La mentira más dulce - Andrea Izquierdo - E-Book

La mentira más dulce E-Book

Andrea Izquierdo

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  • Herausgeber: RBA LIT
  • Sprache: Spanisch
Beschreibung

¡DISFRUTA DE CONTENIDO INÉDITO EN ESTA EDICIÓN! UN LIBRO DE RECETAS. UN CERTAMEN POR PAREJAS. UNA OPORTUNIDAD PARA ENMENDAR EL PASADO. Ocho años deberían ser suficiente para olvidar. Al menos, eso es lo que desearían Allison y Jaden. Crecieron juntos en Sunnyrose y compartieron todas sus primeras veces, incluida una despedida que les rompió el corazón a los dos. Él continúa en la isla, regentando la librería familiar; ella intenta vivir de su pasión por la repostería sin demasiado éxito. Pero cuando la nostalgia (y perder el puesto de sus sueños) llevan a Allison de nuevo a su antiguo hogar, la mala suerte se niega a abandonarla, y una tormenta la retendrá allí. Su única opción es llegar a un acuerdo con Jaden: él la llevará de vuelta si acepta presentarse al certamen de parejas del archipiélago, cuyo premio es la última esperanza de salvar la librería de los Hudson. JUNTOS SON EL INGREDIENTE PERFECTO PARA LA MENTIRA MÁS DULCE.

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Seitenzahl: 294

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Bombones literarios

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Ocho años más tarde

Allison

Contenido extra

Allison

Jaden

Agradecimientos

© del texto: Andrea Izquierdo, 2025.

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2025

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

Primera edición en libro electrónico: octubre de 2025

REF.: OBDO999

ISBN: 978-84-1098-911-5

Composición digital: www.acatia.es

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

Quiero dedicar este libro a mis abuelas,

Mercedes y Angelines,

por vuestro amor infinito

y vuestro eterno legado en forma de recetas.

También quiero dedicar esta historia

a todas las personas que, día a día,

luchan por sus sueños, aunque no vean todavía resultados;

echan de menos sus raíces porque se han visto obligadas a volar,

o arrastran un pasado doloroso que les dificulta salir adelante.

No estáis solas.

He dormido fatal.

Eso por decir que he dormido algo. Y la ducha, en lugar de despejarme, me ha dado todavía más sueño.

Al parecer, mi cerebro ha decidido que esta noche era el mejor momento para mantenerme despierta hasta las tres de la madrugada elaborando una lista de todo lo que podría salir mal hoy, incluido llegar tarde a mi cita.

Cuando digo cita no me refiero a un encuentro romántico, aunque yo esté enamorada de la repostería. Más bien, es la prueba final para hacerme con la jugosa vacante de The Pink Bakery.

Llevo meses soñando con el día de hoy, pero esta noche ha sido de pesadilla.

Pauline llama tres veces a la puerta y vuelvo a abrirla.

—¡Allison! Me voy a la oficina. Espero que anoche te acordases de poner a cargar el patinete eléctrico —me dice.

Hago un ruido que puede interpretarse tanto como un sí como un no, pero lo cierto es que no lo recuerdo. Si está sin batería, tengo un problema gordo. No me apetece subir a pie las cuestas de Greyport y la línea de bus que conecta el piso con The Pink Bakery está desviada por obras. Otra vez.

Me seco el pelo, definiendo mis ondas naturales. Hace tiempo que asumí que la plancha solo era un remedio a corto plazo. He pasado toda mi adolescencia en una isla pequeña y húmeda, y aquí la situación es bastante similar. Por lo menos, conservo ese tono rubio, casi dorado, que destaca todavía más en los meses de verano después de haber tomado el sol y que aclara mis ojos marrones.

Salgo del baño arrastrando la toalla con los pies y sin gafas, rezando para que el patinete esté cargando. Aunque no recuerdo haberlo enchufado, entrecierro los ojos y me sorprendo al ver que parpadea una luz amarilla en el manillar.

Esto solo tiene un nombre: Pauline.

Cumple todos los requisitos para ser una de las personas más importantes de mi vida. Es mi mejor amiga, mi compañera de piso y la única persona que sabe que ronco por las noches. También cumple todos los requisitos para no trabajar en una gran empresa de abogacía. Y, sin embargo, ahí es a donde se dirige todos los días a las siete y cuarto de la mañana. Este mes lleva las puntas del pelo de color rosa, aunque podrían haber sido moradas o incluso verde lima. Lleva un brazo entero tatuado y hace meses que piensa en hacer lo mismo con el otro, además de tener una colección de tantos piercings que hace tiempo que perdí la cuenta. Sin embargo, cuando va a la oficina parece otra. Se recoge el pelo para ocultar las mechas, lleva siempre manga larga, aunque haga calor, y se quita todos los pendientes.

Cuando la conocí ya tenía este aspecto tan particular, el cual, por supuesto, horrorizó a mis padres. No les hizo gracia que me fuera a vivir con una «criminal» hasta que vieron que estudiaba Derecho, acumulaba decenas de matrículas de honor y tenía una habitación libre en alquiler demasiado barata para los precios de Greyport.

Mi amistad con Pauline no empezó en ningún momento concreto, porque siento que siempre ha estado en mi vida, aunque la conociera cuando me mudé a la ciudad con dieciocho años. Me acompañó a hacerme un piercing (que un año después me quité), lloró conmigo cuando sentí que me perdía a mí misma en unos planes de futuro que no me hacían feliz y le dejó un paquetito sorpresa al primer novio que tuve en Greyport cuando lo pillé con otra. Nunca me confesó lo que había dentro, pero me lo puedo imaginar. Y, sobre todo, aceptó que soy un desastre y a pesar de todo me acogió en su casa.

Que haya puesto a cargar mi patinete antes de la prueba es solo una razón más para adorarla y para hacerle su postre favorito.

De vuelta en la habitación, me quedo frente al armario y me planteo seriamente llevar algo rosa a la prueba. ¿Será demasiado? ¿O, al contrario, demostraría mi interés por conseguir esa plaza?

Al final, teniendo en cuenta que tendré que cambiarme y ponerme la ropa y los zapatos de cocina, decido elegir el atuendo más básico que tengo en mi armario: un pantalón vaquero, una camiseta blanca sin estampado y un jersey grueso, para combatir el primer día de octubre. Además, parece que hoy va a llover, así que meto un impermeable en la mochila, por si acaso.

Veinte minutos más tarde estoy a punto de caerme por las escaleras con el dichoso patín. Lo pongo en marcha y, por suerte, llego con un cuarto de hora de antelación a The Pink Bakery, aunque no soy la primera en hacerlo. Las otras dos personas que compiten por el puesto también están aquí fuera, esperando a que el reloj marque las nueve en punto y podamos pasar. Y, qué mala suerte, ambos van de rosa. Los conozco de haberlos visto sufrir durante todo el proceso de selección, pero hoy será el último día que nos crucemos, porque solo una persona se quedará con el trabajo.

El corazón me late con fuerza cuando pasamos. Llevo años esperando este momento. Cuando cumplí dieciocho, mis padres dejaron atrás su vida en Sunnyrose para vivir conmigo en Greyport y trabajar a las afueras de la ciudad. Me apoyaron económicamente con los estudios, aunque no fue un primer año fácil para nadie. Primero empecé Enfermería, pero me di cuenta de que no era mi verdadera pasión y decidí dejarla. Por suerte, encontré mi vocación en la repostería, por lo que sentí que todo había pasado por algo, en realidad.

Ocho años después de empezar de cero, el peso del tiempo me agobia. He ido encadenando trabajos temporales desde que me gradué, pero nada serio ni lo bastante estable como para buscar un piso para mí sola a mis veintiséis años.

Por eso, cuando entramos en la enorme cocina de The Pink Bakery, sé que tengo que bordarlo, porque se lo debo a mis padres. Para agradecerles el esfuerzo y la confianza que han puesto en mis manos. Y, sobre todo, para no sentirme culpable por todo lo que han hecho para que yo pudiera cumplir mi sueño.

—Bueno, hoy tenéis a vuestra disposición todo el obrador de la sede principal de The Pink Bakery. —Hay dos personas en la cocina con nosotros. Uno es el encargado de Recursos Humanos, creo recordar, que está gestionando el proceso de selección; el otro es un trabajador de la empresa—. El límite de tiempo de esta prueba es una hora, pero estoy convencido de que la superaréis mucho antes. Vuestro objetivo hoy es preparar un huevo frito. Mucha suerte y… empieza la cuenta atrás.

En cuanto mi hermana entra en la librería con una sonrisa en los labios, sé que me va a pedir algo. En su cara hay una expresión maléfica que he memorizado a lo largo de los años. No es casualidad que hoy haya llegado puntual a su turno. Vivimos a tres casas de distancia de Hudson Books y, aun así, siempre se las arregla para llegar diez o quince minutos después de su horario. Por eso, cuando hoy Leah aparece a las diez en punto con una expresión radiante, me preparo para lo peor.

—Buenos días, hermanito —me saluda, casi cantando.

Suspiro, aunque todo es parte de la escena que me va a montar. Intentará halagarme para ponerme de buen humor (como si eso me importara), después hará algún comentario aleatorio para cambiar el foco de la conversación y, por último, lanzará su petición disfrazada de idea maravillosa que casualmente se le acaba de ocurrir.

—Buenos días, Leah —le respondo, haciéndome el loco.

Cierra la puerta a sus espaldas y mira a su alrededor como si fuera la primera vez que pone un pie en la librería. Aquí todo sigue igual que hace cincuenta años, a excepción del ordenador. Hudson Books siempre ha tenido esa esencia de oasis en mitad del desierto. Así lo idearon nuestros abuelos y así lo seguimos haciendo Leah y yo hasta hoy. El cartel de la puerta, del que cuelga un libro abierto, sigue siendo el mismo que el día que la fundaron. Las paredes conservan el color crema, y las estanterías, que parecen sacadas de un cuento de hadas, siguen como el primer día. Si quisiera renovar el lugar y comprar unas estanterías similares, no lo conseguiría. Parecen talladas por duendes. En la parte superior se acumulan algunos libros que he encuadernado, así como unas plantas colgantes que Leah se empeñó en poner también en la entrada. Aunque no era muy fan de meter plantas en una librería, tengo que admitir que quedan bien.

En uno de los mostradores conservo la máquina de escribir de mi abuelo, que se ha convertido en el lugar favorito de Haiku. El gato suele pasar las tardes mirando por la ventana, espiando los pájaros y girándose como un resorte cada vez que entra un cliente en la librería. Los suelos de parqué ya crujen, pero me niego a cambiarlos, porque perderían su encanto, igual que la vieja butaca amarilla. Le he hecho algunas reparaciones, pero me siento incapaz de modificar el sitio donde mi padre se pasaba las tardes leyendo. Tres lámparas colgantes iluminan la estancia y proyectan unas sombras únicas sobre el cuadro del sol y la luna que representa a mis padres.

Leah va directa al sillón y se deja caer. Cojo aire, asustado. Todavía no ha entrado ningún cliente, ya que acabo de abrir, pero yo ya estoy despierto hace tiempo, porque he pasado por el gimnasio antes de venir. Bueno, si es que se puede llamar gimnasio a las dos máquinas que he instalado en el sótano de la casa de mis abuelos.

Estoy tentado de decirle a Leah que acabo de colgar el cartel de Abierto y debería ponerse a trabajar conmigo, pero me contengo. Prefiero callarme y esperar a ver qué extraña petición va a formularme hoy. En el fondo, esta situación siempre me divierte.

—¿Esa camiseta es nueva? Te queda muy bien.

Hago un tic en mi mente. Uno de tres, por ahora. No puedo evitar una sonrisa. Leah me imita y los ojos se le iluminan. Desde siempre, mi abuelo dice que mi hermana tiene la misma sonrisa que mi madre, aunque ninguno de los dos la recordamos, porque murieron justo antes de que yo cumpliera los cinco años. Leah acababa de hacer uno. Por muy raro que parezca, ya han pasado veintidós años, pero sigo pensando en ello a diario.

Me gusta creer que ambos tenemos algo de ellos, aunque sea un mínimo detalle que nos permite honrarlos en nuestro día a día. Leah heredó la sonrisa de mamá y, a veces, también la veo a través de ella, pero me he forzado a recordarla en tantas ocasiones que ya no sé si es fruto de mi imaginación o si es un recuerdo real.

Por mi parte, el abuelo dice que soy igual que mi padre. No heredé su pelo rubio, pero sí el verde intenso de sus ojos. También insiste en que ambos tenemos el mismo carácter y regentamos la librería con serenidad y pasión por las novelas históricas. Cuando rebusco en el almacén, todavía encuentro algún documento con su letra. Mis abuelos fundaron Hudson Books y mi padre trabajó en este lugar desde los dieciséis años. Aquí conoció a mi madre, una clienta que venía más para verlo a él que para consultar las últimas novedades de la sección de novela romántica. Cuando mis abuelos se jubilaron, ambos tomaron las riendas de la librería hasta que un accidente de coche los hizo desaparecer.

Mi abuela usaba esa palabra para hablar de ellos. Desaparecer. Un día, estábamos los seis viviendo en una enorme casa anaranjada muy cerca de Hudson Books, comiendo y riéndonos de que me había asustado al intentar coger un cangrejo en las rocas. Dos horas más tarde, la sonrisa de mis padres se había congelado para siempre. Leah nunca pudo tener una conversación con ellos. Ni ella ni yo aprendimos a ir en bicicleta de su mano ni aparecen en las típicas fotos familiares de nuestras graduaciones.

Pero, por lo menos, tuvimos unos abuelos que hicieron de padres, abuelos y mejores amigos. Aunque mis recuerdos del funeral son confusos, me acuerdo de cómo se sobrepusieron y asumieron esos roles que no les correspondían. Probablemente nunca lo superaron del todo. Pero supieron disimularlo muy bien, porque nunca los vi llorar en los siguientes veintidós años.

—¿Jaden? ¿Te encuentras aquí con nosotros o estás teniendo un viaje astral?

La voz de Leah me devuelve a la realidad.

—Sí, perdona. Sí.

Leah agita la cabeza.

—Te he dicho que me gusta mucho tu camiseta.

—Gracias. Es nueva.

Y es verdad, por mucho que me fastidie haberle dado un motivo tan fácil para adularme. No estreno ropa todos los días, porque es casi imposible comprar en Internet desde la isla. A pesar de estar en pleno siglo xxi, la mayoría de las tiendas no aceptan envíos a mi código postal, por lo que no me queda otra que pedir en otros sitios más caros. Antes mi mejor amigo, Rowan, se escapaba de vez en cuando a Greyport y le hacía algún encargo como quien manda a su hijo a comprar el pan. Ahora no quiero ni recordar su nombre.

Y, para colmo, la última tienda de ropa decente de la isla bajó la persiana hace tres años. Como todo aquí, los comercios locales han ido desapareciendo, obligándonos a ponernos creativos para renovar el armario, comprar comida de última hora o recibir el periódico en el mismo día.

—Oye, ¿has visto qué mal tiempo hace? Como siga lloviendo así muchos días, volveremos a tener goteras.

Ahí estaba el comentario aleatorio. Dos de tres.

—Pone que parará esta noche. A ver si es verdad —respondo en tono neutro.

La lluvia me entristece. La isla es mucho más bonita bajo el sol, pero a veces los temporales nos azotan de un día para otro y nos ahogan bajo un cielo gris oscuro durante días.

—Por cierto, ¿puedo pedirte un minifavor? ¿Me acercarías a casa de Lisa en coche? Se va a mudar a Greyport y le prometí que la ayudaría, pero me sigue doliendo el pie y no me fío de conducir yo sola. Además, llueve un montón.

Sonrío. Tres de tres.

Lisa es la segunda en irse este año. Y, aunque no me gusta, he hecho las paces con que la gente joven se vaya marchando progresivamente de la isla. No puedo luchar contra ello.

—Claro que sí, enana.

—No puedo creer que hicieras un huevo frito de verdad —dice Pauline, intentando ocultar su risa sin mucho éxito.

Lo sé. Ahora que lo pienso, no tiene ningún sentido, pero en ese momento estaba tan nerviosa que ni siquiera se me pasó por la cabeza. Fui a la nevera, cogí un huevo y lo freí lo mejor que pude para que quedara jugoso y con la yema brillante. No era la primera vez que en un proceso de selección me ponían a prueba con lo más básico del menú, así que no le di más vueltas. Hasta que descubrí la trampa. Lo que nos habían pedido de forma encubierta era que recreáramos uno de los dulces más vendidos de la pastelería, el huevo frito, que consiste en una mousse de nata y chocolate blanco con una esferificación de mandarina en el centro.

Casi acierto.

Casi.

—Me siento como una idiota, en serio —le repito. He perdido la cuenta de las veces que he dicho eso en voz alta—. No te imaginas la cara que puso el cocinero cuando vio que no había caído. Me fastidia, porque parece un error de principiante cuando en realidad me había aprendido al dedillo la carta de la pastelería, pero los nervios me han jugado una mala pasada…

Me froto los ojos, como si eso fuera a eliminar la sensación de ansiedad que me invade. Mi padre me ha mandado un mensaje para preguntar cómo me ha ido, pero han pasado dos horas y todavía no he contestado. Creo que ya imaginará la respuesta. Aunque no me siento tan mal por no responderle, ya que no sé cuándo podría leer mi mensaje. Mis padres están ahora mismo celebrando su jubilación en un viaje improvisado. Han alquilado una vieja caravana y se están recorriendo Sudamérica, decidiendo cada día su próximo destino, y apenas tienen wifi para escribirme, porque acampan en zonas rurales donde no suele haber cobertura.

—¿Y ahora qué? —pregunta Pauline.

Esas tres palabras caen sobre mí como un jarro de agua fría. Ahora, muchas cosas y nada al mismo tiempo. He perdido tres semanas de mi vida en este proceso de selección para meter la pata a lo grande y me tocará volver a empezar, si es que tengo suerte de encontrar otra oferta con un salario y condiciones laborales dignas.

—No lo sé. Mañana tengo otra prueba, pero es para un trabajo de diez horas semanales. Vaya, una ruina. Me serviría para algunos días, pero tendría que seguir buscando. —Agacho los hombros y me froto las sienes—. Si te soy sincera, una parte de mí pensaba que hoy me cogerían y que no tendría que ir a la prueba de mañana. Ni siquiera me interesa ese otro trabajo, pero de algo tendré que vivir…

Mi amiga y yo nos quedamos en silencio. Después, Pauline prepara un té pakistaní, me trae una taza sin que se lo pida y se despide de mí porque ha quedado con un chico misterioso. Sonrío y le deseo mucha suerte y que vaya con cuidado, aunque estoy devastada por dentro y casi que agradezco que me deje un ratito sola en el piso.

Adoro haber encontrado mi pasión en la repostería, aunque fuera por casualidad, y sé que no lo habría conseguido sin el apoyo de mis padres, pero a veces echo de menos el tiempo en que cocinar no era una competición. Cuando solo era yo, en la cocina, experimentando con nuevas técnicas y sabores, encontrando una mezcla explosiva por pura casualidad o sacando una mueca de asco a mis padres cuando una receta les parecía demasiado empalagosa. A veces, solo me gustaría abrir el libro de recetas de mi abuela y cocinar uno de sus clásicos platos italianos, al azar, sin tener que preocuparme por que me queden perfectas espumas y aires, y sin nitrógeno líquido de por medio.

Me arrepiento de no haberlo traído conmigo a Greyport. Había dejado el libro de recetas en la isla, pensando que volvería en algún momento, porque no me dio tiempo a llevarme todo lo que quería en la mudanza. Pero han pasado ya ocho años desde entonces y no he vuelto a poner un pie en Sunnyrose.

Quizá, si en todo este tiempo hubiera tenido algún motivo concreto para regresar, ya habría tomado el ferry que conecta Greyport con LA. Pero no es el caso. De hecho, hay una persona en particular a la que no quiero volver a ver.

En Sunnyrose apenas quedará una decena de personas entre los dieciocho y los treinta años. Los demás, como yo, han dejado la isla atrás para buscar un trabajo en el exterior. Mi amiga Martha se marchó un par de meses antes que yo a Los Ángeles, donde estudió Arquitectura. A pesar de que nos obligamos a vernos por lo menos una vez al año, solo lo cumplimos la primera vez. Después, cada una siguió con su vida, y así fue como se convirtió en un lugar que no recordaba con nostalgia, sino más bien con tristeza y mucha culpabilidad.

Mis padres mantienen contacto con algunos amigos que viven allí y las noticias que llegan de Sunnyrose son devastadoras. La mayoría de las tiendas ya están cerradas y se rumorea que una gran empresa de construcción ha puesto el ojo en la isla para comprarla y convertirla en un resort de lujo. Me da vergüenza formar parte de los que se fueron, porque me siento culpable, incluso un poco egoísta a veces por ese declive.

Casi todos mis recuerdos son maravillosos, pero me da miedo regresar y ver que ya nada es igual. Una vez, Pauline me dijo que eso se debía al síndrome del campamento de verano. A veces, vivimos tan intensamente un momento de nuestra vida que pensamos que al regresar todo será igual, incluso mejor. Y no lo es. Porque las personas que estaban antes ya no son las mismas y los lugares han cambiado. Porque, queramos o no, todos hemos crecido. Y aunque los barcos siguen estando amarrados en el mismo puerto y el mirador de las palmeras aún es el mejor sitio para ver el atardecer, ya nada tiene sentido. Nunca volverá a ser la misma adolescencia, el mismo verano, la misma sensación de libertad.

Por eso me he negado a volver a la isla, igual que mis padres. La casa solo tiene un valor sentimental que, más bien, se ha convertido en un recuerdo doloroso del pasado. Cuando me marché lo hice con la maleta cargada de ilusiones y un puñado de buenos recuerdos de mi juventud. Ahora me asusta darme cuenta de que no todo fue tan bonito. De que los dueños de la cafetería tendrán más arrugas en el rostro y peor humor. De que la pared verde de la librería no será tan intensa como la recordaba y estará desconchada y triste, atacada por la humedad.

Quiero rememorar mi isla como un lugar vibrante y lleno de nuevas emociones. Pero ni siquiera yo misma soy ya así. Estos ocho años en la ciudad me han convertido en una versión de mí más aburrida, mi pelo se ha apagado y los años pasan solos. A veces, miro a Pauline con alivio por que ella haya podido encontrar su lugar sin renunciar a su vida, mientras que yo me he encerrado y me he venido abajo con cada rechazo laboral.

La imagen del huevo frito regresa a mi mente e intento apartarla cabreada. Lo único que me alivia es pensar que mi abuela se habría reído de la situación. Pienso en su libro de recetas y me enfado con la Allison del pasado por no haberlo traído conmigo en aquel primer y único viaje. Siento que me falta algo en este piso.

Miro el reloj. Son casi las dos del mediodía.

Me daría tiempo.

Desbloqueo el móvil y busco el horario de los ferris que conectan Greyport con la isla. Si pudiera montar en el de las cuatro en punto, regresaría en el último sin problemas, hasta me sobrarían casi dos horas. Incluso el penúltimo, si no me entretengo por el camino.

Sin pensármelo dos veces, me levanto de la cama y busco mis zapatillas. Por lo menos, hoy haré algo más interesante que pudrirme viendo TikTok hasta que se me acabe la batería del móvil y me dé demasiada pereza levantarme a por el cargador. Rebusco mi copia de las llaves en el primer cajón de la mesilla de noche y le dejo una nota a Pauline en la nevera, junto al tiramisú con forma de corazón que le he preparado. Me confesó que era su dulce favorito al enterarse de que soy medio italiana por parte de madre, y siempre intento que tenga un táper en la nevera.

Nada más llegar al puerto una hora y media más tarde, se me encoge el estómago. Cuando llegamos a la ciudad hace ocho años, pisé este mismo lugar cargada de sueños. Pero ¿cuál es mi sueño ahora? Supongo que por eso estoy aquí. Regreso por un inesperado ataque de nostalgia y una ausencia de metas vitales. Mientras espero a que el reloj marque las cuatro en punto, saco el móvil y estoy tentada de mandarles un mensaje a mis padres para contárselo. Quiero avisarlos de que voy a pasar por nuestra antigua casa, pero ni siquiera me he atrevido a escribirles para contarles cómo me ha ido la prueba. El tema de la isla es un poco tabú para ellos y no quiero fastidiarles las vacaciones diciéndoles que voy a volver. No quiero traer al presente viejos recuerdos que puedan empañar su merecida jubilación. Bloqueo el móvil y decido hacerlo más adelante, incluso cuando hayan pasado unos días y esté más tranquila.

Al fin y al cabo, si supero la vuelta a la isla donde se me rompió el corazón, podré sobrevivir a decepcionarlos una vez más.

La mudanza de Lisa termina siendo un drama familiar en el que me veo sumido de rebote. Resulta que sus padres no están de acuerdo con que se vaya a trabajar a Greyport y se han enfadado tanto que ni siquiera salen al porche a despedirse de ella. No quiero intervenir, pero o se monta en el coche en los próximos cinco minutos o perderá el ferry de las cinco y tendremos que esperar al siguiente.

Le hago un gesto a Leah para que pille la indirecta, y ella se encarga de acompañar a su amiga mientras se aleja por última vez de la que ha sido su casa toda la vida. Puedo entender a los padres de Lisa, pero también la entiendo a ella. Sunnyrose se está quedando sin gente joven. Aquí solo hay una pequeña escuela donde un par de profesores a media jornada se dividen los pocos alumnos que quedan, que suelen compartir la misma aula. Casi no hay niños y la aparición de un nuevo carrito de bebé se celebra como si hubiéramos ganado la Superbowl. Entiendo que muchos quieran irse para buscar oportunidades mejores, pero me da miedo que al final la población envejezca tanto que Sunnyrose se convierta en una isla fantasma. O, todavía peor, quede en manos de grandes empresarios que quieran convertirla en un resort turístico y que pierda toda su esencia.

Después de un último minuto cargado de lágrimas, las dos suben al coche y las llevo en silencio hasta el muelle. La lluvia golpea el parabrisas con fuerza y tengo que morderme el labio para no pensar de más. Pasamos por delante de la casa azul, pero no la miro. Me concentro en las carreteras, que necesitarían un reasfaltado urgente, hasta que por fin el muelle aparece frente a nosotros.

Aparco en batería y ayudo a Lisa a descargar sus cosas, con cuidado de que no se mojen. No ha elegido el mejor día para viajar. Dejo las bolsas junto a un saliente que las resguarda mientras mi hermana se despide de ella. Le doy un abrazo reconfortante antes de verla subir al ferry. Aunque me da pena su decisión, lo necesita. Y no puedo encadenar a nadie en la isla para que no se marche.

Unos minutos después, el barco hace sonar la bocina y arranca, sumergiéndose en un océano bastante picado. Me sorprende que con este temporal haya podido zarpar.

—Gracias, Jaden —me dice mi hermana en cuanto el ferry desaparece tras una cortina de lluvia.

—No hay problema, enana. ¿Un café? Tengo que hacer tiempo hasta que vuelva el barco, nos traen doce cajas de libros que se publicaron la semana pasada —le ofrezco, señalando la pequeña cafetería que hay junto al muelle. Sé que no me va a decir que no, porque ella conoce este sitio mejor que yo.

El negocio lleva en pie desde finales de los años setenta y el primer dueño todavía se pasa por aquí a diario, ahora ya como cliente. Por suerte, mi amigo Jackson tomó el relevo de este lugar cuando terminó los estudios en la isla.

Leah asiente y nos refugiamos en su interior. Solo hay tres mesas, todas vacías a esta hora del día. Jackson se sorprende de que suene la campana de la puerta cuando entramos.

—Vaya, vaya, ¿otro cargamento de cajas? —pregunta.

Normalmente, cuando vengo junto a mi hermana es para recoger algún pedido del barco. O viene ella sola, porque sospecho que hay algo entre ambos en lo que no quiero entrometerme. Si no, yo evito visitar el muelle. Me devuelve unos recuerdos que no tengo ganas de revivir.

—En el siguiente ferry, sí. ¿Cómo está tu madre?

Jackson sonríe en cuanto le pregunto por ella.

—Mucho mejor, la verdad. Si todo va bien, le darán el alta en tres días.

—¡Qué bien! —Me alegro de corazón—. Avísame si necesitas que venga a recogerla en coche cuando la traigan.

Él asiente. El coche de Jackson se estropeó hace un par de meses y repararlo está siendo un suplicio. No queda nadie que entienda de mecánica y llevarlo y traerlo de Greyport, sumado al coste de la reparación, es demasiado caro.

—Dos cafés con leche, el de la señorita sin azúcar, ¿verdad? —pregunta Jackson, guiñándole el ojo a mi hermana.

Hago como que no lo he visto.

—Sí, por favor —le respondo mientras rebusco un billete de cinco dólares en el bolsillo.

Jackson no me deja pagar, pero insisto en que se quede con el billete y el cambio. Como propietario de un negocio en la isla, soy consciente de que la economía no está para tirar cohetes. Agradezco el gesto de mi amigo, pero no quiero parecer un aprovechado.

—No quieres que te invite, pero le regalas libros a su madre… —murmura Leah cuando nos alejamos de la barra para sentarnos.

No le respondo porque sé que no lo dice con malas intenciones, aunque tiene razón. Pero hay un motivo detrás de que esté regalando libros en los últimos meses. El negocio no va bien. Al final, es un tema puramente matemático. Las ventas son cada vez más bajas y muchos meses tengo que prescindir de la mitad de mi sueldo para pagar la factura de la luz o de algún proveedor. No es que los habitantes de la isla hayan dejado de leer, sino que están envejeciendo y ya no ven tan bien de cerca. Si la gente joven se marcha y los adultos crecen, en un año la librería tendrá que cerrar.

Me guardo esta información para mí mientras espero a que se me ocurra alguna idea con la que rescatar el negocio. Hace unos meses, le pedí a Leah que intentara moverlo en redes sociales, pero a nadie le interesa comprar en un lugar que tarda dos semanas más que Amazon en entregar un paquete. Lo único que me mantiene con esperanzas es que nos han aprobado una ayuda para el pequeño comercio. Con ese dinero lo intentaré una última vez, pero, si las cuentas no salen el próximo invierno, Hudson Books tendrá que cerrar sus puertas para siempre. Mi hermana es consciente de que las ventas son bajas, porque ella también trabaja algunas horas en la librería, pero creo que no se da cuenta de la gravedad real de la situación.

Paso la siguiente hora demasiado callado y Leah se da cuenta.

—¿Qué te pasa? —intenta sonsacarme la información, pero hace tiempo decidí no contarle nada para no preocuparla. Leah es un manojo de nervios y la ansiedad se le dispararía si lo descubriera.

—Nada. No me gusta mucho venir al muelle, ya lo sabes. —No hace gracia mentirle, pero utilizo ese comodín para que deje de insistir. Tampoco estoy diciendo nada que no sea verdad.

Sin embargo, mi hermana sigue preguntándome.

—¿Por qué?

Me humedezco los labios antes de hablar. ¿En serio hace falta que lo diga?

—Porque me recuerda a la última vez que vimos a papá y mamá.

Leah inclina la cabeza.

—No entiendo. La última vez que los vimos fue en casa de los abuelos.

Doy un trago a mi café, aunque ya está frío.

—No me refiero a esa última vez.

Y, con eso, Leah por fin entiende lo que quiero decir. Estoy hablando de cuando regresaron para quedarse en la isla para siempre. Mi hermana no recuerda esa imagen, pero yo sí. Era pequeño, aunque no tanto.

Permanecemos una hora más en silencio. Aprovecho para terminar un libro mientras Leah juega con el móvil. Un rato más tarde, Jackson viene a darnos conversación hasta que empieza a atardecer.

—¿Todavía no viene el ferry? —le pregunto.

Jackson ha memorizado todos los horarios de los barcos que conectan la isla con Greyport, el puerto más cercano a Estados Unidos desde Sunnyrose.

—Debería aparecer en un par de minutos. —Mira por la ventana mientras se aparta un mechón de pelo de la frente—. Aunque, con este tiempo, me sorprendería que lo hiciera. Seguramente no habrá podido zarpar desde Greyport.

Asiento y asumo que los libros se retrasarán un día más. Qué le voy a hacer. Trato de no pensar en las facturas que se acumulan en la mesa de la librería y relajo los hombros.

—Bueno, a ver si hay suerte —le digo.

Espero un rato más, buscando una luz roja en el horizonte que me avise de la presencia del barco… y la veo poco después. Como si fuera una embarcación fantasma, el ferry llega a la isla y atraca bajo la lluvia.

—Madre mía —exclama Jackson—. No sé ni cómo lo han dejado salir. Voy a ir preparando la habitación, porque te aseguro que Bilius ya ha terminado su jornada por hoy.

Jackson sale disparado hacia el piso de arriba, donde tiene algunas habitaciones a modo de hotel. Cuando llueve tanto como hoy y los ferris no pueden volver a Greyport, Bilius hace noche aquí. No recuerdo la última vez que tuvimos un turista en la isla, pero Jackson sigue siendo optimista y siempre deja todas las camas hechas, como si esperara un milagro.