Las Coquetas - Tamine Rasse Cartes - E-Book

Las Coquetas E-Book

Tamine Rasse Cartes

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Beschreibung

Las Coquetas es como su dueña: odiada y amada a la vez. Esta librería queer, orgullo de la mujer transgénero Cherry, es el centro de acción para toda la comunidad LGBTQ+. Ágata, la nieta de Cherry, se siente contenta de todo lo que ha logrado su abuela, pero algo hace que sienta que nunca pertenecerá del todo a la comunidad que se ha formado en la librería. Esto hasta que conoce a Leo, un chico tierno y con más de un secreto que ocultar. Advertencia de contenido Desorden alimenticio, auto-lesión, homophobia, violencia

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Seitenzahl: 199

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Las coquetas

© Tamine Rasse Cartes

© Loba Ediciones®

Badajoz 100, oficina 523

Las Condes, Santiago de Chile.

Teléfono: (56 2)25820550

Diseño y diagramación: Carolina E. Varela

Ilustración de portada: Marcela Pichaud

ISBN: 978-956-7388-24-0

ISBN Digital: 978-956-7388-26-4

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

Diagramación digital: ebooks [email protected]

#1Ágata

Las Coquetas era la mejor librería de la ciudad. No era la más grande ni la que estaba más de moda, tampoco la más popular, pero tenía tres cosas que la convertían en un lugar maravilloso: una selección de libros exquisita, una comunidad y por último, a mi abuela.

Cherry, como se hacía llamar, era tan famosa como impopular en la localidad de Primavera. Unos la amaban de manera férrea y la defendían con uñas y dientes, mientras que otros —y era un número más bien grande— le tenían un miedo tan enorme que apenas podían disimular con miradas de desdén. Fuera como fuera, no había nadie en nuestro lado de la ciudad que no supiera quién era mi abuela; su vida había sido escandalosa desde el primer día, cuando nació en medio de un festival con su madre pujando sobre un carrusel del que no pudieron moverla. Al crecer, Cherry causaba exaltación por su inclinación hacia lo femenino, desde rodearse únicamente de amigas hasta ponerse la ropa de sus hermanas a escondidas cuando estaba sola en la casa. Cuando su padre la encontró con la boca pintada y el escote relleno con cojines, la golpeó de tal manera que todavía hoy cojea al caminar. Al día siguiente la habían prometido, y ese mismo fin de semana estaba casada. Tenía quince años.

En esa época se la conocía por otro nombre y hacía el papel de marido. Su esposa, Luz, siempre se comportó como su nombre lo indicaba; le prestaba sus vestidos a mi abuela y le enseñó a maquillarse. Incluso cuando quedó embarazada de mi madre, ella y Cherry planearon cómo y cuándo revelarle a su bebé que su papá era en realidad una mamá secreta. Aunque los primeros años fueron apacibles para la familia, Luz enfermó de gravedad y murió al poco tiempo de su diagnóstico, dejando a mi abuela y a mi madre con una herida en el corazón que jamás pudieron sanar. Las personas, susurrando a sus espaldas, señalaban a mi mamá y hablaban sobre lo difícil que sería para ella crecer sin una madre y con un padre tan extraño y Cherry, por una vez, les encontró la razón.

El día del funeral, mi abuela se presentó con el vestido favorito de su difunta esposa, que no era negro sino azul cielo. Se maquilló y se puso los rizos para el cabello, creando elegantes ondas en su corto peinado. Ese fue el primer día en que se presentó en público como una mujer, pero Cherry existía desde hacía mucho tiempo, cuando Luz le había otorgado un nombre y el permiso para desenvolverse. Siempre que cuenta la historia mi abuela se deleita hablando de cómo la iglesia completa contuvo el aliento al verla entrar con mi madre de la mano, cómo ni siquiera el cura podía abrir la boca y de cómo pudo oír cada corazón detenerse cuando la llamaron ‘mamá’. Entonces indica una foto que tiene colgada en la librería y, aunque ríe ante el recuerdo, sus ojos reflejan la misma tristeza del día que tuvo que enterrar a la única persona que la había amado de verdad.

Primavera nunca se repuso de la altanería de Cherry. Su valentía había atraído a personas como ella: maricones, tortilleras, travestis y más. Mi abuela se convirtió en su amiga, en su hogar. Pronto la casona en la que vivían se llenó de estos visitantes, que ya habían dejado de estar de paso, y para cuando yo nací, mamá y Cherry compartían sus vidas con este grupo variopinto de personas que captaban miradas de asombro y asco. Las Coquetas nació como una respuesta a todo aquello: Cherry ya no tenía espacio para acoger a más personas, pero sí podía darles un lugar dónde reunirse, para informarse, para descansar. Años habían pasado de vidrios rotos, rayones y hasta un ataque incendiario, pero la librería estaba hecha del mismo material que ella y jamás se doblegó. Por el contrario, se irguió cada vez más alta y su fama creció con cada ofensiva superada. Así, Las Coquetas se convirtió en el centro queer de la ciudad, el hogar lejos de casa de docenas de jóvenes y adultos que se buscaban a sí mismos y a otros, tan famosa y tan impopular como la misma Cherry.

Sin embargo, y aunque había crecido entre sus paredes y aprendido a amar cada uno de sus libros, jamás sentí que Las Coquetas fuera a ofrecerme lo mismo que a los demás. Yo ya sabía quién era, estaba orgullosa de mi lesbianismo y de mi abuela. La comunidad que había formado a lo largo de los años era también la mía y su orgullo lo llevaba impregnado en la sangre. Sabía, estaba segura, de que no tenía nada más que aprender; me sentía en la cima a pesar de mi corta edad. Por lo demás, no solía equivocarme y mis pensamientos siempre resultaban certeros, no tenía cómo suponer que tanto Cherry como su librería tenían algo que enseñarme, ni tampoco cuánto me costaría aprenderlo.

#2Leo

El día en el que conocí a Cherry comenzó antes de que saliera el sol.

Mi padre me había echado de la casa… otra vez. Lo hacía seguido pero su voluntad nunca duraba mucho; le gustaba tener a alguien que fuera a comprarle cigarrillos y a quien molestar mientras su segunda esposa estaba afuera trabajando o con su amante, al que escondía tan poco como él escondía la suya. Esa madrugada la razón de la patada en el trasero había sido mi despido de la tienda donde trabajaba. Lo cierto es que me habían echado hacía unos días y nunca tuve intención de decírselo, pero mi madrastra había pasado a preguntar por el nuevo modelo de pantalones que se rumoreaba podría encontrar allí, y entre conversaciones, descubrió que mi jefa me había dejado ir y que además, estaba muy feliz de haberlo hecho.

El tipo dejaba pasar muchas cosas por alto, pero jamás la falta de dinero. Aunque le aseguré que encontraría algo más a tiempo para pagar mi parte de las cuentas, no quiso oírlo, recordándome que no era capaz de permanecer en un solo trabajo por más de unos meses. ¡Y ni siquiera eran trabajos calificados! Le encantaba sacarme en cara que no había sido capaz de entrar a la universidad, aun cuando él trabajaba en una fábrica y su esposa era secretaria. Ignorando todas mis explicaciones, me dio un golpe en la cabeza y me cerró la puerta en las narices. Que no me molestara en volver jamás, gritó tras de mí, pero sabía que al caer la noche estaría en mi habitación nuevamente. El verdadero problema era la plata, no sólo porque me haría verdadero daño si no entregaba mi parte a fin de mes, sino porque había… tomado prestado de su billetera un par de veces y de la de su novia también. Ese había sido mi error: él no lo notaba, porque siempre tenía la cabeza en otro lado, pero ella se dio cuenta de inmediato y en vez de delatarme, me extorsionó. Si no le llevaba el triple de lo que había sacado para el último fin de semana del mes, no sólo le diría que le había robado, sino que se aseguraría de que supiera a qué tipo de lugares iba su hija a pasar el rato. No fue necesario que dijera más; me tenía en la palma de su mano.

Deambulé por un rato sin saber a dónde dirigirme. Ni siquiera me había dado tiempo de tomar una chaqueta o mi billetera. Lo único que tenía era mi personal estéreo, que nunca me quitaba de encima, y el llavero en mi bolsillo, y aunque Primavera era relativamente segura, de todas formas dejé que las llaves se asomaran entre mis dedos para verme más amenazante. Mi confianza en que eso fuera suficiente era ciega, pues no habría sabido qué hacer en caso de que alguien me atacara: no sabía pelear y era más bien cobarde, pero mientras no se notara, suponía que no importaba.

Poco antes de que amaneciera oí a alguien caminar muy cerca de mí. Nervioso, me puse a caminar más rápido, pero aquel que iba detrás hizo lo mismo sin molestarse en disimular. Apreté las llaves con tanta fuerza que me hice daño en las manos. Temía que quisieran quitarme mi personal con mi casete de Green Day, que era lo único caro que tenía, pero eso no era lo que más me asustaba. Ideas terribles se me pasaron por la cabeza y, al ver que más adelante las luces de la calle no funcionaban, supe que si no hacía algo en ese momento estaría en problemas.

El acosador pisó más firme y más rápido, acercándose lo suficiente como para aterrarme en serio y, sin ninguna idea sobre cómo quitármelo de encima, eché a correr lo más veloz que pude para atravesar la zona en penumbras. Oí al tipo tras de mí, pisando fuerte y sin disimulo. Mi corazón latía con una mezcla de miedo y de un esfuerzo al que no estaba acostumbrado. Igual, me obligué a ir más rápido, tanto que los músculos me quemaban. Corrí y seguí corriendo incluso después de dejar de escucharlo, mirando sobre mi hombro cada cierto rato, convencido de que seguía allí aunque ya no podía verlo. Corrí tanto que sentí náuseas y tuve que parar junto a un basurero para devolver el desayuno que no había comido. La bilis salía con tanta fuerza que, después de varias arcadas, seguí devolviendo el vacío de mi estómago y para cuando ya no hubo nada más, las piernas me temblaban y no podía dejar de toser.

—¿Estás bien, chico?

Una mujer algo vieja se acercó a mí casi sin hacer ruido. Fumaba un cigarrillo aunque apenas se estaba asomando el sol y llevaba una bata peluda sobre un pijama de satín. Su mandíbula era cuadrada y poseía una manzana de adán, aunque sus cejas estaban perfectamente perfiladas y su cabello se curvaba de manera delicada al comienzo de su cuello. Era alta y delgada, imponente por derecho propio. No me atreví a responderle así como estaba, con el mentón goteando baba y los ojos vidriosos de cansancio.

—¿O debería decir chica? —preguntó otra vez, malinterpretando mi silencio.

—Chico está bien —logré contestar. Nunca había dicho algo así en voz alta, pero se veía tan serena y yo necesitaba tan desesperadamente confiar en alguien que las palabras salieron solas—. No lo soy, pero me gusta oírlo.

Ella asintió como si lo comprendiera perfectamente y no tuve dudas de que así era. Si no me hubiera sentido tan miserable, habría hablado mucho más, pero estaba derrotado. Le dio una última calada a su cigarrillo, que fumaba con boquilla, y sacó de su bata uno de esos ceniceros portátiles que las damas elegantes traían siempre con ellas. Era blanco como una perla que brillaba incluso con la poca luz que había a esa hora del día; el accesorio perfecto para una mujer como ella. Por mi lado, yo todavía jadeaba con fuerza mientras el sudor caía por mi frente. Sabía que debía estar rojo, quizás incluso morado. Me dolía el vientre y estaba medio doblado sobre mí mismo, pero no quería desviar la mirada. Sentía que, si lo hacía, la mujer desaparecería y no volvería a verla.

—¿Vives cerca de aquí?

Negué con la cabeza. Mi casa estaba al otro lado de la ciudad, muy lejos del centro.

—Sígueme.

Lo dijo de una forma casual pero no se me pasó por la cabeza no obedecerle. Me limpié la boca con la manga de mi polerón y luego limpié la manga en mi pantalón como si eso fuera a hacerlo menos asqueroso. Suspiré, agradecido de que no me hubiera visto.

Fuimos hasta la otra vereda, en el otro lado de la manzana. En toda la esquina y hacia ambos lados, una parte del edificio resaltaba entre las demás: estaba cubierta en enredaderas llenas de flores moradas que se abrían cuando las tocaba el sol. Era una librería como ninguna otra; a través del vidrio se veían estantes tan altos que tocaban el techo. Aunque los libros no eran lo mío, sí lo era el cartel encima de todo. Escrito en caligrafía azul oscuro, las palabras decían claramente: Las Coquetas. Incluso un iletrado cómo yo sabía qué significaba eso. Nervioso, le lancé una nueva mirada a la mujer, que estaba esperando a que me recuperara de la conmoción para hacernos pasar.

—Usted es… ¿Usted es Cherry? ¿La Cherry?

—La que viste y calza —dijo sin esconder su orgullo.

No podía creerlo. Cherry era una leyenda local, la líder de una revolución que había llegado demasiado tarde a nuestro rincón del mundo. Cherry representaba la esperanza de vida con la que nos atrevíamos a soñar, la valentía de ser uno mismo, el glamour de existir sin esconderse. Era rebelde, inteligente y tenía algo como gatuno. No podía creer que estaba frente a ella. No era justo que me hubiera visto de ese modo.

—¿Vas a pasar? —preguntó. Parecía divertida ante mi reacción.

Asentí débilmente, imitando sus movimientos para no hacer nada que mostrara lo nervioso que estaba.

Había varias razones por las que jamás me había acercado a su librería; no era únicamente porque ser visto alrededor era salir del clóset, pues hasta el más perdido sabía que el lugar era una colmena de desviados. La mayor parte de mi miedo residía en conocerla a ella; se decían tantas cosas y se contaban tantas historias que era normal sentirse cohibido. De la gente que conocía, pocos se habían atrevido a pisar Las Coquetas y ninguno había sido capaz de hablar con ella, aunque decían que siempre estaba dando vueltas por la tienda. El lugar olía a muchas cosas diferentes, obviamente a libros, nuevos y antiguos, pero también a ropa limpia y luego, casi sin que se notara, a vainilla. Ese último olor me recordó lo hambriento que estaba y que estaría el resto del día hasta volver a casa cuando mi padre por fin se durmiera. Era mejor no pensar en eso, o el vacío en el estómago se sentiría más.

Cherry me hizo un gesto para que me sentara, tenía varios sillones alrededor de la tienda, puestos en grupos de dos o tres con una mesita en medio, o solitarios en las esquinas y bajo la escalera. Me senté en el más cercano, sin saber qué hacer cuando ella desapareció en la parte trasera del lugar. Jugué con el borde de mi polerón, que ya había cedido de lo mucho que lo estiraba. Era un chico nervioso, por mucho que hiciera como que no, especialmente cuando trataba de hacer como que no. Me asusté cuando oí la puerta volver a abrirse.

La señora traía una bandeja plateada con dos tazas humeantes, una botellita de cristal con líquido amarillo y una cesta de medialunas. Tuve que morderme los labios para no babear; olía tan bien que hasta había olvidado que hacía pocos minutos me encontraba doblado sobre un bote de basura. Cherry se sentó en el sitial frente a mí y dejó la bandeja en la mesita, con cuidado de no estropear sus uñas, abrió la botellita y echó la mitad del líquido en su café, luego me miró y me preguntó si quería.

—Es bueno para los nervios —aseguró.

Asentí aunque era muy temprano para tomar alcohol porque la idea de calmarme era muy tentadora.

—Sírvete —me dijo al ver que no quitaba los ojos de la cesta.

No tuvo que decírmelo dos veces; comí una medialuna entera y estaba por comenzar la segunda cuando me obligué a reaccionar. Una parte de mí quería aprovechar de alimentarse antes de tener que volver a la calle todo el día, e intentaba que no le importara mucho si Cherry lo veía, pues era poco probable que nos topáramos de nuevo; la otra estaba horriblemente avergonzada y me exigía que me detuviera inmediatamente. Eso fue lo que hice.

—Disculpe —ofrecí.

Por toda respuesta, Cherry me sonrió. Parecía una sonrisa sincera, de esas que alcanzan los ojos y arrugan la piel. Me tranquilicé un poco.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Leo —otra vez solté lo primero que se me ocurrió. Sí me llamaba Leo, pero no andaba diciéndoselo a cualquiera—. Leonora —añadí.

—Leo te pega más —sugirió.

Quería decirle que yo también lo pensaba, pero me quedé callado.

—Y dime, Leo, ¿qué te trajo a vomitar fuera de mi casa?

Podría haberme muerto ahí mismo. Grande como era, no sabía dónde esconderme, aunque eso no evitó que intentara hundirme lo más posible en la silla.

—Lo siento mucho —me disculpé—. No sabía que era su casa.

—Eso no fue lo que te pregunté —insistió. Aunque no fue dura, estaba claro que esperaba una respuesta.

—Mi padre me echó de casa —dije antes de darme cuenta de que habría bastado con decirle que un acosador había estado siguiéndome—. ¡Pero sólo es temporal! Podré volver esta noche o la próxima… no sé. Nunca se lo toma en serio.

Cherry me estudió por un momento.

—¿En qué tipo de problema te metiste, chiquillo?

—Me echaron del trabajo —admití—. No quiere saber nada de mí hasta que le dé el dinero de las cuentas. El problema es que siempre me echan. De alguna forma les llega el rumor de que soy una lesbiana e inventan excusas para que tenga que irme. Por eso mi padre me da la patada cada cierto tiempo, pero como dije, no se lo toma muy en serio. Mal que mal, le hago la vida más fácil y necesita mi parte del dinero, así que basta con aguantarme sus empujones y sus gritos y luego volver con el perfil bajo unos días y ya está. Y…

Me callé de golpe al darme cuenta de que había hablado demasiado y además muy rápido. Cherry me miraba divertida, como si me encontrara un espécimen de lo más interesante. Para distraerme, me puse a terminar la medialuna que había dejado un momento antes y bebí un gran trago de café, olvidando por completo que le habían echado whisky. El alcohol me quemó la garganta y no pude esconder la mueca de asco. Cherry no se aguantó la risa; la tenía ronca y grave, tal y como uno se imaginaría que se reiría una mujer con el porte que ella tenía.

—Escucha —dijo, tomando un sorbo igual de grande de su propia taza, sin arrugarse—, llegará un pedido en un rato y habrá muchas cajas que desembalar y libros que ordenar. Quédate un rato y veamos cómo te va.

—¿Está… ofreciéndome trabajo? —pregunté incrédulo.

—Las Coquetas no es sólo una librería —dijo levantándose—. Es una casa para todos.

#3Ágata

Cuando entré en Las Coquetas esa mañana, el lugar ya estaba abierto y templado. Mi abuela estaba sentada en su sitial leyendo con un café a su lado, como todos los días. Podía oír movimiento en la trastienda, pero se suponía que esa jornada estaríamos sólo ella y yo, ya que las primeras horas de los lunes siempre eran lentas.

—¿Tenemos visitas? —dije a modo de buenos días.

Mi abuela asintió sin mirarme, señal de que debía esperar a que terminara su párrafo antes de que pudiera prestarme atención. Sin usar marcador ni doblar la esquina de la página, Cherry cerró el libro como si nada, sabiendo que recordaría perfectamente en qué lugar había quedado cuando lo abriera de nuevo.

—Es el trabajador nuevo —explicó—. Hoy es su día de prueba.

—Vaya, eso fue rápido.

Apenas había comentado la idea de buscar a alguien más la semana anterior y ya tenía a alguien hurgando entre nuestros libros. No me sorprendía, la verdad, siendo que Las Coquetas era bastante popular entre cierto tipo de jóvenes.

—Ni siquiera llegué a colgar el anuncio —agregué.

—A veces las oportunidades llegan sin buscarlas —sentenció—. ¿Desayunaste?

—Todavía no, quería asegurarme de que estuviera todo en orden con los pedidos que llegaron hoy.

—Niña, niña ¿qué te dije de venir a trabajar con el estómago vacío? —me regañó—. Así no puedes ir a la universidad. ¿Empacaste tu almuerzo al menos? Apuesto a que no.

—Mamá lo hizo por mí —admití. Solía olvidar ese tipo de cosas—. Estoy bien, beberé café.

—Hay también medialunas en la cocina —señaló—. Eso si es que Leo no se las terminó todas.

No me sorprendió que mi abuela se refiriera al nuevo empleado con tanta familiaridad, así se comportaba siempre y era una cualidad que le había valido muchos amigos a lo largo de los años. Sí me parecía extraño que estuviera tan relajada con alguien nuevo en su librería; en general, era precavida con sus cosas, en especial con sus libros. Quizás se trataba de alguien especialmente cuidadoso, amante de las buenas historias y delicado. Ahora que mi carga académica había aumentado y ya no trabajaría tantas horas en Las Coquetas, suponía que las cosas se complicarían un poco. Yo tenía un sistema muy efectivo para llevar las cosas y sabía cómo lidiar con mi abuela, que era algo desordenada y también excéntrica; tendría que hablar largo y tendido con el nuevo empleado y vigilarlo por un tiempo. No es que no confiara en el criterio de Cherry, el lugar lo había levantado ella sola, es sólo que… bueno, era aprensiva. No había nada de malo en eso.

La cocina era en realidad una mesa en la trastienda con un hervidor, tazas, platos y cubiertos junto a un frigobar que siempre estaba vacío porque tanto ella como yo vivíamos a base de café. De vez en cuando tenía medialunas, los únicos pastelillos que nos gustaban a ambas y que Cherry guardaba para las reuniones de los lunes en la tarde: el club de lectura de los adultos jóvenes, en el cuál ella y un grupo de adultos mayores se juntaban a tomar el té y discutir libros queer escritos por autores emergentes, a los cuales les sacaban varias décadas de ventaja. A mi abuela el nombre le causaba gracia, porque, al ser todos los miembros gays, lesbianas, bisexuales y demás, la mayoría se había quedado sin nietos o nunca los había tenido. A los otros también parecía divertirles, aunque yo personalmente lo encontraba de lo más triste.

Cuando entré a la parte trasera de la librería, había una persona trabajando de espaldas a la puerta. Era alguien más bien grande y llevaba la cabeza rapada a los lados, decolorada en la parte de arriba. Tenía los libros recién llegados apilados por género, como le gustaba a mi abuela, y estaba chequeando los números en la tabla que ella le había entregado. No pude evitar notar que tenía las caderas algo marcadas, pero si mi abuela lo había tratado como un chico, entonces era un chico. O quizás simplemente le gustaban los pronombres masculinos y era una lesbiana como yo, nunca se podía saber en Las Coquetas. Con el tiempo había aprendido que había identidades más complejas que otras y tratar de etiquetarlas todas era imposible, así que me acostumbré a dejarme llevar y ya nada me sorprendía.

—Buenos días —lo saludé. El chico dio un respingo, pues no se había dado cuenta de que estaba allí.

—Hola —dijo sin mirarme—. Ay no, volví a perder la cuenta.

Volví. Ciertamente Cherry tenía un tino impecable.

—¿Quieres un café? —pregunté más por cortesía que por otra cosa. Todavía no me miraba.