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A Mina y a Pedro, vecinos y mejores amigos, los une el amor por los animales. En su edificio están prohibidas las mascotas, aunque encuentran la manera de solucionarlo. Pero cuando interviene Pepita todo amenaza con venirse abajo. Pepita está celosa de Pedro y lo molesta todo el tiempo, pero descubrirá que la amistad y la solidaridad surgen en donde menos se espera.
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Seitenzahl: 100
Veröffentlichungsjahr: 2017
Murguía, Verónica.Las mascotas secretas; ilustraciones de Anna Laura Cantone. – México: Ediciones SM, 2017
Formato digital – (El Barco de Vapor, Serie Azul)ISBN: 978-607-24-2545-3
1. Aventura - Literatura infantil 2. Amistad – Literatura infantilDewey 863 M87
A Adriana Murguía, Pilar Climenty Paloma Bernal, con amor.
ESTA ES LA HISTORIA de un niño y una niña que eran muy diferentes y, al mismo tiempo, los mejores amigos. Tan amigos que parecían hermanos que nunca se peleaban. Compartían libros, juguetes y se contaban todo. También es una historia en la que aparecen una niña berrinchuda, un hámster muy listo, unos pájaros mágicos y un animal con fama de malo que en realidad es bueno.
El niño se llamaba Pedro Juárez. La niña se llamaba Marcelina Menéndez y le decían Mina. Los dos vivían en el mismo edificio y estudiaban en la misma escuela, el Instituto Héroes de la Constitución.
Pedro era redondo como la “o”. Pésimo para los deportes, pero sacaba dieces en las demás materias. Como era lento para correr, el maestro de deportes lo colocó de portero en el equipo de futbol. A Pedro le gustaba mucho ser portero y ponía todo su empeño en parar los goles.
Mina, ágil y rápida como una ardilla, era la goleadora estrella del colegio. Ni Pedro ni ningún otro portero podían resistir sus cañonazos. También era cumplida, pero, por alguna razón, se ponía nerviosa en los exámenes y sacaba una cantidad tremenda de seises. Había algo importantísimo en lo que estos dos niños eran idénticos: les encantaban los animales. Más que nada en el mundo, más que el futbol, los libros, la tele o los dulces. Todos, hasta los sapos, las arañas, las culebras y los tiburones. La mamá de Mina, la señora Maru, era bióloga y por eso en casa de Mina había muchos libros con fotos de animales. Su cuarto estaba repleto de tarántulas de peluche, escarabajos de plástico y móviles de pericos y pulpos. Las muñecas no le interesaban gran cosa y a Pedro, menos.
Mina tenía un hámster que se llamaba Pong. Él vivía en una jaula con una ruedita que daba vueltas y era una mascota secreta. Estaba prohibido tener animales en el edificio, pero cuando se acercaba el cumpleaños número siete de Mina, su mamá tocó la puerta de doña Benedicta, la casera, y le dijo:
—Señora Benedicta, vengo a pedirle que haga una excepción a la regla de no tener animales en el edificio. Quiero regalarle una mascota a mi hija. Un animal pequeño, casi silencioso, que vivirá en una jaula.
—¿Un pájaro? Señora, un pájaro canta y los demás niños del edificio se van a enterar. Disculpe, pero ¡NO! —dijo la señora Benedicta en tono muy serio.
Pero la señora Maru no se iba a dejar disuadir fácilmente:
—Adoro los pájaros y detesto verlos en jaulas, señora. Los pájaros necesitan muchísimo más espacio. No, es para un hámster. Él sí puede ser feliz en una. Mi hija sabe que usted no permite tener mascotas. Cree que le voy a regalar uno de peluche, pero yo quiero darle un animal de carne y hueso. Por eso vine a pedirle permiso, no sé, ¡a rogarle! que haga una excepción.
La señora Benedicta puso cara de duda y la mamá de Mina aprovechó el momento para decirle lo buenas que son las mascotas para el ánimo.
—Señora Bene, usted sabe que Mina es obediente. Póngase en mi lugar: una mascota es lo que mi hija más desea en el mundo. Si quiere le regalo un hámster a usted también. Tener una mascota es muy bueno para la salud. La compañía de un animal es un remedio contra la tristeza, la gastritis y la presión alta.
—Noooo, señora, para qué. No, no. Yo no estoy triste, quién le dijo. Tengo corazón de quinceañera. Una señora de mi edad... ¿un hámster? No, muchas gracias. Si no tengo perro que me ladre, menos quiero una rata que me chille —dijo doña Benedicta.
La señora Maru le tomó la mano y le preguntó:
—Señora Bene, un hámster es un roedor, pero no es una rata. ¿Le traigo un perrito para que lo adopte? En el refugio hay muchos.
Doña Benedicta veía a Mina y a Pedro en el jardín a menudo y le parecía que eran niños muy amables. Siempre se ofrecían a cargarle la bolsa del mandado. Aunque una cosa era aceptar que los niños eran bien portados y, quizás, hasta dar el permiso para lo del hámster. Pero, ¿tener un perro?... no, no se podía. Había mucho trabajo con la administración del edificio. Dudó un poco:
—No sé… ay, señora Maru. Acerca del perro, no. No y no. Y del hámster… Tiene que darme su palabra de que no habrá otro animal aquí además del roedor dichoso. Si algún niño de este edificio se entera, usted les explicará a los inquilinos. Y si hay problemas, usted tendrá la obligación de resolverlos.
La señora Maru abrazó a la casera.
—¡Qué gusto! Claro que no habrá más animales. Solo el hámster. ¡Le doy mi palabra!
La señora Benedicta dijo que sí y Pong llegó a la vida de Mina para hacerla feliz. Su mamá le hizo prometer que limpiaría la jaula y se encargaría de darle de comer todos los días. La jaula era un palacio para hámsteres, con un laberinto y una ruedita a la que Pong se subía a dar vueltas y vueltas. Como era tan chiquito, solo Mina, sus papás y Pedro sabían que estaba allí, en una esquina del cuarto de Mina, durmiendo en una cama miniatura y comiendo trocitos de brócoli, hojas de espinaca y apio. Ah, también sabía de él una niña llamada Pepita, de quien hablaremos más tarde.
Pong era muy listo: Mina y Pedro estaban seguros de que entendía todo lo que le decían. Cuando le pedían que jugara con su pelota, Pong la tomaba con las patas delanteras y la hacía rodar por todas partes. A veces, incluso, se las arrojaba, como si quisiera participar en un partido de volibol. Cuando le ordenaban esconderse, Pong se ocultaba adentro del aserrín de su jaula. Si le decían que corriera, trepaba a la ruedita y corría a toda velocidad.
La señora Maru decía que eso no era posible, pero hasta ella se sorprendía cuando Pedro ordenaba en voz baja “¡A dormir!”. Entonces, Pong se subía a la camita, ponía la cabeza en una almohada para muñecas que Mina había comprado en el mercado y cerraba los ojos. La verdad es que Pong entendía español perfectamente y era inteligentísimo. Es más, de tanto escuchar series de tele en inglés, también lo comprendía un poco, incluso más que Mina.
La señora Maru daba clases de Biología en una preparatoria y era capaz de sostener una serpiente con las manos. El papá, el señor Ricardo, era dentista y las serpientes le inspiraban terror.
La prueba de que la señora Maru no les tenía miedo era una foto que había en la pared de la sala. En la foto se veía ella cuando era más joven, muy sonriente, con una boa sobre los hombros. La boa parecía una bufanda café, escamosa y con ojos como semillas de sandía.
—¿Es tu mamá? —preguntó Pedro señalando la foto el primer día que fue a comer a casa de Mina.
—Sí. ¿Ves la serpiente ? Es una boa. Mide más de un metro y es muy mansa. No es venenosa, ni es agresiva con las personas.
Pedro solo pudo responder: “Uuuuuuy”.
A la hora de la comida la señora Maru le preguntó qué era lo que más le gustaba en el mundo.
—Los animales. Los perros, los caballos, los delfines —contestó el niño.
—¿Y los reptiles? —preguntó la señora.
—¿Como la serpiente de la foto? Uuuy, no sé —respondió Pedro.
La señora Maru sonrió y les sirvió más agua de limón.
Después de la comida les preguntó a Pedro y a Mina si querían ir con ella al jardín. Bajaron al patio y caminaron por el pasto que rodeaba el estacionamiento. Había mucho sol. Entonces, la señora Maru les dijo:
—¿Por qué no van un rato a los columpios? En un momentito los alcanzo.
Se pusieron a jugar en los columpios y al rato vieron llegar a la señora Maru. Traía algo pequeño en las manos. Los niños se acercaron y la señora Maru les mostró lo que tenía: ¡era una lagartija chiquita! Verde y gris, parecía una hoja, o una piedra delgada y pequeña, y los miraba con ojos brillantes.
—Tócala con mucho cuidado, Pedro. Trata de no asustarla. La traje para que vieras qué bonitos son los reptiles.
Pedro la tocó, muy emocionado. La piel de la lagartija se sentía como una ramita seca. La señora la devolvió al árbol de donde la había tomado. Desde ese día la señora Maru se convirtió en una tía postiza. La favorita.
A los Menéndez les encantaba ir al zoológico y Pedro siempre los acompañaba, aunque al señor Ricardo, el papá, a veces se le notaba que tenía ganas de ir a pasear a museos o al estadio de futbol. Ni la lagartija bebé habría servido para convencerlo de que los reptiles son bonitos.
En las tardes Pedro y Mina bajaban a jugar al patio, pues además de los columpios también había una resbaladilla y un subibaja. No importaba que Pedro fuera lento y Mina, la más veloz, jugaban hasta que quedaban cansados. Luego entraban a hacer la tarea, casi siempre al departamento dos, donde vivía Mina. En casa de Pedro (el departamento tres) había mucha gente. Pedro era el menor de seis hermanos, todos muy ruidosos. Los otros cinco iban en secundaria y preparatoria. Gritaban mucho, dejaban las mochilas por todas partes, las chamarras sobre los muebles y sus calcetines olían a queso. Ocupaban mucho espacio. Por eso, casi siempre la mamá de Pedro, la señora Tere, le daba permiso de hacer la tarea y merendar en casa de Mina. El papá de Pedro era taxista y se llamaba Raúl. Como manejar en la ciudad es muy cansado, el señor Raúl jugaba poco con sus hijos y dormía mucho.
Mina tenía otra amiga, una niña llamada Pepita. Eran amigas desde kínder y todavía más distintas que Pedro y Mina. Pepita también estudiaba en el Instituto Héroes de la Constitución, pero a Pepita no le gustaba el futbol, ni los animales ni estudiar. Lo cual era una lástima, sobre todo en lo que a futbol se refería, porque Pepita era inteligente y una gran deportista. Donde ponía el ojo, ponía la pelota. Pero no acostumbraba jugar porque “se le ensuciaban los tenis”. Además, cuando jugaba solía faulear a Pedro. Por eso él pensaba que era mejor que Pepita se quedara sentada en el columpio, mirándose en el espejito que siempre, SIEMPRE, traía en la bolsa.
La cama de Pepita tenía un dosel. Era su gran orgullo, un dosel como de princesa. El dosel tenía cortinas de tela floreada y su piyama estaba decorada con coronas y cetros.
En la escuela Pepita era la jefa de una pandilla de niñas traviesas. Ellas se llamaban a sí mismas las Hadas. Los otros niños les decían las Maléficas, porque eran una verdadera calamidad. En las tardes, Pepita se olvidaba de ellas y se iba a casa de Mina.
La maestra decía que Pepita era una incumplida y Pedro estaba de acuerdo. Mina no decía nada, a pesar de que Pepita era la niña más floja del salón. Ella y las Maléficas les jugaban a todos bromas muy pesadas: les echaban tierra dentro de la ropa, les untaban mermelada en el pelo, acaparaban los columpios o escondían los cuadernos. Eran las malas del salón, pero no se metían con Mina. Quién sabe cómo le hacían, pero tenían buenas calificaciones en algunas materias y, por eso, se salvaban de ser expulsadas.
La señora Maru quería mucho a Pepita, a pesar que sabía que no era obediente. A ella Pepita sí la obedecía. Cuando llegaba a casa de Mina, se ofrecía a poner la mesa. Pero Pepita solo era así con la señora Maru. A Pedro lo molestaba mucho:
—Mira nomás qué pelos traes. Dile a tu mamá que te peine —le decía.
—Yo me peino solo. Qué tiene —respondía Pedro, quien, la verdad, se peinaba muy bien.
—Mina, vamos a jugar al salón de belleza —decía Pepita, pero solo porque el salón de belleza era un juego que Pedro detestaba.
