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Uno de los mayores tesoros confiados a la Iglesia es la colección de parábolas que se encuentran en la Escritura, la mayoría de las cuales fueron dadas por Cristo en los Evangelios. Una parábola puede definirse como una historia terrenal con un significado celestial. Cristo repetidamente decía antes de compartir Sus parábolas, “El reino de los cielos es semejante a…” El Dr. Bailey escribió este libro para que sea una ayuda en el estudio e interpretación de las parábolas, para que podamos descubrir y entrar en las verdades del Reino de Dios.
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Veröffentlichungsjahr: 2020
LAS PARÁBOLAS DE JESÚS
Dr. Brian J. Bailey
Título original: “The Parables of Jesus”
© 2012 Brian J. Bailey
Versión 1.1 en inglés revisada en 2012
Título en español: “Las parábolas de Jesús”
Versión 1.0 en español
© 2012 Brian J. Bailey
Publicado por Zion Christian Publishers.
Libro de texto de Zion Christian University.
Usado con permiso. Todos los derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico o mecánico, sin permiso por escrito del editor, excepto en el caso de citas breves en artículos o reseñas.
A menos que se indique lo contrario, las citas son tomadas de la Santa Biblia, versión Reina-Valera © 1960, propiedad de las Sociedades Bíblicas Unidas.
Traducción de la versión en español: Carlota Samayoa, IBJ Guatemala.
Revisión y edición: Ana Karen Poza.
Publicado en formato e-book en junio 2020
En los Estados Unidos de América.
ISBN versión electrónica (E-book) 1-59665-632-8
Para obtener más información comuníquese a:
Zion Christian Publishers
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P.O. Box 70
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Equipo editorial ZCP: Carla Borges, Suzette Erb, Mary Humphreys, David Kropf, Ana Karen Poza, Hannah Schrock y Suzanne Ying.
Equipo editorial de la version en español: Instituto Bíblico Jesucristo, Guatemala. Zion Christian Publishers.
Queremos extender nuestro agradecimiento a estos amados pues, sin sus muchas horas de invaluable ayuda, este libro no habría sido posible. Estamos realmente agradecidos para la gloria de Dios por su diligencia, creatividad y excelencia en la compilación de este libro.
Este libro fue recopilado y escrito de notas de clase enseñadas a los estudiantes del Instituto Ministerial Sion a finales de los noventas. El propósito de esa clase era que los estudiantes pudieran tener un conocimiento completo acerca un tema tan relevante: las parábolas enseñadas por nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
No puede encontrarse un mejor ejemplo de las enseñanzas de nuestro Salvador que en Su exposición de las parábolas. Es por eso que este libro es recomendado como una necesidad para que cada pastor exponga acerca de este valioso tema. Las parábolas nos enseñan cómo vivir en cada aspecto de nuestra vida terrenal. Si seguimos sus instrucciones, tendremos asegurada una óptima entrada al reino de los cielos y a la vida eterna.
Introducción a las parábolas
Hay muchas parábolas que se mencionan a lo largo de la Palabra de Dios, particularmente en el Nuevo Testamento. Nuestro estudio se centrará principalmente en las Parábolas de Jesús, las cuales contienen verdades relevantes para nuestra vida personal y para el tiempo de la Iglesia en el cual estamos viviendo.
Una parábola puede ser definida como “una historia terrenal con un significado celestial, que sólo puede ser interpretada por la gracia y sabiduría de Dios”. Con frecuencia, Jesús utilizaba parábolas para ilustrar las verdades del reino.
Jesús hablaba en parábolas porque éstas eran dadas a un determinado grupo de personas que debían conocer los misterios del reino de los cielos, mientras ese privilegio no era otorgado a todos. En Mateo 13:10, los discípulos le preguntaron a Jesús por qué habla en parábolas. Ellos le indicaron cuánto más fácil sería si sólo hablara claramente. En Mateo 13:11 Jesús les respondió: “…Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos (las multitudes) no les es dado”.
Ahí tenemos la asombrosa razón por la cual fueron dadas las parábolas. Es una declaración que debería estremecernos. La razón por la que Jesús da estas parábolas es para dejar a ciertas personas fuera del reino. Las parábolas son dadas para encubrir deliberadamente el significado de la verdad.
Él prosiguió este pensamiento con otra declaración sorprendente: “Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado” (Mt. 13:12).
Nosotros tenemos este mismo principio en el ámbito natural. Este pensamiento me fue citado en Nueva Zelanda hace algunos años: “El rico se vuelve más rico y el pobre se vuelve más pobre”. Una persona con un millón de dólares usualmente se vuelve más rica, incluso si no hace absolutamente nada con su dinero, excepto mantenerlo en el banco. Ahí acumula intereses y aumenta sin que él siquiera levante un dedo. El hombre pobre se vuelve más pobre porque por la virtud misma de la vida él incurre en deudas que lo abruman. Este mismo principio se aplica en el reino de Dios.
En Daniel 2:21 tenemos un pensamiento similar: “…da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos”. ¿Quién recibe conocimiento? Aquellos que tienen entendimiento. Por lo tanto, tenemos una confirmación en el Antiguo Testamento de las palabras de Jesús. El que ya tiene algo recibe más.
En el ámbito natural, si tenemos cierto trabajo que queremos que sea cumplido, no se lo damos a un novato, a alguien sin experiencia. Se lo damos a alguien que ya ha ejecutado un buen trabajo anteriormente. Le confiamos nuestro auto a alguien que es un mecánico con habilidades probadas. Invertimos nuestro dinero en un negocio próspero y solvente – por supuesto que no en uno con un historial de bancarrota.
El Señor hace lo mismo. Él confía Sus riquezas a alguien que tiene una trayectoria comprobada. Difícilmente dará dones espirituales, por ejemplo, a alguien que anda jactándose: “Yo tengo el don de profecía”, cuando no ha sido diligente para ejercitar ese don. Más bien, Él confía Sus riquezas al que ya ha sido probado y que utiliza lo que Dios ya le dio. El Señor pone como pastores a aquellos que serán buenos pastores. Él busca, por ejemplo, a aquellos que ya son buenos pastores de sus familias. Como dice el apóstol Pablo en 1 Timoteo 3:5: “Pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?”
En tiempos de Gedeón, Dios observaba cómo los hombres bebían agua; esto parece increíble para nosotros, sin embargo, la elección final del ejército de Gedeón fue determinada por la forma como los hombres bebían el agua. Este relato se encuentra en Jueces 7:5-7: “Entonces llevó el pueblo a las aguas; y Jehová dijo a Gedeón: Cualquiera que lamiere las aguas con su lengua como lame el perro, a aquél pondrás aparte; asimismo a cualquiera que se doblare sobre sus rodillas para beber. Y fue el número de los que lamieron llevando el agua con la mano a su boca, trescientos hombres; y todo el resto del pueblo se dobló sobre sus rodillas para beber las aguas. Entonces Jehová dijo a Gedeón: Con estos trescientos hombres que lamieron el agua os salvaré, y entregaré a los madianitas en tus manos; y váyase toda la demás gente cada uno a su lugar”. Aquellos que lamieron el agua como los perros fueron elegidos porque mostraron su diligencia para la misión de Dios.
Es un pensamiento solemne que nuestro progreso en el reino de Dios está determinado por lo que hacemos y las decisiones que tomamos cada día, con la verdad y los recursos que ya se nos han confiado. Debemos entender los principios del reino. Estos principios del reino son los que vemos a nuestro alrededor. En la obra clásica El Paraíso Perdido de Milton, el poeta ciego, el ángel dice: “¿Y si la tierra es una sombra del cielo, y las cosas ahí se asemejen a las de la tierra más de lo que pensamos?” (Milton, 1667, Libro 5). En otras palabras, la tierra es mucho más parecida al cielo de lo que la gente cree.
Existen diferencias entre el cielo y la tierra, pero también hay grandes similitudes. También hay grandes semejanzas entre los principios de la tierra y los del cielo.
En Mateo 13:13-15, Jesús nuevamente explica la razón por la que habla en parábolas: “Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden. De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dijo: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis. Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane”.
Aquí, Él está citando Isaías 6:9-10. Jesús dijo que Él hablaba en parábolas para que ciertas personas que se han descalificado a sí mismas de comprender la verdad, no sean convertidas ni sean sanadas. Así que es un pensamiento sorprendente, y debe inspirarnos un temor reverente al Señor.
Necesitamos entender a quién le hablaba Jesús. Esta cita fue dada al pueblo de Israel quienes habían cerrado sus corazones y mentes al Señor. Habían endurecido sus corazones hacia Dios y habían elegido cerrar sus ojos para ver la verdad. Por lo tanto, tenemos la oración profética de Isaías: “…y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos…” (Is. 6:10). Isaías oró que Dios cerrara sus ojos porque ellos mismos ya habían cerrado sus ojos y habían tomado sus decisiones. Por otro lado, queremos balancear esta enseñanza con la escritura de Ezequiel 36:27, donde el Señor dice: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra”.
Tenemos aquí dos sendas o caminos para escoger. Por un lado, si endurecemos nuestro corazón y cerramos nuestros ojos a lo que Dios está tratando de mostrarnos, llegamos a un punto sin retorno, cuando Dios cerrará nuestros ojos y endurecerá nuestro corazón. Por otro lado, si preguntamos a Dios y determinamos andar en Sus caminos, Dios nos hará andar en Sus caminos. De esta forma vemos la soberanía de Dios obrando juntamente con la voluntad del hombre. La mano de Dios afirmará la dirección que estamos tomando, para bien o para mal. Otro ejemplo de esto se encuentra en la vida de faraón. Él endureció tanto su corazón que al final Dios endureció su corazón de forma que no pudo cambiar su rumbo (Ex. 8:32; 10:27).
Debemos ver la seriedad de lo que Jesús está diciendo aquí. Jesús habló en parábolas para que aquellos que están afirmados en el camino del mal no entendieran y no pudieran volver, y los que Él ha afirmado en el camino del bien puedan entender. Una vez que la elección ha sido tomada, hay un caminar deliberado en una dirección u otra. Así, Dios sale a escena y nos permite caminar en el camino que hemos elegido. Es una verdad maravillosa.
No sólo necesitamos entender la razón por la cual fueron dadas las parábolas, sino también necesitamos entender cómo interpretarlas. Gran parte de la parábola es como cortinas y ornamentos, necesarios como telón de fondo, pero actúa únicamente como un escenario para el enfoque principal de la parábola. Solamente es la intención y el tema de la parábola lo que contiene la verdad, y no los detalles que integran el escenario de la parábola.
Es similar a un cuchillo. Si bien el cuchillo es utilizado para cortar, no todo el cuchillo es afilado; está también el mango y la hoja. Asimismo, el arpa y el violín no son únicamente cuerdas. Me inclino a concordar con los padres de la Iglesia primitiva, quienes constantemente advertían contra presionar demasiado sobre todas las circunstancias de la parábola. Si en nuestra predicación e interpretación nos adentramos mucho en cada detalle de la parábola, puede ser muy peligroso. Podemos desarrollar teorías y hacer que las personas caminen por sendas que no fueron destinadas por el Autor de la parábola.
Para ilustrar este punto, pasemos a una de las más conocidas parábolas del Antiguo Testamento, que se encuentra en 2 Samuel 12:1-15. Esta es la parábola del hombre rico, el hombre pobre, y la corderita del hombre pobre. Natán contó esta historia a David, después que David pecó con Betsabé. Esta es una buena parábola para estudiar porque entendemos claramente la intención de la parábola. Sin embargo, si insistimos en cada detalle de esta parábola, nunca llegaremos al pecado de David con Betsabé. No hubo ningún caminante involucrado. Betsabé era una esposa, no un hijo. Urías (uno de los hombres valientes en el ejército de David) fue asesinado, no una corderita o un niño. Esta es una historia narrada para ilustrar la absoluta crueldad de David. Si usted trata de interpretarla exponiendo cada detalle, obtendrá un cuadro totalmente erróneo.
El objetivo de una parábola es ilustrar un tema. Es extremadamente peligroso, a menos que la Escritura interprete específicamente la parábola, tomar todos los elementos de la parábola y formar un hermoso mensaje. En la parábola de Natán, él dijo que la cordera había sido sacrificada; en realidad, fue Urías quien había muerto. Está claro que si no supiéramos acerca del pecado de David, no hubiéramos tenido dicha interpretación. Por lo tanto, es esencial que cuando nos enfocamos a las parábolas, clamemos a Dios por el Espíritu de revelación para obtener el significado. En realidad, una parábola es una historia terrenal con una interpretación velada de significado celestial.
En Jueces 9 se encuentra otra parábola del Antiguo Testamento que queremos considerar. Aquí se nos presenta a Abimelec, hijo de Gedeón con su concubina Jerobaal de Siquem. Aunque Gedeón obtuvo grandes victorias y la poderosa liberación de Israel mientras vivía, Israel no apreció realmente todo lo que él hizo. Cuando Abimelec convivió con sus hermanos en Siquem, ellos le dieron 70 siclos de plata, después de lo cual Abimelec mató a los 70 hijos de Gedeón.
Jotam (el hijo menor) escapó y subió a la cima del monte Gerizim, y fue ahí donde habló esta parábola concerniente a los árboles del campo eligiendo un rey de entre ellos. Si predicamos acerca del olivo, la higuera y la vid, podríamos perder toda la intención de esta parábola. Podríamos pensar que Dios envió esta historia para prevenir una tragedia, pero la tragedia ya había ocurrido. Después de contarles la parábola, Jotam huyó. Sin embargo, antes de retirarse dijo: “…Salga fuego de la zarza y devore a los cedros del Líbano…fuego salga de Abimelec, que consuma a los de Siquem…” (Jue. 9:15,20).
Esta parábola fue un decreto increíble. Había sido dada por Dios, y Él se movió sobre ese decreto al enviar un espíritu malo entre Abimelec y los hombres de Siquem. Los hombres de Siquem se rebelaron contra Abimelec, quien mató a todos los que se le opusieron. Abimelec acampó frente a la ciudad. Mientras se encontraba parado fuera de las murallas de la ciudad, una mujer dejó caer un pedazo de una rueda de molino sobre él y murió. La parábola no relata todos estos hechos. Simplemente señala que los hombres habían hecho una elección equivocada en un rey y que ellos sufrirían las consecuencias mortales de dicha elección.
De estas dos parábolas vemos que necesitamos clamar a Dios por la interpretación de las parábolas en el Nuevo Testamento. En 2 Samuel 12 y Jueces 9 tenemos un entorno completo que nos ayuda a entender las parábolas que se dan ahí. Sin embargo, en el Nuevo Testamento no es este el caso. De hecho, algunas de las parábolas que Jesús dio son acerca de Su segunda venida, y por tanto debemos ser extremadamente cuidadosos. Necesitamos clamar: “Señor, danos la interpretación”.
Las siete parábolas del reino
Las primeras parábolas que queremos examinar son comúnmente descritas como las Siete parábolas del reino. Éstas se encuentran en Mateo 13.
Primero, vamos a examinarlas de una forma sencilla, después de lo cual las compararemos con las siete iglesias de Apocalipsis y las siete fiestas del Señor. Finalmente, las relacionaremos con los eventos históricos de la época de la Iglesia.
Veamos primero una rápida comparación de las siete parábolas con las siete fiestas del Señor y las siete iglesias de Apocalipsis:
Ahora consideremos a detalle las siete parábolas del reino.
La primera parábola es la del Sembrador. Esta parábola es la clave para el entendimiento de todas las demás. Si no entendemos esta parábola, no seremos capaces de entender las otras.
“Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí, el sembrador salió a sembrar. Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron. Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra; pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron. Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno. El que tiene oídos para oír, oiga” (Mt. 13:3-9).
Jesús continúa en el versículo 14: “De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dijo: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis. Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, y con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos; para que no vean con los ojos, y oigan con los oídos, y con el corazón entiendan, y se conviertan, y yo los sane” (Mt. 13:14-15).
Debemos pedirle a Dios un oído que oiga. En Marco 4:10-12 donde se da esta misma palabra, leemos: “Cuando estuvo solo, los que estaban cerca de él con los doce le preguntaron sobre la parábola. Y les dijo: A vosotros os es dado saber el misterio del reino de Dios; mas a los que están fuera, por parábolas todas las cosas; para que viendo, vean y no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan; para que no se conviertan, y les sean perdonados los pecados”. Mientras la mitad de estas siete parábolas fueron dichas a las multitudes y sólo una parte a los discípulos, es relevante que la interpretación a esta parábola fue dada solamente a Sus discípulos y no a la multitud.
Luego, en Mateo 13:16-17 Jesús habló a Sus discípulos de una verdad aleccionadora antes de darles la interpretación de la parábola del sembrador: “Bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen. Porque de cierto os digo, que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron”. Esta es una verdad asombrosa. Todos estos hombres justos quisieron ver las cosas que vieron los discípulos pero no pudieron porque no nacieron en esa dispensación.
La dispensación en la cual nacemos determina lo que vemos. En cierta ocasión, me encontraba en una iglesia presbiteriana cuando comenzaba el movimiento carismático en esa denominación. Había hombres en el estrado (que eran líderes del avivamiento carismático de entonces) que enfatizaban el bautismo del Espíritu Santo y los dones de Espíritu. Le pregunté al Señor si bautizar a Sus hijos en el Espíritu Santo cumplía los deseos de Su corazón.
Como un rayo de luz entrando a mi corazón, el Señor me dijo lo que Él realmente deseaba. Es importante darse cuenta de que Dios puede estar hablando una cosa desde el estrado y anhelando algo más en Su corazón. Mientras Él se agrada en el desarrollo y el hambre espiritual de Sus hijos jóvenes, Sus hijos maduros y fieles que han llegado a ser como Él, que comparten Sus deseos, y están en comunión y relación con Él —estos son los que traen deleite a Su corazón.
Por lo tanto, la dispensación en la cual has nacido es importante. Mientras más cerca estemos a la segunda venida del Señor, mayor es la revelación que será impartida a Su Iglesia, y por consiguiente más madura se tornará. Habiendo nacido en la última generación de la era de la Iglesia, tenemos un enorme privilegio, ya que vamos a ver el cumplimiento de todo lo que ha sido profetizado respecto a los últimos tiempos. En estos tiempos peligrosos, muchos querrán darse por vencidos, pero debemos proseguir. No es cuestión de edad. Hay algunos en sus veintes y treintas que sienten que están terminados; tienen poca expectativa de ser parte del gran avivamiento de Dios en los últimos tiempos. Es más bien una cuestión de actitud – debemos ser fieles y continuar caminando hacia adelante con el Señor, dándonos cuenta de que lo mejor está por venir.
Están los que oyen y obedecen la palabra de Dios, y también están los que rehúsan escuchar. Ese es el propósito de estas parábolas: separar a estos dos grupos. La clave para entenderlas es un corazón que escuche, abierto a las verdades de Dios.
En esta parábola del sembrador básicamente veremos cuatro diferentes tipos de corazones:
1. Un corazón “junto al camino”,
2. Un corazón en pedregales,
3. Un corazón lleno de espinos, y
4. Un buen corazón de tierra fértil y fecunda.
En Mateo 13:19-23, el Señor da la interpretación de la parábola:
“Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino. Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza. El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa. Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno”.
La primera condición del corazón es comparada al lado del camino donde la semilla cayó. Mateo 13:19 dice: “Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino”. Hay dos palabras clave en esta descripción: ‘oír’ y ‘entender’. Es muy importante oír lo que Dios está diciendo, no solamente lo que pensamos que está diciendo. También debemos comprender lo que está diciendo. Vivimos por las palabras que proceden de la boca de Dios (Mt. 4:4).
Durante el movimiento carismático muchos preguntaban: “¿Qué está diciendo Dios?” Hacían esta pregunta porque no podían escuchar de Dios por ellos mismos. En la esfera natural, hay ondas de radio que están siendo transmitidas constantemente a nuestro alrededor, sin embargo, no podemos oírlas si no tenemos un radio o televisión sintonizados a esas frecuencias de radio. Aquellos cuyos corazones son comparados con los que caen junto al camino, no estaban sintonizados a la voz de Dios. Incluso si oyen la Palabra de Dios, no entienden lo que están escuchando.
