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Una organización internacional ha creado un coto de caza de mujeres en una isla oculta en el Pacífico. Diana, una joven psiquiatra es secuestrada y abandonada en esa isla. Tendrá que aprender a sobrevivir a las persecuciones y violaciones de los que pagan por vacacionar de esa manera y los mercenarios que los acompañan. Pero no estará sola. Encontrará a las Salvajes, con su líder, Silvana Sabina, que querrá captarla para ejecutar su plan de escape; a Marta, que ha conseguido formar una comunidad dentro de ese infierno y no quiere ponerla en riesgo; a Brío, el único hombre nacido en la isla, criado y amado por las mujeres, que junto con Silvana disloca los conceptos conservadores de la psiquiatra y pone en relieve sus deseos más oscuros. Y al Gaucho, un mercenario capaz de creer que su destino de violencia y su deseo de sexo desenfrenado, puede llamarse amor. Un novio desesperado y la hija de uno de los organizadores se reúnen para realizar un quimérico viaje de rescate. Un lugar increíble, una cacería desigual, un romance insostenible, un escape mortal, una libertad inalcanzable. Violencia, sexo, muerte y una aventura que nos lleva a redefinir los cánones de la supervivencia.
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Seitenzahl: 685
Veröffentlichungsjahr: 2022
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La última de las Sabinas
La última de las Sabinas
Pablo Cillo
Cillo, Pablo
La última de las Sabinas / Pablo Cillo. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2020.
Archivo Digital: descarga ISBN 978-987-609-765-9
1. Narrativa Argentina. I. Título.
CDD A863
© 2019, Pablo Cillo
© 2019, Editorial Del Nuevo Extremo S.A.
Charlone 1351 - CABA
Tel / Fax (54 11) 4552-4115 / 4551-9445
e-mail: [email protected]
www.delnuevoextremo.com
Imagen editorial: Marta Cánovas
Corrección: Mónica Piacentini
Diseño de tapa: Leo Perrotta
Diseño de mapa: Marcela Rossi
Diagramación interior: Dumas Bookmakers
Primera edición: marzo de 2019
Primera edición en formato digital: noviembre de 2019
Digitalización: Proyecto451
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
Inscripción ley 11.723 en trámite
ISBN edición digital (ePub): 978-987-609-765-9
A Lila y Silvana
Prefacio
Esta historia puede ser interpretada como la narración de meros hechos ficticios que nunca podrían suceder en la realidad. Otra posibilidad sería considerarla como una narración realista, la descripción de una situación que, más allá de los detalles circunstanciales, podría estar sucediendo en este mismo momento sin que lo sepamos. Una tercera posibilidad –que no anula a las anteriores–, es comprenderla como una metáfora de la lucha de las mujeres a lo largo de la historia por liberarse del yugo impuesto por una cultura creada por y para los hombres.
Más allá de cómo se interprete el relato, es innegable que sin la marca indeleble que dejaron en mí las mujeres que conocí, esta historia sería imposible. A todas esas mujeres de fuerte carácter y firmes convicciones les debo mi inspiración, de allí que haya elegido sus nombres para los personajes de esta novela como un homenaje a su lucha cotidiana; aunque, resta decir, ¡eso no significa que se parezcan literalmente!
Pablo Cillo
Buenos Aires, 10 de noviembre del 2018
Las mujeres han sido tratadas hasta ahora por los varones
como pájaros que, desde una altura cualquiera,
han caído desorientados hasta ellos:
como algo más fino, más frágil, más salvaje,
más prodigioso, más dulce, más lleno de alma,
como algo que hay que encerrar para que no se escape volando.
Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal. §237
... la feminidad es una puta hipocresía. El arte de la servilidad.
Se le puede decir seducción y transformarlo en algo glamoroso.
Solo es un deporte de alto nivel en muy pocos casos.
Masivamente, tan solo es acostumbrarse a portarse como una inferior.
Virginie Despentes, Teoría King Kong.
Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez
en monstruo.
Cuando miras largo tiempo a un abismo, también este mira
dentro de ti.
Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal, §146
Mapa de la Isla
I - La ciudad y la isla
1. - Despertar (Día 1)
Sintió una superficie porosa y un sonido constante. El aroma del aire era intenso. La frescura se combinaba con el ardor. Todo era confusión. Todo era desbordante. Luego hubo un destello. La luz se abrió paso a través de la oscuridad. Una fuerza brotó en su interior apoderándose de sus extremos. Eso provocó movimientos involuntarios que pronto encontraron resistencia. Se dio cuenta de que sus manos estaban atadas y su cabeza tapada. Había despertado.
A veces sucede un fenómeno peculiar cuando despertamos: durante un breve instante no recordamos quiénes somos. Al percibir nuestro entorno habitual, rápidamente cargamos el resto del sistema, y los recuerdos recientes se agolpan dando forma a nuestra cotidianidad. Pero ese no era su caso, ya que una vez consciente, ella supo que el sonido, el sabor y el aroma eran los del mar, y que estaba recostada sobre una playa, maniatada, con una capucha en la cabeza. Nada más. Difícilmente podía en ese momento recordar quién era, porque una pesadilla se hacía pasar por su realidad.
Apenas sus extremidades respondieron, intentó zafarse de las ataduras, y era tan ciego ese deseo que todavía no se había hecho la pregunta esencial. Sus manos tenían precintos y sus piernas, aunque sueltas, no estaban listas aún para andar. Se sintió impotente y por un momento desistió. Entonces se preguntó quién la habría llevado hasta allí y por qué la había dejado en esas condiciones. Seguramente la habían drogado, pero con qué. Su cuerpo entumecido indicaba que había estado inconsciente bastante tiempo. Era inútil seguir pensando, necesitaba liberarse. Y ese era su próximo objetivo.
Se concentró en los músculos del vientre. Con las manos atadas detrás de la espalda se hacía difícil flexionarlos, así que comenzó probando con movimientos cortos. A medida que los músculos respondían, intentó desplazarse hacia atrás presionando el rostro sobre la capucha, contra la arena, para poder descubrir su cabeza. Cuando lo logró, sus ojos se abrieron imprudentes y la luminosidad la cegó. Después de ese esfuerzo, las preguntas la sumieron otra vez en la oscuridad. Unas lágrimas brotaron. El mar continuaba rompiendo contra la playa como una interferencia incesante. Debía reponerse. Debía liberarse para averiguar dónde estaba.
Intentó ocupar su mente en algo productivo y empezó a reconstruir sus recuerdos. Tenía presente la sesión con un paciente, la charla posterior con su pareja y la entrevista a la cual había asistido después. Se dio cuenta de que llevaba puesta la misma ropa que vestía ese día. Los recuerdos se volvieron confusos; recordaba el camino de regreso a su casa, e inmediatamente después, todo la conducía al presente.
Volvió a abrir sus ojos y pudo distinguir el contorno de una playa. Inclinó su cuello y vio la espesa jungla más allá. Empujándose torpemente con sus antebrazos y piernas, avanzó reptando. El reflejo del sol en la arena le molestaba. En algún momento pensó en gritar, pero no tenía fuerzas para hacerlo. Tampoco creyó que fuese lo mejor exponerse en esa situación sin saber con qué se podría encontrar. Tenía que apartarse de la playa donde cualquiera podía verla.
Siguió reptando. Unos minutos más tarde sus piernas le ardían, y sus brazos y abdomen estaban extenuados, pero los músculos de sus piernas habían ganado tonicidad, por eso decidió erguirse sobre sus rodillas. El movimiento era complicado, pero le permitiría ir más rápido. Primero trabó la cabeza en la arena e intentó levantar la cadera apoyándose sobre sus rodillas. Le costó un par de intentos, pero una vez que lo consiguió, luchó para mantener el equilibrio haciendo ajustes con el abdomen. Se arrastró como una penitente, cayéndose por no poder separar las manos, hasta que un rato después alcanzó la jungla. Apoyó su hombro contra una palmera y descansó. Sus ojos pudieron abrirse por completo. La selva era tan profunda como la sorpresa de quien la contemplaba.
Buscó sin éxito alguna señal. Esperó escuchar algo, pero solo los murmullos de la espesura rompían el silencio entre ola y ola. La soledad del lugar era desesperante, aunque no tanto como su sed. Le hubiese gustado tirarse al mar para que brazos gentiles la llevaran a su hogar, pero sabía que eso era imposible. Se concentró en el interior de la selva; tenía que adentrarse en ella para refugiarse del sol y buscar agua, pero no podía hacerlo arrodillada. Tenía que caminar.
2. - Consultorio (lunes 8/12/2008 - 18:15 hs)
En nuestra época se vive de un modo particular, todo es una caza constante de mercancías, dinero o información; unos venden, otros compran, unos controlan, otros producen y más consumen; ya no se cazan presas vivas, sino cosas cada vez más muertas. Eso alteró nuestras miserias, y así como antes teníamos dioses, ahora tenemos psicólogos, médicos y drogas, muchas drogas en las que ahogar los costos de la cacería.
Son las seis y cuarto de la tarde, después de un día voraz en la ciudad, él llega a la cita con la impuntualidad que lo caracteriza. Está vestido con un ambo gris italiano y una camisa blanca. Con cada paso despide el penetrante olor a perfume importado utilizado en exceso. Desde su bolsillo suena una orquesta, alguien lo llama, pero él no atiende. Toca el timbre y lo recibe la esbelta doctora vestida con pollera negra, camisa blanca y el pelo atado. Se saludan fríamente dándose la mano, ella lo invita a pasar, él recorre el pasillo que oficia de purgatorio, sintiendo que una vez cruzada la puerta del consultorio estaba dentro de la trampa.
La habitación es cuadrada y pequeña, del lado de la puerta de entrada hay un cuadro con una figura femenina dormida sobre telas color púrpura. En ambas paredes laterales hay dos bibliotecas enfrentadas, una con libros de literatura, enciclopedias y libros de arte; la otra con libros de medicina y un archivo. Frente a la puerta de entrada un enorme ventanal; en el centro de la habitación un escritorio pequeño que se erige como una frontera insondable; entre el mueble y la puerta de entrada, dos sillones; y entre el escritorio y el ventanal, el sillón de la doctora.
El hombre ingresó primero y su paso ya no era el mismo, ahora se había vuelto torpe e inseguro, como si no supiese cuál era su lugar o qué rol adoptar; también había cambiado su semblante, la mirada altiva había desaparecido detrás de otra desconfiada. El sol de la tarde de verano cortaba la habitación en dos planos, él sintió su luz como el reflector de un interrogatorio, por lo que se sentó en el sillón de su izquierda donde esta no lo alcanzaba. La doctora ocupó su sillón y su sombra se desplegó a lo largo de la habitación, tomó la libreta del escritorio y la abrió en el punto donde estaba el señalador.
Las notas que tomaba en las primeras citas eran esenciales, apuntaba la problemática general del paciente y su primera idea respecto de las características de su personalidad. En el caso del hombre sobresalían una serie de términos subrayados: narcisista, obsesivo, ¿rasgos psicopáticos? Diana sentía rechazo por este tipo de personajes, pero al mismo tiempo tenía un interés particular en ellos, porque se hallaban en una zona fronteriza en la que el tratamiento encontraba resistencias que ponían a prueba las capacidades del profesional.
Solo le faltaba la lapicera, sin ella se sentía desnuda. Mientras buscaba en los pliegues de su asiento, el hombre rápidamente se levantó del sillón, la tomó del escritorio y se la entregó con una sonrisa, marcándole que siempre estaba alerta. La doctora puso una mirada seria, le agradeció, y comenzó el diálogo mirando de tanto en tanto sus anotaciones.
—Damián, después de nuestro primer encuentro, repasemos lo que me explicaste para ver que pensás hoy al respecto. Me dijiste que sos feliz y que no tenés ningún problema. Te sentís cómodo con lo que hacés, pero a veces te sentís muy mal sin motivo, por lo cual me pedís un poderoso antidepresivo. Te pregunté a qué te dedicas, y me dijiste que a embaucar gente todo el día. Te pregunté a qué te referías con eso, me decís que sos infiel y que trabajás para corruptos. Te pregunté si realmente te sentías cómodo con esa situación, y me respondiste que nunca te comprometés con los problemas de trabajo y mucho menos con las mujeres que no son tu esposa; también afirmás que ella nunca se entera, y que la amás y la respetás mucho como para lastimarla. Luego me dijiste que, aunque sabés que trabajás con corruptos, respetás su capacidad para imponerse a todo lo que les pasa. Te pregunté si querías imponerte a lo que pasa a cualquier precio. Me dijiste que sí. Entonces terminamos la sesión con la siguiente pregunta: ¿por qué querés que te recete, si vos podes conseguir el medicamento ilegalmente sin ningún problema? Quedamos en que era necesario volver a vernos para replantear el tema desde esa pregunta. ¿Qué pensaste de todo esto?
El “cazador” se había despojado de su investidura, en ese momento era simplemente Damián, arrinconado por el dispositivo terapéutico. Siempre le había molestado ir al médico, pero nunca antes un profesional lo había interpelado de ese modo, así que estaba confundido. Se sentía como si lo hubiesen atrapado robando una billetera. Echó mano de los recursos que utilizaba en su trabajo, y se mostró como un tipo sobrio.
—Diana, para mí la respuesta es fácil, yo recurrí a vos porque me importa mi salud, no quiero perder el control, no poder dormir, o lo que es peor, volverme impotente. Quiero tener un control total sobre mi cuerpo y mi mente, y para eso necesito tu ayuda.
—A ver, Damián, te pido que te detengas en lo siguiente: evidentemente hay causas para que sientas ese malestar anímico; si en vez de indagar en ellas yo te doy pastillas para tapar el síntoma, cuando finalmente salga a la luz lo que estás reprimiendo, y créeme que eso va a pasar, va a ser mucho más dañino para vos y tu entorno. Te pido por favor que nos tomemos un tiempo para pensar. Creo que por eso has llegado hasta acá.
Damián estaba cada vez más complicado, su argumento parecía endeble frente al de la doctora, así que no le pareció mala estratagema invertir roles, ponerse en el lugar de la víctima y dejar a la doctora ser la cazadora.
—Creo que en nuestra última sesión fui un poco impreciso, digamos que estaba a la defensiva, nunca había pasado por el banquillo de los acusados.
—Nadie te acusa de nada. ¿Estás esperando que te acusen? Es posible que el que quiera acusarse seas vos… Para que podamos comprender mejor lo que te pasa, es necesario que lo expreses, y así vamos a llegar al núcleo del problema.
La doctora no va a retroceder, pensó Damián; ella sabía cuál era el punto débil y no iba a dejar de explotarlo. Entonces se dijo a sí mismo que era necesaria una nueva estrategia: si ella quiere carroña, facilitémosle la tarea, vamos a inventar algunos fantasmas a ver si se pone contenta.
—Ambos sabemos cuál es el problema, en un día de trabajo debo cambiarme de máscara mil veces: primero soy un audaz defensor de las leyes, luego hago trampas de todo tipo para evadirla, acto seguido me hago el bueno con un cliente, el malo con un abogado adversario, en el medio intento seducir a alguna colega; en fin, miento, seduzco, invento, simulo, extorsiono, apelo, trabo, embargo, divorcio y podría seguir así indefinidamente sin que salga una buena... Ya es difícil pensar cuando perdí la culpa o sí alguna vez la tuve. ¡Confieso todos mis pecados! Elegí una ocupación que me permite explotar mis virtudes, y creeme que tengo talento para todo eso. Yo quiero vivir bien, ¿eso está mal? La verdad es que no me falta nada, es más, me sobra. Solo tengo que ajustar un par de variables. Por eso te pido ayuda.
—Me contaste un día en tu vida, ¿qué pasa a la noche cuando llegás a tu casa?
—Bueno, ese es otro tema. También tengo mis debilidades, no podía seguir en casa el ritmo del trabajo, así que elegí una mujer en la que puedo confiar. A ver si me explico, mi mujer me gusta, la amo y estoy seguro que es la mujer de mi vida, pero no la elegí por eso sino porque es una persona transparente. Todo el tiempo lidio con gente inescrupulosa como yo; como cada vez estoy más cerca del tope de la cadena alimenticia, aumentan las presiones y es más peligrosa la gente con la que trato. Pero tampoco me queda tiempo para culpas; no me puedo equivocar, un error sería desperdiciar mi esfuerzo y también el de mi esposa. Estoy jugando al límite, necesito una mínima ayuda para seguir el ritmo del trabajo, pero no necesito solo palabras, sino algo que me saque de los malos momentos, y lo necesito ya. Yo me comprometo a venir cada vez que pueda, Diana, pero a la medicación la necesito ya.
—Vos me planteás que nada se puede modificar. ¿Estás tan seguro o es un argumento más para que te dé la receta?
A cada argumento, Damián se sentía más cerca del abismo, pero todavía había muchos argumentos en su arsenal. Pensó que sería buena estrategia para ablandar a la doctora apelar a su solidaridad de género, interponiendo a su mujer en la problemática.
—Mirá, mi mujer y yo somos gente con un tren de vida muy costoso. Y para mantener todos nuestros bienes hay que seguir haciendo dinero. Así que no creo que ella esté dispuesta a arriesgarlo todo por mis angustias. Digamos que me apoya si tengo el aval de un médico. A decir verdad, ella me mandó con vos.
—A ver si entiendo bien: ¿a vos te parece que tu mujer estaría dispuesta a que te dé una medicación fuerte que puede poner en riego tu salud mental para mantener el estilo de vida de ambos?
—No, no. Yo no digo eso. Mi mujer también tuvo sus malos momentos e hizo exactamente lo mismo. Salimos adelante juntos con la ayuda de un terapeuta. Ahora ya no lo ve más, hace yoga, está relajada; no veo por qué yo no podría hacer lo mismo. La terapeuta que le tocó a mi mujer era más grande que vos; la medicó sin hacer tanto problema, fue por seis meses, y salió todo bien.
Diana ya comenzaba a enojarse y pensaba: este energúmeno ¿quién se cree que es? No me va a doblegar con un argumento tan trillado.
—Vos pensás que tomarnos un tiempo antes de medicarte es un indicador de mi falta de experiencia. Te voy a explicar cómo son las cosas: si yo te medico y vos, por ejemplo, no usas bien la medicación y tenés un accidente o un intento de suicidio, lo que está en juego no es solo tu vida sino también la mía, porque te podrás imaginar que si me sacan la matrícula pierdo mi medio de subsistencia; así que antes de cualquier decisión vamos a evaluar la situación todo lo que sea necesario. Es eso o te derivo. Esas son las reglas del tratamiento que te puedo ofrecer.
No dio resultado, esta mujer parecía que no se detendría con nada, pensó Damián. También pensaba qué diferente sería todo si ambos estuviesen fuera de ese dispositivo artificial que la ponía a ella por sobre él. Como le gustaría invertir roles con esa doctorcita, examinarla, arrinconarla. No obstante, sabía que no podía dejarse llevar por esas sensaciones, no podía dejar que una mujer lo desarme tan fácilmente. Mientras tanto ella seguía desplegando su tejido.
—Según me dijiste, tus episodios no son constantes ni graves. Me dijiste que te deprimís, o que te agarran ataques de ansiedad, y eso puede llegar a perjudicarte en tu trabajo. Tener esos episodios de vez en cuando no es grave; es más, si estás bajo presión constante, es lo normal, así que no veo por qué querés que te prescriba una medicación tan fuerte. Lo que me parece más grave que esos episodios es tu deseo de taparlos.
—¿Qué más querés saber? —respondió Damián tajantemente, con rostro de enojo, como un animal encerrado—. ¿Si me siento un poco o muy culpable? Yo que sé, lo que realmente siento es que esto me corre de eje, no veo cómo me pueda ayudar… Pero hay algo que estoy seguro, los psicofármacos sí pueden hacerlo.
—¿Y cómo lo sabés? —respondió tajante la doctora, mientras se deleitaba viendo cómo el animal narcisista presentía que le iban a hacer deponer sus armas.
Sin pensarlo mucho, Damián respondió: —Porque los probé. ¿Cómo pensás que hice para salir delante de las crisis anteriores?
—Me dijiste que no tomabas nada regularmente, ¿por qué me mentiste?
—Pensé que si creías que era algo menor me ibas a recetar sin tanto lío.
—Entonces vuelvo a la pregunta principal, si ya estás tomando medicación, ¿por qué recurrís a mí?
3. - Radio (lunes 8/12/2008 - 20:00 hs)
Ese día Julián sintió que lo tenía todo: una bella y exitosa pareja con la que tenía grandes planes y una beca de estudio con la cual preparar su doctorado, que le permitía leer, e inclusive le quedaba tiempo para escribir otras cosas además de su tesis. Hacía poco tiempo habían publicado su primer ensayo, al que no le iba nada mal en las librerías. Es cierto, la plata no le sobraba, pero eso no importaba ya que a su pareja le iba mucho mejor que a él en ese aspecto. De hecho, ese había sido el motivo de una rencilla justo antes de salir para la radio, porque esa noche estaría dando su primera entrevista, lo que vivía como un gran éxito. Le molestaba discutir con Diana, y aún más le molestaba hacerlo cuando parecía que todo iba bien.
Esa noche, mientras él iba a la radio, ella viajaría a Mendoza para ayudar a un renombrado doctor. No podía entender por qué habían discutido por cosas tan menores. Quizás estaba un poco celosa de su repentino éxito y seguramente lo llamaría para reconciliarse desde la provincia al otro día. Aunque no era una persona optimista, sentía que no podía irle mejor, así que, repleto de confianza, se encaminó a tomar el subterráneo.
Después de un breve viaje, salió a una estrecha calle céntrica y se dirigió a un edificio antiguo. Luego de esperar unos instantes, vio bajar por las escaleras a un muchacho joven que lo acompañó al estudio y le presentó a quienes lo entrevistarían: Marina y Maximiliano.
Los tres se sentaron, acomodaron sus micrófonos y la luz roja se prendió indicando que estaban al aire.
—Como habíamos prometido, tenemos hoy con nosotros al licenciado Julián Zweifel, que ha publicado un libro que está dando mucho que hablar y que se llama Nuevo mundo: el despertar de las mujeres. El título es tentador y parece sacado de una esas sagas de literatura para adolescentes que tanto abundan; sin embargo, se trata de una investigación sobre los límites de la sociedad actual. A diferencia de lo que sucede en aquellas novelas adolescentes, el título no es un simple ornamento sino que realmente habla de lo que promete, de un nuevo mundo que surgirá en el futuro, y del rol central que en él tendrán las mujeres. Julián, ¿cómo surgió esta investigación? —abrió Marina.
—Buenas noches a todos. La idea surgió casi por necesidad. Estaba trabajando en una tesis en la que analizo cómo afectó al noroeste argentino los cambios que implicó la globalización en las últimas décadas, y para hacerlo, recorrí varios pueblos y ciudades donde me encontré con una realidad que desconocía: la desaparición de algunos trabajos manuales y el incremento de la oferta laboral en el sector de los servicios. Con esto, en muchos de esos lugares casi las únicas que trabajan son las mujeres, porque son las que mejor se adaptaron a ese sector. Ellas fueron liberadas como mano de obra por el capitalismo, pero continúan sojuzgadas por el régimen patriarcal. Cuando terminé mi tesis de licenciatura, empecé a trabajar sobre un ensayo que no solo describe el presente sino también lo que pasará si todo sigue así, y qué actitud tomarán las mujeres al respecto.
—¿En qué punto de la historia pensás que nos salimos del camino más lógico y empezamos a desbarrancar? —preguntó Maximiliano.
—Yo diría que desde el primer momento, porque en vez de cooperar, siempre tendimos a luchar. Como bien señaló Marx, la historia de nuestra especie es el escenario de una lucha brutal entre clases opuestas: al principio, la lucha fue entre los humanos primitivos y el resto de las especies; luego, entre el Homo Sapiens y el Neanderthal, o entre la cultura paleolítica y la neolítica. Al surgir las ciudades, y la concentración del poder y las riquezas, aparecieron las religiones, los imperios y las clases sociales. Desde que el ser humano existe como tal, existe el conflicto, lo que ha cambiado es el escenario en el que este se desarrolla.
—¿A qué tipo de conflictos te referís? —preguntó Marina.
—Hace unos miles de años ya existían las diferencias entre esclavos y hombres libres, entre aquellos que tenían acceso al agua potable o al alimento almacenado y quiénes no. Esos fueron los primeros conflictos que aparecieron con la sedentarización. Conflictos por la tierra y distintos recursos. Antes de eso nos limitábamos a ser cazadores y recolectores, pero la división entre el trabajo de hombres y mujeres ya existía, de modo que la tensión entre clases diferenciadas de la sociedad con intereses y modos de ver el mundo distintos son bastante más viejas que el resto de las diferencias sociales como las de clase, económicas, políticas, etc.
—¿Y qué pasa en la actualidad? ¿Cómo se relaciona todo este proceso que describís con tu tesis?
—En la actualidad, el norte (europeo o americano) se opone al sur, y las naciones industrialmente desarrolladas se oponen a las atrasadas. Las clases propietarias de los medios de producción y aquellas que son funcionales a sus intereses se oponen a las clases trabajadoras. Uno podría seguir así hasta el infinito, sin embargo, todas estas oposiciones que damos por sentadas funcionan sobre una subordinación primordial que es condición de posibilidad de todas las posteriores. Antes de dominar a la naturaleza en general, al lenguaje, a las distintas técnicas o a su vecino, el hombre debió sojuzgar a un ser que era a la vez tan distinto como parecido a él: la primera clase universalmente sojuzgada por el hombre fue la femenina.
—¿A qué te referís con sojuzgar? —preguntó Marina.
—En casi todos los lugares y en toda época de la historia el hombre se aseguró de que el poder de la mujer no excediese el fuero hogareño. Sojuzgar, hablando en general, remite a la limitación del desarrollo de la mujer al mundo del hogar y la familia, lo que al mismo tiempo permitió al hombre construir un mundo violento en el campo público.
—Bueno, pero hoy la situación no es la misma —salió al ruedo Maximiliano—, hoy la mujer tiene el mismo lugar que el hombre en la esfera pública, al menos en los países desarrollados.
—Eso es relativo, pero suponiendo que fuera así, la razón es que el capitalismo hizo titubear la estructura tradicional porque necesita a las mujeres como fuerza de trabajo. Ellas finalmente salieron del fuero privado al público, pero esa fue una victoria circunstancial. Todos sabemos que la mayoría de las mujeres que trabajan, además de encontrar más límites que sus pares masculinos, también deben ocuparse de la casa y la crianza de los hijos. Lejos de abandonar esas vitales responsabilidades para la especie, la mujer no hizo más que sumar otras de acuerdo a las necesidades del todopoderoso nuevo ídolo: el capital. El actual sistema necesita a las mujeres como mano de obra barata para contrapesar las presiones de los trabajadores masculinos, tanto como para ampliar las posibilidades de producción y consumo.
—Julián, hasta acá no dijiste una sola palabra que marxistas y feministas no hayan destacado antes… —deslizó Marina.
—Sí, así es. La diferencia es que las feministas toman posición en el conflicto, y yo no lo puedo hacer del mismo modo; me limito a describir una situación y a postular qué es lo que posiblemente sucederá en el futuro de acuerdo a ciertas evidencias.
—Es bueno saberlo. Vos no tomás posición del mismo modo…
—Marina, yo no puedo escribir como una mujer porque no lo soy, lo que sí puedo hacer es relacionar la lucha de las mujeres, como la desarrollaron las feministas, con otras anteriores, como las desarrolladas por el marxismo, y ver qué es lo que puede suceder en el futuro. Si me preguntás a mí personalmente qué posición tomo, te diría que aquella más provechosa para la especie, la que suponga el interés de la totalidad. Como las mujeres son hoy las más perjudicadas, opto por ellas. Pero mi objetivo no es tomar posición, sino buscar la verdad, así que debo dejar de lado la especulación sobre cómo el mundo debería ser, cuestión ya analizada por muchos filósofos (entre ellos varias feministas), para analizar cómo el mundo será realmente.
—¿Qué conclusión sacaste de la comparación entre la lucha de las mujeres con otras? —preguntó Marina con cara de desconfianza.
—A lo largo de la Historia distintos grupos humanos han sido sojuzgados, así fue con los cristianos y los judíos que hoy forman parte de los grupos dominantes. Las peleas no son siempre las mismas ni terminan siempre igual, sin embargo, las mujeres no son una minoría como fueron los cristianos, al menos al principio, o los judíos, sino que conforman un conjunto mayoritario que sigue siendo el más explotado. Mi conclusión es que eso no puede durar para siempre.
—Bueno, querida audiencia, se nos va acabando el programa de hoy. Julián, lo que planteás es más que interesante, pero hoy no tenemos más tiempo, queda en pie una futura invitación, si te parece —lanzó Maximiliano con el típico tono del conductor corrido por sus horarios.
Cuando Julián salió del edificio se dejó arrastrar por la noche y el estado de algarabía. Tanto que no reparó en que Diana no le había mandado un mensaje avisándole de su arribo a Mendoza.
4. - Primeros pasos (Día 1, tarde)
Apoyando el hombro sobre la palmera y mirando hacia la playa, Diana comenzó la ardua tarea de pararse. Primero se puso en cuclillas; sintió que su cuerpo pesaba toneladas y tuvo que volver a arrodillarse. Intentó un par de veces más. Se reirían de mí en el gimnasio, pensó, tanto tiempo invertido en la tonificación, y ahora que los necesitaba, todos sus músculos fallaban. Finalmente logró mantenerse un rato en cuclillas, solo le faltaba erguirse. Tenía que evitar caer, así que el movimiento implicaba primero separar su hombro de la palmera y, sin perder el equilibrio, estirarse para volver a tomar apoyo en la planta una vez que estuviese parada. Respiró hondo y se estiró. Permaneció unos minutos en esa posición hasta que probó mantenerse en pie sin el punto de apoyo.
Se alejó tan solo medio paso de la palmera e intentó mantener la verticalidad. Le costó. Tener los brazos atados le impedía usarlos para balancearse. Por momentos debía mover sus pies para mantenerse parada. Probó permanecer en el lugar erguida unos instantes, luego volteó y, una vez frente a la selva, se preguntó hacia dónde ir. Todavía podía ver la playa entre el follaje, pero se daba cuenta de que si avanzaba un poco más, ese punto de referencia desaparecería. Se propuso ir siempre hacia delante, con el sol de frente. Aunque era un criterio bastante precario para orientarse en la selva, en ese momento eran otras las prioridades.
Envalentonada por su nuevo modo de andar se adentró en la selva. Los primeros pasos fueron sencillos, pero luego la pendiente hizo su trabajo, ella se desestabilizó, quiso mantener la verticalidad corriendo uno de sus pies, pero falló. Inmediatamente sobrevino el tropiezo; estiró su codo para apoyarse contra un árbol pero no llegó, y se desplomó aparatosamente sobre el follaje. No le dolió tanto, pero el trabajo de volver a pararse le resultaba agotador. Repitió la operación, esta vez en un terreno más inclinado, mientras contemplaba el espesor de la selva buscando hacia dónde avanzar.
Logró pararse, pero siguió de cerca los árboles porque temía volver a caer. A medida que avanzaba buscaba referencias: rastros de gente, agua o algún objeto afilado para cortar los precintos. No tenía otra forma de saber la hora que orientarse mirando el sol, aunque a medida que caminaba, y este se movía, se daba cuenta de que pronto estaría pérdida en mitad de la selva. La presión que los precintos ejercían en sus muñecas las había magullado al punto que el roce le resultaba insoportable; para equilibrarse al caminar debía mover constantemente sus brazos, lo que hacía doloroso cada paso. En ese momento, la sed ya era mucha y en la playa tampoco encontraría agua potable, así que adentrarse en la selva parecía inevitable. El camino iba en leve ascenso y estaba poblado de palmeras, helechos, enredaderas y una variada gama de plantas de hojas anchas y un verde profundo, mientras que el suelo esponjoso exudaba un intenso olor a tierra húmeda.
Luego de caminar unos cuantos metros dejó de ver la playa. La vegetación selvática era más densa de lo que parecía. No había un camino, pero entre la espesura se abrían túneles que la convertían en un inquietante laberinto. Diana caminaba con paso torpe pero constante. El ruido del mar fue reemplazado por los murmullos de la selva, el canto lejano de bandadas de pájaros y el viento corriendo entre las ramas. Al llegar a un recodo, en el tronco de un árbol de grandes raíces divisó la punta de una piedra que sobresalía ofreciendo un filo contra el que podía friccionar los precintos. Con mucho cuidado, Diana calculó el punto justo en el que dejar caer sus rodillas para luego girar y que sus manos quedasen expuestas al borde.
Cayó en el lugar indicado, se acomodó un poco moviendo sus caderas en el piso y comenzó a frotar el primer precinto contra el filo. La tarea era dolorosa y no podía ver si daba resultado, en ese momento, aprovechando que se había detenido, una nube de mosquitos que la seguía con actitud expectante se agolpó alrededor suyo. Mientras frotaba incesantemente el plástico contra la roca, los mosquitos atacaron sus partes descubiertas. El trabajo no daba resultado, los precintos eran duros, los mosquitos no paraban de picar y el escozor iba en aumento. Las gotas de sudor caían gruesas de su rostro extenuado. Pensó que se iba a destrozar las muñecas, pero que a la larga el plástico tenía que ceder.
Lamentablemente la operación llevaba más de lo previsto, y ella estaba sedienta y cansada, y sus brazos comenzaron a acalambrarse. Paró unos momentos para recobrar fuerzas y dejó que su mirada se perdiera en la espesura. Lo tupido de la selva y sus ruidos le recordaron la misma sensación que el mar y sus olas: una interferencia acompañada por un muro que impedía ver más allá. En este caso, el zumbido penetrante de la turba de mosquitos ebrios de su sangre era tan molesto que tenía que terminar la tarea cuanto antes. Sintió la carne ceder y vio las gotas de sangre caer por sus manos. No podía parar ahora que el daño ya estaba hecho. Así que continuó desaforadamente, y consiguió romper el primer precinto, pero todavía quedaban un par más.
Aunque intentó seguir, sus vapuleadas fuerzas menguaron. Apoyó la cabeza en la tierra y cerró los ojos un momento para descansar. Se relajó, intentó dejar de pensar en los mosquitos, y por un momento se quedó dormida. Se vio otra vez en el consultorio, sentada en el sillón de los pacientes mirando a través de la ventana. En vez de los habituales edificios de la ciudad, divisó una arboleda. Fue hasta el ventanal, lo abrió, se paró en el balcón y vio que la arboleda formaba una espesa selva. Espantada, giró hacia el interior del consultorio, pero las ramas brotaban allí también, y un violento enjambre de mosquitos la rodeaba.
Diana se despertó exaltada y se sacó los mosquitos de la cara estrujándola contra el piso húmedo. Todavía estaba ahí tendida en la tierra fresca, maniatada. La sangre en sus manos ya estaba seca y los músculos de sus brazos no estaban acalambrados. Así que empezó a friccionar los precintos otra vez. Al tiempo, las muñecas volvieron a doler y la sangre a brotar. Unos minutos más tarde logró su cometido. Con las manos sueltas y sus piernas listas, la situación cambiaba. Se arremangó la camisa y pensó por un instante por donde seguir, mientras mataba un mosquito tras otro.
En la selva no corría el viento de la playa, sino uno más tenue que se colaba entre los árboles haciendo un ruido particular. Con la llegada de la tarde, un calor abrasador subía de la tierra. No parecía haber ningún sendero marcado que denotase la presencia humana, con lo cual su camino era una improvisación constante. Pensó en buscar un punto alto en el terreno para orientarse y encontrar agua o un camino.
Quizás otra mujer en la situación de Diana hubiese perdido el control rápidamente, pero esa posibilidad parecía no corresponder con su esencia: ella no iba a bajar los brazos. A medida que pasaba el tiempo se hacía evidente que solo con caminar hacia delante no conseguiría nada, de modo que se propuso agudizar sus sentidos para encontrar alguna referencia, ya que buscar un punto alto en el terreno no parecía fácil, y a cada paso que subía, la espesa vegetación parecía engullir el horizonte. Lo único que alcanzaba a divisar con claridad era el diminuto espacio que la separaba del árbol siguiente. Probó subirse a uno de los árboles, pero era lo mismo: la densa vegetación parecía infranqueable, solo veía las mismas montañas que en la playa. Así que estaba completamente pérdida y no sabía qué hacer.
En ese momento, logró ver una pequeña lagartija caminando sobre una rama. Eso es, pensó, tengo que ver qué hacen los animales. Así, una vez que se concentró, lo que antes era una nebulosa absoluta, ahora se mostraba como un posible sendero. El problema era que no sabía qué ver, ni dónde encontrar a los animales o cómo seguir sus rastros.
Aunque su estado de desesperación crecía, se dijo a sí misma que algo iba a encontrar. Continuó buscando el rastro de algún animal, aunque en vano, ya que nada se asemejaba a las huellas que ella esperaba encontrar. Los pájaros pasaban volando en distintas direcciones. Intentó distinguir otros sonidos pero todo se presentaba como una sinfonía confusa. La tarde caía y ella estaba agotada.
5. - Cazador cazado (lunes 8/12/2008 - 18:15 a 19:00 hs)
Ya entregado, Damián bajó un poco la guardia y respondió con tono conciliador.
—Lo que estuve tomando son los ansiolíticos que le recetaron a mi mujer, pero tienen efectos secundarios que no sé manejar. Yo no necesito nada más que una receta, necesito que me ayudes a ver qué me puede desequilibrar, qué combinaciones debo evitar, qué efectos negativos puede tener para mi desempeño, y cómo puedo aminorarlos. Pero tampoco me conformo con eso, también quiero saber qué medios no medicamentosos puedo utilizar, no quiero ser un adicto. Me gustan los desafíos, pero también creo necesario enfrentarlos de modo adecuado.
—Damián, para mí, el modo adecuado para ayudarte es indagar sobre todo aquello que querés eludir. Si no revisamos el modo en el que te relacionás con los demás y con vos mismo, vas a seguir en la misma y cada vez peor, más aún si te estás automedicando. ¿Podés entender esa parte de mi planteo?
—Diana, yo no cuestiono tus fines porque supongo que deben ser parecidos a los míos. Yo cuestiono tus métodos para lograrlo. La medicación la necesito ahora porque es un medio para mantener el control cotidiano, que es lo que hace posible todo lo demás. A ver si nos entendemos: yo no puede darme el lujo de las revisiones que me proponés si no garantizo mi rendimiento laboral. Para eso, no solo necesito una receta, también necesito tu ayuda en las cuestiones concretas que te dije.
¡Ah no!, pensó ella, este es un caradura, ¡me viene a cuestionar el método y además con planteos morales!
—Déjame ver si te entiendo, ¿vos me pedís que yo te ayude a controlarte para que vos puedas perfeccionar el modo en el que te dañás a vos mismo y a tu entorno, porque es lo que se supone que debés hacer? Si solo buscamos los medios para evadir el síntoma, lo podemos lograr en el corto plazo, pero a la larga van a volver de uno u otro modo.
Perdido por perdido, Damián empezó a evaluar el campo para ceder.
—Bueno, supongamos que yo acuerdo con vos iniciar un tratamiento, ajustándome a tus pautas y tiempos ¿cuánto vamos a tardar para que me recetes y hablemos de los medicamentos?
—Eso yo no lo puedo calcular, todavía no te conozco, y si te conociese, seguiría siendo una pregunta difícil de responder en los términos en los que lo estás planteando.
—Me hacés acordar a mi mecánico: hasta que no lo abra no te puedo decir cuánto va a salir; pero vos ni siquiera eso, abrís y no sabés qué va a pasar. ¿Y si la situación empeora? ¿Querés hurgar en mi herida psíquica para satisfacer tu mórbido deseo profesional?
—Yo no quiero hurgar, ni lavarte la cabeza o decirte qué debés hacer, lo que intento es ayudarte a que vos veas qué consecuencias acarrea una relación patológica con tu entorno y vos mismo; por lo tanto voy a intentar ayudarte a que construyas otro tipo de relaciones. Vos vas a elegir, yo no te voy a imponer nada. Sabés que hay algo que anda mal en tu vida, si vos vivís lo que te pasa como algo que te genera displacer y te impide adaptarte a tu entorno, vos constituís lo que te sucede en un síntoma. ¿Reconocés que hay algo funcionando mal en tu mundo?
—Sí, por eso estoy acá. De lo que no estoy seguro es que nos pongamos de acuerdo en qué es lo que está mal. Yo pienso que vos me querés hacer sentir culpable, y si hay algo de lo que estoy seguro es que no quiero eso.
Y pensás bien, se dijo a sí misma la doctora.
—Tenés algo de razón en lo que decís. Hay dos tipos de personas desde el punto de vista de la psiquiatría: los que pueden ser alcanzados por las herramientas terapéuticas y los que no. Dentro de este último grupo están los psicóticos, que no distinguen claramente el mundo real de sus ideaciones, y los psicópatas, que distinguen perfectamente qué es lo real, y lo que está bien de lo que está mal, pero simplemente eligen hacer lo que les place sin sentir culpa alguna por los daños que eso genere. Si vos estuvieses dentro del campo de la psicopatía, no estarías acá, ni probablemente te estarías haciendo estas preguntas. Esa culpa que vos querés eludir no la creé yo en este consultorio, la trajiste vos. Yo no te la puedo extirpar, y no te puedo convertir en un psicópata, si ese es tu objetivo.
—¿Y qué vas a hacer con ella? ¿Vas a sondear en lo profundo de mi historia personal para encontrar en la relación tortuosa con mi padre los orígenes de mi personalidad? ¿Vas a rastrear el síntoma hasta su más profundo escondite, lo vas a sacar a la luz y lo vas a diseccionar? Yo no estoy para eso, quizás tengas razón y deba buscar otro terapeuta. La verdad es que quería tranquilizarme y cada vez me estoy poniendo más ansioso.
Podía parecer una actuación, pero al tipo le estaba cambiando el rostro. Como un niño frustrado, ahora parecía implorar con cada palabra. Al decir las últimas, levantó la mirada posándola tiernamente sobre la doctora. Ella también tenía sus debilidades, y sabía que los extremos son malos, así que decidió acercar posiciones.
—Yo no te voy a obligar a que hables de asuntos que no querés tocar; en realidad, la idea es que vos te des cuenta de cuáles son los aspectos de tu vida relevantes para tu problemática. Ninguna pastilla te va a ayudar en ese proceso. Para tu tranquilidad, y como te veo muy ansioso, lo que puedo hacer es recetarte un ansiolítico leve para que tomes solo en caso de un episodio. Vos querés tener el control, no vayas a las pastillas, trabajá sobre vos mismo.
—A ver si nos entendemos, a mí, ese personaje del que hablás me parece una porquería, no me interesa. Ese que era el adolescente inseguro y estúpido no quiero recordarlo. Me hace sentir tan impotente que me da asco. Recordar todas esas dudas, eso sí que es algo que sé que no voy a hacer. Yo cuido a otro que es el que soy ahora; el que me alimenta, me viste, me cuida, me levanta cuando estoy molido. Así que no voy a andar manoseando toda esa basura que todavía queda tirada por ahí, los restos inservibles de lo que alguna vez fui. En conclusión, soy un tipo feliz y en constante proceso de realización. De lo único que debo preocuparme es de mantenerme al 100 por 100, y si se puede, más. Por eso estoy acá, por exceso, no por defecto, porque me sobra más de lo que me falta.
Vos sos un cretino en medio de una carrera sin sentido, se decía Diana a sí misma.
—Me parece que me confundís con un cura que quiere escuchar tus pecados de juventud o los actuales. Estás confundido respecto del tratamiento, su fin es que estés mejor adaptado a tu entorno, no que rompas con todo. Yo sé que para permanecer en el ruedo tenés que ser cada vez más inescrupuloso, pero quizás quieras separar de modo más prolijo ese mundo sórdido de tu vida personal. Si sos lo suficientemente inteligente podrás obtener del tratamiento lo que te parezca más relevante.
Damián se encontraba contra las cuerdas, ya no le quedaban más armas, su orgullo estaba siendo atacado y la derrota frente a esa avezada adversaria era inevitable. Viendo que ya no podía ganar el enfrentamiento discursivo, intentó empatarlo. No se iba a retirar con la imagen del perdedor.
—Veo que no das el brazo a torcer Diana, supongo que probar no me puede hacer nada o al menos eso espero. Cerramos en que me das el ansiolítico, y nos vemos ¿cuándo?
—¿Te parece bien continuar en este horario?
—Por mí no hay problema —dijo Damián mientras la doctora lo miraba fijamente. Entonces ella anotó el nuevo turno en su agenda y tomó el recetario. Cuando terminó de hacer la receta, Damián sacó su billetera y dejó unos billetes sobre el escritorio.
—Bueno, cualquier cosa te aviso.
Desde la comodidad de su sillón, al escuchar esas palabras, Diana miró con una sonrisa al hombre, tomó el dinero, lo metió en la agenda, y le extendió la receta.
—Cualquier cosa me avisas no sirve. Esto no es cualquier cosa, es tu salud y mi tiempo. Si no venís, tenés que pagar la sesión igual y arreglamos otro encuentro.
Mientras escuchaba esa respuesta, Damián leía la receta y dijo con una mezcla de sorpresa e ironía:
—Clonazepam de 0,50 miligramos. ¿Me estás haciendo un chiste? Esto es un placebo, me tengo que tomar una tira entera para calmarme —dijo mientras se sentaba dispuesto a discutir la cuestión.
—Vos no dijiste la verdad respecto de tu estado, así que tómalo como un aprendizaje: acá no sirve mentir —le explicó e hizo silencio esperando que él reflexionase.
El otro, lejos de eso, seguía empacado en el sillón. Aguantando la risa, la doctora respiró, y le dijo:
—Vamos Damián, el tiempo de consulta terminó.
—¿No me podés dar unos minutos más? —dijo él casi lastimosamente.
—Podría hacerlo si hubieses llegado en horario, pero hoy, como la última vez, llegaste quince minutos tarde. Esto no es tribunales. Acá la sesión empieza a un horario y no hay esperas de cortesía. Te pido por favor que te retires.
Él, que había entrado al edificio como un ganador, se puso en pie con torpeza y desgano. Ella lo acompañó hasta la entrada, cerró la puerta y se sumergió en sus asuntos, debía ir a una entrevista y antes, despedirse de su pareja, así que se dirigió al living donde Julián estaba leyendo un libro.
6. - Un joven (Los 70’s)
Antes de entender quién era, aprendí a detestar mi entorno. Mi padre y mi madre tenían cierta responsabilidad en esa aversión por mis pares, ya que era gente inteligente que me enseñó a ver las cosas de otro modo. Ellos no estaban interesados en el dinero ni en el poder; seguramente podrían haber tenido ambos, pero al parecer, se conformaban con menos.
Apenas tuve uso de razón mi madre me explicó que Dios y los fantasmas eran seres irreales creados con fines que por lo general no eran buenos. Mis padres profesaban un anarquismo un tanto resignado, desconfiaban del Estado y los políticos, tanto como de los maestros. Todos eran para ellos parte de un mismo teatro que servía para mantener a la población mansa e idiotizada; sin embargo, ellos no eran ni delincuentes ni mucho menos revolucionarios; ambos trabajaban, mi padre era profesor de literatura y mi madre era secretaria en una empresa.
Mientras que a los otros niños se les enseñaba a respetar las reglas porque sí, ya sea porque el padre o el maestro lo decían, yo respetaba las reglas, pero sabía que ellas y quienes las hacían valer estaban bastante lejos de la perfección que exigían. Ese conocimiento maldito no me ayudó mucho en el colegio, porque a diferencia de mis compañeros, a mí no se me daba por respetar a los maestros ni por temer a mis pares. Con los maestros era astuto, hacía lo que pedían pero no desaprovechaba la oportunidad para deslizar algún comentario que hiciera temblar su edificio de preconceptos. Como intuían que reprimir esas pequeñas rebeliones no haría más que fortalecer mi posición frente al grupo, se limitaban a bajarme la nota, pero a mí las notas no me importaban, a mí me importaba verlos morder el polvo.
Distinto era el tema con mis pares matones, que no eran pocos, lo que me obligó a afilar mis puños además de mi lengua. Esos muchachos no respetaban mis conocimientos, y les molestaba bastante que los tuviese. Mi padre, el resignado amigo de las letras, tampoco quería que su hijo agachara la cabeza con esos muchachos, por lo que me enseñó algo vital. Me dijo que tenía que enfrentar al líder, al más matón de todos, y que sin dudar, mientras me insultaba, debía apuntar a su nariz y darle con todo; que él caería y sería todo mío. Esa actitud era arriesgada, pero el resultado no era despreciable: si me enfrentaba a ese, me garantizaría el respeto de los demás.
Con tan solo ocho años, cuando se dio la oportunidad, le pegué al bravucón del curso, y no dudé en arremeter contra su rostro. Me acusaron de salvaje, pero ninguno de los matones me volvió a molestar, e inclusive aquel al que había golpeado comenzó a respetarme. Es más, empezó a adoptar una actitud sumisa y pedirme ayuda con las tareas. No tuve problemas con eso, no quería verlo mal, me importaban un comino tanto él como la escuela, pero era bueno tenerlo de mi lado. Desde entonces, fui un marginal en mi grupo, pero uno al que debían respetar.
Solía pasar mis vacaciones en las sierras, en una casa que le prestaban a mi familia. Allí aprendí que la gente de la ciudad era bastante más podrida que la del campo. Si bien yo nunca dejaba de ser el citadino, mis prolongadas estadías y mi carácter avezado me permitieron ganar la confianza de mis pares suburbanos en poco tiempo. No era para menos, esos muchachos medían su hombría enfrentando los distintos obstáculos que imponía la naturaleza, no solamente con palabras y golpes como solía pasar en la ciudad.
Si había un risco, yo lo trepaba como ellos; si había un animal peligroso como una serpiente, yo podía agarrarla con mis manos; si en cambio era un gran salto al agua lo que enfrentábamos, yo era el primero en saltar desde lo más alto. Con el tiempo me volví un experto en tales actividades y no demostraba miedo a nada. Nunca les jugó a ellos a favor vivir allí todo el año. A mí me bastaban las ganas acumuladas para enfrentar los desafíos que me proponían. Simplemente parecía haber nacido para eso.
Para el último verano que pasé en aquel lugar, mi cuerpo ya estaba lleno de heridas. Mis huesos parecían duros porque mi alimentación siempre fue frugal. Fue ese verano cuando decidí por primera vez hacer una expedición por mi cuenta, tenía catorce años pero me sentía listo. Mis padres solo me pidieron que me cuide. Enfilé hacia las montañas y luego de caminar un día entero, llegué a los picos. Desde allí podía ver un valle desnudo de ciudades o pueblos. A lo lejos, solo se divisaba un viejo camino. A mí alrededor los cóndores volaban en círculos recordándome lo especial del lugar.
Creo que fue entonces, en esas apartadas alturas, cuando me di cuenta de quién quería ser. No quería ser uno más y que mi alma fuese engullida por algún fantasma de los que merodeaban en la gran ciudad. Yo quería ser libre, quería que mi voluntad, como mi vista en aquel momento, pudiese abarcarlo todo, separándome de los demás y sus miserias. Mientras volvía, pensé que aunque admiraba mucho a mis padres, no quería una vida de resignación como la de ellos, y estar encerrado todo el año dejando que me exploten para luego tener unos días de libertad. Sin embargo, el destino me tenía preparada una ingrata sorpresa que cambiaría por completo mi vida.
7, - Río (Día 1, noche)
A medida que el sueño se apoderaba de ella y su vista se nublaba, al llegar a una encrucijada donde convergían los senderos que atravesaban la selva, Diana creyó divisar un rastro, pero cuando se concentraba e intentaba buscar un patrón en el conjunto de marcas, se desvanecía en el suelo tapizado de hojas. Durante su formación médica, ella había aprendido a buscar signos en distintas imágenes para realizar diagnósticos, lo que había entrenado su percepción. Agradeció esa capacidad y se propuso estar lo más atenta que pudiese a cualquier marca en el camino. Cuando se cansó de buscar y su mirada volvió a nublarse, el patrón apareció claro.
Ella avanzó torpemente, se frotó los ojos, y de un instante a otro fue como si su mirada se hubiese calibrado. Así notó que el rastro, en apariencia errático, tenía una orientación: avanzaba por la pendiente cuesta arriba y doblaba más delante. Decidió seguirlo, y al llegar a un claro en el camino en el que había barro, pudo ver el contorno de la huella del animal; por su tamaño y forma, eran parecidas a las de un gato pero más grandes, quizás un gato salvaje, pensó. Luego de seguirlas por un rato, escuchó el flujo de una corriente de agua y el alma le volvió al cuerpo.
Corrió entre las plantas como si en el agua la esperase la salvación misma. Saltó troncos, desgarró enredaderas, y después de un rato, encontró el cauce de un río. Rápidamente hundió la cara en sus aguas y sorbió con fruición. La sed y la desesperación la habían reducido a su expresión más pura: la dura batalladora aparecía desde el fondo de la aburguesada citadina. Tomó hasta que su vientre estuvo a punto de estallar. Luego se metió en el río para aliviar su piel hostigada por el sol y las picaduras de mosquitos.
Por un momento volvió a sentirse humana, pero la sensación duró poco, cuando elevó la vista, todavía la espesura seguía allí y la luz pronto se desvanecería. Intentó no enloquecer y se dijo a sí misma que no lo haría, no se permitiría ese gesto de debilidad. Salió del agua y se esforzó por reflexionar qué le convenía hacer ahora que ya había logrado resolver lo más urgente. Entonces pensó que si seguía el río corriente abajo, lo más posible es que llegara hasta el mar y estaría donde comenzó, así que decidió seguir río arriba. Juntó fuerzas, y reinició el camino.
Los primeros pasos fueron fáciles pero luego aparecieron los saltos de agua. El primero pudo escalarlo sin problemas, el segundo lo pudo rodear dificultosamente, pero el tercero ya no era un mero salto sino una cascada de magnitudes considerables que culminaba en un espejo de agua de unos diez metros de largo. En el otro margen, había un pequeño claro. Diana estudió bien el terreno y pudo ver que había una saliente en la roca que se elevaba formando la cascada. Como el agua era completamente cristalina y podía verse el fondo, se tiró, cruzó la olla, y al llegar del otro lado, se encontró con la entrada de una cueva. Al menos tendré agua y refugio para esta noche, se consoló, al tiempo que pensaba que penetrar en la cueva podía ser peligroso, ya que no tenía luz ni sabía qué alimañas podía encontrar en esos lugares. Como el sol que se ponía llegaba a penetrar en la cavidad, trató de aprovechar su último fulgor. Se armó de valor y comenzó a adentrarse.
En los primeros metros no encontró nada, pero apenas avanzó un poco más pudo divisar lo que parecían huellas humanas. Eran alargadas pero no tenían el contorno de un calzado común. Esto la llenó de esperanzas y avanzó hasta el fondo, donde encontró los restos de una hoguera que le confirmaron la presencia humana, como así también los restos de algún animal pequeño, lo que supuso que había sido el plato cocinado. Salió de la cueva, y con la última luz del día recorrió las inmediaciones en búsqueda de alimento.
No conocía mucho de la vegetación tropical, pero sí los principios básicos de supervivencia que le había enseñado su padre cuando era chica, durante sus habituales vacaciones en el campo. Tenía que buscar algún fruto comestible. Mientras lo hacía, reflexionó sobre lo que había visto en la cueva: no había rastros de civilización, ni envoltorios, restos de fósforos o pisadas de zapatos. Eso le hizo pensar que quizás fuesen miembros de alguna población indígena.
