La otra mujer - Daniel Silva - E-Book
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La otra mujer E-Book

Daniel Silva

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Beschreibung

En un pequeño y aislado pueblo de la serranía de Málaga vive una misteriosa mujer de nacionalidad francesa que ha empezado a escribir unas memorias más que peligrosas. Es la historia de un hombre al que una vez amó en Beirut, años atrás, y de un hijo que le arrebataron en nombre de la traición. Esta mujer es la guardiana del secreto mejor guardado por el Kremlin: hace décadas la KGB infiltró a un agente doble en el mismo corazón de occidente, un topo que hoy se encuentra a las puertas del poder absoluto. Solo una persona puede arrojar luz sobre esta conspiración: Gabriel Allon, el ya legendario restaurador de arte y asesino que hoy sirve como director del eficacísimo servicio secreto israelí. Gabriel ya ha tenido que combatir, anteriormente, a las oscuras fuerzas de la nueva Rusia, con un elevado coste personal. Ahora él y los rusos se enzarzarán en una épica confrontación final con el destino del mundo que conocemos en la balanza. Gabriel se ve empujado en medio de la conspiración cuando su activo más importante dentro de la Inteligencia rusa es asesinado mientras intentaba desertar en Viena. Su búsqueda de la verdad le llevará atrás en el tiempo, hasta la traición más grande del siglo __ para terminar en las riveras del Potomac fuera de Washington. Rápido como una bala, extrañamente bella y llena de dobles sentidos y giros en la trama, esta novela es un verdadero tour de force que demuestra una vez más que Daniel Silva es simplemente el mejor escritor de novelas de espías de nuestro tiempo "Otra joya para la deslumbrante corona del maestro de la novela de espías… En esta encontramos incluso una historia de fondo más elaborada de lo normal, es tan convincente como lo es el tenso drama que se despliega lentamente para terminar en un estupendo final". Booklist "Excelente…los lectores quedarán cautivados tanto por la historia como por las tramas tan actuales con las que Silva juega con delicadeza". Publishers Weekly "La otra mujer es desde ya un clásico que afianza a Daniel Silva como uno de los mejores novelistas de espías que el género ha conocido". CrimeReads

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Editado por HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

La otra mujer

Título original: The Other Woman

© 2018, Daniel Silva

© 2017, para esta edición HarperCollins Ibérica, S.A.

Publicado por HarperCollins Publishers LLC, New York, U.S.A.©

Traducción del inglés, Victoria Horrillo Ledesma

 

Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.

Esta edición ha sido publicada con autorización de HarperCollins Publishers LLC, New York, U.S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos comerciales, hechos o situaciones son pura coincidencia.

Diseño de cubierta: HarperCollins HollandImágenes de cubierta: Dreamstime.com

 

ISBN: 978-84-9139-356-6

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Dedicatoria

Citas

Prólogo

Moscú, 1974

Primera parte. Tren nocturno a Viena

1. Budapest, Hungría

2. Viena

3. Viena

4. Westbahnhof, Viena

5. Florisdorf, Viena

6. Viena - Tel Aviv

7. King Saul Boulevard, Tel Aviv

8. Narkiss Street, Jerusalén

9. King Saul Boulevard, Tel Aviv

10. Bosques de Viena, Austria

11. Andalucía, España

12. Belgravia, Londres

13. Eaton Square, Londres

14. Eaton Square, Londres

15. Embajada Británica, Washington

16. Barrio de Belvedere, Viena

17. The Palisades, Washington

18. Viena - Berna

19. Hotel Schweizerhof, Berna

20. Hotel Schweizerhof, Berna

21. Hotel Schweizerhof, Berna

Segunda Parte. Ginebra rosa en el Normandie

22. Berna

23. Berna

24. Berna

25. Hampshire, Inglaterra

26. Hampshire, Inglaterra

27. Fort Monckton, Hampshire

28. Bosques de Viena, Austria

29. Bosques de Viena, Austria

30. Bosques de Viena, Austria

31. Andalucía, España

32. Fráncfort - Tel Aviv - París

33. Tenleytown, Washington

34. Estrasburgo, Francia

35. Galilea superior, Israel

36. Galilea superior, Israel

37. Galilea superior, Israel

38. Galilea superior, Israel

39. Galilea superior, Israel

40. Wormwood Cottage, Dartmoor

41. Wormwood Cottage, Dartmoor

42. Wormwood Cottage, Dartmoor

43. Slough, Berkshire

44. Wormwood Cottage, Dartmoor

45. Dartmoor - Londres

46. Zahara, España

47. Zahara - Sevilla

48. Sevilla

49. Sevilla

50. Sevilla

Tercera Parte. Abajo, junto al río

51. Sevilla - Londres

52. Bayswater Road, Londres

53. Narkiss Street, Jerusalén

54. Rue Saint-Denis, Montreal

55. Montreal - Washington

56. Foxhall, Washington

57. Forest Hills, Washington

58. Tenleytown, Washington

59. Warren Street, Washington

60. The Palisades, Washington

61. Sede central del Svr, Yasenevo

62. Forest Hills, Washington

63. Warret Street, Washington

64. Yuma Street, Washington

65. Embajada Británica, Washington

66. Burleith, Washington

67. Wisconsin Avenue, Washington

68. Wisconsin Avenue, Washington

69. Wisconsin Avenue, Washington

70. Wisconsin Avenue, Washington

71. Chesapeake Street, Washington

72. Wisconsin Avenue, Washington

73. Wisconsin Avenue, Washington

74. Burleith, Washington

75. Tenleytown, Washington

76. Forest Hills, Washington

77. Chesapeake Street, Washington

78. Bethesda, Maryland

79. Cabin John, Maryland

80. Capital Beltway, Virginia

81. Cabin John, Maryland

82. Cabin John, Maryland

83. Cabin John, Maryland

Cuarta Parte. La mujer de Andalucía

84. Cabin John, Maryland

85. Tel Aviv - Jerusalén

86. Eaton Square, Londres

87. Tierras Altas De Escocia

88. Zahara, España

Nota del autor

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro…

Dedicatoria

 

 

 

 

 

Una vez más, para mi mujer, Jamie, y para mis hijos, Nicholas y Lily

Citas

 

 

 

 

 

Encontró un nuevo aliciente en la vida cuando, finalmente, el Centro le propuso que participara en el entrenamiento de una nueva generación de agentes de la escuela de espías del KGB, tarea esta que aceptó con enorme entusiasmo. Demostró ser un profesor excelente, que impartía sus enseñanzas con paciencia, entrega y deleite. Le encantaba su trabajo.

 

YURI MODIN, Mis camaradas de Cambridge

 

 

¿Y qué sabe nadie de los traidores, o de por qué Judas hizo lo que hizo?

 

JEAN RHYS, Ancho mar de los Sargazos

Prólogo

Moscú, 1974

 

 

 

 

 

El coche era una limusina Zil larga y negra, con cortinas plisadas en las ventanillas traseras. Circulaba a gran velocidad hacia el centro de Moscú, procedente del aeropuerto de Sheremetyevo, por el carril reservado a los miembros del Politburó y el Comité Central. Había anochecido cuando llegaron a su destino, una plaza dedicada a un escritor ruso en el barrio de los Estanques del Patriarca, en el casco antiguo. Caminaron por callejuelas sin alumbrado, la niña y los dos hombres de traje gris, hasta llegar a una capilla rodeada de plátanos. El edificio de pisos estaba al otro lado de un callejón. Cruzaron una puerta de madera y se introdujeron en un ascensor que los depositó en un penumbroso vestíbulo. Más allá había un tramo de escaleras. La niña, por pura costumbre, contó los peldaños. Eran quince. En el rellano había otra puerta, esta de cuero acolchado. Un hombre bien vestido los aguardaba allí, con una copa en la mano. Había algo en su cara desfigurada que le resultaba familiar. Sonriendo, pronunció una sola palabra, en ruso. Habrían de pasar muchos años antes de que la niña entendiera lo que significaba esa palabra.

 

 

 

Primera parte TREN NOCTURNO A VIENA

1 BUDAPEST, HUNGRÍA

 

 

 

 

 

Nada de aquello —ni la búsqueda frenética del traidor, ni las alianzas forzadas, ni las muertes innecesarias— habría ocurrido de no ser por el pobre Heathcliff. Era su figura trágica, su promesa malograda. Al final, acabaría siendo otra pluma en el sombrero de Gabriel. Dicho lo cual, Gabriel hubiera preferido que Heathcliff siguiera figurando en su haber. No todos los días se tropezaba uno con un agente como él. En ocasiones, solo sucedía una vez en el transcurso de toda una carrera. Dos, a lo sumo. Así era el espionaje, se lamentaba Gabriel. Y la vida.

Heathcliff no era su verdadero nombre, sino un alias escogido al azar —o eso afirmaban sus superiores— por un ordenador. El programa informático elegía un nombre en clave que no guardara relación alguna con la verdadera identidad del agente, su nacionalidad o su línea de trabajo. En ese aspecto dio de lleno en el clavo. El individuo al que bautizó como Heathcliff no era ni un expósito ni un romántico incurable. Tampoco era de carácter hosco, vengativo o violento. A decir verdad, no tenía nada en común con el Heathcliff de Brontë, como no fuera la tez morena que había heredado de su madre, nacida en la exrepública soviética de Georgia. La misma república —señalaba ella con orgullo— de la que era oriundo el camarada Stalin, cuyo retrato colgaba aún en el cuarto de estar de su piso de Moscú.

Heathcliff hablaba y leía inglés con soltura, sin embargo, y era aficionado a la novela victoriana. De hecho, había coqueteado con la idea de estudiar Literatura Inglesa antes de recobrar la sensatez y matricularse en el Instituto de Lenguas Extranjeras de Moscú, la segunda universidad más prestigiosa de la Unión Soviética. Su tutor en la facultad trabajaba como ojeador de talentos para el SVR, el Servicio de Inteligencia Exterior, en cuya academia fue invitado Heathcliff a ingresar tras su graduación. Su madre, borracha de alegría, puso flores y fruta fresca al pie del retrato del camarada Stalin.

—Él vela por ti —le dijo—. Algún día serás un hombre de armas tomar. Un hombre temible.

A ojos de su madre, no había mayor elogio.

La mayoría de los cadetes aspiraba a servir en una rezidentura, una delegación del SVR en el extranjero, donde se encargarían de reclutar y supervisar a espías enemigos. Para realizar dicha tarea era necesario tener un talante determinado. El agente en cuestión debía ser intrépido, seguro de sí mismo, hablador, rápido de pies y un seductor nato. Heathcliff, lamentablemente, no poseía ninguna de esas cualidades, ni tampoco los atributos físicos que exigían las tareas menos gratas del SVR. Tenía, en cambio, facilidad para los idiomas —hablaba fluidamente alemán y holandés, además de inglés— y una memoria que, incluso aplicando los estrictos parámetros del SVR, podía considerarse excepcional. Le dieron a elegir, cosa poco frecuente en el jerarquizado mundo del SVR: podía trabajar en Moscú Centro como traductor, o dedicarse al servicio activo en calidad de correo. Escogió esto último, sellando así su destino.

No era un trabajo glamuroso, pero sí de vital importancia. Pertrechado con sus cuatro idiomas y un maletín lleno de pasaportes falsos, recorría el mundo al servicio de la madre patria como un recadero clandestino, o un cartero furtivo. Vaciaba buzones, metía dinero en cajas de seguridad y en cierta ocasión incluso se codeó fugazmente con un agente profesional de Moscú Centro. No era raro que pasara trescientas noches al año fuera de Rusia, lo que le impedía casarse o tener una relación seria. El SVR le procuraba compañía femenina cuando estaba en Moscú —bellas jovencitas que en circunstancias normales ni siquiera se dignarían mirarle—, pero cuando viajaba era proclive a caer en accesos de profundo ensimismamiento.

Fue durante uno de esos episodios, en el bar de un hotel de Hamburgo, cuando conoció a su Catherine. Bebía vino blanco, sentada a la mesa del rincón. Era una mujer atractiva de unos treinta y cinco años, cabello castaño claro y miembros bronceados. Heathcliff tenía órdenes de evitar a las mujeres cuando viajaba. Eran, invariablemente, agentes del espionaje enemigo o prostitutas a su servicio. Catherine, sin embargo, no encajaba en ninguno de esos papeles. Y cuando le miró por encima de su teléfono móvil y sonrió, Heathcliff sintió una sacudida eléctrica que le atravesó desde el corazón a la entrepierna.

—¿Le apetece acompañarme? —preguntó ella—. Odio beber sola.

No se llamaba Catherine, sino Astrid. Al menos eso fue lo que le susurró al oído mientras le acariciaba la cara interior del muslo con una uña. Era holandesa, por lo que Heathcliff, que se hacía pasar por empresario ruso, pudo hablar con ella en su idioma nativo. Tras tomar varias copas juntos, se autoinvitó a subir a la habitación de Heathcliff, donde él se sentía seguro. Se despertó a la mañana siguiente con una intensa resaca, cosa rara en él, y sin recuerdo alguno de haber practicado el acto amoroso. Para entonces, Astrid ya se había duchado y envuelto en un albornoz. A la luz del día, su notable belleza saltaba a la vista.

—¿Estás libre esta noche? —preguntó.

—No debería.

—¿Por qué no?

Él no supo qué responder.

—Pero tienes que invitarme a salir como es debido —añadió ella—. Una buena cena. Y luego una discoteca, quizá.

—¿Y después?

Se abrió el albornoz, dejando al descubierto unos pechos bellamente formados. Heathcliff, sin embargo, no recordaba haberlos acariciado, por más que se esforzaba.

Intercambiaron números de teléfono —otro acto prohibido— y se despidieron. Ese día, Heathcliff tenía dos recados que hacer en Hamburgo que exigían varias horas de «limpieza en seco» o «tintorería» para cerciorarse de que nadie le seguía. Acababa de completar su segunda tarea —el vaciado rutinario de un buzón ciego—, cuando recibió un mensaje de texto con el nombre de un lujoso restaurante situado cerca del puerto. Cuando llegó a la hora convenida, Astrid ya estaba allí, radiante, sentada a su mesa detrás de una botella abierta de un Montrachet espantosamente caro. Heathcliff arrugó el ceño: tendría que pagar el vino de su bolsillo. Moscú Centro vigilaba minuciosamente sus gastos y le daba un toque de atención si excedían la cuota que tenía asignada.

Astrid pareció percibir su malestar.

—No te preocupes, invito yo.

—Pensaba que era yo quien tenía que invitarte a salir como es debido.

—¿De verdad dije eso?

Fue en ese instante cuando Heathcliff comprendió que había cometido un terrible error. Su instinto le decía que diera media vuelta y echara a correr, pero sabía que no serviría de nada: le habían hecho la cama. De modo que se quedó en el restaurante y cenó con la mujer que le había traicionado. Su conversación fue tensa y forzada —propia de un mal serial televisivo— y, cuando les llevaron la cuenta, fue Astrid quien pagó. En metálico, por supuesto.

Fuera los esperaba un coche. Heathcliff no opuso resistencia cuando Astrid le instó con voz queda a subir a la parte de atrás. Tampoco protestó cuando el coche arrancó en dirección contraria a la de su hotel. El conductor era a todas luces un profesional: no dijo ni una sola palabra mientras ejecutaba varias maniobras de manual ideadas para despistar a posibles perseguidores. Astrid pasó el rato mandando y recibiendo mensajes. No dirigió la palabra a Heathcliff.

—¿Llegamos a…?

—¿A hacer el amor? —preguntó ella.

—Sí.

Ella se quedó mirando por la ventanilla.

—Bien —dijo Heathcliff—. Mejor así.

Cuando por fin se detuvieron, fue en una casita junto al mar. Dentro había un hombre esperando. Se dirigió a Heathcliff en alemán con acento británico. Dijo que se llamaba Marcus y que trabajaba para un servicio de espionaje occidental. No especificó para cuál. A continuación, le mostró varios documentos de contenido extremadamente sensible que Astrid había copiado de su maletín la noche anterior, mientras él se hallaba incapacitado por las drogas que le había administrado. Heathcliff iba a seguir suministrándoles documentos como aquellos, afirmó Marcus, además de otros muchos. De lo contrario, él y sus colegas emplearían el material que tenían en su poder para convencer a Moscú Centro de que Heathcliff era un agente enemigo.

Pese a su alias, Heathcliff no era un hombre amargado, ni vengativo. Regresó a Moscú medio millón de dólares más rico y aguardó su siguiente misión. El SVR envió a una bella jovencita a su piso de la Colina de los Gorriones. Casi se desmayó de miedo cuando la chica se presentó como Ekaterina. Él le preparó una tortilla y la despidió sin llegar a tocarla.

 

 

La esperanza de vida de un hombre en la posición de Heathcliff no era muy larga. La traición se castigaba con la muerte. Y no con una muerte rápida, sino con una muerte inenarrable. Como todos los que trabajaban para el SVR, Heathcliff había oído contar historias. Historias de hombres adultos que suplicaban que un balazo pusiera fin a su sufrimiento. Al final, el balazo llegaba: en la nuca, al estilo ruso. El SVR lo denominaba vysshaya mera: la pena máxima. Heathcliff resolvió no caer nunca en sus manos. Obtuvo de Marcus una ampolla de veneno. Solo hacía falta un mordisco. Diez segundos y se acabó.

Marcus le proporcionó asimismo un dispositivo de comunicación que le permitía transmitir informes vía satélite mediante microrráfagas cifradas. Heathcliff lo usaba raras veces. Prefería informar a Marcus en persona durante sus viajes al extranjero. Siempre que era posible, le permitía fotografiar el contenido de su maletín, pero sobre todo hablaban. Heathcliff era un don nadie, pero trabajaba para hombres importantes y se encargaba de trasladar sus secretos. Conocía, además, la ubicación de buzones ciegos de los servicios de espionaje rusos en diversos lugares del mundo, y la llevaba siempre consigo gracias a su prodigiosa memoria. Procuraba no contar demasiado, ni darse demasiada prisa en contarlo, por su propio bien y por el de su cuenta bancaria, que iba engrosándose a pasos agigantados. Dosificaba sus secretos con cuentagotas a fin de incrementar su valor. Al cabo de un año, el medio millón se convirtió en un millón. Luego en dos. Y más tarde en tres.

No tenía escrúpulos de conciencia —era un hombre sin ideología ni convicciones políticas—, pero el miedo le acosaba día y noche. Miedo a que Moscú Centro estuviera al tanto de su traición y vigilara cada uno de sus pasos. Miedo a haber divulgado más secretos de la cuenta, o a que algún espía ruso en Occidente le delatase. Le suplicó muchas veces a Marcus que le acogiera en su seno. Pero Marcus se negaba siempre, a veces con una palabra o un gesto tranquilizadores; otras, con un restallido de látigo. Heathcliff debía seguir espiando hasta que su vida se hallara verdaderamente en peligro. Solo entonces se le permitiría desertar. Él dudaba, como es lógico, de que Marcus estuviera en situación de juzgar en qué momento caería el hacha, pero no tenía más remedio que seguir adelante. Marcus le había chantajeado para que hiciera su voluntad. Y pensaba extraerle hasta el último secreto antes de liberarle de su yugo.

No todos los secretos son de la misma índole, sin embargo. Algunos son prosaicos, rutinarios, y pueden transmitirse sin que el mensajero corra apenas peligro. Otros, en cambio, son demasiado peligrosos para desvelarlos. Pasado un tiempo, Heathcliff encontró uno de esos secretos en un buzón ciego de la lejana Montreal. El buzón era en realidad un piso vacío utilizado por un agente ruso que operaba clandestinamente en Estados Unidos, infiltrado en una organización. Escondido en el armario de debajo del fregadero, había un lápiz de memoria. Heathcliff había recibido órdenes de recogerlo y llevarlo a Moscú Centro, esquivando así a la poderosa NSA, la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense. Antes de salir del piso, conectó la memoria USB a su portátil y descubrió que su contenido no estaba protegido por contraseña ni clave alguna. Leyó los documentos a su antojo. Procedían de diversos servicios de inteligencia americanos y estaban clasificados como de altísimo secreto.

Heathcliff no se atrevió a copiarlos. Guardó en su impecable memoria cada dato y cada detalle y regresó a Moscú Centro, donde entregó el dispositivo a su supervisor, acompañándolo de un informe severo respecto a los fallos que había detectado en el protocolo de seguridad. El supervisor, apellidado Volkov, le aseguró que tomaría cartas en el asunto y acto seguido, a modo de recompensa, le ofreció un viaje oficial a la amistosa Budapest.

—Considérelo unas vacaciones con todos los gastos pagados, cortesía de Moscú Centro —le dijo—. No se lo tome a mal, Konstantin, pero tiene usted cara de que le vendrían bien unas vacaciones.

Esa misma noche, Heathcliff se sirvió del dispositivo de comunicación que le había proporcionado Marcus para informarle de que había descubierto un secreto de tal magnitud que no tenía más remedio que desertar. Para su sorpresa, Marcus no puso objeciones. Le ordenó deshacerse del dispositivo de tal modo que nadie pudiera encontrarlo. Heathcliff lo destrozó hasta dejarlo hecho pedazos y tiró los restos a una alcantarilla abierta. Ni siquiera los sabuesos del Directorio de Seguridad del SVR —se dijo— mirarían allí.

Una semana después, tras visitar a su madre en el cuchitril en el que vivía, con su ceñudo retrato del camarada Stalin siempre vigilante, Heathcliff salió de Rusia por última vez. Llegó a Budapest bien entrada la tarde, mientras nevaba suavemente sobre la ciudad, y tomó un taxi con destino al hotel Intercontinental. Su habitación daba al Danubio. Cerró la puerta con llave. Luego se sentó al escritorio y esperó a que sonara su móvil. Junto al teléfono, puso la píldora suicida de Marcus. Solo haría falta un mordisco. Diez segundos y todo habría acabado.

2 VIENA

 

 

 

 

 

Doscientos cuarenta kilómetros al noroeste, pasados varios meandros del Danubio, una exposición de obras de Peter Paul Rubens —pintor, académico, diplomático y espía— tocaba melancólicamente a su fin. Las hordas de turistas habían ido y venido, y a última hora de la tarde solo algunos visitantes habituales del viejo museo deambulaban, indecisos, por sus salas pintadas de rosa. Uno de ellos era un hombre de edad madura. Observaba los enormes lienzos, con sus corpulentos desnudos retorciéndose entre fastuosos decorados históricos, desde debajo de la visera de una gorra plana bien calada sobre la frente.

Detrás de él, un hombre más joven consultaba con aire impaciente su reloj de pulsera.

—¿Cuánto tiempo más vamos a estar aquí, jefe? —preguntó en voz baja, en hebreo.

El mayor de los dos, en cambio, respondió en alemán y en un tono lo bastante alto como para que le oyera el soñoliento conserje de la esquina.

—Quiero ver uno más antes de que nos marchemos, gracias.

Entró en la sala siguiente y se detuvo ante la Virgen con el Niño, óleo sobre lienzo, ciento treinta y siete por ciento once centímetros. Conocía aquel cuadro como la palma de su mano: lo había restaurado en una casita junto al mar, al oeste de Cornualles. Inclinándose un poco, examinó su superficie a la luz oblicua de la sala. Su trabajo había aguantado bien el paso del tiempo. Ojalá pudiera decir lo mismo de su persona, pensó mientras se frotaba las lumbares doloridas. Las dos vértebras que se había fracturado hacía poco eran, quizá, sus percances menos graves. Durante su larga y distinguida carrera como agente del espionaje israelí, Gabriel Allon había recibido dos disparos en el pecho, había sido atacado por un perro alsaciano y rodado por varios tramos de escaleras en los sótanos del Lubyanka, en Moscú. Ni siquiera Ari Shamron, su legendario mentor, podía competir con él en cuestión de lesiones.

El joven que le seguía por las salas del museo se llamaban Oren. Era el jefe de su escolta, un molesto inconveniente fruto de su reciente ascenso. Llevaban treinta y seis horas viajando, primero en avión, de Tel Aviv a París, y luego en coche, de París a Viena.

Cruzaron las salas desiertas hasta la escalinata del museo. Había comenzado a nevar, y grandes y plumosos copos caían en línea recta en medio de una noche sin viento. Un visitante ocasional podría haber encontrado pintoresca aquella escena: los tranvías deslizándose por las calles espolvoreadas de azúcar glas, entre iglesias y palacios desiertos. Gabriel, en cambio, no. Viena siempre le deprimía. Sobre todo, cuando nevaba.

El coche esperaba en la calle, con el chófer sentado al volante. Gabriel se subió el cuello de su vieja chaqueta Barbour e informó a Oren de que pensaba regresar al piso franco dando un paseo.

—Solo —añadió.

—No puedo dejar que ande por Viena sin protección, jefe.

—¿Por qué no?

—Porque ahora es el jefe. Y si pasa algo…

—Dirá que estaba cumpliendo órdenes.

—Igual que los austriacos —repuso Oren y, en medio de la oscuridad, le tendió una pistola Jericho de nueve milímetros—. Al menos llévese esto.

Gabriel se guardó la pistola en la cinturilla de los pantalones.

—Estaré en el piso franco dentro de media hora. Informaré a King Saul Boulevard de mi llegada.

King Saul Boulevard era la dirección del servicio secreto de inteligencia israelí, cuyo nombre oficial, largo y premeditadamente engañoso, tenía muy poco que ver con su verdadero cometido. Hasta el jefe lo llamaba sencillamente «la Oficina».

—Media hora —repitió Oren.

—Ni un minuto más —le aseguró Gabriel.

—¿Y si llega tarde?

—Si llego tarde, será porque he sido asesinado o secuestrado por el ISIS, los rusos, Hezbolá, los iraníes o cualquier otro grupo u organización que tenga alguna afrenta contra mí. En cuyo caso, yo no daría un duro por mi vida.

—¿Y qué hay de nosotros?

—A vosotros no os pasará nada, Oren.

—No me refería a eso.

—No quiero que os acerquéis al piso franco —ordenó Gabriel—. Seguid circulando hasta que tengáis noticias mías. Y recuerda: no intentéis seguirme. Es una orden directa.

El escolta le miró en silencio con expresión preocupada.

—¿Qué pasa ahora, Oren?

—¿Está seguro de que no quiere que alguien le acompañe, jefe?

Gabriel dio media vuelta sin decir palabra y desapareció en la noche.

 

 

Cruzó el Burgring y echó a andar por los senderos del Volksgarten. Era de estatura inferior a la media —metro setenta y dos, como mucho— y tenía el físico enteco de un ciclista. La cara era larga, con el mentón estrecho y unos pómulos anchos y una nariz fina que parecían labrados en madera. Los ojos eran de un tono de verde casi antinatural y el cabello oscuro y corto blanqueaba en las sienes. Era la suya una fisonomía que podía tener muy diversos orígenes nacionales, y el don que Gabriel poseía para las lenguas le permitía sacar provecho de esa cualidad de su rostro. Hablaba con fluidez cinco idiomas, incluido el italiano, que había aprendido antes de viajar a Venecia a mediados de la década de 1970 para estudiar restauración artística. Posteriormente había trabajado como restaurador —un restaurador especialmente dotado para ese oficio, si bien algo parco en palabras— bajo el nombre de Mario Delvecchio, al tiempo que ejercía como agente de inteligencia y asesino a sueldo de la Oficina. Algunos de sus mejores trabajos los había hecho en Viena. Algunos de los peores, también.

Bordeó el Burgtheater, el escenario más prestigioso del mundo de lengua alemana, y siguió la Bankgasse hasta el Café Central, una de las cafeterías más afamadas de Viena. Allí, al mirar a través de las lunas esmeriladas, le pareció ver entre las brumas de su memoria a Erich Radek, colega de Adolf Eichmann y torturador de su madre, sentado a solas a una mesa bebiendo un einspänner. Radek el asesino era tan borroso e indistinto como una figura en un cuadro necesitado de restauración.

«—¿Está seguro de que no nos hemos visto nunca antes? Su cara me resulta muy familiar.

»—Lo dudo, la verdad.

»—Puede que volvamos a vernos.

»—Puede».

Aquella imagen se disolvió. Gabriel dio media vuelta y se encaminó al antiguo Barrio Judío. Antes de la Segunda Guerra Mundial, aquel barrio había albergado a una de las comunidades hebreas más nutridas y dinámicas del mundo. Ahora, de ella quedaba poco más que un recuerdo. Vio salir a unos pocos ancianos temblorosos del discreto portal de la Stadttempel, la sinagoga mayor de Viena, y acto seguido se dirigió a una plaza cercana bordeada de restaurantes. En uno de ellos, un restaurante italiano, había comido por última vez con Leah, su primera esposa, y Daniel, el hijo de ambos.

En una calle adyacente habían aparcado su coche. Gabriel aflojó el paso involuntariamente, paralizado por los recuerdos. Recordaba que había tenido que forcejear con las correas de la silla de seguridad de su hijo, y el leve sabor a vino de los labios de su esposa al darle un último beso. Y recordaba el ruido vacilante del motor —como un disco girando a velocidad errónea—, porque la bomba estaba extrayendo electricidad de la batería. Demasiado tarde, le gritó a Leah que no girara la llave una segunda vez. Luego, un fogonazo blanco le arrebató para siempre a su mujer y su hijo.

Su corazón tañía como una campana de hierro. «Ahora no», se dijo cuando las lágrimas le nublaron la vista. Tenía cosas que hacer. Levantó la cabeza hacia el cielo.

«¿Verdad que es precioso? Nieva sobre Viena mientras en Tel Aviv llueven misiles…».

Consultó la hora en su reloj de pulsera: tenía diez minutos para llegar al piso franco. Mientras caminaba apresuradamente por las calles desiertas, se apoderó de él un presentimiento abrumador. Era solo el tiempo, se dijo. Viena siempre le deprimía. Sobre todo, cuando nevaba.

3 VIENA

 

 

 

 

 

El piso franco estaba situado al otro lado del Donaukanal, en un elegante y vetusto edificio Biedermeier del segundo distrito. Allí las calles estaban más concurridas: aquel barrio no era un museo, sino un auténtico vecindario. Había un pequeño supermercado Spar, una farmacia, un par de restaurantes asiáticos y hasta un templo budista. Coches y motocicletas iban y venían por la calzada, y por las aceras transitaban peatones. En un lugar como aquel, nadie repararía en el jefe del servicio de inteligencia israelí. Ni en un desertor ruso, se dijo Gabriel.

Recorrió un pasadizo, cruzó un patio y entró en un portal. Las escaleras estaban a oscuras, y en el rellano del tercer piso había una puerta entornada. Se introdujo por ella, cerró y entró sin hacer ruido en el cuarto de estar, donde Eli Lavon estaba sentado detrás de varios ordenadores portátiles abiertos. Lavon levantó la mirada y, al ver la nieve depositada en los hombros y la gorra de Gabriel, arrugó el entrecejo.

—Por favor, no me digas que has venido andando.

—Se ha averiado el coche. No he tenido elección.

—No es eso lo que dice tu escolta. Más vale que avises a King Saul Boulevard de que estás aquí. Si no, es muy posible que esta operación acabe siendo una misión de búsqueda y rescate.

Gabriel se inclinó sobre uno de los ordenadores, tecleó un breve mensaje y lo envió a Tel Aviv por vía segura.

—Crisis evitada —dijo Lavon.

Llevaba una chaqueta de punto debajo de la arrugada americana de tweed, y una corbata ascot anudada al cuello. Tenía el cabello fino y descuidado y sus facciones anodinas, fáciles de olvidar, constituían, de hecho, una de sus mayores cualidades como agente de espionaje. Eli Lavon parecía un hombre insignificante. Era, sin embargo, un depredador nato capaz de seguir a un espía perfectamente cualificado o a un terrorista veterano por cualquier calle del mundo sin que nadie reparase en su presencia. Dirigía la división de la Oficina conocida como Neviot, entre cuyo personal se contaban artistas de la vigilancia, carteristas, ladrones y especialistas en colocar cámaras ocultas y dispositivos de escucha detrás de puertas cerradas. Sus colaboradores habían estado muy atareados esa noche en Budapest.

Señaló uno de los ordenadores. Mostraba a un hombre sentado ante el escritorio de una lujosa habitación de hotel. A los pies de la cama había una bolsa sin abrir. A su lado, un teléfono móvil y una ampolla de cristal.

—¿Es una fotografía? —preguntó Gabriel.

—Un vídeo.

Gabriel dio unos golpecitos en la pantalla del ordenador.

—No puede oírte, ¿sabes?

—¿Seguro que está vivo?

—Está muerto de miedo. Lleva cinco minutos sin mover ni un solo músculo.

—¿Qué le da tanto miedo?

—Es ruso —contestó Lavon como si eso lo explicase todo.

Gabriel estudió a Heathcliff como si fuera una figura de un cuadro. Se llamaba en realidad Konstantin Kirov y era uno de los informantes más valiosos de la Oficina. Solo una pequeña parte de la información que les suministraba Kirov afectaba de manera directa a la seguridad del estado de Israel, pero el resto —un enorme excedente— había rendido dividendos tanto en Londres como en Langley. En efecto, los directores del MI6 y la CIA esperaban con ansia cada remesa de secretos que salía del maletín del agente ruso. El festín, sin embargo, no les había salido gratis. Ambos servicios habían ayudado a sufragar los gastos de la operación, y los británicos, tras un intenso regateo, habían accedido a conceder asilo a Kirov en el Reino Unido.

La primera cara que vería el ruso tras desertar sería, no obstante, la de Gabriel Allon. El historial del israelí con el servicio de espionaje ruso y los hombres del Kremlin era largo y estaba teñido de sangre, de ahí que quisiera dirigir en persona el interrogatorio inicial de Kirov. Quería saber, en concreto, qué había descubierto y por qué de pronto tenía que desertar. Luego, dejaría al ruso en manos del jefe de la delegación del MI6 en Viena. Se lo cedería a los británicos de mil amores: los agentes desertores, al quedar inutilizados, constituían invariablemente un quebradero de cabeza. Sobre todo si eran rusos.

Kirov se movió por fin.

—Menos mal —dijo Gabriel.

La imagen de la pantalla se descompuso en un mosaico digital durante unos instantes. Luego, volvió a la normalidad.

—Lleva así toda la noche —explicó Lavon—. El equipo debe de haber colocado el transmisor en un sitio donde hay interferencias.

—¿Cuándo entraron en la habitación?

—Una hora antes de que llegara Heathcliff, más o menos. Cuando hackeamos el sistema de seguridad del hotel, nos colamos en el archivo de reservas y miramos su número de habitación. Entrar no fue problema.

Los genios del departamento de Tecnología de la Oficina habían creado una tarjeta-llave mágica capaz de franquearles cualquier puerta de hotel con sistema de apertura electrónico. Con la primera pasada, la tarjeta capturaba el código. Con la segunda, abría la cerradura.

—¿Cuándo empezaron las interferencias?

—En cuanto entró en la habitación.

—¿Le siguió alguien desde el aeropuerto?

Lavon negó con la cabeza.

—¿Algún nombre sospechoso en el registro del hotel?

—La mayoría de los huéspedes están asistiendo al congreso de la Asociación de Ingenieros Civiles de Europa del Este —explicó Lavon—. Un auténtico festival de frikis. Un montón de tíos con fundas de plástico en el bolsillo de la pechera para que los bolis no les manchen la chaqueta.

—Tú antes eras de esos, Eli.

—Todavía lo soy. —La imagen volvió a descomponerse—. Maldita sea —masculló Lavon.

—¿El equipo ha comprobado la conexión?

—Dos veces.

—¿Y?

—No hay nadie más en la línea. Y, aunque hubiera alguien, la señal está tan codificada que un par de superordenadores tardarían un mes en reensamblar las piezas. —La imagen se estabilizó—. Eso está mejor.

—Déjame ver el vestíbulo.

Lavon tocó el teclado de otro portátil y apareció un plano del vestíbulo. Era un maremágnum de trajes desaliñados, tarjetas de identificación y calvicies incipientes. Gabriel escudriñó las caras buscando alguna que pareciera fuera de lugar. Encontró cuatro: dos hombres y dos mujeres. Sirviéndose de las cámaras del hotel, Lavon obtuvo fotografías de cada uno ellos y las envió a Tel Aviv. En la pantalla del ordenador contiguo, Konstantin Kirov estaba mirando su móvil.

—¿Cuánto tiempo piensas hacerle esperar? —preguntó Lavon.

—El suficiente para que King Saul Boulevard pase esas caras por su base de datos.

—Si no se va pronto, perderá el tren.

—Mejor perder un tren que morir asesinado en el vestíbulo del Intercontinental por un equipo de asesinos de Moscú Centro.

La imagen volvió a pixelarse. Irritado, Gabriel tocó el monitor.

—No te molestes —dijo Lavon—. Ya lo he intentado.

 

 

Transcurrieron diez minutos antes de que el Servicio de Operaciones de King Saul Boulevard informara de que las caras de aquellos cuatro individuos no figuraban en su galería virtual de agentes de espionaje enemigos, mercenarios privados y terroristas o sospechosos de terrorismo. Solo entonces redactó Gabriel un breve mensaje de texto en una BlackBerry encriptada y pulsó ENVIAR. Un instante después vio como Konstantin Kirov echaba mano de su teléfono móvil. Tras leer su mensaje, el ruso se levantó bruscamente, se puso su abrigo y se enrolló una bufanda al cuello. Se guardó el teléfono en el bolsillo y cogió la ampolla de veneno, manteniéndola en la mano. La maleta la dejó donde estaba.

Eli Lavon pulsó varias teclas del portátil cuando Kirov abrió la puerta de la habitación y salió al pasillo. Las cámaras de seguridad del hotel siguieron sus pasos durante el corto trayecto hasta los ascensores. No había otros huéspedes ni empleados del hotel a la vista, y el ascensor al que subió estaba vacío. El vestíbulo, en cambio, era un hervidero. Nadie pareció reparar en Kirov cuando salió del hotel, ni siquiera los dos gorilas del servicio de seguridad húngaro que, vestidos con chaqueta de cuero, montaban guardia en la calle.

Faltaban escasos minutos para las nueve. Kirov disponía de tiempo suficiente para tomar el tren nocturno a Viena, pero debía darse prisa. Se dirigió al sur por la calle Apáczai Csere János, seguido por dos agentes de Eli Lavon, y enfiló luego Kossuth Lajos, una de las avenidas principales del centro de Budapest.

—Mis chicos dicen que está limpio —dijo Lavon—. Ni rusos, ni húngaros.

Gabriel envió un segundo mensaje a Konstantin Kirov ordenándole tomar el tren como estaba previsto. Embarcó cuatro minutos antes de la hora de salida, acompañado por sus vigilantes. De momento, Gabriel y Lavon no podían hacer nada más. Cuando se miraron el uno al otro en silencio, estaban pensando lo mismo. La espera. Siempre la espera.

4 WESTBAHNHOF, VIENA

 

 

 

 

 

Gabriel y Eli Lavon no esperaron solos, sin embargo: esa noche, los acompañó en su vigilia el Servicio Secreto de Inteligencia de Su Majestad, el cuerpo de espionaje más antiguo y excelso del mundo civilizado. Seis agentes de su célebre delegación en Viena —el número exacto se convertiría poco después en materia de controversia— mantuvieron una tensa espera en una sala acorazada de la embajada británica, mientras en Vauxhall Cross —el cuartel general del MI6 en Londres, a orillas del río— otros doce no quitaban el ojo a ordenadores y teléfonos de luz parpadeante.

Otro agente del MI6, un hombre llamado Christopher Keller, aguardaba frente a la Westbanhof, la estación de tren de Viena, sentado al volante de un discreto Volkswagen Passat. Tenía los ojos azules claros, el cabello descolorido por el sol, los pómulos cuadrados y el mentón carnoso, hendido en el centro. Su boca parecía permanentemente inmovilizada en una sonrisa irónica.

Teniendo poco que hacer esa noche, aparte de vigilar la aparición de posibles agentes rusos, Keller había estado cavilando acerca de los azarosos derroteros que le habían conducido hasta allí: el año malgastado en Cambridge, su misión como agente infiltrado en Irlanda del Norte y el desgraciado incidente de fuego cruzado que, durante la primera guerra del Golfo, le llevó a autoexiliarse en la isla de Córcega, donde aprendió a hablar un francés perfecto —si bien con acento corso— y se empleó al servicio de cierto conocido jefe mafioso, realizando tareas que podían describirse a grandes rasgos como las de un asesino a sueldo. Todo eso, sin embargo, había quedado atrás. Gracias a Gabriel Allon, Christopher Keller era ahora un respetable agente del Servicio Secreto de Inteligencia de Su Majestad. Se había rehabilitado.

Keller miró al israelí sentado a su lado, en el asiento del copiloto. Alto y desgarbado, tenía la piel lívida y los ojos del color del hielo glacial. Su semblante denotaba un profundo aburrimiento. El tamborileo nervioso de sus dedos sobre la consola central, sin embargo, delataba su verdadero estado de ánimo.

Keller encendió un cigarrillo —el cuarto en veinte minutos— y expelió una nube de humo contra el parabrisas.

—¿Es necesario que fumes? —protestó el israelí.

—Dejaré de fumar cuando tú dejes ese dichoso tamborileo. —Keller hablaba con acento pijo de West London: un vestigio de su infancia privilegiada—. Me estás poniendo dolor de cabeza.

Los dedos del israelí se detuvieron. Se llamaba Mikhail Abramov y, al igual que Keller, era veterano de una unidad militar de élite. En su caso, del Sayeret Matkal, las fuerzas especiales del ejército israelí. Keller y él habían trabajado juntos otras veces, la última recientemente, en Marruecos, donde habían seguido la pista a Saladino, el jefe de la división de operaciones exteriores del ISIS, hasta un remoto complejo en las montañas del Atlas Medio. Ninguno de los dos, sin embargo, efectuó el disparo que puso fin al reinado del terror de Saladino. Ese honor le había correspondido a Gabriel.

—Además, ¿por qué estás tan nervioso? —preguntó Keller—. Estamos en medio de la insulsa y aburrida Viena.

—Sí —contestó Mikhail distraídamente—. Aquí nunca pasa nada.

Había vivido en Moscú de niño y hablaba inglés con un leve acento ruso. Sus aptitudes lingüísticas y su aspecto eslavo le habían permitido hacerse pasar por ruso en varias operaciones importantes de la Oficina.

—¿Has trabajado aquí otras veces? —preguntó Keller.

—Una o dos. —Mikhail revisó su arma, una pistola Jericho, calibre 45—. ¿Te acuerdas de esos cuatro terroristas suicidas de Hezbolá que pensaban atentar en la Stadttempel?

—Creía que de eso se había encargado EKO Cobra. —EKO Cobra era la unidad táctica de la policía austríaca—. De hecho, estoy seguro de haberlo leído en los periódicos.

Mikhail le miró inexpresivamente.

—¿Fuiste tú?

—Tuve ayuda, claro.

—¿Alguien que yo conozca?

Mikhail no dijo nada.

—Entiendo.

Faltaba poco para la medianoche. Frente a la moderna fachada de cristal de la estación, la calle estaba desierta. Solo un par de taxis aguardaban a algún viajero rezagado. Uno de ellos sería el encargado de recoger a un desertor ruso y trasladarlo al hotel Best Western, en el Stubenring. Desde allí recorrería andando el último trecho hasta el piso franco. La decisión de dejarle entrar o no dependería de Mikhail, que le seguiría a pie. La ubicación del piso franco era quizá el secreto mejor guardado de la operación. Si nadie seguía a Kirov, Mikhail le cachearía en el portal del edificio y le llevaría arriba a ver a Gabriel. Keller debía quedarse abajo, en el Passat, defendiendo el perímetro, aunque no sabía con qué. Alistair Hughes, el jefe de la delegación del MI6 en Viena, le había prohibido expresamente que fuera armado. La reputación de hombre violento de Keller —una reputación bien fundada— le precedía; Hughes, por su parte, tenía fama de cauto. Llevaba una vida muy agradable en Viena: una red productiva, comidas prolongadas y buenas relaciones con el servicio secreto local. No quería tener problemas y verse obligado a volver a ocupar un despacho en Vauxhall Cross.

La BlackBerry de Mikhail se iluminó anunciando la llegada de un nuevo mensaje. El resplandor de la pantalla iluminó su cara pálida.

—El tren ha llegado a la estación. Kirov está saliendo.

—Heathcliff —le reprendió Keller—. Se llama Heathcliff hasta que le metamos dentro del piso franco.

—Ahí está.

Mikhail volvió a guardarse la BlackBerry en el bolsillo de la chaqueta mientras Kirov salía de la estación precedido por uno de los agentes de Eli Lavon y seguido por otro.

—Parece nervioso —comentó Keller.

—Lo está. —Mikhail empezó a tamborilear de nuevo sobre la consola central del coche—. Es ruso.

 

 

Los vigilantes israelíes se alejaron de la estación a pie; Konstantin Kirov, en un taxi. Keller le siguió a distancia prudencial, cruzando la ciudad en dirección este por calles desiertas. No vio señal alguna de seguimiento. Mikhail estuvo de acuerdo.

A las doce y cuarto, el taxi se detuvo frente al Best Western. Kirov se apeó del taxi, pero no entró en el hotel. Cruzó el Donaukanal por el Schwedenbrücke, seguido por Mikhail a pie. El puente los depositó a ambos en Taborstrasse, que a su vez los condujo a la bonita plaza de Karmeliterplatz, donde Mikhail acortó unos pasos la distancia que lo separaba de su objetivo.

Cruzaron juntos hasta una calle contigua y la siguieron, pasando junto a una hilera de tiendas y cafés cerrados, camino del edificio de viviendas de estilo Biedermeier situado al final de la manzana. En la ventana de la tercera planta brillaba una luz tenue, la justa para que Mikhail distinguiera la silueta de Gabriel en pie, con una mano en la barbilla y la cabeza ligeramente ladeada. Mikhail le mandó un último mensaje. Kirov estaba limpio.

Oyó entonces el ruido de una motocicleta que se acercaba. Pensó de inmediato que aquella no era una noche propicia para pilotar un vehículo de dos ruedas. Su opinión se vio confirmada unos segundos después, cuando vio aparecer la moto, derrapando, por la esquina del edificio.

El conductor vestía de cuero negro y llevaba un casco del mismo color, con la visera bajada. Detuvo la moto a escasos metros de Kirov, apoyó un pie en el suelo y sacó de la pechera de la chaqueta una pistola provista de largo silenciador cilíndrico. Mikhail no alcanzó a distinguir el modelo del arma. Una Glock. O una H&K, quizá. Fuera cual fuese, apuntaba directamente a la cara de Kirov.

Mikhail soltó el teléfono y echó mano de su Jericho, pero antes de que pudiera sacarla el arma del motociclista disparó dos lenguas de fuego. Ambos disparos dieron en el blanco. Mikhail oyó el repulsivo chasquido de los proyectiles al atravesar el cráneo de Kirov y vio brotar un borbotón de sangre y tejido cerebral en el instante en que el correo ruso se desplomaba sobre la acera.

El hombre de la motocicleta movió el brazo ligeramente, abriendo el ángulo unos grados, y apuntó al israelí. Dos disparos, ambos fallidos, obligaron a Mikhail a arrojarse al suelo y otros dos le impulsaron a buscar refugio detrás de un coche aparcado. Empuñó la Jericho con la mano derecha y, en el momento en que sacaba el arma, el hombre de la motocicleta levantó el pie y revolucionó el motor.

Estaba apenas a treinta metros de Mikhail, delante del piso bajo del edificio. Mikhail sujetó la pistola con ambas manos y apoyó los brazos estirados sobre el maletero del coche. Pero no disparó. Las normas de la Oficina concedían amplio margen a sus agentes a la hora de emplear armas letales para defender sus vidas. No les permitían, en cambio, abrir fuego con una pistola del calibre 45 contra un objetivo en fuga, en medio de un barrio residencial de una ciudad europea donde una bala perdida podía con toda facilidad segar una vida inocente.

La motocicleta aceleró y el rugido de su motor resonó en el desfiladero formado por los bloques de viviendas. Mikhail observó su avance mirando por encima del cañón de la Jericho, hasta que la perdió de vista. Se precipitó entonces hacia el lugar donde había caído Kirov. El ruso estaba muerto. De su cara no quedaba apenas nada.

Mikhail miró hacia la silueta de la ventana del tercer piso. Entonces oyó a su espalda el ruido de un motor que se acercaba a gran velocidad. Temió que fuera el resto del equipo de asesinos, dispuesto a rematar la faena, pero era Keller en el Passat. Agarró su teléfono móvil y subió de un salto al coche.

—Ya te lo decía yo —comentó cuando el coche arrancó bruscamente—. Aquí nunca pasa nada.

 

 

Gabriel permaneció junto a la ventana mucho más tiempo del debido, observando cómo se alejaba la luz trasera de la motocicleta, seguida por el Passat con las luces apagadas. Cuando los dos vehículos desaparecieron, contempló al hombre tendido en la acera. La nieve lo había cubierto de blanco. Estaba muerto, no había duda. Lo estaba ya antes de llegar a Viena, se dijo Gabriel. Antes incluso de abandonar Moscú.

Eli Lavon se situó junto a Gabriel. Pasaron unos minutos y Kirov siguió tendido en la acera, solo y desamparado. Por fin apareció un coche y se detuvo. El conductor salió. Era una joven. Se llevó la mano a la boca y apartó la mirada.

Lavon bajó la persiana.

—Hora de irse —dijo.

—No podemos…

—¿Has tocado algo?

Gabriel hizo un esfuerzo por recordar.

—Los ordenadores.

—¿Nada más?

—El picaporte

—Lo limpiaremos al salir.

De pronto, una luz azulada llenó la habitación. Gabriel conocía muy bien aquel resplandor: eran las luces de un coche patrulla de la Bundespolizei. Llamó a Oren, el jefe de su escolta.

—Venid por el lado de Hollandstrasse. Muy discretamente.

Cortó la llamada y ayudó a Lavon a meter los ordenadores y los teléfonos en sus bolsas. Al salir por la puerta, restregaron enérgicamente el picaporte, primero Gabriel y luego Lavon, por si acaso. Mientras cruzaban el patio oyeron el sonido lejano de las sirenas. Hollandstrasse, en cambio, estaba en silencio: solo se oía el suave murmullo de un motor al ralentí. Gabriel y Lavon montaron detrás. Un momento después cruzaron el Donaukanal, abandonando el segundo distrito para internarse en el primero.

—Estaba limpio. ¿Verdad, Eli?

—Como una patena.

—Entonces, ¿cómo sabía el asesino dónde tenía que ir?

—Tal vez deberíamos preguntárselo a él.

Gabriel sacó su teléfono y llamó a Mikhail.

5 FLORISDORF, VIENA

 

 

 

 

 

El Passat estaba equipado con la última tecnología Volkswagen de tracción a las cuatro ruedas, pero aun así era pedirle demasiado que girara bruscamente a la derecha a cien kilómetros por hora y sobre nieve recién caída. Las ruedas traseras patinaron y por un instante Mikhail temió que perdieran el control. Luego, sin embargo, las ruedas volvieron a adherirse al asfalto y el coche, tras una última sacudida, se enderezó.

Mikhail aflojó la mano con la que se agarraba al reposabrazos.

—¿Tienes mucha experiencia conduciendo con nieve?

—Muchísima —contestó Keller con calma—. ¿Y tú?

—Me crie en Moscú.

—Pero te fuiste cuando eras un crío.

—Tenía dieciséis años, en realidad.

—¿Tu familia tenía coche?

—¿En Moscú? Claro que no. Cogíamos el metro, como todo el mundo.

—Entonces nunca condujiste en Rusia en invierno.

Mikhail no lo negó. Estaban otra vez en Taborstrasse. Pasaron a toda velocidad junto a una zona industrial, unos cien metros por detrás de la motocicleta. Mikhail, que conocía bastante bien la geografía de la ciudad, calculó correctamente que se dirigían hacia el este. Hacia la frontera. Dedujo que el motorista tendría que cruzarla, y pronto.

La luz de frenado de la moto se encendió.

—Va a girar —dijo Mikhail.

—Ya lo veo.

La moto torció a la izquierda y desapareció de su vista un instante. Keller se acercó a la esquina sin aminorar la marcha. Un feo paisaje vienés desfiló oblicuamente por el parabrisas durante unos segundos, hasta que Keller consiguió hacerse de nuevo con el control del coche. La motocicleta les llevaba ya doscientos metros de ventaja, como mínimo.

—Conduce bien —comentó Keller.

—Pues deberías ver cómo maneja un arma.

—Lo he visto.

—Gracias por la ayuda.

—¿Y qué querías que hiciera? ¿Distraerle?

Ante ellos se alzaba la Torre del Milenio, un edificio de viviendas y oficinas de cincuenta y un pisos de altura ubicado en la orilla oeste del Danubio. Keller iba a unos ciento cincuenta kilómetros por hora cuando cruzaron el río, y aun así la moto se les escapaba. Mikhail se preguntó cuánto tiempo tardaría la Bundespolizei en echarles el ojo. Más o menos el mismo —calculó— que tardaría en sacar el pasaporte del bolsillo de un agente ruso muerto.

La moto dobló una esquina y desapareció. Cuando Keller consiguió tomar la curva, su luz trasera era solo un punto rojo en medio de la oscuridad.

—Vamos a perderle.

Keller pisó a fondo el acelerador. Justo en ese instante, vibró el móvil de Mikhail. El israelí apartó los ojos de la luz de la motocicleta el tiempo justo para leer el mensaje.

—¿Qué es? —preguntó Keller.

—Gabriel quiere saber qué está pasando. —Mikhail escribió una escueta respuesta y levantó la mirada—. Mierda —dijo en voz baja.

Ya no se veía la luz.

 

La culpa fue, en última instancia, de Alois Graf, un jubilado austriaco, discreto seguidor de un partido de ultraderecha, aunque eso último nada tuvo que ver con lo ocurrido. Viudo desde hacía poco tiempo, últimamente Graf tenía problemas para dormir. De hecho, no recordaba la última vez que había conseguido encadenar más de dos o tres horas de sueño desde la muerte de su querida Trudi. Y lo mismo podía decirse de Shultzie, su teckel de nueve años. En realidad, el chucho no era suyo, sino de Trudi. Shultzie nunca le había tenido mucha simpatía a Graf, y viceversa. Y ahora eran compañeros de celda, insomnes y deprimidos, camaradas en el dolor.

El perro estaba bien entrenado en el control de esfínteres y era medianamente considerado con el prójimo. Desde hacía un tiempo, sin embargo, necesitaba hacer sus necesidades a las horas más intempestivas. Graf, que también era considerado a su manera, nunca protestaba cuando Shultzie se acercaba a él de madrugada con una expresión angustiosa en sus ojillos rencorosos.

Esa noche, la necesidad de salir le asaltó a las doce y veinticinco, según el reloj de la mesilla de noche. El lugar preferido de Shultzie era el tramo de césped contiguo al restaurante americano de comida rápida de Brünnerstrasse, cosa que satisfacía a Graf, al que aquel local le parecía una ofensa para la vista. Claro que Graf nunca les había tenido mucho aprecio a los americanos. Era lo bastante viejo para acordarse de la posguerra, cuando Viena era una ciudad dividida en la que abundaban los espías y la miseria. Le caían mejor los británicos que los americanos. Ellos, al menos, tenían cierta picardía.

Para llegar a la añorada parcelita de Shultzie, había que cruzar Brünnerstrasse. Graf, que había sido maestro de escuela, miró a derecha e izquierda antes de bajarse del bordillo. Fue entonces cuando vio el foco solitario de una motocicleta que se acercaba, procedente del centro de la ciudad. Se detuvo, indeciso. La moto estaba todavía lejos. No se oía ningún ruido. Seguro que le daba tiempo de sobra a cruzar la calle. Aun así, dio un tironcito a la correa de Shultzie para que no se parase en mitad de la calzada, como solía hacer.

Cuando estaba en medio de la calle, Graf echó otra ojeada a la motocicleta. En tres o cuatro segundos había avanzado un buen trecho. Circulaba a gran velocidad, como evidenciaba el ruido estridente del motor, que ahora se oía con toda claridad. Shultzie también lo oyó. Se quedó quieto como una estatua y, por más que Graf tiró de la correa, no consiguió moverlo.

—Komm, Shultzie! Mach schnell!

Nada. El animal parecía clavado al asfalto.

La moto estaba a unos cien metros de distancia, la longitud aproximada del patio de su antiguo colegio. Graf se agachó y cogió al perro, pero era ya demasiado tarde: la moto se le echó encima. Viró bruscamente, pasándole tan cerca que pareció rozarle la tela del abrigo. Un instante después Graf oyó el terrible estruendo metálico de la colisión y vio una figura negra volar por el aire. Llegó tan lejos que se habría dicho que tenía alas. Sin embargo, el siguiente sonido que se oyó —el ruido de un cuerpo al chocar contra el pavimento— desmintió esa impresión.

El motorista avanzó varios metros más dando espantosas volteretas, hasta que por fin se detuvo. Graf pensó fugazmente en acercarse a él, aunque solo fuera para constatar lo evidente, pero otro vehículo, un coche, se acercaba a gran velocidad en la misma dirección. Con Shultzie en brazos, Graf se apartó rápidamente de la calzada para dejar pasar al coche. El conductor aminoró la marcha para inspeccionar el estado en que había quedado la motocicleta y luego se detuvo junto a la figura vestida de negro tendida, inmóvil, sobre el asfalto.

Se apeó un pasajero. Era alto y delgado, y su cara pálida parecía refulgir en la oscuridad. Miró un momento al motociclista —con más rabia que pena, observó Graf— y le quitó el casco destrozado. Acto seguido, hizo algo inaudito, algo que Graf no le contaría nunca a nadie: fotografió la cara del muerto con su teléfono móvil.

El destello de la cámara sobresaltó a Shultzie, que comenzó a ladrar frenéticamente. El hombre lanzó a Graf una mirada heladora antes de volver a subir al coche. Un momento después el vehículo se perdió de vista.

De inmediato empezó a oírse el ruido de las sirenas. Alois Graf debería haberse quedado donde estaba para contarle a la Bundespolizei lo que había presenciado, pero volvió a casa a toda prisa, con Shultzie retorciéndose en sus brazos. Se acordaba bien de cómo era Viena después de la guerra. A veces —se dijo— era preferible no ver nada.

6 VIENA - TEL AVIV

 

 

 

 

 

Dos cadáveres en plena calle, separados por unos seis kilómetros de distancia. Uno de ellos, con dos disparos efectuados a bocajarro. El otro, muerto en un accidente de motocicleta mientras se hallaba en posesión de una pistola de gran calibre, una HK45 Tactical con silenciador. No había testigos presenciales de ninguno de los dos hechos, ni grabaciones de cámaras de seguridad. Pero eso carecía de importancia: la historia de lo sucedido estaba escrita parcialmente en la nieve, en forma de pisadas y marcas de neumáticos, casquillos de bala y salpicaduras de sangre. Los austriacos trabajaron deprisa: el pronóstico del tiempo auguraba fuertes lluvias seguidas por dos días de temperaturas excepcionalmente altas para la estación. El cambio climático conspiraba contra ellos.

El hombre muerto por arma de fuego llevaba encima un teléfono móvil, una cartera y un pasaporte ruso que le identificaba como Oleg Gurkovsky. Según la documentación hallada en la cartera, Gurkovsky residía en Moscú y trabajaba en una empresa de telecomunicaciones. Reconstruir sus últimas horas de vida fue tarea sencilla: el vuelo en Aeroflot de Moscú a Budapest; la habitación del Intercontinental donde, curiosamente, dejó su equipaje; y el tren nocturno a Viena. Las cámaras de seguridad de la Westbahnhof le grabaron subiendo a un taxi, y el taxista, al ser interrogado por la policía, recordó haberle dejado frente al hotel Best Western, en el Stubenring. Desde allí cruzó el Donaukanal por el Schwedenbrücke, seguido a pie por un hombre. La policía recuperó varias grabaciones de cámaras de tráfico y seguridad en las que se veía parcialmente la cara del perseguidor. Este había dejado, además, un rastro de pisadas, especialmente en Karmeliterplatz, donde la nieve estaba casi intacta. Calzaba zapatos del número cuarenta y ocho sin marcas distintivas en las suelas. Los agentes de la policía científica hallaron varias pisadas idénticas junto al cadáver.

Encontraron asimismo seis casquillos del calibre 45 y huellas de neumáticos Metzeler Lasertec, cuyo análisis demostró de manera concluyente que pertenecían a la motocicleta BMW siniestrada en Brünnerstrasse. Las pruebas balísticas demostraron, a su vez, que los casquillos de bala procedían de la HK45 Tactical que portaba el motorista en el momento de impactar contra un coche aparcado. No llevaba nada más encima: ni pasaporte, ni permiso de conducir, ni dinero en efectivo, ni tarjetas bancarias. Parecía tener unos treinta y cinco años, pero la policía no podía estar segura de su edad, puesto que su cara mostraba signos evidentes de haber sido sometida a operaciones de cirugía plástica. Concluyeron que se trataba de un asesino a sueldo.

Pero ¿por qué, siendo a todas luces un profesional, había perdido el control de la moto en Brünnerstrasse? ¿Y quién era el individuo que había seguido al ruso desde el hotel Best Western a la calle del segundo distrito donde la víctima había recibido dos impactos de bala a bocajarro? Por otro lado, ¿qué había ido a hacer el ruso a Viena desde Budapest? ¿Le habían atraído hasta allí con engaños? ¿Le habían ordenado ir? Y si era así, ¿quién se lo había ordenado? Pese a todas las incógnitas sin resolver, el caso tenía visos de ser un asesinato selectivo llevado a cabo por un servicio de inteligencia sumamente eficaz.

Durante las primeras horas de la investigación, la Bundespolizei se guardó sus conclusiones. Los medios, en cambio, se lanzaron a especular a su antojo. A media mañana estaban convencidos de que Oleg Gurkovsky era un disidente, pese a que nadie en la oposición rusa parecía conocerle ni siquiera de oídas. En Rusia, no obstante, había personas —entre ellas, un abogado del que se rumoreaba que era amigo personal del Zar— que aseguraban conocerle bien, aunque no por el nombre de Oleg Gurkovsky. Según afirmaban dichas fuentes, el fallecido se llamaba Konstantin Kirov y era un agente secreto del SVR, el servicio de inteligencia ruso.

Fue en este punto, más o menos a las doce del mediodía en Viena, cuando dio comienzo un goteo constante de anécdotas, tuits, gorjeos, eructos, artículos en blogs y otras formas de discurso contemporáneo en páginas web de medios de comunicación y redes sociales. En un principio pareció un fenómeno espontáneo. Al poco tiempo quedó claro que no lo era en absoluto. Casi todo el material procedía de Rusia, o de alguna exrepública soviética amiga o estado satélite. Ninguna de las presuntas fuentes tenía nombre; al menos, nombre verificable. Las noticias eran siempre fragmentarias, piececillas de un rompecabezas mayor. Pero, una vez reunidas, la conclusión estaba tan clara como el agua: Konstantin Kirov, agente del SVR ruso, había sido asesinado a sangre fría por el servicio de espionaje israelí siguiendo órdenes directas de su jefe, el conocido rusófobo Gabriel Allon.

Así lo declaró el Kremlin a las tres de esa misma tarde, y a las cuatro la agencia de noticias rusa Sputnik publicó una fotografía en la que, según afirmaba, se veía a Allon saliendo de un edificio de viviendas cercano al lugar de los hechos, acompañado por un personaje con trazas de gnomo y rasgos indistinguibles. Fue imposible verificar la procedencia de la fotografía. La agencia aseguraba haberla obtenido de la Bundespolizei austriaca, cosa que la Bundespolizei negaba. Con todo, el daño ya estaba hecho. Los expertos televisivos de Londres y Nueva York —entre ellos, algunos que habían tenido el privilegio de conocerle en persona— reconocieron que el individuo de la fotografía se parecía mucho a Allon. El ministro de Interior austriaco era de la misma opinión.