareció de nuestra vista. ¡Era como si la oscuridad se la hubiera tragado! Escuchamos unos gruñidos lastimeros y luego otra vez el misterioso rugido. Un objeto desconocido salió disparado del interior de la cueva. Tuvimos que agacharnos para que no nos diera en la cabeza. Al acercarme a ver qué era, sentí como si una mano helada me agarrara los pulmones. Era una pata de jabalina.
—¿Se puede saber qué os pasa a vosotros dos? —exclamó mi madre, mientras echaba un tronco seco en la chimenea.
Abrí la boca, pero volví a cerrarla sin haber sido capaz de pronunciar un solo sonido inteligible. Mi cabeza seguía fija en la pata de jabalina. Tan empanados estábamos, que Beñat todavía sostenía al jabato debajo de su sobaco. Mi madre había intentado hacérselo dejar en la entrada, pero no había servido de nada. Y las rodajas de queso que nos había sacado seguían intactas.
—¿Es que no vais a contar nada después de haber pasado todo el día en el bosque? ¿Se puede saber en qué barrizal os habéis revolcado?
Mi madre, como todas las madres del mundo, siempre se queja de que no le cuento nada. Supongo que, comparado con mi hermana, no soy un gran conversador. Amaya es capaz de pasarse dos horas hablando sobre el trayecto de nuestra casa a la casa de enfrente. Pero bueno. El caso es que, si le contaba a mi madre dónde habíamos estado, se pondría nerviosa, y no quería darle un disgusto.
—Estamos bien —contesté, tratando de quitar hierro al asunto. Y, para no mentir, añadí—: Hemos venido corriendo y estamos agotados.
Beñat emitió un gruñido a modo de confirmación. Por el momento, mi madre se quedó satisfecha.
Amaya, que ya estaba vestida para irse a la cama, hizo el gesto de olfatear a Beñat:
—Tu amigo apesta —dijo con cara de asco. Luego, volviéndose a mí, añadió—: Y tú también. Por bañaros de vez en cuando no se os va a caer la piel.
—¡No seas mala! —le reprendió mi madre con una sonrisa irónica.
—¡Un verdadero hombre nunca se baña! —continuó Amaya, imitando mi voz.
Las dos soltaron unas risitas malvadas.
—Con el agua de la lluvia ya tienen excusa más que suficiente para el próximo mes —añadió mi madre, siguiéndole la broma.
—Pero no todos los chicos son así, amá1 —dijo Amaya—. Íñigo sí que se baña.
Ante la mención de Íñigo, no pude evitar poner los ojos en blanco. No es que le tenga envidia. Simplemente es que no entiendo por qué todas las niñas del pueblo están locas por él. No te pienses que es un guaperas. De hecho, su nariz parece una zanahoria clavada en una calabaza, y sus ojos son como los del jabato de Beñat cuando lo aprietas por la barriga. Pero claro, es el único de los tres que se baña, y eso le da puntos. Algún día, cuando llegue el momento de buscar mujer, yo también empezaré a bañarme, pero por ahora prefiero tener la cabeza centrada en cosas más importantes, como sobrevivir una infancia en un valle habitado por un monstruo que devora jabalís y luego me escupe sus huesos en la cara.
Al cabo de un rato, por fin Beñat se atrevió a alargar la mano hacia el plato de queso. Tenía la mirada completamente perdida, y sus movimientos eran lentos, como los de un escarabajo moribundo. Agarró un pedacito. En vez de llevárselo a la boca, se lo dio de comer al jabato. El bicho emitió un ronroneo de satisfacción. Pasaron unos segundos y Beñat agarró todo el queso que quedaba y se lo dio de una. El jabato lo engulló como si no hubiera comido en días y profirió un sonoro eructo. A mi hermana Amaya se le escapó una risita.
—¡Ah, no! ¡Esto sí que ya es demasiado! —exclamó mi madre—. ¡Saca a ese bicho inmediatamente de mi casa!
—¡No, mami, porfi, déjalo! —suplicó Amaya, poniendo ojitos llorosos.
Pero no estaba el horno para bollos. Mi madre agarró al jabato por el pescuezo y lo arrojó por una ventana. Beñat y yo observamos la escena sin pestañear. A los pocos segundos, se escucharon unos gemidos provenientes del exterior. Parecía que hubiera un bebé llorando. Mi madre abrió la puerta para ver qué pasaba. Al instante el jabato pasó disparado por debajo de su falda y se refugió detrás de Beñat. Mi amigo lo tomó en brazos y comenzó a acariciarlo como si fuera un recién nacido. Amaya corrió a su lado a hacerle cuchicuchi.
—¿Cómo lo vas a llamar? —preguntó.
Beñat meneó la cabeza. Parecía estar recobrando el color habitual.
—Íñigo —contestó con una sonrisa malévola.
Amaya frunció el ceño y se cruzó de brazos.
—Está bien —dijo Beñat—. Se llamará… Gundisalvo.
—¿Gundisalvo? ¡No se puede llamar Gundisalvo! ¡Es un nombre horrible para un cerdo!
—Para empezar, no es un cerdo: es un jabalí. Y además… ¿qué nombre no sería horrible para un cerdo?
—Puedes llamarlo Juan.
—¿Estás loca? —exclamó Beñat—. ¿Cómo vas a llamar Juan a un jabato?
—A mí me gusta.
—Pero a mí no, y ya que me ha elegido a mí como su padre adoptivo, creo que estoy en mi derecho de elegir el nombre. El jabato se va a llamar Wamba, como el rey godo.
—¡Wamba! ¡Qué bonito nombre! ¡Habrá que llevárselo al padre Vergara para bautizarlo!
A Beñat se le encresparon las cejas.
—¡Hereje! —exclamó, apuntándola con el dedo—. ¡Los jabatos no se bautizan!
—¿Y por qué no?
—¡Pues porque no tienen alma!
—¡Eso no es cierto!
—Alma inmortal, quiero decir.
—Pero…
—Mira, niña, hablas demasiado para ser tan pequeña. El jabato se va a llamar Wamba y nadie lo va a bautizar. ¿Algo más que añadir? ¿No?
Beñat le sacó la lengua y se volvió hacia mi madre:
—Muchas gracias por el queso, señora Paule. A Wamba le ha encantado. Ahora, si me disculpa, tengo que irme a mi casa. Ya es tarde y mis padres estarán preocupados.
Mi madre puso los brazos en forma de jarra:
—No tan pronto, niño. La casa de tus padres está a veinte minutos. Ahora mismo te saco unos embutidos para ti y para el bicho ese. ¡Y no te vas a ir de aquí hasta que te hayas puesto ropa seca!
Al cabo de un rato, Beñat abandonaba mi casa con el estómago lleno y unas ropas viejas demasiado pequeñas para su cuerpo tan ancho. Amaya bostezó y se despidió de mi madre con un beso de buenas noches. Cuando nos hubimos quedado solos, mi madre me preguntó:
—¿Estás bien, hijo?
No me atreví a levantar la mirada del suelo. Entonces ella se me acercó y me pasó una mano por el hombro:
—Si algún chico del pueblo os ha hecho daño, dímelo e iré a hablar con sus padres. ¿O han sido los godos?
¡Y yo que pensaba que se había tragado lo de que estábamos agotados! Al parecer, las madres tienen un poder especial para detectar cuándo un problema es serio.
—Estoy bien, amá —contesté, apartándome. Siempre me he sentido incómodo cuando mi madre me da abrazos—. Es que hemos madrugado mucho. Ya verás que mañana estoy mucho mejor.
Mi madre sonrió, aunque era evidente que no se terminaba de creer mi explicación. Le di un beso navarro de buenas noches y me terminé el embutido como si tuviera hambre. No quería que pensara que estaba mal.
Amaya ya estaba durmiendo cuando subí a nuestra habitación. Me estiré sobre el colchón y cerré los ojos. Sorprendentemente, no tenía nada de sueño. Tal vez te haya sucedido alguna vez que te pican los párpados y te cuesta más tenerlos cerrados que abiertos. Pues eso era precisamente lo que me pasaba. Además, si los cerraba me venía a la cabeza la madre del jabato y empezaba a sudar. Noté que mis piernas temblaban, no sé si por el frío o por el miedo. Cambié de posición varias veces, pero solo conseguí que la paja del colchón se me clavara en todos los puntos del cuerpo. Pasaron los minutos y pensé que no iba a conseguir dormirme nunca. Escuché un golpe seco en la ventana. Supuse que era el viento, pero me levanté por si acaso. Abrí y comprobé que, efectivamente, había sido el viento. La noche olía a tormenta recién pasada y no se escuchaban ladridos: el monstruo no andaba cerca. Puse un pie en el alféizar, preparado para salir fuera:
—¿Qué se supone que estás haciendo?
Era la voz de mi hermana.
—No quiero que amá se entere. Duérmete, enseguida vuelvo.
—Siempre dices lo mismo y luego tardas cuatro horas en volver —Amaya se me acercó—. ¿No tienes miedo de que el monstruo esté ahí fuera?
—No te preocupes. Ahora vuelvo.
—Me preocupo, porque si te come, tendré que trabajar el doble.
—Qué considerada.
Ella esbozó una sonrisa traviesa:
—Es mi manera de decirte que tengas cuidado.
Le froté el pelo. Sabía que podía contar con ella. Por mucho que riñéramos, Amaya no era una chivata.
Apoyé el trasero sobre el bordillo. Siempre me aseguraba de dejar un carro lleno de paja bajo mi ventana para ocasiones como aquella. Al aterrizar sentí un agudo dolor en las plantas de los pies. Esperé unos segundos y me palpé los tobillos. Viendo que todo estaba en su sitio, me puse a caminar por el sendero que bajaba hacia la iglesia del pueblo. A esas horas de la noche da un poco de miedo. Tiene un cementerio pegado al lateral, y la luz de la luna otorga un aspecto tenebroso a las cruces de piedra que adornan las tumbas.
El portón del templo produjo un agudo chirrido cuando lo empujé. Dentro estaba oscuro, salvo por una velita que alumbraba el gran crucifijo de madera. Después de santiguarme, me tumbé en una esquina y cerré los ojos. Te puede parecer raro lo que estaba haciendo. Y lo es. Pero si fueras una de esas personas a las que les cuesta dormir por la noche, tú también buscarías soluciones. Durante el día no suelo pasar miedo, pero cuando llega la noche, cada ruido me acelera el corazón. Es como si pensara que el monstruo de las cadenas pudiera estar debajo de mis sábanas. Incluso suelo mirar dos o tres veces debajo del colchón, no sea que me agarre una pierna mientras duermo. Sé que es estúpido, pero a esas horas de la noche es difícil ser racional. Hacía algún tiempo que había descubierto que el único lugar donde me sentía seguro era la iglesia, y no me importaba lo que pudiera pensar la gente al respecto. Tal y como había supuesto, nada más apoyar la cabeza sobre las manos, me entró el sueño.
—¿Otra vez con pesadillas?
Casi me dio un infarto al escuchar aquella voz tan grave. Me puse en pie de un salto y miré a un lado y a otro. Unos metros más adelante, la luz de la vela iluminaba la silueta esmirriada del padre Vergara. Estaba de pie dándome la espalda.
—¿Cómo que otra vez? —respondí a la defensiva.
El padre Vergara se rio. Es el único godo amable que conozco, y aunque habla euskera con un acento latino muy fuerte, se le entiende bastante bien. Además es más viejo que Matusalén, por lo que, en vez de padre, algunos lo llaman abuelo.
—Entonces, he acertado. Es por las pesadillas, ¿verdad?
—No… —me escudé—. Es que quería rezar antes de dormir…
—¿Y no es tarde para venir a la iglesia?
—¿Y qué hace usted aquí, si es tan tarde?
El padre se encogió de hombros:
—No lo sé… Supongo que a mí tampoco me dejaban dormir las pesadillas.
—¡Yo no tengo pesadillas!
Se rio, pero no añadió nada. Durante unos segundos nos quedamos en silencio. Poco a poco mis ojos se habían ido acostumbrando a la oscuridad. Ahora podía ver claramente el contorno de la estatua de san Miguel situada a mi lado. Una larga cabellera rubia caía como una cascada sobre sus hombros. Tenía una espada ondulada en una mano, y bajo sus pies yacía aplastado un horrible demonio calvo con la lengua sacada. Me entró un ligero temblor.
—¿Suele venir muchas noches aquí? —pregunté.
—Casi todas…
—¿Y por qué no me había dicho nada hasta ahora?
—No quería molestarte. Sé lo que es no poder conciliar el sueño.
—¿A usted también le pasaba cuando era pequeño?
—Y me sigue pasando ahora.
—Y yo que creía que lo de pasar miedo por las noches se acababa a partir de una edad…
Pensé que, si el padre Vergara no había alcanzado todavía dicha edad, sería imposible que otro ser humano lo hiciera.
—Los años pasan, pero las pesadillas no —dijo con su voz grave—. Lo único que cambia es el contenido.
Traté de descifrar el misterioso significado de aquellas palabras, pero estaba demasiado cansado para entenderlas. Luego añadió:
—Solo los estúpidos y los santos pueden dormir con el corazón tranquilo, y tú y yo no somos ninguna de las dos. Así que no nos queda otra que pasar miedo.
—Pues Beñat es un santo como una catedral, o más tonto que un palo, porque nada más echarse sobre la hierba se pone a roncar como un gorrino.
—Bueno, tal vez haya exagerado para que la frase quedara bonita. Lo que quiero decir es que no es fácil dormir cuando se es consciente de que el mundo es un lugar peligroso.
A esas horas mi pobre cerebro no estaba para grandes disquisiciones, pero aquello de que algunas personas pudieran dormir tan tranquilas me había picado la curiosidad. Decidí que no me iría a casa hasta obtener su secreto.
—Entonces —pregunté, ansioso—, ¿por qué los santos no tienen ese problema?
El padre tardó unos segundos en contestar. Finalmente, dijo:
