Leyendas (Prometheus Classics) - Gustavo Adolfo Bécquer - E-Book

Leyendas (Prometheus Classics) E-Book

Gustavo Adolfo Bécquer

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Beschreibung

Conjunto de narraciones escritas entre 1858 y 1864. Tienen un carácter íntimo que evoca el pasado histórico y se caracterizan por una acción verosímil con una introducción de elementos fantásticos o insólitos. Fueron publicadas en periódicos madrileños de la época como El Contemporáneo o La América. Contenido: La ajorca de oro El caudillo de las manos rojas La corza blanca Creed en Dios La cruz del diablo La cueva de la mora El beso El cristo de la calavera El gnomo La promesa Miserere El monte de las ánimas Los ojos verdes El rayo de luna La rosa de la pasión La venta de los gatos Maese Pérez, el organista Tres flechas La creación ¡Es raro! La arquitectura árabe en Toledo Las hojas secas

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Seitenzahl: 422

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Table of Contents
Leyendas
Gustavo Adolfo Bécquer
La ajorca de oro
El caudillo de las manos rojas
La corza blanca
Creed en Dios
La cruz del diablo
La cueva de la mora
El beso
El cristo de la calavera
El gnomo
La promesa
Miserere
El monte de las ánimas
Los ojos verdes
El rayo de luna
La rosa de la pasión
La venta de los gatos
Maese Pérez, el organista
Tres flechas
La creación
¡Es raro!
La arquitectura árabe en Toledo
Las hojas secas

Leyendas

Gustavo Adolfo Bécquer

Publicado: 1858Categoría(s): Ficción, Cuentos y Novelas cortas

La ajorca de oro

Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo, hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que soñamos en los ángeles y que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.

El la amaba; la amaba con ese amor que no conoce freno ni límite; la amaba con ese amor en que se busca un goce y sólo se encuentran martirios, amor que se asemeja a la felicidad y que, no obstante, diríase que lo infunde el Cielo para la expiación de una culpa.

Ella era caprichosa, caprichosa y extravagante, como todas las mujeres del mundo; él, supersticioso, supersticioso y valiente, como todos los hombres de su época. Ella se llamaba María Antúnez; él, Pedro Alonso de Orellana. Los dos eran toledanos, y los dos vivían en la misma ciudad que los vio nacer.

La tradición que refiere esta maravillosa historia acaecida hace muchos años, no dice nada más acerca de los personajes que fueron sus héroes.

Yo, en mi calidad de cronista verídico, no añadiré ni una sola palabra de mi cosecha para caracterizarlos; mejor.

El la encontró un día llorando, y la preguntó:

¿Por qué lloras?

Ella se enjugó los ojos, lo miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió a llorar.

Pedro, entonces, acercándose a María le tomó una mano, apoyó el codo en el pretil árabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del río y tornó a decirle:

¿Por qué lloras?

El Tajo se retorcía gimiendo al pie del mirador, entre las rocas sobre las que se asienta la ciudad imperial. El sol trasponía los montes vecinos; la niebla de la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y sólo el monótono ruido del agua interrumpía el alto silencio.

María exclamó:

No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes, pues ni yo sabré contestarte ni tú comprenderme. Hay deseos que se ahogan en nuestra alma de mujer, sin que los revele más que un suspiro; ideas locas que cruzan por nuestra imaginación, sin que ose formularlas el labio, fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa, que el hombre no puede ni aun concebir. Te lo ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la revelase, acaso te arrancaría una carcajada.

Cuando estas palabras expiraron, ella tornó a inclinar la frente y él a reiterar sus preguntas.

La hermosa, rompiendo al fin su obstinado silencio dijo a su amante con voz sorda y entrecortada:

Tú lo quieres; es una locura que te hará reír; pero no importa; te lo diré, puesto que lo deseas. Ayer estuve en el templo. Se celebraba la fiesta de la Virgen, su imagen, colocada en el altar mayor sobre un escabel de oro, resplandecía como un ascua de fuego; las notas del órgano temblaban, dilatándose de eco en eco por el ámbito de la iglesia, y en el coro los sacerdotes entonaban el Salve, Regina. Yo rezaba, rezaba absorta en mis pensamientos religiosos, cuando maquinalmente levanté la cabeza y mi vista se dirigió al altar. No sé por qué mis ojos se fijaron, desde luego, en la imagen; digo mal; en la imagen, no; se fijaron en un objeto que, hasta entonces, no había visto, un objeto que, sin que pudiera explicármelo, llamaba sobre sí toda mi atención… No te rías… ; aquel objeto era la ajorca de oro que tiene la Madre de Dios en uno de los brazos en que descansa su Divino Hijo… Yo aparté la vista y torné a rezar… ¡Imposible! Mis ojos se volvían involuntariamente al mismo punto. Las luces del altar, reflejándose en las mil facetas de sus diamantes, se reproducían de una manera prodigiosa. Millones de chispas de luz rojas y azules, verdes y amarillas, volteaban alrededor de las piedras como un torbellino de átomos de fuego, como una vertiginosa ronda de esos espíritus de las llamas que fascinan con su brillo y su increíble inquietud… Salí del templo; vine a casa, pero vine con aquella idea fija en la imaginación. Me acosté para dormir; no pude… Pasó la noche, eterna con aquel pensamiento… Al amanecer se cerraron mis párpados, y, ¿lo creerás?, aún en el sueño veía cruzar, perderse y tornar de nuevo una mujer, una mujer morena y hermosa, que llevaba la joya de oro y pedrería; una mujer, sí, porque ya no era la Virgen que yo adoro y ante quien me humillo; era una mujer, otra mujer como yo, que me miraba y se reía mofándose de mí. ¿La ves? parecía decirme, mostrándome la joya. ¡Cómo brilla! Parece un círculo de estrellas arrancadas del cielo de una noche de verano. ¿La ves? Pues no es tuya, no lo será nunca, nunca… Tendrás acaso otras mejores, más ricas, si es posible; pero ésta, ésta, que resplandece de un modo tan fantástico, tan fascinador… , nunca, nunca. Desperté; pero con la misma idea fija aquí, entonces como ahora, semejante a un clavo ardiendo, diabólica, incontrastable, inspirada sin duda por el mismo Satanás… ¿Y qué?… Callas, callas y doblas la frente… ¿No te hace reír mi locura?

Pedro, con un movimiento convulsivo, oprimió el puño de su espada, levantó la cabeza, que, en efecto, había inclinado, y dijo con voz sorda:

-¿Qué Virgen tiene esa presea?

-La del Sagrario-  murmuró María.

-¡La del Sagrario! -repitió el joven con acento de terror-. ¡La del Sagrario de la Catedral! …

Y en sus facciones se retrató un instante el estado de su alma, espantada de una idea.

-¡Ah! ¿Por qué no la posee otra Virgen? -prosiguió con acento enérgico y apasionado-. ¿Por qué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona o el diablo entre sus garras? Yo se la arrancaría para ti, aunque me costase la vida o la condenación. Pero a la Virgen del Sagrario, a nuestra Santa Patrona, yo… , yo, que he nacido en Toledo, ¡imposible, imposible!

-¡Nunca! -murmuró María con voz casi imperceptible-. ¡Nunca!

Y siguió llorando.

Pedro fijó una mirada estúpida en la corriente del río; en la corriente, que pasaba y pasaba sin cesar ante sus extraviados ojos, quebrándose al pie del mirador, entre las rocas sobre las que se asienta la ciudad imperial.

¡La Catedral de Toledo! Figuraos un bosque de gigantescas palmeras de granito que al entrelazar sus ramas forman una bóveda colosal y magnífica, bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha prestado, el genio, toda una creación de seres imaginarios y reales.

Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan y confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las ojivas donde lucha y se pierde con la oscuridad del santuario el fulgor de las lámparas.

Figuraos un mundo de piedra, inmenso como el espíritu de nuestra religión, sombrío como sus tradiciones, enigmático como sus parábolas, y todavía no tendréis una idea remota de ese eterno monumento del entusiasmo y de la fe de nuestros mayores, sobre el que los siglos han derramado a porfía el tesoro de sus creencias; de su inspiración y de sus artes.

En su seno viven el silencio, la majestad, la poesía del misticismo y un santo honor que defiende sus umbrales contra los pensamientos mundanos y las mezquinas pasiones de la tierra. La consunción material se alivia respirando el aire puro de las montañas; el ateísmo debe curarse respirando su atmósfera de fe.

Pero si grande, si imponente se presenta la catedral a nuestros ojos a cualquier hora que se penetra en su recinto misterioso y sagrado, nunca produce una impresión tan profunda como en los días en que despliega todas las galas de su pompa religiosa, en que sus tabernáculos se cubren de oro y pedrería; sus gradas, de alfombras, y sus pilares, de tapices.

Entonces cuando arden despidiendo un torrente de luz sus mil lámparas de plata; cuando flota en el aire una nube de incienso, y las voces del coro y la armonía de los órganos y las campanas de la torre estremecen el edificio desde sus cimientos más profundos hasta las más altas agujas que lo coronan, entonces es cuando se comprende, al sentirla, la tremenda majestad de Dios, que vive en él, y lo anima con su soplo, y lo llena con el reflejo de su omnipotencia.

El mismo día en que tuvo lugar la escena que acabamos de referir se celebraba en la catedral de Toledo el último de la magnífica octava de la Virgen.

La fiesta religiosa había traído a ella una multitud inmensa de fieles; pero ya ésta se había dispersado en todas direcciones, ya se habían apagado las luces de las capillas y del altar mayor, y las colosales puertas del templo habían rechinado sobre sus goznes para cerrarse detrás del último toledano, cuando de entre las sombras, y pálido, tan pálido como la estatua de la tumba en que se apoyó un instante mientras dominaba su emoción, se adelantó un hombre que vino deslizándose con el mayor sigilo hasta la verja del crucero. Allí, la claridad de una lámpara permitía distinguir sus facciones.

Era Pedro.

¿Qué había pasado entre los dos amantes para que se aprestara, al fin, a poner por obra una idea que sólo al concebirla había erizado sus cabellos de horror? Nunca pudo saberse. Pero él estaba allí, y estaba allí para llevar a cabo su criminal propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus rodillas, en el sudor que corría en anchas gotas por su frente, llevaba escrito su pensamiento.

La catedral estaba sola, completamente sola y sumergida en un silencio profundo. No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos rumores confusos: chasquidos de madera tal vez, o murmullos del viento, o, ¿quién sabe?, acaso ilusión de la fantasía, que oye y ve y palpa en su exaltación lo que no existe; pero la verdad era que ya cerca, ya lejos, ora a sus espaldas, ora a su lado mismo, sonaban como sollozos que se comprimen, como roce de telas que se arrastran, como rumor de pasos que van y vienen sin cesar.

Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino; llegó a la verja y siguió la primera grada de la capilla mayor. Alrededor de esta capilla están las tumbas de los reyes, cuyas imágenes de piedra, con la mano en la empuñadura de la espada, parecen velar noche y día por el santuario, a cuya sombra descansan por toda una eternidad. ¡Adelante!, murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parecía que sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó los ojos, y sus cabellos se erizaron de horror; el suelo de la capilla lo formaban anchas y oscuras losas sepulcrales.

Por un momento creyó que una mano fría y descarnada lo sujetaba en aquel punto con una fuerza invencible. Las moribundas lámparas, que brillaban en el fondo de las naves como estrellas perdidas entre las sombras, oscilaron a su vista, y oscilaron las estatuas de los sepulcros y las imágenes del altar, y osciló el templo todo, con sus arcadas de granito y sus manchones de sillería.

¡Adelante!, volvió a exclamar Pedro como fuera de sí, y se acercó al ara; y trepando por ella, subió hasta el escabel de la imagen. Todo alrededor suyo se revestía de formas quiméricas y horribles; todo era tinieblas o luz dudosa, más imponente aún que la oscuridad. Sólo la Reina de los cielos, suavemente iluminada por una lámpara de oro, parecía sonreír tranquila, bondadosa y serena en medio de tanto horror.

Sin embargo, aquella sonrisa muda e inmóvil que lo tranquilizara un instante concluyó por infundirle temor, un temor más extraño, más profundo que el que hasta entonces había sentido.

Tornó empero a dominarse, cerró los ojos para no verla, extendió la mano, con un movimiento convulsivo, y le arrancó la ajorca, la ajorca de oro, piadosa ofrenda de un santo arzobispo, la ajorca de oro cuyo valor equivalía a una fortuna.

Ya la presea estaba en su poder; sus dedos crispados la oprimían con una fuerza sobrenatural; sólo restaba huir, huir con ella; pero para esto era preciso abrir los ojos, y Pedro tenía miedo de ver, de ver la imagen, de ver los reyes de las sepulturas, los demonios de las cornisas, los endriagos de los capiteles, las fajas de sombras y los rayos de luz que, semejantes a blancos y gigantescos fantasmas, se movían lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores temerosos y extraños.

Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se escapó de sus labios. La catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas con luengos y no vistos ropajes, habían descendido de sus huecos y ocupaban todo el ámbito de la iglesia y lo miraban con sus ojos sin pupila.

Santos, monjes, ángeles, demonios, guerreros, damas, pajes, cenobitas y villanos se rodeaban y confundían en las naves y en el altar. A sus pies oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos sobre sus tumbas, los arzobispos de mármol que él había visto otras veces inmóviles sobre sus lechos mortuorios, mientras que, arrastrándose por las losas, trepando por los machones, acurrucados en los doseles, suspendidos en las bóvedas ululaba, como los gusanos de un inmenso cadáver, todo un mundo de reptiles y alimañas de granito, quiméricos, deformes, horrorosos.

Ya no pudo resistir más. Las sienes le latieron con una violencia espantosa; una nube de sangre oscureció sus pupilas; arrojó un segundo grito, un grito desgarrador y sobrehumano, y cayó desvanecido sobre el ara.

Cuando al otro día los dependientes de la iglesia lo encontraron al pie del altar, tenía aún la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos aproximarse exclamó con una estridente carcajada:-

-¡Suya, suya!

El infeliz estaba loco.

El caudillo de las manos rojas

**********

 

El sol ha desaparecido tras las cimas del Habwi, y la sombra de esta montaña envuelve con un velo de crespón a la perla de las ciudades de Orisa, a la gentil Kattak, que duerme a sus pies, entre los bosques de canela y sicomoros, semejante a una paloma que descansa sobre un nido de flores.

 

*

 

El día que muere y la noche que nace luchan un momento, mientras la azulada niebla del crepúsculo tiende sus alas diáfanas sobre los valles robando el color y las formas a los objetos, que parecen vacilar agitados por el soplo de un espíritu.

 

*

 

Los confusos rumores de la ciudad, que se evaporan temblando; los melancólicos suspiros de la noche, que se dilatan de eco en eco repetidos por las aves; los mil ruidos misteriosos que, como un himno a la divinidad, levanta la creación al nacer y al morir el astro que la vivifica, se unen al murmullo del Jawkior, cuyas ondas besa la brisa de la tarde, produciendo un canto dulce, vago y perdido como las ultimas notas de la improvisación de una bayadera.

 

*

 

La noche vence, el cielo se corona de estrellas y las torres de Kattak, para rivalizar con él se ciñen una diadema de antorchas. ¿Quien es ese caudillo que aparece al pie de sus muros al mismo tiempo que la luna se levanta entre ligeras nubes más allá de los montes a cuyos pies corre el Ganges como un inmensa serpiente azul con escamas de plata?.

 

*

 

Él es. ¿Que otro guerrero de cuantos vuelan como la saeta a los combates y a la muerte, tras el estandarte de Schiven, meteoro de la gloria, puede adornar sus caballos con la roja cola del ave de los dioses indios, colgar a su cuello la tortuga de oro o suspender su puñal de mango de ágata del amarillo schal de cachemira, sino Pulo-Dheli, rajá de Dakka, rayo de las batallas y hermano de Tippot-Dheli, magnifico rey de Orisa, señor de señores, sombra de dios e hijo de los astros luminosos.

 

*

 

Es él, ningún otro sabe prestar a sus ojos , ya el melancólico fulgor de lucero de alba, ya el siniestro brillo de la pupila del tigre, comunicando a sus oscuras facciones el resplandor de una noche serena o el aspecto terrible de una tempestad en las aéreas cumbres de Davalagiri. Es él; pero ¿que aguarda?

 

*

 

¿Oís las hojas suspirar bajo la leve planta de una virgen? ¿Veis flotar entre las sombras los extremos de su diáfano schal y las orlas de su blanca túnica? ¿Percibís la fragancia que la precede como la mensajera de un genio? Esperad y la contemplareis al primer rayo de la solitaria viajera de la noche; esperad y conoceréis a Siannah, la prometida del poderoso Tippot-Dheli, la amante de su hermano, la virgen a quien los poetas de su nación comparan a la sonrisa de Bermach, que lucio sobre el mundo cuando este salió de sus manos; sonrisa celeste, primera aurora de los orbes.

 

*

 

Pulo percibe el rumor de sus pasos; su rostro resplandece como la cumbre que toca el primer rayo del sol, y sale a su encuentro. Su corazón, que no ha palpitado en el fuego de la pelea ni en la presencia del tigre, lata violento bajo la mano que se llaga a él, temiendo se desborde la felicidad que ya no basta a contener. <<¡Pulo!>>, <<¡Siannah!>>, exclaman al verse y caen el uno en los brazos del otro. En tanto, el Jawkior, salpicando con sus ondas las alas del céfiro, huye al morir al Ganges, y el Ganges al golfo de Bengala, y el golfo al océano. Todo huye; con las aguas, las horas; con las horas; la felicidad, la vida. Todo huye a fundirse en la cabeza de Schiven, cuyo cerebro es el caos, cuyos ojos son la destrucción y cuya esencia es la nada.

 

*

 

Ya la estrella del alba anuncia el día; la luna se desvanece como una ilusión que se disipa y los sueños, hijos de la oscuridad, huyen con ella en grupos fantásticos. Los dos amantes permanecen aun bajo el verde abanico de una palmera, mudo testigo de su amor y sus juramentos, cuando se eleva un sordo ruido a sus espaldas.

 

Pulo vuelve el rostro, exhala un grito agudo y ligero como el del chakal, y retrocede diez pies de un solo salto haciendo brillar al mismo tiempo la hoja de su agudo puñal damasquino.

 

*

 

¿Que ha puesto pavor en el alma del valiente caudillo? ¿A caso esos dos ojos que brillan en la oscuridad son los del manchado tigre o los de la terrible serpiente? No. Pulo no teme al rey de las selvas ni al de los reptiles; aquellas pupilas que arrojan lamas pertenecen a un hombre, y aquel hombre es su hermano.

 

Su hermano a quien arrebataba su único amor; su hermano, por quien estaba desterrado de Orisa; el que por ultimo juro su muerte si volvía a Kattak, poniendo la mano sobre el ara de su dios.

 

*

 

Siannah le ve también, se coagula la sangre en sus venas y queda inmóvil, como si la mano de la muerte lo tuviera asido por el cabello. Los dos rivales se contemplan un instante de pies a cabeza; luchan con las miradas, y exhalando un grito ronco y salvaje, se lanzan el uno sobre el otro, como dos leopardos que se disputan una presa… Corramos un velo sobre los crímenes de nuestros antepasados; corramos un velo sobre las escenas de luto y horror de que fueron causa las pasiones de los que ya están en el seno del grande espíritu.

 

*

 

El sol nace en Oriente; diríase al verlo que el genio de la luz, vencedor de las sombras, ebrio de orgullo y majestad, se lanza en triunfo sobre su carro de diamantes, dejando en pos de si, como la estela de un buque, el polvo de oro que levantan sus corceles en el pavimento de los cielos. Las aguas, los bosques, las aves, el espacio, los mundos, tienen un asola voz, y esta voz entona el himno del día. ¿Quien no siente saltar su corazón de jubilo a los ecos de este solemne cántico?

 

*

 

Sólo un mortal; vedle allí. Sus ojos desencajados están fijos con una mirada estúpida en la sangre que tiñe sus manos; en balde, saliendo de su inmovilidad y embargado de un frenesí terrible, corre a lavárselas en las orillas del Jawkior; bajo las cristalinas ondas , las manchas desaparecen; más apenas retira sus manos, la sangre, humeante y roja, vuelve a teñirlas. Y torna a las ondas, y torna a aparecer la mancha, hasta que el cabo exclama con un acento de terrible desesperación:

 

-¡Siannah! ¡Siannah! la maldición del cielo ha caído sobre nuestras cabezas.

 

¿Conocéis a ese desgraciado a cuyos pies hay un cadáver y cuyas rodillas abraza una mujer? Es Pulo-Dheli, rey de Orisa, magnifico señor de señores, sombra de Dios e hijo de los astros luminosos por la muerte de su hermano y antecesor.

 

**********

 

-¿De qué me sirven el poder y la riqueza si una víbora enroscada en el fondo de mi corazón lo devora, sin que me sea dado arrancarla de su guarida? ¡Ser rey, señor de señores; ver cruzar ante los ojos, como las visiones de un sueño, las perlas, el lodo, los placeres y la alegría; verlos cruzar al alcance de la mano y, al tenderla para asirlos, encontrar todo cuanto toca manchado en sangre!… ¡Oh! ¡Esto es espantoso!

 

*

 

Así exclama Pulo, revolcándose sobre la púrpura de su lecho y torciéndose las manos a impulsos de su terrible desesperación. En balde el humo de los pebeteros embalsama la opulenta cámara; en balde la seda de brillantes colores se ha extendido sobre diez pieles de tigre para que descansen sus miembros; en balde han invocado los bracmines por siete veces al espíritu del reposo y al genio de los sueños de nácar; el Remordimiento, sentado a la cabecera del lecho, los ahuyenta con un grito lúgubre y prolongado, grito que resuena incesante en el oído de Pulo, que golpea su frente con dolor al escucharlo.

 

*

 

Los genios que cruzan en numerosas caravanas sobre dromedarios de zafiro y entre nubes de ópalo; las schiwas de ojos verdes como las olas del mar, cabellos de ébano y cinturas esbeltas como los juncos de los lagos; los cantares de los espíritus invisibles que refrescan con sus alas los cansados párpados de los justos, no pasan con una tromba de luz y de colores en el sueño del criminal.

 

Gigantes cataratas de sangre negra y espumosa que se estrellan bramando sobre las oscuras peñas de un precipicio terrible; imágenes espantosas y confusas de desolación y terror; estos son los fantasmas que engendra su mente durante las horas del reposo.

 

*

 

Por eso el magnifico señor de Orisa no puede gustar la copa del beleño con que los dioses brindan a sus escogidos. Por eso, apenas la aurora abre las puertas al día, se lanza del lecho, se desnuda de sus vestidos, que abrillantan las perlas y el oro, y, depositando un beso sobre la frente de su amada, sale del palacio en traje de un simple cazador, dirigiéndose hacia la parte de la ciudad que domina la cumbre de Jabwi.

 

*

 

Como la mediación de esta montaña, nace un torrente que se derrumba en sabanas de plata hasta bajar a la llanura, donde, refrenando sus ímpetu, se desliza silencioso entre las guijas y las flores, para ir a confundir sus rizadas ondas con las ondas del Jawgior. Una gruta natural, formada de enormes peñascos que parecen próximos a desplomarse, sirve de taza a estas olas en su nacimiento. Allí, transparentes y sombrías sus aguas, parecen dormir sin que las turbe otro rumor que el monótono ruido del manantial que las alimenta, el suspiro de la brisa que viene a humedecer sus alas en la linfa o el salvaje grito de los cóndores que se lanzan a las nubes como una flecha disparada.

 

*

 

Pulo, ya fuera de los muros de la ciudad, manda retirarse a los que le siguen y emprende solo y sumido en hondas meditaciones el camino que , serpenteando entre las rocas y las cortaduras, se dirige a la gruta donde nace el torrente que ya salpica su rostro con el polvo de sus aguas. ¿Donde va el señor de Orisa? ¿Por que, desnudándose de su recamada túnica, del amarillo schal, emblema misterioso y del amuleto de los reyes cambia sus vestiduras por el tosco traje de un simple cazador? ¿Viene a los montes a buscar a las fieras en su guarida? ¿Viene ansioso de encontrar la soledad único bálsamo de las penas que el resto de los hombres no comprenden?

 

* No. Cuando el regio morador de Kattak abandona su alcázar para acosar en sus dominios al soberbio león o al rayado tigre, cien bocinas de marfil fatigan el eco de los bosques, cien ágiles esclavos le preceden arrancando las malezas de los senderos y alfombrando el lugar en que ha de poner sus plantas; ocho elefantes conducen su tienda de lino y oro y veinte rajas siguen su paso disputándose el honor de conducir su alejo de ópalo. ¿Viene a buscar la soledad? Imposible. La soledad el imperio de la conciencia.

 

*

 

El sol toca a la mitad de su viaje, y Pulo a su término. A sus pies salta el torrente, sobre su cabeza esta la gruta en que duerme el manantial que lo alimenta, manantial sagrado que broto de las hendiduras de una roca para templar la sed del dios Vichenú cuando, destinado de los cielos, venia a cazar en las faldas del Jabwi durante la noche. A datar de aquella época remota, un bracmín vela constantemente en el muro de la gruta, dirigiendo sus oraciones al dios para que conserve las maravillosas virtudes en que, según una venerable tradición, abunda las sagradas linfas.

 

*

 

El ultimo de estos sacerdotes que, encendidos en amor por la divinidad, han consagrado sus días a venerarla en contemplación de sus obras, es un anciano cuyo origen envuelve un misterio profundo: nadie sabe la época en que llego a Kattak para guarecerse en la gruta de Vichenú. Rajás venerables sobre cuya cabeza han lucido más de cuarenta mil soles, aseguran que en su juventud el bracmín del torrente tenia ya los cabellos blancos y la frente inclinada. El pueblo le mira con temor y respeto cuando por casualidad baja la llanura. Dicen que las serpientes danzan a su voz, que los cóndores le traen su alimento y que el genio de aquellas aguas, a quien debe la inmortalidad, le revela los arcanos futuros. Otros aseguran que el mismo no es otra cosa que un espíritu bajo las formas de un bracmín.

 

*

 

¿Quién es? ¿De dónde vino y qué hace? Se ignora; pero los que se sienten con el valor necesario para llegar hasta la gruta en que habita suben a ella para pedirle un remedio contra los males desesperados, una revelación para conocer el termino de las empresas arriesgadas, una penitencia suficiente a lavar un crimen que ni la sangre borraría. Uno de estos es Pulo, porque a la gruta del torrente se dirige. Conociendo que las leves expiaciones que los aduladores bracmines de Kattak le impusieron no bastaban a desterrar sus remordimientos, sube a consultar al solitario de Jabwi, solo y de incógnito para que la pompa real no turbe el espíritu y selle los labios del profeta.

 

*

 

Pulo llega, a través de las zarzas que rodean como un festón los bordes del torrente, hasta la entrada de la gruta. Allí ve una ancha vasija de cobre suspendida de las ramas de una palmera, para que el viajero apague sus sed. El caudillo toca por tres veces con el mango de su yathagán, y el cobre restaña, produciendo un sonido metálico y misterioso que se pierde vibrando con el rumor de las olas. Un momento transcurre, y el solitario aparece.

 

-Elegido del grande espíritu -exclama al verle el caudillo, inclinando la frente-, que el enojo de Schiwen no se amontone sobre tu cabeza como las brumas en las cimas de los montes.

 

-Hijo de los mortales -replica el anciano sin responder a su salutación-, ¿que me quieres?

 

*

 

-Consultarte.

 

-Habla.

 

-Yo he cometido un crimen. Un crimen horroroso cuyo recuerdo abruma mi alma como una pesadilla eterna. En vano consulte a los adivinos de Bracma. Las penitencias que me impusieron han sido inútiles. El remordimiento vive aun en mi corazón. El fantasma de la víctima me sigue a todas partes. Se ha hecho sombra de mi cuerpo, el rumor de mis pasos. Tu, a quien todos los dioses se dignan visitar; tu, que lees el porvenir en los astros y en las arenas que arrastran los ríos, dime: ¿cuando quedara lavada mi alma de este crimen?

 

-Cuando la sangre que mancha tus manos, que en balde me ocultas, haya desaparecido -exclama el terrible bracmín, lanzando una mirada de indignación al príncipe, que permanece aterrado ante aquella prueba de la sabiduría del solitario.

 

*

 

-¿Me conoces? -prorrumpe Pulo al fin, saliendo se su estupor.

 

-No te conozco, pero sé quien eres.

 

-¿Quien soy?

-El matador de Tippot-Dheli.

 

El príncipe inclina la cabeza a estas palabras, como herido de un rayo, y el bracmín prosigue de este modo:

 

-En la pasada noche, cuando el sueño habías descendido sobre los párpados de los mortales yo velaba. Un sordo rumor se elevo por grados del fondo del agua sagrada, rumor confuso como el hervidero de cien legiones de abejas. Una manga de aire frío y silencioso vino por la parte de Oriente, rizo las ondas y toco con las puntas de sus humedad alas mi frente. A su contacto, mis nervios saltaron y se helo el tuétano de mis huesos; aquel soplo era el aliento de Vichenú. Poco después sentí su diestra, tan pesada como un mundo, descansar sobre mi hombro, en tanto que me contaba al oído tu historia.

 

*

 

-Ahora bien: pues conoces mi delito, dime la manera de hacer que desaparezcan de mis manos estas terribles manchas.

 

El bracmín permanece en silencio y el príncipe prosigue:

 

-¡Que! ¿Mi sangre toda no podrá borrar esta sangre?

 

-Lo ignoro; es muy corta tu vida para expiar ese delito y Schiwen esta airado porque has hecho uso de tus facultades para la destrucción, obra que a el solo esta encomendada.

 

-Pues bien: si tu lo ignoras, consultemos a Vichenú. El me protegerá contra su hermano. Penetremos en la gruta sagrada.

 

-¿Has ayunado las tres lunas?

 

-Si.

 

-¿Has huido del lecho nupcial por siete noches?

 

-Sí.

 

-¿Has dejado de cazar durante nueve días?

 

-También.

 

-Entonces, sígueme.

 

Algunos momentos después de este corto dialogo, sus interlocutores se hallaban en el fondo de la misteriosa gruta…

 

*

 

Lo que paso en aquel recinto se ignora. La tradición guarda una idea confusa, y el principie por quien esto se supo habla vagamente de sierpes monstruosas y aladas que se precipitaron en las ondas del torrente, para aparecer de nuevo en forma de animales desconocidos y fantásticos; de conjuros tan temibles que a veces se cubría de manchas el sol y los montes se estremecían como cañas; de lamentos y aullidos tan espantosos, que la sangre se helaba al escucharlos.

 

*

 

Las palabras del Dios se guardan, y son estas: <<Asesino marcado por Schiwen con un sello de eterna infamia, voy a darte mis consejos para que puedas expiar tu crimen: sube por las orillas del Ganges, y a través de los pueblos feroces que habitan sus riberas, hasta encontrar sus fuentes. El remoto país del Tíbet, a quien defiende como un gigante muro la cordillera del Himalaya es el termino de tu viaje. Cuando llegues a el, lava tus manos en el mas escondido de los manantiales y a la hora en que el valiente Tippot cayo a tus plantas. Si en el discurso de tu peregrinación no conoces a tu esposa Siannah, que deberá acompañarte, la sangre desaparecerá de tus manos>>.

 

*

 

¿Quien es ese peregrino que se apoya en un grosero cayado de abedul y que en la sola compañía de una mujer hermosa, pero humildemente ataviada, sale por una de las puertas del Kattak al mismo tiempo que la luna se desvanece ante los rayos del astro del día? Es el: Pulo-Dheli, magnifico rey de Orisa, señor de señores, sombra de Dios e hijo de los astros luminosos.

 

**********

 

*

 

Los peregrinos tocan al termino de su viaje; ya han dejado a sus espaldas las fértiles e inmensas llanuras de Nepaul; ya han visto a Benares, celebre por sus alcázares, cuyos cimientos besa el sagrado río que divide al Indostán del imperio de los birmanes. Como las creaciones de una visión celeste, han cruzado ante sus ojos Palna, famosa por sus templos, sus mujeres y sus tapicerías; Dakka, la ciudad que tejió el velo para el santuario de los dioses con las trenzas de évano de sus vírgenes; Gvalior, escudo del reino de Sindiak, cuyos muros detienen a las nubes en su vuelo.

 

*

 

También han gustado el reposo a la sombra de los inmensos plátanos de Dehli, concha que guarda a al perla de los reyes presentando una ofrenda de miel y flores al genio protector de Allad-Abad, ciudad que debe sus nombre a las caravanas de peregrinos que todos los puntos de la India acuden a sus templos, más numerosos que las hojas de los bosques y las arenas del Océano.

 

*

 

Cuarenta lunas han nacido después que abandonaron su alcázar; pero ¿Quien podrá enumerar los países que han cruzado, los bosques que les han prestado su sombra, los ríos que han apagado su sed? El Kian-gar, conocido por el de las aguas rojas; el Espuri, cuya mansa corriente arrastra oro bastante a construir con el un alcázar soberbio; los Senwads, bosques sombríos donde el boa se desliza con el rumor de la lluvia; Lahorre, la madre de los guerreros; cachemira, la virgen de los siete schales de amianto, y cien y cien otros países, ciudades, bosques, torrentes, ríos y montañas, que hasta llegar a las cordilleras del Himalaya se extienden sobre las inmensas llanuras de la India.

 

*

 

Pero ya tocan al deseado término, ya han salido de las mas terribles de las pruebas atravesando a par del Ganges el valle del Acíbar, llamado así no tanto por los arboles que produce, de los que se extrae este licor, como por las amarguras que padecen los infelices que se ven en la necesidad de atravesarlo. Y Pulo atravesó las rocas que lo erizan llevando a Siannah sobre sus espaldas.

 

*

 

El sol lanza sus rallos perpendiculares sobre la tierra. Los viajeros fatigados de su trabajosa jornada, reposan a la orilla del río, a cuya fuente se aproximan. Un boabad corpulento y magnifico les presta su sombra, capaz de cubrir a una tribu de guerreros. Entre las brumas del lejano horizonte se lanza al vacío el Himalaya, y, empinado sobre sus cumbres, el Dawalagiri, que pasea sus miradas sobre medio mundo.

 

*

 

Un aura fresca mece las magnolias y los tulipanes que crecen entre los juncos de la ribera y enjuga el sudor de sus frentes. El bulbul, sobre las ramas de un penachudo talipot, entona un canto melancólico y suavísimo, y entre las ráfagas de luz que reverberan las arenas cruzan diáfanos como el ámbar miríadas de pájaros y de insectos con ropajes de oro y azul, de crespón y esmeraldas.

 

*

 

Todo convida al descanso. Pulo y Siannah, después de refrescar sus labios con algunas de las deliciosas frutas del bosque, apagan su sed en las cristalinas ondas que corren, produciendo al besar las orillas un ruido manso y melancólico, semejante al arrullo de un tórtola. Al agradable son de las aguas y de las hojas que se agitan como abanicos de esmeraldas sobre sus cabezas recuerdan en dulces coloquios, y con esa especie de satisfacción con que se menciona el peligro pasado, las mil aventuras de que han sido héroes durante su peregrinación, los países que han recorrido, las maravillas que, como un panorama magnifico, se han desplegado a sus ojos. Forman proyectos sobre el porvenir y sobre la felicidad que les espera cuando hayan cumplido la expiación próxima a satisfacerse. Sus palabras se atropellan llenas de un fuego y de un calor vivísimo después va poco a poco languideciendo su dialogo; diríase que hablan una cosa y piensan otra. Por ultimo, algunas frases vagas e incoherentes que preceden al Silencio, que, con un dedo sobre el labio, se sienta a la par de los amantes sin ser sentido.

 

*

 

El sol cae a plomo sobre la gran llanura. La frente del príncipe descansa sobre las rodillas de su esposa. Todo a su alrededor calla o duerme. En los países tropicales el mediodía es la noche de la naturaleza. Solo interrumpe en esta calma profunda el grito breve y agudo del bengalí, el zumbido monótono y tenaz de los insectos que voltean en el aire brillando a la luz del sol como un torbellino de piedras preciosas, y la acelerada respiración de Siannah, sonora y encendida como la del que sueña embriagado con opio. Los peregrinos permanecen en silencio. ¿Que ideas cruzan por su mente?

 

*

 

Hay momentos en que el alma se desborda como un baso de mirra que ya no basta a contener el perfume; instantes en que flotan los objetos que hieren nuestros ojos, y con ellos flota la imaginación. El espíritu se desata de la materia y huye, huye a través del vacío a sumergirse en las ondas de luz, entre las que vacilan los lejanos horizontes.

 

La mente no se halla en la tierra ni en el cielo. Recorre un espacio sin limites ni fondo, océano de voluptuosidad indefinible, en el que empapa sus alas para remontarse a las regiones en donde habita el amor.

 

Las ideas vagan confusas, como esas concepciones sin forma ni color que se ciernen en el cerebro del poeta; como esas sombras, hijas del delirio, que nos llaman al pasar y huyen, nos brindan amor y se desvanecen entre nuestros brazos.

 

*

 

Pulo es el primero que interrumpe el silencio.

 

-¡Cuan dulce es -dice- percibir el aliento de la mujer que se ama, ese aliento que se escapa de unos labios encendidos, atropellándose en ellos como olas de ambrosía que vienen a expirar sobre una playa de rubíes! Si me fuera posible, ¡oh hermosa Siannah!, explicarte lo que el murmullo de tu respiración me dice… Suena en mi oído como una voz insólita que murmulla palabras desconocidas en un idioma extraño y celeste. Me recuerda los días de mi infancia, aquellas horas sin nombre que precedían a mis sueños de niño, aquellas horas en que los genios, volando alrededor de mi cuna me narraban consejas maravillosas que, embelesando mi espíritu formaban la base de mis delirios de oro. ¿No es cierto, hermosa mía, que hasta la aroma que precede al objeto de nuestro amor, el tenue y débil crujido de su túnica, tienen palabras, dicen algo que los demás no comprenden.

 

*

 

Siannah calla; sus labios entreabiertos y rojos dejan escapar suspiros ardientes, y en su pupila húmeda, azul y dilatada, brilla un punto luminoso semejante al reflejo de una estrella en un lago.

 

-Pulo -exclama al fin, como volviendo de un éxtasis que la hubiese alejado por algunos instantes de la tierra-, ¿es cierto que existe un árbol cuya sombra causa la muerte?

 

-Es cierto-responde el príncipe-. El dios Schiwen lo creo para destruir a los mortales, y su hermano Vichenú, apiadándose de nuestra infelicidad, se lo dio a conocer a Bracma, su elegido.

 

Siannah vuelve a su muda agitación. Su esposo, en tanto, la contempla con un sentimiento de ternura indescriptible.

 

*

 

-Pulo -exclama a los pocos instantes la hermosa-, ¿es verdad que existe un árbol cuya sombra agita la sangre en las venas y enciende el amor?

 

-Sí.

 

-¿Lo conoces?

 

-Lo conozco, aun cuando ignoro su nombre. Mas… ¿Porque me haces esa pregunta tan extraña?

 

-No se… la sombra de este bosque me hace mal… prosigamos nuestra jornada.

 

-¡Proseguir, cuando el sol abrasa las arenas! esperemos a que la brisa de la tarde se levante del golfo y la luz comience a palidecer.

 

-Esperemos-murmura Siannah-; pero, entre tanto aparta tus ojos de los míos, vuélvelos al cielo o duerme; más no me los claves en el alma.

 

*

 

-Bien dices. Mis ojos en los tuyos deben amor, y nuestro amor, casto y puro otras veces, ahora es un crimen. Si, es necesario que no te vea… Siannah voy a dormir. Cántame algún himno de nuestra patria, arrulla mi sueño como una madre, ya que no como una esposa.

 

La beldad de las trenzas de ébano canta:

 

*

 

¡Guerreros! Las espadas de la tribu tienen sed, y la sed de las espadas se templa con sangre.

 

Un torrente de fuego desciende del Jabwi. Esas centellas que brillan entre la nube de polvo que levantan son los hierros de nuestros enemigos.

 

Traedme el escudo reforzado con las siete pieles de búfalo y rodead a mi casco al schal amarillo, para que no me desconozcan en la confusión de la pelea.

 

¡Guerreros! Las espadas de la tribu tienen sed y la sed de las espadas se templa con sangre.

 

*

 

Allá van, semejantes a … .

 

Al llegar aquí, Pulo se incorpora y Siannah se detiene en su canto.

 

-¿Por que -exclama el príncipe- no escucho ahora las canciones de mi patria con el placer de otras veces? ¿Será que ya no alienta en mi pecho el corazón de un Dheli, o acaso que los himnos de guerra no se han hecho para que los recite una hermosa?

 

*

 

-Entona un canto de amor, uno de aquellos himnos que al son de los címbalos alzan las virgenes cuando conducen a una joven esposa al pie de las aras.

 

-¡Pulo!…

 

-Canta, no temas; yo dormiré tranquilo, arrullado por el eco de tu voz, el suspiro de la brisa y la música de las aguas.

 

Siannah canta. Su voz tiembla y su pecho se eleva acompasadamente, como una ola que se hincha coronada de espuma.

 

 

 

LA VUELTA DEL COMBATE

 

 

El combate ha terminado con el día, y el caudillo esta ya en presencia de su adorada.

 

LA VIRGEN.- Caudillo, reclina tu frente sobre mi seno, que quiero beber en ella el sudor y el polvo de la gloria.

 

EL CAUDILLO.- Virgen, apoya tus labios sobre los míos, que quiero beber en ellos la muerte en una copa de rubí.

 

*

 

LA VIRGEN.- ¡Alma de la creación! ¡Hijo de Bermach! ¡Genio de las setenta alas! ¡Amor, divino amor! Desciende en brazos del misterio de la noche a coronar con tu aureola a los que arden en tu llama.

 

EL CAUDILLO.- ¡Espíritu invisible! ¡Aliento del alma generosa! ¡Esperanza del guerrero! ¡Amor, ardiente amor! Abandona un instante el alcázar de los dioses para poner una guirnalda de rosa sobre la corona de laurel del caudillo.

 

LA VIRGEN.- Caudillo, reclina tu frente sobre mi seno, que quiero beber en ella el sudor y el polvo de la gloria.

 

EL CAUDILLO.- Virgen, apoya tus labios sobre los míos que quiero beber en ellos la muerte en una copa de rubí.

 

*

 

LA VIRGEN.- Tu aliento humea y abrasa como el aliento de un volcán. Tu mano que busca la mía, tiembla como la hoja en el árbol. La sangre se agolpa a mi corazón, rebosa en el y enciende mis mejillas. Un velo de sombras cae sobre mis párpados. Todo se borra y se confunde ante mis ojos, que no ven mas que el fuego que arde en los tuyos. Caudillo, ¿Que espíritu invisible llena el aire de melodiosos acordes y me estremecen a su contacto?

 

**********

 

- Virgen, es el amor que pasa.

 

 

 

El canto de Siannah expira, y con el, suave y armonioso el rumor de un beso.

 

¿Que son los vanos castillos que eleva la voluntad del hombre para combatir las funestas armas de que se vale la fatalidad ? Montes de arena que, como los de la gran llanura de Nepaul, asombran al viajero y un soplo del huracán los arrebata.

 

**********

 

*

 

-Hijo mío -dice Schiwen al Sueño -, baja a la tierra y sé el mensajero de mis iras.

 

El sueño, hijo de la tumba, levanta a esta voz la frente, entreabre los soñolientos ojos y agita sus noventa manos, en cada una de las cuales tiene una copa llena hasta los bordes de un licor soporífero.

 

-¿Que me quieres, realidad de mi símbolo, padre que me diste el ser para que sirviera de eslabón invisible entre lo finito y lo infinito, entre el mundo de los hombres y el de las almas, sirviendo para bajar las potencias del cielo y elevar las de la tierra hasta que se toquen en el vacío, que es el lugar de mi soberanía?

 

*

 

Schiwen continua de este modo, dirigiéndose a su imagen:

 

-Hace algunos momentos pensaba en llevar a cabo la destrucción del príncipe que usurpo un día el cetro de la muerte; mas en vano buscaba la ocasión de herirle; en vano, porque Vichenú, mi orgulloso antagonista, le defendía bajo el inmenso escudo que oculta los hombres a mis ojos cuando estos se encienden en cólera y arrojan rayos que arden y matan. De repente oí un zumbido a ni alrededor. Torne el rostro. Un mundo nuevo, un joven planeta, se adelantaba hacia mi, trazando su circulo en el vacío, fascinado e inocente como el ave atraída por el boa.

 

*

 

De su seno brotaba un raudal de armonías que llevaban el vacío, dilatándose en el como los círculos en un lago donde se arroja una piedra. Envuelto en un fluido ardiente y luminoso, rodando entre mares de colores y sonidos, su alegría y su gloria aprecian insultar mi terrible poder. Levante la mano. El aire de esta, desquiciándolo de sus órbitas, lo ha herido de muerte. Incorpórate y tiende los ojos sobre las inmensas llanuras del cielo: veras a Vichenú, que corre en pos de él para arrancarle a la inmensa tumba de los astros, volviéndole a la vida…

 

*

 

He aquí el momento oportuno para mi venganza. El príncipe falto a su promesa y ahora esta abandonado por mi funesto enemigo. Refresca su ardorosa frente con tus alas y aguarda la ocasión propicia para derramar sobre sus párpados un sueño precursor del sepulcro, un sueño de agonía y ansiedad, de esos que ciñen la garganta con sus manos de acero y pesan sobre el corazón como una montaña de plomo.

 

*

 

El sueño tiende las alas de tul y abandona la selva donde vive, en un alcázar de ébano escondido entre la flotante sombra de aloes.

 

El Silencio lo precede, y sus hechuras le siguen en grupos fantásticos. Estos se agitan y confunden entre si, dando ser a nuevas y rápidas metamorfosis, locos delirios, embriones de confusas ideas, semejantes a las que produce en mitad de la fiebre una imaginación débil y sobreexcitada.

 

*

 

La silenciosa caravana llega a las orillas del Ganges y al lugar en que el príncipe descansa. Este experimenta, primero, una languidez voluptuosa; después, un entorpecimiento general, y, por ultimo, sus párpados caen con el peso del plomo sobre sus pupilas, como una losa fúnebre sobre un sepulcro. El sueño ha vertido sobre ellos una gota de licor que contiene un misterioso vaso de ópalo.

 

*

 

Cuando la materia duerme, el espíritu vela. En tanto que el cuerpo del caudillo permanece inmóvil y sumergido en un letargo profundo, su lama se reviste de una forma imaginaria y huye de los lazos que le aprisionan para lanzarse al éter; allí le esperan las creaciones del Sueño, que le fingen un mundo poblado de seres animados con la vida de la idea, visión magnifica, profética y real en su fondo, vana solo en la forma. Oíd, según la tradición conserva, la visión del caudillo.

 

*

 

La noche es oscura. El viento muge y silba, sacudiendo las gigantes ramas del boabad de las selvas. Los genios blanden sus cárdenas espadas de fuego sobre las nubes, en que se les ve pasar cabalgando. El trueno retumba, dilatándose de eco en eco en los abismos de las cordilleras. La lluvia azota el penacho de las palmas, y confundiéndose con los sordos mugidos de la tormenta, el prolongado lamento del vendaval y el temeroso murmullo de las hojas del bosque, se escucha por intervalos un rugido lejano, ronco y estridente, que parece formarse en la cavidad de un pecho en bronce.

 

*

 

Un bracmin, al atravesar en tal noche y a tal hora aquella selva, no hubiera podido menos de dirigir sus plegarias al dios destructor, cuyo triunfo parecía acercarse, equivocando aquellos quejidos de la naturaleza con las profecías de los blancos fantasmas de sus antepasados, que rompían el secreto del sepulcro para enseñarle el camino de la muerte.

 

*

 

De cuantos guerreros se rodean el schal amarillo a la cintura en las fiestas y a la rente en el combate, solo el caudillo de Orisa tendría el valor necesario para arriesgarse en sus agrestes y enmarañados senderos con una noche tan terrible.

 

*

 

Pulo se adelanta, con el arco tendido, la flecha pronta y el puñal entre los dientes; Siannah le sigue, pálida la color, el cabello erizado y el paso temeroso.

 

-¿Oyes -dice al príncipe-, oyes esa voz que resuena en la espesura?

-Es el viento, que azota los palmares -responde el caudillo, lanzando, a pesar suyo, una mirada escudriñadora a través de los añosísimos troncos de aloes que bordan las lindes del sendero.

 

*

 

Los esposos prosiguen caminando, y la tempestad haciéndose cada vez más terrible.

 

-¿Oyes ese rumor que se eleva por grados a nuestra espalda? -interrumpe de nuevo la hermosa.

 

-Es la lluvia, que agita las lianas -añade el príncipe, armando la flecha y cubriendo a Siannah con su cuerpo,

 

-¿Oyes? -vuelve esta a interrumpir-. Alguien respira alrededor nuestro.

 

-Échate en tierra -grita Pulo de repente-. El tigre va a saltar sobre nosotros.

 

*

 

Dos llamas fosfóricas brillan en la oscuridad.

 

La flecha del príncipe parte. A su áspero silbar responde un mugido ahogado y profundo. El tigre salta. Pulo arroja el arco, se cubre con el escudo de pieles, dobla una rodilla, esconde el rostro y lo espera con el puñal en la diestra. Siannah esta desmayada y oculta con el manto del guerrero, a cuyos pies yace.

 

*

 

La lucha se traba. Pulo hunde una y cien veces su puñal en el pecho y el vientre del tigre, que en su agonía pugna aun por lanzarse sobre su adversario. Este, cubierto con el escudo, ha podido evitar su ataque merced a esa ligereza y sangre fría patrimonio de los hombres avezados a los peligros y a la muerte. Pero ya la temible fiera ha lanzado el ultimo y ronco estertor revolcándose entre el polvo y la sangre que brota de sus heridas cuando el príncipe levanta los ojos al cielo, sorprendido por un extraño fenómeno.

 

*

 

La lluvia ha cesado. El huracán y el trueno han enmudecido. Al brillante y súbito resplandor de los relámpagos sucede una claridad tenue y azulada, una luz indecisa, semejante al primer albor de un día sin sol y sin aurora. Las aves, que se habían guarecido de la tempestad bajo los pabellones de verdura de la selva, llenas de gozo a su vista, quieren alzar el vuelo y entonar su canto; pero la voz se ahoga en su garganta y caen a tierra heridas de muerte por una mano invisible. Los gigantescos arboles se agitan y, retorciéndose como a impulsos de una horrorosa convulsión, comienzan a alfombrar el suelo con las pálidas hojas que desprenden de sus ramas, como se desprenden los cabellos de la cabeza de un anciano. Las verdes lianas que se mecieran al soplo del viento, suspendidas en el tronco de los antiguos reyes del bosque, pierden el color y la frescura, arrugándose sus tersas flores como un pergamino que se acerca al fuego. Diríase, al contemplar este asombros espectáculo, que un tósigo mortal, circulando en el aire o levantándose en imperceptibles efluvios de las entrañas de la tierra, había envenenado la atmósfera, y con ella el mundo.

 

*

 

El caudillo, lleno de estupor, vuelve en torno suyo la mirada. Por todas partes le persiguen aquellas imágenes desoladoras; pero lo que más asombro le causa es el ver el sangriento cadáver del tigre estremecerse, y poco a poco, perdiendo sus primitivas formas, ir tomando, merced a una inconcebible transformación, las de una serpiente.

 

-Ya no me queda ningún genero de duda -exclama-.Schiwen desea mi muerte. Reconozco en ese reptil al ministro de su cólera. ¡Oh! ¡Que yo no fuera un dios para luchar con los dioses!… Mas no importa; mortal miserable como soy, venderé cara mi vida.

 

*

 

El temible reptil crece con una rapidez prodigiosa. Su longitud es ya treinta veces mayor que la del boa secular, que se despierta de dos en dos lunas sobre las márgenes del Sitpuri. Sus ojos redondos, fijos y fascinadores, están clavados en los del caudillo. Este, presa de un vértigo y con ese arrojo sin limites que presta la desesperación en sus momentos supremos, arroja lejos de si el tresdoblado escudo, inútil para aquel combate, y desnuda por segunda vez su puñal.

 

*

 

La gigantesca serpiente comienza a replegarse sobre si misma, lanzando un silbo áspero y agudo. El príncipe, sin aguardar a que le acometa, se arroja a su cuello, tan grueso como el de una palma colosal, y hace esfuerzos inauditos por herirla. ¡Imposible! Las aceleradas escamas que la cubren y defienden son impenetrables como la concha de las tortugas de Jawkior.

 

Ya el reptil, aprisionándolo entre sus anillos de bronce, lo estrecha y comienza a ahogarle; ya el puñal se ha escapado de sus manos desfallecidas y el velo de la muerte se extiende ante sus ojos, cuando una flecha disparada de las nubes baja silbando y traspasa los de la serpiente.

 

*

 

Un furor terrible se apodera de esta, que desasiéndose del ya casi inanimado cuerpo de Pulo, busca a ciegas a su celeste enemigo.

 

La punta de diamante de una segunda flecha pone fin a su agonía con la muerte.

 

El caudillo, recobrado de su estupor, puede entonces contemplar, no sin sentirse sobrecogido de una emoción profunda de gratitud y respeto, al que es deudor de la vida.

 

Vichenú, cubiertas las espaldas con un manto de pieles, el arco tendido aun y el carcaj de las flechas de diamante sobre el hombro, esta a su lado, de pie. La frente del dios toca a las nubes, y su sombra es inmensa, como la que arroja el Himalaya sobre las llanuras al ocultarse el sol en los confines del Océano.

 

* -¡Caudillo! -exclama el antagonista de Schiwen con acento airado-. ¿Para que subiste a la sagrada gruta del Jabwi? ¿Para que interrogaste a las limpias aguas de su manantial, si las revelaciones celestes han sido inútiles, si al cabo habías de romper tu juramento, como se rompe la flecha sobre la rodilla en prenda de paz entre los enemigos?

 

Pulo enmudece. El rubor de su falta colora sus bronceadas mejillas y ahoga su voz. Vichenú continua de este modo.