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Tania es pelirroja y tiene los rizos de un león. Se apellida Val de Lumbre como el lugar en el que vive, un pequeño y remoto valle. Las dos cosas que más le gusta hacer son, por este orden: deslizarse en trineo por Cerro Chico, la pendiente más empinada de la montaña al grito de "velocidad y autoestima". Intentando hacer un salto mortal con los esquís aunque a veces acabe en el rosal de Sally. Y enfadando al malvado Klaus Hagen que odia los niños. Y, lo segundo que más le gusta es estar con su adorado Gunnvald, que aunque tiene setenta y cuatro años es su mejor amigo. La verdad es que el pueblo no hay mucho niños, pero aunque los hubiera él seguiría siendo su preferido. Cuando Gunnvald tiene que ir al hospital, a Tania le van a ocurrir muchas cosas algunas divertidas y otras no tanto. ¿No te las querrás perder?
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Seitenzahl: 255
Veröffentlichungsjahr: 2015
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Título original: Tonje Glimmerdal
La traducción de este libro ha sido financiada por
© De las ilustraciones: Zuzanna Celej
© De la traducción: Cristina Gómez-Baggethun
Edición en ebook: noviembre de 2015
© Nórdica Libros, S.L.
C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B 28044 Madrid (España)
www.nordicalibros.com
ISBN DIGITAL: 978-84-16440-35-1
Diseño de colección: Diego Moreno
Corrección ortotipográfica: Victoria Parra, Ana Patrón y Susana Sánchez
Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Contenido
Portadilla
Créditos
Val de lumbre
La carta
Heidi
La música
LA CARTA
Capítulo 1. En el que Tania casi hace un salto mortal con los esquís
Capítulo 2. En el que Gunnvald y Tania hablan de los viejos tiempos
Capítulo 3. En el que se desmadra la primera prueba de trineos con volante y amenazan a Tania con ponerle una denuncia
Capítulo 4. En el que Tania pasa de lo que diga Klaus Hagen y nieva correo del cielo
Capítulo 5. En el que cenan Tania, papá y la gaviota Geir
Capítulo 6. En el que Tania emprende una expedición en busca de tabaco de mascar y acaba metida en una pelea
Capítulo 7. En el que Gunnvald habla del amor y Tania cuenta el cuento del cabrito chico Bruse
Capítulo 8. En el que Tania se echa tres nuevos amigos
Capítulo 9. En el que se desmadran las segundas pruebas de trineos con volante y Gunnvald prepara un guiso de ciervo
Capítulo 10. En el que Klaus Hagen se pasa de la raya y se gesta la famosa historia de: ¿Recuerdas cuando Tania Val de Lumbre llegó al ferry en trineo con volante?
HEIDI
Capítulo 11. En el que Gunnvald y Tania llevan a Gladiador al establo de verano y tienen un accidente con la cafetera
Capítulo 12. En el que Gunnvald le tiene un miedo de muerte a los hospitales
Capítulo 13. En el que Tania lee el libro verde y Gunnvald le confía una misión secreta
Capítulo 14. En el que una señora misteriosa y un perro terrible se presentan en Val de Lumbre
Capítulo 15. En el que a Tania le pasa algo que da miedo y se lleva una gran sorpresa
Capítulo 16. En el que papá desvela algo muy chocante
Capítulo 17. En el que Heidi anuncia su terrible plan
Capítulo 18. En el que la vida es horrible y Tania se reencuentra con viejos amigos
Capítulo 19. En el que Tania espía a alguien que se esfuma
Capítulo 20. En el que Heidi inicia una masacre de gaviotas y Tania incuba un plan
Capítulo 21. En el que no se puede decir en voz alta lo que pasa
Capítulo 22. En el que el viejo Nils está borracho y dice una gran verdad
Capítulo 23. En el que Heidi y Tania se enzarzan en una guerra de posiciones que ni siquiera Klaus Hagen consigue interrumpir
Capítulo 24. En el que Tania se entera de cómo acaba el libro y Heidi le cuenta muchas cosas
Capítulo 25. En el que Tania se reencuentra con un viejo
LA MÚSICA
Capítulo 26. En el que Heidi enseña a Tania algo verdaderamente fantástico
Capítulo 27. En el que le hacen un castillo a la gaviota Geir y Gunnvald vuelve a casa
Capítulo 28. En el que la tía Eir hace un salto mortal con los esquís, Tania casi hace un salto mortal con los esquís y Ole ni siquiera está cerca de hacer un salto mortal con los esquís
Capítulo 29. En el que Tania cumple diez años, recibe una caja enorme y se le ocurre una buena idea
Capítulo 30. En el que Gunnvald hace la llamada telefónica más importante de su vida
Capítulo 31. En el que todos menos Ole van a misa
Capítulo 32. En el que dos violines tocan juntos
Contraportada
LA CARTA
Capítulo 1. En el que Tania casi hace un salto mortal con los esquís
Capítulo 2. En el que Gunnvald y Tania hablan de los viejos tiempos
Capítulo 3. En el que se desmadra la primera prueba de trineos con volante y amenazan a Tania con ponerle una denuncia
Capítulo 4. En el que Tania pasa de lo que diga Klaus Hagen y nieva correo del cielo
Capítulo 5. En el que cenan Tania, papá y la gaviota Geir
Capítulo 6. En el que Tania emprende una expedición en busca de tabaco de mascar y acaba metida en una pelea
Capítulo 7. En el que Gunnvald habla del amor y Tania cuenta el cuento del cabrito chico Bruse
Capítulo 8. En el que Tania se echa tres nuevos amigos
Capítulo 9. En el que se desmadran las segundas pruebas de trineos con volante y Gunnvald prepara un guiso de ciervo
Capítulo 10. En el que Klaus Hagen se pasa de la raya y se gesta la famosa historia de: ¿Recuerdas cuando Tania Val de Lumbre llegó al ferry en trineo con volante?
HEIDI
Capítulo 11. En el que Gunnvald y Tania llevan a Gladiador al establo de verano y tienen un accidente con la cafetera
Capítulo 12. En el que Gunnvald le tiene un miedo de muerte a los hospitales
Capítulo 13. En el que Tania lee el libro verde y Gunnvald le confía una misión secreta
Capítulo 14. En el que una señora misteriosa y un perro terrible se presentan en Val de Lumbre
Capítulo 15. En el que a Tania le pasa algo que da miedo y se lleva una gran sorpresa
Capítulo 16. En el que papá desvela algo muy chocante
Capítulo 17. En el que Heidi anuncia su terrible plan
Capítulo 18. En el que la vida es horrible y Tania se reencuentra con viejos amigos
Capítulo 19. En el que Tania espía a alguien que se esfuma
Capítulo 20. En el que Heidi inicia una masacre de gaviotas y Tania incuba un plan
Capítulo 21. En el que no se puede decir en voz alta lo que pasa
Capítulo 22. En el que el viejo Nils está borracho y dice una gran verdad
Capítulo 23. En el que Heidi y Tania se enzarzan en una guerra de
posiciones que ni siquiera Klaus Hagen consigue interrumpir
Capítulo 24. En el que Tania se entera de cómo acaba el libro y Heidi le cuenta muchas cosas
Capítulo 25. En el que Tania se reencuentra con un viejo
LA MÚSICA
Capítulo 26. En el que Heidi enseña a Tania algo verdaderamente
fantástico
Capítulo 27. En el que le hacen un castillo a la gaviota Geir y Gunnvald vuelve a casa
Capítulo 28. En el que la tía Eir hace un salto mortal con los esquís, Tania casi hace un salto mortal con los esquís y Ole ni siquiera está cerca de hacer un salto mortal con los esquís
Capítulo 29. En el que Tania cumple diez años, recibe una caja enorme y se le ocurre una buena idea
Capítulo 30. En el que Gunnvald hace la llamada telefónica más importante de su vida
Capítulo 31. En el que todos menos Ole van a misa
Capítulo 32. En el que dos violines tocan juntos
LA CARTA
Cuando te bajas del barco en el muelle, notas enseguida la brisa del valle. Se nota incluso ahora que es invierno. Basta con cerrar los ojos y ya estás oliendo los pinos. Y los abetos. Solo hay que echar a andar.
Tienes que tomar el camino que va de frente, el que pasa por delante del kiosco cerrado, la tienda y la peluquería de Theo, y luego sigue paralelo al río.
Al principio el terreno es bastante llano y ves algunas casas. Una de las últimas tiene una excavadora aparcada delante. Ahí viven Peter y su madre.
Luego empieza a haber más nieve y más bosque, y cada vez hay menos casas. El camino se hace la mitad de ancho y el doble de empinado. Y a esas alturas, si es la primera vez que vienes, puede que te entren las dudas y te preguntes si te has perdido. Pero no te has perdido. Porque en cuanto lo has pensado, aparece una señal. «Val de Lumbre», pone. Y entonces sabes que vas bien.
Lo primero que te encuentras después de la señal es un camping. Y ahora escúchame con atención: no entres en ese camping por nada del mundo. Y si de todos modos entras, no me vengas luego diciendo que no te lo advertí. Klaus Hagen, el dueño del Camping Hagen, es un hombre tan amargado que lo mejor sería tirarlo por el fregadero. Carece de sentido del humor y no le gustan nada los niños, sobre todo los que hacen ruido. Y como el niño, o en este caso la niña, haya tenido la mala suerte de romperle una ventana con su tirachinas, aunque fuera sin querer, Klaus Hagen considera que la niña es lo peor del mundo. Y en realidad a la niña en cuestión tampoco es que le encante Klaus Hagen. De hecho, algunas veces, se pasa la noche en vela pensando en romperle otro. Así que, si eres listo, no entrarás en el Camping Hagen.
Después de pasar el camping te adentras en un bosque. Allí los árboles están tan cargados de nieve que las ramas se hunden del peso y casi te tocan la cabeza. Hay quien dice que el bosque está encantado. En cualquier caso, a la salida te encuentras la casa verde de Sally y esa mujer no está muy encantada que digamos. Verás sus rizos morados asomar de entre las macetas de la ventana del salón. Y Sally también te verá a ti, que no te quepa duda. Sally lo ve todo. Aunque pasaras la casa verde a hurtadillas, como un ratoncillo con camuflaje de invierno y sin hacer el menor ruido, Sally te vería. Y encima no duerme la siesta.
Pero una vez que pasas la casa verde, llegas por fin al puente sobre el río Val de Lumbre. Y si cruzas el puente y el río, y subes la cuesta que te queda a la derecha, llegas a la granja de Gunnvald. Si no cruzas, y en cambio subes la cuesta que te queda a la izquierda, llegas a la granja donde vive Tania. Y eso es todo. Aquí arriba, a los pies de las montañas, no hay más que estas dos granjas.
Has llegado a Val de Lumbre. Bienvenido seas.
CAPÍTULO 1.
EN EL QUE TANIA CASI HACE UN SALTO MORTAL CON SUS ESQUÍS
Las frías tardes de febrero son muy silenciosas al fondo de Val de Lumbre. El río no suena porque está helado. Los pájaros no cantan porque se han marchado para el sur. Y no se oye ni el balido de las ovejas porque las pobres se pasan todo el invierno dentro de los establos para no congelarse. Lo único que hay es nieve blanca, abetos oscuros y grandes montañas calladas.
Pero en medio de tanto silencio invernal hay un puntito negro que no tardará en montar jaleo. El puntito negro se encuentra en las alturas, a los pies del Pico del Hito. Unas huellas de esquís muy largas y bastante retorcidas conducen hacia ella. El puntito es Tania Val de Lumbre. Su padre tiene una granja en Val de Lumbre y su madre es investigadora marina en la costa. Tania es pelirroja y tiene los rizos de un león. En Semana Santa cumplirá diez años y piensa celebrarlo por todo lo alto. Retumbarán hasta las montañas.
En el fondo, Klaus Hagen, el dueño del camping, que detesta a los niños, debería estar bastante contento. Porque en todo Val de Lumbre no hay más que una sola niña. Y a una sola niña debería soportarla cualquiera, incluso Klaus Hagen. Pero resulta que no la soporta. Tania Val de Lumbre es justamente el tipo de niña que Klaus Hagen soporta menos. Algo tiene Tania que hace que los huéspedes del camping, en cuanto la ven, entiendan que están en el valle de Tania, por mucho que se alojen en el Camping Hagen. Afortunadamente, a la pequeña emperatriz del valle le entusiasman las visitas.
—Deberías llevar la palabra «Bienvenidos» escrita en la frente, Tania —le dijo una vez la tía Idun.
En invierno, las huellas de los esquís y de los pies de Tania trazan rayas y garabatos por todo el valle.
—Yo la suelto por la mañana y cruzo los dedos por que vuelva por la noche —dice su padre, Sigurd, cuando la gente que pasa por la granja le pregunta dónde se ha metido su hija. Y es que la gente de Val de Lumbre siempre pregunta por Tania.
«El pequeño terremoto de Val de Lumbre», la llaman.
Ahora Tania se coloca de modo que las puntas de sus esquís apuntan al Cerro Chico. Hoy ha salido más temprano del colegio porque es el último viernes antes de las vacaciones de invierno. Aunque aquí anochece muy temprano en esta época, todavía es pleno día.
—Las vacaciones de invierno son un gran invento —se dice Tania—. Las vacaciones de invierno y las cuestas abajo.
La pendiente hacia el Cerro Chico es muy empinada. Tan empinada que Tania va a tener que hacer de tripas corazón para lanzarse. Pero es que esto es lo que hacen la tía Eir y la tía Idun cuando vuelven a casa por Semana Santa: suben hasta aquí arriba con los esquís, se lanzan a lo loco y bajan la cuesta a toda velocidad, levantando tal polvareda de nieve que parece que llevan un velo de novia a la espalda. Luego usan el rellano del Cerro Chico como trampolín, cogen impulso y salen disparadas por el aire. La tía Eir incluso hace un salto mortal.
—En esta vida hacen falta dos cosas —suele decir la tía Eir—. Velocidad y autoestima.
Tania encuentra muy sabias estas palabras de la tía Eir. Así que cuando las tías se vuelven a la capital para estudiar, Tania se dedica a practicar todo lo que tiene que ver con la velocidad y la autoestima.
Pero una cosa está clara: Tania Val de Lumbre no da un solo salto con sus esquís sin que Gunnvald la esté vigilando por los prismáticos desde la ventana de su cocina. En primer lugar porque no tiene ninguna gracia saltar sin que nadie te vea y en segundo lugar porque conviene que haya alguien que pueda llamar a la Cruz Roja si no te levantas después de aterrizar. Aunque Gunnvald vive bastante lejos del Pico del Hito, tiene unos prismáticos buenísimos. Ahora Tania agita los brazos para avisarle de que está preparada.
Y con esas se acaba el silencio en Val de Lumbre.
—¡Una sola vaca tenía Pedro! —empieza a cantar Tania cuando se impulsa hacia delante.
Para esquiar es importante cantar. Cada vez que salta desde el Cerro Chico, Tania canta tan alto que provoca pequeños aludes en el socavón del Cuerno de Lumbre.
—¡Una sola vaca tenía Pedro!
Tania se encorva, echa las manos hacia delante y agacha la cabeza para minimizar la resistencia del aire.
—¡Vendió la vaca y se compró un violín!
El borde del Cerro Chico está cada vez más cerca. Como no cante a pleno pulmón, se va a arrepentir muchísimo de esto.
—¡VENDIÓ LA VACA Y SE COMPRÓ UN VIOLÍN! —berrea, y su voz retumba en las montañas de Val de Lumbre.
¡Jo! ¡Qué velocidad! ¡Qué horror, qué espanto! ¡Hay que ver cómo crece el Cerro Chico! Mira que no aprende. Mira que no aprende nunca, nunca. Ya está llegando. El terreno empezará a subir enseguida. Ya está subiendo. Tania cierra los ojos. Siente un cosquilleo en el estómago y un picor en las piernas.
—¡Mi buen amigo el violín, mi viooooooooooooooooo…!
Tania vuela por el aire. Es la primera vez que canta tanto durante el vuelo. Le ha dado tiempo a cantar casi todo el estribillo. Si supiera hacer el salto mortal, como la tía Eir, podría haberlo cantado tres veces seguidas.
Pero, lamentablemente, todavía no sé hacer el salto mortal, piensa Tania mientras vuela por el aire. ¿O sí que sé?, se pregunta al darse cuenta de que tiene la cabeza donde debería tener las piernas y las piernas donde debería tener la cabeza.
Después de un vuelo portentoso, Tania aterriza de bruces en la nieve. Parece una gominola en una tarta de cumpleaños con exceso de nata. De pronto está todo blanco y frío. Tania no tiene muy claro si está viva o muerta. Seguro que Gunnvald se está preguntando lo mismo desde la ventana de su cocina. Pero Tania no piensa mover un solo dedo hasta asegurarse de que le sigue latiendo el corazón. Cuando lo comprueba, sacude un poco la cabeza, como para recolocárselo todo por dentro.
—¿Habré hecho una especie de salto mortal? —se pregunta.
CAPÍTULO 2.
EN EL QUE GUNNVALD Y TANIA HABLAN DE LOS VIEJOS TIEMPOS
Gunnvald vive en una casa gigantesca y, al igual que Tania y su familia, tiene un establo lleno de ovejas. Solo que a Gunnvald, sus ovejas, siempre le están dando problemas. O se le escapan o se le mueren o se comen los tulipanes de Sally. Menos mal que el hombre tiene también un taller de carpintería. Allí disfruta de la vejez mientras se saca unos cuartos con los que engordar la pensión. Gunnvald tiene setenta y cuatro años y es el mejor amigo de Tania.
—Mira que tener de mejor amigo a un viejo gruñón como este —se dice Tania en los momentos bajos—. Caray, qué poca oferta hay en Val de Lumbre.
Pero en el fondo Tania sabe que Gunnvald seguiría siendo su mejor amigo aunque los niños de diez años crecieran como setas por el valle. A Tania le cruje el corazón de lo mucho que quiere a Gunnvald, que por cierto es también su padrino. En opinión de Tania, sus padres fueron muy valientes al dejar que un cascarrabias como él la llevara en brazos hasta la pila bautismal. Si hubiera estado de malas, habría sido capaz de tirarla al suelo de la iglesia. Es innegable que, a veces, Gunnvald se pone muy difícil. Pero los padres de Tania no querían otro padrino mas que a él. Aquel día la dejaron en sus enormes manos y, desde entonces, nunca la ha soltado.
—¿Qué harías tú sin mí, Gunnvald? —le pregunta a menudo Tania.
—Me enterraría en un agujero y me dejaría morir —le responde Gunnvald.
* * *
Ahora, cuando Tania llega con sus esquís a la granja de Gunnvald, su amigo aparta las cortinas de la cocina con los prismáticos y saca la cabeza despeinada al frío del invierno. Es más largo que un trol y tiene un doblez en lo alto. En sus momentos de gloria era más alto todavía, pero con los años ha encogido un poco. Se debe a la edad, al reúma y a otros tantos achaques, aunque él nunca va al médico. Le dan pánico los médicos. Y de todos modos, cuando Gunnvald se mete el tabaco de mascar en la boca y se coloca el violín bajo la barbilla, está más ágil que un toro. Según Gunnvald, no hay mejor medicina que el violín. Y teniendo violines, ¿quién quiere médicos?
—¿Me ha salido el salto mortal? —pregunta Tania.
Gunnvald da tal resoplido que las cortinas chirrían en los ganchos.
—Tania, si eso ha sido un salto mortal, yo soy un alce.
Luego Gunnvald le pregunta si le resulta imprescindible aterrizar de cabeza en la nieve y hacer creer a todo el mundo que se ha matado. Ella cree que sí.
Tania tiene su propia silla en la cocina de Gunnvald, está junto a la ventana. También tiene su propio perchero para colgar el gorro y su propia taza en el armario. Ahora Gunda, la gata blanca y negra de Gunnvald, se le arrima y se restriega contra sus piernas.
—Qué gusto que hayan llegado las vacaciones de invierno. Oye, Gunnvald, ¿te acuerdas de los viejos tiempos?
—¿Qué «viejos tiempos»? —pregunta Gunnvald poniéndole delante un plato.
Gunnvald ha tenido una vida tan larga que eso de los viejos tiempos puede ser cualquier cosa.
—Los viejos tiempos en los que Klaus Hagen no había llegado a Val de Lumbre y teníamos un camping completamente normal —dice Tania.
Gunnvald se acuerda.
—Qué divino jolgorio se montaba siempre en las vacaciones —suspira Gunnvald.
—Venían muchísimos niños —dice Tania—. Crecían como setas en el camping.
Gunnvald se acuerda perfectamente. Pero luego apareció Klaus Hagen, el hombre sin sentido del humor.
La primera vez que Klaus Hagen vino a Val de Lumbre, le pareció un lugar maravilloso. Tan maravilloso le pareció, que fue y se compró el camping. Y es que ese hombre está forrado. Luego mandó construir un montón de cabañas para turistas y lo dejó todo tan estupendo que Tania y los demás habitantes del valle estaban encantados. Pero cuando Klaus Hagen acabó las obras y reabrió el camping, imprimió unos folletos publicitarios en los que ponía: «Camping Hagen, el más silencioso del país». Resulta que es para gente que quiere estar tranquila. Aun así, al principio a Tania le pareció genial. Aquí, en las montañas, no hay cosa que dé más gusto que una visita. Pero no tardaron en surgirle las dudas. ¿Cómo podía ser que no vinieran nunca niños?
Tania no suele dedicarle mucho tiempo a las dudas, así que un día, ni corta ni perezosa, agarró la bicicleta y se fue a preguntar a Klaus Hagen.
—Oye, Klaus, ¿por qué no vienen nunca niños a tu camping?
—En el Camping Hagen no se admiten niños—le respondió Klaus Hagen.
—¿Cómo? —preguntó Tania.
—La idea es que mis huéspedes disfruten del murmullo del río y del susurro de los abetos, y no que oigan gritos y jaleo —le explicó Klaus Hagen mirando su reloj.
Tania se quedó pasmada. Clavó la mirada en el suelo y llegó a la conclusión de que lo que acababa de decir Klaus Hagen era lo peor que había oído en su vida. Pero apenas lo había pensado, Klaus Hagen se superó a sí mismo diciendo algo mucho peor:
—En realidad, esto de los gritos y el jaleo también va por ti, Fania.
—Tania —lo corrigió Tania.
—Eso, Tania. ¿Podrías hacer el favor de dejar de cantar a todas horas?
Tania tuvo que rascarse la oreja del asombro.
—Cuando pasas con la bicicleta cantando a voces, le arruinas la paz a mis huéspedes —dijo Klaus Hagen con una especie de sonrisa de cortesía.
—¿Quieres que deje de cantar en mi propio valle? —le preguntó Tania, solo por asegurarse.
—Tuyo, lo que se dice tuyo… —murmuró Klaus Hagen molesto—. Yo anuncio que tengo el camping más silencioso de todo el país y te pido que lo respetes.
Ese debió de ser el día en que Klaus Hagen realmente metió la pata en esta vida. No puedes pedirle al pequeño terremoto de Val de Lumbre que deje de cantar y luego quedarte tan tranquilo. Eso podría habérselo contado cualquiera, si se hubiera tomado la molestia de preguntar.
—No, lo siento, no puedo —dijo Tania Val de Lumbre.
Y con esas agarró la bicicleta y enfiló valle arriba cantando ópera a pleno pulmón. Tan fuerte cantaba que, a su paso, iba dejando achantados a los arbustos de las cunetas.
Desde entonces, Tania ha seguido cantando. La verdad es que puede que incluso cante un poco más que antes. Sobre todo al pasar por delante del camping. Y Klaus Hagen la mira como si fuera una pequeña sabandija. La cosa empeoró aún más este otoño, cuando Tania tuvo la mala suerte de romperle un cristal con el tirachinas. No fue aposta, para nada. Tania estaba apuntando al asta de la bandera. Y es que las astas de bandera producen un sonido chulísimo cuando les das con una china y además es muy difícil atinar. Ni siquiera Tania Val de Lumbre atina siempre que apunta a un asta de bandera.
—Uy —dijo Tania cuando sonaron los cristales rotos.
Enseguida agarró la bicicleta y se volvió volando a su casa. Allí reunió todos sus ahorros y los metió en un cofre precioso que había fabricado en el taller de Gunnvald. Luego le entregó el cofre a Klaus Hagen con unas disculpas muy grandes y muy serias.
Pero Klaus Hagen no quiso el cofre. El hombre sacó el dinero y le devolvió el cofre con un gruñido.
—¿Para qué quiero yo este cofre? —le preguntó muy molesto.
Para qué, lo que se dice para qué… Tania creía que, siendo tan rico como era, siempre podía usarlo para guardar su dinero. Klaus resopló y le cerró la puerta en las narices.
Ese día Tania renunció a ser amiga de Klaus Hagen. En realidad renunció a Klaus Hagen en conjunto, desde el primer dedo del pie hasta el último pelo de la coronilla. ¡Cómo podía haber alguien en el mundo que no quisiera un cofre como aquel! Se había pasado un sábado entero sudando la gota gorda con el pirógrafo solo para labrar los pajarillos de la tapa.
—Ese no entiende de arte —dijo Gunnvald cuando se lo contó.
—¡Ese no entiende de nada! —exclamó Tania muy enfadada.
* * *
—Todo este asunto del camping es una desgracia. Ya no vienen niños a pasar las vacaciones a Val de Lumbre —dice ahora Tania—. Menos mal que me tienes a mí para animar esto un poco, Gunnvald. Al menos te ahorras comer solo.
Gunnvald pliega su cuerpo larguirucho y se sienta en la silla de la cocina. La madera cruje tanto como sus rodillas.
—Amén —murmura.
Y luego se sirven puré de patata frito, carne frita y colinabos fritos, y Tania se pregunta por qué las comidas de Gunnvald siempre son las más ricas que ha probado en su vida.
—¿A que no sabes lo que tengo listo? —dice de pronto Gunnvald señalando el taller con la cabeza. Ni siquiera le ha dado tiempo a tragarse la comida que tiene en la boca.
Tania deja el tenedor sobre el plato.
—¿Los trineos?
CAPÍTULO 3.
EN EL QUE SE DESMADRA LA PRIMERA PRUEBA DE TRINEOS CON VOLANTE Y AMENAZAN A TANIA CON PONERLE UNA DENUNCIA
Tania y Gunnvald se traen muchos proyectos entre manos. Pero el proyecto de este invierno se lleva la palma. Tanto Tania como Gunnvald están convencidos de eso. Quieren fabricar el trineo con volante perfecto. Un modelo firme como un ferry, rápido como una moto y tan bonito como la difunta abuela de Gunnvald. Como lo consigan, empezarán a producirlo en serie antes de las próximas Navidades y acabarán tan forrados como Klaus Hagen.
La idea surgió un día que Tania se había estado tirando en trineo.
—Mira que corren poco los trineos de hoy en día —se quejó a Gunnvald.
—Bah, ¡es que estos trineos modernos…! —le respondió Gunnvald—. Lo que necesitas es un buen trineo con volante.
—¿Y de dónde saco un trineo con volante? —preguntó Tania.
—Ya no se consiguen buenos trineos con volante —dijo Gunnvald.
Pero Tania estaba convencida de que, si los trineos con volante realmente eran los mejores, tenían que poderse conseguir y Gunnvald acabó dándole la razón. Así que al día siguiente se fue a la ciudad y volvió con la furgoneta llena de patines de trineo. Desde entonces, Gunnvald ha estado entregado al proyecto y ha trabajado duro con los sopletes, los martillos y las demás herramientas. Para averiguar qué funciona mejor hay que hacer muchísimas pruebas. Y Gunnvald y Tania no tienen la menor intención de hacer una piltrafilla de trineo. «La Alegría de Val de Lumbre» piensan llamarlo. Tania ha recorrido todas las casas del valle recogiendo cualquier resto de trineo que hubiera porque Gunnvald dice que es importante aprender de los errores de producción de los trineos viejos.
—¿Cómo va lo del trineo? —les pregunta a menudo la gente.
—Va —dicen Tania y Gunnvald, pero no sueltan prenda.
Ahora hace unos días que Tania no se pasa por el taller. Ha estado muy ocupada con otras cosas. Así que casi se desmaya de la alegría cuando Gunnvald le abre la puerta del taller y le enseña tres trineos prácticamente acabados, que tiene aparcados delante de la lijadora.
—Ahora necesitamos un sujeto de pruebas. Preferiblemente una niña —murmura Gunnvald mirando de reojo a Tania, que es la única niña de Val de Lumbre.
* * *
Tres trineos con volante en lo alto de una cuesta de varios kilómetros de largo. La imagen es tan maravillosa que habría que dedicarle una ópera. Gunnvald no puede estarse quieto de la emoción mientras Tania se ajusta el casco.
—A finales de invierno tendremos un trineo capaz de deslizarse hasta el mar. Me apuesto la lata de tabaco —se ríe Gunnvald.
Tania se queda atónita. Hasta el mar hay cuatro kilómetros. Con llanos, cuestas arriba y de todo. ¿Se puede recorrer tanta distancia en trineo? Gunnvald cree que sí, aunque todavía no. Primero tienen que hacer algunas pruebas y reflexionar un poco.
Hay dos tipos de frenos. Uno de los trineos tiene una palanca de la que Tania tiene que tirar con la mano y el otro tiene un freno de pie.
—¿Y el tercero? —pregunta Tania mirando el último trineo, que tiene volante pero no freno.
—Cuando averigüemos qué freno funciona mejor, se lo instalamos. Es que este lleva unos patines de primera —le explica Gunnvald frotándose las manos.
Luego monta a Tania en el primer trineo.
—Puede que no responda muy bien en las curvas. Pero lo que me interesa ahora es que te fijes en el freno —le explica.
Tania agarra el volante y Gunnvald levanta su walkie-talkie. Antes de lanzarse, tienen que establecer contacto con Peter, que va a cortar el tráfico en el camino.
Peter es el hombre que vive en la casa de la excavadora. Es amigo de Tania y Gunnvald, y está enamorado de la tía Idun. Eso se lo ha contado la tía Eir a Tania. Pero resulta que Peter es tan tímido que nunca consigue hacer nada al respecto. Se conforma con pasarse año tras año enamorado y, según Gunnvald, es como para volverse loco solo de verlo.
—Sujeto de pruebas lista. Corto —dice Gunnvald por el walkie-talkie.
Se oyen unos crujidos y unos pitidos, y luego la voz de Peter:
—Tráfico parado. Corto.
—¡Corto y cierro! —exclama Gunnvald y, sin dar tiempo a Tania para reaccionar, la empuja por la cuesta con todas sus fuerzas.
