La selva prohibida - Heinz Delam - E-Book

La selva prohibida E-Book

Heinz Delam

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Beschreibung

En un poblado de guerreros bowassi situado en plena selva africana, el joven Kabindji vive despreciado por todos. Cierto día descubre que su pasado oculta un terrible secreto, y, en su deseo por desvelar ese enigma, se adentra en compañía de una muchacha en un poblado perdido del que se cuentan espeluznantes historias. No tardará en verse enfrentado a misteriosas fuerzas mágicas tras las que laten el odio racial y la ambición de poderosos personajes.

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Seitenzahl: 229

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Índice

Introducción

Capítulo primeroKabindji

Capítulo segundoTswama

Capítulo terceroLa asamblea

Capítulo cuartoLikongá

Capítulo quintoHumillación

Capítulo sextoLa fuga

Capítulo séptimoLa selva prohibida

Capítulo octavoPerseguidos

Capítulo novenoEl poblado en ruinas

Capítulo décimoUna sombra en la oscuridad

Capítulo undécimoEl mensajero del pasado

Capítulo duodécimoUna historia terrible

Capítulo decimoterceroEl biyambá-yambá

Capítulo decimocuartoLa emboscada

Capítulo decimoquintoDos pigmeos solitarios

Capítulo decimosextoSangre junto al río Nzulá

Capítulo decimoséptimoLos botshuá del este

Capítulo decimoctavoRegreso al poblado bowassi

Capítulo decimonovenoEncuentros

Capítulo vigésimoEl sacrificio

Capítulo vigésimo primeroEl mobuni

Capítulo vigésimo segundoEl jefe

Capítulo vigésimo terceroLa artimaña

Epílogo

Créditos

Introducción

DURANTE mi larga estancia en África central tuve la oportunidad de descubrir numerosas tradiciones y leyendas locales que me parecieron curiosas e interesantes. Una de aquellas leyendas, muy extendida en la región ecuatorial próxima a la pequeña ciudad de Boende, habla de un fabuloso talismán: el biyambá-yambá. Según la tradición, este objeto mágico permanece guardado por una gran serpiente, que lo conserva en el interior de su cuerpo; si alguien intenta matar al reptil, éste se desprende del talismán proyectándolo con fuerza a gran distancia, para que así nadie pueda hallarlo. Pero el talismán nunca queda abandonado, pues se supone que más tarde vendrá otra serpiente para hacerse cargo de su custodia.

Todos los habitantes de la región ambicionan apoderarse del biyambá-yambá, ya que se cree que aquel que lo consiga obtendrá grandes poderes y alcanzará para él y para los suyos prosperidad y felicidad.

En tres ocasiones tuve la suerte de asistir a una de esas búsquedas frenéticas que se producen cada vez que los nativos logran dar muerte a una serpiente de gran tamaño. Entre intrigado y divertido, reconozco haber participado yo mismo en el rastreo, a pesar de no estar muy convencido de la veracidad de tal superstición. Me encantaría poder decir que al fin encontré el talismán y que ahora lo guardo en un lugar a prueba de serpientes, pero tengo que confesar que no fue así. De aquellas experiencias sólo conservo el recuerdo de hombres, mujeres y niños que se pasaban horas e incluso días enteros escudriñando cada palmo de selva con la esperanza de hallar el preciado objeto. Sin embargo, la historia más interesante acerca del mito del biyambá-yambá me llegó a través de un curioso personaje que conocí de forma casual.

El encuentro se produjo una tarde que yo me había despistado de mi camino y erraba desorientado a través de la intrincada selva que se extiende al norte del río Ruki, cerca del ecuador. No conozco nada tan penoso y humillante como encontrarse solo y perdido en medio de la selva africana. Me sentía desesperado ante la inminente caída de la oscura noche tropical, y la idea de dormir en pleno bosque sin equipamiento ni armas, sin una protección contra los voraces mosquitos, me ponía la carne de gallina. Así que me alegré sobremanera cuando divisé una fina columna de humo azul que surgía entre los árboles frente a mí. Pensé que se trataría de algún pequeño poblado y que podría guarecerme en una de sus chozas hasta la mañana siguiente. Me apresuré en dirección a la humareda con toda confianza, pues sabía que los habitantes de las pequeñas aldeas del interior suelen ser hospitalarios y cordiales. Aparte de darme cobijo, podrían indicarme el camino para regresar al sendero que me había llevado hasta allí.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando llegué al centro de un pequeño calvero donde se alzaba una única y solitaria cabaña. Junto a ella ardía una fogata en la que se asaban unos suculentos filetes de carne cuyo aroma penetró hasta lo más hondo de mis hambrientas entrañas. Miré a mi alrededor en busca del dueño de la vivienda, pero no se veía a nadie por las inmediaciones. En el interior de la choza había una desgastada estera extendida sobre la húmeda tierra y algunas armas y enseres propios de un cazador, pero ni un alma. De no ser por la fogata y la apetitosa carne que se cocinaba en ella, habría pensado que el lugar estaba abandonado desde hacía tiempo. Tuve que hacer grandes esfuerzos para resistir la tentación de engullir la cena del misterioso habitante invisible de aquel lugar perdido, pero me pareció una forma poco cortés de presentarme, así que hice bocina con mis manos y grité en dirección a la selva circundante:

–¡Mbotee-eeee! ¿Bato nini azalí awaaaaa?

Estas palabras significan algo parecido a: «¡Holaaa! ¿Hay alguien aquí?» La respuesta no se hizo esperar, y una voz ronca surgió a mi espalda:

–Ngai nazalí awa.

–¡Aaaahh! –chillé dando un brinco–. ¿De dónde has salido?

Justo detrás de mí acababa de aparecer un anciano menudo y reseco que me examinaba con la mirada inquisidora de sus ojillos vivaces. Me sentía perplejo, pues hubiese jurado que apenas un segundo antes no había nadie en aquel lugar. Simplemente, el viejo estaba allí, como si hubiese brotado del suelo o se hubiera materializado a partir de la nada. No había emitido el menor sonido, ni producido la más leve corriente de aire... Sentí cómo un ligero escalofrío recorría mi espinazo, aunque la verdad es que el hombre no parecía peligroso. Vestía un taparrabos confeccionado con algo ya irreconocible, pero que en algún tiempo debió de ser un pantalón de tela. Iba descalzo, y tanto su torso como sus piernas desnudas mostraban numerosas cicatrices, marcas que hablaban por sí solas de la larga y azarosa vida del anciano cazador. Pero era su rostro lo que más atrajo mi atención: a pesar de su piel apergaminada y cubierta de arrugas, las facciones de aquel hombre irradiaban una especie de majestuosa belleza. Su frente ancha y despejada aparecía enmarcada por una densa madeja de pelo algodonoso y ensortijado, blanco como la nieve, que rodeaba su cabeza como una solemne corona de plata. Como yo permanecía embobado y boquiabierto, el viejo me tendió su mano y se presentó con estas palabras:

–Mi nombre es Moi-Bokilá, aunque algunos me llaman simplemente el anciano.

El tacto de su mano me produjo una extraña y cálida sensación. Me pareció notar una especie de energía vital que fluía hacia mí a través de su piel reseca y agrietada, aunque en aquel momento lo achaqué a mi perplejidad y a mi agotamiento.

–¿Qué hace un joven mondele1 tan lejos de la civilización? –preguntó Moi-Bokilá esbozando una sonrisa–. Supongo que no habrás venido hasta aquí únicamente para saborear mi asado de carne de mono. Pero te propongo que compartamos mi cena mientras me cuentas tu historia.

Después de cenar permanecimos sentados junto a la hoguera, con la mirada perdida en el hipnótico resplandor de las brasas que se consumían ante nosotros. También éramos conscientes de la estremecedora grandeza de la selva que nos rodeaba, de la cual surgían todo tipo de misteriosas voces e inquietantes susurros. Por más que me esforcé, no conseguí recordar ninguna narración que estuviese a la altura de aquel escenario admirable, así que me aventuré a relatar algunas anécdotas de mi vida en Europa. Después de escucharme con paciencia hasta el final, mi anfitrión guardó silencio. Parecía decepcionado conmigo y así me lo hizo saber:

–Lo que me has contado no me parece muy interesante, mondele. Lo único que suelo pedirles a quienes, como tú, me solicitan comida y cobijo para pasar la noche, es que me refieran alguna aventura emocionante, una anécdota atrayente..., pero tu historia es anodina. Los hombres blancos sois muy aburridos y os falta imaginación; desconocéis el misterio y la magia, unos elementos que se ocultan en ciertos lugares remotos de la selva y también en el corazón de algunas personas.

El fantasmagórico resplandor de las ascuas se reflejaba en los insondables ojos del anciano, abiertos de par en par. Tras preguntarme cuántas hazañas y prodigios habrían contemplado aquellas viejas pupilas, me atreví a hacerle una proposición:

–Lamento mis carencias narrativas, amigo Moi-Bokilá, y espero poder compensarte las molestias con algo de dinero que llevo encima. Sin embargo, me encantaría que, por una vez, alterases tus costumbres y fueras tú el narrador. Estoy deseando escuchar alguna de las proezas que sin duda has protagonizado a lo largo de tu dilatada existencia...

–No quiero tu dinero, mondele. Aquí, en la selva, tengo todo cuanto necesito. A veces, un poco de compañía ya es suficiente recompensa, especialmente para un anciano como yo...

El viejo guardó silencio durante algunos instantes, mientras yo contenía la respiración sin atreverme a interrumpir sus cavilaciones, con la esperanza de escuchar algún relato de aquellos labios agrietados. Al fin comenzó a hablar y, cuando lo hizo, no paró hasta que la claridad del amanecer empezó a hacerse visible a través de las altas ramas de la selva. Le presté toda la atención que me permitía mi fatigado cerebro, y a pesar del cansancio y la falta de sueño permanecí atento hasta el final. Todavía me estremezco al revivir aquella noche, mientras la monótona y cascada voz del viejo cazador me narraba su increíble historia. Una historia que a lo largo de varios años me he esforzado por rescatar de mis recuerdos, aunque me he visto obligado a añadir algunos elementos de mi propia cosecha para completarla y adaptarla a nuestro idioma y nuestra forma de pensar europeos. A pesar de todo puedo afirmar que, en esencia, se trata de la misma historia que me narró Moi-Bokilá, el anciano. Supongo que ha llegado la hora de que todos puedan conocerla.

1mondele: en lingala significa «hombre blanco o europeo».

Capítulo primero

Kabindji

SUMIDO en sus propios pensamientos, Kabindji se desplazaba con lentitud a través del paisaje de aspecto fantasmal. A su alrededor, finas gotas de rocío se desprendían de las hojas y las ramas en medio de un suave murmullo. Algunas de esas gotas acertaban a caer sobre su piel morena, recubriéndola de una multitud de puntitos brillantes semejantes a lentejuelas. A cada paso que daba, sus pies descalzos se hundían ligeramente en el barro del sendero, mientras su cuerpo oscuro y ágil se cimbreaba de modo instintivo para esquivar las ramas bajas y los largos tallos cubiertos de púas que se interponían en su camino. Había cumplido ya los diecisiete años, pero su silueta menuda y su escasa estatura le hacían parecer aún más joven, casi un niño. Vestía un simple taparrabos de tela roja y una cinta del mismo color que le ceñía la frente. De su cintura pendía un machete de hoja mellada y carcomida por el óxido.

La oscuridad de la noche comenzaba a diluirse en la lechosa claridad que precede al amanecer, momento mágico en que el aspecto de la selva se torna especialmente misterioso y sobrecogedor; durante unos instantes se establece una tregua en la dura lucha por la supervivencia, un tiempo muerto que permite el relevo entre los animales nocturnos que cesan su actividad y los diurnos que se disponen a iniciar la suya. El aire que penetraba en los pulmones del joven era espeso y cargado de variadas esencias. Aunque el tiempo parecía detenido en una pausa mágica e inquietante, la salida del sol se hacía inminente, y el muchacho apresuró el paso. Tenía el tiempo justo para llegar al poblado antes de que alguien notara su ausencia. Le hubiese gustado poder alargar aquellos últimos instantes de tranquilidad, unos momentos que le permitían fantasear con su imaginación. Cerraba los ojos y la veía a ella. Veía a Bwanya; tan grácil, tan bonita, tan dulce. En la mente de Kabindji la joven representaba la máxima expresión de la belleza y la armonía. Desde que Bwanya se había adueñado de su corazón, su imagen solía protagonizar la mayoría de sus sueños e ilusiones. Cada día que pasaba se sentía más interesado por ella, aunque aún no se había atrevido a decírselo. Se limitaba a mirarla desde lejos siempre que tenía ocasión, a contemplarla ensimismado durante largo rato. En los momentos en que no podía verla, debía contentarse con pensar en ella, como ahora.

Cuando lograba fugarse en solitario al amparo de la noche, Kabindji experimentaba algo muy parecido a la felicidad. Mientras duraba su escapada se sentía libre, apreciaba la caricia de la vegetación sobre su piel mojada y los complejos aromas de la selva que se adentraban en sus pulmones.

Libre.

Con toda su mente entregada al placer de soñar despierto... Un placer que tan sólo el recuerdo de la grave enfermedad que padecía su madre podía enturbiar.

Tan absorto andaba Kabindji en sus dulces pensamientos que olvidó prestar atención al suelo que pisaba. Notó algo bajo la planta de sus pies que le hizo retroceder sobresaltado: era húmedo y viscoso. Se agachó para examinar el bulto informe que acababa de aplastar y a duras penas logró reconocer los despojos de un animal muerto. A pesar de que la claridad aumentaba por momentos, los entrenados ojos del muchacho tuvieron dificultades para identificar lo poco que quedaba de aquellos restos parcialmente devorados. Había algunos mechones de pelo marrón adheridos a los huesos roídos y también una pezuña hendida, lo que parecía indicar que se trataba de un pequeño antílope o de una cabra.

Durante unos instantes Kabindji contempló los restos y sacudió la cabeza con disgusto; el hallazgo de un animal muerto a la entrada de un poblado era un signo que no podía significar nada bueno: un mal augurio. Todo el mundo sabía eso. Además, sospechaba quién era el autor de la carnicería: una fiera que atacaba con creciente asiduidad. Aquellos despojos, tan próximos a la aldea, parecían confirmar que el viejo leopardo se volvía cada vez más audaz.

–Mal asunto –murmuró Kabindji entre dientes–; habrá más muertes.

Los primeros rayos del sol despuntaban ya entre las ramas altas cuando Kabindji llegó al borde del extenso calvero en cuyo centro, rodeado por una empalizada de troncos y espinos, se alzaba el poblado de los bowassi. Al igual que otros muchos pueblos africanos, era un conjunto de grandes chozas dispuestas en círculo en torno a una amplia plazoleta central. Las viviendas eran muy similares entre sí, ya que en su construcción se utilizaban idénticos materiales: madera y adobe en las paredes y hojas de palma entremezcladas con paja en los tejados.

Ante el riesgo de ser descubierto, Kabindji apresuró aún más el paso hasta llegar a unos matorrales que crecían junto a la empalizada. Allí, disimulados por la vegetación, había dos palos sueltos que Kabindji conocía bien: era su puerta secreta para salir y entrar en el poblado sin que nadie se fijara en él. Sabía que algún día su secreto sería descubierto, pero hasta entonces seguiría aprovechándose de aquel defecto de la cerca. Tras volver a colocar con cuidado los palos en su sitio, el muchacho avanzó por las silenciosas callejuelas procurando no hacer ruido, una precaución que no le sirvió de mucho. Apenas se había adentrado unos metros entre las chozas exteriores cuando se topó de frente con el viejo Mboka, uno de los respetables y temidos miembros del consejo de ancianos. El viejo fulminó al muchacho con una mirada severa y, sin mediar palabra, levantó el bastón que llevaba y le propinó un golpe en la cabeza. Kabindji trató de mantenerse impasible, mas no pudo evitar que de sus ojos escapara una lágrima de rabia. Satisfecho del efecto conseguido con su acción, el vejestorio esbozó una maliciosa sonrisa que dejó al descubierto sus encías desdentadas.

–Te has vuelto a escapar, ¿verdad? –siseó Mboka en voz baja–. Sabes que está prohibido abandonar el poblado durante la noche... ¿Por qué te empeñas en desobedecer las normas?

Kabindji se mantuvo callado, sosteniendo la mirada del consejero. Mboka había pasado la mayor parte de su vida viajando por las aldeas del norte y participando en las sangrientas batallas contra los washai. Aseguraban que, ya desde muy joven, había destacado por su valentía como cazador y como guerrero, especialmente en las luchas contra otras tribus. Tras varios años de guerras y aventuras regresó al poblado y se convirtió en un personaje muy respetado, llegando incluso a ser propuesto como jefe, cargo que rehusó. Tampoco quiso tomar esposas y permaneció célibe toda su vida. Sin embargo, resultaba difícil creer en las pasadas glorias de aquel hombre al fijarse en su aspecto actual: la piel marchita y agrietada que recubría su cabeza calva confería a esta última la desagradable apariencia de una fruta podrida. El pellejo de su vientre colgaba fláccido alrededor de un ombligo herniado, y sobre los huesos deformes apenas quedaban músculos visibles. Tan sólo la mirada ardiente de sus ojos hundidos conservaba el brillo de un fuego aún no extinguido; el rescoldo de una llama avivada por gestas gloriosas a lo largo de los años.

–Tienes suerte de haberte topado conmigo –Mboka golpeó nuevamente a Kabindji, esta vez en el brazo y con más suavidad–. Márchate a tu casa antes de que otros también te descubran. Quizá ellos no sean tan bondadosos como yo.

Sin decir nada, el muchacho se apresuró hacia su choza. Sentía cómo un dolor sordo, al ritmo de punzantes latidos, se extendía por todo su cráneo. Al pasar la mano por su cabeza pudo palpar sin dificultad los contornos de un hermoso chichón. Otro recuerdo del viejo Mboka.

–Pues al final sí que ha resultado un mal presagio esa cabra muerta –murmuró para sí el muchacho.

Y tenía razón. Aunque aún no podía sospechar que aquél iba a ser uno de los días más tristes de su vida.

Capítulo segundo

Tswama

LA choza donde vivía Kabindji era una de las más pequeñas de todo el poblado. Estaba dotada de una única abertura que hacía las funciones de puerta y ventana a la vez, pero demasiado angosta para que la luz del día que penetraba por ella pudiese disipar del todo la penumbra del interior. Un interior espartano donde no había muebles, ni cortinas, ni apenas elementos decorativos. En realidad tampoco hacían falta, pues en la mayoría de los poblados africanos la gente hace su vida al aire libre y las chozas sólo sirven para dormir.

Lo primero que hizo Kabindji al entrar fue acercarse a la estera sobre la cual estaba tendida su madre. A su lado, su cuñada Busama se afanaba con unos paños impregnados en jugos de plantas aromáticas.

–¿Qué tal está? –preguntó Kabindji con un hilo de voz.

La segunda esposa del hermano de Tswama levantó la vista con lentitud. Había algo en su mirada que aterrorizó al muchacho.

–Tu madre ha empeorado. Me he acercado como todas las mañanas para ver si necesitaba algo, y la he encontrado tendida en el suelo, incapaz de arrastrarse siquiera hasta su estera.

Kabindji sintió que la sangre cesaba de circular por sus venas. Se sentía culpable. ¿Por qué habría escogido justo aquella noche para salir del poblado? Probablemente no hubiera podido hacer nada por su madre, pero al permanecer junto a ella habría aprovechado al menos el poco tiempo que les quedaba para estar juntos. Cerró los ojos y se esforzó en negar la realidad. Intentó creer que se encontraba en medio de una pesadilla de la que pronto despertaría. Alguna vez había tenido sueños parecidos, tan terribles que había amanecido chillando y bañado en sudor, convencido de la veracidad de aquello que imaginaba su mente. Sin embargo, algo le decía que éste no era el caso y que, por desgracia, la situación que estaba viviendo era real; no se trataba de ningún sueño.

Desvió la mirada hacia su madre y su memoria retrocedió un par de meses hasta una situación parecida a aquélla. El escenario era el mismo: el sombrío interior de la choza..., la estera... Todo igual, salvo que él estaba tumbado y su madre le cuidaba. Cerró los ojos con fuerza y pudo evocar aquel momento con todo detalle: se había hecho un profundo arañazo en una pantorrilla al caer de un árbol. Estaba tendido en la penumbra de la choza y alguien le hablaba con una voz suave y sedante; era Tswama, que aún no había contraído su terrible enfermedad. De una en una, la mujer extraía las mafumba2 de un pequeño recipiente y las aplicaba con delicadeza a la pantorrilla. Cada vez que Tswama colocaba una de sus hormigas, un intenso escozor trepaba por los irritados nervios de la pierna magullada. Cuando las mandíbulas del insecto se habían cerrado sobre los bordes de la herida, la mujer le arrancaba el cuerpo, dejando plantada la cabeza a guisa de punto de sutura.

–Tranquilízate, Kabi –decía su madre–. Los arañazos son poco profundos y el veneno de las mafumba evitará que tu herida se pudra.

Kabindji contemplaba en silencio el rostro sereno de la mujer mientras ésta trabajaba: un rostro parecido al de Kysanto, pero mucho más joven. Los dos hermanos compartían cierta nobleza y simetría en sus rasgos, aunque los de ella eran algo más suaves y dulces. Su mirada también se diferenciaba de la de Kysanto, el consejero, por la ternura y sencillez que se reflejaban en el fondo de sus grandes ojos oscuros. Atenta a su tarea, Tswama agitaba de cuando en cuando la cabeza, lo cual provocaba una oscilación de las diminutas trenzas que colgaban a ambos lados de su plácido semblante.

–¡Ay!

El pinchazo particularmente doloroso de una de las mafumba había interrumpido la contemplación de Kabindji, que comprobó con alivio que su madre estaba terminando la dolorosa cura. Tras depositar un emplasto de hierbas sobre la zona afectada, Tswama se apartó para evaluar su obra.

–Eso que acabo de colocar sobre tu herida debes mantenerlo durante un buen rato. Y la próxima vez que trepes a un árbol con tus amigos, procura tener más cuidado para no caerte.

Kabindji apretó los dientes. Con la mirada clavada en su herida cubierta de aromáticas plantas medicinales, recordó la causa que había provocado el accidente y sintió resurgir de repente toda la indignación que llevaba dentro.

–Ya te he dicho que no me he caído, ¡me han empujado! –exclamó indignado–. ¡Estoy harto de aguantar las canalladas de Likongá y sus amigos!

Tswama movió la cabeza y se quedó pensativa, acariciando el pelo ensortijado de su hijo durante unos minutos, hasta que por fin dijo:

–Algún día podrás desquitarte, hijo mío, pero tienes que saber esperar. Debes tener paciencia.

–¿Paciencia? ¿Hasta cuándo he de tener paciencia? Me respetan cada vez menos. Empezaron por burlarse de mí porque soy más bajo que mis compañeros, y a llamarme enano y pigmeo. Ahora dicen que no soy un bowassi, sino una hiena del bosque, y me aconsejan que me vaya del poblado en busca de otra hiena con la que pueda aparearme. Eso es lo que dicen. Aún hoy, me juzgan únicamente por mi aspecto, y no importa si hago o dejo de hacer algo importante. Al final llega Likongá o cualquier otro y me ridiculiza. Ni siquiera se me conceden los derechos normales de la tribu.

–Te refieres al nkoma3…

–Sí. Hace más de un año que cumplí los dieciséis y aún no se me ha permitido realizar el ritual del tatuaje sagrado.

–Todo llegará, hijo. Ya sabes que tu tío Kysanto prometió hablar de ese asunto con el jefe Nsomo, y puedes estar seguro de que lo hará en cuanto le sea posible. Pronto podrás realizar la ceremonia y ser considerado mobali4,un hombre adulto.

–Es una lástima que mi tío Kysanto no sea el jefe.

–Intenta dormir, Kabi –Tswama se puso en pie y se apartó de su hijo–. Ahora debo salir a buscar hierbas y frutas para la cena... Intentaré que esta noche tengas un plato especial, de los que tanto te gustan. Y procura no moverte mucho. Ya verás como todo acaba por arreglarse.

Poco a poco, la mente de Kabindji regresó de aquel episodio pasado. Como un helado punzón, la terrible realidad del presente se abrió camino a través de su cerebro: la situación se había invertido, pero ahora que su madre le necesitaba, él no podía hacer nada por ella. No era la primera vez que Kabindji sentía de cerca la insidiosa proximidad de la muerte, y por eso sabía reconocerla. La muerte estaba allí, junto a su madre, rozando su cuerpo con la inexorable caricia de sus dedos gélidos.

La muerte.

A pesar de su juventud, Kabindji ya había visto morir a varios habitantes del poblado, unos por enfermedad, otros por picaduras de serpiente, o por accidentes de caza... Pero esta vez era distinto. El destino le golpeaba demasiado cerca, en la persona más querida, y eso le recordó algo: cierto día, cuando acababa de abatir una mona con una de sus flechas envenenadas, descubrió a su cría viva, que aún se aferraba inútilmente al cuerpo muerto de la madre. Kabindji se había preguntado entonces lo que sentiría aquel pequeño ser al verse privado de repente del calor y la protección de su madre...

Ahora ya lo sabía.

El joven se arrodilló junto a Tswama y la tocó. La piel brillante de la mujer se había tornado opaca y gris, mientras los bonitos cabellos que Kabindji tanto había admirado en otro tiempo se habían convertido en una masa informe y estropajosa alrededor de un rostro marchito. El muchacho levantó la cabeza hacia Busama y preguntó:

–¿Cuánto crees que vivirá?

–Mi padre padeció el mismo mal y recuerdo perfectamente cómo murió. Le queda poco tiempo, Kabi..., muy poco tiempo. Y ya ni siquiera la magia de Nsomo puede salvarla...

Kabindji notó cómo el terrible significado de las palabras de la mujer penetraba hasta lo más hondo de su embotado cerebro. Apenas se percató de que ella continuaba hablando:

–... Te dejo a solas con tu madre para que puedas despedirte de ella. Yo ya no puedo hacer más.

Conteniendo las lágrimas, Busama recogió sus cosas y salió por la estrecha puerta de la choza. Durante unos segundos, el muchacho se quedó mirando aquella abertura que mostraba las angostas callejuelas del poblado y la actividad cotidiana de sus gentes, cuya vida proseguía como si nada especial estuviese sucediendo. La existencia de Kabindji, en cambio, acababa de dar un giro terrible. Sumido en el dolor y la incredulidad, el joven cazador contempló el cuerpo tendido de Tswama, habitualmente tan lleno de vida. De repente, la mujer se agitó y abrió los ojos. Su mirada turbia recorrió el interior del chamizo, dando la impresión de no ser capaz de distinguir nada de lo que veía. Hasta que al fin descubrió la presencia del muchacho, acurrucado junto a ella. Entonces una luz de reconocimiento iluminó sus dilatadas pupilas.

–Ka... bi, hijo –murmuró con voz entrecortada.

–¡Madre! –exclamó Kabindji con lágrimas en los ojos.

–¿Madre...? –repitió la mujer, tragando saliva con dificultad–. Creo que ha llegado la hora de decirte la verdad, Kabi... Yo no... no soy tu verdadera madre. Tu madre murió hace mucho tiempo.

–¿Qué dices? ¡Eso no es posible! –exclamó incrédulo el muchacho, convencido de que su madre estaba delirando.

Sin embargo, la mirada de Tswama ganaba lucidez por momentos y su voz se volvía más firme y clara, hasta el punto de que Kabindji llegó a pensar que se estaba recuperando.

–La verdad es que yo juré no revelarte nunca el secreto de tu pasado, pero me voy más tranquila así, sabiendo que conoces la verdad. Siempre te has preguntado por qué algunos del pueblo, como Likongá, se niegan a considerarte un auténtico... bowassi –prosiguió Tswama–. Debes saber que, en cierto modo, tienen razón; procedes de otra tribu, de otra raza que vivía lejos de aquí...

Las palabras de la mujer golpeaban a Kabindji como un pesado mazo. Sintió deseos de correr, de no seguir escuchando. Ella no era su madre..., aquélla no era su tribu... ¿Quién era él entonces? Como respuesta a aquellos pensamientos, la vacilante voz de Tswama prosiguió con sus terribles revelaciones: