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Inspirado por una serie de visiones dadas por el Espíritu Santo, el Dr. Bailey examina la pre-existencia, el nacimiento y los primeros años de Cristo, así como Su ministerio, crucifixión y resurrección, tal como se ven en los cuatro Evangelios. A lo largo de esta obra se puede apreciar el increíble amor del Padre Celestial por Su único Hijo, quien tomó sobre Sí la forma de hombre, totalmente obedeciendo la voluntad de Su Padre hasta la muerte de cruz. La intención de este libro es animarnos a ver el fervor con el que Cristo vivió de manera que podamos tener vida en abundancia para vivir de acuerdo al ejemplo que Él puso delante de nosotros a través de Su propia vida en esta tierra.
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Veröffentlichungsjahr: 2020
La Vida de Cristo
Título original: “The Life of Christ”
Copyright © Dr. Brian J. Bailey, 1998
Título en español: “La vida de Cristo”
Libro de texto de Zion Christian University.
Usado con permiso. Todos los derechos reservados
Publicado por Zion Christian Publishers.
Traducción al español por: Marian Belmonte, España.
Versión 2.0, de la versión 2.2 en inglés
Revisión: Luisa Baldwin, mayo 2020
Primera impresión, octubre 2003 IBJ, Guatemala
Segunda impresión, noviembre 2009.
Tercera impresión: media carta, diciembre 2010, 2012.
Cuarta impresión, enero 2020
Ninguna parte de este libro puede ser reproducida, almacenada en un sistema de recuperación, o transmitida por cualquier vía o bajo ninguna forma —electrónica, mecánica, fotocopiado, grabado o cualquier otra— sin la autorización escrita que exprese el consentimiento del autor.
A menos que se indique lo contrario, todas las citas bíblicas fueron tomadas de la versión Reina-Valera en su revisión de 1960, © 1960 Sociedades Bíblicas Unidas.
Publicado en formato e-book versión 1.0 en enero 2020 en lose Estados Unidos de America.
ISBN versión electronica (E-book) 1-59665-614-X
Para obtener mas información comuníquese a:
Zion Christian Publishers
P.O. Box 70
Waverly, NY 14892
Tel: (607) 565-2801
Llamada sin costo: 1-877-768-7466
Cuando me di cuenta que el Espíritu Santo deseaba que escribiera acerca de la vida del Señor Jesucristo, tuve un sentimiento de profunda incapacidad. Pero por Su gracia, el Espíritu Santo me guió por medio de una serie de visiones que me revelaron la vida y ministerio de nuestro Salvador aquí en la tierra.
Aunque hago poca mención de estas visiones en el texto, quiero compartir con ustedes una de ellas. Vi al Señor vestido de blanco, sentado en las colinas que rodean el mar de Galilea, mirando hacia el mar. Su apariencia era de total hermosura, gracia y juventud; Su espíritu, totalmente libre.
Desde el cielo sentí el profundo amor del Padre por Su amado Hijo, pues era como si contemplara a Jesús a través de los ojos del Padre. También sentí la profunda satisfacción que el Padre experimentó al contemplar a Su Hijo. Esta visión produjo en mí un fervor intenso y el deseo de llevar gozo al Padre, aunque sea en una pequeña medida, cuando Él observe mi vida.
Este libro está dedicado en primer lugar a la amada Santísima Trinidad, y oro para que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sean glorificados a través de estas páginas. Sin embargo, lo presento orando para que usted, amado lector, aprecie la obra de gracia de la Trinidad, la cual llevó a Jesús a la cruz para nuestra salvación eterna. Que este libro le permita apreciar el amor del Padre que envió a Jesús; a Jesús que vino voluntariamente; y al Espíritu Santo, que capacitó a Jesús para vivir intachablemente Su vida de amor, verdad y pureza en la tierra.
Que Dios permita que este libro lo atraiga más a ellos, que usted viva su vida de una manera consagrada y agradable a los ojos de ellos. ¡Que Dios lo bendiga!
Brian J. Bailey
El estudio de la vida de Cristo se realiza principalmente a través del estudio de los Evangelios. En algunas ocasiones es difícil determinar qué pasajes bíblicos son paralelos entre sí. Como resultado, se dan ciertas divergencias en la armonía de los Evangelios.
Los Evangelios son cuatro: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Las cuatro criaturas vivientes mencionadas en Ezequiel 1:10 tenían el rostro de un hombre, un león, un buey y un águila. Estas cuatro caras pueden entenderse como las diferentes formas de presentar a Cristo en los cuatro Evangelios. Mateo lo presenta como el león, el Rey de los judíos. Este evangelista tuvo especial cuidado en trazar, desde el rey David, el linaje real de Cristo, para así probar Su realeza y Su condición de Rey. El Evangelio de Mateo fue escrito para los judíos.
Marcos revela a Jesús como el buey. En el Antiguo Testamento se usaban bueyes para los sacrificios. Cristo es el Sumo Sacerdote de nuestra fe, quien se dio a sí mismo como el supremo sacrificio (He. 3:1). Marcos da una revelación más dinámica de la pasión de Jesús que los otros escritores de los Evangelios. El Evangelio de Marcos fue escrito para los romanos.
En el Evangelio de Lucas vemos a Cristo como el hombre. Lucas enfatiza la humanidad de Cristo a la vez que lo revela como el Hijo del Hombre. Escribió principalmente para los gentiles.
Mateo, Marcos y Lucas se denominan: “Evangelios sinópticos” (del griego synoptikos, que significa “ver el todo en un conjunto, tener un punto de vista general”). Son el relato de los testigos oculares de la vida de Jesús. Sin embargo, el Evangelio de Juan, al que también se llama el “Evangelio espiritual”, es único, porque fue escrito con un propósito completamente diferente. El Evangelio de Juan revela a Cristo como el águila: el águila que se remonta a los lugares celestiales. El águila habla de Cristo como el Hijo de Dios. Juan trata con la divinidad de Cristo más que cualquiera de los otros escritores de los Evangelios.
El Evangelio de Juan tiene mayor revelación que los otros Evangelios. En este Evangelio, están los siete “Yo soy” de Cristo, declaraciones que certifican Su deidad. Cuando el Señor se apareció a Moisés en la zarza ardiente, éste le preguntó cuál era Su nombre, y Él respondió: “YO SOY EL QUE SOY” (Ex. 3:14). Por lo tanto, en el Evangelio de Juan, cuando en varias ocasiones Cristo dijo: “Yo soy”, estaba declarando que es Aquel que existe desde siempre, el Jehová del Antiguo Testamento.
En lugar de ver la vida de Cristo desde un punto de vista simplemente histórico, debemos comprender que el Señor quiere que experimentemos Su vida. La vida de Cristo es un modelo para nuestra vida. Recuerde: el Señor Jesucristo es la principal piedra del ángulo de la cual tomamos toda medida para nuestro andar y vida espiritual (ver Efesios 2:20-21).
En Juan 1:32-33 leemos que el Espíritu vino sobre Cristo cuando fue bautizado y permaneció sobre Él durante todo Su ministerio. Cristo fue ungido “sin medida” con el Espíritu Santo (Jn. 3:34). Dios quiere que seamos llenos del Espíritu Santo hasta rebosar. A menos que comprendamos Su deseo de llenar a la Iglesia de los últimos días con el Espíritu Santo, nunca entenderemos todo el sentido y el objeto de la vida de Cristo. En Juan 10:10, el Señor Jesús claramente estableció la razón por la cual Él vino: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”.
El propósito de este estudio y la oración del autor son que cada uno de nosotros comencemos a experimentar la vida de Cristo en una forma nueva; y al hacerlo, llegaremos a conocerlo íntimamente.
LA PREEXISTENCIA DE CRISTO
Antes de analizar la vida y ministerio terrenal de nuestro Señor Jesucristo, debemos tener en cuenta el hecho de que Cristo era preexistente antes de nacer como un bebé en el establo de Belén. Cristo ha existido siempre como el Hijo de Dios. Debemos entender que Él no tiene principio y no tiene fin. Pablo dice en Colosenses 1:17 que Él es “antes de todas las cosas”.
Pablo desarrolla esto en Hebreos 7:3, donde habla de Melquisedec, quien era “sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre”. Melquisedec, el rey y sacerdote, no tuvo principio de días. Con esto, Pablo quiso decir que Su reinado y sacerdocio no podían ser determinados en Su genealogía o en Su nacimiento. Tampoco este hombre, quien es un tipo del Señor Jesucristo nuestro Sumo Sacerdote, tuvo fin de vida. En otras palabras, su ministerio continuó hasta la eternidad y no finalizó en la muerte. Este hombre fue hecho semejante al Hijo de Dios. Cristo, literalmente, no tuvo principio de días, porque Él siempre ha existido. El Señor dice en Isaías 57:15 que Él “habita la eternidad”.
Cristo es eternamente el mismo; Él nunca cambia. Hebreos 13:8 dice: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”. Ayer se refiere, básicamente, a los días antes de Su manifestación como un bebé en Belén. Hoy habla de nuestros días, la Era de la Iglesia. Y por los siglos, por supuesto, se refiere a Su reino milenario sobre la tierra y para toda la eternidad en los nuevos cielos y la nueva tierra.
Miqueas 5:2 habla claramente de las actividades eternas de Cristo: “Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas [u orígenes] son desde el principio, desde los días de la eternidad”. Cristo nació como un bebé en Belén, pero Él existió antes que esto ocurriera. Sus orígenes han sido desde el principio, desde la eternidad. El profeta Habacuc dijo: “¿No eres tú desde el principio, oh Jehová, Dios mío, Santo mío?” (Hab. 1:12). Cristo siempre existió, pero en un momento en el tiempo, vino a la tierra en Su forma humana. Cristo es el “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Ap. 13:8).
Al leer la Biblia podemos ver claramente que Cristo existía antes de la creación. Juan 1:1 declara enfáticamente: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Antes que el tiempo se iniciara, Cristo ya existía juntamente con Dios. En Proverbios 8, a Cristo se le personifica como la sabiduría. Cristo es la sabiduría de Dios. Pablo dijo en 1 Corintios 1:24: “Mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios”. Cristo posee toda la sabiduría y el conocimiento (Col 2:3).
Cristo, la personificación y encarnación de la sabiduría, dice en Proverbios 8:22-27: “Jehová me poseía en el principio, ya de antiguo, antes de sus obras. Eternamente tuve el principado, desde el principio [antes de los orígenes de la tierra], antes de la tierra. Antes de los abismos fui engendrada; antes que fuesen las fuentes de las muchas aguas. Antes que los montes fuesen formados, antes de los collados, ya había sido yo engendrada; no había aún hecho la tierra, ni los campos, ni el principio del polvo del mundo. Cuando formaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba el círculo sobre la faz del abismo”. Cristo también dijo en Juan 17:5: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”.
Otra prueba de la preexistencia de Cristo es que Él es el co-Creador de la tierra. Colosenses 1:16-18 lo expresa claramente: “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia”.
Pablo dice en Efesios 3:9: “Y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas”. Dios el Padre creó todas las cosas por medio de Jesucristo. Juan 1:3 dice acerca de Cristo: “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”. Los cielos, el mundo y todo el Universo fueron hechos por Cristo (Jn. 1:10). Juntamente con Dios el Padre, Cristo fue el co-Creador de todo el Universo y de todas las cosas que hay dentro de él.
El Señor Jesucristo dijo a los judíos en Juan 8:58: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy”. Esta expresión de Jesús: “Yo soy”, denota Su existencia eterna. Cristo afirmó existir antes que Abraham. De hecho, Cristo es aquel que creó a Abraham. Cuando Dios hizo a la humanidad, dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen” (Gn. 1:26). En realidad, fueron Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo quienes crearon al hombre.
Cuando Cristo dijo a los judíos: “Antes que Abraham fuese, yo soy”, declaró ser el Jehová del Antiguo Testamento. Los judíos comprendieron lo que Cristo estaba diciendo y procuraron apedrearlo (Jn. 8:59). Cuando Cristo se apareció a Moisés en la zarza ardiente, Moisés le preguntó cuál era Su nombre. Él respondió: “YO SOY EL QUE SOY”, que es el significado de Jehová (Ex. 3:14).
Cuando Cristo usó este título en el Evangelio de Juan, estaba declarando que era Jehová. Cristo es el Hijo de Dios. Fue Cristo quien se apareció a Moisés y a los otros profetas del Antiguo Testamento, no Dios el Padre. Pablo dice en 1 Corintios 10:4: “Y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo”.
EL NACIMIENTO DE CRISTO Y SUS PRIMEROS AÑOS
A continuación, analizaremos la vida de Cristo tal como está registrada en los cuatro Evangelios. En esta Segunda Parte, consideraremos Su nacimiento y Sus primeros años. La primera sección trata con los eventos que precedieron al nacimiento de Cristo, incluido el nacimiento de Su precursor, Juan el Bautista. Luego consideraremos Sus primeros treinta años de vida, los cuales fueron, en su mayoría, años callados. Aunque hay muy poco escrito acerca de Cristo durante estos años, los mismos fueron el tiempo de preparación para Su ministerio y llamado.
Antes que Cristo viniera al río Jordán para ser ungido con el poder de Dios, hubo treinta largos años intrascendentes de preparación. En estos años estuvo escondido en la sombra de la mano de Su Padre. Durante este tiempo, el Señor Jesucristo se estaba convirtiendo en el vaso que pudiera ser ungido por el Padre y que pudiera manifestar el poder y la gloria de Dios. Hay un precio muy alto que pagar para tener lo mejor de Dios y para tener Su gloria. Fue durante estos años, que Cristo se estaba capacitando para reunir los requisitos para Su llamado.
Antes de continuar, debemos señalar que los Evangelios no fueron escritos como una secuencia. Exige un gran esfuerzo determinar el orden cronológico de la vida de Cristo. Por lo tanto, citaremos alternadamente los cuatro Evangelios para brindar una secuencia cronológica de los eventos.
Lucas 1:5-25
En Lucas 1:5-7 se nos presenta a los piadosos padres de Juan el Bautista: “Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías; su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet. Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor. Pero no tenían hijo, porque Elisabet era estéril, y ambos eran ya de edad avanzada”.
En un tiempo de gran apostasía nacional, Zacarías y Elisabet permanecieron fieles y leales al Señor. Tanto Elisabet como su esposo eran de descendencia sacerdotal. Los dos habían caminado conforme a los estatutos del Señor por muchos años y habían sido irreprensibles, pero no habían tenido hijos.
Elisabet era estéril. Es una de las siete mujeres, que se mencionan en la Palabra de Dios, que experimentaron el nacimiento milagroso de un hijo varón (las otras son: Sara, Rebeca, Raquel, Rut, la esposa de Manoa y Ana). Es muy interesante que todas estas mujeres estériles dieron a luz varones destacados. Sara dio a luz a Isaac. Rebeca dio a luz a Jacob. Raquel dio a luz a José. Rut dio a luz a Obed (linaje de David). La esposa de Manoa dio a luz a Sansón. Ana dio a luz a Samuel. Elisabet dio a luz a Juan el Bautista. La esterilidad en la vida de estas mujeres produjo gran fruto. En la misma forma, la esterilidad espiritual en la vida de un creyente produce abundante fruto. Si usted quiere fruto que permanezca, entonces debe permitir al Señor que lo lleve a través de un tiempo de esterilidad y oprobio.
Isaías 54:1-3 dice: “Regocíjate, oh estéril, la que no daba a luz; levanta canción y da voces de júbilo, la que nunca estuvo de parto; porque más son los hijos de la desamparada que los de la casada, ha dicho Jehová. Ensancha el sitio de tu tienda, y las cortinas de tus habitaciones sean extendidas; no seas escasa; alarga tus cuerdas, y refuerza tus estacas. Porque te extenderás a la mano derecha y a la mano izquierda; y tu descendencia heredará naciones, y habitará las ciudades asoladas”.
Si usted quiere producir un hijo como Juan el Bautista, de quien Jesús dijo: “entre los mortales no ha habido nadie más grande que Juan” (NVI), debe estar dispuesto a pasar por un tiempo de esterilidad espiritual.
En Lucas 1:8-11, mientras Zacarías estaba ofreciendo incienso en el altar, realizando fielmente los deberes sacerdotales ordenados por Dios, el ángel Gabriel se le apareció de pie al lado derecho del Altar del Incienso. “Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de Dios según el orden de su clase, conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó en suerte ofrecer el incienso, entrando en el santuario del Señor. Y toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora del incienso. Y se le apareció un ángel del Señor puesto en pie a la derecha del altar del incienso.”
Aparentemente, el lado derecho del altar sería el lado donde se colocaba el Candelabro. Al entrar al Lugar Santo desde del Atrio, el Candelabro estaría colocado en el lado izquierdo. Sin embargo, al entrar al Lugar Santo desde la dirección contraria (el Lugar Santísimo), el Candelabro estaría en el lado derecho. El Candelabro habla de los siete Espíritus del Señor y de las manifestaciones de los ángeles del Señor. Así, esta parece la interpretación más probable respecto a “la derecha del altar”.
Gabriel dijo a Zacarías: “...no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan” (Lc. 1:13). El ángel le dijo que tendría un hijo y lo instruyó para que le pusiera por nombre Juan.
Es interesante que, tanto a Jesús como a Su precursor, Juan, Dios les dio nombre antes de Su nacimiento. El Señor llamó a Josías por nombre, aproximadamente 300 años antes de su nacimiento (1 R. 13:2), y mencionó al rey Ciro aproximadamente 150 años antes de su nacimiento (Is. 44:27-28). Los nombres tienen gran importancia; significan el ministerio y el propósito eterno de una persona. Juan significa “gracia” o “amado del Señor”. Juan no solamente traería gozo a sus padres por ser un hijo sabio, sino que muchos otros se regocijarían por su nacimiento (Lc. 1:14).
Gabriel dijo luego acerca de Juan, en Lucas 1:15-17: “Porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre. Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos. E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto”.
Juan no fue Elías, a quien los judíos estaban esperando (Mt. 17:10), sino alguien que vino en el espíritu y en el poder de Elías, a cumplir el ministerio de Elías. El ministerio de Juan fue preparar al pueblo para recibir al Mesías.
Los judíos malinterpretaron la profecía de Malaquías 4:5-6, la cual dice: “He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición”. Elías ciertamente vendrá antes de la Segunda Venida del Señor. Sin embargo, Juan fue enviado como el precursor del Señor antes de Su primera venida.
Era esencial que Juan el Bautista viniera antes que Cristo para preparar el camino. Juan cumplió la profecía de Isaías 40:3, que dice: “Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios”. Éste era el testimonio de Juan acerca de sí mismo y de su ministerio: era uno que clamaba en el desierto: “Preparad el camino del Señor” (Mt. 3:3).
En los tiempos antiguos, un rey nunca hacia una aparición pública sin tener un heraldo que anunciara anticipadamente su llegada. Por ejemplo, Elías corrió unos cuarenta kilómetros delante de los carros del rey Acab, desde el monte Carmelo hasta Jezreel (1 R. 18:46). En forma similar, Juan corrió delante del Señor Jesucristo, el Rey de reyes, anunciando Su venida en el poder y el espíritu de Elías el profeta.
Como Rey, Cristo tenía que tener un precursor que anunciara Su venida. Todo el propósito de la vida de Juan fue preparar el camino para Jesús y presentarlo a Israel. Juan anunció a Jesús a las multitudes, diciendo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29).
En Lucas 1:18-23 leemos que Zacarías respondió a Gabriel con incredulidad, porque en el ámbito de lo natural, parecía imposible que Elisabet pudiera tener un hijo. Entonces, el ángel le dijo que no podría hablar hasta el día en que su hijo naciera. Después que Zacarías terminó su tiempo de ministerio en el templo en Jerusalén, regresó a su hogar en la zona montañosa, la cual probablemente no estaba muy lejos de Jerusalén (Lc. 1:39). Como lo había declarado la Palabra de Dios, Elisabet quedó embarazada; y permaneció recluida por cinco meses (Lc. 1:24-25).
Lucas 1:26-38
El siguiente evento fue el anuncio de Gabriel a María acerca del nacimiento de Jesús. Este evento está registrado en Lucas 1:26-38. Leemos en Lucas 1:26-31: “Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta. Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús”.
Al Señor Jesús le fue dado nombre desde el vientre, antes de la concepción. Éste es el cumplimiento de Isaías 49:1, que dice: “Jehová me llamó desde el vientre [antes que yo naciera], desde las entrañas de mi madre tuvo mi nombre en memoria”. A Cristo le fue dado Su nombre con un propósito. Su nombre revelaba Su llamado y la misión para Su vida. Jesús es la traducción griega del nombre hebreo para Josué (cf. He. 4:8). Jesús significa “el Señor es salvación” o “Salvador”. Mateo 1:21 lo expresa claramente: “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Su llamado era a ser el Salvador de la humanidad, dando libertad a las personas de la carga y la esclavitud del pecado.
En Lucas 1:32-33, Gabriel continuó: “Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”. Quedó muy claro que Jesús era el Hijo de Dios, y por lo tanto, parte de la deidad. Cuando Cristo regrese, Dios le dará el trono de Su padre David. Cristo es el Mesías davídico que fue prometido en el Antiguo Testamento. Él establecerá Su trono en Jerusalén y reinará sobre toda la tierra por mil años. Él regirá la casa de Jacob y Su gobierno y reinado no tendrán fin.
En Lucas 1:34 encontramos la respuesta de la virgen María a esta extraordinaria promesa: “Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón”. Gabriel respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lc. 1:35). La encarnación ocurrió por un milagro del Espíritu Santo. Jesús recibió un cuerpo y una naturaleza humana, pero al mismo tiempo siguió siendo Dios. Esto puede ser difícil de comprender para nuestra mente finita y carnal, pero recuerde, ¡para Dios nada es imposible! (ver Lc. 1:37).
El nacimiento de Jesús, llamado la Encarnación de Dios en un hombre, ocurrió así: En la plenitud de los tiempos, Dios habló desde Su trono en el cielo, y dijo: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?”. Hubo entonces un profundo silencio en el cielo. Todas las criaturas que estaban en el cielo quisieron responder, pero ninguna era capaz o digna. Luego, levantándose de Su trono, situado a la diestra de la Majestad de las alturas, el Hijo de Dios vino y se paró ante Su Padre, y dijo: “Heme aquí, envíame a mí”, a lo que el Padre respondió: “Ve”.
En ese momento, el Hijo comenzó a descender desde el punto más exaltado de la gloria del cielo, y a medida que pasaba de un plano de gloria a otro, progresivamente se vació a sí mismo, como nos dice Pablo en Filipenses 2:7. Se despojó de toda reputación y se vació a sí mismo de la gloria celestial. Finalmente abandonó el cielo, descendió a esta tierra; y en ese momento, el Hijo de Dios se convirtió en una semilla dentro del vientre de la virgen María. Éste fue el milagro de la Encarnación: el Hijo de Dios asumió la naturaleza humana por medio de un acto del Espíritu Santo.
Lucas 1:39-45
Después que el ángel le dijo a María que su prima (o parienta) Elisabet llevaba seis meses de embarazo, María fue a visitarla y permaneció con ella por tres meses (Lc. 1:56). Cuando María saludó a Elisabet, Juan saltó de gozo en el vientre de Elisabet, porque la madre de su Señor había venido. Elisabet bendijo a María y pronunció una bendición sobre el santo hijo que ella daría a luz.
Lucas 1:46-56
En lo que se conoce como “El Magnificat de María” o “El Cántico de María”, ésta magnificó al Señor y alabó Su nombre. En Lucas 1:46-55 dijo: “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre. Y su misericordia es de generación en generación a los que le temen. Hizo proezas con su brazo; esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones. Quitó de los tronos a los poderosos, y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos. Socorrió a Israel su siervo, acordándose de la misericordia de la cual habló a nuestros padres, para con Abraham y su descendencia para siempre”. María permaneció con Elisabet por unos tres meses y regresó luego a su propio hogar.
Lucas 1:57-80
Cuando llegó el tiempo para que Elisabet diera a luz a su hijo, hubo gran regocijo entre sus vecinos. Cuando fue circuncidado, su padre Zacarías le puso el nombre de Juan, de acuerdo con la palabra del ángel Gabriel en Lucas 1:1. Luego, en Lucas 1:76, Zacarías profetizó con respecto a su hijo: “Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos”. Juan ciertamente vendría en el poder del profeta Elías para preparar el camino del Señor Jesucristo.
Mt. 1:18-25
El evento siguiente fue la aparición de Gabriel a José, para informarle que María, su “prometida”, como la llamaríamos hoy, daría a luz al Hijo de Dios. Leemos en Mateo 1:18-19: “El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo. José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente [en privado]”. En este momento, José y María no estaban unidos en matrimonio. Aún estaban en el año sagrado de desposorio, o compromiso. Este año de compromiso era legalmente vinculante en la cultura judía. Por lo tanto, a José y María se les consideraba como ya casados.
La única forma en que este compromiso podía romperse era si se presentaban pruebas de que uno de los dos comprometidos había sido sexualmente infiel (Mt. 19:9). Cuando José se dio cuenta que María estaba embarazada, procuró cubrir lo que él entendió como una infidelidad de parte de ella. Aunque tenía todo el derecho de hacer que fuera apedreada, estaba considerando darle carta de divorcio en privado, para evitar así avergonzarla públicamente. Éste es el proceder de un hombre justo y recto.
Los justos siempre buscan cubrir y no exponer abiertamente las transgresiones y faltas de otras personas. Sí, debemos ceñirnos a las leyes de Dios, pero recordemos que sobre las tablas de la Ley estaba el Propiciatorio (llamado también el “Trono de la misericordia”), lo que daba a entender que la misericordia de Dios está por encima de Su Ley. Una persona verdaderamente justa es también una persona misericordiosa. A menos que Dios claramente nos guíe en otra dirección, siempre debemos procurar, en la medida de lo posible, cubrir las transgresiones de otras personas.
Mateo 1:20-23 dice: “Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre EMANUEL, que traducido es: Dios con nosotros”. Estos versículos son muy importantes. Su propósito es documentar la absoluta deidad de Cristo. Debemos comprender claramente de dónde vino Jesús. Su madre fue María, sin embargo, Su padre fue Dios, no José. María concibió a Jesús por el Espíritu Santo y no por José.
Mateo 1:1-17; Lucas 3:23-38
Veamos ahora la genealogía de Cristo, que se registra tanto en Mateo como en Lucas. Usted observará inmediatamente que aunque hay una clara diferencia entre estas dos genealogías, las mismas no se contradicen. La respuesta a la aparente contradicción es en realidad muy sencilla. La genealogía dada en Mateo sigue la línea de José, el esposo de María, mientras que la genealogía que está en Lucas sigue la línea de María. Esto es así, por lo que dice Mateo 1:16: “Y Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo”; mientras que en Lucas 3:23 leemos: “Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de treinta años, hijo, según se creía, de José, hijo de Elí [por medio del matrimonio]”. El padre de José era Jacob, pero él vino a ser hijo de Elí por medio del matrimonio. Elí, en realidad, era el padre de María y suegro de José.
Aunque Lucas registra la genealogía a través de María, la razón por la que el nombre de José se menciona en lugar del de María es porque los judíos siempre reconocían las genealogías de acuerdo al hombre. José era descendiente de David a través de Salomón (Mt. 1:16). María también era descendiente de David, pero a través de Natán, el hijo de David (Lc. 3:23-31).
Cristo era de la tribu de Judá, la tribu de reyes a quien le fue dado el trono (Gn. 49:10). Se hablaba de Judá como un león, y Cristo es el León de la tribu de Judá (Ap. 5:5). Jesucristo es el Rey de todos los reyes, y desciende de la raíz de David. La genealogía de Cristo dada por Mateo, y que pasa por José, prueba que Jesús es el Mesías. Él fue el Mesías y el “Hijo de David” prometido. Esto muestra Su linaje “real” desde David a través de Salomón y de los reyes de Judá, probando así que Él es el Rey de los judíos. También, Mateo 1:17 registra que hubo cuarenta y dos generaciones entre Abraham y Cristo. Esto es muy significativo, pues sabemos que hubo alrededor de veinte generaciones entre Adán y Abraham, dando un total de sesenta y dos generaciones desde Adán hasta Cristo.
El número sesenta y dos es un número muy significativo e importante en la profecía bíblica. Este habla proféticamente de la venida del Mesías. El número sesenta y dos se usa dos veces en Daniel. En Daniel 5:31 se nos dice que el rey Darío, quien es un tipo de Cristo, tenía sesenta y dos años cuando recibió el reino. Y en Daniel 9:26 leemos que el Mesías sería “cortado” después de sesenta y dos semanas; lo que vincula nuevamente al Mesías con el número sesenta y dos.
Por lo tanto, la diferencia entre las dos genealogías de Cristo que presentan Mateo y Lucas se explica fácilmente. Nunca permita que aparentes declaraciones contradictorias en la Biblia sacudan su fe en el Señor o en Su Palabra. Recuerde, el Espíritu Santo es el Autor de la Biblia; y Él no comete errores. Mateo registra la genealogía de Jesús a través de José y Lucas registra la genealogía de Jesús a través de María. Este concepto, aunque no aceptado por todos los estudiosos, aparece en época tan temprana como el tercer siglo d.C. en los escritos de Eusebio, el famoso historiador y “padre de la historia de la Iglesia” (circa 263-340 d.C.); y es la única forma satisfactoria de reconciliar las dos genealogías.
La genealogía de Cristo fue incluida intencionalmente en la Biblia, básicamente por dos razones: número uno, para probar que Jesús es el Mesías y Rey prometido, descendiente de David; y número dos, para probar que Jesús era el hijo de María y el Hijo de Dios, no el hijo de José. Por lo tanto, a Cristo le fueron dadas dos naturalezas. Debido a que Dios era Su Padre, Él era el Hijo de Dios; y era divino. Como Dios, Él no podía pecar, porque Dios no puede pecar.
Sin embargo, también asumió la naturaleza humana. Su cuerpo estaba hecho de la sustancia de María. Por lo tanto, también era el Hijo del Hombre, un título usado cerca de ochenta y cuatro veces en los Evangelios. Juan 1:1 dice acerca de Cristo: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Esto habla de Su naturaleza divina. En Juan 1:14 leemos de Su naturaleza humana: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros”. Cristo, simultáneamente, fue 100 por ciento Dios y 100 por ciento hombre.
PALESTINA EN EL TIEMPO DE JESUS
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Lucas 2:1-7
Cuando llegó el tiempo del nacimiento de Jesús, Dios orquestó los eventos para que se cumpliera la profecía y para llevar a cabo Sus propósitos eternos. Leemos en Lucas 2:1-5: “Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado. Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria. E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad. Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta”.
Augusto César era el Emperador romano en ese momento. Reinó desde 27 a.C. hasta 14 d.C. Aparentemente, según la historia, Cirenio fue el gobernador de Siria en dos épocas diferentes. Primero gobernó desde alrededor del año 5 a.C. hasta el año 1 d.C., tiempo durante el cual este censo se llevó a cabo; y luego volvió a reinar desde el año 6 d.C. hasta el 10 d.C. Este empadronamiento fue un registro o censo para todo el Imperio Romano, con el propósito de imponerles nuevos impuestos.
Dios usó a un emperador pagano para cumplir Sus propósitos. Jesús tenía que nacer en Belén, el lugar de nacimiento del rey David, para así cumplir la profecía de Miqueas 5:2: “Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad”. Todos los judíos sabían que el Mesías prometido, el Hijo de David, vendría de Belén (comparar Mt. 2:4-6). Por eso, era esencial que Jesús naciera en Belén.
Sin embargo, en ese tiempo, José y María vivían en Nazaret, ciudad que estaba en Galilea. De acuerdo con la ley romana, todos debían empadronarse en la ciudad donde vivían en ese momento. Pero de acuerdo a la ley judía, todos tenían que regresar a su lugar de origen para ser empadronados. Herodes hizo una concesión especial para los judíos y les permitió ser empadronados en su ciudad de origen. Así, José y María viajaron desde Nazaret hasta Belén, el lugar de nacimiento de David, porque ellos eran de la tribu de Judá y de la casa de David. Es significativo que Belén quiere decir “casa de pan”, ya que Cristo es el “Pan de Vida” (Jn. 6:35).
Leemos en Lucas 2:6-7: “Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón”. Después de su viaje desde Galilea hasta Nazaret, que probablemente les llevó por lo menos tres días, llegaron a Belén en una noche de invierno, cuando no había lugares disponibles en el mesón (NVI: “posada”).José se vio forzado a buscar otro lugar de refugio para su esposa embarazada. Terminaron en un establo y usaron como cuna para Jesús un pesebre, el comedero para los animales estabulados. Éste es el humilde lugar donde nació Jesús. El deleite y el gozo de los cielos, el Rey de reyes, nació en un pesebre, entre animales.
Lucas 2:8-20
Poco después del nacimiento de Jesús, el ángel del Señor apareció a unos pastores que estaban cuidando sus rebaños cerca de Belén. Leemos en Lucas 2:8-11: “Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor. Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor”.
La razón del anuncio del nacimiento de Jesús a los pastores y la visita de ellos al bebé en el pesebre es que Jesucristo es, en realidad, el Buen Pastor. Años después, Él diría en Juan 10:11: “Yo soy el buen pastor”. Éste es uno de Sus títulos. El ángel dijo a los pastores que este niño recién nacido era el Salvador del pueblo de Dios, el Cristo (el Mesías), y que Él era el Señor (o Dios). Ciertamente, Él era el Mesías prometido.
Según Lucas 2:13-14, después que el ángel anunció a los pastores el nacimiento de Jesús, una multitud de ángeles comenzaron a alabar a Dios: “Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” Luego, los pastores fueron a Belén y encontraron a Jesús en el pesebre, tal como el ángel había dicho; entonces ellos glorificaron al Señor mientras regresaban a cuidar sus rebaños (Lc. 2:15-20).
María guardaba todas estas cosas en su corazón y meditaba en ellas. La forma en que María se comportó contiene una hermosa verdad espiritual. Es obvio que si ella hubiese intentado explicar lo que realmente le había acontecido, nadie hubiera creído su historia. Se habría expuesto a ser objeto de burla y a ser ridiculizada innecesariamente. Seamos tan sabios como María, y tengamos siempre en mente Proverbios 21:23: “El que guarda su boca y su lengua, su alma guarda de angustias”.
Lucas 2:21
Ocho días después, Jesús fue circuncidado: “Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre JESÚS, el cual le había sido puesto por el ángel antes que fuese concebido” (Lc. 2:21). Esto fue hecho para cumplir la Ley prescrita en Levítico 12:3: “Y al octavo día se circuncidará al niño”. Jesús, aquel que dio la Ley a Moisés, fue circuncidado para cumplir con la Ley, ya que la circuncisión era la señal de estar en una relación de pacto con Dios. La circuncisión espiritual es el proceso por el cual Dios quita toda dureza de nuestro corazón y nos da un nuevo corazón que es blando y tierno para con Él.
Lucas 2:22-24
Luego leemos acerca de la presentación de Jesús en el templo: “Y cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, conforme a la ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor (como está escrito en la ley del Señor [Éxodo 13:2]: Todo varón que abriere la matriz será llamado santo al Señor) y para ofrecer conforme a lo que se dice en la ley del Señor: Un par de tórtolas, o dos palominos” (Lc. 2:22-24).
Según la Ley de Moisés, la madre de un hijo varón era impura por cuarenta días (ver Lv. 12:1-8). Después de cumplirse este tiempo de purificación, ella tenía que traer al sacerdote una ofrenda para holocausto y una ofrenda para expiación. Cuando María fue al templo para presentar a su hijo primogénito al Señor, ofreció un par de tórtolas como su ofrenda para holocausto. Se requería un cordero como ofrenda para holocausto, sin embargo, la Ley permitía que quienes eran pobres y no podían pagar un cordero, trajeran una tórtola o una paloma (Lev. 12:8).
La ofrenda de María y José nos permite conocer su condición económica. Aparentemente, eran muy pobres. Por lo tanto, es obvio que Jesús no creció en un hogar pudiente. Se vació y se despojó a sí mismo de toda Su gloria y esplendor celestiales, y vino como el Siervo de todos. Vino como alguien sin reputación (Fil. 2:7).
Lucas 2:25-38
Mientras José y María estaban en el templo para presentar a Jesús a Dios, se encontraron con dos personas en particular. La primera fue Simeón. Leemos acerca de este hombre en Lucas 2:25-26: “Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor”.
Simeón era un hombre justo y devoto que esperaba la consolación de Israel: la venida del Mesías prometido. De esta manera, podemos ver que el escenario estaba preparado en Israel para la venida de Cristo. El pueblo estaba esperando ansiosamente Su aparición. Simeón tomó a Jesús en sus brazos y bendijo a Dios. En Lucas 2:30, afirmó que había visto la salvación del Señor. Antes de que Simeón muriera, se le permitió ver al largamente esperado Salvador del pueblo de Dios. Simeón profetizó que Jesús sería una luz para los gentiles, el cumplimiento de Isaías 49:6. Esto se refiere fundamentalmente al ministerio de Jesús que se desarrollaría después de Su resurrección.
En este momento, viene a nuestra mente la siguiente pregunta: ¿Cuál es el significado de esto y por qué este anciano se llamaba Simeón? Simeón, que significa “el que oye”, simboliza que el niño oiría a Dios y que, ciertamente, también sería oído por Dios. Isaías 50:4 habla proféticamente de Cristo, al señalar que el Padre lo despertaba mañana tras mañana para que oyera como los sabios. Simeón fue elegido para presentar a Jesús, el Rey justo, porque era un hombre justo y piadoso. En Hechos 3:14, a Jesús se le llama el “Justo”. Jesús es Jehová-Tsidkenu: “Jehová, justicia nuestra”.
También Ana la profetiza, cuyo nombre significa “gracia”, tuvo un encuentro con Jesús allí (Lc. 2:36-38). Que Ana estuviera presente, habla de que Cristo sería el profeta que llevaría a cabo Su ministerio por medio de la gracia de Dios. ¿Ve usted cómo todos estos eventos en la vida de Cristo estaban predeterminados? Todos tienen gran importancia. Jesucristo es el profeta como lo fue Moisés. El Señor dijo a Moisés en Deuteronomio 18:18: “Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare”. En consecuencia, este encuentro con Ana, la profetiza, anunciaba el ministerio de Cristo como el profeta.
Mateo 2:1-12
Aparentemente, la visita de los magos sucedió después de la presentación de Jesús en el templo. Después de este acto, José, María y Jesús regresaron a Belén, que estaba situada a unos ocho o diez kilómetros al sur de Jerusalén. No hay detalles específicos acerca de su regreso, excepto que se mudaron a una casa (Mt. 2:11).
Poco tiempo después, unos magos del Este vieron una estrella en el firmamento y la siguieron hasta Jerusalén. Estos magos eran expertos en el estudio de las estrellas. La que vieron en el cielo los guió hasta Cristo, quien es Aquel de quien se dijo: “Una estrella saldrá de Jacob” (Nm. 24:17 NVI). Los magos preguntaron en Jerusalén acerca del paradero del recién nacido Rey de los judíos. Esto hizo que el rey Herodes y el partido religioso se pusieran muy intranquilos y aprensivos. Herodes envió a los magos a Belén y les dijo que una vez que encontraran al niño, le informaran dónde estaba. La estrella reapareció y guió a estos magos al lugar donde se encontraba Jesús.
¿Por qué los guió una estrella hasta Cristo? La razón es que Cristo es la estrella de la mañana (Ap. 2:28; 22:16). El propósito de la visita de los magos fue para dar honra al que es la sabiduría de Dios (1 Co. 1:24). En Cristo “están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col. 2:3).
Estos magos ofrecieron tres presentes a Jesús: oro, incienso y mirra (Mt. 2:11). Cada uno de estos preciosos regalos tenía un significado espiritual. El oro es un símbolo de deidad. El incienso tiene que ser quemado con fuego para poder liberar su fragancia, por lo que, en este caso, tipifica el sufrimiento. La mirra era el líquido que se usaba en el Oriente para embalsamar, y por lo tanto, un símbolo de la muerte. Estos tres presentes fueron proféticos y simbólicos del hecho que Jesús, que era Dios, nació para sufrir y para morir por los pecados del mundo.
Es interesante que, según el registro de Mateo, Jesús nació en los días del rey Herodes, llamado Herodes el Grande. Fue nombrado rey por los romanos en el año 40 a.C., aunque no llegó a ser el único rey de toda Judea hasta el año 37 a.C. Reinó hasta su muerte, evento que probablemente ocurrió a fines de marzo o principios de abril del año 4 a.C. Sabemos que inmediatamente antes de la muerte de Herodes hubo un eclipse de luna, evento que, según los cálculos, ocurrió la noche entre los días 12 y 13 de marzo del año 4 a.C. (Josefo: Antigüedades de los judíos 17.6.4). Ya que Cristo nació durante el reinado de Herodes, es obvio que Su nacimiento ocurrió antes de que finalizara el mes de marzo de 4 a.C. Varios eventos sucedieron entre el nacimiento de Cristo y la muerte de Herodes. Así que, el nacimiento de Jesús debió haber ocurrido en algún momento durante el año 5 a.C.
Mateo 2:13-15
Siendo avisados por revelación en sueños que no volvieran a Herodes, los magos regresaron a su propio país. El ángel del Señor se apareció a José en un sueño y también le avisó del plan de Herodes de matar a Jesús (Mt. 2:13). José se levantó de noche y rápidamente partió para Egipto con María y Jesús. Permanecieron allí hasta después de la muerte de Herodes en marzo de a.C.
Pensemos por un momento por qué Herodes quería desesperadamente matar a Jesús. Herodes no era judío, era edomita. En su esfuerzo por probar que era judío, ordenó que todas las genealogías de los judíos fueran destruidas. Los edomitas son descendientes de Esaú. Esaú tenía una ira perpetua en contra de Jacob y su simiente, y buscaba permanentemente matar a Jacob (ver Am. 1:11; Abd. 1:10).
Esaú perdió su derecho de primogenitura por causa de la desobediencia. Él y sus descendientes procuraban destruir a quienes recibieron el derecho de primogenitura: a Jacob y a sus descendientes, los israelitas. Herodes, aunque llamado “el Grande”, fue uno de los asesinos más traicioneros en la historia de la humanidad. Sus masacres fueron muchas. Hasta llegó a matar a su propia esposa e hijo. Así vemos que la orden de matar a los niños judíos era una forma de vida para él.
Satanás siempre ha procurado destruir a los piadosos. En el tiempo de Moisés, Satanás motivó a Faraón para destruir a todos los bebés varones hebreos. Satanás sabía que Moisés nacería y sería un salvador para la nación de Israel, así que trató de matarlo. Otra vez fue Satanás quien incitó a Herodes para buscar destruir a Jesús. En Apocalipsis 12 vemos cómo él tratará de destruir al Hijo Varón, un grupo especial de vencedores en la Iglesia de los últimos días.
La razón por la que Dios dirigió a José a buscar refugio en Egipto fue para dar cumplimiento a las profecías y completar el fluir profético del Antiguo Testamento. Mateo 2:15 dice de Su descenso a Egipto: “Y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo”. Ésta es una cita de Oseas 11:1, la cual habla de la liberación de Israel de la esclavitud egipcia. Bajo la inspiración del Espíritu Santo, Mateo aplicó este versículo al regreso de Cristo desde Egipto.
¿Por qué fue enviado Cristo a Egipto y no a otro lugar? Para que la profecía se cumpliera. ¿Por qué se profetizó esto? ¿Cuál era el propósito detrás de la profecía en cuanto a que Cristo iría a Egipto? Para cumplir el fluir de la profecía a través de toda la Palabra de Dios. Hay un patrón recurrente a través de toda la Palabra de Dios.
Abraham descendió a Egipto. Jacob fue a Egipto, y su simiente también. Egipto es un símbolo del mundo. Los hijos de Israel fueron llamados a salir de Egipto (a salir de este mundo); y cada creyente lo está también. Lo que sucedió en la vida de Cristo debe tener cumplimiento en la vida de Sus hijos e hijas espirituales en la Iglesia. Por lo tanto, la Iglesia está llamada a salir de este mundo, en el sentido que los cristianos no deben conformarse a los caminos de este mundo.
