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Una mujer, señora, ha sido toda su vida una gran lectora, "soy producto de mis lecturas", suele decir. Hoy, postrada en cama por la enfermedad y la vejez y sin fuerzas para sostener un libro en las manos, contrata a un joven lector para dedicarse a leer para ella nuevos libros y releerle viejas lecturas que la llenan de recuerdos y de vida, con el cual establece una extraña relación.
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Seitenzahl: 389
Veröffentlichungsjahr: 2020
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SERIE NARRATIVA
LA OSCURIDAD QUE NOS LLEVA
TULIO ESPINOSA
Y después de ir
con los ojos cerrados
por la oscuridad que nos lleva
abrir los ojos y ver
la oscuridad que nos lleva
con los ojos abiertos
y cerrar los ojos.
Gonzalo Millán
© Tulio Espinosa
Inscripción Nº 227.375
I.S.B.N. 978-956-260-636-3
© Editorial Cuarto Propio
Valenzuela Castillo 990 / Providencia / Santiago de Chile
Fono / fax: (56-2) 2792 6518 / 2792 6520
Web: www.cuartopropio.cl
Fotografía portada: Jorge Brantmayer, Woman reading by a window de
Julius Garibaldi Melchers (1860-1932)
Producción general y diseño: Rosana Espino
Impresión: Dimacofi
IMPRESO EN CHILE / PRINTED IN CHILE
1ª edición, abril de 2013
Queda prohibida la reproducción de este libro en Chile
y en el exterior sin autorización previa de la Editorial.
Este libro contó con el respaldo del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes a través de la Beca de Creación.
1
–Rosario mantuvo la puerta de par en par mientras el muchacho apoyaba la bicicleta en los peldaños que subían desde el jardín hasta la cocina, y lo dejó entrar con el canasto repleto de tarros, paquetes de tallarines, verduras y botellas. Dando un bufido, depositó su carga sobre el mármol de la mesa. Y al verlo quedarse con los ojos fijos en el vapor de la cacerola después de vaciar el canasto pausadamente, Rosario adivinó que algo le sucedía, que tal vez quisiera pedirle un favor o hacerle una confidencia, ya que había desaparecido su habitual atolondramiento de pequeño coleóptero oscuro y movedizo. Entre todos los muchachos que repartían las provisiones del Emporio Fornino, la cocinera, de ordinario seca y agria, siempre prefirió a éste, por ser el único que se mostraba consciente del vínculo que la unía al Emporio. A pesar de su larga viudez nada halagaba tanto a Rosario como que se la considerara unida aún a tan prestigiosa institución, ya que Fructuoso Arenas había sido empleado de Fornino antes de casarse con ella y pasar a ser jardinero de misiá Elisa Grey de Abalos.
“¿Qué le pasa, Ángel?”
Ángel recorrió la cocina enorme con la vista ensombrecida, paseándola lentamente por el escuadrón de ollas y frascos en orden perfecto...
El Lector se detiene. Tras cerrar el libro se reclina en la butaca y masajea suavemente sus sienes con la punta de los dedos. La Señora se ha dormido. Siempre igual. Mientras él lee no se detiene a mirarla, pero cuando siente perderse el eco de su voz en los rincones de la habitación en penumbras comprende que lee solo para sí. Con movimientos pesados apaga la lámpara del velador y entreabre la cortina de la ventana, largo rato contempla las luminarias de la calle envueltas en móviles hilachas de neblina. Será tarde, las once o las doce, ni un ruido llega de los alrededores ni de la planta baja. Hundido en el silencio que lo rodea como un vaho cierra los ojos y deja caer la cortina, se alisa el pelo y de nuevo se masajea las sienes con aire fatigado. Cuidando de no hacer ruido deposita cautelosamente el libro sobre la cubierta del velador y, luego de coger su abrigo y bufanda del respaldo de la butaca, abandona el dormitorio en puntas de pie.
La gruesa alfombra del pasillo tamiza sus pasos. Antes de descender la escalera se detiene y procura aflojar los músculos de su espalda. Durante los dos últimos años ha aprendido a desplazarse en la penumbra, sabe cuándo estirar el brazo para asir el pasamano, conoce al dedillo el ancho y alto de los escalones y el punto exacto de la curva del descanso, de manera inconsciente va contando las gradas hasta llegar al primer piso. Durante dos años el mismo trayecto. Subir la escalera, saludar a la Señora, intercambiar con ella palabras de rutinaria cortesía y acomodarse junto a su cama en la butaca de todos los días. Afable, delicada, siempre discreta, evitando a todas luces no invadir su territorio personal, la Señora lo interroga, como si se tratara de un asunto de vida o muerte, sobre lo que acontece o pueda suceder extramuros. Todo lo pregunta, con los ojos muy abiertos, quiere saberlo todo, todo le interesa, el estado del tiempo, por ejemplo, si llueve o ha llovido o si el cielo está apenas encapotado como le ha parecido entrever a través de los postigos a medio cerrar de la ventana; si hace calor o frío, si el viento sopla en la calle y agita las ramas de los árboles de la avenida y si acaso la bruma o la niebla envuelven las esquinas. Cada cierto tiempo la Señora le pide describir, por ejemplo, de qué manera los nuevos edificios alteran el paisaje citadino y la perspectiva que abren las nuevas avenidas del barrio alto, como dice ella, su altura y forma, y cómo el sol y las luces se reflejan en los muros de cristal. También suele despertar su curiosidad el cambio de las estaciones, cómo el verano y el invierno influyen en las variaciones, colores y novedades de la moda, si acaso en primavera se ve pasear a mujeres solas y si los jóvenes se acarician y besan en las esquinas, en los escaños del parque o en vagones del Metro. Esa es una costumbre nueva, dice, propia de estos tiempos, antes era considerada de pésimo gusto, un ultraje al decoro, decía mi mamá, y si alguna vez llegaba a ver un espectáculo así apenas entraba en la casa ponía el grito en el cielo. Y con un interés muy especial pregunta cómo actúan, cómo se comportan las personas mayores, maduras, viejas, no sé cómo decirlo, dice, en las plazas, avenidas, en bares y fuentes de soda, si muestran una actitud alegre, despreocupada o al revés, se ven más bien tristes, apesadumbradas, indiferentes, si suelen adoptar ademanes descomedidos o aparecen ingrávidas, afables, sonrientes, contentas de sobrellevar la vida. La vejez, sentencia para justificar su curiosidad, es impredecible.
Pero más allá de estas interrogantes el mayor motivo de interés de la Señora es el mundo de los libros. Con insistencia machacona pide describir el tamaño y formato de las nuevas ediciones, su encuadernación, tipografía y la clase de papel más usada; también el diseño, tipo, estilo de ilustración y colorido de las portadas; qué dicen los resúmenes de las solapas y contraportadas y cómo los disponen y ordenan en los mesones, anaqueles y vidrieras de las librerías. Claro, quiere también saber el tipo, la clase de libros que más se vende, los temas que más atraen los lectores de hoy, los más comentados en diarios, revistas, suplementos especializados y a su juicio, a juicio de él, el Lector, cuáles vale o no la pena leer. A pesar, suele sentenciar la Señora, que los autores de hoy, mire, nada me dicen, nada novedoso, no tratan los grandes temas del hombre, son huecos, vanos y superficiales, nada que despierte mi interés, y para más remate se limitan a reflejar en lenguaje ultra convencional la ambigüedad y mal gusto que caracteriza los tiempos que corren, como si se tratara de los más importantes de la historia. No, suele concluir tajante, por nada del mundo modificaría mis hábitos de lectura.
Al Lector, por su parte, más allá de leerle diariamente en voz alta, le es cada vez más difícil satisfacer tanta inquietud. Hace años que los libros dejaron de interesarle, ya casi no lee y tampoco se pregunta la causa, para nada se le ocurriría asomar la nariz en una librería como solía hacerlo, por el contrario, su mayor preocupación es sacarle el cuerpo a cierta nostalgia por su amor a la lectura perdido en la nada. Pero como al fin de cuentas debe satisfacer la curiosidad de la Señora, no tiene el más mínimo empacho en inventar sobre la marcha autores y títulos recién aparecidos, temas, historias, argumentos, hasta ha tenido el desparpajo de contarle libros que nunca existieron y cuya lectura, según le dice, lo apasionó y, más encima, que tuvieron la virtud de despertar el éxtasis de críticos y comentaristas y se venden como pan caliente. Tampoco se le pasaría por la mente reparar en la gente que pasa junto a él en la calle, se cruza en su camino o se sienta junto a él en el café, lo que no le impide improvisar sin escrúpulos personajes, facciones, hábitos, rostros, peinados, vestimentas, ni deja de describir con lujo de detalles cómo las personas se comportan, cómo ríen o gesticulan, qué comen o beben y de qué manera su expresión refleja indiferencia, desinterés, amistad o desafecto.
Todo esto suele hacer a diario. Todo esto es lo que ahora, de manera absolutamente impensada, forma parte de su vida; jamás habría cruzado por su mente de niño o adolescente la idea de semejante destino para él, compenetrarse hasta tal punto de la existencia de una persona sin otra relación que la resonancia de una voz –la propia– y la fugaz visión de una mirada expectante de la oyente en los breves momentos en que suspende la lectura. Durante dos años ha sido testigo de las mudanzas de la Señora, ha visto debilitarse sus movimientos, consumirse su cuerpo, decaer su voluntad, ha escuchado el monótono relato de sus recuerdos en un inagotable discurso que brota del fondo de su mente y parece ser lo único que conserva capaz de expresarse en una nube difusa, cada vez más distante de la realidad cotidiana. En el caso de las lecturas, por ejemplo, tema recurrente en su conversación, la segura preferencia que expresaba en los primeros meses ha perdido su brújula, con aire indiferente suele ahora descargar en él el peso de elegir tras pedirle escarbar en el alto de volúmenes que alguien cambia y reordena a diario en la mesa dispuesta para ese efecto al pie de la cama. Esa misma mañana, por ejemplo, en cuanto él entró en la habitación y luego de saludarlo con una afable venia, le señaló con gesto vago la columna de libros.
–Hemos terminado a Proust –dijo–. Porque lo terminamos, ¿no? ¿Ayer? Anteayer. Qué lástima. Seguiría leyéndolo por los siglos de los siglos, pero volveremos a él en cualquier momento, ¿no le importa?, una y otra vez, una y otra vez. Vea ahí, por favor, en ese montón, escoja cualquiera, deberemos empezar uno nuevo, el que mejor le parezca.
Tras escarbar con aire displicente el Lector sopesó los títulos.
–Buena selección –dijo–, me gustaría saber quién la hace. Bueno sí, podría ser cualquiera, pero dígame, ¿qué prefiere?
Una vez más cuando ahora último se trata de decidir qué leer la Señora guardó silencio. El Lector tomó un volumen al azar y lo exhibió con ademán algo teatral.
–¿Éste? ¿Donoso? ¿Le parece bien Donoso?
–Sí, está bien, me parece bien –la Señora sonríe con simpatía y un aire algo indiferente–. Coronación, si no me equivoco. Recuerdo muy bien la portada, esa vieja casona a punto de derrumbarse. Lo leí cuando recién apareció el año, el año… bueno, no recuerdo el año, pero qué importa, ¿no?, siempre he pensado que vale la pena releer los libros que nos sedujeron, sin ir más lejos ahí tiene el caso de Proust, con usted es tercera vez que lo leo, completito, los ocho tomos de principio a fin. No sé por qué encuentro Coronación, según parece en contra de la crítica, la más interesante de las novelas de Donoso. Ya sé, va a pensar que me siento identificada con misiá Elisa y sus terrores, pero no, nada tengo que ver con esa señora, a no ser que a una y otra nos persigue la sombra de la muerte. Me agradaba Donoso, fijesé, como persona quiero decir, no sé si le conté pero tuve ocasión de conocerlo, mi suegro era amigo de su familia aunque siempre tuve la impresión de que a Roberto no le simpatizaba. Me parecía un hombre afable, risueño, muy cordial, entretenido, cálido, valía la pena conversar con él, hablaba sólo de libros. Tenía algo de sabio, una sabiduría sin ostentación. Más de una vez vino a comer a mi casa con Pilar antes de irse a Europa, también nosotros fuimos a la suya de Santa Ana y después, claro, a Los Dominicos. Nunca supe qué pasó con esa casa de Los Dominicos. Me agradaba Pilar, no era para morirse de simpática, tal vez algo fantasiosa y alborotadora pero vital, personalidad fuerte, culta aunque eso sí con ostentación, le gustaba lucirse, en especial cuando contaba de los escritores famosos que había conocido. Qué lástima que hayan terminado mal…
–¿Mal, dice usted?
–Sí, no sé bien, no quisiera que piense que soy peladora, no estoy muy informada pero se decían tantas cosas, que terminó alcohólica por enajenarse de Pepe, por medicamentos, parece, no sé, no quiero prejuzgar, no recuerdo bien, tampoco me interesaron antes y menos ahora, nunca he dado crédito a los chismes. ¿Usted supo algo?
–En realidad no, nunca me ocupé de la vida de los famosos. Entiendo que ahora aparecen cosas sobre él porque se publicaron los escritos que vendió a una universidad de Estados Unidos, también supe que su hija adoptiva publicó una biografía.
–No tenía idea, pero no me interesa, prefiero quedarme con el recuerdo que conservo de él. Y le encuentro mucha razón en eso de los escritores, todas las veces que conocí alguno me sentí desilusionada, están tan lejos de la idea que uno se forma de ellos por sus libros. Después de Los Dominicos no volví a verlos, a Pepe ni a Pilar, cuando llegaron de España no me interesaba, con el tiempo se me había estratificado su imagen. Me comentaron que no era el mismo, no reconocía a muchos de sus antiguos amigos. Pero igual me conmovió su muerte, me dio pena, viejo se veía el pobre en las fotos.
El Lector se detiene en el primer peldaño al final de la escalera. Como de regreso al mundo de los vivos se disipan los sentimientos que lo acompañan habitualmente desde arriba. A oscuras camina en el primer piso hasta distinguir un fino hilo de luz que cruza el umbral de la puerta de la cocina. La empuja con suavidad. Dentro Camila tararea una canción siguiendo el compás con los dedos en la cubierta de la mesa, la expresión de su cara se ilumina al verlo entrar.
–¿Cómo, ya se va? Parece cansado, ¿no se serviría una taza de té? ¿O café? Hace frío, le hará bien, venga, siéntese.
Todo al mismo tiempo. La retahíla de frases sin pausa de Camila. Como todas las noches el Lector siente el ambiente de la cocina relajado, hogareño, luminoso. En la repostería Selmira plancha con ademanes apacibles al acompasado movimiento de sus brazotes y también sonríe complacida, como si después de todo la entrada del Lector fuera digna de celebrarse.
Desde el primer día se sintió a sus anchas en esta casa. Hasta donde tiene memoria no le ha sido frecuente adaptarse con comodidad en casa ajena, su infancia de niño solitario –recuerdo del que arranca como del demonio– le pesa como un obstáculo insalvable para sentir la seguridad que da el sentido de pertenencia. Aquí, en cambio, de inmediato percibió una tibia forma de hospitalidad del fluir de los muebles y su disposición en las habitaciones, del cálido color de los muros, de los objetos decorativos, cuadros, cortinajes y en particular del acogedor ambiente de la cocina, república independiente de Camila y Selmira. Con el tiempo ha sido testigo de sutiles cambios, que luego dejaron de llamar su atención, cuadros por ejemplo reemplazados por otros, tapices o alfombras de colores y texturas diferentes, cuando no leves variaciones en la pintura de muros y puertas. Solía preguntarse quién sería responsable de esos cambios estando la dueña de casa postrada en su cama, nunca vio a un hombre ni oyó mencionar alguno. Más de una vez Selmira deslizó algo sobre una hija de la Señora, pero nunca tuvo ocasión de toparse con ella.
–Y se va sin despedirse– continúa Camila simulando desolación mientras con la evidente intención de retenerlo se afana en disponer una taza y echar agua en la tetera.
Él no asiente ni rechaza, se limita a observar complacido sus elocuentes movimientos. Al término de la rutina cotidiana y las amigables discusiones con Selmira, Camila no querrá ir a la cama sin distraerse y no deja de ver con agrado la ocasión de echar una parrafada. Sus días serán siempre iguales. Fingiendo resignarse, el Lector se deja caer a plomo en una silla junto a la mesa de la cocina.
–¡Ya!, me convenció, sírvame entonces un café. Y bueno, pues, Camila, ¿y qué hizo ayer domingo? ¿Salió de paseo, descansó, lo pasó bien?
–Al fin que no salí– responde Camila con aire de reconocer una culpa–. A ninguna parte.
–Bah, estoy por creer que le gusta quedarse encerrada en el convento. No me va a decir que no tiene amigos, ¿tampoco fue a ver a su mamá?
Camila suelta una carcajada espontánea que la hace derramar agua en el platillo de la taza que llena con esmero.
–Qué tonta soy– dice y se sonroja.
Tras cambiar el plato deposita la taza en la mesa y se sienta frente al Lector con el mentón apoyado en ambas manos.
–No fijesé, no fui ver a mi mamá. Y no es que no me guste salir, pero no deja de tener razón, ¿cierto, Selmi? En verdad conozco poca gente, amigas tengo, amigos no. Pero cambiemos el temita, ¿quiére?
–¿Y por qué tenemos que cambiarlo? ¿Se ha fijado en lo poco y nada que le gusta hablar de usted? No sé si será conmigo no más, pero todas las veces me sirve un café, se ríe, habla de cualquier cosa, me pregunta cosas mías y al fin de usted no me cuenta nada. No digo que hable de su vida a cada rato, pero desde que la conozco lo poco que sé de usted tuve que sacárselo con tirabuzón. Me ha hablado del sur, de su casa en el sur, no sé dónde, cerca de un lago parece, sí, creo que habló de un lago, y nunca me ha dicho, por ejemplo, cómo llegó aquí, a esta casa. ¿No le dan ganas de volver? A su casa, a su gente, ver antiguas amistades. ¿Cree que no me interesa? ¿Cuánto tiempo hace que no va?
–¿Y por qué tendría que interesarle? ¿Nunca se le ha ocurrido pensar que alguien pueda tener recuerdos personales que son justamente eso, de una y de nadie más?
–¿Secretos?– el Lector intenta una expresión de malicia curiosa.
Camila se encoge de hombros.
–Si tengo secretos es porque son míos. Además lo pasado pasó y se me olvidó. Se fue. Es verdad, le dije que soy del sur, pero de mi casa no queda nada, ni el techo ni las ventanas ni las puertas –esa forma de opacidad que por fracciones de segundos cruza su mirada, una larvada sensualidad vaga en su voz, acento sureño al fin, piensa el Lector–. No sé si alguna vez vuelva, Dios no más sabe.
Desvía Camila la vista y permanece pensativa. Selmira continúa imperturbable su planchado sin hacer un gesto, al parecer la historia de Camila le suena demasiado conocida.
–No se me ponga triste pues, Camila, no era mi intención, me arrepiento de haberle preguntado. ¿Pero se da cuenta, reconoce que le cuesta contar cosas suyas? Si no me equivoco, en dos años es primera vez que le saco más de dos palabras.
–Tiene razón, no digo que no. Pero véase usted también pues, viene, le lee a la Señora, se toma un café y… ¡bah! –se golpea la frente Camila–, acabo de darme cuenta que le serví té, qué tonta soy. Pero bueno, ya se lo está tomando. A lo mejor usted cree que hablar con nosotras es rebajarse, ¡ahí está la cosa!
El Lector bebe el té, complacido, a lentos sorbos.
–Bueno, así es, me sirvió té, pero ¿ve? Me lo estoy tomando tranquilito, se veía tan concentrada que no quise interrumpirla. Ah, claro, lo único que falta es que ahora me eche la culpa a mí.
–Ah, y a propósito, no, no a propósito, no tiene nada que ver, pero… ¿no le importa que le haga una pregunta? Hace tiempo que tengo una curiosidad.
–Pregunte no más. Siempre que no sea de mi vida privada.
–No tenga miedo, no acostumbro meterme en la vida privada de nadie, por si acaso.
–Son bromas pues, Camila –sonríe con aire conciliador–, no tengo secretos. Dígame.
Ella lo mira directo a los ojos y sonríe.
–Ojalá que no le moleste, pero… ¿no le importa estar todos los días, horas y horas leyendo en voz alta, no se le cansa la lengua, no le da sed? ¿Y cuestiones que a lo mejor a la Señora ni siquiera le interesan?
El Lector no puede evitar reír con ganas, mira a Selmira que también lanza una carcajada y termina de beber el té sin apartar de Camila una mirada amable.
–Que es niña chica usted Camila, ¿ah? Y dígame, ¿a usted se le cansan los pies? ¿O los brazos? ¿Las manos? Mi trabajo no más hago, pues, tan simple como eso, igualito que usted. Y no crea que a la Señora no le interesa, si no, no me haría venir todos los días, ¿no le parece? ¿Pero y por qué tiene derecho a preguntarme y yo a usted no?
–Ay, me pilló– ríe pícara Camila tapándose la boca con ambas manos, pero de inmediato vuelve a su seriedad de costumbre–. Es que no me gusta acordarme de mis cosas, no me gusta hablar, ya le dije y ya, pasó la vieja– de nuevo risa alegre a boca abierta que deja ver sus dientes blancos y parejos–. Pero con la Selmira hablamos como locas todo el día, ¿cierto Selmi? No nos para.
Sin mirarla el Lector oye un gruñido satisfecho de Selmira a modo de respuesta. Con suavidad deposita la taza en el platillo y se pone de pie.
–¿Ve, ve cómo es? –Agita Camila el índice frente a su nariz–, se tomó el té y se va. Con usted no se puede, ¿ve? ¿Ve que no le gusta conversar con nosotras? Y después me echa la culpa a mí.
Con una sonrisa ambigua el Lector toma su abrigo y bufanda que ha depositado sobre el respaldo de la silla.
–La Señora se durmió –dice, repentinamente serio–. A propósito, no sé si será idea mía pero esta semana la noté decaída. Ausente. Como si todo le importara cada vez menos. A lo mejor ustedes no se dan cuenta porque pasan todo el día con ella, pero pónganle atención, preocúpense ¿quieren? Y bueno, otro día hablaremos, Camila –se acerca a ella y le toma la mano–. No vaya a creer que no me interesa hablar con ustedes, no es eso, al contrario. Pero todo tiene su tiempo.
Con aire algo desilusionado Camila se pone de pie y le extiende una mano floja.
–Entonces está bien, será otro día.
Tras volverle la espalda, Camila apaga la radio que desde un rincón despide una música sorda, con movimientos enérgicos termina de enjuagar la taza y en el mesón cambia de lugar objetos en un nuevo orden que sólo ella podría justificar. Mira interrogativa a Selmira que, luego de detener su labor, deposita la plancha en el armazón metálico y a través de la ventana fija la mirada en las brillantes hojas de la hortensia que alcanza a iluminar la lámpara fluorescente de la cocina. Suspira Selmira.
–La Señora está bien –dice segura en voz baja, como hablando para sí–. La conozco desde hace muchos años, me la sé de memoria.
Mueve la cabeza como para sacudirse un mal pensamiento y luego de humedecerse el índice en la lengua lo desliza por la cubierta de la plancha que lanza un leve chirrido. Luego reinicia su tarea como si planchar fuera el único objeto de su vida.
–Ah, y antes que se vaya pues –irrumpe Camila para conjurar el silencio apoyando una mano en el antebrazo del Lector–. El sábado me toca salir y…
–¿Y de nuevo se va a quedar encerrada?– sin decidirse a partir termina de abotonarse el abrigo mirando a Camila con marcada ironía.
Nueva risa, viva y contagiosa de Camila de nuevo cubriéndose la boca, su risa característica, breve e inesperada. Selmira le hace coro.
–No, voy a ir a ver a mi mamá. Pero es que, ¿sabe? El domingo es el cumpleaños de una prima mía, una primita, niñita… quería decirle, profe, bueno, si quiere, no se sienta comprometido, pero si se atreve podía llegarse hasta mi casa, lo invito, de verdad lo invito a la hora de once. Si puede, si de verdad puede, no se vaya a sentir obligado.
El Lector se lleva a los labios un cigarrillo y lo enciende con parsimonia, apaga el fósforo agitándolo con energía.
–Ya le dije, varias veces le dije y me cansé, no me diga profe, ¿quiére? En todo caso gracias, no le puedo contestar ahora, usted sabe, tengo obligaciones.
–¿Obligaciones? –Pregunta Camila enarcando las cejas con mordacidad–. ¿Obligaciones dijo?
El Lector no puede evitar reír a su vez, lo sacude la tos, se golpea el pecho, recoge en la palma de la mano la ceniza caída sobre la cubierta de la mesa y la deposita con cuidado en el cenicero.
–No se ría de mí, Camila, ¿ya? No sabe nada de mi vida. Mañana le contesto. O pasado– ambas mujeres lo miran, de nuevo serio, volverse con lentitud, aspirar profundamente el humo y levantarse con ambas manos la solapa del abrigo–. Gracias, Camila. Voy a tratar. En serio.
Sin abandonar su gesto burlón Camila asiente, quizás todavía en espera de que decida quedarse otro rato. Pero tras una ligera reverencia dirigida a nadie el Lector les da la espalda y abandona la cocina.
Ya en la calle se detiene a contemplar la noche. Nadie a la vista. Neblina, luces de la ciudad se reflejan en los rasantes nubarrones oscuros y en los charcos acumulados en la acera. No llueve pero quizás lloverá más tarde. Apretando el nudo de la bufanda y la solapa del abrigo en torno a su cuello, el Lector se pone en marcha a paso rápido.
2
– ...después de Portales ningún estadista chileno ha abrigado el sentimiento de la nacionalidad con el vigor que Balmaceda. Lo que en los demás fue amor filial hacia la tierra, la fauna, la flora y el aire que dieron el ser a los antepasados y mecieron la cuna, con otras palabras, mandato del subconsciente, en Balmaceda fue pasión que absorbió casi por completo su rico fondo sentimental. La exclamación con que cierra su testamento: “he amado a mi patria sobre todas las cosas de la vida”, brotó directamente del corazón. Pero mientras en Portales sólo hubo una sencilla idealización, una transferencia a la patria de los sentimientos, abnegaciones y ternuras del amante por la mujer amada, en Balmaceda se produjo un fenómeno distinto: la identificación de la patria con su propia personalidad; el vértigo de la grandeza surgió conjuntamente con la exaltación patológica de su persona...
De manera instintiva, sin explicarse la causa el Lector detiene la lectura. La Señora ha abierto los ojos, muy abiertos, su mirada se fija un instante en el cielo raso y luego resbala lentamente hacia él que permanece en silencio. La Señora suspira, un hondo e inexpresivo suspiro.
–No siga, por favor –dice con calma–. Por hoy es suficiente.
El Lector la observa un instante, cierra el libro y lo deja descansar sobre sus rodillas.
–¿Pasa algo? ¿Está cansada? Quizás prefiera esperar un rato. ¿De verdad quiere que lleguemos hasta aquí por hoy?
–No, no sé, quizás no, aunque sí, tal vez estoy algo cansada. Pero no es por la lectura, no crea, aunque quizás la lectura y algo más. Son demasiadas las cosas que me cansan, recuerdos que se me acumulan como objetos inservibles. Además es temprano, no me gustaría que se fuera. Claro, es que también la historia es un bodegón persa donde cabe tanta cosa, ¿no le parece? A la larga los libros de historia terminan por agotarme, me hacen soñar, me elevan y fuerzan mis recuerdos pero al mismo tiempo me anclan a esta pobre tierra. Como decía con frecuencia mi padre, soy al revés de los cristianos, mi pobre padre, un pozo de conocimientos inútiles, decía que los grandes lectores terminan inevitablemente por caer en la historia. No soy yo, debo reconocerlo, a pesar de haber leído toda mi vida sigo prefiriendo lejos la novela, me parece el más noble de los géneros y, aunque no se lo proponga, la mejor aliada de la historia.
La Señora queda en silencio y el Lector se siente forzado a decir algo.
–¿La novela aliada de la historia, dice? ¿Pero no ha dicho varias veces que la novela es un género de ficción?
–Así le dicen, ficción –la Señora lo mira con curiosidad y le habla como a un niño que no termina de entender–. ¿No me dijo que usted es escritor?
El Lector se reclina en la butaca y sonríe tímidamente como sorprendido en culpa.
–Bueno, tanto como escritor no sé…
–El caso es que escribe, da lo mismo, su experiencia le dirá que por mucho que invente terminará siempre hablando de usted mismo, y al revés, aunque se proponga contar su vida letra por letra estará inventando a cada rato, ¿no es así? Bueno, pues, eso me parece que es justamente la novela, la ambigüedad misma, mezcla de vida y ficción, no sé explicarlo pero el caso es que de ahí viene su relación con la historia, si quiere saber, por ejemplo, cómo vivían, qué hacían las personas, sus hábitos, sus costumbres cotidianas, no sacaría nada con buscarlo en algún libro de historia pero en cambio lo encontraría con pelos y señales en cualquier novela de la época, piense por ejemplo en…, ¿cómo se llamaba ese muchacho, el que terminamos de leer hace poco?
–¿Cuál, Martín Rivas?
–Eso, Martín Rivas, ahí está justamente el Santiago de esos tiempos, ¿qué época era?
–Mediados del diecinueve, entiendo.
–Sí, eso es, por eso nunca me convencieron los agoreros que se despellejan anunciando la muerte de la novela o al menos la ven en último estado de agonía. Se equivocan. La novela prevalecerá, ¿sabe por qué? Porque la novela cuenta una vida, la vida, lo que le pasa a la gente. Satisface nuestra necesidad de contar, lo que sea, una fatalidad, como dormir o respirar, y mientras alguien respire contará lo que oye, lo que ve y lo que siente, nunca dejaremos de contar si hay un oído dispuesto a escucharnos.
La Señora se detiene. Como de costumbre el Lector no ha hecho un gesto para no interrumpirla, siempre igual, cuando comienza uno de sus infatigables discursos no sabe si continuar la lectura como si nada o dejar pasar el chaparrón de su inagotable verborrea. Sí, la Señora tiene razón. Todos contamos y ella es el mejor ejemplo, cuenta, cuenta, cuenta con una memoria prodigiosa a pesar de su edad, de sus males, de su consunción, del agotamiento que constantemente la aqueja, con increíble lucidez narra aspectos de su vida como si de verdad ocurrieron, lo que nunca se sabe, y que no siempre consiguen despertar el interés el Lector, cuando no francamente lo aburren, aunque al final siempre terminan por fastidiarlo y se limita a dejar pasar el tiempo intentando pensar en cualquier cosa o formulando un comentario cualquiera para darle a entender que está totalmente concentrado en sus palabras.
–No –continúa La Señora, sin transición, la vista clavada en el techo–, en realidad no sé bien si la historia me interesa o sólo me entretiene, pero nunca deja de despertar mi curiosidad tanto acomodo de los historiadores para encajarnos su cuento sin dolor. Fíjese, por ejemplo, en lo que acaba de leer del tal Encina, en definitiva no escribe mal, ¿no? Es entretenido, pero qué hombre más apasionado, ¿no deberíamos los lectores, digo yo, por simples seres que seamos exigir de un historiador una pizca de ecuanimidad? Aunque, claro, al fin y al cabo lo entiendo, todos terminamos haciendo lo mismo, contar como nos da la real gana, pero muy diferente es, digo yo, hacer un panegírico o diatriba de un personaje según se le ame o deteste. Digo yo. Sin ir más lejos mire lo que dice de Balmaceda, primero lo glorifica y al segundo lo denigra sin ningún escrúpulo, sin detenerse a pensar que el pobre no pasó de ser su propia víctima, su vida ardió hasta la última hebra consumida en su propio fuego y al final su holocausto, porque eso fue, un holocausto, ¿o no?... ¿Por casualidad sabe usted lo que es un holocausto? …Oiga, pues, ¿no me oye, en qué piensa?
El Lector se sobresalta.
–Perdón, sí, por supuesto, la escuchaba, pero bueno, todos sabemos lo que es un holocausto pero no sabría definirlo. Ahí tiene un diccionario, ¿quiere que lo busque?
La Señora hace con boca y ojos un gesto de molestia y cierra los párpados, su mano se levanta débilmente en un ademán incomprensible.
–No le dé importancia, después de todo cualquiera se evade de las latas de una vieja. Tampoco yo sé bien qué es un holocausto, pero supongo que en definitiva es un acto de abnegación, ¿no? Y por si no sabe en qué consiste la abnegación, pues es, simplemente, un sacrificio por el bien de alguien. Y eso fue lo que le pasó a Balmaceda, el sacrificio máximo, un acto supremo de amor, de amor a sí mismo, claro. Igualito a lo que vivimos hace poco en carne propia y cuyo eco no termina todavía de apagarse, al contrario, durante mucho tiempo nos pesará en la conciencia antes de ser capaces de juzgarlo desde fuera, como cualquier otro hecho del pasado. Al fin y a la larga lo único que puede temperar las odiosidades es el tiempo para permitirnos juzgar los hechos desde un punto de vista humano, eso, libre. Mire no más como el tal Encina se atreve, tan suelto de cuerpo, a afirmar que el impulso final de Balmaceda fue el vértigo de grandeza y, como si fuera poco, una exaltación patológica. ¡Vértigo de grandeza y exaltación patológica! Que ganas de saber si a esta altura seguiría pensando lo mismo, y si el vértigo de grandeza y la exaltación patológica también valen para el que vino después. Y me gustaría tanto saber si eso del vértigo de grandeza lo dice como ofensa o alabanza.
La Señora calla. Un aire de cansancio le pega los párpados. El Lector la observa sin saber si es mejor interrumpirla o dejar fluir su perorata, aunque después de todo qué importa, qué importancia tiene discutirle, preguntar o un gesto de asentimiento complaciente. Termina por hacer un vago ademán con la mano para estimularla a continuar y la Señora sonríe, satisfecha.
–Espero que no me juzgue mal –se vuelve a él con una incierta expresión–. Después de todo, hablar mal de los historiadores es un lugar común, peor, una pequeñez. Es que con los años me puse tan escéptica que no me parece justo calificar a las personas así como así de mejores o peores, ¿quién es mejor o peor, digo yo? Supongo que estará de acuerdo en que no hay nadie cien por ciento bueno ni malo, el mal y la virtud son, al fin de cuentas, resultado de un azar cuando no de un capricho. Una vez leí o escuché, ya no sé, tal vez a mi padre, que nuestro única finalidad en el mundo es un juicio final donde terminarán por dividirnos en buenos y malos por los siglos de los siglos amén, y mientras eso no suceda concedamos a nuestros semejantes por lo menos el beneficio de la duda. O, como decía mi mamá, al freír será el reír.
La Señora se distiende, cierra los ojos. Parece dormitar. De pronto los abre y de nuevo clava la vista en el cielorraso, como si viera más allá de él.
–Bueno, volviendo al loco ese de Encina digamos que Balmaceda se respondió a sí mismo como hombre y eso no es poco, ¿no le parece? Por último qué más da, convengamos en que a lo mejor Encina tiene razón y al fin ya está bueno, basta, le dio forma a la historia a su santo gusto y quedó feliz– incorporándose a medias en la cama da una mirada a su alrededor como temerosa de que alguien más pueda escucharla–. Menos mal que no puede oírme, con el carácter que tenía me hubiera despellejado viva. Por lo demás quién soy para criticarlo, qué presunción, después de todo sé bien lo que se siente cuando a una la ponen de vuelta y media por el simple hecho de decir lo que piensa –mira al Lector encogiéndose de hombros–. Disculpe… ya sabe que hablo sólo de mí, que manía, en la vejez eso no tiene vuelta, los viejos vivimos de recuerdos y por favor no me mire con esa cara, no vaya a decirme que no soy vieja, una y otra vez volvemos a la niñez y adolescencia y es que cuando niña, y con mayor razón ahora que soy vieja, dije siempre lo que me daba la real gana. No puede imaginar con qué frecuencia mi familia se desplomaba cada vez que yo abría la boca, mi mamá se clavaba en el suelo como estaca con una cara espantosa de vade retro, y mi padre se lanzaba a hablar a trompicones para disimular mis palabras o para hacerme callar de un rugido, cuando no de un feroz tapaboca. Mi padre, bueno, no solo él, también mi mamá aunque más no fuera para llevarle el amén, me encontraban el colmo de lo hueca y superficial, nunca conseguirían nada de mí decían y ¿sabe? Terminé por encontrarles razón. ¿Qué soy? ¿En definitiva, quién? Ni la sombra de lo que alguna vez esperaron de mí, apenas el simple y pésimo resultado de mis lecturas –la Señora sonríe bondadosamente–. No puedo dejar de reírme de su cara de interrogación en último grado de curiosidad, ¿me equivoco? No deja de preguntarse una y otra vez si la historia y los historiadores merecen tanta fobia como la mía. ¿Sabe por qué, le interesa mi respuesta? No, ya sé que no, pero después de todo ya estoy hablando...
El Lector la interrumpe.
–Perdone pero, ¿puedo responder por mí? Se equivoca, lo que cuenta me interesa, parece pensar que me aburre escucharla y no es así, palabra, cuenta su vida con tanta pasión… Bueno, si de verdad es su vida.
En los labios de la Señora la sonrisa se amplía como un rictus.
–¿Cree que invento, que sueño?
–De inventarlo, supongo que no…
–¿Supone?
Ahora ríe el Lector con ganas.
–Bueno, tal vez todo, todo no, pero siempre le ponemos de nuestra cosecha cuando contamos algo nuestro.
La Señora lo observa con bondad y algo de ironía. Se encoge de hombros, tan consumido está su cuerpo que el movimiento apenas consigue arrugarle el cuello.
–Dejémoslo así, al fin y al cabo dicen que toda vida es una novela, lo que vivimos a diario terminamos inventándolo y, después de todo, no tiene importancia.
El Lector se inclina para decir algo pero la Señora se lleva el índice a los labios y alza las cejas como si al final, de verdad, el asunto careciera de importancia.
–No se preocupe, no importa, da lo mismo. Lo malo es que la lectura y los recuerdos terminaron por soltarme la lengua, no es su culpa, tampoco del fantasioso de Encina. ¿Quiere que le diga? En último término se trata de una suerte de conjuro que me ha perseguido a lo largo de toda mi vida y no solo a mí, a mi familia entera, con persistencia demencial, la famosa historia se empecinó en pisarnos los talones, sin dejar de lado que su ocupación natural es perseguir su propia sombra para convertirnos a todos en víctimas, nihil novum, declamaba mi padre con esa ostentación ridícula de cultura que a la postre de nada le sirvió, aunque, cursilería mediante, el pobre no dejaba de tener razón, la historia se da vuelta de carnero para crear héroes y villanos, todos víctimas igual que nosotros los seres comunes y corrientes, que la vivimos y sufrimos aunque nadie nos pondrá nunca en la cabeza una corona de laurel, igual que el tipo de la piedra, ¿cómo se llamaba?
–Sísifo.
–Eso, Sísifo, ignorados y modestos como hormigas la vamos empujando desde abajo, ¿resultado? Mire no más a su alrededor, adonde gire la cabeza verá víctimas inocentes y anónimas abusadas o esclavizadas, genocidios por las causas más arbitrarias, raza, religión, territorio habitable, que sé yo, venganza, muerte y ambición, bajo todos los vientos el horror de la historia. Macbeth siempre vigente.
Ambos guardan silencio. El Lector asiente con lentos movimientos de cabeza.
–No sé si me va a creer –dice en voz baja el Lector–, pero tengo que decírselo, me sorprende su lucidez.
–¿Estando como estoy postrada, minusválida, no solo de cuerpo sino también de mente?
El Lector se reclina en la butaca, cruza las manos sobre el libro que conserva en las rodillas y asiente con un ademán.
–Quiero creerle –la Señora baja los párpados y se abandona en la almohada–. Me gustaría creerle, aunque sigo pensando que no tiene importancia. Nada la tiene. Porque me parece que a ratos confundo las cosas, recuerdos, hechos, personas se me vienen a la mente como un torrente sin saber de dónde vienen, a veces veo todo negro, o blanco si prefiere, me gusta pensar que leer tanto me fue útil, no me expreso mal, supongo, pero nada más –con sonrisa más bien melancólica observa al Lector casi con dulzura–. No sabe lo que para mí significa que me escuche, alguien, cualquiera, pero de verdad si no fuera usted no daría lo mismo, con tanta lesera que se me viene a la cabeza me siento como un mar después de la tormenta aunque no me gusta repetir lugares comunes. O quizás en plena tormenta, porque todavía tengo ganas de hablar –se vuelve la Señora hacia el muro y continúa como sin esperar ser escuchada–. Sí, así ocurrió con mi familia y como si fuera hoy, perdone, otro lugar común, recuerdo la primera muestra que tuve, la primera que viví. Mi abuelo, el padre de mi padre al que no llegué a conocer, murió la noche y quizás a la misma hora en que el pobre Balmaceda terminaba por reconocer que se hacía humo toda esperanza de salvación. Mi padre, con su retórica venida a menos, solía contar que a pesar de ser muy niño recordaba la tarde en que Santiago se veía cubierto de banderas chilenas y rojas, ¿por qué rojas? No sé, flameaban en los techos de las casas, decía, en los edificios públicos, la gente las agitaba en calles y plazas, las campanas de las iglesias, todas, decía, tocaban a rebato como en una alegre fiesta, soplaban vientos de venganza, decía, con esas palabras, el odio se olía tan fuerte que hasta el más cándido hubiera podido pronosticar un final trágico. Ya de noche, decía, empezó el saqueo mi alma, la chusma, decía, se abalanzó sobre las casas de los parientes, amigos y partidarios de Balmaceda y salían con carretones cargados de muebles, cuadros, cortinajes, ropa, alfombras, las mansiones de lujo eran reducidas a escombros, a nada. No solo saqueaban las casas de los ricos, decía enceguecido de rabia, con la misma saña, la de los pobres y azuzados por gente bien, peor todavía, por curas, sí señor, gritaba, por curas que desde el púlpito o el portal de la iglesia repartían listas con nombres y direcciones. Como podrá suponer la familia de mi padre era partidaria furibunda de Balmaceda, así que no pudieron librarse, un tropel echó abajo a empellones puertas y ventanas y comenzó la rapiña mi alma, decía engrifado por el odio, más de alguien quiso prender fuego a la casa y no le resultó, pero la registraron de punta a cabo arrasando con lo que encontraban a su paso. Y de pronto, entre tanta locura, mi abuelo vio a un hombre que sacaba con berridos de alegría un pequeño arcón donde guardaba antiguas cartas familiares, nada de valor, solo cartas de tíos, abuelos, primos, qué se yo, y sin pensarlo dos veces se abalanzó sobre él para recuperarla. Y claro, pasó lo que tenía que pasar, sin conocer el contenido de la caja y tal vez sin siquiera importarle pero a fin de conservar a muerte su tesoro al hombre no se le ocurrió nada mejor que darle a mi abuelo un feroz golpe en la cabeza con un candelabro de plata. Y ahí mismito se acabó todo. Simplemente se la partió en dos, como quien parte un zapallo.
El Lector contiene la respiración, mira con aire incierto a la Señora y sigue sus palabras inclinado en la butaca.
–Pero… ¿Es verdad?
La Señora lo mira sin entender.
–Es verdad qué.
–¿Es cierto lo que me cuenta?
La Señora suspira, cierra los ojos y de nuevo se vuelve hacia el muro, vuelve a suspirar largo y sostenido. Con calma, casi a punto de sonreír, responde como si le explicara a un niño.
–Usted qué cree. ¿Cree que invento? Sabe, a veces pienso que no se traga una sola de mis palabras, que cuento sueños, imaginación, o simplemente que enloquecí.
El Lector se relaja. Sonríe ligeramente.
–¿Por qué no se responde usted misma?
Ella mira el cielorraso con mirada neutra, como si reflexionara sobre algo sin entender si es serio o una broma.
–¿Y usted no se atreve a decirlo?
Ahora el Lector ríe abiertamente, sonrisa algo forzada pero sincera.
–No me pregunte. Ya le dije, si hay algo que admiro es su lucidez, la fluidez con que brotan esos… recuerdos.
La Señora aparta la vista del Lector, reflexiona.
–Lo dice con ironía.
–Perdone, no fue mi intención.
–Ni yo misma tengo la respuesta –suspira–. Sabe, desde chica tuve la capacidad de soñar, dormida quiero decir, una nube de sueños que me agota, cada mañana amanezco extenuada y abrumada por mil imágenes. Pero de ahí a inventar…
–¿Quiere decir que cuando cuenta confunde sueños y realidad?
–Quiero decir algo como eso. No creo inventar, pero las imágenes caminan por mi cabeza como malos vientos.
–¿Pesadillas?
