La Sombra de la Asistencia - Lord Dunsany - E-Book

La Sombra de la Asistencia E-Book

Lord Dunsany

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Beschreibung

"La sombra de la asistencia es un relato onírico y filosófico que nos transporta a un mundo crepuscular, donde lo visible y lo invisible se entrelazan con delicadeza poética. Lord Dunsany, maestro de la fantasía literaria, construye un universo de símbolos, silencios y presencias que no siempre se manifiestan en forma humana. En esta historia, el protagonista —un hombre solitario y reflexivo— se ve acompañado por una figura inasible: una sombra que no es suya, pero que lo sigue desde que ayudó a un anciano desconocido en un bosque olvidado. A medida que la sombra cobra fuerza, lo guía hacia rincones del mundo donde las almas errantes esperan redención o revelación. No es una historia de horror ni de magia tradicional, sino un viaje espiritual, una alegoría sobre la compasión, la deuda moral y el misterio de lo eterno. Dunsany teje con sutileza un lenguaje rico, lírico y envolvente, que invita a reflexionar sobre lo que permanece más allá del tiempo y de la muerte. Con atmósfera crepuscular, paisajes brumosos y un tono profundamente melancólico, este relato es una joya de la literatura fantástica, ideal para lectores que disfrutan de lo etéreo, lo simbólico y lo introspectivo."

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Veröffentlichungsjahr: 2026

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Cuentos

Lord Dunsany

ÍNDICE

Bethmoora ................................................................... 7

Caronte ........................................................................ 13

De cómo llegó el enemigo a Thulnrana .................... 15

Días de ocio en el Yann .............................................. 18

Donde suben y bajan las mareas ............................... 39

El botín de Bombasharna ........................................... 46

El hombre del haschisch ............................................ 52

El huracán ................................................................... 59

El remolino .................................................................. 61

El señor de las ciudades ............................................ 64

El signo ........................................................................ 73

El vengador de Perdóndaris ...................................... 81

En el crepúsculo ......................................................... 100

Erlathdronion ............................................................. 106

Escapar por los pelos ................................................. 110

Historia de mar y tierra ............................................. 114

La angustiosa historia de Thangobrind el joyero,

y el funesto destino que le aconteció ................... 146

La caída de Babbulkund ............................................. 152

La condenación de la Traviata .................................. 170

La coronación del señor Thomas Shap ..................... 174

La demanda de las lágrimas de la reina................... 180

La espada de Welleran............................................... 187

La fortaleza invencible, salvo que Sacnoth

la ataque .................................................................. 207

La hija de Ramsés ....................................................... 230

La Muerte y Odiseo .................................................... 247

La novia del hombre caballo ...................................... 249

La señorita Cubbidge y el dragón del romance ....... 255

Los fantasmas.............................................................. 260

Los salteadores de caminos ....................................... 266

Misterio oriental ......................................................... 273

Probable aventura de tres hombres de letras ......... 285

Solo entre inmortales ................................................. 291

Un día en el confín del mundo................................... 293

Una tienda en Go-By Street ...................................... 301

6

BETHMOORA

HAY UNA suave frescura en las noches de Londres, como si una brisa extraviada hubiera perdido a sus compañeros de parranda en las tierras altas de Kent y hubiera entrado furtivamente al pueblo. Las aceras están un poco húmedas y brillantes. En nuestros oídos, que a esta hora tardía se tornan muy agudos, golpea el sonido de alguna pisada lejana. El sonido de los pasos se vuelve más y más fuerte, llenando toda la noche. Y una figura enfundada de negro pasa de largo, dirigiendo sus pisadas hacia la oscuridad. Uno que viene de bailar se dirige a casa. En algún lugar, un baile ha cerrado sus puertas y ha terminado. Sus luces amarillentas se han apagado, sus músicos callan, sus bailarines se han ido con el aire de la noche, y el Tiempo ha dicho al respecto “Que sea pasado y cerrado, y puesto entre las cosas que he guardado”.

Las sombras comienzan a apartarse de sus numerosos lugares de reunión. Los gatos furtivos, no menos silenciosamente que aquellas sombras flacas y muertas, regresan a casa.

7

De esta forma, incluso en Londres tenemos nuestros tenues presagios de la llegada del amanecer, ante los cuales las aves y las bestias y las estrellas claman hacia los campos ilimitados.

En qué momento, no lo sé, percibo que la noche ha sido irremediablemente destronada. Repentinamente, la cansina palidez de las lámparas me revela que las calles están silenciosas y nocturnamente tranquilas, no porque haya alguna fuerza particular en la noche, sino porque los hombres no se han levantado aún del sueño para de-safiarla. Del mismo modo, he visto guardias abatidos y desaliñados en portales palaciegos, quienes aún portan armaduras antiguas aunque los reinos de la monarquía que guardan se hayan encogido a una sola provincia, que ningún enemigo se ha preocupado de invadir.

Y ya se manifiesta, por el aspecto de las luces de la calle, vergonzosamente dependientes de la noche, que los picos de las montañas inglesas ya han visto el amanecer, que las cimas de Dover se yerguen blancas en la mañana y que la niebla marina se ha levantado y se derrama tierra adentro.

Y ahora han llegado varios hombres con un caballo y están mojando las calles.

¡Mirad!, la noche ha muerto.

¡Qué recuerdos, qué fantasías llenan nuestra mente!

Una noche más ya ha sido recogida por las hostiles manos del Tiempo. Un millón de cosas artificiales cubiertas, durante un momento, en el misterio; como mendigos vestidos de púrpura sentados sobre tronos terribles. Cuatro millones de personas dormidas, soñando posiblemente.

¿A qué mundos habrán penetrado? ¿Con quién se habrán encontrado? Sin embargo, mis pensamientos están lejos de aquí, con Bethmoora en su soledad, cuyas puertas se baten abiertas. Hacia delante y atrás oscilan y crujen, 8

crujen con el viento, pero nadie las oye. Son de cobre verde, muy hermosas, pero nadie las contempla ahora. El viento del desierto deposita arena en sus bisagras y ningún vigilante viene a aliviarlas. Ningún guardia merodea por las almenas de Bethmoora, ningún enemigo las ataca. No hay luces en sus casas, ni pisadas en sus calles.

Se alza allí, muerta y solitaria, al otro lado de las Colinas de Hap. Me gustaría contemplar Bethmoora una vez más, pero no me atrevo.

Hace muchos años, según me contaron, que Bethmoora fue desolada. Su devastación es comentada en las tabernas donde se reúnen los marineros, y algunos viajeros me han hablado de ella.

Yo tenía la esperanza de contemplar Bethmoora otra vez.

Hace muchos años —dicen— que la cosecha fue recogida de los viñedos que conocí, donde ahora todo es desierto. Era un día radiante y la gente de la ciudad danzaba por los viñedos, mientras que aquí y allá alguien tocaba el kalipac. Los arbustos púrpuras estaban en flor, y la nieve brillaba sobre las Colinas de Hap.

Fuera de las puertas de cobre, las uvas se aplastaban en tinas para hacer el syrabub. Había sido una buena cosecha.

En los pequeños jardines al borde del desierto los hombres golpeaban el tambang y el tittibuk, y tocaban melodiosamente el zootibar.

Allí todo era regocijo, canciones y baile, porque la cosecha se había recogido y, por lo tanto, habría suficiente syrabub para los meses de invierno, y mucho más sobrante para intercambiar por turquesas y esmeraldas con los comerciantes que bajaban de Oxuhahn. De este modo, ce-lebraron todo el día la cosecha de la estrecha franja de tierra cultivable que se encuentra entre Bethmoora y el 9

desierto, el que se junta con el cielo en el Sur. Y cuando el calor del día comenzó a disminuir y el sol se acercó a las nieves de las Colinas de Hap, aún se alzaba clara la nota del zootibar desde los jardines, y los brillantes vestidos de los bailarines aún se enroscaban entre las flores.

Durante todo el día, tres hombres en mulas habían sido vistos cruzando la cara de las Colinas de Hap. Hacia delante y hacia atrás se movían mientras la huella serpenteaba hacia abajo, y más abajo. Tres manchitas negras contra la nieve. Fueron vistos por primera vez muy temprano en la mañana, arriba, cerca del hombro de Peol Jagganoth y parecían venir saliendo de Utnar Vehi. Todo el día vinieron. Y en el ocaso, justo antes que las luces salgan y los colores cambien, aparecieron frente a las puertas de cobre de Bethmoora. Llevaban estacas, como las que portan los mensajeros en esas tierras y parecieron sombríamente ataviados cuando los danzantes, con sus vestidos verde y lila, los rodearon. Aquellos europeos que estuvieron presentes y oyeron el mensaje entregado no conocían el lenguaje, y solamente captaron el nombre Uthar Vehi. Pero el mensaje fue breve, y pasó rápidamente de boca en boca, y casi al instante, la gente incendió sus viñedos y comenzó a huir de Bethmoora, dirigiéndose la mayoría hacia el norte, aunque algunos fueron al Este. Se precipitaron fuera de sus hermosas casas blancas y salieron a torrentes por las puertas de cobre. La vibración de tambang y del tittibuk súbitamente cesó así como la nota del zootibar, y el tintineante kalica se detuvo un momento después. Los tres extraños viajeros regresaron, inmediatamente al ser entregado su mensaje, por el mismo camino que habían venido. Era la hora en que una luz ya habría aparecido en alguna elevada torre y, ventana tras ventana, habría derramado en el crepúsculo su luz, que atemoriza a los leones, y las puertas de 10

cobre se habrían cerrado. Pero ninguna luz asomaba de las ventanas aquella noche, ni lo ha hecho desde entonces, y aquellas puertas de cobre fueron dejadas abiertas y nunca se han cerrado. El sonido crepitante del rojo fuego se elevaba desde los viñedos y el sonido de pies escapando suavemente. No hubo gritos, ni ningún otro sonido, sólo el rápido y determinado escape. Huyeron tan veloz y tranquilamente como un rebaño de ganado que escapa al ver repentinamente a un hombre. Era como si algo te-mido por generaciones hubiese sobrevenido, de lo que sólo podía escaparse a través de una huída inmediata, que no dejaba tiempo para indecisiones.

El miedo también tomó a los Europeos, que igualmente huyeron.

Y cuál era el mensaje; nunca lo he sabido.

Muchos creen que era un mensaje de Thuba Mlee, el misterioso emperador de aquellas tierras, jamás visto por hombre alguno, informando que Bethmoorta debía ser desalojada. Otros dicen que el mensaje era una advertencia de los dioses, mas si se trataba de dioses amiga-bles o de dioses adversos, no lo saben. Y otros sostienen que la Plaga había asolado una línea de ciudades en Uthar Vehi, siguiendo el curso del viento suroeste que por muchas semanas había estado soplando entre ellas, hacia Bethmoora. Algunos dicen que la terrible enfermedad gnousar afectaba a los tres viajeros y que incluso sus mismas mulas se encontraban empapadas de ella, y suponen que el hambre los había conducido a la ciudad. Sin embargo, no sugieren alguna mejor razón para un crimen tan terrible.

Mas la mayoría cree que fue un mensaje del desiertos mismo, quien es dueño de toda la Tierra hacia el sur, dic-tado con su peculiar bramido a aquellos tres hombres que conocían su voz, hombres que han estado en las desola-11

das arenas sin tiendas durante la noche, que han estado día tras día sin agua, hombres que han estado allí donde el desierto murmura, y han llegado a conocer sus necesidades y su malevolencia. Dicen que el desierto tenía necesidad de Bethmoora, que deseaba entrar en sus hermosas calles y enviar a sus templos y a sus casas sus vientos de tormenta cargados de arena. Porque él odia, con su antiguo y maligno corazón, el sonido y la visión del hombre, y deseaba tener a Bethmoora silenciosa e imperturbable, guardada para el extraño amor que le susurra ante sus puertas.

Si supiera cuál fue el mensaje que los tres hombres en mulas llevaron y entregaron en la entrada de cobre, creo que iría y contemplaría Bethmoora una vez más. Pues aquí en Londres me sobreviene un gran anhelo de ver una vez más aquella blanca y hermosa ciudad. Sin embargo, no me atrevo pues no sé qué peligro tendré que enfrentar. Si acaso deberé arriesgarme a la furia de los terribles y desconocidos dioses, o a alguna enfermedad lenta e innombrable, o a la maldición del desierto, o la tortura en alguna pequeña habitación privada del Emperador Thuba Mleen, o a algo que los viajeros no han revelado, quizá más temible aún.

12

CARONTE

CARONTE se inclinó hacia delante y remó. Todas las cosas eran una con su cansancio.

Para él no era una cosa de años o de siglos, sino de ilimitados flujos de tiempo, y una antigua pesadez y un dolor en los brazos que se habían convertido en parte de un esquema creado por los dioses y en un pedazo de Eternidad.

Si los dioses le hubieran mandado siquiera un viento contrario esto habría dividido todo el tiempo en su memoria en dos fragmentos iguales.

Tan grises resultaban siempre las cosas donde él estaba que si alguna luminosidad se demoraba entre los muertos, en el rostro de alguna reina como Cleopatra, sus ojos no podrían percibirla.

Era extraño que actualmente los muertos estuvieran llegando en tales cantidades. Llegaban de a miles cuando acostumbraban a llegar de a cincuenta. No era la obliga-ción ni el deseo de Caronte considerar el porqué de estas cosas en su alma gris. Caronte se inclinaba hacia adelante y remaba.

Entonces nadie vino por un tiempo. No era usual que los dioses no mandaran a nadie desde la Tierra por aquel espacio de tiempo. Mas los Dioses saben.

Entonces un hombre llegó solo. Y una pequeña sombra se sentó estremeciéndose en una playa solitaria y el gran bote zarpó. Sólo un pasajero; los dioses saben. Y un Caronte grande y cansado remó y remó junto al pequeño, silencioso y tembloroso espíritu.

Y el sonido del río era como un poderoso suspiro lanzado por Aflicción, en el comienzo, entre sus hermanas, y que no pudo morir como los ecos del dolor humano que se apagan en las colinas terrestres, sino que era tan antiguo como el tiempo y el dolor en los brazos de Caronte.

Entonces, desde el gris y tranquilo río, el bote se ma-terializó en la costa de Dis y la pequeña sombra, aún estremeciéndose, puso pie en tierra, y Caronte volteó el bote para dirigirse fatigosamente al mundo. Entonces la pequeña sombra habló, había sido un hombre.

“Soy el último”, dijo.

Nunca nadie antes había hecho sonreír a Caronte, nunca nadie antes lo había hecho llorar.

14

DE CÓMO LLEGÓ EL ENEMIGO A THULNRANA DESDE hace mucho tiempo había sido profetizado y previsto de antiguo que el enemigo llegaría a Thlunrana. Y

se conocía la fecha de su destrucción y la puerta por la que aquél entraría, aunque nadie había profetizado quién sería el enemigo, excepto que se trataría de uno de los dioses que vivían entre los hombres. Mientras tanto, Thlunrana, esa lamasería secreta, esa catedral mayor de la magia, era el terror del valle en el que estaba asentada y de todas las tierras que lo circundaban. Sus ventanas eran tan estrechas y altas, y tan extrañas cuando estaban iluminadas de noche, que parecían contemplar a la gente con una diabólica mirada de soslayo, como si guardaran algún secreto en la oscuridad. Quiénes eran los magos y sus delegados y el gran hechicero jefe de aquel furtivo lugar nadie lo sabe, pues iban cubiertos con capas, capu-chas y velos totalmente negros.

Aunque su destrucción estaba próxima y el enemigo de la profecía debía llegar aquella misma noche a través de la puerta abierta del sur que llamaban la Puerta de la Perdición, la rocosa estructura de Thlunrana permane-

cía todavía misteriosa, venerable, terrible, oscura, y espantosamente coronada por su funesto destino. No era frecuente que alguien se atreviera a vagar de noche por las cercanías de Thlunrana, cuando el lamento de los magos invocando no se sabe a Quién se alzaba débilmente desde las cámaras interiores, asustando a los murciélagos a la deriva; mas la última noche llegó el hombre de la cabaña con techo de paja negro junto a los cinco pinos, ya que quería ver Thlunrana una vez más antes de que el enemigo, que aunque vivía entre los hombres era divino, viniera contra ella y la destruyera. Ascendió el sombrío valle con audacia, mas sus temores fueron en aumento; su valor le sostenía todavía aunque le empezaba a flaquear. Entró por la puerta del sur que llaman Puerta de la Perdición. Llegó a un oscuro vestíbulo y, subiendo una escalera de mármol, pasó a ver lo que quedaba de Thlunrana. Apartó una cortina de terciopelo negro y entró en una cámara, más tenebrosa que cualquier otra que pueda uno imaginarse, donde colgaban otras muchas cortinas. En otra cámara sombría, vislumbrada a través de una arcada, unos magos con cirios encendidos practica-ban su magia y decían conjuros en voz baja. Todas las ratas del lugar habían desaparecido, yéndose gimoteando escalera abajo. El hombre de la cabaña con techo de paja negro atravesó esta segunda cámara: los magos no le miraron ni cesaron de susurrar. Dejó atrás pesadas cortinas, también de terciopelo negro, y entró en una cámara de mármol negro donde nada se movía. Únicamente ardía un cirio en aquella tercera cámara; no había ventanas. Sobre el pulido suelo, al pie de la lisa pared, se levantaba un pabellón de seda con sus cortinas corridas: era el sanctasanctórum de aquel siniestro lugar, su misterio más recóndito. A uno y otro lado había enigmáticas figuras agachadas, hombres o mujeres, o estatuas cubier-16

tas, o bestias amaestradas para estar calladas. Y cuando la horrible quietud de aquel lugar era mayor de lo que podía soportar, el hombre de la cabaña con techo de paja negro junto a los cinco pinos se dirigió al pabellón de seda y, descorriendo con determinación una de las cortinas, contempló el misterio oculto y se rió. Y la profecía se cum-plió, y Thlunrana nunca más fue el terror del valle, sino que los magos abandonaron sus terroríficas salas y huyeron a campo abierto, lamentándose y dándose golpes de pecho, pues la risa era el enemigo que, según estaba pre-destinado, vendría contra Thlunrana por la puerta del sur conocida como la Puerta de la Perdición, y aunque habita entre los hombres se trata de uno de los dioses.

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DÍAS DE OCIO EN EL YANN

Así bajé a través del bosque hasta la rivera del Yann y encontré, como había sido profetizado, al barco Pájaro del Río a punto de soltar amarras.

El capitán estaba sentado de piernas cruzadas sobre la blanca cubierta, a su lado la cimitarra dentro de su vai-na enjoyada, y los marineros afanados en desplegar las ágiles velas para dirigir el barco hacia el centro de la corriente del Yann, cantando durante todo el tiempo dulces canciones antiguas. Y el viento fresco del atardecer, que desciende desde los ventisqueros donde tienen sus moradas montañosas los dioses distantes, llegó súbitamente, como las buenas nuevas a una ciudad ansiosa, a las velas con forma de alas.

Y así llegamos a la corriente central, donde los marineros bajaron las grandes velas. Pero yo había ido a dar mis reverencias al capitán, y a consultarle acerca de los milagros y apariciones de los más sagrados dioses entre los hombres, cualquiera fuera la tierra de su proceden-cia. Y el capitán respondió que venía de la lejana Belzoond, y que adoraba a los dioses más pequeños y humildes, aque-

llos que rara vez enviaban la hambruna o el trueno y que eran fácilmente aplacados con pequeñas batallas. Y yo le conté que venía de Irlanda, que está ubicada en Europa, ante lo cual el capitán y sus marineros rieron porque, dijeron, “No hay lugares como ese en todo el País del Sueño”. Cuando acabaron de burlarse de mí, les expliqué que mi imaginación moraba principalmente en el desierto de Cuppar-Nombo, en una hermosa ciudad llamada Golthoth la Maldita, que era custodiada completamente por los lobos y sus sombras, y que ha estado deshabitada por años y años debido a una maldición dicha en la ira de los dioses y que desde entonces no han podido revocar. Y algunas veces mis sueños me llevaban tan lejos, hasta Pungar Vees, la ciudad de los muros rojos donde se encuentran los manantiales, la que comercia con Isles y Thul. Cuando dije esto me felicitaron por la morada de mis sueños, diciendo que, aunque ellos jamás han visto dichas ciudades, lugares como esos pueden bien ser imaginados. Durante el resto de la velada negocié con el capitán la suma que debería pagarle por el viaje, si Dios y la marea del Yann, nos llevaban a salvo hasta los arrecifes junto al mar, llamados Bar-Wul-Yann, la Puerta del Yann.

Y ahora el sol se había puesto, y todos los colores del mundo y del cielo han conservado un festival con él, y se han escabullido, uno a uno, antes de la inminente llegada de la noche. Los papagayos de ambas riberas han volado a casa, hacia la jungla; los monos, en hileras, sobre las altas ramas de los árboles, estaban en silencio y dormidos; las luciérnagas, en las profundidades del bosque, iban de arriba abajo; y las grandiosas estrellas salieron brillando para contemplar la superficie del Yann. Entonces los marineros encendieron las linternas y las colgaron alrededor del barco, y la luz destelló repentinamente sobre un Yann encandilado, y los patos que se alimentan a 19

lo largo de sus cenagosas márgenes se elevaron de súbito, y trazaron amplios círculos en el aire, y vieron las distantes extensiones del Yann y la niebla blanca que suavemente cubría la selva, antes de retornar nuevamente a sus ciénagas.

Y entonces los marineros se arrodillaron sobre las cubiertas y oraron, no todos a la vez, sino cinco o seis por turno. Lado a lado se arrodillaron juntos cinco o seis, porque sólo oraban al mismo tiempo aquellos hombres con distintas fés, así ningún dios tendría que oír a dos hombres rezándole a la vez. Tan pronto como alguno terminaba su oración, otro de la misma fe tomaría su lugar. De esta forma, se arrodillaba la fila de cinco o seis con las cabezas inclinadas bajo las flameantes velas, mientras la corriente central del Río Yann los llevaba hacia el océano, y sus oraciones subían entre las lámparas dirigiéndose hacia las estrellas. Y detrás de ellos, en el final del barco, el timonel oraba en voz alta la oración del timonel, que es rezada por todos aquellos que ejercen su oficio en el Río Yann, cualquiera sea la fe que tuviera. Y el capitán oraba a sus pequeños dioses menores, a los dioses que bendicen Belzoond.

Y yo también sentí que podría rezar. Sin embargo, no me gustaba rezarle a un Dios celoso, allí donde los frági-les y afectuosos dioses, que son adorados por los paganos, son humildemente invocados; entonces pensé, en cambio, en Sheol Nugganoth, a quien los hombres de la selva han abandonado desde hace mucho, quien no es ahora venerado y está solitario; y a él le recé.

Y sobre nosotros rezando, la noche súbitamente cayó, así como cae sobre los hombres que oran al atardecer y sobre aquellos hombres que no lo hacen; sin embargo, nuestras plegarias aliviaron nuestras almas al pensar en la Gran Noche por venir.

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Y así el Yann nos condujo magníficamente adelante, pues estaba exaltado por la nieve derretida que el Politi-ades le trajo desde las Colinas de Hap, y el Marn y el Mi-gris estaban engrosados con las crecidas; y nos llevo en su fuerza por Kyph y Pir, y vimos las luces de Goolunza.

Pronto todos dormíamos excepto el timonel, quien mantenía el barco en la corriente central del Yann.

Cuando el sol salió el timonel cesó de cantar, pues con el canto alegraba la noche solitaria. Al cesar la canción súbitamente todos despertamos, y otro tomó el timón, y el timonel durmió.

Sabíamos que pronto llegaríamos a Mandaroon. Nos preparamos una merienda, y Mandaroon apareció. Entonces el capitán comandó, y los marineros soltaron nuevamente las grandiosas velas, y el barco viró y abandonó la corriente del Yann y se acercó a un puerto bajo los rojizos muros de Mandaroon. Entonces, mientras los marineros iban y recogían frutas, yo me dirigí solo a la entrada de Mandaroon. Unas cuantas cabañas se encontraban fuera de ella, en las cuales habitaba el guardia.

Un vigilante con una larga y blanca barba se encontraba en la puerta, armado de una herrumbrosa lanza. Usaba unos grandes anteojos, que estaban cubiertos de polvo. A través de la puerta vi la ciudad. Una quietud mortal se cernía sobre ella. Los caminos no parecían haber sido hollados, y el moho era grueso en las entradas de las puertas; en el mercado varias figuras acurrucadas dormían.

Había un aroma a incienso y a amapolas quemadas, y un murmullo constante de campanas distantes. Le dije al guardia, en la lengua de la región del Yann, “Por qué todos duermen en esta apacible ciudad?”

Él contestó: “Nadie puede hacer preguntas en esta puerta por miedo a despertar a las personas de la ciudad. Pues cuando la gente de esta ciudad despierte, los 21

dioses morirán. Y cuando los dioses mueren los hombres no pueden soñar nunca más”. Y comencé a preguntarle qué dioses eran venerados en aquella ciudad, pero él levantó su lanza pues nadie debe hacer preguntas allí. Así que lo deje y volví al Pájaro del Río.

Ciertamente Mandaroon era bella, con sus blancos pináculos despuntando sobre sus rojizas murallas, y el verde de sus tejados de cobre.

Cuando regresé al Pájaro del Río, descubrí que los marineros habían retornado al barco. Pronto levamos anclas y navegamos nuevamente, y una vez más alcanza-mos el centro del río. Y ahora el sol se estaba moviendo hacia las alturas, y allí en el Río Yann nos alcanzó la melodía de aquellas innumerables miríadas de coros que lo acompañan en su progreso alrededor del mundo.

Las pequeñas criaturas de muchas piernas habían extendido fácilmente sus diáfanas alas en el aire, como un hombre reposa sus codos en un balcón, y dieron jubi-losas y ceremoniales alabanzas al sol; o se movían juntas en el aire oscilando en ágiles e intrincadas danzas; o se desviaban para evitar la arremetida de alguna gota de agua sacudida por el viento desde una orquídea de la jungla, templando el aire e impulsándolo delante de ellas, mientras se precipitaba zumbando, en su prisa, sobre la tierra; sin embargo, todo el tiempo cantaban triunfalmen-te. “Porque el día es para nosotras”, decían, “ sea que nuestro gran y sagrado padre, el Sol, cree más vida como nosotras desde el cieno, o si todo el mundo terminase esta noche”. Y allí cantaban todas aquellas notas conocidas por oídos humanos, así como aquellas cuyas numerosas notas que jamás han sido escuchadas por el hombre.

Para aquellas un día lluvioso habría sido como una era de guerra que desolaría continentes durante una vida de hombre.

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Y también aparecieron, desde la oscura y vaporosa jungla, para contemplar y regocijarse en el Sol, las gigantes y perezosas mariposas. Y danzaron, pero danzaron indo-lentemente, por los caminos del aire, como lo haría alguna altiva reina de tierras lejanas y conquistadas, en su pobreza y exilio en algún campamento de gitanos, por el pan para sobrevivir, sin embargo, más allá de aquello, jamás disminuiría su orgullo de danzar por un momento más.

Y las mariposas cantaron acerca de cosas extrañas y coloreadas, sobre orquídeas púrpuras y sobre perdidas ciudades rosa, y sobre los monstruosos colores de la selva descompuesta. Y también ellas estaban entre dichas voces no discernibles por oídos humanos. Y mientras flotaban sobre el río, yendo de bosque en bosque, su esplendor era rivalizado por la belleza hostil de los pájaros que se lanzaban a perseguirlas. O algunas veces se posaban sobre las flores, que parecían de cera, de la planta que se arrastra y trepa por los árboles del bosque; y sus alas púrpuras fulguraban desde las flores, como las caravanas que van desde Nurl a Thace, las brillantes sedas lla-meando sobre la nieve cuando los astutos mercaderes las despliegan, una a una, para asombrar a los montañeses de las Colinas de Noor.

Sin embargo, sobre hombres y bestias, el sol envió somnolencia. Los monstruos del río, a lo largo de sus márgenes, yacían dormidos en el cieno. Los marineros armaron una tienda en cubierta, con borlas doradas para el capitán, y todos se deslizaron, excepto el timonel, bajo una vela que habían colgado como un toldo entre dos mástiles. Entonces narraron historias, cada una de la propia ciudad o sobre los milagros de su dios, hasta que todos cayeron dormidos. El capitán me ofreció el amparo de su tienda de borlas doradas, y allí hablamos por un 23

rato, él contándome que llevaba mercancía a Perdóndaris, y que llevaría de vuelta a la hermosa Belzoond cosas re-lacionadas con los asuntos del mar. Entonces, mientras miraba a través de la apertura de la tienda a las brillantes aves y mariposas que cruzaban y cruzaban sobre el río, me dormí, y soñé que era un monarca entrando a su capital bajo arcos de estandartes, y todos los músicos del mundo estaban allí, tocando melodiosamente sus instrumentos; pero nadie se alegraba.

En la tarde, cuando el día refrescó nuevamente, desperté y encontré al capitán ciñéndose su cimitarra, la que se había quitado para descansar.

Y ahora nos estábamos acercando a la gran corte de Astahahn, que se abre sobre el río. Extraños botes de antaño se encontraban encadenados a las escalinatas. Al acercarnos vimos el atrio abierto de mármol, donde en tres de sus lados se alzaba la ciudad sobre columnas. Y la gente de aquella ciudad paseaba por el patio y las columnas con solemnidad y cuidado, de acuerdo a los ritos de ceremoniales antiguos. Todo en dicha cuidad era de antigua factura; la talla de las casas, que, cuando el tiempo las ha quebrado, se han mantenido sin ser reparadas, era de los tiempos más remotos, y por todas partes había re-presentaciones en piedra de bestias que hace mucho tiempo dejaron de existir sobre la Tierra: el dragón, el grifo y el hipogrifo, y las distintas especies de gárgolas. Nada podía encontrarse en Astahahn, ya fuera material o costumbre, que fuera nuevo. De esta forma, ellos no tomaron nota de nuestra presencia, sino que continuaron sus procesiones y ceremonias en la antigua ciudad, y los marineros, conociendo su tradición, no tomaron nota de ellos.

Pero yo, al acercarnos, me dirigí a uno que se encontraba al borde del agua, preguntándole qué hacían los hombres en Astahahn y cuál era su mercancía, y con quién la co-24

merciaban. Él dijo: “Aquí hemos encadenado y esposado al Tiempo, quien de otra manera asesinaría a los dioses”.

Le pregunté qué dioses veneraban en dicha ciudad, y él dijo: “Todos aquellos dioses que el Tiempo no ha matado aún”. Entonces se dio la vuelta y no diría nada más, y se afanó en comportarse de acuerdo a la antigua costumbre. De esta forma, de acuerdo a la voluntad del Yann, nos dirigimos hacia delante y dejamos Astahahn, y encontramos en mayores cantidades a aquellas aves que hacen de los peces sus víctimas. Y eran de plumaje maravilloso, y no venían de la jungla, sino que volaban, con sus largos cuellos estirados delante de ellos, y sus patas descansado hacia atrás en el viento, directamente río arriba sobre la corriente central.

Y la tarde comenzó a recogerse. Una niebla blanca y gruesa había aparecido sobre el río, y suavemente se estaba elevando. Se asía a los árboles con largos e impalpa-bles brazos, elevándose más y más, enfriando el aire; y unas figuras blancas se alejaban hacia la selva, como si fueran los fantasmas de marineros náufragos buscando furtivamente a aquellos espíritus del mal que hace tanto tiempo los hicieron zozobrar en el Yann.

Mientras el sol se hundía detrás del campo de orquídeas que crecía en las enmarañadas cimas de la selva, los monstruos del río se asomaron, revolcándose, del lodo en el cual habían descansado durante el calor del día, y las grandes bestias de la selva bajaron a beber. Las mariposas, hacía poco, se habían ido a descansar. Y en los pequeños y estrechos estuarios que pasamos, la noche parecía ya haber caído, a pesar de que el sol, que para nosotros había desaparecido, aún no se había puesto.

Y ahora los pájaros de la selva vinieron volando a casa, muy por arriba de nosotros, con la luz del sol resplandeciendo rosada sobre sus pechos, y bajaron sus alas tan 25

pronto como vieron el Yann, y se dejaron caer sobre los árboles. Y la marea comenzó a subir el río en grandes bandadas, todas silbando, y súbitamente todas virarían e bajarían nuevamente. Y allí, junto a nosotros, estaba el pequeño y tornasolado turro, con su forma de flecha; y oímos los gritos variados de las bandadas de gansos, los cuales, según me contaron los marineros, habían recién llegado cruzando las cordilleras de Lispasian; cada año venían por la misma vía, cerca de la cima del Mluna, de-jándolo a su izquierda; y las águilas montañesas conocen el camino por el que vienen y, según los hombres, hasta la misma hora, y cada año las esperan por la misma vía tan pronto como las nieven caen sobre las Planicies del Norte. Pero pronto estuvo tan oscuro que no vimos más a esas aves, y sólo oímos el zumbido de sus alas, y de otras tantas innumerables, hasta que todas se establecieron en las riberas del río, y fue la hora en que las aves nocturnas salen. Entonces los marineros prendieron las linternas para la noche, y aparecieron enormes mariposas nocturnas, aleteando alrededor del barco, y por momentos, sus magníficos colores eran revelados por las linternas, para pasar nuevamente a la noche, donde todo era negrura. Y

nuevamente los marineros oraron, y posteriormente ce-namos y dormimos, y el timonel tomo nuestras vidas a su cuidado.

Al despertar descubrí que realmente habíamos llegado a Perdóndaris, la famosa ciudad. Pues allí, a nuestra izquierda, se alzaba una ciudad hermosa y notable, y de lo más agradable a la vista, luego de la selva, que estuvo tanto tiempo con nosotros. Y atracamos cerca del mercado, y toda la mercancía del capitán fue exhibida, y un mercader de Perdóndaris la estaba observando. Y el capitán tenía en la mano su cimitarra, y golpeaba furiosa-mente la cubierta con ella, y las astillas volaban desde 26

los blancos maderos; porque el comerciante le había ofrecido un precio por la mercancía que el capitán había considerado como un insulto, hacia sí mismo y hacia los dioses de su tierra, de quienes ahora hablaba como grandes y terribles y cuyas maldiciones eran espantosas. Sin embargo, el mercader agitó sus manos, las cuales eran realmente gordas, mostrando sus rosadas palmas, y juró que no pensaba en sí mismo, sino solamente en las pobres gentes de las cabañas, más allá de la ciudad, a quienes él deseaba vender la mercancía al precio más bajo posible, sin obtener él ninguna remuneración. Pues la mercancía consistía principalmente en el grueso toomarund, que en el invierno aleja el viento del suelo, y tollub, que la gente quemaba en pipas. Entonces el mercader dijo que si ofrecía un piffek más, la pobre gente se quedaría sin su toomarund para el invierno, y sin su tollub para las tardes, o de otra forma, él y su anciano padre morirían de hambre. En ese mismo instante, el capitán llevó su cimitarra hacia su propia garganta, diciendo que era un hombre arruinado, y que nada más quedaba para él que la muerte. Y mientras cuidadosamente levantaba su barba con la mano izquierda, el mercader miró nuevamente la mercancía y dijo que, en vez de ver morir a un capitán tan valioso, un hombre por el cual había concebido un apre-cio especial al verlo por primera vez manejar su barco, prefería que él y su anciano padre perecieran de hambre, por lo que ofreció quince piffeks más.

Cuando dijo esto, el capitán se prosternó y pidió a sus dioses que endulzaran el amargo corazón de este mercader, pidió a sus pequeños dioses menores, a los dioses que bendicen Belzoond.

Finalmente, el mercader ofreció cinco piffeks más.

Entonces el capitán lloró pues, dijo, había sido abandonado por sus dioses; y el comerciante también lloró, por-27

que, dijo, pensaba en su anciano padre y en cuán pronto moriría de hambre, y escondió su rostro sollozante entre sus dos manos, y entre los dedos miró nuevamente el tollub. Y así la negociación fue concluida, y el mercader tomó el toomarund y el tollub, pagando por ellos de su grande y tintineante monedero. Y fueron empacados en fardos nuevamente, y tres de los esclavos del mercader los cargaron sobre sus cabezas hacia la ciudad. Y durante todo este tiempo los marineros estuvieron sentados en silencio, las piernas cruzadas en una medialuna sobre la cubierta, ansiosamente siguiendo el negocio, y ahora un murmullo de satisfacción se elevó entre ellos, y comenzaron a compararlo con otros negocios de los que han sabido. Y me enteré por ellos que en Perdóndaris hay siete mercaderes, y que todos habían acudido al capitán, uno a uno, antes que las negociaciones comenzaran, y cada uno le había prevenido, privadamente, en contra de los otros.

Y a todos los comerciantes el capitán les había ofrecido el vino de su propia tierra, que se fabrica allá en Belzoond, pero no pudo persuadirlos. Pero ahora que el trato estaba hecho, y los marineros estaban sentados para la primera merienda del día, el capitán apareció entre ellos con un tonel de vino, y lo espitamos con cuidado y nos divertimos en conjunto. Y el corazón del capitán estaba contento pues sabía que era honorable a los ojos de sus hombres, por el negocio que había hecho. De esta forma, los marineros bebieron el vino de su tierra natal, y pronto sus pensamientos regresaron a la hermosa Belzoond y a las pequeñas ciudades vecinas, Durl y Duz.

Sin embargo, para mí, el capitán escanció en un pequeño vaso un poco de vino espeso y amarillo desde una pequeña jarra, que mantenía aparte, entre sus objetos sagrados. Era grueso y dulce, como la miel, pero había en 28

su corazón un fuego poderoso y ardiente, que tenía autoridad sobre las almas humanas. Estaba hecho, me dijo el capitán, con gran delicadeza por el arte secreto de una familia de seis miembros que moraba en una choza en las montañas de Hiam Min. Me dijo que una vez, en aquellas montañas, seguía la huella de un oso y que, súbitamente, se encontró con un hombre de dicha familia que había cazado al mismo oso, y que se encontraba al borde de un estrecho camino rodeado de precipicios, y su lanza estaba clavada en el oso, y la herida no era fatal, y no tenía otra arma. Y el oso se dirigía hacia el hombre, muy lentamente, porque su herida empezaba a molestarle, aunque no estaba muy cerca. Y lo que el capitán hizo no lo contó, pero cada año, tan pronto como las nieves se endurecen y es fácil viajar por el Hian Min, aquel hombre baja al mercado en las praderas, y siempre deja en la puerta de la hermosa Belzoond una vasija de aquel invaluable y secreto vino, para el capitán.

Y mientras sorbía el vino y el capitán hablaba, me acor-dé de las cosas nobles que hacía tiempo había planificado resueltamente, y mi alma pareció más poderosa dentro de mí y pareció dominar toda la corriente del Yann. Puede ser que en ese momento me durmiera. O, si no lo hice, no puedo recordar minuciosamente cada detalle de las ocupaciones de dicha mañana. Desperté hacia el atardecer, deseando ver Perdóndaris antes de abandonarla por la mañana, e incapaz de despertar al capitán, me dirigí solo a tierra. Perdóndaris era de hecho una ciudad poderosa; estaba cercada por una muralla de gran fuerza y altura, que tenía caminos huecos para el paso de las tropas, y almenas en toda su extensión, y quince resistentes torres, una a cada milla, y placas de cobre, abajo donde los hombres pudieran leerlas, contando en todas las lenguas de aquellas partes de la Tierra —un idioma en cada 29

placa— la historia de cómo una vez un ejército atacó Perdóndaris y lo que le sobrevino. Entonces entré a Perdóndaris y encontré a todos danzando, vestidos en sedas brillantes, tocando el tam-bang, mientras bailaban.

Porque una terrible tormenta los había aterrorizado mientras yo dormía, y los fuegos de la muerte —decían— habían danzado sobre Perdóndaris, pero ahora la tormenta se había ido lejos, saltando, inmensa, negra y espantosa, decían, sobre las colinas distantes, y que se había girado, gruñéndoles, mostrando sus destellantes dientes, y que mientras se alejaba, azotó las cumbres hasta que retum-baron como si hubieran sido de bronce. Y frecuentemente detenían sus danzas alegres y oraban al Dios que no conocían: “Oh, Dios que no conocemos, Te agradecemos por mandar de vuelta la tormenta a sus colinas”. Y seguí avanzando hasta llegar al mercado, donde sobre el pavimento de mármol vi al mercader durmiendo y respiran-do pesadamente, con su rostro y palmas de las manos hacia el cielo, y los esclavos lo abanicaban para mantener alejadas a las moscas. Y desde el mercado llegué a un templo de plata y luego a un palacio de ónix, y había muchas maravillas en Perdóndaris, y me hubiera quedado para verlas todas; sin embargo, cuando llegué a la muralla exterior de la ciudad, vi de pronto una inmensa puerta de marfil. Por un momento me detuve a admirarla, mas cuando me acerqué percibí la horrorosa verdad. ¡La puerta estaba tallada en una sola y sólida pieza!

Escapé entonces por la entrada y bajé hacia el barco, incluso mientras corría creía oír en la distancia, detrás de mí en las colinas, las pisadas de la temible bestia que dejó caer aquella masa de marfil, y que, tal vez, estuviera buscando su otro colmillo. Cuando estuve de nuevo en el barco me sentí más seguro, y no conté nada de lo que había visto a los marineros.

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Y ahora el capitán despertaba gradualmente. La noche se estaba enrollando desde el Este y el Norte, y sólo los pináculos de las torres aún tomaban la caída luz del sol. Entonces me dirigí al capitán y, tranquilamente, le conté la cosa que había visto. E inmediatamente me preguntó acerca de la puerta, en voz baja, para que los marineros no se enteraran; y le conté que el peso era tal, que no podía haber sido traída desde lejos, y el capitán sabía que no había estado allí un año atrás. Concordamos en que aquella bestia no podría ser destruida pon ningún ataque humano, y que la puerta debía ser un colmillo caído, uno caído cerca y recientemente. Ante esto, decidió que era mejor escapar de una vez, así ordenó, y los marineros fueron hacia las velas, y otros levaron el ancla, y justo cuando el pináculo de mármol más alto perdía sus últimos rayos de sol, dejamos Perdóndaris, la famosa ciudad. Y la noche cayó y cubrió Perdóndaris y la escondió a nuestros ojos, y, como han sucedido las cosas, para siempre; pues he oído que algo veloz y sorprendente súbitamente hundió Perdóndaris en un día: torres, muros y gente.

Y la noche se profundizaba en el Río Yann, una noche toda blanca en estrellas. Y con la noche emergió la canción del timonel. Tan pronto como terminó de rezar, comenzó a cantar para darse ánimos a través de la noche solitaria. Pero primero rezó, recitando la plegaria del timonel. Y esto es lo que recuerdo de ella, traducida al Inglés, con un pálido equivalente de aquel ritmo que parecía tan resonante en aquellas noches tropicales.

“Para cualquier dios que escuche

Donde quiera que haya marineros, de río o de tierra; sea oscuro su camino o sea a través de la tormenta; sean sus peligros las bestias o la roca; o de enemigo acechando 31

en tierra o persiguiéndolo en el mar; donde sea que el timón esté helado o el timonel rígido; donde sea que los marineros duerman y el timonel vigila: guárdanos, guía-nos y regrésanos a la antigua tierra que nos ha conocido: a los lejanos hogares que conocemos.

Para todos los dioses que existen

Para cualquier dios que escuche”.

De esta forma rezó, y hubo silencio. Y los marineros se tendieron a descansar en la noche. El silencio se hizo más profundo, y sólo era quebrado por los murmullos del Yann que, suavemente acariciaba nuestra proa. Una que otra vez algún monstruo del río tosía.

Silencio y murmullos, murmullos y silencio.

Muchas canciones cantó, contándole al vasto y exótico Yann las pequeñas historias y menudencias de Durl, su ciudad. Y las canciones brotaban sobre la negra jungla y subían al frío y claro aire arriba, y las grandes constelaciones de estrellas que miraban al Yann conocieron los asuntos de Durl y de Duz, y sobre los pastores que habi-taban en los campos intermedios, y de las manadas que poseían, y de los amores que habían amado, y todas las pequeñas cosas que deseaban hacer. Y, súbitamente, mientras me arropaba en pieles y frazadas escuchando esas canciones, y miraba aquellas fantásticas formas de los grandiosos árboles, parecidos a negros gigantes mero-deando en la noche, me quedé dormido.

Cuando desperté una gran niebla se estaba retirando del Yann. Y la corriente del río daba tumbos tumultuo-samente, y pequeñas olas aparecieron; porque el Yann había olido, desde la distancia, el antiguo risco de Glorm, sabiendo que sus frescas cañadas se encontraban adelante, donde encontraría al salvaje y alegre Irillion, regoci-jándose de glaciares. De esta forma, se sacudió el tórpido sueño que había caído sobre él en la aromática y cálida 32

selva, y olvidó sus orquídeas y sus mariposas, y pasó turbu-lento, expectante, fuerte; y pronto aparecieron destellando, las cumbres nevadas de las Colinas de Glorm. Y los marineros ya estaban despertando del sueño. Momentos después comimos, y el timonel se tendió a dormir mientras un camarada lo remplazaba, y todos extendieron sobre él sus pieles favoritas.

Y en un instante, oímos el sonido del Irillio mientras baja danzando por los campos de hielo.

Entonces vimos frente a nosotros la hondonada, es-carpada y lisa, hacía la cual el Yann, a saltos, nos conducía. Así dejamos la vaporosa selva y respiramos el aire de montaña; los marineros se irguieron y tomaron grandes bocanadas de él, y pensaron en sus lejanas colinas de Acrotia, donde se encontraban Durl y Duz, y abajo, en la planicie, la bella Belzoond. Una gran sombra se cernió sobre las colinas de Glorm, pero los peñascos arriba, cual deformes lunas, fulguraban, casi iluminando la penumbra. Más y más fuerte oímos la canción del Irillion, el sonido de su danza al bajar de los ventisqueros. Y pronto lo vimos, blanco y cubierto de brumas, engalanado con delicados y pequeños arco iris que había arrancado cerca de la cima, de algún jardín celestial del Sol. Luego se dirigió hacia el océano junto al inmenso y gris Yann, y la hondonada se ensanchó y se abrió al mundo, y nuestro tamba-leante barco salió a la luz del día.

Toda aquella mañana y la tarde navegamos por las ciénagas de Pondoovery, donde el Yann se ensanchaba y fluía lenta y solemnemente, y el capitán ordenó a los marineros tocar las campanas para así vencer la melancolía del pantano.

Finalmente divisamos las Montañas Irusian, que protegen a los poblados de Pen-Kai y Blut, y las maravillosas calles de Mlo, donde los sacerdotes aplacan con vino 33

y maíz a la avalancha. Entonces cayó la noche sobre las planicies de Tlun, y vimos las luces de Cappadarnia. Oímos a los Pathnites golpeando los tambores mientras pasamos Imaut y Golzunda, luego todos dormimos, excepto el timonel. Y las villas dispersas a lo largo de las riberas del Yann oyeron toda esa noche, en la desconocida lengua del timonel, las pequeñas historias de ciudades que no conocían.

Desperté antes del amanecer con una sensación de infelicidad, antes de recordar el por qué. Entonces recordé que, en la tarde de aquel día, de acuerdo a las posibilidades previstas, deberíamos llegar a Bar-Wul-Yann y yo debería despedirme del capitán y sus marineros. Y yo había apreciado a ese hombre pues me había convidado con aquel vino amarillo que mantenía apartado junto a sus objetos sagrados, y me había contado muchas historias acerca de su hermosa Belzoond, entre las Colinas Acrotas y el Hian Min. Y me habían gustado las costumbres de los marineros, y las plegarias dichas, lado a lado, al atardecer, sin jamás desvalorizar al dios extranjero. Y

también me gustaba la tierna manera en que frecuentemente hablaban de Durl y de Duz, pues es bueno que el hombre ame sus ciudades natales y las pequeñas colinas que las sostienen.

Y llegué a saber quiénes los recibirían al retornar a casa, y dónde imaginaban que el encuentro sucedería, algunos en un valle de las Colinas Acrotas, donde el camino sube desde el Yann, otros en la puerta de una de las tres ciudades, y otros en el hogar, junto a la hoguera. Y

pensé en todos los peligros que nos habían amenazado, a todos por igual, fuera de Perdóndaris, un peligro muy real, así como las cosas han sucedido.

También pensé en la alegre tonada del timonel en la fría y solitaria noche, y cómo él había tomado nuestras 34

vidas en sus cuidadosas manos. Y mientras reflexionaba sobre esto, el timonel dejó de cantar, y miré hacia arriba y vislumbré en el cielo una luz pálida que había aparecido, y la solitaria noche había pasado; y el amanecer creció, y los marineros despertaron.

Y pronto vimos la marea del mismo océano avanzando, resueltamente, entre las orillas del Yann, y el Yann saltó graciosamente y lucharon por un momento; luego el Yann, y todo lo suyo, fue empujado hacia el norte, por lo que los marineros tuvieron que izar las velas, y como el viento era favorable, seguimos adelante.

Y pasamos Góndara y Narl, y Hoz. Y vimos la memorable y sagrada Golnuz, y oímos a los peregrinos orando.

Al despertar de nuestro descanso del mediodía nos acercábamos a Nen, la última ciudad del Río Yann. Y nuevamente la jungla nos rodeaba por todos lados, así como a Nen; mas las grandes cordilleras de Mloon se erguían sobre todas las cosas, y observaban la ciudad más allá de la selva.

Aquí anclamos, y con el capitán fuimos a la ciudad y supimos que los Errantes habían venido a Nen.