Cuentos breves para una larga espera - Alejandro Prado Jatar - E-Book

Cuentos breves para una larga espera E-Book

Alejandro Prado Jatar

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Beschreibung

Cuentos breves para una larga espera surge de muchas interrogantes que exploran la seducción humana por relatar historias. Esa ancestral inquietud la puedo sintetizar en tres preguntas: ¿Qué fuerzas inspiradoras permiten crear, sentir y narrar escenas cautivantes de situaciones que jamás hemos vivido? ¿Por qué algunas experiencias cotidianas se convierten en recuerdos inolvidables? ¿Cuál es la explicación lógica para que numerosas historias ajenas queden entre nosotros como si hubiésemos sido testigos de excepción? Quizás la respuesta única la encontramos al descubrir que los humanos albergamos tres vidas paralelas: la pública, la familiar y la secreta. La más honesta es la última, pues en ella habitan las fantasías. Confieso que fue esta búsqueda la que me inspiró a escribir Cuentos breves para una larga espera. Más aún, lo hice con el propósito de convertir este libro en un compañero de viaje. Un amigo imaginario que nutre travesías interminables; ya sea al lado de una estrecha butaca de avión, en el puesto contiguo de un destartalado autobús, como vecino en un tren de alta velocidad o de camarero en un oscilante ferri. Las historias de este acompañante permitirán que tú puedas mirar por la ventana a otro universo de posibilidades. Un mundo más reflexivo, entre bosques con divertida calma, por el paso de puentes sobre ríos limpios que nunca se secan, serpenteando la costa de un mar sereno o haciendo escala en pueblos habitados por seres inmunes 'al qué dirán'. En las próximas páginas no hay reglas establecidas. Tampoco hay orden. Abre el libro en cualquier relato y déjate llevar. Cada uno tiene vida propia, pero todos comparten la magia de lo cotidiano y la esencia de momentos simples que se vuelven perdurables. Además, me complace indicar que diez de estos textos fueron publicados, recientemente, en antologías y ediciones literarias. Sus títulos están marcados con unos asteriscos. En las narraciones que vienen, la ironía de una situación común o la profundidad de un pensamiento fugaz se convierten en escenarios para desencadenar sonrisas y, quizás, alguna que otra carcajada liberadora. Pero no te engañes, esta obra es mucho más que un compendio de humor. En realidad, es un paréntesis de alivio con el propósito de alejar las angustias de un ambiente híper-informativo, que, en frecuentes ocasiones, es deliberadamente tóxico. Transmutar un instante simple en algo inolvidable requiere de mucha voluntad y observación. Por fortuna, el misterio para concebirlo se resuelve, de modo súbito, cuando uno se inspira a través del agradecimiento. Bienvenido a esta aventura. Disfruta de estos cuentos y ensayos breves, los cuales harán que tu larga espera sea un momento fascinante.

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Seitenzahl: 116

Veröffentlichungsjahr: 2025

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Alejandro Prado Jatar

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 979-13-7029-223-2

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

PRESENTACIÓN

Cuentos breves para una larga espera surge de muchas interrogantes que exploran la seducción humana por relatar historias. Esa ancestral inquietud la puedo sintetizar en tres preguntas:

¿Qué fuerzas inspiradoras permiten crear, sentir y narrar escenas cautivantes de situaciones que jamás hemos vivido?

¿Por qué algunas experiencias cotidianas se convierten en recuerdos inolvidables?

¿Cuál es la explicación lógica para que numerosas historias ajenas queden entre nosotros como si hubiésemos sido testigos de excepción?

Quizás la respuesta única la encontramos al descubrir que los humanos albergamos tres vidas paralelas: la pública, la familiar y la secreta. La más honesta es la última, pues en ella habitan las fantasías.

Confieso que fue esta búsqueda la que me inspiró a escribir Cuentos breves para una larga espera. Más aún, lo hice con el propósito de convertir este libro en un compañero de viaje. Un amigo imaginario que nutre travesías interminables; ya sea al lado de una estrecha butaca de avión, en el puesto contiguo de un destartalado autobús, como vecino en un tren de alta velocidad o de camarero en un oscilante ferri. Las historias de este acompañante permitirán que tú puedas mirar por la ventana a otro universo de posibilidades. Un mundo más reflexivo, entre bosques con divertida calma, por el paso de puentes sobre ríos limpios que nunca se secan, serpenteando la costa de un mar sereno o haciendo escala en pueblos habitados por seres inmunes ‘al qué dirán’.

En las próximas páginas no hay reglas establecidas. Tampoco hay orden. Abre el libro en cualquier relato y déjate llevar. Cada uno tiene vida propia, pero todos comparten la magia de lo cotidiano y la esencia de momentos simples que se vuelven perdurables. Además, me complace indicar que diez de estos textos fueron publicados, recientemente, en antologías y ediciones literarias. Sus títulos están marcados con unos asteriscos.

En las narraciones que vienen, la ironía de una situación común o la profundidad de un pensamiento fugaz se convierten en escenarios para desencadenar sonrisas y, quizás, alguna que otra carcajada liberadora. Pero no te engañes, esta obra es mucho más que un compendio de humor. En realidad, es un paréntesis de alivio con el propósito de alejar las angustias de un ambiente híper-informativo, que, en frecuentes ocasiones, es deliberadamente tóxico.

Transmutar un instante simple en algo inolvidable requiere de mucha voluntad y observación. Por fortuna, el misterio para concebirlo se resuelve, de modo súbito, cuando uno se inspira a través del agradecimiento.

Bienvenido a esta aventura. Prepárate a disfrutar de unos cuentos y ensayos breves, los cuales harán que tu larga espera sea un momento fascinante.

PRÓLOGO

Cuando era niño, mi abuela solía contarme historias, sentada ella al lado de mi cama. Sus relatos nocturnos eran tramas producidas por su fabulosa imaginación, que con inmenso amor regalaba para que me acompañasen antes de dormir. Sin embargo, de cuando en cuando el resultado era contradictorio, porque sus maquinaciones dejaban muchas preguntas, que llevaban a cuestionarme hasta un punto en el que no lograba conciliar el sueño. Por supuesto que de eso nunca se enteró, o al menos eso pienso, porque yo la engañaba haciéndome el dormido, para que ella se sintiese complacida.

Los cuentos de mi abuela fueron el primer contacto que tuve con el relato breve o el microrrelato, según fuese la extensión de la terapia onírica. Sin embargo, con el pasar del tiempo, la antología que con tanta disciplina ella me obsequió, se ha perdido casi totalmente, quedando reducida a una inexplicable satisfacción, al recuerdo de contados personajes o a la acendrada costumbre de leer algo antes de dormir.

Fue inevitable para mí recordar, y ahora mencionar, esa vivencia de la infancia, cuando recibí la encomienda de prologar este relajante y enriquecedor libro, fruto de la espontánea inocencia y cosecha de uno de los talentos naturales más prolíficos que reconozco en el arte de crear y transformar historias edificadas sobre la cotidianidad.

Desde el costumbrismo inigualable de Aquiles Nazoa, construido con poemas cándidos y refrescantes, encontrarme con un libro que explorase la misma corriente literaria con similar pureza y vivacidad, me había sido esquivo. Y he aquí que me hallo anteCuentos breves para una larga espera y así terminar con esa carencia. Esta vez con una prosa simple y cuidada, e incapaz de ocultar la formación científica del escritor.

Alejandro nos seduce con su colección de historias cotidianas, a ratos anecdóticas y a ratos ficcionales, con la serena calma del cuentacuentos, sentado a nuestro lado, confesando los motivos, las incidencias sobre sus intenciones y hasta las posdatas para que el lector se entere de los detalles que acompañan o moldean sus relatos. Es inevitable sentir que el autor está contigo transmitiendo una relajante experiencia, mientras nos narra el «cuento de sus cuentos».

Es en esa espontánea charla donde el lector ha de encontrar la esencia de informalidad necesaria para que estas páginas, concebidas con profundidad y sencillez a la vez, se conviertan en compañero ideal, no solo en largas esperas, sino también para esos momentos en los cuales nos apetezca repetir una sonrisa, repasar lo aprendido, reflexionar sobre el mensaje escondido o revivir la magia de estos cuentos. Eso es lo que he hecho durante un largo viaje, por encima del amplio océano Atlántico y a 37.000 pies de altura, mientras honraba el compromiso que tanto agradezco de escribir este prólogo.

Al igual que los cuentos que me acompañaron en mi niñez, esta obra de la atrevida y talentosa pluma de Alejandro es única e irrepetible. Nos deja una refrescante siembra de curiosidad y la gran expectativa por lo que su avidez literaria, creatividad e incomparable ingenio habrán de ofrecernos en narraciones venideras. A diferencia de los relatos de la abuela, los que se encuentran aquí escritos y los que nos deleitarán en un futuro, están destinados a trascender.

José Gregorio Villalba

29 de noviembre de 2024

DEDICATORIA

A los integrantes del Taller Literario Palabreros, fuente inagotable de enseñanzas y amigos de la escritura, con quienes compartí la mayoría de estos relatos.

AGRADECIMIENTO

A Mariana Torrealba, Elvira Sánchez Blake, Aura Cecilia Colmenares, José Gregorio Villalba, Julio César Garzón, Ana Schein, Adriana Gitnacht, Enrique Pagá, Nasbly Kalinina, Pilar Vélez Zamparelli, Daniel Pérez, Clara Eugenia Ronderos, Julie Ferrer, María Cristina González, Isabel Romero Vega y Foni Apostolidis.

Las maravillosas personas anteriormente nombradas aportaron acciones, datos, correcciones y consejos que fueron determinantes y valiosos para dar forma a muchos de estos cuentos. A todos ellos les reitero mi agradecimiento.

SAGRADA ARGUMENTACIÓN*

Al coronel Benjamín Yanes siempre le intrigó eso que los psicólogos llaman «Inteligencia Emocional». Ante tal interés, tomó un curso académico que le recomendó una amiga del Servicio Secreto Nacional. Invirtió tiempo, curiosidad y dinero para, a duras penas, familiarizarse con los aspectos básicos de esa enigmática disciplina conductual. Sin embargo, al terminar dicho adiestramiento, él entendió su valor y, de manera sencilla, lo definió como: el arte de discutir con la esposa y perder con dignidad.

Bastaron dos semanas para comprobar su teoría.

Durante un paseo dominical junto a Martina, su mujer, el coronel Yanes conducía su vehículo rústico a través de una vía angosta, deshabitada y boscosa. Concentrados ambos ante el espectáculo de la naturaleza salvaje, él observó un solitario edificio escondido entre la fronda.

De reojo alcanzó a distinguir que se trataba de una estación de bomberos y comentó a su cónyuge:

—Qué extraño encontrar una sede de bomberos en medio de la nada.

Martina, de inmediato, aclaró:

—Pon más atención. Lo que viste fue una iglesia.

Alejado del lugar y sin mucha capacidad de maniobra para impugnar el acierto femenino, el militar respondió con sutileza. Lo hizo en ese tono con el fin de enmendar su equivocación:

—Tienes razón, mi amor. De todas formas, es muy raro que el sacerdote haya comprado un camión cisterna para echar agua bendita a los feligreses.

SUSHI A LA PARMESANA LAVADO AL SECO*

—Magdalena, crucemos la calle y vayamos a ese restaurante con cristales en la puerta. El que se llama La Trattoría da tua Nonna —señaló Jacinto.

—Tú sabes que no me gusta la comida italiana —contestó, enojada, su novia.

—¿Y quién te dijo a ti que es un restaurante italiano?

—Con el cartel de la entrada no me queda duda.

—¡No, chica!, en ese sitio se sirven las mejores especialidades japonesas de la ciudad. Lo que pasa es que al nuevo dueño del restaurante todavía no le han dado el permiso para cambiar el nombre —aclaró Jacinto.

El joven volvió a tomar la palabra y así seguir con otros detalles:

—En ese lugar había una tintorería y su gerente jamás pudo concluir el trámite de cambio del nombre del restaurante italiano que antes estuvo ahí. La tintorería funcionó con ese aviso por el lapso de quince años, hasta que se mudaron y le vendieron el local al señor Tanaka, quien ahora es el dueño del sitio de comida japonesa.

Atravesaron la calle y, al empujar la puerta, él agregó un susurro al oído derecho de Magdalena:

—En este pueblo del carajo, que todavía no conoces bien, las oficinas gubernamentales son un poco lentas con los trámites. Para que veas que lo que digo es cierto, mira esta vieja tarjeta de presentación —y Jacinto sacó de su cartera la prueba irrefutable.

Ella leyó la cartulina y constató, ya sin sorpresa, lo absurdo de la historia:

Tintorería LA TRATTORÍA DA TUA NONNA.

La mejor opción para mantener sus trajes como nuevos.

Canuto Antonio Zarramera.

Gerente General.

Teléfono: 724-932-777.

Avenida Canal de Suez, diagonal con calle El Enema. Sector Los Andes.

Próximamente con un nuevo nombre. Quiero decir, el nombre de la tintorería, no el mío. Yo me sigo llamando Canuto Antonio Zarramera.

PERLA BRILLANTE

Gonzalo prendió el habano con su elegante yesquero Dupont. Luego, guardó el encendedor dentro del saco negro. Al instante, giró la muñeca izquierda para ver la hora en su Rolex, modelo Daytona Cosmograph. Él permitió que pasaran cinco minutos más y así terminar la cena con su exnovia. Transcurrido ese tiempo, solicitó la cuenta al maître y pagó por las delicias gastronómicas del único restaurante con estrella Michelin de la ciudad.

—Gracias por la invitación —indicó Perla, con voz suave y tímida.

—Es lo menos que podía hacer por tu cumpleaños. Fueron muchos los que celebré junto a ti antes de que decidieras casarte con ese profesor de literatura —expresó Gonzalo, receloso y con sobrada ironía de alcurnia recién adquirida.

Antes de marcharse, él no perdió la ocasión de filtrar una curiosidad aviesa y comparativa.

—Desearía saber qué te regaló tu esposo.

Ella mantuvo un silencio y pretendió no haber escuchado. Sin embargo, el exnovio insistió con tanta vehemencia que Perla se vio obligada a confesar:

—Un dije… Por cierto, muy bonito.

—¿Un qué? —exclamó Gonzalo.

La joven dama hizo una pausa tensa. Luego, acentuó la misma respuesta:

—Un dije. Ya te dije.

—Pero ¿qué te dijo? —volvió a indagar el dueño del costoso reloj y reluciente yesquero.

—Déjalo así —apuntó Perla, retirándose con la seguridad plena de haber escogido bien a su marido. La incultura de un nuevo rico jamás la hubiese hecho feliz.

DESPEDIDA EN ALASKA*

—Esas paredes de hielo tienen doscientos pies de alto. Los bloques se van desplazando con lentitud, desde la cota más elevada del glaciar, hasta el borde de esos farallones que caen al mar —explicó el señor que dirigía la embarcación en donde yo estaba como visitante.

Con la mirada puesta en la proa del navío, el capitán, y también timonel, me preguntó:

—¿De dónde vienes?

—De España. Para ser exacto, de Palma de Mallorca, una población costera localizada frente al mar Mediterráneo —fue mi escueta respuesta, sin que yo tampoco apartara la mirada sobre los modestos icebergs que chocaban con la proa.

El navegante de Alaska agregó:

—Para ti esto debe de ser nuevo. Vienes de una región en donde los hielos naturales no existen en las playas.

Buscando una réplica mía que manifestara algún «¡qué cojonudo!» en idioma anglo-esquimal, el capitán volvió con otra descripción acerca del estremecedor paisaje:

—Los glaciares de aquí tienen cien mil años moviéndose y crujiendo entre ellos. Eso tampoco se ve en el Mediterráneo —concluyó el marino, sonriendo y contemplando al gran muro frío, blanco e intimidante todavía lejos de la embarcación.

Tomé un respiro profundo del aire gélido para así elaborar una respuesta que pudiera satisfacer mi orgullo subtropical.

Al final, decidí contestarle con una pregunta inocente:

—Capitán, tengo una inquietud con respecto a la naturaleza de estas costas… ¿Desde hace cuánto tiempo usted no ve por aquí a alguna chica en bikini o topless?

En ese instante, el hombre del mar polar hizo un giro repentino con el timón y la nave comenzó a alejarse velozmente de los glaciares.

Luego de la maniobra y cambio de rumbo, el diálogo entre nosotros quedó «congelado». Tan solo se escuchaba el tuntuneo producido por los pequeños icebergs que colisionaban con la proa del barco que regresaba a puerto.

No pude despedirme de la gran pared blanca. Fue un frío adiós y sin miradas cercanas.

Esto que voy a relatar ocurrió en el restaurante de la Facultad de Sicología de la Universidad de… (creo que mejor no digo el nombre para mantenerlo en suspenso).¿QUIÉN ENSEÑA A QUIÉN?

Dos profesoras, al terminar de comer sus respectivos platos principales, pidieron tiramisú de postre y así cerrar con su almuerzo.

El mesero les informó, con mucha pena, que solo quedaba uno en la nevera.

Ante ese hecho, ambas sicólogas, deseando experimentar con la capacidad negociadora del camarero, lo instaron a que él mismo escogiera quién de ellas iba a ser la favorecida con el postre.

Frente a ese reto y difícil decisión, el mesero dijo:

—Puedo ofrecer el único tiramisú que tengo a aquella de ustedes dos quien me asegure que se viste con la ropa más barata.