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Mariana está a punto de cumplir doce años cuando su paá le presenta a Sara, su nueva novia, una mujer sospechosamente perfecta. Con ayuda de sus incondicionales amigos Rocío y Francisco, Marina decide desenmascarar a Sara e impedir que se convierta en la temible madrastra de los cuentos.
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Seitenzahl: 44
Veröffentlichungsjahr: 2014
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ilustrado por PATRICIO ORTIZ
Primera edición, 2009 Cuarta reimpresión, 2013 Primera edición electrónica, 2014
© 2009, Vivian Mansour, texto © 2009, Patricio Ortiz, ilustraciones
D. R. © 2009, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008
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ISBN 978-607-16-1932-7 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
Para Mayté Boullosa, que lo sugirió Para Saida, que lo vivió
A todos nos gusta ser los buenos del cuento. Todos queremos ser la princesa, el héroe que mata dragones, el valiente que sabe exactamente cómo actuar y qué decir en caso de peligro… Pero una vez yo fui la mala del cuento. Escogí ser la mala. Si alguien hubiera leído la historia de mi vida diría: “¡Qué malvada! ¿Por qué actúa así?” Y si esa historia tuviera ilustraciones yo habría sido dibujada como una niña llena de verrugas, pelos en la barbilla y fea como mi tía Juanita, que se pone sombra morada en los párpados y que huele a mojarras fritas.
Todo empezó atrás de la puerta del baño. Cuando mi mamá entraba en él se tardaba mucho. Pero no mientras se bañaba o hacía popó o pipí. Se encerraba durante mucho tiempo y se escuchaban unos ruidos extraños, como si peleara con un monstruo que viviera en la tina. Después salía como si nada, igual de hermosa que siempre, pero sin los labios pintados.
Yo no entendía muy bien cuál era el monstruo con el que peleaba cada día, hasta que un día la abracé después de uno de esos extraños combates y me llegó un olor desagradable. Me tardé algunas semanas en identificarlo, hasta que, en medio del desayuno, cuando me sirvieron una porción de papaya supe cuál era el olor misterioso…
—¡Guácala! Huele a vomitada…
Todos me voltearon a ver. Mi papá me lanzó una mirada enojada, ya que era un ferviente admirador de la papaya. A mi hermano chiquito le dio un ataque de risa. Mi mamá, que tenía un plato de cereal dietético frente a ella, pero sin tocar, me miró inquieta.
—Pues te la comes —dijo mi papá, enérgicamente.
Yo no hablaba de la papaya, sino del olor de mamá, pero era poco elegante aclarar la situación. Me tragué la papaya —que, estoy segura, muchos piensan como yo, huele a guácala— pero con la sensación desagradable de que conocía un secreto de mamá. Un secreto que no olía nada bien y que ella no quería compartir conmigo ni con nadie. Sólo con el monstruo del baño. La única solución que se me ocurrió fue ahorrar para comprarle un perfume el día de su cumpleaños.
Aaah, los regalos… ¡cómo pueden causar alegría o tristeza! A mitad de año se acostumbraba en la escuela hacer un intercambio de regalos. Escribíamos en unos papelitos nuestros nombres y la maestra los repartía a todo el grupo. Al abrir el mío leí el nombre de la niña a la que me tocaba regalarle: “Lizette”. Teníamos un mes para preparar el regalo. Le dije a mi mamá ese mismo día para que tuviera tiempo de comprarlo, porque en ese entonces se olvidaba de todo. A mí no me llevaba con ella de compras, iba siempre sola. Cuando llegó el lunes del intercambio, mi mamá se había olvidado por completo del regalo de Lizette. Y entonces hizo algo que nunca le perdoné: fue al armario, revolvió un poco entre algunos paquetes y sacó algo.
—Mira, le puedes dar a tu amiga esta bolsa.
Estaba espantosa. Era una bolsa blanca, hecha como de plástico…
—Es una bonita bolsa de rafia. Le va a encantar —afirmó.
Yo no tenía otra opción. Aún no le había comprado el perfume a mamá. Hubiera estado perfecto regalárselo a mi compañera en lugar de lo que me ofrecía mamá, porque algo me decía que esa bolsa no era el sueño de ninguna niña. Esperaba equivocarme.
Después del recreo se realizaba el intercambio. Todos estábamos muy emocionados. Cuando me tocó a mí darle la bolsa a Lizette, deseé con todas mis fuerzas que mi madre tuviera razón y que a mi compañera le gustara su regalo. Ver su cara de desilusión me dijo lo contrario, pero debo confesar que el malestar que me causó su expresión desapareció cuando Bárbara se paró y se acercó a mi lugar. Llevaba entre sus manos mi regalo: un suéter justo de la marca que yo quería. Tenía unas letras que decían “PRINCESS” que abarcaban todo el frente. Me encantaba. Además, cada letra estaba saturada con diamantitos que brillaban al menor movimiento. Era lo mejor que había tenido en mi vida. Leí la etiqueta con verdadero deleite: “100% poliéster. Lávese a mano. No se exprima. Hecho en China”. “En China deben de vivir las niñas mejor vestidas del planeta”, pensé emocionada. Me sentiría como una modelo con ese suéter.
Era el regalo perfecto para mí. Seguía acariciando la textura de mi suéter cuando se acercó Rocío, mi mejor amiga. Me susurró al oído:
—Deberías darle a Lizette tu suéter, en lugar de esa fea bolsa de plástico.
