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Tiene una larga trayectoria de servicio público en su país, Ecuador, como diplomático de carrera, y también como catedrático universitario. Ha escrito sobre Derecho, es abogado y doctor (PhD) en Derecho, y sobre Diplomacia, Seguridad y Ciencias Políticas. Recientemente incursionó en novelas de ficción, primero con su coautora, Virginia Salazar, en Destino, Vidas y Laberintos (publicada por Tregolam) y ahora viene con La Vida de Sergio Hualca Gómez, un personaje creado por el escritor, para describir a un ser anónimo, que protagoniza una saga de investigaciones detectivescas, que alcanzan resultados sorprendentes por su inagotable buena fortuna y gracias a los encantos de su esposa y compañera de aventuras. Sergio Hualca Gómez, no es un típico "antihéroe", pero se acerca a serlo, porque utiliza medios inapropiados y caminos tortuosos.
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Seitenzahl: 460
Veröffentlichungsjahr: 2022
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LA VIDA DEL AFORTUNADO SERGIO HUALCA GOMEZ
Abelardo Posso Serrano
© Abelardo Posso Serrano
© LA VIDA DEL AFORTUNADO SERGIO HUALCA GOMEZ
ISBN:
Editado por Tregolam (España)
© Tregolam (www.tregolam.com). Madrid
Av. Ciudad de Barcelona, 11, 1º Izq.
28007 - Madrid
Todos los derechos reservados. All rights reserved.
Imágen de portada: © Shutterstock
Diseño de portada: © Tregolam
1ª edición: 2022
Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o
parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni
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DESPERTAR EN LAS VEGAS
No puedo recordar nada, estoy en un vacío profundo. Me duele la cabeza de una manera horrible y no reconozco los muebles que me rodean. Quisiera saber dónde estoy y qué hago aquí.
Parece que es temprano, en la mañana, porque el sol se filtra por la ventana de este cuarto extraño y molesta mucho a mis ojos, los cuales los tengo irritados.
Traté de levantarme de la cama y me costó mucho trabajo mover las piernas a la derecha. Mi pie toca una mesa de noche, descubro que sobre ella hay un vaso lleno de agua y cerca, dos pastillas efervescentes.
No puedo salir al baño desde aquí. Volteo las piernas a la izquierda de la cama y me topo con algo mucho más grande que la mesa, al lado mío. Doy un sobresalto para que se abran mis ojos y veo una cabellera rubia sobre la almohada. La cara de la peluca se vuelve hacia mi. “Hola mi amor, me dice.
Nunca había visto a esa mujer, era latina porque hablaba español sin acento extranjero. Abrió sus brazos y trató de abrazarme. Mi sobresalto aumentó e instintivamente me eché para atrás, al tiempo de casi gritarle que quién era ella.
“¿Cómo te atreves a hacer semejante pregunta?”. Es nuestra primera mañana juntos, al despertar. “¿ cómo puedes ser tan insensible y miserable?. Que era mi esposa, me dijo entre sollozos y con furia.
Se levantó de golpe de la cama y se fue al cuarto de baño. Dio un portazo y me dejó aún más asombrado. Era bonita, tenía muy buena figura. Yo debería recordar si habíamos sido novios o, al menos, conocidos.
Antes, en mi pueblo, el Jefe Político me advirtió que, si bebía mucho aguardiente, amanecería como si hubiera resucitado y no recordaría nada de mi vida pasada. Esa parte si podía recordar, nos habían dado permiso de la milicia a unos amigos puertorriqueños y a mí para todo el fin de semana y, como estábamos en California, fuimos a parar a Las Vegas, porque me dijeron que no había otro lugar en el mundo donde se pudiera beber tanto y todo el día, por la mañana, la tarde y la noche. Y así lo hicimos, no tomamos aguardiente, porque en estos lugares de los Estados Unidos no conocen que existe, pero sí un güisqui local, muy fuerte y sin gota de agua, en unos vasos pequeños. Creo que llegué a contar hasta diez, luego perdí la cuenta.
Yo vine a este país con unos “coyotes” que me trajeron desde mi provincia del Cañar, en el Ecuador. Mi papá y mi padrino me prestaron la plata para pagar al coyote cinco mil dólares. Quedó empeñada la finca y los prestamistas nos hicieron ver una película, que los policías locales llamaban “Ajuste de cuentas”, que mostraba a unos tipos en motocicleta que se acercaban a un señor que caminaba solo por una calle desierta, el tipo que estaba detrás se bajó de la moto y le pegó tres tiros en la cabeza. El señor quedó bien muerto y los asesinos huyeron.
Mi padrino le preguntó al usurero qué trataba de mostrarnos, con esa película, que era más bien de miedo. “Eso mismo”, dijo el prestamista. Si no me pagan, como en el pueblo no hay motocicletas, mandaré a buscar por ustedes a dos tipos en mulas, para que les den de machetazos. En efecto será lo mismo, es otra forma de hacer ajuste de cuentas”.
Quedamos advertidos de que, si yo no conseguía plata para pagar el préstamo y los intereses, mi papá y mi padrino morirían a machetazos. Quedé tan prevenido que no me importó el maltrato de los coyotes, que eran unos mestizos muy grandes y morenos, que usaron todo el tiempo un montón de insultos, para hacernos pasar por túneles y por lugares ocultos, bajo la tierra, los cuales olían a alcantarilla.
Cerca de una semana después, uno de los coyotes me metió a patadas en el baúl de un auto viejo, que me traqueteó por un camino lleno de baches, porque llegué, ocho horas después, a mi destino. Abrió el baúl y me dijo con su mejor vocabulario que había cumplido con el trato y que yo corriese hacia una luz, que estaba a cien metros, más o menos. En una choza, de donde salía la luz, una vieja que parecía la bruja de la película Blancanieves, la cual vi cuando la pasaron en el pueblo, me mandó a dormir en una chanchera.
De todo eso me acordaba, pero para nada de lo que me había pasado la noche anterior. No tenía idea de cómo terminé en este cuarto y por qué con esa rubia, que estaba bien, para qué voy a negarlo, mucho mejor que las campesinas de mi pueblo, y con un cuerpazo, porque las nuestras, digámoslo así para no mentir, no tienen bonitos cuerpos debajo de los follones, que son unas faldas bien anchas que parecen campanas.
La vieja bruja, recuerdo como si hubiera pasado ayer, me sacó la noche siguiente y me metieron en un camión que llevaba cerdos, pero muertos, a algún lugar. Dentro del camión hacía mucho frio y cuando con todo el respeto pregunté por qué tanto frio, el camionero me mandó una mirada burlándose de mí y me dijo que no fuera bruto, porque, si no fuera por el frío, la carne de los puercos se podriría.
Me dieron unas cobijas muy grandes y un poncho, una gorra de lana y unos guantes, y me subieron con los puercos. Me recomendaron que me quedase el mayor tiempo posible de pie y que moviese las piernas y los brazos, porque, si me quedada quieto, me moriría, junto a los puercos. Y encima, el coyote grosero, que se creía chistoso, dijo que mis piernas no servirían para hacer jamón, como sí se hace con las piernas de los puercos.
Llegué muchas horas después. Yo me sentía medio muerto y, cuando me bajaron, me llevaron a cuestas al baño de una especie de estación de servicio y me obligaron a meterme una ducha de agua hirviendo. Ahí me dolió todo, hasta el pelo, pero empecé a mover mejor los dedos y noté que el color azul que tenía, antes del baño, desaparecía para volver a mi color trigueño, como dicen en mi tierra, que es el color que tenemos casi todos.
Me devolvieron mi mochila, donde llevaba dos mudadas de ropa, y me dejaron en una parada de buses, que ahora sé que recorren todo ese enorme país. Me pagaron un pasaje hasta Nueva York. No recuerdo cuánto tiempo nos tomó llegar a esa ciudad, pero sí que fueron más de dos días. Yo tenía escondidos unos billetes de veinte dólares, que conseguí cuando vendí unas vacas en mi pueblo, y en cada parada del autobús, me bajaba a comer salchichas, panes, papas fritas y a tomar cocacolas. Me deberían dar un premio por la cantidad de cocacolas que tomé, parecía que estaba haciendo propaganda. Pero ahora, que ha pasado el tiempo, la verdad es que, en las cafeterías de las paradas del bus, yo no podía pedir más que jotdocs y cocacolas.
Recuerdo que anoche, antes de perder la cuenta de los tragos, también tomé cocacolas, pero con ron, muchas, casi tantas como en mi primer viaje, en autobús.
Anoche sí tengo presente que mis amigos me llevaron a un casino, donde metí las monedas en unas máquinas y gané un montón de plata. Como cinco veces logré que, en las pantallas de las máquinas, que llaman traga-monedas, saliesen tres símbolos iguales, y entonces sonaba un timbre, muy fuerte, y cayeron para mí las monedas que la máquina se tragó de otras personas. Entonces mis amigos se hicieron más amigos míos, todavía, y pedían para mí más tragos, que unas chicas muy guapas y con poca ropa, nos daban sin cobrarnos. Como eran gratis, es que tomé tantos, que perdí la cuenta.
Mientras recordaba todo esto de mis experiencias pasadas, estaba sentado al lado derecho de la cama, cuando salió del baño la rubia, todavía sin ropa, y me volvió a decir que yo era un canalla y un miserable, porque a una esposa no se la debe tratar así, que anoche, unas pocas horas antes, yo le había jurado que iba a quererla para siempre y que le había comprado un lindo vestido, que, por cierto, estaba tirado sobre un sillón de ese cuarto desconocido.
No sabía qué decir, cómo podía explicarle a la rubia que los güisquis que me tomé eran como los aguardientes de los que el Jefe Político de mi pueblo decía que hacen morir a las gentes y que, si sobreviven, al día siguiente, no se acuerdan de nada.
“Usted me parece muy bonita”, le alcancé a decir bajando la mirada y tiene una figura que ya se la quisiera la hija del Jefe Político, que salió reina del cantón y estuvo preseleccionada para reina de la provincia”. Le conté que todos en el pueblo decían que perdió el reinado por persecuciones políticas contra el Jefe Político, porque era amigo del gobernador, que era contrario al señor ministro del Interior, y ese ministro, perseguía a todo el mundo con cualquier pretexto.
Yo le conté todo esto para romper el hielo, porque se le notaba sumamente molesta y lo peor era que parecía que tenía razón. Pero ella, la rubia, me contestó que a ella no le importaba un rábano la belleza de la reina de mi pueblo y que no le parecía gracioso el cuento de las razones por las que había perdido el reinado provincial. Lo que sí le importaba, me dijo, era la enfermedad de la memoria que todos los de mi pueblo debíamos tener, por tomar porquerías que sabíamos que nos afectaban, hasta el punto de no recordar ni las cosas más importantes de la vida, como el matrimonio, por ejemplo. Me zampó lo último a la cara y se dio la vuelta, para ni siquiera verme.
Yo pensé que a esta chica tan bonita y que parecía dulce, yo le había hecho mucho daño y para que volviera a mirarme, le prometí que me iba a portarme bien y que cumpliría con mi promesa de quererla toda la vida, pero que, por favor, me ayudase a recordar cómo nos habíamos conocido y quién nos casó, que me dijera dónde estábamos y qué pasó con mis amigos.
EL RECUENTO
Un pastor autorizado, que era el mejor imitador de Elvis Presley, nos había casado, y mis amigos fueron testigos del matrimonio, mientras que las damas de honor fueron unas coristas, compañeras de la rubia, que se llamaba Shirlita. La cantidad de plata que yo había ganado estaba dentro de unos ositos de felpa que yo había comprado para ese propósito y que solo ella sabía lo que guardaba dentro de ellos.
Me parecía recordar que, cuando estaba en el pueblo, tenía una alcancía que parecía un oso y no un puerco, como son las alcancías comunes y corrientes. Mi padrino, que me regaló el osito, me dijo que él amaba a los puercos y que no le gustaba pensar que alguien los llenaba de monedas, porque era lo mismo que darle de comer metales a un puerco de verdad. Entonces, desde que era chiquito, toda la plata que conseguía o que me regalaban la guardaba en el osito.
Dentro de mi inconsciencia, por borracho, debí acordarme del osito y escondí en otros, los billetes que me habían dado cuando cambié las monedas que Shirlita me dijo que gané “ como loco”. Me quiso hacer una confesión y me explicó que el mayor atractivo que ella vio en mí, era, precisamente, la cantidad de monedas que andaba cargando por el casino.
Por mi parte, me imaginé que ella debía tener mucho éxito por su estupenda figura y su ritmo. La comparé, otra vez, pero ahora en materia de bailes, con las chicas que conocí en mi país, que no podían seguir ni los consabidos pasos de las canciones populares, tristes y lloronas, que tocaban en las fiestas de mi pueblo. En cuanto a mi atractivo, me di cuenta de que era cierto eso de que el dinero embellece a las personas, porque incluso, ya que hablamos de ella, la hija del Jefe Político no es que sea una belleza, pero su papá tiene toda la plata del mundo, lo cual le hace mucho, pero que mucho más atractiva.
En otro brote de conciencia, le dije a Shirlita que todo eso sí lo recordaba y que sabía bien que todo el dinero lo escondí en los osos. “Si sé que sabes todo eso, Sergio”, me dijo. “Pero porque anoche, antes de la luna de miel, contamos juntos los billetes”, y que gracias a ella es que habíamos ido juntos a la cajera del casino, para que nos diesen un cheque por la mayor cantidad de plata, habiendo dejado en efectivo, para pagar nuestros gustos de recién casados, la cuenta del hotel y otros gastos menores.
Le pedí que me recordase cuál era el nombre del hotel y por qué nuestro cuarto era tan grande. Estábamos en la suite nupcial de un hotel-casino muy lujoso, donde yo había comprado champán como para bañar a todos los puercos de mi padrino.
Shirlita recapacitó y decidió quedarse conmigo, para comprobar que yo ya no era tan mala persona, y porque había visto el cheque a mi nombre, que era la razón para mi mayor atractivo. Me juró que, si me portaba bien, viviríamos en una linda casa, a las afueras de Nueva York, tendríamos un auto grande, dos o tres hijos y un perro, que yo le había dicho que quería llamar Bobby, porque así se llaman los perros más finos de mi país.
NUEVA YORK
Hace cinco años es que llegué, molido, a Nueva York, donde unos primos que eran también ahijados de mi padrino. Ellos ya eran residentes permanentes y tenían unas tarjetas de sobra, de las que se llaman verdes, y me prestaron una para ir a trabajar en un restaurante de comida Tex Mex, que, para que los que no lo sepan, les diré que no es comida tejana, la de todos los gringos, ni mejicana, pero es como mezclar la salchicha del “jotdoc” con las tortillas de maíz, que se llaman tacos.
El dueño del restarurante, una muy buena persona, me decía ¨Pedrito¨y yo no protesté nunca, porque en la tarjeta verde que me prestaron mis primos, que, dicho sea de paso, me enteré luego de pocos meses de mi llegada a Nueva York, que habían sido deportados. La tarjeta que me prestaron se suponía que pertenecía a un Pedro Vargas y no estaba a mi nombre, Sergio Hualca Gómez.
Don Floresmilo, el dueño del restaurante, me tomó mucho cariño y me mandaba a hacer unas entregas, fuera de las horas de trabajo, y cada vez que volvía con unos sobres, llenos de billetes, sin contar sacaba un fajo y me daba, como recompensa, porque yo ya me despuntaba como su hombre de confianza.
Don Floresmilo me dijo que debía hablar bien inglés, porque me podía mandar con otros encargos a otras ciudades, y entonces me inscribió en una iglesia, donde el pastor, uno que me dijo ser el afroamericano más devoto de NorteAmérica, me entregó unos papeles para que me dieran cursos de inglés, gratis, como residente permanente y con la famosa carta verde. Después de un curso intensivo de más de seis meses, me entregaron un certificado que decía que Pedro Vargas hablaba inglés, casi como un nativo.
Ciertamente mi inglés me dio oportunidad para conocer muchas ciudades del este de los Estados Unidos. Me compré un auto de segunda mano, pero muy bueno, y en ese automóvil llevaba los paquetes de don Floresmilo y volvía con muchos más sobres de dinero. Los fajos de billetes de recompensa, que me daba don Floresmilo, cada vez eran más grandes. Tenía plata de sobra para mandar a mi pueblo, para que mi papá y mi padrino no terminasen macheteados, incluso para que mi papá y mi mamá se hicieran construir una casa muy bonita, con los planos que compré en Nueva York, y para que mis otros primos. que se quedaron en el pueblo, fueran a un colegio de curas en la capital provincial.
Para no perder mi relato, diré que en Nueva York me hice amigo de unos dominicanos muy simpáticos y salíamos con unas chicas, paisanas de ellos, los fines de semana. No recuerdo a ninguna de estas chicas, en particular, que me gustase más, pero todas eran afectuosas y yo muy generoso, así que no puedo decir que me fuer mal con las mujeres, pero gracias a las recompensas de don Floresmilo, es que me hice atractivo para las chicas, como me confesó Shirlita que pasó con ella. El dinero que gastaba me abrió las puertas para que yo lo pasas excelente, en cualquier lugar donde fuéremos con las dominicanas.
No importaba que entre ellas me dijeran ¨paganini¨, porque el dinero que recibía por los encargos era como caído del cielo. No me daba el trabajo en contar los billetes, los iba guardando en el piso falso de mi cuarto, en un barrio alegre del oeste de la ciudad, y sacaba lo que pensaba que gastaría. Mandaba plata regularmente a mi familia y yo pagaba mis gustos y las farras de mis amigos, es cierto, pero siempre consideré que era justo valorar, como compensación a mi generosidad, el precio de las atenciones que me daban las cariñosas dominicanas.
Ya tenía un buen inglés, me vestía bien, tenía un lindo auto y un pequeño departamento en el oeste de la ciudad. No podía pedir más, pero no toda buena fortuna dura para siempre.
EL FBI
Era un viernes temprano. Apenas llegué al restaurante de don Floresmilo, el cocinero me dijo que la policía había estado la noche anterior allí y que encontraron al dueño muerto, sin ningún rasguño.. Sentado en el sillón, puesto una bata roja, que tenía desde hace muchos años, con zapatillas de terciopelo y en su mano derecha la colilla de un cigarro que se suponía había consumido unas horas antes, había también parte de las cenizas en el brazo del sillón y los dedos de don Floresmilo se habrían quemado ligeramente con la colilla, lo que hacía pensar a la policía que el viejo había muerto en la madrugada del día anterior.
Querían hablar conmigo, por ser el hombre de confianza, y el cocinero les había dicho a los agentes que pronto llegaría. Me esperaban en el piso de arriba del restaurante, donde vivía don Floresmilo.
Llegué con toda la ingenuidad del mundo y me dijeron que me iban a pasar a otros agentes, no los policías de la ciudad, porque el problema comprometía a algunos estados del este de los Estados Unidos.
Yo sabía que el problema eran los encargos que yo llevaba y los sobres que traía, pero me fingí más despistado de lo que podía parecer, pequeño, moreno, delgado, de muy pocas palabras. En fin, no parecía yo el típico sospechoso, que no tiene que decir una palabra, porque todos saben que es el culpable.
Vinieron los del FBI, vestidos de negro y con camisas blancas. El jefe de los agentes me dijo que sabían que vivía bajo un nombre que no me correspondía, pero que yo no ocultaba que me llamaba Sergio Hualca Gómez y que todas mis cuentas estaban a mi verdadero nombre, que el tal Pedro Vargas era un famoso cantante de rancheras mejicanas y que no había vivido nunca en Nueva York.
Sabía el FBI de dónde había yo obtenido mi carta verde, con ese nombre, pero que, aparte de que esa era mi primera ofensa criminal, querían que les ayudase a descubrir toda una “red”. Los principales sospechosos del asesinato eran unos indígenas sudamericanos, que vivían en el bajo Manhattan, pero no encontraban ninguna conexión de ellos con el asesinado don Floresmilo.
Les dije que, ciertamente, mis primos Hualca Hualca, fueron los que me dieron la tarjeta verde, para trabajar como mesero, pero que pocos meses después, que también era verdad, don Floresmilo me puso a trabajar como mensajero, y que él sabía que me llamaba Sergio, pero que por cariño me iba a seguir llamando Pedrito, porque era “fan” de Pedro Vargas, el famoso cantante, lo que igualmente era verdad.
Ofrecí toda la ayuda al FBI y les aseguré que cuando mi relación de trabajo fue estable, contraté a un tramitador, para que me consiguiera una carta verde con mi nombre completo y real, y esa carta era la que había venido usando para sacar la licencia de conductor y todos mis papeles. Había ya aplicado para ser ciudadano con la ayuda de don Floresmilo, que me presentó como su sobrino, que eso no era verdad, pero que en los próximos días, con suerte, o en un mes y medio esperaba que me llamasen para seguir con los trámites de naturalización, para ser ciudadano, “porque soy una buena persona y pago impuestos”, terminé diciendo a los hombres del FBI.
¨¿Tú crees que puedes engañar al FBI?”, me dijo el jefe de los agentes vestidos de negro. Fingí no entender la razón para tamaña pregunta. Es que era imposible para ellos creer que yo no sabía qué iba en los paquetes y no contaba el dinero que traía en los sobres. Les juré que nunca abrí ni los paquetes ni los sobres, que sospechaba que estos últimos traían dinero, que mucha gente debía a don Floresmilo, porque era dueño de algunos edificios de vivienda y oficinas que alquilaba, lo que también era verdad.
Que sería deportado, me dijeron los agentes, a no ser que colaborase con sus investigaciones y con las que hacía otra oficina, que se llamaba DEA. Pregunté qué debía hacer y me dijeron que, primero, debía ir a cursos de entrenamiento para aprender artes marciales, usar pistolas y técnicas de investigación. Que mi mayor misión sería no contar a nadie que don Floresmilo había muerto y seguir con la rutina de los paquetes y los sobres.
Acepté de inmediato la oferta y puse la mejor expresión de ingenuidad que me era posible, para asegurar que luego del entrenamiento sería el mejor agente del FBI y de la DEA y de cualquier otra oficina, agencia, departamento o de lo que me pusieran a hacer.
Me dejaron libre y me instruyeron para ir el lunes próximo a la oficina del FBI en tal calle y piso determinado. No creo que deba dar mayores detalles, porque ciertamente esto que escribo es luego del entrenamiento y debo ser prudente y discreto.
AGENTE SECRETO
En mi pequeño departamento al oeste de la ciudad. estaba Shirlita, que me mantenía todavía a prueba, pues no confiaba en mi memoria y temía que cualquier mañana próxima, yo le volvería a preguntar quién era y qué estaba haciendo en mi cama.
Le dije que el lunes tenía que salir más temprano porque había cambiado de empleo. No me pareció que se admiraba con la noticia, ni siquiera la muerte súbita de don Floresmilo le hizo mella. Me dijo que estaba bien y que mi nuevo empleo sería más estable, pues eso del restaurante le sonaba a un empleo provisional, pero no algo que podría hacerme progresar.
Eso era cierto, porque además con la plata que gané en Las Vegas yo ya podía retirarme, pero me daba miedo que esos del FBI no me dejaran tranquilo y, si me deportaban, quizás no podría sacar mi dinero, que en compañía de Shirlita ya deposité en un banco, una cantidad para ir “viviendo” La mayor suma quedó en el banco para inversiones, las mismas que me darían una renta mínima, asegurada, en caso de que el FBI me confiscara mis ganancias de Las Vegas.
No le conté a Shirlita que fui mesero pocas semanas y que mi fuerte estaba en la mensajería, pero, en fin, ella no parecía estar interesada en detalles y solo se mostraba dispuesta a perdonarme, si yo me portaba bien y controlaba mi memoria. Lo que más trabajo me costaba era controlarme a mí mismo, pues cada vez que Shirlita se ponía cerca, tenía terribles deseos de abrazarla y no dejarla salir nunca más de la cama, pero ella me decía que eso vendría después de que comprobase que ya no iba a tener fallas en la memoria.
El lunes fui temprano a la oficina del FBI y me hicieron pasar al despacho de un jefazo, grande y gordo, que estaba sentado en un escritorio gigantesco y teníaa muchas banderas encima, todas de los Estados Unidos, pero en diferentes tamaños y con más o menos estrellas; unas tenían como trece y las otras, más de cincuenta. Atrás del escritorio, había más banderas, y a la derecha, una con un sello muy grande que decía FBI.
El jefazo se dio cuenta de que yo estaba contando las estrellas en las banderas y me dijo que no me admirase, porque él era un patriota y que a los patriotas les gustaban mucho las banderas. “Mientras más patriota se sea, más banderas se ponen en la oficina propia, en la casa, en el jardín enfrente de la casa y en el patio de atrás”, me explicó el jefazo.
Tanto me distraje con las banderas que no escuché que una puerta lateral, que estaba disimulada, no la misma por la que yo entré, se abrió y pasó una mujer, a l que al saludar al jefazo, reconocí por su voz; era Shirlita.
Le dije al jefazo que ella era inocente, que acababa de conocerla en Las Vegas y que no sabía nada de mis actividades de mensajería. El jefazo me tranquilizó, me dijo que conocía a Shilita desde hacía muchos años, porque era hija del mejor agente encubierto de la CIA en Cuba, que su mamá trabajó como secretaria de él, que era puertorriqueña, pero nacida en el alto Manhattan, de aquellos que se llaman “nuyorican”.
Entonces asumí que mi encuentro con Shirlita en Las Vegas no era casual, pues ella sabía de mis actividades de mensajería, y que más bien me habría estado vigilando. Los dos dijeron que sí que sí conocían de mis trabajos de ida y vuelta, pero que el tema era tan complicado que en diez años que estaba el FBI investigando, no se había podido descubrir dónde estaba la parte sucia del negocio de don Floresmilo, pues era cierto que recibía el dinero que le daban los administradores de sus edificios y que ellos, los administradores, recibían sobres que no habían sido interceptados, pero que no llevaban drogas con seguridad, porque esas sí que se hubieran detectado.
Estaba decepcionado de Shirlita, pues mi mayor encanto no había sido la plata que gané en Las Vegas, sino mis actividades como mensajero, y que en verdad fui engañado. Me disponía a confesar algo de esto al jefazo, pero Shirlita me cerró uno de sus lindos ojos y me quedé callado. Luego, en el departamento, me dijo que todos tenían secretos en sus vidas y que el nuestro compartido sería la cantidad de dinero que teníamos. Noté que ya todo lo decía en plural, ya éramos “nosotros” y lo que antes era “mío”, ella ya decía “nuestro”.
El plan de Shilita era que yo siguiera mis actividades propias, después del entrenamiento, y que cuando ya tuviese todos los detalles sobre la “operación Floresmilo”, así me dijo que en adelante se llamaría; yo me hiciera de los sobres que mandaba don Floresmilo, para que el negocio pasase a ser mío, perdón, nuestro.
Me parecía que me estaba haciendo agente múltiple, del FBI, por necesidad, de Shirlita, porque me gustaba mucho tenerla a mi lado, y de la DEA, que ya me daría instrucciones cuando terminase el entrenamiento.
Este entrenamiento que me faltaba completar me quitaba mucho tiempo para estar con Shirlita y no sabía cómo hacer para que me diesen licencias e ir a mi pequeño departamento al oeste, para demostrarle lo bien que andaba mi memoria, tanto que hasta soñaba con ella, aunque estuviese despierto. Es que Shirlita, como dicen en mi paía, está como quiere, que es la expresión máxima que usamos cuando una persona que alguien conoce no puede dejar de tenerla dentro de su cabeza, pues todo lo bonito que ve le recuerda su hermosa cara, su cuerpo, sus lindas piernas, sus ojitos, en fin, la imagen de Shirlita vivía dentro de mi.
Por fin llegó la ceremonia de la graduación y, después de una ceremonia que incluía un juramento solemne, cantamos a voz en cuello el himno de los Estados Unidos, que yo no sabía bien y más bien abría la boca para que pareciera que cantaba con mis compañeros. Salimos de la ceremonia y fuimos a celebrar. Shirlita, que estuvo invitada a la ceremonia, me dijo que estaba bien que fuera, pues para nuestro plan era importante conservar los buenos contactos, así que salí con mis colegas, para darnos un fiestón.
Las Vegas estaba muy lejos, además que no quería que me volviese a pasar lo del permiso en la milicia, así que fuimos a Atlantic City, para jugar en los casinos y beber güisquis gratis. Volví a probar mi suerte y volví a ganar muchas monedas, que cambiamos en seguida, para irnos a otros lugares y seguir gastando mi plata. Volví a ser el “paganini”, pero nunca me importó el asunto, porque tenía confianza en mis recursos, suficientes para toda la vida.
Desperté en un hotel que, por fortuna, sí recordaba. En el dormitorio estaba solo, lo que fue un alivio tremendo. Tenía la boca muy seca y un terrible dolor de cabeza. Era que había tomado güisquis como aguardientes y que la noche anterior morí un poco, para resucitar hecho pedazos, pero más que la cabeza me dolía el poto, como estaba cabeza abajo, me di la vuelta en la cama y así boca arriba, el dolor del poto era insoportable, pero era un dolor de la piel, nada interno, y me dolían los dos hemisferios, lo que me tranquilizó, pues en mis ausencias podía incluso haber dado malos pasos y en otras direcciones, lo cual avergonzarían a la familia Hualca por diez generaciones.
Con mucho esfuerzo fui al baño, y con un juego de espejos y poniéndome en una posición difícil, las piernas recogidas y mi cuerpo agachado, puede ver un tatuaje en la parte baja de mi poto, en la parte inferior de los dos hemisferios, a la izquierda, una letra “F” grande, en el medio, hasta bien abajo, una enorme letra “B” y a la derecha,, una gorda “I”, a los dos lados, unas palmas.
Por fortuna, mi ropa interior cubría totalmente la inscripción, que reconocí por las siglas de la agencia donde ya trabajaba, el FBI, pero no sabía por qué hice tanto daño en mis andinas posaderas y qué motivos habría tenido. Me vestí y salí a buscar a mis colegas, pues alguien tendrían que explicarme.
Los divisé en unas sillas “perezosas”, al lado de piscina, no parecían muy contentos, mostraban también que sufrían dolores. Me acerqué y les pregunté qué hicimos, por qué estábamos en tal mal estado.
El único de nosotros que parecía sufrir menos, nos recordó que habíamos ido a un estudio de tatuajes, para hacernos todos algunos que fuesen muy patrióticos, como el jefazo nos había enseñado que fuéramos. Uno de mis colegas se había hecho en el pecho una enorme águila americana, las alas extendidas del águila tapaban sus tetillas. Otros se habían hecho en la espalda, en los brazos y en las piernas, distintas banderas con más o menos estrellas, Y el menos adolorido, tenía un pequeño tatuaje en su brazo derecho, que decía: “I Love NY” y nada más. Claro que él era al que menos mal le cayeron los güisquis, el que nos aconsejó los diseños y el que, para evitar recriminaciones, se hizo ese muy disimulable tatuaje pequeño.
Volví a mi departamento en el oeste de la ciudad y, cuando llegó Shilita, le comenté lo que había hecho, por los efectos del aguardiente americano y me perdonó, siempre que no hubiese querido casarme otra vez. Tuve que mostrarle el tatuaje y jurarle que no tenía la menor idea de lo que me habría llevado a escoger las siglas del FBI. Me dio mucha vergüenza dejarme examinar por Shilita, incluso con una lupa. Me dijo que con ella podría medir la profundidad del tatuaje y me llevó donde un médico que conocía, que era cirujano plástico y que sabía que había tenido éxito en borrar tatuajes en varios arrepentidos.
Otra vez, la humillación. El médico me revisó con más detalle que Shirlita, me puso en la camilla en una posición muy dolorosa, con las piernas para arriba, primero, y luego para abajo, tratando de abrirlas lo máximo posible. Al final de la tortura me dijo que se podría tratar de borrar las letras con varias sesiones de rayos láser, pero que la zona donde estaba el tatuaje era muy sensible y que no había seguridad de que las sesiones diesen en resultado, me quedaría siempre una sombra parduzca.
Shirlita dijo que no le veía el uso práctico de las letras en mis trabajos como agente, porque todos suelen mostrar sus placas, pero no había visto a ninguno bajarse los pantalones para identificarse como agente. No sabía qué aconsejarme. Quizás, me dijo para consolarme, que me hiciera tatuar la parte baja de los dos hemisferios de mis nalgas, del mismo color de las letras, para que pareciera que estoy usando una especie de tanga.
No me gustó la sugerencia, porque había visto unos monos mandriles con potos rojos y podría pasar con mi poto negro, como si fuera un mandril importado, o de una especie similar. Pensé que no podía nunca exhibir mis posaderas en ninguna ocasión y que tendría que utilizar siempre ropa interior negra, hasta que la ciencia descubriera algún método moderno para borrar tatuajes.
En muchas ocasiones he analizado por qué habría escogido la parte baja de mis posaderas para ponerme el tatuaje. Sería un gesto de rebeldía por haberme forzado a ser agente secreto o no pensé que habría mejor lugar en mi cuerpo que precisamente mi poto; o, quizás, cuando me preguntaron en el estudio de tatuajes dónde quería que me pusieran el mío, yo pude haber dicho que me importa un poto el lugar, que lo que quería es ser tan patriota como mis colegas.
EL ENIGMA DEL ASESINATO DE DON FLORESMILO
Yo no estaba preparado para investigar, por lo que no me dieron el caso, pero supe que el enigma mayor era descubrir por qué terminó muerto súbitamente don Floresmilo. Los agentes del FBI, que seguían la pista de los paquetes y los sobres, conocían que los administradores que recibían los paquetes y entregaban los sobres con dinero, no sabían de la muerte de don Floresmilo y esperaban recibir los paquetes, por eso, el plan del FBI era que yo, entrenado, siguiera con el negocio como sucesor de don Floresmilo.
Los únicos sospechosos, de los que me hablaron en el primer contacto que tuve con los agentes, cuando me entrevistaron a raíz de haber encontrado a don Floresmilo muerto, eran aquellos de los que la policía de la ciudad informó al FBI y que parecían indígenas sudamericanos. Estos habían desaparecido de la manera más misteriosa y súbita tal y como aparecieron, pero no dejaron huella alguna de las razones que podrían haberles motivado para atentar contra la vida del anciano.
El entonces encargado de la investigación, un inspector apellidado Cooper, no tenía la menor idea de que don Floresmilo hubiera tenido otros contactos que no fueran los administradores de sus edificios. Por eso se manifestaron tan dispuestos a perdonar mis infracciones a las leyes de inmigración y de trabajo, para probar a través de mi alguna buena pista y para descubrir la parte sucia del negocio de don Floresmilo, que todos coincidían en que debía haber.
Cuando yo comencé a trabajar como agente secreto, el FBI prácticamente había dejado bajo responsabilidad de la Policía de Nueva York, los trámites para cerrar el caso abierto por elementales sospechas de asesinato del viejo, pues el interés mayor de la agencia, era precisamente desentrañar la fuente, que se suponía ilegal, de ingresos extraordinarios de don Floresmilo.
Yo pedí, muchos años después de la muerte súbita de don Floresmilo, que se reabriera el caso, por las nuevas evidencias que había conseguido . A al continuar mis relatos se sabrá que estas dieron buenos resultados para infiltrar el camino de los paquetes y los sobres, y el contenido de estos.
Nunca he tratado de adjudicarme el éxito de la solución del enigma de esa muerte súbita, porque en principio se desestimó que pudiera haber habido un atentado y porque las evidencias recogidas por la policía de la ciudad fueron suficientes para cerrar el caso, que se basaba en especulaciones por lo súbito de la muerte de don Floresmilo.
El FBI sabía que los administradores eran, en realidad, los encargados de manejar los edificios, que eran legalmente de propiedad de don Floresmilo, y que los sobres que enviaban estos administradores, contenían los valores de los arriendos, entre otros pagos que estuvieron en secreto hasta que logramos develarnos, mucho tiempo después de la muerte de don Floresmilo.
Lo que no se había revisado con prolijidad era la situación de los inquilinos de los departamentos, locales comerciales y oficinas en los edificios de don Floresmilo. Si hubieran sido prolijos en esa investigación, se hubiera visto que no todos los inquilinos estaban conformes con los administradores, pues siempre hay alguien que se queja por la supuesta mala administración o por los costos de los alquileres.
Había un inquilino particularmente molesto, que vivía en un pequeño departamento en un edificio en Queens. Este individuo no solamente se dedicó a enviar cartas diarias de protesta al administrador del edificio, sino que averiguó el nombre del dueño del inmueble y mandó también a don Floresmilo una carta furibunda, por el costo excesivo de las cuotas de condominio.
El administrador, por pedido de don Floresmilo, le dio a conocer las cuotas por las que protestaba este individuo y se pudo comprobar que eran del orden de las que se suele cobrar en los edificios vecinos de ese mismo barrio y que nunca otro inquilino, ninguna vez, se había quejado de los valores de las cuotas.
El quejoso era un ciudadano centroamericano que antes había dirigido una especie de banda de desadaptados en el Harlem, que lo que quería era hacerse temer en el barrio por sus borracheras y acosos a las chicas jóvenes de la vecindad. Estos jóvenes desadaptados fueron luego atendidos por un pastor de una iglesia protestante, que los guie por un buen camino y organizó para ellos un servicio de mensajería con bicicletas. Las borracheras de los miembros de la banda, fueron progresivamente siendo menos frecuentes, hasta que se convirtieron en manejables. Las chicas de la vecindad, sin borrachos, dejaron de ser molestadas y el barrio entero empezó a vivir en relativa armonía, que es común en cualquier ciudad, de cualquier país.
El único que se sintió muy fastidiado con el cambio de conducta de los desadaptados fue este individuo, José Alvarado, que ya estaba bastante crecido para ser “juvenil” y que sin discípulos, se estaba quedando cada vez con menos posibilidades de que la gente del barrio le tuviese algún temor, pues a través de este temor era que José se sentía respetado.
El dirigente de la ex pandilla, frustrado, se presentó voluntariamente en la policía de su barrio para denunciar a sus ex discípulos, por todas las supuestas fechorías que habían cometido cuando él precisamente era su líder. La policía, por el pastor que enderezó a los infractores de menor importancia, sabía estas transgresiones, que no llegaban más allá de los insultos y las molestias, con piropos groseros, a las chicas del vecindario. Ellos, los jóvenes, también creían que el temor era la llave del respeto y las amenazas que proferían en insultos podían sonar graves, pero nunca se cumplieron.
Después de los procesos legales de rigor, los jóvenes y el adulto líder, fueron castigados con servicios comunitarios, que debían hacer en el mismo vecindario. El pastor protestante se presentó como voluntario para vigilar que el servicio social impuesto como castigo, se cumpliera a cabalidad.
Pasados los seis meses de la sentencia, los jóvenes siguieron con sus negocios de mensajería en bicicletas y voluntariamente siguieron prestando servicios a la comunidad, porque querían hacerse amigos de las chicas del vecindario, que antes acosaban.El líder adulto, se cambió de vecindario y fue a vivir a el departamento que arrendaba en el edificio de Queens, de propiedad de don Floresmilo, y era el que protestaba airadamente por el costo de las cuotas de condominio.
Como nadie hacía caso a sus demandas, José Alvarado montó el plan de asustar a don Floresmilo para que tomase cartas en el asunto de las cuotas de condominio.
Un día jueves, pasada la medianoche, fue al departamento que ocupaba don Floresmilo cuando no iba a su casa grande en Long Island, en el piso superior al del restaurante de su propiedad, donde yo trabajaba como mensajero. Apagó las luces desde la caja de fusibles, muy visible, en el pasillo de las escaleras de emergencia, y aporreó la puerta de departamento. Profirió amenazas y gritó que quería matar a don Floresmilo, el viejo, que se disponía a descansar, con sus pijamas, su levantadora, en zapatillas y dispuesto a fumar. Se asustó sobremanera y no resistió su corazón, afectado desde hacia mucho tiempo. Sufrió un infarto que terminó seis horas después, con la vida del viejo.
José Alvarado leyó las noticias sobre la repentina muerte de don Floresmilo y decidió salir de la ciudad de inmediato. Se puso en contacto con unos paisanos, artistas aficionados, que hacían representaciones sobre bailes antiguos de los mayas.
Para ayudar a su amigo y paisano, los artistas aficionados le disfrazaron también a José, en su departamento, para sacarlo de la ciudad, pero antes de salir del edificio, para que a nadie se le ocurriera perseguirlo, dijeron en viva voz que ellos eran parte de una avanzada indígena, establecida para terminar con los abusos de los terratenientes.
El administrador del edificio de Queens es el que dio el aviso a la policía acerca de esta, la cual creía que era una tribu de indígenas sudamericanos, que enseguida pasó a ser sospechosa de un posible atentado contra el viejo, que murió repentinamente en su departamento.
Cuando la autopsia que se hizo al cuerpo de don Floresmilo reveló que había muerto por causas naturales, el FBI dejó el caso a que fuera la policía de la ciudad, la que archivase el presunto atentado, que en efecto fue desechado, pero siempre quedó la duda de que pudo haber sido asesinado, por los negocios sucios que hacía el viejo.
Mis pesquisas, hechas muchos años después, confirmaron que sí fue asesinado, quizás involuntariamente, por José Alvarado, quien desapareció de Nueva York y regresó a vivir a su país, en Centroamérica, donde había muerto tres años después de reabierto el caso, atropellado por un autobús que conducía a un teatro en las afueras de la capital de ese país, a un grupo de bailarines folclóricos, de la cultura maya, precisamente.
LA VERDADERA LUNA DE MIEL
Para volver al tiempo de mi relato, después de la celebración del fin de mi entrenamiento como agente secreto, de vuelta al trabajo, ya bien capacitado para investigar, el jefazo me dijo que en todos los años en que habían seguido la pista al negocio de don Floresmilo, no habían podido encontrar algo muy extraño como para justificar el apresamiento del viejo o de los administradores de sus edificios. Las pequeñas pistas estaban en la cantidad de dinero que recibía y la cantidad que depositaba en sus cuentas bancarias. El FBI sabía que debía de haber más dinero, pero no había pista alguna sobre las personas que llevarían ese dinero extra.
Mi papel era seguir con la rutina, primero, ya que estaba repentinamente muerto don Floresmilo. El l FBI me daría los sobres que yo llevaría, como snada hubiera ocurrido, a sus destinatarios usuales. Luego, los sobres que ellos me entregarían, los daría a su vez al FBI, para que puedan compararse las ganancias reales, por los alquileres de viviendas y locales comerciales de los edificios, con la plata que usualmente don Floresmilo solía depositar.
Muy hábiles como son los agentes, me entregaron un sobre idéntico a los que solía darme don Floresmilo, el cual debía llevar a un lugar determinado, al sur de la ciudad de Nueva York, y entregarlo a la misma persona que había sido mi contacto por varios meses.
Llamé a Shirlita para contarle que comenzaba mi primera entrega y ella me recomendó que me cuidara mucho, me sonó muy cariñosa su recomendación y pensé que había empezado a perdonarme.
Tomé mi automóvil y fui con el sobre al destino usual, pero mi contacto recibió el sobre y lo pesó, movió la cabeza y me preguntó que había pasado a don Floresmilo, si estaba enfermo o qué. Yo le aseguré que nada había cambiado y que todo seguía igual. Entonces mi contacto me dijo que no podía recibir ese sobre, que don Floresmilo debía haberse equivocado de destinatario, puesto que no podía ser para él. Me dijo que no me podía entregar el sobre suyo y que devolviese el sobre equivocado a don Floresmilo.
No me pareció prudente insistir, no podía mostrar mi placa de identificación, peor la que levaba tatuada. Salí y regresé a la oficina del jefazo para contarle lo ocurrido. Llamó a su ayudante, el que había preparado el sobre, y le dijo que algo estuvo mal hecho. El ayudante le demostró con fotografías que el sobre preparado por la agencia era exactamente igual a los que solía mandar don Floresmilo. El jefazo y el ayudante se miraron a los ojos y dijeron en viva voz que entonces quedaba confirmado que no debía ser droga el contenido.
Tenían que pensar en qué otra sustancia o qué otro contenido de mucho valor debían llevar los sobres, y eso les tomaría algunos días, así que el jefazo llamó a otro agente y le ordenó que hiciera llegar a los contactos de todos los edificios, que había surgido un problema en la salud de don Floresmilo y que los envíos se suspenderían por dos semanas.
Entonces yo quedaba libre esas dos semanas y le pregunté al jefazo si podía tomar esos días para tener una auténtica luna de miel con Shirlita, porque la de Las Vegas fue muy rápida y casi tormentosa. Aceptó mi propuesta y me dijo que volviera en dos semanas. Corrí, prácticamente, al departamento en el oeste, y encontré a Shirlita todavía en la cama. Le pregunté si quería que fuésemos de Luna de Miel. Me respondió que si que le gustaría, pero que primero iba a pedir la autorización del jefazo. Llamó con un código que me aseguró que era secreto y una vez autorizada, hizo su maleta, yo la mía y tomamos el automóvil para ir de Luna de Miel.
Mis colegas de la fiesta del tatuaje me recomendaron que fuésemos a un hotel hermoso en las cataratas del Niágara y allá nos dirigimos. Teníamos planeado llegar en un día y medio y Shirlita, precavida, hizo las reservaciones en el hotel a partir de la noche siguiente. Comenzamos la travesía y a la hora del almuerzo ya estábamos a mitad del camino.
Propuse a Shirlita que podríamos descansar en un motel en el camino. Me dijo que bueno, para seguir el camino muy temprano, al día siguiente, y fuimos al motel que Shirlita conocía y era muy seguro, el que usaban los agentes del FBI muy frecuentemente. Pidió una habitación con dos camas y me dijo que de ninguna manera se me ocurriese pasarme de cama, porque la que a mí me tocaba era para dormir solo, que ella todavía tenía sus dudas sobre mi memoria.
Recuerdo bien que esa fue la peor noche de mi vida, pues veía que era cierto el adagio, porque me parecía igual que morir de sed junto a la fuente el observar a Shirlita. Cada vez que ella se levantaba para tomar algo del mini bar o para ir al baño, yo la veía pasar y me dolía todo el cuerpo, porque quería saltar sobre ella y decirle que no podía más de amor, que me estaba consumiendo, pero me aguanté. Me distraje queriendo reconstruir su imagen de memoria y comprobaba después los detalles, de la forma de sus ojos, de su color medio verdoso, su naricita respingada, sus labios carnosos y sobre todo su figura; era hecha a escala, todo estaba en sus debidas proporciones. Quedé dormido con la reconstrucción mental de toda Shirlita.
Por la tarde llegamos al hotel, yo dejé que ella se acercara al mostrador y me imaginé que pediría una habitación con dos camas, pero no; pidió la suite nupcial, la más grande y la más costosa, y explicó a quien nos atendía que nos pusieran aromas, aceites y jabones extras, pues pensábamos encerarnos algunas horas.
Solo por vernos entrar juntos en esa hermosa suite, yo ya era feliz. La habitación principal tenía una cama grande, muy mullida, y estaba cerca del cuarto de baño más completo que se pueda concebir, con todo lo que había pedido Shilrlita y mucho más. Me dijo que saliéramos a pasear, a ver las cataratas hasta el anochecer. Yo hubiera querido comenzar de inmediato la Luna de Miel, pero estaba dispuesto a demostrar que tenía buena memoria y mejor comportamiento. Paseamos, tomamos té. De vuelta al hotel cenamos, bebimos champán y, cuando yo quería desfallecer, ella me dijo que ya era hora de retirarnos a nuestra suite nupcial. No creí que pudiese, ser más feliz de lo que fui, cuando pidió la suite, pero al imaginar por qué nos retirábamos, me preparé para un viaje a las estrellas.
Me hizo tomar un baño mientras ella deshacía las maletas y sacaba de una de ellas, una diminuta bata de noche, transparente. Se metió a la ducha, cuando yo salía, me pidió que la esperara en la cama, con dos copas de champán. No creo que haya persona que pueda abrir más rápido que yo una botella, servir las dos copas, y ponerme mi pijama nueva, de seda, la cual mis colegas me aconsejaron comprar por si acaso Shilita me hubiera perdonado.
Sonaron trompetas y clarines cuando ella apareció en la puerta del baño con su diminuta batita, era una sinfonía completa y no sabía qué decir ni qué hacer. Que no me importase, me dijo, que estaba acostumbrada a la turbación que causaba y que se encargaría ella de todo…y se encargó.
No me parece que, como agente secreto, deba dar detalles, sería romper todos los secretos que un ser humano debe tener. Mis mejores conocimientos anteriores con las chicas dominicanas no eran ni un aperitivo. Di toda la razón al Creador por haber expulsado a Adán después del fiestón que se pegó con Eva. A mí debieron haberme expulsado del planeta. Me quedé dormido y me desperté sobresaltado, creí que había tenido un sueño increíble, como Alicia en el País de las Maravillas y temí que Shirlita, cumplida su misión pedagógica, se hubiese ido.
Otra vez me equivoqué. Sí era la persona más afortunada del mundo, ella seguía a mi lado, en esa enorme cama, sus ojitos cerrados y su cabellera rubia que inundaba parte de mi almohada. No quise moverme para no despertarla. “Así deben dormir los ángeles”, pensé, para darme cuenta que la imagen que me hice en el motel del camino, no tenía nada que ver con la realidad, mis expectativas se habían quedado cortas, en todo el amplio sentido de la palabra.
Pasamos una semana con esa rutina de turismo y enseñanzas, hasta que me dijo Shirlita que debíamos volver a Nueva York, para comprarnos una casa hermosa y elegante en las afueras y prepararnos para vivir una existencia de calendario de los años cincuenta, con niños y un perro que se llamaría ¨Bobby¨, como casi todos los perros en mi país, para que se vea que la buena fortuna o ha podido terminar con mis raíces.
En esta ocasión de mi perfecta luna de miel, la fortuna me sonrió porque resolví el primer caso criminal de mi vida, que hizo que el FBI me apreciara más y, lo que es importante, que Shirlita decidiera “gratificarme”, con mayores favores, tantos que decidí no descansar nunca de mis tareas detectivescas que, evidentemente, fascinaban a la hermosa Shirlita.
MI PRIMER CASO RESUELTO
Al día siguiente del quinto día consecutivo de luna de miel, dejé nuestra suite nupcial para ir a buscar una revista de modas que quería Shilita, cuando la puerta de la habitación vecina se abrió de golpe y el cuerpo de un hombre salió como disparado de esa habitación. Tenía una sola zapatilla y el otro pie estaba descalzo. Comprobé, gracias al entrenamiento que me dieron en el FBI, que estaba muerto y esa comprobación me asustó mucho, por lo que grité a todo pulmón “¿Quien mató al muerto?. Salieron todos los huéspedes del piso, por mi tremendo grito, y luego se acercaron los empleados del hotel y también un reportero que estaba hospedado en el mismo hotel.
El reportero era de la cadena latina de radio y televisión e hizo viral mi frase “¿Quién mató al muerto?”. Yo expliqué que fue una reacción movida por la sorpresa traumática de encontrar un cadáver fresco, que salió disparado de la habitación vecina, pero todos los que recordaban la frase se reían de mí y eso me hacía temer que Shirlita volviera a ser dura conmigo.
Por fortuna mi frase poco feliz fue olvidada muy pronto, porque el ex Fiscal General de mi país, al saber de la frase dicha por un compatriota en luna de miel en las Cataratas del Niágara, llamó a una rueda de prensa y dijo que él sí sabia quién n había matado al muerto. Al preguntarle que quién fue, el ex Fiscal dijo: “Yo sé que fue el asesino” y esa inteligente deducción se hizo más viral que mi frase y a mí dejaron de tomarme del pelo.
