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«El humorista más intelectual, el intelectual más divertido.» Salman Rushdie Considerada su mejor novela por muchos, descatalogada durante décadas, ahora con una nueva traducción. La segunda novela de Kurt Vonnegut, publicada en 1959, le valió el reconocimiento del público y de la crítica. Un escandaloso revolcón por el espacio, el tiempo y la moralidad. Una desoladora mirada sobre el ser humano y su supuesto libre albedrío. Una sonora carcajada frente a la insignificancia de nuestros principios y nuestras pasiones, sometidos inexorablemente a los designios del Dios Indiferente.
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Seitenzahl: 389
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Desde el origen de los tiempos, la humanidad ha supuesto
que la vida tiene un sentido y se ha esforzado por encontrarlo.
«Menos mal que no soy humana, qué pérdida de tiempo»,
pensaba la perrita Blackie, mirando a la nada.
Índice
Portada
Las sirenas de Titan
Créditos
1. Entre tibio y Tombuctú
2. Chillas en el almadén
3. Acciones preferentes de Rosquillas Unidas
4. Ran rataplán
5. Carta de un héroe desconocido
6. Un desertor en tiempo de guerra
7. Victoria
8. En un club nocturno de Hollywood
9. Un acertijo resuelto
10. Una edad de los milagros
11. Odiamos a Malachi Constant porque...
12. El caballero de Tralfámador
Epílogo. Reencuentro con Stony
KURT VONNEGUT (1922-2007) publicó su primera novela en 1952. Desde entonces, y hasta su muerte, su obra no dejó de desconcertar a la crítica «oficial». Incapaces de clasificar al autor que, con su estilo directo, de frases concisas, parágrafos breves y lenguaje sencillo, se atrevía no solo a plantearse las preguntas más trascendentales (¿quiénes somos? ¿de dónde venimos?, etc.), sino a encontrar las respuestas, los sabios lo relegaron al universo menor de la ciencia ficción, «allí donde van a parar los escritores que, además de escribir, saben cómo funciona una nevera», como diría el propio Vonnegut.
Muy distinta fue la reacción del público. A partir de la publicación de Matadero cinco, Vonnegut se convirtió en el escritor de referencia de la contracultura.
Llegó luego Desayuno de campeones, la que según los críticos literarios era la sátira perfecta y una suerte de Alicia en el País de las Maravillas moderna y descalabrada.
Cuna de gato, publicada en 1963, fue su cuarta novela, la que terminó de consolidarlo como uno de los escritores fundamentales del s. xx. Una novela que varias escuelas norteamericanas prohibieron por «enfermiza» y «decadente», pero que ha pasado a la historia como libro de culto sobre un culto, como sátira de los años más oscuros del siglo pasado.
Ahora regresamos con Las sirenas de Titan, su gran obra humanista y, para muchos, la más divertida.
Sucesivas generaciones de lectores han ido manteniendo viva su obra, hasta doblegar la resistencia de la cultura oficial, que por fin se inclina ante este idealista como quien no quiere la cosa, verdades como puños: las verdades últimas, las que vienen después de convenciones, ideologías e ideas preconcebidas, las que te dejan solo y desnudo ante el mundo. Las que te revelan el secreto del sentido de la vida: «Estamos aquí para ayudarnos los unos a los otros a pasar por esto, se trate de lo que se trate».
Título original: The Sirens of Titan
Diseño de colección y cubierta: Setanta
www.setanta.es
© de la ilustración de cubierta: María Medem
© del texto: Kurt Vonnegut, 1959. Derechos renovados por Kurt Vonnegut Jr. en 1987. Todos los derechos están reservados.
© de la traducción: Miguel Temprano García, 2023
© de la edición: Blackie Books S.L.U.
Calle Església, 4-10
08024 Barcelona
www.blackiebooks.org
Maquetación: acatia
Primera edición: septiembre de 2023
ISBN: 978-84-19654-79-3
Todos los derechos están reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la fotocopia o la grabación sin el permiso expreso de los titulares del copyright.
Para Alex Vonnegut, agente especial, con cariño.
Cada hora que pasa, el Sistema Solar se acerca setenta mil kilómetros al Cúmulo Globular M 13 de Hércules y, aun así, hay algunos inadaptados que insisten en que no existe el progreso.
RAMSOM K. FERN
Supongo que le gusto a alguien de ahí arriba.
MALACHI CONSTANT
Hoy todo el mundo sabe cómo encontrar el sentido de la vida en su interior.
Pero la humanidad no siempre fue tan afortunada. Hace menos de un siglo los hombres y las mujeres no tenían fácil acceso a las cajas de rompecabezas de su interior.
No sabían nombrar ni tan siquiera uno de los cincuenta y tres portales del alma.
Las religiones de pacotilla eran un gran negocio.
La humanidad, ignorante de las verdades que residen en el interior de todos los seres humanos, miraba hacia el exterior: pujaba siempre hacia el exterior. Lo que la humanidad esperaba aprender con esa pujanza hacia fuera era quién estaba a cargo en realidad de toda la creación y en qué consistía toda la creación.
La humanidad lanzaba sus agentes de progreso siempre hacia el exterior, siempre hacia el exterior. Al final los lanzó al espacio, a ese mar incoloro, insípido e ingrávido de exterioridad infinita.
Los lanzó como piedras.
Esos desdichados agentes encontraron lo que ya se había encontrado en abundancia en la Tierra: una pesadilla de un sinsentido inagotable. Las recompensas del espacio, de la exterioridad infinita, eran tres: un heroísmo hueco, una comedia vulgar y una muerte absurda.
La exterioridad perdió, por fin, su atractivo imaginario.
Solo la interioridad seguía sin explorar.
Solo el alma humana seguía siendo una terra incognita.
Este fue el inicio de la bondad y la sabiduría.
¿Cómo era la gente en los viejos tiempos, con sus almas todavía inexploradas?
Lo que sigue es una historia verdadera de los Años de Pesadilla, ocurrida más o menos, año arriba o año abajo, entre la Segunda Guerra Mundial y la Tercera Gran Depresión.
Había una multitud.
La multitud se había congregado porque iba a producirse una materialización. Un hombre y su perro iban a materializarse, iban a aparecer de la nada: tenuemente al principio, hasta llegar a ser, por fin, tan materiales como cualquier hombre y perro vivos.
La multitud no iba a presenciar la materialización. La materialización era un asunto estrictamente privado en una propiedad privada y se subrayaba de forma categórica que la multitud no estaba invitada a regodearse en ella con sus ojos.
La materialización iba a ocurrir, como cualquier ahorcamiento moderno y civilizado, entre cuatro paredes altas, vacías y custodiadas. Y la multitud al otro lado de las paredes era muy parecida a la multitud que se congregaba al otro lado de las paredes en un ahorcamiento.
La multitud sabía que no iba a ver nada, pero sus integrantes disfrutaban con la cercanía, mirando las paredes vacías e imaginando lo que iba a suceder al otro lado. Los misterios de la materialización, como los misterios de un ahorcamiento, se intensificaban gracias a la pared; se volvían pornográficos gracias a las imágenes de la linterna mágica de su morbosa imaginación, las imágenes que proyectaba la multitud en las paredes de piedra vacías.
La ciudad era Newport, Rhode Island, EE. UU., la Tierra, Sistema Solar, Vía Láctea. Las paredes eran las de la mansión Rumfoord.
Diez minutos antes de que ocurriera la materialización, unos agentes de policía difundieron el rumor de que la materialización se había producido prematuramente, de que había ocurrido fuera de las cuatro paredes, y de que el hombre y su perro estaban visibles como la luz del día a dos manzanas de allí. La multitud corrió a ver el milagro en el cruce.
La multitud enloquecía con los milagros.
Detrás de la multitud había una mujer que pesaba ciento treinta kilos. Tenía bocio, una manzana caramelizada y una niña gris de seis años. Llevaba a la niña de la mano y tiraba de ella de aquí para allá, como de una pelota al extremo de una goma elástica.
—Wanda June —decía—, si no te portas bien, no volveré a traerte a una materialización.
Las materializaciones llevaban produciéndose desde hacía nueve años, una cada cincuenta y nueve días. Los hombres más eruditos y dignos de confianza del mundo habían suplicado conmovedoramente tener el privilegio de ver una materialización. Daba igual cómo formularan su petición: todas eran rechazadas sin más. La respuesta era siempre la misma, escrita a mano por el secretario para asuntos sociales de la señora Rumfoord.
La señora de Winston Niles Rumfoord me pide que le informe de que no puede extender la invitación que solicita. Está segura de que entenderá sus sentimientos al respecto: el fenómeno que quiere usted observar es un trágico asunto de familia, no apto para que lo presencien desconocidos, por muy noble que sea el motivo de su curiosidad.
Ni la señora Rumfoord ni sus empleados respondieron a ninguna de las decenas de miles de preguntas que se les hicieron sobre las materializaciones. La señora Rumfoord se sentía muy poco obligada a informar al mundo. Se quitaba de encima esa obligación incalculablemente pequeña haciendo público un informe veinticuatro horas después de cada materialización. Su informe nunca pasaba de las cien palabras. Lo colocaba su mayordomo en una vitrina de cristal colgada de la pared al lado de la única entrada a la mansión.
La única entrada a la mansión era una puerta que parecía sacada de Alicia en el País de las Maravillas, en la pared oeste. La puerta medía solo un metro y medio de altura. Era de hierro y tenía una enorme cerradura Yale.
Las grandes puertas de la mansión estaban tapiadas.
Los informes que aparecían en la vitrina de cristal al lado de la puerta de hierro eran siempre lúgubres y malhumorados. Incluían información que solo servía para entristecer a cualquiera con un ápice de curiosidad. Anunciaban el momento exacto en que Winston, el marido de la señora Rumfoord, y su perro Kazak se habían materializado y el momento exacto en que se habían desmaterializado. El estado de salud del hombre y de su perro se describía invariablemente como «bueno». Los informes daban a entender que el marido de la señora Rumfoord podía ver el pasado y el futuro con claridad, pero no proporcionaban ejemplos de lo que veía en una u otra dirección.
El caso es que habían engañado a la multitud para que se alejase de la mansión y permitir así la llegada sin problemas de una limusina de alquiler a la pequeña puerta de hierro de la pared oeste. Un hombre esbelto con la ropa de un dandi de la época eduardiana se apeó de la limusina y mostró un papel al policía que custodiaba la puerta. Iba disfrazado con gafas de sol y una barba postiza.
El policía asintió con la cabeza y el hombre abrió él mismo la puerta con una llave que sacó del bolsillo. Se agachó para entrar y cerró de un portazo.
La limusina se alejó.
¡CUIDADO CON EL PERRO!, decía un cartel sobre la puertecilla de hierro. El fuego de la puesta de sol del verano centelleó entre las cuchillas y las agujas de cristal roto clavadas en el hormigón en lo alto del muro.
El hombre que acababa de entrar era la primera persona jamás invitada por la señora Rumfoord a una materialización. No era un gran científico. Ni siquiera era un hombre cultivado. Lo habían expulsado de la Universidad de Virginia antes de acabar el primer año. Era Malachi Constant, de Hollywood, California, el hombre más rico de Estados Unidos y un notorio libertino.
¡CUIDADO CON EL PERRO! decía el cartel al otro lado de la puerta de hierro. Pero detrás de la pared solo había un esqueleto de perro. Llevaba un collar con crueles púas encadenado a la pared. Era el esqueleto de un perro muy grande: un mastín. Sus largos dientes estaban apretados. El cráneo y las mandíbulas formaban una inteligente maqueta articulada e inofensiva de una máquina desgarradora de carne. Las mandíbulas cerraban tan... ¡clac! Aquí habían estado los ojos brillantes, ahí los agudos oídos, allí el suspicaz hocico, allá el cerebro de carnívoro. Los músculos se habían enganchado aquí y aquí y habían unido con carne los dientes tan... ¡clac!
El esqueleto era simbólico... un accesorio, un tema de conversación instalado por una mujer que casi no hablaba con nadie. Ningún perro había muerto en su puesto al lado de la pared. La señora Rumfoord le había comprado los huesos a un veterinario, los había blanqueado, barnizado y enganchado con alambre. El esqueleto era uno de los muchos comentarios amargos y misteriosos sobre las jugarretas que le habían gastado el tiempo y su marido.
La señora de Winston Niles Rumfoord tenía diecisiete millones de dólares. La señora de Winston Niles Rumfoord tenía la posición social más alta posible en Estados Unidos. La señora de Winston Niles Rumfoord gozaba de buena salud, era guapa y además tenía talento.
Tenía talento como poeta. Había publicado anónimamente un delgado volumen de poemas titulado Entre tibio y Tombuctú. Había sido razonablemente bien recibido.
El título aludía a que, en los diccionarios muy pequeños, todas las palabras entre «tibio» y «Tombuctú» tienen que ver con el «tiempo».
Pero, a pesar de todo su talento, la señora Rumfoord hacía cosas como encadenar el esqueleto de un perro a la pared, como tapiar las puertas de la mansión y como dejar que sus famosos jardines se convirtiesen en una selva de Nueva Inglaterra.
Moraleja: el dinero, la posición social, la salud, la belleza y el talento no lo son todo.
Malachi Constant, el norteamericano más rico, cerró la puertecita a lo Alicia en el País de las Maravillas. Colgó las gafas de sol y la barba postiza en la hiedra de la pared. Pasó a toda prisa al lado del esqueleto del perro y miró su reloj con batería solar. En siete minutos, un mastín vivo llamado Kazak se materializaría y pulularía por los jardines.
«Kazak muerde —le había dicho la señora Rumfoord en su invitación—, así que por favor sea puntual.»
Constant sonrió al leer eso... la advertencia de que fuera puntual. Ser puntual significaba existir como un punto, además de llegar en algún momento del tiempo. Constant existía como un punto... no se imaginaba cómo sería existir de ninguna otra manera.
Esa era una de las cosas que iba a averiguar: cómo era existir de otra manera. El marido de la señora Rumfoord existía de otra manera.
Winston Niles Rumfoord había pilotado su nave espacial particular hasta el centro de un ignoto infundíbulo cronosinclástico a dos días de Marte. Solo le acompañaba su perro. Ahora Winston Niles Rumfoord y su perro Kazak existían como un fenómeno ondulatorio, en apariencia pulsante, con forma de espiral distorsionada con origen en el Sol y final en Betelgeuse.
La Tierra estaba a punto de interceptar esa espiral.
Casi cualquier explicación breve de los infundíbulos cronosinclásticos será ofensiva para los especialistas en la materia. De todos modos, la mejor explicación breve tal vez sea la del doctor Cyril Hall, que aparece en la decimocuarta edición de la Enciclopedia infantil de maravillas y cosas que hacer. La entrada se reproduce aquí entera, con el generoso permiso de los editores:
INFUNDÍBULOS CRONOSINCLÁSTICOS: Imagina que tu papi es el hombre más inteligente que jamás ha vivido sobre la Tierra, que sabe todo lo que se puede saber, tiene razón en todo y puede demostrarlo. Ahora imagina a otro niño en algún bonito mundo a un millón de años luz de aquí y que el papi de ese niño es el hombre más listo que ha vivido jamás en ese mundo lejano. Y que es tan listo y tiene tanta razón como tu papi. Los dos papis son listos y los dos tienen razón.
Solo que, si llegasen a conocerse, tendrían una espantosa discusión, porque no se pondrían de acuerdo en nada. Puedes decir que tu papi tiene razón y que el del otro niño se equivoca, pero el universo es muy grande. Hay sitio de sobra para que mucha gente tenga razón sobre las cosas y no llegue a ponerse de acuerdo.
La razón por la que los dos papis pueden tener razón y, aun así, tener discusiones espantosas es que hay muchas maneras distintas de tener razón. Sin embargo, hay sitios en el universo en el que los dos papis podrían entender lo que dice el otro. Son sitios donde todos los distintos tipos de verdad encajan tan bien como las piezas del reloj solar de tu papi. Esos sitios se llaman infundíbulos cronosinclásticos.
Al parecer, el Sistema Solar está lleno de infundíbulos cronosinclásticos. Hay uno muy grande al que sabemos que le gusta estar entre la Tierra y Marte. Lo conocemos porque un hombre terrícola y su perro terrícola se metieron en él.
A lo mejor crees que estaría muy bien ir a un infundíbulo cronosinclástico y ver todas las maneras que hay de tener razón, pero es muy peligroso. El pobre hombre y su pobre perro están desperdigados por todas partes, no solo por el espacio, sino también por el tiempo.
Crono («cro-no») significa ‘tiempo’. Sinclástico («sin-clástico») significa ‘curvado hacia el mismo sitio en todas las direcciones’, como la piel de una naranja. Infundíbulo («in-fun-dí-bu-lo») es lo que los antiguos romanos, como Julio César y Nerón, llamaban un embudo. Si no sabes qué es un embudo, dile a tu mami que te enseñe uno.
La llave de la puerta a lo Alicia en el País de las Maravillas iba con la invitación. Malachi Constant se guardó la llave en el bolsillo forrado de piel de los pantalones y siguió por el único camino que se abría ante él. Anduvo entre las sombras, aunque los rayos oblicuos del crepúsculo teñían la copa de los árboles de una luz como la de Maxfield Parrish.
Constant toqueteaba la invitación mientras andaba, convencido de que iban a pedírsela en cada revuelta del camino. La tinta de la invitación era violeta. La señora Rumfoord tenía solo treinta y cuatro años, pero escribía como una anciana, con una letra peculiar y angulosa. Estaba claro que detestaba a Constant, a quien no había visto nunca. El tono de la invitación era reticente, por decir poco, como si la hubiese escrito en un pañuelo sucio.
«En su última materialización —decía la invitación— mi marido insistió en que estuviese usted presente en la siguiente. No pude disuadirle, a pesar de las muchas y evidentes desventajas. Insiste en que le conoce a usted bien, pues ha entablado contacto con usted en Titán, que, según tengo entendido, es una luna del planeta Saturno.»
Casi no había una sola frase en la invitación que no incluyera el verbo insistir. El marido de la señora Rumfoord había insistido en que ella hiciese algo que iba contra su propio criterio y ella a su vez insistía en que Malachi Constant se esforzara por comportarse como el caballero que no era.
Malachi Constant nunca había estado en Titán. Que él supiera, nunca había estado fuera de la envoltura gaseosa de su planeta natal, la Tierra. Al parecer, iba a enterarse de lo contrario.
Las vueltas del camino eran muchas y la visibilidad, escasa. Constant iba por un camino verde y húmedo de la anchura de una segadora de césped, y que en realidad había abierto una segadora de césped. A ambos lados del camino se alzaban las verdes paredes de la selva en que se habían convertido los jardines.
El camino abierto por la segadora rodeaba una fuente seca. El hombre que había manejado la segadora se había puesto creativo en ese lugar y había hecho que el camino se bifurcara. Constant podía elegir por qué lado de la fuente prefería pasar. Constant se detuvo en la bifurcación y alzó la vista. La fuente misma era extraordinariamente creativa. Era un cono formado por varias tazas de piedra de tamaño decreciente. Las tazas eran collares alrededor de un pilón cilíndrico de doce metros de altura.
Impulsivamente, Constant no eligió ninguno de los caminos de la bifurcación, sino que trepó a la fuente. Trepó de una taza a otra, con la intención de ver, cuando llegase arriba, de dónde venía y a dónde se dirigía.
De pie en lo alto de la fuente, en la más pequeña de las tazas barrocas, con los pies sobre unos nidos de pájaro abandonados, Malachi Constant contempló los terrenos de la mansión, además de gran parte de Newport y de la bahía de Narragansett. Dirigió su reloj hacia el sol, para que absorbiera el recurso que para los relojes solares era como el dinero para los terrícolas.
La brisa fresca del mar despeinó el pelo negro azulado de Constant. Era un hombre bien proporcionado, con un poco de sobrepeso, moreno, con labios de poeta y amables ojos castaños en las oscuras cavernas del ceño de un cromañón. Tenía treinta y un años.
Poseía una fortuna de tres mil millones de dólares, la mayoría heredados.
Su nombre significaba ‘mensajero fiel’.
Era especulador, sobre todo en valores corporativos.
En las depresiones que sufría siempre a causa del alcohol, los narcóticos y las mujeres, Constant echaba de menos solo una cosa: un simple mensaje lo bastante digno e importante para merecer que él lo comunicara humildemente.
El lema del escudo de armas, que había diseñado el propio Constant, decía solo: «El mensajero espera».
Probablemente, Constant pensara en un mensaje urgente de Dios para alguien no menos distinguido.
Constant volvió a mirar su reloj solar. Tenía dos minutos para bajar y llegar a la casa: dos minutos antes de que Kazak se materializara y buscase desconocidos a los que morder. Constant se rio para sus adentros pensando en cómo le divertiría a la señora Rumfoord que el vulgar advenedizo señor Constant de Hollywood tuviese que pasar toda su visita encaramado en la fuente por culpa de un perro de pura raza. Hasta era posible que la señora Rumfoord mandase poner la fuente en marcha.
Era posible que estuviese observando a Constant. La mansión se hallaba a un minuto a pie de la fuente, separada de la selva por una franja segada tres veces más ancha que el camino.
La mansión Rumfoord era de mármol, una versión ampliada del salón de banquetes del palacio de Whitehall en Londres. Como la mayoría de las mansiones verdaderamente grandes de Newport, era un pariente lejano de las oficinas de correos y los tribunales repartidos por todo el país.
La mansión Rumfoord era una expresión hilarante y expresiva del concepto «gente pudiente». Sin duda era uno de los mayores ejemplos de compactación desde la Gran Pirámide de Guiza. En cierto modo era un ejemplo mejor de permanencia que la Gran Pirámide, pues la Gran Pirámide se iba estrechando hacia la nada a medida que se acercaba al cielo. Nada disminuía en la mansión Rumfoord a medida que se acercaba al cielo. Si le hubiesen dado la vuelta habría tenido exactamente el mismo aspecto.
La compactación y permanencia de la mansión ofrecían, claro, un irónico contraste con el hecho de que el antiguo dueño de la casa, excepto una hora cada cincuenta y nueve días, no fuese más sustancial que un rayo de luz de luna.
Constant bajó de la fuente, apoyándose en el borde de las tazas de tamaño cada vez mayor. Al llegar al suelo, lo invadió el intenso deseo de ver la fuente en marcha. Pensó en la muchedumbre de fuera, pensó que ellos también disfrutarían si vieran funcionar la fuente. Les fascinaría ver la minúscula taza de arriba llenarse gota a gota y desbordarse en la taza siguiente... para desbordarse la taza siguiente en la siguiente... y así una y otra vez, una rapsodia de desbordamiento, en la que cada taza cantara su propia canción alegre de agua. Y bostezando debajo de todas esas tazas estaría la boca de la mayor taza de todas... un auténtico Belcebú, reseco e insaciable... esperando, esperando y esperando esa dulce gota.
Constant se quedó extasiado, imaginando que el agua corría por la fuente. La fuente se parecía mucho a una alucinación, y las alucinaciones, casi siempre producidas por las drogas, eran casi lo único que sorprendía y divertía ya a Constant.
El tiempo pasó deprisa. Constant no se movió.
En algún lugar de los terrenos de la mansión aulló un mastín. El aullido sonó como los golpes de una maza en un gran gong de bronce.
Constant despertó de su contemplación de la fuente. El aullido solo podía ser de Kazak, el perro del espacio. Kazak se había materializado. Kazak olía la sangre de un advenedizo.
Constant recorrió a toda prisa la distancia que quedaba hasta la casa.
Un anciano mayordomo con polainas le abrió la puerta a Malachi Constant de Hollywood. El mayordomo lloraba de alegría. Señalaba a una sala que Constant no podía ver. El mayordomo intentaba describir lo que le hacía tan feliz y le arrancaba las lágrimas. No podía hablar. Tenía paralizada la mandíbula y lo único que acertó a decirle a Constant fue: «brrrum, brrrum... brrrum, brrrum, brrrum».
El suelo del vestíbulo era un mosaico que representaba los signos del zodiaco alrededor de un sol dorado.
Winston Niles Rumfoord, que se había materializado solo un minuto antes, salió al vestíbulo y se plantó encima del sol. Era mucho más alto y corpulento que Malachi Constant... y la primera persona que hizo pensar a Constant que tal vez hubiese alguien superior a él. Winston Niles Rumfoord extendió la mano blanda y saludó a Constant con familiaridad, casi canturreando con voz glotal de tenor de Groton.
—Encantado, encantado, encantado, señor Constant —dijo Rumfoord—. Ha sido muy amable al veniiiiiiir.
—El gusto es mío —respondió Constant.
—Me han dicho que tal vez sea usted el hombre vivo más afortunado.
—Eso quizá sea exagerar un poco —dijo Constant.
—No me negará que ha tenido una extraordinaria suerte desde el punto de vista financiero —dijo Rumfoord.
Constant negó con la cabeza.
—No. Eso sería difícil de negar —admitió.
—¿Y a qué atribuye esa maravillosa suerte suya? —preguntó Rumfoord.
Constant se encogió de hombros.
—¿Quién sabe? —respondió—. Supongo que le gusto a alguien de ahí arriba —dijo.
Rumfoord miró el techo.
—Qué idea tan simpática... que le gusta a alguien de ahí arriba.
A Constant, que había estado estrechando la mano de Rumfoord mientras conversaban, le pareció de pronto que su mano era pequeña y en forma de garra.
La palma de la mano de Rumfoord estaba cubierta de callos, pero no tanto como la de un hombre condenado a hacer el mismo trabajo toda la vida. Los callos eran totalmente regulares y fruto de un millar de tareas felices de una clase ociosa y activa.
Por un instante, Constant olvidó que el hombre cuya mano estaba estrechando era solo un aspecto, un nodo de un fenómeno ondulatorio que se extendía desde el Sol hasta Betelgeuse. El apretón le recordó a Constant lo que estaba tocando, pues la mano le cosquilleó con un pequeño pero inconfundible flujo eléctrico.
El tono de la invitación de la señora Rumfoord a la materialización no había conseguido que Constant se sintiese inferior. Constant era hombre y la señora Rumfoord mujer, y Constant creía contar con los medios para demostrar, si le daban la ocasión, su incontestable superioridad.
El caso de Winston Niles Rumfoord era diferente desde un punto de vista moral, espacial, social, sexual y eléctrico. La sonrisa y el apretón de manos de Winston Niles Rumfoord desmantelaron la elevada opinión que Constant tenía de sí mismo con la misma eficacia que unos feriantes desmontan una noria.
Constant, que había ofrecido sus servicios a Dios como mensajero, sufrió un ataque de pánico ante la muy moderada grandeza de Rumfoord. Constant rebuscó en su memoria pruebas pasadas de su propia grandeza. Rebuscó en ella igual que un ladrón registra la cartera de otro hombre. Constant encontró que estaba repleta de instantáneas arrugadas y sobreexpuestas de las mujeres con las que había estado, de credenciales absurdas que acreditaban que era propietario de empresas aún más absurdas, y de certificados que le atribuían virtudes y fortalezas que solo se pueden conseguir con tres mil millones de dólares. Había incluso una medalla de plata con una cinta roja, otorgada a Constant por quedar segundo en el torneo de triple salto en pista cubierta de la Universidad de Virginia.
La sonrisa de Rumfoord siguió y siguió.
Por continuar con la analogía del ladrón que revisa la cartera de otra persona: Constant desgarró las costuras de su memoria, con la esperanza de encontrar algún compartimento secreto con algo de valor en él. No había ningún compartimento secreto ni nada de valor. Lo único que le quedó a Constant fue la envoltura de su memoria: unas solapas fláccidas y descosidas.
El anciano mayordomo miró con adoración a Rumfoord, pasó por las dolorosas contorsiones de una vieja fea que posara para un cuadro de la Virgen.
—El seño’ito —baló—. El joven seño’ito.
—Puedo leerle el pensamiento, ¿sabe? —dijo Rumfoord.
—¿Ah, sí? —replicó humilde Constant.
—Es lo más fácil del mundo —dijo Rumfoord. Los ojos le brillaron—. No es usted un mal tipo... —añadió—, sobre todo cuando olvida quién es.
Tocó levemente a Constant en el brazo. Fue un gesto de político: un gesto público vulgar de un hombre que, en privado, entre los suyos, haría cualquier cosa por no tener que tocar nunca a nadie.
—Si tan importante es para usted en esta etapa de nuestra relación sentirse superior a mí de algún modo —le dijo con amabilidad a Constant—, piense en esto: usted puede reproducirse y yo no.
Le dio las anchas espaldas a Constant y le guio por una serie de salones muy majestuosos.
Se detuvo en uno e insistió en que Constant admirase una enorme pintura al óleo de una niña pequeña que sujetaba las riendas de un poni blanquísimo. La niña llevaba un gorro blanco, un vestido blanco almidonado, guantes blancos, calcetines y zapatos blancos.
Era la niña más limpia y más paralizada que había visto jamás Malachi Constant. Había una extraña expresión en su rostro y Constant decidió que lo que le pasaba era que le daba miedo hacerse la más mínima mancha.
—Una foto muy bonita —dijo Constant.
—¿No sería una lástima si se cayese en un charco de barro? —replicó Rumfoord.
Constant sonrió inseguro.
—Es mi mujer de niña —dijo con brusquedad Rumfoord, y salió del salón.
Fue por un pasillo trasero hasta una salita minúscula, poco más espaciosa que un armario de las escobas grande. Medía tres metros de largo por dos de ancho y el techo, como en el resto de las estancias de la mansión, tenía seis metros de altura. La salita parecía una chimenea. En ella había dos sillas plegables.
—Un accidente arquitectónico —dijo Rumfoord, cerrando la puerta y elevando la vista hacia el techo.
—¿Cómo dice? —preguntó Constant.
—Este cuarto —respondió Rumfoord. Con la mano derecha fláccida, hizo el gesto mágico de una escalera de caracol—. Era una de las pocas cosas de la vida que de verdad quise con todo mi corazón cuando era niño... este cuartito.
Señaló con la cabeza hacia las estanterías que cubrían la pared de la ventana hasta casi dos metros de altura. Estaban muy bien hechas. Encima de los estantes había un trozo de madera encontrado en la playa en el que habían escrito con pintura azul: MUSEO DE SKIP.
El Museo de Skip era un museo de restos mortales —de endoesqueletos y exoesqueletos— de conchas, corales, huesos, cartílagos y quitones, de restos y residuos de almas largo tiempo fallecidas. La mayoría de los especímenes, un niño —es de presumir que Skip— podría encontrarlos con facilidad en las playas y bosques de Newport. Otros eran evidentemente regalos muy caros hechos a un niño extraordinariamente interesado por la ciencia de la biología.
El principal de estos regalos era el esqueleto completo de un humano adulto.
También había un caparazón de armadillo, un dodo disecado y el largo cuerno en espiral de un narval, etiquetado en broma por Skip: CUERNO DE UNICORNIO.
—¿Quién es Skip? —preguntó Constant.
—Yo —respondió Rumfoord—. O lo era.
—No lo sabía —dijo Constant.
—Solo para la familia, claro —le aclaró Rumfoord.
—¡Hum! —dijo Constant.
Rumfoord se sentó en una de las sillas plegables e indicó por gestos a Constant que se acomodara en la otra.
—Los ángeles tampoco pueden —comentó Rumfoord.
—¿Qué es lo que no pueden? —preguntó Constant.
—Reproducirse —respondió Rumfoord. Le ofreció un cigarrillo a Constant, cogió uno él mismo y lo colocó en una larga boquilla de hueso—. Siento que mi mujer esté demasiado indispuesta para bajar... a conocerle —añadió—. No es a usted a quien está evitando, sino a mí.
—¿A usted? —dijo Constant.
—Eso es —replicó Rumfoord—, no me ha visto desde mi primera materialización. —Se rio arrepentido—. Con una le bastó.
—Lo... lo siento —dijo Constant—. No le entiendo.
—No le gustaron mis profecías —dijo Rumfoord—. Lo poco que le conté sobre su futuro le pareció muy desasosegante. No quiere saber más. —Se recostó en la silla plegable e inspiró profundamente—. Le diré una cosa, señor Constant —dijo cordial—, decirle a la gente que vive en un universo muy muy duro es una labor muy desagradecida.
—Ella me dijo que fue usted quien le pidió que me invitara —dijo Constant.
—Se lo pedí a través del mayordomo —replicó Rumfoord—. La desafié a que le invitara o no lo habría hecho. Téngalo presente: la única forma de conseguir que haga alguna cosa es decirle que no tiene el valor de hacerlo. Por supuesto, no es una técnica infalible. Podría enviarle un mensaje ahora mismo, diciéndole que no tiene valor de enfrentarse al futuro, y ella me respondería que tengo razón.
—¿De verdad... de verdad puede usted ver el futuro? —dijo Constant. La piel de la cara se le tensó y la notó apergaminada. Le sudaron las palmas de las manos.
—En un sentido puntual, sí —dijo Rumfoord—. Cuando entré con mi nave espacial en el infundíbulo cronosinclástico, comprendí al instante que todo lo que ha sido lo será siempre y que todo lo que será lo ha sido siempre. —Volvió a reírse—. Saber eso le quita glamur a la adivinación... la convierte en la cosa más simple y evidente que se pueda imaginar.
—¿Le contó a su mujer todo lo que iba a sucederle? —preguntó Constant.
Era una pregunta tangencial. Constant no tenía interés en conocer qué iba a ocurrirle a la mujer de Rumfoord. Estaba deseando saberlo de sí mismo. Al preguntar por la mujer de Rumfoord, estaba siendo astuto.
—Bueno..., no todo —dijo Rumfoord—. No me dejó. Lo poco que le conté le quitó las ganas de saber más.
—En... entiendo —replicó Constant, sin entender nada.
—Sí —continuó Rumford con mucha afabilidad—, le conté que usted y ella se casarían en Marte. —Se encogió de hombros—. Bueno, no se casarían exactamente —dijo—, sino que los marcianos los criarían... como animales de granja.
Winston Niles Rumfoord era miembro de la única clase social verdaderamente norteamericana. Era una clase auténtica, porque sus límites hacía dos siglos que estaban definidos con claridad, definidos con claridad para cualquiera que tuviese ojo para las definiciones. De la pequeña clase social de Rumfoord procedía la décima parte de los presidentes de EE. UU., una cuarta parte de sus exploradores, una tercera parte de los gobernadores de los estados de la Costa Este, la mitad de sus ornitólogos a tiempo completo, tres cuartas partes de sus grandes balandristas y casi todos los aseguradores que cubrían el déficit de la gran ópera. Era una clase social peculiarmente exenta de charlatanes, con la notable excepción de los charlatanes políticos. La charlatanería política era un medio de llegar al poder y nunca se trasladaba a la vida privada. Una vez en el poder, los miembros de esa clase social, casi sin excepción, se volvían enormemente responsables.
Si Rumfoord acusaba a los marcianos de criar personas igual que si fuesen animales de granja, no estaba acusándolos de hacer nada que su propia clase no hubiese hecho. La pujanza de su clase social dependía hasta cierto punto de una administración sensata del dinero, pero mucho más de unos matrimonios basados cínicamente en el tipo de niños que era probable que se produjeran.
Lo deseable eran niños sanos, encantadores e inteligentes.
El mejor, aunque carezca del menor sentido del humor, análisis de la clase social de Rumfoord es, sin lugar a dudas, Los reyes filósofos norteamericanos, de Waltham Kittredge. Fue Kittredge quien demostró que dicha clase era en realidad una familia, con los cabos sueltos cuidadosamente anudados con un núcleo de consanguinidad mediante los matrimonios con primos. Rumfoord y su mujer, por ejemplo, eran primos terceros y se detestaban.
Y cuando Kittredge analizó la clase social de Rumfoord descubrió que era lo más parecido al nudo apretado y en forma de bola conocido como puño de mono.
Waltham Kittredge a menudo perdía el hilo en su Los reyes filósofos norteamericanos, en su intento por reflejar en palabras el ambiente de la clase social de Rumfoord. Como buen profesor universitario que era, Kittredge buscaba palabras rimbombantes y, como no las encontraba, acuñaba muchas palabras nuevas e intraducibles.
De toda la jerga de Kittredge, solo una expresión ha llegado a utilizarse en el habla corriente. La expresión es arrojo a-neurótico.
Fue ese tipo de arrojo, claro, el que llevó a Winston Niles Rumfoord al espacio. Era una valentía pura: no solo desprovista de cualquier ansia de fama y dinero, sino también de cualquier cosa como la que empuja a los inadaptados o a los chiflados.
Hay, dicho sea de paso, dos palabras muy claras, que habrían podido reemplazar muy bien a la jerga de Kittredge. Dichas palabras son estilo y valentía.
Cuando Rumfoord se convirtió en la primera persona en poseer una nave espacial privada —y pagó por ella cincuenta y ocho millones de dólares—: eso fue tener estilo.
Cuando los gobiernos de la Tierra interrumpieron la exploración del espacio a causa de los infundíbulos cronosinclásticos y Rumfoord anunció que iba a viajar a Marte: eso fue tener estilo.
Cuando Rumfoord anunció que iba a llevar consigo a un perrazo enorme, como si una nave espacial fuese poco más que un coche de carreras sofisticado y como si un viaje a Marte fuese un poco más que una vuelta por el circuito de Connecticut: eso fue tener estilo.
Cuando se desconocía qué ocurriría si una nave espacial entraba en un infundíbulo cronosinclástico y Rumfoord se fue directo hacia el centro de uno de ellos: no hay duda, eso fue tener valentía.
Por comparar a Malachi Constant de Hollywood con Winston Niles Rumfoord de Newport y de la Eternidad:
Todo lo que hacía Rumfoord lo hacía con estilo, de modo que la humanidad quedara en buen lugar.
Todo lo que hacía Constant lo hacía con una exhibición de estilo —de una manera agresiva, ostentosa, infantil y derrochadora—, de modo que tanto él como la humanidad quedaban en mal lugar.
Constant desbordaba arrojo, pero no tenía nada de a-neurótico. Todas las cosas valerosas que hacía estaban motivadas por el rencor y por burlas sufridas en la infancia que hacían que el miedo pareciera insignificante.
Constant, nada más oír decir a Rumfoord que iban a aparearlo con la mujer de Rumfoord en Marte, dejó de mirar a Rumfoord y contempló el museo de restos en una de las paredes. Entrelazó y apretó las manos hasta que dejó de notar el pulso.
Constant carraspeó varias veces. Luego silbó despacio entre la lengua y el paladar. En todos los sentidos se comportó como quien espera a que remita un dolor espantoso. Cerró los ojos e inspiró aire entre los dientes.
—Caramba, señor Rumfoord —dijo en voz baja. Abrió los ojos—: ¿Marte? —preguntó.
—Marte —repitió Rumfoord—. Claro que ese no es su destino final... ni tampoco Mercurio.
—¿Mercurio? —preguntó Constant, haciendo que ese nombre tan bonito sonase como un desagradable graznido.
—Su destino es Titán —replicó Rumfoord— pero antes de llegar visitará Marte, Mercurio y otra vez la Tierra.
Es crucial entender en qué punto de la historia puntual de la exploración del espacio recibió Malachi Constant la noticia de sus futuras visitas a Marte, Mercurio, la Tierra y Titán. El estado de ánimo en la Tierra con respecto a la exploración espacial era muy similar al estado de ánimo en Europa con respecto a la exploración del Atlántico, antes de que zarpara Cristóbal Colón.
No obstante, había estas importantes diferencias: Los monstruos que se interponían entre los exploradores espaciales y sus objetivos no eran imaginarios, sino numerosos, horribles, diversos y uniformemente cataclísmicos; el coste de una expedición pequeña era suficiente para arruinar a la mayoría de las naciones; y era una certeza virtual que ninguna expedición aumentaría la riqueza de sus patrocinadores.
En suma, basándose en el sentido común y la mejor información científica, no se podía decir nada a favor de la exploración del espacio.
Había quedado muy atrás el momento en que una nación podía parecer más gloriosa que otra lanzando algún objeto pesado hacia la nada. De hecho, Galactic Spacecraft, una corporación controlada por Malachi Constant, había recibido el último pedido de uno de estos impresionantes artefactos, un cohete de noventa metros de altura y diez de diámetro. Se había llegado a construir, pero la orden de lanzamiento no se recibió nunca.
La nave se llamó sin más La Ballena y en ella podían vivir cinco pasajeros.
El descubrimiento de los infundíbulos cronosinclásticos puso un brusco fin a todo. Se descubrieron matemáticamente, a partir de los extraños patrones de vuelo de naves no tripuladas enviadas, en teoría, como avanzadilla de los hombres.
El descubrimiento de los infundíbulos cronosinclásticos vino a decirle a la humanidad: «¿Qué te hace pensar que vas a ir a alguna parte?».
Fue una ocasión que ni pintada para los predicadores fundamentalistas norteamericanos. Se adelantaron a los filósofos, los historiadores o cualquier otra persona a la hora de hablar con sentido común sobre la Era Espacial truncada. Dos horas después de que se aplazara indefinidamente el lanzamiento de La Ballena, el reverendo Bobby Denton clamó en su Cruzada del Amor en Wheeling, Virginia Occidental:
—Y el Señor descendió para ver la ciudad y la torre que habían construido los hijos de los hombres. Y el Señor dijo: «Mirad, son un solo pueblo y tienen solo una lengua; y han empezado la obra y nada los hará desistir de lo que han decidido hacer. Descendamos y confundamos sus lenguas para que ninguno entienda lo que dice su vecino». Y así el Señor los esparció sobre la faz de la tierra y ellos dejaron de construir la ciudad. Por eso se llama Babel; porque allí confundió el Señor las lenguas de la tierra y desde allí los dispersó sobre la faz de la tierra.
Bobby Denton ensartó a su público con una mirada brillante y afectuosa, y lo asó sobre las brasas de su propia iniquidad.
—¿Acaso no son estos tiempos bíblicos? —dijo—. ¿No hemos construido con acero y orgullo una abominación mucho más alta que la Torre de Babel de los antiguos? ¿Y no queríamos, como los viejos constructores de antaño, llegar al cielo con ella? ¿Y no hemos oído decir muchas veces que el lenguaje de los científicos es internacional? Todos emplean las mismas palabras griegas y latinas, y todos hablan el lenguaje de los números. —Esa le parecía a Denton una prueba especialmente condenatoria, los cruzados del amor la aceptaron lúgubres sin entender muy bien por qué—. Conque ¿por qué deberíamos gritar con sorpresa y dolor ahora que Dios nos dice lo mismo que les dijo a quienes construyeron la torre de Babel? «¡No! ¡Marchaos de aquí! ¡Con eso no vais a ir al cielo ni a ninguna otra parte! Dispersaos, ¿me oís? ¡Dejad de hablar entre vosotros el lenguaje de la ciencia! Si seguís hablando entre vosotros el lenguaje de la ciencia, nada os hará desistir de lo que habéis decidido hacer, ¡y no quiero que ocurra eso! ¡Yo, vuestro Señor en el cielo, quiero que desistáis, para que dejéis de pensar en torres absurdas y en cohetes que ascienden al cielo, y empecéis a pensar en cómo ser mejores vecinos, maridos, mujeres, hijas e hijos! No busquéis la salvación en los cohetes: ¡buscadla en vuestras casas e iglesias!». —La voz de Bobby Denton se volvió ronca y susurró—: ¿Queréis volar por el espacio? ¡Dios ya os ha dado la nave espacial más maravillosa de la Creación? ¡Sí! ¿Velocidad? ¿Queréis velocidad? La nave que Dios os ha dado va a más de cien mil kilómetros por hora, y seguirá yendo a esa velocidad durante toda la eternidad, si Dios quiere. ¿Queréis una nave espacial que transporte cómodamente a los hombres? ¡La tenéis! No transportará solo a un hombre rico y a su perro, o solo a cinco o diez hombres. ¡No! ¡Dios no elige! ¡Os ha dado una nave espacial que transporta a miles de millones de hombres, mujeres y niños! ¡Sí! Y no tienen que estar atados a una silla ni ponerse una pecera en la cabeza. ¡No! En la nave espacial de Dios, no. ¡Los tripulantes de la nave espacial de Dios pueden ir a nadar, pasear al sol, jugar al béisbol, patinar sobre hielo, ir de excursión en coche con la familia los domingos después de la iglesia y cenar pollo en familia! —Bobby Denton asintió con la cabeza—: ¡Sí! —dijo—. Y, si alguien cree que su Dios es mezquino por poner cosas en el espacio y no dejarnos volar allí, que recuerde la nave espacial que Dios nos ha dado ya. Y no tenemos que comprar combustible ni preocuparnos por qué tipo de combustible utilizar. ¡No! De todo eso se encarga Dios.
»Dios nos dijo lo que teníamos que hacer en esta maravillosa nave espacial. Escribió las normas para que todos pudieran entenderlas. No hace falta ser físico ni un gran químico ni un Albert Einstein para entenderlas. ¡No! Y tampoco creó demasiadas. Me cuentan que, si lanzasen La Ballena, tendrían que hacer once mil comprobaciones distintas antes de estar seguros de que está lista para el lanzamiento: ¿Está abierta esta válvula, está cerrada aquella, está tenso ese alambre, está lleno ese tanque?, y así hasta llegar a once mil. ¡Aquí, en la nave espacial de Dios, Dios nos pide que hagamos solo diez comprobaciones y, no para hacer un viajecito a alguna roca grande y ponzoñosa del espacio, si no para un viaje al Reino de los Cielos! ¡Pensadlo! ¿Dónde preferiríais estar mañana: en Marte o en el Reino de los Cielos?
»¿Sabéis cuál es la lista de comprobaciones de la nave espacial verde y redonda de Dios? ¿Tengo que decíroslo? ¿Queréis oír la cuenta atrás de Dios?
Los cruzados del amor respondieron a gritos que sí querían.
—¡Diez! —exclamó Bobby Denton—. ¿Codiciáis la casa del prójimo, o su criado, o su doncella, o su buey, o su asno, o cualquier otra cosa?
—¡No! —gritaron los cruzados del amor.
—¡Nueve! —exclamó Bobby Denton—. ¿Decís falso testimonio contra vuestro prójimo?
—¡No! —gritaron los cruzados del amor.
—¡Ocho! —exclamó Bobby Denton—. ¿Robáis?
—¡No! —gritaron los cruzados del amor.
—¡Siete! —exclamó Bobby Denton—. ¿Cometéis adulterio?
—¡No! —gritaron los cruzados del amor.
—¡Seis! —exclamó Bobby Denton—. ¿Matáis?
—¡No! —gritaron los cruzados del amor.
—¡Cinco! —exclamó Bobby Denton—. ¿Honráis a vuestro padre y a vuestra madre?
—¡Sí! —gritaron los cruzados del amor.
—¡Cuatro! —exclamó Bobby Denton—. ¿Os acordáis del sábado para santificarlo?
—¡Sí! —gritaron los cruzados del amor.
—¡Tres! —exclamó Bobby Denton—. ¿Tomáis el nombre del Señor, vuestro Dios, en vano?
—¡No! —gritaron los cruzados del amor.
—¡Dos! —exclamó Bobby Denton—. ¿Hacéis imágenes talladas?
—¡No! —gritaron los cruzados del amor.
—¡Uno! —exclamó Bobby Denton—. ¿Ponéis a dioses ajenos delante del verdadero Dios?
—¡No! —gritaron los cruzados del amor.
—¡Cero! —exclamó con alegría Bobby Denton—. ¡Paraíso, allá vamos! ¡Despegamos, hijos, y amén!
—Bueno... —murmuró Malachi Constant en el salón similar a una chimenea bajo la escalera en Newport—. Parece que el mensajero va a cumplir por fin con su misión.
—¿Cómo? —preguntó Rumfoord.
—Mi nombre... significa ‘mensajero fiel’ —le explicó Constant—. ¿Cuál es el mensaje?
—Lo siento —dijo Rumfoord—, no sé nada de ningún mensaje. —Inclinó la cabeza con un gesto socarrón—. ¿Le habían dicho algo de algún mensaje?
Constant levantó las manos con las palmas hacia arriba.
—Quiero decir que... ¿para qué voy a tomarme todas esas molestias para ir a Tritón?
—Titán —le corrigió Rumfoord.
—Titán, Tritón —dijo Constant—. ¿Para qué cáscaras iba a ir ahí? —Cáscaras era una palabra ñoña y mojigata, de boy scout, que Constant no usaba nunca, y tardó un momento en comprender por qué la había usado. Cáscaras era lo que decían los cadetes espaciales en la televisión cuando un meteorito arrancaba una zona de control o el piloto resultaba ser un pirata espacial del planeta Zircon. Se puso en pie—. ¿Por qué demonios iba a ir allí?
—Lo hará... se lo prometo —dijo Rumfoord.
Constant fue hasta la ventana, recobrando parte de su arrogancia.
—Se lo digo aquí y ahora —replicó—. No iré.
—Lamento oírlo —dijo Rumfoord.
—¿Acaso tengo que hacer algo por usted cuando llegue allí?
—No —dijo Rumfoord.
—Entonces, ¿por qué lo lamenta? —quiso saber Constant—. ¿Qué más le da a usted?
—Nada —dijo Rumfoord—. Solo lo lamento por usted. No sabe lo que se va a perder.
—¿Como qué? —preguntó Constant.
—Bueno... por un lado, tiene el mejor clima imaginable —respondió Rumfoord.
