Las mafiosas - Pascale Dietrich - E-Book

Las mafiosas E-Book

Pascale Dietrich

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Beschreibung

La familia de un viejo capo de la mafia de Grenoble intenta por todos los medios que no se cumpla su última voluntad. A partir de aquí, la novela describe con humor ácido el mundo del crimen organizado en el que las mujeres han abandonado el segundo plano al que tradicionalmente han sido relegadas para enfrentarse a los obsoletos códigos de honor que no las representan. Sin por ello dejar de lado los métodos expeditivos que caracterizan a la cosa nostra.

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Seitenzahl: 196

Veröffentlichungsjahr: 2020

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1

El timbre del teléfono la sacó bruscamente de sus sueños. Tres pitidos resonaron en el silencio, hubo una pausa y después continuaron. Michèle permaneció unos segundos inmóvil, con la mejilla hundida en la almohada. Un reflejo en el espejo alumbraba la oscuridad y, sobre la mesilla de noche, las cifras iluminadas del reloj indicaban las seis horas con cincuenta y tres minutos. Palpó el espacio vacío que había a su lado y se le hizo un nudo en el estómago. ¿Quién podría llamar tan pronto, aparte de los médicos? Embargada por un mal presentimiento, se levantó temblando en camisón. Sufría un terrible dolor de cabeza por culpa del vino de la noche anterior. Cuando descolgó el teléfono del aparador, al final del pasillo, estaba segura de que la persona que se encontraba al otro lado le iba a anunciar la muerte de su esposo. Cogió el auricular y, conteniendo la respiración, se lo acercó al oído.

–¿Diga?

–Señora Acampora, soy el doctor Samuel. Espero no haberla despertado.

–No –mintió ella.

–He pensado que debía estar al corriente lo antes posible. Su esposo ha entrado en coma.

El corazón de Michèle se le comprimió en el pecho. No estaba muerto, pero casi.

–Dada la enfermedad, es lo mejor que podría pasarle –continuó el médico–. Se irá sin sufrir.

¿Quién se creía para juzgar lo que era mejor o peor para Leone? Sus dedos se estremecieron alrededor del plástico caliente. Tenía la extraña sensación de que sus piernas se habían reducido a dos huesos secos, igual que las patas de un flamenco.

–¿Puedo verlo? –murmuró.

–Por supuesto. Está en cuidados intensivos.

Michèle colgó y, como una autómata, se dirigió hacia la cocina dejándose caer en la primera silla que encontró. Fuera comenzaba a amanecer, asomándose un resplandor rosado por detrás de los Alpes. A lo lejos se escuchaba el ligero traqueteo de un tren de mercancías que pasaba por las vías, el primero del día.

Vació en una copa el resto de vino que quedaba en una botella. Había empezado a beber desde la hospitalización de Leone, prometiéndose dejarlo si este volvía a casa. En ese momento debería doblar la dosis o pasarse a algo más fuerte, coñac o grappa. La grappa la bebían en los restaurantes italianos, donde cenaban los viernes por la noche sobre manteles de cuadros rojos y blancos. Después de la pasta con setas o los canelones, era lo que la hacía feliz. Ahora la aturdía: el alcohol es una sustancia maravillosa que sabe adaptarse a cualquier circunstancia.

Consiguió llegar al salón y se dejó caer en un sillón con la copa de vino en la mano. Contemplando una vieja foto de Leone, rememoró su primer encuentro, hace cuarenta y cinco años. Era un mundo completamente diferente, sin teléfonos móviles, solo con dos canales de televisión y yogures en vasos de cristal. Difícil de imaginar hoy. Ese día había una barbacoa en casa de Madeleine y Lucien Feragi, ella lo vio al fondo del jardín, de pie bajo el sol, dando vueltas a unas brochetas en una parrilla humeante. Llevaba un polo color burdeos, pantalón de pinzas y una cadena de plata en el cuello. Su cabello negro repeinado hacia atrás brillaba como el charol y sostenía un cigarrillo entre los labios. Le gustó al instante. Ella se deslizó a unos pocos pasos de él y le observó jugando con el tenedor como si quisiera demostrar una habilidad excepcional. De vez en cuando se mojaba los labios con aire taciturno en su copa de anisete.

Todavía no sabía quién era: si lo hubiera sabido, es más que probable que prudentemente se hubiera desviado para charlar con las mujeres de la terraza y su existencia habría sido diferente. Estaría casada con un contable, o con un ingeniero con el que se iría de vacaciones después de unas semanas de trabajo decente. Esquiar en invierno, la Costa Azul en verano. Pero el hecho es que nunca antes había oído hablar de Leone Acampora y sin duda ella era la única en quilómetros a la redonda.

Al principio Leone hacía como que no la veía, pero enseguida su mirada metálica cayó sobre ella. “¿Sangrantes o al punto?”, le preguntó. Maliciosa, ella se recolocó el tirante del vestido y respondió: “Al punto. Me llamo Michèle”. Aunque todavía era muy joven, era muy atrevida. Esta determinación le había gustado a Leone, igual que sus ojos verde botella, su nariz respingona y esas piernas tan largas como una pista de aterrizaje. Esos regalos de la naturaleza siempre fueron sus puntos fuertes.

Michèle vació su copa suspirando, luego se levantó y vagó inquieta por la casa. Necesitaba moverse por este universo familiar. Examinó los objetos que pertenecieron a Leone: sus libros de montañismo, la caja de cigarros, L’Équipe olvidado sobre la mesa, las pinturas realistas colgadas en la pared, su colección de vinilos… cuando estaba en casa siempre flotaba una melodía en el salón. Debería hacer algo para que volviera a escuchar sus fragmentos favoritos en el hospital. Dany Brillant, murmuró. Seguro que querrá oír “Es el amor lo que te hace feliz”.

Regresó al dormitorio y se puso una blusa mientras contemplaba la alfombra con dibujos del club de fútbol de Grenoble, del que Leone era propietario. En sus sueños más profundos se imaginaba a Pedro Malaroda como entrenador. Había tenido el honor de conocerle cuando fue el entrenador estrella del Nápoles y habían coincidido muchas tardes en Milán, antes de su enfermedad. La última vez, Malaroda había esnifado varias rayas de coca por cortesía de la casa y después, como con un resorte, había golpeado con una bandeja a un camarero. Era un hombre de carácter. Leone esperaba atraerlo a Isère ofreciéndole ciertos beneficios en especie, además de su salario. Ahora el argentino ya no pisaría nunca el césped del estadio alpino. Una pena. A Michèle le hubiera gustado mostrarle las especialidades locales, seguro que hubiera apreciado los juegos de trineos en la nieve, la raclette y el saint-marcellin1.

En el hospital, Leone permanecía acostado bajo las sábanas, con el rostro relajado y sus labios carnosos cerrados. Las máquinas a las que estaba conectado emitían sonidos regulares que se acompasaban rítmicamente con los segundos y Michèle imaginó que se trataba del ritmo de su corazón. Se acercó, temblorosa. Su cerebro funcionaba a cámara lenta.

–Leone –pronunció ella.

De repente, tuvo la sensación de que salía de sí misma y se veía en la habitación, igual que en un cine: ella permanecía con los hombros encorvados, apretando su bolso contra el estómago y él, tendido sobre el colchón, solamente conectado con el mundo por una de estas complicadas máquinas. Sus dedos se acercaron al rostro de su esposo y se estremeció al sentir su aliento.

–Leone, soy yo –murmuró.

Solo le respondió la lúgubre música del monitor. La enfermera le había explicado que era conveniente hablar a las personas en coma ya que podían percibir ciertas cosas, pero ella no tenía por costumbre hacer monólogos.

–Los médicos me han dicho que ya no te queda mucho tiempo –continuó ella–. Pero yo no confío en ellos, tengo la impresión de que no saben gran cosa…

El timbre de su voz resonó en la habitación. ¿Leone podía verla? ¿Veía colores, formas, montañas o nieve bajo sus párpados?

–Ya que nunca fuiste muy hablador… –dijo ella sacando una petaca de amaretto del bolso.

Desenroscó el tapón y echó un trago. Ojalá nunca descubriera que se emborrachaba en la cabecera de su cama. Es el tipo de cosas que habría odiado. Para él, las mujeres debían ser ejemplares, en particular la suya. Nada de dejarse llevar cuando se estaba casada con un hombre como Leone Acampora. Siempre recordará la tarde, en casa de unos amigos, cuando ella se comportó de una forma demasiado familiar con un joven del clan. Leone consideró que lo estaba calentando, cuando simplemente recordaban felices Scampia, el barrio de Nápoles de donde ambos procedían. Leone la agarró por la muñeca, se la llevó de vuelta al coche y ya dentro le propinó una bofetada que le dislocó la mandíbula. Estuvo llorando todo el camino de vuelta.

Michèle se sonó ruidosamente en un pañuelo de papel y sintió cómo temblaban las paredes. El alcohol multiplicaba sus sentidos y convertía el mundo en algo mucho más ruidoso.

–Si te despiertas, lo dejo –le aseguró ella–. Es provisional, el tiempo justo para pasar esta mala racha. De todas formas, tú no puedes darme ninguna lección. Tú mismo nunca has estado en contra de probar la mercancía, ¿verdad? ¿Tú te crees que no me daba cuenta de nada? Las pupilas como alfileres, el ritmo acelerado, incapaz de quedarte quieto. Era la única vez que te ocupabas del jardín. Cortabas el césped a una velocidad sensacional.

Se limpió la boca con el reverso de la manga de la blusa con cara de asco.

–Además, ¿tú qué harías si yo estuviera en tu lugar? Siempre lo he hecho todo por ti. Ni siquiera eres capaz de hacer pasta. Afortunadamente, las chicas vendrían a rescatarte. Ellas tienen buen corazón. Yo ya me las apañaré, como siempre. Esto no será peor que cuando estabas en prisión. Las niñas, los negocios, las visitas al locutorio… De hecho, no es tan malo que seas tú el primero que pase por esto. Será menos duro para Dina y Alessia.

Se dio cuenta de que seguía manteniendo sus antiguos rencores. Quizás las viejas parejas son un disco rayado y no cambian nunca y, sobre las tumbas, las viudas repiten los mismos reproches una y otra vez a sus maridos. Michèle se esforzó en evitar estas recriminaciones y sopesar la situación. En el fondo, hay que ver las cosas por el lado bueno. En los últimos tiempos Leone deliraba continuamente por culpa del Alzheimer. Recientemente confundió el nombre de un industrial que no le devolvía sus deudas con el de un teniente de alcalde al que pagaba sobornos. El político acabó en el hospital y Michèle tuvo que dar muestras de gran diplomacia con su esposa para evitar las consecuencias. El problema con el Sistema es que nadie ha sido nunca incapacitado para trabajar, antes nadie había vivido lo suficiente como para desvariar, pero ahora con los avances de la medicina y las reconversiones en la economía legal, la esperanza de vida ha aumentado. Esta era la razón por la que Remo Lanfredi, el padrino local, tuvo la gran idea de abrir una residencia de jubilados de lujo para acoger a los viejos sindicados y a todos aquellos que se beneficiaban de una reducción de la pena por razones de salud. Allí mismo se había instalado el propio Lanfredi, y Leone también habría aterrizado en el mismo lugar si no hubiera entrado en coma. Hubiera pasado sus últimos días jugando al póquer en bata y dejándose mimar por enfermeras búlgaras. Pero nunca sale nada como está previsto.

Afortunadamente Michèle no tenía que preocuparse por su futuro. Las viudas de los mafiosos tienen derecho a una pensión y gozan de un estatus privilegiado hasta el fin de sus días. En el Sistema, los hombres muertos son tan útiles como los vivos.

De nuevo el silencio se apoderó de la habitación, roto de vez en cuando por el ruido de un carrito que pasaba por el pasillo. Detrás de la ventana unas nubes negras cruzaban un cielo violeta listo para morir. Las observó como si estas fueran la última prueba tangible de la realidad del mundo. De repente, tuvo la inquietante sensación de que su esposo había abandonado su cuerpo en esa habitación igual que se deja una maleta en una consigna.

2

Para asegurarse de no remolonear en la cama, Dina había ajustado el radio despertador en una emisora que solo transmitía música basura. Esa mañana era Gold y saltó de la cama para apagar el sonido. Todavía dormida se puso el chándal que solo usaba para estar en casa y llegó a la cocina. El termómetro que había colgado en la persiana marcaba cinco grados. Era uno de esos horribles días lluviosos y fríos de noviembre. Subió un poco la calefacción, puso agua a hervir y encendió la radio: habían atracado un banco en Saint-Égrève y no pudo dejar de preguntarse si su familia estaría involucrada. Era agotador sentirse culpable cada vez que algo malo sucedía. Después vino la información meteorológica, humedad, pero no le prestó atención ya que solo podía pensar en la reunión que tenía programada esa mañana en la oficina.

Sabía de antemano cómo iban a desarrollarse las cosas: Patricia, la nueva directora general, desarrollará un balance detallado con las actividades de la semana, continuará con las digresiones, usará palabras que suenen a inglés, aprendidas en su jodida escuela de comercio –debriefing, benchmarking, feedback, process…– y todo se eternizará hasta que las miradas se pierdan, los compañeros empezarán a dibujar mecánicamente en sus blocs de notas para rellenar ese espacio sideral que les invade y los estómagos rugirán de hambre. Suspiró repescando la bolsita de té de la taza y mientras la miraba balancearse al final del hilo se le cruzó el pensamiento de que todavía hoy en día había países en el mundo que ejecutaban con la horca.

Al principio se había orientado por la acción humanitaria por convicción. Como le señaló su psiquiatra, esta elección no era ajena al hecho de que se trataba de un trabajo completamente opuesto al de su padre. De cualquier manera, cuando empezó a trabajar en Grandes Emergencias como analista de datos estaba entusiasmada, convencida de que había encontrado su camino. Su trabajo sería útil, al menos más que el de un banquero o un experto en comunicación, pero ahora no estaba tan segura. Los múltiples informes que redactaba sobre la pobreza tenían como principal efecto confundir a la población haciéndoles creer que a nadie le importaba del todo la miseria humana. Sus estudios solo eran leídos por un reducido círculo de especialistas que discutía incansablemente sobre la exactitud de un término o la precisión de una cifra, por lo que al final las personas que realmente vivían esas situaciones desaparecían detrás de los números. Por supuesto, a veces algún informe aterrizaba en el despacho de algún ejecutivo que le echaba un vistazo rápido, pero esto nunca cambió la cara del mundo. Al final, había perdido la fe en su empleo y se había vuelto alérgica al mundo del trabajo en general. Envidiaba a sus colegas, que se lanzaban todos los días en sus investigaciones con energías renovadas mientras ella escribía notas con la misma indiferencia que un camarero le da al grifo de cerveza.

Frente a ella, las plantas alineadas sobre las baldosas parecían completamente deprimidas. Un ficus daba la impresión de querer saltar de su maceta y acabar de una vez por todas, y el caoutchouc2 mostraba un verde anémico, por no hablar del aloe, mustio como un enterrador. Dina se apiadó de ellas y, dándoles una pastilla de vitamina C, se prometió ponerles fertilizante. La marcha de su dueño debía haberles afectado, también a ellas.

Cogió un post-it y un bolígrafo que estaban sobre la mesa. Era el momento de escribir un pensamiento positivo, un método recomendado por su hermana para poner el cerebro en buena predisposición desde la mañana. En el calor del bolsillo el papelito le acompañaría durante todo el día. Alessia le había dado una lista de frases entre las que podía elegir según su estado de ánimo. Por ejemplo, si habías pasado una mala noche y en el espejo te encontrabas con un aspecto horrible, podías escribir: Yo me amo tal y como soy. También había fórmulas más generales como: Cada instante es un nuevo comienzo. Alessia tenía un montón de recetas para favorecer la plenitud y la serenidad, algo muy útil cuando se comercia con quilos de hachís y cocaína; también escribía mensajes de amor en botellas de plástico, les ponía música a sus plantas y practicaba el taichí cada semana. Dina había aceptado someterse a este ejercicio de los pensamientos positivos, de momento sin efectos evidentes. Desde que se había separado de Mathieu atravesaba un mal momento y se preguntaba constantemente si no sería mejor meter los dedos en un enchufe.

Después de releer la lista de frases positivas que supuestamente le iban a reconciliar con el mundo, destapó el bolígrafo y escribió sin convicción: Contemplo de forma positiva mi entorno, un pensamiento que no corría el riesgo de trastornar la filosofía contemporánea. Sin embargo, cuando se miró en la licuadora que reposaba sobre la encimera, la percibió con una intensidad extraña.

Metió el papel en el bolsillo. ¿Le ayudaría a mantener la sangre fría cuando Patricia lanzara en una interminable presentación la licitación de un concurso europeo para un enésimo proyecto de desarrollo en África? El dinero permitiría sobre todo untar a los múltiples intermediarios. Las personas supuestamente ayudadas no verían ni su color. En algunos aspectos, las organizaciones burocráticas no eran mejores que la mafia.

A las diez en punto todos los empleados de Grandes Emergencias ya estaban sentados alrededor de la mesa oval de la sala de reuniones. Dina se había sentado entre Bruno, especialista en barrios marginales, y Jean-Yves, experto en desnutrición. Regresaban de un simposio en el Congo, donde habían realizado sus gestiones desde los hoteles de lujo. Todo el mundo sabía que aprovechaban sus misiones en el extranjero para echar un polvo con prostitutas, sobre todo menores, pero todos cerraban los ojos. En la acción humanitaria también había algo de omertá3. Para la directora general, lo más importante era que los empleados no mancharan la imagen de la ONG para no perder las donaciones y así conseguir los mercados más jugosos posibles. Todo lo demás era secundario. Sobre este aspecto, estaba completamente de acuerdo con los padrinos del Sistema.

Patricia desenrolló una pantalla blanca para proyectar un PowerPoint. Los directivos del management estaban convencidos de que sus interlocutores eran incapaces de seguir una demostración sin ver resumidos los principales hitos en una diapositiva. Masticando la cucharilla de plástico del café esperó a que todo el mundo se colocara en su sitio y que cesaran los murmullos y los chirridos de las sillas.

–Vamos a empezar –dijo Patricia con una voz maternal que tenía el don de erizarle la piel a Dina–. El primer punto del orden del día –de pronto una diapositiva apareció a su espalda– se refiere a la formación de un grupo de trabajo encargado de definir procedimientos normalizados para responder licitaciones.

Era como poco el octavo grupo de trabajo creado desde principios de año y todos contenían el aliento rogando no formar parte de él.

–Los de la Unión Europea son muy rentables y hay que ser reactivos –continuó la directora–. Hay un proyecto que comienza en diciembre sobre acogida de refugiados y espero que todo el equipo se implique. Jean-Yves, tú nos hablarás después sobre los invernaderos agrícolas en la región de Ladakh. Esperamos conseguir el premio de la fundación Ululu, lo que nos permitiría aprovechar el tema para la próxima campaña de comunicación. Seguidamente, haremos una puesta en común sobre los trabajos en marcha y concluiremos con un debate sobre el posicionamiento estratégico a adoptar para la próxima cumbre humanitaria en Beirut. Sin olvidarnos de la instalación de un buzón de sugerencias cerca de la máquina del café, ¡el lugar más frecuentado de las instalaciones!

Alrededor de la mesa todo el mundo esbozó una sonrisa tensa. Dina sintió cómo una gota de sudor se le formaba en la sien y apretó en su mano el pensamiento del día: Contemplo de forma positiva mi entorno. En este contexto era misión imposible. Lanzó una mirada de socorro a Leslie, la única compañera a la que apreciaba, cuando la secretaria metió la cabeza por la puerta entreabierta y todos los asistentes acariciaron por un instante la insensata esperanza de poder desaparecer al recibir una visita imprevista o responder a una llamada telefónica urgente.

–Señora Acampora, hay una llamada para usted. Parece que es urgente.

¡Por una vez le había tocado a Dina!

–Le ruego que me disculpe –dijo ella intentando no levantarse demasiado rápido.

Aliviada, regresó a su despacho para contestar a la llamada.

–¿Diga?

–Dina, tu padre está en coma –anunció su madre desde el otro lado del teléfono.

El corazón se le oprimió en el pecho, incapaz de pronunciar una sola palabra.

–Según los médicos no sufre. Se irá dulcemente.

Su padre partiría hacia la muerte igual que un bañista aterido de frío que se introduce en el mar poco a poco. Siempre estuvo convencida de que moriría violentamente, en un accidente de coche o por una herida de bala. Es así como mueren los hombres en su medio. En cierto modo, este coma era un final feliz.

–Debemos turnarnos para visitarle en el hospital –continuó Michèle–, según el doctor es importante que se sienta rodeado por sus seres queridos.

–¿Quieres venir a cenar esta noche a casa y hablamos de ello? –propuso Dina.

–De acuerdo, le pediré a Alessia que nos acompañe.

Aturdida, Dina colgó el teléfono y se dejó caer sobre el respaldo del sillón. Pensaba en su padre, no lejos de allí, tendido en una cama de hospital con la misma conciencia que la de la grapadora que había en su escritorio. No tenía ánimos para volver a la reunión, por lo que avisó a la secretaria de que se tomaría el día libre. Sin embargo, en el momento que iba a dejar el despacho, una fuerza invisible la retuvo. Permaneció plantada en la moqueta, cerca del perchero. La idea que había surgido en su cabeza durante la exposición de Patricia se le aparecía ahora de forma clara, lo que le sorprendió. Vacilando, reflexionó qué podría pasar si ejecutaba su plan. Finalmente, convencida, se sentó frente al ordenador, abrió un documento de Word y escribió: Cuando están de misión en África, pasan las noches con prostitutas menores de edad.Si no son sancionados, la prensa estará al corriente en una semana. Imprimió la nota, la dobló en cuatro partes y fue con paso firme al buzón de sugerencias recién instalado. Cuando metió el papel por la ranura un extraño sentimiento de alivio la invadió. Ella, que había crecido bajo el yugo de la omertá, ahora sentía una excitante sensación de transgresión.

Ya en casa, Dina se puso el chándal y abrió el correo. La primera carta iba destinada a Mathieu. Ver su nombre impreso en el papel le pellizcó el corazón. Algún cabrón la había confundido con la becaria que se encargaba de su correo.

Nunca se hubiera enterado de nada si no les hubiera pillado en su casa una noche en la que se suponía que iba al cine con una amiga. Alessia amablemente le había propuesto enviarle a sus chicos para darle una lección, pero declinó el ofrecimiento. Desde entonces no podía dejar de imaginarse las tibias de su ex reventadas a golpes por un bate de béisbol mientras ella gozaba de una inconfesable satisfacción.

Tiró la carta a la papelera y pasó a la siguiente, un sobre remitido por el notario de su padre. ¿Con qué motivo podría escribirle? En un estilo puramente jurídico la informaba de que Leone le había legado la mayoría de las acciones de su empresa de cemento. Eso representaba una suma importante de dinero. La familia Acampora había construido su fortuna con la producción de hormigón a partir de desechos industriales, lo que le había permitido reventar los precios y además obtener obras públicas, que subcontrataba a otras empresas en las que trabajaban en negro los sin-papeles. Un día hubo tres muertos a causa de un andamio que se derrumbó. Este documento le dio náuseas. La mafia es un cáncer que se infiltra en cualquier rincón donde haya un beneficio. Su padre nunca hablaba de delincuencia, sino de oportunidad económica. Dejó la carta agotada, preguntándose qué iba a hacer con eso que se parecía mucho a una herencia. Una cosa era segura, no donaría nada a Grandes Emergencias.

3

Apoyada en la encimera de la cocina, vestida con una bata de motivos japoneses, Alessia inspiraba el aroma de su té a la bergamota mirando pensativamente por la ventana. Al fondo del jardín los árboles famélicos se apretaban unos contra otros y el agua del estanque se había congelado. El invierno era su estación preferida. Adoraba sus colores, su paisaje austero, minimalista. Con desgana tomó un bolígrafo y escribió sobre su bloc de notas: