Contenido
Primera parte
90. Álvaro. Un día de tipo 3
89. Marco. El último partido
88. Alicia. ¿Quién le pone el cascabel al gato?
87. Diego. Blanca y radiante
86. Mónica. Me gusta vivir
85. Víctor. Una tarea imposible
84. Marco. Cuatro líneas blancas
83. Mónica. ¡Llámame!
82. Diego. Encantado de conocerte
81. Alicia. Un regreso inesperado
80. Víctor. Un órdago a la muerte
79. Álvaro. Rehenes del amor
78. Diego. Nueve pasos
77. Marco. Un buen líder
76. Mónica. Encerra2
75. Víctor. Jaque al rey
74. Álvaro. El escondite sangriento
73. Alicia. Un millón de ida y vuelta
72. Marco. La pena máxima
71. Sergey. El final de mi inocencia
70. Mónica. Desubica2
69. Víctor. Escalera de color
68. Alicia. Prueba de vida
67. Álvaro. Mariposas
66. Sergey. Uno a uno
65. Víctor. La trampilla y la trampa
64. Alicia. Triangulando la señal
63. Mónica. El sabor del asfalto
62. Marco. Una lluvia torrencial de cristales
61. Álvaro. ¿Tú qué harías?
60. Sergey. Carambolas del destino
59. Víctor. El nombre número 159
58. Marco. Salsa de tomate
57. Alicia. El Gran Houdini
56. Álvaro. Apocalipsis zombi
55. Mónica. En busca del unicornio
54. Víctor. Marionetas en la cuerda floja
53. Alicia. Confesiones inconfesables
52. Sergey. La naturaleza del escorpión
51. Marco. La despedida
50. Álvaro. La luz al final del túnel
49. Mónica. Rescatado
48. Alicia. El avispero
47. Sergey. Un día de suerte
46. Víctor. Dos sílabas
Segunda parte
45. Álvaro. Diez mil horas
44. Mónica. La playa
43. Marco. Vivir sin miedo
42. Wyatt. Malditos bastardos
41. Alicia. Operación Aire
40. Álvaro. La caja de bombones
39. Marco. Un león sobre la arena
38. Sergey. El brindis inconcluso
37. Mónica. La orquesta del Titanic
36. Wyatt. Zeta de zorra
35. Alicia. La unión hace la fuerza
34. Álvaro. Letras imaginarias
33. Mónica. Inseparables
32. Sergey. Todo incluido
31. Marco. Jugando al escondite
30. Wyatt. El regreso a Nunca Jamás
29. Naim. El sueño americano
28. Álvaro. Lágrimas, sangre y mierda
27. Sergey. Autoestopistas frustrados
26. Mónica. Mamá
25. Marco. Rematando de cabeza
24. Naim. La nube que no sabía llorar
23. Wyatt. El uniforme
22. Álvaro. Hasta que la muerte nos separe
21. Marco. El temor de un hombre sabio
20. Mónica. ¿Ángel o demonio?
19. Sergey. La última cena
18. Wyatt. Dos por uno
17. Álvaro. El espantamuertes
16. Naim. El caballo de Troya
15. Marco. Arrimando el hombro
14. Sergey. El collar terapéutico
13. Mónica. El nombre de la estrella centelleante
12. Naim. Dime con quién andas
11. Álvaro. Familia unida
10. Sergey. El alma del diablo
9. Mónica. Tiradores y dianas
8. Wyatt. Domingo sangriento
7. Marco. Tres contra dos
6. Sergey. El cortódromo
5. Mónica. Quesos gruyer
4. Marco. La oreja de la discordia
3. Wyatt. Muerte entre estertores
2. Álvaro. Promesas de altura
1. Naim. El orden de los factores
0. Nota del autor. Tiempo de descuento
AUTOR
LEGAL
Primera parte
Entrenador Norman: «Tenéis noventa minutos por delante. ¡Empezad fuerte! ¡Salid en tromba! Un buen arranque podría ser la clave para conseguir la victoria».
90. Álvaro. Un día de tipo 3
El día de hoy, definitivamente, será un día de tipo 3.
Desde que tengo uso de razón, poseo la peculiar costumbre de categorizarlo todo. Cualquier cosa, persona,
hecho o lugar es susceptible de ser incluido en cientos de listas que mi
incansable mente se encarga de ir modelando a su antojo.
Mi lista sobre los distintos tipos de días es cerrada (en el sentido de que ha permanecido inalterable desde su concepción inicial), de tal modo que cualquier día, tanto de mi existencia como de la vuestra, se podría englobar en alguno de estos tres tipos:
El tipo 1, o estándar, representa el 95 % de los días. En ellos, lo cotidiano y lo común avanzan cogidos de la mano. El tipo 2, o especial, representa el 4,9 % de los
días. Están marcados por algún acontecimiento que, por su naturaleza, merece pasar, sin titubeos, hasta el
fondo del recuerdo individual. El tipo 3, o profundo, representa el 0,1 % de
los días; uno de cada mil, para los profanos en estadística. Son profundos porque, para bien o para mal, dejan huella. Esa marca podrá tener más lustre si es reciente o estar más ajada por el paso del tiempo, pero viajará con nosotros de forma inexorable hasta el final de nuestras vidas.
El día de hoy tenía todos los ingredientes para ser de tipo 1, hasta que hace un rato ha mutado a
tipo 2, justo en el preciso momento en que Ella ha entrado por la puerta de la
cafetería. Ha transcurrido más de un año y medio desde que nuestras miradas se cruzaron por última vez. Lo más curioso es que nunca nos llegamos a dirigir la palabra. Tan solo nos sentábamos, jueves tras jueves, en mesas contiguas. Tan cerca y a la vez tan lejos.
La primera vez que la vi estaba en mi último curso antes de licenciarme en la Facultad de Matemáticas. Cada día, una vez que finalizaban las clases, tenía por costumbre tomar un aperitivo en una cafetería situada frente a la parada del autobús que después cogía para recorrer los sesenta kilómetros que separan mi casa de la universidad. De aquel primer contacto visual
tan solo recuerdo que una chica se sentó a mi lado y comenzó a leer un libro mientras degustaba un zumo de naranja.
El jueves siguiente volvió a hacer acto de presencia. Y el siguiente…, aunque aún no era Ella. Yo la llamaba la Morena del Libro. No me parecía especialmente guapa –ahora sí–, pero tenía algo que poco a poco me fue hechizando. Desconozco si fueron sus ojos verdes o
su tez blanquecina, pero, cuando me quise dar cuenta, ya había escalado hasta lo más alto de mi lista de amores platónicos.
Cada jueves llegaba puntual a las tres de la tarde. Unos días se marchaba a los veinticinco minutos y otros apuraba el tiempo un poco más. Mientras ella leía, yo aprovechaba para mirarla de soslayo, hasta que, unos meses después, dejó de traer el libro y la Morena del Libro pasó a convertirse en la Morena del Zumo.
En aquel momento, estaba convencido de que ella ignoraba quién era yo, pero sin el libro de por medio comenzó el juego de miradas. «No la mires. No la mires. No la mires. ¡Mierda, me ha pillado!». Entonces, sentía que me ponía rojo como un tomate incandescente y, cuando la miraba de nuevo, ella me devolvía una sonrisa pícara.
Me gustaba. Vaya si me gustaba. Me gustaba tanto que denominarla la Morena del
Zumo dejó de parecerme una buena idea. Y así es como comencé a llamarla Ella.
Mi experiencia con las chicas no es extensa. Mi currículum, tan deslumbrante en lo académico, es escueto y muy pobre en el terreno sentimental. Las chicas que han
conseguido romper mi caparazón inicial de timidez han terminado huyendo sin mirar atrás al conocer mi personalidad un tanto friki. Pero algo me decía que con Ella sería diferente, ya que Ella es una lista de un único elemento, incomparable a todas y a todo. Ella es un número irracional. Ella es mi número pi. Indescifrable y misteriosa.
Me propuse dar el primer paso infinitas veces. Ensayé delante del espejo todo tipo de frases que pudieran iniciar una conversación, con sus probables réplicas y contrarréplicas. Pero, a la hora de la verdad, el temor a perderla para siempre me
paralizaba. Tener todo es mejor que tener algo, pero, por otra parte, tener
algo es mejor que no tener nada.
Y así fueron sucediéndose unos meses, en los que los jueves eran el principio y a la vez el final de
todas y cada una de mis semanas. En mi cabeza solo había sitio para Ella. Ella, Ella, siempre Ella…, hasta que Ella desapareció de la faz de la Tierra sin dejar rastro.
Con sus primeras ausencias, pensé que quizá se había ido de vacaciones, pero los jueves sin Ella se fueron amontonando. Siete meses
después me licencié, pero en verano continué acudiendo a la cita de los jueves, pese a que la esperanza de volver a verla
cada vez tendía más a cero.
Llevaba más de un año sin verla cuando, en un breve lapso de tiempo, me ofrecieron dos trabajos: el
primero, de profesor de matemáticas a jornada completa en un colegio cercano a casa; el segundo, también de profesor, pero en una academia y solo por las tardes. Elegí este último para poder seguir recorriendo, cada jueves al mediodía, los sesenta kilómetros de ida y los sesenta de vuelta, hasta esa cafetería que se había convertido en el epicentro de mi mundo. Podéis llamarme loco, pero, una vez que apuestas muchas veces seguidas al mismo número, es complicado dejar de hacerlo. ¿Y si Ella entrara por la puerta y yo no estuviera allí?
Hoy la he vuelto a ver en el jueves número ochenta y nueve posdesaparición. Todo hacía presagiar que estaríamos ante un día de tipo 2: de los especiales, pero también camaleónico y caprichoso. Porque ahora no albergo ninguna duda de que finalmente será un día de tipo 3: profundo. Muy profundo.
Ella me está mirando mientras yace a mi derecha semidesnuda. En cualquier otra situación, sería un sueño hecho realidad, pero a mi izquierda también tengo a un tipo apuntándome a la cabeza con una pistola.
Entrenador Norman: «El capitán es mi voz en el campo. Él os guiará».
89. Marco. El último partido
Algunos me conoceréis como Marco, otros como Marco Gol y, si no os gusta demasiado el fútbol, es posible que hayáis oído hablar de mí como el viejo de cuarenta años que sigue intentando jugar en primera división. Mañana colgaré las botas tras dedicar, en cuerpo y alma, muchas temporadas (demasiadas) a un
deporte que sigo amando con la misma intensidad que el día de mi debut.
No me extenderé en mi trayectoria, palmarés, número de goles… porque son datos que podéis consultar en cualquier momento en internet. Durante mucho tiempo, acaparé portadas de todos los diarios deportivos del país y llegaron a considerarme uno de los mejores jugadores del mundo, pero cometí un gran error: me creí eterno.
Sucedió hace tres temporadas cuando, contra toda lógica y a los treinta y siete años, mi idilio con el gol aún permanecía intacto y mi importancia en el equipo seguía siendo capital. Gracias a una genética privilegiada, a una buena alimentación y a la fortuna de haber podido escapar de lesiones graves, lo cierto es que
continuaba jugando a un altísimo nivel. De haber decidido dejarlo en aquel momento, cuando aún surfeaba en la cresta de la ola, me habría ahorrado muchos sinsabores y no habría puesto un borrón en una hasta entonces sobresaliente carrera.
Dicen que una retirada a tiempo es una victoria, pero en aquel momento, en vez
de escuchar al sabio refranero popular, me dejé engatusar por los desmedidos elogios y cantos de sirena: «El indestructible Marco», «Marco Gol, el inmortal», «Marco marcará siempre»…; y opté por renovar con mi club por tres años más.
En la pretemporada me rompí el ligamento cruzado anterior, el ligamento lateral interno y el menisco
externo de la rodilla izquierda: la temida tríada. En los medios de comunicación se especuló con mi retirada del fútbol, pero en mi cabeza solo había un pensamiento: recuperarme bien para volver a saltar al césped.
Tras once meses en el dique seco, mucho esfuerzo y unas sesiones interminables
de rehabilitación, comenzaba a tener buenas sensaciones de nuevo. Era verano y estaba
fortaleciendo el tren inferior ejercitándome en la playa, cuando me volví a romper la rodilla por el mismo sitio.
El disgusto fue tremendo. Regresar al punto de partida, pero con un año más en el carnet de identidad, se me hizo muy cuesta arriba. Mi familia, amigos,
compañeros de equipo, club y afición se volcaron conmigo apoyándome en aquel duro trago. Todos pensaban que lo dejaría. Todos menos yo.
No me quería despedir así. Sentía que aún me quedaba algo que sacar de lo más recóndito de mi interior. No era una cuestión de demostrar nada a nadie, sino que deseaba volver a competir. No como quien
desea adquirir algo material, sino más bien como quien lo necesita para su subsistencia. Así que me embarqué, contra viento y marea, en una nueva operación quirúrgica, más fisioterapia, mucho dolor y otra temporada en blanco.
Llegó mi último año de contrato, el que, independientemente de lo que pasara, tenía decidido que iba a ser la temporada de mi adiós del fútbol en activo. La buena noticia es que la rodilla no me ha vuelto a fallar. La
mala, que es lo único que no lo ha hecho. Mi cuerpo ha gritado basta y he encadenado todo tipo de
lesiones, de tal modo que la liga ha finalizado sin ni siquiera tener la ocasión de vestirme de corto.
La semana pasada recibí el alta médica tras recuperarme de la enésima rotura fibrilar; en esta ocasión, en el cuádriceps de mi pierna derecha. Hoy, a primera hora, he convocado una rueda de
prensa para anunciar, de forma oficial, que la final de la Copa del Rey que se
disputará mañana será mi último partido como futbolista.
Ha sido muy emotiva. En un discurso plagado de pausas, en el que no he podido
contener las lágrimas, he dado las gracias, desde lo más hondo de mi corazón, a mi mujer Cristina y a mi hijo Luka, por estar siempre a mi lado aguantando
mis ausencias, mis tensas vísperas de partido y mi mal humor tras las derrotas; a mi difunto padre, por
inocularme el veneno del fútbol desde bien pequeño; a mi madre, porque no hay nada más grande que el amor de una madre; a mis compañeros y excompañeros, muchos de ellos amigos, porque sin ellos nada habría sido lo mismo; a todos los entrenadores, preparadores físicos, miembros de los servicios médicos, presidentes, directores deportivos…, por confiar en mí; a los rivales, por forzarme a seguir mejorando; a los árbitros, por soportar mi fuerte carácter, y, por último, a todos y cada uno de los aficionados, por transmitirme tanto cariño en los buenos y, sobre todo, en los malos momentos.
Me he levantado y, con los ojos aún encharcados, he abandonado la sala mientras a mi espalda oía una cerrada ovación.
El día de hoy ha transcurrido con un pensamiento cíclico martilleándome una y otra vez. Nada me gustaría más que despedirme en el campo y levantar la copa como capitán, pero el de mañana no va a ser un partido homenaje, ya que hay un título muy importante en juego. El entrenador Norman alineará a los mejores y, siendo objetivos, yo no estoy entre ellos. He entrado en la
convocatoria por ser quien soy. Llevo tres años sin jugar un solo partido, soy lento, no tengo ritmo de competición y me rompo con la misma facilidad que el cristal de Bohemia. No jugaré.
Pese a tenerlo muy claro, no puedo conciliar el sueño. Una explosiva mezcla de nerviosismo, tristeza y presión me atenaza. Son las tres de la madrugada y decido dar un paseo por casa para
intentar relajarme. Abro la puerta de la habitación de mi hijo Luka y distingo, entre la penumbra, pósteres, fotos, recortes y cromos míos cubriendo la práctica totalidad de las paredes. Tiene ocho años y soy un ídolo para él. Un ídolo caído, más bien. De un tiempo a esta parte, lo está pasando muy mal y eso es algo que nunca me perdonaré.
Me acerco a su cama. Hace rato que debería estar dormido, pero su respiración le delata. Él tampoco puede dormir. Cuando estoy a punto de marcharme, tratando de cerrar la
puerta con suavidad, le oigo preguntar:
–¿Vas a jugar?
Tras un incómodo silencio de unos segundos, le respondo escuetamente:
–No lo sé.
Entonces, se levanta de la cama, enciende la pequeña lámpara de flexo de la mesilla y me mira a los ojos mientras me dice:
–Prométeme que marcarás un gol y ganaréis.
Una de las máximas que sigo a rajatabla, tanto en la educación de mi hijo como en la vida misma, es no prometer jamás algo que no voy a poder cumplir, pero su mirada es tan intensa que tres
palabras salen de mi boca sin haber pasado antes por mi cerebro.
–Te lo prometo.
Entrenador Norman: «El ataque gana partidos, la defensa campeonatos».
88. Alicia. ¿Quién le pone el cascabel al gato?
Me llamo Alicia y soy abogada, acabado en -a. No me gusta ni me acostumbro a que se me dirijan a mí como señor letrado. «¿Acaso le parezco un hombre?», suelo contestar. Tengo cuarenta y ocho años, y llevo más de veinte ejerciendo la abogacía en el turno de oficio. Defiendo a todo tipo de maleantes, ladronzuelos de poca
monta, borrachos al volante (con y sin carnet de conducir), gente violenta que
primero golpea y después pregunta, drogadictos capaces de cualquier cosa con tal de saciar el mono e
incluso, muy de vez en cuando, violadores, pedófilos y asesinos.
Tras leer la alineación de este equipo de ensueño formado por lo mejorcito de la sociedad, apuesto a que ahora me estáis juzgando por un delito que creo no haber cometido. ¿Por qué los defiendo? Podría alegar que se trata de un derecho fundamental y que cualquier persona debería poder contar con una defensa digna, pero a esa pregunta, que se presenta ante
mí con demasiada frecuencia, suelo responder: «Porque alguien tiene que hacerlo».
Antes de que os forméis una idea equivocada sobre mi trabajo, me gustaría echar por tierra algunos estereotipos sobre mi profesión que se han filtrado de forma sibilina en el conocimiento colectivo por culpa
de Hollywood. Las series y películas norteamericanas sobre abogados son muy entretenidas, pero comparten
ciertos clichés que distan mucho de lo que en realidad sucede en nuestros tribunales de
justicia. Por ejemplo, en los juzgados españoles no hay que ponerse en pie cuando entramos en la sala ni se dice aquello de «Preside el honorable juez…». No se presta juramento con una mano en alto y la otra sobre una biblia, del
mismo modo que no oiremos a nadie que jure decir la verdad, toda la verdad y
nada más que la verdad.
Aquí, los acusados no se pueden acoger a la quinta enmienda con el objetivo de no
presentar declaración e incluso pueden mentir sin que se los pueda condenar por perjurio. Abogados y
fiscales tenemos prohibido pasear por la sala argumentando con teatralidad para
tratar de convencer al jurado –en caso de que lo hubiera, porque no siempre lo hay–. Tampoco presionamos a los testigos como tantas veces hemos visto en el cine,
con preguntas a voz en grito, como «¿Ordenó usted el código rojo?». No nos dedicamos a interrumpir constantemente con el tan manido «¡Protesto, señoría!» y el juez, que tampoco utiliza un mazo para poner orden en la sala, jamás nos llamará a su presencia para advertirnos que no continuemos por esa línea de interrogatorio.
La gran mayoría de los abogados del celuloide son ricos; en ocasiones, muy ricos. Nada que ver
con la realidad de esta profesión, donde los retrasos y los impagos están a la orden del día. En el turno de oficio, cobro por cada expediente unos honorarios de ciento
treinta euros de media, insuficientes, a todas luces, para vivir en una
ostentosa mansión como ocurre en el cine.
Por último, pocas cosas hay tan efectivas en la ficción audiovisual y tan poco verosímiles en nuestros juzgados como esos testigos sorpresa que la defensa se saca de
la manga en el último momento para dar un giro de ciento ochenta grados al juicio.
Hoy he ganado sin trucos ni tratos.
Defendía a un maltratador que, después de haber cumplido una condena de cuatro años por violencia de género, fue acusado de quebrantar la orden de alejamiento. El angelito llamó en repetidas ocasiones por WhatsApp con amenazas a su exmujer, con quien no tenía permitido comunicarse, y poco después se presentó en su domicilio llamando al telefonillo.
He conseguido el veredicto de inocencia para mi cliente, gracias a una sentencia
anterior del Tribunal Supremo que estableció que una captura de pantalla en la que se muestra un mensaje transmitido por redes
sociales no tiene valor probatorio suficiente sin una prueba pericial, debido a
la posibilidad de manipulación de esos archivos digitales. La fiscalía tampoco pudo aportar nada que corroborase que mi cliente había acudido a su domicilio, más allá de la declaración de la propia denunciante.
No os ha gustado. Lo sé. Me estáis juzgando de nuevo. Y como bien sabréis por las películas y series de abogados (esto sí coincide allí y aquí): «No se puede juzgar a una persona dos veces por el mismo delito». De todos modos, trataré de conseguir mi propia absolución sembrando en vosotros la semilla de la duda razonable.
El mundo es ahora un poco peor que ayer, ya que he contribuido a que un
maltratador reincidente vuelva a estar en la calle. Por otra parte, el mundo
también es un poco mejor, ya que he puesto mi granito de arena para que el sistema
judicial continúe funcionando correctamente.
¿Puede ser el mundo peor y mejor a la vez? La paradoja de Schrödinger plantea un sistema formado por una caja cerrada y opaca con un gato en su
interior, una botella de gas venenoso y un dispositivo con una sola partícula radiactiva con una probabilidad del 50 % de desintegrarse en un tiempo
dado, de manera que, si la partícula se desintegra, el veneno se libera y el gato muere. Al terminar el tiempo
establecido, la probabilidad de que el dispositivo se haya activado y el gato
esté muerto es del 50 %, mientras que la probabilidad de que el dispositivo no se
haya activado y el gato esté vivo tiene el mismo valor. Según los principios de la mecánica cuántica, el gato está vivo y muerto a la vez. Solo si levantamos la caja para observar, podremos
comprobar el estado del gato…, pero no seré yo quien lo haga. En mi caso, la curiosidad no mató al gato, ya que nunca pregunto a mis clientes si son culpables o inocentes.
Porque no me dirían la verdad y porque, en el fondo, tampoco me interesa. Mi ingrata y poco
reconocida labor es ofrecer, siempre y en cualquier circunstancia, la mejor de
las defensas posibles.
Existe otro felino que me interesa bastante más que el de Schrödinger: aquel que tenía atemorizados a toda una comunidad de ratones, incapaces de salir de la
ratonera para conseguir comida debido a la inquietante presencia del malvado
gato. Así que decidieron que sería una buena idea, para enterarse de cuándo se acercaba el minino, colocarle un cascabel. Pero… ¿quién le pone el cascabel al gato?
Mientras vosotros, roedores temerosos, bajáis la cabeza esperando que otro se presente voluntario, soy yo la que da un paso
al frente y, mirándole a los ojos al destino, afirmo con rotundidad:
–Lo haré yo.
(Se levanta la sesión).
Entrenador Norman: «En todos los partidos hay imprevistos, pero, pase lo que pase, nunca bajéis los brazos».
87. Diego. Blanca y radiante
Enfundado en un elegante chaqué y más tenso que nervioso, voy saludando a los familiares y amigos que poco a poco
van acercándose a la iglesia.
Julia y yo nos conocimos en el instituto y, desde entonces, hemos permanecido
juntos en una carrera libre de obstáculos, salvo por los pequeños desencuentros provocados por la convivencia. Ninguno de los dos somos cariñosos, románticos o de decirnos «Te quiero», pero, después de casi media vida compartiéndolo todo, nos conocemos tan bien que tengo muy claro que, mientras el cuerpo
aguante, seremos inseparables compañeros de viaje.
Si no nos decidimos a casarnos antes fue por pereza. Tanto la que va a ser mi
esposa como su familia son creyentes, por lo que firmar un papel en el
ayuntamiento y realizar después un pequeño convite junto a nuestros más allegados no entraba dentro de sus planes. La organización de una boda por todo lo alto para ciento sesenta invitados puede llegar a ser
muy estresante. Lo sabíamos antes de comenzar con los preparativos y, meses después, se han cumplido todas nuestras expectativas.
A las doce en punto entro a la iglesia agarrado del brazo de mi madre, mientras
un cuarteto de cuerda interpreta la Marcha nupcial de Mendelssohn. De haber sido todo menos protocolario y encorsetado, me habría gustado que sonara La marcha imperial, de La guerra de las Galaxias, saga de la que soy fan desde niño. Pero viendo cómo iba creciendo la ceremonia en cuanto a solemnidad, no me atreví siquiera a plantearlo.
Una vez dentro, saludo al cura y permanezco en pie mirando hacia la puerta por
donde, de un momento a otro, aparecerá la novia. Blanca y radiante. Julia es puntual rozando lo obsesivo, pero, si hay
un día en el que está bien visto llegar unos minutos tarde, es precisamente hoy. Veinte minutos después, comienzan las miradas entre todos los presentes, mientras unos y otros
alzamos los hombros dando a entender que no sabemos nada. El murmullo en la
iglesia va subiendo de volumen hasta el punto de que el cura tiene que
dirigirse al micrófono para pedir un poco de silencio.
Son las doce y treinta y cinco. Ha pasado algo. Abandono mi posición para hablar con la madre de Julia, pero ella tampoco entiende qué es lo que está sucediendo. Llamo por teléfono a su móvil, a casa y al hotel donde vamos a pasar la noche de bodas, pero no obtengo
ninguna respuesta. Localizo el número de teléfono de la empresa que nos ha alquilado el Rolls-Royce que iba a llevarla a la
iglesia. Desde la centralita, me dicen que el chófer ha ido a buscar a Julia y a su padre, a la dirección y la hora indicadas, pero allí no había nadie esperando.
Empiezo a pensar que no va a venir. Ayer por la noche discutimos. Las ganas de
que todo salga perfecto y algunos flecos aún por ultimar, unidos a dos caracteres fuertes, prendieron una mecha que al
final quedó reducida a cenizas tras varios reproches y alguna que otra salida de tono. Esta
mañana la he notado un poco fría y distante, pero lo he achacado al nerviosismo. Nos hemos despedido con un
beso…, que solo espero que no sea el de Judas.
A la una menos cuarto entra en la iglesia el padre de Julia y me lleva a un
apartado para decirme, un tanto avergonzado, que hay que suspender la boda
porque su hija no va a venir. También me entrega un sobre en el que hay una carta manuscrita que lo explica todo.
La noticia comienza a correr como la pólvora. Las caras de asombro e incredulidad son el denominador común en muchos de los invitados, que no terminan de asimilar que deben marcharse a
casa. Algunos miembros de la familia de Julia se acercan a mí para despedirse y darme unos ánimos que suenan a pésame. Otros directamente desaparecen. Mi familia y amigos también vienen a apoyarme en este duro momento. Estoy tratando de mantener la
compostura mostrándome sereno, pero una risa nerviosa acompañada de un lacónico «Son cosas que pasan» no hacen otra cosa que demostrar que estoy a punto de venirme abajo y romper a
llorar.
Poco después, ya no aguanto más y salgo corriendo hacia el interior de la iglesia. Necesito estar solo y me
encierro en la sacristía. Abro el sobre y comienzo a leer la carta:
Hola, Diego:
Antes de nada, te pido disculpas por haber permitido que hayamos llegado hasta
este punto y no haberlo frenado antes. Me he visto en un callejón sin salida y no he tenido el coraje suficiente para, al menos, dar la cara.
Entendería que no me perdonases.
Todo esto me ha venido grande, la presión ha podido conmigo y las dudas me están carcomiendo. ¿Lo que sentimos es amor? ¿O es solo comodidad en la rutina? ¿Es esto lo que quiero para el resto de mi vida?
Como química que soy, ya sabes que suelo llevar todo a mi terreno… Tú y yo somos dos reactivos acostumbrados a estar juntos, pero al añadir un tercer elemento, en este caso la boda, se ha producido una reacción química y los enlaces entre nuestros átomos se han roto (al menos los míos). Desconozco cómo se reorganizarán y si formarán nuevas sustancias diferentes a las iniciales, pero, ahora mismo, lo único que tengo claro es que necesito tiempo.
Tiempo para respirar y para pensar. Tiempo para vivir sin ti. Tiempo para
echarte de menos.
Aunque no lo creas, te deseo lo mejor.
Julia
No sé desde cuándo, pero estoy llorando desconsoladamente. En ese momento, comienzan a aporrear
la puerta.
–¡Diego! ¿Te encuentras bien?
Y entonces, empapado en sudor, abro los ojos. Han pasado cuatro años desde aquel fatídico día y aún sigo despertándome sobresaltado en mitad de la noche. Me quedé descompuesto… y sin novia, más hundido que tocado, y decir que lo pasé muy mal es quedarse corto. Los siguientes meses no fueron mejores, ya que, a
través de amigos comunes, me enteré de que poco después Julia comenzó a salir con otro chico. El año pasado se casaron y ahora está embarazada.
Con el tiempo he asimilado que nada perdí porque nada tenía. Solo se trataba de un trampantojo de emociones, una relación que no era más que atrezo construido de cartón piedra. Puse la mano en el fuego por alguien y me abrasé. Las heridas superficiales han cicatrizado, pero el dolor interno permanece.
Se podría decir que me he pasado al lado oscuro, un estado de ánimo en el que solo dos certezas guían mi vida: «Viviré y moriré solo» y «El amor apesta».
Entrenador Norman: «Sois muy afortunados de poder jugar este partido. ¡Disfrutad!».
86. Mónica. Me gusta vivir
1. Me gustan los fines de semana, pero también los lunes, que son bastante incomprendidos.
2. Me gusta subir el volumen de la radio y cantar mientras conduzco.
3. Me gusta charlar con mis amigas, reír a carcajadas con ellas y discutir. Nunca rechazo un buen debate.
4. Me gusta jugar con los niños como si yo fuese uno de ellos.
5. Me gusta bailar por la noche… ¡y también por el día!
6. Me gusta poner caras raras en el espejo.
7. Me gusta ver cómo se pone el sol al atardecer.
8. Me gustan las cosquillas.
9. Me gusta desayunar y volverme a meter en la cama en los días de lluvia.
10. Me gusta nadar. Después de unos cuantos largos, la sensación siempre es satisfactoria.
11. Me gusta la Navidad.
12. Me gustan los chicos tímidos.
13. Me gusta ir de compras… y tener que devolver algo… para regresar otro día… y así volver a comprar… y tener que devolver algo… para regresar otro día… y así volver a comprar…
14. Me gusta pintar con acuarelas.
15. Me gusta subir al monte y respirar naturaleza.
16. Me gusta dar buenas noticias.
17. Me gusta hacer planes con mi madre. Da lo mismo de lo que se trate; si
estamos juntas, lo disfrutaré.
18. Me gustan Los Simpson.
19. Me gusta el chocolate.
20. Me gusta escuchar.
21. Me gusta saber decir «Te quiero» en muchos idiomas.
22. Me gusta soplar las velas el día de mi cumpleaños.
23. Me gusta tratar de encestar las bolas de papel en las papeleras.
24. Me gustan los «Me gusta» de Facebook.
25. Me gustan los finales felices.
26. Me gusta pasear descalza por la orilla de la playa.
27. Me gustan los musicales.
.séver la sesarf ribircse atsug eM .82
29. Me gusta la gente optimista que siempre ve el lado bueno de las cosas.
30. Me gustan las fotografías en blanco y negro.
31. Me gusta tropezar en la calle, intentar disimular y sonreír al comprobar que alguien me ha visto.
32. Me gustan los talismanes, aunque no den suerte.
33. Me gustan las montañas rusas.
34. Me gustan los perros, siempre fieles y cariñosos.
35. Me gusta tener el armario lleno de ropa y la sensación de que no tengo qué ponerme.
36. Me gustan las bodas.
37. Me gustan los emoticonos. 😊
38. Me gusta planificar los viajes con mucha antelación y desear verlo absolutamente todo… para, una vez allí, comprender que todo tampoco es suficiente, ya que siempre hay sitios nuevos
por descubrir.
39. Me gusta mirar las estrellas. Si son fugaces, aún me gustan más.
40. Me gusta la voz de la experiencia de la gente mayor.
41. Me gusta leer.
42. Me gustan los abrazos sentidos y los besos apasionados.
43. Me gusta hacer pompas de jabón.
44. Me gusta el olor a pan recién hecho.
45. Me gusta soñar, tanto dormida como despierta.
46. Me gusta hacer magdalenas.
47. Me gusta guardar secretos.
48. Me gusta estrenar algo; da igual lo que sea.
49. Me gustan los Lego y los clicks de Playmobil.
50. Me gusta dejar que la alarma del despertador suene cada diez minutos y
pensar: «A la siguiente, me levanto».
51. Me gusta gustar.
52. Me gusta el fondo submarino.
53. Me gusta creer en las remontadas, porque lo difícil se consigue y lo imposible se intenta.
54. Me gusta que mi último pensamiento antes de quedarme dormida sea siempre algo positivo.
55. Me gusta exhalar vaho por la boca los días en los que hace mucho frío.
56. Me gusta El diario de Noah.
57. Me gusta que me regalen flores.
58. Me gusta observar cómo nieva por la ventana.
59. Me gustan los juegos de mesa.
60. Me gusta hablar con la mirada.
61. Me gustan las noches alegres y las mañanas tristes alegres.
62. Me gustan los masajes relajantes.
63. Me gusta utilizar pósits de colores para todo.
64. Me gusta que te quedes un ratito más.
65. Me gustan las catedrales.
66. Me gusta hablar por teléfono hasta que se acaba la batería del móvil.
67. Me gusta pasar página si la anterior no me ha gustado.
68. Me gusta llenar el bolso de cosas «por si acaso».
69. Me gusta enamorarme y pensar que será para siempre (aunque luego no lo sea).
70. Me gusta beber café mientras camino.
71. Me gusta cuando el silencio se oye.
72. Me gusta explotar las burbujitas de plástico en los envoltorios de protección.
73. Me gustan los recién nacidos.
74. Me gustan los bises en los conciertos.
75. Me gusta el color rosa. También el rojo.
76. Me gusta contar las escaleras mientras las voy subiendo.
77. Me gusta sorprender y que me sorprendan.
78. Me gustan las croquetas que hace mi madre.
79. Me gustan los puzles. Cuantas más piezas tengan, mejor.
80. Me gusta dibujar corazones.
81. Me gusta Nueva York.
82. Me gustan la primavera, el verano, el otoño y el invierno.
83. Me gusta coleccionar momentos mágicos y guardarlos bajo llave.
84. Me gusta la emoción de la noche de Reyes.
85. Me gusta contemplar el mundo subida a mis zapatos de tacón.
86. Me gusta experimentar un déjà vu y quedarme pensando un largo rato sobre él.
87. Me gusta lanzar besos al cielo cuando nadie me ve.
88. Me gusta escribir las cosas que me gustan.
89. Me gusta aprender de los errores.
90. Me gustan los viernes de pizza y peli.
91. Me gusta el desorden, siempre que esté ordenado.
92. Me gusta reírme de mí misma.
93. Me gustan las metáforas.
94. Me gusta susurrar palabras bonitas al oído.
95. Me gusta recordar el pasado, vivir el presente y desear el futuro.
96. Me gustan el «Sí se puede» y el «No me rendiré».
97. Me gusta reír de pena y llorar de alegría.
98. Me gusta pensar que cada día es un regalo.
99. Me gusta la gente que no me mira con lástima, pese a que tengo una enfermedad incurable.
100. Me gusta vivir.
Entrenador Norman: «Cuando no tengáis la posesión del balón, solo hay una forma de volver a pasar al ataque: robar».
85. Víctor. Una tarea imposible
Desde que trabajo para La Organización, esta es la segunda vez que voy a entrar al despacho del Gran Jefe. Un gorila
con cara de pocos amigos, que va armado hasta los dientes, me acaba de cachear
de forma exhaustiva. Ahora, estoy esperando en una sala anexa.
La Organización se dedica a obtener beneficio a través de todo tipo de acciones ilegales. Su estructura piramidal es similar a los
rangos en los que están distribuidas las familias de la mafia.
En la Cosa Nostra, las familias las dirige el don, su mano derecha es el sottocapo y su asesor es el consigliere. Los caporegimi mandan sobre los capodecini, quienes dirigen grupos de diez soldados, que son los matones encargados del
trabajo sucio, como vender droga, cobrar dinero o matar. Por último, los asociados son los aspirantes a convertirse en soldados.
La Organización, en cambio, la dirige con mano de hierro el Gran Jefe. Los llamados segundos, que curiosamente son tres, ejercen de consejeros. Los elegidos son un grupo de
seis personas que controlan cada una de las ramas que sustentan la inagotable
fuente de ingresos de La Organización: fraude, robo, drogas, apuestas, extorsión y operaciones especiales. Cada elegido tiene bajo su tutela a varios mandos,
que, a su vez, cuentan con un grupo de obreros a su disposición.
Mientras hay quien tiene talento para la música, para la ciencia, para el deporte o para el liderazgo, yo nací con un talento innato para robar. Huérfano de padre y madre, crecí en un hogar de acogida, donde trataron, sin conseguirlo, de que no me separara
del buen camino. Comencé robando comida, pero era algo tan sencillo que enseguida busqué nuevos retos. Aún era un adolescente cuando ya era capaz de sustraer dinero y joyas de decenas
de formas distintas.
A los veintitrés años, el robo de un coche de alta gama salió mal –errores de juventud– y estuve a punto de dar con los huesos en la cárcel. Me embargaron todos los bienes que entonces poseía y, gracias a la pericia de mi defensa, me libré de pasar una buena temporada entre rejas. Tuve que volver a empezar de cero,
pero mi facilidad para el latrocinio llegó a los oídos de La Organización, que me ofreció un puesto remunerado como obrero. Desde entonces, para ir ascendiendo, he
tenido que hacer cosas de las que no estoy para nada orgulloso.
Ahora, a mis cuarenta y cuatro años, soy uno de los mandos más veteranos de La Organización, pero nunca he tenido la oportunidad de hablar con el Gran Jefe. Los niveles
de jerarquía son independientes, de tal modo que los obreros solo tienen contacto con su
mando y con otros obreros como ellos, mientras que los mandos solo nos
relacionamos hacia arriba con nuestro elegido; de ahí lo extraordinario de la reunión que voy a mantener con el Gran Jefe dentro de unos minutos.
Estoy nervioso. Mis siempre ágiles manos permanecen ahora sudorosas y agarrotadas en mis bolsillos. El miedo
es el principal método que tiene el Gran Jefe para controlar a los suyos.
Hace unos años un topo de la policía consiguió infiltrarse de incógnito en La Organización, pese a las violentas pruebas de ingreso que siempre incluyen la realización de algún delito de sangre. Poco después comenzamos a sufrir redadas en ciertos lugares que hasta entonces eran
secretos. El Gran Jefe reunió un domingo a sus nueve hombres de confianza (los tres segundos y los seis
elegidos) y los emplazó a volver a reunirse al día siguiente. Les dijo que investigaran, interrogaran o torturaran si fuese
necesario, pero que, por cada día que pasase sin que localizaran al topo, iba a matar a uno de ellos al azar. El
Gran Jefe juró que, si alguno de los nueve no se presentaba, lo perseguiría hasta el mismísimo infierno.
El lunes, acudieron todos a la cita, pero nadie pudo dar un nombre. El Gran Jefe
desenfundó su pistola y disparó a quemarropa a uno de sus segundos. El martes, a pesar de los esfuerzos ímprobos de los ocho supervivientes, tampoco dieron con el topo. El Gran Jefe
asesinó a sangre fría al elegido encargado de las operaciones de droga. El miércoles, unas horas antes de la convocatoria, el Gran Jefe recibió en sus dependencias una caja que contenía la cabeza del topo, que terminó confesando después de que le hubieran cortado tres dedos de una mano. El Gran Jefe sustituyó a sus dos hombres caídos y bonificó con una generosa paga a todos los que habían perdido alguna parte del cuerpo sin tener que ver con el topo.
El gorila me invita a pasar. Detrás de una amplia mesa me encuentro a un hombre de unos cincuenta y cinco años, de complexión atlética y con una mirada que transmite violencia y peligro a partes iguales. Me
ordena que tome asiento y con una voz áspera me dice:
–Supongo que tu tiempo es tan valioso como el mío, así que iré al grano. Esta pasada madrugada alguien ha entrado en este despacho y ha
conseguido encontrar la caja fuerte que estaba oculta. Pese a ser una de las más seguras del mundo, la ha abierto y se ha llevado un millón y medio de euros en efectivo. Estoy convencido de que ha sido un hombre
relacionado con La Organización, alguien que conoce de primera mano la Sede, puesto que ninguna de las
entradas ha sido forzada y los cuatro vigilantes nocturnos han sido inducidos
al sueño con un potente somnífero. Dado que tu fama te precede y eres mi hombre más apto en lo que a robos se refiere, te encomiendo la tarea de dar con el ladrón. Quiero ser claro en este punto para que luego no haya equívocos. No te estoy pidiendo que lo busques. Te estoy exigiendo que lo
encuentres. Mañana, a esta misma hora, quiero el nombre del ladrón. Si no me lo traes, mejor no vengas. ¿Ha quedado claro?
–Muy claro –respondo a media voz.
Abandono la Sede caminando con lentitud. Intento que no se note, pero estoy
abatido. El Gran Jefe acaba de encomendarme una tarea imposible y, dentro de
veinticuatro horas, es muy probable que esté muerto.
Hace un rato, os he dicho: «Desde que trabajo para La Organización, esta es la segunda vez que voy a entrar al despacho del Gran Jefe». La primera fue precisamente anoche…, para robarle.
Entrenador Norman: «Escuchadme con el corazón».
84. Marco. Cuatro líneas blancas
Quedan tan solo unos minutos para que comience la final y, pese a que, como era
de esperar, no voy a salir en el once inicial, ya siento el hormigueo de las
grandes citas. He decidido que voy a saborear cada momento, por lo que entrar
en el vestuario por última vez antes de un partido oficial me produce una sensación de incomodidad, que se mezcla con una nostalgia anticipada.
Los aspectos tácticos han sido repasados hasta la saciedad, por lo que el entrenador Norman
tratará de motivarnos para que salgamos concentrados desde el arranque del encuentro.
Cuando tiene toda nuestra atención, comienza:
–Cuatro líneas blancas delimitan el campo de fútbol. Lo que dentro de un rato seáis capaces de hacer dentro de esas cuatro líneas, lo recordaréis siempre. Ganaréis o perderéis, pero jamás negociaréis con el esfuerzo. Quiero hasta vuestra última gota de sudor. Quiero ver cómo os vaciáis en el campo. Quiero que, cuando el árbitro pite el final, tengáis la sensación de haber dado mucho más que el máximo.
»Cuatro líneas blancas delimitan el campo de fútbol. Lo habéis sacrificado todo por estar aquí y tener la oportunidad de pisar hoy el rectángulo de juego. Tenéis millones en vuestra cuenta bancaria, pero ni siquiera con ellos podéis recuperar todo el tiempo que habéis invertido en aprender, en mejorar y en entrenar hasta la extenuación. Habéis apostado fuerte por este deporte, dedicándole muchos años de vuestra vida. Hoy es el día de recoger la recompensa. Agarradla bien, porque os la merecéis. Algunos estáis ante vuestra primera final, pero no hay forma de saber si también será la última. Subíos a este tren, porque quizá nunca vuelva a pasar tan cerca.
»Cuatro líneas blancas delimitan el campo de fútbol. Las mismas que van a separar a vencedores y vencidos. Dentro de dos horas,
podemos estar llorando en el suelo de impotencia o recogiendo la copa en el
palco de honor. El resultado final no depende directamente de nuestro desempeño, ya que existen otros factores que también pueden influir, pero, si somos capaces de ofrecer nuestra mejor versión, si peleamos cada balón dividido como si nuestra vida estuviera en juego, si damos cada pase
convencidos de que es la mejor opción, si disparamos a puerta con la confianza de que va a ser gol…, estaremos inclinando poco a poco la balanza para que al final se termine
decantando hacia nuestro lado. Dicen que unos días se gana y otros se aprende, ¡pero hoy no queremos aprender nada!
»Cuatro líneas blancas delimitan el campo de fútbol. Las mismas que lo hacían cuando, siendo unos niños, comenzasteis a dar patadas al balón. Entonces os imaginabais disputando finales en grandes estadios y ante miles
de espectadores. ¡Ese sueño recurrente de vuestra infancia es hoy! ¡Ese sueño es ahora! ¡Soñad despiertos! ¡Pero no despertéis hasta estar seguros de haberos dejado el alma ahí fuera! Disfrutadlo. Os quiero a todos.
Cuando el entrenador Norman finaliza, rompemos en aplausos y gritos de ánimo mientras nos dirigimos hacia el túnel de acceso al terreno de juego.
Espoleados por el discurso, estamos disputando una excelente primera media hora,
en la que nuestro rival apenas ha sido capaz de dar cuatro pases seguidos,
mientras que nosotros ya hemos dispuesto de hasta tres ocasiones claras de gol.
En el minuto 34, tras una buena jugada colectiva, inauguramos el marcador
mediante un potente cabezazo. Se suceden los abrazos y la explosión de alegría es tremenda, pero aún queda mucho partido por delante y lo último que debemos hacer es caer en la relajación.
Ver los partidos desde el banquillo siempre me ha puesto más nervioso que jugarlos. Sé que soy uno de los focos de atención de la final, por lo que intento transmitir tranquilidad, pero la procesión va por dentro. A escasos metros de nosotros, el cuarto árbitro levanta el cartel de un minuto de descuento. Cuando parecía que ya no había tiempo para más, nos sorprende un balón en profundidad y nuestro portero no tiene más remedio que salir fuera del área llevándose al delantero por delante.
Tarjeta roja.
Las miradas se dirigen al portero suplente, que, de inmediato, se levanta para
realizar primero unas carreras y luego unos estiramientos. Nada más producirse el obligado cambio, el portero coloca la barrera para el libre
directo. Si la expulsión ha sido un mazazo, ver como el balón entra por la escuadra es como una puñalada al corazón. El árbitro decreta el final de la primera parte y, cabizbajos, enfilamos el camino a
los vestuarios.
El entrenador Norman toma la palabra. Cuando él habla, todos escuchamos.
–En esta ocasión seré breve. Tras un magnífico primer tiempo, hemos cometido un despiste defensivo que nos ha condenado al
uno a uno y, lo que es peor, a contar con un hombre menos a partir de ahora. No
os diré aquello de «Si luchas, puedes perder; si no luchas, estás perdido», porque, además de una obviedad, os conozco bien y sé que tengo a diez gladiadores dispuestos para la más grande de las batallas. Prefiero la frase: «Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad». Tenéis cuarenta y cinco minutos para ser eternos. ¡Aprovechadlos bien!
Ya estamos en el minuto 60. A pesar de la inferioridad numérica y de que estamos consiguiendo mantener el empate, las sensaciones no son
buenas. Nos dominan y, a base de acumular efectivos atrás, somos capaces de defendernos con cierta solvencia, pero estamos muy
encerrados y nos cuesta demasiado pasar de medio campo. Me mandan salir a
calentar. El público de esa zona, que pertenece a nuestra hinchada, se vuelve completamente
loco al verme trotar por la banda, y no tarda mucho en entonarse, en gran parte
del estadio, el cántico que me ha perseguido desde que inicié mi carrera como goleador: «¡Maaaaaarco, Maaaaaarco!». La adrenalina se me dispara. Llevo tres años esperando este momento. Es una lástima que mis opciones de jugar sean tan remotas. El partido requiere de un
elevadísimo despliegue físico, que es la antítesis de lo que yo podría ofrecer al equipo.
En el minuto 77 se produce el desastre. Peinan hacia atrás un centro lateral y su media punta remata a placer en el segundo palo. Ellos
lo celebran con júbilo, mientras que nosotros, desolados y sin apenas combustible en el depósito, nos animamos unos a otros para tratar de levantar nuestra alicaída moral.
Aún no he digerido el gol en contra cuando veo al entrenador Norman haciéndome gestos ostensibles con las manos para que me acerque hasta él.
–¿Estás preparado para jugar?
Noto como el corazón se me sale del pecho.
–No puedes imaginar cuánto.
Entrenador Norman: «Es mejor probar suerte y chutar desde fuera del área que dar un mal pase».
83. Mónica. ¡Llámame!
No pretendo aburrir con tecnicismos médicos, así que solo os contaré que hace tres años, cuando tenía dieciocho, me diagnosticaron una rarísima afección que solo padecen una de cada cien mil personas y que a día de hoy no tiene cura. Los médicos me dieron una esperanza de vida cercana a los cinco años. Suelo decir, para desdramatizar, que tengo un corazón con una capacidad de amar demasiado grande.
Hace dos años nos informaron de que en un hospital de Múnich se había iniciado un programa, basado en una nueva medicación, para tratar de curar cardiopatías como la mía. El desembolso económico necesario era muy elevado, por lo que mi madre buscó ayudas en distintas fundaciones y abrió una cuenta corriente para que todo aquel que quisiera ayudarnos pudiera
hacerlo. Conseguimos el dinero, mi madre pidió la excedencia y nos mudamos a Alemania.
Los primeros meses fueron muy ilusionantes. No sabíamos cómo iba a reaccionar mi corazón a la medicación y, pese a que nos avisaron de que era un proceso largo y complicado, la
esperanza siempre te hace agarrarte a cualquier posibilidad de cura, por pequeña que sea. Como, de momento, mi enfermedad sigue siendo asintomática, el proceso de tomar los fármacos y pasar a observación siempre era el mismo y, con el paso del tiempo, fue haciéndose cada vez más tedioso. Un año después de habernos cambiado de residencia, mi madre tuvo que regresar para comenzar a
trabajar de nuevo, ya que se nos estaba acabando el dinero. Yo continué con el tratamiento en Múnich, pero el hecho de pasar tantos días sola, siendo el tiempo un bien tan preciado para mí, estaba minándome la moral.
El punto de no retorno en el que decidimos que lo mejor era que volviese a casa
sucedió hace un par de semanas, cuando los médicos me informaron, tras uno de los habituales controles analíticos, de que, aunque durante unos cuantos meses habían conseguido frenar levemente el desarrollo de mi enfermedad, el avance ahora
volvía a ser implacable y no acertaban a ralentizarla de nuevo.
Mientras estábamos en Alemania, nos enteramos de que un hospital de Boston había llevado a cabo un doble trasplante de corazón y médula ósea, lo cual, combinado con un nuevo fármaco aún en fase de experimentación, podría ser la solución a mi afección.
Ahora mismo no tenemos fondos suficientes para poner rumbo a la costa este de
Estados Unidos, así que hemos dejado Boston en la recámara y, de momento, estoy readaptándome a lo que eran mis antiguas rutinas y horarios. Hoy, como solía hacer cada jueves, he ido a la piscina a nadar, y ahora me dirijo a la cafetería de enfrente para tomar un zumo de naranja.
Allí comenzó todo. Me solía sentar a leer durante media hora y, concentrada en el libro, no ponía demasiada atención al entorno, hasta que un día me percaté de que un chico me miraba. No era una mirada de deseo, sino más bien una mirada limpia que me transmitía mucha ternura. Un chico, ni guapo ni feo, ni alto ni bajo, ni rubio ni moreno,
ni gordo ni flaco, en el que no me habría fijado en otra circunstancia, empezó a atraerme solo porque noté con claridad que yo le gustaba.
Pasaron las semanas y ya ni siquiera era capaz de leer dos páginas seguidas. Como estaba más pendiente de él que de la trama, decidí dejar el libro en casa. Nos gustábamos. Mi sexto sentido no me suele fallar en estos temas, pero no me decidía a dar el paso de acercarme y comenzar a charlar.
Y llegó el último jueves antes de irnos a vivir a Múnich. Tenía que despedirme de algún modo si no quería perderle para siempre. La solución adulta pasaba por entablar una conversación, pero tomé el camino que habría tomado una adolescente con poco cerebro. Escribí una nota en la que ponía un escueto «Mañana me marcho a vivir al extranjero y estaré un largo tiempo fuera. Si te apetece…, ¡llámame!». Junto a mi teléfono, estuve a punto de dibujar un corazón, pero al final consideré que no procedía. Cuando fui a pagar mi consumición, le entregué la nota doblada al camarero, y le pedí, por favor, que, cuando me fuera, se la entregara al chico de la mesa de al
lado. Me dijo que así lo haría, por lo que, como tantas otras veces, abandoné la cafetería sin decir nada.
Estuve toda la tarde pendiente del móvil. Cada vez que sonaba para indicarme que había recibido un mensaje, lo consultaba ansiosa esperando que fuera él. Al día siguiente cogimos el avión. Tras aterrizar tuve el pálpito de que, cuando volviera a habilitar el wifi, tendría una llamada perdida o algún wasap suyo, pero tampoco hubo suerte.
Después de varios días sin saber nada de él, confié en que el jueves llamaría a nuestra hora habitual de vernos. Me quedé a solas en la habitación del hospital, y estuve de tres a tres y media de la tarde mirando el móvil mientras deseaba con todas mis fuerzas que sonase. Pero nunca sonó.
Soy una romántica, pero la vida no es un cuento de hadas y mi príncipe azul no había querido enfrentarse al dragón ni subir a mi torre a rescatarme. Pasaron los meses y me centré en mi recuperación, pero, cada jueves al mediodía, mi frágil corazón me recordaba que él no había llamado.
Estoy cruzando el semáforo y me dispongo a entrar al sitio que durante tantos jueves fue mágico para mí. Mentiría si dijese que estoy tranquila, ya que, aunque es improbable que él siga acudiendo allí, la posibilidad de su presencia tampoco sería tan descabellada.
Mis ojos se han encontrado con los suyos nada más abrir la puerta.
En ese instante, he sentido como si se congelara el tiempo, como si la Tierra
dejara de girar y un observador superior a todos y a todo pulsase el botón de pausa en su mando a distancia. Con la sensación de moverme a cámara lenta y con cierta dificultad, me he sentado en la mesa de al lado y he
hecho como si estuviera consultando ese móvil que nunca sonó. Cuando levanto la vista, él está de pie, justo delante de mí, preguntándome con una voz que hasta ahora desconocía:
–¿Me puedo sentar contigo?
Entrenador Norman: «El rival nos presionará y sufriremos marcajes muy pegajosos, pero es importante mantener siempre la
cabeza fría».
82. Diego. Encantado de conocerte
Son tantas las anécdotas que he vivido desde que trabajo como camarero que podría estar hablando durante horas sobre ellas. Una de las más reseñables es, sin duda, la de los dos tortolitos que coincidían cada jueves y se miraban el uno al otro sin dirigirse la palabra.
Podría haberle entregado la nota tal y como ella me pidió, pero mi curiosidad me llevó a leer el texto que había escrito. Decía que se mudaba al extranjero y que iba a estar mucho tiempo fuera. También incluía su número de teléfono y un ridículo «¡Llámame!».
Rompí la nota y la tiré a la basura. Os estaréis preguntando por qué me tomé una licencia que no me correspondía, y, en cierto modo, tenéis razón, pero sentí que ese chico iba a pasarlo muy mal con la separación, la distancia… Sufrí en mis propias carnes un desengaño amoroso muy fuerte cuando me dejaron plantado en el altar, y eso no se lo
deseo a nadie. Pensaba que, pasados unos días, el chaval la olvidaría y que, en el fondo, le estaba haciendo un favor ahorrándole un disgusto. El problema es que ha seguido viniendo todos los jueves, tan
puntual como un reloj suizo.
Unos meses después de que ella se marchara, el chico se acercó a la barra para preguntarme por la chica que se solía sentar en la mesa de al lado, describiéndomela a la perfección. Quería saber si quizá había dejado de venir los jueves a las tres para empezar a hacerlo en otro momento.
Dudé si contarle la verdad. De hecho, cada vez que le veía aparecer en la cafetería tenía remordimientos de conciencia por haber actuado como lo hice, pero la nota ya
no existía y, como es lógico, no recordaba el número de teléfono. Confesarlo todo solo habría provocado su ira y que aumentase su dolor, así que le dije que sí me acordaba de la chica, pero que no había vuelto a verla desde entonces.
Han pasado casi dos años y, como cada jueves, el chico está sentado observando quién entra y quién sale del local; solo que, en esta ocasión, ella también acaba de hacer acto de presencia. Tras unos segundos de indecisión, él se ha acercado hasta su mesa y ella ha accedido a que se siente.
Al poco de comenzar a charlar, ambos se han vuelto hacia mí con el ceño fruncido. Me imagino que acaba de salir a relucir el tema de la nota. Cuando
me dispongo a ir a disculparme con alguna excusa inventada, un cliente que
llevaba un buen rato sentado en un taburete de la barra se pone en pie para
decirme:
–Escúchame con atención y no hagas ningún movimiento extraño. Tengo una pistola apuntándote que asoma en el bolsillo de mi chaqueta. –Confirmo echando un vistazo que lo que dice es cierto–. Esto no es ningún atraco y nadie tiene por qué salir herido si haces lo que a continuación te voy a decir. Mueve la cabeza afirmativamente si me estás entendiendo.
Pese a haber quedado paralizado por el miedo, consigo mover la cabeza en señal de asentimiento.
–He comprobado que estás tú solo haciéndote cargo de la cafetería. Quiero que te acerques uno por uno a los clientes para invitarlos, con
amabilidad, a abandonar el establecimiento. Alegarás que un familiar ha sufrido un accidente de tráfico y tienes que ir al hospital. Harás eso con todos, excepto con la chica de la camisa roja y su amigo. Para
evitarte la tentación de hablar más de la cuenta o pedir ayuda, yo te acompañaré. Cuando solo quedemos dentro de la cafetería la parejita, tú y yo, bajarás la persiana exterior de la puerta y esperarás nuevas instrucciones. Ahora vamos a comenzar a desalojar esto, empezando por
el cuarteto de jubilados del fondo. Recuerda que debes sonar convincente. Que
te vean alterado puede entrar dentro de lo normal dadas las circunstancias,
pero no quiero que te salgas ni una coma del guion si no quieres provocar un baño de sangre.