La llave de Blake - Sandra Andrés Belenguer - E-Book

La llave de Blake E-Book

Sandra Andres Belenguer

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Beschreibung

12 de agosto de 1827, Londres. Un cuadro. Una obra de arte cuyo creador se obstina en concluir frenéticamente en la penumbra de su habitación. De repente, algo se mueve en las sombras. Una intensa oscuridad lo invade todo. Aquella sería la última creación de William Blake. El profesor Peter White, antes querido y admirado por todos, vive encerrado en su despacho. Su hija Rachel es la única que sufre por su actitud cada vez más extraña. Rachel es una joven dotada de inteligencia excepcional, fascinada por el mundo del arte y de lo oculto. Desde pequeña, sus padres le enseñaron a buscar y descifrar los pequeños mensajes ocultos en grandes obras de arte. Junto a su amigo Andrew tiene un programa de radio en internet, en el que recogen y analizan testimonios paranormales y experiencias del más allá. Durante una de estas sesiones, Rachel recibe un mensaje que le hiela la sangre: «La boca se está abriendo. Encuentra la llave». Esa misma noche, su padre muere en extrañas circunstancias. Desde ese momento, Rachel deberá averiguar en qué estaba metido su padre, poniendo en práctica todo lo aprendido desde la infancia para descifrar una serie de endiabladas pistas. Todas parecen girar en torno al enigmático pintor William Blake y sus profecías sobre el ángel caído. Pero Rachel no estará sola en esta frenética búsqueda. La acompañarán Nick, un antiguo y leal amigo, y el misterioso Albion, por quien se siente irremediablemente atraída desde que irrumpe en su vida.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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EPÍLOGO
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“¡Qué importa la pérdida del campo de batalla!

Aún no está perdido todo.

Conservando todavía una voluntad inflexible,

una sed insaciable de venganza, un odio inmortal

y un valor que no cederá ni se someterá jamás,

¿puede decirse que estamos subyugados?”

El Paraíso perdido, JOHN MILTON

“Nuestra existencia no es más que el cortocircuito

de luz entre dos eternidades de oscuridad.”

VLADIMIR NABOKOV

PRÓLOGO

12de agosto, 1827.

La tormenta golpeaba Londres con su puño de agua aquella asfixiante noche de verano.

Los truenos retumbaban en cada callejuela, cada arteria de la urbe, revistiéndola de un eco rugiente al que siempre seguía un súbito fogonazo de luz. El relámpago acudía solícito a la llamada del aguacero.

No tardaron en formarse riachuelos sobre las pedregosas calles, empapadas del sonido restallante de los carruajes y los cascos de los caballos.

El color de la ceniza negra teñía el cielo.

Solo existía algo, en aquel mismo momento y en la misma ciudad, que se pudiera comparar a aquella siniestra y majestuosa atmósfera creada por los elementos.

Un cuadro.

Una obra de arte cuyo creador se obstinaba en concluir cuanto antes en la penumbra de su habitación.

Londres entera parecía respirar acorde con el agitado aliento del artista.

El bastidor de madera se hallaba en el centro de la estancia, sosteniendo un lienzo imprimado días atrás. No solía ser su método habitual de trabajo, pero era consciente de que, a ojos del mundo, tendría más valor. Más sentido. Más trascendencia.

Él, que siempre había preferido el grabado, se veía obligado a acceder a aquel chantaje artístico si quería que aquella pintura traspasase el sello de locura y desprestigio de su propio nombre. Ninguno de sus coetáneos creía en una sola de sus palabras. Ni siquiera cuando tenía diez años su madre había aceptado el hecho de que su pequeño hubiera sido testigo de cómo diversos ángeles posaban sus áureos pies sobre un árbol frente a sus ojos de niño. Y siempre recibía miradas desaprobatorias al afirmar, ante sus escasos amigos, que su arte era inspirado por célebres personajes ya fallecidos, y que estos le ayudaban a encontrar la sabiduría día tras día.

¿Cómo podría entonces hacer comprender a aquella humanidad excluyente y ridiculizadora que su fin estaba más cerca de lo que nadie imaginaba?

Su mano izquierda sostenía la paleta de colores; la diestra se movía sobre el lienzo presa de un nervioso frenesí. William Blake sabía que aquella sería su última creación.

Sentía la enfermedad devorarle por dentro. En su imaginación, notaba millones de pequeños parásitos avanzar desde lo más profundo de su ser hasta el exterior, amarilleando su piel cuarteada, mordisqueando sus tejidos y tiñendo sus ojos… Esos ojos que en otro tiempo albergaron una mirada curiosa, y poderosamente penetrante.

Su vida se extinguía al igual que las numerosas velas diseminadas por su habitación.

Sin embargo, su cerebro se mantenía tan lúcido como cuando era joven, dispuesto a librar una última batalla.

—¿William?

No escuchó la voz de su mujer, Catherine, al otro lado de la puerta cerrada con llave, ni tampoco sus esfuerzos por abrirla. El cuadro mantenía cautivos todos sus sentidos.

—¡William, déjame entrar!

El tono había cambiado. Ahora sonaba teñido por la inquietud.

Palpitaciones de silencio como respuesta.

—Dios mío, debo avisar al doctor Phillips…

Blake, con movimientos precisos, impregnó de nuevo su paleta con la pintura que aún quedaba en el mortero. Una combinación de aceite de linaza y pigmentos negro humo y marfil.

No existía en el mundo una tonalidad apropiada para lo que él estaba plasmando en el lienzo. Por esa razón mezclaba, diluía, experimentaba… aun sabiendo que no tenía tiempo para ninguna clase de ensayo.

Reanudó sus esfuerzos por delinear los contornos, marcar los detalles…

Sus pupilas se redujeron poco a poco hasta parecer puntas de alfiler.

Había traspasado el límite de la realidad y todo cuanto le rodeaba se diluía en torno suyo como los pigmentos entre las resinas que utilizaba.

No podía respirar. Sus exhalaciones se habían reducido a asfixiantes jadeos.

Gruesas gotas de sudor se deslizaban por su frente y recorrían sus mejillas hasta precipitarse al suelo. Todo su cuerpo ardía consumido por un fuego creador, una ardiente necesidad de plasmar aquello que únicamente su subconsciente veía. Pero esa fiebre también poseía un tenebroso poder destructor. Un poder que atravesaba los confines de todo lo conocido para adentrarse en un universo oculto para la mayoría de los hombres.

Y, de repente, su mente explosionó en miles de vibrantes partículas.

El corazón aceleró sus latidos y todo su cuerpo comenzó a estremecerse con cada pulsación.

Fue entonces cuando detuvo sus movimientos. Dejó sus manos inertes. La paleta y el pincel cayeron al suelo.

Aguzó el oído.

Había escuchado algo…

Un sonido tan leve, y al mismo tiempo tan distintivo que creyó ser presa de sus propios delirios.

Era el llanto de un niño.

Parpadeó antes de entrecerrar los ojos y clavar la mirada en un punto concreto del cuadro. Hubiera jurado que los sollozos emergían de allí. Pulsantes y desgarradores, cobrando mayor fuerza a cada instante.

Giró su cuerpo y vislumbró su habitación con expresión de asombro.

Todo había cambiado, estaba seguro.

La titilante luz de las velas seguía imperturbable, y sin embargo… las sombras ganaban terreno convirtiendo la estancia en un microcosmos negro, denso, infinito.

Percibió un hálito helado, una especie de lengua invisible y gélida que le acariciaba la nuca. Incluso notó un cosquilleo en su canoso cabello, como si, a sus espaldas, unos pequeños dedos de esqueleto trataran de llevárselo consigo.

Blake tragó saliva.

El bombeo de su corazón se había tornado tan rápido que cada latido le aguijoneaba el pecho.

Algo se movió entre las sombras. Miró en derredor suyo y comprobó que la negrura se convulsionaba para gestar unas figuras informes.

La idea de escapar atravesó su mente, pero sus piernas no le obedecieron. Tendría que ser forzoso testigo de lo que allí iba a acontecer.

Creía haberse acostumbrado a toda una vida de visiones e imágenes proféticas… y aun así, intuía que en aquella ocasión todo sería diferente.

El llanto del niño fue engullido por un silencio sobrenatural. Casi tangible.

Los ojos amarillentos de Blake recorrieron la estancia con pavor hasta detenerse en una siniestra silueta que ya había adoptado una forma definitiva. Vio cómo avanzaba hacia él y dejó escapar un gemido al percatarse de quién se trataba.

La figura se movía a gatas y sus largas uñas arañaban el suelo.

Una pestilencia hedionda invadió cada partícula de aire.

No era un animal. Sino un ser humano.

Su cabello rojizo descendía hasta mimetizarse con su desaliñada barba que rozaba la superficie de la habitación con un desagradable seseo.

La luz de las velas se reflejaba en sus ojos estrábicos y la mueca doliente de su boca, que rezumaba una viscosa saliva. Aquel cuerpo desnudo se mostraba lívido, sucio y peludo; una alimaña hecha hombre que se arrastraba en un mutismo inquietante.

Los labios se Blake se tensaron en un gesto de terror.

—No puede ser… —musitó con un hilo de voz—. “Nabucodonosor”…

Aquella imagen, mitad hombre, mitad bestia, que ahora se dirigía hacia él, era una de sus creaciones. Años atrás había querido plasmar el símbolo de la depravación, la culpa y el deshonor. Y el mítico rey de Babilonia, célebre por sus hazañas, pero también por su crueldad, se convirtió en el personaje escogido para dar rienda suelta a un alegoría que muy pocos supieron entender.

A su derecha, las sombras vomitaron otra oscura silueta que poco a poco comenzó a conformarse. Su contorno se tornó sinuoso y en su superficie se dibujaron miles de escamas amarillas y carmesíes, como una acuarela de ardientes colores.

Cuando aquel engendro se alzó sobre su propio cuerpo de anillos concéntricos, una última excrecencia nació de su extremo hasta transformarse en la cabeza afilada y dentuda de un dragón.

Blake dio instintivamente un paso atrás.

En su cerebro resonó el nombre de uno de sus cuadros.

“El pacto con la serpiente.”

Podía reconocer al animal que tenía ante sus ojos y que le observaba con la mirada ponzoñosa de quien sabe que su presa se halla bajo su dominio.

Sus propias manos le habían dado vida en una de sus pinturas recreando el bíblico pasaje de la traición de Adán y Eva. En su obra, la serpiente se erguía con majestuosidad envuelta en un halo de luz que la convertía en el eje central de la imagen.

Ahora, parecía haber sido regurgitada por el mismo Infierno.

El reptil abrió la boca; la lengua bífida tembló entre los dientes antes de precipitarse sobre el artista.

Con un movimiento certero, rodeó sus piernas y aferró su cuerpo con tal fuerza que le hizo caer al suelo, inmovilizándole por completo.

Nabucodonosor, junto a él, emitía unas espasmódicas carcajadas mientras la serpiente afianzaba su abrazo letal.

Blake quiso gritar, pedir ayuda a su esposa. Pero ya era demasiado tarde. Sus cuerdas vocales se habían petrificado, al igual que su capacidad de reacción.

¿Era aquella otra de sus visiones?

Imposible.

Demasiado real, demasiado palpable.

Ninguna otra de sus alucinaciones había tenido el poder de tocarle. Siempre había dado por hecho que existía una ley no escrita, y sin embargo igualmente lícita, por la que jamás sufriría ningún daño. El más allá podía mostrarle sus misterios, pero nunca poniendo en riesgo su propia existencia.

Entonces ¿por qué aquellos seres producto de su mente habían cobrado vida con el único propósito de atormentar la suya?

“¿Por qué?”

La serpiente y la bestia humana habían abierto sus fauces dispuestas a clavar los incisivos en su rostro, cuando de repente se detuvieron como si obedecieran a una orden no pronunciada.

La estancia entera pareció estremecerse. Fue un instante disfrazado de eternidad, una fracción de segundo fugaz, pero definitiva. Una convulsión repentina y paradójicamente inmensa.

Blake, con lágrimas de horror aflorando en los ojos, distinguió una nueva figura avanzar frente a él.

Sus pasos retumbaban en la estancia con un ruido sordo, semejante al eco de los truenos que aún seguían sonando en el exterior.

Un terror sobrehumano punzó el pecho de Blake cuando la tenue luminosidad de las velas le reveló a un nuevo monstruo. Su corazón se transformó en polilla y lo sintió aletear a tientas por el interior de su tórax hasta obstruir su garganta.

—Eres tú… —murmuró el pintor con voz estrangulada.

Ante sí, el cuerpo hercúleo de un hombre desprovisto de ropajes.

Sus músculos se hallaban en tensión absoluta, cubiertos por una sutil pátina de sudor que les confería un aspecto brillante, colosal.

De su coxis emergía una larga cola reptiliana que se balanceaba hipnóticamente con cada uno de sus movimientos.

Alzó sus brazos y entre ellos se extendieron unas enormes alas membranosas que se agitaron como si estuvieran a punto de alzar el vuelo.

Un titán en el mundo terreno. Un dios pagano y atrozmente sublime.

Blake temía alzar la mirada y encontrarse con el rostro de aquella aberración de la que también era el creador. El miedo a descubrir su semblante era más poderoso que el miedo a la muerte. Él mismo lo había dibujado de espaldas, sin desvelar una faz que debía mantenerse oculta al mundo para siempre. Una faz terrible, en la que se aglutinaría, como un único símbolo, todo el mal de la humanidad.

El silencio hasta aquel momento reinante fue rasgado por un súbito murmullo que aumentaba en un estridente crescendo. William Blake podía escuchar su nombre pronunciado por un conglomerado de voces desconocidas que parecían cercarle en un torbellino de pesadilla.

No pudo evitarlo. La curiosidad innata en el ser humano le obligó a mirar al monstruo.

Lo primero que vio fueron dos cuernos retorcidos asentados en su frente.

El engendro ladeó la cabeza mostrando, ante el resplandor de las velas, numerosos ojos circulares que giraban sobre sí mismos en direcciones diferentes. Un camaleón deforme. Desprovisto de nariz, podía escucharse su respiración pausada y profunda junto a un sonido similar al zumbido de cientos de moscas.

El gran orificio que hacía las veces de boca, se abrió en una desdentada mueca y Blake vislumbró en su garganta diversas caras amalgamadas en un caos dantesco. Hombres, mujeres y niños eran quienes gritaban su nombre desde aquellas profundidades, agitándose con horrible frenesí.

—Así que has venido a por mí, dragón rojo…

La voz sosegada de Blake rasgó su propio miedo.

Era consciente del destino que iba a sufrir. La muerte no significaba nada. Solo el mensaje que había creado era importante. Debía sobrevivir a la tempestad del tiempo y a la incomprensión humana hasta que llegara el momento oportuno. Y llegaría, no albergaba ninguna duda.

Por un instante deslizó la vista hacia el cuadro en el que había estado trabajando y esbozó una triste sonrisa.

El gran dragón agitó sus alas de murciélago y se abalanzó sobre él rasgando su pecho de un solo zarpazo.

Acto seguido, una intensa oscuridad lo invadió todo…

La puerta se abrió finalmente con gran estrépito. El pomo roto colgaba en un extremo.

—¡Dios mío, William!

Catherine corrió hacia su marido y se acuclilló a su lado.

—¡No, no, no…!

Un hombre enjuto y de aspecto blanquecino entró en la estancia, se aproximó al cuerpo de Blake y le tomó el pulso con deliberada calma. Acto seguido, comprobó el color amarillento de sus escleróticas.

—Señora... su marido ha fallecido. El avance de la ictericia ha sido sumamente rápido, me temo.

Catherine rompió a llorar mientras acariciaba el rostro de Blake con temblorosa ternura.

El rictus del pintor era extrañamente tranquilo.

El doctor Phillips alzó la vista y la clavó en el cuadro que se hallaba junto a él.

La tormenta había amainado en el exterior y solo se percibía el leve sonido de la lluvia arañando los cristales.

—Era tan bueno… —balbuceó la señora Blake entre hipos—, pero nadie le creía, nadie. ¡Nos dejaron solos, como si fuéramos peor que unos animales! No teníamos una triste libra para comer, y él seguía pintando, pintando…Quería ayudar al mundo, decía… ¿Por qué el mundo no le ayudó a él?

El médico no escuchaba. Estaba absorto en el lienzo y en lo que sobre su superficie se hallaba plasmado.

Un castillo.

Una construcción de aspecto abigarrado y aterrador, con altas torres alzándose hacia el cielo como afilados cuchillos.

Toda la imagen estaba coloreada en tonos oscuros, dando a entender lo sombrío del lugar representado. Sin embargo, el doctor Phillips se fijó en unas salpicaduras de un tono diferente. Un tono que contrastaba con el resto de la paleta cromática.

Se agachó junto a Blake y comprobó su camisa blanca, cada pliegue de sus chorreras, el pantalón, los puños y las palmas de las manos únicamente manchadas por los pigmentos negros…

Catherine le observaba con un gesto híbrido, entre el asombro y la confusión.

—¿Qué ocurre, doctor?

Phillips torció los labios y volvió a erguirse.

—Su marido parece haber tenido una muerte serena, como si se hubiera ido en paz…Y por añadidura sus ropas están prácticamente limpias…Tan solo algunos restos oscuros que encajan con la sustancia que se halla en el mortero de mezclas…

Ella negó con la cabeza.

—¿Y… eso significa…?

El médico hizo un ademán silenciador con la mano derecha.

—No obstante, hay algo que me inquieta.

Se volvió hacia el cuadro y con la yema de los dedos tomó una muestra de aquellas motas que tanto habían llamado su atención. La friccionó entre el índice y el pulgar.

Después, aspiró su olor y contrajo los músculos faciales.

—Doctor… —murmuró Catherine—, es pintura, estaba trabajando en ese cuadro y…

—Esto —la interrumpió él—, no se trata de ninguna clase de pigmento como los que su marido solía utilizar.

La mujer parpadeó, confundida.

—No le entiendo…

—Señora, lo que se halla salpicado por todo el cuadro…Es sangre.

1

En la actualidad.

Notó el miedo aleteando en sus venas al salir del campus universitario.

El trémulo aire de la noche se hallaba impregnado de diminutos diamantes de agua helada. Un pequeño entreacto entre la lluvia y la nieve que le obligó a alzarse la bufanda anudada en el cuello.

Se dio la vuelta un instante y se fijó en el arco principal del edificio como si temiera salir de un enclave sagrado. La triple vidriera central asentada entre dos esbeltos pináculos, componía el marco que daba la bienvenida al estudiante y profesorado en forma de letras góticas:

University of Manchester

Al girarse de nuevo vio Oxford Road extenderse ante él, solitaria y amenazadora.

Le hubiera sido imposible contar en cuántas ocasiones había cruzado aquella calle y sin embargo, desde hacía unos días, cada vez le resultaba más peligroso atravesarla para llegar a su casa.

La universidad era su guardiana, su protectora. Se sentía a salvo entre sus muros. Pero también podía convertirse en una prisión de cristal. Y aquella combinación odiada y amada a partes iguales, le obligaba a permanecer en su interior hasta perder la noción del tiempo.

Siempre era el celador quien daba tres golpecitos en su despacho y, desde fuera, le avisaba muy cortésmente que tendría que continuar corrigiendo exámenes al día siguiente. Era entonces cuando el catedrático de Historia del Arte, Peter White, despertaba de su estado de concentración, recogía sus cosas y, tras echar un último pero angustioso vistazo a su lugar de trabajo, cerraba la puerta no sin antes cerciorarse dos veces de que había ajustado el seguro.

Hacía años que White se había ganado el respeto de los demás catedráticos. Su profesionalidad, los premios otorgados a su trabajo y a su labor en la defensa del arte, constituían su más que admirada carta de presentación; una trayectoria impecable de la que se enorgullecía.

Bastaron unas semanas para perder aquel estatus que todos, incluido él, creían perenne.

Ya no permitía que nadie entrara en su despacho. No aceptaba la revisión personal de exámenes o doctorados, no se reunía en la sala de profesores ni charlaba amigablemente con sus estudiantes a la salida de sus clases. Evitaba asistir a eventos públicos y su presencia en las aulas se asemejaba a la de una sombra, un traslúcido espectro de lo que una vez fue.

Sus alumnos pensaban que era la simple excentricidad propia de un profesor. Sus compañeros que la trágica muerte de su mujer hacía un par de años había acabado por transformar su carácter llevándolo hacia terrenos más huraños.

Peter White sintió cómo un copo de nieve se posaba en sus pestañas y salió de su ensimismamiento.

Sujetó con fuerza su maletín y comenzó a caminar.

Oxford Road era una interminable serpiente asfaltada. Comercios cerrados, la estación cercana envuelta en el silencio, ningún coche atravesando la carretera, ni un alma en las aceras.

White, que había aprendido a huir de la gente, ahora temía enfrentarse a la calle desierta.

Sabía que si mantenía los ojos fijos en aquella ausencia de vida, los nervios le devorarían por dentro.

El viento, tapizado de nieve, arreció sus embestidas y, con cada una de ellas, el profesor creía estar seguro de oír algo… Un sonido acechante, murmullos ininteligibles, tal vez, o quizás el esbozo de unos gemidos ahogados…

Intentó serenarse. Solo se trataba de la tensión acumulada, de las horas y horas sin descanso, o del café amargo de la facultad.

Fue entonces cuando una nueva ráfaga le hizo detenerse abruptamente.

El corazón golpeaba contra sus costillas en un ritmo salvaje. Hubiera podido jurar que, en aquellos segundos, el viento se había granulado de dedos invisibles. Cientos de gélidos dedos que habían rozado todo su cuerpo, tocado su pelo, palpado su rostro, tanteado su pecho, pulsado cada articulación de sus manos…

Expulsó con inquietud el aire contenido en sus pulmones y lo vio convertirse en una espectral nube de vaho.

Se humedeció el labio superior y comenzó a caminar con más determinación.

Sus pasos se torcieron hacia Gartside Gardens, un atajo conocido. Atravesando sus parterres de hierba y caminos de gravilla, llegaría a casa mucho antes.

Eligió la senda principal que dividía el parque en dos mitades casi simétricas.

Los árboles que le flanqueaban el camino se mostraban macilentos a la luz procedente de la hilera de farolas.

Peter White contuvo de nuevo el aliento. Escuchó. ¿Se oían pasos tras de sí?

Era difícil saberlo porque los árboles se azotaban entre ellos con cada golpe de viento.

Dio un giro rápido de talones y sus ojos se toparon con el camino ya recorrido.

Nada. Nadie.

Bajó la mirada.

Su sombra en la grava, a sus pies, se le antojó la de un extraño. Poseía sus mismas medidas, permanecía inmóvil igual que él…Y sin embargo…

Movió el brazo izquierdo sin dejar de sujetar su maletín y su oscura réplica lo imitó.

Ladeó la cabeza; su negro alter ego la ladeó a su vez. El profesor se permitió esbozar una sonrisa ante lo ridículo de sus pensamientos previos.

De pronto, hasta él llegó la melodía de una canción suave y rítmica.

I spy with my little eyes something beginning with s…

Su corazón pareció detenerse.

Los copos de nieve se quedaron suspendidos en el aire, el viento ya no sacudía los árboles con sus embestidas… El parque se había convertido en un espacio temporalmente muerto.

It’s a spider in my bed…

Aquella voz infantil tan dulce, de tono inocente y puro, le provocó un golpe de adrenalina que se transformó en náuseas.

¿De dónde procedía aquella canción de cuna? ¿Quién la interpretaba?

Peter White rastreó las tinieblas con un reflejo de terror en la mirada.

I spy with my little eyes something beginning with d…

El profesor dio un tembloroso paso atrás. Pero su sombra no le obedeció.

Aquella silueta que compartía sus formas permaneció quieta sobre el camino.

It’s the darkness around me…

La cabeza de su doble se alzó, como si hubiera vislumbrado algo que se aproximara.

Peter emuló sus movimientos. Sin embargo, en el cielo no se distinguía otra cosa que la negritud de la noche nublada.

I spy with my little eyes something beginning with f…

Súbitamente, la sombra de un cuervo se posó a los pies de la suya propia. Podía distinguirse su pico puntiagudo, sus patas, su forma tan característica.

La piel del profesor se erizó al percatarse de que el pájaro al que debería pertenecer aquella sombra, no existía en su parte de la realidad.

It’s the fear I feel…

El animal giró su cabeza y abrió el pico, emitiendo un graznido insonoro.

A su muda llamada, cientos de cuervos surgieron de la oscuridad hasta adentrarse en la perfilada luz de las farolas. Sin un solo titubeo, invocados por un poder incomprensible, se precipitaron sobre la sombra del profesor White que comenzó a retorcerse entre terroríficos aspavientos.

Come, come and make me free…

Peter era incapaz de apartar la mirada de aquella imagen dantesca donde su otro yo era brutalmente picoteado por la turba de aves carroñeras. Podía ver sus picos hundirse en su carne, ensañarse con su semblante, desgarrarle la piel.

Su cerebro dio una última orden a sus piernas y el profesor se lanzó a correr con todas sus fuerzas.

La nieve, hasta ahora ingrávida, volvió a caer con normalidad y el viento inició de nuevo sus acometidas.

No quería mirar atrás. Salió de Gartside Gardens con el aliento entrecortado y sintiendo los latidos pulsar cada recodo de su ser.

Al ver su casa, un edificio de dos plantas que se distinguía del resto de viviendas por su color rojizo, emitió una breve risa nerviosa. Lo había conseguido. Estaba a salvo.

Sus manos temblaron al introducir las llaves.

—¿Papá?

Distinguió la voz somnolienta de su hija al tiempo que una luz se encendía en el piso superior.

—Vuelves a llegar muy tarde. Te he guardado un poco de cena en el microondas…

Peter White subió las escaleras de dos en dos y la vio asomada entre las jambas de su dormitorio. La expresión serena de la joven se transformó al ver a su padre.

—¿Qué ha…?

—Rachel, no salgas de tu habitación. Pase lo que pase, oigas lo que oigas, no salgas, ¿de acuerdo?

—Pero, papá…

—¡Cierra la puerta y no salgas! ¿Me has entendido?

Rachel asintió con los ojos muy abiertos y obedeció a su padre.

Éste se dirigió a su dormitorio y tras depositar el maletín en el suelo, cerca del armario, se sentó en la cama. Cubrió su rostro con las manos y respiró hondo, intentando calmarse.

Desconocía cuánto tiempo había permanecido así cuando un sonido le hizo fijar su vista en la ventana.

Un cuervo se había posado en el alféizar. Sus brillantes ojillos negros le observaban de hito en hito.

Los músculos de Peter se tensaron. Hombre y animal mantuvieron un duelo de miradas durante unos instantes. Como si se hubiera cansado de su escrutinio, el ave extendió las alas y echó a volar perdiéndose en la noche invernal.

La nieve prosiguió con su precipitada danza ante los ojos aterrados del profesor que no consiguieron apartarse de la ventana hasta el amanecer.

2

La habitación olía a flor de Iris, el perfume favorito de su madre.

Rachel permanecía inmóvil sin saber muy bien si debía dar otro paso o aguardar donde se hallaba, en completo silencio.

El sol tibio de la tarde inundaba la estancia y su luminosidad le confería el aspecto de una ilusión efímera.

La luz se reflejaba en el pelo rubio de su madre arrancándole destellos áureos. Parecía un ángel.

La joven parpadeó con un atisbo de temor anidando en su interior.

Aquella imagen era como una pompa de jabón. Podía quebrarse en cualquier momento y dejar paso al vacío.

Su madre estaba frente a ella, con aquel vestido de flores que tanto le gustaba y la paleta de colores en la mano derecha. Su semblante oscilaba entre la concentración y la felicidad. El arte era su pasión y Rachel se enorgullecía de sus cuadros.

Desde que era niña solía sentarse a su lado mientras ella pintaba. Los paisajes creados por sus manos ocultaban diminutos secretos: el rostro de un duende disfrazado entre las hojas de los árboles, unos ojos felinos en un misterioso resquicio oscuro, o tal vez una sirena camuflada en las aguas de un mar dorado más allá de un puente sombrío. Rachel jugaba a encontrarlos y siempre le preguntaba con curiosidad los trucos para elaborar aquellos lienzos llenos de un realismo casi mágico.

Su madre sonreía y sus ojos azules brillaban con entusiasmo al explicarle a su pequeña que la realidad por sí sola no bastaba. Tenía que mirar el mundo con otros ojos.

Rachel fruncía el ceño sin entenderla muy bien, pero deseosa de que le permitiera dar el último toque, como si quisiera que aquellos cuadros también albergaran algo de ella. Impregnaba su dedo meñique en pintura y lo presionaba junto a la firma de su madre.

Sin embargo, en aquella ocasión Rachel no se sentó a su lado, no quiso contemplar el cuadro, ni sintió alegría al verla. Derramaba tristeza por todos los poros de su piel.

Finalmente decidió avanzar.

Su madre se percató de su silenciosa presencia y se levantó del taburete extendiendo los brazos para recibirla entre ellos.

Rachel, al ver la dulzura de su sonrisa, sintió cómo la aflicción se agolpaba en la garganta y negó con la cabeza.

—Mamá… No me dejes sola.

—No lo haré.

Su voz, cálida y serena, logró que las lágrimas rebasasen la prisión de sus ojos.

—Sabes que no es cierto —respondió con voz trémula—. Te irás, desaparecerás, no podré volver a verte, ni a abrazarte, ni a escucharte…

La sonrisa de su madre no se desvaneció. Dio un paso hacia su hija y la abrazó mientras ésta lloraba con la mejilla apoyada en su pecho.

—Dime al menos que no sufrirás —balbuceó entre sollozos—, dime que allí adonde vayas nos seguirás queriendo, dime que me lo harás saber…

Su madre le susurró al oído:

—Cariño… Recuerda: cerca, trova.

No

Rachel asintió antes de murmurar como en un súbito trance:

No quiero

—Mamá… ¿qué sientes en la eternidad de la noche…?

No quiero soñar

Pero no obtuvo respuesta.

—No quiero soñar. Al menos no con ella.

Su amigo Andrew desvió la mirada desde su ordenador hacia Rachel. Nada había cambiado en aquellos inexpresivos ojos grises semiocultos bajo una capa de maquillaje negro. Su voz ya no manifestaba el tono tembloroso con el que solía relatarle sus pesadillas y aun así, Andrew sabía que el interior de la joven bullía por explotar en llanto.

—Piensa de otro modo —contestó él—. Puedes verla cada noche, como si la tuvieras todavía contigo y nada hubiera ocurrido. Lo comentamos una vez en nuestro programa: los que ya no están nos visitan en sueños y tal vez sea uno de los pocos medios que poseen para volver con nosotros…

Rachel tamborileó sobre la mesa con sus finos dedos. El brillo de sus uñas esmaltadas en negro contrastaba con la palidez de su piel.

—Aun así es…demasiado doloroso. Me despierto con los músculos atenazados y el corazón martilleándome en el pecho. Una parte de mí se siente feliz por tener la sensación de que no he perdido a mi madre del todo y otra…solo quiere gritar por haber regresado a la realidad. Odio soñar, en serio.

Andrew se mantuvo unos instantes en silencio, observando a su amiga.

Desde que su madre falleciera en un accidente hacía casi dos años, todo en ella había cambiado. Y esa capa de tristeza también se traslucía en su exterior.

Se había cortado aquella preciosa melena oscura que llegaba a rozar su cintura; ahora lucía un estilo garçon con un mechón azul en el flequillo.

Los vestidos en tonos pastel fueron poco a poco reemplazados por las camisetas y faldas negras. Tampoco quedaba rastro de sus botines o sandalias; siempre caminaba con unas botas de cuero que parecían quedarle un número más grandes.

—Además —añadió la joven—, no son sueños normales. Mi madre me repite una y otra vez las palabras cerca trova. Ya sé que ella me las decía a veces, pero aquí pierden todo su significado… ¿Y por qué yo le pregunto esa estúpida frase final?

—¿Cerca trova?

Rachel asintió mientras jugueteaba con su colgante de forma circular.

—Sí, en latín significa “busca y encontrarás”. Se refería a los tesoros ocultos en sus cuadros. Así los llamaba. A míme gustaba encontrarlos cuando era pequeña, como si fuera un juego. Si te fijabas bien en los paisajes que ella pintaba, podías ver hadas, diminutos ojos que te miraban de soslayo, un trasgo, una mariposa en cuyas alas se hallaba escrito un mensaje… Mis padres decían que los grandes pintores también escondían secretos en sus obras… Y tenían razón.

El sonido de un nuevo mensaje hizo que Andrew desviara parcialmente su atención de nuevo hacia el ordenador.

—No te preocupes —dijo mientras tecleaba—, solo es tu subconsciente. No he leído a Freud, ni pienso hacerlo, pero sé que nuestro cerebro debe ser un caos de imágenes y sensaciones. Muchas de ellas se quedan ancladas en los archivos más profundos de nuestra memoria y aparecen en los sueños cuando menos lo esperas. Tú misma acabas de mencionar que tu madre repetía esas palabras cuando eras pequeña. Tu inconsciente las ha almacenado y es ahora cuando surgen, nada más.

La mirada de Rachel se posó también en la pantalla, pero su mente flotaba muy lejos de allí.

Tal vez había viajado hasta la noche en que les llamaron a su padre y a ella por teléfono para comunicarles que su madre había sufrido un accidente en su viaje a Glasgow. Tal vez se había detenido en aquellos angustiosos días de hospital en los que no quiso separarse ni un solo segundo de ella. O quizás estuviese reviviendo una y otra vez aquel instante en que los pálidos labios de su madre exhalaron su último aliento.

Todos los recuerdos de aquellos días y de los meses que vinieron después se fundían en su cabeza en un crisol difícil de olvidar. Y controlar.

Andrew tenía razón. El cerebro recogía cada momento y lo regurgitaba cuando Rachel menos lo esperaba.

Su padre fue su gran apoyo, pero ella ya no volvió a ser la misma. Algo en su interior se fragmentó para siempre y ambos llegaron muy pronto a ser conscientes de ello.

Incluso cuando accedió a ir a un psicólogo, supo que estaba perdiendo el tiempo.

Nada de lo que aquel hombre le aconsejaba tenía sentido ni solucionaba aquel dolor alojado en su pecho. Recordar los buenos momentos vividos con su madre únicamente conseguía que la sensación de ausencia se acentuara todavía más; decir que el tiempo lo curaría todo, solo se traducía en una pulsante ansiedad; simular hablar con ella era lamentablemente eso, una simulación que no lograba acallar el verdadero deseo de escuchar de nuevo su voz; contemplar las fotografías donde su madre aparecía sonriente y llena de vida, constituían un trago amargo que casi nunca estaba dispuesta a repetir… Un largo etcétera de recomendaciones y pautas que lejos de ayudarle, le sumieron en un profundo malestar.

Rachel sabía que una parte esencial de ella misma se había desvanecido junto a su madre. No podría recuperarla nunca.

El día que lo asumió, decidió realizar una metamorfosis interna y externa. La tristeza y la rabia engulleron al resto de sus emociones y el color negro se convirtió en una costumbre en su vestuario.

Poco a poco, su nueva faceta solitaria y silenciosa fue calando entre sus amigos y compañeros de instituto. La pena inicial dio paso a los murmullos y estos, a la exclusión.

Ya no creía en nada. Ni en nadie. Su fe se convirtió en un punto lejano, imperceptible.

Y aun así, de repente, sin pretenderlo, nació una pequeña luz entre las tinieblas, una estrella remota.

Meses más tarde pensaría que el hecho de encontrar en el trastero una caja con los libros que su madre solía leer cuando era joven, había sido una señal del destino.

Entre aquellos ejemplares, una saga llamó su atención. Parecían ser parte de unos fascículos antiguos cuyas cubiertas oscuras albergaban un título que sería el comienzo de un nuevo camino a seguir.

Lo inexplicado

Sin saber muy bien por qué, hojeó sus páginas y en ellas halló una tibia y reconfortante esperanza.

Aquellos libros relataban casos extraños y paranormales. Viajes astrales, ritos ancestrales, civilizaciones jamás vistas, la existencia de seres mitológicos, los arcanos más secretos de la humanidad… y testimonios de personas que afirmaban tener contacto con el más allá.

Devoró cada artículo con una pasión que ya creía haber perdido.

En aquellas narraciones, se detallaban sucesos inimaginables: encuentros entre familiares y fallecidos que no tenían explicación aparente; niños que podían hablar con sus abuelos días después de su muerte; animales que sentían la presencia de sus dueños aun cuando estos hacía años que ya habían dejado de existir; jóvenes autores que afirmaban obtener su inspiración de poetas ya desaparecidos…Y cada relato contaba con la presencia escrita de afamados científicos que debatían acerca de la posibilidad real de aquellos milagros.

A Rachel no le importó saber si los hechos estaban contrastados o bien eran producto de mentes tan afligidas como la suya. Volvía a tener algo a lo que aferrarse con todas sus fuerzas.

Todavía conservaba aquellos seis volúmenes en su habitación, convertidos en una especie de talismán.

Desde entonces no había dejado de investigar, de documentarse, de alimentar el creciente anhelo de que su madre podría no haber desaparecido por completo.

Al comenzar el último curso en el instituto, convenció al claustro de profesores para que le permitieran desarrollar un proyecto entre los alumnos: un programa de radio donde poder hablar del mundo paranormal sin tabúes ni prejuicios permitiendo que fueran los estudiantes quienes intervinieran haciendo sus propias preguntas.

La propuesta no encajó demasiado bien al principio. Pero los rumores acerca de un proyecto dedicado a los grandes misterios que separaban la vida de la muerte fueron corriendo como la pólvora entre el alumnado y la expectación pronto se convirtió en demanda.

Finalmente, los jefes de estudios dieron su beneplácito y le permitieron llevar a cabo su programa en la sala de informática una vez a la semana.

Los problemas surgieron el primer día de grabación. Las aplicaciones de aquellos ordenadores eran muy básicas y su conexión a Internet casi inexistente.

Rachel estuvo a punto de desistir, pero el destino, o quizá la suerte, volvió a llamar a su puerta. Literalmente.

—¿Puedo pasar?

Andrew no necesitó una respuesta para entrar. Se sentó a su lado y sonrió mientras depositaba sobre la mesa su portátil personal. Sus pícaros ojos castaños se posaron en los suyos.

—Pensé que necesitarías que te echaran una mano. Los ordenadores de este instituto son del Pleistoceno. Cuenta conmigo. Me apunto.

Rachel no tardó en reconocerle. Era un estudiante de su mismo curso, aunque perteneciente a otra clase. Su fama de genio informático le precedía.

En él no solo descubrió a un amigo honesto e inteligente, sino también a alguien con quien poder compartir un proyecto que al cuarto mes de su nacimiento ya contaba con más de cinco mil oyentes.

Fue idea de Andrew colgar los programas ya grabados en un blog junto a vídeos y fotografías que los estudiantes les enviaban. Los podcasts comenzaron a ser escuchados desde otros puntos del país y el número de visitantes crecía semana a semana.

—Tenemos más de treinta mensajes de oyentes que quieren participar —la voz de su amigo le devolvió a la realidad—, ¡pero el orden de entrada es ley! Janet desde Liverpool será la primera. Ella ya está en línea. ¿Preparada?

Rachel se colocó los auriculares y acarició el micrófono antes de sonreír.

—¿Qué tal funciona hoy Phantom?

Así habían bautizado al programa creado por Andrew para recibir videollamadas en tiempo real.

“Skype es como un trenecito a vapor comparado con esto, Rachel. Confía en mí”, le había dicho semanas atrás.

—Phantom listo y a la espera, Miss Midnight.

La joven hizo un divertido mohín al escuchar su apodo radiofónico.

—Entonces —respondió—, adelante.

Su amigo se frotó las manos con satisfacción y tecleó de nuevo.

—Vamos allá. Tres, dos, uno… ¡grabando!

Rachel cerró los ojos unos segundos antes de hablar. Al abrirlos, Andrew distinguió en su mirada el brillo de ilusión que le caracterizaba cada vez que iniciaban un nuevo programa. La joven alegre y espontánea que una vez fue, volvía a refulgir ante el micrófono.

Su voz se fundió con una melodía atrayente, cuyo ritmo simulaba los latidos del corazón.

—Hola, amigos de lo paranormal. Todos los días ocurren hechos extraños a nuestro alrededor. Hechos que ponen en entredicho lo que la ciencia trata de afirmar y que suponen un reto para nuestras mentes, preparadas para lo cotidiano. Es en este programa donde la vida más aburrida se quita su antifaz y nos permite ver lo que se oculta detrás. No dudéis en adentraros y cruzar los límites que separan esta realidad de la siguiente. Sed nuestros compañeros en este mundo de misterios. Sed los protagonistas. Bienvenidos a un nuevo programa. Bienvenidos a Lo Inexplicado.

Rachel no le había mencionado a su amigo el homenaje a los libros de su madre que conllevaba aquel título. Existían ciertos detalles de su vida que prefería mantener en secreto. Eran su propio tesoro.

—El programa de hoy será absolutamente vuestro, como prometemos hacerlo una vez al mes. Nos centraremos en las experiencias y dudas que nos hacéis llegar a través del email: [email protected]. Gracias a todos por vuestro apoyo y vuestra pasión por lo paranormal. —La música inició un decrescendo antes de que Andrew la cambiase para dar paso a unas sutiles campanillas. Su tonalidad parecía formar parte de una siniestra nana—. Damos paso ya a la primera videollamada que podréis ver colgada en el blog a lo largo de la semana. Y ya lo sabéis, todo es posible, abrid vuestras mentes y dejaos llevar…

Andrew hizo un gesto afirmativo antes de activar Phantom.

Una chica de melena rubia apareció en la pantalla. Su rostro aniñado contrastaba con sus labios color carmesí y un piercing en la nariz. Rachel distinguió unas palabras doradas en su sudadera: Let the dream begin.

—¿Hola? —preguntó la joven mirando directamente al objetivo de su webcam.

—Janet, ¿verdad? —La voz de Rachel sonó serena, afable—. Buenas tardes desde Lo Inexplicado.

—¡Miss Midnight! —exclamó la invitada con evidente alegría—. Es genial estar en tu programa, lo he escuchado desde que comenzó y es una pasada, yo…, de verdad, gracias por dejarme participar.

Rachel asintió, consciente de que Janet también la estaba observando gracias a la eficacia de Phantom.

—Gracias a ti por querer contarnos tu historia. Te escuchamos, ¿cuál ha sido tu experiencia?

Janet se removió inquieta en su silla mientras se mordía la uña de su dedo índice.

—Verás…, mis padres, mi hermano y yo nos mudamos a Liverpool hace unos seis meses. A mí no me gustó la nueva casa desde el principio, como si fuera la protagonista de una de esas películas de serie B que presiente algo raro… Por supuesto mi familia no notaba nada especial, pero al cabo de unos días yo sí.

—¿Qué era lo que percibías? —preguntó Rachel animándole a continuar.

—Cuando me acostaba por la noche… escuchaba ruidos extraños. No sabría cómo describirlos. Era como si alguien caminara arrastrando los pies por el pasillo y, al mismo tiempo, se uniera el llanto de una mujer…

Janet tragó saliva.

—El caso es que mi familia no me hacía demasiado caso cuando se lo contaba… Sobre todo, mi padre. Decía que eran los nervios por el cambio de ciudad, de amigos, de instituto… Nadie me creía.

Rachel frunció el ceño. Aquellas palabras habían activado una reciente preocupación que albergaba desde hacía semanas y cuyos visos de realidad se habían confirmado la pasada noche.

Su padre se comportaba de un modo muy extraño últimamente. Nunca había sido una persona maniática ni huraña y él mismo procuraba día a día que ella misma no cayera en el pozo sin fondo en el que se estaba dejando ahogar de forma autodestructiva.

Luchaba por hacerle reír, por mantener una vida lo más estable posible tras el fallecimiento de su madre, por hacer regresar a su antigua hija que ahora se había cobijado bajo el manto de la tristeza.

Y de repente… todo cambió tras un inesperado viaje en septiembre. En aquella ocasión no permitió que Rachel le acompañara ni fue lo suficientemente claro en especificar adónde iba.

“Se me requiere para recabar documentación destinada a un nuevo proyecto en la universidad… Solo serán unos días, lo prometo.”

Su padre sabía de la aversión de su hija hacia los largos trayectos realizados en coche y, aun así, estuvo más de una semana en un lugar desconocido para ella.

Cada vez que sonaba el móvil, Rachel notaba un fuerte golpe de adrenalina recorrer su cuerpo. Su mente proyectaba cientos de posibles tragedias acechando a la única familia que le quedaba. No tenía hermanos y su único tío vivía en Estados Unidos. No podía perder también a su padre. Se sentía incapaz de asumir otro golpe de la vida.

Sin embargo, cuando el profesor White regresó, Rachel intuyó de inmediato que algo en él había cambiado. No supo definirlo, pero era consciente de que su expresión no era la misma de siempre. Sus conversaciones cariñosas dejaron paso a los silencios más incómodos; sus ausencias se alargaron cada vez más; sus muestras de afecto desaparecieron casi por completo.

Y el colofón había tenido lugar la noche anterior. Rachel se había acostumbrado a que su padre regresara muy tarde a casa. Entendía que, por alguna razón, ahora su trabajo en la universidad reclamaba casi todo su tiempo. Quizás estuviera investigando un nuevo hallazgo artístico, o tal vez hubieran dejado en sus manos un proyecto realmente importante, tal y como él le había afirmado.

Entre padre e hija nunca habían existido secretos, pero ese mismo mutismo hizo que ella procurara no preguntarle. Comprendía que ambos se hallaban en un bucle de tensos silencios… y ninguno daba el primer paso para salir de ellos.

Jamás le había visto tan nervioso como la pasada medianoche. ¿Por qué le había gritado de aquella forma? ¿Por qué le había ordenado encerrarse en su habitación? ¿Por qué su rostro mostraba una expresión tan aterrada? ¿Le había ocurrido algo? ¿Qué le estaba ocultando? ¿Ya no confiaba en ella?

—Así que… decidí poner mi cámara de vídeo digital en mi habitación, que era donde siempre se iniciaban aquellos sonidos. —La voz de Janet le arrancó de sus pensamientos. Rachel parpadeó, intentando regresar al presente—. En el aparato hay un modo “infrarrojo”, ¿sabes a lo que me refiero, verdad? La puse a grabar por las noches…

—¿Y descubriste algo?

La joven cabeceó en señal afirmativa.

—Al principio, no. Me angustiaba un poco pensar que mi padre podría tener razón, pero yo sabía muy bien lo que escuchaba y temía estar volviéndome loca. Al final, conseguí algo que creo que merece la pena. Tengo el vídeo guardado en el ordenador, deberías verlo. Lo malo es que el archivo pesa demasiado…

Rachel miró significativamente a Andrew antes de contestar.

—Sin problema. Envíalo y nosotros lo recibiremos al instante.

Un solo clic y Phantom cumplió su cometido abriendo la grabación rápidamente.

La imagen estaba capturada desde una posible estantería frente a la cama donde dormía Janet.

Los colores oscuros y verdosos que había captado la cámara de visión nocturna no impedían ver cada detalle de la habitación con total nitidez: libros apilados encima de un escritorio, tres peluches en la mesita de noche, un póster de Queen, un atrapasueños, una silla con varias camisetas sobre su respaldo…

Phantom había mejorado la calidad de la grabación de forma automática y la reproducía sin ningún tipo de interrupción.

La joven dormía plácidamente y no existía señal alguna de movimiento.

Al cabo de cuarenta segundos, Rachel y Andrew sintieron un escalofrío: una pequeña esfera de luz se había generado desde la esquina izquierda del dormitorio. Atravesó la estancia con celeridad y se desvaneció sin dejar rastro.

—Espera —anunció Janet—. Ocurre de nuevo dentro de un minuto.

Rachel permaneció atenta a la pantalla mientras hacía una señal a su amigo.

Cuando la nueva esfera apareció sobrevolando el techo, Andrew congeló la imagen y la grabación avanzó a cámara lenta.

El diminuto haz de luz se dirigió hacia la joven dormida, hizo un giro sobre ella y desapareció.

—Eso es todo —suspiró Janet.

—Y es bastante, créeme —afirmó Rachel, consciente de que el vídeo no estaba adulterado con ninguna clase de efecto—. Estamos ante un par de orbes.

—¿Orbes? ¿Qué son? ¿Hay algún peligro con ellos?

—Muchos afirman que solo son partículas de polvo o insectos captados por la cámara… Está claro que no es tu caso. Los orbes no son peligrosos en sí mismos. En el mundo paranormal, se dice que son básicamente energía.

Janet volvió a morderse el dedo índice.

—No lo entiendo…

—La energía está en cada uno de nosotros. Nuestros impulsos, cuando nos movemos, cuando pensamos… La vida es energía. Y, a veces, parte de ella sobrevive al morir, incluso si el cuerpo, es decir, la vasija receptora, ya no está…

—¿Es… como el alma?

Los labios de Rachel se curvaron en un levísimo amago de sonrisa.

—Algunas religiones dirían que sí.

—Pero ¿tú lo crees?

—No existe un Cielo o un Infierno —aseveró—. Creo que hay un segundo plano, un universo paralelo, un lugar distinto a éste en tiempo y espacio al que va a parar esa energía que se desprende cuando ya no estamos. Y creo también que al morir no perdemos nuestra consciencia del todo… —la voz de Rachel pareció temblar unos instantes—, y que esos orbes son la prueba de que existen personas que se niegan a abandonar esta realidad, por las causas que sean.

Rachel bajó la vista, intentando no mostrar en su rostro la vorágine en la que se había convertido su mente.

No podía contar en cuántas ocasiones ella también había colocado su cámara para filmar cada recodo de su casa, intentando en vano tener una única señal de su madre.

Hizo todo cuanto aquellos libros explicaban para obtener un indicio del más allá: poner una vela blanca en cada puerta, escritura automática, conectar la radio en los canales sin frecuencia…

Nada.

—Lo malo es que recabé información en el vecindario por mi cuenta —intervino Janet visiblemente nerviosa—, y mi casa tiene una historia terrible. Si esos orbes son de verdad energía de personas ya fallecidas… no voy a poder dormir tranquila nunca más.

—¿Qué averiguaste?

La joven retorcía un mechón de su melena con ansiedad.

—Parece ser que hace unos diez años aquí vivía una mujer. Los vecinos dicen que una noche entró un hombre a robar, ella le sorprendió y… ya puedes adivinar lo que sucedió…

—Entiendo… Eso, además, explicaría los ruidos nocturnos…

—¿Y qué hago ahora? Mi familia no me cree y comienzo a tener miedo…

Rachel siempre temía aquellas preguntas. Ella solo ofrecía respuestas para dar información y conocimiento. No era una especialista ni mucho menos una médium. Los fascículos de su madre advertían que no debías enfrentarte a lo desconocido sin ayuda. Y ella no sería la primera en transgredir esa norma.

Cuando habló, procuró sonar convincente.

—Si esos orbes no te han molestado hasta ahora, no te inquietes. No se trata de un poltergeist. Los sonidos que escuchas cada noche solo son el reflejo de lo que ocurrió en tu casa. Como si se hubiera quedado impregnada del recuerdo de aquella fatídica noche.

”Tranquila, estoy segura de que no tienes nada de lo que preocuparte. Pero… ya sabes, debes permanecer siempre atenta…

El semblante de Janet se relajó mientras asentía.

—Gracias, Miss Midnight… La verdad es que tiene sentido.

—Espero haber resuelto tus dudas… ¡Por favor, mantennos informados si ocurre algo nuevo!

—¡Claro que sí!

—Y nos has mostrado un vídeo muy revelador, soy yo quien te da las gracias por confiar en este programa.

Janet se despidió enviándole un beso con la palma de la mano justo antes de que Phantom cerrara la conexión.

Andrew pulsó una tecla y la grabación se detuvo.

—¡Ha sido un caso fantástico! —exclamó eufórico—. ¡No me negarás que nuestros oyentes nos traen historias y pruebas cada vez más interesantes!

Rachel se recostó sobre su asiento y observó sonriente a su amigo, que no paraba de revisar el vídeo de los orbes.

—¿Te acuerdas de la primera semana que comenzamos? Me ofreciste tu ayuda para manejar los ordenadores, pero me confesaste que no creías mucho en estas cosas… ¡Y mírate ahora!

Andrew carraspeó con fingida exageración.

—Ya sabes —contestó animado—, siempre hay un loco que sigue al primer loco…

Rachel se fijó en la hora que marcaba la pantalla y estiró los brazos con evidente cansancio.

—Ya son las siete. Esta “loca” se va a tomar una Coca-Cola antes de seguir grabando y espera que su “loco” preferido la acompañe.

Su amigo recibió aquella broma con agrado. Rachel casi nunca manifestaba su buen humor y desde que la conocía, sus sonrisas solían ser muy escasas.

—No me negaré a semejante invitación —respondió entre risas.

Se fueron de la sala dejando el ordenador encendido.

Ninguno de los dos pudo ver cómo la pantalla comenzaba a parpadear dejando paso a la silueta de un rostro cuyos oscuros rasgos se desdibujaban entre píxeles. Únicamente se distinguió un brillo dorado en su ojo izquierdo que destelló segundos antes de que el ordenador se apagase, y con él todas las luces del instituto.

3

—Cariño, ¿estás seguro de que Rachel lo comprende?

La niña escuchó la pregunta desde el salón, donde su padre le había mostrado diapositivas de diversas obras de arte. Le explicaba sus secretos, sus trucos pictóricos, los símbolos ocultos que solo podían ser interpretados por aquellos que sintieran verdadero amor por el arte.

Su madre le había llamado con un gesto cómplice para que se reuniera con ella en la cocina.

Rachel caminó de puntillas hasta detenerse tras la puerta entreabierta.

—¡Por supuesto que sí! Ha sido ella quien ha insistido en que le hable de los misterios de La Mona Lisa (La Gioconda) o de La Libertadguiando al pueblo…

—Peter… Solo tiene siete años… —La voz de su madre sonó casi imperceptible.

—Siete años con un coeficiente que supera al de todos sus compañeros. Al menos eso nos ha dicho su tutor, ¿no? —Tras un inciso, Peter prosiguió—: Katty, cielo, nuestra hija siente la sana curiosidad de una niña de su edad, pero en lugar de preguntar por qué el cielo es azul o de dónde vienen los niños, se interesa por el arte, ¡y me parece muy bien, qué caray!

Rachel, todavía escondida, reprimió una carcajada. Su padre tenía razón. Le apasionaba más conocer el significado de un cuadro o una escultura que mirar embobada los dibujos animados, como solían hacer la mayoría de sus amigos. No entendía muy bien por qué, pero no quería negarse a sí misma la emoción que sentía al descubrir que en los ojos de La Gioconda existía un mensaje cifrado, o que en La madonna de Saint Giovannino el autor había dibujado un ovni.

Existían tantos enigmas sin resolver, tantas preguntas sobre la humanidad que muchos artistas habían plasmado en sus creaciones… y una vida no bastaba para dar respuesta a todas ellas.

Rachel adoraba la sensación de hallarse frente a un gran misterio y querer comprenderlo. Era algo innato en ella, parte de su ser.

Sus padres le animaban compartiendo sus propios conocimientos e inventándose juegos donde la pequeña debía encontrar determinadas pistas y mensajes escondidos en los bocetos que su madre creaba o en copias de cuadros famosos que su padre diseminaba por toda la casa.

A la niña no le importaba el premio final, sino la sensación de aventura que conllevaba el juego en sí, la emocionante felicidad de saber que había resuelto cada una de las claves que sus padres le habían propuesto.

—Está bien —respondió finalmente Katty en tono jovial—. Supongo que lo llevará en los genes.

Rachel corrió de nuevo hacia el salón y se sentó en el sofá. Cuando su padre salió de la cocina, exhibió una amplia sonrisa de triunfo.

—Bien, ¿por dónde íbamos, Rachyl?

La niña aplaudió, complacida. Le encantaba que su padre la llamara con aquel diminutivo.

—Ibas a explicarme por qué Velázquez se pintó a sí mismo en Las meninas y, luego, a decirme por qué el David de Miguel Ángel tiene la cabeza y las manos tan grandes…

Peter White palmeó cariñosamente la rodilla de su pequeña y tomó el mando, dando paso a otra diapositiva.

Negro

El corazón de Rachel palpitó con fuerza al saber que nuevos enigmas estaban a punto de serle revelados.

Negro contra

Y éstos no conformaban un juego donde el premio eran unas golosinas o entradas para el cine.

Negro contra blanco.

Eran parte de las vidas de muchos hombres y mujeres que, al igual que ella, alguna vez sintieron la llamada del arte en sus venas.

Negro contra blanco. Así era el contraste entre Rachel y las níveas paredes de los pasillos que conducían al aula XIII del pabellón de Historia del Arte en la Universidad de Manchester.

Los estudiantes la miraban de reojo mientras se dirigían a sus respectivas clases, aunque muchos de ellos ya sabían quién era.

La hija del profesor White nunca pasaba desapercibida.

Su abrigo, minifalda, jersey, medias y botas negras le conferían el aspecto de un espectro atormentado. Un espíritu capaz de petrificar a cualquiera que se atreviera a fijarse en sus ojos grises, cuya mirada era un abismo donde nadie quería asomarse.

Rachel caminaba con determinación, llevando al hombro la mochila donde portaba su pequeño ordenador portátil. No era tan efectivo como el de Andrew, pero solo lo utilizaba para sus propios apuntes y archivos personales.

Aquella mañana no tenía instituto. Según parecía, el apagón sufrido la tarde anterior y que había interrumpido la grabación de su programa, mantenía en jaque a los técnicos y electricistas que se afanaban para que el centro volviera a reanudar sus clases. Nadie entendía qué había sucedido, pero para Rachel era una suerte. Gracias a aquel suceso, podía acudir a la universidad sin estar haciendo novillos.