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Es hora de que descubras quién eres realmente, Aradia Blum. Aradia ha heredado la misma maldición que acabó con su madre: sueña la muerte inminente de aquellos a quienes ama. Sombra marca su destino. Y esto está doblegando su espíritu y su mente. O eso creen su padre y sus médicos. Cuando la ingresen a una institución de salud mental, las pesadillas se incrementen y la amenaza de Sombra cuelgue sobre todos sus nuevos amigos y el misterioso, odioso y atractivo Saith Rossi, Aradia deberá ahondar en lo más profundo de su historia y su legado. Llegar allí donde surgió el tormento de todas las mujeres de su familia para comprender y dominar su maldición. Y, por sobre todas las cosas, descubrir cuál es su rol en la vida. Y en la muerte.
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Seitenzahl: 548
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Es hora de que descubras quién eres realmente, Aradia Blum.
Aradia ha heredado la misma maldición que acabó con su madre: sueña la muerte inminente de aquellos a quienes ama. Sombra marca su destino. Y esto está doblegando su espíritu y su mente. O eso creen su padre y sus médicos.
Cuando la ingresen a una institución de salud mental, las pesadillas se incrementen y la amenaza de Sombra cuelgue sobre todos sus nuevos amigos y el misterioso, odioso y atractivo Saith Rossi, Aradia deberá ahondar en lo más profundo de su historia y su legado. Llegar allí donde surgió el tormento de todas las mujeres de su familia para comprender y dominar su maldición.
Y, por sobre todas las cosas, descubrir cuál es su rol en la vida.
Y en la muerte.
Tiene veinte años, estudia Psicología en la Universidad Argentina de la Empresa y, cuando no está leyendo a Freud, está disfrutando de un buen romance cliché y adictivo que la haga suspirar. Desde pequeña escribe: de canciones y relatos cortos, hasta mundos complejos llenos de magia y amores imposibles. Si no la ves con un libro en la mano o su computadora, lo más probable es que la encuentres grabando alguna reseña para su perfil de Instagram y TikTok @letebooks
Esta obra incluye contenido sensible como intento de suicidio, autolesiones y bullying. Si presentas alguno de estos problemas, no dudes en contactarse con un profesional de la salud mental.
¡Escanea este código y adéntrate en la ambientación musical del mundo de Aradia!
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A mi mamá, por ser la oveja negra de su familia.
Al momento de abrir mis ojos, la sensación de agonía y la inminente pérdida de una vida asaltaron mis sentidos como una presencia familiar.
Me encontré recostada entre hojas secas y tierra arenosa. La luz lunar permitió que divisara mi camisón de raso blanco impoluto, el cual contrastó con la espesa oscuridad a mi alrededor.
Me incorporé, clavándome ramas pequeñas en las plantas de los pies. Busqué con la mirada algún movimiento externo a mí. Sin embargo, mi única compañía eran los troncos de los árboles que se erguían como centinelas de la noche.
Oí el graznido de un cuervo y giré sobre mí misma en estado de alerta. El pájaro sobrevoló mi cabeza para luego aterrizar sobre una de las ramas. Sus ojos negros miraron directos a los míos.
Pasos crujieron detrás de mí. El pánico trepó por mi garganta y debí cerrar las manos en puños para que dejaran de temblar.
–¿Hola?
El silencio se hizo presente.
–¿Quién anda ahí?
Un grito de calvario rompió el mutismo de la noche y, sin dudarlo, me lancé a correr lejos de allí.
Me interné a toda velocidad entre altos pinos silvestres que parecían formar sombras terroríficas dispuestas a engullirme.
Oí pisadas siguiéndome. Di un vistazo a mis espaldas, pero no vi a nadie. Giré a la izquierda y salté un tronco caído. Los pasos parecieron tomar distancia. Respiré agitada, sintiendo el corazón a punto de salirse por mi boca.
–¡Demonios!
Mis pies chocaron con algo duro y caí de bruces contra la tierra. Me arrastré compulsivamente hacia atrás y volteé.
Era el mismo tronco de hacía unos segundos.
–No, no, no.
Me puse de pie, a punto de llorar de la desesperación.
Otro grito, esta vez identifiqué que era femenino. Los pasos no tardaron en alcanzarme y cerré los ojos, aterrada.
No podía ir a ningún lado, lo sabía.
Alguien perdería la vida esta noche.
–¡Ayuda!
Agitada, me volví y, como si de una invocación se tratase, una muchacha con el semblante fundido en pavor corrió a toda velocidad. Pasó a mi lado como si la presencia aquí fuese yo y no ella.
Quedé paralizada en mi lugar, viendo su figura desaparecer tras los árboles. Fui hacia atrás para alejarme de la escena, pero mi espalda dio de lleno contra algo.
Trastabillé con mis propios pies de la impresión.
–Sombra –murmuré turbada.
La silueta de un hombre alto, enfundado en una túnica negra con capucha y sin rostro, se impuso.
Sentí la imperiosa necesidad de gritar del espanto.
Pasó por mi lado, ignorando mi presencia. Lo seguí con la mirada y advertí con sorpresa que la escena a mi alrededor cambió.
Delante de mí, un espiral empedrado se extendió. Pequeñas rocas amorfas se amontonaron para formar una especie de laberinto. En medio de ellas, se hallaba la chica.
–Por favor –imploró.
Se arrastró con los codos. Una herida sangrante en la pierna evitó que se levantara.
Estudié con esmero sus facciones. El sudor se deslizó por su rostro de nariz respingona y mejillas hundidas. Los mechones de su cabello castaño corto se pegaron a sus labios finos y sombras oscuras se marcaron bajo sus ojos negros. Llevaba puesto un pijama azul, pero estaba tan andrajoso por la tierra y ciertos rasguños a la tela, que apenas era un mero reflejo de lo que había sido.
No la reconocía, y eso, en vez de aliviarme, provocó que los músculos de mi cuerpo se agarrotaran.
Sombra se acercó con lentitud, al igual que un cazador estudiando a su presa.
Lo seguí a toda prisa y quise tomarlo del brazo, pero mi manó lo traspasó cual fantasma.
–¡Déjala! –exclamé, pero fue inútil.
Se detuvo frente a ella y la contempló desde arriba con una parsimonia amenazante.
–Déjame ir –suplicó con voz quebrada–. No es a mí a quien buscas.
Él inclinó la cabeza y el sonido del acero al desenfundar un cuchillo de filo convexo repercutió en mis oídos.
Tomó el arma por el mango con firmeza y familiaridad. Jugueteó con él, demostrando que ese objeto era su único cómplice.
La chica empalideció y buscó apartarse de él. Sombra tomó su tobillo y la arrastró cerca suyo.
–¡Suéltame!
Se acuclilló y la atrapó del hombro con una fuerza sobrenatural.
–No lo hagas –dijo ella en un susurro ahogado.
Él alojó su dedo índice en la boca, en señal de silencio. La chica clavó los dientes en sus labios para callar.
Él se tomó su tiempo para apreciar, como si de una obra de arte se tratase, a su nueva víctima. Corrió un mechón de su frente y se inclinó sobre su oreja. El semblante de la joven se tiñó de pura estupefacción. Noté que Sombra le susurró algo, pero me resultó imposible de descifrar.
Sombra se enderezó, dejando a la muchacha en estado de shock. Sin miramientos y de un golpe certero, clavó el cuchillo directo en su pecho.
Un grito desgarrador rompió la densidad en el ambiente y, esta vez, no fue ella.
El cuchillo traspasó piel, carne y tejido, hasta así alcanzar su corazón. La sangre emanó a borbotones y caí hacia atrás, horrorizada ante la escena despiadada que se desplegaba.
Su brillo, aquel que indicaba el fulgor de la vida en sus ojos, se apagó hasta no dejar rastro alguno de ella.
Lágrimas silenciosas se agolparon en mis mejillas. Sombra, impávido, se irguió y volteó en mi dirección. Pretendí levantarme, pero como en una especie de sopor, mis músculos pesaron como plomo y solo alcancé elevar mi mentón hacia su figura. Se colocó a mi altura y, con el cuchillo embadurnado en sangre, recorrió los costados de mi cara. Una sensación de náuseas revolvió mi estómago.
Por unos segundos que sentí eternos, permanecí estática en mi posición y él se inclinó ligeramente hacia mí. Tragué grueso. Bajó su rostro y la prenda de tela que caía sobre su coronilla no pudo ocultar unos iris de negrura infinita y unas pupilas tan blancas como la luz de la luna. Eran dos faroles sumidos en sombras. Una mano, o la silueta de ella, acarició con su dorso mi barbilla; fue apenas un roce de sus nudillos, pero el toque, gélido como si de nieve misma se tratase, erizó mi piel y apreté los labios en una línea severa.
–Pequeña y maldita niña.
Fueron como centenares de voces graves sintonizando a la vez para formar esas palabras envueltas en desprecio.
–Muy pronto llegará tu hora.
Ladeó su rostro cerca del mío hasta que una mano me tironeó desde atrás y caí al precipicio.
–Arita.
Chillaba y me contorsionaba como un gato rabioso en estado de terror puro. Los ojos sin vida tumbados en la tierra me perseguían como demonios que buscaban repetir la escena una y otra vez.
–¡Despierta!
Lo primero que recibí fue el impacto del terror dibujado en el rostro de mi padre, Oliver.
Soltó mis hombros como si estos le quemasen y se alejó unos pasos hacia atrás.
–Está pasando de nuevo.
Desaparecidos los últimos vestigios del sueño, me enderecé pateando las sábanas enredadas entre mis piernas.
–Espera –grazné con voz ronca y tosí–. No es lo que piensas.
–No puede ser que esté sucediendo otra vez. –Aferró mechones de su cabello oscuro con desesperación.
–No lo está –balbuceé.
–¿Cómo que no? ¡Acabo de verte! –rugió turbado.
–¡Pero no es así!
Me encogí en mí misma ante su actitud perturbada. Era un león enjaulado que caminaba de punta a punta. Seguí sus pasos con la visión empañada.
–¿Qué viste? –Ante mi silencio, arremetió–: ¡Dime lo que viste!
–Vi a una chica –respondí cabizbaja.
–¿Quién?
–No lo sé –declaré con aplomo.
Su mirada se abrió en desmesura y la clavó en un punto indefinido de mi rostro.
–Mañana hablarás con Karol.
Me levanté como un resorte, pero ese simple movimiento ocasionó que mi vista se nublara por completo y el piso se sacudiera de tal forma que me vi obligada a inclinarme contra la pared para evitar caer.
–¡Arita!
En dos zancadas estuvo a mi lado y me sujetó de los hombros.
–¿Qué está sucediendo? –murmuró con congoja y negué.
Me rebullí de su contacto.
–Estoy bien.
–¿Acaso te oyes? –Me zarandeó y lloré con desconsuelo–. ¡Estás realmente perturbada si crees que voy a dejar que te suceda lo mismo que a tu mamá!
La simple mención de ella no hizo más que profundizar la aflicción.
–Nadie me creerá y me enviarán a un manicomio –expresé con voz quebradiza.
–Si es necesario para resolver tu problema, que así sea.
Mis lágrimas de terror se entremezclaron con el dolor que me generó oír esas palabras salir de su boca.
Pero a pesar de eso, había algo más que me inquietaba y no podía sacar de mi cabeza.
–¿Mamá soñó alguna vez con alguien a quien no conocía? –susurré.
Su silencio respondió por él y la sangre en mis venas se congeló.
–Estoy perdiendo la cabeza –murmuré, aturdida, para mí misma.
El corazón galopeó a mil por hora y me coloqué la palma en el pecho en un pobre intento de calmarlo. Sellé los labios apenas noté la mirada de mi padre clavada en mi rostro. Chasqueó la lengua e inspiró profundamente.
–Ey, Arita –se acuclilló frente a mí y tomó mis manos en una acción desenfrenada–, no voy a dejar que te ocurra. Sé que puedes ser más fuerte que eso y te aseguro que, con la ayuda necesaria, las pesadillas acabarán y solo serán un recuerdo amargo, ¿sí?
Hablaba fuera de sí, en un intento miserable por convencerme con sus palabras que viajaban a mis oídos, pero no permanecían en mi cabeza.
–Necesito que me prometas que le dirás todo a Karol.
Mordí mis labios temblorosos y resistí el espasmo que sacudía todo mi cuerpo.
–¡Promételo! –exclamó y asentí con la cabeza repetidas veces.
Besó mi coronilla con fervor y me envolvió en sus brazos. Apoyando mi cabeza en su pecho, ahogué el sollozo lastimoso que pugnaba por salir de mi garganta.
–Así que tú dices que estos sueños vienen de familia, ¿cierto?
Me encontraba sentada en el mullido sillón de tela gris.
El consultorio de Karol, mi psicóloga, despertaba confianza desde donde lo mirase. Las paredes estaban decoradas en tonos claros, con dos bibliotecas de madera laminada blanca, las cuales contaban con centenares de libros. A su lado, se hallaba un escritorio de arce que le daba un aspecto profesional. Detrás de sus gafas redondas y desde otro sofá frente a mí, los ojos verdes de la mujer prestaban minuciosa atención.
Tal y como le había prometido a mi padre, me había presentado a la sesión con la intención de revelarle todo lo que estuve ocultando de cara a las personas fuera de mi círculo familiar.
Los nervios se agolparon en mi interior y tuve que recordarme a mí misma que la conocía hacía medio año y nunca había dado motivo alguno para desconfiar.
Aunque era inevitable lo que estaba a punto de decir, ni el psicólogo más abierto del mundo lo creería.
–Pesadillas –corregí.
–Exacto, pesadillas –sonrió–. ¿Por qué dices que lo heredaste?
Inclinada ligeramente hacia delante y con manos entrelazadas en mis rodillas, inhalé profundo y comencé, sabiendo que después de esto nada volvería a ser como antes.
–Karol, sé que sonará extraño, pero estoy dispuesta a hablarlo porque después de anoche… –Aparté la mirada, evocando las imágenes siniestras que había presenciado.
No pude pegar un ojo después de eso.
Muy pronto llegará tu hora.
Cerré mis párpados y los volví a abrir hacia Karol.
–Estoy aterrada –declaré, apartando con una mano temblorosa un mechón oscuro de mi cabello ondulado–. Desde mis catorce años, el mismo día que mi madre murió, he predicho la muerte de aquellos a quienes amo. –Su rostro permaneció estoico–. Por lo poco que sé de parte de ella, esta maldición se transmite en las mujeres de la familia. Comienza cuando una de ellas tiene una descendencia y muere.
–¿Y esta maldición consiste en predecir el futuro? –Mantuvo un tono neutral, pero pude imaginarme sus pensamientos incrédulos desde la distancia.
–No –respondí, esta vez jugueteando con el medallón de oro que colgaba de mi cuello–, puedo ver cómo mueren las personas antes de que suceda. Desde que tengo uso de razón mi madre solía sufrir de lo mismo.
–¿Qué le pasaba a tu mamá, Aradia? –preguntó con el entrecejo fruncido.
–Muchas veces durante la noche, me despertaba con sus pedidos de auxilio. –Me abracé a mí misma–. Se suponía que eran simples pesadillas, o eso era lo que me decía.
Una angustia familiar se alojó en mi pecho.
–Luego de una noche agonizante –retomé–, a eso de los trece años, me reveló que estas premoniciones se transmitían entre las mujeres de nuestro linaje. Su madre, Mariella y la madre de su madre, Agostina, también las tuvieron y así desde tiempos inmemoriales. Nunca se supo cómo se ocasionó. Tampoco sé por qué, de entre tantas personas, nada más predecimos la de aquellos a quienes amamos.
»Por eso mismo lo llamaba maldición. Es como si todas las personas que queremos estuviesen condenadas a fallecer. Sin embargo, cuando la vi a ella morir, entendí que algo estaba empeorando en mí.
Ante mi silencio repentino, Karol tomó la palabra.
–¿Ella quién, Aradia?
–La chica.
–¿Qué chica? –repitió.
–La que asesinó Sombra.
Esta vez, su máscara de neutralidad se rompió y alzó las cejas en señal de sorpresa.
–¿Presenciaste un asesinato?
–En la pesadilla.
–Cierto, en tu pesadilla. –Eso pareció aplacarla porque volvió a colocar su antifaz de profesional–. ¿Quieres decirme quién es ese tal Sombra?
–No es un quién, es un qué –remarqué mientras mordía la uña de mi pulgar–. Es una especie de silueta con la forma de un hombre.
Nombrarlo me causó escalofríos de pies a cabeza. Di un vistazo a mi costado, como si lo hubiese invocado, pero lo único que había allí de pie era una lámpara. Pellizqué la piel de mi codo.
–Así que esta silueta que llamas Sombra mata a tus seres queridos en sueños… –Ante mi gesto incómodo, se retractó–. Perdón, pesadillas. Y luego sucede en la vida real.
Asentí frenéticamente. Alguien fuera de mi familia estaba descubriendo el inmenso secreto que había estado guardando desde siempre y era una especie de alivio compartirlo.
–Suceden tal cual como las veo. Anoche vi a una chica a quien no conocía de nada y no sé qué significa. ¡Lo peor es que nunca soy capaz de detenerlo! Es como si lo traspasara y…
–¿Crees que podrías haberlo hecho?
–¿Qué cosa? ¿Detener a Sombra?
–No, Aradia. A lo que me refiero es, ¿piensas que podrías haber evitado sucesos que no tuviste control alguno sobre que sucedieran? –Su pregunta me molestó de sobremanera.
–Yo sí tenía el control, tuve la oportunidad de salvarlos.
–¿Realmente lo crees, Aradia?
Una risa repentina burbujeó de mi interior ante su interrogativa absurda.
–Era demasiado bueno para que sea real –negué con la cabeza.
–¿Qué cosa?
–¡Esto! Que tú me creyeras y me ayudaras –sonreí de forma cínica–. Ni tú ni nadie podría llegar a comprender lo impotente que me siento. Soy tan inútil que ni siquiera sabiendo cómo mueren puedo evitarlo. Por más que lo intente, ¡todos terminan bajo tierra y con una tumba en sus cabezas!
Tomé una bocanada de aire con esfuerzo. Percibí mi rostro mojado por lágrimas que no sabía que estaban fluyendo por mis mejillas.
–Bien, Aradia. Comprendo, vamos a intentar calmarnos.
–¿Calmarme?
–Quiero que me hables de otra cosa, ¿estuviste intentando acercarte a tus compañeros de clase?
Su cambio abrupto de tema pitó en mis oídos como cristales rompiéndose en sucesión.
–Te acabo de revelar uno de mis mayores miedos y, ¿tú preguntas si hice amigos? –Su silencio fue la última gota que colmó el vaso–. Para tu información, no. ¡No me acerqué a nadie porque lo más probable es que después tenga que asistir a su funeral! Ni siquiera puedo concentrarme en clase por los alaridos tortuosos que se repiten una y otra vez en mi cabeza, mis notas son un reflejo de lo poco que presto atención a las asignaturas. Si no fuese por mi padre, de seguro me hubiesen echado de allí de una patada.
En un impulso, me levanté del asiento. Advertí cómo el llanto trepaba en mi garganta hasta formar un nudo tan tenso que mi respiración se agitó.
–Y, ¿sabes una cosa? –agregué, alterada–. ¡No me interesa! Tengo tanto miedo de que llegue la noche que apenas duermo y, cuando lo hago, es un infierno. Así que disculpa, Karol, si no he hecho amigos estos últimos meses. Estuve demasiado ocupada intentando sobrevivir a esta maldita tortura.
Pateé con la punta del pie el sillón con ira contenida. Mis pulmones eran dos sacos rotos que perdían el aire que llenaban. Inhalé pero no fue suficiente.
–Tranquila, Aradia. –Se levantó con la seriedad plasmada en su rostro.
–No puedo respirar.
Coloqué la palma en mi pecho. El corazón latía frenético en una carrera y me enredé con mis propios pies. Unas manos me tomaron del antebrazo antes de estrellarme contra el piso y oí la voz de Karol amortiguada. Un sudor frío recorrió mi columna vertebral y creí con total certeza que estaba perdiendo la cabeza.
–Aradia, necesito que me escuches.
–No puedo –balbuceé.
–Sí, tú puedes.
Negué, febril.
–Sí, Aradia –confirmó en tono inflexible–. Estamos respirando el mismo aire en este espacio. Si yo puedo respirarlo es porque tú también puedes hacerlo.
Mi corazón iba a explotar en cualquier momento. Cerré los ojos con fuerza. Mis piernas se aflojaron y ni siquiera Karol pudo evitar que cayera de bruces al piso. Se inclinó y me ayudó para apoyar mi espalda contra el sofá.
–Abre los ojos y mírame. –Le hice caso y ella asintió–. Quiero que sigas mi ritmo, ¿sí? Cuando yo inhale, harás lo mismo y cuando exhale, también.
–No puedo –sollocé con voz quebrada.
–Creerás que es imposible hasta que lo logres –dijo con seguridad.
Inhaló aire con la nariz de forma ruidosa, invitándome a imitarla. Negué, pero su gesto autoritario me obligó a intentarlo. Era imposible, sentía que llegaba a mi límite. Karol retuvo el aire por tres segundos y fue un suplicio hacer lo mismo hasta que exhaló con lentitud. La seguí, luchando por no ahogarme.
No sé por cuánto tiempo estuve así, pero de repente pude percibir cómo los latidos de mi corazón disminuían y el aire en mis pulmones ingresaba cada vez con un poco más de regularidad. La sangre dejó de rugir en mis oídos y fue como si lo destaponaran.
Minutos después, Karol se alejó con un claro gesto de alivio y me ayudó a sentarme en el sofá.
Mi sudadera gris, a pesar de llevar puesta una camisa de mangas largas debajo, se encontraba mojada en la zona de mis axilas y la vergüenza invadió mis sentidos de tal forma que me crucé de brazos en un pobre intento de resguardo.
Una vez que Karol se cercioró de que me encontrase respirando correctamente, acomodó su cabello y alisó su blazer beige. Me tendió una caja de pañuelos y, con inseguridad, tomé unos. Sequé mi rostro y sorbí mi nariz.
Ella volvió a sentarse, con las piernas cruzadas, relajada, como si no hubiese sucedido nada.
–Perdona –susurré mirando mis manos.
–¿Por qué?
Levanté la mirada, un tanto fastidiada.
–Por… –señalé alrededor– lo que sea que haya sido eso.
–Ataque de pánico.
–¿Qué? –Arrugué el entrecejo.
–Eso que acaba de suceder fue un ataque de pánico.
–Oh. –Aparté la mirada–. No entiendo.
–Es normal, no te preocupes. Es una manifestación de miedo, pero mucho más intenso. ¿Puedo saber qué sentiste?
Se dirigió al escritorio y tomó un cuadernillo rayado junto a una pluma.
–Sentí que me faltaba el aire –dije en tono dubitativo–. Creí que estaba perdiendo la cabeza y ahora me encuentro totalmente sudada.
–¿Es la primera vez que te sucede? –dijo mientras anotaba algo.
–Sí.
–Bien. –Cerró su cuaderno–. ¿Segura de que te sientes mejor? ¿No quieres quedarte aquí unos minutos más?
–No –respondí casi con alivio por verme fuera de allí lo antes posible.
Se levantó y la imité. Observé el reloj que colgaba de la pared. Eran las tres de la tarde, la sesión tendría que haber terminado hacía veinte minutos.
Abrió la puerta y el semblante preocupado de mi padre me recibió en la sala de espera. Estuve a punto de despedirme de Karol, pero ella habló primero.
–Señor Oliver.
–Señorita Karol.
De un salto estaba a mi lado, con un signo de pregunta dibujado en sus facciones y con líneas de expresión que denotaban sus más de cuatro décadas.
–Me gustaría hablar con usted, ¿será posible? Aradia, ¿podrías esperar aquí? No tardaré mucho –indicó con una sonrisa amable y mi padre asintió. Fui hacia los asientos negros del pasillo con paredes de un empapelado azul. Apenas cerraron la puerta detrás de ellos, lancé vistazos a mis costados y me acerqué a toda prisa. Apoyé mi oreja contra la madera que nos separaba del pasillo al consultorio y oí el traqueteo de los tacones de Karol y el de los zapatos lustrados de mi padre.
Largué una exhalación apesadumbrada, iba a narrarle lo que había sucedido, estaba segura.
–Señor Blum, quería hablar con usted a solas sobre su hija.
El chirrido de las sillas me indicó que tomaron asiento.
–Dígame cuales son las noticias –dijo mi padre en tono urgente.
–Le diré todo a su debido tiempo. Primero, me gustaría conocer un poco más a la madre de Aradia. –Un silencio tenso se asentó entre ellos–. Elia falleció de un paro cardíaco, ¿cierto?
–Sí. –El tono de mi padre vaciló–. ¿Qué tiene que ver eso con Aradia?
–En la sesión de hoy, Aradia habló sobre una enfermedad que padecía su esposa. Sin embargo, en las entrevistas clínicas no fue mencionado ningún padecimiento mental por parte de Elia.
Mi cuello se volvió de piedra y abrí los ojos a tal punto que casi se escaparon de mis cuencas. Miré a mis espaldas para luego volver a pegar todo mi cuerpo contra la puerta.
–Sí, sobre eso… –Pude percibir la incomodidad de mi padre incluso desde la distancia.
–Le pedí total honestidad al momento de recibirlos. No solo a su hija, sino también a usted. No puedo ayudarla si se me oculta información primordial para su salud –manifestó ella en tono severo.
–Mi intención jamás fue mentirle, señorita Karol. Mi esposa hubiese preferido morir antes de que su condición fuese descubierta.
Alcé las cejas, impactada ante su forma de mencionar las pesadillas.
–Ya veo, ¿me podría hablar un poco más sobre esta condición?
Oí un sonoro suspiro.
–Yo no sabía nada de esto hasta que me casé con Elia. –Su voz flaqueó–. A los pocos días de mudarnos juntos, descubrí sobre estos sueños que heredan en su familia. Durante cinco años no creí que aquello fuese real. Intenté convencerla para buscar ayuda, pero se negó.
–Aradia me contó sobre los gritos de su madre durante la noche.
–Sí –afirmó apesadumbrado–. Hubiese hecho cualquier cosa para que ella no presenciase aquello, pero era imposible. Durante el día, Elia y yo intentábamos hacer lo mejor posible para plasmar una sonrisa en nuestros rostros y ayudarla a olvidar el mal trago de la noche. Incluso cuando Elia estaba con los ánimos decaídos, no dejaba que esas pesadillas la derrumbaran. Pero su cuerpo no lo soportó y una noche fue tal la crisis que ni yo mismo pude ayudarla –dijo eso último con un hilo de voz.
La mención de esa última noche casi logró que me encogiese sobre mí misma y me apartara.
–Dejé a Aradia con Nora, nuestra vecina, y llevé de inmediato a Elia al hospital –sorbió su nariz–. Pero no pudieron hacer nada al respecto, apenas pudo decirme unas palabras antes de partir.
Posé una mano en mi pecho. Me dolía. Habían pasado tres años de aquello y, con el tiempo, los recuerdos de esa noche se volvían cada vez más difusos. De un momento a otro, ya no estaba con mis padres, sino que me hallaba en la casa de Dorian, mi mejor amigo e hijo de Nora, rezando para que mi pesadilla no se hiciera realidad.
Pero lo hizo.
Y mi mundo se desmoronó desde entonces.
–Comprendo, señor Blum –dijo Karol esta vez de manera suave, baja, casi como si fuese una caricia–. ¿Nunca fue atendida? ¿Nunca supo qué era lo que tenía?
–No.
–¿Alguna vez Aradia le habló sobre las pesadillas que tiene?
–Sí. Y sé que le contó sobre ellas, yo le dije que lo hiciera.
–¿Por qué?
–Porque me desperté en la madrugada con sus gritos de terror. Iguales a los de Elia.
–¿Y usted cree que Aradia puede predecir la muerte?
Los músculos de mi cuello se volvieron rígidos y pegué aún más la oreja, hasta que lo oí.
–No lo sé.
Volteé hacia la puerta. ¿Había oído mal?
–¿No lo sabe?
–Señorita Karol, usted no sabe lo infernal que se puede convertir una simple noche –manifestó con un ligero temblor en la voz–. El temor y tristeza de Aradia me hacen dudar si aquello que dice ver es real. –Hubo un segundo de silencio, hasta que añadió–: Tengo miedo de creerle porque, si lo hago, me horroriza el simple hecho de verme envuelto en esta locura. Ya no sé qué pensar y estoy tan preocupado que no sé qué más hacer para ayudarla.
Percibía su dolor a pesar de encontrarme al otro lado de la puerta y me arrancó lágrimas de impotencia que sequé con brusquedad.
–Gracias por decirme todo esto, señor Blum; pero tiene que comprender que no es real. Nunca, en la historia de la humanidad, hubo registros de que la mente humana pudiese ver el futuro, menos que menos, predecir la forma en que alguien pierde la vida.
–Entonces, ¿qué es lo que tiene mi hija? –Advertí la desazón en su pregunta.
–Señor Oliver, seré sincera, temo que Aradia no esté respondiendo a mi tratamiento y, por el contrario, su cuadro esté empeorando.
Dejó las palabras en el aire y un silencio sepulcral los envolvió hasta que mi padre tomó la palabra.
–¿A qué se refiere con eso?
–Aradia vino aquí hace seis meses para lidiar con el duelo por la muerte de su abuelo. Usted mismo ha dicho que le preocupaba que eso la hundiera aún más debido a otras pérdidas que había sufrido. Durante ese tiempo respeté el proceso de duelo, aunque, de a poco, fui incentivando a que se adentrara de nuevo a su vida. Pero, aunque me apene compartirlo, Aradia no se mostró receptiva a esto, en cambio, se aisló completamente.
–No tenía idea –atinó a farfullar mi padre–. Como usted sabe, imparto clases de Historia en la misma escuela que asiste ella. No quería invadir su privacidad, pero había notado que algunos de sus compañeros la incluían en ciertos proyectos y actividades escolares. Creí que estaba mejorando.
–Comprendo, es normal que los padres quieran ver que sus hijos están avanzando. Pero este desprecio que siente Aradia, esta culpa en la que se autorecrimina, ya no forma parte de un duelo saludable. Y, después de esta última sesión con ella, puede que esté recayendo en ideas delirantes.
–¿Ideas delirantes?
–Su hija está totalmente convencida de que puede predecir la muerte. Asegura que hay una sombra que la persigue a ella y a sus seres queridos.
Una necesidad dominante por huir de allí me invadió. No quería oírlo. No podía aceptar que todas estas pesadillas eran producto de mi mente retorcida. Pero dudé, me permití dudar por un segundo y me pregunté si acaso realmente había una especie de enfermedad mental que se heredara por los genes.
“¡Aradia, vete!”.
La firmeza de la voz de mi abuelo, durante el incendio, me aclaró cualquier interrogativa que se elevase de mi cabeza.
No. Por más que quisieran convencerme de lo contrario, yo sabía lo que había visto.
–Tendré que presentar su caso y derivarla con un psiquiatra.
–Entiendo –dijo mi padre en un murmullo casi inaudible.
–Por ahora no tengo un diagnóstico para Aradia. Es la primera vez que la oigo hablar sobre estas predicciones, pero necesito que haga algo.
–Dígame.
–Esté atento a su comportamiento. El delirio es un síntoma que puede connotar en un cuadro grave.
–¿Qué quiere decirme con todo esto, señorita Karol?
–Señor Blum –sentenció autoritaria y supe que no me iban a gustar las próximas palabras que oiría–, Aradia está sumida en un estado de letargo hace años, desde la pérdida de Elia. Necesita un proceso de acompañamiento más complejo del que usted o yo podemos brindarle, ¿entiende?
Las palabras, a pesar de encontrarse mitigadas por la puerta, me alcanzaron con un golpe contundente que provocó que me alejara.
Ya había oído lo suficiente.
Mi padre y yo nos retiramos del consultorio en una afonía agobiante.
Unos días después, me reuní de nuevo en la sala del Centro de Salud Mental. Era el único que había en Freeport, el pueblo ubicado en el condado de Cumberland, Maine; un Estado cubierto en casi un noventa por ciento de superficie forestal. Con mi padre vivíamos entre medio de robles y arces rojos, pinos blancos, celastros, píceas entre otros tipos de árboles que, durante octubre, se convertían en un festín de colores que iban desde un almagre hasta un bordó tan intenso similar al vino tinto. Para fortuna de muchos y desgracia de pocos, el pueblo era tan pequeño que cerca de diez mil personas habitaban en él.
Vivía cerca del centro, a solo unas cuadras, por lo que siempre me encontraba con compañeros de clases. Miradas insípidas, de recelo o compasión eran las que acostumbraba a recibir por parte de ellos. Todos sabían sobre las pérdidas por las que había pasado estos últimos tres años, la mitad de ellos habían asistido a los entierros. Esos eventos fueron tan seguidos que una vez, a punto de ingresar a una clase, oí a Katelyn, la chica más querida e idolatrada en el instituto, murmurar:
–¿No crees que es muy raro todo lo que le pasa? Oí que la madre estaba loca. Muchos dicen que escuchaban gritos cerca de la casa por las noches.
–Por eso terminó en el hospital, ¿recuerdas?
–Creo que Aradia puede heredar lo mismo.
Y lo mejor de todo fue cuando descubrió que me encontraba cerca.
–¡Oh, Aradia! No te había visto –balbuceó con una sonrisa fraudulenta.
–¡Oh, Kate! Creí haber oído que me mencionabas –respondí en tono inocente y batiendo las pestañas de manera exagerada.
–Esto... ¡Sí! Le estaba diciendo a Chloe de organizar el baile de Halloween contigo.
–Faltan dos meses aún.
Las había observado a cada una con escepticismo. Chloe y Mackenzie, su séquito de amigas que hacían todo lo que ella ordenaba, tenían los labios sellados por una cinta invisible.
–Lo sé, pero quería hacer todo perfecto. Si Jacob piensa volver para esas fechas, lo estaré esperando y…
La mera mención de él me revolvió de tal manera las tripas que decidí dejarla atrás sin que terminase de hablar.
Esa era una de las grandes razones por las cuales odiaba vivir aquí. ¿Cómo era la frase? Pueblo chico, infierno grande; quien sea que lo haya dicho, definitivamente debería haber sido criticado luego por ello.
Mi padre aparcó el auto en el estacionamiento. Frente a mí, se elevaba el edificio vidriado del Centro de Salud Mental. Se destacaba por sus columnas de ladrillos en tonos anaranjados que le daban un aspecto acogedor a pesar del aroma antiséptico que emanaba.
Allí dentro, Karol me informó lo mismo que había oído decirle a mi padre, pero con palabras más comprensivas y menos directas, como si quisiera endulzar el hecho que me estaba volviendo loca. A los dos días conocí a su colega, un tal Steve Johnson, un hombre cerca de la treintena, de estatura alta y complexión fornida. Llevaba puesta una camisa a cuadros donde asomaba su barriga debajo. Su semblante alegre me recordó a las publicidades que colgaban en las paredes del centro.
–Aradia, un gusto conocerte –dijo apenas pasé a su consulta.
Me recibió con calidez y seguridad y, a partir de entonces, tuve varias entrevistas con él. En una de ellas, me preguntó sobre las pesadillas:
–Karol me habló hace unos días lo dificultoso que resultaba para ti conciliar el sueño –dijo en un tono relajado, aunque advertí la atención que prestaba ante mi respuesta.
–Sí.
–¿Quieres contarme por qué?
–Porque suelo tener pesadillas –respondí cortante.
–¿Cuál es el contenido de tus pesadillas, Aradia?
Chasqueé la lengua y me encorvé, una actitud derrotista.
–Sueño con las personas que perdí, seguro que Karol te ha contado sobre eso, ¿no?
–Algo me dijo, sí –afirmó.
–Me sentía mal luego de tener una pesadilla la noche anterior a la sesión y dije cosas que no quise decir realmente.
–¿Te refieres a las visiones de las muertes? –Asentí con un leve movimiento de cabeza–. ¿Qué quieres decirme con esto? –Entrecerró los ojos, intrigado.
–No era verdad cuando dije que podía predecir las muertes. –Aparté la mirada.
–¿Quieres ser más específica, Aradia?
–Mentí. Le mentí a Karol sobre lo que me pasaba. Me sentí acorralada por sus preguntas. La culpa por no haber… –se me cerró la garganta–… evitado de alguna manera lo que les sucedió me carcomía y dije aquello como una forma de defenderme. Sé que fue un disparate, y lo fue. –Ignoré la acidez de mi lengua–. Karol dijo que tuve un ataque de pánico y creo que por eso dije lo que dije. No estaba pensando correctamente.
–Comprendo.
Nunca fui muy creyente, pero si la mentira era un pecado, de seguro iría al infierno por toda la serie de engaños que estaba acumulando en mi boca. Estaban desquiciados si creían que iba a exponerme de nuevo.
De todas maneras, eso no evitó que luego de un mes me dieran la sentencia que marcaría para siempre mi vida:
–Aradia, como es de tu conocimiento, Karol y yo estuvimos siguiendo tu historial clínico con ojo crítico. Hemos estado debatiéndolo también con tu padre. Por lo que ya tenemos un diagnóstico.
–¿Lo tienen? –Me crucé de brazos, repentinamente incómoda.
–Sí, lo que tienes Aradia se llama trastorno de estrés postraumático con ataques de pánico.
A pesar de oírlo, esas palabras me sonaron vacías, sin sentido, pero para él, parecía ser la respuesta de todo.
–El TEPT se desarrolla luego de vivir un momento traumático intenso –siguió–. Puede ocasionar un gran temor que se puede disparar ante acontecimientos que recuerden este mismo evento. En tu caso, se pudo haber provocado a partir de las muertes que presenciaste a temprana edad de personas tan queridas por ti.
–Entonces, ¿las pesadillas se deben a este trastorno…?
–Trastorno de estrés postraumático. Y sí, es uno de los síntomas de intrusión más comunes. Lo que tienes son sueños angustiantes relacionados con las pérdidas que sufriste.
Concentré la mirada en la ventana de doble compuerta detrás de él. Los transeúntes caminaban a paso ligero, inconscientes a lo que estaba pasando a solo unos metros de ellos.
Las palabras de Steve, si bien dichas con apacibilidad, no eran más que meras sílabas que salían de su boca. Técnicas, profesionales, frías.
Me hundí en mi propio asiento, toda pequeña esperanza que albergaba fue arrancada como la vida que Sombra tomaba en manos de sus víctimas.
Tras esa fatídica reunión, caminé hacia la salida con mi padre. Él parecía tener los ánimos renovados luego de haber sido informado de mi diagnóstico. Entendí que para él todo empezaba a aclararse. Mientras que, para mí, todo se divisaba inundado con agua turbia, donde no podía encontrar una respuesta que me satisficiera. Pero sabía que, cuando lo hallara, no me sentiría como una extraña.
Era difícil ponerlo en palabras, pero lo pensaba como un rompecabezas en donde cada una de las piezas tenían una forma y un lugar, por y para algo. Y ahora, me sentía como cuando Dorian y yo jugábamos sentados en el piso de madera bajo la chimenea y él forzaba una de las piezas para que encajara con las otras. Era imposible, estaba mal, se sentía incompleto.
–Esa no va ahí –le recriminaba entre risas.
–¡Que sí! –contradecía con impaciencia.
Pero ambos sabíamos que no era así.
Y esa misma sensación, la que tenía de niña, era la que me atacaba ahora. Era como si tan solo con ponerle un nombre a una parte de mi problema, los demás se esforzaran por hacer que encajara con el resto.
No lo hacía.
Por eso sabía que algo faltaba; algo importante y trascendental que me haría comprender la imagen por completo. Varias piezas estaban a la espera de ser encontradas y colocadas en su lugar. El problema era que no las hallaba y tampoco sabía por dónde empezar a buscar.
–Steve me explicó junto a George que tenías que comenzar a tomar un medicamento. Supongo que te avisaron, ¿cierto? –dijo mi padre mientras doblaba por la calle Mill.
Decidió que era buena idea ir a comer a Casa Toscana de Sam, un restaurante de comida italiana que hacía las mejores pizzas del condado. Cuando era pequeña, mi madre y yo solíamos ir allí en invierno para comer pastas. Ella amaba el lugar, la comida le hacía recordar a mi abuela, Mariella.
–Te contaré una historia –recuerdo que había dicho una de las últimas veces que fuimos–. Según mi madre, descendemos de temerarios italianos donde la pasión y la perseverancia corre por nuestras venas. Nosotras venimos de una mujer llamada Anabella. Una muchacha a quien, las injusticias y supersticiones de su comunidad, la condenaron a exiliarse y buscar una vida por sí misma.
La oía embelesada, comiendo con fervor los espaguetis a la boloñesa que manchaba mi boca, barbilla y nariz en salsa roja.
–Tuvo que cruzar vastos lagos que prometían ahogarla, soportar ventiscas heladas que se clavaban como agujas a la piel, aprender a hacerse el fuego por ella misma, abastecerse con lo que hallaba y hacerse un lugar en la tierra para recuperar la dignidad que le habían arrebatado.
–Parece una leyenda –había dicho yo en un tono incrédulo, pero con un claro brillo de admiración en mi rostro de trece años.
–Toda leyenda está basada en algo real, pequeña Arita –respondió con un guiño.
Recuerdo haber sonreído con orgullo, pero ahora, mi boca permanecía apretada mientras mi padre manejaba y yo evitaba que esos recuerdos me hundiesen en la añoranza.
–Alprazolam, creo que era.
Yo sabía que él recordaba muy bien qué medicamento tenía que tomar. Era demasiado perfeccionista y detallista como para olvidar algo así.
En una acción inconsciente, quitó un hilo invisible de su suéter.
Él era de tener ese tipo de manías: dejar su calzado uno a lado del otro, los cubiertos derechos o los suéteres sin una pelusa ni arruga. Mientras que, por el contrario, mi madre era un desastre; allí donde iba ella, dejaba un torbellino de papeles, acrílicos, lápices de colores y anillos que solían cubrir casi todos los dedos de su mano, en general arrojados por la encimera de la cocina, su mesilla de noche e incluso en mi escritorio. Pero a pesar de eso, mi padre, con una parsimonia silenciosa y una expresión que tironeaba las comisuras de su boca hacia arriba, las colocaba en su lugar.
Él reglaba las debacles de ella.
Hasta que un día, no pudo hacerlo.
–¿Arita?
–Esto… sí –respondí distraída.
George era el psiquiatra con el que Steve me derivó. En una de las sesiones me comentaron de la posibilidad de medicarme, por lo que hoy, antes de retirarme con mi padre, nos proporcionaron una receta para comprar las cápsulas en cualquier farmacia, pero evité mencionarlo. Esas pastillas, según me explicaron, eran ansiolíticos que actuaban como sedantes y ayudarían a relajarme para así poder descansar de manera apropiada y combatir el insomnio. Lo que Steve no entendía era que yo no quería dormir; de tan solo pensar que podría verme en las garras de Sombra y no poder despertar, se erizaban los vellos de mis brazos.
–Como sea, antes de volver a casa pasaremos a buscarlas y luego de cenar las podrás tomar. Solamente una vez al día –agregó.
A pesar de saber que estaba mal, no pensaba tomarlas.
Así que por una semana y media pretendí hacerlo.
Luego de cenar, mi padre me las tendía y yo asentía con un gesto de acato para luego colocarla debajo de mi lengua y tragar con ruido. Él me miraba satisfecho y apenas se daba la vuelta, yo iba al baño y la tiraba por el retrete. La cápsula sólida y cilíndrica se iba nadando por el agua en un remolino que prometía jamás volver.
Por un momento, creí que iba a ser fácil hacer esta especie de pantomima. No dormía demasiado. Solo lo hacía por casi dos horas antes de las ocho de la mañana, horario de entrada de clase y trabajo de mi padre. Así reducía las chances de tener otro tipo de premonición.
Sobrevivía a base de bebidas energéticas que compraba en el supermercado de los King, una familia con tres hijos, de los cuales dos asistían a clases conmigo y el tercero recibía a los clientes desde su cochecito y sonajero.
–¿Acaso ya es la época de exámenes? –bromeó el señor Brandon King, un hombre con cabello canoso cortado al ras y líneas pronunciadas a los costados de sus ojos marrones.
–Oh, ya sabes. –Me encogí de hombros–. Hija de profesor, debo estar a la altura.
Le dediqué mi mejor sonrisa y él rio. Tenía que ser cuidadosa, un movimiento en falso y las habladurías no tardarían en llegar hasta los oídos de mi padre.
Pero la última vez que estuve entre las góndolas, para mi desgracia me encontré con Nora Harper.
Su cabello parecía más encanecido que antes, otorgándole un aspecto mucho mayor de lo que realmente era. Una hilera de envases de mantequilla de maní parecía un ejército en un estante y sus ojos pasearon entre ellos con aire ausente.
Di pasos hacia atrás de forma silenciosa, pero mi codo chocó con un cartel que colgaba en medio y el ruido, si bien leve, hizo el efecto suficiente como para sacarla de su trance y se volteara hacia mí.
–¿Arita?
–Hola –saludé en un tono débil.
–Hacía tiempo que no te veía. –Forzó una sonrisa–. No desde…
Silencio.
No desde el funeral de Dorian. Su hijo.
–No estuve saliendo mucho –interrumpí, evitando el momento incómodo que quería internarse.
–Yo tampoco. –Se encogió de hombros–. ¿Haciendo compras?
Señaló el pack de seis latas en mis manos.
–Sí.
–Bien.
Lanzó un vistazo a los recipientes y apretujé el paquete en mi pecho.
–Por un momento pensaba comprar –señaló hacia la mantequilla de maní–, pero luego recordé que ya no era necesario.
Lágrimas no derramadas brillaron en sus ojos negros. Tragué con fuerza y aparté la mirada.
–Eran sus favoritas.
–Lo sé.
El silencio que sostuvo me permitió dar otro paso atrás.
–Bien, tengo que ir…
–A veces me pregunto, ¿qué hubiese sucedido si te hubiese oído? ¿Qué hubiera pasado si tan solo hubieras llegado cinco minutos antes? –Volteó a mirarme con una expresión compungida.
“¡Dorian! ¡¿Dónde estás?!”.
El agua tapaba mis oídos, mis brazos como dos rocas pesaban cada vez más por cada brazada, el dolor pinchaba en mis pulmones al quedarme sin aire y la visión se encontraba obstruida por la profundidad a la que me dirigía.
“¡¿Qué le hicieron?!”.
Una lata explotó en mis brazos.
–Maldición.
Solté las bebidas como si quemaran y un charco se formó en mis pies mientras buscaba con rapidez la pérdida.
–Te ayudo.
Entre las dos sacamos la lata del plástico, y ella la atrapó en sus manos para evitar que más líquido saliese por el orificio.
Percibí mis jeans empapados. Se adhirieron a mis pantorrillas y mi sudadera gris tenía un círculo húmedo a la altura de mi estómago.
–Será mejor que se lo demos a Brandon, seguro venía mal el producto.
Asentí, aunque mi cabeza seguía flotando por otros lugares.
Después de eso, compré otro pack y me fui de allí casi corriendo, apenas saludando. No quería volver a charlar con ella.
Ese fue el único inconveniente que tuve. Sin embargo, casi nunca los tenía. Llegaba poco después de las tres de la tarde y me tomaba mi tiempo para ducharme con agua caliente y luego hacer mis deberes. En el medio, oía el leve tintineo de las llaves al abrirse la puerta y pasos seguros y firmes repiqueteaban hasta asomarse por el umbral de mi puerta.
–¿Todo bien?
–Sí.
–¿Cómo te ha ido hoy?
–Bien.
–Bien –repetía para luego chasquear con la lengua–. Bueno, luego haré la comida.
Y eso era todo. Apenas se retiraba, la tensión alojada en mi nuca se deshacía.
No hablábamos mucho, estos últimos años habían sido un tanto difíciles y no emitíamos palabra alguna al respecto. Era como una especie de silencio pactado de forma implícita, ignorábamos ese gran elefante dentro de la habitación, porque, si lo enfrentábamos, temía no ser lo suficientemente fuerte para sobrevivir a eso. Prefería estar así; era más fácil de sobrellevar.
Después de la cena y de aparentar tomar el medicamento, se apagaban las luces de la casa y cada uno iba a su cuarto a dormir.
Desde la muerte de mi madre, mi padre se mudó a la habitación de invitados y cerró bajo llave la anterior que compartía con ella. Nunca se refirió al tema, pero lo entendía. Lo podía ver con tan solo un vistazo de sus ojos nostálgicos que se quedaban absortos en las esquinas del cuarto, como si una película se reprodujese dentro de su cabeza y solo él pudiese ver las escenas recreándose.
Y lo comprendía.
Una vez que comprobaba que mi padre estaba en su habitación, tomaba los auriculares, prendía la lámpara de la mesa de noche y sacaba mi cuaderno. Su tapa era de madera y contenía en su interior hojas amarillentas sostenidas por un lazo de cuero negro. De portada tenía trozos de periódico raído y áspero que habíamos adherido con pegamento una tarde de verano con mi madre. Lo abría con delicadeza, temiendo que esa fuese la última vez que lo pudiese utilizar, y me dedicaba a abstraerme para trazar con el lápiz figuras inconexas que luego unía para descubrir de qué forma se articulaban.
La mayoría de veces, lo que se formaba de manera inconsciente eran árboles, abundantes e inquietantes con ramificaciones esqueléticas y siniestras, con hojas secas esparcidas por la tierra agrietada y, siempre, un atisbo de silueta que se asomaba entre los troncos a la espera de atacar.
Esperaba ansioso, obsesionado por satisfacer su hambre salvaje, con esos ojos que parecían dos aureolas blancas que podrían arrastrar a cualquiera directo a la ruina.
Cuando sucedía eso, me quedaba absorta jugueteando con el medallón que reposaba en mi pecho, y una sensación de inquieta curiosidad me invadía. Me mordía el labio inferior con preguntas que pugnaban por salir de mi sistema pero que no me atrevía a formular.
Sin embargo, espantada por las sensaciones extrañas que me despertaba, cerraba el cuaderno y miraba alguna que otra serie desde el celular que me entretenía mientras abría mi segunda o tercera lata de energizante de la noche.
Y así mataba las horas hasta que el cántico de los pájaros en un inminente amanecer me invitaba a respirar con un poco de alivio y recostaba la cabeza en la mullida almohada.
En ese momento, intentaba relajar un poco el embrollo en mi cerebro, pero, aunque lo intentase, la mayoría de las veces no podía. Apenas lograba cerrar los ojos diez minutos antes de que la alarma me llamara con su sonido estridente y molesto.
Creí por un momento que mi plan iba a funcionar. Sin embargo, ese esfuerzo le estaba costando horrores a mi cuerpo.
De pronto, comencé a quedarme dormida en medio de las clases hasta llegar al punto que el director llamase a mi padre por la irresponsabilidad y falta de atención.
Las ojeras debajo de mis ojos grises se profundizaron, la torpeza se convirtió en un fastidio, la falta de interés por las personas a mi alrededor aumentó y la irritación hizo su aparición con solo el saludo de los buenos días por parte de mis compañeros. En la última noche, mis manos temblaron cuando quise dibujar.
Me estaba destruyendo. Lo sabía. Pero prefería mil veces vivir de esta forma que volver a ver a Sombra divirtiéndose con restos humanos.
Esa firmeza siguió hasta el punto que advertí mis mejillas pálidas descarnarse, mis labios, antes gruesos y con una ligera tonalidad rosácea, comenzaron a agrietarse volviéndose cada vez más finos; mi cabello ondulado y abundante de color azabache se encontraba cada vez más reseco, sin brillo y, cuando me bañaba, notaba que mechones se caían en demasía; mis ojos, del color del hielo que contrastaba con pestañas negras arqueadas, parecían muertos.
Era un cadáver andante.
Y Steve lo vio apenas puse un pie en la tercera sesión.
–Aradia –dijo en un tono grave–. ¿Estás tomando el medicamento que receté?
–Sí –Tragué grueso.
–¿Sí? –preguntó en un tono inquisitivo–. Entonces, dime, ¿cómo te has sentido últimamente?
–Ya sabes. –Quise dedicarle una pequeña sonrisa, aunque solo atiné una mueca–. Estuve un poco más relajada.
Era una respuesta estúpida y ambigua, y me di cuenta ante la inflexión de sus comisuras.
–¿Puedes ser más específica?
–Bueno, pude dormir más.
–¿Hubo más pesadillas?
Desvié la mirada.
–No –vacilé.
Cerré las manos en puños y apreté los dientes.
–Una última pregunta, Aradia, ¿cuántas veces al día estás tomando el medicamento?
–Dos veces.
Supe que metí la pata cuando arqueó una ceja. Nunca había entendido la expresión “tierra trágame” hasta ese momento. Apoyé los codos en mis rodillas y me tomé la cabeza entre las manos.
–¿Por qué no estás tomando las pastillas?
Tamborileé los dedos sobre mi cabeza. Un nudo se formó en mi garganta y necesité unos segundos antes de hablar.
–¿Aradia?
–No quiero dormir, si lo hago, él aparecerá –susurré.
–¿Quién?
Alcé la cabeza, poseída.
–¡Sombra! –Golpeé las manos contra el reposabrazos–. No pienso tomar nada que me deje a la merced de esas visiones. ¡Prefiero morir antes de volver allí! –Señalé con el dedo índice cualquier punto inexistente.
–Tranquila, podemos hablar sin alterarnos.
–¿Me pides que esté tranquila?
Lágrimas de furia dispararon en mis ojos y me encontré hipando mientras exclamaba fuera de control.
–¡Jamás podré estar tranquila sabiendo que él está esperando a que baje la guardia para volver a meterse en mi cabeza!
Me levanté enajenada. Estaba a punto de irme, pero toda la instancia parecía dar vueltas y tropecé.
–Aradia.
–¡Aléjate!
Tosí buscando alguna bocanada de alivio, pero solo recibí un vacío que me oprimía hasta dejarme como una muñeca de trapo.
–Te puedo ayudar. Solo escucha.
Busqué la puerta a tientas para abrirla, necesitaba que el aire ingresase por algún lado.
–Ey. –¿En qué momento llegó a mi lado? El espacio se reducía y las cuatro paredes me encerraban hasta no dejar recoveco alguno por el que escapar–. Solo respira.
Tomó mis hombros y, con un gesto autoritario, me obligó a mirarlo. Inhaló con fuerza y el rostro de Steve se confundió con el de Karol. Era la misma acción que ella había realizado la última vez que tuve esta sensación.
Juré que moriría. Estaba segura y, por un segundo breve, pensé: ¿no era esto lo que tanto quería? Tomar el lugar por aquellos a quienes amaba y morir, pero sabiendo que ellos vivirían sin esta maldición que los atormentase como lo hacía conmigo. Sin embargo, ¿acaso mi vida terminaba así? ¿Aterrada, indefensa y perseguida por fantasmas? ¿Todo lo que padecí se reducía a esto?
Todo esto. Por nada.
No lo podía aceptar. Una parte de mí sabía que había algo más, algo que tenía que hacer para no terminar con el mismo destino de mi madre.
–Bien, así, inhala y exhala.
Le hice caso a Steve y en pocos minutos, me encontraba respirando de nuevo.
Apenas volví en mí misma, Steve indicó que saliera e invitó a mi padre, quien ya estaba esperando afuera y de seguro se estaba preguntando por qué tardaba tanto. La secuencia me dio un dèjá vu porque, apenas cerraron la puerta detrás de ellos, pegué la oreja en la madera.
–Señor Blum, me alegra que tenga tiempo para hablar.
–Lo mismo digo, quería conversar con usted.
Mordí mi labio inferior. De nuevo, me hallaba en la posición donde todo se determinaba según lo que otros decidieran sobre mí.
–Soy todo oídos.
–Sé que Aradia ahora está tomando ciertos medicamentos que pueden afectar en su estado de ánimo, pero la noto mucho más decaída que antes. Recibí varios llamados por parte de sus profesores porque se quedaba dormida en clase. Steve, disculpe el informalismo, pero estoy preocupado que la terapia no le esté ayudando.
–De eso quería hablarle, Oliver –interrumpió en un tono amable el otro–. Por lo visto, su hija no está siguiendo las indicaciones.
Mordí mi mano en un puño.
–¿A qué se refiere?
–No tomó las cápsulas.
–Pero eso no puede ser, Aradia…
–¿La ha visto tomarlas? –retrucó.
Quise sacudirlo para que se callase.
–No –respondió con voz contenida.
–Hablé con ella y lo admitió. No estuvo tomándolas y, lamento ser directo, pero me preocupa que a Aradia le importe tan poco su vida, que haría cualquier cosa con tal de dejar de sufrir.
Eso no era cierto.
Era un traidor, insensible y déspota que creía tener la verdad de todo. Lo detestaba, ¿acaso creía que elegía a voluntad propia esto? A él no le arrebataron la niñez, no tuvo que soportar noches de terror, tampoco enterrar a su maldita familia por culpa de su propia inutilidad.
Lo detesté. No solo a él, sino a todos los malditos médicos que pensaban saberlo todo.
–¿Qué dice?
–Sí. Aradia no está evolucionado, volvió a mencionar estas ideas que tiene sobre la muerte y las visiones. Temo que ya no estemos tratando con TEPT. Lo mejor ahora sería hacerle otras entrevistas para enviarla a un centro de recuperación. Yo soy el director de uno y George trabaja allí conmigo. Podríamos ayudarla desde allí.
Deseé con vigor que mi padre le dijera que estaba equivocado, que sus métodos eran totalmente reduccionistas y no buscaban comprender al otro. Anhelé que lo enfrentara y le explicara que, si no había tomado las pastillas, fue para ayudarnos y que no tenía tales ideas delirantes; y tampoco necesitaría ir a un maldito manicomio.
–Dile que nos iremos a casa, papá –imploré en voz baja.
–Esto es muy difícil de procesar. –Advertí su tono ronco y afectado.
–Lo sé, pero es la única manera que puedo asegurarme de ayudarla. Allí hay todo un equipo que la tratará y estará atento las veinticuatro horas; podrá realizar actividades, recibir visitas y establecer vínculos con personas que hayan pasado por lo mismo que ella.
El silencio se hizo presente y me pegué aún más a la puerta.
–Necesito pensarlo.
–Entiendo, estoy a su entera disponibilidad.
Volví a los asientos de espera y fingí interesarme por un cartel con el número de centro de atención al suicida mientras ellos salían. Murmuraron algo entre ellos y se dieron un apretón de mano. Luego de un asentimiento de cabeza en mi dirección, Steve volvió a su consultorio, y mi padre y yo nos dirigimos a la salida. Otra vez rodeados por un silencio que quería decir muchas cosas, pero a la vez ninguna.
Los rayos del sol se pegaron a mi rostro cuando íbamos hacia el estacionamiento y me permití inhalar con alivio el aire del exterior.
Volvería a casa, dejaría los psicólogos, psiquiatras y medicamentos, dejaría atrás preguntas con un trasfondo incrédulo y ya no me tratarían como a una loca. Podría volver a intentar nuevas formas para evitar a Sombra y ayudaría a mi padre, le simplificaría las cosas y vería la forma de mejorar, de alguna u otra manera se lo compensaría.
Subimos al coche y me tumbé contra el asiento, con un cansancio que debilitaba mis extremidades. Al notar que el auto no se ponía en marcha, giré el rostro y el semblante taciturno de mi padre me alarmó.
–¿Por qué mentiste?
Me enderecé de golpe.
–¿Mentir con qué? –balbuceé.
–Aradia –Su expresión de disgusto me revolvió las tripas–. Sabes muy bien de lo que hablo.
Fijé mi mirada en sus ojos marrones.
–No quería hacerlo.
–¡Pero lo hiciste de todos modos!
–Puedo explicarlo, yo…
–¡Basta, Aradia! Se acabaron las excusas. Creí que ibas a hacer un esfuerzo por mejorar, pero haces todo lo contrario, ¿no estás cansada? Porque yo lo estoy. Estoy harto de verte así y que no hagas nada al respecto.
–¡Sí que lo intento! –arremetí, herida–. Pero no lo ves, ¡nadie lo ve!
–¡Deja de ser así! –exclamó dando un golpe al volante.
–¿Así cómo? –susurré con lágrimas en los ojos.
–Eres igual que tu madre –escupió con repulsión–, aceptan la enfermedad que tienen como si fuese normal vivir entre delirios.
–No puedes decirme esto –lloré al punto del colapso–. No puedes decir que es una enfermedad, ¡tú viste que esto es real!
Apartó la mirada y el sabor de la traición subió por mi garganta en forma de bilis.
–¡He hecho todo lo que pediste! –expresé con furia–. Fui con Karol por seis meses, le hablé de las pesadillas, dejé que me examinaran como un conejillo de indias y soporté a un hombre hablando de mí como si fuese una máquina que debía arreglar.
–¡Por favor! Son personas que están intentando ayudarte, Aradia.
–No, son personas que no entienden realmente lo que me pasa y no saben cómo solucionarlo.
–¿Acaso te escuchas? ¡Estás haciendo lo mismo que ella! Se inmolan y creen que nadie las puede ayudar. ¡Pero eso no es cierto!
Lágrimas recorrieron sus mejillas y la imagen de mi padre en ese estado me impactó.
–Intenté durante muchos años ayudarla y aun así no funcionó. Estaba empecinada en la supuesta maldición –agitó sus manos con voz ahogada– y nunca quiso escuchar –respiró alterado y agregó–: Pero prefiero morir antes de permitir que tú también te vayas.
–No lo haré, papá. Juro que no. Puedo encontrar una manera…
–Basta.
Jamás lo oí hablar de esa manera. Su rostro estaba desfigurado por una ira y un dolor tan profundo, que apenas lo reconocía.
–Steve me dijo que lo mejor que podía hacer era enviarte a un centro de recuperación. Lo estuve dudando, pero ahora tengo la certeza de que lo necesitas.
–¡No! –hipé con angustia.
–Sí –sentenció con tono autoritario–, irás y se acabó la discusión. –Apartó la mirada–. Prefiero que vayas allí a que te quedes conmigo –sorbió su nariz y tragó grueso, para luego agregar–: Prefiero eso antes de ver cómo te desvaneces.
Una imperiosa necesidad por huir me invadió. Necesitaba alejarme, no quería estar cerca de él. Lo aborrecía, ¿cómo podía hablar así de ella? ¿Cómo podía hablar así de nosotras? Porque lo sabía, él no quería estar presente si cedía a la locura como lo hizo con mi madre. Él buscaba una familia normal, común y ordinaria, no una hija con problemas que van más allá de la lógica. Él necesitaba estabilidad y control; y odiaba convivir con el hecho de que, en cualquier momento, despertaría con la visión de otra muerte.
El problema era que ya no quedaba más nadie, solo éramos nosotros dos.
La sensación de ira se vio ofuscada por la vergüenza de decepcionarlo.
Si tan solo supiera que realmente lo intenté todo este tiempo, que me he esforzado, tal vez así hubiésemos evitado una pelea que abrió viejas heridas y dejó al descubierto nuestros sentimientos más crudos y oscuros. Pero no lo hizo, y ahora, tenía que aceptar que iría al centro de Steve.
