1,49 €
Las amistades peligrosas de Pierre Choderlos de Laclos es una novela epistolar que demuestra el dominio del autor en el arte de la intriga y el cinismo en la Francia prerrevolucionaria. A través de cartas intercambiadas entre los protagonistas, el Vizconde de Valmont y la Marquesa de Merteuil, Laclos revela un retorcido juego de manipulación y engaño orquestado por estos aristócratas sin escrúpulos. El estilo literario de Laclos es elegante y refinado, con un agudo sentido de observación de la naturaleza humana, que explora la corrupción moral de la alta sociedad. El contexto literario de la obra es clave, ya que la novela se sitúa en el Siglo de las Luces, un período de cuestionamiento de valores tradicionales. Pierre Choderlos de Laclos fue un militar francés que, aunque escribió solo unos pocos libros, dejó una profunda impresión en la literatura con su obra maestra. Su experiencia en la aristocracia militar y su observación de la decadencia moral de su época inspiraron la trama de traición y venganza que caracteriza a Las amistades peligrosas. Laclos buscaba desentrañar la hipocresía de la burguesía y la nobleza, revelando las intrincadas relaciones de poder que definían sus vidas. Recomendar Las amistades peligrosas es casi una obligación para cualquier amante de la literatura clásica. La novela no solo ofrece una historia fascinante y cautivadora, sino que también proporciona una mirada crítica a la moralidad y las costumbres de una sociedad al borde del cambio. Además, la habilidad de Laclos para tejer una narrativa compleja y profundamente humana asegura una experiencia de lectura enriquecedora y perspicaz. Este libro es indispensable para cualquier lector que busque comprender mejor las complejidades del comportamiento humano y el impacto del poder y el deseo. Esta traducción ha sido asistida por inteligencia artificial.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2025
CÉCILE VOLANGES a SOPHIE CARNAY, a las Ursulinas de...
Ya ves, querida amiga, que cumplo mi palabra y que los gorros y los pompones no me quitan todo el tiempo; siempre me quedará tiempo para ti. Sin embargo, he visto más adornos en este solo día que en los cuatro años que hemos pasado juntas; y creo que la soberbia Tanville8 se entristecerá más en mi primera visita, en la que pienso pedirla en matrimonio, que lo que ella creyó hacernos cada vez que vino a vernos in fiocchi. Mamá me ha consultado todo; me trata mucho menos como a una pensionista que en el pasado. Tengo una doncella para mí sola; tengo una habitación y un gabinete a mi disposición, y te escribo en un escritorio muy bonito, del que me han dado la llave y donde puedo guardar todo lo que quiera. Mamá me ha dicho que la veré todos los días cuando se levante; que basta con que esté peinada para cenar, porque siempre estaremos solas, y que entonces me dirá cada día a qué hora debo reunirme con ella por la tarde. El resto del tiempo es libre, y tengo mi arpa, mis dibujos y libros, como en el convento, salvo que la madre Perpetua no está allí para regañarme, y que dependería de mí estar siempre sin hacer nada; pero como no tengo a mi Sophie para charlar y reír, prefiero mantenerme ocupada.
Aún no son las cinco; no tengo que volver con mamá hasta las siete: ¡tengo mucho tiempo si tuviera algo que contarte! Pero aún no me han dicho nada; y si no fuera por los preparativos que veo y la cantidad de trabajadoras que vienen todas para mí, creería que no piensan casarme y que son solo más tonterías de la buena Joséphine9. Sin embargo, mamá me ha dicho tantas veces que una señorita debe permanecer en el convento hasta que se case, que, ya que me saca de allí, Joséphine debe de tener razón.
Acaba de parar un carruaje en la puerta y mamá me manda decir que vaya enseguida a su casa. ¿Será el señor? No estoy vestida, me tiemblan las manos y me late el corazón. Le he preguntado a la criada si sabía quién estaba con mi madre: «En verdad, me ha dicho, es el señor C***». Y se reía. ¡Oh! Creo que es él. Volveré enseguida para contarte lo que ha pasado. Al menos ya sé su nombre. No hay que hacerle esperar. Adiós, hasta dentro de un rato.
¡Cómo te vas a reír de la pobre Cécile! ¡Ay! Me dio mucha vergüenza. Pero tú habrías caído en la trampa igual que yo. Al entrar en casa de mamá, vi a un señor vestido de negro, de pie junto a ella. Lo saludé lo mejor que pude y me quedé allí sin poder moverme. ¡Imagínate cómo lo miraba! «Señora —le dijo a mi madre, saludándome—, qué señorita tan encantadora, ahora aprecio más que nunca su bondad». Al oír esas palabras tan elogiosas, me entró un temblor tal que no podía mantenerme en pie; encontré un sillón y me senté, muy roja y desconcertada. Apenas me había sentado cuando este hombre se arrodilló ante mí. Tu pobre Cécile perdió entonces la cabeza; estaba, como dijo mamá, completamente asustada. Me levanté dando un grito agudo... como aquel día del trueno. Mamá se echó a reír y me dijo: «¡Vamos, qué te pasa? Siéntate y dale tu pie al señor». En efecto, querida amiga, el señor era un zapatero. No puedo expresarte lo avergonzada que me sentí; por suerte, solo estaba mamá. Creo que, cuando me case, no volveré a acudir a ese zapatero.
¡Reconoce que somos muy sabias! Adiós, son casi las seis y mi doncella dice que tengo que vestirme. Adiós, querida Sophie; te quiero como si aún estuviera en el convento.
P. D.: No sé a quién enviar mi carta, así que esperaré a que venga Josefina.
París, 3 de agosto de 17**.
8Pensionista del mismo convento.
9Torreón del convento.
La marquesa de MERTEUIL al vizconde de VALMONT, en el castillo de...
Vuelva, mi querido vizconde, vuelva: ¿qué hace, qué puede hacer en casa de una tía anciana cuyos bienes le han sido cedidos? Parta inmediatamente; le necesito. Se me ha ocurrido una idea excelente y quiero confiarle su ejecución. Estas pocas palabras deberían bastar y, honrado por mi elección, debería acudir con prontitud a recibir mis órdenes de rodillas; pero usted abusa de mi bondad, incluso desde que ya no la merece, y ante la alternativa de un odio eterno o una indulgencia excesiva, su felicidad quiere que mi bondad prevalezca. Por lo tanto, estoy dispuesto a informarle de mis planes, pero júreme que, como fiel caballero, no correrá ninguna aventura hasta haberla llevado a cabo. Es digna de un héroe: serviréis al amor y a la venganza; será una astucia10 más que añadir a vuestras memorias; sí, a vuestras memorias, porque quiero que se publiquen algún día y me encargo de escribirlas. Pero dejemos eso y volvamos a lo que me ocupa.
La señora de Volanges va a casar a su hija: es todavía un secreto, pero ella me lo confió ayer. ¿Y quién creéis que ha elegido por yerno? El conde de Gercourt. ¿Quién me hubiera dicho que yo sería prima de Gercourt? Estoy furiosa... ¡Vaya! ¿Aún no lo adivinas? ¡Oh, qué torpe! ¿Le has perdonado la aventura con la intendente? Y yo, ¿no tengo aún más motivos para quejarme de él, monstruo que eres11? Pero me calmo, y la esperanza de vengarme tranquiliza mi alma.
Usted se ha aburrido cien veces, al igual que yo, de la importancia que Gercourt da a la mujer que va a tener y de la tonta presunción que le hace creer que evitará el destino inevitable. Usted conoce sus ridículas prevenciones hacia la educación en clausura y su prejuicio, aún más ridículo, a favor de la recato de las rubias. De hecho, apostaría a que, a pesar de las sesenta mil libras de renta de la pequeña Volanges, nunca habría contraído matrimonio si ella fuera morena o no hubiera estado en el convento. Demostrémosle, pues, que no es más que un necio: sin duda lo será algún día; no es eso lo que me preocupa, sino que lo divertido sería que empezara por ahí. Cómo nos divertiríamos al día siguiente al oírle alardear, porque alardeará; y luego, si alguna vez educáis a esa niña, será una desgracia que Gercourt no se convierta, como otros, en la fábula de París.
Por lo demás, la heroína de esta nueva novela merece todos sus cuidados. Es realmente bonita; solo tiene quince años, es un capullo de rosa; torpe, es cierto, como nadie, y nada afectada; pero ustedes, los hombres, no temen eso; además, tiene una mirada lánguida que promete mucho, la verdad. Añádase a esto que yo se la recomiendo, y solo le queda darme las gracias y obedecerme.
Recibiréis esta carta mañana por la mañana. Exijo que mañana, a las siete de la tarde, estéis en mi casa. No recibiré a nadie hasta las ocho, ni siquiera al caballero reinante: no tiene cabeza para un asunto tan importante. Ya ve que el amor no me ciega. A las ocho le devolveré su libertad y volverá a las diez a cenar con el bello objeto, pues la madre y la hija cenarán en mi casa. Adiós, es más de mediodía, pronto ya no me ocuparé más de usted.
París, 4 de agosto de 17**.
10 Las palabras roué yrouerie, que afortunadamente la buena compañía está empezando a dejar de usar, eran muy habituales en la época en que se escribieron estas cartas.
11 Para entender este pasaje, hay que saber que el conde de Gercourt había abandonado a la marquesa de Merteuil por la intendente de ***, que le había sacrificado al vizconde de Valmont, y que fue entonces cuando la marquesa y el vizconde se enamoraron. Dado que esta aventura es muy anterior a los acontecimientos que se narran en estas cartas, se ha considerado oportuno suprimir toda la correspondencia.
CÉCILE VOLANGES a SOPHIE CARNAY
Aún no sé nada, querida amiga. Ayer mi madre tuvo muchos invitados a cenar. A pesar del interés que tenía en observar, sobre todo a los hombres, me aburrí mucho. Tanto hombres como mujeres me miraban mucho y luego se hablaban al oído, y yo veía claramente que hablaban de mí, lo que me hacía sonrojar; no podía evitarlo. Hubiera querido hacerlo, porque me di cuenta de que cuando miraban a las otras mujeres, ellas no se sonrojaban, o quizá era el color que se ponían lo que impedía ver el rubor que les causaba la vergüenza, porque debe de ser muy difícil no sonrojarse cuando un hombre te mira fijamente.
Lo que más me preocupaba era no saber qué pensaban de mí. Creo haber oído dos o tres veces la palabra «bonita», pero he oído muy claramente la palabra «torpe», y debe de ser cierto, porque la mujer que lo dijo es pariente y amiga de mi madre; incluso parece que me ha tomado simpatía desde el primer momento. Es la única persona que me ha hablado un poco durante la velada. Mañana cenaremos en su casa.
Después de cenar, volví a oír a un hombre que estoy segura que hablaba de mí y le decía a otro: «Hay que dejar que madure, ya veremos este invierno». Quizá sea él quien va a casarse conmigo, pero entonces solo faltarían cuatro meses. Me gustaría saber qué hay de eso.
Ahí viene Josefina, y me dice que tiene prisa. Pero quiero contarte otra de mis torpezas. ¡Oh! ¡Creo que esa señora tiene razón!
Después de cenar, empezamos a jugar. Me senté junto a mamá; no sé cómo sucedió, pero me quedé dormida casi al instante. Una gran carcajada me despertó. No sé si se reían de mí, pero creo que sí. Mamá me permitió retirarme, lo que me hizo muy feliz. Imagínate, eran más de las once. Adiós, mi querida Sophie; quiere siempre a tu Cécile. Te aseguro que el mundo no es tan divertido como imaginábamos.
París, 4 de agosto de 17**.
El vizconde de VALMONT a la marquesa de MERTEUIL, en París.
Vuestras órdenes son encantadoras; vuestra forma de darlas es aún más amable; haríais que se apreciara el despotismo. No es la primera vez, como bien sabéis, que lamento no ser ya vuestro esclavo; y por muy monstruo que digáis que soy, nunca recuerdo sin placer el tiempo en que me honrabais con nombres más dulces. A menudo incluso deseo volver a merecerlos y acabar dando, junto a usted, un ejemplo de constancia al mundo. Pero nos llaman intereses mayores; conquistar es nuestro destino; hay que seguirlo: quizá al final del camino volvamos a encontrarnos; porque, sin ánimo de ofender, mi hermosa marquesa, usted me sigue al menos a un paso igual, y desde que, separándonos por el bien del mundo, predicamos la fe cada uno por su lado, me parece que en esta misión de amor usted ha hecho más prosélitos que yo. Conozco su celo, su ardiente fervor; y si ese dios nos juzgara por nuestras obras, usted sería un día la patrona de alguna gran ciudad, mientras que su amigo sería como mucho un santo de pueblo. Te sorprende este lenguaje, ¿verdad? Pero desde hace ocho días no oigo hablar de otra cosa, y es para perfeccionarme en ello por lo que me veo obligado a desobedecerte.
No te enfades y escúchame. Como depositario de todos los secretos de mi corazón, voy a confiarte el mayor proyecto que jamás haya concebido. ¿Qué me propone? Seducir a una joven que no ha visto nada, que no sabe nada; que, por así decirlo, me sería entregada indefensa; que un primer homenaje no tardaría en embriagar y que la curiosidad llevaría quizá más rápido que el amor. Veinte otros pueden tener éxito como yo. No es así en la empresa que me ocupa; su éxito me asegura tanta gloria como placer. El amor que prepara mi corona vacila entre el mirto y el laurel, o más bien los unirá para honrar mi triunfo. Usted misma, mi bella amiga, se sentirá invadida por un santo respeto y dirá con entusiasmo: «He aquí el hombre de mi corazón».
Conoces a la presidenta Tourvel, su devoción, su amor conyugal, sus principios austeros. Eso es lo que ataco; ese es el enemigo digno de mí; ese es el objetivo que pretendo alcanzar;
Se pueden citar versos malos cuando son de un gran poeta12.
Sabrán, pues, que el presidente se encuentra en Borgoña, a raíz de un gran proceso (espero hacerle perder uno más importante). Su inconsolable media naranja debe pasar aquí todo el tiempo de su afligida viudez. Una misa cada día, algunas visitas a los pobres del cantón, oraciones por la mañana y por la noche, paseos solitarios, piadosas conversaciones con mi anciana tía y, a veces, un triste whisky, debían ser sus únicas distracciones. Le preparo otras más eficaces. Mi buen ángel me ha traído aquí para su felicidad y la mía. ¡Necio! Lamentaba las veinticuatro horas que sacrificaba a las costumbres. ¡Cuánto me castigarían al obligarme a volver a París! Afortunadamente, se necesitan cuatro para jugar al whiskey, y como aquí solo está el cura del pueblo, mi eterna tía me ha insistido mucho para que le sacrifique unos días. Adivinarán que he accedido. No se imaginan cómo me mima desde entonces, cómo se siente edificada al verme asistir regularmente a sus oraciones y a su misa. No sospecha la divinidad a la que adoro allí.
Así que aquí estoy, desde hace cuatro días, entregado a una fuerte pasión. Sabéis cuánto lo deseo, cuánto devoro los obstáculos; pero lo que no sabéis es cuánto la soledad aumenta el ardor del deseo. Solo tengo una idea; pienso en ella de día y sueño con ella de noche. Necesito tener a esta mujer para salvarme del ridículo de estar enamorado, porque ¿adónde lleva un deseo frustrado? Oh, delicioso placer, te imploro por mi felicidad y, sobre todo, por mi descanso. ¡Qué afortunados somos de que las mujeres se defiendan tan mal! No seríamos más que tímidos esclavos a su lado. En este momento siento un sentimiento de gratitud hacia las mujeres fáciles que me lleva naturalmente a postrarme a tus pies. Me postro ante ti para obtener tu perdón y termino esta carta demasiado larga. Adiós, mi hermosa amiga, sin rencor.
Desde el castillo de..., 5 de agosto de 17**.
12 La Fontaine.
La marquesa de MERTEUIL al vizconde de VALMONT.
¿Sabe usted, vizconde, que su carta es de una insolencia poco común y que solo de mí depende que me enfade? Pero me ha demostrado claramente que ha perdido la cabeza, y eso es lo único que le ha salvado de mi indignación. Como amiga generosa y sensible, olvido la ofensa y solo me preocupo por su peligro; y por muy tedioso que sea razonar, cedo a la necesidad que usted tiene en este momento.
¡Usted, tener a la presidenta Tourvel! ¡Qué capricho tan ridículo! Reconozco ahí su mal genio, que solo desea lo que cree que no puede obtener. ¿Qué es esa mujer? Rasgos regulares, si se quiere, pero sin expresión; medianamente bien hecha, pero sin gracia; siempre haciendo reír con sus pañuelos en el cuello y su cuerpo que le llega hasta la barbilla. Se lo digo como amiga, no necesitaría dos mujeres como ella para perder toda su consideración. Recuerde aquel día en que mendigaba en Saint-Roch y me agradeció tanto haberle proporcionado aquel espectáculo. Creo verla todavía, dando la mano a ese grandullón de pelo largo, a punto de caerse a cada paso, con su cesta de cuatro yardas sobre la cabeza de alguien y sonrojándose a cada reverencia. ¿Quién te hubiera dicho entonces que desearías a esa mujer? Vamos, vizconde, sonrojado, vuelve en ti. Te prometo que guardaré el secreto.
Además, ¡piensa en los inconvenientes que te esperan! ¿A qué rival tienes que enfrentarte? ¡A un marido! ¿No te sientes humillado solo con oírlo? ¡Qué vergüenza si fracasas! ¡Y qué poco glorioso es el éxito! Es más, no espere ningún placer. ¿Acaso lo hay con las mojigatas? Me refiero a las de buena fe: reservadas incluso en el placer, solo le ofrecen placeres a medias. Ese abandono total de sí misma, ese delirio de la voluptuosidad en el que el placer se purifica por su exceso, esos bienes del amor les son desconocidos. Os lo predigo: en el mejor de los casos, vuestra presidenta creerá haberlo hecho todo por vosotros al trataros como a su marido, y en la más tierna intimidad conyugal siempre se sigue siendo dos. Aquí es aún peor; vuestra mojigata es devota, y de esa devoción de mujer casada que condena a una infancia eterna. Quizás supere este obstáculo, pero no se haga ilusiones de destruirlo: vencedor del amor de Dios, no lo será del miedo al diablo; y cuando, abrazando a su amante, sienta palpitar su corazón, será por miedo y no por amor. Quizás, si hubieras conocido antes a esta mujer, habrías podido hacer algo; pero tiene veintidós años y lleva casi dos casada. Créeme, vizconde, cuando una mujer se ha encostrado hasta tal punto, hay que abandonarla a su suerte: nunca será más que una especie.
Sin embargo, es por este hermoso objeto por el que se niega a obedecerme, por el que se entierra en la tumba de su tía y renuncia a la aventura más deliciosa y más adecuada para honrarle. ¿Por qué fatalidad debe Gercourt tener siempre alguna ventaja sobre usted? Mire, se lo digo sin rencor, pero en este momento me siento tentada a creer que usted no merece su reputación; me siento tentada, sobre todo, a retirarle mi confianza. Nunca me acostumbraré a contarle mis secretos al amante de la señora de Tourvel.
Sin embargo, sepa que la pequeña Volanges ya ha hecho perder la cabeza a alguien. El joven Danceny está loco por ella. Ha cantado con ella y, en efecto, canta mejor de lo que corresponde a una pensionista. Deben de ensayar muchos duetos y creo que ella se prestaría gustosamente a cantar al unísono, pero ese Danceny es un niño que perderá el tiempo en amoríos y no llegará a nada. La pequeña, por su parte, es bastante tímida y, en cualquier caso, siempre será mucho menos agradable de lo que usted podría haberla hecho; así que estoy de mal humor y seguramente discutiré con el caballero cuando llegue. Le aconsejo que sea amable, porque en este momento no me costaría nada romper con él. Estoy segura de que si tuviera la sensatez de dejarlo ahora, se desesperaría, y nada me divierte tanto como la desesperación amorosa. Me llamaría pérfida, y esa palabra siempre me ha complacido; es, después de cruel, la más dulce al oído de una mujer, y es menos penosa de merecer. En serio, me ocuparé de esta ruptura. ¡Usted tiene la culpa! Se lo echo en cara. Adiós. Recomiéndeme a las oraciones de su presidenta.
París, 7 de agosto de 17**.
El vizconde de VALMONT a la marquesa de MERTEUIL.
¡Así que no hay mujer que no abuse del poder que ha sabido adquirir! Y usted misma, a quien tantas veces he llamado mi indulgente amiga, deja por fin de serlo y no teme atacarme en el objeto de mi afecto. ¡Con qué trazos se atreve a pintar a la señora de Tourvel! ¿Qué hombre no habría pagado con su vida esa insolente audacia? ¿A qué otra mujer que no fuera usted no le habría valido al menos una oscuridad? Por favor, no me someta a pruebas tan duras, no respondería de soportarlas. En nombre de la amistad, espere a que haya tenido a esta mujer si quiere hablar mal de ella. ¿No sabe que solo el placer tiene derecho a quitar la venda del amor?
Pero, ¿qué digo? ¿Acaso necesita ilusiones la señora de Tourvel? No, para ser adorable, le basta con ser ella misma. Le reprochas que se arregle mal, y lo creo: todo adorno le perjudica, todo lo que la oculta la desfigura. Es en el abandono del descuido donde es verdaderamente encantadora. Gracias al calor sofocante que sentimos, un sencillo camisón de tela me deja ver una cintura redonda y flexible. Solo una muselina cubre su cuello, y mis miradas furtivas, pero penetrantes, ya han captado sus encantadoras formas. Su rostro, dice usted, no tiene expresión alguna. ¿Y qué podría expresar en los momentos en que nada le dice nada a su corazón? No, sin duda, no tiene, como nuestras mujeres coquetas, esa mirada mentirosa que a veces seduce y siempre engaña. No sabe cubrir el vacío de una frase con una sonrisa estudiada; y aunque tiene los dientes más bonitos del mundo, solo se ríe de lo que le divierte. Pero hay que ver cómo, en los juegos frívolos, ofrece la imagen de una alegría ingenua y franca; cómo, junto a un desdichado al que se apresura a socorrer, su mirada anuncia la alegría pura y la bondad compasiva. Hay que ver, sobre todo ante la más mínima palabra de elogio o halago, cómo se refleja en su rostro celestial esa conmovedora timidez que no es fingida. Es recatada y devota, ¿y por eso la juzgan fría y sin vida? Yo pienso muy diferente. ¡Qué sensibilidad tan asombrosa hay que tener para derramarla incluso sobre su marido y amar siempre a un ser que siempre está ausente! ¿Qué prueba más fuerte se puede desear? Sin embargo, yo he conseguido otra.
Dirigí su paseo de tal manera que se encontró con un foso que había que saltar; y, aunque muy ágil, es aún más tímida: ya sabéis que una mojigata teme saltar el foso13. Tuvo que confiar en mí. Sostuve en mis brazos a esa mujer modesta. Nuestros preparativos y el paso de mi anciana tía hicieron reír a carcajadas a la devota juguetona; pero, en cuanto me apoderé de ella con una hábil torpeza, nuestros brazos se entrelazaron. Apreté su pecho contra el mío y, en ese breve instante, sentí que su corazón latía más rápido. Un agradable rubor tiñó su rostro, y su modesta vergüenza me bastó para saber que su corazón palpitaba de amor y no de miedo. Sin embargo, mi tía se equivocó, como ustedes, y dijo: «La niña se ha asustado», pero la encantadora candidez de la niña no le permitió mentir y respondió con ingenuidad: «Oh, no, pero...». Esa sola palabra me lo aclaró todo. Desde ese momento, la dulce esperanza sustituyó a la cruel inquietud. Tendré a esa mujer; se la arrebataré al marido que la profana; me atreveré a arrebatársela al mismo Dios que ella adora. ¡Qué delicia ser sucesivamente el objeto y el vencedor de sus remordimientos! ¡Lejos de mí la idea de destruir los prejuicios que la afligen! Estos aumentarán mi felicidad y mi gloria. Que ella crea en la virtud, pero que me la sacrifique; que sus faltas la aterroricen sin poder detenerla, y que, agitada por mil terrores, no pueda olvidarlas ni vencerlas sino en mis brazos. Entonces, si ella me da su consentimiento, que me diga: «Te adoro», ella sola, entre todas las mujeres, será digna de pronunciar esas palabras. Seré verdaderamente el dios al que ella habrá preferido.
Seamos sinceros: en nuestros acuerdos, tan fríos como fáciles, lo que llamamos felicidad es apenas un placer. ¿Se lo diré? Creía que mi corazón estaba marchito y, al no encontrar más que mis sentidos, me quejaba de una vejez prematura. La señora de Tourvel me ha devuelto las encantadoras ilusiones de la juventud. A su lado, no necesito disfrutar para ser feliz. Lo único que me asusta es el tiempo que me llevará esta aventura, porque no me atrevo a dejar nada al azar. Por mucho que recuerde mis temeridades felices, no me atrevo a ponerlas en práctica. Para ser verdaderamente feliz, es necesario que ella se entregue, y eso no es poca cosa.
Estoy seguro de que admirarías mi prudencia. Todavía no he pronunciado la palabra «amor», pero ya hemos llegado a las de confianza e interés. Para engañarla lo menos posible y, sobre todo, para prevenir el efecto de las palabras que pudieran llegar a sus oídos, yo mismo le he contado, como acusándome, algunos de mis rasgos más conocidos. Se reiría usted al ver con qué candor me sermonea. Ella quiere, dice, convertirme. Aún no sospecha lo que le costará intentarlo. Ni se imagina que al abogar, por decirlo como ella, por las desdichadas que he perdido, está hablando por adelantado en su propia causa. Esta idea se me ocurrió ayer en medio de uno de sus sermones, y no pude resistir el placer de interrumpirla para asegurarle que hablaba como un profeta. Adiós, mi hermosa amiga. Ya ves que no estoy perdido sin recursos.
P. D.: Por cierto , ¿se ha suicidado de desesperación ese pobre caballero? En verdad, usted es cien veces peor que yo, y me humillaría si tuviera amor propio.
Desde el castillo de..., 9 de agosto de 17**.
13 Aquí se reconoce el mal gusto de los juegos de palabras que empezaba a ponerse de moda y que desde entonces ha progresado tanto.
CÉCILE VOLANGES a SOPHIE CARNAY14.
Si no te he dicho nada de mi matrimonio es porque no sé más que el primer día. Me estoy acostumbrando a no pensar en ello y me encuentro bastante bien con mi estilo de vida. Estudio mucho canto y arpa; me parece que los aprecio más desde que ya no tengo maestro, o más bien desde que tengo uno mejor. El caballero Danceny, ese señor del que te hablé y con el que canté en casa de la señora de Merteuil, tiene la amabilidad de venir aquí todos los días y cantar conmigo durante horas. Es extremadamente amable. Canta como un ángel y compone melodías muy bonitas, de las que también es autor de la letra. ¡Es una pena que sea caballero de Malta! Me parece que si se casara, su mujer sería muy feliz... Tiene una dulzura encantadora. Nunca parece hacer un cumplido y, sin embargo, todo lo que dice es halagador. Me corrige constantemente, tanto en música como en otras cosas, pero mezcla sus críticas con tanto interés y alegría que es imposible no agradecérselo. Solo que, cuando te mira, parece decirte algo amable. A todo esto se suma que es muy complaciente. Por ejemplo, ayer le invitaron a un gran concierto, pero prefirió quedarse toda la noche en casa de mi madre. Eso me hizo mucha ilusión, porque cuando él no está, nadie me habla y me aburro; en cambio, cuando está, cantamos y hablamos juntos. Siempre tiene algo que decirme. Él y la señora de Merteuil son las dos únicas personas que me caen bien. Pero adiós, querida amiga, prometí que hoy sabría una arieta cuyo acompañamiento es muy difícil, y no quiero faltar a mi palabra. Voy a volver a estudiar hasta que llegue.
De..., 7 de agosto de 17**.
14 Para no abusar de la paciencia del lector, se suprimen muchas cartas de esta correspondencia diaria; solo se incluyen aquellas que parecen necesarias para comprender los acontecimientos de esta sociedad. Por el mismo motivo, se suprimen también todas las cartas de Sophie Carnay y varias de los protagonistas de estas aventuras.
La Presidenta de TOURVEL a Madame de VOLANGES.
No puedo estar más sensible que yo, señora, por la confianza que me demuestra, ni tomar más interés que yo en el establecimiento de la señorita de Volanges. Es con toda mi alma que le deseo una felicidad que no dudo que es digna de ella, y en la que me remito a su prudencia. No conozco al señor conde de Gercourt, pero, honrada por su elección, solo puedo tener de él una opinión muy favorable. Me limito, señora, a desear a este matrimonio un éxito tan feliz como el mío, que es también obra suya y por el que cada día aumenta mi gratitud. Que la felicidad de su hija sea la recompensa por la que usted me ha dado, y que la mejor de las amigas sea también la más feliz de las madres.
Lamento mucho no poder ofrecerle en persona el homenaje de este sincero deseo y conocer, tan pronto como lo desearía, a la señorita de Volanges. Después de haber experimentado su bondad verdaderamente maternal, tengo derecho a esperar de ella la tierna amistad de una hermana. Le ruego, señora, que se lo pida de mi parte, hasta que yo esté en condiciones de merecerlo.
Tengo intención de permanecer en el campo durante toda la ausencia del señor de Tourvel. He aprovechado este tiempo para disfrutar y aprovechar la compañía de la respetable señora de Rosemonde. Esta mujer es siempre encantadora: su avanzada edad no le hace perder nada; conserva toda su memoria y su alegría. Solo su cuerpo tiene ochenta y cuatro años; su espíritu solo tiene veinte.
Nuestro retiro se ve alegrado por su sobrino, el vizconde de Valmont, que ha tenido la amabilidad de sacrificarnos unos días. Solo lo conocía de oír hablar, y eso me hacía desear poco conocerlo mejor; pero me parece que es mejor que ella. Aquí, donde el torbellino del mundo no lo corrompe, habla con una facilidad sorprendente y se acusa de sus faltas con una sinceridad poco común. Me habla con mucha confianza y yo le sermoneo con mucha severidad. Usted, que lo conoce, estará de acuerdo en que sería una hermosa conversión, pero no dudo, a pesar de sus promesas, que ocho días en París le harán olvidar todos mis sermones. La estancia que hará aquí será al menos una reducción de su conducta habitual, y creo que, según su forma de vida, lo mejor que puede hacer es no hacer nada. Sabe que estoy ocupada escribiéndole y me ha encargado que le transmita sus respetuosos saludos. Reciba también los míos con la bondad que le conozco y no dude nunca de los sinceros sentimientos con los que tengo el honor de ser, etc.
Del castillo de..., a 9 de agosto de 17**.
Madame de VOLANGES a la Presidenta de TOURVEL.
Nunca he dudado, mi joven y bella amiga, ni de la amistad que me profesa, ni del sincero interés que siente por todo lo que me concierne. No es para aclarar este punto, que espero quede zanjado para siempre entre nosotras, por lo que respondo a su respuesta, sino porque no creo poder abstenerme de hablar con usted sobre el vizconde de Valmont.
No esperaba, lo confieso, encontrar jamás ese nombre en sus cartas. En efecto, ¿qué puede haber en común entre usted y él? No conoce a ese hombre; ¿de dónde ha sacado la idea de un alma libertina? Me habla de su rara candidez: ¡oh, sí, la candidez de Valmont debe de ser muy rara! Más falso y peligroso que amable y seductor, nunca, desde su más tierna juventud, ha dado un paso ni pronunciado una palabra sin tener un plan, y nunca ha tenido un plan que no fuera deshonesto o criminal. Amiga mía, usted me conoce; sabe que, de las virtudes que trato de adquirir, la indulgencia no es la que más aprecio. Por eso, si Valmont se dejara llevar por pasiones impetuosas, si, como mil otros, se dejara seducir por los errores de su edad, yo lamentaría su conducta y esperaría en silencio el momento en que un feliz retorno le devolviera la estima de las personas honradas. Pero Valmont no es así: su conducta es el resultado de sus principios. Sabe calcular todos los horrores que un hombre puede permitirse sin comprometerse; y para ser cruel y malvado sin peligro, ha elegido a las mujeres como víctimas. No me detengo a contar las que ha seducido, pero ¿cuántas no ha perdido?
En la vida sabia y retirada que usted lleva, estas escandalosas aventuras no llegan hasta usted. Podría contarle algunas que la harían estremecerse; pero sus miradas, puras como su alma, se mancharían con semejantes cuadros: segura de que Valmont nunca será peligroso para usted, no necesita tales armas para defenderse. Lo único que tengo que decirle es que, de todas las mujeres a las que ha cortejado, con éxito o sin él, no hay ninguna que se haya quejado de él. La única marquesa de Merteuil es la excepción a esta regla general; solo ella ha sabido resistirse a él y encadenar su maldad. Confieso que este rasgo de su vida es el que más me honra; también ha bastado para justificarla plenamente a los ojos de todos, a pesar de algunas inconsistencias que se le reprochaban al principio de su viudez15.
Sea como fuere, mi querida amiga, lo que la edad, la experiencia y, sobre todo, la amistad me permiten decirle es que en el mundo se empieza a notar la ausencia de Valmont, y que si se sabe que ha permanecido algún tiempo entre su tía y usted, su reputación estará en sus manos; la mayor desgracia que le puede ocurrir a una mujer. Por lo tanto, le aconsejo que convenza a su tía para que no lo retenga más y, si él se obstina en quedarse, creo que no debe dudar en cederle el lugar. Pero ¿por qué se quedaría? ¿Qué hace en el campo? Si hicieras seguir sus pasos, estoy segura de que descubrirías que solo ha buscado un refugio más cómodo para llevar a cabo alguna de las oscuras intenciones que trama en los alrededores. Pero, ante la imposibilidad de remediar el mal, contentémonos con protegernos.
Adiós, mi querida amiga; la boda de mi hija se ha retrasado un poco. El conde de Gercourt, a quien esperábamos de un día para otro, me comunica que su regimiento pasa por Córcega y, como todavía hay movimientos bélicos, le será imposible ausentarse antes del invierno. Esto me contrasta, pero me hace esperar que tendremos el placer de veros en la boda, y me disgustaba que se celebrara sin vos. Adiós; sin más cumplidos ni reservas, soy enteramente vuestra.
P. D.: Recuérdeme a Mme. de Rosemonde, a quien sigo queriendo tanto como se merece.
De..., 11 de agosto de 17**.
15 El error en el que incurre la señora de Volanges nos muestra que, al igual que los demás sinvergüenzas, Valmont no delató a sus cómplices.
Pl. II
Letra X
La marquesa de MERTEUIL al vizconde de VALMONT.
¿Me estáis haciendo caso, vizconde? ¿O es que habéis muerto? O, lo que sería muy parecido, ¿ya solo vivís para vuestra presidenta? Esa mujer, que os ha devuelto las ilusiones de la juventud, pronto os devolverá también vuestros ridículos prejuicios. Ya os veo tímido y esclavo; más vale estar enamorado. Renunciáis a vuestras felices temeridades. Así que ya se está comportando sin principios y entregándose al azar o, más bien, al capricho. ¿Ya no recuerda que el amor es, como la medicina, solo el arte de ayudar a la naturaleza? Ve que le gano con sus propias armas, pero no me enorgulleceré de ello, porque es fácil vencer a un hombre caído. Tiene que entregarse, me dice; ¡eh!, sin duda, debe hacerlo; también se entregará como las demás, con la diferencia de que lo hará de mala gana. Pero para que acabe entregándose, el verdadero medio es empezar por tomarla. ¡Qué ridícula distinción, qué verdadero disparate del amor! Digo del amor, porque tú estás enamorado. Hablarte de otra manera sería traicionarte, sería ocultarte tu mal. Dime, amante languido, ¿crees que has violado a las mujeres que has tenido? Pero, por mucho deseo que se tenga de entregarse, por mucha prisa que se tenga, aún hace falta un pretexto, y ¿hay alguno más conveniente para nosotros que el que nos da la apariencia de ceder a la fuerza? Por mi parte, lo confieso, una de las cosas que más me halagan es un ataque vivo y bien hecho, en el que todo sucede con orden, aunque con rapidez, que nunca nos pone en la penosa situación de tener que reparar nosotros mismos una torpeza de la que, por el contrario, deberíamos haber aprovechado; que sabe mantener la apariencia de violencia incluso en las concesiones y halagar con habilidad nuestras dos pasiones favoritas: la gloria de la defensa y el placer de la derrota. Reconozco que este talento, más raro de lo que se cree, siempre me ha complacido, incluso cuando no me ha seducido, y que a veces me ha servido únicamente como recompensa. Así, en nuestros antiguos torneos, la belleza daba el premio al valor y la destreza.
Pero usted, que ya no es usted mismo, se comporta como si tuviera miedo de triunfar. ¡Eh! ¿Desde cuándo viaja a paso lento y por caminos secundarios? Amigo mío, cuando se quiere llegar, ¡hay que tomar caballos de posta y la carretera principal! Pero dejemos este tema, que me pone de mal humor, ya que me priva del placer de verle. Al menos escríbame más a menudo y póngame al corriente de sus progresos. ¿Sabe que hace más de quince días que le ocupa esta ridícula aventura y que descuida a todo el mundo?
Hablando de descuido, te pareces a esas personas que envían regularmente noticias de sus amigos enfermos, pero nunca se molestan en recibir respuesta. Terminas tu última carta preguntándome si el caballero ha muerto. No te respondo y tú no te preocupas más. ¿Ya no sabes que mi amante es tu amigo de la infancia? Pero tranquilo, no ha muerto, y si lo hubiera hecho, habría sido por exceso de alegría. ¡Pobre caballero, qué tierno es, qué hecho está para el amor, qué intensamente sabe sentir! Me da vértigo. En serio, la felicidad perfecta que encuentra al ser amado por mí me une verdaderamente a él.
El mismo día que te escribí que iba a trabajar en nuestra ruptura, ¡cuánto lo hice feliz! Sin embargo, estaba ocupada pensando en cómo desesperarlo cuando me lo anunciaron. Ya fuera por capricho o por razón, nunca me pareció tan guapo. Sin embargo, lo recibí de mal humor. Él esperaba pasar dos horas conmigo, antes de que mi puerta se abriera a todo el mundo. Le dije que iba a salir; me preguntó adónde iba y me negué a decírselo. Insistió: «Donde no estarás», le respondí con amargura. Afortunadamente para él, se quedó petrificado ante mi respuesta, pues si hubiera dicho una sola palabra, se habría producido inevitablemente una escena que habría provocado la ruptura que yo había planeado. Sorprendida por su silencio, le miré sin otra intención, se lo juro, que la de ver la expresión de su rostro. Encontré en ese rostro encantador esa tristeza a la vez profunda y tierna a la que usted mismo ha admitido que era tan difícil resistirse. La misma causa produjo el mismo efecto: fui vencida por segunda vez. A partir de ese momento, solo me preocupé de evitar que pudiera encontrarme en falta. «Salgo por un asunto», le dije con un aire un poco más suave, «y ese asunto incluso le concierne a usted, pero no me pregunte nada. Cenaré en mi casa; vuelva y se lo explicaré». Entonces recuperó el habla, pero no le permití que la utilizara. «Tengo mucha prisa —continué—, déjeme; hasta esta noche». Me besó la mano y se marchó.
Inmediatamente, para compensarlo, o quizá para compensarme a mí misma, decidí revelarle mi pequeña casa, de la que él no sospechaba nada. Llamé a mi fiel Victoire. Tenía migraña, me acosté ante todos mis criados y, cuando por fin me quedé sola con ella, mientras se disfrazaba de lacayo, me vestí como una criada. A continuación, hace venir un coche a la puerta de mi jardín y nos marchamos. Al llegar a ese templo del amor, elijo el desmayo más galante. Es delicioso, es de mi invención: no deja ver nada y, sin embargo, lo deja adivinar todo. Le prometo uno igual para su presidenta, cuando la haya hecho digna de llevarlo.
Tras estos preparativos, mientras Victoire se ocupa de los demás detalles, leo un capítulo del Sopha, una carta de Héloïse y dos cuentos de La Fontaine, para recordar los diferentes tonos que quiero adoptar. Sin embargo, mi caballero llega a mi puerta con la impaciencia de siempre. Mi suizo se lo niega y le informa de que estoy enfermo: primer incidente. Al mismo tiempo, le entrega una nota mía, pero no escrita por mí, siguiendo mi prudente regla. La abre y encuentra, de puño y letra de Victoire: «A las nueve en punto, en el bulevar, delante de los cafés». Se dirige allí y se encuentra con un pequeño lacayo que no conoce, o al menos cree no conocer, porque era Victoire, que le dice que debe enviar su coche y seguirlo. Toda esta marcha romántica le calentó la cabeza, y la cabeza caliente no hace daño a nadie. Por fin llega, y la sorpresa y el amor le causan un verdadero encantamiento. Para darle tiempo a recuperarse, damos un paseo por el bosquecillo y luego le acompaño a la casa. Primero ve dos cubiertos puestos, luego una cama hecha. Pasamos al tocador, que estaba completamente adornado. Allí, mitad reflexivo, mitad sentimental, le rodeé con mis brazos y me dejé caer a sus rodillas: «¡Oh, amigo mío!», le dije, «por querer reservarte la sorpresa de este momento, me reprocho haberte afligido con mi aparente mal humor, haber podido ocultar por un instante mi corazón a tu mirada. Perdóname mis faltas; quiero expiarlas con mi amor». Juzguen ustedes el efecto de estas palabras sentimentales. El feliz caballero me levantó y mi perdón quedó sellado en el mismo diván donde usted y yo sellamos tan alegremente y de la misma manera nuestra ruptura eterna.
Como teníamos seis horas para pasar juntos, y yo había decidido que todo ese tiempo fuera igualmente delicioso para él, moderé sus transportes y la coqueta amabilidad sustituyó a la ternura. No creo haber puesto nunca tanto cuidado en complacer, ni haber estado nunca tan contenta de mí misma. Después de la cena, turnándome entre niña y sensata, juguetona y sensible, a veces incluso libertina, me complacía considerarlo como un sultán en medio de su serrallo, del que yo era, por turnos, las diferentes favoritas. En efecto, sus reiterados homenajes, aunque siempre recibidos por la misma mujer, eran siempre para una nueva amante.
Finalmente, al amanecer, tuvimos que separarnos y, por mucho que dijera o hiciera para demostrarme lo contrario, lo necesitaba tanto como lo deseaba poco. En el momento en que salimos, y como último adiós, cogí la llave de aquel feliz refugio y, entregándosela, le dije: «Solo la he tenido para usted, es justo que sea usted quien disponga de ella; es el sacrificador quien debe disponer del templo». Con esta astucia evité las reflexiones que le habría suscitado la propiedad, siempre sospechosa, de una casita. Lo conozco lo suficiente como para estar segura de que solo la utilizará para mí, y si se me ocurriera ir sin él, aún me queda una llave de repuesto. Él quería a toda costa fijar una fecha para volver, pero aún lo quiero demasiado como para querer agotarlo tan pronto. Solo hay que permitirse excesos con las personas a las que se quiere abandonar pronto. Él no lo sabe, pero, por su bien, yo lo sé por los dos.
Me doy cuenta de que son las tres de la madrugada y que he escrito un volumen, cuando mi intención era escribir solo unas palabras. Tal es el encanto de la amistad confiada, que hace que usted sea siempre lo que más quiero; pero, en verdad, el caballero es lo que más me gusta.
De..., este 12 de agosto de 17**.
La Presidenta de TOURVEL a Madame de VOLANGES.
Su severa carta me habría asustado, señora, si por suerte no hubiera encontrado aquí más motivos de seguridad que los que usted me da para temer. El temible señor de Valmont, que debe ser el terror de todas las mujeres, parece haber depositado su arma mortal antes de entrar en este castillo. Lejos de tramar planes, ni siquiera ha mostrado pretensiones, y la cualidad de hombre amable, que incluso sus enemigos le reconocen, desaparece aquí casi por completo, dejándole solo la de buen chico. Aparentemente, es el aire del campo lo que ha obrado este milagro. Lo que puedo asegurarles es que, estando constantemente conmigo, e incluso pareciendo disfrutar de mi compañía, no se le ha escapado ni una palabra que pareciera amorosa, ni una sola de esas frases que todos los hombres se permiten sin tener, como él, lo necesario para justificarlas. Nunca obliga a esa reserva en la que toda mujer que se precie se ve obligada a mantenerse hoy en día para contener a los hombres que la rodean. Sabe no abusar de la alegría que inspira. Quizá sea un poco adulador, pero lo hace con tanta delicadeza que acostumbraría a la modestia misma a los elogios. En fin, si tuviera un hermano, desearía que fuera como el señor de Valmont se muestra aquí. Quizá muchas mujeres desearían que fuera más galante, y confieso que le estoy infinitamente agradecida por haber sabido juzgarme lo suficientemente bien como para no confundirme con ellas.
Este retrato difiere mucho, sin duda, del que usted me hace, y, a pesar de ello, ambos pueden ser parecidos si se fijan las épocas. Él mismo reconoce haber cometido muchos errores y se le habrán atribuido también algunos. Pero he conocido pocos hombres que hablaran de las mujeres honradas con más respeto, diría casi con entusiasmo. Me dice usted que, al menos en este aspecto, no se equivoca. Su conducta con la señora de Merteuil es prueba de ello. Nos habla mucho de ella, y siempre con tantos elogios y con aire de verdadero afecto, que hasta recibir su carta creía que lo que él llamaba amistad entre ellos era en realidad amor. Me acuso de este juicio temerario, en el que he tenido tanto más error cuanto que él mismo se ha encargado de justificarlo. Confieso que lo que era por su parte una sincera honestidad, yo lo consideraba solo astucia. No sé, pero me parece que quien es capaz de una amistad tan constante por una mujer tan estimable no es un libertino incorregible. Por lo demás, ignoro si debemos atribuir su conducta prudente en este caso a algunos proyectos en los alrededores, como usted supone. Es cierto que hay algunas mujeres agradables en los alrededores, pero él sale poco, excepto por la mañana, y entonces dice que va a cazar. Es cierto que rara vez trae caza, pero asegura que es torpe en este ejercicio. Por otra parte, poco me importa lo que haga fuera, y si quisiera saberlo, sería solo para tener una razón más para acercarme a su opinión o para hacerle cambiar la suya.
En cuanto a lo que me propone de trabajar para acortar la estancia que el señor de Valmont tiene previsto hacer aquí, me parece muy difícil atreverme a pedirle a su tía que no tenga a su sobrino en su casa, sobre todo porque le quiere mucho. Sin embargo, le prometo, pero solo por deferencia y no por necesidad, que aprovecharé la ocasión para hacerle esta petición, ya sea a ella o a él mismo. Por mi parte, el señor de Tourvel está al corriente de mi intención de quedarme aquí hasta su regreso, y se sorprendería, con razón, de la ligereza que me llevara a cambiar de opinión.
He aquí, señora, unas largas explicaciones, pero he creído que la verdad me obligaba a dar un testimonio favorable al señor de Valmont, que me parece muy necesario ante usted. No por ello soy menos sensible a la amistad que ha dictado sus consejos. A ella debo también lo que me dice en relación con el retraso de la boda de su hija. Se lo agradezco sinceramente; pero, por mucho que me prometa disfrutar de estos momentos con usted, los sacrificaría de buen grado por el deseo de ver antes feliz a la señorita de Volanges, si es que puede serlo más que junto a una madre tan digna de todo su cariño y respeto. Comparto con ella estos dos sentimientos que me unen a usted, y le ruego que los reciba con bondad.
Tengo el honor de ser, etc.
De..., 13 de agosto de 17**.
CÉCILE VOLANGES a la marquesa de MERTEUIL.
Mamá se encuentra indispuesta, señora, no saldrá y debo hacerle compañía; por lo tanto, no tendré el honor de acompañarla a la Ópera. Le aseguro que lamento mucho más no estar con usted que perderme el espectáculo. Le ruego que esté convencida de ello. ¡La quiero mucho! ¿Podría decirle al señor caballero Danceny que no tengo el libro del que me habló y que, si puede traérmelo mañana, le haría mucho gusto? Si viene hoy, le dirán que no estamos, pero es que mamá no quiere recibir a nadie. Espero que mañana se encuentre mejor.
Tengo el honor de ser, etc.
De..., este 13 de agosto de 17**.
La marquesa de MERTEUIL a CÉCILE VOLANGES.
Estoy muy enfadada, querida, por haberme visto privada del placer de verte y por el motivo de esta privación. Espero que se repita la ocasión. Cumpliré con tu encargo ante el caballero Danceny, que seguramente se enfadará mucho al saber que tu madre está enferma. Si ella quiere recibirme mañana, iré a hacerle compañía. Ella y yo atacaremos al caballero de Belleroche16 en el juego de piquet; y, al ganarle su dinero, tendremos, además del placer de jugar, el de oírte cantar con tu amable maestro, a quien se lo propondré. Si eso les parece bien a tu madre y a ti, respondo por mí y por mis dos caballeros. Adiós, mi bella; mis respetos a mi querida señora de Volanges. Te abrazo con mucho cariño.
De..., este 13 de agosto de 17**.
16 Es el mismo del que se habla en las cartas de la señora de Merteuil.
CÉCILE VOLANGES a SOPHIE CARNAY.
No te escribí ayer, querida Sophie, pero no fue por placer, te lo aseguro. Mamá estaba enferma y no la dejé sola en todo el día. Por la noche, cuando me retiré, no tenía ganas de nada y me acosté rápidamente para asegurarme de que el día había terminado; nunca había pasado uno tan largo. No es que no quiera a mamá, pero no sé qué me pasaba. Tenía que ir a la Ópera con la señora de Merteuil; el caballero Danceny iba a estar allí. Ya sabes que son las dos personas que más quiero. Cuando llegó la hora en que yo también debía estar allí, se me encogió el corazón a pesar mío. Todo me disgustaba y lloré y lloré sin poder evitarlo. Por suerte, mamá estaba acostada y no podía verme. Estoy segura de que el caballero Danceny también se habrá enfadado, pero se habrá distraído con el espectáculo y con todo el mundo; eso es muy diferente.
Por suerte, mamá está mejor hoy, y la señora de Merteuil vendrá con otra persona y el caballero Danceny; pero la señora de Merteuil siempre llega muy tarde, y cuando se está tanto tiempo sola, es muy aburrido. Aún son solo las once. Es cierto que tengo que tocar el arpa y que arreglarme me llevará un poco de tiempo, porque hoy quiero estar bien peinada. Creo que la madre Perpétua tiene razón y que una se vuelve coqueta en cuanto entra en sociedad. Nunca había tenido tantas ganas de estar guapa como en los últimos días, y creo que no lo estoy tanto como pensaba, y además, junto a mujeres que se pintan, se pierde mucho. La señora de Merteuil, por ejemplo, veo que todos los hombres la encuentran más guapa que a mí; no me molesta mucho, porque ella me quiere, y además asegura que el caballero Danceny me encuentra más guapa que a ella. ¡Es muy honesta al decírmelo! Incluso parecía muy contenta. Por ejemplo, yo no lo entiendo. ¡Es que ella me quiere tanto! Y él... ¡Oh! ¡Me hizo mucha ilusión! Además, me parece que con solo mirarlo ya me embellece. Lo miraría siempre si no temiera encontrarme con su mirada, porque cada vez que eso ocurre, me desconcierta y me causa dolor, pero no importa.
Adiós, querida amiga, voy a arreglarme. Te quiero como siempre.
París, 14 de agosto de 17**.
El vizconde de VALMONT a la marquesa de MERTEUIL.
Es muy honesto de su parte no abandonarme a mi triste suerte. La vida que llevo aquí es realmente agotadora, por el exceso de descanso y su insípida monotonía. Al leer su carta y los detalles de su encantador día, he estado tentado veinte veces de inventar un pretexto, correr a sus pies y pedirle, en mi favor, una infidelidad a su caballero, que, después de todo, no merece su felicidad. ¿Sabe usted que me ha puesto celoso de él? ¿Cómo se atreve a hablarme de ruptura eterna? Renuncio a ese juramento, pronunciado en un momento de locura: no habríamos sido dignos de hacerlo si hubiéramos tenido que cumplirlo. ¡Ah, ojalá algún día pueda vengarme en sus brazos del disgusto involuntario que me ha causado la felicidad del caballero! Soy indigno, lo confieso, cuando pienso que ese hombre, sin razonar, sin esforzarse lo más mínimo, siguiendo estúpidamente el instinto de su corazón, encuentra una felicidad a la que yo no puedo aspirar. ¡Oh! La perturbaré... Prométame que la perturbaré. ¿No te sientes humillada? Te tomas la molestia de engañarlo y él es más feliz que tú. ¡Tú crees que él está encadenado, pero eres tú quien está encadenada! Él duerme tranquilamente, mientras tú velas por sus placeres. ¿Qué más podría hacer su esclava?
Mira, mi bella amiga, mientras te repartes entre varios, no siento la menor envidia: solo veo en tus amantes a los sucesores de Alejandro, incapaces de conservar entre todos ese imperio en el que yo reinaba solo. Pero que os entreguéis por completo a uno de ellos, que exista otro hombre tan feliz como yo, eso no lo soportaré; no esperéis que lo soporte. O volved a mí, o al menos tomad a otro y no traicionéis, por un capricho exclusivo, la amistad inviolable que nos hemos jurado.
Sin duda, ya es bastante que tenga que quejarme del amor. Veis que me presto a vuestras ideas y que reconozco mis faltas. En efecto, si estar enamorado es no poder vivir sin poseer lo que se desea, sacrificar por ello el tiempo, los placeres, la vida, entonces estoy realmente enamorado. No estoy mucho más avanzado. Ni siquiera tendría nada que enseñarle al respecto si no fuera por un acontecimiento que me da mucho que pensar y que aún no sé si debo temer o esperar.
Conocéis a mi cazador, tesoro de la intriga y verdadero criado de comedia: juzgaréis bien que sus instrucciones eran enamorarse de la doncella y emborrachar a la gente. El granuja es más feliz que yo, ya lo ha conseguido. Acaba de descubrir que la señora de Tourvel ha encargado a uno de sus criados que se informe sobre mi conducta e incluso que me siga en mis paseos matutinos, en la medida de lo posible, sin ser visto. ¿Qué pretende esta mujer? ¡Así que la más modesta de todas se atreve aún a arriesgar cosas que nosotros apenas nos atreveríamos a hacer! Lo juro... Pero, antes de pensar en vengarme de esta astucia femenina, ocupémonos de los medios para volverla a nuestro favor. Hasta ahora, esos paseos sospechosos no tenían ningún objetivo; hay que darles uno. Eso merece toda mi atención, y me despido para reflexionar sobre ello. Adiós, mi bella amiga.
Siempre desde el castillo de..., 15 de agosto de 17**.
CÉCILE VOLANGES a SOPHIE CARNAY.
¡Ah, mi Sophie! ¡Tengo muchas noticias! Quizás no debería contártelas, pero necesito hablar con alguien; no puedo evitarlo. Ese caballero Danceny... Estoy tan confundida que no puedo escribir, no sé por dónde empezar. Desde que te conté la agradable velada17 que pasé en casa de mamá con él y la señora de Merteuil, no te había vuelto a hablar de ello: es que no quería hablar de ello con nadie, pero sin embargo no dejaba de pensar en ello. Desde entonces se había vuelto tan triste, tan triste, tan triste, que me daba pena; y cuando le preguntaba por qué, me decía que no, pero yo veía que sí. Ayer estaba aún más triste de lo habitual. Eso no le impidió tener la amabilidad de cantar conmigo como de costumbre; pero cada vez que me miraba, se me encogía el corazón. Cuando terminamos de cantar, guardó mi arpa en su estuche y, al devolverme la llave, me pidió que volviera a tocarla por la noche, en cuanto estuviera sola. No sospeché nada; ni siquiera quería, pero me lo pidió tanto que le dije que sí. Tenía sus razones. Efectivamente, cuando me retiré a mi habitación y mi doncella se marchó, fui a coger mi arpa. En las cuerdas encontré una carta, simplemente doblada y sin sellar, que era de él. ¡Ay, si supieras todo lo que me pide! Desde que leí su carta, estoy tan feliz que no puedo pensar en otra cosa. La releí cuatro veces seguidas y luego la guardé en mi escritorio. Me la sabía de memoria y, cuando me acosté, la repetí tantas veces que no podía conciliar el sueño. En cuanto cerraba los ojos, lo veía allí, diciéndome él mismo todo lo que acababa de leer. No me dormí hasta muy tarde y, en cuanto me desperté (aún era muy temprano), fui a buscar su carta para releerla con calma. Me la llevé a la cama y la besé como si... Quizás esté mal besar una carta así, pero no pude evitarlo.
