La trinidad del tiempo - Alejandro Prado Jatar - E-Book

La trinidad del tiempo E-Book

Alejandro Prado Jatar

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Beschreibung

Esta historia comienza en 1957 y concluye en 2020. La trama mezcla varios planos de tiempo y se desarrolla en tres países: Venezuela, Chile y los Estados Unidos. El personaje central, Ibrahím Jordán, es un biólogo moderadamente tímido y con una personalidad estructurada, producto de su rígida formación académica. El gran dilema de Ibrahím es que debe manejar una enigmática capacidad extrasensorial que lo acompaña a lo largo de su existencia, la cual fluye entre fuertes tormentas políticas. Un misterio que necesita comprender para dar sentido y razón a su misión de vida. El tema de la novela está inspirado en acontecimientos verídicos. En tal sentido, el argumento se aparta del género de la ficción, puesto que lo narrado procede de experiencias documentadas y ocurridas ante múltiples testigos. El protagonista, los personajes principales y la mayoría de los copartícipes con quienes ellos acompañan sus vidas en estas páginas fueron identificados con nombres imaginarios. Asimismo, algunas escenas individuales irrumpen, sutilmente, en el mundo paralelo de la fantasía. El libro comprende dramas políticos que, para muchos lectores oriundos de diferentes naciones, traerán recuerdos de vivencias propias o contadas, difíciles de olvidar y, en algunos casos, recientes. Como toda intriga redactada en más de dos tiempos, el contenido exhibe entradas inesperadas, mostrando ambientes y personajes sorpresivos. Todo ello tendrá su justificación en la medida que la historia avanza y converge en un hilo secuencial que irá agrupando las piezas del misterioso rompecabezas de Ibrahim. Finalmente, la obra deja colar trazas de humor. Se pueden encontrar en numerosos giros de párrafos, porque como dice el autor, el humor es el distintivo cultural por excelencia de quienes fueron bendecidos con los genes latinos.

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Seitenzahl: 430

Veröffentlichungsjahr: 2021

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Alejandro Prado Jatar

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1386-097-8

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

AGRADECIMIENTO

A Mariana Torrealba Sosa, Juan Diego Prado, María Eugenia Prado, María Elisa Villamizar, María Lucía Prado, Iván González Olivares, Rubén Ortiz, Jorge Rodríguez Grau, Enrique Gajardo, Henry Tovar, Mario Torrealba, María del Pilar Quiroga, William López Linarez, José Amalio Graterol, María Cristina Manrique, José Jatar Senior, Gustavo Pisani Castillo, Francisco Guerra, María Alejandra Bravo, Braulio Jatar Senior, Marielis Vargas, Renate Stenftenagel, Ana Gabriela Rodríguez, Adriana Graterol, Elvira Cuevas, Clara Hernández, Ana Graciela Angulo, Grisseld Lecuna, Iliana Padrón, María Alejandra Graterol, Eddy Barrios Orozco, Mireya Montilla I y Mireya Montilla II.

Cada uno de ellos aportó datos y consejos que fueron determinantes y valiosos para dar forma a esta novela. A todos los nombrados les reitero mi agradecimiento.

DEDICATORIA

Las dictaduras producen solo dos cosas, víctimas y victimarios. Las páginas siguientes las escribí para honrar al primer grupo.

LA TRINIDAD DEL TIEMPO

Parte 1. ¿Y CÓMO LO EXPLICO?

Las vacaciones en Timotes estaban llegando a su final. Durante los días de asueto en esa población de los Andes venezolanos, Ibrahím había experimentado, por primera vez en su vida, la sensación del frío natural y sin ruidos de fondo. A su edad, las temperaturas más bajas que él recordaba procedían de ambientes cerrados y refrescados con aires acondicionados.

No solo el gélido entorno era excitante para Ibrahím, también lo era el paisaje de esas elevadas cumbres, el sonido de los torrentes, la fragancia de cipreses y, sobre todo, el aroma a leña encendida.

El momento del regreso a su hogar, en Puerto La Cruz, se inició con la movilización de las maletas y su colocación ordenada en la parte trasera de la camioneta. Él, junto con los cuatro miembros de su familia, la abordaron a las siete de la mañana y emprendieron su retorno a casa.

Una fascinante bitácora atravesando cerros, ríos, valles, llanos y playas fue anunciada oportunamente para que los pasajeros estuvieran pendientes de los panoramas del camino.

Muchas horas y novecientos kilómetros de vía terrestre había que recorrer, desde esa montañosa población, hasta la cálida ciudad de Puerto La Cruz, ubicada en el litoral nororiental de Venezuela. Dos sitios contrastantes en lo cultural, ecológico, culinario y climático.

Cubiertas las dos primeras horas en tránsito, la Cordillera de los Andes apenas era una distante barrera azul que se divisaba a través del vidrio trasero de la camioneta. Las curvas en la vía fueron desapareciendo. Daba la impresión de que a la carretera la hubiesen estirado y tensado en prolongadas rectas, ahora bordeadas por unos árboles frondosos que emergían como islotes sobre un océano verde de sembradíos de maíz, sorgo y caña de azúcar.

La escena del cruce entre los pastizales se ajustaba a la figura que toda persona imagina cuando lee el libro del Éxodo, del Antiguo Testamento, en el versículo de la división de las aguas, pero que en esta ocasión era el asfalto del camino lo que partía en dos el mar de hierbas y cultivos.

Adaptados a tanta neblina durante los días previos en Timotes, el sol de esa mañana lucía muchísimo más brillante de lo normal. Quizás porque esa estrella ascendía como protagonista casi único en un teatro azul con escasa nubosidad.

A esa hora del viaje, la circulación consistía en unos pocos transportes familiares y eventuales carros de uso agrícola. Nada que sorprendiese para ser un domingo temprano y festivo de julio.

Ese era el ambiente que veía Ibrahím desde su ventana. Un valle rural abierto, atravesado por un camino lineal y monótono. Algo frustrante y aburrido para lo que él esperaba ver en el trayecto.

Contemplando una nube fortuita que se atrevió a tapar el sol, él recibió, de manera súbita, una serie de imágenes consecutivas, en donde observaba el auto de ellos girando de forma brusca y en el medio del asfalto.

Esa visión sucedió en un lapso extremadamente corto y sin explicación. A Ibrahím no le quedó otra opción, sino la de agitar su cabeza para sacudir y arrojar esas imágenes que le invadieron y lo asustaron.

Echó una ojeada a todos los ocupantes del vehículo para tantear si alguno de ellos experimentó lo mismo, pero los demás tenían puesta su atención en la recta del camino. Ninguno le devolvió la mirada. Lo más elocuente que el resto de la familia mostraba eran semblantes retraídos y de personas en aislamiento absoluto.

No habían transcurrido ni cinco minutos de la revelación, cuando sobre esa carretera seca y solitaria, la camioneta comenzó a deslizarse y a dar vueltas como un trompo, pero sin salirse del plano de la vía.

Emilio Jordán, el padre de Ibrahím, pudo controlar la situación, agarrando firmemente el volante y acelerando el vehículo para lograr mayor fuerza centrífuga y, así, salir del momento de giro.

Luego de asegurar el dominio de la camioneta, Emilio la orilló retirada de la calzada y bajó de ella. Lo hizo como un acto de terapia, para respirar con profundidad y pasar el susto.

Fabián y Andreina, los hermanos mayores de Ibrahím, se apearon del carro y, de inmediato, fueron a acompañar a su padre en el borde del camino.

Dentro del auto quedaron Elisa e Ibrahím. Este último, queriendo averiguar acerca de lo ocurrido, preguntaba con ansiedad:

—¿Qué pasó?… ¿Dime, qué pasó?

Elisa le tomó las dos manos y respondió:

—Tranquilo, mi amor. No te preocupes, lo que sucedió fue que el carro se coleó.

Ella, viendo que su hijo seguía nervioso, insistió en calmarlo:

—Ya te dije. No te preocupes, todo está bien. Tu papá y tus hermanos vienen ahorita para continuar el viaje.

Superado el desagradable incidente y tomando de nuevo el trayecto hacia Puerto La Cruz, Ibrahím seguía desconcertado. No tanto por lo del deslizamiento del automóvil, sino más bien por el reto que significaba describir a los demás lo que vio adelantadamente.

Es que tan solo con cinco años de edad eran muy pocas las palabras que él conocía para relatar una vivencia extrasensorial.

Ante ese desafío narrativo, Ibrahím prefirió elegir el atrevimiento de dormir.

CAPÍTULO 1. UNA NOCHE DE JUNIO DE 2019

Parte 2. LA EPIFANÍA.

Dio toda la vuelta al grifo de la regadera y el agua salió con brío. Un abanico de chorros estremeció la puerta de cristal y los ventanales del cubículo de la ducha. Ibrahím tuvo que reducir el caudal para evitar que el torrente sacudiera las pantallas de vidrio de ese espacio reservado para el aseo personal.

Un minuto después, cuando la temperatura de la lluvia artificial alcanzó treinta y siete grados centígrados, Ibrahím, finalmente, se aventuró a entrar.

Era sábado en la noche. La fecha correspondía al 22 de junio de 2019 y la aguja pequeña en su reloj se acercaba a la figura del ocho romano. Para ese momento, él no tenía apuro en salir del chubasco. Su agenda social y la de su familia estaban libres de compromisos.

En medio de esa cámara de riego, Ibrahím empezó a escribir con un dedo sobre uno de los ventanales empañados. Se hallaba concentrado en unas cuentas de sus finanzas, sumando y restando sobre esa pizarra provisional de vapor y rocío.

De forma repentina, un cúmulo de eventos premonitorios ocurridos a lo largo de su vida, junto a varias imágenes sin sentido y desperdigadas en el teatro de su existencia, comenzaron a enlazarse perfectamente.

Esa descarga sucedía con una celeridad vertiginosa. Algo así como un río furioso de recuerdos inundando la memoria central de Ibrahím. Lo más sorprendente era que el aluvión de evocaciones se ensamblaba como un rompecabezas de miles de piezas, acoplándose con un orden riguroso. Muchos olvidos se unían al guion consciente de sus sesenta y un años, dejándolo absorto frente al cristal, en donde todavía estaban inconclusas sus cuentas bancarias.

Al cerrar el grifo de la ducha, se apresuró a decir:

—¡Vaya!, ahora lo comprendo todo.

Parte 3. TENGO PERMISO PARA CONTÁRTELO.

Ángela, su esposa, estaba en el vestier del cuarto principal. A ella le extrañó que Ibrahím hubiese tardado más de lo normal dentro de la regadera. Incluso, pensó usar esa larga estadía del marido como argumento de protesta, dado que él jamás perdía la ocasión para reclamarle por sus prolongados lapsos bajo el rociador o cuando rebosaba la tina.

Prefirió mantener un compás de tregua. Todavía estaba fresca la última discusión por ese motivo. Esa vez, su esposo dejó escapar un irónico comentario mientras ella disfrutaba de una estancia metida en la bañera.

«Ángela, con toda esa agua que has usado pudiera haberse cubierto la superficie del planeta Marte».

Esa irreverencia de Ibrahím había sido la chispa detonante del más reciente altercado entre ellos.

Aunque sus polémicas eran pocas, lo esporádico de esas trifulcas se desencadenaba casi siempre por dos razones: el dispendio de agua en la ducha y la renuencia de Ángela para añadir ciruelas pasas en sus recetas. Muy en particular, las veces cuando ella se dedicaba a cocinar para celebraciones familiares.

Ángela detestaba esa drupa obscura y deshidratada. Ibrahím, por el contrario, podía ser capaz de usar las ciruelas pasas hasta para acompañar a una paella valenciana. Aparte de esos incompatibles puntos de vista y de gusto, la unión conyugal entre ambos se encontraba dentro de ese cuadrante estadístico identificado como: … pareja feliz.

Apenas cerró la puerta de la ducha y, sin secarse bien, su esposo la llamó para conversar. Destilando agua por las extremidades, pidió a Ángela que se sentara en la cama matrimonial.

—Cariño, voy a contar algo que es muy importante. Antes que nada, te invito a que hagas algo que para ti no va a ser fácil de cumplir, pero estoy convencido de que si te esfuerzas lo vas a lograr.

Ibrahím se detuvo para así insertar una pausa de suspenso y luego agregó:

—Necesito de tu atención y silencio. Quizás me lleve cuarenta y cinco minutos confesar lo que debo exponerte, de tal manera que, por favor, no vayas a interrumpir… tanto.

Ella abrió aún más sus grandes ojos color avellana y puso la mirada firme sobre él. Con la seguridad que siempre le había caracterizado para enfrentar sus retos, indicó:

—No te frenes. Di lo que tengas que decir.

Ibrahím se sentó al lado, posó una mano sobre la espalda de su esposa e inició el relato con una pregunta:

—¿Recuerdas alguna visión o predicción que yo haya recibido bruscamente?… Hablo de esas que me han venido de la nada y sin ningún tipo de lógica.

—Por supuesto. ¿Cómo crees tú que voy a olvidar la oportuna venta de nuestras acciones en la empresa Xenront?… ¿Quién iba imaginar que ese emporio financiero colapsaría en tan poco tiempo? —respondió Ángela. Y luego anexó: —Al principio, ninguno de tus colegas te hizo caso y todos rieron. Al final, se lamentaron y ninguno recuperó su dinero.

Surgió un breve mutis entre los dos, lo que permitió a Ángela rastrear en su memoria otros indicios hechos por él.

Trajo a la conversación el instante cuando Ibrahím le anticipó el sitio en donde iban a contraer matrimonio. Un sorpresivo anuncio sin que todavía fuesen novios formales.

—Aparte del vaticinio que dijiste el día de nuestro primer encuentro, también recuerdo el momento de nuestra excursión hacia Barinas y que me mostraste la serranía de los Andes. Sin apartar la mirada sobre esa cordillera nevada, aseguraste que: … «en algún pueblo localizado detrás de aquellas montañas, tú y yo vamos a celebrar nuestra boda». Quizás para mí, es el más sorprendente de tus aciertos —apuntó Ángela, dejando escapar una nostálgica sonrisa.

Sin pronunciar palabras, Ibrahím se apartó de ella, porque estaba empapando la cama. Erguido como un militar y frente a su mujer, él comenzó a pasarse la toalla alrededor del cuerpo.

Su esposa lo escudriñaba de pie a cabeza, esperando saber, de una vez y por todas, de qué se trataba ese preludio misterioso.

Concluida su respuesta a la pregunta inicial, Ángela aguardaba por el testimonio de su marido.

—Debo confesarte que esas revelaciones han sido más frecuentes de las que yo te he hecho saber. Me han acompañado desde hace mucho tiempo —mencionó Ibrahím, al instante que se colocaba la ropa interior.

Al rato, agregó:

—Las visiones son numerosas y dispersas a lo largo de mi vida. Algunas de ellas, pensaba yo, no tenían sentido y las metí en el cajón del olvido. Otras han sido diáfanas, las cuales no dejaron dudas acerca de lo que se avecinaba. Las intuiciones han ido, desde cosas intrascendentes, tales como adelantarme a un resultado de béisbol totalmente imprevisible, hasta eventos insólitos, como los que te voy a contar.

Abotonándose la camisa, añadió:

—Las veces que ocurren, esos presagios se muestran de forma apresurada sobre el contorno de un árbol, al borde de una cascada o alrededor de cualquier figura de la naturaleza que yo esté mirando. Por ejemplo, las recientes han sucedido observando la silueta de una montaña, la orilla de una playa o transitando por el medio de un parque.

Hizo un largo suspiro y siguió con su explicación:

—Incluso, en algunas ocasiones ha sido percibiendo un aroma o escuchando una canción. Además, esas puertas al futuro son como películas o escenas que se abren y se cierran en intervalos fugaces, pero, aun cuando el tiempo transcurrido sea de menos de un segundo, los detalles visuales son captados por mi consciente.

Ya vestido, Ibrahím se sentó de nuevo al lado de Ángela y comentó:

—Lo que para mí todavía no tiene explicación es que… varias de esas escenas las he captado sin colores. Son acontecimientos que se ven solo en tonos grises. Para decírtelo en dos platos: son como videos en blanco y negro.

La curiosidad de la mujer pudo más que su compromiso de silencio e interrumpió:

—¿Son tantas las visiones que has tenido?… ¿Cuántas han sido?

—Son muchas. No te las he revelado, porque alguien dentro de mí no me había dado el permiso para compartirlas —respondió su esposo.

Y luego indicó:

—Hasta hoy, que he recibido la aprobación para dártelas.

En ese momento, Ibrahím se percató de algo intrínseco y, evitando hacer otro paréntesis, sin dilación concluyó:

—Pero no todas. Quedan algunas retenidas, hasta un próximo aviso.

CAPÍTULO 2. DEL ORIGEN A LA INQUIETUD

Parte 4. DE DOS A CINCO.

Elisa Zamora y Emilio Jordán se conocieron de manera fortuita. Los dos estaban contiguos haciendo una fila dentro de la oficina del Registro Principal de Caracas. La otra casualidad era que ambos acudieron a esa dependencia, con la intención de protocolizar sus respectivos títulos académicos.

Elisa se había licenciado en la carrera de Filosofía y Letras, en tanto que Emilio se había graduado como Odontólogo hacía apenas tres meses. Aun cuando ellos estudiaron en la misma universidad, ninguno de los recién egresados tenía amigos comunes. Además, residían en zonas opuestas de Caracas. Sin embargo, el destino les tenía asignados sus correspondientes nuevos sitios de trabajo a una distancia menor de quinientos metros.

La otra providencia de ese día fue que la persona encargada del trámite de registro llegó tarde a su despacho. Eso les permitió prolongar la agradable conversación. En uno de esos mensajes que se cruzaron y, como un acto inocente de cortesía, se dejó saber el número telefónico del consultorio dental en donde iba a ejercer el doctor Emilio Jordán.

Por conveniencia lógica y práctica, la licenciada Elisa Zamora también escogería a esa clínica para su control médico-bucal y, por consiguiente, convertirse en una de las primeras pacientes del joven odontólogo.

Luego de varias citas, la relación con esa misma paciente avanzaría, satisfactoriamente, a algo más.

Elisa y Emilio se casaron en 1949. A los tres años de esa unión, la pareja Jordán Zamora había incorporado a dos herederos en su nómina familiar. Fabián, el primogénito, y Andreina, la fotocopia de Elisa.

Varios meses después del nacimiento de la niña, Emilio estuvo negociando y, sobre todo, convenciendo a su esposa para irse a trabajar y vivir en Puerto La Cruz, puesto que la familia de él era originaria del estado Anzoátegui y, en particular, los Jordán eran muy apreciados en esa población. Elisa dio el visto bueno a ese cambio cuando ella también consiguió una opción laboral, ejerciendo como profesora de Castellano y Literatura en un colegio de secundaria, localizado en esa misma ciudad costera.

Con respecto al tamaño familiar de los Jordán Zamora, la idea inicial de ambos fue tener tres hijos. Por otra parte, su estrategia de planificación estuvo enfocada a concebirlos con un año de por medio. Esto casi lo logran, pero posterior a un quinquenio de búsqueda luego de la llegada de Andreina, la cuenta se detuvo en dos descendientes.

Siendo tan matemáticamente fértil durante los primeros años de su matrimonio, Elisa llegó a pensar que, debido a su largo ciclo sin quedar embarazada, su potencial de concepción se estancó en un inexplicable o misterioso estado de infertilidad.

En el primer trimestre del año 1957, Fabián y Andreina se contagiaron en secuencia y en simultáneo de gripe, lechina, y hasta de un virus estomacal. Nada serio para unos muchachos fuertes, acostumbrados a ir al mar todos los fines de semana, pero sí lo suficientemente de cuidado para que Elisa estuviera pendiente de ellos, pero no de su propia contabilidad menstrual.

Vuelta la normalidad en casa, guardado los remedios en la despensa y enviados los hijos a trastornar la paz en la casa de los abuelos paternos, Elisa se tomó un par de horas libres para disfrutar de una cena con Emilio en un elegante restaurante de la ciudad.

No solo se tomó un par de horas libres, también hizo lo mismo con las copas de vino y, cuando iba por la tercera, ella se levantó repentinamente de la silla y, con un tono de voz muy alto, exclamó a su esposo:

—¡Coño!, ahorita es cuando me doy cuenta de que no he tenido regla en más de ocho semanas.

Los meseros y comensales cercanos o a media distancia de donde se encontraba la distinguida profesora de Castellano y Literatura, junto al reconocido doctor Jordán, trataron de ser prudentes, pero al final no pudieron contener la hilaridad.

Parte 5. RÍO SAGRADO Y PROFETA.

El tercer hijo de la pareja Jordán Zamora nació en un momento político convulsionado. Para ser más preciso, a cuatro semanas exactas antes del derribo de la larga dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Luego del alumbramiento del niño, transcurrieron unos pocos y agitados días para que, el 23 de enero de 1958, el país entero también viera la luz de la voluntad de sus ciudadanos.

El sábado 22 de febrero de ese nuevo año, dos meses después del nacimiento del último heredero, se decidió organizar un festejo por partida múltiple en la casa de los padres de Emilio. No solo para darle la bienvenida al hermano de Fabián y Andreina, sino también por el afortunado hecho de la apertura de un espacio de libertad democrática en Venezuela y por el regreso de la clandestinidad de varios hermanos y primos de Emilio y Elisa, quienes estuvieron forzadamente ausentes del contacto con ellos.

Más de cuarenta personas congestionaron esa vivienda en el instante cúspide de la celebración. Entre el alboroto de los menores de edad que jugaban en el patio y los vozarrones de los adultos que se mezclaban en la sala, los pasillos y la cocina, Elisa resolvió llevar a su hijo, de ocho semanas de nacido, a una habitación retirada, con la intención de dormirlo en un sitio aislado del ruido.

En esa alcoba estaban dos sobrinos y una hermana de Emilio. El más joven de ellos aprovechó la ocasión para preguntarle a la tía por el nombre del nuevo primo.

—Se llama Ibrahím —contestó ella.

—Yo no conozco a nadie que se llame así. ¿Ustedes inventaron ese nombre tan raro? —respondió e interrogó el sobrino, quien tendría alrededor de nueve años.

Elisa pidió el favor al otro muchacho presente en el cuarto para que buscara un diccionario enciclopédico que se encontraba en la biblioteca de la casa.

Un libro pesado fue traído y colocado en una de las camas de esa habitación. La madre del recién nacido lo abrió y buscó las páginas exclusivas que contenían las palabras que comenzaban por la letra J.

Sobre una de ellas, totalmente ilustrada, la educadora empezó a dar una explicación:

—El río que ven en esta foto se llama Jordán. En idioma hebreo significa «desciende». Atraviesa la Tierra Santa de norte a sur. En esas aguas bautizaron a Jesucristo y en la costa oriental de ese río hay un país que se llama Jordania.

Entusiasmada por la lección, ella continuó con la historia, pero ahora hojeando las páginas dominadas por las palabras que iniciaban con la vocal A.

—Este señor de barbas en el dibujo se llama Abraham y fue el padre de las tres religiones más importantes del mundo, que incluye a la nuestra.

Elisa finalizó su exposición para indicar que, como el apellido del niño era una referencia bíblica y geográfica en lengua hebrea, buscaron de balance el nombre árabe del primer patriarca de esa Tierra Santa. Es decir, Ibrahím, que significa Abraham en idioma árabe.

—¿Y cuál es el segundo nombre del primo? —contrapunteó, curiosamente, el otro sobrino.

—No tiene. Lo decidimos así para protegerlo de nosotros mismos. Los segundos nombres solo se pronuncian cuando se va a regañar a los hijos.

En ese momento, la hermana de Emilio, tía de Ibrahím y madre de los chavales dentro del cuarto, interrumpió el relato para indicar:

—Ahora ya saben que su nuevo primo tiene nombre de profeta y apellido de río sagrado.

Los sobrinos de Elisa jamás olvidarían los detalles de la conversación. Esos inocentes muchachitos y testigos de la historia se convertirían, años más tarde, en unos auténticos socarrones. La naturaleza burlesca de ellos iba a encontrar en Ibrahím a una de sus víctimas predilectas.

Parte 6. EL REMEDIO DE ESCULAPIO.

Desde los días de pañales, hasta la entrada en el kínder, el benjamín de los Jordán pasó principalmente su infancia temprana con la persona que atendía las labores de la casa, mientras que Emilio, Elisa, Fabián y Andreina asistían a sus respectivos quehaceres profesionales o escolares.

El claustro de lunes a viernes durante los primeros años de su vida hizo de Ibrahím una persona distante en lo social. Por otro lado, la brecha de más de un quinquenio, con respecto a sus hermanos, hacía que Fabián o Andreina no tuvieran los mismos intereses para compartir los extras de tiempo con el menor de los Jordán.

Eso llevó a Ibrahím a refugiarse mucho más en los misterios que guardaban los habitantes de la extensa parcela trasera de su casa o en el jardín interior de la vivienda colonial de los abuelos. Las otras fascinantes experiencias para él eran los paseos playeros hacia las islas ubicadas al frente del puerto. Eso significaba descubrir muchos secretos de la naturaleza a través del contacto con las especies silvestres que vivían en esos lugares apartados de tierra firme.

Al comenzar su etapa escolar primaria, Ibrahím no dejó el interés por los insectos, arácnidos, sapos, pájaros, culebras o rabopelados que se filtraban o entraban al patio procedentes de un amplio terreno baldío y adjunto a la propiedad de su familia.

En una noche de fin de semana, Emilio vio que su hijo menor conversaba con unos murciélagos que se comían unos mangos todavía colgando de la mata.

Al instante, le contó a su esposa:

—Ese carajito parece que es discípulo de san Francisco de Asís.

Las habilidades estudiantiles, sociales y de comunicación del hermano de Fabián y Andreina iban en pródigo ascenso, pero su adoración por cualquier tipo de alimañas se multiplicaba por diez. De hecho, Ibrahím recibió su primer castigo severo a los siete años, cuando la señora que laboraba en su casa descubrió en la despensa que él guardaba una cucaracha viva dentro de una lata de café. La reprimenda fue tal, que no lo dejaron salir al patio por el lapso de una semana.

Finalizando sexto grado de primaria, Ibrahím había tenido tanta exposición a la fauna silvestre de su región que él mismo se consideraba experto en especies representativas de la zona nororiental venezolana. Podía distinguir, con suficiente distancia, los insectos, reptiles y arácnidos ponzoñosos para los seres humanos.

Hasta unos terrarios con serpientes y cajas con gusanos tenía en su casa, lo que molestaba al resto de la familia.

El carácter apacible lo hacía más observador que la mayoría de sus coetáneos, pero cuando sucedía algo que no le gustaba, su reclamo era directo y tampoco se ahorraba tiempo para indicar su posición.

Entre las cosas que lo enfurecían estaban las bromas pesadas que le jugaban sus primos mayores. En particular, se irritaba todas las veces que lo llamaban por el apodo que le inventaron esos familiares, al recordar la historia contada por la mamá de Ibrahím y su relación con el origen del nombre.

Esos rufianes, ya adultos, le decían «Profeto» a su primo menor. Una expresión con un doble sentido que Ibrahím entendía bien.

El día del ascenso presidencial de Rafael Caldera, el 11 marzo de 1969, se llevó a cabo una fiesta en la casa de los abuelos paternos, con el propósito de celebrar el cambio de gobierno. Sus primos, ahora unos jóvenes activistas del principal partido socialcristiano del país, convertido en la nueva entidad gobernante, formaron parte de los organizadores de la reunión. En las pocas oportunidades que se cruzaron en la fiesta lo estuvieron llamando Profeto. Incluso, esos parientes les habían endosado unos espantosos apodos a los tres amigos que el hijo de Elisa y Emilio trajo a esa casa.

Ibrahím les advirtió:

—Ya les he dicho varias veces que esa burla no me gusta.

El reclamo fue tratado con displicencia y olvido. Un total desdén por parte de sus primos mayores, pero de firme recordación para su primo menor.

«Ya tendré el momento para convencerlos» pensó él, al ellos marcharse para otra farra con sus respectivas novias y otros activistas políticos.

Solo pasaron dos meses para que Ibrahím les devolviera el golpe.

Andreina había sido invitada por esos primos para que asistiera a un espectáculo deportivo a efectuarse en la población vecina de Barcelona. Debido a que ella no iba a estar en casa, le pidió al hermano menor el favor para que estuviera pendiente cuando esos familiares le llevaran el sobre con la entrada.

Petición que fue aceptada con un suspicaz gusto por Ibrahím, quien se encargó de esperarlos pacientemente con dos bolsas y que él sostenía en sus manos cubiertas con unos guantes de jardinero.

Los primos llegaron en su carro y se adentraron al estacionamiento a cielo abierto, ubicado al frente de la casa de los Jordán Zamora.

Ibrahím salió al encuentro con ellos y, viendo que uno de esos parientes tenía la ventanilla del puesto de copiloto totalmente abierta, se acercó lo suficiente y, sin intercambiar saludos, extrajo de una de las bolsas a dos inmensas serpientes y se las arrojó dentro del vehículo, entre los asientos de adelante.

Ninguno de ellos estaba al tanto de que esos reptiles, que venían de uno de los terrarios de su joven primo, eran inofensivos. Solo atinaron a ver que se trataba de dos culebras grandes con bandas de colores negro, rojo y blanco, parecidas a unas corales.

—¡Nojoda!… ¿Ibrahím, tú estás demente? ¿Cómo te atreves a lanzarnos esas vainas dentro del carro? —clamó el primo mayor, mientras salía corriendo y se alejaba del vehículo.

—¡Ah!… O sea que ahora sí me llamo Ibrahím… ¿Verdad? —respondió el hijo de Elisa y Emilio, al momento que metía la mano en la otra bolsa, haciendo el amague de sacar más reptiles.

El otro primo, escapado del auto y ahora refugiado en el depósito de las bombonas de gas, daba chillidos a manera de súplica:

—Ibrahím, primito lindo, por favor, no vayas a mostrar nada de lo que tienes ahí guardado.

El escándalo fue visto por casi todos los vecinos. Hasta cuatro perros se acercaron al lugar para ladrarles a los aterrorizados visitantes.

—Antes de tirarles tres cascabeles que tengo en este recipiente, quiero saber cuál de ustedes dos va a seguir jodiendo con ese apodo que me dicen o con los otros sobrenombres que inventan a mis amigos —preguntó conminativamente el ahora y nuevo «primito lindo».

Como acto de magia, a partir de ese día, no se volvió a escuchar otra burla más de la expresión Profeto, ni ningún otro apodo por parte de los primos grandes.

Parte 7. EN ESA NACIÓN LEJANA.

No hay un hito específico en la memoria de los tres jóvenes Jordán Zamora para hallar el día en que el doctor Jesús Rafael Salazar y su familia pasaron a ser parte de sus vidas. Lo único que tienen en sus registros son las anécdotas que su papá les contó sobre el inicio de la amistad con este médico y vecino de casa.

Si hubiera que escribir algún libro sobre el afecto de dos seres tan diferentes, la relación entre Emilio y Jesús Rafael darían más páginas que la novela de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido.

La herencia asturiana de Emilio y el origen afrocaribeño de Jesús Rafael hacían ver entre ambos un color de piel totalmente contrastante, como si cada uno de ellos viniese de un país separado del otro por amplios océanos y climas distintos.

Según colegas del hospital en donde los dos trabajaban, sus campos profesionales estaban ubicados en trincheras o cavidades opuestas, ya que Emilio se dedicaba a garantizar la salud del sitio por donde comienza el viaje de los alimentos, mientras que Jesús Rafael se ocupaba de la salida de esos pertrechos en los últimos centímetros del tracto digestivo, puesto que él era uno de los pocos médicos especialistas en gastroenterología y proctología de toda la región costera oriental.

En lo político, la antagonía también se mostraba innegociable. Jesús Rafael estaba ligado a la familia de Rómulo Betancourt, expresidente de Venezuela y líder fundador de Acción Democrática, un partido de fuerte ascendencia popular, de postura socialdemócrata e identificado por ellos mismos con el apodo arrogante de «adecos». Del lado de Emilio, el péndulo se iba a la derecha y al apoyo entusiasta a una agrupación más conservadora y herméticamente socialcristiana como lo era el partido Copei.

En lo deportivo tampoco había tregua. Cuando los Leones del Caracas, el equipo de béisbol predilecto de Emilio, derrotaba a su archienemigo nacional, los Navegantes del Magallanes (equipo por el cual Jesús Rafael se desvelaba con fanatismo), los gritos burlescos del doctor Jordán eran expresiones tan picantes, que sonrojaban a las damas vecinas.

Alaridos como: «Fuera los “magallaneros” y adecos de este pueblo. Vamos a fumigar esta urbanización para que no haya más de esa plaga», se escuchaba en varias cuadras.

Pero cuando la victoria le sonreía al Magallanes, el doctor Salazar sacaba de su carro un altoparlante para vociferar cosas que bordeaban el límite antes que lo llevasen detenido por alterar el orden público.

Las discrepancias se multiplicaban en muchas cosas más. Sin embargo, ninguna de ellas hizo el menor rasguño o hendidura entre Emilio y Jesús Rafael, dado que su amistad iba más allá de esa secuencia de ADN que no compartían. Una hermandad no consanguínea que se mantuvo fiel, sólida y unida hasta el final de sus respectivas existencias. Un ejemplo típico de mestizaje y de una tolerancia que era absolutamente normal en Venezuela, lo cual hacía de este país un sitio sin distingo de razas, clases, ni religiones.

Este afecto y admiración sirvió de puente para que Elisa y Emilio se convirtiesen en los padrinos de bautizo de Humberto, el primer hijo de Ana del Carmen Millán y Jesús Rafael Salazar. Asimismo, los padres de Humberto también fueron, recíprocamente, escogidos para ser los padrinos de Ibrahím.

Dos años era la diferencia que le llevaba Humberto a Ibrahím, por lo que ambos estaban dentro de la franja generacional para calificarlos como contemporáneos.

Contrario a Emilio y Jesús Rafael, estos muchachos tenían varias cosas en común y, quizás lo más disímil entre ambos, a parte del color de la piel, correspondía a las personalidades. La extroversión e hiperquinesia de Humberto eran tan elocuentes, que unos vecinos recién mudados y colindantes con el fondo de la casa de la familia Salazar Millán, pensaron que Humberto debía de ser el nombre del perro, considerando que los nuevos residentes en esa vivienda escuchaban exclamaciones frecuentes como: «Deja eso, Humberto… Sal de aquí, Humberto… Bájate de esa mesa, Humberto…».

Esas conductas distintas hacían que no compitiesen o buscaran el dominio de uno con respecto al otro. Además, se criaron tan juntos, que ambos se sentían familiares cercanos.

La unión fue separándose geográficamente cuando Humberto, casi a los diecisiete años de edad, se marchó a Caracas con el fin de estudiar en la Academia Militar, en tanto que Ibrahím todavía seguía cursando bachillerato.

Esa desconexión no hizo merma en las periódicas visitas del joven Jordán a la residencia de sus padrinos. De hecho, Ibrahím iba allá a buscar sustento cada vez que Andreina se atrevía a inventar alguna receta en su propia casa. Él decía, en privado, que su hermana se desempeñaba mejor como astronauta que como chef.

En una de esas tantas ocasiones, compartiendo una cena con sus padrinos, se enteró de la desaparición de un avión que había salido de Uruguay, el cual transportaba a unos jóvenes jugadores de rugby, junto a varios de sus familiares. Un suceso acontecido en las montañas nevadas de la Cordillera de los Andes, en algún punto de la frontera que divide Chile con Argentina.

La noticia se diseminó a nivel mundial la noche del 13 de octubre de 1972. Se trataba de un vuelo chárter que despegó de Montevideo y con escala en Mendoza, Argentina, siendo su destino final la ciudad de Santiago de Chile.

Por muchos días consecutivos se mantuvo esa reseña en los titulares de la prensa, radio y televisión. Incluso, hasta unas cuantas semanas después de que se suspendieran las labores de búsqueda por vía aérea y terrestre.

Varias veces Ibrahím estuvo indagando con sus vecinos y familiares sobre la posibilidad de encontrar con vida a los pasajeros y tripulantes, pero las personas con más conocimiento, tanto en materia de aeronáutica, como también acerca de las condiciones del lugar, le expresaban lo improbable de ese hallazgo, puesto que la región es muy abrupta, sin explanadas, con vientos cruzados, neblinas constantes y nieves espesas. Aterrizar forzadamente un avión allí y sobrevivir a temperaturas por debajo de menos veinte grados centígrados sería un verdadero milagro.

A lo que en una de esas tantas oportunidades que se habló sobre el asunto, Ibrahím apuntó:

—Los milagros ocurren si hay fe —aseveración que hizo él, persuadido de esa incomprensible realidad que todo el mundo conoce con el nombre de corazonada.

El tema del avión extraviado fue disminuyendo presencia en las conversaciones casuales. A los dos meses de ocurrida la desaparición, las investigaciones y referencias sobre el caso estaban, igualmente, desvaneciéndose de los centimetrajes de prensa y de las alocuciones por radio o televisión.

Estando otra vez en casa de su padrino, pero en esta ocasión celebrando la fiesta sorpresa de su cumpleaños número quince, Ibrahím supo por una emisora de radio local que dos sobrevivientes de ese accidente pudieron bajar de la serranía y fueron encontrados por un jornalero. La otra gran novedad era que varios de sus compañeros seguían con vida y esperando por ser rescatados, arriba en las montañas. Horas más tarde, miembros de la Fuerza Aérea Chilena llegaron en dos helicópteros hasta la cima nevada en donde estaban los otros sobrevivientes.

Después de setenta y dos días sin saber nada de ellos, dieciséis personas de un total de cuarenta y cinco habían salido con vida del accidente aéreo, de la escasez de alimentos, de la falta de vestimentas, de la ausencia de recursos médicos y, sobre todo, de las múltiples complicaciones meteorológicas en ese inhóspito rincón de la cordillera andina. Un drama de muchas aristas humanas que iba a sacudir al planeta entero, por la forma y el espíritu de supervivencia demostrado por estos jóvenes, quienes apenas promediaban los veinte años.

Para Ibrahím fue una velada especial. Además de haber tenido por primera vez una fiesta sorpresa, también había sido una de las reuniones más concurridas de la cual él tuviese memoria. Lo decía con propiedad y justificación, debido a que las celebraciones de aniversario de nacimiento en fechas cercanas al asueto navideño siempre pasan desapercibidas.

A media noche le confesó a su papá y a su mamá que, entre los mejores regalos que recibió, estuvo la aparición de esos muchachos, a quienes ni siquiera conocía. Consideró que la fe depositada en ese deseo fue una gran revelación, puesto que le había dado ese obsequio precisamente el día de su aniversario.

Esa misma fecha del cumpleaños de Ibrahím, trasladaron a los sobrevivientes a varios centros de salud, ubicados en la capital de Chile.

Una semana después de los cuidados médicos y, restablecidas sus condiciones para regresar a su país, el 29 de diciembre de ese año, las televisoras trasmitieron desde el aeropuerto internacional de Santiago el momento cuando esos jóvenes uruguayos tomaban el vuelo de retorno a Montevideo.

En una de las tantas entrevistas individuales que hicieron llegar a las cadenas de televisión que compartieron los canales venezolanos, uno de esos muchachos, dando las gracias a la nación austral, también agregó:

—Y ustedes en Chile van a estar bien.

Esa expresión inocente y sin mayores conjeturas, dejó en Ibrahím un ruido ensordecedor.

—Y ustedes en Chile van a estar bien —repitió el quinceañero.

Para el menor de los Jordán era una frase abierta que mostraba inquietud. No porque el sobreviviente uruguayo haya tenido el propósito de insinuar algo, sino porque esas palabras develaban una enorme intriga solo para Ibrahím.

La dijo lentamente y por segunda vez:

—Y ustedes en Chile van a estar bien.

Al concluir el enunciado, apareció un celaje de imágenes grises. Todas ellas cargadas con angustia y sin alcanzar a entender nada acerca de lo que estaba pasando o pudiera ocurrir en ese país, teniendo en cuenta que era una nación distante y desconocida para él.

—¡Qué vaina!… ¿Y a cuenta de qué percibo tanto drama en esa frase? —susurró Ibrahím, mientras recordaba una impresión extrasensorial parecida a la que sucedió en aquella carretera rodeada de cultivos de maíz, sorgo y caña de azúcar.

Lejos estaba esa república y lejos estaba Ibrahím de saber que, esa región austral, iba a tener varios hechos significativos en su vida de adulto.

CAPÍTULO 3. UNA ES DE CAL Y OTRA ES DE ARENA

Parte 8. UN JOVEN INTUITIVO.

Encontrar a una persona reservada y con tendencia a hablar poco en una región como el oriente de Venezuela sería equivalente a conseguir una corbata de tres puntas. Si algo caracteriza a la gente de esa zona del país es su espíritu extrovertido, alegre y locuaz. De hecho, lo consideran uno de los valores más representativos de su idiosincrasia.

A pesar de no tener ese comportamiento regional, Ibrahím se sentía muy a gusto con ser comedido. Además, esa cautela singular le permitía mantener en secreto sus revelaciones esporádicas. Una facultad individual que se hizo presente en su vida desde cuando él tenía cinco años de edad.

Sospechaba que esa capacidad intuitiva se debía a un acto de reciprocidad proveniente de su conexión con la naturaleza, al analizar los vínculos de los animales con su ambiente. El fundamento de ese axioma era muy sencillo. La intuición de esos seres vivos era la base fundamental para alcanzar el grado de adulto y, a sus quince años, algo de esa virtud había aprendido con los que él mantenía en sus terrarios o los observados en sus constantes excursiones al monte.

Sin embargo, en la última semana de 1972, Ibrahím experimentó una visión que se salía de ese principio. Era una predicción en otra escala, puesto que las demás habían estado limitadas a anticipaciones que le incumbían solamente a él, o al círculo familiar más cercano. No obstante, esa en particular, puso en duda las razones y los porqués de sus clarividencias.

Parte 9. HECHIZO EN DOS TIEMPOS.

Andreina e Ibrahím pidieron permiso a sus padres para pasar el asueto de julio y agosto del año 1973 en la casa playera que tenía su tío Álvaro en la isla de Margarita. Este tío en particular, el segundo hermano de Emilio, era un personaje alcahuete con sus sobrinos y con sus dos hijas gemelas, quienes para esa época rondaban diecisiete años.

Todo el tropel de muchachos y adultos escogería la vía marítima para ir a la isla, embarcándose en uno de esos atestados ferris que, recurrentemente, navegan y sirven de medio de conexión entre Margarita con tierra firme.

El día que tomaron el barco, los juegos de azar y la degustación de las empanadas rellenas con frutos de mar coparon las primeras horas de curso. Ya cansados de ir dentro de la cabina principal de pasajeros, los primos salieron a caminar y a ver el mar por los pasillos abiertos del ferri.

Parado en una baranda de la cubierta, Ibrahím sintió que algo inédito, placentero y seductor se avecinaba. Lo percibió mientras contemplaba a un grupo de aves que volaba en paralelo y en el mismo rumbo trazado por la embarcación.

Luego de cuarenta y ocho horas de haber llegado a Pampatar, un puerto localizado al este de la isla, en la residencia ubicada en el lado derecho de la casa del tío Álvaro, se alojó una familia procedente de Caracas. Sus ocupantes temporales la habían alquilado por el lapso de un mes y medio. En ese grupo se encontraba una muchacha quinceañera invitada por esa familia de inquilinos y que, en pocos días, se convertiría en amiga de las primas gemelas de Ibrahím. El nombre de esa chica era Jazmín Vélez.

Cuando la conoció, los ojos de Ibrahím mostraron un brillo distinto y, hasta esa fecha, su conversación dejó de ser escueta. La presencia de Jazmín no solo le sacudió el corazón, sino también la lengua, puesto que con ella no hubo inhibición para hablar extensamente. La atracción se desencadenó de manera mutua, instantánea e impulsiva.

En pocos días se embriagaron de un cóctel hormonal desconocido por ellos. Fue tal el hechizo, que el éxtasis de esteroides sexuales se alargaría hasta el final de esas vacaciones.

En las horas de dominio solar, Jazmín e Ibrahím disfrutaban de la playa, cual adolescentes. En tanto que, al amparo de la permisiva noche, se escabullían como adultos hacia las zonas más oscuras del vecindario para disfrutar de los atrevimientos que no podían consumar en horas de luz.

El tercer sábado de agosto de ese año, Jazmín regresó a Caracas. Se despidieron con la promesa de seguir en comunicación por teléfono, o inclusive por cartas, juramento que los dos cumplieron con dedicación. No obstante, la alta temperatura de ese romance fue enfriándose con la distancia y con el tiempo. De todas maneras, la providencia volvería a darles una nueva oportunidad para reunirlos.

Cuatro años después de haberse conocido, se cruzaron casualmente en Caracas. El sitio era un pasillo abarrotado de personas, quienes hacían fila para entrar a ver una película en una sala de cine.

Jazmín lo avistó y reconoció en el medio de una muchedumbre.

—¡Hola, Ibrahím!… ¿Cómo estás? —le dijo ella, tocándole la espalda.

Ibrahím giró y miró a una joven con un atuendo elegante, a quien tuvo que detallar por unos segundos.

Al final, cayó en cuenta de quién se trataba. La abrazó y la besó con emoción. Luego exclamó entusiasmado:

—¡Jazmín!, ¡qué preciosa estás!… Qué maravilloso encuentro. Disculpa que no te haya reconocido al momento, pero es la primera vez que te veo completamente vestida.

Al escucharse el atrevido comentario, una gran parte de esa multitud volteó a mirarlos con total sorpresa, puesto que ninguno de esos espectadores accidentales estaba al tanto de saber que ese par de jóvenes se conocieron durante una larga temporada playera, en donde ellos solamente usaron pantalones cortos, franelas y trajes de baños.

Esa expresión audaz y sin filtro sería clave para avivar un segundo hechizo.

Parte 10. LAS DOS PUNTAS DE UNA MISMA CUERDA.

El regreso de sus vacaciones en la Isla de Margarita tuvo que ser adelantado. Ibrahím estaba manifestando un cuadro persistente de fiebre alta y una debilidad generalizada, por lo que su tío Álvaro decidió apresurar el retorno.

Esta vez, todos viajaron a Puerto La Cruz por ruta aérea. Ese mismo día, 30 de agosto de 1973, el padrino de Ibrahím lo aguardaba en su consultorio para ordenarle una serie de exámenes de laboratorio y evaluar los síntomas presentes.

Ganglios inflamados, rosetones en la piel, debilidad permanente y temperatura elevada le habían dado a Jesús Rafael los indicios de lo que él sospechaba. Solo necesitaba un par de días para esperar por los resultados de laboratorio y confirmar su diagnóstico.

—¡Bingo!, estaba en lo cierto —exclamó a viva voz el doctor Salazar delante de los bioanalistas, cuando ellos le mostraron el informe con los exámenes médicos de su ahijado. Esa misma tarde, se dirigió temprano a la casa de sus vecinos.

—Tienes mononucleosis infecciosa —indicó Jesús Rafael, delante de Ibrahím, al tiempo que entregaba la batería de pruebas a Emilio y a Elisa—. Debes guardar reposo… y, si por casualidad no lo haces, soy capaz de venir a tu casa a darte unos correazos, porque lo que tienes es de cuidado —enfatizó el galeno, sin voltear o pedir anuencia a los padres del enfermo.

—Padrino, yo empiezo clases en unos días.

—Pues tampoco vas —respondió a secas el médico y luego agregó—. Te quedas en casa descansando, leyendo, viendo la televisión o, si lo deseas, jurungando a tus serpientes y bichos raros que guardas en esas peceras sin agua —concluyó Jesús Rafael, refiriéndose a los terrarios.

El vecino se despidió de sus compadres y le expresó las bendiciones a su ahijado, acompañado con un afectuoso abrazo.

Antes de marcharse, miró a Ibrahím y le advirtió con uno de sus dedos índices levantado:

—Voy a venir a examinarte todas estas noches, hasta que te dé el alta.

Posterior a esa visita, el joven tuvo que cumplir las firmes órdenes del médico y padrino. Su detención incluía hasta la separación de los utensilios para comer y, así, evitar el contagio a los demás residentes de la casa.

La prensa y los libros fueron sus mejores aliados durante ese arresto clínico-domiciliario. Entre lo más selecto de lo que él revisaba estaban los periódicos de circulación nacional y algunos tirajes con las novedades regionales.

Por esas fechas de 1973, los diarios más importantes en Venezuela abrían sus titulares con noticias procedentes de Chile.

Alrededor de esos días, el número de reportajes y editoriales acerca de la nación austral se había incrementado significativamente. Informaciones sobre desabastecimiento, huelgas, alteraciones del orden público, rumores de golpe de estado, manifestaciones en apoyo o rechazo al gobierno en ejercicio, eran los temas permanentes, no solo en prensa, sino también en noticieros de televisión y radio.

En simultáneo, los medios de comunicación exponían un conflicto generalizado entre dos bandos que partían a ese país en dos pedazos irreconciliables.

Por un lado, estaba el sector de la izquierda popular que simpatizaba con el presidente Salvador Allende, en tanto que, del otro lado se encontraba el bando conservador, de la clase con más recursos, identificados como de derecha y quienes eran fuertes opositores al mandatario de turno en esa nación.

Para un muchacho de la edad de Ibrahím, comprender ese entramado político y los enfoques de los protagonistas del momento fue sencillamente cuesta arriba. Debía buscar o consultar con una fuente de información más abierta, confiable y directa que lo señalado por la prensa, la televisión o la radio.

«No entiendo un carajo. Tendré que preguntarle a mi papá y a mi padrino», pensó muchas veces el joven cuando trataba de ensamblar las piezas de ese conflicto.

Las visitas médicas de Jesús Rafael se cumplieron, indefectiblemente, todas las noches, entre el 2 hasta el 9 de septiembre, lo que aprovechó Ibrahím para averiguar y discutir sobre ese asunto con ellos.

Las opiniones que intercambiaron por ese caso volvieron a revelar las diferentes posiciones políticas entre Emilio y Jesús Rafael. El tema sobre Chile, incitado por el interés del convaleciente, fue un contrapunteo que, a veces, dejaba de lado el propósito médico de las visitas.

El domingo 9 de septiembre se suscitó una conversación entre los dos adultos, en donde lo expuesto por ellos, le haría comprender a Ibrahím lo insensato de llevar a la población de un país hacia extremos ideológicos.

—No les había comentado antes, pero yo conozco a Allende y, hasta sigo manteniendo comunicación ocasional con él —fue la inesperada confesión hecha por Jesús Rafael.

Esa bomba dio pie a la diatriba de ese día.

—¿Cómo es la vaina? ¿Tú has hablado o te has carteado con Allende, el jefe de Estado en Chile? —indagó Emilio.

—Cierto y sin mentiras. Lo conocí durante la proclamación de Rómulo Betancourt como presidente de Venezuela, en febrero de 1959. En esa oportunidad, Betancourt me pidió el favor personal de recibir y atender a Salvador Allende, quien para ese entonces era senador del Congreso chileno y venía como representante de ese país a la toma de posesión presidencial —explicó el padrino de Ibrahím.

—¿A cuenta de qué? Si tú eres médico, no político —dijo Emilio.

—Precisamente fue por eso. Debido a la confianza con Rómulo, él me preguntó si yo podía acompañar a Allende en sus días de visita en Caracas. Él vino invitado, con carácter de exclusividad, por Betancourt a su toma de posesión como mandatario.

Hubo una pausa de Jesús Rafael y luego prosiguió:

—Ese año, yo estaba haciendo mi postgrado en Caracas y, siendo Allende también médico, pues Betancourt me pidió que lo asistiera por unos dos días para llevarlo a conocer unos centros hospitalarios y que, además, le hablara sobre los diferentes programas de salud que el nuevo gobierno iba a implantar. A partir de ese momento, él y yo, nos hemos mantenido en contacto esporádico. Por cierto, allá en Santiago tengo a un sobrino que…

—¡No me jodas!, eso sí que es una sorpresa —interrumpió y exclamó su compadre.

Al escuchar y comprender lo relevante de ese testimonio, Emilio volteó hacia Ibrahím y le expresó a su hijo:

—¿Te das cuenta?… tu padrino no es ningún pendejo.

—Para que tú y el ahijado se sorprendan aún más, Betancourt y Allende son muy amigos. De hecho, Rómulo fue su vecino cuando él estaba exiliado en Chile hace aproximadamente treinta años. De ahí, también, viene la amistad entre ellos.

Esas acotaciones iban a ser los intercambios más ligeros durante la conversación de la visita.

La noche de ese domingo, los dos compadres exteriorizaron argumentos antagónicos. Uno defendía las acciones económicas y populares aplicadas por el presidente Allende, mientras que el otro advertía sobre un conjunto de medidas financieras y sociales impuestas por el gobierno y que resultaron ser unas pifias garrafales para el desarrollo del país.

La segunda controversia se generó al momento que Jesús Rafael contó las numerosas injerencias hechas por Richard Nixon y la penetración de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos para desestabilizar a la administración de Allende.

A su vez, Emilio lo confrontó alertando sobre las intromisiones soviéticas y cubanas en la creación y entrenamiento de milicias de choque, así como el apoyo financiero y logístico a los partidos radicales y comunistas.

De imprevisto, cuando Emilio se refirió a la larga y sediciosa visita de Fidel Castro en Chile, Jesús Rafael hizo un comentario que le salió del alma.

Con solo cuatro palabras, el doctor Salazar pronunció la frase más contundente de esa noche:

—Castro es un criminal.

—Compadre, eso que acabas de apuntar es totalmente cierto. Ahí estoy de acuerdo contigo —respondió Emilio.

Ante los hechos narrados por ambos amigos, daba la impresión de que sectores internos y foráneos de la región habían escogido a Chile como teatro experimental de la guerra fría.

Sin aportar mucho a la discusión, esa noche del domingo 9 de septiembre de 1973, Ibrahím percibía esa realidad igual que una soga muy templada, que presentaba una punta en el lado izquierdo y otra en el derecho, y que, si a esa cuerda la sometían a más tensión, se rompería con mucha violencia, trayendo un resultado trágico para ese país lejano, en donde su geografía angosta, irónicamente, tan solo discurre de norte a sur.

Parte 11. VISIONES EN BLANCO Y NEGRO.

Desde que amaneció, hasta la hora del mediodía de ese lunes siguiente, Ibrahím se lo dedicó a los animales de sus terrarios.

Alrededor de la una de la tarde almorzó y, al concluir, se dirigió a la biblioteca para ver si descubría, entre tantos libros, algún ejemplar interesante.

Ya dentro de esa sala, optó por leer los periódicos que se hallaban en un extremo del sofá. Los diarios que Ibrahím revisó se encontraban atiborrados de reseñas deportivas y resultados de las competencias del fin de semana. Las otras noticias más conspicuas daban fe de las quejas acerca de lo costoso que estaban los insumos estudiantiles del nuevo año académico.

Haciendo un paneo sobre las imágenes de todos los periódicos, él exclamó:

—Pura paja. La prensa de hoy está llena de un pocotón de «güevones» en uniformes deportivos o de fotos con carajitos probándose ropa escolar.

Al refunfuñar eso, Ibrahím tiró los diarios sobre el piso, se recostó en el sofá y, mirando al cielo azul que se colaba por la ventana, decidió guarecerse en el recuerdo de Jazmín.