La Venus rota - Manuel García - E-Book

La Venus rota E-Book

Manuel Garcia

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Beschreibung

Un profesor se ve envuelto en una historia con una alumna de 17 años durante un viaje de estudios. Le acusan de algo que él no ha hecho. A partir de ahí, se entabla una insana relación entre ambos personajes que acaba con el profesor apartado de la enseñanza y yéndose de España a vivir unos meses a Helsinki, mientras espera que se aclare su futuro judicial. La alumna, ya cumplidos los 18 años, y en su primer año de universidad, decide ir a buscar a su exprofesor y, al reencontrase ambos, ocurren una serie de acontecimientos que conducen a la novela a un final trágico.

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Seitenzahl: 351

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Índice

Parte primera. (Sevilla: preludio y fuga)

Segunda parte. (Berlín: andante tranquilo)

Tercera parte. (Helsinki: allegro assai)

Cuarta parte. (Helsinki-Riga-mar Báltico: finale con fuoco)

Agradecimientos

Créditos

PARTE PRIMERA

(SEVILLA:PRELUDIO Y FUGA)

1

Iñaki de Tellitu Sola, ese es mi nombre. Y, si existo, no es para haber vivido la vida que me corresponde, mis tres novias, mi carrera, mi boda y mi divorcio, mis dos hijos, mi primer y oscuro trabajo de orientador escolar, mi herencia millonaria y, por fin, este oficio elegido de dar de beber a los demás tras la barra de un bar. Todo eso son accidentes circunstanciales que pudo haber tenido menganito o fulanita con el pretexto de vivir una vida convencional, tan vulgar como todas las que en el mundo han sido. Si yo existo y nací y mis labios mamaron de la leche de mi madre y tengo al menos diecisiete apellidos vascos, fue solo para contar y escribir lo que le ocurrió a mi amigo X, el profesor, con su alumna Lucía. Nací para aceptar este encargo y así dejar testimonio de una historia tan singular.

Desde que tengo el bar, siempre vi a mis clientes como personajes de sus vidas y sus vidas como historias que iba yo construyendo poco a poco a medida que los conocía y los veía actuar y les ponía copas y ellos soltaban la lengua. Y de vez en cuando las escribía, sin que ellos lo supieran. Tengo en mi ordenador una carpeta llena de relatos que son vidas truncadas de gente que conocí en mi bar, de personas partidas que se desahogaron conmigo, copa a copa. Porque eso es un bar: una antología de historias solitarias acodadas en la barra.

Alguna vez traté de forma infructuosa de publicar algún libro con ellas. Y de todas las historias que escribí sin ninguna pretensión, esta es la más delicada porque yo no solo soy su narrador, sino testigo y parte de ella.

2

Lucía, ella se llamaba Lucía y tenía una mirada de ensoñación. Se llamaba Lucía y amaba la literatura. No sé qué es ese nombre de Lucía, ni lo que significa, ni si llamarse Lucía conlleva amar los libros o las flores o los chubascos del otoño. Pero ella se llamaba Lucía y había leído a Dante, a Dostoievski, a Flaubert, a Tolstoi, a Nabokov, a Baroja, a García Márquez, a Reinaldo Arenas, a Valle-Inclán y a Clarín. Se llamaba Lucía y no le gustaban nada, como le gustaban a su profesor, los autores románticos. Lucía, la curiosa lectora desde su hermoso cuerpo menudo y apretado, de ropas a la moda emo con reminiscencias punk y góticas algo retro, con botas altas, cadenas en la cintura de sus vaqueros rotos, deshilachados y apretados, o con medias de colores, también rotas, si llevaba minifalda. Lucía, la lectora inteligente, con sus camisetas desgastadas y oscuras de motivos satánicos y su tatuaje en la espalda y sus piercings; Lucía con su expresión cierta de ternura; Lucía, la lectora tímida, escondida detrás de su apariencia de tribu urbana, defendiéndose del mundo con el libro que siempre siempre llevaba entre las manos, y que era verdaderamente su armadura estoica; Lucía que, a pesar de su timidez, nunca se quedaba callada si quería saber algo; Lucía, que guardaba dentro de su nombre una delicada muchacha melancólica, sensible e inteligente, con dos únicos defectos: haber sido alumna de X y tener solo diecisiete años.

Mi amigo X era profesor de Literatura, poeta regular, y amaba la música por encima de todas las cosas: por eso tocaba la viola que le acompañaba en casi todas las partes donde yo lo conocí: en su piso de Sevilla, en la casa de su pueblo y en su exilio precipitado a una buhardilla de Helsinki, donde fue a parar por haber hecho lo que no debía y su cuerpo no pudo evitar. Pienso yo que mi amigo X prefería la compañía de su viola a la de la mayoría de los mortales y que buscaba en ella el cariño que no podía encontrar en los demás. Su viola tenía seis cuerdas y remataba su mástil una cabeza de leona. Y cuando la ponía entre sus piernas y acariciaba su sexta cuerda con el arco y cuando su sonido grave y sedoso repercutía en su estómago, toda la nieve del mundo huía de su corazón. Y le puso por nombre Rosalía.

3

Fue hace unos meses, en octubre de 2012, a principio de curso. Recuerdo que vino a mi bar ofuscado contándome lo que le acababa de pasar. Y luego, más sereno, me mandó un correo electrónico dándome detalles. Mi amigo X fue a una excursión a Granada, a visitar el Parque de las Ciencias, la Alhambra, los lugares de su amado Ganivet y yo qué sé qué más. Fue porque les hacía falta un profesor y no encontraban a nadie, porque él no iba a esas cosas. Eran alumnos de segundo de bachillerato. Acompañaba a la profesora de Latín, Catalina. Según me contó todo azorado al regresar de aquella excursión, nada más llegar a Granada el sábado, los alumnos se organizaron para comprar alcohol y montar la botellona en las calles cercanas al hotel. Pocas horas después, estaban X y su compañera Catalina buscando alumnos borrachos por Granada, en los bares de copas, en los jardines, por las calles, tratando de no llamar a la policía ni acudir a las urgencias de los hospitales, porque lo que se jugaba allí era su trabajo, el sueldo que le permitía escribir plácidamente poesía, traducciones, ediciones críticas, sin pasar apuros económicos, inventar novelas o tocar la viola.

Poco a poco fueron apareciendo todos, unos en peor estado que otros. Y cuando a las tres de la madrugada su compañera y él hicieron el último recuento solo faltaba una alumna: Lucía. Tras interrogar a varios alumnos, le hablaron de unos jardines cerca del hotel, donde la habían visto en mal estado por última vez. Y allí la encontró vomitando, semiinconsciente y balbuceando. Como no localizó a Catalina, tuvo que llevarla solo a su habitación, con mucho esfuerzo porque estaba semiinconsciente, y quedarse con ella vigilándola. La situación era apurada porque Lucía estaba mal, sucia de tierra y de vómitos; la puso boca abajo sobre la cama para que no se ahogara, con la cabeza hacia fuera y fue a buscar a su compañera, para que se hiciera cargo de ella o le ayudara a resolver el problema. Cuando la encontró, entre los dos sentaron a la niña en el plato de la ducha y, rápidamente, le echaron agua fría encima y él le dio unos cachetes en la cara para que reaccionara y se despertara. Empezó a balbucear algunas palabras, abrió los ojos, los miró sin saber quiénes eran.

A partir de aquí lo que me contó es algo confuso, y no sé exactamente si pasó así o no, porque mi amigo X no es mentiroso, conmigo no, pero la realidad o su afición a las mujeres le pudo jugar una mala pasada. Y es que su compañera Catalina empezó a desnudar a la niña Lucía para lavarla y acostarla y a él lo mandó que buscara en el equipaje de la niña una muda limpia. Yo me imagino a mi amigo, con lo golfo que es, rebuscando entre aquella mochila esas ropas de tallas incomprensibles para él con olor a perfume de adolescente y gominola, cogiendo esas braguitas, la blusa, los pantalones del pijama… Cuando volvió al cuarto de baño donde estaba Catalina con Lucía, se encontró a la niña ya desnuda y se asustó, porque su compañera le pedía que la sujetara para lavarla, y él no quería ni tocarla para evitar que la alumna lo denunciara por haberla visto y tocado sin ropa. Me imagino la situación, más o menos, la compañera pidiéndole ayuda y él queriendo apartarse, pero sin poder dejar de mirar de forma hipnótica a Lucía.

—Mira, Cati, mejor busco a una compañera de Lucía para que te ayude. Yo no debo estar aquí dentro con una alumna menor de edad en ese estado y sin ropa. Me la estoy jugando…

—Venga, hombre, que solo es un momento, sujétala mientras la enjabono rápidamente, la enjuago y la seco. Y ya está. No tardaremos nada, en un instante estará Lucía durmiendo la mona en su cama, con su pijama limpio, y nosotros nos podremos ocupar un poco también de los otros borrachos…

—No sé… A lo mejor se acuerda luego de que la he visto desnuda.

—Venga, que tenemos que acabar esto pronto, que hay más borrachos armando follón en las habitaciones, ¿no los has escuchado en el pasillo? No me vas a decir que te vas a escandalizar a estas alturas al ver a una chiquita sin ropa. Un tío como tú… Lo que tienes que hacer es sujetarla sin mirar, mientras yo la lavo rápido y le pongo el pijama.

El muy inocente lo hizo, sujetó a Lucía y, a pesar de las circunstancias, tuvo que impresionar mucho el cuerpo de la niña a mi amigo, por lo que me contó en un correo electrónico:

… mientras mi compañera la enjabonaba, yo no quería verla, así que volvía insistentemente la vista a otro lado, a los azulejos de la ducha, a la taza del váter, al espejo del lavabo, para volver otra vez a fijarme sin querer en el cuerpo menudo y apretado: los pies sutiles y menudos; no debiste mirarla; los brazos delgados y perfectamente torneados; no debiste mirarla; toda aquella piel suavísima, clara, moteada de levísimas pecas que añadían a su piel la gracia del desorden y el capricho; no debiste mirarla; la cintura estrechísima dando paso al arranque turgente de unos muslos delgados y vigorosos; no debiste mirarla; el leve vello púbico pelirrojo saliendo del cruce delantero de los muslos; no debiste mirarla; el piercing atravesando agresivamente la ternura de su ombligo; no debiste mirarla; la espalda ligera y esbelta, con su columna levemente hundida y elástica, rematada por abajo en dos certeros hoyuelos; no debiste mirarla; los pechos redondos, pequeños y perfectos, de piel más clara y suave; no debiste mirarla; el cuello delgado con una leve marca roja que no entendía yo de qué era y los hombros por donde asomaba el final de una frase escrita con grandes letras góticas que tenía tatuada, cubriendo la parte superior izquierda de su espalda; no debiste mirarla; la pequeña media melena rizada, porque tenía media cabeza rasurada, doblemente pelirroja cubriéndole media cara, el cuello, y parte de un pecho; no debiste mirarla; la cara con los labios delgados y la pequeña nariz en la que brillaba un pequeño aro metálico lateral; no debiste mirarla; la oreja izquierda, de cuyo lóbulo rosáceo pendía medio aro negro y otro plateado; no debiste mirarla; y, por fin, esos ojos cerrados que yo trataba que ella abriera dándole algunos cachetes en la cara, para evitarque se durmiera, y que cuando los abría, eran entre verdes y marrones asustados. No debiste mirarla, no debiste mirarla pero la miraste toda entera detenidamente en su desnuda e indecorosa postura de abandono.

Entonces, mientras mi amigo X sostenía a la chavala, Catalina se levantó para buscar una toalla que le hacía falta para terminar de secarla, el desgraciado levantó la cabeza, que se negaba a separarse de forma irresistible de la desnudez de Lucía y se encontró con que su compañera de habitación, la alumna Carmen, los miraba atentamente, no se sabe de dónde coño había salido, y tenía en la mano un flamante smartphone Android Samsung Galaxy de ultimísima generación, con una cámara de yo no sé cuántos megapíxeles.

4

Luego, con la niña Lucía ya aseada, vestida con su pijama y descansando en su cama, mi amigo fue a emborracharse a un bar de al lado del hotel con la imagen amenazante en la conciencia de aquella alumna sosteniendo el móvil sospechosamente en su mano. Carmen, precisamente aquella alumna ansiosa de protagonismo a la que suspendió sin piedad el curso anterior sin saber que, unos meses más tarde, el destino y la tecnología le darían la oportunidad de vengarse de él. Al poco tiempo se le unió en el bar su compañera de Latín, ya localizados y controlados todos los alumnos en sus habitaciones. Ambos discutieron un poco porque ella le había querido dar a los alumnos más libertad de entrar y salir y él sabía que eso era muy peligroso y que podía pasar lo que pasó. Discutieron poco porque ambos eran amigos desde hacía tiempo y porque ya se conocían desde hacía muchos años y habían intimado mucho, pasando ciertas barreras, sin dejar nunca de tratarse. Los dos estaban desolados porque sabían que si Carmen la había hecho, esa foto podía costarles cara a los dos, especialmente a él.

Catalina era mujer de baja estatura, cuarentona y de hermosas curvas, con el pelo corto y rizado de color castaño. Ambos se tomaron varias copas juntos para relajarse del trajín de recoger alumnos borrachos. Cuando ya iban a cerrar el bar, ella le insinuó que por qué no se tomaban la última en su habitación. Mi amigo recordó sus curvas potenciadas por el agua de la ducha, pero estaba tan chascado por todo y tan pasado de copas ya, que prefirió irse a dormir solo con el recuerdo de la desnudez de Lucía. Así me lo escribió él esa misma noche en un correo electrónico:

… si Lucía hubiera estado sobria y serena, no le hubiera gustado que yo la hubiera sostenido desnuda entre mis manos; si Lucía hubiera estado cuerda y serena, no le hubiera gustado que yo la hubiera visto hecha un guiñapo, sucia de tierra y vómito, con los brazos, las piernas y la cabeza en posición de abandono. Sin ella quererlo, ¿sin yo quererlo?, asistí al espectáculo de la intimidad no compartida y guardo ese recuerdo en mi memoria. A veces la soledad adopta curiosas formas. Y me impresionó mirar la belleza de sus formas descuidadas. No era culpa precisamente lo que yo sentía, sino una atractiva imagen de perfección que no quería borrar de mi mente por nada del mundo.

5

A la mañana siguiente, domingo, sonó su teléfono móvil. Eran las ocho de la mañana y apenas llevaba una hora y media de sueño. Del aparato salía la voz airada y autoritaria de Miguel, el director del instituto, que siempre tenía aires de señorito andaluz, incluso cuando se cabreaba. Y a su cabeza resacosa le gritó que qué había pasado en el viaje, que acababa de llamar la presidenta de la Asociación de Padres y Madres, el HAMPA, hablándole de que la madre de Lucía y otros padres amenazaban con denunciarlos a él, al centro y al mismísimo lucero del alba, que qué significaba esa foto en la que él estaba… Mi amigo dejó el teléfono hablando solo. No necesitaba escuchar más.

Las normas no escritas de urbanidad más elementales en los países civilizados mandan que ningún profesor permanezca ni un segundo en la misma habitación en donde una alumna suya menor de edad esté desnuda. Y él incumplió esa norma. Carmen los fotografió con su teléfono móvil. En la foto aparecía el muy pardillo sujetando el cuerpo desnudo de Lucía, su cabeza sobre la de ella, sin dejar de mirarla. En cuanto Carmen se quedó sola con Lucía, pensando en las múltiples posibilidades sociales que se le abrían con el asunto, envió inmediatamente la foto mediante WhatsApp y SMS a todos los números que tenía en su agenda. Ni siquiera se molestó en sobornar primero a su profesor, en tratar de comprarle una buena nota o lo que ella hubiese querido con un buen chantaje. Solo quería ser la cotilla número uno, destacar de cualquier manera en el reality del instituto y tener al menos su día de gloria, siendo mil veces reenviada y retuiteada.

6

Entonces mi amigo se duchó con agua fría, se vistió precipitadamente y se dirigió resacoso a la habitación de Catalina. En cuanto esta le abrió la puerta empezó a gritar y a hablarle alterado, mientras entraba:

—¡Sabías que esto iba a pasar! ¿Ya has visto la foto, verdad?

—Sí, me la mandó Miguel por WhatsApp. Apareces con Lucía, cogiéndola desnuda, mirándola.

—¿Y ahora qué voy a hacer yo? ¿Qué hago con esa foto? ¡Yo no tenía que haber estado allí…!

Y se sentó en una esquina de la cama, tapándose la cara entre las manos y haciendo el amago de echarse a llorar:

—Mira que te dije que era un lío que yo me metiera allí con esa niña desnuda, y tú que si yo era un cobarde, que iban a ser menos de cinco minutos… ¡Y una mierda! ¿Y ahora qué hago? ¡Esa foto me va a echar de la enseñanza!

Y Catalina trataba de consolarlo, diciéndole lo que podía: Que no te preocupes, que yo contaré que estabas conmigo ayudándome, que seguro que la cosa no tiene recorrido de ningún tipo, que yo diré a la madre o a los padres que estábamos ayudando a la hija, que se había puesto muy mala, que tú estabas colaborando conmigo en lo que yo te mandaba, que si qué mala suerte que para un momento en que me despisto para buscar una toalla, va y llega Carmen con su teléfono móvil…

Y la verdad es que, viendo esa foto, quién iba a creerse que él estaba ayudando a ducharla sin querer meterle mano a un cuerpo tan hermoso… ¿Qué es lo que mi amigo estaba haciendo allí realmente?, me pregunto yo sinceramente… Porque él es un encantador de serpientes, y a mí me ha contado una cosa, que si estaba ayudando a su compañera a lavarla porque se había puesto hecha un asco de vómitos, que si la niña estaba muy mala, pero vete tú a saber lo que hacía él metido en esa foto con esa chiquita desnuda, conociendo lo que era él con las mujeres.

Según me dijo, discutió con Catalina, ella trató de consolarlo y de calmarlo inútilmente, hasta que él explotó de nervios y de resaca, se levantó y, mientras caminaba hacia la puerta sin volver la cabeza, dijo en voz alta de forma casi indiferente:

—Queda suspendida la excursión, nos volvemos inmediatamente al pueblo. Voy a avisar a los alumnos y al conductor del autobús. ¡Al carajo todo, Cati!

7

Me imagino la escena de vuelta. La foto de Lucía desnuda con su profesor de Lengua sujetándola y sobándola como una especie de madre dolorosa ensimismada corrió por el hotel, por el autobús de vuelta, y luego por los móviles de todos los familiares de los alumnos y sus amigos y sus parientes de la comarca y de la provincia. Si la excursión había comenzado el sábado, el domingo ya estaban de vuelta. El autobús estaba lleno de alumnos resacosos o casi directamente borrachos que cuchicheaban entre sí. Catalina sentada al final del autobús y mi amigo al principio. Los móviles echando humo de tantos mensajes. Nadie hablaba. ¿Y qué podría pasar por la cabeza de la niña Lucía al verse desnuda en ese estado, al saberse vista así por todos? Lucía, con el mal cuerpo de una espantosa resaca y con la conciencia sucia de su desnudez, con la foto de su culpa y sus vergüenzas publicadas a los cuatro vientos, sin atreverse a mirar a nadie ni a moverse siquiera. Y entonces mi amigo, según me contó, la miró de reojo y de forma interpuesta a través de su reflejo en los cristales de las ventanillas del autobús. Ella, sabiéndose vista por él, por todos, le devolvía la mirada avergonzada y deprimida, una mirada de amargura y de querer que se la tragara la tierra. Sus ojos, según me dijo, encontraron un par de veces la forma de unirse en un gesto fugaz de complicidad. Él tenía la sensación entonces de que en el autobús de vuelta realmente solo viajaban ella y él.

En el área de servicio de Arahal, cerca ya del desvío para dirigirse al pueblo, se detuvo el autobús. Allí lo esperaba Miguel, el director del instituto, que lo bajó del autobús y lo montó en su coche. Quería sacarlo del grupo antes de llegar a su destino con los alumnos. Para evitar un linchamiento, según le dijo. Su compañera Cati continuó en el autobús hasta el pueblo con los alumnos. Y el director llevó a X a su casa de Sevilla. Lo bronqueó, lo reconvino. Que qué coño hacía él con una alumna desnuda en esa foto, que si la madre los iba a denunciar a ellos y al centro, que no apareciera por el instituto porque lo podrían linchar los padres, que si había prevista una manifestación para el lunes, que él ya sabía lo sinvergüenza que era pero no lo creía capaz de semejante acto, que si la imagen pública del centro, el escándalo... ¡La que se había montado! Todo…, todo estaba perdido.

8

Y claro, al truhan de mi amigo, que no fue tan truhan como para no dejarse atrapar por el móvil de la alumna aquella y que, vete tú a saber lo que hizo o dejó de hacer con la niña Lucía y que vete tú a saber si me contó la verdad o la media verdad o directamente la mentira pues, como digo, al truhan de mi amigo lo llamaron el lunes tres veces por teléfono. Y no eran llamadas de propaganda o de querer venderte algo, no, sino llamadas de las que duelen de verdad.

La primera fue la del director de su instituto, gritándole, sobre las ocho y media de la mañana, que no apareciera por allí, que tenía a los padres protestando a la puerta, que los alumnos se habían amotinado y no querían entrar en las clases y que la Inspección le acababa de decir que se pidiera una baja médica con algún pretexto hasta que ellos analizaran la situación, pero que si no conseguía esa baja, que ellos le abrirían un expediente disciplinario y le apartarían de las clases cautelarmente.

La segunda llamada era nada menos que de la Benemérita, de los picoletos, de la Guardia Civil de Utrera, sobre las diez, citándolo a declarar esa misma mañana al cuartelillo, por una denuncia que acababan de poner contra él por abusar de una menor.

Y la tercera, ay la tercera llamada, esa era la peor, de un número desconocido, pero seguro que la peor, y que no respondió por miedo a cualquier otro dolor imprevisto...

Y salió corriendo asustado no sin antes llamar a David Sánchez Rubio, el único amigo que aún le quedaba del instituto y que era el abogado que siempre le defendía cuando se metía en algún mal asunto del que no sabía salir solo.

9

Tras recibir aquella llamada, se dirigió asustado a la casa cuartel de la Guardia Civil, con el desamparo del individuo insignificante que se enfrenta a todo el aparato del poder. Allí estaba esperándolo su amigo David, que lo acompañó en todo momento. Cuando entraron en el cuartelillo, el guardia de puerta los llevó al comandante de puesto y este a un cabo que le tomó manifestación. Mientras el cabo escribía, mi amigo le contó todos los detalles de la película —sea real o inventada— ocurrida entre Lucía, su compañera Catalina, la alumna Carmen y él en aquella habitación del hotel. Si estaría asustado, que el cabo se apiadó de él y, con cierto gesto de condescendencia, le contó bajo cuerda lo que habían dicho los otros testigos la tarde anterior: la madre que puso la denuncia, la niña Lucía, la artista que hizo la foto y su compañera Catalina. Se enteró entonces de que había sido denunciado en el juzgado del pueblo por haber abusado de una menor aprovechándose de su estado de embriaguez, y que se había presentado como prueba una foto con la evidencia de los hechos.

También le dijo que se había formado cierto revuelo en el pueblo, que había habido una manifestación a las puertas del instituto de padres y alumnos. Y que a la Guardia Civil le preocupaba mucho la alarma social que había suscitado el asunto.

—¡La puta que me parió! —le salió de puro nervio reprimido ese insulto por los labios—. Perdone, se me ha escapado, es que no me esperaba esto… Pero no me refiero a nadie en concreto…

—Ya, ya… —le contestó escéptico el guardia civil.

—¿Cómo es ese delito? —le preguntó en voz baja y acercando su cabeza a la suya de forma cómplice.

—Agresión sexual y abuso de menores —contestó.

Después lo condujeron a una habitación en la que estuvo una hora esperando. Al filo de la una del mediodía entraron dos guardias, uno de ellos el sargento del cuartel que, de forma muy educada y correcta, le dijo que estaba detenido, que debía acompañarlos, junto con su abogado, al juzgado del pueblo y le colocó unas esposas. Me imagino su cara de sorpresa, de miedo, la sensación del tacto de las esposas, aunque le dijeran que no se preocupara, que era el protocolo para llevarlo a la jueza, algo rutinario, normal, sí, pero ya estaba prendido de un artilugio de metal a la maquinaria de esa cosa demoledora que se llama Estado.

10

Y a las dos de la tarde, delante de la jueza, junto a su abogado, respondió a varias minuciosas preguntas. De ellas y de lo que le había dicho el cabo que le tomó testimonio dedujo lo que en las diligencias policiales habían dicho la madre, Lucía, Carmen y Catalina: La madre, Lucía y la alumna Carmen habían contado contra el pobre ingenuo muchas más cosas de las que él habría querido o podido hacer esa noche. Y su compañera de Latín había tratado de exculparlo delante del cabo de la Guardia Civil lo mejor que pudo, dentro de unos límites, claro, porque no podía pasarse y faltar a la verosimilitud, no sea que la culparan a ella de mentir o de inventar las cosas. Que sí, que él trajo a la niña borracha, que la buscó para no estar solo con la niña, que ella le insistió para que se quedara ayudándola pero que, cuando ella fue a por la toalla y llegó Carmen con el móvil, ella no estaba allí para ver lo que hacía X con Lucía, que ella los dejó unos momentos a los dos solos. Cuando peor lo pasó fue por lo visto cuando la jueza le enseñó la foto. Se sintió humillado, preso de una injusticia, víctima de una cascada de casualidades y torpezas, de la mala fe de los demás... Por otra parte, la jueza era mujer inquisitiva, de armas tomar, muy profesional, perspicaz, capaz de ver incongruencias en los testimonios acusatorios y de leer entre líneas todos los entresijos del atestado, fuerte de carácter para conceder la condicional a pesar de la posible presión social y mediática de los padres y del lucero del alba. Cuando terminó de declarar, la jueza lo soltó, le dijo que ya se podía ir. Y mandó que le quitaran las esposas. La jueza no se fiaba ni de él ni de los denunciantes. Lo dejó en libertad con cargos, que es mucha libertad en este país, a la espera del juicio, mientras se hacían todas las diligencias judiciales que ella ordenara para esclarecer los hechos, imputado por un presunto delito de abusos sexuales a una menor. Podía ir a donde quisiera pues la jueza no consideraba que debiera tomarse ninguna medida cautelar que restringiera su libertad, simplemente debía estar localizable y disponible mediante un número de teléfono.

Dos guardias civiles lo llevaron a su coche, porque tenían miedo de que algún padre o persona del pueblo lo reconociera y lo pudiera insultar o agredir, y el sargento le recomendó amablemente que no apareciera mucho por Utrera en los próximos días, hasta que se calmara el ambiente.

En el bar de carretera donde se tomaron una cerveza, David, su abogado, le informó claramente de lo que había:

—De la ley orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal, creo que tu delito corresponde con el artículo 181.

—¿El 181? ¿Y qué dice ese artículo?

Y empezó a leer en la pantalla del móvil:

—«El que, sin violencia o intimidación y sin que medie consentimiento, realizare actos que atenten contra la libertad o indemnidad sexual de otra persona, será castigado, como responsable de abuso sexual, con la pena de prisión de uno a tres años o multa de dieciocho a veinticuatro meses».

La cerveza se le fue por el otro lado, empezó a toser.

—«A los efectos del apartado anterior, se consideran abusos sexuales no consentidos los que se ejecuten sobre personas que se hallen privadas de sentido o de cuyo trastorno mental se abusare, así como los que se cometan anulando la voluntad de la víctima mediante el uso de fármacos, drogas o cualquier otra sustancia natural o química idónea a tal efecto».

Y terminó con:

—«La misma pena se impondrá cuando el consentimiento se obtenga prevaliéndose el responsable de una situación de superioridad manifiesta que coarte la libertad de la víctima».

—¡Qué barbaridad! ¡Cómo voy a abusar de una alumna que tenía una borrachera tan grande, inconsciente, toda llena de vómitos...! —dijo X sorprendido.

—No tenías que haber estado en esa foto —le respondió David—. Si hubieras sido el recepcionista del hotel, un tío que pasara por allí, cualquier otro, no hubiera pasado apenas nada. Pero siendo su profesor… No tenías que haber estado en esa foto. Pero hay una cosa buena, no te acusan de violación, sino de abusos, aprovechando tu posición de autoridad.

—Si yo solo traté de ayudarla..., ¡me cago en la puta!

—Ya, pero eso ahora tendrás que demostrarlo. A ver cómo lo hacemos. Todavía es muy pronto. Esto acaba de empezar. Parece que tu compañera Catalina ha declarado a tu favor, diciendo que ella te insistió para que la acompañaras en la habitación asistiendo a la niña. Pero cuando ella salió a por la toalla, tú estabas solo. Y los testimonios de las menores, son de menores… Pero esa madre… Con un poco de suerte conseguiremos que no te condenen o que te condenen a poco. Pero tu trabajo…, no sé lo que pasará con tu trabajo.

—¡Mi trabajo se puede ir yendo a la mierda!

Y callaron un rato. Su abogado se fiaba y no se fiaba de él, pero lo quería desde los tiernos catorce años del instituto y lo defendería lo mejor que supiera, sin cobrarle nada, claro. Lo iba a necesitar.

Llegó a su casa pasadas las cinco de la tarde y cuando miró la pantalla del móvil, vio que había varias llamadas perdidas. Algunos eran números largos, de teléfonos públicos. La Delegación de Educación, el instituto, vaya mierda, pensó. Ya llamarían mañana otra vez. También vio una llamada de su compañera Catalina. Pero esa tarde, después de lo de las esposas y el juzgado, ya le daba lo mismo todo. O casi todo. Fue a hacerse un gin-tonic, que lo ayudara a dormir. Y vio en la pantalla cuatro veces repetida la llamada de ese número de teléfono que sonó a primera hora de la mañana y que no quiso responder, porque sabía que no traería nada bueno. Ese número, esa insistencia tenían algo preocupante. No debía llamar a ese número. Así que lo marcó… 620405115.

11

Algunas veces hacemos a conciencia lo que no debemos y hablamos con personas sin calcular las consecuencias que eso nos puede traer. Ponemos mal los cimientos de tal manera que lo que nace está defectuoso, truncado o tiene un ruido extraño. Una mala amistad, una mala decisión, un acto que no debimos realizar, conllevan luego una cadena de errores sucesivos hasta atascar el sistema. Mi amigo no debió nunca marcar ese número. Del móvil salió la voz delgada de una chica joven, la voz temblorosa de la niña Lucía, su alumna. Sintió miedo al escucharla, era una llamada inverosímil, casi imposible. Pero recordó su cuerpo, sus ojos… y habló con decisión.

—¿Sí? ¿Dígame?

—Lucía, soy X, tu profesor de Literatura. Vi que me llamaste.

Se hizo un silencio denso, se oía perfectamente la respiración de ella al otro lado…

—Estoy muy triste por lo que ha pasado, debes estar furioso conmigo, verás, yo… —Y se escuchaban unos sollozos y algunos ruidos guturales que no llegaban a palabras, de puro nerviosismo.

—Tranquilízate, Lucía, ¿cómo estás tú?, ¿has ido al instituto hoy?

—No, después de lo que pasó y de lo de la foto, no me he atrevido…

—Ya, ya lo sé. Yo estuve allí esta mañana, en el cuartelillo, y en el juzgado. ¿El domingo te han tomado testimonio en la Guardia Civil, verdad? ¿Qué les has dicho?

—Verás, me gustaría que nos viéramos y hablar despacio del tema…, ahora… por teléfono… no puedo hablar… Si quieres quedamos en Sevilla.

Su voz sonaba apagada y nerviosa, como si temiera que la escuchasen, alternando las palabras con silencios. Y sollozaba, estaba muy nerviosa.

—Vale, parque de María Luisa, en la glorieta de Bécquer, junto a la estatua del poeta, el miércoles que viene por la tarde, a las siete. Eso está cerca del Lope de Vega. ¿Te viene bien?

—Sí. Allí estaré —dijo con voz precipitada.

Hablar con Lucía era una locura. Por supuesto no se lo diría a su abogado, por lo menos ese día. A mí sí, claro, en la barra del bar es más fácil hablar, sobre todo si te preparan una buena copa. Pero verla era locura todavía mayor. Y recordó sus ojos mirándolo en el autobús a través del reflejo del cristal de la ventanilla, recordó su cuerpo desnudo y quedó con ella, con la certeza de que se lamentaría más tarde de esa cita. Le daba lo mismo: se sentía como un insecto que se acerca al fuego para quemarse. Y estaba dispuesto a arder del todo. Sin duda el deseo de la belleza es una enfermedad que anula la voluntad y lleva al ser humano a hacer lo que no debe. Y la moneda de su vida estaba cayendo por el lado de la cruz.

12

Y luego hizo otra llamada a otra de las perdidas que se había encontrado en su móvil: llamó a su compañera Catalina, la de Latín.

—Pues sí. Vengo del cuartelillo de Utrera, me han tomado testimonio, y del juzgado, de declarar ante la jueza. ¿Tú estuviste antes, verdad?

—Sí, yo estuve en el cuartelillo de la Guardia Civil ayer domingo por la tarde, poco después de llegar el autobús al pueblo. Estuve con la madre, con Lucía y Carmen. Como vi el ambiente muy tenso, no quise esperar a que me llamara la Guardia Civil, sino que me quedé para dar mi versión de los hechos.

—¿Y cómo estaba la cosa?, ¿qué dijiste?

—Pues la madre puso una denuncia, asesorada por el abogado del HAMPA, y estaba alteradísima. A mí me trató fatal y estuvo a punto de denunciarme a mí también. No paraba de gritar que era una injusticia lo que habíamos hecho con su hija. Que no solo la dejamos que se emborrachara, sino que le metiste mano, que eso era intolerable. Yo empecé contestándole que tú no le habías metido mano a nadie, pero como la vi tan alterada, la di por imposible y dejé que dijera lo que quisiera. Lucía estaba pálida, como muerta, sin apartar los ojos del suelo. De vez en cuando miraba a Carmen con muy mala cara. A mí me miraba con cara de vergüenza. Se levantó un par de veces para ir al servicio a vomitar. Y en cuanto a Carmen, estaba serena, como disfrutando de la situación, sin importarle las miradas amenazantes de la amiga.

—Joder, me van a crucificar. ¿Qué es lo que habrá testificado Carmen?

—Pues no sé. Cuando me llamaron a mí, dije al cabo que llevaste a la niña a su habitación, que me buscaste a mí, que me estabas ayudando a atenderla, que la niña estaba muy mal y que yo no me bastaba sola para quitarle la ropa y ponerle el pijama. Y que, cuando fui a buscar una toalla, en ese momento, te quedaste solo con ella y de forma inesperada entró Carmen con su móvil y te hizo la foto. Pero que tú estabas allí porque yo te lo pedí insistentemente, y que incluso me comentaste que la situación era muy comprometida para ti, como realmente ocurrió. Se lo dije bien claro. Y también le dije al guardia civil que era una poca vergüenza lo que había hecho Carmen con la intimidad de Lucía, comprometiéndote a ti también, que habría que poner límite de una vez a lo que hacen estos jóvenes, que salen de sus casas sin estar educados, con los móviles y haciendo todas las desvergüenzas que quieren en las redes sociales.

—Sí, pero le dijiste que me quedé solo con ella cuando fuiste a por la toalla.

—Claro, pero también le dije al cabo que estuviste solo con ella en la habitación hasta que me buscaste a mí… Eso es una evidencia. Si no lo digo puede parecer que quiero falsear lo que ocurrió…

—Ya…

Luego le contó su declaración ante la jueza:

—Pues te lo puedes imaginar. Fui con mi abogado, un amigo mío, me tomaron testimonio, me llevaron al juzgado esposado y la jueza me abochornó preguntándome cosas ignominiosas y enseñándome la foto. Un desastre, Cati. La jueza es poderosa, al final me dejó libre con cargos. Yo creía que iba a dormir en el calabozo esa noche…

No sé si esa mujer testificó en el cuartelillo en favor de mi amigo o por lo menos no en contra, o si se lo inventó él para exculparse ante mí y fabricarse así el personaje que yo le estoy escribiendo ahora. Pero tiene lógica que esa mujer testificara a favor de X, para justificar también lo que estaba haciendo ella en ese cuarto de baño, su trabajo de profesora honrada que se estaba desviviendo, junto a un compañero, por una alumna con problemas. Y para decir la verdad, su verdad. Posiblemente la declaración de su compañera Catalina fue lo que hizo que la jueza dejara a mi amigo en libertad provisional, hasta la celebración del juicio.

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DEL DIARIO DE LUCÍA titulado Diario de una rata.

(Lunes, 22 de octubre de 2012)

El sábado por la noche, en la excursión en Granada, me emborraché y X, mi profesor de Lengua, me recogió de un parque cercano al hotel. Luego me llevó a mi habitación y entre él y Catalina, la profesora de Latín, me lavaron y me acostaron. Pero mi compañera de habitación, Carmen, hizo una foto a traición con el móvil en la que yo aparezco desnuda con mi profesor y la ha mandado a todos sus contactos, que a su vez la han mandado a otros contactos, con lo cual esa foto ha corrido por todos los lados, mi foto borracha, sin ropa, hecha un asco, sentada en el plato de una ducha de la habitación de un hotel, junto a mi profesor de Lengua que me sujeta con sus manos y me mira. Cuento esto para que quede escrito en mi diario y yo lo relea muchas veces y, cuanto más tiempo pase, más veces lo relea y más veces me dé vergüenza lo que hice y no vuelva nunca nunca a emborracharme más. Porque me siento hecha una mierda, y mi cabeza va a estallar de resaca, de vergüenza y de pena.

Cuando me despertaron porque teníamos que irnos, busqué el móvil y vi un montón de mensajes, de wasapsy de llamadas perdidas de algunos compañeros y de mi madre. Y vi la foto horrible. Tardé un rato en darme cuenta de todo lo que había pasado y todo se me mezclaba en la cabeza como una nube negra: mensajes de mis compañeros, algunos burlándose de mí, de mi madre preguntándome que qué había pasado y diciéndome que la llamara, muchas llamadas perdidas de ella. Y yo sentía una gran impotencia porque solo tenía ganas de vomitar y de morirme, y la cabeza me quería explotar de un dolor horroroso y no podía llamar ni hablar por teléfono, porque me estaba muriendo. Y encima estaba allí Carmen, que me había hecho eso, con la que tampoco podía ni hablar porque solo tenía fuerzas para dar arcadas y caerme. Me enfadé mucho con ella, pero casi no pude mostrarle mi enfado porque estaba muy mal y encima ella era la que me estaba ayudando a vestirme, a hacer la maleta y a recoger mis cosas. No me he sentido peor en mi vida.

Luego, cuando pude, llamé a mi madre que estaba enfadadísima y que me preguntó si mi profesor me había violado o me había metido mano, que qué me había hecho. Y yo le dije que no me hizo nada, que no recordaba nada y que creo que me estaba lavando con Cati, la profesora de Latín.

Tengo vergüenza, no sé si podré salir a la calle porque todos cuando me vean recordarán mi cuerpo hecho una mierda en aquella ducha, y pensarán que me enrollé con mi profesor de Lengua. Siento una vergüenza terrible y una culpa por estar desnuda, por ser una mujer y tener un sexo y un cuerpo, vergüenza de vivir para que todos, cuando me miren, se rían de mí y de lo fea que soy. Y me avergüenzo de que X me viera como mi madre me parió, toda guarra y sucia de tierra y de vómitos, y que me tocara y me sujetara con sus manos.

La excursión se suspendió por culpa mía y, al volver al día siguiente al pueblo, mi madre y otras madres se enfadaron muchísimo y me llevaron al cuartel de la Guardia Civil, pusieron una denuncia contra mi profesor y tuve que declarar frente a un guardia que me preguntaba cosas y que escribía en un ordenador. Yo iba a decir que el profesor no me hizo nada, pero en realidad dije que no recordaba nada pero mi madre, que estaba enfadadísima, me obligó a decir que el profesor X me tocó y se aprovechó de que estaba borracha para abusar de mí. Que no me violó, pero sí me acarició y me tocó. Dije esto sin creerlo, porque me lo preguntaron y me lo pidieron y la cabeza me quería estallar de dolor y de remordimiento y de vergüenza.

Y la verdad es que no recuerdo nada y que creo que X no me hizo nada, salvo lavarme y ayudarme para que no me ahogara vomitando. Recuerdo que me dio unas tortas, que me pegó para que me despertara, eso le he dicho al guardia del cuartel cuando me ha tomado declaración. Y también recuerdo que sentía a mi profesor y a Cati como sombras protectoras. Pero no dije lo de las sombras protectoras.

Es lunes por la noche. Todavía tengo un dolor terrible de cabeza de la borrachera del viernes pero, sobre todo, siento mucha vergüenza de mí, de mi cuerpo y de mi comportamiento, y mucho remordimiento porque creo que a X le va a pasar algo malo porque he declarado contra él. Por eso, esta mañana llamé por teléfono a mi profesor, al teléfono que nos dio para el grupo de WhatsApp de la clase de Literatura Universal, lo llamé tres o cuatro veces y, por la tarde, él me devolvió la llamada y no supe qué decirle, pero he quedado con él en verlo y hablar en un sitio muy raro: en la glorieta de Bécquer del parque de María Luisa.

Siento mucha vergüenza porque me han visto desnuda todos los del instituto y me ha visto desnuda mi profesor. ¿Con qué cara voy a ir a clase mañana? A lo mejor tampoco voy. Hoy no he ido. No quiero ni acercarme al instituto. Quiero desaparecer antes de volver a ver a mis compañeros. He dejado de hablar a Carmen, la he borrado de mis contactos del móvil. Ya estaba sola y ahora voy a estar más sola todavía. Y encima me he enterado de que mi profesor de Lengua, que es de las pocas personas con las que hablaba y que me trataba bien, no fue hoy a trabajar al instituto y no sé si va a ir más, porque hoy los alumnos no han querido entrar para protestar contra él, porque se creen por la foto que me metió mano. Tengo miedo y siento una gran pena. Estoy sola, no puedo hablar con nadie. Estoy muy triste. Me quiero morir. Y encima he estado leyendo algo para consolarme y lo que he leído me ha puesto peor: el capítulo de Cien años de soledad en el que Pietro Crespi se corta las venas porque Amaranta lo rechaza.

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