La mujer de mi vida - Meredith Webber - E-Book

La mujer de mi vida E-Book

Meredith Webber

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Beschreibung

Una reunión de emergencia Aun después de cinco años, Ginny seguía siendo la mujer bella y cariñosa que Max recordaba, y también era una magnífica enfermera de urgencias. Pero, aunque estuviera claro que ella también lo deseaba, lo cierto era que todavía no lo había perdonado. Fue necesaria una investigación por asesinato para unirlos, y fue entonces cuando Max se dio cuenta de que esperaría a aquella mujer el tiempo que hiciera falta... Pero lo primero que tenía que hacer era convencerla de que había regresado a Australia solo por ella y que lo único que quería era hacerla sentir segura y feliz... en sus brazos.

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Seitenzahl: 179

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2002 Meredith Webber

© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La mujer de mi vida, n.º 1336 - septiembre 2015

Título original: A Woman Worth Waiting for

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2002

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-7212-7

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

SON muy sencillos —le dijo Joe Allen, encargado de seguridad del Hospital General Ellison, a Sarah mientras subían por las escaleras hacia la galería que se extendía a lo largo de un edificio de ladrillo, no muy alto.

—He tenido que hacer suplencias en lugares muy apartados, así que estoy acostumbrada —le aseguró Sarah.

Joe sacó unas llaves de su bolsillo mientras pasaban por delante de las dos primeras puertas, deteniéndose en la tercera. En total había cinco.

—La doctora Willis vive en el primer apartamento; ha estado buscando un piso para comprar, pero no ha encontrado nada que le guste en esta zona. Un psicólogo que va a venir a hacer unos cursos o una investigación se instalará en el segundo durante unas semanas y tú estarás en el tercero. Los dos del final están vacíos.

Sarah asintió. Ya conocía a Virginia.

—Llámame Ginny fuera del trabajo —le había dicho la doctora Willis, que trabajaba en el departamento de urgencias.

La joven mujer le había parecido extrovertida y simpática, aunque parte de aquella simpatía probablemente se debiera a que con la llegada de Sarah, que estaría allí hasta que nombrasen a otro médico para el equipo, tendría más ayuda.

—Estoy segura de que todos nos llevaremos bien, aunque por experiencia sé que después del trabajo no suele quedar mucho tiempo para salir y relacionarse.

Joe asintió y abrió la puerta del apartamento.

El interior era como el de todos los apartamentos de las residencias para personal hospitalario. Entraron al cuarto de estar, amueblado con un sofá de dos plazas, dos sillas de vinilo y una mesita de café en el medio. Había una cocina americana, con tres taburetes junto a la encimera; al otro lado de la cocina había un pasillo que llevaba al dormitorio y al cuarto de baño.

Sarah pasaría dos semanas allí.

—¿Recuerdas lo que te he dicho acerca de la seguridad? —le preguntó Joe, y Sarah movió la cabeza afirmativamente.

—Tengo que pedir escolta si voy a moverme por las instalaciones del hospital cuando haya oscurecido —dijo Sarah, repitiendo lo que Joe ya le había dicho.

Cuando volvieron a la galería, Sarah miró a su alrededor y señaló con la mano hacia el espacio pavimentado que había delante de los apartamentos.

—Pero toda esta zona está bien iluminada y solo tengo que cruzar la calle para llegar al aparcamiento del hospital.

—La policía cree que a la doctora Craig se la llevaron del aparcamiento —la informó Joe—. Aunque la asesinaron en otro sitio.

—No te preocupes, no me arriesgaré —le prometió—. De hecho, me puedes escoltar de vuelta al hospital, si te viene bien. Aunque oficialmente no empiezo hasta mañana, traeré el coche para sacar mis cosas y después volveré a urgencias. Me ha parecido que a la doctora Willis le vendría bien un poco de ayuda y me gusta conocer el lugar donde voy a trabajar antes de empezar.

Joe cerró la puerta del apartamento y le entregó las llaves.

—La segunda llave es de la puerta trasera. Hace poco se han cambiado todas las cerraduras, y hemos eliminado los candados; todas la puertas tienen un cerrojo que salta automáticamente cuando se cierran, y hace falta una llave para abrirlas tanto desde dentro como desde fuera.

Sarah se guardó las llaves en el bolso mientras se dirigían al aparcamiento por el camino que lo rodeaba. Pensó en Isobel Craig, la mujer a la que temporalmente iba a sustituir; ninguna cerradura la había salvado de un atacante, que, según la policía, ya había actuado dos veces antes de asesinarla a ella y dejar su cuerpo en un descampado de las afueras de la ciudad.

—¿De dónde eran las otras dos mujeres? —preguntó Sarah—. ¿Tenían alguna relación con el hospital?

—Afortunadamente, no —contestó él—. ¿Te imaginas cómo cundiría el pánico entre las empleadas del hospital si pensaran que son el objetivo de un asesino?

—Sí —aceptó Sarah.

Cruzaron la calle y, franqueando la barrera para coches, entraron en el aparcamiento de empleados. Aunque tampoco fue suficiente seguridad para Isobel, pensó Sarah con tristeza.

—El departamento de personal te dará, además de una tarjeta de identificación, otra para la barrera —le dijo Joe mientras le indicaba la caja metálica por donde se pasaban las tarjetas.

—¿Hay vídeo-vigilancia en el aparcamiento? —preguntó Sarah.

—En algunas zonas —admitió Joe—. Estamos instalando más. El doctor Markham, el marido de la doctora Craig, ha ofrecido correr con los gastos, aunque eso no le devolverá a su esposa; dice que siempre le aconsejaba que aparcase en el extremo donde están las cámaras, pero no siempre hay sitio, claro.

La explicación de Joe tenía un trasfondo triste, y Sarah se preguntó cómo lo estaría sobrellevando el doctor Markham. Ella no lo conocía, pero lo había oído nombrar y sabía que era parte de una casta de jóvenes especialistas que se habían subido al tren de la medicina nuclear.

Sarah dio las gracias a Joe por su ayuda. Después, sacó su coche del aparcamiento de las visitas, se dirigió al bloque de apartamentos y desempaquetó su ropa y las pocas cosas que había llevado consigo.

Cuando estuvo satisfecha de que el apartamento parecía más un hogar, caminó de vuelta al hospital y entró a urgencias por la entrada de ambulancias.

Se sorprendió de ver que la sala parecía relativamente tranquila.

Un cubículo tapado por unas cortinas verdes sugería que debía de haber un paciente esperando a que lo subiesen a planta; dos enfermeros estaban ordenando papeles en el mostrador de recepción y una mujer, probablemente la recepcionista, hablaba por teléfono.

—¿Está la doctora Willis? —le preguntó Sarah a uno de los enfermeros, y este asintió mirando hacia el extremo del pasillo.

—Está arriba por alguna parte —le dijo sin preguntarle a Sarah quién era o qué quería.

«La seguridad del hospital no es asunto tuyo» se dijo Sarah mientras se encaminaba hacia donde le había indicado.

Pero enseguida se arrepintió, al ver a Ginny Willis en un hueco entre una cortina descorrida y la pared, en conversación con un atractivo hombre moreno. No era mucho más alto que la doctora Willis, pero se inclinaba hacia ella y algo en su postura sugería una posesión casi íntima.

Era demasiado tarde para retroceder porque Ginny ya la había visto, y después de una corta explicación y de darle unas palmadas en el brazo, el hombre se marchó, saludando a Sarah con la cabeza al pasar por su lado, sin esperar a ser presentado.

—¿Ya has visto tu nueva casa? —le preguntó la doctora Willis a Sarah y esta asintió, pero no pudo evitar mirar de nuevo al joven doctor.

Era guapo, pensó Sarah.

—Es Paul Markham —explicó Ginny al darse cuenta del interés de Sarah—. La muerte de Isobel lo está afectando mucho y vaga por el hospital como si aún la buscase. Siento no haberte presentado, pero como eres su sustituta, aunque solo de forma temporal, quizá hubiese sido una situación incómoda para él.

—Por supuesto. Lo que me sorprende es que haya vuelto al trabajo tan pronto —dijo Sarah—. Ocurrió hace solo dos semanas, ¿verdad?

—Sí, pero Paul solo faltó dos días. Decía que se estaba volviendo loco en casa; supongo que los compañeros del hospital somos como una familia para él. Pasó aquí sus años como médico interno residente, y, después de estudiar en el extranjero, lo nombraron jefe del departamento de radiología de medicina nuclear, en este hospital —explicó Ginny—. Y como Isobel trabajaba en urgencias, estamos acostumbrados a verlo por aquí.

—¿Cómo era Isobel? —preguntó Sarah, pero Ginny no contestó, porque en aquel momento escucharon la sirena de una ambulancia que entraba en urgencias.

Ginny se alejó apresuradamente y Sarah la siguió más despacio. Se detuvo en la recepción para recoger su pase de seguridad. Después se acercó a la nueva paciente de Ginny: una anciana a la que habían encontrado inconsciente en su casa.

—Le administraremos suero intravenoso y le haremos análisis de sangre para averiguar qué ha ocurrido —dijo Ginny, y movió la mano ante el ofrecimiento de ayuda de Sarah.

Sin nada que hacer, esta se encaminó hacia el pasillo que había entre la entrada de urgencias y la sala de espera y les ofreció su ayuda a la recepcionista y a la hermana enfermera que estaban ordenando las listas de admisiones.

—No hay mucho trabajo hoy —dijo Ruth Storey, la hermana enfermera de guardia—. La doctora no parece que necesite ayuda, así que ¿por qué no te das una vuelta para familiarizarte con el lugar y conocer a tus colegas?

—He visto dos salas de traumatología en la parte de atrás. ¿Hay muchos casos?

—No tantos como antes —explicó Ruth—. Hoy en día los caso más graves de accidentes de carretera, quemaduras o disparos son evacuados en helicóptero a alguno de los hospitales generales de Brisbane; solo tardan unos veinte minutos y llevan personal especializado, así que hacen lo mismo que haríamos nosotros aquí.

—¿Y si hay un accidente de circulación grave a nivel local? —preguntó Sarah.

—Los traemos aquí. Pero si fuera necesario, a los pacientes en estado crítico se los traslada vía aérea a Brisbane. Aquí atendemos los casos menos graves de los accidentes, como roturas o torceduras de tobillos, contusiones...

Sarah asintió, consciente de que en los hospitales generales disponían tanto de equipos de urgencia especializados como de cirujanos, neurólogos e internistas, continuamente de guardia.

Charló un rato más con Ruth y después se disculpó para seguir su vuelta por urgencias.

El tamaño de la sala de espera, admisiones y los pequeños cubículos, eran estándar para un hospital de aquellas proporciones.

—Señora Warren, pase a la consulta número cinco —dijo una voz por el sistema de megafonía, y una mujer alta se puso de pie con visible esfuerzo y se dirigió hacia la habitación indicada.

Un hombre joven con un niño pequeño era el único paciente, y cuando lo avisaron para recoger una receta la sala de espera quedó vacía.

—Esto no es lo habitual —le dijo la recepcionista—, así que intenta sacarle el máximo partido. Puedes pasar al despacho y utilizar el ordenador para familiarizarte con el sistema de archivo, si quieres.

Sarah pensó que era una buena idea, así que Ruth le dio acceso pulsando el código de seguridad para entrar.

Mientras se sentaba delante del ordenador, un hombre alto, delgado y con el pelo rubio entraba por la puerta de urgencias precedido de una mujer de aspecto nervioso.

Esta llevaba de la mano a un niño rubio y con la cara pálida. Un vistazo al brazo del niño fue suficiente para ver que lo tenía roto.

—Mi hijo se llama Connolly Fletcher, tiene un historial bastante extenso. ¿Pasamos directamente a rayos-X?

—Enseguida, señora Fletcher —dijo la enfermera mientras introducía los datos del niño en el ordenador.

Mientras tanto, Connelly se había sentado en una silla y se sujetaba el brazo con cuidado.

El hombre que había entrado con ellos se quedó apartado observando.

Unos minutos más tarde llegó una enfermera con el historial de Connelly, y se llevó al niño y a su madre a rayos-X.

—Necesito comprobar un par de cosas, señor Fletcher —dijo la recepcionista, y el hombre se dio la vuelta para mirarla—. ¿No es usted el señor Fletcher? —insistió la recepcionista.

El hombre frunció el ceño.

—No —le contestó, y se acercó a una máquina expendedora para comprar una botella de agua. Después se sentó en una silla a esperar.

—¡Siempre hago lo mismo! —le dijo la recepcionista a Sarah—. Siempre doy por sentado que las personas que entran juntas son matrimonio, y ese hombre bien podría ser el cuarto padrastro del pequeño Connelly. Tengo que tener más cuidado al decir las cosas.

La recepcionista se hizo aquel reproche a sí misma con tal convencimiento, que Sarah no pudo evitar sonreír.

Algo en los movimientos del hombre, o quizá su simple presencia, hizo que Sarah lo observara más detenidamente, y no pudo evitar fijarse en su reacción cuando Ginny atravesó rápidamente la sala.

Levantó con desinterés la mirada, y sus ojos, demasiado lejos para que Sarah pudiera ver el color, parecieron enfocar con más intensidad. Hizo el amago de levantarse, movió la cabeza y miró en la dirección por la que Ginny se había marchado; después se recostó de nuevo en la silla, moviendo todavía la cabeza.

Aún intrigada por aquella reacción, Sara volvió su atención al ordenador, pero la llegada de nuevos pacientes puso fin a lo que había parecido ser un día tranquilo.

—Vayámonos mientras dure la calma —le dijo Ginny a Sarah mucho más tarde—. No deberías estar trabajando y llevas aquí todo el día.

Estaban sentadas en la sala de los doctores, en la parte trasera de urgencias; a través de los cristales podían ver el ajetreo de la sala.

—Iré por mi bolso. Estuve trabajando con el ordenador de recepción y me lo he dejado allí.

—Podemos salir por allí —sugirió Ginny y dejó su bata en el respaldo de la silla—. Fingiremos que somos personas normales en vez de médicos.

Salieron de la habitación y se dirigieron por el pasillo al área de recepción.

Sarah vio al hombre rubio y oyó la exclamación de sorpresa de Ginny al mismo tiempo.

—¡Max! —exclamó Ginny al tiempo que Sarah se preguntaba si debería avisar a seguridad; pero en aquel momento, Ginny dio media vuelta y prácticamente corrió hacia la zona de entrada de ambulancias.

El hombre, que pese no haber oído la exclamación había notado el movimiento, levantó la mirada y observó a Sarah; después, volvió a mirar la revista que tenía encima de las piernas.

Sarah intuyó que tenía más interés en las personas que había en la sala que en la revista, pero no sabía si estudiaba a todos en general o si buscaba a alguien en particular.

De lo que sí estaba segura era de que el hombre la ponía nerviosa y teniendo en cuenta los recientes asesinatos de tres mujeres, incluyendo una de aquel hospital, debería avisar a alguien de su presencia.

Ginny había vuelto a la sala de doctores, pero se dio cuenta de que no podía reaccionar como ella quisiera: gritando y dándose con las manos en la cabeza, porque todo el mundo podría verla.

Se sentó en una silla y se puso la mano sobre el pecho; la consternaba la forma en que su cuerpo había reaccionado al ver a un hombre que la había rechazado hacía mucho tiempo.

Quizá no fuese Max.

Después de todo, tenía que haber más de un hombre alto, delgado y rubio en el mundo. Además, Max había vuelto a Estados Unidos, así que no podía estar sentado en la sala de espera de urgencias de un hospital regional en una ciudad australiana.

¡Tenía que recobrar el control de sí misma!

Sarah Kemp debía de estar preguntándose adónde se había marchado, pero no podía volver allí otra vez.

Miró por el cristal sin ver, mientras su cabeza daba vueltas por la impresión.

Atracción, amor, esperanza, miedo, determinación y desesperación. Retrospectivamente, siempre le parecía que había pasado por todas las emociones en aquellos tres cortos meses. Los recuerdos se arremolinaban en su cabeza y sus imágenes destellaban en su mente: Max entrando a su clase el primer día, y su propio reconocimiento de que él era el hombre de su vida.

¡Cómo se habían reído sus amigos!

Pero Max no se había reído, ni siquiera cuando los había avergonzado a los dos al declarar ella su atracción. Él había soportado sus travesuras mientras se insinuaba y se introducía en su vida, hasta que finalmente él admitió de mala gana que la atracción era mutua.

¡Pobre Max! Lo habían preocupado tanto los problemas éticos de la relación profesor-alumna, y había tenido que luchar no solo contra sus propios sentimientos, sino contra la insistencia de ella.

Pero justo cuando parecía que habían superado todas las barreras, él tuvo que volver a Estados Unidos para resolver una crisis familiar.

Ginny cerró los ojos con fuerza, pero aún podía ver la carta que él le escribió cuando se marchó, una nota amable, con amor, pero aun así le había roto el corazón.

Si realmente aquel hombre era Max, ¿cómo se sentía ella al volver a encontrarse con él?

Quizás no tenía por qué hacerlo, aunque fuese él.

Su mente vacilaba y su cuerpo temblaba, y seis años de madurez desaparecieron sin más.

Apenas fue consciente de los dos encargados de seguridad, acompañados de Sarah, que entraron en la sala y miraban a su alrededor, pero de repente cayó en la cuenta de que en la sala de espera había cámaras de seguridad, y que si observaba los monitores que había en el despacho, vería a aquel hombre y se daría cuenta de que en realidad no se trataba de Max después de todo.

Y entonces podría relajarse y recobrar la compostura.

Pero antes de que pudiera ponerse en marcha, vio que Sarah se acercaba con un hombre. Y sí era Max.

No tuvo que mirarlo para saberlo.

Los pelos de los brazos se le pusieron de punta, el corazón se le aceleró y un escalofrío le recorrió la espalda.

Sarah lo llevaba hacia la puerta del despacho.

—Max me estaba contando que sois viejos amigos —dijo Sarah alegremente—. Acabo de estrenarme en urgencias pidiéndoles a los encargados de seguridad que lo echaran. Pero resulta que es psicólogo y que está aquí para estudiar el estrés en el departamento de urgencias, aunque esperaba pasar desapercibido unos días.

—¿Desapercibido? —farfulló Ginny—. ¿Un hombre de su tamaño?

Entonces Ginny tuvo que obligarse a mirarlo a la cara.

—Hola, Max —saludó Ginny—. ¡Cuánto tiempo!

Max McMurray miró a Ginny. Aquellos grandes ojos verdes, una nariz cubierta de pecas y una sonrisa tan grande como Australia habían sido su perdición seis años atrás. Y la razón por la que había vuelto al país.

Aunque todavía no había visto la sonrisa, y a juzgar por el recelo que se reflejaba en sus ojos, quizá tardase un tiempo en verla.

Pero la boca era la misma; el atractivo dibujo de sus labios, que parecían siempre listos para sonreír.

—¡Sí!

¡Menuda respuesta! pensó Max y lo intentó de nuevo.

—Tienes buen aspecto.

Pero aquella era una mentira descarada; tenía un aspecto horrible. Estaba pálida y parecía angustiada. Aquellos increíbles ojos parecían demasiado grandes para la cara, las pecas resaltaban sobre su pálida piel y la melena morena que solía llevar tan peinada estaba revuelta.

Ginny enarcó una ceja, retándolo.

—¿Después de un turno de doce horas? Debes de estar bromeando.

Las mejillas de Ginny se sonrojaron ligeramente y Max sintió cómo el deseo le revolvía la sangre.

Ella era la única mujer que conocía que tenía aquel efecto sobre él.

Por supuesto había coqueteado con otras mujeres y se había acostado con ellas, pero ninguna había encendido su cuerpo como lo había hecho Ginny Willis, y por lo que parecía, aún era así.

—... os conocéis.

Max no había oído lo que la mujer con el pelo color caoba había dicho, tampoco recordaba su nombre, pero creía haber entendido el sentido de la frase.

—Fui tutor de Ginny...

—Fue mi tutor...

Los dos intentaron explicarlo de manera simultánea y Sarah debió de notar el trasfondo de todo aquello, porque los miró a uno y a otro y profirió una exclamación.

—¡Ah!

—Estábamos a punto de marcharnos —dijo Ginny. Parecía nerviosa. Agarró a Sarah del brazo como si quisiese apresurarla a salir de allí.

—Te acompaño hasta el coche —dijo Max. No estaba muy seguro de por qué se había ofrecido, pero sabía que habiéndola encontrado de nuevo, no podía dejar que se marchara tan rápidamente. Sobre todo después de haber comprobado que no llevaba anillo de compromiso en la mano. Aunque probablemente se quitase los anillos para trabajar...

—No tengo coche.

—Entonces te acompaño a donde vayas —insistió él, aunque intuía que ella no quería su compañía—. Teniendo en cuenta la reciente oleada de asesinatos, las mujeres no deberían andar solas por la noche.

Ginny se apartó, de tal manera que la otra mujer estaba entre medias de los dos.

—No iba a salir sola —dijo Ginny. Tenía la voz tan fría como caliente tenía él la sangre—. Sarah y yo vivimos al otro lado de la calle.

—¿En los apartamentos del hospital? ¡Estupendo! Yo también me alojo allí. ¿Por qué no cenamos los tres en la cafetería? Nos ahorraríamos tener que cocinar.

Max estaba parloteando y lo sabía, pero peor aún era la confusión que sentía después de que Ginny le dijese que ella y Sarah, aparentemente, compartían piso.

La satisfacción que había sentido al pensar que Ginny no vivía con un hombre se vio eclipsada por la información de que no vivía sola...

Pero si no vivía con un hombre, era más accesible a hombres depredadores como él.

¡Ya está bien! se dijo a sí mismo.

—La comida de la cafetería es bastante mala. He invitado a Sarah, ya conoces a Sarah Kemp, a cenar. Supongo que tú también puedes venir, si quieres.

¿Había invitado a Sarah a cenar? Quizá no fuesen compañeras de piso después de todo, pensó Max.

La esperanza era lo último que se perdía...