La máquina que aprendió a soñar - José Cavalieri - E-Book
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La máquina que aprendió a soñar E-Book

José Cavalieri

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Beschreibung

Un traductor imaginario en Italia se encuentra fortuitamente con la copia de un misterioso manuscrito llegado de la Argentina. De su autor no se tienen más noticias … Este libro nos lleva de la mano en una aventura que podría encuadrarse dentro del llamado “realismo mágico” donde coexisten al menos dos niveles de lectura. Uno exterior e inmediato, relativo a la épica donde las vivencias de los personajes se alternan en diferentes lugares y tiempos; el otro, más profundo, donde en el reflejo de esas aventuras, podemos encontrar claves de interpretación psicológica del propio Yo interior.
La continua sucesión de relatos encastrados uno dentro del otro, despliega una metáfora de la naturaleza humana, de la aventura de su existencia sobre la Tierra; de su evolución y, sobre todo, de su futuro como especie viviente. Así por ejemplo, ese viejo que vaga con su carreta por el interior de la Argentina llevando su “ciencia” para atraer la lluvia puede representar la metáfora de un conflicto interior: la profunda batalla en la que nuestra parte mejor, lucha para contrarrestar la desertificación del ánima humana.

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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José Cavalieri

Título original en italiano:

“La Macchina che imparò a sognare”

Primera edición junio de 2020

Edizioni EBS Print

© 2020 - José Luis Cavalieri

La Máquina que aprendió a soñar

Traducción del autor

Primera edición junio de 2021

Edizioni EBS Print

© 2021 - José Luis Cavalieri - Todos los derechos reservados.

Portada: Marcello Toma - "Nel vortice del tempo" (En el vórtice del tiempo) elaboración gráfica de una de sus pinturas www.marcellotoma.it

Gráficos de portada e ilustración: Carolina Galeazzi http://www.carolinagaleazzi.com.ar/

UUID: 2fd1186f-f06f-4cbf-8e8d-b46b1e263ba5
Este libro se ha creado con StreetLib Writehttp://write.streetlib.com

Tabla de contenidos

Aclaración

Roma, Italia, año 2020

Premisa del traductor

"NOSOTROS"

DANIEL ANSELMI

PEDRO RAMÍREZ

DOMINGO LUNA

DESOLACIÓN

ISIDORO MORALES

USTEDES

PERALTA

LOS SUEÑOS DE LA MÁQUINA

EPÍLOGO

Agradecimientos

El autor contribuye con sus libros al apoyo de las actividades de la Asociación argentina "La Máquina de los Sueños", que desde 1998 trabaja en la educación de los niños con dificultades y la promoción social en una zona marginal de la periferia de la ciudad de La Plata, en la provincia de Buenos Aires.

Aclaración

Los nombres de los protagonistas de esta novela son fruto de la fantasía y no hacen referencia a personas que existieron o existen realmente.

El autor

Roma, Italia, año 2020

Casi veinticinco años después de haber escrito y publicado en Italia mi novela "La Macchina dei Sogni" (La Máquina de los Sueños) y gracias a la ayuda de Mariateresa, mi compañera de vida, retomé el texto en mis manos y empecé a trabajar en una reescritura con el fin de incorporar algunas partes y mejorar el texto en italiano.

Terminado ese trabajo, en julio de 2020, lo publiqué en Italia con su nuevo título: "La Macchina che imparò a sognare” (La Máquina que aprendió a soñar). Pienso que quizás pueda ser de interés para quienes todavía no habían nacido en aquel entonces o eran muy chicos para entretenerse en la lectura de un libro de este tipo.

En la versión original, los hechos resultan ser "reescritos" durante la traducción del castellano al italiano realizada por “Joe Salici Riva”, un personaje, también él, imaginario. La narración abarca episodios que tienen lugar en un lapso de tiempo muy amplio: desde los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, drama que generó un nuevo orden mundial, hasta los años 90 del siglo pasado, durante los cuales una nueva tecnología inició a difundirse en el mundo, abriendo nuevas e inimaginables fronteras en la comunicación y en la vida de todos nosotros.

La lectura de acontecimientos, escenas y personajes fantásticos, tienen también un valor simbólico que nos habla de "algo más" : encontramos "ñandúes amaestrados en Gran Bretaña"; "valiosos libros hechos desaparecer en las tumbas de un cementerio" y, sobre todo, un "Proyecto" para construir una extraña "Máquina", cuya ideación comienza en América del Norte y su realización continúa en la profundidad de una caverna subterránea en la Patagonia argentina.

Verán que varios de los personajes que se mueven dentro de este libro, entre ciudades y caminos ‘reales’ y localidades y sitios imaginarios llegan a tomar contacto y a 'leerse' en algunas de las páginas del manuscrito, en el relato de lo que ellos mismos ‘están viviendo’.

Ellos se encuentran como en un holograma... son como dos espejos uno frente al otro y los eventos narrados en el libro (que también se encuentra incluido en el relato con un rol protagonista) se cruzan con las vivencias de los personajes, fundiéndose con ellos en una ‘causalidad’ de tiempo y lugar.

El narrador se deja llevar por el fluir de la historia, siendo él mismo un personaje más, presente tanto en el manuscrito como en la trama de la novela.

"A veces, no es necesario escribir muchos libros" - me dijo una vez Ernesto Sabato, a quien tuve la suerte de encontrar fortuitamente hace muchos años - "un solo libro o dos pueden ser suficientes para un escritor, si en ellos logramos dar lo mejor de nosotros".

Espero que puedas descifrar las muchas facetas de este texto e imaginar esta aventura como si los personajes también vivieran en tu mundo interior.

Deseo que disfruten de su lectura.

José Cavalieri

Premisa del traductor

Roma, Italia... 1994

No es la primera vez que traduzco una obra de este autor: con el paso de los años me he convertido en el único capaz de descifrar su caótica forma de escribir y el único capaz de interpretar su estilo descriptivo único y poco ortodoxo.

Mi traducción de su primera novela, un trabajo largo y problemático, se remonta al año 1986.

El manuscrito de ese texto en español me fue entregado en Buenos Aires justo el día antes de mi vuelo de regreso a Italia. Un caluroso domingo del mes de diciembre de 1985.

Esa mañana, mi amigo se despidió dejándome sobre la mesa de la cocina de su casa, un paquete repleto de papeles de todo tipo. Tenía que ir a visitar a una persona al Delta del Tigre, un encuentro que no podía postergar, así me dijo. Me dejaba la casa a disposición con todas las indicaciones sobre cómo cerrarla al momento de irme al aeropuerto la mañana siguiente y adónde dejar escondidas las llaves.

Por pura curiosidad y para entretenerme durante ese caluroso domingo, abrí el paquete y comencé a leer. La caligrafía desprolija y casi ilegible había encontrado desahogo en el primer espacio disponible, cualquiera que sea: hojas arrancadas de anotadores y cuadernos; servilletas de papel; el reverso de viejos recibos de la luz y cualquier otra superficie que hubiera caído bajo su pluma durante los momentos de inspiración.

La única indicación, para moverme en esa caótica "montaña de papeles" eran los números escritos con marcador rojo que los ordenaban en secuencia. Así que, sobre la mesa, fui armando ese rompecabezas … La lectura capturó tanto mi atención, que casi no levanté los ojos de los papeles durante todo el día y parte de esa última noche en Buenos Aires, hasta llegar al final del libro.

El autor, como ya les he anticipado, es un tipo muy excéntrico, imprevisible y posee poquísimo sentido práctico. Tal es así, que solamente después de haberme dejado el paquete me dijo que estuviese muy atento porque ahí me estaba entregando un texto original del cual no había hecho fotocopias.

Fue así que, con el ansia y el miedo de perderlo, mientras cerraba mi valija, me pareció que ahí iba a estar más seguro que en mi bolso de mano. Siguiendo ese razonamiento, metí el paquete en la maleta junto a mi ropa y a los alfajores que me llevaba para saborear en Italia.

La valija tenía también una cerradura con combinación… no podía existir lugar más seguro…

Bueno, como ya estarán imaginando, mi equipaje se extravió. ¡Perdido irremediablemente!, incluyendo “el paquete” con el manuscrito dentro.

Después de varias semanas, el Seguro me reembolsó la pérdida del equipaje, pero de hecho, en Italia me encontré frente al compromiso de traducir un texto original sin poder contar nada más que con el recuerdo del texto original… ¿No sé si me entienden …?.

Esa "traducción" que hice en 1986, en realidad fue una segunda escritura, algo así como la traducción de mi Memoria.

Quizás fueron precisamente estas increíbles dificultades las que me unieron aún más a su autor, que esperaba confiado el resultado de mi trabajo, creyendo profundamente en nuestra vieja amistad y estimulando mi vena creativa. Sentí entonces que ya no se trataba de una reescritura, sino más bien de una aventura que estábamos compartiendo. Eso hizo que me identificara tanto con la historia narrada en esas páginas como para sentirme, por momentos, como el verdadero y único autor protagonista.

Años más tarde, aquel libro se llenó de misterio cuando, a trabajo terminado, después de una última y breve comunicación telefónica, el autor me dijo que “juntos habíamos transformado en lenguaje cotidiano esa energía que ya no puede ser borrada, porque ocupa un lugar en el espacio"... después de lo cual desapareció literalmente de la circulación…

En 1992 perdí todo contacto con él.

Toda mi búsqueda para dar con su paradero fue en vano y ese segundo viaje a Buenos Aires no sólo resultó inútil, sino que extendió aún más el misterio sobre su ya misteriosa existencia.

En el barrio de Buenos Aires, esa vieja casa de estilo colonial donde mi amigo me había hospedado años atrás, ya no existía: en su lugar habían levantado un horrible edificio de siete pisos todo acero y vidrio.

Según los vecinos, hacía por lo menos diez años que esa casa había sido demolida … No podía ser. Yo había estado allí, hospedado quince días, apenas seis años antes …

Así fue que tuve que regresar a Italia, angustiado y aún más confundido que antes. Tan confundido estaba que incluso empecé a dudar de haber hecho realmente mi primer viaje a la Argentina en 1986 y a dudar también de haberlo encontrado en ese barrio de Buenos Aires. Mis recuerdos se hundieron en una densa niebla.

Después de tantos años no encontraba ni el ticket de embarque de aquel vuelo, ni todo el carteo con la Compañía Aérea para recuperar la valija y luego con el Seguro para el reembolso por la definitiva pérdida del equipaje…

Todo me parecía irreal y la única cosa tangible era la terrible sensación de haber perdido a mi amigo para siempre... o de no haberlo encontrado nunca.

Dos años después, en mayo de 1994, un sobre reforzado llegó a mi dirección en Roma. Venía de la Argentina. ¡Era él! ¡Mi amigo estaba vivo!

Dentro de ese sobre me enviaba otro texto original, esta vez estaba escrito a máquina, desordenado, sí, pero al menos me ahorraba el trabajo de descifrar su caligrafía.

Al enviarle una carta de respuesta, desoyendo su imperativa petición de no buscarlo ni escribirle, descubrí que no sólo la dirección del remitente, sino también la ciudad de Trigales (desde donde decía escribirme) ¡no existía ni en Argentina, ni en ningún otro país de Sudamérica!

Desde entonces me he acostumbrado a sus largos silencios, contentándome con sus brevísimos llamados telefónicos, feliz de saberlo vivo y libre, viajando por esos caminos desconocidos que, gracias al trabajo de traducción, yo también he vuelto a recorrer idealmente con ustedes, lectores y destinatarios finales de cada recuerdo, cada frase y cada descripción contenida en este libro.

Sin entender el porqué de tanta prudencia, de tanto misterio y de tantas vueltas, me resigné a obedecer religiosamente sus instrucciones: saqué fotocopias del texto para quedarme con ellas y traducirlas al italiano y volví a mandar esa única versión original en otro sobre a la Argentina a la casilla de correos en Buenos Aires que me había indicado, donde “alguien”, siempre por voluntad expresa del autor, se encargaría de retirarlo.

Meses más tarde recibí una llamada telefónica de mi amigo. Se escuchaba muy mal, como si me estuviese llamando desde una cabina pública. Llamaba para agradecerme y para pedirme que continuara con la traducción del libro e hiciese lo posible para publicarlo en Italia. Ante mi insistencia por saber qué estaba sucediendo, me contó que el texto original en castellano había sido entregado para su lectura a Domingo Luna, un anciano escritor que estaba en contacto con la sede en Buenos Aires de una casa editorial española, con la que había publicado un par de libros en los ’70.

Mi amigo no sólo no había tenido noticias del resultado de esa lectura. Tampoco se tenían más noticias del viejo escritor y del destino del texto.

“Parece ser”, me dijo, que después de una serie de complicadas vicisitudes, ese "alguien" (que parecía ser la única persona en la que mi amigo confiaba), había recuperado el manuscrito y se había dirigido al sur del país, a una zona de la Patagonia totalmente desierta y árida. Armado de pala y pico, había excavado un agujero entre las rocas depositando en su interior aquellas hojas escritas a máquina que ya habían cruzado el Atlántico dos veces y que habían dado más vueltas que una calesita. El lugar había sido cuidadosamente cubierto y camuflado con la geografía circundante, de modo que era casi imposible identificarlo.

Nadie conocía la ubicación exacta. Creo que ni siquiera mi amigo, que como autor hubiese tenido derecho, sabía exactamente dónde se encontraban escondidas las hojas de su libro.

Unos meses más tarde, cuando la traducción al italiano de este segundo libro estaba casi terminada, a las tres de la mañana (hora de Roma), recibí esa última y brevísima llamada de mi amigo escritor. Lo bombardeé a preguntas, sobre todo porque quería saber si era cierto que el manuscrito había sido enterrado en medio del desierto.

No respondió a ninguno de mis interrogantes. Pero a esta última pregunta respondió con tono muy irritado: "¡¡¿Enterrado?!!" - dijo - "¡Mi libro ha sido plantado! ¡Plantado, Joe!! ¡¡Los libros se plantan, como las semillas!!".

Colgó el teléfono y desde entonces no he tenido más contacto con él.

"El traductor": Joe Salici Riva

“A veces... no hay nada mejor que perderse, cuando realmente se quiere encontrar algo importante ... “.

Dr. ISIDORO MORALES

"NOSOTROS"

Desierto de Arizona, EE.UU., 1955...

Desde el Centro de Investigación Secreta, construido en una zona semi desierta, rodeado por un escuálido y desplumado bosquecillo de álamos, Karl Hesselmann levantó la corneta del teléfono y llamó, a través de la operadora, a su único contacto con la dirigencia del Programa Científico para el que trabajaba. Una conversación breve, hecha de palabras y frases en código, y de una cordialidad totalmente artificial. Hesselmann colgó satisfecho.

Al día siguiente, en uno de los pabellones del Centro, destinado a laboratorio de anatomía, el Dr. Hesselmann preparaba su explicación en el pizarrón tratando de simplificarla lo más posible. Conocía bien a su interlocutor y sabía que Smith no era un erudito en la materia: era un experto en otras cosas, espionaje, armas, ocultamiento.

Fue Smith quien lo había salvado del juicio de Nüremberg en nombre de los "aliados" (al menos eso es lo que le había dicho) y quien desde entonces se había encargado de “cuidarlo”. Pero Smith era sólo un intermediario, alguien que a su vez debía dar cuenta de los resultados de los experimentos a personas mucho más en alto...

Smith había descendido del pequeño biplano cuando la nube de polvo que lo envolvía todavía no se había disipado. Hesselmann lo estaba esperando al borde de la pista. Había llegado a toda prisa en cuanto oyó el aparato sobrevolar la zona. Cuando detrás de una de las ventanillas del avión, vio aparecer la brillante cabeza calva de Smith, eternamente enmascarada detrás de los verdes lentes de sol ‘Ray-Ban’, a la falta de aliento causada por la carrera se sumó esa sensación de opresión en el pecho y la taquicardia que lo invadía cada vez que tenía que encontrarse con ese tipo...

En 1944, casi un año antes del fin de la guerra, Smith ya se había infiltrado en territorio enemigo con órdenes precisas: "reclutar científicos útiles" antes de que cayeran en manos de los soviéticos.

En abril del ’45, días antes del inicio de la ‘Batalla de Berlín’, Smith había detectado a uno de los más jóvenes: el Dr. Karl Hesselmann, que se escondía en las afueras de la parte oeste de la ciudad, en lo que quedaba del sótano de un edificio derrumbado por los bombardeos. No le fue difícil persuadir al alemán para que se rindiera y se entregara a él mientras los combates del otro lado de la ciudad se intensificaban anunciando la entrada de las tropas soviéticas de ahí a pocas horas. Ni siquiera fue muy difícil para Smith encontrar vagando por la ciudad a un pobre tipo que se parecía vagamente a Hesselmann, estrangularlo con sus manos y "suicidarlo" con los documentos de Hesselmann puestos en un bolsillo y algunas pertenencias personales del científico desparramadas a su alrededor. Unos diez días después, a principios de mayo, las tropas soviéticas encontraron ese cuerpo colgando de uno de los fierros retorcidos de lo que había sido el piso de la planta baja y nada los hizo dudar sobre la identidad del cadáver.

No había sido nada fácil llegar a la retaguardia de las tropas aliadas pero, una vez que tomaron contacto con el Comando Americano, ambos fueron trasladados a Francia y luego enviados a Inglaterra. Desde allí Smith se las arregló para llevarse clandestinamente a Estados Unidos al "verdadero" científico nazi.

"Usted nos puede servir y espere que así sea” - le dijo Smith y agregó - “ Por su propio bien, usted tiene que desear que su ayuda nos sea útil por mucho tiempo".

Con un viejo pasaporte y un nuevo nombre, ambos falsos, ("Pierre Saguenay", nacido en Montreal, Canadá, en el año mil novecientos dos, profesión: arqueólogo), Smith se lo había llevado desde Londres, primero hacia Sudamérica y, después de unos meses, ambos habían llegado finalmente a esa zona desierta en Arizona. Desde aquel momento hacía ya diez años que el alemán estaba trabajando para el Programa Secreto.

Hesselmann había comprendido perfectamente el mensaje: sólo si se mostraba a la altura de satisfacer las expectativas del “Programa Secreto” ganaría el derecho a vivir libre en Norteamérica, la nueva potencia mundial que había contribuido de manera fundamental a la derrota del Tercer Reich y que, a partir de entonces, exportaría su modelo de sociedad “democrática” y consumista para imponerlo, por las buenas o las malas, al resto del mundo.

Había sorprendido a todos con sus descubrimientos de esos años. Y ahora, estaba seguro, este último Informe, fruto de sus investigaciones en el laboratorio, le harían obtener el renombre que merecía y, gracias a eso, iba a conquistar finalmente una libertad de movimiento en el país que hasta ese momento le había sido negada.

Científicos como Von Braun no sólo habían sido "perdonados" sino que estaban trabajando a la luz del día, con todos los reconocimientos...

Su descubrimiento era de tal importancia que seguramente iba a llegar a los oídos del mismísimo Presidente ... O eso era, al menos, lo que Smith le había prometido si hubiese logrado ...

"¡Cómo va?, Hesselmann!" - lo saludó el hombre calvo y regordete extendiendo su mano sudada.

"Mister Smith, habíamos dicho que no íbamos a usar más mi verdadero nombre ...".

"¡Claro, claro!... Pero a veces es bueno recordar ‘quiénes’ somos realmente. ¿No cree? ...espero que haya una razón muy importante para hacerme venir hasta aquí.. Me ha hecho atravesar medio país ...".

"Puede estar seguro, Mr. Smith" - dijo el alemán al estrechar esa fría y pegajosa mano - "He logrado confirmar su hipótesis, pero lo que he descubierto ahora va mucho más allá" - añadió, invitándolo a seguirlo al laboratorio.

Smith escuchó impasible la disertación de Hesselmann. Su cabeza inmóvil, su mirada como siempre oculta tras el verde oscuro de sus gafas de sol.

"...y este enorme potencial del cerebro humano está presente en esa parte de la masa cerebral cuyas funciones hasta ahora habían sido un misterio. Una mina de oro en nuestro encéfalo, que los seres humanos no podemos aprovechar porque no se nos ha transmitido una memoria consciente que nos permita utilizarla en nuestra realidad actual…

Es como un cofre con un tesoro que un lejano antepasado ha escondido en la buhardilla de nuestro cerebro y del que ninguno conoce la existencia. Se lo puede descubrir sólo por casualidad. Pero aún descubriéndolo, no está dicho que nuestra conciencia logre encontrar el modo de abrirlo. No es un simple enlace químico entre neuronas. Es algo vital. Es la Isla del Tesoro en medio de un vasto océano...

Mucho tiempo atrás, hace miles de años, probablemente existía un puente que conectaba esa ‘Isla del Tesoro’ con el “continente” de nuestro cerebro... es decir: este potencial, en un remoto pasado, quizás podía ser utilizado por el cerebro a través de la intuición o de estados de conciencia alterados. Luego evidentemente hubo una regresión en la Humanidad ...

Pero en estos individuos en los que ustedes me han hecho experimentar… en ellos se ha producido un fenómeno espontáneo e inconsciente que ha reactivado la conexión con nuestra ‘isla’.

Estas personas, y quién sabe cuántas otras, anónimas y desperdigadas por el mundo, por algún motivo poseen de modo congénito estas posibilidades. En ellos hay una memoria residual, un pequeño rastro en el ADN...

Gracias a ellos, se nos ha abierto una puerta para ampliar las posibilidades del ‘Proyecto’… ¡Y qué puerta!

¡Ahora debemos asegurarnos de que esa posibilidad que se nos ha abierto no se pierda para siempre! La Humanidad, a través de esta puerta, va a poder acceder a nuevas e inimaginables posibilidades de crecimiento. ¡La Humanidad podría aprender a construir una vida mejor! Ahora sería posible ...".

"¡Un carajo!" - interrumpió Smith sin descomponerse o cambiar de posición. Hesselmann se puso nervioso.

"¿Un carajo"? ¡¿Qué significa ‘un carajo’ ?!".

"Significa que usted ha trabajado bien hasta ahora. Ha logrado descubrir lo que ya intuíamos. Felicitaciones ... Ahora ... ahora usted se está yendo en la dirección equivocada".

"¡¿Cómo ‘equivocada’ ?!".

"Falsch. Lieber Herr Hesselmann. ¡Falsch! ¡Equivocada! ¡Quiere decir que no ha entendido nada! Ahora usted tiene que continuar con su trabajo para perfeccionar nuestra ‘Máquina’, pero además nos tiene que fabricar la llave para cerrar esa ‘puerta’ de mierda para siempre, ¡¿entiende?! NOSOTROS queremos que usted cierre esa puerta, que le ponga un candado, que ponga alambre de púas alrededor, que construya un muro delante. Nadie más tiene que poder acceder a estas posibilidades ... La ‘Isla del Tesoro’, el ‘manantial’, el ‘cofre en la buhardilla’, ¡o como mierda lo quiera llamar!...".

"Pero … Habría perspectivas revolucionarias de ...".

"¡Exactamente! Pero usted ahora trabaja a las órdenes del 'Programa'. ¡Por eso está vivo, Hesselmann! Es el ‘Programa’ el que decide qué hacer con su descubrimiento. Usted para NOSOTROS es solamente un ratón de laboratorio, un pequeño engranaje de la ‘Máquina’. NOSOTROS somos los que conocemos todos los ‘porqués’, y los ‘cómo’... Y usted nos ayudará a completar la Máquina. NOSOTROS ya sabemos cómovamos a usarla”.

"El científico soy yo, y yo sé que ...".

"¡NOSOTROS lo salvamos! Si no hubiese sido por NOSOTROS, usted se estaría pudriendo en una cárcel en Alemania, o estaría bajo tierra del otro lado de la ‘Cortina de Hierro’!".

"Yo ... no puedo ...".

"No se preocupe. No va a continuar el trabajo solo. Dentro de unos días vamos a traerle un ayudante. Es un joven científico sudamericano. No nos fue fácil encontrar uno así. Tiene un cerebro que vale como el suyo y el mío juntos … Ya verá. Le va a ser muy útil. Y estamos seguros de que usted, Hesselmann, le va a facilitar el acceso a TODA la información en su poder. ¡¿No es cierto, Hesselmann?!

Este joven deberá conocer cada mínima parte y ser capaz de trabajar con la ‘Máquina’ tanto como usted. ¡¿Está claro?!”.

Una semana después, el mismo biplano aterrizó en la polvorienta pista del Centro de Investigación Secreta. Hesselmann, esta vez, se quedó encerrado en el laboratorio hasta que llamaron a la puerta. Al abrir, el alemán se encontró frente a un joven sonriente, de tez morena, con el pelo negro y liso, aplastado por la gomina, de modales algo tímidos...

Unos minutos más tarde se quedaron a solas en la parte secreta del laboratorio. El impecable guardapolvo blanco del joven contrastaba con el delantal sucio y gastado que cubría las ropas de Hesselmann.

*******

Hermosillo (México), setiembre de 1961.

Desde hacía dos días, Hesselmann, bajo el nombre de Pierre Saguenay, ocupaba la habitación veintisiete en el segundo y último piso de uno de los dos hoteles de la encantadora ciudad de Hermosillo, al noroeste de México.

Habían pasado cuatro días desde que se había escapado del Centro de Investigación Secreta y hasta ese momento su plan había funcionado a la perfección.

Durante meses estudió los mapas que había arrancado de las enciclopedias. Durante al menos dos años, es decir, desde que decidió abandonar el ‘Programa’ y escaparse, había recogido sistemáticamente todo tipo de información: sobre las carreteras, los medios de transporte hasta la frontera, los movimientos del personal, sus lugares de origen, las relaciones familiares, los desplazamientos, las costumbres... Afortunadamente para él, al personal de guardia en el ‘Centro’ les caía simpático y a menudo aceptaban sus invitaciones para degustar la bebida alcohólica que, sin que su joven colega lo supiera, destilaba de la fruta que se servía en el comedor. El alcohol puede ser un excelente aliado cuando se trata de hacerle soltar la lengua a alguien.

Las dos noches en Hermosillo lo hicieron retornar a la vida: los días anteriores habían sido muy duros, pero había logrado cumplir su cometido. Estaba satisfecho. En esos quince años pasados como semi-recluido en el Centro de Investigación Secreta, no había perdido su estado atlético. El duro entrenamiento al que lo sometió el ejército alemán cuando fue enrolado junto a los mejores egresados universitarios del Tercer Reich, se había demostrado de gran utilidad. De otro modo no habría podido resistir una noche entera encerrado en el baúl del auto cuyo dueño saldría del ‘Centro’ solo a la mañana siguiente, como solía hacer todos los sábados durante el verano para pasar el fin de semana con su familia.

Durante meses Hesselmann había estudiado cuidadosamente a todos los empleados, sus costumbres y desplazamientos habituales. Y finalmente había elegido su víctima: un civil, un simple técnico de laboratorio del Centro de Investigación Secreta. El hombre amaba los animales, especialmente los perros. El alemán intuyó que este detalle le iba a ser útil tarde o temprano. Durante la semana laboral, el empleado dedicaba gran parte de su tiempo libre a los animales. Había dado confianza a todos los perros que merodeaban alrededor del centro esperando que tiraran las sobras de la cocina; los había curado de los parásitos, les había construido un reparo. Y los perros lo seguían por todos lados apenas se asomaba fuera del laboratorio. Su pasión era conocida por todos y más de una vez era objeto de bromas pesadas por parte de sus colegas y de todo el personal ...

El auto había salido sin dificultad pasando entre los pabellones del Centro. Había atravesado la arboleda y superado el puesto de control, donde dos aburridos guardias armados sólo ocasionalmente realizaban controles exhaustivos. Pero esto raramente ocurría con los vehículos que salían. La atención era puesta fundamentalmente en los vehículos que llegaban, para garantizar la seguridad y para evitar la entrada de extraños. La mayor parte del personal desconocía la índole del ‘Centro de Investigaciones’ y solamente estaba al corriente de una ‘pequeña parte’ en el gigantesco engranaje del ‘Proyecto’. Pero todos, sin excepción, estaban comprometidos en mantener en total secreto todo lo que sucedía ahí dentro. En esos años hubo un par de casos, de empleados demasiado curiosos, o demasiado ‘comunicativos’, que al salir de licencia del Centro, o fueron víctimas de ‘accidentes’ o fueron despedidos y nunca más se supo de ellos.

Después de un corto tramo por camino de tierra, el coche entró en la flamante carretera asfaltada. Hesselmann inclusive había averiguado hasta la velocidad con la cual el hombre solía conducir su coche.

Desde el Centro de Investigación Secreta en Arizona, para llegar hasta California, donde la familia transcurría las vacaciones, el hombre demoraba unas tres horas y quince minutos. Y Hesselman había calculado que después de una hora y veinte minutos, el coche estaría lo suficientemente lejos de ambos puntos, mientras atravesaba hacia el este, una zona desierta y deshabitada.

Ese iba a ser el momento justo.

El largo y flamante Ford solía deslizarse a unas 70 millas por hora para luego acelerar mientras entraba en una recta que atravesaba un valle desierto. Al final del valle, la cinta de asfalto remontaba una pequeña colina y luego (Hesselman había aprendido el recorrido de memoria) bajaba vertiginosamente para precipitar en otra recta siempre en el medio del desierto.

Al empleado le encantaba contar a todos que llegando a toda velocidad a la cima de esa colina, al iniciar la bajada, podía sentir cómo su auto ‘despegaba’ del asfalto haciendo un pequeño vuelo para luego descender como un avión en pleno aterrizaje. Le contaba a todo el mundo esa hazaña, sabiendo que entre sus colegas había quienes morían de envidia cada vez que lo veían subir a su nuevo Ford último modelo.

Desde adentro del baúl, Hesselman escuchaba la radio que empezaba a transmitir el programa favorito del empleado: música country y chistes sobre los comunistas ... El empleado al volante empezó a silbar siguiendo la primera canción.

Apenas terminada una canción, al alegre conductor le pareció oír un ruido extraño proveniente de la parte trasera del coche. En un primer momento no le prestó atención, pero después de una segunda y una tercera vez, le pareció reconocer el ladrido de un perro provenir del baúl del coche.

El empleado al volante apagó la radio.

¡Sí! ¡Era un perro que ladraba desde adentro del baúl! ¡Pobre bestia! Alguien en el Centro le había querido hacer otra de esas bromas pesadas escondiendo uno de sus perros vagabundos en el baúl del coche.

Paró el auto en la banquina. Trataba de imaginar cuál de los perros habían elegido cómo víctima… No podía abandonarlo en el medio de la ruta …. ¡Esos malditos hijos de puta!¡El lunes apenas regresara al ‘Centro’ iba a agarrar a alguno por el cogote!

Hesselmann oyó abrirse la puerta del lado del volante y escuchó al hombre silbar mientras se acercaba, como llamando al perro. Permaneció inmóvil. En cuanto el empleado abrió el baúl se lo encontró adelante, incrédulo y sorprendido … y aprovechando de la sorpresa lo agarró por la solapa y lo tiró hacia adentro torciéndole la cabeza tan violentamente que, con un crujido sordo, se sintió el cuello romperse de un solo golpe.

Metió el cuerpo del empleado en el baúl y se puso al volante manejando hasta llegar a la cima de la famosa colina. El empleado no había exagerado su relato. La ruta continuaba con una larga bajada, realmente empinada que descendía, flanqueada por grandes peñascos, hacia una llanura desierta. Detuvo el coche para colocar el cuerpo del hombre de nuevo al volante. Apenas lo empujó hacia la bajada, el vehículo empezó a moverse; el cambio estaba en el volante y con un golpe rápido y seco enfiló la cuarta … el auto se mantuvo en su carril durante los primeros veinte metros y a medida que tomaba velocidad fue corriéndose hacia la mano contraria. A mitad de la brusca bajada el coche salió de la ruta y fue a rebotar contra las rocas para luego darse vuelta, quedando recostado sobre el flanco derecho. Hesselman asistía satisfecho a la escena desde lo alto de la colina cuando, de repente, el vehículo prendió fuego sorprendiéndolo … “Mejor aún”, pensó. “No podía haber salido mejor…”.

A esa hora de la mañana, después de una extenuante semana de trabajo, era previsible que un hombre pudiese distraerse o adormecerse y equivocar una maniobra al volante. Esa mala costumbre de manejar a toda velocidad hasta la cima de la colina para hacer ‘volar’ el coche en la bajada, era bien conocida por todos en el ‘Centro’... Nadie iba a sospechar otra causa del accidente ... Nadie.

Hesselman había calculado hasta el último detalle. Desde ese punto de la ruta, caminando a buen paso, podía llegar a la intersección con otro camino que, desde la ciudad de Nogales conducía a la frontera con México ...

El furgoncito se detuvo inmediatamente y, sin necesidad de que Hesselman abriera la boca, el conductor lo invitó a subir con un movimiento de su mano. Pero el chofer mejicano se arriesgó a terminar del mismo modo que el empleado del Centro de Investigación Secreta. Era demasiado expansivo y curioso, hacía demasiadas preguntas … era un poco extraño ver a un ‘arqueólogo canadiense’ dando vueltas por esos parajes ...

Pero la dificultad de comunicarse en un inglés mixto francés mezclado con el español y la facilidad con la que en el puesto de frontera sellaron el pasaporte canadiense de ‘Pierre Saguenay’, pusieron a Hesselmann a reparo de cualquier sospecha de parte del mexicano. El alemán tuvo entonces la brillante idea de ofrecerle un trago en el primer bar sobre la ruta, del lado sur de la frontera y, de ese momento en adelante, su única preocupación fue asegurarse de que el conductor, que había exagerado con el tequila, pudiese continuar manejando el furgón durante otra hora sin salirse de la ruta.

Había permanecido ya dos noches en ese pequeño hotel de Hermosillo, recomendado por Pedro, el transportista que lo hizo entrar a México...

"…si fuese necesaria una fuga, no permanecer más de cuarenta y ocho horas en el mismo lugar" . Hesselmann recordaba todas las indicaciones que había recibido de parte del ejército alemán. "Dejar el menor número posible de señales de su paso mientras escapa."

Teóricamente, el destartalado autobús con destino a la Ciudad de México tenía que salir de la Plaza central de Hermosillo a las siete y media de la mañana, lo que significaba, según había observado Hesselman, que al menos hasta las nueve el autobús no se movería.

Tenía tiempo de quedarse en el pequeño hotel, acomodar en la bolsa de mano las pocas pertenencias que había ‘sustraído’ a su víctima: entre ellas una cámara de fotos que inmediatamente se había colgado al cuello y, debajo de la ropa, casi todos los billetes del sueldo que el empleado había cobrado antes de salir del ‘Centro’.