Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
¡A veces Lena puede ser realmente desagradable! ¿Por qué siempre lo hace todo tan difícil? Eso es lo que Theo, su mejor amigo, se pregunta. Este año va a ser especial. Tienen una nueva amiga, Birgitte, una niña muy dulce que viene de Holanda. Sin embargo, Lena tiene muchas razones para estar enojada: la nueva entrenadora de fútbol siempre la mantiene en el banquillo, el hermanito que anhela nunca llega y la expedición al mar con la nueva balsa resulta ser un fiasco. Y el abuelo... ¡Qué desgracia tan fea le espera en el mar! Esta es la historia de un año tumultuoso, durante el cual Lena, Theo y el abuelo tendrán que luchar contra las fuerzas de la naturaleza y contra sí mismos.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 223
Veröffentlichungsjahr: 2020
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Maria Parr
Ilustraciones de Zuzanna Celej
Parte 1
Verano y agua salada
EL SALTO DESDE EL ROMPEOLAS
Se oyó un portazo que hizo temblar la casa entera y, a continuación, un espantoso jaleo y unos cuantos alaridos.
—¡Puñetas saladas!
Salí aturdido al pasillo del desván, donde ya se había reunido el resto de mi familia: pelos alborotados y expresiones de desconcierto. Minda, mi hermana mayor, había abierto un solo ojo. Y mi padre parecía no saber si era un hombre o un edredón.
—¡Bang! —dijo Caracola bien alto.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó mi hermano mayor, Magnus.
—O ha ocurrido una catástrofe natural —dijo mi madre—, o Lena Lid ha regresado de sus vacaciones.
No había ocurrido una catástrofe natural. Al bajar las escaleras, me topé en la entrada con mi querida amiga y vecina Lena.
—Hola, Theo —dijo con un suspiro.
—Hola. ¿Qué tienes ahí?
—Es tu regalo.
Me froté los ojos.
—Gracias. ¿Qué es?
—Una pila de palitos y cristales rotos, ya lo ves. Pero antes era una botella con un velero dentro.
Lena estaba consternada.
—¿Quizá se pueda arreglar? —dije.
¿Arreglar? Había sido el mejor regalo del mundo. ¡No se podía arreglar!
—No me cabe en la cabeza que lograran meter el barco en la botella, Theo. La vela estaba desplegada y era mucho más ancha que el cuello.
Mi madre nos ayudó a recoger los restos del naufragio. Ella quería tirarlos, pero yo reuní todos los cristales y los palitos en una en una caja de helado de plástico que guardé en mi cuarto. Al fin y al cabo, era un regalo.
Cuando Lena se instaló ante la mesa de la cocina, tuve que mirarla detenidamente varias veces. Se había cortado el pelo y llevaba una especie de trenzas de colores. Además, estaba bronceada. Por mi parte, me vi demasiado como siempre, con los mismitos pantalones cortos que llevaba cuando Lena se marchó. Nosotros no solemos irnos de vacaciones, y menos al extranjero. Tenemos la granja y todo ese lío. Pero la potruda de Lena se había pasado dos largas semanas en Creta con Isak y su madre.
Me hizo saber que, mientras yo seguía con mis rebanadas de pan con fuagrás, ella había estado bebiendo batidos con sombrillas, durmiendo bajo una fina sábana y bañándose en un mar de agua templada. Además, en Creta había centenares de tiendas con millones de cosas chulas al alcance de su bolsillo, por ejemplo, la botella. Todos los días había cenado patatas fritas, y a mediodía hacía tanto calor que era casi como estar pegado a una hoguera de San Juan todo el rato.
—¡Puñetas, Theo! ¡Lo habrías flipado!
—Ya —respondí y seguí masticando.
Era irritante no haber estado nunca en el sur, pero yo también tenía algo que contar. Esperaba con ansiedad que Lena me preguntara si había pasado algo nuevo en Terruño Mathilde, pero no. En Creta había conducido ella misma una lancha rápida hasta una isla y su madre había intentado seguirla por el aire en un globo o algo así.
—¿Te he dicho ya que hacía mucho calor? —me preguntó.
Asentí con la cabeza y ella siguió hablándome de un perro que se llamaba Porto y que quizá tuviera la rabia, de unas chicas con las que había jugado que no se atrevían a hacer nada que implicara perder el equilibrio y de las crepes que tomaba para desayunar.
Al final no pude esperar más.
—Pues yo he saltado desde lo más alto del rompeolas.
Por fin Lena dejó de hablar y entornó los ojos con desconfianza.
—Estás de guasa.
Sacudí la cabeza. Mi vecina se puso en pie. Esto tenía que verlo para creerlo. ¡Y lo iba a ver!
—Gracias por la comida —murmuré con la boca llena y agarré la toalla de baño que colgaba sobre el pasamanos de la escalera.
El rompeolas de Terruño Mathilde forma un rincón en el que hay una playa. En invierno, las tormentas traen arena fina y hacemos allí castillos y palacios. Pero cuando Lena se marchó de vacaciones ese verano, Minda, Magnus y sus amigos me dejaron salir con ellos a la parte de afuera del rompeolas, donde todo es alto, frío y profundo. Fue casi como empezar una nueva vida.
A la hora de saltar desde las alturas, Lena es la maestra de Terruño Mathilde. Nadie tiene menos vértigo en la barriga que ella, o menos seso en la mollera, como dice Magnus. Pero Lena nunca se ha tirado desde el rompeolas. Flota fatal.
—Echar a Lena al agua es como echar un ancla —dice el abuelo.
Era inaudito que hubiera algo desde lo que yo pudiera saltar y ella no. Tenía la sensación de que aquello no le gustaba ni un pelo.
Me subí a la piedra más alta del rompeolas. Era tempranísimo por la mañana y no hacía más de dieciséis grados.
—¿Estás seguro de que tienes psique para esto? —me preguntó Lena muy seria.
Y se asomó por encima de otra de las piedras, con su chaqueta y su fular de Creta. Asentí. Me había tirado muchas veces mientras ella estaba fuera, aunque siempre con marea alta. Ahora estaba baja y el salto era mayor. Se veía el fondo y el viento me inflaba el bañador. Por un instante pensé que no valía la pena, pero cuando vi a la Lena de Creta inclinada sobre la piedra con cara de no creerme, cerré los ojos y tomé aire: un, dos, ¡TRES!
«Cataplaf», sonó cuando choqué con el agua y «shuomf» cuando la superficie del mar se cerró sobre mi cabeza. La primera vez que me hundí así, hasta el fondo, creí que me iba a ahogar. Ahora sabía que solo tenía que patalear a lo loco y aguantar la respiración.
—¡Puf! —resoplé al atravesar la superficie del agua y regresar al sol de la mañana.
Lena se había subido a la piedra y me miraba incrédula desde lo alto. Sonreí triunfante. ¡Chúpate esa!
Apenas formulé el pensamiento, Lena puso un pie delante del otro, se abofeteó las mejillas y aulló:
—¡Ayayaaaaaaaaaa!
Y con esas voló por el aire en vaqueros, jersey, chaqueta, fular y zapatillas.
¡Cataplaf!
Supongo que el salto desde el rompeolas fue lo que devolvió a Lena definitivamente a casa después de las vacaciones. Digamos que no tiene la misma gracia hablar de los batidos de Creta cuando has estado a punto de ahogarte en Terruño Mathilde. Al cabo de una eternidad, salió a la superficie, pero al momento volvió a hundirse con un blurp. No sé cómo habría acabado la cosa si el abuelo no hubiera aparecido con el arpón. La arrastró a tierra como a un pescado grande mientras Lena tosía y tiritaba más que nunca.
—La verdad es que durante un ratito me ahogué —contaría Lena más tarde—. Vi una gran luz.
Nos habíamos bebido dos tazas del humeante cacao de verano de Isak y, aun así, Lena temblaba como un cortacésped al ralentí.
—Bah —dije—. Es imposible ahogarse y seguir vivo. Era el sol, visto desde debajo del agua.
—¡Eso no lo decides tú! En Terruño Mathilde, el mar está más frío que el té helado. ¡La gente de Creta se moriría si se bañara aquí!
No dije nada. ¡Nos habíamos bañado aquí toda la vida!
—En fin —dijo Lena—. Nunca jamás volveré a tirarme desde el rompeolas, al fin y al cabo ya lo he hecho.
Contenta, echó la cabeza hacia atrás y apuró el cacao.
GENTE EN EL PATIO DE JON DE LA CUESTA ARRIBA
Cuando mi madre se enteró de lo del rompeolas, nos entregó un cubo enorme a cada uno.
—Si se es lo bastante mayor para saltar desde el rompeolas, hay que empezar a echar una mano. No quiero veros por aquí hasta que tengáis los cubos rebosantes de arándanos —nos dijo.
Lena miró espantada los cubos.
—Yo no soy de la familia, Kari.
—¿Te lo recuerdo la próxima vez que tengamos crepes con mermelada de arándanos y aparezcas de pronto de visita? —le preguntó mi madre.
Vi que mi vecina estaba a punto de decir algo, pero ni siquiera ella se atreve a contestar a mi madre. Últimamente, está más estricta que un viejo director de colegio. Cuando no nos oye, Magnus la llama «la dictadora». Lena dice que es normal y piensa que las cosas están desmadradas en la familia Danielsen Yttergård. Minda y Magnus dan tantos portazos que la casa tiembla permanentemente. Y Caracola está tan pesada que deberíamos usar casco para protegernos la cabeza.
—Y tú, tarugo, estás en tu mundo y nunca recoges el plato después de comer. No me extraña que Kari tenga que ponerse como un sargento. Lo malo es que tengamos que pagarlo los pobres inocentes que simplemente vivimos en la casa de al lado.
Lena está encantada de tener una apacible familia propia con la que poder relajarse. Desde que ella y su madre se trajeron a Isak, las cosas se han calmado en esa casa. Isak deambula por ella con el pelo alborotado y nunca se enfada. Me pregunto si estará tan tranquilo porque es médico, quizá esté tan acostumbrado a las enfermedades y los dramas que vivir con Lena no le suponga demasiado estrés. A veces Lena le llama papá, pero lo dice a toda prisa y como si le diera corte, casi como si tuviera miedo de que Isak desapareciera si la oyese.
Cuando por fin llegamos al bosque de arándanos detrás de la granja de Jon de la Cuesta Arriba, se nos había pasado el frío del baño. Lena metió la cabeza dentro del cubo y gritó a pleno pulmón: «¡Explotación infantil!».
—Aquí dentro hay eco, Theo. Lo mismo daría que Kari nos hubiera dado una bañera para recoger arándanos.
Me senté en el suelo y empecé a desprender las bayas de los brotes. El sol colaba sus rayos entre los miles de hojas, formando puntitos de sol y sombra sobre mi camiseta. Un poco más allá, Lena estaba lanzando piñas. Todo estaba la mar de tranquilo y veraniego hasta que mi vecina soltó:
—Un mísero hermanito, Theo. ¿Te parece mucho pedir? Dime la verdad.
Suspiré.
Mi mejor amiga no es de las que desea las cosas, ella más bien las decide. Y hace ya dos años, justo después de que su madre se casara con Isak, Lena decidió que iban a tener un bebé y que sería un niño.
—Llevará un tiempo —nos dijo al abuelo y a mí—. Pero pronto tendré un hermano que grite, haga caca y se parezca a mí.
Lena lo tenía claro, y el abuelo y yo estamos tan acostumbrados a que siempre pase lo que Lena quiere que enseguida dimos casi por seguro al hermano. Pero habían pasado ya dos largos años. Lena y yo íbamos a empezar el séptimo curso y, por ahora, en la casa de al lado, no se veía ni el meñique del pie de un hermano.
—Los niños no aparecen así, por las buenas. No basta con quererlo —le expliqué—. Eso es lo que dice mi madre.
—¿Y qué quiere decir con eso? Tú tienes tantos hermanos que os chocáis en las puertas de casa.
Seguí recogiendo arándanos. Al cabo de un rato, no quedaba ni una piña alrededor de Lena, así que empezó a arrancar bolas de musgo y las fue colocando en su cubo. Cuando lo tenía casi lleno, empezó a recoger arándanos conmigo.
—Lena —le dije con hartura.
—El cubo lleno en un pispás. Deberías probar, Theo. No se van a dar cuenta de nada.
—Claro que sí —dije—. Se darán cuenta en cuanto empiecen a limpiarlas.
—Sí, pero para entonces ya no estaré por allí —me explicó Lena—. Chis, ¿qué ha sido eso?
De repente, unos gemidos de desconsuelo rasgaron la calma veraniega del bosque. Nos volvimos y oteamos entre los árboles. Al principio no vimos nada, pero al poco volvió a sonar el gemido.
—¡Es un perro! —gritó Lena y salió corriendo hacia él—. ¡Está atrapado por la correa! ¡Pobrecito!
¡Imagínate encontrarte un perro en medio del bosque! Y podría haber sido Labben, Aiko, Tjorven o cualquier otro de los perros del pueblo, pero no. Era un perro totalmente nuevo, al que ni Lena ni yo habíamos visto nunca. Su pelo marrón brillaba espléndido al sol y nos miraba con ojos tristes.
—Creo que es una señal —dijo Lena muy seria mientras tratábamos de liberarlo con cuidado—. Creo que este perro ha venido a Terruño Mathilde para quedarse. Si se queda, siempre podría esperar un año más al hermanito. Podría ser demasiado que llegara todo de una vez…
Miré la larga correa.
—Tiene dueño, Lena.
A eso Lena no respondió.
—¡Vamos! —le dijo al perro.
Y salió corriendo del bosque en dirección a los prados de Jon de la Cuesta Arriba. Corrió de acá para allá, riéndose con su nuevo compañero de juegos. A Lena le pega tener perro.
Pero la felicidad no duró mucho. En el patio de Jon de la Cuesta Arriba, había un camión blanco enorme y, delante, un montón de gente.
—¡Haas! —gritaron todos a la vez.
El perro tiró tan bruscamente de la correa que Lena cayó al suelo sobre una huella de tractor encharcada y soltó la correa. Cuando se levantó, parecía una gran caca. Durante unos segundos, se quedó parada mirando a la gente, con los brazos tiesos y alejados del cuerpo. A continuación, echó a andar hacia ellos.
—¡Cuidáis regular de vuestro perro! —les espetó.
La gente nos miraba asustada, por lo menos a Charco-Lena, mientras que yo me removía con inquietud. Detrás de los demás, estaba viendo a una chica que casi parecía un sol. Rizos rubios flotaban como una nube alrededor de su cabeza y sonreía con timidez mientras rascaba al perro detrás de las orejas.
Y entonces empezaron a hablar en inglés. En el colegio, el inglés se me da mucho mejor que a Lena, que no entiende por qué tiene que aprender otro idioma cuando ya habla noruego. Pero ahora que había estado en Creta le había cogido el tranquillo. Antes de que yo pudiera abrir la boca, Lena se arrancó.
—Thedogwasfastinatree!
—Ah! Thankyou, thankyou! —dijo el que debía de ser el padre.
Lena lo miró hecha una furia. Parecía realmente peligrosa ahí parada, chorreando barro.
—Theferryisthatway! —les dijo, señalando hacia el muelle del ferri—. Vamos, Theo.
Sonreí tímidamente a la chica de los rizos rubios y salí detrás de Lena.
—Qué espantajos, estos turistas —resopló entre dientes—. Hay que ser muy torpe para perderte y acabar aquí, en lo alto de la montaña. Habría que marcarlos a todos con triángulos de emergencia.
LA BOTELLA MENSAJERA QUE ACABÓ
EN CASA DE UNA EXTRANJERA
Al día siguiente, Lena no quería ni oír hablar de tierra, así que decidimos lanzar una botella mensajera al mar. Antes las lanzábamos a mansalva, pero ese verano nos habíamos conformado con un par: una desde el ferri y otra desde el rompeolas. Sin embargo, Terruño Mathilde parecía atraer las botellas. En cuanto bajaba la marea, volvían a aparecer. Se pitorreaban de nosotros. Una botella mensajera de verdad debería acabar en Inglaterra o en Islandia. O en Creta, claro. Así que ese día habíamos saltado de la cama a las cinco de la mañana para irnos con el abuelo, que iba al islote de Kobb a recoger un espinel que había tenido sumergido toda la noche.
—¿Este barco no puede ir un poco más rápido? —preguntó Lena en cuanto salimos del muelle—. En Creta me monté en una lancha de carreras que…
—¡En Creta! ¡¿Serás gallina clueca?! —le dijo el abuelo—. ¿Te crees que este es un barco cualquiera?
El abuelo estampó el puño contra la pared de la cabina.
No creo que nadie en el mundo esté tan orgulloso de su barco como mi abuelo. Trol, se llama, y el abuelo lo tiene de toda la vida.
—¿No podrías agenciarte un motor que tuviera unos cuantos caballos de vapor más? ¿Para instalárselo a la Trol? —insistió Lena—. Nos va a llevar todo el día alejarnos lo suficiente.
—Es que yo tengo todo el día —le aclaró el abuelo.
Me senté sobre la cubierta. ¿Y si nuestra botella realmente se las arreglara para llegar al otro lado del mar? Habíamos escrito el mensaje en inglés, y habíamos puesto nuestros nombres, direcciones y números de teléfono. Incluso habíamos metido unas fotos nuestras. Si la encontraba alguien de otro país, a lo mejor nos invitaba a visitarle.
—Los extranjeros son geniales —dijo Lena—. En Creta hay…
El abuelo y yo nos miramos y pusimos los ojos en blanco.
—Puñetas, ya no aguanto más —dijo de pronto Lena detrás de mí y lanzó la botella con todas sus fuerzas por la borda.
—¡Lena! —grité yo muy enfadado. Apenas habíamos salido del fiordo.
Mi mejor amiga miraba con arrepentimiento la botella, que se balanceaba en el agua, amoldándose al viento que soplaba hacia tierra.
—Igual podría saltar a cogerla —propuso.
—No, gracias, Lena Lid —dijo el abuelo—. Hoy necesito el arpón para otras cosas.
Con mucho dramatismo, Lena se dejó caer al suelo junto a mí.
—¿De verdad voy a tener que pasarme todo el día de rehén en la Trol? ¿Hay galletas?
Traqueteamos siguiendo la línea de la costa hasta que por fin todo se abrió ante nosotros. En mar abierto, las olas nos mecían como una enorme nana y todo el ruido de tierra había desaparecido. Se me pasó el enfado por la botella mensajera.
—Ahí enfrente está Inglaterra —le dije a Lena, señalando hacia donde el cielo se tendía sobre el mar—. Y ahí está el islote de Kobb.
La isla negra se erguía solitaria en medio de todo lo azul. Sobre ella no se distinguía más que un faro.
—¿Es una isla desierta? —preguntó Lena.
—Bueno, ahora sí —dijo el abuelo—. Pero antes vivía allí gente.
Lena y yo miramos la pequeña isla y el faro inmóvil. ¿Cómo sería vivir allí, en medio del mar? Al acercarnos, vimos que además había una casa y un establo. Pequeños penachos de hierba asomaban por entre las piedras oscuras. También el abuelo se quedó un rato callado, contemplando el islote de Kobb.
—¿Sabes que la madre de tu padre creció allí, Theo? —dijo al cabo de un rato.
—¿Cómo?
El abuelo asintió con la cabeza y empezó a maniobrar el barco hacia la boya que se mecía en el agua, un poco más allá.
—¿Tienes una abuela paterna? —preguntó Lena extrañada—. ¿Dónde la has metido?
—Está muerta —dije—. Murió cuando mi padre era pequeño.
—Ah.
Lena no dijo más, pero se quedó mirando pensativamente el faro.
Con movimientos diestros y pausados, el abuelo empezó a hacer los preparativos para recoger el espinel. Rara vez habla de la abuela, pero cuando vamos al cementerio, siempre llevamos dos ramos de flores. Uno para la tumba de la tía abuela y otro para la de la abuela. La tumba de la abuela tiene una piedra pequeña y redonda que no se parece a las demás. «Te echamos mucho de menos», pone abajo del todo. Me quedé un buen rato mirando la isla que teníamos delante. El islote de Kobb y el faro parecían envueltos en una luz. Y pensar que la abuela había crecido aquí… ¿Sería su padre farero?
—Cuidado —dijo el abuelo al arrancar el cabrestante.
La máquina chirrió, vibró y, por fin, empezó a enrollar el cable. Recoger un espinel es toda una aventura. Nunca sabes lo que te vas a encontrar en los anzuelos, aunque el abuelo siempre consigue pescado. Nadie en el pueblo conoce los bancos de pesca tan bien como él. Una vez, cuando era joven, pescó un fletán que era más grande que él. He visto la foto.
Sueño con que vuelva a ocurrir. Por eso me asomo medio metro por fuera de la borda cuando vamos a recoger el espinel. Y el abuelo me deja hacerlo. No es muy estricto en el mar. Lo único que le preocupa es que nos acerquemos al cabrestante porque en él perdió el tío Tor medio dedo cuando era pequeño. Mi padre no deja de darle la brasa con que tiene que instalarle un botón de emergencia. Según él, es reglamentario. Pero nadie manda sobre el abuelo cuando se trata del mar. Y como alguien le diga que tiene que hacer algo en el barco, él va y no lo hace.
—Lo único que hay que hacer es enseñar a los niños a tener cuidado —dice.
Lena y yo estábamos tan asomados por la borda como nos atrevíamos, y avisábamos al abuelo cada vez que veíamos un pez acercarse a la superficie. Hacia la mitad del espinel, vimos algo grande y escurridizo serpentear en la oscuridad del mar.
—¡Gigapez! —aulló Lena—. ¡Madre mía! ¡Es un gigapez, Lars! ¡Agarra fuerte y tira!
Un enorme bacalao cayó sobre la cubierta. Lena tuvo un arranque de felicidad y empezó a botar como un yoyó.
—La próxima vez que vengas, probaremos con un espinel de fletán —se reía el abuelo frotándose las manos—. ¡La vecinica se va a enterar de lo que es un pescado! Si es que tienes ganas de volver a salir con la Trol…
—¿Que si tengo ganas? —Lena puso un pie sobre el bacalao, como si fuera un león que acabara de cazar, y dijo—: De hecho, estoy pensando hacerme pescadora de mayor.
—¿Pero no ibas a ser portera? —le pregunté al sacar el cuchillo.
—Sí, pero necesito un plan B para cuando me retire.
Durante el camino de regreso no vimos la botella mensajera, a pesar de que tuvimos tiempo de sobra para buscarla porque el abuelo quiso largar también una red para arenques antes de volver a tierra.
—¿Qué te apuestas? —dijo Lena—. ¡Pronto llamará un español preguntando por nosotros, Theo!
Pero no fue así. Sucedió algo muy distinto. Y sucedió esa misma tarde.
Estaba tirado en el sofá, leyendo, cuando llamaron a la puerta. Oí a Caracola correr como una loca para llegar la primera y abrir la puerta, y me sorprendí bastante cuando me gritó que tenía visita. ¿Quién podía ser? Lena nunca llama a la puerta.
Al asomarme, me quedé mudo. El perro del bosque me olfateaba los pies con curiosidad y ella estaba parada en el primer escalón. La chica sol.
—Ifoundit —dijo con delicadeza y me tendió la botella mensajera.
BIRGITTE
—¿Qué quieres decir con «mudarse»? —susurró Lena, mirando con suspicacia a la chica que estaba en el jardín.
—¡La familia del perro se ha mudado aquí! ¡Son de Holanda y le alquilan la casa a Jon de la Cuesta Arriba!
—¿Y pueden hacer eso?
—Claro que pueden. Jon de la Cuesta Arriba vive en la residencia de ancianos. ¡Vamos!
Arrastré a Lena al jardín.
—ThisisLena —dije emocionado.
—Hi, I’mBirgitte —dijo la chica carraspeando, y le tendió educadamente la mano.
—¿Cómo? —dijo Lena con brusquedad.
—¡Se llama Birgitte! —dije.
Yo habría querido que Lena se animara y le dijera algo amable en su nuevo inglés de Creta, pero no pareció pasársele por la cabeza. En su lugar, miró huraña al perro, que la olisqueaba amablemente, como hacen todos los animales cuando se encuentran con Lena. Yo me retorcía en el incómodo silencio.
—Eh, doyouwanttobuild bals withustomorrow? —acabé soltando.
Noté que Lena se ponía rígida a mi lado.
—Bals? —preguntó Birgitte sin tenerlo muy claro.
Una tarde a principios del verano, mientras tomábamos café en el balcón, mi padre y el tío Tor empezaron a hablar de una vez que, de pequeños, construyeron una balsa con la que llegaron hasta la mismísima ciudad. No debían de ser conscientes de que Lena y yo les oíamos porque a mi padre se le puso cara de preocupación al darse cuenta de que estábamos siguiendo atentamente lo que decían. Así que silenciaron rápidamente la historia y empezaron a hablar de otra cosa. Pero ya era demasiado tarde. Si mi padre y el tío Tor habían conseguido cruzar el fiordo con una embarcación construida por ellos mismos, Lena y yo también podríamos hacerlo. Llevábamos todo el verano reuniendo a escondidas madera de deriva, que luego guardábamos en el cobertizo viejo.
Y ahora me vi en el jardín, tratando de explicar en inglés lo que es una balsa. Miré a Lena un par de veces implorándole ayuda, pero ella se limitó a mirarme con cara de pocos amigos.
—It’sathingthat…, eh…, youfloatonitonthesea…, eh, it’sa…
—Araft —dijo Lena por fin, como si ya no aguantara más mis balbuceos.
A Birgitte se le iluminó la cara. Señalé por encima de los campos, hacia el cobertizo viejo, para que entendiera dónde teníamos el almacén.
—Ok —dijo algo insegura—. ¡Vamos, Haas!
Y se coló por el hueco del seto y se alejó por el camino, con los rizos, el perro y todo el equipo.
Lena cruzó el jardín como un soldado en guerra. Salí corriendo tras ella.
—¿Ha pasado algo? —preguntó Ylva, su madre, cuando entramos en el salón.
—¡Sí! —exclamé—. Acaba de venirse a vivir aquí una chica de nuestra edad.
Ylva se subió las gafas a la cabeza y me miró con incredulidad.
—¿Cómo? ¿Una chica que va a ir a vuestra clase?
Entusiasmado, asentí con la cabeza. Era un milagro.
—¡Por fin seréis dos chicas, Lena! —dijo Ylva emocionada—. Será estupendo para el ambiente.
A Lena parecía que acababan de estamparle un pastel de nata en la cara.
—¿Ambiente? —rugió Lena—. ¡Me importa un pimiento el ambiente! Éramos Theo y yo los que íbamos a construir… lo que tú ya sabes, Theo. Y era un secreto.
Ylva arqueó las cejas con aire de sospecha.
—¿Qué secreto?
—Nada —dijo Lena con dureza.
—¿Nada?
—Nada. Y en cualquier caso éramos Theo y yo los que íbamos a hacerlo. ¡No una ricitos de Tonti-Holanda a la que ni siquiera conocemos!
—Solo intentaba ser amable —dije.
—¡Tú siempre quieres ser amable, arcángel! ¡Eres tan amable que dan ganas de vomitar! —gritó Lena.
Me quedé mirándola con incredulidad.
—¡Lena Lid! —exclamó Ylva, que rara vez levanta la voz—. ¿Recuerdas el día que nos mudamos aquí, a Terruño Mathilde?
—No —dijo Lena contrariada.
—Pues tendré que recordártelo —dijo Ylva con enfado—. Apenas una hora después de que llegáramos, llamaron a la puerta. Y resultó ser un niño muy simpático que preguntaba si querías salir a jugar. ¿Te acuerdas de quién era?
Lena apretó los labios y me miró de reojo.
—Exacto —dijo su madre—. Ahora vas a pedir disculpas, y ya mismo.
Lena se quedó callada un momento entero.
—Perdona —murmuró por fin.
Sonó como si hubiera tenido que sacarse la palabra del apéndice.
—Perdona tú —respondí brevemente.
