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Considerada la obra cumbre de Fredric Brown, La noche a través del espejo, recrea la alocada estructura de Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo, en un relato poicíaco donde nada es lo que parece, y que se va complicando conforme avanza la acción, repleta de ingenio y sentido del humor. El protagonista, Doc Stoeger, es un editor de un periódico semanario local de una pequeña ciudad, harto de no no haber publicado una sola exclusiva en veinterés años. La visita de un extraño personaje, que como Stoeger también es un declarado amanate de la literatura de Lewis Carroll, lo atrapa de un cadena de sucesos extraños, casi surrealistas, que pondrán en peligro su propia vida. Un final tan inesperado como sorprendente cierra una novela policíaca perfecto y extraña, rebosante de ingenio, que trasciende los límites del género negro y se ha ido convirtiendo con el tiempo en uno de los clásicos de la novela norteamericana del siglo XX.
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Seitenzahl: 305
Veröffentlichungsjahr: 2021
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La Nochea Través del Espejo
Primera edición en REINO DE CORDELIA, febrero de 2014
Título original: Night of the Jabberwock, 1950
[Edición basada en la publicada por Quill, Nueva York, en 1984]
Edita: Reino de Cordelia
www.reinodecordelia.es
Derechos exclusivos de esta edición en lengua española
© Reino de Cordelia, S.L.
C/Agustón de Betancourt, 25 -5° pta. 24
28003 Madrid
© Fredric Brown, 1950
Traducción de © Susana Carral Martínez, 2014
Prólogo: © Juan Salvador López, 2014
Cubierta: © Luis Doyague, 2014
Sobrecubierta: Ilustraciones de John Tenniel para Alicia a través del espejo (1871)
ISBN: 978-84-15973-22-5
eISBN: 978-84-18141-56-0
Depósito legal: M-2267-2014
IBIC: FFC
Diseño y maquetación: Jesús Egido
Corrección de pruebas: Pepa Rebollo
Imprime: Zamart
Impreso de la Unión Europea
Printed in E. U.
Encuadernación: Felipe Méndez
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
Fredric Brown
Traducción de Susana Carral
Prólogo de Juan Salvador
Prólogo, porJUAN SALVADOR LÓPEZ
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
por JUAN SALVADOR LÓPEZ
LA HISTORIA de La noche a través del espejo transcurre prácticamente en una noche de jueves del mes de junio en una pequeña ciudad donde nunca pasa nada. El director del periódico local desea que, por una sola vez, haya algo fresco y relevante de lo que informar. La sensación que me produce cada vez que la leo es la de entrar en un mundo paralelo que es este al mismo tiempo, “el lector llega a plantearse no ya que esas historias puedan ser reales, sino que deberían serlo, pues la vida ganaría mucho con ellas”, como dice César Mallorquí en la presentación a uno de los libros de Fredric Brown.
Fredric William Brown (1906-1972) era un hombre menudo y de salud frágil, de joven desempeñó varios trabajos y luego fue durante muchos años corrector de pruebas de imprenta en el Milwaukee Journal. Al mismo tiempo redondeaba sus ingresos con la escritura de cuentos para las revistas pulp de los años cuarenta. Hasta 1947 no publica su primera novela, La trampa fabulosa, protagonizada por Ed y Am Hunter, a los que dedicaría una serie compuesta por otras seis, y con la que gana el Premio Edgar. Durante toda su carrera literaria alternó la escritura de cuentos y novelas policíacos y fantásticos, carrera que finalizó en 1963 debido a una enfermedad.
Es autor de veintidós novelas de misterio, cinco de ciencia ficción, una autobiográfica y cientos de cuentos, algunos de ellos ultracortos, de entre una y tres páginas, en una época en que las revistas pagaban por palabras. Aunque las cifras puedan engañar, Brown es probablemente el único escritor que ha sobresalido tanto en el género negro como en la ciencia ficción. Algunos de sus cuentos y novelas se han adaptado a la televisión y al cine: en el programa de Alfred Hitchcock colaboró varias veces, Arena apareció en un episodio de Star Trek, en dos ocasiones The Screaming Mimi se ha llevado a la pantalla, existe una penosa versión de ¡Marcianos, largo de aquí!, Guillermo del Toro hizo un cortometraje con un relato suyo y a partir de sus novelas negras se han hecho varias películas en Francia.
Su obra literaria siempre ha contado con fieles lectores. En el ámbito hispano, en los años sesenta en México la colección Caimán publicó la mayoría de sus títulos policíacos y la colección Nebulae los de ciencia ficción. Ahora mismo podemos encontrar la ciencia ficción completa, cuentos y novelas, en la editorial Gigamesh. Uno de los principales impulsores de Fredric Brown ha sido Javier Coma, en la colección Black, en la Cua de Palla y también en Etiqueta Negra de Júcar, probablemente la mejor colección de género negro por su variedad y selección de novelas.
El título original de esta obra es Night of the Jabberwock (1950), que tuvo una primera traducción en Buenos Aires en 1953 como Noche de brujas, posteriormente se publicó en catalán en 1986 como Nit diabòlica y un año después salió la hasta ahora última edición, La noche a través del espejo, estas dos últimas gracias al consejo e iniciativa de Javier Coma.
La noche a través del espejo de Fredric Brown es una novela redonda, de embriagadora precisión. Por eso es complicado decir qué me gusta más de ella. La trama llena de giros y sorpresas, los tragos de whisky, la crítica a la política y al periodismo, los personajes cercanos y creíbles, el bar de Smiley, la atmósfera nocturna y onírica, el despliegue de humor y paradojas, o el juego de espejos y distorsiones con Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, de Lewis Carroll.
Brown fue un lector voraz, jugador de póquer, bebedor habitual, trabajó durante mucho tiempo en un periódico, comenzó a publicar novelas con más de cuarenta años, cuando se atascaba con una trama o buscando inspiración, cogía un autobús Greyhound y viajaba sin rumbo fijo… Muchos de sus personajes recogen varias de estas características, hombres corrientes de mediana edad que se ven envueltos en sucesos extraordinarios e inexplicables que les hacen dudar de la realidad misma, todo ello recorrido por un sentido del humor irónico y sarcástico.
Leí esta novela gracias a la recomendación de Alfonso Álvarez Lorencio, un amigo librero, insomne lector y coleccionista de ediciones de Alicia (en la colección Avatares de Valdemar hay una pequeña muestra de ilustraciones). Alfonso era un aficionado a la literatura popular y fue una de las inspiraciones para la creación de nuestra librería, Estudio en Escarlata.
Esta es una de mis novelas favoritas a pesar de los múltiples fallos y erratas que tenía la edición que leí, fruto de una traducción apresurada y de la aparente ausencia de corrector. Ahora he podido leer y comparar ambas versiones y esta que tienen en sus manos goza de la clara y diáfana traducción de Susana Carral y de los cuidados del editor Jesús Egido, con el que el autor hubiera hecho buenas migas.
Disfruten de la lectura, y las relecturas, y tomemos un trago a la salud de Fredric Brown.
JUAN SALVADOR LÓPEZ
Pentelleaba el sol y los escurrosos tovosJugoneaban aspeando la matambecida:Amagados manerían los borogovosY las cerdidas rantas pantimecían.
EN MI SUEÑO, me encontraba en medio de Oak Street en plena noche. El alumbrado público no funcionaba: sólo la tenue luz de la luna destellaba en la enorme espada que yo hacía oscilar en círculos por encima de mi cabeza mientras el jabberwock se acercaba sigilosamente. Se arrastraba sobre el vientre por la calzada, flexionando las alas y tensando los músculos a la espera de cargar contra mí por última vez; sus garras hacían contra las piedras el mismo ruido que las matrices al recorrer los canales de una linotipia. Entonces, y para mi sorpresa, habló:
—Doc. Despierta, Doc —dijo.
Una mano, y no era la de un jabberwock, me sacudía el hombro.
En vez de noche cerrada, empezaba a caer el crepúsculo y yo ocupaba la silla giratoria de mi desvencijado escritorio, desde donde miraba a Pete por encima del hombro. Pete me sonreía.
—Hemos terminado, Doc —dijo—. Falta que recortes dos líneas a la última entrada y habremos terminado. Temprano, por una vez.
Puso ante mí una galerada que sólo ocupaba el largo de un componedor. Cogí un lápiz azul y taché dos líneas, que resultaron formar una frase completa, por lo que Pete no tendría que recomponer nada.
Se acercó a la linotipia, la apagó y se hizo un silencio profundo, tanto que resultaba posible oír el goteo de un grifo situado en el rincón más alejado de la sala.
Me puse en pie y me estiré. Me sentía bien, aunque un poco atontado por haberme dormido mientras Pete componía la última entrada. Por una vez, aquel jueves el Carmel City Clarion estaba listo para entrar en prensa antes de tiempo. Claro que no incluía noticias de verdad, pero eso era lo normal.
Sólo eran las seis y media y aún no era de noche. Habíamos terminado varias horas antes de lo normal. Decidí que debíamos celebrarlo allí mismo.
Resultó que la botella de mi escritorio tenía whisky suficiente para una copa en condiciones o dos tragos cortos. Pregunté a Pete si quería uno y me dijo que no, que aún no, que prefería esperar a tomarlo en el bar de Smiley, así que me serví una buena copa, como había esperado poder hacer. Invitar a Pete no resultaba peligroso: pocas veces bebía antes de dar por terminada la jornada y, aunque mi parte del trabajo estaba hecha, a Pete aún le quedaba casi una hora de ocupación mecánica por delante.
La copa calentó una zona por debajo de mi cinturón mientras me acercaba a la ventana junto a la linotipia para mirar la calma del crepúsculo. Las luces de Oak Street se encendieron mientras permanecía allí de pie. Había soñado algo, ¿qué era?
En la acera al otro lado de la calle, Miles Harrison dudaba frente al bar de Smiley, como si se viese tentado por una jarra de cerveza bien fría. Casi podía oír cómo le funcionaba la cabeza: “No. Soy ayudante del sheriff del condado de Carmel, aún me queda trabajo por hacer esta noche y no bebo si estoy de servicio. La jarra puede esperar”.
Sí, seguramente su conciencia había ganado, porque siguió camino.
Ahora me pregunto —aunque, por supuesto, no lo hice entonces— si, de haber sabido que estaría muerto antes de la medianoche, se habría tomado la cerveza. Creo que sí. Desde luego yo me la habría tomado. Pero eso no demuestra nada, porque me la habría tomado de todos modos: nunca he tenido una conciencia como la de Miles Harrison.
A mis espaldas, en el astralón, Pete encajaba la última línea en la rama de la portada. Dijo:
—Perfecto, Doc, encaja. Esto ya está.
—Pongamos las prensas en marcha —le dije.
Aunque no era más que una frase hecha, porque sólo teníamos una prensa y no de las de rodillos, sino una Miehle plana que se movía de arriba abajo. Además, no empezaría a funcionar hasta la mañana siguiente. El Clarion es un periódico semanal que sale los viernes: el jueves por la noche lo dejamos descansar y el viernes por la mañana lo imprime Pete. La tirada no es gran cosa.
Pete preguntó:
—¿Piensas acercarte al bar de Smiley?
La pregunta era una tontería. Siempre me acerco al bar de Smiley los jueves por la noche y, normalmente, cuando termina de guardar las matrices bajo llave, Pete se acerca también, al menos un rato.
—Claro —respondí.
—Entonces te llevaré una prueba —dijo Pete.
Algo que también hace siempre, aunque yo casi nunca le dedico más que un vistazo general. Pete es un tipógrafo demasiado bueno como para cometer errores importantes y en cuanto a las erratas leves, Carmel City ni se fija.
Ya no estaba ocupado y el bar de Smiley me esperaba pero, por algún motivo, no tenía prisa en marcharme. Después de la dura jornada del jueves —que mi breve cabezada no engañe a nadie: había trabajado mucho—, resultaba agradable permanecer allí de pie, observando el crepúsculo caer sobre aquella calle tan tranquila y previendo la intensa maniobra de no hacer nada el resto de la noche, con unas cuantas copas que me ayudasen a ello.
A unos doce pasos del bar de Smiley, Miles Harrison se detuvo, se dio la vuelta y retrocedió. “Bien —pensé—, tendré un compañero en la barra”. Me alejé de la ventana y me puse chaqueta y sombrero. Dije:
—Te veo luego, Pete.
Bajé las escaleras y salí al cálido atardecer de verano.
Me había equivocado con Miles Harrison: ya estaba saliendo del bar de Smiley —demasiado pronto hasta para un trago rápido— mientras abría una cajetilla recién comprada. Me vio, me saludó y se quedó esperando frente a la puerta del bar, encendiendo un pitillo al tiempo que yo cruzaba la calle.
—Tómate algo conmigo, Miles —sugerí.
Negó con la cabeza, fastidiado.
—Ojalá pudiera, Doc, pero tengo que ocuparme de un asunto un poco más tarde. He de ir a Neilsville con Ralph Bonney a buscar el dinero de sus nóminas.
Eso ya lo sabía yo. En una población pequeña todo el mundo se entera de todo.
Ralph Bonney era el dueño de la Compañía Pirotécnica Bonney, situada a las afueras de Carmel City. Fabricaba fuegos artificiales, sobre todo grandes castillos para ferias y exhibiciones municipales, que se vendían por todo el país. Desde principios de año hasta el 1 de julio solían trabajar en turnos de noche y de día para cubrir la demanda del 4 de julio.
Ralph Bonney tenía algo en contra de Clyde Andrews, presidente del Carmel City Bank, y efectuaba sus operaciones bancarias en Neilsville. Todos los jueves, bien entrada la noche, se acercaba hasta Neilsville, donde abrían el banco y le daban el dinero en efectivo necesario para abonar la nómina de su turno de noche. Miles Harrison, ayudante del sheriff, lo acompañaba para protegerlo.
A mí siempre me había parecido una tontería, porque la nómina del turno de noche sólo ascendía a unos pocos miles de dólares y Bonney podía retirarlos junto con el dinero necesario para abonar la nómina del turno de día y guardarlos durante unas horas en su oficina; pero así era como hacía él las cosas.
—Ya lo sé, Miles —dije—. Aunque para eso faltan varias horas y una copa no te hará daño.
Sonrió.
—No, pero probablemente luego me tomaría otra porque la primera no me hizo daño. Por eso respeto la norma de no tomar ni una sola copa hasta que termina mi turno, de lo contrario estoy perdido. Gracias de todos modos, Doc, la tomaremos otro día.
Tenía razón, pero ojalá no hubiese dicho nada. Ojalá me hubiera permitido invitarle a un trago… o a varios, porque eso de dejarlo para otro día no le servía de nada a un hombre que iba a ser asesinado antes de la medianoche.
Aunque, como entonces no lo sabía, no insistí. En cambio dije:
—De acuerdo, Miles. —Y le pregunté por sus hijos.
—Los dos están bien. Tienes que venir un día a vernos.
—Sí —respondí, y entré en el bar.
Smiley Wheeler, grande y calvo, se encontraba solo. Al verme entrar, sonrió y dijo:
—Hola, Doc. ¿Cómo va el negocio de la prensa?
Luego se rió como si hubiera dicho algo terriblemente gracioso. Smiley no tiene ni el más mínimo sentido del humor pero alberga la idea equivocada de que lo oculta riéndose de casi todo lo que dice u oye decir.
—Smiley, eres como un grano.
A Smiley se le pueden decir verdades como esa: por muy en serio que hables, cree que estás bromeando. Si se hubiese reído, le habría dicho dónde situaba yo el grano; pero por una vez no se rió.
—Me alegro de que hayas venido pronto, Doc. Esta tarde es un aburrimiento.
—En Carmel City todas las tardes son un aburrimiento. Y generalmente me gusta así. Pero, por Dios, si por una vez ocurriese algo un jueves por la noche… Me encantaría. Por una vez en mi prolongada carrera, me gustaría contar con una noticia fresca que ofrecer a un público deseoso de informarse.
—Pero Doc, nadie busca noticias frescas en un semanario local.
—Ya lo sé —respondí—. Por eso me gustaría dar la sorpresa una vez. Llevo veintitrés años dirigiendo el Clarion. Una noticia fresca. ¿Es tanto pedir?
Smiley frunció el ceño.
—Ha habido un par de robos. Y un asesinato… hace unos años.
—Ya —dije—. ¿Y qué? Uno de los obreros de la pirotécnica de Bonney se emborrachó, discutió con otro y le pegó con demasiada fuerza en medio de la pelea. Eso no es asesinato, es homicidio. Además, ocurrió un sábado y el viernes siguiente, cuando salió el Clarion, ya era agua pasada, todo el mundo se había enterado.
—Pero compran tu periódico de todos modos, Doc. Buscan sus nombres por haber asistido a reuniones de la Iglesia y para saber quién vende una lavadora de segunda mano y… ¿quieres una copa?
—Ya iba siendo hora de que uno de los dos lo propusiera —dije.
Me sirvió un trago y, para no dejarme beber solo, él se sirvió medio. Nos los bebimos y yo le pregunté:
—¿Crees que Carl vendrá esta noche?
Me refería a Carl Trenholm, el abogado, que es el mejor amigo que tengo en Carmel City y uno de los tres o cuatro que juegan al ajedrez y con los que se puede mantener una conversación interesante sobre temas que no estén relacionados con las cosechas o la política. Carl solía aparecer por el bar de Smiley los jueves, sabiendo que yo paraba allí para tomarme algo después de haber dejado listo el periódico.
—No lo creo —respondió Smiley—. Carl se pasó aquí casi toda la tarde y salió con una buena tajada. Tenía algo que celebrar. Había ido temprano al Juzgado y ganado el caso. Supongo que habrá ido a casa, a dormirla.
—Vaya, podía haber esperado un poco y lo habría ayudado. Oye, Smiley, ¿dices que Carl celebraba que había ganado el caso? A menos que hablemos de cosas distintas, que yo sepa, lo perdió. ¿Te refieres al divorcio de Bonney?
—Sí.
—Pero Carl representaba a Ralph Bonney y la mujer de Bonney consiguió el divorcio.
—¿Eso es lo que vas a sacar en el periódico, Doc?
—Claro —respondí—. Es lo más parecido a una buena historia que tengo esta semana.
Smiley negó con la cabeza.
—Carl me comentó que esperaba que no lo incluyeras, o al menos que sólo fuera una breve nota diciendo que ella había conseguido el divorcio.
—No lo entiendo, Smiley. ¿Por qué? ¿Y cómo es que Carl no perdió el caso?
Smiley se inclinó hacia mí por encima de la barra, confidencialmente, aunque en el bar sólo estábamos él y yo. Me dijo:
—Verás, Doc: Bonney quería el divorcio. Su mujer era una bruja. Pero no tenía motivos para solicitarlo él, al menos ninguno que deseara comentar ante el tribunal, ¿entiendes? Así que compró su libertad. Le ofreció una compensación si era ella quien pedía el divorcio y se declaró culpable de los cargos que ella presentó contra él. ¿Quién te dio tu versión de la historia?
—El juez —respondí.
—Él sólo vio la parte externa del asunto. Carl dice que Bonney es un buen tipo y que las acusaciones de crueldad no son más que una sarta de mentiras. Jamás le puso la mano encima. Pero la mujer era semejante infierno que Bonney habría admitido cualquier cosa con tal de librarse de ella. Y encima la compensó con cien mil de los grandes. A Carl le preocupaba el caso porque pensaba que nadie iba a tragarse las acusaciones de crueldad.
—Vaya, pues no es esa la impresión que va a dar en el Clarion —dije.
—Carl comentó que sabía que no podías contar la verdad, pero que esperaba que no le dieras mucha importancia. Que te limitaras a decir que la señora Bonney había conseguido el divorcio y recibido una compensación económica, sin mencionar las acusaciones de crueldad.
Pensé en mi única noticia verdadera de la semana y en el cuidado con el que había enumerado todas y cada una de las acusaciones que la mujer de Bonney había realizado y gemí al pensar que tendría que reescribir el artículo, o abreviarlo. Ahora que sabía la verdad, tendría que acortarlo.
—Maldito sea Carl. ¿Por qué no vino a verme y me lo contó antes de que escribiera el artículo y dejase listo el periódico? —pregunté.
—Lo pensó, Doc. Pero decidió que no quería aprovechar vuestra amistad para influirte sobre cómo enfocar una noticia.
—¡Será idiota! —exclamé—. Le hubiese bastado con cruzar la calle.
—Carl dijo que Bonney es muy buena gente y que saldría perjudicado si publicabas esas acusaciones, teniendo en cuenta que no son ciertas y que…
—No hace falta que insistas —interrumpí—. Cambiaré el artículo. Si Carl dice que es así, yo le creo. No puedo decir que las acusaciones eran falsas, pero sí puedo omitirlas.
—Sería un detalle por tu parte, Doc.
—Y tanto. Bueno, sírveme otro trago, Smiley, y cruzaré a solucionarlo antes de que Pete se marche.
Me lo tomé mientras me maldecía a mí mismo por ser lo bastante pardillo como para estropear la única noticia digna de mención que tenía, pero sabiendo que debía hacerlo. No conocía demasiado a Bonney, sólo de saludarnos por la calle, pero a Carl Trenholm lo conocía lo suficiente como para estar totalmente seguro de que si él decía que Bonney era legal, el artículo, tal y como yo lo había escrito, no le hacía justicia. Y a Smiley lo conocía de sobra para saber que no me había mentido sobre lo dicho por Carl.
Así que crucé la calle y subí las escaleras hasta la oficina del Clarion refunfuñando. Pete estaba apretando la rama alrededor de la portada.
Aflojó las cuñas cuando le dije lo que teníamos que hacer y yo rodeé la platina para volver a leer el artículo, al revés, claro, como se lee siempre en estos casos.
Dejaría el primer párrafo como estaba y eso sería toda la historia. Le dije a Pete que se cargase el resto y yo me fui a la caja y monté un breve titular en cuerpo 10 (“Concedido el divorcio Bonney”) para sustituir al titular en cuerpo 24 que llevaba el artículo más largo. Le entregué el componedor a Pete y lo observé mientras cambiaba los titulares.
—Nos deja un hueco de unos veinte centímetros en la página. ¿Qué metemos? —dijo.
Suspiré.
—Algo de relleno. No en primera, pero tendremos que coger alguna cosa de la página cuatro que podamos pasar a la portada y luego meter veinte centímetros de relleno en el sitio que deje libre.
Recorrí la pletina en busca de la página cuatro y cogí un tipómetro para medir. Pete se acercó al chibalete y sacó una galerada de material de relleno. Casi lo único que podía encajar por tamaño era la noticia que me había proporcionado Clyde Andrews, banquero de Carmel City y figura prominente de la Iglesia Baptista local, sobre el rastrillo benéfico que la iglesia pensaba hacer el martes por la tarde.
No es que fuera una noticia de relevancia extraordinaria, pero ocuparía el espacio adecuado si la recomponíamos en sangrado para que cupiera en una columna. Además, tenía muchos nombres y mucha gente se pondría contenta si la pasaba a la primera página, sobre todo Clyde Andrews.
Así que eso fue lo que hicimos. Pete la recompuso para que entrase en una columna de portada mientras yo cubría el hueco de la página cuatro con noticias de relleno y volvía a cerrar la página. Cuando terminé, a Pete sólo le quedaba completar la portada y decidí esperarlo para ir juntos al bar de Smiley.
Mientras me lavaba las manos pensé en mi gran reportaje de portada y me acordé de Primera plana, la obra de teatro escrita por Ben Hecht y Charles MacArthur.
Ahora sí que necesitaba una copa.
Pete empezaba a preparar una prueba y le dije que no se molestase. Tal vez los clientes leyesen la primera plana, pero yo no pensaba hacerlo. Y si aparecía un titular del revés o un párrafo moteado, seguramente parecería una mejora.
Pete se aseó y cerró la puerta con llave. Aún era temprano para un jueves: las siete pasadas. Por tanto, debería sentirme muy contento y probablemente así sería si tuviésemos un buen periódico. Me preguntaba si el que acabábamos de terminar sobreviviría hasta la mañana siguiente.
Smiley tenía un par de clientes más a los que estaba atendiendo, pero como yo no me encontraba de humor para esperar a que Smiley acabase, pasé al otro lado de la barra, cogí la botella de Old Henderson y dos vasos y lo llevé todo a una mesa, para Pete y para mí. Smiley y yo nos conocemos muy bien, por eso no le parece mal que me sirva cuando me convenga y luego haga cuentas con él.
Serví las copas. Bebimos y Pete dijo:
—Bueno, una semana más, Doc.
Me pregunté cuántas veces habría dicho lo mismo en los diez años que llevaba trabajando para mí y luego empecé a pensar en cuántas veces lo habría pensado yo, que vendrían a ser…
—¿Cuánto es cincuenta y dos por veintitrés, Pete?
—¿Cómo? Un montón. ¿Por?
Yo mismo hice el cálculo.
—Cincuenta por veintitrés da mil ciento cincuenta. Si le sumamos veintitrés por dos tenemos mil ciento noventa y seis. Pete, he dejado listo ese periódico un jueves en mil ciento noventa y seis ocasiones y ni una sola vez llevaba una noticia fresca e importante de verdad.
—No estamos en Chicago, Doc. ¿Qué quieres? ¿Que haya un asesinato?
—Me encantaría que hubiera un asesinato —respondí.
Habría tenido gracia que Pete me dijera: “Doc ¿qué te parecerían tres en una misma noche?”.
Pero, por supuesto, no lo hizo. Aunque en cierto modo dijo algo aún más gracioso.
—¿Y si fuera un amigo tuyo? Digamos que tu mejor amigo. Carl Trenholm. ¿Querrías que lo mataran para que el Clarion saliese con una noticia impactante?
—Claro que no —respondí—. Preferiría que fuera alguien totalmente desconocido, si es que hay alguien en Carmel City a quien no conozca. Llamémosle Yehudi.
—¿Quién es Yehudi? —preguntó Pete.
Lo miré para ver si estaba de broma y me pareció que no, así que se lo expliqué:
—El hombrecillo que no estaba allí. ¿No recuerdas el poema?
En la escalera a un hombre vi,Un hombrecillo que no estaba allí.Hoy tampoco estaba:¡Cómo me gustaría que se marchara!
Pete se rió.
—Doc, cada día estás más loco. ¿También es de Alicia en el país de las maravillas, como el resto de las cosas que citas cuando bebes?
—No, esta vez no. Pero ¿quién dice que cito a Lewis Carroll sólo cuando bebo? Puedo citarlo ahora y casi no he empezado. Mira, como le dijo la Reina Roja a Alicia, “hay que beber mucho para permanecer en el mismo sitio”. Pero si me escuchas, citaré algo que merece realmente la pena:
Pentelleaba el sol y los escurrosos tovosJugoneaban aspeando la matambecida:
Pete se puso en pie.
—Es el Jabberwocky de Alicia a través del espejo —dijo—. Me lo has debido de recitar unas cien veces, Doc. Ya casi me lo sé. Bueno, ahora he de irme. Gracias por la copa.
—Está bien, Pete, pero no olvides una cosa.
—¿El qué?
Y dije:
“¡Hijo, huye del jabberwock que ataca!¡Sus mandíbulas muerden, sus garras atrapan!Cuidado con el pájaro Yab-yab y escapaDel frumioso…”
Smiley me llamaba desde donde estaba el teléfono y recordé que lo había oído sonar medio minuto antes. Smiley gritó:
—Te llaman al aparato, Doc. —Y se rió como si fuera lo más gracioso que había ocurrido en mucho tiempo.
Me levanté y me dirigí al teléfono, mientras daba las buenas noches a Pete.
Cogí el auricular y le dije: “¿Diga?”. Él me contestó: “¿Oiga?”. Luego continuó: “¿Doc?”.
—Sí, soy yo —respondí.
—Soy Clyde Andrews, Doc. —Su voz rezumaba tranquilidad—. Esto es un crimen.
Pete debía estar ya en la puerta; eso fue lo primero que pensé. Dije:
—Espera un segundo, Clyde. —Y tapé el auricular con la mano mientras gritaba—: ¡Oye, Pete! —Estaba en la puerta, pero se giró—. ¡No te vayas! —grité de manera que se oyó en todo el local—. ¡Se ha cometido un crimen y tenemos que rehacer el periódico!
En el bar de Smiley se hizo el silencio. La conversación entre los otros dos clientes se cortó en medio de una palabra y ambos se giraron para mirarme. Pete también me miraba desde la puerta. Smiley, con una botella en la mano, se volvió hacia mí y ni siquiera sonreía. De hecho, mientras me disponía a atender de nuevo el teléfono, se le cayó de la mano e hizo un ruido al golpear el suelo que me obligó a cerrar la boca de golpe, para que el corazón no saliera por ella. El golpe de la botella contra el suelo había sonado como un disparo de revólver.
Esperé hasta que pude hablar sin tartamudear demasiado, levanté la mano del auricular y dije con calma, o casi:
—Está bien, Clyde, cuenta.
“¿Quién eres, anciano?”, quise saber,“¿Y cómo la vida te ganas?”.En mi cabeza su respuesta se fue a meterComo a través de un colador las aguas.
—YA HABÉIS ENTRADO EN PRENSA, ¿verdad, Doc? —preguntó la voz de Clyde—. Seguro que sí, porque antes intenté localizarte en la oficina, pero luego alguien me dijo que si no estabas allí estarías en el bar de Smiley, aunque eso querría decir que habíais cerrado la…
—No importa. Cuenta —le dije.
—Sé que es un crimen, Doc, pedirte que cambies una noticia cuando tienes el periódico listo para imprimir y ya no estás en la oficina, pero han cancelado el rastrillo benéfico que íbamos a celebrar el martes. ¿Estás a tiempo de cargarte la noticia? De lo contrario, la leerá mucha gente que el martes por la noche se acercará hasta la iglesia y se llevará una decepción.
—Sin duda, Clyde —respondí—. Me ocuparé de todo.
Colgué. Regresé a la mesa y me senté. Me serví un whisky y, cuando Pete se acercó, le serví otro a él.
Me preguntó de qué iba la llamada y se lo conté.
Smiley y sus otros dos clientes seguían mirándome pero no dije nada hasta que Smiley comentó en voz alta:
—¿Qué ha pasado, Doc? ¿No habías dicho algo de un crimen?
—Sólo era una broma, Smiley —dije.
Se rió. Vacié mi vaso y Pete el suyo.
—Ya sabía yo que eso de acabar temprano tendría su pega. Ya estamos otra vez con un hueco de veinte centímetros en la portada. ¿Con qué lo llenamos? —dijo Pete.
—No tengo ni idea —respondí—. Pero esta noche vamos a dejarlo. Mañana por la mañana vendré a la misma hora que tú y ya se me ocurrirá algo.
—Eso dices ahora, Doc. Pero si mañana no apareces a las ocho ¿qué hago yo con un hueco en el periódico?
—Tu falta de fe en mí me espanta, Pete. Si te digo que vengo mañana, vendré. Probablemente.
—¿Y si no?
Suspiré.
—Puedes hacer lo que tú quieras.
Sabía que a Pete se le ocurriría algo si yo no aparecía. Sacaría alguna cosa de una página interior y taparía el nuevo hueco con un recurso para suscriptores o cualquier otro material de relleno. Quedaría fatal porque ya habíamos metido un anuncio para suscriptores y demasiado material de relleno, esos artículos pequeños que nos cuentan el número de tablas que pueden salir de una secuoya y la tasa actual de las manufacturas de lisa en el valle del Éufrates. No está mal en dosis pequeñas, pero cuando se le da mucho espacio…
Pete dijo que debía irse y se fue. Lo miré mientras se alejaba, envidiándolo un poco. Pete Corey es un buen tipógrafo y le pago casi tanto como cobro yo. Trabajamos casi el mismo número de horas, pero yo soy quien debe preocuparse cuando es necesario preocuparse, algo que ocurre la mayor parte del tiempo.
Los otros clientes de Smiley se marcharon nada más salir Pete y, como no me apetecía quedarme solo en la mesa, me llevé la botella a la barra.
—Smiley ¿te interesaría comprar un periódico? —pregunté.
—¿Qué? —se rió—. ¿Me tomas el pelo, Doc? Si no sale de prensa hasta mañana a mediodía.
—Cierto, pero esta semana merecerá la pena esperar. No te lo pierdas, Smiley. Aunque no me refería a eso.
—¿Eh? Ah, te referías a si quiero comprar el periódico. Me parece que no, Doc. No creo que se me diera bien. Para empezar, lo mío no es la escritura. Pero ¿no me dijiste el otro día que Clyde Andrews estaba interesado en comprarlo? ¿Por qué no se lo vendes a él, si quieres venderlo?
—¿Quién demonios ha dicho que quiero venderlo? Sólo he preguntado si tú estarías interesado en comprarlo.
Smiley parecía desconcertado.
—Doc —dijo—, nunca sé cuándo hablas en serio o en broma. ¿De verdad quieres vender?
—Lo he estado pensando —respondí despacio—, y no lo sé, Smiley. En este momento, me siento tentado. Creo que si me cuesta dejarlo es porque antes me gustaría sacar un buen número. Sólo pido un buen número en veintitrés años.
—Si lo vendieras ¿qué harías?
—Creo que pasaría el resto de mi vida sin dirigir un periódico.
Smiley decidió que ésa era otra de mis bromas y volvió a reírse. Se abrió la puerta y dejó paso a Al Grainger. Saludé con la botella, se acercó a mi lugar de la barra y Smiley sacó otro vaso y un vasito de agua. Al siempre necesita un vasito de agua.
Al Grainger es un joven mequetrefe —sólo tiene veintidós o veintitrés años—, pero es uno de los pocos jugadores de ajedrez de la zona y uno de los aún más escasos que entienden mi entusiasmo por Lewis Carroll. Además, va camino de convertirse en el hombre misterioso de Carmel City. Aunque no hace falta ser demasiado misterioso para alzarse con semejante distinción.
—Hola, Doc. ¿Cuándo vamos a jugar otra partida de ajedrez? —preguntó.
—No hay mejor momento que el presente, Al. ¿Aquí y ahora?
Smiley guardaba las piezas a mano para sus clientes raros, como Al Grainger, Carl Trenholm y yo. Cuando se las pedíamos, las sacaba y manipulaba como si le fueran a explotar. Al negó con la cabeza.
—Ojalá tuviera tiempo, pero tengo trabajo que hacer en casa.
Le serví whisky, aunque derramé un poco por fuera al intentar llenarle el vaso. Negó con la cabeza lentamente:
—El Caballo Blanco se desliza por el atizador. No guarda bien el equilibrio —dijo.
—Sólo voy por la segunda casilla. Pero el próximo avance será mayor. No olvides que a la cuarta voy en tren.
—Pues no lo hagas esperar, Doc, que cada nube de humo cuesta mil libras.
Smiley miraba primero a uno y luego al otro.
—¿De qué demonios habláis? —quiso saber.
No servía de nada intentar explicárselo. Lo señalé con el dedo y dije:
—Arrastrándose a tus pies podrás ver una mosca de pan con mantequilla. Tiene por alas finas rebanadas de pan con mantequilla, por cuerpo una corteza y por cabeza un terrón de azúcar. Y se alimenta de té con leche poco cargado.
—Smiley, se supone que debes preguntarle qué ocurre si no lo encuentra —dijo Al.
—Entonces yo responderé que, por supuesto, morirá, tú comentarás que eso debe ocurrir muy a menudo y yo afirmo que siempre.
Smiley volvió a mirarnos mientras negaba lentamente con la cabeza. Dijo:
—Estáis como cabras.
Luego se fue al otro extremo de la barra para fregar y sacar brillo a unos cuantos vasos.
Al Grainger sonrió de oreja a oreja.
—¿Qué planes tienes para esta noche, Doc? —preguntó—. Tal vez pueda jugar contigo una o dos partidas más tarde. ¿Estarás en casa y despierto?
Asentí.
—Me estaba mentalizando para volver a pie. Cuando llegue, leeré un rato. Y me tomaré uno o dos tragos más. Si vienes antes de la medianoche, estaré lo bastante sobrio como para jugar. Al menos lo bastante sobrio como para ganarle a un joven novato como tú.
Eso último era tan claramente falso que podía decirlo sin miedo: Al llevaba un año o más ganándome dos partidas de cada tres. Se rió y me dedicó esta cita:
“Eres viejo, padre William —el joven dijo—,Y tu pelo muy blanco se ha vuelto,Sin embargo te gusta hacer el pino¿Crees que a tu edad eso es correcto?”.
Y como Carroll tenía la respuesta a esa pregunta, yo también:
“Cuando era joven —respondió el padre al hijo—,Temía que me dañase el cerebro,Pero ahora que sé que no tengo, y es fijo,Lo hago siempre que quiero”.
—Tal vez tú sí tengas cerebro, Doc, pero dejemos de alternar versos antes de que llegues al “¡Lárgate si no quieres que te eche escaleras abajo!”, porque he de irme ya —dijo Al.
—¿Y un trago más?
