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Un barco hundido, dos misteriosos sobrevivientes, una historia antigua que vuelve del otro lado del Atlántico… y Ada y Oski que nos muestranque los secretos persiguen a los chicos curiosos. Lágrimas de sirena nos cuenta una aventura en donde hay lugar para la lucha por los ideales y para el amor, a través de personajes inolvidables que transitan la nostalgia y el humor. Unas vacaciones en un pueblo marítimo se convierten, en esta atrapante novela de Beatriz Actis, en la posibilidad de conocer una verdad insólita...¡Los misterios escondidos en la vida de la gente quieren ser revelados y descubiertos de una buena vez!
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Seitenzahl: 59
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Lágrimas de sirena
Beatriz Actiz
Ilustraciones:
Ana Sanfelippo
Los secretos persiguen a los niños curiosos.
Los persiguen con desesperación, como un futbolista al jugador del equipo contrario que tiene la pelota, se va escapando hacia el arco y está a punto de hacer un gol.
Los persiguen con fidelidad, como un perro compañero durante las largas caminatas de verano.
Andan tras ellos como zombies: sin pensar.
Como una nota burlona escrita por los bromistas del grado y pegada en la espalda del más distraído.
O como un mimo que en mitad de la calle imita el paso de algún transeúnte: sin que los niños curiosos (al menos al principio) se den cuenta.
En fin, como una sombra.
Los misterios escondidos en la vida de la gente no se quedan quietos y persiguen a los niños curiosos, para poder ser revelados y descubiertos de una buena vez.
I. El mar no es uno solo
El mar no es uno solo, pensó Ada, y guardó en el bolso, un poco a escondidas, uno de sus libros más “pesados”, de esos sobre los que su mamá había dicho: “Mejor no los lleves, porque estamos cargadas de cosas”.
Ada lo puso igual. Era El faro del fin del mundo, de Julio Verne, encuadernado en color azul oscuro, con ilustraciones que eran réplicas de los grabados de la edición original.
Cuando miraba esos extraños dibujos en blanco y negro, a veces le daba fascinación y alegría, y otras veces le daba miedo (pero la fascinación no se iba).
El libro había sido de su abuelo y fue impreso en Buenos Aires en la década del cuarenta. La cintita dorada pegada al lomo, que se usaba como señalador, marcaba una página en particular, la del inicio del capítulo “Tras el naufragio”.
Ada conocía el mar de los libros y ahora iba a conocer el mar de verdad.
Cada verano, Ada tenía vacaciones que, como salidas de la galera de un mago, se convertían en dos. Aquel 31 de diciembre había viajado junto a su mamá y su abuela (y Carmela, la perra) a Puerto Clemente para pasar fin de año en la playa. Después, volverían a Rosario y Ada se iría a pasar el resto del mes a una casa-quinta que había alquilado su papá. Desde que sus padres se separaron, el verano se desdoblaba, se dividía en dos mitades diferentes.
Aquella era la primera vez que Ada pasaba fin de año en un lugar que no era el suyo; en Navidad había estado junto a su papá y a sus otros abuelos en Rosario. En ese momento pensó: ¡Qué alegría conocer el mar! Y al mismo tiempo: ¡Qué tristeza estar lejos de mis primos y mis amigos justo ese día!
Y sí, le había dado una mezcla rara de sensaciones saber que el año nuevo no la iba a recibir en su ciudad.
Pero Ada soñaba con el mar: se lo imaginaba como un montón de ríos, uno al lado o tal vez encima del otro (Rosario crece a orillas del Río Paraná, que es ancho, marrón, y surcado por islas espesas de vegetación), con colores cambiantes, olas que se sobresaltaban con el paso de los barcos y, sobre todo, sin límites.
Cuando llegaron a Puerto Clemente, atardecía. A pesar de las dudas, a Ada le gustó la ceremonia de encargar la cena de fin de año (un pollo con papas fritas, helado y budín inglés) en el comedor que estaba en frente del departamento que alquilaban.
Después de comer, cuando dieron las doce, subieron a la terraza del edificio. La pobre Carmela temblaba de miedo por el ruido de los petardos y por la sirena de los bomberos, que había sonado de modo prolongado cuando llegó la medianoche.
Desde allí vieron la luna sobre el mar ennegrecido (que para Ada era todavía un misterio) y más fuegos de artificio. Por donde uno mirara, el mundo allá arriba se iluminaba. A Ada le gustaron sobre todo los que formaban una lluvia de estrellas de colores en la oscuridad de la noche.
Al día siguiente, la playa estaba sucia de restos de pirotecnia (la abuela se quejó porque la gente perturbaba la naturaleza). Pero Ada al fin pudo ver el océano y sorprenderse y disfrutar aquel encuentro inolvidable.
Pasaron el primer día del año en la playa. Ada clavó la sombrilla en la arena haciendo un agujero profundo con las manos, como un topo en acción.
Ese primero de enero, al lado de la sombrilla se ubicó otra familia, a la que Ada se puso a observar sin disimulo.
No podía dejar de mirarlos porque se trataba de una auténtica familia convertida en milanesa.
II. El lugar del mar en la vida de la gente
Un hombre alto que debía ser el padre de la familia vecina reía, despreocupado, al observar a sus hijos. Eran varios: algunos varones y algunas mujeres, de diferentes edades, la mayoría adolescentes y uno solo más chico, de unos diez u once años, que era más o menos la edad de Ada (que en un mes iba a cumplir doce).
El padre se reía especialmente en el momento en que los chicos se zambullían en el mar y después, con el cuerpo mojado, se revolcaban en la arena, girando y girando hasta convertirse en milanesas humanas.
También hacían guerra de arena: se arrojaban entre todos puñados como quien arroja bombitas llenas de agua en carnaval. Y el perro... el perro era peludo y de un color indescifrable porque también estaba tapado de arena.
Hasta que Carmela vio al perro. Y el perro vio a Carmela.
La vio y se metió de inmediato en el agua (la abuela se quejó porque las mascotas se bañaban en el mar). El perro salió mojado y sacudiéndose, pero sin un rastro de arena. Ada pensó que si hubiera tenido un peinecito, el perro incluso se hubiera hecho la raya al medio para verse bien delante de Carmela.
Ya su mamá, en tanto, había comenzado el interrogatorio a una señora que debía ser la madre de los chicos-milanesa y que se había acercado a pedir amablemente disculpas por la lluvia de arena que asoló la región a partir de la llegada de sus cinco hijos.
