La luna en las minas - Rosa Ribas - E-Book

La luna en las minas E-Book

Rosa Ribas

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Beschreibung

Novela premiada con el GALARDÓN LETRAS DEL MEDITERRÁNEO 2017 otorgado por la Diputació de Castelló en la categoría de narrativa. Se decía que durante la guerra, la otra, la nuestra, le había cogido demasiado gusto a la sangre. Una querencia de sangre. Un apetito de sangre. Como un lobo. En el Maestrazgo, entre peñas, bosques y barrancos, un hombre camina a las afueras de un pueblo antes del alba. Aprieta un bulto contra su pecho. Cuenta la leyenda que ha nacido un niño, Joaquín, sobre quien pende un terrible destino. Pero sin embargo, su padre desea salvarle la vida y se lo entrega a su abuela para que vele por él. El pequeño vivirá, sí, pero maldito para siempre. Cuando, siendo ya joven y consciente de la carga que pesa sobre él, pierde a las únicas personas que lo anclan a su tierra, decide abandonar Vistabella: demasiadas vidas corren peligro, la suya propia y las de aquellos a los que quiere. Intenta entonces buscar refugio en un lugar donde jamás podrá llegar la luz que cada plenilunio le convierte en algo que no desea ser. Por eso, como tantos jóvenes que en los años sesenta huyeron del hambre buscando un futuro mejor, se marcha a Alemania a trabajar en las minas de carbón. Pero a pesar del amor y de la amistad que allí encuentra, la bestia no está vencida. Y si para evitar que vuelva a hacer daño tiene que condenarla a yacer para siempre bajo tierra, arrastrará con ella a Joaquín, la parte del binomio a la que las leyendas no suelen prestar atención...

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Esta novela ha obtenido

el Galardón Letras del Mediterráneo, otorgado por la excelentísima Diputación de Castellón,

en el año 2017.

 

Edición en formato digital: abril de 2017

 

En cubierta: ilustración de © Olga-i/Shutterstock.com

Diseño gráfico: Ediciones Siruela

© Rosa Ribas, 2017

Autor representado por The Ella Sher Literary Agency,

www.ellasher.com

© Ediciones Siruela, S. A., 2017

 

Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

 

Ediciones Siruela, S. A.

c/ Almagro 25, ppal. dcha.

www.siruela.com

 

 

ISBN: 978-84-17041-74-8

 

Conversión a formato digital: María Belloso

 

A Montse, mi madre, que siempre

ha dicho que soy algo lunática.

 

For the werewolf, for the werewolf

Have sympathy cause the werewolf

He’s somebody like you or me

 

Once I saw him in the moonlight

When the bats were flying

All alone I saw the werewolf

And the werewolf was crying

 

 

MICHAEL HURLEY, The Werewolf

 

 

Había aullado de hambre toda la noche. A la madre se le había cortado la leche.

El padre se acercó a la cuna y lo miró. Las frazadas revueltas parecían a punto de engullirlo, pero se resistía, apretaba con fuerza los puños diminutos. Lo levantó con morosidad, esperando una voz que lo detuviera. La criatura abrió los ojos. Esos ojos. Las ojeras debajo, un presagio de luto si él no hacía nada.

Lo envolvió para protegerlo del frío. Era febrero y una gruesa capa de nieve cubría las calles del pueblo. Hizo un fardo prieto, el llanto cesó y lo sucedió una queja aguda, como la de los gatitos cuando los metían en un saco para tirarlos al pozo. Percibió tras de sí un roce entre las sábanas, ella se movía, tal vez dejaba de darle la espalda a esa cuna odiada. Cargó el fardo en el brazo derecho y se volvió. Despeinada y amarillenta, su mujer reptaba para sentarse. No le quitaba la vista de encima, pero seguía muda. Él avanzó hasta la puerta. Antes de abandonar el dormitorio, se giró de nuevo para que viera a la criatura.

—Llévatelo. —Tenía la voz rasposa, como si no solo se le hubiese cortado la leche, sino que se hubiera secado toda—. ¡Vete! ¡Llévatelo! —Un grito de papel de lija antes de cerrar los ojos.

Salió.

Bajó la escalera de piedra que llevaba a la planta inferior. Sus dos hijos se habían apostado frente a la puerta de la casa. Dos pequeños centinelas temblorosos. El mayor tenía seis años; el pequeño, tres. Cogidos de la mano, miraban el bulto del que salía un débil sonido. Se caló el sombrero de fieltro sin soltar al bebé, ya que veía en los ojos de los hermanos la decisión de arrebatárselo, y se plantó delante de ellos. El mayor levantó la vista implorante; el pequeño bajó la cabeza para contemplar sus recias botas engrasadas con manteca. En uno reconoció su mismo remolino de pelo en la coronilla; en el otro, la forma de la nariz. También la boca, el grueso labio inferior que temblaba al hablar.

—No se lo lleve, padre.

Le respondió que era mejor para todos.

—Por favor, padre.

Le dijo que era mejor también para la criatura que, de lo contrario, moriría.

—No es culpa de Ximo, padre. Fue la bestia que entró en la casa y...

Y calló para siempre al recibir la bofetada.

—No se contradice tres veces a un padre —le gritó al hijo, mientras se lo gritaba a sí mismo para convencerse de que esa y no otra había sido la razón de su manotazo.

El golpe lanzó al mayor hacia la derecha y lo arrancó de la mano del pequeño, quien se apartó hacia el otro lado mientras repetía en un murmullo «fue la bestia, yo lo oí, fue la bestia», y se cubría la cara con el brazo recién liberado. Él hizo como si no lo hubiera oído pronunciar las palabras prohibidas y abrió la puerta. Los hijos quedaron dentro, pegados a la hoja. Dos pequeños centinelas inanes.

El llanto del bebé arrancó de nuevo al salir de la casa, como si supiera que no iba a volver nunca más. El padre había cargado las alforjas de la mula con ropa para la criatura. La había cogido sin fijarse en si era grande o pequeña, gruesa o delgada; ni siquiera en si los otros dos todavía la necesitaban. Ya les traería cosas nuevas cuando bajase a Castellón. Había metido también unas mantas, una piel de borrego y, cada vez más confuso, incluso una boina que había sido de su suegro.

Bajó la calle empinada al final de la cual vivían. La nieve de la noche estaba todavía intacta y acolchaba sus pasos y los de la mula. Aun así, el crujido lanoso debajo de las botas proclamaba a cada paso las sílabas de su vergüenza.

O-pro-bio-o-pro-bio-o-pro-bio.

El sonido que debía de acompañar el resto de su vida a los padres cobardes de los cuentos.

Se detuvo un momento al llegar a la esquina de la plaza. También estaba desierta, si bien cruzada por huellas madrugadoras de personas y animales. Dio un suave tirón a la brida de la mula y siguió caminando.

O-pro-bio-o-pro-bio-o-pro-bio.

Estuvo a punto de dar media vuelta para dejar de oír esas sílabas. No lo hizo. Un paso más, otro y otro.

O-pro-bio-o-pro-bio-o-pro-bio.

La enorme sombra que proyectaba una iglesia desmesurada en un pueblo tan pequeño no era lo bastante oscura para ocultarlo a él con su paquete en brazos. En la fachada, siete hornacinas: dos entre los pares de columnas que flanqueaban la puerta; cinco alineadas sobre el portal. Todas vacías. Ningún santo que le ofreciera una mirada de indulgencia o le levantase un dedo amonestante.

El chirrido de unos goznes que despertaban entumecidos le hizo volver la cabeza a la izquierda. La dueña de la tienda de ultramarinos, al otro lado de la plaza, salía a barrer la nieve y, tras un saludo mudo, se quedó observándolo con los brazos cruzados y la cabeza ladeada como un grajo.

Pasó de largo.

Un mensajero invisible había avisado a los vecinos. A pesar de la hora temprana, los visillos se apartaron sin disimulo en una de las casas de la calle Mayor.

Pasó de largo.

Bajo las arcadas, la sombra de la boina sobre los ojos del viejo panadero fingía la indiferencia con que se contempla todo aquello de lo que se hablará después en voz baja.

Pasó de largo.

Unas casas más adelante se abría la puerta de la taberna y dejaba escapar una vaharada de tabaco y vino. El remolino de rumores acres encerrados allí toda la noche le rozó los oídos antes de morir en el aire helado. Es el hijo de... dicen que la bestia... dicen que los ojos... dicen que la madre... dicen que... vergüenza. Oprobio.

Pasó de largo.

O-pro-bio-o-pro-bio-o-pro-bio.

Al doblar la esquina para tomar el camino al mas, dos mujeres enlutadas, cobijadas detrás de la hoja baja del portón de la casa, se santiguaron al verlo con el bulto gimiente en el brazo derecho. Mudas, como su esposa, como el pueblo entero, mientras él estuviera presente para mirarles a la boca. A su espalda las voces se arrastrarían unas a otras con el estrépito sordo de los aludes. Míralo, míralo, se lo lleva a la madre, al mas, fuera, lejos de Vistabella.

Pasó de largo.

La nieve cubría los tejados, los alféizares, los arcos de piedra de las puertas; de algunos balcones colgaban afilados carámbanos. Dejó atrás las calles angostas y las casas apretujadas, apoyadas unas en las otras como si temieran caer cuesta abajo. Tomó el camino de San Juan de Peñagolosa.

O-pro-bio-o-pro-bio-o-pro-bio.

Para llegar al mas tenía que pasar por delante del cementerio. Trató en vano de acelerar el paso. La cruz de piedra sobre una columna frente a la portada de acceso estaba torcida, vencida por el peso del frío, que también aplastaba las tejas de la ermita contigua. En el campanario vacío, una urraca que lo seguía desde que había abandonado el pueblo lanzó un graznido áspero, como la voz de su esposa. Se detuvo en seco. Le había parecido vislumbrar una sombra deslizándose entre la pared del cementerio y el porche de la ermita. Esta vez fue la mula, llevada por la inercia del paso, la que lo obligó a seguir. Temeroso de que los muertos le reclamasen lo que casi era suyo, empezó a cantar. Sería la única vez que cantaría a ese hijo. La vibración del pecho del padre lo despertó. El bebé emitió un gorjeo. Sería el único sonido de gozo que el padre iba a escucharle. Pasó de largo del cementerio.

Tras cruzar unos bancales en los que incluso los resquicios entre las piedras estaban cubiertos de nieve, llegó al bosque y dejó de cantar. Los pies se le hundían y tenía que arrancarlos a la fuerza de una masa húmeda empeñada en dificultarle cada paso. Date la vuelta. Regresa. Date la vuelta. Decían ahora los crujidos bajo sus botas.

Morirá. Lo dejará morir. Respondía cada vez.

Apretado contra su pecho, el bebé dormía.

La urraca lo seguía y marcaba su camino en el aire; cada graznido negro un insulto, para que todos supieran. Por ahí va. Se aleja. Por ahí va. Se lo lleva. Volverá con las manos vacías.

Tomó la pista de tierra que llevaba al mas en el que se había criado. Avisada por las voces de la urraca, la abuela se había asomado y lo vio acercarse. Una mancha negra al principio; después distinguió la figura humana y la mula que se movían penosamente en la nieve. Reconoció a su hijo; le pareció, por la posición del brazo, que portaba algo, pero no podía imaginarse que le traía a un nieto. Y, a pesar de que ella se sentía demasiado vieja para criar a un niño, no estaba dispuesta a que muriera de hambre porque la nuera le tuviera miedo.

Porque sentía que con cada gota de leche le robaba la vida, decía, porque estaba maldito, decía.

—Porque tiene esos ojos... —añadió el padre mientras dejaba el fardo en los brazos de la abuela.

En ese momento la criatura se despertó y la miró. La abuela se estremeció, pero lo apretó con más fuerza contra su cuerpo.

—Entonces, que sepas que renuncias a él.

Él había asentido sin poder apartar la mirada de la criatura.

—A partir de ahora este niño será mío, el mío. Los otros ya no me interesan en absoluto. Y ahora, vete —le ordenó a su hijo.

También le dijo que se llevara toda la ropa que había traído.

—Si me vive, yo le haré y le compraré ropa nueva.

Lo mantuvo con vida con leche de oveja diluida hasta que consiguió que lo amamantara una nodriza que hizo venir de otro pueblo durante medio año. Como ya había corrido la voz de que el padre lo había sacado de casa porque la madre le tenía miedo, la nodriza le abrió la boca para comprobar que no tuviera dientes y le pidió a la abuela un pago más alto y quedar libre de hacer tareas pesadas en la casa. Mientras lo amamantaba le tapaba los ojos con un pañuelo. Por si acaso.

Y los rumores fueron creciendo a la par que el niño. Porque tenía los ojos verdes y el pelo de color pajizo, porque aprendió muy pronto a caminar, porque era algo más pequeño que otros niños de su edad, pero más fuerte que otros mayores, porque hablaba poco y miraba con fijeza.

Porque todos recordaban la noche en que la bestia había entrado en la casa de la familia, esa en la que él no vivía.

1

Apto. Apto. Apto.

Y, sin embargo, no lograba marcharse. Dos meses había tardado en recibir la aprobación para emigrar. Había encontrado el sobre arrugado aleteando como un insecto atrapado entre la hoja y el marco de la puerta. La fecha de la carta era de hacía diez días. La carta y el repartidor se habían tomado su tiempo hasta llegar al mas.

El médico había dicho «apto». Lo había escrito en el informe. Apto.

Todo bien. Ojos, dientes, orejas y el cuero cabelludo. No tenía parásitos. Los médicos eran inflexibles con los que llegaban con piojos paseándose por el pelo: estaba en juego la imagen del país.

—Buenos pulmones, corazón sano. Los reflejos, perfectos.

El médico hablaba para sí mientras anotaba los resultados del examen en una hoja. Se había limitado a darle órdenes. Abra la boca, gire la cabeza, quítese la camisa, inspire, espire, baje la cabeza. «Baja la cabeza, lobito». La bajó, la giró, la levantó. «Así, lobito bueno».

El médico venía de Madrid para reconocer a los aspirantes a emigrar a Alemania. Apenas le había prestado atención mientras lo examinaba. Era uno más de la larga fila que se extendía a lo largo del frío pasillo de la sede del Instituto Español de Emigración en Castellón.

—Vista excelente, realmente extraordinaria —había dicho—. Incluso sabe usted leer.

Con él había podido hacer la prueba con letras.

Halagado, Joaquín le leyó la línea diminuta que al final del cartel decía que este había sido fabricado en Francia.

Entonces, el médico se fijó por primera vez en él. Joaquín seguía de pie con el torso desnudo y los pantalones bien sujetos con un cinturón.

—¿Lo ha leído usted desde aquí? —El médico se volvió, parpadeando hacia el cartel.

«Cuidado, Joaquín».

—Lo he visto al entrar —mintió.

—Muy gracioso.

El médico regresó al papel con sus resultados. Dientes perfectos, pelo limpio, sin parásitos, una vista excepcional, buenos pulmones, corazón sano. Cuerpo de minero, pequeño, nervudo y fuerte.

Apto.

Apto, apto, apto. Pero el Instituto Español de Emigración no convocaba plazas en Castellón. La lista de solicitantes crecía; su nombre se diluía entre los centenares de hombres y mujeres que deseaban llegar al «paraíso» alemán.

Los cuartos de la luna dibujaban sonrisas de amenaza cruel al crecer, burlonas al menguar.

Cada mes el sabor metálico de la sangre en la boca y el frío del cuerpo muerto junto al que yacía, una cabra montés, un jabato. Restos de barro entre los dedos de los pies y debajo de las uñas de las manos, jirones de carne entre sus dientes perfectos, el pelo manchado de sangre, pero sin parásitos. Una vista excepcional, buenos pulmones, un corazón sano.

Y ahí seguía.

Tres meses de espera. Si no se marchaba pronto, acabaría con un tiro entre los ojos. Los cazadores ya estaban organizando batidas.

2

Agosto. Fiestas en Vistabella. Esa noche caminaba hacia casa, el ánimo ligero y la cabeza pesada gracias a la mistela, canturreando una de las melodías que había tocado la rondalla. La noche estaba tan despejada como lo había sido el día, ni una sola nube se había aventurado a acercarse. La luna llena daba un color lechoso al camino de tierra que llevaba al mas. Dos curvas en esa pista sinuosa y ya podría avistar la casa solitaria con el tejado a dos aguas y el corral anexo; después la perdería de vista al cruzar un tramo denso de bosque y reaparecería tras un revuelto cerrado, como si se hubiera escondido para darle una sorpresa. De día habría cruzado el monte, pero de noche, a pesar de la luz de la luna, podía ser peligroso, el terreno era muy pedregoso y entre los arbustos se ocultaban a veces trampas para las alimañas. Las retiraba cuando las descubría, no le gustaban, no era justo dejar morir a un animal de sed o de hambre con la pata atrapada en un cepo. Algunas eran viejas trampas olvidadas por sus dueños, un legado innoble de campesinos que ya estaban tal vez muertos.

No tenía prisa por llegar al mas. Allí se acostaría, se dormiría y se acabaría su gran noche. La noche en la que por fin había estado en las fiestas de Vistabella.

Para evitar las miradas hostiles de sus hermanos y de otras personas del pueblo, los dos años anteriores su amigo Vicente y él habían preferido ir a las fiestas de otros pueblos cercanos, Chodos, Adzaneta, Benafigos. Un primo de Vicente les prestaba una camioneta de tres ruedas con la que subían y bajaban los montes que separaban Vistabella de las poblaciones vecinas. A la ida conducía Vicente; a la vuelta lo hacía Joaquín, que tenía mejor visión nocturna. Ninguno de los dos tenía carnet de conducir. Habían aprendido con la vieja furgoneta, primero en el recto camino que cruzaba el pla y que llevaba al río Monleón, donde se bañaban en verano. Más tarde, adolescentes y, por lo tanto, inmortales, se aventuraron a bajar hasta Adzaneta. Al volver consideraron que ya eran conductores.

Unos mojones blancos, como si a la montaña le estuvieran saliendo los dientes, era todo lo que los protegía de los precipicios que bordeaban la carretera robada metro a metro a la roca. Llegaban a los pueblos embriagados de curvas y regresaban mareados de música, bailes y vinos. Allí eran forasteros, aunque ciertas miradas le decían que algunos tal vez habían oído hablar de su maldición. Treinta kilómetros parecían mucha distancia en un vehículo baqueteado cuyo motor rugía agónicamente en cada subida, pero los rumores viajan por el aire y habían tenido mucho tiempo para extenderse. Vicente le aseguraba que eran imaginaciones suyas; sin embargo, él notaba entonces a su amigo mucho más vigilante, en un estado de alerta del que solo es capaz un pastor. Sabía también que los cansancios que le sobrevenían a Vicente no eran más que excusas para que se marcharan antes de que algún grupo de mozos se envalentonase y resolviera tal vez atacarlo.

Pero ese año Joaquín había decidido que quería ir a las fiestas de Vistabella, que no había hecho nada que justificase esa especie de destierro. Además, iría con Vicente, le había dicho a la abuela. ¿Y los hermanos? Que se apartasen ellos. Tenía dieciséis años y se sentía un hombre, un hombre que se afeitaba y tenía derechos.

Pateó una piedra y la estrelló contra unos matorrales que crujieron como los viejos al moverse. Sonrió bobamente al recordar que la chica que había conocido esa noche le había dicho que era un buen bailarín. Era forastera, de la Vall d’Alba, en la Plana Alta. Ella y su familia estaban visitando a unos parientes en Vistabella.

—La Vall d’Alba. Eso está lejos. He pasado alguna vez con el autobús a Castellón —le había respondido él, al tiempo que entendía por qué no había tenido ningún reparo en conversar y bailar con él.

Se llamaba María, le dijo.

—María a secas. Ni María Dolores ni María Milagros ni María José.

—María María —dijo él y se sintió tremendamente ingenioso porque ella lo recompensó con una enorme sonrisa.

Bailó solo con ella, mezclados entre otros jóvenes que se movían dentro del espacio libre cercado por la gente mayor, sentada en sillas de enea que cada uno traía de su casa y se llevaba al final de la fiesta. Entre paso y paso de baile, con la urgencia de saber que el tiempo que estuvieran juntos sería cronometrado, sus movimientos interpretados, sus risas medidas, cada roce más o menos inocente juzgado por las figuras oscuras que los rodeaban, ella le contó que se había escapado de casa de los parientes con la complicidad de su madre; su padre no le permitía ir a bailar.

—Quizá porque mi madre era también muy bailadora en su juventud. Así se conocieron —dijo, con una risa que a él le alteró la sangre.

Nunca antes había contemplado de ese modo a una muchacha. No sabía dónde detener la vista, ya que todo en ella le gustaba. Los pies pequeños y la boca grande.

—Mi hermano se ríe de mí, dice que tengo boca de rape.

El vuelo de la falda y el movimiento del pelo castaño oscuro.

—Pues a mí me gustaría tenerlo rubio, como tú.

La risa y cómo esta le agitaba el pecho. Y sobre todo los ojos, que lo miraban sin temor, sin recelo. Las chicas de Vistabella nunca lo miraban a la cara. Sabía que corrían confusos rumores sobre lo que podía pasarles si lo hacían y notaba que algunas, atraídas por el peligro, lo espiaban. Pero ninguna se le había acercado jamás. María, en cambio, le sostenía la mirada.

Vicente, atento a todo, dictó el momento de volver a casa, cuando algunos de los mozos habían bebido lo suficiente y cuchicheaban señalando a Joaquín, aunque él, embobado con la muchacha, ni se hubiera dado cuenta.

—Anda por aquí el hermano de la chica y me parece que los tuyos le están calentando la cabeza. Mejor nos vamos, Ximo.

—Pero... si solo estoy bailando...

—Mañana volvemos —le había dicho para convencerlo.

—Mañana vuelvo —le había dicho él a María.

—Eso. Me debes un baile. —Le cogió la mano y depositó en la palma una de las agujas con perlitas que le sujetaban el pelo. Después lo besó en la mejilla.

Un fogonazo de felicidad, una sensación nueva, le nubló la vista. Pero mientras la veía alejarse y perderse entre el gentío, notó unas punzadas en la nuca que se le extendieron por los hombros, como si el cuello de la camisa se le hubiese llenado de pinchos. Se volvió y se encontró la expresión feroz del hermano de María. Quiso encarársele, enfrentarlo, pero Vicente tironeaba de él.

—Vamos, es tarde.

Acompañó a Vicente a su casa y le prometió que se iría al mas, que no volvería a la fiesta.

—¿No prefieres quedarte a dormir aquí? —le preguntó su amigo mientras apuraban los cigarrillos—. Es muy tarde para volver solo y...

Grande y fuerte, Vicente no le tenía miedo a ningún ser vivo. Si un tigre se hubiese dejado ver por Vistabella, lo habría ahuyentado con la única ayuda de un bastón y su voz. Pero los muertos y los espíritus lo aterrorizaban, como la mera idea de pasar por delante del cementerio, que quedaba camino de la casa de Joaquín. A él, por su parte, le preocupaba más el enfado de la abuela si no regresaba a casa esa noche. No le asustaba la oscuridad y la luna iluminaba el camino, le dijo a su amigo. Se marchó con la mirada vigilante de Vicente clavada en la espalda. Así eran los pastores, siempre preocupados, siempre viendo peligros.

—No soy una oveja, no te inquietes por mí, que no me pasará nada.

Empezó a tararear una tonada infantil al pasar delante del cementerio. No sabía la razón, pero siempre le venía esa melodía a la mente. El canto de las chicharras que lo acompañaba desde que había salido del pueblo se atenuó cuando entró en el bosque. Los pinos formaban a su izquierda un muro macizo y oscuro; a la derecha, los rayos de luz delataban la impostura dibujando los perfiles de troncos y ramas. Entre ellas distinguió la silueta de una lechuza, inmóvil, al acecho. Algún ratón de los que correteaban por el sotobosque acabaría, delatado por el bombeo frenético de su minúsculo corazón, entre las garras de la rapaz. Es lo que pasa cuando se mira solo hacia abajo. Se rio. Había tomado demasiado vino. Pero es que eran fiestas, y era la primera vez que iba a las de Vistabella y había estado con su amigo Vicente y, gracias a él y al ánimo que le había infundido el alcohol, se había atrevido incluso a bailar. Y había conocido a María. «Le debo un baile», recordó. Levantó los brazos y dio unos pasos de jota.

Lo detuvo un ruido entre la maleza a su izquierda. Algo se acercaba agitando de una manera frenética los matorrales resecos. Temió que sus hermanos hubieran finalmente azuzado a otros mozos del pueblo y ahora, en manada, se hubieran decidido a atacarlo aprovechando que estaba solo. Tensó todo el cuerpo, preparado para defenderse. En ese momento vio salir una liebre. Los ojos despavoridos del animal se clavaron en los suyos, después cambió de un salto la trayectoria, le rozó los pies y siguió corriendo como si jugara a pillar. ¡Corre! ¡Corre! ¡Ahora eres tú! ¡Corre! ¡Corre! La liebre desapareció del camino.

Un bulto negro se le echó encima con un gruñido profundo.

La primera dentellada la notó en el brazo izquierdo, que había levantado instintivamente.

La segunda lo alcanzó en el costado.

A lo lejos, entre los árboles, pasos acelerados y gritos.

—¡Lo tiene! ¡Lo tiene!

Unos hombres, los dueños del perrazo. El animal le mordió una vez más. Sintió los dientes clavándose en el hombro, cerca del cuello, entonces se revolvió y lo apartó de sí empujándolo con los brazos y las piernas.

Antes de que el perro tuviera tiempo de saltar de nuevo, él se irguió, plantó las piernas en el suelo, abrió los brazos y gritó. No como gritaba cuando reunía las ovejas. Ni cuando trataba de arrancarle un eco a las montañas. Ni recordaba haber gritado así cuando de pequeño lo habían perseguido otros niños tirándole piedras. Nunca había gritado así. Y, en cambio, sabía cómo tenía que hacerlo. Como si siempre lo hubiera llevado dentro, para ese momento. Fue un alarido largo y potente con el que se desprendió del dolor y del miedo.

Los pasos de los hombres se detuvieron.

—¿Qué ha sido eso?

Un gruñido profundo le ascendió desde la garganta y se repartió por cada fibra de su cuerpo hasta resonar en todas sus cavidades. Levantó los hombros y separó los brazos, una potente vibración le recorrió los flancos, los pies se clavaron en el suelo, los músculos de las piernas ardían, preparados para saltar.

El perro lo amenazó con las fauces abiertas, los colmillos le brillaban húmedos y blancos a la luz de la luna. Se impulsó en las patas traseras y saltó. Joaquín se abalanzó a la vez sobre él, esquivó con un movimiento rápido la boca del animal y le mordió en el cuello. El perro soltó un aullido de dolor y de miedo. Joaquín, ofuscado por la textura de la carne palpitante y caliente entre los dientes, volvió a morder. El animal gimió. Él captó de reojo el blanco de los ojos aterrorizados del perrazo.

Los pasos de los hombres se acercaban. Soltó al perro y corrió a ocultarse tras unos matorrales. El perro se quedó tendido en el suelo, con la cabeza escondida entre las patas delanteras.

Dos hombres salieron al camino con palos en las manos. Jadeaban.

—¿Qué le pasa al perro?

Reconoció al hermano de María. El otro debía de ser el padre. No lo podían ver; él, en cambio, apreció la expresión de temor que asomaba en sus rostros.

—¿Qué es eso?

Era el rugido amenazador que le salía de la garganta. Mantenía el cuerpo pegado al suelo, los brazos y las piernas doblados y tensos, dispuestos a abalanzarse sobre los dos hombres que le habían azuzado al perro.

El joven llamó al animal chasqueando la lengua. El perro lloriqueó, pero no se movió. Miraba con fijeza el lugar en el que se había escondido Joaquín.

—¿Qué pasa? —preguntó el hombre mayor—. ¿Quién está ahí?

La respuesta fue un largo aullido. Todo el bosque quedó en absoluto silencio. Después el gruñido volvió a adueñarse de Joaquín, quien a duras penas lograba controlar el impulso de saltarles encima.

—Vámonos, padre.

Silbó al perro. Como no se movía, le dio una patada. El animal se levantó con la cabeza gacha, como pidiéndole permiso para hacerlo. La herida del mordisco en el cuello sangraba. Los dos hombres retrocedieron y echaron a correr cuando se sintieron a suficiente distancia. El crujido de hojas secas, de ramitas quebrándose, se fue alejando. Un aullido, tal vez un gemido distante; después volvieron las chicharras.

Se sacudió el polvo de la cara, del pelo, de la ropa, buscó una rama gruesa y la empuñó con fuerza. Con el oído atento a cualquier sonido, prosiguió renqueante el camino hasta el mas.

Al llegar, el Rubio, su perro, no salió a recibirlo alborozado como siempre; en cuanto lo vio acercarse, se escondió en la caseta y lloriqueó quedamente.

Se metió en el lavadero. Aunque procuró no hacer ruido, la abuela lo oyó desde el dormitorio y bajó. Las hebras de pelo blanco que de día llevaba recogidas en un moño pulcro y prieto caían sobre el chal oscuro con el que se cubría los hombros.

Vio las heridas, la sangre, la camisa desgarrada tirada en el suelo, la rama.

—¿Dónde ha sido?

—En el bosque. —Comenzó a empujar la manija de la bomba de agua.

La abuela dejó el candil sobre una repisa y le ayudó a bombear agua. Joaquín se amorró al caño y bebió largamente, con una sed honda, como si sus entrañas se hubieran vuelto de arena.

—¿Qué ha pasado?

Le contó el ataque del perro.

—¿Quiénes eran?

—No eran de aquí. Forasteros, de la Vall d’Alba.

La abuela le tendió unos paños.

Le habló entonces de María, de los bailes, del hermano y del padre que habían salido en su persecución.

—Pero no he hecho nada malo, abuela.

—Aparte de enamorarte —dijo, sacando la aguja del pelo con perlitas del bolsillo de los pantalones de su nieto.

Mientras el agua limpiaba las heridas, Joaquín le contó cómo los había ahuyentado con sus rugidos con el orgullo de un escolar que se ha hecho el amo del patio. Ella negaba con la cabeza.

—¿Te han visto?

—Creo que no.

—¿Lo crees o lo sabes?

Estaba muy preocupada. Los pueblos de la zona estaban en fiestas, la gente se movía de noche por los caminos. Joaquín entendió que la inquietud no era tan solo por lo que les pudiera pasar a otros, sino también porque alguien podía acordarse de la maldición. Un cansancio aplastante empezaba a apoderarse de él.

—Lo sé.

Acabó de lavarse las heridas: el brazo, el costado, el hombro. La abuela acercó el candil y las observó con atención.

—Te prepararé unos emplastos de hierbas para curar estos mordiscos.

—¿Y lo otro? ¿Se ha cumplido la maldición? Me he convertido en una bestia. Es eso, ¿verdad?

—No te has convertido en nada que no fueras ya. El ataque solo la ha hecho salir. Ya encontraremos una solución.

La abuela se agachó para recoger la ropa sucia de polvo y sangre y la metió en una barreño de cinc que llenó de agua y jabón.

—¿No sería mejor tirarla, abuela? —preguntó, tiritando de agotamiento. Las consonantes le pesaban en la boca.

—Era tu ropa de los domingos. La camisa la zurciré y tendrás muda para el trabajo. Sube a tu cuarto y procura no dormirte todavía.

Se sentó en la cama, pero apenas podía luchar contra el cansancio. La abuela lo encontró de pie, golpeando a un lado y otro del marco de la puerta como un badajo cada vez que el sueño lo vencía. Le puso los emplastos y dejó por fin que se acostara.

—¿Qué va a pasar ahora, abuela? —También las vocales se habían vuelto de plomo, caían de los labios sobre la almohada.

—Ya lo iremos viendo; ahora duerme.

—¿Tú lo sabías?

—Duerme.

—Por eso...

—Duerme.

Las heridas se le curaron asombrosamente rápido. Solo uno de los mordiscos le dejó, a modo de recuerdo o advertencia, una cicatriz semicircular en el costado.

Tenía dieciséis años cuando se cumplió la maldición que lo marcaba desde el momento en que su madre lo había repudiado.

3

Plenilunio. De nuevo plenilunio.

Se despertó frente a la mirada desorbitada de una oveja. Las manos que habían sido garras todavía metidas en las entrañas medio devoradas. La palabra «apto» resonó agria y burlona en su cabeza. ¿Apto? Para matar.

Miró a su alrededor: no era el paraje al que se había dirigido para la transformación. La bestia se había alejado, se había desplazado hacia los prados. Su ropa quedaba muy lejos.

Como la tierra estaba demasiado dura para cavar un agujero, cubrió los restos de la oveja con ramas y hojas. Caminó desnudo y descalzo por el bosque. El verano había sido caluroso, pero septiembre había llegado con ganas de ser otoño. El rocío le helaba los pies, las hojas le mojaban la piel. Tropezó varias veces con raíces de robles que sobresalían tensas, como esperando que por fin les dijeran que podían empezar a andar. El cielo clareaba por encima de las copas aún frondosas; las de los ejemplares más altos parecían querer hundirse en la capa de nubes pesada como masa de pan. ¿Por qué había cambiado la bestia su territorio de caza? No lo había hecho en los meses anteriores. Al volver en sí, sabía dónde encontrar su ropa, el mechero y la yesca que dejaba para encender un fuego y darse calor.

Ahora, lejos del lugar en que lo había escondido, tiritaba de frío y se preguntaba cómo iba a sobrevivir en invierno, cuando la nieve cubriera todos los montes en los que podría hallar cobijo.

Unos ladridos de perro lo detuvieron antes de llegar a lo que parecía un claro. Buscó una rama para defenderse del ataque. Una voz de hombre ordenó silencio al perro, que cambió el ladrido por un gruñido hostil. Se quedó muy quieto, con el palo agarrado con fuerza.

—¿Eres tú, Ximo? —gritó la voz.

La reconoció. Era Vicente.

—Calla, Canelo —ordenó al perro.

Él no se movió.

—Puedes salir. Lo sé todo.

Avanzó hacia el lugar del que provenía su voz. Solo al ver que Vicente sujetaba con firmeza al perro se decidió a tirar el palo. Las ovejas se habían agrupado en el otro extremo del claro, una masa temerosa que se apiñaba más a cada paso que daba. Vicente ordenó al perro que se tumbara y se le acercó con una manta. Una barba espesa le cubría la cara. Al quedar frente a frente, Joaquín tuvo la impresión de verse en un espejo oscuro antes de la transformación. Los ojos de su amigo habían perdido la expresión de terror con la que había regresado de su primer pastoreo. Vicente le echó la manta sobre los hombros.

—Ven, he encendido un fuego.

—¿Qué es lo que dices que sabes?

—Todo. De ti y de la bestia.