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¿Qué harías si tu pasado te persiguiera hasta el último rincón del mundo? ¿Cómo encontrarías la fuerza para renacer entre las cenizas de tus propias batallas?
"La Muerte Roja" es la conmovedora y visceral autobiografía de Daniela, una mujer colombiana que narra en primera persona los eventos que marcaron su vida: desde los abismos del desamor y la traición hasta la valiente decisión de cruzar fronteras para reinventarse en México. Esta historia, cargada de intriga, romance y momentos de profunda introspección, es un testimonio crudo sobre la resiliencia, el amor propio y la búsqueda incansable de libertad.
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Veröffentlichungsjahr: 2022
La Muerte Roja
Luis Fernando Narváez Cázares
P Á G I N A L E G A L
La muerte roja
Luis Fernando Narváez Cázares
© 2022 Luis Fernando Narváez Cázares
Todos los derechos reservados.
Luis Fernando Narváez Cázares
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Luis Fernando Narváez Cázares
Presentación
Con fecha de nacimiento de 13 de agosto, en Monterrey, Nuevo León. De nacionalidad Mexicana.
Semblanza
A la fecha ha publicado más de 100 libros destacándose en diversas áreas: Derecho (Diccionario Jurídico Básico, Manual de Derecho Laboral, Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, Introducción al Derecho Civil y Constitucional); Educación (Terminología pedagógica, Recursos Didácticos para Secundaria y Bachillerato); en Poesía, con títulos como "De la ciudad en Noche", "Ceremonias a Tu Cuerpo", "Verde menta", "Llegaste tarde"; así como en Historia "Líneas Mexicanas – Personajes Históricos" "Curiosidades sobre los líderes mundiales" "Los 100 mejores libros de la historia"; Relato, Novela y Enseñanza del idioma extranjero.
Cuenta con diversos reconocimientos a nivel nacional e internacional y sus textos han sido publicados en México, Estados Unidos, Argentina y España.
Es Fundador y Presidente de Conocimiento E Innovación Intercultural Armando Hart Dávalos, A. C. que en la actualidad trabaja impartiendo cursos, talleres y conferencias de temas relativos a la inclusión y participación social, promoción de valores y desarrollo intelectual jurídico y pedagógico, entre otras actividades de carácter comunitario y social.
PROLOGO
Ni la carta que dejé en la mesa en casa de mi abuela ni mucho menos mis verdaderas intenciones, lograron apaciguar el torbellino que ya cargaba a mis espaldas desde hacía dieciséis años y del que estaba harta. ¡Puta! Se me olvidó firmarla, pensé mientras caminaba a toda prisa por las calles con apenas una mochila que colgaba de mi hombro en dirección a lo que a partir de ese instante sería mi destino. Pero ¿a quién le interesa el detalle cuando lo que sobreviene es algo peor? Esa ridícula costumbre mía de hacer las cosas al punto y esforzarme hasta en lo más terrible era en aquella época lo que menos importaba, como pude darme cuenta después de todos los reclamos que sucedieron al acto.
No me busque porque ya me fui, ahora estoy feliz y quiero que usted lo sea con sus verdaderos hijos. Le escribí apenas, en un trozo de papel mal cortado a quien con todo su amor decidió arroparme desde antes de cumplir dos años. Y no generen controversia que lo hago con plena voluntad, nadie me obliga a nada. Los párrafos se extendían y lo que en realidad lucía como petición no era más que una amenaza para mi estirpe, aquella que durante tantos años me sometió a las injurias que pueden ver su nacimiento solo en mentes descarriadas, sin historia propia ni horizonte claro, por lo que no iba a permitir que se entrometieran en mis asuntos y menos después de que aceptaran a viva voz cuánto me detestaban.
Y es que si entran al navegador y teclean Costumbres Santandereanas una de las cosas que llamarán la atención de todos es la gastronomía. Aún recuerdo, por ejemplo, la primera vez que probé las hormigas culonas, allá por San Gil en un paseo de fin de semana con mi tía. Pero no se deje sorprender, la realidad es que son las hormigas culonas las que comen a los humanos, sobre todo si estos son de la propia familia. Dicen las que saben que el sabor que dejan en la boca y más allá en el espíritu es mucho más agradable que el otro manjar. Lo confirman las miles de voces que en los pueblos se dedican a trasmitir vía oral cualquier dato malintencionado que llegue a sus manos, incluso sin verificar antes si es verdad. A mí me pasó, pero ya te contaré más tarde.
Eso era lo que con tanto ahínco replicaba a la madre de mi madre cuando me recriminaba el no poder adecuarme como era debido a las normas que durante tantos años me recomendaron. ¡Qué pereza!
Imagínese, sus padres tan rectos, líderes religiosos en su comunidad, ¿qué van a pensar de usted si la ven por ahí en la calle como cualquier hija perdida? La vieja que parecía más bien un roble me cuestionaba y yo, en la pérdida poco a poco de la ingenuidad que les permitió a muchos enraizar miedos e incertidumbre en mí, le replicaba mofándome: ¡Claro, los mismos que se divorciaron y me dejaron ahí tirada como trapo, como basura! No me diga que nunca ha pensado que le estorbo. Ella con una simpleza que asusta, guardó silencio.
Qué pena me da hoy pensar en lo que sentía esa mujer al escucharme así, perdida entre rencores y sin dejar de formular una y mil maneras de vengarme de todos, pero tampoco es que se le pueda pedir demasiado a alguien que apenas va librándose de esa terrible enfermedad que es la adolescencia. Yo gritaba, pero nadie escuchaba y mis reclamos se perdían entre manifestaciones de despecho hacia mí.
Por eso me fui. Y al momento en que usted lea esto va a pensar que se trató de un desliz, qué egoísta, pero nada de eso. Mas bien fue un acto de amor. Dígame si usted podría soportar un entorno ambiguo y lleno de caminos empedrados. Todo lo que fuera a hacer iba a conducirme sin remedio ni cambio al mismo lugar: La muerte lenta. Y voy a decirle algo que me hizo sentir libre, una sola frase que hasta hoy guardo en mis entrañas como mi máximo tesoro: Usted puede hacer lo que la haga feliz, pero responda a las consecuencias. Mientras escribía la supuesta pequeña carta, que más bien fue una larga nota, me felicitaba por aceptar la huida y lograr de ese modo que a mi abuela dejaran de hostigarla con los reclamos por mantenerme ahí.
Pues no han pasado ni diez años y si busca entre mis historias encontrará, por más que se intente ocultar, la causa primera de mi proceder, el anhelo de ser yo misma, aunque el costo sea alto.
Así fue como salí de casa, la misma que me recibió antes de aprender a hablar y poder expresar con cortesía lo maltrecho de mi corazón. Me escapé con las manos cargadas de esperanza y buenas intenciones. Reconozco por supuesto la premura, pero hoy nada sería si mi paso brusco no hubiera sido dado.
Pero no nos vamos a confundir. Incluso si una está más segura de cuanto hace, ocurre algo que nos regresa al punto inicial. El accidente de mi madre es un ejemplo de ello. Mi regreso, maquillado de un exceso de cortesía y buena voluntad para con ella, representaba para mí una oportunidad de gozar el calor de un hogar como el que nunca tuve. Yo quería ser parte de una familia como era correcto hacerlo. Leí una y varias veces el texto de la biblia completa y en todos los versículos posibles existía un remilgo de intención por mantener unido el núcleo esencial de todos los seres humanos. Y nada. Otro juego más del destino que me mostró qué tan ingenua puedo ser.
Mi madre decidió que el cariño mostrado en esas semanas no era suficiente para llevarme con ella ni quedarse a mi lado, lo cual además de despiadado es tristísimo y ni los años han permitido que sanen por completo las heridas, aun y cuando el perdón lo otorgué.
Hoy, muy lejos de mi lugar de nacimiento, reconozco en mí una forma de existir que, si pudiera reducirse a una palabra, esta sería: Namaste. Y es que mi historia no se basa en solo el deseo de autosuficiencia, tampoco en lograr acabar con todo el daño de golpe. Los fértiles terrenos de mi corazón, en donde supieron sembrar tan crueles recuerdos, dieron como resultado un complejo de heridas que durante muchos años fueron marcas que me persiguieron constantes. No se engañe porque hoy ve una linda joven que disfruta su entorno y sabe convivir con las cicatrices observadas como experiencias cargadas de aprendizaje, mi apariencia, irresistible para muchos, es un reflejo de todas las victorias conseguidas y que me ha costado bastante trabajo traer al día de hoy.
Junto a mis sueños y visiones he recorrido un amplio trayecto que continúa. Eso, traído a mí como un consuelo divino, ha sido y jamás dejará de serlo, la mejor arma para combatir los males del mundo.
Soy Daniela Reyes, pero no aquella que perdió la esperanza de vivir en una Bogotá apresurada; ni la de Santa Martha, sumergida en los más terribles momentos en que un ser humano puede condenarse bajo su propia mano; incluso tampoco la que llegó a México con las maletas vacías y el corazón en desborde. Soy Daniela, la mujer que ante todo supo hacerse de su nombre, en otro tiempo manchado por la envidia y los prejuicios, con una mano a la cintura y la otra señalando la gloria. La que ansía revivir algunos detalles para no dejar de hacer ciertas cosas, sino imprimirles mayor pasión. Esa que muy allá, lejos en los rincones ocultos del alma, guarda la esperanza de conocer al compañero de vida que va a resarcir todos los daños provocados por gente necia, mientras pasea feliz con sus hijos a la orilla de la playa con rumbo al hogar.
¿Le sorprende? ¿Quiere conocerme más? Esté atento a lo que viene, le aseguro que jamás ha leído algo como esto.
Escribió Gabriel García Márquez: "La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla", y esta es mi historia.
Capítulo 1
Al final del túnel hay una luz. La indicación es llegar a ella, a pesar de lo que cueste. Quien lo logra, envalentonado por la idea de llenar otro cuerpo con su alma, está predestinado a resarcir los males provocados en otra vida y lograr un desarrollo óptimo. Eso lo leí más de una vez y llama mi atención que justo antes de morir se aproxima una luz, igual al final del túnel, como cuando nacemos, que nos da la bienvenida al mundo, aunque contrario a esto último, esta ocasión la lucha es por no llegar. Si me preguntaran diría que no es coincidencia. Morimos y nacemos una y otra vez hasta que cumplimos las metas reservadas.
Mi destino esta vez estaba dispuesto a cumplirse en Bucaramanga, provincia de Santander, en mi amada Colombia. O al menos así debió de ser, pero la realidad fue diferente.
Para los más de un millón de habitantes que se concentran a lo largo y ancho de la zona metropolitana pudiera resultar un hecho necesario, pero no capaz de señalarse como extraordinario el dar a luz. Es decir, ¿qué tiene de especial un nacimiento si en el Centro Comunero suceden cientos en apenas unos días? Eso sí, para la familia siempre representa algo más por la carga emocional que refleja una nueva vida y lo difícil de amañarse en esa etapa. Al menos así lo observé durante mi trayecto de existir, al tener la suficiente consciencia para darme cuenta el tipo y calidad de vida en diferentes familias.
Mi madre, apenas con sus diecisiete años era así obligada por las circunstancias a recluirse en ese estatus al que muchas mujeres aspiran cuando reconocen en su entorno las condiciones apropiadas, la diferencia, bastante clara, por cierto, es que para ella no fue igual. Y es que ¿cómo explica a una mujer que nunca ha podido entender la forma de avance en el mundo, que pronto entre sus brazos descansará una nietecita? Por más que trato no puedo imaginarlo, incluso al considerar un pasado similar que por ironía no tuvo las mismas definiciones.
Bucaramanga merece ser explicada de muchas maneras. Una de ellas es como un centro de convivencia que sin compararlo con las grandes ciudades sí conlleva una actividad económica importante. Digamos por ejemplo que entre sus apacibles calles convergen los trabajadores de la industria del zapato y los responsables de propagar los beneficios textiles como si de uno se trataran y eso es lo que nos otorga la calidad de humanos y en bastantes partes del mundo se escucha lo hospitalario de nuestro carácter.
Para que lo sepa, Bucaramanga es la capital en América de moda infantil ¿qué le parece? Bueno, tal vez piensa que de ahí parte lo que hoy ve en mí, pero no, por aquellos tiempos no era ni la mitad de lo que represento. Me causa pena decirlo, pero este cuerpo que hoy revelo, firme y bien delineado, es resultado del trabajo duro a partir de la adolescencia, donde me encontré con diferentes barreras.
La situación en casa con mi familia era trágica, hasta cierto punto. Lo mismo que muchas otras que intentan hacer comunidad, vivimos casi siempre en un estado de carencia que bien podría compararse a la pobreza. Los asuntos cotidianos eran repetitivos y el movimiento personal se reducía al camino entre la casa y el trabajo.
Puedo decir, para aprovechar la ausencia de datos certeros, que esa fue la causa del primer mal en mi existencia y uso esa palabra con tanta seguridad porque ¿cómo carajos podría defenderse una recién nacida ante los despechos de la vida?
Otro detalle importante para que note a lo que me refiero más allá de simple palabrería, los pueblos son el infierno para quien tiene sed de libertad y ansia por ser uno mismo. Mamá es una prueba de ello.
Si bien es cierto que no tomar las precauciones, si es que pudiera considerar algunas en un estado ignorante de las cosas y a esa edad, le produjo como consecuencia un embarazo a tan corto tiempo, el ámbito en que vivía se volvió aún más hostil de lo que ya era en ese entonces. Los chismes, la mala leche, un ánimo terrible por vejarla terminaron situándola en un territorio por donde no encontraba hacia donde hacerse. Como si al soldado le hubieran destrozado la trinchera y sin municiones disponibles en su arma corre por campo abierto a tomar resguardo.
Así fue como comenzó su batalla por dos cosas: Mantener su posición y dignidad intactas y tratar de revertir un inminente daño a su familia.
Una tarde como cualquier otra en que mi padre regresaba del trabajo, ese hombre al que jamás conocí en persona y del que no tengo recuerdos más que de su ridícula manera de escabullirse, recibió la noticia de su vida: La madre de su hija y en ese entonces esposa, había tenido en la soledad de su departamento a otro hombre. Por si fuera poco, el susodicho era un ex novio del colegio al que estuvo prendada por un tiempo.
La reacción natural en un ambiente machista y por mucho brutal a beneficio de los hombres fue la de largarse para siempre. Hoy que veo en mi historia la imagen de los hombres, sin velo y revelando su verdadera identidad, he llegado a pensar que para él representó la excusa perfecta por liberarse de algo para lo que no estaba preparado, pero más allá, de lo que no quería tomar responsabilidad.
Los siguientes meses fueron de estira y afloja en una relación que estaba destinada al fracaso. Pobre de mi madre, llegué a considerar en algún momento sentir pena por eso, que tanto quería a ese hombre y sin haber amado en realidad antes, era condenada al abandono, al firmar la sentencia su propia familia y otros que sin oficio decidieron sumarse a tan cruel señalamiento.
En fin, que si de algo servía, la decisión tomada fue un relajamiento absoluto del hombre. Renunció a su trabajo y recargó toda la responsabilidad económica a mi madre, quedaba en casa para poco cumplir con lo que le correspondía. Dirían en otro lado, no chifla, pero tampoco aplaude. Hasta que terminó y nos quedamos solas a la suerte.
Mi tía, que por aquellos años mantenía aun su carácter fuerte y determinante intacto, en una de las visitas a casa notó lo difícil que era sobrevivir. Sin comida, vestido y mucho menos esperanzas, comunicó a mi abuela lo que pasaba y ésta, en atención al ruego de tomar acción, pasó para conocer de primera mano lo que ocurría.
Tal como lo plantearon y sorprendida por no haber creído lo que de verdad pasaba, alargó su brazo para extenderlo con ternura a mi madre, prometiéndole si no la entera felicidad, un respiro absoluto para que ella replanteara su existencia y en un momento determinado retomar las riendas. Pero vuelvo a decir, tan enamorada aquella joven decidió que lo mejor era utilizar todas sus fuerzas en el intento por recuperar a un hombre que a todas luces no parecía importarle algo y pidió a mi abuela que me llevara con ella. La decisión que quizá tuvo que ser complicada a nivel de consciencia, se celebró como tal.
Llegué entonces al Corregimiento Papayal Rionegro, que está apenas a cuatro horas de donde nací. Ahí, sin mucha diferencia a lo que ya vivía, fue el primer paso en mi camino.
Qué bonito es Papayal. De lo lindo que uno pasa los días entre el verde majestuoso y sus calles rebosantes de alegría, más allá de lo trágico que pudiera creerse una vida en el pueblo. Y es que fue tanto mi amor por aquella tierra que incluso años más tarde, después de tanto alboroto y viajes, decidí establecerme en un paraíso que mucho me recuerda a aquellos lugares en donde dije mis primeras palabras y di unos cuantos pasos iniciales.
¿Paputa? ¿Chocho? Mi niña tan ocurrente. ¿Qué será? La abuela se preguntaba contenta y orgullosa de oírme así y no era para menos, para ese entonces ya era más que la favorita de toda la descendencia, algo que ya te diré después cómo me afectó. Pero ojalá que esa misma actitud se guardara para siempre. Ya recuerdo las cantaletas, si bien resultaba, cuando hacía algo indebido a la causa familiar: ¡Qué jartera con usted! Venga para enseñarle que aquí se porta bien porque no hay de otra.
Y no la culpo. Mi mami ha sido siempre la inspiración que se requiere para enfrentar lo caótico de la vida. Es la causa principal de que sea hoy una mujer fuerte y crítica, a la vez que sensible y con fuertes emociones. Aquella mujer me demostró que puedo ser capaz de hacer cualquier cosa que me proponga siempre y que nada sustituya mi ánimo por formarme cada día mejor.
Con palabras o al usar los recursos comunes en aquel tiempo como lo eran el cinturón o cualquier otro artefacto de terror para todos los niños del pueblo, entendía hasta donde alcanzara mi consciencia qué era lo que debía hacer. Porque lo cierto es que también el carácter rígido e inflexible mostrado en muchas ocasiones, me provocó sinsabores que eran mejor no repetir.
La estancia en casa de la abuela transcurrió entre un severo sistema de comportamiento y lo afable de sentirme amada, pero mi interés por mantener siempre aquellas condiciones no pudo ser. Mientras crecía y tomaba forma mi noción de la vida, voces cercanas susurraban a mi matriarca lo que solo la envidia y el rencor pueden hacer. Poco a poco una sombra de desilusión, seguida por un frustrante enojo, minó las condiciones bajo las que me desenvolvía y terminaron por manipular las acciones que me tenían como objeto principal.
-Pero mamá, ya fue mucho. Ya verá cómo se arrepiente por traer a esa niña aquí.- La voz de ruego de la tía hacia mi abuela retumbaba por la casa.- Es que es una malagradecida. Vea todo lo que dicen de ella.
Y ojalá fuera sido cierto todo lo que aseguraban al paso de los primeros años de mi adolescencia porque de esa manera al menos me pasaría en el disfrute de cuanta aberración mencionaban que hacía en uno u otro lado.
Cuán maravilloso también hubiera sido que todo resultara conforme al deseo de una pequeña niña que apenas y tuvo contacto con su madre y cuyo padre se marchó. Esa época en que con alegría recibía abrazos y besos de mi tía al llegar mi fecha de nacimiento y partimos el pastel al son del cumpleaños feliz, estaba cerca de terminar.
Sucedió después que, en un mundo alejado de las grandes posibilidades que la ciudad entrega a sus habitantes, con la inocencia característica del que vive a la distancia y bajo la ignorancia sobre los trascendentales temas de la vida, comencé con aquello que llaman sueños lúcidos.
Pero ¿qué puede hacer una pequeña si lo único que tiene frente a sí es la autoridad religiosa de la jefa de familia y que no permite sensaciones alejadas a lo que nuestro Señor marca como bueno y correcto? Ni siquiera pude darme cuenta de que las representaciones nacidas en mi mente a la hora del sueño serían desde siempre y para toda mi vida los mejores consejos que pude recibir.
Desperté sofocada una mañana. Las imágenes de la terrible pesadilla durante la madrugada aún estaban claras y bien clavadas en mi cabeza: Mi madre yacía en el piso de la casa aplastada por los escombros, las ruinas de una construcción que no soportó un embiste natural y lo peor es que por más que buscara, no lograba dar con ella. ¿Qué significaba? ¿Por qué debía soportar aquello? La respuesta, aunque la quisiera pronto, estaba encerrada en algunos libros que varios años después descubrí con la ayuda de otros que como yo viven lo mismo.
Mientras tanto en ese tiempo resultaba no solo absurdo sino peligroso mantener una conversación seria sobre el tema. La religiosidad con que se manifestaba buena parte de la familia era el impedimento y los temas oscuros como la brujería y esos menesteres, estaban reservados para los adultos. Qué egoístas, pensaba al notar que evitaban incluirme en ello.
A raíz de eso mis deseos fueron más profundos. Dentro de mí reconocía algo, una especie de circunstancia que me alejaba del común denominador. Por poco modesto que se escuchara, me creía como un ser de verdad especial y capaz de mucho, pero vivía a la realidad cuando no me veían más que siendo una mocosa que era además intrusa. Y me sentía lastimada.
