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Sacrificio, sueños imposibles y el depredador definitivo...
Hay dos cosas que Paul Grove ama por encima de todas las cosas: a su hija Trisha y el vagar por las montañas y bosques de Wyoming. Por la primera haría cualquier cosa, y lo segundo es lo que lo define como persona. Los rastros que encuentra tras la desaparición de Trisha y sus amigas no tienen sentido, y las pistas que dejaron a su paso no se parecen a nada que haya visto jamás. Cuando su hija regresa acompañada de un guerrero de otro planeta, Paul comprende que debe volver con ella a su nuevo hogar o perderla para siempre.
Morian Reykill es una Gran Sacerdotisa para los simbióticos dorados de su mundo, a los que se los conoce como la Sangre de los Dioses. Es su protectora y miembro de la casa real de Valdier. Cuando su primer compañero es asesinado queda devastada porque, aunque no era su compañero predestinado, sí que se amaban profundamente. Consi‐ dera la idea de unirse a su compañero en el otro lado, pero algo le dice que todavía no ha llegado su hora.
Paul Grove encuentra una segunda oportunidad de amar gracias a esa hermosa mujer alienígena que lo ha dejado sin aliento. Pero cuando un loco amenaza a su nueva familia, tendrá que recurrir a todas las habilidades que aprendió durante su vida en la Tierra, además de algunos trucos nuevos...
La internacionalmente aclamada S.E. Smith presenta una nueva historia llena de acción, aventuras y romance. Rebosante de su humor característico, vívidos paisajes y personajes encantadores, ¡te aseguramos que este libro se convertirá en otro de los favoritos de sus fans!
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Seitenzahl: 436
Veröffentlichungsjahr: 2020
Me gustaría darle las gracias a mi marido, Steve, por creer en mí y estar lo bastante orgulloso como para darme la valentía necesaria para seguir mi sueño. También me gustaría darle las gracias especialmente a mi hermana y mejor amiga, Linda, que no solo me animó a escribir, sino que también leyó el manuscrito. Y a mis otras amigas que creyeron en mí: Jennifer, Jasmin, Maria, Rebecca, Gaelle, Angelique, Charlotte, Rocío, Aileen, Julie, Jackie, Lisa, Sally, Elizabeth (Beth), Laurelle y Narelle. ¡Son las chicas que me han mantenido en pie!
Y un agradecimiento especial a Paul Heitsch, David Brenin, Samantha Cook, Suzanne Elise Freeman, Laura Sophie, Vincent Fallow, Amandine Vincent, y PJ Ochlan, ¡las fantásticas voces detrás de mis audiolibros!
—S.E. Smith
La persecución de Paul: LORES DRAGÓN DE VALDIER, LIBRO 6
Copyright © 2020 de Susan E. Smith
Primera edición digital en inglés – junio de 2013
Primera edición digital en español – noviembre de 2020
Diseño de portada por: Melody Simmons y Montana Publishing
TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS: Queda prohibida la reproducción o transmisión de esta obra literaria bajo cualquier forma o medio, incluyendo reproducción electrónica o fotográfica, parcial o completa, sin el consentimiento expreso del autor.
Todos los personajes y eventos descritos en esta novela son ficticios o se utilizan de manera ficticia, y no deben interpretarse como reales. Cualquier parecido con una persona real, viva o muerta, hechos u organizaciones es pura coincidencia y no un acto consciente del autor.
Resumen: Morian está dispuesta a sacrificarlo todo, incluida su vida, para protegerlos. Lo que no sabe es que Paul se transforma en el depredador definitivo cuando su familia está en peligro. Nunca deja escapar a su presa cuando persigue a un enemigo.
ISBN: 9781952021589 (Edición en papel)
ISBN: 9781952021572 (Edición digital)
Romántica (amor con contexto explícito) | Ciencia ficción | Sobrenatural | Fantasía
Publicado por Montana Publishing
y S.E. Smith de Florida www.sesmithfl.com
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Epílogo
Libros e información extra
Sobre la autora
Sacrificio, sueños imposibles y el depredador definitivo...
Hay dos cosas que Paul Grove ama por encima de todas las cosas: a su hija Trisha y el vagar por las montañas y bosques de Wyoming. Por la primera haría cualquier cosa, y lo segundo es lo que lo define como persona. Los rastros que encuentra tras la desaparición de Trisha y sus amigas no tienen sentido, y las pistas que dejaron a su paso no se parecen a nada que haya visto jamás. Cuando su hija regresa acompañada de un guerrero de otro planeta, Paul comprende que debe volver con ella a su nuevo hogar o perderla para siempre.
Morian Reykill es una Gran Sacerdotisa para los simbióticos dorados de su mundo, a los que se los conoce como la Sangre de los Dioses. Es su protectora y miembro de la casa real de Valdier. Cuando su primer compañero es asesinado queda devastada porque, aunque no era su compañero predestinado, sí que se amaban profundamente. Consi‐ dera la idea de unirse a su compañero en el otro lado, pero algo le dice que todavía no ha llegado su hora.
Paul Grove encuentra una segunda oportunidad de amar gracias a esa hermosa mujer alienígena que lo ha dejado sin aliento. Pero cuando un loco amenaza a su nueva familia, tendrá que recurrir a todas las habilidades que aprendió durante su vida en la Tierra, además de algunos trucos nuevos...
La internacionalmente aclamada S.E. Smith presenta una nueva historia llena de acción, aventuras y romance. Rebosante de su humor característico, vívidos paisajes y personajes encantadores, ¡te aseguramos que este libro se convertirá en otro de los favoritos de sus fans!
Jalo Reykill, rey de Valdier – Fallecido,
casado con Morian Reykill, Sacerdotisa de la Colmena.
Cinco hijos:
Zoran Reykill, líder de Valdier
emparejado con Abby Tanner:
un hijo: Zohar
Mandra Reykill, comandante de la nave D’stroyer,
emparejado con Ariel Hamm:
un hijo: Jabir
Kelan Reykill, comandante de la nave V’ager,
emparejado con Trisha Grove:
un hijo: Bálint
Trelon Reykill, especialista de sistemas y seguridad,
emparejado con Cara Truman:
dos hijas gemelas: Amber y Jade
Creon Reykill, operativo/espía,
emparejado con Carmen Walker:
dos hijas gemelas: Spring y Phoenix
Paul Grove, ranchero, explorador, entrenador de supervivencia,
casado con Evelyn Grove – Fallecida,
compañero predestinado deMorian Reykill
Raffvin Reykill: hermano mayor de Jalo.
Vox d’Rojah: rey de los Guerreros sarafin,
emparejado con Riley St. Claire
Ha’ven Ha’darra, príncipe coronado de los curizanos,
emparejado con Emma Watson
Veintiséis años antes
Paul Grove se erguía alto y orgulloso mientras la brisa fría soplaba a su alrededor. En ella bailaba la promesa de la primera nevada de la temporada, pero Paul ya se sentía tan entumecido que ni siquiera el clima helado podía tocarlo. Era un hombre gigantesco, a pesar de tener tan solo veintiún años. Siempre había sido grande para su edad, y los años de trabajo duro en el rancho de sus padres le habían esculpido los músculos desde muy temprano, otorgándole un aspecto todavía más formidable.
Llevaba el cabello negro corto sencillamente porque era más fácil de mantener y su metro noventa y ocho de estatura había perdido hacía tan solo unos años esa impresión de extremidades larguiruchas. Su rostro marcadamente bronceado reflejaba las horas que se pasaba trabajando al aire libre en la naturaleza de Wyoming, pero aquel día lo que captaba la atención de los que lo rodeaban no era ni su altura ni su constitución, sino la pena que se veía en sus ojos marrón oscuro y la pequeña figura que llevaba en brazos con gesto protector.
Abrazó con más fuerza aquel cuerpecito y las lágrimas le nublaron la vista, pero se negó a dejarlas caer. Se concentró en la calidez pequeña y dulce que sostenía contra su corazón. Era lo único que le quedaba de Evelyn, de su preciosa y joven esposa que había muerto hacía menos de una semana de un aneurisma cerebral. Una parte de él quería sentir ira contra Dios por haberle arrebatado demasiado pronto algo tan preciado, tan hermoso. Los preciosos ojos castaños de su mujer aparecieron en su mente, resplandecientes de amor y humor. El modo en que Evelyn solía bailar por su pequeña casita mientras se reía y entonaba una canción todavía era un recuerdo muy vívido.
Paul tenía la impresión de haberla amado desde siempre. La familia de Evelyn se había mudado al pueblo cuando ella estaba en primero de primaria y Paul en tercero, ya grande para su edad, y Paul había jurado en aquel entonces que la amaría eternamente y que cuidaría de ella. Recordaba a los padres de Evelyn arrodillándose junto a ella y prometiéndole que le iría bien, y él se había acercado para presentarse. Diez minutos más tarde se había encontrado con la manita de Evelyn en la suya y la había acompañado hasta su clase mientras sus padres los miraban con expresiones preocupadas.
―Lo siento muchísimo, Paul ―dijo otro de sus antiguos compañeros de clase―. Si puedo hacer algo por ti…
Paul asintió de manera automática apretando los brazos alrededor de su pequeña hija como para protegerla de las miradas de preocupación, tristeza y compasión. Sabía lo que estaba pensando toda aquella gente: que era demasiado joven para criar él solo a una niña. Ya había recibido varias ofertas para quedarse a la pequeña, para dejar que otros la criasen. Demonios, hasta la madre de Evelyn había intentado llevarse a Trisha y criarla ella misma, diciéndole que lo mejor sería que se ocupase una mujer. Paul se había negado, recurriendo a toda la educación que tenía.
―Paul ―Rosalie, la madre de Evelyn, se acercó―. Deja que la coja.
Paul desvió la mirada llena de dolor hacia aquella mujer que, en los últimos años, había dejado de ser una madre agradable aunque estricta y se había convertido en una bruja de primera categoría en su comportamiento con Evelyn.
Rosalie había cambiado el día en que su marido las había abandonado a Evelyn y a ella cuando Evelyn estaba en sexto de primaria. Paul había escuchado mientras Evelyn lloraba y le contaba que nunca parecía ser lo bastante buena para su madre, y hasta había intentado curar los moratones y marcas que habían florecido en la delicada piel de Evelyn fruto de las ocasiones en que su madre se emborrachaba y se dedicaba a golpearla por las infracciones más insignificantes.
Al final le había hecho una visita a la madre de Evelyn y le había advertido de que, si volvía a golpear a su hija, no mostraría piedad con ella. Su madre había intentado mantenerlos separados, pero Paul habría luchado contra el planeta entero por su preciosa esposa. Y no iba a hacer menos por su adorable pequeña.
―No ―respondió con brusquedad, mirando aquellos ojos que le habrían recordado a los de su mujer de no ser por el enfado y la amargura que contenían―. Está bien. Está dormida ―añadió con algo más de suavidad.
―Deja que me la quede ―suplicó Rosalie―. ¿Acaso no me has arrebatado ya suficiente? ¿Acaso no he perdido ya bastante? Deja que críe a mi nieta. Eres joven; puedes encontrar a otra chica, casarte y tener más hijos. Yo no tendré otra Evelyn. Nunca tendré otra oportunidad.
Paul sintió cómo la ira crecía en su interior a medida que escuchaba sus palabras.
―Nunca apreciaste a la preciosa hija que tenías. ¿Qué te hace pensar que voy a dejar que te quedes con la mía? ―preguntó con voz fría, controlándose a duras penas―. Amaba a tu hija más que a mi propia vida, Rosalie, y quiero a nuestra hija en la misma medida. Se ha convertido en mi vida. Soy su padre, y voy a seguir siéndolo. Estaré ahí para ella, seré yo quien le enseñe, quien la guie y quien la quiera con toda la fuerza de mi ser.
La mirada de Rosalie se volvió tan fría y amarga como el viento que soplaba sobre el cementerio.
―Eso ya lo veremos. Tengo dinero, y lucharé por la pequeña de mi hija. Me la quedaré y la criaré aunque sea lo último que haga. ¡Será mía!
Paul sintió cómo una decisión llena de paz lo embargaba mientras Trisha cambiaba de posición y alzaba la cabecita llena de rizos. Se sacó el pulgar de la boca y miró a su padre a los ojos. Una pequeña sonrisa inocente le curvó los labios rosados y sus ojos castaño oscuro se iluminaron, llenos de amor y confianza.
―Papá ―dijo con una risita, inclinándose hacia delante para esconder la nariz fría contra la suave mejilla de su padre.
Paul miró a Rosalie con una decisión renovada y con una madurez que no se suele poseer con veintiún años. Durante la última semana había aprendido la dolorosa lección de que la vida no era justa, quizás porque el destino había decidido intervenir al saber que para Evelyn y él casarse jóvenes había sido algo importante. Evelyn podía no haber vivido mucho, pero durante su breve vida le había regalado algo de lo más valioso: el saber cómo era amar y ser amado, y una hija preciosa.
Alzó la mano para cubrir la cabeza llena de rizos de Trisha y hundió la nariz entre los mechones salvajes, inspirando el aroma fresco del champú de fresa que había usado aquella misma mañana para lavarle el pelo. Se negaba a permitir que nadie le arrebatase su razón para vivir, no sin luchar. En aquel instante, Trisha era lo único que evitaba que cediese ante la pérdida y el dolor que amenazaban con consumirlo y hacerlo pedazos. Volvió a mirar a Rosalie a los ojos con una mirada oscurecida por una ira silenciosa.
Rosalie retrocedió, llevándose la mano al cuello al reconocer que había presionado demasiado a su yerno; subconscientemente siempre había sabido que Paul sería un oponente formidable si se lo arrinconaba o provocaba. La recorrió un escalofrío, segura de que también podía resultar mortífero.
Paul ajustó su abrazo alrededor de Trisha y miró a la madre de Evelyn con una expresión fría y sombría en el rostro.
―Te prometo que nunca le pondrás las manos encima a mi hija, Rosalie ―dijo antes de darse la vuelta y marcharse sin mirar atrás.
Veintiún años antes:
―¿Qué es? ―preguntó Paul en voz baja, arrodillándose en el pequeño sendero que habían abierto los animales en la vegetación.
La melena de largos rizos cayó hacia delante, casi tocando la tierra, cuando la pequeña figura que lo acompañaba se acuclilló a su lado. Unos dedos pequeños se extendieron, sin casi rozar la ligera huella que había en el suelo húmedo. Trisha se concentró en su forma, imaginando mentalmente a todos los animales que vivían en la zona y qué aspecto tenían sus huellas. Sujetó con fuerza el pequeño arco que su padre le había hecho antes de alzar la vista y mirar a su alrededor con ojos oscuros y serios.
―Un puma ―susurró, abriendo mucho los ojos―. Uno viejo a juzgar por el tamaño de la huella. ¿Crees que está cerca?
―Dímelo tú ―le pidió Paul en voz baja, dirigiéndole una sonrisa orgullosa al rostro lleno de intensidad de su hija―. ¿De cuándo crees que es el rastro?
Trisha volvió a examinar la huella antes de pasar a la siguiente.
―No es antiguo. ¿Ves la manera en que ha hundido las hojas? Todavía están húmedas y tienen firmeza. Quizás sea de esta mañana ―musitó.
―Buen trabajo, pequeña. ―Paul se puso en pie―. Tenemos que volver al campamento. Ariel y Carmen van a acampar con nosotros esta noche.
Trisha le sonrió de oreja a oreja a su padre, entusiasmada.
―¿También va a venir su papá?
Paul se rio, colgándose la enorme mochila al hombre.
―Así es. Su madre ha ido a visitar a su hermana y a su padre se le ha ocurrido que sería una buena oportunidad para que las chicas no tengan que seguir sufriendo sus esfuerzos en la cocina.
Trisha se rio, descendiendo por el sendero.
―¿Podremos hablar esta noche con mami de todas formas?
Paul sintió una presión en el pecho ante su inocente felicidad. Si el clima lo permitía, ambos salían todas las noches y se tumbaban para mirar el cielo tachonado de brillantes estrellas, y cada noche Paul elegía una distinta para que su preciosa Evelyn los observase desde ella. Le daba las gracias todas las noches por haberle otorgado aquel regalo tan valioso que ahora avanzaba a saltitos delante de él. Solo se sentía en paz cuando estaba con su pequeña en la naturaleza, o tumbado bajo las estrellas y hablando con su preciosa esposa. Alzó los ojos hacia el cielo azul y despejado, preguntándose si la sensación de que ahí fuera había alguien esperándole lo seguiría carcomiendo eternamente. Había intentado buscar a esa persona, pero ninguna de las mujeres que había conocido hasta ahora había logrado tranquilizar la inquietud de su alma.
Bajó la mirada bruscamente al notar el cambio que se producía en el bosque. Trisha lo reconoció al mismo tiempo y su pequeño cuerpo se quedó paralizado, completamente inmóvil. A Paul el vello se le puso de punta a modo de advertencia.
―Trisha, ven aquí, pequeña ―dijo en voz baja.
Esta retrocedió al instante, examinando el bosque en busca de lo que había hecho que ambos fuesen conscientes de que había peligro cerca. Paul se apoyó el rifle contra el hombro y separó más los pies para que, se tratase lo que se tratase, tuviese que pasar primero por encima de él.
―Trisha, súbete a un árbol, ahora ―siseó sin alzar el volumen―. No bajes hasta que te lo diga.
Oyó cómo Trisha se subía a una rama baja y empezaba a escalar, pero no se giró para mirarla. Dejó que sus oídos le guiasen y le indicasen que su preciosa hija estaba a salvo.
Oyó un crujido a su izquierda, entre los árboles, antes de que el viejo puma emergiese corriendo hacia él. Paul se mantuvo firme hasta que supo que tenía un tiro limpio y no se movió en lo más mínimo, esperando. Si fallaba, dejaría al animal herido, y aquello lo volvería todavía más peligroso. El puma saltó y Paul disparó. La fuerza del disparo le atravesó el corazón al animal, lanzándolo a un lado y haciéndolo rodar hasta desaparecer entre los altos arbustos que cubrían el suelo del bosque. Paul tiró del cerrojo del libre, liberando el casquillo usado y cargando otra bala en la cámara con una eficiencia tranquila fruto de muchos años de entrenamiento.
―Papi ―susurró Trisha―. Lo veo. Es un puma. No se mueve.
―Quédate ahí, pequeña. Voy a asegurarme de que está muerto ―contestó Paul, avanzando poco a poco.
Se abrió paso entre los arbustos hasta llegar junto al puma. Había sido una muerte limpia. No era normal que un puma descendiese hasta aquella altura de la montaña. Paul se arrodilló junto al enorme y viejo felino y lo examinó rápidamente. Estaba muy delgado, y cuando le abrió la boca vio que los dientes estaban en mal estado. Le miró las patas, y en la pata trasera izquierda encontró un corte profundo que se había infectado.
―Es hora de ir hacia tu siguiente vida, viejo amigo ―dijo en voz baja, apoyando la palma por un momento sobre la cabeza del viejo puma―. Que la tierra tome tu cuerpo y nutra con él a otros. ―Después se puso de pie y se acercó al árbol en el que estaba Trisha, de pie sobre una de las ramas y observándolo―. Baja, pequeña. No podemos hacer nada por él.
Mantuvo la mirada fija en Trisha mientras esta bajaba, extendiendo los brazos y cogiéndola en cuanto estuvo a su alcance. Sonrió cuando aquellos rizos salvajes se balancearon alrededor de Trisha cuando la niña se aferró a él por un instante. Aquella noche tendría que pasarse un buen rato desenredándolos.
Alzó la vista una última vez hacia el despejado cielo azul y le dio las gracias a su preciosa esposa por cuidar de ellos. El peso que sentía en el corazón se aligeró, casi como si pudiese sentirla sonriéndoles.
«Algún día», pensó Paul, «algún día encontraré a la mujer capaz de llenarme el corazón como lo hacías tú».
En la actualidad:
Paul pasó los dedos sobre las marcas de quemaduras. Había estado en aquel lugar al menos una docena de veces en los últimos seis meses, y se negaba a rendirse. Había sido él quien había encontrado la cabaña que había a unos ocho kilómetros del final de la carretera, y había sido él el que había encontrado el primero de los cuatro cuerpos que había enterrados a su alrededor.
El estómago se le revolvió al recordarlo. Había llamado a Trisha cuando esta no se había presentado tal y como había prometido. Trisha siempre respondía a sus llamadas si le era posible y, si por alguna razón alguno de ellos no estaba disponible, siempre devolvían la llamada en cuanto podían sin importar qué hora fuese del día o de la noche.
Dos días más tarde había recibido una llamada de la policía estatal de California. Trisha y varias mujeres más habían desaparecido y su hija no había vuelto con el avión de Boswell International. El jet empresarial experimental todavía estaba en la pista de aterrizaje de Shelby, en California.
Paul se había pasado toda la noche conduciendo para llegar al lugar en cuestión, donde un sistema de seguridad nuevo le había permitido ver lo que había ocurrido en aquel aparcamiento mal iluminado. El sheriff local había secuestrado a Abby Tanner, una artista a la que su hija y la amiga de la infancia de esta, Ariel, habían traído de vuelta desde Nueva York.
El FBI y la policía estatal se habían hecho cargo de la investigación al ver que uno de los suyos estaba implicado, y tras pedir algunos favores Paul había recibido permiso para ayudar con la búsqueda gracias a su experiencia siguiendo rastros en la naturaleza.
Hicieron falta tres días para que localizasen las camionetas de Abby y del sheriff. La moto que su hija en espíritu, Carmen Walker, había pedido que le dejasen en el aparcamiento había aparecido tirada en el suelo, detrás de las furgonetas, y las marcas de frenado habían dejado claro que Carmen había tumbado la moto a toda prisa. Durante aquellos tres días Paul había descubierto cosas sobre el sheriff de la zona, un tal Clay Thomas, que le habían helado la sangre.
Thomas había sido expulsado de los Marines bajo sospecha de haber asesinado a varias mujeres fuera de la base en la que había estado asignado en Oriente Medio. No habían logrado dar con ningún cuerpo, así que no había habido prueba alguna, pero Paul había pedido algunos favores más y había recibido una copia de todos los informes. Tras revisarlos uno a uno con suma atención había conseguido montar una narrativa aterradora de un hombre que disfrutaba haciendo daño a otros, especialmente a mujeres.
Todas las familias que habían sido entrevistadas habían comentado el modo en que Thomas había acosado a sus esposas, hermanas o hijas. Lo habían denunciado frente a las autoridades, pero nunca se había hecho nada al respecto, ni siquiera después de que aquellos seres queridos hubiesen desaparecido misteriosamente. Thomas siempre había tenido coartada, y cuidaba mucho de asegurarse de que nadie lo seguía cuando salía de la base.
Para cuando Paul había encontrado la cabaña, ya había sabido que estaban lidiando con un asesino en serie. Dentro del edificio había una amplia variedad de instrumentos diseñados para infligir la mayor cantidad de dolor, y la sangre seca se había acumulado entre los listos de madera del suelo.
Paul había rodeado la propiedad mientras los investigadores invadían la zona. Necesitaba «ver» el área antes de que todos los «expertos» destruyesen las pruebas. Había ido ampliando el círculo hasta el momento en que había encontrado la primera tumba. El cuerpo de la mujer había sido descuartizado antes de ser envuelto en plástico y enterrado a poca profundidad, y Paul había encontrado otros tres cuerpos antes de estar seguro de que no había más.
Una parte de él había ido muriendo tras cada hallazgo. Su mayor miedo, el que Trisha, Ariel o Carmen fuesen una de aquellas mujeres, lo carcomía. Habían hecho falta dos largos meses antes de que los resultados mostrasen que ninguna de las mujeres eran las viajeras del avión. Desde entonces Paul había estado yendo una vez al mes desde su rancho en Wyoming a Shelby, en California, para volver a visitar aquellos lugares en busca de más pistas.
En aquel momento estaba allí, de pie, examinando las marcas de quemaduras de los árboles. El informe del investigador especializado en incendios había sido no concluyente. No se habían encontrado rastros de productos químicos, ni tampoco ninguna explicación de cómo ni qué podría haber causado un fuego que ardiese a tanta temperatura como para reducir a ceniza una pequeña zona y dejar todo lo demás intacto.
Las marcas eran extremadamente precisas, casi como si las llamas se hubiesen originado a partir de una fuente que pudiese apuntarse. Paul les había enseñado fotografías de los daños a expertos militares, pero incluso ellos se habían mostrado confundidos. Un informe afirmaba que no había ningún modo conocido en la Tierra que pudiese haber creado llamas lo bastante intensas como para provocar aquellos daños sin prenderle fuego a todo el bosque alrededor.
Paul se quedó allí, mirando el lugar donde un joven investigador había encontrado una fina capa de cenizas. El análisis había sugerido que se trataban de restos humanos, pero ni siquiera la cremación lograba reducir un cuerpo a una ceniza tan fina. Paul sacó un pequeño pañuelo doblado de su bolsillo.
Lo abrió y miró la escama del tamaño de una moneda de un dólar que descansaba sobre la blancura del pañuelo. La había encontrado clavada en la corteza de un árbol, cerca de donde se había descubierto la ceniza; una escama roja con motas veces y doradas en los bordes. Había hecho que la analizasen en la Universidad Estatal de Wyoming a través de Hugh Little, un amigo del instituto que ahora trabajaba en el departamento de investigación biológica. Sintió un escalofrío al recordar aquella llamada que había recibido bien entrada la noche.
―Hola, Paul ―había dicho Hugh, entusiasmado―. Eh, verás, necesito que me llames tan pronto como vuelvas. Es sobre la escama que me enviaste. Tenemos que hablar de ella cuanto antes. ―Hugh había sonado tan excitado que Paul había decidido ir directo al campus en el que trabajaba Hugh, conduciendo cuatrocientos kilómetros extra.
Hugh lo había recibido con un entusiasmo exagerado que Paul nunca había visto en aquel hombre habitualmente tranquilo. Se había llevado a Paul a su laboratorio y había empezado a explicarle sus hallazgos. Paul lo había escuchado con atención, pero lo que realmente lo había cautivado eran las imágenes.
―La escama proviene de alguna clase de criatura, de eso no me cabe duda. Al principio creía que podía ser un reptil, pero ya no lo creo. No se parece a nada que haya visto antes. No se trata siquiera de su composición química, ni siquiera de su tamaño; mira qué pasa cuando aumento la imagen ―le había explicado Hugh.
Paul había mirado mientras la imagen borrosa de la escama se iba aclarando hasta dejar visible un patrón intrincado. El borde era una curva perfecta, con una fina línea dorada que la reseguía y con líneas oblicuas de un verde oscuro que se cruzaban con ella. El rojo había destellado con un remolino de colores, haciendo que pareciese que estaba en llamas, y en el centro de la escama había habido lo que parecía una lanza. Paul se había acercado, examinando con atención el dibujo.
―¿Es de verdad? ―le había preguntado a Hugh con tono calmado y pensativo.
―Oh, vaya si es de verdad. ¿Ves esos colores que giran? He intentado tomar una muestra y ha destrozado todas las agujas que he probado. Cuando he intentado cortar la escama, ha derretido la hoja ―contestó este―. No sé de dónde la has sacado, pero te diré una cosa; nunca he visto nada parecido en la Tierra.
Una oleada de pavor helado había recorrido a Paul mientras miraba fijamente aquel rojo ondulante. Era la tercera vez que alguien decía algo parecido. Se había llevado la escama consigo aun a pesar de las protestas de Hugh de que necesitaba hacer más pruebas, explicándole que por ahora hacía falta para una investigación pero que, una vez que encontrasen a Trisha, podría enviársela. Pero, por ahora, la escama la necesitaba él.
Paul echó la cabeza hacia atrás y miró el cielo nublado; llovería pronto. Lo olía en el aire. Volvió a su camioneta, sumido en sus pensamientos y mirando a su alrededor una última vez antes de sentarse tras el volante. Todavía le quedaba otra persona a la que visitar antes de volver a casa. Había descubierto el nombre de aquella persona hacía tan solo un par de días, ya que ninguno de los investigadores había creído que la anciana amiga de la artista fuese lo bastante importante como para interrogarla.
Paul recogió la tablilla que había sobre el salpicadero y consultó la dirección. Edna Grey, sesenta y tres años, amiga de la familia de Abby Tanner. Grey había conocido a los abuelos de Abby, quienes habían sido los responsables de criar a la chica, y había trabajado con ellos en el mundo del espectáculo antes de jubilarse.
Abby a menudo cuidaba de sus animales cuando Grey se marchaba para visitar a sus hijos, según varios de los informantes con los que había hablado Paul. Dejó la tablilla en el asiento del copiloto y encendió el motor de su gran Ford 250. Puso la marcha atrás, cambiando de sentido con tres maniobras para poder poner rumbo a la montaña.
Entró en la autopista y activó el limpiaparabrisas cuando empezó a caer la lluvia. Le rezó a Dios para que aquella Edna Grey pudiese aportarle algo de información útil; empezaba a quedarse sin pistas.
Se frotó el pecho en el lado del corazón. Sabía que su pequeña estaba viva. Podía sentirla. No era como cuando Evelyn había muerto.
Con Evelyn había sabido al instante que se había ido, había podido sentir el vacío en su corazón. Había sabido que había ocurrido algo antes incluso de recibir la llamada de su madre, que había estado de visita cuando Evelyn se había desplomado.
No, Trisha seguía con vida, sentía cómo lo llamaba. Era casi tan fuerte como la otra sensación que también había estado sintiendo últimamente, la sensación de que su vida estaba a punto de cambiar. Se sentía inquieto, como si algo lo estuviese llamando y diciéndole que el vacío que llevaba tanto tiempo sintiendo estaba a punto de llenarse hasta rebosar.
Puso el intermitente y disminuyó la velocidad para tomar la estrecha curva que llevaba a un largo camino de acceso de grava. Al final del camino y a través del parabrisas cubierto de gotas de lluvia pudo ver una casa grande de dos pisos. Un amplio porche rodeaba el edificio; casi parecía que les diera la bienvenida a los invitados para que se quedasen un rato.
Paul se detuvo delante de los escalones y apagó el motor. Abrió la puerta, inclinando el sombrero de ala que llevaba puesto para protegerse el rostro del frío de la llovizna, y se dirigió al porche, subiendo los escalones de dos en dos.
Se oyó un ladrido bajo al otro lado de la puerta y esta se abrió antes de que tuviese ocasión de llamar, revelando el suave rostro de una mujer que debía de rondar los sesenta y cinco. Tenía el cabello largo y canoso recogido en una trenza, e iba vestida con unos vaqueros desgastados y una camisa de vestir azul metida dentro de los pantalones. La mujer guardó silencio por un instante antes de sonreír y abrir la puerta mosquitera. Junto a ella había un golden retriever de buen tamaño con una pelota de tenis verde lima en la boca y que agitaba la cola de un lado al otro.
―Señora Grey, me llamo Paul Grove ―se presentó Paul, quitándose en sombrero y sosteniéndolo con nerviosismo entre las manos―. Mi hija es Trisha Grove. Era la piloto del avión que trajo de vuelta a su amiga Abby Tanner.
Edna asintió mientras las lágrimas le inundaban los ojos.
―Entre. Estaba esperando a que viniese alguien.
Paul inclinó la cabeza en un gesto de asentimiento y entró sin hacer ruido en la casa. Miró a su alrededor mientras los ojos se le ajustaban a la poca luz del interior, tomando nota de todo con un solo vistazo. Vio las fotografías de cantantes y actores famosos que se mezclaban con las de la familia de Edna en una de las paredes, y después desvió la vista hacia la vitrina llena de premios.
―Sígame ―dijo Edna, dirigiéndose a la parte posterior de la casa.
Paul le echó un vistazo a las escaleras, percatándose de la madera gastada pero pulida de los escalones, y analizó la sala de estar formal junto a la que pasaron. Siguió a Edna por un pasillo estrecho hasta llegar a una cocina bien iluminada y muy moderna. La pared del fondo tenía unos grandes ventanales que dejaban entrar mucha luz natural. Edna le hizo un gesto para que se sentase en la mesa blanca y con marcas de uso que había cerca de la ventana mientras ella ponía agua a hervir.
―Voy a contarle una historia, Paul Grove. Seguramente crea que soy una anciana senil que vive en su mundo de fantasía, pero no es así ―dijo, mirando fijamente a Paul con una sonrisa firme pero tranquilizadora―. Si me cree o no depende de usted. Yo solo puedo decirle lo que sé y lo que sospecho.
―¿Está viva mi hija? ―preguntó Paul con voz grave y brusca.
Edna sonrió mientras el agua hervía, sin mirarlo a él sino al vapor que salía de la tetera.
―Deje que le cuente mi cuento y después podrá hacerme esa pregunta.
Sirvió el agua en dos tazas y abrió uno de los armarios para sacar un par de bolsitas de té que colocó en las tazas. Dejó cada taza sobre un platillo y las llevó a la mesa, colocando una de ellas frente a Paul y la otra frente a tu su propia silla antes de sentarse. El golden retriever entró en la cocina y se acurrucó a sus pies, dejando caer la pelota entre sus patas antes de apoyar la cabeza sobre ella con un gimoteo.
―Bo echa de menos a Abby ―dijo Edna antes de soplar su té y tomar un sorbo―. Y yo también, pero está en un lugar mejor. O al menos eso creo.
―¿Dónde crees que está? ―preguntó Paul, rodeando la taza con manos frías, pero no bebió el aromático líquido.
Edna suspiró antes de mirarlo con ojos claros y llenos de inteligencia.
―Hace seis meses dejé a mi perro Bo y a mi mula Gloria en casa de Abby, en las montañas. Abby heredó la cabaña de sus abuelos y, habiendo nacido y crecido allí, no planeaba irse nunca ―explicó, haciendo una pausa para tomar otro sorbo.
Paul no dijo nada, simplemente esperó a que Edna estuviese lista para continuar. Sabía que, si esperaba y escuchaba a la gente durante el tiempo suficiente, averiguaría más cosas que si intentaba meterles prisa.
Edna asintió y le sonrió.
―Le habría caído bien. Es un hombre paciente, Paul Grove. Abby había estado trabajando en una pieza muy elaborada de vidrio coloreado para los Boswell y por lo que sé su hija Trisha era la piloto del vuelo.
―Además de otras tres mujeres muy importantes para mí ―concordó Paul―. Trisha era la piloto. Dos de sus amigas de la infancia también estaban a bordo, además de otra joven a la que mi hija y Ariel habían tomado bajo su protección.
―Sí, leí algo sobre ellas en el periódico. Es lo que no decía el periódico lo que necesitas saber ―repuso Edna, inclinándose hacia delante―. Cuando volví a recoger a Bo y Gloria después de mi visita a mi hijo y mi nuera, me encontré con que Abby ya no estaba sola. Había un hombre, un hombre como nunca había visto. Había un aire salvaje en él, un poder que no era… normal.
El rostro de Paul se tensó, convirtiéndose en una máscara petrificada.
―¿Cree que le hizo daño a Abby?
Edna negó con la cabeza y se reclinó en su silla.
―Al contrario. Creo que la salvó… y también a su hija y a las demás mujeres.
―¿Qué le hace pensar eso? ―preguntó Paul con rigidez―. Acaba de admitir que había algo en él que no encajaba. ¿Qué había que fuese distinto?
La sonrisa de Edna se esfumó y sus ojos se oscurecieron por los recuerdos.
―Que la amaba, y que juró que haría todo lo que estuviese en su mano para protegerla y hacerla feliz. Y le creí. Verá, se llamaba Zoran Reykill, y era un alienígena proveniente de otro planeta ―dijo con cuidado.
Paul apretó los labios, devolviéndola la mirada sin parpadear.
―¿Espera que me crea que a mi hija la han secuestrado los alienígenas? ―preguntó con voz grave y carente de emoción.
―Secuestrado no, rescatado ―replicó Edna a la ligera, tomando un sorbo de té―. Ya le he dicho que me preocupé al ver que había un desconocido con Abby. Tiene que comprender que Abby es una persona muy callada y reservada; no se abre a la gente con facilidad. Era de lo más feliz sola en su montaña, y aquel hombre era muy grande, incluso más grande que usted. Tenía el cabello negro y largo hasta la espalda, y ojos completamente dorados con pupilas verticales. Me comprendía cuando le hablaba, pero yo no logré entenderle hasta que… ―Dejó de hablar al recordar la nave dorada del prado.
―¿Hasta que…? ―la animó Paul sin alzar la voz.
―Hasta que me llevó a su nave ―siguió Edna suavemente―. Zoran me llevó hasta el prado que hay no muy lejos de la cabaña. Al principio no había nada, pero de repente una gran nave dorada apareció de la nada, flotando a varios palmos del suelo. Estaba viva. Vi cómo giraban los colores y se estremeció cuando me acerqué. Zoran la tocó y de golpe apareció una puerta y unas escaleras, y me llevó dentro. Debajo de nosotros se formaron unos asientos dorados y apareció un panel. Mientras estuvimos dentro de la nave, pude entender todo lo que me decía. ―Miró a Paul con la determinación reflejándose en sus ojos―. Me dijo que se había estrellado en nuestro mundo y que Abby lo había encontrado y había cuidado de él, y que sabía que era su compañera predestinada. Me dijo que, cuando se marchase, se la llevaría con él. No me lo estoy inventando. No tengo ninguna prueba más allá de lo que te he contado; de usted depende si me cree o no. ¿Puede explicarme qué es lo que ha encontrado? No es usted el único que ha estado investigando, señor Grove. Sé qué pruebas quedaron, y sé cuál es su trabajo. ¿Qué sugiere todo lo que ha encontrado? ―lo presionó.
Paul dejó de mirarla para mirar en su lugar por la ventana, hacia el establo frente al que había una mula vieja, mojándose bajo la suave lluvia. Desvió la mirada hacia las montañas del fondo antes de volver girarse hacia la mujer que tenía delante.
―Que algo que no es de la Tierra estuvo presente ―contestó en voz baja.
Edna asintió lentamente.
―Y ahora voy a hacerle la misma pregunta que me ha hecho: ¿está viva su hija? ―le preguntó con suavidad, poniendo la mano sobre la suya.
Paul miró su taza de té todavía intacta y tragó el nudo que sentía en la garganta. Las lágrimas le quemaban tras los párpados al imaginarse a su preciosa pequeña. Se preguntó si sería feliz, si estaría a salvo, si lo echaba de menos tanto como la echaba de menos él. Volvió a levantar la vista y por fin asintió.
―Sí, sigue viva, pero no sé qué hacer ahora. ¿Cómo puedo traerla de vuelta a casa si se la han llevado a otro planeta? ―preguntó, pronunciando en voz alta aquel miedo frente a la mujer que le había dado las únicas respuestas que empezaban a tener sentido.
Edna se reclinó en su silla.
―Algo me dice que no podrá ser feliz de verdad sin usted, del mismo modo en que usted no puede ser feliz de verdad sin ella. Si es siquiera la mitad de tenaz de lo que lo es usted, no me sorprendería para nada que los alienígenas volviesen. Y, cuando llegue ese momento, quizás no sea para que la traiga de vuelta, sino para que ella lo lleve consigo.
Paul la miró durante varios segundos. Por primera vez en seis meses, sentía cómo la esperanza empezaba a germinar en su interior. Se pasó una hora con Edna, haciéndole pregunta tras pregunta e intentando aprender todo lo posible sobre aquel tal Zoran Reykill y su nave dorada. Rechazó con educación el quedarse a cenar, diciéndole a Edna que tenía muchas cosas en las que pensar durante el largo camino de vuelta.
Se despidió de Edna y Bo con un asentimiento de cabeza mientras se alejaba con el coche, poniendo rumbo a su rancho, e hizo varias llamadas durante el largo camino de vuelta. Tenía muchos asuntos que cerrar. Si su pequeña había ido a las estrellas como siempre le había prometido, entonces tendría que ocuparse de ciertos asuntos. Después de todo, él siempre le había prometido que, si Trisha iba a las estrellas, iría con ella.
Morian Reykill soltó un suspiro mientras tocaba con sumo cuidado la nueva planta que acababa de trasplantar. Examinó el patio interior que había creado con la esperanza de encontrar un lugar en el que hallar un poco de paz, y sonrió y sacudió la cabeza. Resultaba ridículo sentirse tan sola. Su vida estaba tan llena que rebosaba, simplemente debía aceptar aquello que se le había concedido.
Sus cinco hijos habían encontrado a sus compañeras predestinadas y, aunque todavía tenían que suavizarse algunas aristas, acabarían encontrando el camino. Quizás tuviera que echarles una mano aquí y allá. Las preciosas criaturas con las que habían vuelto no se parecían a nada que Morian hubiese visto antes… y eran de lo más cabezotas.
Se le escapó una risita cuando el pequeño capullo se abrió durante un segundo antes de volver a cerrarse con fuerza, casi como si estuviese enfadado de que lo hubiesen cambiado de lugar para ponerlo en aquel nuevo hogar. Las mujeres eran muy parecidas a aquella pequeña planta: ellas tampoco estaban seguras de si querían estar allí. Con el tiempo extenderían las raíces y encontrarían su camino, creando un nuevo hogar a partir de aquel nuevo mundo al que las habían traído.
Habían pasado tantas cosas en los últimos meses. Morian cerró los ojos cuando el dolor ganó fuerzas en su interior al pensar en su compañero. El que su propio hermano le hubiese arrebatado la vida le desgarraba el corazón. Siempre se había sentido agradecida de que la hubiesen unido con Jalo.
Había sido un hombre suave, amable e inteligente que se había ganado su corazón con su ternura. Había tenido paciencia con ella, esforzándose en conocerla antes incluso de que sus vidas se uniesen. Su dragón la había tolerado al ser una sacerdotisa de la Colmena.
Y su simbiótico la respetaba por la misma razón, pero ninguno de los dos había sentido la misma pasión ardiente hacia ella que había sentido el hombre. Morian había sabido desde el principio que no era la compañera predestinada de Jalo e incluso había aceptado que, si algún día llegaba a encontrar a la mujer elegida, ella podía acabar apartada y amándolo desde lejos. Pero Jalo no había encontrado a ninguna mujer a la que aceptasen las tres partes de su ser y, de hecho, había parecido satisfecho de estar con Morian incluso a pesar del ansia que esta sabía que ardía en su interior.
Había sido idea de Raffvin el salir a cazar la semana en la que Jalo murió. Los informes que habían recibido decían que había sido un accidente, que su dragón había sido aplastado por un desprendimiento de rocas. Se suponía que Raffvin también había muerto, pero nunca habían dado con su cuerpo, y ahora Morian sabía por qué. Había asesinado a su hermano y también había intentado asesinar a los hijos de este mientras se escondía tras la falsedad de estar muerto.
Le temblaron las manos al pensar en perder a más miembros de su familia. No creía poder sobrevivir otra pérdida como aquella; la desaparición de Zoran la había dejado devastada.
Su regreso había sido una bendición, especialmente porque había vuelto con una especie a la que aceptaban tanto sus simbióticos como sus dragones. Las mujeres eran escasas en Valdier, y las pocas que tenían edad de emparejarse ya lo estaban.
Por desgracia, nacían muy pocas mujeres. Los científicos creían que era una combinación de las personalidades dominantes de los hombres y de la necesidad de contar con guerreros durante la Gran Guerra pero, a pesar de que la Gran Guerra entre los sarafin, los curizanos y los valdier había terminado hacía ya cien años, todavía seguían naciendo pocas mujeres.
La necesidad de los hombres adultos de encontrar compañeras estaba alcanzando un punto crítico, y muchos guerreros valdier buscaban ahora compañeras entre las sarafin y curizanas. El mayor problema era encontrar a una mujer aceptada por las tres partes de los guerreros. Si se tenía suerte, se encontraba a una mujer a la que sus tres partes tolerasen como mucho, pero con el tiempo la necesidad y el anhelo del dragón y la infelicidad del simbiótico acababa separando a la pareja si no se tenía cuidado. En el peor de los casos, una o ambas de esas partes no aceptaban a la mujer e intentaban matarla.
Morian se sentía agradecida de que sus hijos ya no tuviesen que seguir sufriendo ese problema. Ahora solo tenían que aprender a comprender y aceptar a sus compañeras como las mujeres independientes y llenas de voluntad que eran.
Personalmente, a ella le gustaban sus espíritus libres, ya que Morian misma había acostumbrado a meterse en bastantes problemas por su comportamiento obstinado. Jalo lo había tolerado, pero en su juventud a menudo había sido castigada por hacer cosas que se suponía que no debían hacer las mujeres.
Pero tenía suerte; como sacerdotisa de la Colmena y reina madre de los lores dragón, se le daba bastante más libertad que a las demás mujeres de Valdier. La mayoría de las mujeres siempre estaban escoltadas por sus compañeros y no se les permitía viajar con la misma libertad que disfrutaba ella ahora que no estaba emparejada.
―Morian ―la llamó la voz de Abby desde la puerta del patio interior.
Morian sonrió al pensar en la preciosa y silenciosa hija que acababa de adoptar. Abby era la compañera predestinada de su hijo mayor, Zoran, y sus gestos amables y personalidad callada ocultaban una fuerza que ya había demostrado que no era ninguna florecilla que necesitase protección.
El sonido de la risa de un bebé hizo que Morian se lavase las manos a toda prisa. Abby había dado a luz hacia poco a un niño: su primer nieto. Cara, la compañera de Trelon, había tenido a dos niñas gemelas poco después, las primeras niñas en siglos en la casa real, y ya estaban demostrando que iban a ser una copia exacta de su madre. Tan solo tenían unos meses y ya empezaban a intentar gatear.
―Abby ―la llamó encantada, extendiendo los brazos hacia su nieto, que chilló de felicidad al verla―. ¿Cómo está mi maravilloso muchachito? ―lo arrulló.
―Oh, está genial ―contesto Abby con un suspiro cansado―. Pero no estoy tan segura en cuanto a tu hijo. ¡Va a conseguir volverme loca!
La risita de Morian resonó en el patio y le arrancó otra risa gorgoteante a Zohar.
―¿Qué ha hecho ahora?
Abby se acercó al banco que había junto a la fuente central para sentarse y se echó hacia atrás la pesada cortina de cabello castaño oscuro, relajándose. Se le dibujó una sonrisa en los labios al ver cómo su hijo intentaba soltarle el pelo a Morian del moño en el que lo llevaba recogido. Por eso precisamente llevaba ella el pelo suelto; Zohar se ponía a chillar cada vez que se lo recogía y no conseguía alcanzarlo, así que Zoran había insistido en que lo llevase siempre suelto para que su hijo pudiese tocarlo siempre que le apeteciera.
―Para empezar, no me deja recogerme el pelo, y si lo intento me lo vuelve a soltar diciendo que a Zohar no le gusta, aunque yo creo que él es igual de cabezota. Hasta he llegado a amenazar con cortármelo, pero Zoran… ―Se sonrojó al recordar lo que Zoran había amenazado con hacerle si se le ocurría pensar siquiera en cortárselo.
Los ojos de Morian destellaron divertidos al mirar a Abby.
―Su padre era igual. En una ocasión yo también iba a cortarme el pelo, incluso tenía las tijeras en la mano, y entonces entró y me pilló. ―Soltó una risita, sonrojándose ella también―. Me tuvo atada a la cama durante tres días.
―¿Tres días? ―jadeó Abby, incrédula―. ¿Qué hiciste?
―Lo disfruté tanto que a partir de entonces empecé a amenazarle con cortarme el pelo al menos una vez al mes hasta que… ―La voz le falló y su expresión se convirtió en una de tristeza―. Hasta que lo asesinaron.
Abby se puso en pie y se acercó a donde Morian se había sentado en el borde de la fuente con Zohar.
―Lo siento muchísimo, Morian ―dijo, poniéndole la mano en el hombro.
Morian alzó la vista y sacudió la cabeza.
―Han pasado muchos años, pero todavía lo echo de menos. Era un buen compañero. Echo de menos cómo solíamos hablar ―admitió en voz baja. Volvió a sacudir la cabeza y sonrió―. Bueno, ¿cómo has conseguido escabullirte sin que Zoran se dé cuenta?
―No lo ha conseguido ―gruñó una voz grave desde el camino lleno de sombras que llevaba a la fuente.
Abby puso los ojos en blanco y se sentó junto a Morian.
―Hola, cariño.
―No me vengas con «hola cariño» ―gruñó Zoran, acercándose―. Creía haberte dicho que te quedases en nuestras habitaciones. Tienes que descansar; Zohar te ha despertado al menos media docena de veces esta noche ―dijo, poniéndola en pie para abrazarla.
Abby se relajó contra su pecho, disfrutando de la piel cálida contra su mejilla.
―Él no ha sido el único ―musitó sombría.
Aquella vez le tocó a Zoran ponerse un poco colorado.
―Sí, bueno, hueles de lo más dulce ―susurró, dirigiéndole una mirada a su madre cuando esta lo miro arqueando una ceja―. Bueno, es verdad. La leche que produce para Zohar es… ―empezó a defenderse débilmente.
Abby lo interrumpió con un gemido, ocultando el rostro sonrojado contra su pecho.
―Tu madre no necesita tanta información ―gimió.
―No, no la necesito ―coincidió Morian con una risita―. Pero, como ya he dicho, es igual que su padre.
Zoran se quedó con la boca abierta antes de cerrarla de golpe y sacudir la cabeza.
―Se acabó. Hora de volver a nuestras habitaciones. Vamos, pequeño guerrero, es hora de tu siesta. Y creo que tu Dola también necesita una siesta.
Morian soltó una risita cuando Zohar fulminó a su padre con una mirada de rebeldía antes de arrugar el rostro y soltar un agudo chillido en cuanto este le soltó con cuidado los dedos del mechón de cabello que había logrado soltar del peinado de Morian. Zoran hizo una mueca ante el grito y miró a Abby con la desesperación grabada en el rostro, y Abby arqueó una ceja y negó con la cabeza mientras volvía a coger a Zohar en brazos. En cuanto los dedos del pequeño volvieron a tener un mechón de su largo cabello oscuro al que aferrarse, este soltó un pequeño hipido y se tranquilizó, soltando un suave suspiro ante de esconder la cara contra el cuello de Abby.
―Y por eso no debes cortarte nunca el pelo ―dijo Zoran con terquedad―. No me gusta cuando llora. Me duelen los oídos.
Morian se rio por lo bajo mientras escuchaba cómo se alejaban Abby y Zoran, discutiendo sobre cómo Zohar necesitaba aprender que no siempre podía salirse con la suya en cuanto se ponía a llorar. Recordaba cuando ella misma tenía esas discusiones con Jalo, y esperaba que Abby tuviese más suerte de la que ella había tenido. Jalo había querido locamente a sus hijos, y Morian sabía que estos se habían metido en más problemas de lo debido gracias a lo mucho que tenían controlado a Jalo.
Se giró en el asiento de piedra fría y observó el santuario que era aquel patio. Metió los dedos en el agua clara y tranquila de la piscina central, creando un remolino al moverlos con gesto ausente mientras el silencio crecía hasta dejar de ser cómodo y empezar casi a ahogarla. Bajó la vista para mirar las ondas que estaba creando en el agua y no pudo evitar pensar que su vida era como aquella agua ondulante.
―¿Qué me pasa? ―susurró para sí―. ¿Por qué me siento tan inquieta? ¿Por qué siento este anhelo creciendo en mi interior?
Giró la cabeza al oír el sonido de hojas moviéndose entre los densos arbustos que había a la izquierda de la piscina, y una enorme figura dorada emergió de las sombras. El simbiótico de Jalo se había convertido en su compañero constante desde su muerte.
Morian se había quedado asombrada cuando el simbiótico se había negado a abandonarla tras la muerte de Jalo para volver a la colmena. Hasta lo había acompañado en persona a la Colmena. Cuando el simbiótico de Jalo había vuelto a emerger del río de los Dioses, también había absorbido el simbiótico más pequeño de Morian para ser más fuerte, tanto en fuerza física como en su vínculo con la esencia de Morian y de su dragona. Aquello era algo que no había sido capaz de hacer anteriormente y, desde entonces, rara vez se separaba de ella más de unos pasos.
―¿Qué pasa? ―le preguntó Morian con suavidad, confundida ante el rápido cambio de colores brillantes que le recorrían el cuerpo―. Tú también lo notas, ¿verdad? Como si algo estuviese a punto de pasar ―dijo, volviendo a mirar a su alrededor. Cerró los ojos, buscando en su interior en busca de qué podría estar provocando esa sensación.
