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El concurso navideño de Hallstatt está a punto de encender sus luces. Los Bäcker y los Frost, eternos rivales, compiten desde hace años por el premio al Puesto Más Dulce de Hallstatt, y los Bäcker presumen de tres triunfos consecutivos. Nikolas Frost no está dispuesto a permitir un cuarto. Hará lo que sea por ganar…, sobre todo si eso significa sacar a Jodie Bäcker de sus casillas. Pero Jodie, que odia la Navidad casi tanto como su padre odia a la familia Frost, no piensa ponérselo fácil. Cuando los regalos de la plaza desaparecen misteriosamente y la entrega del premio queda aplazada, Nik y Jodie se dan cuenta de que, si quieren saborear la dulce victoria, tendrán que encontrar ellos mismos al ladrón. Y, mientras la investigación avanza, descubren que puede que lo más peligroso no sea perder…, sino que la rivalidad empiece a endulzarse demasiado.
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Seitenzahl: 281
Veröffentlichungsjahr: 2025
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La navidad más dulce
Sara Winnington
Primera edición en esta colección: noviembre de 2025
© Sara Winnington, 2025
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2025
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 979-13-87813-56-7
Diseño e ilustración cubierta: Mireya Murillo Menéndez
Realización de cubierta y fotocomposición: Grafime Digital S. L.
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
Playlist
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Epílogo
Recetas navideñas
Nota de autora
Agradecimientos
Cubierta
Portada
Créditos
Dedicatoria
Índice
Comenzar a leer
Agradecimientos
Notas
Colofón
A las estrellas que me recuerdan que nunca deje de brillar.
«Winter Festival (Stardew Valley)» – Lullaby Legends
«The A Team» – Ed Sheeran
«The Great War» – Taylor Swift (cap. 4)
«Water Under The Bridge» – Sara Farell
«All I Want for Christmas Is You» – Mariah Carey & Justin Bieber (cap. 7)
«This Is Me Trying» – Taylor Swift (cap. 9)
«Time After Time» – Tyler Ward
«I Wouldn’t Change a Thing» – Cody Simpson
«Heroine» – Cody Simpson
«Black And White» – Niall Horan
«Love In Slow Motion» – Ed Sheeran
«Acróstico» – Shakira
«Home to Mama» – Cody Simpson & Justin Bieber
«Something Just Like This» – Missy & Blonde
10 días para Navidad
Jodie
Otras navidades igual. La caseta de madera, el mismo aburrimiento de siempre y yo. No solo tengo que trabajar en la pastelería durante todo el año; sino que, además, cuando puedo tener un par de semanas de vacaciones me toca estar aquí, en la plazoleta de Hallstatt, ayudando a mis maravillosos padres en nuestro puestecito navideño.
Claro que soy consciente de que, junto los meses de verano cuando el lago del pueblo es el principal atractivo para los turistas, diciembre es de los mejores meses para conseguir clientela, así que no me puedo escaquear. Son unos días en los que hay que aprovechar las oleadas de turistas que visitan nuestro pueblo buscando escapar del estrés de la ciudad. Unos días de mucho trabajo que sirven para compensar otros meses en los que no conseguimos vender tanto. Si no he fingido estar enferma de la tripa o con dolor de cabeza para quedarme en casa es, también, por orgullo. La parte competitiva que he heredado de mi padre me dice que tenemos que demostrar que los Bäcker somos los mejores en cuanto a dulces se refiere. Que nuestra pastelería es la mejor de todo Hallstatt. Que les damos mil vueltas a los Frost, por mucho que ellos se especialicen en hacer tartas. Y que por eso tenemos que ganar el concurso del mercado navideño.
Mis padres están como locos desde que la familia de mi excompañero de instituto, el odioso Nikolas Frost, decidió que era buena idea abrir una tienda de dulces, unos años antes de que nosotros naciéramos, justo enfrente de la nuestra. Es cierto que no hemos notado demasiadas pérdidas, pero mentiría si dijera que su presencia no amenaza el futuro del negocio familiar.
—Jodie, haz el favor de dejar de mirar las musarañas y ponte a trabajar, necesitamos más masa para las galletas de jengibre. Se están agotando.
—Voy a ello —contesto a mi padre, con un resoplido, antes de girarme para ponerme manos a la obra.
Trato de hacerme con todos los ingredientes para dejar nuevas bolas de masa enfriando en la nevera, antes de sacar de ella las últimas que quedan de la anterior tanda. Y es que esa es la ciencia detrás de hacer buenas galletas: dejar reposar la masa en un sitio fresco un par de horas antes de extenderla para darles la forma que queremos. Este es un paso de la receta original de mi tatarabuela que se ha ido transmitiendo, de generación en generación, a través de blocs de notas polvorientos que terminaban abandonados en desvanes, hasta que alguien se acordaba de su existencia. También es la principal diferencia entre una galleta crujiente y una blandurria. Y a nadie le gustan las galletas blandurrias. Son la mayor aberración del universo; en mi opinión, incluso por delante de las navidades.
Que oye, quizá no odiase tanto estas fechas si no me tocara ponerme de cara al público escuchando los mismos villancicos una y otra y otra vez durante horas. Pero este es el plan, al menos hasta el día veinticinco de diciembre. Después, ya se vería.
—Jodie, necesitamos más galletas. ¡Es urgente! ¿Y puedes ir preparando también un par de jar cakes1 de galletas Lotus? Se están vendiendo como churros… —Mi padre se rasca la barba y puedo ver el momento exacto en el que se le ha ocurrido la idea—. Oh, hablando de churros, ¡también podemos hacerlos, que este año hemos podido instalar una máquina para ello! —Se quita el delantal y me lo pone a mí, a pesar de que llevo otro idéntico, con la tipografía roja y cursiva característica de nuestro negocio—. Dadme un minuto, chicas. Vuelvo ahora, voy a acercarme a la tienda a por otra manga pastelera, que esta ya está a punto de romperse. —Acto seguido, echa a correr calle abajo, sin importarle la nieve que ya comienza a cubrir el asfalto.
En Hallstatt estamos acostumbrados a que los suelos resbalen; es normal que llueva y que nieve en invierno, incluso hemos vivido alguna que otra tormenta de esas que hacen que el pueblo quede incomunicado y salga en las noticias. Por suerte, como estamos al tanto de la posibilidad de que eso vuelva a ocurrir, somos un pueblo casi autosuficiente, con la capacidad de prepararnos para la peor época durante el resto del año.
Así que si me preguntan, diría que el verano es sin duda la mejor estación para venir de visita, pero puedo entender el encanto que atrae a tantos turistas aquí a pesar del frío. Es gracioso como podemos distinguirlos por su forma de vestir. La gente del pueblo no necesita llevar tantas capas de ropa y eso se debe a que ya estamos acostumbrados a esta temperatura. Sin embargo, los que vienen de fuera llevan camisetas térmicas, jerséis, bufandas y gorritos. Es casi como si estuvieran visitando el Polo Norte. Quizá se esperan encontrar a san Nicolás entre tantas luces navideñas y guirnaldas de abeto.
Mientras papá vuelve de la tienda, ya he empezado a extender la primera de las bolas de masa, y tengo una plancha que nos permitirá hacer un par de docenas de hombrecitos de jengibre si la aprovechamos toda. Una vez he colocado todas las galletas sobre la bandeja, pongo el horno a precalentar y aprovecho ese tiempo para hacer las decoraciones con la glasa de colores de las que ya están listas.
Cuando estoy metiendo la bandeja con la siguiente hornada, papá ya está de vuelta con un par de mangas pasteleras en la mano y un paquete enorme de azúcar moreno. Lo coloca en una caja de las que tenemos en el suelo, al lado del resto del azúcar, y deja las mangas pasteleras sobre la encimera que tenemos en uno de los laterales.
—¿Qué os parece si, mientras reponemos nuestra receta especial, estrenamos la máquina y preparamos unos cuantos churros?
—Me encanta que lo preguntes como si de verdad tuviésemos otra opción… —replico. Y aunque no quería sonar borde, veo cómo la expresión de mi padre cambia.
—Oye, bizcochito, sé que no quieres estar aquí, pero es el negocio familiar y tú eres una pieza clave en él…
—Lo sé, papá, no quería herir tus sentimientos. Lo siento. Es solo que estoy cansada.
—¿Qué te parece si me ayudas a freír los churros y después te vas a descansar? Puedes acercarte al puerto o echarte una siesta en casa, si es lo que prefieres.
Asiento con una sonrisa, pongo un temporizador de diez minutos para controlar que las galletas no se tuesten demasiado y me aseguro de que el aceite de la churrera esté bien caliente ante la atenta mirada de mi padre. Incluso le veo secarse una lágrima por el rabillo del ojo, pero no hago ningún comentario al respecto. En cambio, le doy un codazo y trato de quitarle hierro al momento emocional:
—Vamos, Tim, que esos churros no van a hacerse solos.
Nik
Los últimos cuatro meses han sido agotadores. He bebido tanta cafeína que creo que ya no me hace efecto en el cerebro. He pasado noches y noches sin dormir con el fin de conseguir que mi tesis de fin de grado estuviese perfecta, con todos los puntos y las comas colocados en su sitio, porque no me conformaba con un mísero notable, tenía que sacar un sobresaliente como mínimo. Pero ya está. Ahora soy graduado en Marketing y Publicidad con la mejor media de mi carrera y sin un futuro por delante, pero esto último podríamos dejarlo para otra historia.
Mis planes para el presente son simples: voy a hacer todo lo posible para que mi familia consiga vencer a los Bäcker en la candidatura al Puesto Más Dulce del Año. Llevan ganando los tres últimos años de manera consecutiva; aunque sí que es cierto que, en el cómputo global de todas las ediciones anteriores, nos hemos llevado la mitad de las victorias. Es decir, que si la de este año es la setenta, hemos quedado en primer lugar en un total de treinta y cinco ocasiones. No obstante, si queremos vencerlos de una vez por todas, es necesario que eso cambie. Este año, la victoria al Puesto Más Dulce debe llevar el apellido Frost y voy a hacer todo lo que esté en mi mano para conseguirlo.
Doy una vuelta por el mercadillo para saludar a algunos vecinos. Llevo varios años sin venir al pueblo, así que es posible que incluso descubra nuevas caras. Además, cada año se decide la distribución de las diez casetas por sorteo de una forma completamente aleatoria, así que creo que podría ser interesante saber a quiénes tenemos al lado.
Reconozco el letrero de las Weiss en cuanto echo un vistazo a la caseta que tenemos a la izquierda de la nuestra. La floristería del pueblo, repleta de adornos hechos con flores, frutas y hierbas secas que combinan sus colores vívidos con el marrón de algunos trozos de la madera de la fachada. Amanda no está, pero Barbara, su madre, me saluda desde el interior del stand:
—¿Qué tal estás, muchacho? ¡Casi no te reconozco! ¿Has crecido un montón o he sido yo la que ha menguado?
Acompaño su risotada haciendo lo mismo.
—Todo ha ido bien, señora Weiss. He acabado la carrera y ya estoy de vuelta por aquí. Me alegro de ver que todo está como siempre.
—Bueno, hay una muchacha nueva que hace unas mermeladas espectaculares; creo que podrían seros muy útiles para vuestros pasteles. Y oye, chico, no debería de estar recomendándote sus productos porque son nuestra competencia directa este año, pero es que de verdad creo que merecen la pena.
Lo cierto es que no entiendo muy bien qué tiene en común una floristería con una tienda de productos de elaboración local, más allá de que la materia prima proviene del mismo lugar. Puede que sea una buena idea comentárselo a Louis, el alcalde, para ver si puede invitar a otro negocio similar para el próximo año y que así la competición sea más justa para todos. No obstante, no comparto mi opinión con la señora Weiss y, simplemente, me despido de ella para seguir explorando el resto de puestos de la plaza Mayor.
—Estupendo. Le echaré un vistazo. Gracias, señora Weiss. ¡Les deseo mucha suerte este año!
—Que tengas un buen día, joven.
Cuando me dispongo a ir a saludar a la chica de las mermeladas, me doy cuenta de que, con toda la emoción de la inauguración del concurso, se me ha olvidado comer; así que giro sobre mí mismo para tratar de localizar los dos únicos puestos que no entran en el sorteo y que suelen estar siempre en el mismo sitio, uno a cada lado del escenario: el bar de los Fischer y el de los Müller.
Voy al segundo en busca de un perrito caliente con cebolla caramelizada, y las bandejas de patatas fritas con piel me hacen ojitos desde el mostrador, así que finalmente le pido a Jakob que me ponga una ración también.
—¿Algo más, muchacho?
—Te pediría una pinta de cerveza, pero me da miedo que no me dé tiempo a terminarla antes de que empiece todo esto. —Señalo al escenario y, en seguida, Jakob entiende a lo que me refiero.
—Siempre te puedo poner una caña, o ponértelo para llevar en un vaso de plástico.
—La caña está bien. Gracias.
Le dejo un par de billetes sobre la barra y Jakob me da la vuelta:
—Estupendo, pues ahora mismo te lo llevo todo. Puedes sentarte en una de esas mesas, si lo prefieres.
Poco después de terminar la comida, el megáfono del alcalde Louis atrona a toda la plaza Mayor con un pitido ensordecedor. Nada más oírlo, me levanto a toda prisa de la silla, devuelvo los restos a la barra para que los Müller se ahorren una tarea que hacer y me uno al corrillo de personas que se han colocado frente al escenario para escuchar el discurso del alcalde. A continuación, el hombre da un par de golpes con la palma de la mano, haciendo que otro molesto ruido salga por los altavoces.
—Disculpad, aún tengo que investigar cómo funciona este cacharro. Ya sabéis que lo mío son las gestiones.
Los habitantes del pueblo le ríen la gracia, aunque sé por mis padres que lo que dice es completamente cierto. El alcalde siempre es el primero en buscar nuevas iniciativas para fomentar la compra en los pequeños comercios de la zona, en promover eventos para recaudar fondos y en ayudar a los vecinos a cualquier cosa que necesiten. Desconozco cómo se organiza el hombre, pero tengo que decir que si tuviera sus mismas habilidades de gestión, estudiar la carrera habría sido pan comido.
—Me gustaría recordaros los comercios participantes del Certamen Navideño de Hallstatt, pero antes querría dedicaros unas palabras. —Se frota las manos y sigue hablando—. Es un honor para mí ser la persona encargada de dar este pequeño discurso inicial, pero quería informaros de que esta septuagésima edición no sería posible sin la ayuda de todos vosotros. Así que gracias a todos los lugareños y a quienes nos visitáis cada año por hacer de estas semanas un momento muy especial para todos. —Louis carraspea antes de continuar—. Y a los nuevos, espero que disfrutéis de la magia que desprenden nuestras calles.
Es bonito ver cómo todos los comerciantes han dejado de trabajar durante unos minutos para reunirse en la plaza a escuchar las palabras del alcalde. Se nota que es una persona querida y respetada. La gente de Hallstatt lo demuestra arropándole con un fuerte aplauso antes de que dé paso a mencionar las distintas categorías del certamen y a listar los puestos participantes.
A Louis Miller le encanta dejar lo mejor para el final, porque empieza con el Decorado Favorito de Santa y sigue con las categorías de moda, artesanía y restauración antes de presentar la más popular de todas: la de repostería, en la que mi familia compite como la dueña de uno de los dos comercios participantes.
—Como candidatos a Puesto Más Dulce del Año tenemos a dos grandes rivales: la familia Bäcker y los Frost. Veremos si este año los segundos son capaces de arrebatarle el puesto a los hasta ahora tricampeones invictos. ¡Y recordad que solo dura cinco días la competición!
—¡Desde luego que les ganaremos! —Mi voz sobresale de la ronda de aplausos del público. Me he dejado llevar por la emoción de volver a casa y noto por el rabillo del ojo que me he ganado una mirada de odio por parte de una muchacha que está a mi derecha, una fila por detrás. No puedo evitar soltar una risotada antes de girarme del todo hacia ella para descubrir quién ha decidido autoproclamarse como mi nueva enemiga.
Reconocería los ojos azules de Jodie Bäcker en cualquier lugar. Esos dos témpanos de hielo son capaces de atravesar a cualquiera por completo, solo que esta vez vienen dirigidos directamente a mí, acompañados de una ceja elevada y de una mueca que transmite asco y superioridad. El asco de alguien que odia las navidades, mezclado con la superioridad de quien desconoce hasta dónde va a ser capaz de llegar su rival. Y mejor que sea así, porque de esa forma me aseguro de que tengo toda la artillería guardada para el momento perfecto.
Me limpio los cristales de las gafas con la manga del jersey y me las vuelvo a poner antes de acercarme a mi rival. Cuando estoy frente a ella y es bien consciente de las dos cabezas que le saco de altura, miro hacia abajo y le espeto:
—Buena suerte en esta edición, Bäcker. Te aseguro que este año la vais a necesitar.
Jodie suelta el aire por la nariz antes de clavarme sus pupilas, con una seguridad en sí misma que muchos de mis excompañeros envidiarían, antes de responder:
—Bienvenido de nuevo a Hallstatt, Nikolas. —Su sonrisa es casi tan falsa como la nieve que decora el árbol que hay en medio de la plaza—. Lo dices como si de verdad te creyeras que los Frost tenéis una oportunidad. Me encantas.
—¿Ah, sí? —Enarco una ceja y le soy sincero, porque sé que las palabras que estoy a punto de decirle le van a romper los esquemas por completo—. Pues la verdad es que tú has crecido y estás mucho más guapa que cuando éramos pequeños, pero no sé decirte si el sentimiento es del todo recíproco.
Me froto la barbilla; disfruto de cómo se tensa y acto seguido sus mejillas se tiñen de rojo. Desde luego que ha surtido el efecto que me esperaba. Ha reaccionado de la misma forma que cuando íbamos al instituto y la sacaba de sus casillas. Con solo mirarla, la Jodie adolescente se ponía como un tomate.
Pero la Jodie de la actualidad tarda menos de un minuto en recuperarse y me vuelve a dirigir toda la rabia del mundo antes de replicar.
—Rectifico lo dicho. Me encanta que te creas un rival digno para mi familia, cuando ni siquiera eres capaz de pillar el sarcasmo.
Estupendo.
Si hay algo que me queda claro es que, si este año no ganamos a los Bäcker, al menos voy a pasármelo bien.
9 días para Navidad
Jodie
Me gusta cuando me toca el turno de por la mañana porque la mayor parte de la gente aprovecha las vacaciones para dormir, por lo que la plazoleta no empieza a llenarse hasta las doce del mediodía. No me gusta la gente. Nunca me ha gustado. Soy de esas personas que saben disfrutar de la soledad y del silencio y, a medida que avanzan las horas, aquí hay todo lo contrario.
Pero no les culpo, las navidades están para pasárselo bien. Para algunos eso es salir de casa, descubrir otros lugares, pasar el tiempo con la familia y visitar mercadillos navideños. Para mí, las navidades perfectas consisten en hincharme a galletas con leche caliente y leer libros en compañía de mi gato Thor. Él solo me mira con sus ojitos verdes y las orejas puntiagudas y, de vez en cuando, maúlla para pedirme una chuche como recompensa. El resto del tiempo se hace una rosquilla y duerme en una zona aleatoria de la cama.
Me hace gracia porque Thor es todo lo contrario a Nikolas Frost. Nik es ruidoso y busca llamar la atención; mientras que Thor prefiere que nadie le moleste y pasar desapercibido, le gusta observar desde las alturas o escondido dentro de una caja de cartón; a Nik le encanta estar metido en medio de toda la acción, como anoche cuando el alcalde dio el discurso de inauguración del mercadillo y de la competición.
Esta mañana, antes de bajar a la plazoleta desde la tienda, me aseguro de que tenemos suficiente masa de galletas para cubrir la semana. Nuestro puesto está caracterizado por una mezcla de dulces austríacos con otros más populares que suelen triunfar en todas las cafeterías. Así que, para este año, hemos optado por diferentes tipos de galletas, alguna que otra tarta y nuestras características rosquillas rellenas de manzana. Escribo una nota y la dejo pegada en la puerta del almacén para que papá la lea cuando entre esta tarde y cocine algunos postres de cara a los siguientes días. Una vez todo está en su sitio, en una nevera portátil me llevo conmigo a la caseta algunas preparaciones que ya están listas para hornear o freír.
La plazoleta está bastante tranquila, así que el silencio contrasta con el grito que doy cuando noto cómo una presencia a mis espaldas me toca el hombro mientras trato de girar la llave para abrir el candado que permite desplegar nuestra caseta.
—Menos mal que yo no era un rival digno para tu familia. —Le escucho soltar un suspiro y no puedo evitar resoplar por la nariz de la frustración en respuesta a su suficiencia—. En fin, ¿necesitas ayuda, Bäcker?
Lo cierto es que la necesito, sí. Pero reconozco la voz de Nikolas Frost antes de girarme y encontrarme con su sonrisa. Una que solo llevaría alguien que vive por y para estas fechas, una demasiado brillante que consigue sacarme de quicio con solo verla. Le odio por estar siempre tan perfectamente vestido, por ir impecable, arreglado y sin una sola arruga.
Trato de intentar abrir el candado un par de veces más, porque me niego a dejar que los Frost se sientan victoriosos ya desde el segundo día de mercadillo.
Entonces me doy cuenta del motivo. Soy idiota y estoy utilizando la llave de la puerta del almacén, que es bastante parecida a la del candado; de no ser así, ni siquiera habría entrado en la cerradura. Cuando uso la llave correcta, el candado se abre sin esfuerzo.
—Ya está. Solo ha sido una pequeña confusión.
—Estupendo. Ahora solo espero que no te ocurra con la harina y la levadura.
No me esfuerzo en darle una respuesta ingeniosa, simplemente pongo los ojos en blanco y me dispongo a encender el interruptor de las guirnaldas de luces que decoran la parte superior de la ventana de la caseta, la opuesta a donde se encuentra el expositor.
Me aseguro de que la nevera está a la temperatura correcta y enciendo la regleta de la máquina del chocolate y de la churrera eléctrica que hemos anclado en uno de los laterales. Precaliento el horno para meter las primeras bandejas de galletas. Coloco, con unas pinzas, las que han sobrado de la noche anterior en un plato para así triturarlas y reutilizarlas en otras preparaciones.
Cuando estoy cortando las porciones de las tartas para volver a guardarlas en el expositor, llegan las primeras clientas y reconozco que me sorprende un poco que sean tan amigas teniendo en cuenta que son competidoras directas de su categoría en este concurso. Supongo que no todo el mundo se lo toma tan a pecho como mi familia y la de los Frost.
—Buenos días, ¿qué os pongo?
—Una docena de churros y dos chocolates calientes, por favor. —Vicky Holz saca un billete del bolsillo del pecho de su peto y lo deja sobre el mostrador.
—Es posible que el chocolate tarde un poco en salir.
—Oh, no pasa nada, cielo. ¡Estoy justo en la caseta de al lado! Ya me encargo yo de acercárselo a Sophia sin problema. No solemos tener gente a estas horas, parece que todo el mundo llega justo a partir del mediodía.
—¡O a la hora de comer! —exclama Sophia, mientras termino de preparar los dos conos de churros espolvoreando unos toques de azúcar blanco por encima—. Me fascina cómo la gente tiene más interés en mis tejas decorativas que en llenar sus estómagos. Y oye, soy la primera que sabe lo bonitas que son, pero hay más horas en el día.
—Yo tengo la suerte de que la mayoría de la gente que viene, acaba comprando. Sí que es verdad que mucha gente aprovecha el mercadillo para comprar decoraciones específicas para sus casas o detalles para regalar en Año Nuevo. ¡Los cerditos tallados de madera están siendo todo un éxito!
—Yo creo que los kits de fundición de cera me van a salvar el mes. Espero haberlos vendido todos antes de que acabe el año.
Vicky Holz le desea suerte y me sorprende la ausencia de rivalidad entre ambas. Supongo que empatizan con la situación de la otra, ya que tiene que ser complicado llevar un negocio tú sola.
—Espero que os vaya muy bien. Tiene mucho mérito lo que hacéis —comento y ambas asienten con la cabeza—. Aquí están los churros. Os aviso cuando tenga el chocolate preparado. Le queda poco para que empiece a espesar.
—Gracias, cielo.
Cuando ambas se marchan, aprovecho para poner el chocolate blanco a derretir para usarlo en varias recetas. Me aseguro de que la chocolatera también esté preparando las bebidas correctamente y decido que, ahora que todavía no hay gente, es hora de llevar la basura a los contenedores que han habilitado en la esquina de la salida de la calle que va a dar a donde tenemos la tienda. Por lo general, solemos encargarnos de tirar las bolsas cuando acaba el turno de noche, pero es posible que papá fuera con prisas y se le pasara.
Atravieso la caseta de Vicky y saludo con un «Buenos días» a Tobias Schön, el joyero del pueblo de mediana edad que ha heredado el oficio de sus antepasados. Él me devuelve el saludo con una sonrisa tímida. No tengo mucha relación con él más allá de la cordialidad, pero conozco su historia. Al fin y al cabo, llevan toda la vida viviendo en este pueblo, al igual que nosotros.
Diría que me sorprende ver a Nikolas Frost cotilleando lo que hay en nuestro expositor cuando regreso a la caseta, pero lo cierto es que no. Incluso sospecho que está tramando algo… Algo para hacernos perder la racha de tres victorias seguidas. Le observo con los ojos entrecerrados intentando adivinar sus intenciones. Lo hago con tanta intensidad, que parece que se da por aludido, porque enseguida mira a ambos lados y da un respingo cuando me pilla con los ojos clavados en él.
—¿Qué narices haces aquí? ¿No tienes clientes que atender u otros vecinos a los que molestar?
Nik se apoya contra la pared de nuestro puesto y me mira desde arriba. Mide algo más que yo y me da rabia que la genética no haya jugado a mi favor dándole la recompensa de superarme en altura.
—Vaya, parece que alguien no ha dormido lo suficiente. ¿Quieres que te traiga un café? Invita la casa. Quizá así estés de mejor humor… —Pensaría que lo está diciendo en serio de no ser por el tono vacilón que usa. Y también por la ceja arqueada, que no para de sacarme de quicio.
—Lo único que necesito para estar de mejor humor es que desaparezcas de mi vista, Frost.
La sonrisa victoriosa que se le dibuja en la cara es casi tan odiosa como él. Disfruta de que me hayan afectado sus palabras y yo odio cómo se le marcan los hoyuelos. Le falta un gorro de elfo para ser la personificación de la Navidad. No me extrañaría encontrármelo un día enrollado en una guirnalda de luces para llamar la atención de los clientes o disfrazado con uno de esos disfraces hinchables de san Nicolás.
—Me temo que eso va a ser un poco difícil teniendo en cuenta que ambos tenemos que trabajar en la misma plaza. Pero haré lo que esté en mi mano si eso significa que dejarás de ser tan Grinch. —No me pasa desapercibido el hecho de que cuando se separa de la pared de mi caseta, le echa un vistazo rápido al interior—. Por cierto, me encanta el color de ese chocolate, va muy a juego con tu esencia. Parece que vamos aprendiendo a ser un poquito más originales.
—¿De qué narices hablas?
—De nada, ya desaparezco de tu vista. Tal y como has deseado. —El muy idiota echa a andar en dirección a la zona norte de la plazoleta, no sin antes añadir un—: ¡Nos vemos! O no. Cierto, mejor que no nos veamos.
Suelto un gruñido de frustración antes de dirigirme al interior de la caseta y poner una bolsa limpia de recambio en el cubo de basura. Cuando levanto la cabeza a la altura del expositor lo veo. El chocolate blanco que había dejado derritiendo está verde. Verde Grinch.
Maldito Nikolas Frost.
Nik
En la pausa de la comida disfruto del pescado al horno que ha preparado la abuela y sigo pensando en lo que acabo de hacer. De hecho, me quedo tan ensimismado que mi hermana tiene que pasarme la mano varias veces por delante de la cara para conseguir que vuelva al mundo real. Cuando vi a Jodie salir de la caseta no pude desaprovechar la oportunidad. Al principio tenía pensado echarle solo unas gotas de colorante, para que quedase en un tono verde pastel, apenas perceptible y sirviera para hacerla de rabiar. Pero en el último momento decidí divertirme un poco y ponerla a prueba. Al fin y al cabo, somos rivales y la rivalidad consiste en retar a tu competidor a ver hasta dónde es capaz de llegar.
No tengo ni idea de cómo saldrá del apuro la hija de los Bäcker, pero tengo curiosidad por ello. De lo que sí que estoy seguro es de que Jodie es lo suficientemente inteligente como para darle la vuelta a la veleta y que el viento sople en nuestra contra. Tengo ganas de descubrir cuál va a ser su forma de venganza. Será dulce, eso lo doy por supuesto.
Alrededor de las cuatro de la tarde, me despido de mi abuela y de la pequeña Lou, subo la cuesta en dirección a la plaza Mayor y me cruzo con Jodie en la puerta de su local. Para mi sorpresa, no baja la calle corriendo sin mirarme, sino que aminora el paso y fuerza una sonrisa. No es de felicidad, porque soy capaz de percibir la frialdad que transmite.
—Espero que tú también hayas dado algún curso de repostería creativa, Frost. Que vaya bien la tarde. Seguro que estás entretenido.
—Tienes suerte de que me encantan los retos, Bäcker. Estoy deseando probar vuestra nueva receta. —Le guiño un ojo antes de seguir cuesta arriba.
Cuando llego al mercadillo, lo primero que veo es a Sophia Dach intentando mover una enorme maceta hacia un lateral de la parte central de la caseta. Es una de sus creaciones. Cada vez que se le rompe una maceta a alguien del pueblo, ella ofrece dinero por los restos para darles una nueva vida, transformándolas en pequeños jardines, pueblecitos o terrarios.
—¿Te echo una mano? —Me agacho a su lado y le ayudo a repartir el peso. Tiene musgo artificial e incluso ha simulado una cascada que va a dar a un pequeño lago de agua real. Imagino que ha debido de utilizar una bomba para hacer que se mueva y un recipiente para evitar que el agua estropee el resto de la decoración.
—Oh, ¡hola, Nik! —exclama. Se aparta de la cara el mechón de pelo rubio que se le ha soltado de la coleta con el brazo intentando no dejar caer la maceta—. Sí, por favor. Llegas justo a tiempo para conseguir salvar mi última creación, se titula «Invierno en Hallstätter See». —Sonríe, encantada con su obra de arte—. Ten cuidado, que esto pesa muchísimo. Quería ponerla justo ahí.
Le ayudo a colocar la maceta donde me indica y suspiro de alivio cuando conseguimos que llegue intacta al suelo.
—Me voy a mi turno. ¡Nos vemos! Espero que esa maravilla consiga un hogar pronto.
—Gracias, Nik. ¡Hasta luego!
Lo veo en cuanto doy la esquina hacia la fila de casetas en la que está la que pertenece a mi familia. Es imposible no fijarse en las letras gigantes que alguien ha escrito con tiza en la pizarra en la que solemos tener la carta con los precios. Doy gracias de que mis padres estuvieran de acuerdo con mi propuesta de imprimir algunos menús plastificados para tener a disposición de nuestros clientes. También les encantó la idea de poner un código QR para que pudiesen ver nuestra cuenta de Instagram con recetas y algún que otro contenido de nuestro día a día.
Me fascina el hecho de que Jodie haya sido capaz de desviar la atención de la decoración de la caseta tan fácilmente.
Me sorprende, porque es difícil no fijarse en las guirnaldas rojas y plateadas que hay por todas partes, en la nieve artificial con la que mamá ha decorado el expositor o en los pequeños pinos y piñas artificiales que decoran cada uno de los platos. Ha dibujado un reno humanizado con la nariz roja, como la de Rudolf, y una burbuja le sale de la boca. Me ajusto las gafas para leer mejor:
«A partir de las 5 de la tarde, diseña tus propias palatschinken».
—Encima en horas puntas. Uff, vamos a tener un montón de per…
—¡Es una idea estupenda! Me encanta tener un hijo tan creativo —exclama mi madre a mis espaldas, cortándome.
