Mañana, cuando yo muera - Manuel García - E-Book

Mañana, cuando yo muera E-Book

Manuel Garcia

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Beschreibung

Cuando Ángel Ganivet llegó a Helsinki en 1868 a ocupar su plaza de cónsul de España, no imaginó que iba a conocer a Mascha Diakovsky, su joven profesora de ruso, y que ese enamoramiento iba a marcar su vida de forma radical. Esta novela, que descubre al verdadero Ganivet, cuenta las andanzas del escritor granadino por San Petersburgo, Helsinki y Riga, su extraña vida diplomática, su cosmopolitismo, su tormentosa vida amorosa y su periodo de mayor creatividad, en un momento especialmente delicado para la historia de Europa.

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Seitenzahl: 354

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Índice

PRIMERA PARTE. LOS PAPELES DE LA CUEVA

Breve tratado de genealogía y heráldica

Madrid, Paris, Berlim, San Petersburgo, o mundo

Arte de cetrería

La nieve

El cónsul imposible

En donde se hace el retrato del protagonista

La justa medida del tiempo

En donde se hace el retrato de la antagonista

Breve lección de pintura

La clase de idiomas

Babel de jardín marchito

La higiene

No le toques ya más, que así es la rosa

And all men kill the thing they love

Como un gato entre petunias

En donde se hace el retrato de la otra

Hombre más apenado que ninguno

No te puedo comprender, corazón loco

Tous les matins du monde sont sans retour

Não seriam cartas de amor se não fossem ridículas

Las dos caras de la hoja de la navaja

Porque la pena tizna cuando estalla

Despedida sin adiós

En vano espero tu palabra escrita

Il faut toujours être ivre

Dos líneas paralelas que no van a juntarse más

En esos tus semblantes plateados

Malditas las palabras

Sabrás qué significan las Ítacas

SEGUNDA PARTE. DESDE UN LUGAR DE HELSINKI

Berlín no es la ciudad, es una herida

La lección de canto

Volverán las oscuras golondrinas

Assommons les pauvres!

Tristes armas, si no son las palabras

Cada Narciso se mira en el fondo de su vaso

Tristes hombres, si no mueren de amores

Es mi sangre la que destila por mi pluma

La muerte es rubia y no lleva guadaña

La interpretación de los sueños

Viva moneda que nunca se volverá a repetir

¿Qué sabes de las rojas amapolas?

Una morena y una rubia

No hay plazo que no se cumpla

Tierra. La despedida siempre es una agonía

Where did you sleep last night

El amor tiene plumas clandestinas

El médico me manda no escribir más

Es conveniente pasear al perro

La miel helada que la luna vierte

Merde pour la poésie

Entre tus azucenas olvidado

El mar, el mar, y no pensar en nada

Todas as cartas de amor são ridículas

Final de plata amargo

Post scriptum

Agradecimientos

Créditos

Para Eugenio Oneguin, en su cielo de Rusia.Para M.ª Jesús Casermeiro, terrenal y volcánica.

Mañana, cuando yo muera, ten esto bien claro, con una trenza de tu pelo rubio atarán mis manos.

ÁNGEL GANIVET(Versión castellana de M. García)

PRIMERA PARTE

LOS PAPELES DE LA CUEVA

BREVE TRATADO DE GENEALOGÍA Y HERÁLDICA

1

Desde una cueva remota de Galera, pueblo que no consta al mundo, escribo. Hace miles de años, nuestros antepasados de la cultura argárica habitaron estas cuevas. Seguramente ellos vivieron mejor que nosotros, sin internet, Facebook, Twitter, whatsApp, Instagram, Youtube, sin coches ni vuelos supersónicos, sin telebasura, teléfonos móviles, iPad, ebook y todas esas pequeñeces que atormentan el alma del ser humano contemporáneo. Queremos ser libres, pero vivimos en cuevas. Todo lo que no sea el vuelo del águila es vivir en una cueva. La cueva es el útero materno, el remordimiento de conciencia desde nuestra infancia, la excusa que nos permite seguir siendo seres de establo, animales de madriguera. Y al final de nuestros días venimos a parar a la cueva del nicho o de la fosa o de la urna que albergará la insignificancia de nuestras cenizas.

Aunque sea una cueva horadada en la ladera de una pequeña colina, en realidad es un apartamento funcional, con electrodomésticos, agua caliente y chimenea; con la ventaja de que se está caliente en invierno y fresco en verano. Nada como la tierra para conservar los cuerpos y las temperaturas. Entre la chimenea y la puerta hay una ventana que da al campo, bajo cuya luz está mi mesa de escritorio.

Estoy de paso, en realidad voy camino de Helsinki y de Riga, en busca de Ganivet. Me he pasado tantas horas leyendo su obra, imaginando a través de sus escritos y los testimonios de otros a ese personaje, que ya lo considero como algo mío. Y seguramente en el olimpo de los escritores que no están de moda, allí nos volveremos a encontrar y reconocer dentro de unos mundos. Algo turbio hay en él, que me impulsa irresistiblemente a buscarlo y a contar su vida. Algo que dirige mis pasos y mis palabras adonde no quiero. Y tengo la sensación de que, a pesar de haber nacido en siglos distintos, él en diciembre de 1865 y yo en diciembre de 1966, nos espera el mismo destino en lo personal y en lo literario. Y de camino al Báltico, escondido en esta cueva durante unas semanas, he decidido empezar a contar los últimos años de la vida de Ganivet y recordar los años de infancia y adolescencia en que yo viví por estas tierras altas. Hay algo que me viene de dentro y que me obliga a escribir, algo como una necesidad de volver al punto de partida, cuando era un niño, y vivía en el pueblo y el mundo no estaba todavía inventado, sino que empezábamos a crearlo nosotros. Estaré unas semanas aquí, recibiendo el consuelo del paisaje natal antes de abismarme definitivamente en las nieves del norte y del olvido.

Hasta ahora, mi vida ha sido tan vulgar que no merece contarse. Cincuenta años destinados a perderse en la nada: los estudios de Filología, la oposición, la rutina de un profesor que pasa por diferentes institutos, las ciudades y las mujeres de mi vida, los divorcios, la poesía, los distintos libros publicados, el insulso mundo literario... Vida calcada de otras vidas igual de vulgares en las que pocas veces se encuentra un rato de hermosura. Y la de Ganivet, qué vida brillante, qué manera de vivir a fogonazos.

Así que decidí parar mi tiempo, dejar las clases y hacer el viaje de este libro, que comienza ahora en esta cueva de Galera y que terminará en Riga. Es febrero de 2019. Soy de un pueblo cercano, que huele a leña mojada en el invierno y que sabe a vino tosco, de la cosecha anterior, en el verano. Por eso me gusta imaginar que mi origen humilde está, al margen de mis apellidos, en el agua limpia del regato, en el terrón honrado del bancal y en la brisa que mece por las tardes las alamedas. En esta madriguera podré encontrar el consuelo de la tierra. Porque en mi diccionario la cueva es el habitáculo desde donde se puede escribir de la libertad. Y Ángel Ganivet la amó verdadera y absolutamente.

2

Ángel Ganivet tuvo un origen humilde. Y junto a su origen, la suerte de un apellido raro y saltarín: Ganivet.

Desde finales del siglo XVII en que un francés procedente de Turena llegó a Cogollos de la Vega, en Granada, los ascendientes de Ganivet, los Pedros, los Juanes, los Antonios, fueron dispersando su raro apellido por las Alpujarras, hasta llegar a sus abuelos y sus padres. Su apellido fue tan ilustre como el pan que amasaban en su horno, pues en el horno de cocer pan de su abuelo, con su molino de harina, es donde nació Ángel Ganivet.

Ganivetes hubo reconocibles que lo precedieron y que ya anticiparon su raro ingenio. Se podría rastrear por las palabras el árbol genealógico del personaje: Gaignebe o Gaynebet, Gainivete, Cañivet, Gañivets: Ganivet. Curiosa metamorfosis la de las palabras, que se cambian de boca en boca con la facilidad de las opiniones o la frugalidad del sonido de la lengua materna, si tienen la suerte de ser libres sin que ninguna autoridad las atenace de miedo o las congele en la absurda norma de un diccionario. Las palabras no las inventan los filólogos, afortunadamente, ni los académicos ni esos vacuos prebostes de las letras. Las palabras las inventa el capricho del escribano o del párroco que anota erróneamente el apellido en un acta de bautizo, o el artesano o el labriego que las transforma mientras maldice al cielo por el mal tiempo, o la madre que las acuna mientras duerme a su hijito. Y corren y se moldean de boca en boca hasta parar en la forma perfecta que acaban teniendo, como el guijarro que es redondo a fuerza de que lo arrastre el agua del torrente y lo amuele o pulimente el polvo y los golpes del camino.

Ganivet. Canif, en francés: cortaplumas. Cañivete, en castellano antiguo: cuchillo pequeño. Ganivet, del catalán: cuchillo. En el origen de su apellido estaba ya todo lo incisivo de su vida.

MADRID, PARIS, BERLIM, SAN PETERSBURGO, O MUNDO

3

A Ganivet lo conocí como casi todos los estudiantes de nuestra generación, como un escritor de la generación del 98, algo raro y muy segundón literariamente. Más famoso por las excentricidades de su vida que por su obra. Por supuesto que sus mejores libros fueron excluidos del canon literario, como sus Cartas finlandesas, el más delicioso libro de viajes de la literatura española, o su original novela autobiográfica Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, sorprendente ajuste de cuentas que escribió en el Báltico, puesto ya el pie en el estribo. En España se leen los autores y las obras que interesan, no las mejores. Por eso el único libro que se conoce de Ganivet es su soso Idearium español, que la crítica franquista consideró fundamental, y por eso se asoció en los manuales de literatura los detalles morbosos del final de su vida con el desastre del 98, el dolor de España y todas esas vainas que a Ganivet le interesaron tan poco. Y la verdad es que yo no lo hubiera conocido ni lo hubiera leído más, si no es porque hace cinco o seis años un amigo, Virgilio, me encargó que hablara de la poesía francesa de Ganivet en un ciclo de conferencias de Granada. ¿La poesía francesa de Ganivet? No tenía ni idea de que hubiera escrito poemas en francés. Y yo dije que sí antes de conocer esos poemas porque no tenían a nadie que diera la conferencia y porque yo soy ese tipo de escritor que hace lo que le mandan, los trabajos difíciles que los escritores importantes no quieren aceptar o aceptan por mucho más dinero.

Al leer esos poemas franceses, me di cuenta de que había dentro un mundo fascinante de flores raras, con amores intensos y sombríos. Y lo que empezó siendo un trabajo rutinario de traducción y de filología, un compromiso que había que solucionar pronto para una conferencia de tres cuartos de hora o del tres al cuarto, se convirtió en una obsesión. Desde entonces, Ganivet me atrapó, estudié minuciosamente los detalles de sus últimos años de vida en Helsinki y en Riga, traduje y edité su poesía francesa y mi vida empezó a girar hacia no sé qué sitio inesperado, por donde ahora transito.

4

A Ángel Ganivet, en la Navidad de 1895, le notificaron en Amberes, donde ocupaba el puesto de vicecónsul de España, que acababa de ser ascendido por antigüedad y que debería presentarse antes de un mes a tomar posesión de su nuevo cargo: cónsul de España en Helsingfors —la actual Helsinki—, en el Gran Ducado de Finlandia, dentro del Imperio ruso. Hubiera querido tomarse antes unas vacaciones en Granada, o visitar a sus amigos de Madrid, pero le urgían a ocupar su nueva plaza, pues en el consulado de Helsingfors había muchos asuntos que resolver.

Una vez que recibió el viático o finiquito, o sea, la paga de mil doscientos francos de su vicesonsulado de Amberes, Ganivet se apresuró a ocupar su nueva plaza. En recorrer los más de dos mil kilómetros ferroviarios que separaban Amberes de Helsinki, tardó unos siete días, desde el 25 de enero hasta el 1 de febrero de 1896, con paradas en Berlín, para conocer la nueva capital alemana en un paseo frenético de un día, Königsberg, antigua capital de Prusia, y San Petersburgo, donde se entrevistaría con el embajador español de esa ciudad, del que debería recibir una serie de instrucciones. El barco era más directo, pero los hielos del Báltico impedían la ruta en esas fechas.

Ganivet llegó a Helsingfors en dos viajes diferentes: primero desde Granada hasta Amberes: Granada, Bobadilla, Bailén, Madrid, Irún, Burdeos, París, Bruselas, Amberes; luego desde su consulado de Amberes hasta su nuevo destino: Berlín, Königsberg, San Petersburgo, Helsingfors. Y los siete días del segundo viaje los ocupó entre los compartimentos de primera, vagones restaurante y coches cama, los trasbordos entre trenes, las visitas fugaces que haría durante el viaje con noches de hotel incluidas, los cruces de frontera y las esperas en las cantinas de las estaciones.

Los vagones de primera tenían cómodos compartimentos de madera con lujosos asientos acolchados y finos visillos de encaje en los cristales; y el coche cama ofrecía una enorme comodidad, a pesar de la insana contingencia de la estrechez, del pestilente olor a chamusquina, sobre todo en los túneles, y del traqueteo continuo. Además, la vida social viajando en primera clase se prestaba siempre al galanteo y a la demora del paisaje, con la sucesión de pueblos, cortijos y haciendas rurales, de árboles y el tableteo del hilo del telégrafo. La noche ayudaba a dormir y a olvidar la eterna sucesión de tenues luces.

Le mezcla y profusión de lenguajes distintos fascinaba al nuevo cónsul. Durante el viaje tuvo la ocasión de abordar a una joven francesa, Juliette, compañera de compartimento, a la que acompañó cortejándola desde Lyon hasta Berlín y que le sirvió para practicar su francés y para conocer detalles de la vida parisina. Le entristecían las fronteras. En su viaje desde Amberes tuvo que pasar dos: la de Prusia y la de Rusia. Su pasaporte diplomático era una llave que abría casi todas las puertas. Pero sabía que Europa se desangraba por el problema de las nacionalidades y también sabía algo que había aprendido en sus viajes: los soldados de cualquier causa o nación, bajo el chirrido de los himnos y el flamear de las banderas, solo aspiraban a terminar su servicio para volver a sus casas e incrementar su familia.

ARTE DE CETRERÍA

5

Pasear por el campo helado de febrero en un sitio como Galera tiene de bueno la evidencia de la ruralidad absoluta, tan difícil ya de contemplar para un poeta como yo que vive siempre enredado en el tráfago de las ciudades. Se oye la lengua del agua de las acequias, mansa y transparente, se percibe el rumor del aire en las ramas esqueléticas de los almendros y se adivinan nevados los perfiles de los montes remotos. Los bancales están removidos y helados, aireándose, limpiándose con el agua y con la nieve, esperando el próximo beso acariciador de la semilla. ¡Qué hermosura esta soledad del campo en invierno, cuando sus dueños se ausentaron de él!

A romper esa soledad vine yo, cuando me asomé sigiloso, atraído por el ruido de tres buitres que estaban dejando limpio y escamondado el esqueleto de un pequeño burrito, mal atado e injustamente abandonado en la era, seguramente por viejo o incapaz, al que solo le quedaba ya reconocible la cabeza completa. Los buitres hundían su áspera cabeza en las entrañas del animal y sacaban con facilidad lo blando, casi con la percepción reciente del latido de la carne dañada, mientras espantaban a los cuervos y a otras aves carroñeras menores con algún amenazante graznido. De vez en cuando, alguno levantaba la cabeza, estiraba el cuello para regurgitar algún pedazo de carne, alcanzando con ese gesto épico una altura de casi dos metros. Al descubrirme, los tres buitres alzaron el vuelo majestuoso, en dos o tres aletazos violentos, tomando leve carrerilla y haciendo crujir el mecanismo eficaz de sus alas, para elevarse con la elegancia de la perfección aerodinámica hasta dejarse mecer por la corriente de aire, ya sin esfuerzo alguno. Nada más sorprendente y terrible que el despegue del buitre. Y entonces se acercaban los cuervos, las urracas y otros pequeños carroñeros a terminar de limpiar rosigando y lijando con las cuchillas pequeñas de sus picos lo que forraba todavía los huesos de la presa y las partes minúsculas de la cabeza que los buitres no se habían molestado en extraer. Asusta la normalidad con que el campo incorpora la muerte a sus mecanismos regeneradores. Y pensé que, como afortunadamente la naturaleza no pude prescindir del espectáculo de la devoración, más vale pertenecer, como Ganivet, a la estirpe de las grandes rapaces, antes que a la de las aves menores.

6

Ángel Ganivet procedía siempre de la misma manera. Viajaba solo y de forma discreta. Cuando llegaba a una ciudad en la que iba a pasar algunos días, lo primero que hacía era vestirse de forma impecable, comprar un periódico local y sentarse a leerlo en algún café. Las noticias de política nacional o internacional, las guerras como la de Cuba, las columnas de opinión de escritores ilustres le interesaban más bien poco. Lo que primero buscaba en un periódico era la sección final de pequeños anuncios, donde se captaba mejor el pequeño detalle de la vida de cada ciudad. Y la vida de la ciudad para Ganivet era la multitud de lindas jóvenes que ofrecían sus servicios de enseñanza del idioma nativo en sus respectivas ciudades. A Ganivet, tal vez la persona más ensimismada y poco comunicativa del mundo, le apasionaban los idiomas o, mejor dicho, las clases de idiomas, porque a través de ellas podía acceder al hondo caudal que una mujer esconde dentro. Cuando había seleccionado dos o tres anuncios que su intuición consideraba fiables, procedía a visitar en la hora anunciada los lugares y las chicas de sus clases de idiomas.

Si una chica, a finales del XIX, tenía que tomar la difícil decisión de trabajar dando clases de idiomas, era porque la vida se le había torcido de forma inesperada. Solían ser jóvenes viudas sin dinero o madres solteras, buenas lectoras, que habían tenido la ocasión de formarse y que inesperadamente veían su existencia estancada por una situación precaria y, al mismo tiempo, digna, con necesidad de guardar la apariencia. En una gran ciudad siempre había viajeros que necesitaban para sus ocupaciones dominar la lengua local y que solicitaban sus servicios para dar clases de conversación.

Sus «profesoras» veían en ese hombretón sureño y algo desgarbado un importante partido para sus vidas. Después de las clases, él las invitaba a tomar café y pasteles o a comer o a pasear, o a algún espectáculo con la excusa de la práctica del idioma en aquellos lugares finos y discretamente caros donde ellas no podían entrar habitualmente por falta de dinero, y sí las otras que habían tenido más suerte en la vida. Y las invitaba y las halagaba con descaro hasta que conseguía toda la intimidad que deseaba, de la que él sabía disfrutar como pocos. Luego se iba a otra ciudad o a otras mujeres de la misma ciudad, porque Europa estaba llena de jóvenes con cuerpos que eran una promesa de nuevas experiencias, y él era diplomático, y sabía vestir y estar y hablar y tratar a cada una de la forma más conveniente, sin miedo al fracaso.

7

A Francisco Navarro LedesmaParís, 12 de julio de 1892

Querido Paco:

... Debo yo comenzar hablando de mujeres (...) he conocido un millón al pasar y de este millón he elegido solo dos para mis experimentos, pero con tal tino y destreza que creo haber tropezado con dos tipos o patrones de mujer parisién (...). Hay un número inmenso de mujeres que asaltan; esta es la canalla que siempre sobra y con la cual toda operación tiene carácter mecánico; las mujeres que valen se hacen un poco de pieza y hay que buscarlas ya siguiéndolas con arreglo a la táctica universal, ya pasando por el trámite del afianzamiento como fórmula; y de las honestas no digo nada porque no he tratado a ninguna (...). Mis dos sujetos o sujetas son, la primera morena de pelo muy negro y ojos verdosos, de buena talla y bastante gancho; la segunda rubia, de cutis blanquísimo, pequeña y con todo el corte de la mujer trabajadora (...). Mademoiseille Renée tiene gustos desordenados y anda más que en tren. Tiene especial placer en hacer gastar dinero, aunque sea sin provecho propio, rasgo distintivo de las mujeres de aquí; parece que están secretamente apalabradas para sostener el jaleo parisién y se puede asegurar que el cincuenta por ciento de los cafés y brasseries, de los espectáculos, de los carruajes, etc. vive merced a esta gente. Tiene además la particularidad de ser una indecorosa por todo extremo; goza haciendo tonterías en público, porque aquí están permitidas, salvo el coito, que hasta ahora no se efectúa en público (...). Después de todas las operaciones preliminares, que consistieron en gastar algunos francos en cerveza y coche, nos fuimos al Grand Hotel du Nord (...). Mademoiselle Bertholet tiene gustos modestos y es económica en todo, hasta en el uso de la palabra; esta no quería bocks, ni voiture, ni théâtre; pero pidió que le comprase una caja de pastillas de jabón y un frasquito de esencia; dimos un gran paseo, yo siempre procurando aprovechar todas estas ocasiones en pro de mi educación lingüística; después fuimos al hotel Valenciennes y pasamos un buen rato, porque esta joven no es muy aficionada a quedar fuera de casa. Gasta fajas, dobles camisas, una corta y otra larga, y pantalones; todo su atavío desde el sombrero hasta el calzado denota no estar hecho a propósito para este género de combates. Otro detalle es que esta no exige dinero y se contenta si le dan alguno. Después que salimos del garito nos encaminamos al Molino Rojo, un centro de baile donde se hacen cosas inauditas. (...). Cuando clareaba el nuevo día sin haber podido coger el sueño (...) notó mademoiselle Renée Block que yo me rascaba un poco más de lo que fuera conveniente y de pronto, tocándome en la frente con el índice, abriendo desmesuradamente los ojos, dejando caer el labio inferior y haciendo en suma todos los movimientos que preceden y acompañan al terror, exclamó con entonación trágica «tu as des petites bêtes». Sentí yo una inundación de risa invadir todo mi cuerpo y protesté como un inocente de la inculpación. Siguió a esto un ligero examen de los lugares en que la pequeña fauna se desarrolla, pero la fortuna quiso que se hubiesen derramado en el lecho algunas partículas de tabaco de un cigarrito que yo galantemente había ofrecido a Renée, y el tabaco explicó satisfactoriamente la situación, y todo quedó en una balsa de aceite...

Ganivet disfrutaba dos veces de sus aventuras amorosas, una viviéndolas y otra escribiéndoselas a sus amigos. Como el entomólogo que persigue, captura, diseca y colecciona insectos; como el botánico que ordena y completa las distintas secciones de su herbolario, así Ganivet elaboraba mentalmente el gran catálogo de las mujeres del mundo occidental. ¿Qué buscaba en el cuerpo de cada mujer? La cueva, el abismo. En la respiración confiada, en el olor de la piel, en el tacto del cabello, en el roce de las prendas interiores que él ayudaba a quitar parsimoniosamente o en el leve sonido de un pecho cálido en su mejilla, Ganivet se abismaba por ensoñaciones placenteras, cuyo recuerdo posterior animaba y daba sentido a su vida, y le hacía percibir cada instante y cada sensación como si fueran eternos. Había un intento de volver al útero materno, un impulso de muerte a través del otro cuerpo, del que él se apoderaba como si fuera la primera y única vez del mundo en que un hombre había iniciado la ardua tarea de conocer a fondo un cuerpo ajeno. De tal manera, que ocurría la siguiente contradicción: alguien tan libre como Ganivet se sentía continuamente enviciado y atrapado en la sal de otro cuerpo.

8

A Le cygne blanc, que era un discreto establecimiento de la calle Sainte-Anne, entró Ganivet una tarde de noviembre de 1893. Había venido a París desde Amberes a hacer varias gestiones, entre otras la de buscar un piso de alquiler. Y decidió volver a ese burdel que tanto le gustaba por lo discreto y por la calidad de sus mujeres. El de la calle paralela, el famoso Chabannais, no le gustaba tanto porque solían entrar famosos con su acompañamiento y no se estaba tranquilo dentro debido al revuelo que rodea a la gente importante.

En la recepción de Le cygne estaba madame Claudel que, cuando lo vio llegar, se adelantó a saludarle.

—Bienvenido, señor Ángel. Me alegra verle de nuevo. ¿Cómo va todo?

—Bien, bien... —contestó seco Ganivet, que no era amigo de muchos preámbulos.

—¿Desea tomar algo? ¿Le traigo su copita de pastis?

—Bueno, un pastis.

Y dando una palmada, pidió la bebida en voz alta, cogió a Ganivet por el brazo y lo acompañó a la sala contigua, donde había sentadas cinco mujeres de muy buen aspecto, entre los veinte y los treinta años, bien maquilladas, vestidas todas ellas con ropa ligera de fiesta y fina lencería, muy escotadas, con medias y ligueros, zapatos de tacón y leves tocados en la cabeza sobre cabellos recogidos con trenzas. Algunas fumaban largos cigarros con boquilla. Ganivet se sentó junto a una mesa pequeña, en donde una camarera, también de ropa corta y piernas largas, puso un vasito de pastis y comenzó lentamente, mientras le acercaba el escote a la altura de la cara, la ceremonia de verter el agua de un jarrito en el aguardiente, hasta conseguir una mezcla blanca perfecta. Cuando se fue la camarera, se acercó madame Claudel.

—¿Qué chica le gusta más al señor? ¿Desea que le presente alguna?

—¿Está Anne?

—El señor me va a perdonar, pero Anne no se encuentra en estos momentos...

—Vaya... ¿Cómo se llama esa pelirroja, la del vestido de tirantes?

—Justine, ven aquí, el señor desea hablar contigo...

Justine, que era una pelirroja de pechos voluminosos y cintura estrecha, se sentó a su lado y Ganivet estuvo un rato hablando con ella. Esta conversación previa la valoraba mucho porque, aparte de conocer a la chica y calcular las habilidades que ella tenía guardadas para él, le ayudaba en su aprendizaje idiomático del francés. Tras unos diez minutos de conversación, acabado el pastis, Ganivet y Justine se levantaron y entraron a un pasillo camino de la habitación de la chica.

Desde aquella Juana incansable de la tropa humana, que lo desbravó a los quince o dieciséis años en una esquina de la calle Ballesteros de Granada, Ganivet nunca dejó de practicar el hábito de los burdeles en ninguno de los lugares de su paso. Por supuesto él nunca iba a los burdeles de las ciudades donde trabajaba. Allí se conformaba solo con profesoras. Y París era siempre la ciudad amable propicia para este tipo de aventuras.

Aunque Le cygne era una excepción, a Ganivet no le gustaban mucho los burdeles de la burguesía. Tenían demasiada vida social. Podía ocurrir que coincidieran en uno de esos lugares un ministro y el cabecilla de la oposición, un jefe de la policía y el delincuente al que buscaba, un periodista satírico y alguna de sus víctimas, o un peligroso nihilista y el militar de alta graduación al que tenía que asesinar al día siguiente, y todos se saludaban con la cara complaciente del animal satisfecho. Los actos de espionaje y contraespionaje, los asuntos de Estado y de embajada, los grandes negocios se solventaban antes en los lujosos salones del burdel que en las cámaras y despachos oficiales. Y se encontraban allí a veces mujeres cultas, inspiradoras de poetas y pintores, con verdadero glamour, que sabían enloquecer a sus clientes con otros encantos distintos a los de su propia humanidad, tocando el piano o instrumentos de cuerda con rara habilidad, cantando lieder y otras canciones, recitando versos o hablando con sus clientes de Nietzsche o Schopenhauer. Aunque también estaban las otras, las que podían hacer enloquecer con sus movimientos y sus arrumacos de gatas misteriosas al hombre más virtuoso y exigente.

A Ganivet le gustaban los populares, que visitaba frecuentemente. En estos había más variedad de mujeres y, sin el aparato social que tanto le molestaba, se comía, se bebía de forma franca y campechana, se fornicaba y se dejaba pasar el tiempo por poca cantidad de dinero. Tenían de malo que se notaba algo el paso de la humanidad sobre algunas chicas. A Ganivet le gustaba adivinar en estas flores marchitas, algo ajadas, la promesa de su anterior belleza. Y las trataba con una cortesía poco habitual que las ruborizaba, devolviéndoles con sus palabras el recuerdo de antiguas virginidades ya perdidas. En un burdel de Valencia, trató durante un viaje a una mujer llamada Paulina, que lo retuvo por lo menos una semana, enviciado como estaba con ella, haciéndole llegar con retraso a Barcelona. Otra vez, a una mujer de carnes morenas y rotundas, de rostro angelical y de hechuras de cierta buena crianza, que viajaba con él en un tren desde Granada a Madrid, la reconoció como del oficio, le acertó la mancebía de la calle Preciados en que trabajaba, y la invitó a ir con él a su casa, en donde se alojaría, junto con su mujer, Amelia, hasta buscarle una solución y sacarla del atolladero en el que, por culpa de un mal hombre, había caído. Eso le ocasionó algunos disgustos domésticos, pero consiguió que un estudiante amigo suyo se interesara por ella y la sacara de la prostitución.

Siempre viajaba pendiente de las prostitutas. En cualquier sitio en que estuviera, en los lugares de sus viajes y sus trabajos siempre era sensible a esas obreras del sexo, que la burguesía, cuando ya las había gozado, arrojaba a la cuneta, para que algunos novelistas como Galdós, como Zola, o como López Bago y Baroja se interesaran por ellas, como un médico se interesa por la evolución de una enfermedad. Por otra parte, siempre que veía a una mujer, en cualquier sitio, de cualquier edad, de cualquier condición civil o social, Ángel Ganivet tenía la obsesión de imaginársela como si fuera una prostituta y de desnudarla con la mente, adivinando los roces secretos de sus formas y sus prendas de vestir e imaginándose sus gestos de placer. De cualquier ciudad nueva a donde llegara, le interesaban los burdeles, su localización, su funcionamiento, el tipo de mujeres que había dentro. Y no sabía vivir al margen de esas fantasías.

Lo que Ganivet buscaba en el cuerpo de las mujeres era el secreto que guardaban dentro. Cada una tenía el suyo y él se esforzaba en descubrirlo en uno o, como mucho, dos encuentros. Era ese momento de debilidad en que la mujer se abandona, ese instante de magia en que el cuerpo tiembla y no es dueño de sí mismo. Era la muerte, la fascinación de la muerte en la dejación de los sentidos lo que Ganivet trataba de aprender en la vibración de otro cuerpo. El encuentro con su propia muerte en mil mujeres repetido.

9

Cuando a partir del 1 de febrero de 1896 ocupó su plaza en Helsingfors, a medida que se iba estableciendo, le sorprendió no encontrar allí burdeles. La mujer en Finlandia ocupaba una situación muy parecida a la del hombre, era tan libre como él, y no se requería el uso de la prostitución ni estaba bien vista. Se añadía a esta complicación la de que Helsingfors era una pequeña ciudad, de unas setenta mil almas, en la que todo se sabía. Así que trató de poner en práctica su estrategia y buscó a través de la prensa a una profesora de sueco, del género formal, que supiera francés o alemán, que él hablaba bien, para aprender algo de sueco o ruso, y se encontró con la agradable sorpresa de que el piso donde esa profesora vivía era un burdel encubierto, a cargo de una viuda alemana. Bajo la escusa de dar clases de idiomas, Ganivet pudo encontrar allí momentáneamente algo a su acomodo. Poco más tarde descubrió que, aunque la ley prohibía allí las mancebías, se permitía ejercer la prostitución en casas de como mucho dos señoritas, autorizadas y convenientemente controladas por la policía para evitar la presencia del ama, de chulos, y los desórdenes relacionados con semejantes establecimientos.

Lenta y ordenadamente, Ganivet iba recobrando sus hábitos en donde quiera que viviese, adaptándose camaleónicamente a las nuevas situaciones, deslizándose por los huecos que le dejaban sus ocupaciones consulares, pues sabía que en todos los lugares y en todas las culturas el mecanismo del amor se mueve, salvando los matices, con los mismos resortes, y que el agua se filtra por todas las rendijas y grietas pequeñas que existen sin más motivo ni otra necesidad que obedecer a la ley de la gravedad.

LA NIEVE

10

Esta tarde de inicios de febrero ha nevado copiosamente y, mientras escribía junto a la chimenea, me ha venido el recuerdo de una nevada de mi infancia. Yo era un crío y, sin que mi madre lo supiera, salí a la calle y en el alféizar de mi ventana empecé a hacer unos muñequitos pequeños de nieve como los que mi madre a mí me hizo una vez, usando piedrecitas para los ojos y palitos para la nariz. Yo no sabía que la nieve dolía en las manos después de mucho rato ni tampoco sabía que las zapatillas de tela que llevaba puestas se mojarían tanto, ni que yo me resfriaría por eso, así que me puse perdido y mi madre, cuando me vio, se enfadó mucho, y me regañó y me pegó dos o tres merecidos pescozones.

Desde la ventana de mi mesa de escritorio en la cueva he visto hoy, casi cuarenta años después, los distintos tipos de nieve. Primero fue una llovizna fina acompañada de viento fuerte lateral, luego el aguanieve ha golpeado los cristales sonoramente y, por último, en una sensación de acabamiento, ya sin viento y sin tiempo, cuando el cielo se ha parado, unos enormes copos han comenzado a caer balanceándose de forma suave y vertical, haciendo leves redondeles caprichosos y mansos. La nieve es la muerte porque no hay vida en ella. Es el fin del tiempo, porque nada en ella progresa ni procrea ni sobrevive. Sin embargo, esa nieve bien almacenada en las cumbres es la evidencia de las cosechas futuras, y el hombre sencillo de campo, que no lee a poetas ni tiene labranza en el invierno, la espera y la quiere y la venera.

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A Ganivet la nieve le acompañó desde siempre. Se crio a las faldas de una montaña imponente, Sierra Nevada, que desde pequeño le enseñó todos los matices sutiles de la nieve. La nieve rosada del alba, y la brillante de la tarde, cuando el sol del ocaso destella en los neveros. La nieve de la ventisca estampándose de lado en las bardas de los caminos, la madera de los carruajes o el paño de los gabanes y las capas. La nieve sorda y mansa, cayendo bajo el cielo gris oscuro. La nieve insolente de los días de sol, cuando heló de madrugada bajo la claridad de las estrellas. Luego en Madrid, en París, en Amberes, se acostumbró a ella de forma diferente. Mientras más al norte, más feroz, con menos suavidades y matices. Aunque él sabía bien que la enseñanza primera era la buena, que él se paseaba por los puertos del norte de Europa casi a pecho descubierto con la asignatura de la nieve bien aprendida. Si lo amamantó una gran montaña, ¿quién iba a enseñarle nada de frío que él no hubiera aprendido ya?

El 27 de enero de 1896, esperando el tren para Königsberg, de camino a su nuevo destino, paseó todo el día por Berlín: levantó andando todo el plano callejero, admirando el mal gusto de los alemanes para las estatuas y viendo más militares que personas por las calles. Ganivet detestaba a los militares porque le incomodaba cualquier signo de autoridad. La gente en Berlín llevaba gruesas vestimentas, mientras él llevaba una ropa de medio pelo, aún sin el abrigo de pieles y el gorro de astracán que pensaba comprarse en San Petersburgo. Presumía de no haber pasado frío en Berlín gracias a su dieta vegetariana, que le permitía conservar mucho más el calor corporal. En Königsberg, el 28 de enero, lo seguía viendo todo nevado y, mientras miraba en el puerto los barcos clavados en el hielo, seguía sin sentir frío. Solo en San Petersburgo, el día 30 de enero, cuando se compró el abrigo y el gorro que necesitaba, empezó a sentir de vez en cuando como algunas leves rachas de aire friísimo: eran los quince grados bajo cero de un día normal del enero de San Petersburgo, durante las pocas horas de luz. Siempre tenía esa sensación de fuego dentro que le agobiaba y que le hacía huir de los abrigos.

Cuando llegó el 1 de febrero a Helsingfors se encontró con todo lleno de hielo y de nieve y el puerto cerrado, con el agua congelada. Dos noticias le agradaron mucho: solo podría desplazarse en trineo de un lado a otro, por la incomodidad de andar por la nieve con unos chanclos o raquetas especiales incomodísimas, y solo se podía trabajar seis o siete meses, de mayo a noviembre o inicios de diciembre, que es cuando el frío permite entrar a los barcos en el puerto. En los meses invernales no tendría que ocuparse de los negocios españoles con Rusia y Suecia correspondientes a las veitiséis agencias que dependían de su consulado. Todo ese tiempo lo pondría en aprender idiomas, conocer profesoras, fumar grandes cigarros mirando la nieve, pensar y escribir, leer periódicos y libros en todas las lenguas que se hablaban en Helsingfors: sueco, finés o finlandés, ruso, alemán, aparte del francés que era el día a día de cualquier oficina diplomática europea. Helsingfors le recordaba a Granada por la tranquilidad de los cielos limpios y mansos sobre la nieve, las noches que hacía claro. Porque en los días de ventisca huracanada, parecía que las casas se iban a levantar de sus cimientos, y él esos días se sentía irreparablemente atraído por el mar. La nieve, su cómplice la nieve, le prometía meses eternos de recreo y felicidad, con una vida ociosa de perpetua vacación.

EL CÓNSUL IMPOSIBLE

12

Recuerdo aquella gran nevada. Era diciembre. Cuando nieva, nunca hay rayos ni truenos. Es a partir de marzo cuando empiezan las tormentas con aparato eléctrico. Pero aquel día nevaba de forma obsesiva y mi hermana y yo, que éramos muy chicos, estábamos en casa con mi madre. La nieve llegaba al escalón de la puerta, llevaba horas nevando sin piedad. Y por la tarde, sonó el estampido de un trueno. Se hizo luego un silencio espeluznante, que era algo así como el silencio del fin del mundo. Y entonces, mi madre cogió el bote de la sal y, saliendo a la puerta, bajo la nieve, hizo una cruz de sal en el escalón. Para que Dios nos protegiera de los rayos, dijo.

13

El 30 de enero de 1896, Ganivet se dirigió a media mañana a la embajada española en San Petersburgo, en la Fürshtatskaya, 9. El señor conde de Campo Alegre, secretario de primera clase, que lo estaba esperando, le hizo un efusivo y aparente recibimiento, le ofreció un vaso pequeño de vodka, que no quiso tomar, y lo llevó a una sala lujosa, en la que esperaría la llegada del señor embajador.

Después de veinte minutos, se abrió la puerta y entró en la sala el excelentísimo señor conde de Villagonzalo, don Mariano Miguel Maldonado y Dávalos, embajador extraordinario y ministro plenipotenciario de España en Rusia. Ganivet se levantó y le dio fríamente la mano, inclinando la cabeza con un gesto mecánico. El ministro le ordenó con aparente amabilidad que se volviera a sentar. Este madrileño de cuarenta y cuatro años era un hombre muy maltratado por los excesos de la vida social. Su carrera había empezado en 1884, cuando fue elegido, gracias a la sangre de sus padres, diputado por Salamanca. Y desde entonces no había hecho sino desgastarse y engordar. Decían que era amigo personal de su paternidad el zar Nicolás II, según demostraba una de las fotografías que había sobre la cornisa de la chimenea donde posaba alegre con él y un grupo de aristócratas. Tenía respiración de resuello, vestido de traje negro, chalequillo enorme ajustado del que salía la cadena de plata de un reloj de mano, frac con pañuelo blanco, pajarita en el cuello y monóculo en el ojo derecho. Los ojillos de ratón estaban hundidos en la cara congestionada y roja, saliendo su labio inferior, con cierto aire de belfo, entre el bigote negro y la barba muy blanca. Olía a anís. Cuando saludó a Ganivet, su corpulencia apretada por el traje tenía toda la dificultad fatigosa de un mecanismo de fuelles gastados. Este hombre voluminoso y aparentemente bonachón conocía los secretos de los salones donde cuatro familias movían los hilos de toda Europa, y sabía estar de testigo mudo, como la política internacional española, en la habitación contigua a las salas donde se tomaban las decisiones importantes. Hablaba de forma acelerada.

—Verá usted, el cónsul al que usted va a sustituir se niega a entrar en contacto con nosotros porque no consiente que le mandemos en ningún asunto, ni quiere saber nada de una real orden por la que su consulado de Helsingfors debe trasladarse aquí a San Petersburgo durante los seis meses en que ese puerto permanece cerrado por el hielo. Por otra parte, dicha real orden no puede ejecutarse todavía porque no hay dispuestos fondos para ello. Ya sabe usted lo lentas que son las cosas de la Administración. Se disponen reales órdenes y no se calcula presupuesto para ejecutarlas. El resultado es un desastre para nuestra embajada. Todos los negocios que vienen del Gran Ducado de Finlandia están parados... Hasta el cónsul honorario hace más gestiones que el titular. Una vergüenza. Pero como Rolland es funcionario de carrera, igual que lo es usted, pues ya sabe... ¿Es que ha nacido en el mundo alguien que pueda echar a un funcionario español?

Y siguió explicándole aspectos relativos a su consulado, como el conflicto lingüístico, los problemas entre los rusos y los independentistas finlandeses, los intereses cruzados entre Suecia y Rusia por dominar en Finlandia, los intereses comerciales españoles y los conflictos abiertos, sin resolver. Y terminó entregándole una carpeta.