La Secta de los Tordos - Aarón Abarca - E-Book

La Secta de los Tordos E-Book

Aarón Abarca

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Beschreibung

En la tenebrosa y decadente ciudad de Franklin, donde la línea entre el vicio y la virtud casi no existe, una serie de crímenes siembra el terror en las calles. Mía es una joven detective llena de ambiciones, pero sin experiencia. Tras descubrir que todas las víctimas tienen la marca de un tordo, se adentra en esta vorágine con la esperanza de atrapar al asesino. Pero cada pista trae una nueva pregunta, como un laberinto que amenaza con devorarla. Ella luchará contra sus propios demonios para enfrentar la peor cara de la humanidad.

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Seitenzahl: 159

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© La secta de los Tordos

Sello: Tannhäuser

Primera edición digital: Septembre 2024

© Aarón Abarca

Director editorial: Aldo Berríos

Ilustración de portada: Camilo Palma

Corrección de textos: Áurea Ediciones

Diagramación digital: Marcela Bruna

Diseño de portada: Marcela Bruna

_________________________________

© Áurea Ediciones

Providencia 2594, local 417, Providencia, Chile

www.aureaediciones.cl

[email protected]

ISBN impreso: 978-956-6386-27-8

ISBN digital: 978-956-6386-61-2

__________________________________

Este libro no podrá ser reproducido, ni total

ni parcialmente, sin permiso escrito del editor.

Todos los derechos reservados.

Siempre suelo dedicar mis obras a mi hija,

pero en esta ocasión quisiera honrar a un grande.

Te dedico este libro, querido amigo mío y hermano.

Muchas gracias por motivarme a seguir escribiendo.

De no ser por ti, jamás hubiera visto la luz del día.

Para mi compañero de la vida, Vladimir B.

“Lo verdadero es siempre sencillo,

pero solemos llegar a ello

por el camino más complicado.”

—George Sand.

1

Todo comenzó en la década de los setenta, más específicamente en el verano de mil novecientos setenta y uno. Un verano que recordaré hasta el último de mis días. En aquel entonces, acababa de cumplir veintidós años cuando me promovieron de una simple oficial de policía a detective, para luego, ese mismo año, comenzar a trabajar para la brigada de homicidios de la ciudad de Franklin. La ciudad pasaba por sus días más oscuros, las nubes negras y vendavales amenazaban con quedarse para siempre. Yo era una muchacha impaciente y muy entusiasta, a tal punto que no quería cerrar los ojos para dormir, porque amaba mi trabajo y servir a la comunidad. Pero lo que no sabía, es que el entusiasmo y la motivación me guiaban hacia una corriente cargada de horrores y experiencias terroríficas. Un solo caso de locura bastaría para que cambiara no solo mi carrera, sino que también mi vida para siempre. Por desgracia, así fue.

La ciudad de Franklin, al igual que la nación, estaba siendo azotada por inconmensurables deudas, falta de empleos, alza de impuestos y una inflación que no discriminaba entre ricos y pobres. Además, la ciudad estaba catalogada con estándares pésimos en cuanto a calidad de vida. Era un lugar ruidoso, sucio, infestado de plagas y con una alta tasa de delincuencia y asesinatos; cada mes rompía su propio récord. Los más sensatos tomaban a sus niños y los sacaban de este agujero escupido por el diablo, pero los que no poseían los medios para comenzar de nuevo en otra ciudad, quedaban condenados a vivir aquí en Franklin. No era extraño ver en cada esquina cómo las adolescentes se prostituían, los hombres vendían drogas y los okupas se apoderaban de terrenos privados para instalarse. Franklin tenía muchos problemas por todas partes. La ciudad se estaba deteriorando, los barrios y las pandillas corrían bajo la ley del más fuerte. A principios de los setenta, la cifra de actos de vandalismo y asesinatos no bajaba de veinte mil. Las personas eran víctimas de asaltos y violaciones, nadie estaba a salvo. Para el Departamento de Policía de la ciudad de Franklin fue una completa locura, no debías estar en tus cabales si querías ser oficial.

El catorce de marzo recibí una llamada que jamás olvidaré. Eran las ocho de la noche, al verano todavía le quedaban unos días de intenso calor, pero ese día cayó la primera lluvia del año. Se me solicitaba para reforzar a unos compañeros que trataban de detener un saqueo en una de las arterias más concurridas de la ciudad. Diez minutos más tarde y cuando estaba a mitad del camino, la central me dijo que tomara una ruta distinta, porque al otro extremo de la metrópolis estaban asaltando un banco. Cuarenta minutos más tarde, la central volvió a llamar, esta vez debía olvidar el asunto del banco y regresar al centro de la capital, porque un ciudadano acusaba el asesinato de su hija. No había más oficiales disponibles. Yo sentía que andaba en círculos, sin un objetivo concreto.

Caminé de regreso al centro y reflexioné sobre los cuerpos tirados en las calles. Cada semana aparecían más, mientras que los policías desertaban porque todo estaba fuera de control. Para colmo de males, el alcalde de ese entonces, el señor Carlos Varela, despidió a gran parte de los trabajadores que servían a la ciudad. Franklin no podía pagar sus sueldos, lo que desencadenó las protestas de estos funcionarios públicos, quienes no podían comprender que se recortaran tantos gastos en esta ciudad tan deprimente y vulnerable.

Una noche, comenzaron a aparecer cuerpos con una marca. Era un ave de color negro. Diminuta. Mirándome.

Solo yo podía verla.

2

La joven estaba cubierta de esquirlas en toda su ropa. Su cabello cubría su rostro, su cuerpo permanecía sentado y con el cinturón de seguridad puesto, y las llaves del auto estaban situadas para hacer contacto. El motor del vehículo no estaba encendido. La cabeza de la víctima reposaba en la ventana del conductor y tanto el parabrisas como la ventana estaban manchados con una explosión de sangre. No toqué el cadáver para no arruinar la investigación, pero supuse que la bala debió ser bastante grande para causar semejante cantidad de sangre. El brazo de Andrea se movió como si fuera su último espasmo. Entonces, noté algo extraño en su muñeca: había una marca pequeña, un tatuaje diminuto de un ave negra o una quemadura propinada por un cigarrillo…

Al llegar a la escena, me encontré con una familia destrozada. Intenté hablar con la madre de la víctima, pero no fue capaz de responder a mis preguntas. Comprensible. Su esposo la abrazó y mientras ella lloraba desconsolada en su pecho, él comenzó a hablar. Al principio tartamudeó, pero su lengua se fue aflojando. Su hija se llamaba Andrea Rojas y tenía dieciocho años cuando su vida fue arrebatada. Todos sus sueños acabaron antes de tiempo por culpa de un miserable bastardo. Estaba sentada detrás del volante del auto de su padre, un Fiat 600, de esos redondos, junto a su novio, el señor Edgardo Delgado, de veinte años, frente de la casa de los padres de Andrea. De pronto, dos disparos atravesaron las ventanas del coche, lo que provocó la muerte inmediata de Andrea. Al entrevistar esa noche a su padre, don Jorge Rojas, me dijo que su esposa corrió por el pasillo gritando: “les dispararon, les dispararon”. Acto seguido, Jorge salió a la calle y encontró a su hija sin vida dentro del auto, mientras que su yerno había desaparecido.

No había nadie más a quien tomarle testimonio, ningún testigo. Por lo que me dijo don Jorge, su esposa intuyó toda la situación. Por eso estaba aturdida, en un nebuloso estado emocional. Era inútil hablar con ella.

Por otra parte, las calles estaban vacías. Ni un rastro de los vecinos.

Revisé la escena del crimen. Llamé a la central y pedí refuerzos para acordonar el área y hacer una investigación. El único sospechoso que tenía por el momento era Edgardo Delgado.

Al rato después, aparecieron los vecinos chismosos, quienes se acercaban tímidamente a consolar a los padres de Andrea.

En muchos otros lugares del mundo, esta clase de muerte sería relevante. Toda una noticia que los medios cubrirían hasta el cansancio. De seguro los fotógrafos de los periódicos se pelearían para retratar la escena del crimen, los noticieros entrevistarían a los amigos de Andrea y su núcleo cercano. Lo mismo pasaría con el joven Edgardo: su fotografía aparecería en los titulares, acusándolo, dibujando una serie de teorías hasta rozar lo fantástico.

Sin embargo, nada de eso pasó.

La ciudad de Franklin estaba acostumbrada a estos casos, por lo que a nadie le importó la muerte de Andrea y la desaparición de su novio.

Pero yo no era como el resto. Me puse a trabajar lo más rápido que pude con lo que tenía. No podía defraudar a la familia Rojas, ni mucho menos a la institución policiaca. Había muchísima presión sobre mis hombros, mi reputación estaba en juego. Tampoco quería que me vieran como a otros oficiales: inoperante y corrupta, anotando un par de datos en mi libreta, para abandonarlos sin más. Nada de eso. Me acomodé la gorra, mi chaqueta y me puse manos a la obra. Mis padres no habían criado a una holgazana.

Los primeros pasos de una investigación son fundamentales. Ese paseo por la escena del crimen es crucial para resolver un caso. Tarde o temprano, toda evidencia se contamina, pasando por alto hechos o potenciales testigos. Como si mis ojos fueran de halcón, anoté cada matrícula, calle, hora, fecha y las partes involucradas. Mis observaciones iniciales suelen ser muy neutrales, casi aburridas. El vehículo estaba agujereado, los disparos vinieron por la ventana del copiloto. La ventana del conductor estaba rota, pero no destruida en su totalidad. Había restos de sangre y piel dañada de la víctima. La puerta del copiloto estaba abollada en la parte baja.

Imaginaba las patadas, el tirón de la puerta para sacar a Edgardo.

La lluvia comenzaba a caer cada vez más fuerte. Era una lluvia ruidosa, de esas gruesas.

Al acercarme a las ruedas, captó mi atención el olor a goma quemada. Fricción con el asfalto.

Seguí revisando el vehículo. En la guantera no había nada más que los papeles del auto y su dueño. Revisé el chasis y todo estaba en orden. Ese pequeño Fiat 600 de color verde solo tenía la manija forzada, el vidrio destrozado y la abolladura. Aparentaba ser un secuestro.

Me acerqué lo que más pude a la víctima, tenía que revisar bien sus heridas antes de que la lluvia lo limpiara todo.

3

Tres meses despuésEl veintitrés de junio de mil novecientos setenta y uno fue un viernes. Un viernes de invierno. Época donde los recuerdos de mi padre y mi infancia siempre florecen. “Con la nariz colorada y bufanda de colores, paseo por la calle dando tiritones”. Esa era su estrofa, que acompañaba con cosquillas cada invierno. Siempre me hacía reír, incluso ahora. La madrugada de ese viernes me levanté de mi cama y caminé hasta la ventana de mi habitación para contemplar el horizonte. La madrugada estaba pacífica, no se escuchaba ningún motor de auto, ninguna sirena de alerta, ningún gato hurgando en algún bote de basura o un perro aullando. Las primaveras pasan tan rápido, al igual que los veranos con sus días calurosos y amores inolvidables, pero el invierno pasa lento. El invierno camina a paso de caracol de jardín, e invita a la introspección, a bajar un cambio en este mundo tan acelerado. A veces pienso que las demás estaciones nos muestran abanicos de colores para guiar nuestras emociones, sin embargo, el gris del invierno guía nuestros pensamientos, para que con nuestra imaginación le demos un sentido a la vida.

Recibí una llamada de la central apenas puse mis labios en la taza de café humante que mi madre me había servido. Otro tiroteo, en un suburbio, pero esta vez había un sobreviviente. Tenía que hacerle un par de preguntas, era una oportunidad que no iba a desechar, así que dejé mi desayuno a un lado, besé a mi madre en la frente, le deseé un buen día y me fui cuanto antes a la estación de policías. Una vez ahí, encendí el motor de la patrulla que me asignaron y emprendí mi rumbo hasta el lugar de los hechos. No tenía un compañero, quedábamos pocos y estábamos distribuidos a duras penas por toda la ciudad, tratando de cubrir lo que se pudiera. Me hubiera gustado un compañero de andanzas, necesitaba sacarme del pecho tantas hipótesis, teorías e ideas que divagaban locas. Necesitaba que alguien me escuchara, porque sabía que eso me traería cierto alivio. Como no lo tenía, no me quedó más que encender la radio. Y como caído del cielo, ahí estaba John Lennon cantando “Let It Be”. Respiré hondo y exhalé lento. Relajante. Justo lo que necesitaba.

Al llegar a la escena del crimen pude notar una gran multitud. Fue difícil, pero logré serpentear entre los espectadores y hacerme un camino hasta las cintas que protegían la escena del crimen. Lo primero que observé fueron los vidrios rotos en el lugar del copiloto, justo como había pasado en el caso de Andrea Rojas. Cristales esparcidos por la acera y manchas de sangre. Saludé a un par de colegas que tomaban notas. A lo lejos pude divisar al sobreviviente acompañado de dos paramédicos que lo calmaban, lo estabilizaban y le hacían un rústico examen a la vista con los dedos índices, donde las pupilas debían seguir el mismo movimiento del profesional de salud. Cuando me acerqué al muchacho, advertí que era muy joven, debía tener unos dieciocho años. Todavía no le crecía el bigote. Era de esos niños buenos que limpian cocheras para ganar dinero, que arreglan los jardines de sus vecinas. De seguro iba a la iglesia cada domingo con su familia. No parecía fiestero, aunque estaba muy bien vestido, como si viniera de una celebración.

El joven no paraba de temblar, no podía creer que la sangre de su novia estaba tiñendo su camisa blanca y pantalones de campana. En estado de shock. Se tomaba la oreja con ambas manos, como si el ruido del arma le hubiera dañado un tímpano. Me presenté ante él tomando sus dos manos y pregunté su nombre. El muchacho estaba pálido, sin saber qué hacer, con la mirada perdida y la mente bloqueada. Los profesionales de la salud me informaron que el nombre del joven era Omar Villalba y que mis colegas habían encontrado esa información en su cédula de identidad. Agregaron, además, que presentaba síntomas de visión de túnel, temblores y llantos. Debía ser trasladado a un servicio de urgencia.

—Estaba en el bar con mi novia —susurró Omar—. Había mucha gente y todos bebían… María fue al baño y después a la barra… —su voz comenzaba a quebrarse.

—Está bien —le dije mientras acariciaba sus manos.

—Bebimos un poco, nos divertimos y después nos fuimos. Quizás entre las dos, dos y media de la mañana. Entramos a su auto y nos estacionamos frente a su casa. Encendimos un cigarrillo, cuando de pronto sentí como si el auto explotara. Los vidrios se me incrustaron en las manos. Le grité algo a María… no recuerdo qué… pero le pedí que encendiera el motor para salir cuanto antes. Pude ver…

En ese momento, el muchacho se desvaneció frente a mis ojos. El personal médico se lo llevó al hospital. Antes de seguirlos para continuar con el testimonio, le di una última mirada a la escena del crimen. Pude notar una pequeña ave negra en la muñeca sin vida de María. Esperé a que las cintas de seguridad fueran colocadas en un perímetro bastante amplio para rescatar cualquier detalle que me pudiera llevar al culpable. Nada.

Abandoné la escena del crimen a las ocho de la mañana para dirigirme al hospital. Me dijeron que el muchacho estaba en cuidados intensivos, por lo que mi visita debía ser breve. Cuando entré a la sala, noté que su cabeza estaba cubierta de gasa. Me dijo que recibió un disparo en la cabeza, que ya no recordaba nada de lo sucedido. Ni siquiera mi rostro.

Salí de la habitación y caminé hasta el casino del hospital para desayunar algo. En la ventana aparecía un horizonte desalentador.

Nuestras emociones dictan el color de las cosas, o quizás nunca las vemos como son, sino como somos nosotros.

El invierno llegó con su manto gris. Recordé la estrofa de mi padre: “con la nariz colorada y bufanda de colores, paseo por la calle dando tiritones”. Y las cosquillas. Cómo olvidar sus cosquillas.

4

Pensándolo detenidamente, los disparos parecían un juego de azar. No tenían un fin, como asesinar para robarse un vehículo. No interesaban las posesiones, ni era un ajuste de cuentas, una riña entre bandas criminales, un asesinato ligado al racismo, ni tenía una finalidad política. Yo iba descartando todo, paso a paso. Los crímenes eran aleatorios, ya que eran solo chicos.

Cómo crear un perfil de asesino, si la única huella era esa diminuta ave negra que dejaba como registro. Ni siquiera sabía si se trataba de un hombre o una mujer, acaso un loco de remate que se escapó de un sanatorio mental.

Trataba de atar los cabos sueltos de ambos casos, las posibles relaciones entre las víctimas. ¿Acaso estudiaban en el mismo establecimiento? ¿Compartían su vecindario? ¿Asistían al mismo club nocturno? ¿Se conocían entre ellos? La desaparición de Edgardo me tenía muy preocupada.

No tenía respuestas, solo presiones por parte de los familiares de los cuatro jóvenes, y todo gracias al periódico Nuevo Milenio, quienes publicaron sobre los dos homicidios, destacando una fotografía mía como la que estaba “a cargo de la investigación”. Durante un mes completo, recibí quejas, cartas ofensivas, malos tratos en la calle, y hasta mi madre pasó un mal rato. Algunos medios de prensa me acosaban, y sin siquiera saberlo, me había convertido en una figura pública.

Esto era pésimo para la investigación, porque uno necesita moverse entre las sombras. Además, mi fama no era muy agradable.

El veintisiete de julio del setenta y uno, a las dos de la madrugada, recibí otra llamada por parte de la central. Ya más o menos imaginaba adónde iría todo esto y antes de contestar, suspiré mirando al cielo. Estaba exhausta, no tenía deseos de conducir, así que tomé un taxi. El taxista me preguntó si yo era la que salía en la tele. Dije que sí y pagué la cuota. Al momento de descender del vehículo, sentí el peso asfixiante de las miradas: toda una villa estaba esperando a la detective a cargo. Pasé entre los murmullos, no era una bienvenida grata. Incluso se hicieron notar los abucheos, insultos y groserías hacia mi persona.

Hacía mucho frío, pero a la gente no le importaba. Todos estaban afuera de sus casas. Froté mis manos y maldije no haber traído guantes. El vapor salía de mi nariz y de mi boca. Las luces de la calle reflejaban lo mismo que hace dos homicidios atrás. Sin embargo, algo había cambiado.

El cabo primero, José Miguel Flores, salió a mi encuentro junto a su compañero, el cabo Guillermo Parra, para informarme sobre los hechos. Ambos me explicaron que Joanna Vivar junto a Raúl Contreras estaban sentados en el pórtico de la casa de la señorita Vivar, ubicada en la villa Santa Isabel. El cabo Flores consultó sus apuntes. El asesino comenzó a disparar, causándole un impacto de bala en el cuello a Joanna y un impacto en la espalda de Raúl. Según el cabo Parra, la buena noticia era que ambos sobrevivieron, aunque el hombre podía quedar paralizado.

Por primera vez teníamos a dos testigos que podían declarar contra el loco que andaba suelto en Franklin.

Flores agregó que el Departamento de Policía había enviado a su mejor artista para que retratara al atacante, para que supiéramos a quién buscábamos.

Algo es algo.